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Viaje a Tacuarembó

Ángel Marzocca
amarzocca@speedy.com.ar

Esa mañana tendría que cumplir una comisión de estudios a una zona de cultivos de arroz en cercanías de Tacuarembó, en la República Oriental del Uruguay, donde trabajaba profesionalmente desde hacía más de un año con sede en Montevideo.

Me levanté, en consecuencia, más temprano que habitualmente, aunque no con mucho entusiasmo, por haberme enterado, al caer la tarde del día anterior, que el chofer asignado a mi vehículo -un jeep de la flota de nuestra compañía- sería el flaco Sanromán.

Era este un antiguo empleado, pariente del jefe de la Administración y del que yo sospechaba que no tenía los años asentados en su foja de servicios, seguramente con la complicidad de aquél. Es decir, que el hombre en realidad ya debería haberse jubilado hacía tiempo...

Sin embargo, imaginé -afirmándome día a día en mis sospechas- que la necesidad le obligaba a seguir en actividad pues, en caso contrario, sus entradas mensuales se verían sensiblemente menguadas. Pasar a retiro en aquella época en Montevideo suponía casi "hacerse el haraquiri", pues la pensión o retiro a cobrar por cualquier empleado que se viera obligado a incorporarse a la clase pasiva sufría una merma más que considerable respecto del sueldo recibido en actividad.

Sabiendo yo -por padecerlo ya en carne propia- que el costo de vida oriental era muy alto, mi conciencia no rechazaba a Sanromán por su hipotética mendacidad. Lo que me preocupaba era que ya no me parecía apto para conducir. Su vista y sus reflejos, indudablemente, habían disminuido con el consiguiente peligro de la seguridad física de los que viajaban con él.

¡Pero él como si tal cosa! Se sentía aún muy competente, y en verdad que lo debió haber sido en el pasado. Manejaba siempre con un pucho entre los labios que por arte de magia jamás se le caía ni se le apagaba; sin gafas de naturaleza alguna, solo entrecerrando sus párpados para mejor adivinar lo que tenía por delante… que no fuera su eterno mechón de cabellos ya grises caído sobre su frente.

A decir verdad, a mi natural desconfianza por su actual idoneidad como chofer, sumaba yo la de haberle descubierto una fuerte inclinación por el juego clandestino. No había quiniela, tómbola, carrera de caballos, polla de fútbol u otro cualquier juego de azar que no lo encontrase entusiastamente prendido o promocionando la participación de sus compañeros de trabajo a los que cobraba pequeñas comisiones para llevar sus respectivas apuestas o por hacer de intermediario con los banqueros. Tal vez fuera por estas pequeñas manchas que yo recelara de su honestidad.

Sanromán se apareció con el mismo traje de siempre, el que mostraba a ojos vista haber pasado tiempos mejores: "-Buenos días, ingeniero. Si ya desayunó podemos ponernos en camino."

-Efectivamente. Ya lo hice. Espere que traigo mi block de notas y podremos partir, pues no me gusta llegar muy avanzada la mañana al campo que tenemos que recorrer y donde me espera uno de sus propietarios, con quien ya tomé contacto telefónico ayer por la noche.

-Magnífico. Entonces podemos salir y llenar el tanque de gasolina antes de Las Piedras…

Y así fue que partimos con rumbo Norte, silbando él por lo bajo y yo prevenido por si se nos atravesaba algún vehículo o peatón por el camino. Pronto salimos del tráfico de la ciudad, que recién despertaba. Lo que me tranquilizó bastante.

El camino ya me era en buena medida conocido, de modo que más que dedicarme a observar el paisaje, los campos y ganados, me interesó "tirar la lengua" a Sanromán, y lo encaré por el tema del fútbol, lado flaco- si los hay- para cualquier oriental. De inmediato me enteró que Cerro era el cuadro de sus amores, aquel cuya cancha por estar precisamente en una ladera del Cerro el rectángulo de juego a pesar de haber sido aplanado conservaba una leve pendiente.

-Yo supe jugar hasta en la reserva, cuando joven. Ni se imagina las trifulcas que se armaban allí tanto dentro como fuera del campo. Eso sí, cuando podíamos festejábamos a lo loco, con un buen asado y mucho vinito o cerveza cualquier triunfo. ¡Pero claro…eran otros tiempos! ¡Imagínese ahora, con lo que cuesta la carne! No lo podríamos hacer.

-Y Usted ¿se mudó del Cerro o de La Teja, o sigue por esos barrios?

