Françoise Paulet
pauletfranc@yahoo.fr
Se está llevando a cabo la cuarta restauración de la iglesia, después de varias reformas parciales. Ahora que ha recibido la categoría de monumento y que ha sido declarado bien de interés cultural, este templo románico-mudéjar integrado en un bonito conjunto de casas porticadas es objeto de nuevos retoques.
La armonía de sus proporciones, su volumen discreto, más humano que divino, con la torre de planta cuadrada protegiendo como una hermana mayor el medio círculo del ábside, el ladrillo de sus muros, fruto de las rosadas tierras de la llanura, todo es un regalo para la vista. Pero nadie lo ve en esta tarde de agosto abrasada por un sol que se ha tragado el aire y ha tapiado puertas y ventanas. No hay un alma en las calles tórridas ni en la plaza de ardientes piedras, y los gatos se han buscado sombras más propicias que la escasa franja negra bajo los soportales. Hasta las moscas obstinadas se han callado, y ningún pájaro se atreve a cruzar el cielo encendido. La vida le da la espalda a la iglesia; la vida toda parecería haberse evaporado, de no ser por Rosa, que con su mochila raída y sus sandalias polvorientas se está aproximando al edificio. Rosa ha visto ya distintas iglesias y plazas, arcos y puentes sobre los dos ríos que cercan el pueblo con su delgado lazo. Del castillo, cerrado a cal y canto a esa hora intempestiva, le impresionaron la gran torre del homenaje, los torreones y los fuertes muros casi blancos bajo la intensa luz, frente a los que se sintió castellana o carcelera.
Sudorosa, la boca seca, en medio de un silencio de plomo, Rosa avanzaba hacia la cabecera de Santa María que, con su triple arquería de medio punto, se le antojaba una sonrisa benévola y acogedora. Examinó la tríada de arcos de los muros presbiterales y de la torre encuadrados en un alfiz, y acariciando el ladrillo rodeó la iglesia hasta la puerta entreabierta, de donde emanaba un poco de frescor. Asomó la cabeza y vio a un hombre con un cepillo de carpintero.
-¿Se puede visitar?
-No. Bueno... en realidad, no se puede entrar, pero si quiere, pase y eche un vistazo.
-Gracias. ¡Pero qué maravilla!
La sedujeron por un lado, el espléndido artesonado de la tribuna, y por el otro, en la tiniebla del fondo, unos frescos adornando la pared, de delicados colores azules, rojos y verdes.
-¡Qué maravilla! -repitió Rosa.
-Yo no entiendo -contestó el carpintero-. Sólo estoy aquí para arreglar esta puerta.
-¿Sabe Vd. de qué siglo es esta iglesia?
-No, yo no entiendo; y además no soy de aquí: he llegado esta mañana de mi pueblo.
-¿Pero le gusta?
-Sí me gusta. Es verdad que es muy bonita.
-¡Ya lo ve! Esto es lo más importante.
A través de la penumbra Rosa se dirigió a paso lento hacia las escenas pintadas del trascoro. Habían sido refrescadas por una mano experta y amiga de lo bello.
Aunque, al no estar consagrado el lugar, Dios estaba ausente, Rosa se prosternó y empezó a rezar las únicas oraciones que recordaba, el Padre Nuestro y el Ave María. Rezaba sin mover los labios, a la vez agradecida al que todo lo ve y distraída por la belleza de las pinturas góticas, y debajo de estas por los extraños perfiles barbudos formando de dos en dos un friso donde llamaban la atención la serie de misteriosos ojos convergentes, sin pestañas, inmensos, picassianos. Se le alborotó la respiración, fascinada por los múltiples ojos, por el pantocrátor levantando la mano, por el león alado, por los colores dulces y alegres, pero sobre todo porque sentía que de un extremo a otro de la nave se propagaba, y luego se posaba en sus hombros, la mirada del ebanista.
Todo en ellos estaba preparado para que se enamoraran, y se enamoraron. De inmediato Rosa encontró apuesto al joven que en pantalón corto y con el torso desnudo alisaba las gruesas tablas del portón, y apreció el cariño y la precisión de sus movimientos. Notó la piel erizada bajo el sudor que bañaba su pecho moreno, y el serrín espolvoreado sobre el negro pelo ensortijado. A él también le había gustado esta desconocida, capaz de desafiar el rigor del estío para fotografiar iglesias y castillos. La invitó a tomar una copa por la noche, al acabar su jornada. Miguel era divertido y hablador, pero también sabía escuchar con interés y una amplia sonrisa lo que ella le contaba de sus viajes y descubrimientos.
