Roberto Bonachea Entrialgo
bonachea40@yahoo.com.ar
Lo que le voy a contar, quizás para usted, que se ha tomado el trabajo de leerme, sea una historia más; pero para mí que lo viví no lo será jamás. Es un secreto que necesito compartir con alguien, preferiblemente que no me haya conocido. Fui custodio y nunca hice otra cosa. Trabajaba en una pequeña escuela para niños; en su interior era un aula, un baño y una cocina; estaba rodeada por un jardín, y a continuación, una cerca.
En el horario de trabajo, por lo general, seguía los mismos pasos: llegaba, revisaba la cisterna, el motor y el refrigerador; después, me ponía a ver el televisor o a mirar la pecera para fijarme en un pez, grande, negro, con pintas blancas y ojos que destellaban en la oscuridad. Siempre que me acercaba, se enterraba en las piedrecillas del fondo dejando un ojo que salía por encima de estas.
Así, esperaba a que la directora llamara por teléfono, pues con cualquier pretexto lo hacía para controlar la guardia, luego pasaba el seguro de la puerta y colocaba un jarro de metal encima del picaporte de la cerradura: por si giraba, se caería, avisándome que alguien intentaba entrar. Movía dos mesas pequeñas para formar una "cama", conectaba el ventilador, sacaba de mi jaba la almohada, la sábana para taparme, hiciera frío o calor, y ponía el despertador para las 6.00 a. m. Esa rutina se repitió durante años, hasta un día, bien tarde en la noche, cuando por primera vez se cayó el jarro y me desperté, prendí la luz y vi la puerta cerrada y el jarro en el suelo. Entonces pensé: "Eso fue que puse el jarro mal"; lo volví a colocar y me acosté. Con los ojos cerrados comencé a meditar en cómo podía haberme desplazado tan rápido hasta el interruptor de la luz que estaba a cinco pasos de la "cama", si era obeso, caminaba con trabajo y, sin embargo, no había sentido el peso de mi cuerpo en los tobillos.
Intenté volver a dormir, pero el jarro cayó de nuevo y me levanté sin encender la luz, crucé la puerta y salí al jardín. Miré en varias direcciones, todo estaba supuestamente normal y regresé a la puerta que había dejado a mi espalda, quede asombrado al ver que estaba cerrada.
El tiempo pasaba, y era posible que si la directora llegaba me encontrara fuera y la "cama" montada: sería expulsado y nunca más podría trabajar de custodio; pero me inquietaban mucho más sus posibles comentarios, pues se caracterizaba por recrearlos y darlos como ciertos, haciendo daño.
Tratando de encontrar una explicación, me acerqué a la puerta y, sin quererlo, se me doblaron las piernas hasta caer de rodillas en la tierra; traté de pararme varias veces y no pude.
Al poco rato comenzó a llover: cada vez arreciaba más, de pronto el viento cambió de dirección, me pareció sentir el agua golpear en mi espalda. Sin embargo no estaba mojado, me miré el pecho y pude, a pesar de la oscuridad, ver que la lluvia me pasaba de lado a lado. El pánico se apoderó de mí, quise llorar al percatarme de lo que eso significaba, pero no lo hice. Seguidamente, levanté la cabeza, y me paré con facilidad, avanzando hacia la puerta, la atravesé sin abrirla.
Comenzaba a amanecer, por las persianas entraba algo de claridad y, al dirigirme hacia donde suponía que estaba el jarro que nunca se cayó, divise la "cama", quedé paralizado con lo que vi. Era yo mismo acostado durmiendo. Un frío inmenso me invadió, estremeciéndome; pero después de un rato, observándome con calma, por primera vez sentí lástima de mí. Como en una película, recordé los pocos instantes de felicidad y los muchos de frustración por los que había transitado.
Lentamente me fui sintiendo más y más liviano, miré hacia arriba y verticalmente me elevé, traspasando el techo. Subía y subía hacia el cielo, bajé la vista y desde lo alto contemplé la escuela, en el jardín estaba la Muerte, se notaba desesperada moviéndose y mirando a intervalos de un lado a otro y hacia arriba. Cuando me ubicó empezó a elevarse en espiral hasta que estuvo frente a mí; tenía un solo ojo, me miró escrutándome de arriba abajo y después fijamente a la cara. A pesar de ya no tener motivo para temerle, no pude sostenerle la mirada.
