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La Tierra del Recuerdo

Freddy Bravo Espinoza
freddybravo_escritor_peru@yahoo.com.ar

A veces la vida se ensaña con algunas personas y hace que estas sufran permanentemente. Rosaura era una de ellas y por ello no era una mujer afortunada. Mucho tiempo atrás había sido muy bella pero ahora eso era tan solo un vago recuerdo de la época en que era envidiada por las mujeres y admirada y asediada por los hombres. Ahora, su antigua hermosura estaba tan sólo plasmada en viejas fotografías de color sepia que tenían impresas las gotas de lágrimas derramadas por ella en sus momentos de recuerdos, y que conservaba, junto a muchísimas cartas de amor de sus admiradores, en una cajita de madera de color negro finamente labrada por un adorador suyo en los viejos tiempos de gloria de aquella mujer. Como siguiendo un antiguo ritual, la cajita era abierta una vez a la semana, y así lo hacía semana tras semana, mes tras mes, año tras año. El solo hecho de abrir aquel cofre de recuerdos era capaz de devolver momentáneamente la belleza a su dueña, quien en esos íntimos instantes se sentía nuevamente bella y... deseada.

Los sábados por la tarde realizaba su ritual semanal cuando abría la cajita donde guardaba sus adorados tesoros: sus fotos antiguas y sus cartas de amor. Después de hacer la siesta, costumbre adquirida de sus abuelos españoles, iba hacia un estante de madera que estaba carcomido por las polillas y abría la puerta de este con una solemnidad que parecía un acto religioso. Tomaba la cajita, le quitaba el polvo acumulado en la semana con un trapo de color marrón que luego de usarlo dejaba a un lado para lavarlo después. Se sentaba en su mullido sofá, se acomodaba y enseguida leía las cartas; luego miraba embelesada las fotos, y después cerraba los ojos y con las manos llenas de fotos y cartas empezaba su vuelo hacia la Tierra del Recuerdo como si fuera una paloma enardecida en busca de su amante. Cuando llegaba a ese, para ella, dichoso lugar, veía como si fuera una película, otros tiempos y lugares en los que su ego era constantemente reforzado por sus admiradores quienes hasta le suplicaban una sola mirada para sentir la felicidad en sus corazones. En la Tierra del Recuerdo, su imaginación la trasladaba a la época cuando escuchaba palabras amables que acariciaban sus oídos. También contemplaba los hermosos recuerdos de su niñez y juventud que fueron aderezados con cuentos y leyendas sobre países mágicos y misteriosos, de príncipes y palacios de cristal. Pero por momentos sentía una opresión en el corazón, pues su conciencia le hacía darse cuenta de que aquellos días estaban lejos, muy lejos y que ya no existían. Sin embargo, se resistía y volvía a la Tierra del Recuerdo y allí se percataba de que, si no fuera por ese singular ritual semanal, sus recuerdos hubieran quedado adormecidos en el Valle del Olvido, mucho tiempo atrás.

Después de solazarse, cerca de dos horas, con los recuerdos de tiempos idos, regresaba de la Tierra del Recuerdo y cuando llegaba a la Tierra del Presente, se daba cuenta de que ese ritual, que ella realizaba hacía muchos años, no era capaz de desterrar la pertinaz tristeza que Rosaura llevaba a cuestas y que muchas veces la postraba en la Tierra de la Melancolía donde solía deambular por unos caminos solitarios rodeada de seres misteriosos que la miraban con curiosidad cuando ella pasaba por aquellos lugares. Ello ocurría porque, si bien la visión de aquellas antiguas fotografías de sepia hacía que su mente se alborozaba con el recuerdo de tiempos mejores, no podía evitar que la Tristeza la invadiera y la hiciera deambular por los senderos más oscuros de su historia personal.

Durante su dorada juventud tuvo varias relaciones amorosas que siempre le habían dejado con una insatisfacción grande, pues ella era muy perfeccionista, y por ello siempre criticaba a sus parejas buscando a menudo en ellas lo que siempre había detestado: la imperfección, los defectos del otro. Ayudaba a su estado de dominadora de hombres su muy escasa educación, pues con las justas había terminado la Primaria y, a pesar de los continuos ruegos de sus progenitores, no quiso estudiar más, pues ella estaba firmemente convencida de que solamente con su belleza lograría todo lo que quisiese en la vida: matrimonio, fortuna, viajes y todo aquello que produce placer mundano. Por ello, cuando recordaba los viejos tiempos, ella percibía que, aparte de su perfeccionismo, era su escasa educación otra de las causantes de muchos de sus errores: sus varios fracasos matrimoniales, sus vanos intentos de encontrar una felicidad que le era ajena, y su imposibilidad para mantener unas amistades que, si bien le eran fieles, eran criticadas a menudo por Rosaura, y que ésta, con su terrible vanidad y terquedad, había alejado.

