Sergio Borao Llop
Una finísima lluvia comenzaba a empapar las aceras cuando apagué las luces y cerré la puerta de la cervecería. Echando un desesperanzado vistazo a las oscuras nubes, me apresuré a bajar la persiana metálica asegurándola con el enorme candado de seguridad. Conecté la alarma y, ajustándome con prudencia el sombrero, salvé a grandes zancadas la poca distancia que me separaba de la Avenida. Refugiado bajo un providencial toldo que algún comerciante despistado se había olvidado de levantar, oteé el horizonte iluminado en busca de algún lugar donde guarecerme hasta que pasase la tormenta.
A pocos metros, el Club permanecía abierto. Pocas veces mis pasos me habían llevado hasta allí. Tal vez fuese la decadente fachada lo que me provocaba una cierta repulsión. Tal vez la expresión ausente del Camarero, quien, desde la zona en permanente penumbra del interior de la barra, parecía esperar sin esperanza la entonces insospechable llegada de las máquinas que, años más tarde, demolerían el ruinoso edificio.
Con la mano en el tirador, aun dudé un segundo, pero finalmente, apremiado por las cada vez más gruesas gotas de agua que bombardeaban sin clemencia el Barrio, abrí con cautela la puerta y penetré en la tibia atmósfera del local pobremente iluminado.
Al fondo, en un rincón, dos enamorados se arrullaban entre suaves caricias y tímidos besos. La ternura que se desprendía de aquella escena contrastaba de forma casi brutal con el resto del bar, a no ser por un algo indefinible que parecía flotar en el ambiente o que yo creí percibir.
Frente a la barra, en otra mesa, dos hombres trajeados, en cuyos rostros podía adivinarse la huella de la más perversa mezquindad, charlaban en voz muy baja, con un gesto algo cómico de conspiradores de película barata. Sin duda, pensé, algo sucio deben estar tramando. Pero en ningún caso era asunto mío. Así que bajé los cinco escalones con lentitud, sacudiendo al mismo tiempo las persistentes gotitas de agua que se habían empeñado en anidar sobre mi sombrero y mi americana. Unos pasos más y me vi enfrentado al impasible rostro del Camarero, que en medio de un hondo silencio me contemplaba desde su impenetrable lejanía. Tras unos segundos de vacilación, que se me hicieron eternos, me atreví a hablar:
- Buenas noches. Una cerveza, por favor. Alemana, si es posible - mi voz sonó extraña, como ajena, en medio de aquel silencio, y a pesar de que traté de usar un tono acorde al ambiente del local, los hombres que conversaban a pocos metros cesaron en su plática y me contemplaron de un modo que me pareció bastante grosero y aun algo impertinente. Después, como si les molestase mi presencia, reanudaron su charla bajando aun más el volumen de sus voces y encorvándose de forma harto ridícula sobre la mesa. Sin poder evitarlo, sonreí.
Una cerveza apareció de pronto a mi lado, como una continuación natural de la mano del Camarero, mano firme y rugosa, con dedos largos y secos, mano de tinte pálido que se perdía indefinida en las tinieblas de la manga del anticuado frac que vestía. Algo más arriba, sus ojos, fríos, indescifrables, fijos en mí pero sin mirarme, viendo acaso algo que estaba más allá de mí y de los muros del bar y más allá de todo; sus ojos, helados, como en espera de quién sabe que visiones apocalípticas, como cumpliendo una penosa misión de siglos, jamás recompensada. Encendí un cigarrillo y le ofrecí el paquete, gesto rutinario, inofensivo, que suele dar pie a largas y, en ocasiones, productivas conversaciones entre desconocidos. Rehusó el ofrecimiento con un imperceptible movimiento de su engominada cabeza, sin retirar ni un momento su vista de mi rostro o de aquello que pudiese estar mirando a través de mí. Un ligero nerviosismo, quizá provocado por esa insistente mirada, me empujó a decir:
- Yo tengo un bar a la vuelta de la esquina - el tono agrio de mi voz traicionó la intención de aparentar cierta jovialidad. El Camarero asintió con un leve parpadeo, mas nada dijo ni tampoco se retiró. De nuevo el silencio, incómodo. De nuevo mis palabras, falsas, desgarrando el espeso vacío.- Como hay tormenta, decidí entrar a tomar una copa. Será un chaparrón sin importancia - Sabía que no iba a ser un mero chaparrón y además era estúpido inventar una justificación para mi presencia, pero suele ocurrir, siempre que nos sentimos obligados a decir algo para romper el molesto silencio, que tan sólo se nos ocurren frases hechas o solemnes bobadas. Esta vez, sin embargo, fue la misma puerilidad de mi explicación lo que consiguió provocar una respuesta en mi interlocutor:
- La tormenta... - dijo - siempre es la tormenta la que nos empuja a tomar decisiones. Decisiones que pueden cambiar nuestras vidas. A veces, la historia.
