Ricardo Mena Cuevas
Ricardo.Mena.Cuevas@garrigues.com
La cegadora luz de la mañana recibió a los pasajeros que bajaban por la pasarela del "Marco Antonio", el ferry que acababa de atracar en el Puerto de Alejandría. La mañana era bastante soleada, aunque algunas nubes veraniegas hicieran acto de presencia desde el oeste ensombreciendo tristemente a la multitud de pasajeros que se despedían de sus familiares desde otros buques, o acogiendo alegremente, rebajando el calor con su sombra providencial, a otros que se volvían a encontrar tras un largo paréntesis. Nada fuera de lo común estaba ocurriendo aquella mañana, siendo como era Alejandría un puerto del mediterráneo. Sin embargo, para la periodista y corresponsal del Le Figaro Colette, esta mañana supondría, y de hecho supuso posteriormente como luego se verá, un antes y un después en su ya en aquellos momentos dilatada carrera periodística.
De los miles de pasajeros que bajaban de los variados y blancos ferries y cruceros, ninguno merecería nuestra preciada atención, si no fuera porque uno de ellos viste un pantalón vaquero azul desgastado, una camiseta blanca ajustada y una maleta deportiva, como tampoco se le pasó por alto a Colette, que ya tenía su cámara fotográfica enfocada desde una de las colinas de Alejandría. La visión de su ropa desde la cámara fotográfica junto con su peculiar cabeza calva, su rostro bien afeitado a la par que sus botas de senderista, contrastaban con el resto de pasajeros que vestía turbantes, ropa holgada blanca o negra y ostentaban púdicos velos las mujeres o los hombres grandes y negras barbas espesas.
El occidental tiene una sonrisa bastante atractiva bajo el enfoque tomado por la paciente cámara fotográfica de Colette, quizás incluso podría calificársela como sonrisa maquiavélica, supervisada característicamente por unos ojos llamativos y circunspectos, ojos serios aumentados de diámetro bajo el efecto lupa de sus redondas gafas cristalinas que le hacían poseedor de un halo de persona lógica y crítica, incluso científica. Su forma de hablar con la gente del muelle en estos momentos, sobretodo el modo en que se expresa con sus manos al interaccionar con otros pasajeros mientras bajan pegados y agolpándose por la escalinata del "Marco Antonio", indicaría que estamos ante una persona no fácilmente impresionable, paciente y reservada, lo que en este caso era del todo acertado y cierto.
Sin embargo y lo que ya no es tan fácilmente predecible a simple vista desde el muelle para cualquiera de nosotros mortales, era que su aptitud personal, creada y desarrollada desde su más tierna infancia para sobrevivir, siempre atento a los cambios, siempre abierto a las sorpresas y alerta siempre ante las inconveniencias, a las cuales por otra parte sometía por regla empírica al yugo de un férreo y riguroso análisis clínico y científico, estaba enfocada hacia propósitos delictivos, muchos de los cuales eran ya altamente famosos en la época en que visitó Egipto.
Una suave brisa soplaba desde poniente y ayudaba en su planeamiento a varias gaviotas en busca de peces. Nadie podría pensar que aquel joven de ojos glaucos y circunspectos, pantalones vaqueros azules desgastados y camisa blanca, corpulento y tranquilo como la calma antes de la tormenta, un occidental crítico y lógico, filólogo, investigador y arqueólogo, se estuviera preparando para robar y expoliar una joya magnífica de la ciudad inmortal de Alejandría.
Borgia, pues así se llama el occidental, dejó la maleta deportiva a pie de muelle, movió los hombros levemente arriba y abajo, y se ajustó las redondas gafas que llevaba siempre puestas para ver de lejos, aunque también las utilizase para leer de cerca. Buscó con su mirada a alguien que al parecer encontró en la distancia y sacó una hoja de papel de su bolsillo trasero derecho. La leyó: "La Cobra del Desierto será expuesta hoy en el museo. Horarios de 9 a 22 horas. Entrada gratuita", rezaba la noticia. Sonrió. La bocina de un buque que estaba saliendo del puerto resonó en toda la bahía, en toda la ciudad de Alejandría que se asentaba en aquel trecho de tierra arenosa rodeada por el Mar Mediterráneo y el lago Mareotis, creación del gran delta del Nilo.
***
En el hotel "Los Ptolomeos", que estaba situado en el centro de la ciudad, frente al museo, propiedad de una gran familia de banqueros egipcios, estaba teniendo lugar una conversación aparentemente trivial entre dos occidentales vestidos con dos trajes de chaqueta italianos azules que saboreaban su primer café de la mañana en el ático desde donde se podía divisar la ciudad y el mar. El occidental de mayor edad continuó comentando la noticia del día:
-La joya de la que hablamos, querido Conrad, no sólo contiene un valor y una belleza intrínseca fuera de lo común, que haría brotar la codicia hasta en los propios ojos de un santo. El sentido de su creación y de su portentoso descubrimiento es su valor simbólico.
-Sé a lo que te refieres -afirmó cogiendo la taza de café el más joven conforme miraba hacia la mesa contigua en donde veía a una mujer morena que había captado su atención.