Se volvieron a ver y esta vez él le regaló una caja de mazapanes del convento de Santa Inés. Al despedirse de ella la apretó entre sus brazos y la besó en los ojos. A partir de entonces las citas fueron cotidianas: se reunían después de las horas que habían pasado, él en la puerta de Santa María, labrando y puliendo aquella madera grosera hasta convertirla en una superficie de tacto placentero, y ella en sus andanzas contemplando las joyas que deja la historia a su paso. A la vuelta ella le ofrecía un retrato de los portentos contemplados aunque, de todos, el que más le atraía era este.
Y es así como una mañana de la primavera siguiente, Miguel Ángel Bernárdez Atarazanas, príncipe de los ebanistas, tomó por esposa a la amante del arte Rosa de Lima Juana del Soto Enciso, en la iglesia de Santa María la Mayor. La restauración había finalizado y el obispo la había bendecido y abierto al culto. Después del olor a cemento y a viruta reinaban los perfumes confundidos del incienso, el lirio y el nardo. El templo estaba repleto de flores y de seres queridos, y vibraba con los emocionados cánticos de una coral femenina. La novia recordaba sus primeros rezos ahí. El sacerdote recalcó la gracia de casarse en el lugar mismo donde había nacido el amor, bajo el manto protector de la Virgen, y les deseó hasta el final de los tiempos un matrimonio lleno de bienaventuranza. Todo eran parabienes; las familias, los amigos, el pueblo entero felicitaban y aplaudían a la nueva pareja resplandeciente, él en traje gris a rayas, ella en el blanco cegador de la nata o de la nieve primeriza de los vestidos nupciales de antes: había preferido ese blanco absoluto al tono marfil, roto, dudoso, de los vestidos actuales. Su ramo era de gardenias y azahar como la diadema que sujetaba su pelo castaño, y una cadena con una escueta cruz de plata, suave como la mano del joven marido, relucía en su cuello. Las alianzas también eran de plata.
El banquete fue copioso; los vinos corrían
abundantes. Al terminar la fiesta, le tocó al recién casado
partir el pastel de su boda: era de bizcocho, merengue y chocolate, pespunteado
con guindas y peladillas de azúcar dorado. Cada uno se puso a degustar
su trozo. Miguel y Rosa compartieron su ración, y con los brazos entrelazados
intercambiaron las copas de cava. La tarta estaba melosa, dulce sin ser empalagosa,
y se derretía bajo la lengua. De pronto a Miguel se le cayó
una cereza envuelta en chocolate: la cogió, la depositó en el
filo del plato, y luego tuvo la fatal ocurrencia, entre carcajadas, de limpiarse
los dedos en la falda inmaculada de su esposa. Al ver esas huellas moradas
en su regazo, Rosa se quedó atónita. Palideció. Sintió
deseos de abofetearlo, morderlo, escupirle a la cara, arañarlo, arrancarle
los ojos. Sólo palideció, mientras su corazón se detenía.
Su madre no se había percatado del gesto del esposo, ni apercibió
las marcas rojizas sobre la seda, pero observó que la sangre se había
retirado de las mejillas de su hija. Fue a abrazarla y le preguntó:
"¿Felices?". Rosa, exangüe, petrificada, no respondió.
¡Felices! ¡Podrían haberlo sido tanto! Habrían deshojado
juntos el almanaque de la vida. Habrían disfrutado haciendo niños
y criándolos. Él habría fabricado animales y trenes de
madera para los reyes de la casa. Ella habría pintado sus alcobas del
color de las campánulas y decorado el salón con paneles de estuco
albero. Los geranios habrían lindado con los pensamientos en las jardineras
del patio y el jazmín les habría dispensado su sombra y sus
efluvios. Pero a Rosa se le había detenido el corazón.
Como todas las noches de luna llena, la muchacha padecía insomnio.
Miró hacia Miguel, que dormía boca abajo. Después de
gozar de ella, su cuerpo tostado reposaba plácido, y sus hombros se
elevaban a un ritmo inocente. La desposada se asomó a la ventana, levantó
la cara hacia la cara de la luna. Luna rotunda, luminosa, con playas oscuras
que se parecían a las manchas de su vestido. Abrió el balcón
y se fue caminando, despacio, despacio, hasta lo más brillante de la
noche.