Reparé entonces en que nunca antes había oído hablar al Camarero. Se me ocurrió que, a pesar de ello, tampoco había pensado que pudiera ser mudo. Su voz, por inesperada, me sobresaltó. Era algo frío, lejano, muy acorde con sus ojos de escarcha. Su comentario me sorprendió (pero algo más: Me sentí de repente alarmado. Y sin embargo, supe que había estado esperando durante mucho tiempo aquellas exactas palabras, como si hubiesen estado ahí, muy adentro de mi conciencia, desde siempre y hubiera sido el sonido de aquella voz lo que había venido a rescatarlas finalmente del olvido) No supe reaccionar. Aprovechando mi estupefacción, él continuó:
- A usted le gustaría conocer una infinidad de respuestas. Quisiera preguntar, por ejemplo, cómo es posible que pueda sobrevivir este local a pesar de su escasa clientela. De hecho, ha venido esta noche, aunque usted aún no lo sepa, a hacer esa pregunta.
- ... La tormenta... - intenté interrumpir.
- Sí, claro, la tormenta... - indiferente al tono suplicante de mis palabras, el otro siguió hablando - Lo que usted quiere, quisiera saber, es qué hago para salir adelante. Le gustaría averiguar cuál es mi verdadera fuente de ingresos, pero su educación o su refinada hipocresía le impiden preguntarlo directamente, aun cuando no tendría el menor reparo en ojear los libros de cuentas si tuviese la menor oportunidad para ello.
Me removí inquieto, malhumorado. Quise objetar sus acusaciones.
- Pero ¿por qué se indigna? - dijo su voz neutra - ¿no es cierto lo que digo? No se sonroje, por favor. La curiosidad es una de las facetas más comunes del ser humano. Pues bien: ¡Regocíjese! Sus preguntas no formuladas van a tener respuesta. No, no me interrumpa - cortó con un rápido y casi imperceptible gesto el intento de levantarme de la silla para no seguir oyéndole - Años atrás, seguro que lo ha oído alguna vez, éste fue uno de los establecimientos más importantes de la ciudad. Nadie ignora que lo frecuentaban los jóvenes de las mejores familias. Tampoco le descubriré nada nuevo si le digo que algunos de los más aireados matrimonios de aquella época se fraguaron entre estos muros. A pesar de que siempre fui previsor, he de reconocer que más de una vez vi agotadas mis mercancías, vacíos los estantes y repleta la caja registradora. Los más exóticos y extravagantes licores llenaban entonces estas estanterías que hoy sólo habitan el polvo y el olvido. Tuve hasta cinco ayudantes y aun así, a menudo, nos veíamos desbordados. No eran extraños, en esas mismas mesas que ahora agonizan de soledad, el juego y aun la provocación. ¡Cuántos duelos secretos, cuántas desdichas, nacieron ante mis ojos! En aquel tiempo ¡cómo no recordarlo! eran las primeras luces del alba quienes solían acompañar mis pasos cansados de regreso a casa, tras la larga y agotadora noche de intenso trabajo. Hoy mi casa no existe y nadie recuerda el camino que conduce a este lugar. Nadie pudo explicarse la causa. En realidad, a nadie le importó demasiado, ni siquiera a mí. De la noche a la mañana, las cosas cambiaron radicalmente en el Barrio. Repito que no me importa. Sé que hay que disfrutar las rachas buenas y sufrir con resignación las malas. No hay más filosofía. Si en ese tiempo pude gastar dinero a espuertas, si vestí con elegancia y gocé de hermosas mujeres atraídas por el brillo, hoy apenas logro mantenerme, no hay mujer que me mire con atención y no poseo sino este único traje, como puede ver bastante raído.