-No. En cuanto tuve unos pesos me tiré para el lado de la "Ciudad Vieja", cerca de la Aduana, porque allí también podía hacer algún negocio con los viajeros. Viví un tiempo en la calle Buenos Aires -¡mire qué casualidad!-, por la abundancia de los puestos de quiniela, y luego sobre Colón, donde también se hacían buenas transas con las baratijas de todo tipo que comerciaban los numerosos negocios del "bajo", muchos de los cuales aún existen. Hice buenas migas con los vistas de aduana y con los milicos de la policía y eso me ayudaba mucho…

Mientras yo discurría sobre qué tipo de ayuda recibiría mi compañero de travesía, entre cuentos y confidencias nos fuimos acercando a Las Piedras, donde -según lo programado- nos abastecimos "al tope" de combustible.

Le propuse, entonces -viendo que la ruta estaba tranquila- que yo manejaría desde Canelones, el próximo pueblo importante hasta Durazno, o sea durante aproximadamente 180 km. Y como haciéndome una concesión especialísima se avino a aceptarlo. Como un libro abierto me contó cientos de anécdotas de su juventud, de cuando "dragoneaba" con una piba allá por El Cordón, de cuando integrara murgas en las "llamadas" de Palermo, de sus escapadas a Maroñas a jugarse algunos boletos cuando tenía una "fija" segura…

Los paisajes fueron cambiando en el término de esas dos horas en que, aproximadamente, estuve a cargo del volante. Afortunadamente nada importante ocurrió mientras dejamos atrás Florida y Sarandí Grande. Y llegamos, finalmente, a Durazno.

Paramos para que retomara el volante. Pero antes no debí sorprenderme -menos aun estando en Uruguay- al verle sacar un termo, su mate de ancha boca, una bolsita de yerba y un paquete con tortas fritas, equipo que tenía como escondido en un rincón trasero del jeep. Tal vez porque me hacía tan serio como para desaprobar tales menesteres, se atrevió -muy temeroso-, a pedirme permiso para matear y compartir juntos el rioplatense ritual. Para su satisfacción acepté de buen grado pues ya me estaba "chiflando el bagre" (lo que me cuidé de exteriorizar).

A los veinte minutos retomamos la ruta -camino a Paso de los Toros-, trayecto que hicimos sin inconvenientes y durante el cual abundó en una retahíla de cuentos de historias personales en que el cuchillo fácil y las taimadas "paradas" eran como un permanente "leit motiv". Pero creo que lo suyo era inventado; como para "darse dique". No obstante, no lograba yo alejar de la mente mis sospechas sobre su real honestidad.

Algo cerca de la media mañana pasamos cerca de la represa del Río Negro -por esos días con notable escasez de agua- lo que nos obligaba a los habitantes de Montevideo a un duro racionamiento eléctrico. De allí nos faltaban más o menos unos 150 km para llegar a nuestro destino. Fue entonces que ocurrió la desgracia que me amargó en adelante toda esa jornada.

Vimos de pronto interrumpido el camino por una numerosa cuadrilla de trabajadores, apoyados por una gigantesca motoniveladora-apisonadora, que estaba realizando el mantenimiento de la ruta. Un banderillero detuvo nuestra marcha y al preguntarle cuánto tiempo nos demoraría, nos indicó con parquedad que eso sólo podía informárnoslo el jefe.

No hubo más remedio pues que hacerlo. Me apeé entonces del jeep y me dirigí al que me señalara. Conversé con este empleado de la empresa concesionaria de las tareas viales, quien al enterarse del carácter casi oficial de nuestra comisión, decidió ordenar que la máquina a cargo de la cuadrilla suspendiese la actividad y haciéndose a un lado del camino, nos abrió paso con campechana gentileza.

-¡Vaya nomás, Ingeniero, seguramente aquí nos van a encontrar todavía trabajando a su vuelta…!

Pasamos pues al lado del voluminoso rodillo de la máquina -que calculo debía pesar sus buenas 6 u 8 toneladas- y seguimos hacia Tacuarembó, comentando lo fácil que nos había resultado sortear el impensado escollo. Pero, como a la hora, el cielo se me vino abajo al querer mirar la hora en mi reloj: ¡este no estaba en mi muñeca!

Yo sabía que hasta el corte del camino estaba en su lugar. Y era un reloj no solo valioso por su marca -nada menos que un "Rolex"- sino porque era un recuerdo de mi primer viaje a Europa, durante el cual ahorré dólar sobre dólar para poder adquirirlo.

Miramos dentro del jeep para ver si se me hubiese soltado la malla del reloj y estuviese sobre el piso. Todo fue inútil. Lo había perdido.

Tal vez debía considerar dos supuestos: o se me había caído dentro del jeep y Sanromán se lo había apropiado al bajar yo para hablar con el capataz de la cuadrilla o se me había caído entonces entre el pedregullo y la brea con que estaban trabajando en el camino. En este caso, la alternativa no podía ser más trágica pues el rodillo de la apisonadora-motoniveladora seguramente le habría pasado por encima reduciéndolo, planchándolo valga la comparación, a una ínfima película de metal…

Sanromán aventuró, viendo mi pesadumbre, una idea que estimé improbable: -¡Volvamos ingeniero! ¡Peguemos la vuelta! Quién no le dice que el reloj cayó al costado del camino y alguien vio su brillo metálico reflejado por el sol…

-No, Sanromán. Ya estamos atrasados. No quiero que el trabajo no pueda realizarse debido a mi mala suerte. ¡Pucha madre! Pienso que si alguien lo encontró, aun sospechando que fuese mío, es natural que se viese tentado a ocultarlo. Creo que debo darlo definitivamente por perdido… -dije sumiéndome en explicable depresión.