En forma brusca se volteó sobre sí misma y cambió su silueta pareciéndose al pez que una vez se robó mi atención, con movimientos semejantes a este; descendió a toda velocidad en dirección a la escuela, y penetró en el jardín revoloteando entre las rosas y jazmines que comenzaban a mostrar todo el esplendor de su belleza por el sol que salía. Las flores se agitaban a su paso, y las gotas de rocío se unían y rodaban por los pétalos y hojas hasta caer: parecían llorar, así poco a poco y sin dejar de moverse entre ellas fue perdiendo su forma hasta desaparecer.
Es posible que pienses en lo anterior como un pasaje más de la vida de una persona común, de esas que jamás se le mencionan porque no tienen algo relevante que expresar; pero es mi historia y es tan importante como esas que se esconden en archivos prohibidos o bibliotecas a primera vista descuidadas.
Hasta aquí pretendía haber cumplido con el propósito de llegar a ti por medio de esta narración que no me pertenece, porque se la escuché a alguien mientras que yo, una persona enferma, se aferraba a la vida rodeado de médicos en un quirófano. Mucho tiempo después comprobé que había sido un espíritu cuya alma no podía descansar en paz porque tenía una necesidad muy urgente de comunicarse conmigo y engañosamente me hizo creer que sólo pretendía que le escribiera una historia.
Sobreviví esa vez a mi incurable enfermedad y pasaron los años; pero me volví a enfermar y decidieron regresarme al hospital. Un día antes del ingreso, en mi casa estaba acostado, me sentía cansado de luchar contra los sufrimientos propios de lo que padecía, deseaba morirme y no tenía valor suficiente para quitarme la vida; a la vez pensaba en todo lo que quise alcanzar y no lo logré.
En esas meditaciones me fui quedando dormido y tuve lo que creí ser un sueño; caminaba entre una neblina blanca y brillante, no sabía hacia dónde porque todo era igual en cualquier dirección, y sentí la misma voz pesada y quejumbrosa que una vez me contó el final de su vida, pero al igual que en esa ocasión no lo veía y me dijo:
-Para de caminar y reposa un poco, pues todavía no puedo descansar de tu mundo moviéndome errático entre imprentas, tintas y papeles, contemplando tanta basura que saldrá a la luz, y aún tengo algo que decirte. No te preocupes por tu enfermedad, que yo voy a mitigar tus sufrimientos y te alejaré la muerte: sólo te pido que en cuanto te sientas bien luches por imprimir en papel todo lo que una vez te conté y lo que oigas ahora, ya que siempre quise escribir una historia pero no pude, porque no se me ocurría una y cuando la tuve, no sabía cómo hacerlo.
Le respondí:
-Nuestras vidas, increíblemente, se asemejan, y presiento adivinar cómo piensas: es por eso, y no porque me salves, que haré tu historia conocida en todas las formas a la que yo pueda tener acceso. Sin embargo, tendrás que tener paciencia porque aquí todo es muy lento.
-La paciencia es mi principal virtud y por eso he podido llegar a ti.
-¿Puedo mejorar tu historia?
-No, gracias.
-Ten en cuenta que hay que darle a los editores el material como ellos lo exigen o no se publica.
Y respondió:
-Déjale ese trabajo a ellos, tú sólo asegúrate que no mutilen.
Y le dije:
-Puedes contarme, porque soy todo oído.