No veía dónde quería ir a parar. Comencé a impacientarme. Quizá me perdí algunas palabras. El monólogo seguía, impasiblemente, al otro lado de la barra:
- Pero no puedo quejarme. En el fondo, he tenido suerte. Si fuera el bar mi única fuente de ingresos, hace días que las calles serían mi hábitat. Se puede decir que sobrevivo gracias a él - al decir esto, señaló con un gesto hacia el rincón opuesto al que ocupaban los enamorados. Allí había, lo vi entonces por primera vez, un enorme piano negro. Tras el piano, un hombre muy viejo, con la larga barba y los cabellos blancos. Parecía un mendigo (aunque una especie de dignidad casi mística emanaba de su astroso aspecto) y sin duda estaba muy cansado. Desgranaba una lenta y monótona melodía que hasta ese momento no había sido capaz de percibir. (Estoy mintiendo. La escuché desde el momento mismo en que pisé el local. Fue la música y no los arrullos de los amantes del rincón lo que provocó en mi ánimo aquella sensación de ternura que me embargó al trasponer la puerta del bar. Fue precisamente esa música la que sembró dentro de mí la inconcebible idea de que, a pesar del deterioro del sitio y el sórdido ambiente que parecía respirarse entre aquellas paredes viejas, la parejita no estaba fuera de lugar, que había algo dulce y armonioso de lo que ellos formaban parte pero cuyo origen no estaba en sus besos ni en sus quedas palabras de amor) La música (¡cómo explicarlo!) parecía no surgir del piano, sino de los rugosos dedos del anciano, de las temblorosas manos que surcaban hábilmente el largo teclado, arrancándole maravillosos sones que huían hacia la oscuridad de los rincones y se posaban, quizá, en los dorados candelabros y en el aire, permaneciendo allí unas décimas de segundo y haciéndolo respirable. - Sé que le sorprende - se oyó de nuevo la opaca voz del Camarero, como un insulto rompiendo de golpe la armónica cadencia de las notas que fluían. Ni siquiera recordaba que se hallaba junto a mí, tal fue la impresión provocada por el experto músico. - pero ese hombre de mísero aspecto es quien me mantiene. Todos los meses me extiende un talón cuyas cifras deja a mi elección. Si fuese avaro, explotaría al máximo ese recurso. Él es generoso y no me negaría cualquier cantidad, por elevada que fuese. Mas el abuso trae consigo la desgracia; la codicia se ve, a menudo, premiada con la miseria. Los dioses me han sonreído hasta ahora. ¿Por qué contrariarles?
- Pero ¿por qué...?
- Ignoro sus motivos. Quizá sea algún viejo cliente a quien no logro reconocer. Tal vez lo haga como un gesto de caridad, algo romántico. ¡Quién sabe que recuerdos pueda despertar este lugar en su memoria! Lo cierto es que no lo sé. Tan sólo una condición me ha impuesto: Mientras el Club permanezca abierto, él tiene el derecho exclusivo de sentarse al piano y tocar hasta cansarse. Y a fe que lo hace. Si un día decido cerrar el Club, él se queda con todo. Nada más puedo decirle. El resto es tan inexplicable para mí como pueda serlo para usted. Ahora, si su curiosidad ha sido satisfecha, le ruego me disculpe. Nunca había hilvanado tantas palabras, ni es probable que tenga fuerzas para volver a hacerlo. Si me necesita, podrá encontrarme tras aquella puerta. Si quiere un buen consejo, olvídese de cuanto ha oído esta noche y márchese a su casa. Duerma y olvide.