-Querido Conrad -continuó el más viejo, inclinándose hacia su compañero para volver a captar su atención desviada hacia la mujer morena-, la joya de la Cobra del Desierto es la clave del secreto contenido en el ancestral Libro de los Muertos. En ella reside el que pueda concluir mi investigación, dando por zanjado el asunto sobre la veracidad e infalibilidad de los ritos contenidos en el polémico libro.
-Sí, sé a lo que te refieres -volvió a contestar el joven sonriendo a la mujer morena que ahora lo estaba mirando ruborizándose. Alzó la taza de café a sus labios y bebió sin apartar la vista de ella mientras escuchaba lo que ya estaba diciendo Bachman, pseudónimo por el que se conocía al autor de los comentarios más profundos sobre el Libro egipcio de los Muertos.
-No te podría decir, con el mayor de los énfasis, querido Conrad, la importancia de hacernos con la joya... No vamos a robarla, naturalmente, vamos a tomarla en préstamo durante el tiempo necesario que necesitemos para dar con la interpretación correcta de los ritos del libro. Tú sabes mejor que nadie, porque me conoces de sobra, Conrad, que estoy ante el momento culminante de mi vida. He pasado años estudiando el libro. He estudiado por qué y cuándo se escribió; quién llevó a cabo los primeros ritos para que el Faraón pudiese viajar hacia el otro mundo y someterse al juicio de Osiris sin temor ni espanto... Lo que quiero decir es que es hoy o nunca, querido Conrad. ¡Hay que hacerse con la Cobra del Desierto y necesito de tu ayuda!".
Conrad miró al mar y contestó a su experimentado y humilde amigo que estaba dispuesto a robar la joya por el bien de la comunidad arqueológica internacional y por el bien de su amigo. Para eso habían venido a Alejandría; para eso lo había llamado Bachman y para eso mismo, para tomarla prestada y hacer de ella la interpretación del Libro de los Muertos que abriría los ojos al mundo moderno, le había pagado Bachman cien mil euros mediante transferencia bancaria a su cuenta en Suiza. Y es que Conrad hubiera hecho lo que fuese necesario por la humanidad y por el Arte con mayúsculas, sin importarle el dinero que a fin de cuentas, como decía él, era simplemente eso: dinero.
***
El parque de Alejandría era un lugar muy particular de la ciudad. En él se daban cita multitudes que escuchaban a aquellos que hablaban de la salvación del alma y de cómo nuestro comportamiento ante la vida debía de estar fundamentado en la comprensión del Cosmos y en el infinito amor que El Creador había depositado en él para poner en vida al ser humano como prueba de su afecto. Se podía ver a muchos rezando en sus esterillas mirando al Este, hacia La Meca; otros se lamentaban dándose pequeños golpes en el pecho con sus propias manos que luego llevaban a sus caras, escondiéndolas. La mayoría simplemente paseaba, se solazaba al sol o hablaban sentados en los bancos de madera sobre el calor, la política o la noticia del día que era la joya de la Cobra del Desierto.
En una de las zonas más concurridas del parque, donde hablaban los más doctos y los más sabios de los hombres ante las multitudes, se pudo oír decir por boca de un anciano muy raquítico, que estaba en una tarima, lo siguiente:
-Quiero rezar por Alá, rezar por vuestras almas que están en peligro…
Luego, parándose durante unos breves instantes, prosiguió de un modo más bien apocalíptico:
-Y es que el fin de los días está cerca. He visto a la cobra en mis sueños y ninguna paz nos aguarda, hijos míos, sino la más soberbia de las violentas tormentas.
La multitud congregada a su alrededor estaba impaciente por escuchar a qué se refería exactamente el anciano con aquella profecía que tanto les intrigaba. Tras una pausa durante la cual se escuchó el llanto de varios niños recién nacidos, y a sus madres intentando pacificarlos con susurros, prosiguió el anciano:
-No existirá la paz hasta que la Cobra vuelva a su lugar de origen y deje este mundo material en el cual no tiene cabida, ni sentido ni nada que hacer salvo engendrar la maldad, la avaricia y la codicia. En mis sueños he visto la luz, hijos míos, en mis sueños lo he visto claro: nada tiene sentido salvo Alá, creador del cielo y de la tierra. Él espera de este pueblo mayores esfuerzos y mayores sufrimientos en atención a su Obra. Él no quiere que veneremos al símbolo del diablo que es Osiris y a esa joya en forma de cobra que supone la reencarnación del maligno y la vuelta de los muertos a este mundo de los vivos. Y ahora -dijo el anciano conforme se bajaba de la tarima lentamente- comamos y descansemos porque ya es mediodía y es la hora de dar gracias a Alá por haber creado el mundo.
En su lugar estaban ya esperando varios hombres para hablar a la multitud, actitud que abandonaron al ver que todo el mundo se dispersaba para comer como había recomendado el anciano que ahora estaba sentándose junto a una joven morena de piel y de largos cabellos negros. Su atención para con el anciano era completa y bondadosa. Éste se dejaba hacer y convencer hasta que hubo sido sentado en una esterilla bajo una gran palmera. El frescor del parque era toda una bendición para aquella hora del día tan calurosa como era el mediodía. En unos momentos de completa tranquilidad en la cual no parecía que se moviera siquiera un solo dátil de las numerosas palmeras que protegían del infernal sol al césped verde de aquel parque, el anciano comenzó a toser y a enrojecer por la falta de respiración. La joven morena se puso a su lado y con ella varios familiares que a su vera estaban comiendo. Finalmente, y para el asombro de la multitud y pánico de los que le habían escuchado prevenirles contra el fin de los días hace unos instantes, el anciano expiró y se quedó tieso. Se había atragantado con un dulce dátil.