Y continuó su historia:
-No creas que con la Muerte encontrarás la paz: cuando llegué ya me estaban esperando varios cuerpos especializados. Debido a las muchas pruebas físicas y psicológicas a que era sometido constantemente, me mantenían en un estado de limbo. Para no preocuparte anticipadamente en qué te podría pasar en el futuro, que por demás siempre es incierto, no te describiré en qué consistían. La intención principal era saber a qué bando pasaría, y de esta forma definirían y sin reclamaciones quién me captaría. Muy rápido me percaté lo voluble de los conceptos preconcebidos, específicamente aquellos que giran alrededor de lo que puede significar el bien o el mal. Con el propósito de conocer y asegurarse sobre mis puntos de vista e inclinaciones esperaban algún instante de soledad para acercarse a mí, y partiendo de lo que entendía correcto cada cual hurgaba con preguntas íntimas o sobre mi pasado. Eran interrogatorios profundos y doblemente intencionados, y aunque fueran raros los cuestionamientos, con sutilezas evocaban algún pasaje negativo de mi vida haciendo énfasis en éste cuando lo consideraban necesario. No podía escapar y estaba obligado a hablar, era un asedio psicológico intenso y agotador donde las mentiras no tenían cabida. Por suerte llegó un poco de alivio cuando los representantes de cada frente de guerra se alejaron dejándome descansar: a pesar de que aparentaban odiarse o subestimarse unos a otros, empezaron a formar un círculo. Cuando estuvo cerrado dirigieron sus penetrantes e inquisidoras miradas hacia mí y me levantaron a gran altura moviéndome rápido en dirección a ellos. Fui ubicado en el centro y lento me bajaron vertical. En cuanto pisé firme, todos a la vez se abalanzaron, atemorizándome: parecían fieras acorralando a una presa. Uno de ellos, que fue el más rápido en acercárseme, puso su mano abierta en forma de garra sobre mi cabeza, y con increíble fuerza haló hacia él sujetándome, así se elevó conmigo velozmente. Al mirar hacia atrás pude ver que nos perseguían furiosos, pero repentinamente todos se dispersaron. Ya trasladado a lo que creí era otra dimensión, inmediatamente me ordenaron ir a visitar mi tumba, porque tenía que demostrar mi existencia, pues en este lugar se despliegan feroces batallas por la identidad personal y debía esforzarme por superar mi pasado, pues, aunque intrascendente, me perseguía con saña. No transcurría un instante en que dejara de recibir órdenes, tenía muchos jefes y todos, sin excepción de rango, con la tarea de vigilar e informar sobre alguien. Después me entregaron un libro grueso y pesado que debía dominar al dedillo, eran las directivas sagradas de mi nueva ideología: en esencia decía que había que luchar contra un imperio invisible para los "aletargados por conveniencia" y sus más cercanos satélites del "sí a todo", porque ellos se creían los dioses del porvenir, y desde las tinieblas del presente juzgaban y decidían quiénes iban a ser los expulsados hacia el Espectro de la Nada. Seguidamente, empezaron a ilustrarme con técnicas proselitistas y de manipulación de la información enfocada a sujetos potencialmente peligrosos a corto y mediano plazo. Sin haber acabado de terminar el aprendizaje por la urgencia de una cruenta batalla que se estaba librando, fui enviado a desplazarme por los planos del abstracto en busca de semejantes que apoyaran una lucha macabra y necesaria. De esa forma la consideré en cuanto me vi amenazado directamente, porque aquí se realizan grandes maniobras de aniquilamiento cuando menos te imaginas y por quien menos esperas, aunque engañosamente la guerra sea entre potencias y espíritus. Pocos quieren o pueden ser jefes, no obstante alguien con mando y muy escondido en el olvido consideró que tenía algunas cualidades que podrían beneficiarlos a ellos y me envió a luchar como un león por los que hacen la guerra con el pensamiento, por los débiles de naturaleza, y por mí mismo, que para resistir en esa tenebrosa rivalidad sin llamas necesitaba ganarme la espada de la inteligencia. Al palpar muy de cerca la crudeza de los combates, especialmente los de cuerpo a cuerpo, me vi precisado a robarle tiempo al tiempo y estudiar las artes del chequeo y el contra chequeo llegando a penetrar y desarticular grupos que enviaban los Estrategas de la Nada. Era difícil y riesgoso el trabajo, mas fue la única opción que me dieron para resistir un poco más cómodo a la barbarie. Semejante a donde tú estas se sigue hablando de Dios y sus señales de existencia pero él no acaba de llegar para traer el Paraíso y el Infierno que una vez prometió, mientras el descanso de nuestras almas es una perenne zozobra por una guerra interna que se avecina y de la cual se espera que no quede alguien para contarla. Ya te puedes imaginar que si entre nosotros mismos hay conspiraciones no sé de qué manera será posible ganar esta guerra "a pensamiento" que es como la llaman. Lo mejor a mi entender sería buscar aliados dentro de todas las corrientes de ideas, y tenerlos disponibles y localizados, para en la más mínima oportunidad que se presente trazar y ejecutar a modo de rompecabezas lo que nos convenga mejor, que puede ser utilizarlos, neutralizarlos o exterminarlos; pero nunca antes de someter al inmediato y principal enemigo, ya que nos estaríamos autodestruyendo.
-Por lo que deduzco, de custodio pasaste a ser un alto jefe de espíritus.
-Sí, fui elegido entre muchos.
-Tremendo salto: entonces, te descubrieron cualidades.