Lentamente, el Camarero se dirigió hacia una puerta negra, situada en el otro extremo de la barra, y desapareció tras ella. Un hondo sentimiento de soledad me sobrecogió de golpe.
Pero mi avaricia se había despertado. Suponiendo al viejo en posesión de una cuantiosa fortuna, determiné ganarme su confianza y liberarle, en la medida de lo posible, de las graves preocupaciones que, como es sabido, proporciona el dinero. Deduje que, si en efecto era un hombre rico, ofrecerle una limosna sería la más efectiva provocación. Si por este simple método conseguía despertar su atención, ya me ocuparía después de conducirle a una conversación banal, por medio de la cual esperaba pasar por una persona buena y digna de su amistad. Solía dar resultado.
Con suma precaución, sin levantar el mínimo sonido del barnizado suelo de madera, conseguí situarme a su derecha, frente a un cenicero vacío, tallado en cristal, que descansaba sobre el piano. Durante una fracción de segundo, vinieron a incomodarme las últimas palabras del Camarero, pero no me fue difícil silenciar el oscuro remordimiento. La moneda (la más pesada que llevaba encima) produjo un estrépito infernal al caer en la brillante superficie del cenicero. El hombre respingó y dejó de tocar. Luego, con calma, miró la moneda, después a mí y nuevamente a la moneda. Sorprendido quizá, desconcertado, pero sin un asomo de rabia ni de orgullo, dijo:
- No toco por dinero. Recoja esa moneda, que tal vez haga más falta en cualquier otro lugar y déjeme seguir con mi música. - esta respuesta, que yo había previsto con habilidad, abría de par en par la puerta a la pregunta que realmente deseaba formular y que colocaba al anciano en un callejón sin salida. Inconsciente, me felicité por mi aguda inteligencia. Con el tiempo, he llegado a odiar mi maldito ingenio.
- ¿Para qué toca, entonces? - exclamé con una sonrisa triunfal. Ante mi sorpresa, el hombre me miró directamente a los ojos, mantuvo su vista clavada en mí durante un rato que me pareció angustiosamente largo y por fin, sin abandonar el tono pausado, respondió:
- ¿De verdad quiere saberlo? Sí, veo en sus ojos que lo desea con ansiedad. Está bien, se lo contaré. Pero no aquí ni ahora. Recapacite bien su decisión y si realmente le interesa saberlo, acuda a esta dirección - me alargó una tarjeta amarillenta y algo arrugada - mañana, después de la medianoche. Aún está a tiempo de olvidarse que alguna vez me ha visto. Hágalo. Salga por esa puerta y váyase a dormir. Mañana recordará haber tenido un sueño confuso y nada más. Podrá seguir con su vida como si esta escena jamás hubiese tenido lugar. Pero óigame bien: Después de nuestra entrevista, si al final decide asistir, será definitivamente demasiado tarde - sin añadir una sola palabra más, volvió a sumergirse entre las teclas, abandonándose a la voluptuosidad de las hermosas notas que ascendían con suavidad hacia lo alto, hacia las penumbras del techo, tal vez hacia el cielo de allá afuera...
Mucho había aumentado mi insaciable curiosidad la velada amenaza del anciano. Una peligrosa mezcla de codicia y engreimiento se apoderó de mí, impidiéndome razonar. Si hubiese podido meditar siquiera unos momentos las consecuencias que aquello podría acarrearme... Pero era demasiado joven. La fiebre se desbordaba por todos los poros de mi piel. Pensé que había llegado mi oportunidad, que la vida me sonreía...
Aquella noche apenas pude dormir. El día transcurrió en un frenético trajín que no dejó de sorprender a los clientes habituales. Cerré mi negocio antes de lo acostumbrado, desoyendo las protestas de los trasnochadores. Poco antes de las doce me hallaba frente al edificio donde había sido citado por aquel viejo estúpido. Era un caserón antiguo, de cuatro plantas, próximo al Club. Sus paredes presentaban un lamentable deterioro, lo mismo que las construcciones circundantes. Había algo inexplicable en la decadencia del Barrio, eso no podía negarse.