***
El inspector de policía Al Bern Ard y su subordinado Al Ric Ard se dirigieron hacia el museo rápidamente una vez fueron puestos sobre aviso: la joya de la Cobra del Desierto había sido sustraída y un occidental había fallecido junto a la vitrina vacía donde ese mismo día había sido expuesta al público por primera vez en los dos mil años que habían transcurrido desde que hubiera desaparecido la Cobra del Desierto.
Cuando hubieron llegado a la sala del museo que albergara esa misma mañana la enigmática joya, comprobaron la presencia de los testigos que consistían en un hombre bien alto y robusto y de cabellos rubios, una mujer morena de largos cabellos negros cuya belleza egipcia competería con la propia Nefertiti, un cadáver y dos occidentales que estaban de pie junto a él, uno con los pantalones vaqueros azules manchados con la sangre que le caía del rostro, y el otro con un traje de chaqueta italiano azul. El cadáver, también vestido con traje de chaqueta azul, tenía un libro en su mano derecha y sonreía diabólicamente.
Al recabar una primera información de lo ocurrido por boca del director del museo que estaba en la puerta de la sala donde antes se mostrara al público la cobra, Al Bern Ard dijo a todos los que estaban en la sala desde la entrada:
-A nadie se les podrá escapar que sean considerados sospechosos del robo de la joya que esta noche ha sido sustraída de estas instalaciones. Lo que se me escapa es que la joya no se encuentra en su poder y que nadie ha salido de este museo desde que la alarma conectada a la joya se activó. La experiencia me ha enseñado, caballeros, que no hay mejor forma de esclarecer un misterio como éste que comenzar por interrogar a los testigos e ir desechando lo obvio sin dejar de considerar la más absurda de las probabilidades que en su preciso momento se presenten…
Al Bern Ard miró a su lugarteniente Al Ric Ard, asintió y avisó luego con el mismo gesto afirmativo de cabeza al forense para que se acercara.
-Bien -dijo Al Ric Ard con un tono de voz autoritario-, como ha dicho el inspector vamos a tomarles declaración sobre lo aquí ocurrido. Por favor, no se pongan nerviosos y esperen hasta que sus pasaportes hayan sido comprobados en nuestras oficinas. Mientras tanto, rogaría me contasen brevemente lo ocurrido aquí esta noche.
-¡Yo no puedo contarle nada porque no he sido testigo de nada! -respondió azoradamente y al instante el hombre alto y robusto, cuya mayor peculiaridad era su tono de voz ronco y cavernoso consecuencia, pensó Al Ric Ard, del consumo denostado de tabaco y alcohol-. Lo que yo puedo decirle, agente, es que estaba mirando la joya junto con aquellos dos señores -dijo, señalando a Borgia y a Conrad, que se mostraban serio el primero y nervioso el segundo-, esta bella mujer -dijo girándose hacia la mujer morena que estaba sentada en uno de los bancos que en la sala había para admirar la joya- y aquel hombre muerto. Luego sonó mi teléfono móvil. Lo que durante aquellos momentos le ocurrió a la cobra o a este señor -dijo mirando al muerto- no lo sé, porque les di la espalda a estos señores y a esta señorita para hablar por teléfono…
Al punto llegó el inspector Al Bern Ard y preguntó al hombre corpulento cuyo reloj de oro centelleaba en su muñeca izquierda, dando por hecho que el interrogado era zurdo:
-¿Quién era, señor Katapoulos?
-¡¿A qué se refiere?! -preguntó el griego cuyo nombre conocía Al Bern Ard por la información que ya había sido remitida desde la central de policía.
-Me refiero a quién era el que le llamaba al teléfono, señor Katapoulos -replicó el inspector.
-¡Ah, sí, la llamada! ¡No sé…! ¡Sólo escuché voces horrendas y terribles que hablaban de mi muerte y de la muerte de mi familia…!
-¿Y qué hizo luego? -replicó el inspector.
-¡¿Que qué hice?! ¡No lo sé…! No recuerdo bien… Me quedé estupefacto mirando a la pared, creo… Se me nubló la vista ante el sonido de las palabras que estaba escuchando y comencé a ponerme nervioso. Luego colgué el teléfono.
El inspector frunció el ceño. Empezó a pasear lentamente por la sala sin perder de vista a ninguno de los testigos del robo y del más que seguro asesinato de aquel hombre cuya identidad se correspondía con un tal señor Pascual Pedrosa, arqueólogo español y miembro de la Asociación Mundial de Arqueólogos Unidos, más conocido por su pseudónimo con el cual escribía sus obras sobre el Libro egipcio de los Muertos: Bachman. Y es que la policía de Alejandría sabía hacer bien su trabajo cuando se lo proponía.
-¿Señor Borgia? -inquirió el inspector girándose hacia el joven de pantalones vaqueros desgastados.
-Dígame.