-Pero estas tuve que desarrollarlas con premura o acababan conmigo, y no me venía mal porque siempre quise tener una historia personal con algo de reconocimientos. Después comprobé que mientras más compromisos e información tengo, más ilógica y cruel es cada situación a la que debo dar una solución inmediata y libre de equivocaciones. La Nada siempre está paseándose sobre mi etéreo cuello, y ella puede llegar por igual de aquellos que parecen apoyarme o del presunto enemigo: diferenciar a ambos, con frecuencia, se torna tan difícil que es todo un arte identificarlos. Aquí el peligro no te da tiempo a satisfacer el ego personal; allá en tu mundo le temen a la Muerte y nosotros en este a la Nada. Sin embargo ambas son inmutables y todos los caminos conducen a ellas, la única diferencia es que la Muerte te mueve a otro estado de la energía y de la Nada se pasa al cero en todo.
-Sin embargo, a pesar de lo que aludes, deseas que yo escriba lo que cuentas.
-Es verdad, pero estoy consciente de que el más absoluto olvido siempre será sin distinción de algún tipo el destino final, sólo es cuestión de tiempo. Quizás por eso insisto en dejar algo escrito en tu mundo a sabiendas de que al papel impreso algún día también le darán otro uso que no es el de la lectura. Creo que en el fondo es una resistencia escondida en mí por no aceptar la real y aterradora posibilidad que implica desaparecer definitivamente.
-Esa sensación sí la comprendo, porque la tuve desde el mismo momento en que mis razonamientos se hacían más maduros, y se reforzó al comprobar que la juventud se marchaba con todas las cosas hermosas que ella encierra. Pero dime a qué conclusión has llegado.
-Sin pretender aleccionar, porque no me considero en posición de hacerlo, te puedo expresar que tarde comprendí que para tener historia, pero una historia de verdad, hace falta una mezcla equilibrada de tres factores que escasamente reúnen los humanos; sabiduría, valentía y mucho trabajo, si se altera este equilibrio se crea el mediocre, y ese abunda tanto como los sin historia. Fíjate que cada factor se encadena al otro, y a casi todos nos falta alguno, así son la mayoría de los que llegamos de tu mundo.
-¿Cómo lograste desde tu dimensión llegar hasta mí?
-Haciendo sutiles concesiones con aquellos que parecían más dóciles y escondiendo con mucho cuidado y por mucho tiempo mi debilidad por querer tener una historia. Para lograrlo me vi obligado a vulnerar todas las vigilancias y controles establecidos en cada frente operativo de esa necesaria, servil y manipuladora pirámide con piezas desechables que llaman Inteligencia Alternativa. No obstante, al comunicarme contigo les descubrí fisuras que prueban que no son ni tan eficaces como se creen ni tan inteligentes como se nombran.
-¿Por qué confías en mí?
-No preguntes tanto, la confianza es una desgraciada necesidad. Ahora despierta ya, tu familia te está esperando para acompañarte hasta el hospital y las debilidades siempre tienen un precio y yo debo apresurarme a marchar rumbo a las tinieblas para pagar la mía traicionando, porque he pactado con mis peores enemigos Los Amos de la Irrealidad y ellos son los únicos que pueden llegar ante la Muerte e interceder por ti para que te deje en paz.
-Saber qué hay más allá siempre ha despertado mi interés: es curioso que no haya mucha diferencia; pero ponte en mi lugar, cada quince minutos me estoy orinando o defecando, no tengo fuerzas para atenderme, y dentro de un rato mi familia me deberá empujar en un sillón con ruedas dos kilómetros hasta el hospital porque no tienen dinero para un taxi. Aunque no me lo dicen, en el rostro se les ve que ya estorbo, me he convertido en un pesado bulto a pesar de todo lo que hice por ellos.
-Pero puedes vivir en un asilo, ¿a ti no te parece que también tienen derecho a vivir su vida, o tú crees que a ellos el destino un día igual no les va a pasar la cuenta de una forma u otra?
-¿Qué sabes tú...? Es posible que se olviden de mí y ni siquiera me visiten, además si no puedo ver crecer a mi nieto... por eso de favor te pido que en cuanto cumpla contigo me dejes en paz, la muerte es algo muy natural y de todas forma dentro de un tiempo todo se repetirá, para mí no hay una solución definitiva.
-Te comprendo por el estado en que te encuentras; pero las soluciones definitivas no existen; además, no te apresures, siempre hay tiempo para morirse.
-Tal vez no sepas lo que es el dolor y la impotencia: claro, la muerte te llegó mientras dormías.
-Quizás no haya sentido tanto dolor e impotencia como tú; pero miedo siempre tengo, y mucho, simplemente me sobrepongo a él tratando de no expresarlo para no trasladar mis problemas a quienes no tengan que ver con ellos. De esa forma escondo mis debilidades y puedo controlar a los que me siguen.