Cuatro tramos de nueve escalones me condujeron hasta una puerta grande y maciza, con el barniz rajado en su mayor parte, descolorida. El lugar ni siquiera parecía habitable. Traté de tranquilizarme un poco por el procedimiento de la respiración lenta y regular. Lo conseguí en parte. Dos minutos después de que las campanadas de la vieja iglesia situada en la entrada del Barrio señalasen la hora definitiva, la que borra un día para dar paso al siguiente, mis nudillos golpearon suavemente la deslucida puerta que se erguía ante mí como un coloso antiguo y olvidado. Unos segundos más tarde, la puerta se abrió con un leve chirrido, con desesperante lentitud. Tras ella apareció el anciano. Me dirigió una lánguida mirada de resignación y se hizo a un lado, invitándome a pasar al interior de su humilde vivienda.
Debido a la desconfianza que me inspiraba el viejo, había tenido la precaución elemental de comprar, unas horas antes, una bonita navaja de origen persa con incomprensibles inscripciones. Ahora reposaba en el bolsillo derecho de mi americana, presta a ser utilizada si la ocasión así lo requería. El hombrecillo me introdujo en una habitación pobremente amueblada y me señaló un ajado sillón de incómodo aspecto para que tomase asiento en él. Se situó frente a mí, al otro lado de una mesa en la que descansaban dos vasos y una botella de vino barato, sin etiqueta.
- Sírvase - invitó. En su tono se adivinaba una autoridad impropia del hombre que conocí la noche anterior, en el Club. Afirmé con la cabeza, algo sorprendido aún. No sé si en mis ojos llegó a reflejarse el asco que aquello me produjo, pero sumisamente me serví una buena ración de aquel licor rojizo y apuré un sorbo con aparente placer - O sea, que al final ha decidido no hacer el menor caso a mi advertencia y ha venido.
Asentí con un gesto. Él parecía estudiarme.
- Según he podido deducir, lo único que ha despertado su interés es el misterioso origen del dinero que cada mes le proporciono al Camarero para que pueda seguir sustentando el local ¿No? No intente negarlo, sé que estoy en lo cierto. Por última vez he de avisarle: Lo que va a oír aquí no es fácil de creer. Pero si logra asimilarlo en toda su amarga grandeza, le resultará imposible olvidarlo. Es muy posible que su futuro quede inevitablemente marcado por las palabras que ha venido a escuchar. Aún tiene la última oportunidad de levantarse de esa silla, caminar hasta la puerta y salir de aquí para siempre. Créame, yo no sentiré que esta entrevista no se celebre.
- Sólo tengo una palabra - me maravilló mi repentina seguridad. En mi ciega inconsciencia, atribuí ese aplomo a los dos tragos de vino que había tomado mientras escuchaba distraídamente su postrer advertencia. - He venido a saberlo todo, y puede tener la seguridad de que no he de salir de aquí hasta que me haya puesto al corriente incluso de los menores detalles.
- Está bien. Sea. Por otra parte, estaba seguro. - creí percibir en su voz como un eco de cansado fatalismo. Hoy sé que sus palabras estaban impregnadas de una tristeza impotente. - Lo que voy a contarle no es demasiado extenso. Nunca antes ha sido relatado, ni es probable que en el escaso tiempo que me queda por vivir me vea tentado a narrarlo de nuevo. Tan sólo me gustaría rogarle, a cambio de mi secreto, una pequeña prueba de confianza: Vacíe sus bolsillos encima de la mesa. ¿Se sonroja? No tiene por qué. No debe alarmarse. Conozco de antemano su contenido. Lo único que pretendo es poner a prueba su serenidad y asegurarme que es usted digno de la revelación que esta noche va a hacerse. Sí, por favor... la navaja también. Debo reconocer su buen gusto. Eso es. Todo sobre la mesa. Ahora preste atención porque nada será repetido.