-Cuénteme lo que ha pasado aquí esta noche, si es tan amable -preguntó amablemente Al Bern Ard sacando un cigarrillo de su bolsillo derecho que al instante encendió su lugarteniente Al Ric Ard, el cual siempre disfrutaba de estos momentos astrales en que el inspector descifraba los delitos más indescifrables con parsimonia y denuedo.
-No tengo mucho que decir, la verdad -contestó moviendo lentamente las manos conforme hablaba Borgia-. Recuerdo que estuve mirando la ancestral reliquia egipcia durante unos instantes y que cuando me disponía a salir por la puerta escuché la alarma. En ese momento, cuando me iba a dar la vuelta para ver lo que pasaba, alguien que al parecer sería el vigilante de la puerta, nervioso por no haber cumplido con su trabajo de vigilancia en la propia sala, supongo, entró rápidamente y me empujó de un golpe echándome abajo… No recuerdo más y me temo que no pueda serle de mayor ayuda -contestó el joven Borgia tocándose la maltrecha cabeza cuya sangre le caía por el cuello hasta la camisa y los vaqueros.
-Ha hecho usted mención a la cobra como la ancestral reliquia egipcia, señor Borgia. ¿Querría usted compartir alguno de sus inestimables conocimientos con nosotros? -preguntó inquisitivamente el inspector conforme daba una larga calada a su cigarro achicando los ojos, reacción que tenía por costumbre hacer siempre para soportar estoicamente el fuerte sabor amargo del tabaco negro egipcio que estaba inhalando.
-Al instante -contestó el joven ladrón arqueólogo al inspector.
-Entre arqueólogos especialistas de lo egipcio la joya lo es todo, querido inspector. Aunque el que más conocía su mitología era el señor Bachman, aquí yacente.
-Sí, ya veo, ya veo -dijo el inspector como si hablara para sí mismo. Miró al cadáver, a la mujer y a Conrad y preguntó a Borgia de nuevo:
-¿No creerá usted en la mitología de la cobra, verdad, señor Borgia?
-Yo no creo en lo que no puedo comprobar científicamente, inspector. Por eso mismo había venido hasta esta ciudad: quería ver con mis propios ojos la belleza de esta joya de la que tanto se ha hablado y tanto se ha dicho, la mayoría de las veces mal y sin dar valor ninguno a la ciencia arqueológica.
-Explíquese, se lo ruego.
El joven arqueólogo, cansado por tener que hablar con un policía cuyo nivel intelectual daba por nulo o, cuanto menos, muy por debajo del suyo, miró a Conrad y al cadáver que aferraba el libro y contestó:
-El señor que aquí yace tenía mayores conocimientos que yo sobre la mitología de la cobra, inspector. Además, seguro que él -dijo Borgia señalando hacia Conrad con un leve movimiento de su mano derecha- le podrá ilustrar más y mejor que yo.
Luego nuestro joven Borgia calló y se sentó junto a la mujer morena que, silenciosa, irradiaba un halo de paz y mansedumbre muy acorde con la situación que allí se demandaba. El inspector miró a Conrad y continuó con sus pesquisas preguntando:
-Señor Conrad, como bien ha dicho el Señor Borgia, famoso arqueólogo y expoliador a sueldo de la Asociación Arqueológica Bávara aquí presente -comentó el inspector dejando a todos los presentes, sobretodo al director del museo que estaba en la puerta de la sala, boquiabiertos por su saber hacer y su grata alocución indagatorias, fruto del buen trabajo de la central de policía alejandrina por otra parte-, la mitología de la cobra no es ningún secreto para el mundo arqueológico especialista entre el cual usted y su preceptor, el señor Bachman, son los más reconocidos internacionalmente. La pregunta que me hago, señor Conrad -preguntó reflexivamente el inspector echando un poco de ceniza en la vitrina vacía donde antes estuviera depositada la cobra- es por qué, señor Conrad.
-¿Por qué qué? -preguntó Conrad un poco asustado.
-Lo que me pregunto, señor Conrad, es por qué estaba usted aquí con su preceptor el señor Bachman y por qué el señor Bachman tiene una copia del Libro egipcio de los Muertos en su mano derecha, señor Conrad -preguntó soltando por su boca una gran cantidad de humo gris Al Bern Ard, acentuando la palabra "Muertos".
***
La calle que daba frente a las puertas del museo había sido cerrada a cal y canto por orden de la policía. Varios coches patrulla estaban bloqueando la salida norte que daba al parque y la salida sur, que conducía al mercado y al palacio donde residía el gobernador de la ciudad, Al Ignatius Cantil, un hombre sabio, profundo y muy práctico que sabía cómo gobernar su ciudad con tan sólo pronunciar las palabras necesarias en los momentos necesarios. Sin embargo, ahora que se le presentaba este problema de la desaparición de la joya, no sabía cómo responder a las continuas llamadas que estaba recibiendo del Presidente de la República Egipcia en El Cairo, el sabio y frío Al Davi Moren. Estaba muy claro en su mente, la de Al Ignatius Cantil, que si la joya no aparecía pronto, sus días como gobernador de la ciudad de Alejandría, junto con la estabilidad económica de la que disfrutaban él y los suyos desde hacía muchos años, estarían abocados a su fin.