-No es tan simple como dices; pero si es así me parece que eres una caldera a punto de explotar; no entiendo a qué se debe esa fijación hacia mí.
-La lucha en que me involucraron está a un nivel de complejidad que, si no cooperas, acabarían conmigo en breve: llegué a ti porque te busqué como un sabueso, no hay azar, la razón es que entre nosotros existe una empatía que me permitirá burlar a los que no me pierden ni pie ni pisada. En su momento te explicaré, y estoy seguro que entenderás: ahora no estás preparado para saber lo que ni siquiera te puedes imaginar.
-No me tienes que explicar nada más, esa es tu lucha, no la mía. Ya estoy cansado de misterios y palabrerías, empiezo a entender que el verdadero objetivo era tener un primer contacto, y después reclutarme para convertirme en un burdo soplón más del fardo de los que te tienen que servir. Cooperar, ni cooperar: esa palabra ya la conozco.
-Lo que te propongo es trabajar en conjunto cada uno en su espacio, trazando y ejecutando estrategias para manejar a nuestros subordinados como piezas de ajedrez, con la particularidad de que no podemos perder, pues sería la primera y la última derrota ya que cada uno en su lugar tendrá que luchar por no ser subordinado de nadie. Ambos nos ayudaremos y verás que nos necesitamos; todo se apoyará en estar un paso adelante del enemigo, y eso no es de soplones, aunque jamás olvides que sin ellos no hay trabajo de inteligencia que sea realmente eficaz.
-¿Qué lógica tiene estar pensado en información, intriga y lucha por el poder, si toda mi vida me la he pasado preocupándome por satisfacer las necesidades mínimas de mi familia para sobrevivir? La única opción que tuve fue tratar de resolver problemas concretos e inmediatos como el hambre, el techo y la ropa, y si tuviera un poco más de salud sería para continuar eso.
-Creo haberme confundido al considerarte más práctico. ¿De qué te quejas, si voy a darte salud y eso no tiene precio? Además podrás saborear el poder, porque las coyunturas para llegar al mismo serán reales; no sabes lo que es eso, por eso piensas así. Es igual que el chocolate: no lo quieres ni lo necesitas hasta que lo pruebas.
-Me parece que tienes razón, pero me percaté de que nunca me han querido, ni mi familia, ni las personas con las que me relacioné; sino que me utilizaron siempre que pudieron cuando tuve energías: estoy decepcionado.
-No pienses así, todos de alguna manera nos utilizamos unos a otros; si te hacen un favor caes en deuda y si lo haces tú pones en deuda a quien se lo haces. Te creíste que tenías amistades y ese sí es un pensamiento lógico por la necesidad de cariño que siempre se busca; pero en esencia la amistad no existe. A mi entender hay tres elementos que se fusionan engañándonos y son: interés, compromiso y motivación. Un ejemplo práctico contigo mismo: te enamoraste y junto a tu esposa cada uno se ayudó mutuamente en lo que podían. Querías tener hijos y fuiste complacido; y así para qué voy a seguir.
-¡Maldito, vete al diablo, me has estado espiando mucho tiempo, no eres más que un despreciable traidor que por lograr lo que quiere pasa por encima de sentimientos: no tienes bandera!
-Y qué es la bandera, los símbolos, las medallas y los diplomas sino herramientas ideológicas para diferenciar a las personas, comprometerlas y lograr de ellas cosas que de otra forma sería imposible. No seas tan puro ni desprecies tanto a los traidores, porque a todo aquel que le descubran una debilidad, o que él mismo se la conoce, siempre deberá tener presente que es un traidor en potencia. Otra cosa, igual que a Dios, aquí hay quien espera al Diablo, y aunque no haya aparecido le rinden culto.
-No sabes lo que es la amistad, es posible que tampoco sepas lo que es el amor, déjame en paz, me siento mal.
-Te has puesto agresivo conmigo y tú eres el que todavía no me conoces bien, primero dices que vas a escribir mi historia y ahora pareces estar cambiando: tienes suerte de que yo tomo las cosas según de quien venga. Voy a exhortarte por última vez a que la escribas y hasta el punto final. Además, que la analices con lujo de detalles, porque toda y mucho más será el ABC de lo que te espera allá en tu mundo. Hacia acá vendrás cuando ya no me seas útil, y si escapas suicidándote, aquí estaré esperándote con los brazos abiertos. Es muy fácil no darle el frente a los problemas, y sabes que tienes varios; a tu querida madre le agobian los achaques propios de su edad, tu hijo esta coqueteando con la droga y lo sospechas, tu hija casi no come y parece una chimenea todo el día fumando y tosiendo. Tampoco puede faltar ese tierno y dulce nieto que al aparentar que rebasa una crisis de asma entra en otra, ten en cuenta siempre que de un momento a otro podrías necesitarme y entonces...