Hizo entonces una breve pausa que me sirvió, cuando menos, para despejar un poco el desbarajuste reinante en mi cabeza. ¿Cómo podía conocer el detalle de la navaja? Seguro que sólo había tenido alguna oscura sospecha y jugó de farol al mencionarla. ¿Y si tenía la certeza de que había ido allí con intención de robarle, asesinándolo si fuera necesario? Aunque en aquel momento, por supuesto, no me di cuenta de ello, ya estaba empezando a arrepentirme de haber aceptado aquella invitación. No obstante, el vino, a pesar de su mísera apariencia, estaba, debo admitirlo, muy sabroso.
- Debo referirme - reanudó su monólogo - en principio, a las circunstancias que me han conducido a mi actual estado. Nací hace muchos años en alguna ciudad de la costa. Ya olvidé su nombre y hasta el momento en que lo olvidé. Mi familia apenas disponía de recursos, lo que me cerró las puertas de una educación universitaria. Al término de la enseñanza primaria, como por aquel entonces se denominaba, tuve la suerte de ser admitido como aprendiz en una zapatería, de la que me despedí voluntariamente dos meses después, descontento del oficio y más aun con la paga. En esa época, todavía estaba convencido de merecer algo mejor en la vida. Más tarde me empleé como pinche de cocina, vendedor de periódicos, mensajero, limpiabotas, ayudante de fontanero, mecánico aficionado, guía clandestino y hasta acompañante de avaras ancianas a quienes (el cielo me haya perdonado) hurtaba pequeñas cantidades. Ensayé simultáneamente la venta domiciliaria y la seducción de mujeres maduras e insatisfechas. En ambas facetas fracasé con estruendo y a punto estuve de tener que batirme en duelo o de dar con mis huesos en alguna tenebrosa celda. Por fin, no sin dificultades, conseguí que se me admitiera como ayudante de bibliotecario. Desengañado de la justicia social y dolorido a causa de las constantes humillaciones, me aboqué a la lectura, como quien se abisma en las insondables ciénagas del alcohol o en los laberintos más trabajosos de las drogas. Aunque para entonces mi alma distaba mucho de ser una pradera virgen, donde pudiesen florecer con desparpajo las amapolas, la estancia entre los libros logró calmar un tanto mi atribulado espíritu.
El viejo carraspeó y tomó un sorbo de vino. Parecía perdido en las ensoñaciones del pasado. Pensé que quizá no fuese tan difícil, después de todo, sacar partido de aquella situación.
- Gracias a la complicidad del viejo bibliotecario - continuó - hombre admirable a quien no he olvidado, descubrí un filón literario inagotable. No pocas felicidades me deparó la lectura de los innumerables tomos que allí se almacenaban. También les debo, por el contrario, mi única desgracia. Pero ya llegaremos a ese punto. Quiero que seas testigo de mi historia, que la padezcas como yo hube de padecerla, paso a paso, sin atenuantes ni omisiones; que descubras, como lo hice yo, los maravillosos cuentos de Las Mil y Una Noches, el de la enorme ballena blanca asesina de hombres y la épica Eneida; que conozcas la existencia de un fantástico país habitado por gigantes y de otro, vecino del anterior, en el que tan sólo vivían enanos, seres diminutos como una moneda. También supe de otro lugar en el que los caballos eran la raza más evolucionada y los hombres, en cambio, se veían reducidos a la esclavitud por causa de su estupidez. Leí con avidez los cuentos de Stevenson y de Chesterton, que me condujo hacia Poe. Conocí las pesadillas de Kafka, quien logró entusiasmarme. Recorrí asombrado y feliz las páginas de Wells y las que elucubró la afortunada pluma de Kipling y aun tantas y tantas otras que la corriente del tiempo ha conseguido borrar. En medio de aquel mágico universo de volúmenes, hallé uno que carecía de título...
Se detuvo, como indeciso. Su mano llevó a sus labios el vaso de vino. Tomó un breve sorbo. Me miró con insistencia, como suplicándome que no le obligase a terminar su relato.
- Continúe, por favor - ordené. Sentí la boca seca. Un vivo deseo de seguir bebiendo, de seguir aquella historia hasta el final.
