Patricio Armando Sánchez
patricio.sanchez@wanadoo.fr
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Sentado, tras la copa, está mi hermano
cual un mar que desborda tibiamente,
sonriéndole a los años y a la gente:
la mirada feliz y el pelo cano.
En torno a nuestra mesa está el hermano
que ayer yo vi jugar -sencillamente-
con un trozo de vidrio evanescente,
similar a la forma de mi mano.
Ayer yo pude unirme a su manera
de reír, de saltar, de ser un niño,
cuando huía por caminos de centellas.
Yo buscaba alcanzar la primavera
a caballo de un pez o de un armiño,
y en sus manos hallé nuevas estrellas.
(Chile, 1989)
Hojas de tilo
A Efraín Barquero
Perdí esos caminos por donde otrora pasé tantas
veces, apresurado,
huyendo de una montaña a otra a causa del viento.
Perdí los instantes más bellos de mi vida al paso
de un puñado
implacable de gaviotas.
Perdí la voz en la multitud, pues el bullicio me condujo
inevitablemente al silencio.
Perdí los ojos en el vientre de una ballena que nunca
me invitó a ver
la luz del mar.
Perdí el olfato tras oler largamente unas hojas de tilo,
a orillas de
un afluente que jamás existió.
Perdí incluso el rostro en una riña encarnizada con los años y las horas.
Perdí las llaves de mi ciudad, que amé y que amo
aún, pero que ahora
fue borrada del atlas por una mano despiadada.
Perdí también el tacto al caminar a oscuras contra muros de barro y piedra fría.
Perdí, en fin, todo, como el aliento y la saliva.
Mas en aquel despeñadero atroz, cogí -cual una
piedra partida-, este
pedazo de alma rota, que es lo único que me acompaña en esta
vida.
Hay días
Hay días, y son los más, eternamente breves.
Días para grabar en un mármol.
Días que parecen días, y no lo son.
Días de dos noches y cuatro atardeceres.
Hay días, mi Dios, de fuego consumido.
Días para arrancar del calendario.
Días en que te dicen ¡Buenas Noches!
Días cual una piedra inmensa en tu zapato.
Hay días de recuerdos, con sabor a café.
Días... en tu hastío mental de estar cansado.
Días sin ton ni son, y nadie al otro lado del espejo.
Días, ¡caray!, de tanto anonimato.
Días en que pasas agotado de esperarte en un zaguán.
Días, a medianoche, de alguna tarde de un jueves.
Nube de tabaco
Nada sabes del sol cuando los amigos
te abrazan con la sonrisa en los labios.
En todas las ciudades habrá un mesón
donde tú apoyarás tus codos en invierno.
Las calles son como gacelas
de circo a la hora del crepúsculo.
Por esto tú debes perdurar
en una nube de tabaco.
Serás feliz en la quietud de un instante,
aunque en realidad sólo halles sombras
en un espejo deformado.
No mereces desvivirte si la alegría
que te ofrecen tus amigos es sincera.
Tienes un camino frente a ti: convencerte
de que la risa es el preámbulo en la fábula,
después podrás hallar en otro espacio
otra ciudad en la que el sol busque tu rostro primigenio.
Pero aún no es el momento, ten paciencia.
(Lisboa, 1999)
La ciudad
En cada país hay un lugar llamado Talca
y una iglesia de oro con ojos de paloma
kioscos soñolientos: revistas y periódicos
y muchachas sonrientes con el rostro cansado
Por las calles circulan vendedores de fruta
y alegres panaderos se aprontan a dormir
en lechos semejantes a enormes sepulturas
donde el amor espera sobre unos senos cálidos
El sacerdote cuenta las perlas de un rosario
y tañen las campanas para anunciar el alba
mientras los comerciantes conversan barren limpian
Automóviles pasan de prisa echando humo
y en la acera sonríen alegres secretarias
cuando los lustrabotas les
lanzan un piropo