Aterrorizado con sus insinuaciones me desperté y grite:
-¡Mi nieto!, ¡mi nieto! ¡Dónde está mi nieto!
-Dime, abuelito, qué quieres.
-Ven rápido tesoro, abrázame.
-Sí, abuelito.
Mi pequeño nieto se acercó a la cama, se inclinó sobre mí e hizo lo que él llamaba un "te quiero"; me trató de abarcar con sus bracitos y apretarme; a la vez pegaba su caliente y sonrosada carita a la mía moviéndola de arriba abajo como si dijera "sí". Alivié un poco mi angustia cuando note que respiraba bien. Mientras, mi hija miraba a intervalos hacia mí y hacia el sillón con ruedas, pues debía cargarme y acomodar en él. Y le dije:
-Mañana, en cuanto cobres, lo primero que vas a comprar por encima de todo es papel y lápiz: acércate también y dame un beso.
-Enseguida voy, papá.
-¿Y tu hermano? ¿Por qué hace días que no viene por la casa ni siquiera para comer?
-Ya lo estamos averiguando.
-¿Cómo que "lo estamos"? ¿Aparte de ti quién más lo está buscando?
-Nos ayuda una legión de espíritus.
-¿Tú estás consciente de lo que estás diciendo?
-Por supuesto, yo misma no debía estar aquí, sé que el cigarro me hace daño y no tengo voluntad para...
-Ya, ya, no te estoy pidiendo tantas explicaciones, siempre hay algo que no podemos dejar y cuando lo hacemos es muy tarde.
Hacía mucho tiempo que estaba postrado y todo adolorido, casi no me podía mover, sin embargo sentí que las fuerzas me volvían. Con una mano me apoyé en el colchón, sentándome, y con la otra apreté a mi nieto contra el pecho levantándolo del suelo, pues él me seguía abrazando y haciendo sus mimos, ya sus mejillas no me parecían tan calientes. Con fuerza hice un gesto brusco y me paré cargándolo. Avancé hacia mi hija: ella, mirándome, sonrió, aunque no me pareció sorprendida. Sus ojos le brillaron tanto que me recordó cuando era una niña, ese tiempo en el que no me cansaba de mirarla porque tenía el pelo negro como el azabache y siempre estaba riendo. Yo también sonreí.
No sabía si sentirme feliz o llenarme de miedo, porque estaba bien despierto para despejar cualquier duda que me hiciera creer que todo había sido un simple sueño y mucho menos un milagro. Ahora escribo estas líneas sumido en los avatares cotidianos de la vida y lo veo todo diferente, disfruto cada segundo que respiro y todas las cosas que puedo hacer por los que quiero. Desde que me curé, aunque no lo deseo, cuando alguien se para frente a mí con solo mirarle a los ojos sé lo que pretende; en cualquier dirección encuentro rostros que reflejan el miedo y el sufrimiento disimulado con sonrisas y saludos afectuosos. Perdí el encanto de tener que descubrir las intenciones y los sentimientos. No sé si cambié o me cambiaron, pues mi mente muchas veces estaba ida de la realidad, según me contó mi hija. Ahora observo lo que otros no pueden, que en esencia son máscaras y más mascaras repartidas para esconder a incapaces, aberrados, corruptos y frustrados, mascaras más que necesarias y soldadas a la piel con un solo objetivo: parecer normal o sobrevivir.
Realmente no me agradaría ni un poquito volver a saber de un espíritu y lo que pretende, pero si de nuevo apareciera es muy posible que no tendría opción ante sus exigencias, que de seguro estas serán tejer a la madre de todas las conspiraciones. Entonces, yo que casi nunca tengo que ponerme una, estaría obligado a echar mano a la peor de todas las máscaras. Pero qué voy a hacer, si soy un esclavo de sus propias necesidades que quiere seguir así: saludable, consciente para analizar, valiéndome por mí mismo, aunque sea para realizar lo mismo de todos los días, metido de lleno y perdido en este mí mundo, el que me tocó vivir...
(Continuará.)