- Se trataba de un ejemplar muy viejo, con las tapas oscuras (no negras, ni grises, ni marrones, simplemente oscuras) Curiosamente, comenzaba en una página par. Hoy día, muchos panfletos han adoptado esa moda. En el tiempo en que aquel libro fue redactado, tal cosa era impensable. Tal vez fue esa deformidad lo que me indujo a examinarlo con mayor detenimiento. Una vez que mis ojos comenzaron a recorrer una de sus líneas, elegida al azar, supe que me hallaba ante un libro único, un libro que me había de deparar las mayores sorpresas. Yo solía llamarle "el libro de todas las cosas", título que sin duda refutaría alguien con más cultura y mayores conocimientos, pero la ausencia de encabezamiento permitió que yo bautizase a mi más reciente maravilla como me viniese en gana. En aquel tomo, que avaramente robé sin medir las consecuencias y, lo que es peor, sin la menor consideración hacia mi viejo camarada, el bibliotecario, leí la formación del universo y de la tierra, de las aguas y de las ciudades, ideadas por los hombres para el disfrute de la infelicidad. Todo estaba impreso en un idioma desconocido para mí, pero que se abría a mis ojos como una flor en plena primavera, y a pesar de no haber visto nunca antes aquellos signos, lograba interpretarlos sin dificultad y, asombrosamente, sin asombro. Allí se hablaba de la incomparable belleza que encierran todos los animales y el hombre. Explicaba el origen y el significado de la luz y de todas las formas de la energía, incluso aquellas que aún no habían sido descubiertas o explotadas. En otras páginas se examinaban los miles de partículas que conforman un simple grano de arena. Describía, con horribles detalles, todas las guerras, las que fueron, las que son y las que serán hasta el fin de los tiempos. Alguien, misericordemente, había arrancado las últimas páginas, las referidas al temible Apocalipsis final. De todas aquellas maravillosas líneas, cuya lectura se me antojó infinita, hubo unas pocas que llamaron especialmente mi atención. (¡Los dioses me hubieran cegado!). Están aquí. ¿Quiere leerlas? - Extrajo del bolsillo de su camisa un papel arrugado que me extendió por encima de la mesa, con un gesto de última advertencia.
- Naturalmente - contesté sin dudarlo un momento. El texto, impreso en caracteres incomprensibles, decía:
{... de los sonidos. Sonidos que el hombre, en su prepotencia, ha clasificado en un número limitado de notas musicales, con las cuales cree poder componer todo tipo de melodías. La historia futura ha de refutar, sin duda, tan exagerada teoría. El número de sonidos es infinito, como lo es el número de sus fuentes. ¿Acaso hay, en todo el Universo, dos pájaros cuyo canto sea idéntico? ¿Acaso hay dos truenos que no se diferencien, aunque sea de un modo insignificante? El hombre desconoce y desconocerá durante muchos siglos el correcto arte de mezclar los sonidos. Se ignora incluso la perfecta utilización de los instrumentos musicales más comunes. Para demostrar lo que aquí se dice, basten dos ejemplos elementales: Hay un sonido que es capaz de transformar cualquier metal en oro, la más infame de las piedras en diamante. Aun siendo éste un sonido primario, que puede lograrse con instrumentos convencionales, son muy pocos quienes lo conocen. Existe otro sonido más complejo, que sólo un hombre conoce y que un solo instrumento puede producir. Este sonido provoca en quien lo escucha una felicidad desconocida. Aquel que sea capaz de tañer correctamente el instrumento adecuado, ése del que aquí se habla, gozará por la eternidad del estado de intemporalidad, así como de un incalificable sentimiento de dulzura. Pero sólo hay, como se ha dicho, un hombre calificado para tal empresa. Este hombre, que no tiene nombre ni edad, habita las más altas montañas de la tierra, en compañía de aquellos pocos elegidos que alguna vez tuvieron la fortuna de escuchar a su lado la melodía. Es un lugar tan frío que cualquier europeo puede morir congelado si no lleva la ropa adecuada. Sus habitantes, por el contrario, se cubren con simples túnicas de seda. Cuando ese hombre maravilloso habla, las aves detienen su vuelo y las alimañas más feroces se aproximan a él y todos cuantos le escuchan permanecen en dulce éxtasis durante horas, que a veces se convierten en días. Pero este hombre rara vez despega los labios. Por la región se dice, en susurros, que tan sólo utiliza su voz una vez para cada generación, y que son muy pocos los elegidos para escuchar sus palabras...}