Nervioso y sudando copiosamente por las axilas que reclamaban una ventilación inminente, el gobernador llamó al inspector Al Bern Ard, el cual estaba a punto de escuchar la respuesta de Conrad sobre el por qué Bachman tenía aquel libro en sus manos y por qué ambos se encontraban casualmente en aquella sala durante la sustracción de la joya, exponente de la cultura egipcia faraónica y clave para descifrar los secretos escondidos en el polémico Libro de los Muertos.
Una vez comenzó a sonar el diminuto celular de Al Bern Ard, éste lo sacó del bolsillo interior derecho de su chaqueta blanca e interrumpió levantando el dedo índice de su mano derecha a Conrad que ya se disponía a contestar el por qué de su presencia allí.
Al ponerse el celular en la oreja derecha, el inspector se volvió mirando a la pared para que los testigos no le vieran hablar, aunque le escucharan perfectamente, acto que por otra parte, dicho sea de paso, no es irracional en la medida en que no nos ven los labios y el semblante al hablar, guardando al menos cierta intimidad frente a los demás, aunque sí pudiera ser considerado por muchos como sin sentido si nos atenemos a que lo verdaderamente importante es que no nos escuchasen el contenido de lo que hablamos y no ya qué cara o semblante ponemos cuando lo hacemos.
Sea como fuere, tanto si al inspector le disgustaba más que le viesen la cara y su semblante al hablar por teléfono que el propio contenido de lo que estaba diciendo se pudiese escuchar por terceros como si no, no por ello dejó de dar la espalda a la gente de la sala que escuchaba la conversación precavidamente. Y es que, tanto si nos gusta como si no, hay que reconocer que los actos humanos no tienen por qué tener explicación a veces; simplemente son humanos y, por eso mismo, inexplicables, irracionales y sin sentido, al menos aparente.
-¿Dígame? -preguntó el inspector mirando a su lugarteniente Al Ric Ard arqueando preocupadamente las cejas. La voz de una mujer le dijo que le ponía inmediatamente con el gobernador de la ciudad. Al Bern Ard agachó la cabeza y miró al suelo de mármol de la sala mientras esperaba la aparición de la voz del gobernador Al Ignatius Cantil. Tras unos instantes de silencio en la sala, comenzó a entablarse una conversación entre el inspector y el gobernador que acabó con las siguientes palabras de Al Bern Ard:
-Sin duda. Sí. Sí. Déjelo de mi cuenta, gobernador. Es cuestión de un momento. Sí. Sin duda, gobernador, le llamaré cuando tenga el caso resuelto… ¿La joya?… No, aún no sabemos dónde pueda estar, pero lo haremos. Sí. Sin duda. Sí. Bien. Hasta luego, gobernador. Venga. Venga, sí, hasta ahora mismo -dicho lo cual, cerró con un golpe seco su móvil y miró a la sala esperando ver a Conrad cantar como un ruiseñor a los cuatro vientos.
-La razón por la cual mi amigo Bachman tiene ese libro en sus manos, inspector, es que él estaba convencido de que la joya de la Cobra del Desierto era la llave para interpretar los ritos y versos que el Libro de los Muertos contiene y cuya finalidad es ofrecer a los que fallecen, a los muertos como bien dice el mismo título, un código de conducta en su difícil camino hasta llegar al juicio final frente a Osiris -explicó nerviosamente Conrad luego de haber sido nuevamente preguntado por el inspector, el cual miraba a los allí presentes como lo haría un guepardo depredador de la sabana en busca de cuál de las gacelas era la más débil, la más frágil, la enferma o, simplemente, la más incauta o la menos atenta de ellas.
-Hum… -dejó escapar el inspector pensativo. Luego dijo-: ¿Cree usted que el señor Pedrosa, más conocido como Bachman, creía en el poder de la cobra para guiarle en su camino al juicio final?… ¿Cree usted, señor Conrad, que la sonrisa que despliega ahora es una viva muestra de que tenía razón?
-No le entiendo, inspector -contestó Conrad.
-Me refiero a que el señor Bachman está sonriendo, señor Conrad. Sonríe a pesar de estar muerto aunque, eso sí, parece que la joya ha desaparecido y el libro le ha ayudado en su camino nocturno -pensó en voz alta Al Bern Ard. Tras unos instantes de silencio, volvió a sonar el teléfono del inspector que se volvió a girar pidiendo disculpas y volvió a preguntar-: ¿Dígame?
-¿Inspector? Le paso otra vez con el Gobernador -dijo una voz femenina.
El inspector se estaba impacientando ante esta nueva interrupción. Miró a Al Ric Ard y suspiró, gesto que el joven policía interpretó como que era su responsabilidad encauzar los interrogatorios mientras el inspector hablaba por teléfono. Al Ric Ard se dirigió al banco donde estaban el joven Borgia y la mujer morena y le preguntó a esta última:
-¿Se encuentra usted bien, señorita?
-Sí, gracias. Sólo un poco asustada por todo lo ocurrido… -contestó la mujer. Luego se cubrió la cara con sus manos y se puso a llorar desangeladamente. Sus cabellos negros brillaban ante los ojos del asombrado Al Ric Ard, que estuvo a punto de soltar una lágrima de conmoción ante aquella imagen triste de la mayor de las bellezas que hubiera visto en ninguna mujer jamás.