-Bueno. Pero en todo caso -insistió mi acompañante- no cuesta nada, a nuestra vuelta, obligarnos a una nueva parada allí para averiguar.

Cubrimos el tramo que faltaba hasta la chacra "Las lilas" sin ánimo de intercambiar una palabra. Cuando me encontré con quienes me aguardaban me limité a cumplir con el trabajo programado con la mayor prolijidad y rapidez, rechazando una gentil invitación para merendar en el casco del establecimiento y aun, si lo desease, descansar y pernoctar demorando nuestra vuelta hasta la mañana siguiente.

No. Lo que me interesaba era pegar la vuelta lo más rápido posible -antes que concluyese su labor la cuadrilla de caminos- para intentar probar lo que Sanromán me propusiera. Y así lo hicimos. ¡Todo resultó en vano...!

Nadie había encontrado nada. Nadie había visto el mentado reloj. Cansado y cabizbajo bajé del jeep a nuestra llegada a Montevideo y me despedí de Sanromán, rumiando nuevamente la idea primitiva: ¿no lo habría encontrado él...? Siendo un Rolex, habría de ser para su bolsillo flor de ganancia.

Mientras estaba redactando mi informe para la Gerencia de la empresa, al mediodía del día siguiente, alguien golpeó la puerta de mi oficina:

-Permiso, "Jefe", ¿puedo pasar?

Era Sanromán, con su eterno pucho colgándole del labio inferior, y agregando:

-Le traigo una buena noticia. ¡Alégrese! ¡Apareció su Rolex! Aquí está.

Y extendiendo su mano me alcanzó, mostrándola en su palma, la materialización milagrosa de sus palabras.

-Hoy por la mañana -me contó- decidí limpiar bien el jeep y revisé todo con el mayor cuidado. Fíjese: el Rolex estaban como inserto en el espacio que queda entre la guía o corredera de su asiento y la caja de la palanca del jeep. Fue por eso que ayer no lo vimos… Por lo visto se había soltado uno de los pernos de la malla de su reloj, porque ésta está abierta, y de seguro que por eso se le cayó sin que usted lo notase.

Sentí como que se esfumaba mi tristeza -tanto estamos apegados a simples cosas materiales- y simultáneamente una inmensa necesidad de confesarle lo harto sucio que había pensado de él y rogarle que perdonase mis escrúpulos hacia su persona y sospechas sobre su honestidad. Decirle lo mucho que había dudado de su lealtad, su moralidad, su decencia. Boquiabierto, solo atiné a decirle

-¡Amigo! Usted me devuelve un bien muy preciado, a cuya pérdida me costaba mucho resignarme. ¿Cómo puedo retribuirle tanto favor? Créame que no voy a estar tranquilo -agregué- si no me acepta que pueda recompensarle tan invalorable gesto de integridad y desinterés. Porque la vanidad que yo pueda gozar exhibiendo mi Rolex, seguramente, no podrá alcanzar jamás la satisfacción que me produce saberlo un hombre de bien a carta cabal. Dígame: ¿cómo puedo recompensarle?

-Ta…Ta bien… No es para tanto, Ingeniero. Yo no quiero nada. Pero le tomo la palabra. Ya que usted va con frecuencia a su país, me pondría muy contento algo que hace mucho tiempo que deseo tener. Algo que sólo puede conseguirse en Buenos Aires...

Me sorprendió su salida. Imaginé que me pediría algo de valor… pero hasta lo que fuese, no alcancé -en mi imaginación- ni por las tapas a adivinar con lo que se descolgaría Sanromán:

-Vea, "Jefe" -agregó como pidiendo disculpas anticipadas- me gustaría que alguna vez que vaya por la otra orilla me trajese una de esas boquillas "Crisol", creo que así se llaman. Como el médico me recomendó que me aleje del cigarrillo… Por el catarro, ¿sabe?

Resumiendo: Sanromán, que me hizo sentir como el malo de la película pues mi soberbia tan mal le había juzgado, en su simpleza terminaba por darme una gran lección de honradez y humildad. Y no quiso saber de otra recompensa. ¿Qué puedo agregar? Lo más pronto que pude traté de redimirme saldando mi deuda no con una sino con varias "Crisol". ¡¡Y Sanromán tan contento como el hombre más feliz de la tierra!!


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7 de July de 2008

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