Tras un pesado silencio, el anciano dijo:
- El sonido que convierte el metal en oro lo descubrí hace tiempo. Sigo buscando el otro. En vano he ensayado la guitarra, el arpa, la flauta, la armónica y el violín. Cuatro veces he recorrido medio mundo para visitar al Mago. Nunca me fue deparado el placer de escuchar sus palabras. Cuatro veces preguntáronle mis labios el nombre del instrumento, suplicando la clave del sonido mágico. Cuatro veces sus ojos me miraron con infinita lástima y su rostro volvióse hacia otro lado, obligándome sin violencia a abandonar las altas cumbres de frías nieves y regresar al fétido mundo de las planicies sin consuelo. Sin embargo, la última vez tuve la dicha incomparable de oír (quizá como un triste despedida) un fragmento insignificante de una nota perteneciente sin duda a la tan anhelada melodía. Me había quedado solo, fuera de los límites de la ciudad sagrada. Me disponía a arrear mi mula para que me llevase de vuelta a las estepas cuando lo oí, levantándose desde las profundidades del silencio: Y era la respiración anhelante de la enamorada y la caricia del mar contra las rocas y el canto de todos los pájaros y el roce de sus alas penetrando el viento y el viento acariciando las copas de los árboles y el trueno y tu voz y todas las voces y susurros y el silencio y todos los sonidos jamás escuchados, todo comprimido en una única, interminable y desesperada nota. Nunca supe el origen de aquel brevísimo sonido que me llenó de una inmensa felicidad, sumiéndome después en la más honda de las tristezas, pues supe que nunca volvería a escuchar nada parecido. Desde entonces, mis fuerzas, cada vez más escasas, me han impedido regresar. Sé que ya no podría volver a sufrir el frío de las alturas. Los años que me restan son pocos. Decidí consagrarlos a perfeccionar mi técnica con el piano, que es uno de los instrumentos que ofrece un mayor número de posibilidades. Nada he conseguido, pero la mera práctica ha conseguido que alcance un burdo sucedáneo de esa felicidad que me está vedada. Ahora ya conoce la historia. Si lo que quiere es dinero, diga una cifra. Le extenderé un talón al portador.
Su rostro reflejaba un intenso sufrimiento. Sentí que matarle hubiera sido una forma de piedad y nunca fui piadoso. Su generosidad me asqueaba, por lo que ni siquiera consideré la posibilidad de pedirle dinero. Prudentemente, como quien abandona una iglesia a mitad de la misa, me levanté del sillón, algo achispado por la insólita calidad del vino, recogí mis cosas, que yacían esparcidas sobre la destartalada mesa, le miré de frente a los enrojecidos ojos y salí de la casa cerrando la puerta sin ruido.
Obviamente, no creí una sola palabra y me fui a dormir con la tranquilidad de quien ve alejarse un huracán. Al día siguiente, no obstante, puse en venta la cervecería y más tarde me instalé en una tienda de instrumentos musicales, cuyo altillo me servía, al mismo tiempo, de vivienda. Alguna vez pensé en lo tonto que había sido el viejo al no reparar en tal idea. (El maldito viejo que todos los demonios se hayan llevado. ¿Qué necesidad tenía de confiarme su secreto?)
Más de treinta años han transcurrido desde aquella noche y aquel vino. En ocho ocasiones he visitado las altas cumbres y nunca he llegado a escuchar sonido alguno, ni el gran Mago se ha dignado recibirme. Quizá presiente que soy yo, por fin, el que puede arrebatarle su magnífico secreto y cree que evitándome podrá huir de mí, pero todavía no soy demasiado viejo y aún tengo confianza. Sé que he de regresar, que algún día no podrá seguir negándose a concederme una audiencia. Quién sabe si ese día esté cerca, quién sabe si ese día me serán mostrados, definitivamente, los rostros prohibidos de la música.