El joven policía, conmovido por el llanto de la bella joven, llamó rápidamente al director del museo y le dijo que trajese un poco de agua. Cuando la joven hubo bebido un poco de agua, prosiguió hablando muy bajo, aunque luego no pudo reprimir el pánico ante la imagen sonriente de Bachman y comenzó nuevamente a sollozar entrecortadamente ante la atenta mirada de Al Ric Ard y la mayor de las ignorancias de Borgia, cuya mirada estaba clavada en el cuerpo yacente de Bachman.
En aquellos momentos se oyó una voz femenina en la puerta. El director del museo que estaba más cerca de la puerta, vio a la mujer que entraba pacientemente y se dirigió hacia ella contestándole que no se podía entrar en la sala. La mujer se presentó como corresponsal del Le Figaro en Alejandría.
-Señorita -contestó el director del museo abriendo amablemente sus brazos para que no pudiera hacer ninguna foto de lo que allí se veía-, le ruego que se marche. Aquí no hay nada que ver. Le pido por favor que se mar… -estuvo a punto de pedir nuevamente el director, aunque fue interrumpido por el inspector, que una vez hubo terminado de hablar con el gobernador y comprobar el estado de la sala, en donde la mujer morena sollozaba en el regazo de un acongojado Al Ric Ard, preguntó qué sucedía en la puerta.
-Soy Colette, corresponsal del Le Figaro, inspector Al Bern Ard -contestaron aquellos ojos negros achinados y aquellos labios comedidos. Sus mejillas sonrosadas realzaban su imagen serena y pacífica. Y, apartándose del director del museo le dijo al inspector-: Veo que tiene usted a los mejores arqueólogos del mundo dentro de esta sala, inspector, lo cual sería todo un honor para usted si no fuera porque la joya ha desaparecido y usted no tiene una respuesta válida que darle al impaciente gobernador Al Ignatius Cantil.
Ante la impasividad permisiva del inspector que estaba sacando otro cigarrillo del bolsillo de su camisa celeste mientras esperaba con sus ojos azules bien atentos a que la mujer continuara con el por qué de su inesperada visita y su sorprendente conocimiento sobre política alejandrina, Colette comentó:
Veo que su lugarteniente Al Ric Ard está demasiado ocupado para ver la realidad de lo que aquí ha ocurrido y mucho me temo que usted esté recibiendo demasiadas presiones externas para darse cuenta de la verdadera situación en la que se encuentra, querido inspector.
-Mucho me temo que usted sí sabe lo que aquí ha ocurrido y sabe mejor que yo y mejor que mi sensible compañero dónde está la joya, señorita Colette -dijo Al Bern Ard encendiéndose él mismo su cigarrillo sin apartar la vista de los ojos achinados de la periodista. Ésta calló y estudió la sala. Luego, mientras todos callaban mirándola, incluido Al Ric Ard que ya se había apartado de la sollozante mujer morena, se acercó al cuerpo yacente de Bachman y se agachó.
-Nada de fotos, señorita Colette, se lo suplico -suplicó el director del museo autoritariamente. Colette se levantó tras haber mirado el libro y el cuerpo de Bachman y luego se dirigió hacia Conrad el cual reconoció a Colette como la mujer morena del ático del Hotel "Los Ptolomeos", donde aquella misma mañana habían charlado Bachman y él mismo, aunque él estuviera más pendiente de otras cosas que de la conversación de su amigo ahora fallecido y sonriente.
Tras mirar fijamente a Conrad y su posterior reacción avergonzada, Colette se cruzó por delante de Borgia sin mirarlo aunque lo pisara en el pie por cuya causa pidiera disculpas. Se dirigió hacia Al Ric Ard y la mujer morena y encaró al inspector Al Bern Ard mirando furtivamente al joven policía y a la joven morena. El inspector, que se mostraba receloso de tanto misterio silencioso, esperó a que Colette hablara sobre la sustracción de la joya:
-Como le he dicho, inspector, soy corresponsal del Le Figaro en Alejandría. La razón de mi inesperada visita es que me ha sorprendido todo este revuelo mientras estaba hablando en la cafetería del museo con el director de mi periódico en París, el señor Enmanuel González, sobre la cobertura de esta exposición fallida de la Cobra del Desierto.
Después de haber dicho esto, miró a los ojos de Al Bern Ard y respondió al inspector en referencia a su pregunta diciendo que no, que no tenía todavía ninguna idea de qué podía haber pasado con la joya pero que, sin duda, le ayudaría en todo lo que pudiera si necesitaba de su ayuda.
El inspector no reaccionó muy bien ante semejante demostración de buen samaritano y le contestó que ya estaba concluyendo y que, gracias, pero su ayuda no era necesaria en aquellos momentos y que, por descontado, la llamaría si albergaba dudas sobre el paradero de la cobra o el autor del crimen contra Bachman, si había sido realmente un crimen pues parecía, según había dicho el forense, que había sufrido un ataque al corazón. Colette, siguiendo su sexto sentido común femenino, preguntó al inspector sobre las imágenes grabadas por las múltiples cámaras de vídeo que en la sala había, a lo cual contestó desdeñosamente el inspector que no habían grabado nada porque, inexplicablemente, las cámaras se habían bloqueado a las ocho y media de la noche. Colette calló y pensó, mirando al mismo tiempo a las cámaras de vídeo de cada esquina, a Conrad, Borgia, Katapoulos, a la mujer morena y a Al Ric Ard.
