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Una historia inacabada

Lourdes García Pinel
moliere29@mixmail.com

-Sigue, sigue. No tengo miedo a la muerte.

Ras, ras.

-El mensaje de las cartas es confuso. No tengo nada claro.

Ras, ras.

-Por favor, tienes que explicarme su significado.

Ras, ras; ras, ras.

El flexo, medio ciego, despide una luz moribunda. Apenas se ven las sombras.

-No entiendo nada. A veces, los arcanos son misteriosos.

-Pero tienes que explicármelo: ¡se me va la vida en ello!

El tapete verde escupe un esqueleto, una guadaña, pies y manos, cabezas: el arcano número trece.

-Mira, será mejor que vengas otro día. No sé qué me pasa, estoy cansado. Hoy no puedo descifrar el mensaje de las cartas.

-¡Nooooooo! Tienes que decírmelo ahora mismo. Es la muerte, ¿verdad? Es La Muerte.

-¿No decías que no te daba miedo? -cruel, impasible.

-Eso era antes de ver esa horrible carta. ¿Cuándo? ¿Cuánto? ¿Cuánto tiempo tengo?

Las ojeras ampulosas, lívidas miran de frente al muchacho.

-Es inminente.

Unos pies, ávidos, salen, apresuradamente, de la habitación. El flexo, el tapete verde, las sombras y la guadaña desaparecen. Bajan dos, tres, cuatro, catorce, veinte peldaños de madera, recorren un zaguán, varias calles; entran en un portal, en un ascensor; suben hasta la tercera planta; se introducen en un piso pequeño, ínfimo, en un despacho exiguo.

Tac-tac-tac: Google: arcano número trece. La pantalla del ordenador despliega lo que sabe: "Con el tiempo ha sido nombrado como la Muerte o como el Enemigo porque el protagonista es un esqueleto animado que corta cabezas, miembros y órganos, gracias al concurso de una hermosa guadaña, bla, bla, bla... El arcano número trece no tiene nombre, sólo número. Este último escalón de la realidad, aunque parezca una contradicción, ni siquiera existe".

¡Salvado, salvado! Estoy salvado, no existe, no existe, no existe: "... Bla, bla, bla... La muerte es virtual cuando nos olvidamos de ella. Por el contrario, cuando morimos se convierte en la euforia del bufón. Lo único que muere es el Silencio". La flecha del ratón apunta a la palabra subrayada en azul, "bufón", clic-clic: "... Bla, bla, bla... El bufón, a pesar de su comportamiento imprevisible, tiene un aire de Salvador. Efectivamente, sin su concurso la realidad nunca podría emerger de La Muerte". El bufón, el bufón es mi salvador, no debe callar, no debe callar. Lo único que muere es el Silencio... No debo callar, no debo callar, debo contar mi historia, rescribir mi historia, que el Mundo la conozca, que el Mundo la sepa... El bufón, me salvará; mi historia me salvará...

El muchacho se dispone a iniciar un blog: Hola, me llamo..., mmmmm, mi nombre es..., mmmmmm, eh, eh me llamo... El muchacho no recuerda su nombre o lo desconoce o, sencillamente, no lo tiene. Pero no importa. La consigna es no parar, no parar, recordar, rememorar, evocar. Un rayo de luz radiante le quema los ojos y un abrazo le estremece, un abrazo blando, trémulo, a olor a campo. Su abuela le besa una y otra vez, mientras le repite qué niño más guapo, qué niño más listo, vuelve pronto, que tienes que merendar. Pero el muchacho delgado, de rodillas prominentes no puede perder tiempo. Tiene que ganar al Tonín, que se cree el más listo del barrio y sólo porque tiene la bici heredada de su hermano, con cinco marchas como los coches.

Las noches son muy tranquilas en el pueblo, pero a la chiquillería le gusta tentar la suerte. El camino hacia el cementerio es inacabable. La luz de las estrellas apenas alcanza para ver las sombras temblorosas, asustadas. Los muertos están sordos, no escuchan, no tienen miedo, siempre duermen, pero la chiquillería no lo sabe y van a conjurar los espíritus con la ayuda de una ouija. Supongo que fue en ese momento cuando el muchacho de rodillas prominentes perdió su nombre. Creo que alguna vez se llamó David.

Las rodillas prominentes desaparecen y dan paso a unas piernas bien acabadas, casi atléticas, trabajadas en un gimnasio, un-dos, un-dos; trabajadas al atardecer, jadeando por las calles del barrio, un-dos; un-dos; una vuelta más a la manzana; un-dos, un-dos; verás cuando me vea María con la camiseta nueva este sábado, un-dos, un-dos.

-Eh, hola, María, ¿qué haces por aquí?

-Pues nada, paseando al perro. ¿Tú, qué? ¿Te has empeñado en ir a las Olimpiadas? Ja, ja, ja.

Qué guapa está María. Me gusta cuando camina, sin ruido, arrastrando un poco los pies. Apenas se la oye.

Tampoco la oyó cuando se fue. No oyó las perchas cayendo en la maleta, no oyó el abrir y cerrar de cajones, uno detrás de otro, desvalijando las fotos de Cantabria, el fin de semana en Segovia; expoliando los recuerdos, las miserias y los pequeños detalles que forman una vida entera. Creo que eso tampoco lo recuerda. El muchacho que, tal vez, se llamó David en algún momento, no recuerda cuándo perdió su nombre; cuándo sintió ese dolor mordaz en el pecho como un portazo. Sólo alcanzó a barbotear: María, ¡no te vayas!

Qué extraño es el aspecto del cementerio de día, iluminado por un sol intempestivo. El ataúd, colosal podría albergar tres cuerpecitos como el de la abuela. La tierra se traga los abrazos blandos, trémulos, los bocadillos de las meriendas. El cuerpecito se duerme, no oye, no escucha. Ya no tiene miedo. Me imagino que, en ese momento, el muchacho intenta recuperar su nombre, pero se le llenan los ojos de la ouija, la noche y los espíritus.

Las ojeras ampulosas, lívidas, inquieren:

-¿Por qué has venido aquí?

-No sé. Supongo que por curiosidad.

-Nadie viene aquí sólo por curiosidad.

-Bueno, no sé. A veces, no consigo recordar...

Ras, ras.

-A veces, no distingo entre presente y pasado...

Ras, ras.

-No sé. Tal vez, si consigo saber cuál será mi futuro...

Ras, ras.

La pantalla del ordenador del muchacho sin nombre profiere más y más caracteres; palabras, palabras; su historia, intenta recordar, intenta recordar. Levanta la taza de té a la canela -mi infusión favorita- y la deposita en mi boca. La pantalla de mi ordenador profiere más y más caracteres; palabras, palabras; su historia; intento encontrar un final. Pero este final no es mío, ni siquiera esta historia ni este relato. Es vuestra. Porque es una historia inacabada. Es una historia de lo que tratan todas las historias: de la vida, de la muerte, del amor, del desamor, de la esperanza, de pérdidas y de nombres borrados. Es un cuento sobre cómo se escriben los cuentos, sobre cómo se acaban los cuentos, si es que tienen un final. Por favor, traten bien a mi muchacho sin nombre. Sálvenle la vida. Me ha dado mucho más de lo que él cree, pero eso tampoco lo recuerda.


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7 de October de 2008

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