En éstas llegó el juez de instrucción, el forense y dos enfermeros con una camilla para llevarse al señor Bachman junto con su Libro egipcio de los Muertos. El juez realizó el levantamiento del cadáver y dio fe de que aquel cuerpo, efectivamente, y tras un examen exhaustivo que duró una mirada y una firma, estaba realmente muerto, seco y tieso. El inspector entonces se dirigió a Colette:
-Bien, señorita Colette. Ahora, si es tan amable, le pido que se marche sin hacer fotos.
-¡Un momento! -gritó Colette al juez, al forense y a los dos camilleros que se marchaban con el cuerpo de Bachman y su libro corriendo-. No se lo pueden llevar… -susurró Colette al oído del inspector Al Bern Ard.
Tras unos instantes en donde se suspendieron las miradas de todos los presentes y el inspector escuchaba a Colette, instantes durante los cuales sólo se escuchaba el teléfono móvil de un pálido señor Katapoulos sonar, el juez preguntó al inspector que qué se suponía que estaban haciendo con su preciado tiempo ya que el mismo no estaba para malgastarlo de esa forma tan insensata y menos teniendo en cuenta su cargo y empleo públicos de los que él era el porteador y valedor más férreo. Y que tenía más muertos de los que dar fe.
Una vez hubo terminado de susurrar Colette lo que había descubierto con su sexto sentido común femenino, el inspector abrió la boca, vio cómo su cigarrillo caía al suelo a la mitad y, asombrado, ordenó al forense:
-Doctor, espere. Vamos juntos al tanatorio. Tú -dijo mirando al asustado Al Ric Ard- y usted también -dijo a la sollozante mujer morena- ¡acompáñenme a la central de policía! ¡Vosotros dos llévense a este sujeto! -ordenó el inspector a dos policías en referencia al avergonzado Conrad.
El rubio señor Katapoulos, frío de espanto, seguía de pie junto a la pared sin querer coger su móvil que no paraba de sonar desde hacía más de cinco minutos, aunque la que lo llamaba no era ya ninguna voz infernal -o sí, depende cómo se mire-, sino su mujer que se había quedado de compras por la ciudad y quería saber si la iría a recoger en su coche, pues iba con su madre, la suegra del señor Katapoulos. Las manos le temblaban de miedo.
***
La arena de la playa la refrescaba. Le agradaba andar por la playa de Alejandría cuando se sentía conmovida por los acontecimientos de la ciudad. Caminaba hacia poniente viendo la puesta del sol lentamente refugiándose tras el horizonte acuoso del Mar Mediterráneo. Se acordó de su novio en Europa y sintió una punzada en el corazón.
Sacó su cámara de fotos. Enfocó hacia la puesta de sol y recogió aquella fugaz muerte luminosa. Pronto vendrían las sombras y con ellas todo lo peor del ser humano, todo lo más abyecto de sus vilezas. La oscuridad nunca le gustó. Desde que era pequeña había dormido junto a la luz de la lámpara de la mesita de noche, mientras pensaba en el amor, en la pasión, y en la libertad del mundo que, pensaba, era bueno y honesto porque Dios lo había creado para que ellos vivieran dentro. Luego se dormía profundamente mientras rezaba por los desamparados, por los pobres, por los que no tenían qué llevarse a la boca, por los que sentían frío en las calles, por su propia amiga Charlotte que tenía una enfermedad muy grave que la estaba consumiendo. La luz de Charlotte, su amiga de la infancia, se apagaría años más tarde sin haber llegado a cumplir los quince años de edad. Al igual que su amiga de la infancia, el sol en Alejandría se apagaba y moría rápidamente dentro del mar, dentro de la más profunda de las oscuridades submarinas.
Colette se dirigió hacia el restaurante junto a la playa y se sentó. Volvió su pensamiento a su novio en Europa y al sentir una gran punzada en el corazón levantó la mano derecha:
-¡Garçon!
El camarero se acercó hasta su mesa y le preguntó qué deseaba.
-Tráigame un chupito de vodka y una cerveza bien fría.
Luego sonrió y comenzó a hacerles fotos a las olas y a las gaviotas que, parejas y muy cerca de sus crestas, volaban junto a ellas. Encendió un cigarrillo rubio bajo en nicotina y alquitrán. Saboreó la primera bocanada de humo como si se hubiera arrojado un jarro de agua tibia sobre la espalda, recorriendo un sentimiento de tranquilidad toda su espina dorsal. Cerró los ojos mientras llegaban el congelado vodka y la fría cerveza.
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-¿Y dices que fue ella quien averiguó que la joya estaba en el estómago de Bachman? -preguntó el gobernador Al Ignatius Cantil.
-Así es -contestó el inspector de policía Al Bern Ard. Luego sonrió mientras se recostaba en uno de los sillones de aquel despacho y sacó un cigarrillo que encendió mientras hablaba mirando al techo-: Aquella periodista averiguó, no sé por qué fuentes, que la mujer morena y nuestro querido Al Ric Ard pertenecían a una secta de religiosos ascetas islámicos cuyo precursor había muerto aquel mismo día en el parque mientras hablaba de la profecía de la cobra. La mujer morena aquélla había gravado una cinta con su propia voz que luego utilizaron los de la secta para llamar al empresario griego Katapoulos, el cual no prestó atención al momento en que la mujer morena sacaba la joya de la vitrina y se la hacía tragar por la boca al débil y sorprendido Bachman, el cual recibió con una sonrisa su propia muerte… Al parecer -continuó diciendo el inspector con una mueca de ironía en sus labios- Bachman consiguió averiguar la verdad de los consejos del Libro de los Muertos gracias a la ayuda de la propia Cobra del Desierto: murió sonriendo y espero que Osiris le haya enjuiciado con más benignidad que la que vamos a emplear nosotros con nuestro joven Al Ric Ard. El insensato boicoteó las cámaras de vigilancia de la sala utilizando nuestros propios sistemas informáticos policiales.
-¡Quién lo hubiera pensado de Al Ric Ard! -exclamó Al Ignatius Cantil.
-Pero lo mejor de todo no fue eso -dijo el inspector mirando ahora al mar que se descubría ante los grandes ventanales del despacho. Las hojas de las palmeras se agitaban con el fuerte viento de aquella noche veraniega.
-¿Ah, no? -preguntó el gobernador vertiendo un poco de té persa en la taza del sonriente Al Bern Ard, que se incorporó para tomar su taza, dar las gracias y contestar acariciándose su pelo.
-Lo más gracioso de todo ha sido que el occidental con traje de chaqueta italiano de alta costura, el tal Conrad, lo había visto todo y no quiso soltar prenda cuando lo interrogué. Por lo que ya había visto en la sala, doy por hecho que el tal Conrad habría intentado robar la joya una vez hubiera sido absuelto de todo cargo, yendo al tanatorio y abriendo el estómago de su amigo Bachman. Encontramos en la habitación de su hotel material suficiente para meterlo en prisión durante diez años, si no veinte… Si no llega a ser por aquella mujer -continuó Al Bern Ard lacónicamente-, ahora Al Ric Ard y su amante habrían ido al tanatorio, sacado la joya del estómago de Bachman y arrojado la Cobra del Desierto al mar… O podrían haber sido sorprendidos por el chacal internacional que hemos comprobado que es Conrad… Quizá aquella mujer hasta haya salvado la vida de Al Ric Ard y su amante a fin de cuentas, porque el tal Conrad, gobernador -dijo el inspector dando un sorbo a su té lentamente- tenía material para hacer un cráter en el solar del museo, créame.
-Supongo que le daría las gracias a la señorita Collete, inspector.
-¿Qué menos podía haber hecho, gobernador? -contestó sonriendo mientras adoptaba una actitud resignada con sus manos y su inclinación ladeada de cabeza el inspector Al Bern Ard.
-Sí, supongo que eso era lo mínimo, inspector -dijo el gobernador Al Ignatius Cantil-. Por cierto y ahora que lo pienso, inspector, usted sabrá que mañana viene una misión diplomática española para reunirse con nuestro presidente Al Davi Moren en nuestra ciudad, supongo -a lo cual contestó el inspector afirmativamente con la cabeza-. Y ahora que ha visto cómo se le pierde su lugarteniente, inspector, ¿a quién va a tomar a su mando como nuevo ayudante? ¿No estará pensando en aquella mujer, verdad? -preguntó el gobernador mirando a su interlocutor seriamente.
El inspector se recostó nuevamente en su sillón, dio un gran sorbo que dejó su té a la mitad y resopló:
-¡Dios me libre de tener una ayudante por mujer, gobernador! ¡No sabría cómo trabajar con una de ellas! Sin duda escogeré a un hombre fuerte y corpulento que esté habituado a las calles, a la sangre y a la visión de los muertos. La mujer, como usted bien sabe, gobernador, suele ser sensible y no se adapta bien a este trabajo de locos que es el nuestro.
-Ya veo. Pero -replicó el gobernador sonriendo al inspector irónicamente- esa mujer nos ha ayudado a conservar nuestras cabezas, inspector, y al parecer no le falló el pulso ni se desmayó ante la visión del Libro de los Muertos y aquella sonrisa diabólica de Bachman.
A lo que contestó dando por zanjada aquella conversación Al Bern Ard diciendo: -Sí. Supongo que así es. Pero esa no era una mujer normal, gobernador, pues trabajaba para el Le Figaro y, como usted bien conoce, Le Figaro no tiene a hombres ni a mujeres en nómina, sino a buscadores de la verdad y depredadores de las noticias más sorprendentes, oscuras y abyectas. Son como hienas en busca de la muerte, gobernador. A los hechos en Argelia me remito.
El gobernador calló y se giró en el sillón mirando tras los grandes ventanales. Suspiró. Y mirando al mar escucharon el gobernador y el inspector, mientras se calentaban con su té sus gargantas masculinas, cómo el "Marco Antonio" volvía a zarpar del puerto de Alejandría rumbo a Atenas propagando el sonido de un gran bocinazo que resonó tristemente en toda aquella bahía. El "Marco Antonio" abandonaba la adormecida ciudad de Alejandría.