Vivía sola: la pensión de su padre, que él había logrado con su trabajo de Oficial Mayor del Congreso Nacional, era el sustento económico que la ayudaba a sobrevivir. En su vida tenía pocas cosas, un extenso terreno con una casa en medio y situado frente al mar cerca al Puerto del Callao, en la zona conocida como Ventanilla, y la renta de una enorme casona situada en la avenida Grau del distrito de Barranco, que alquilaba a un escritor: eso era todo. En ese momento de su vida, la vejez, consideraba que las cosas materiales eran sólo eso, materiales, inertes, sin vida propia, y que lo que ella necesitaba era algo o alguien que la hiciera vibrar como cuando era joven.

En el invierno se sentía sola y aun cuando sus semanales viajes a la Tierra del Recuerdo la reconfortaban, los días siguientes la vieja Tristeza invadía su espíritu y no hacía más que llevarla al camino de la casi desesperación. Rosaura, mujer inteligente y lúcida, se daba cuenta de ello y maldecía su situación, sobre todo cuando caía en una espiral que la llevaba a la Tierra de la Melancolía y se quedaba en ella mucho tiempo sin saber qué hacer. Pero ella, mujer fuerte y aguerrida, retornaba a la Tierra del Presente y sí sabía qué hacer, pues los recuerdos de su juventud alimentaban su espíritu y la hacían despertar del letargo en que la Soledad y la Melancolía, la sumían.

Un día sábado de verano ocurrió un hecho que cambiaría totalmente la vida de Rosaura. Cuando alguien tocó la puerta de la casa, su fiel compañero canino llamado Duque, quien la acompañaba hacía más de veinte años, empezó a ladrar tan fuerte que, ella, que estaba en la Tierra del Recuerdo, bajó presurosa a ver por la ventana quién era el o la impertinente que osaba interrumpir su ritual semanal: abrir la cajita de madera con las fotos etc. Su piel, marchitada por el implacable tiempo se puso tensa, pero se sobrepuso y, caminando con la firmeza y altivez que ella mostraba antaño, se acercó a la puerta y la abrió, miró a la mujer, y ella a Rosaura, se reconocieron, y dieron un grito de alegría: ¡¡era su entrañable amiga Genoveva!!, quien de joven se había ido a vivir a Europa con su marido, que era de Holanda. La recién llegada entró a la casa y ambas se sentaron en la sala: el marido de Genoveva iría poco después, pues se hallaba con un limeño amigo suyo que le estaba enseñando el Puerto del Callao. Ambas recordaron sus tiempos del colegio San José de Cluny, de Barranco, donde habían estudiado, las fiestas de Carnavales en los distritos de La Punta y Barranco, las fiestas y tertulias donde la belleza de Rosaura hacía época en Lima, los paseos a la campiña de Surco, la Semana Santa y las procesiones, y mil cosas más. Después de un rato tocaron la puerta y Rosaura abrió; al ver al caballero que se hallaba frente a ella dio un grito y casi cae desmayada ¡¡Era Alfonso, un viejo admirador suyo al que ella nunca le había dado "bola"!! Acompañaba a éste el esposo de su amiga, y los tres entraron a la sala. Luego de las presentaciones de rigor sentaron a charlar. La dueña de casa estaba feliz, le parecía estar viviendo tiempos idos y, para celebrar la ocasión, sacó una vieja botella de vino francés de "la cosecha del 14" según dijo ella, y los cuatro brindaron. Alfonso, en son de broma, recordó "lo que le había hecho sufrir Rosaura" y ésta, muy emocionada, quiso llorar pero se lo impidieron: en ese momento no cabía derramar lágrimas.

Las abandonadas ilusiones renacieron en Rosaura cuando supo que Alfonso era viudo: por un momento su corazón latió más fuerte. Después de una hermosa tertulia llena de reminiscencias del pasado quedaron en recogerla al día siguiente para pasear por Lima y alrededores; luego se fueron. Aquella noche Rosaura retornó a la Tierra del Recuerdo y se quedó allí largas horas recordando su lejano pasado; en aquellos momentos la Melancolía se hizo presente y ella lloró rememorando cuando rompió muchos corazones con su persistente altivez y arrogancia, que acompañaban a su belleza sin par. Ahora estaba vieja, pero lo bueno fue que el dulce aroma de la Esperanza despertó en ella el sabor de la juventud, y todo por la presencia de aquel caballero que la había hecho renacer; así pasaron las horas y casi no durmió recordando el ayer.

Al día siguiente, cerca al mediodía, llegaron en auto Alfonso, Genoveva y su esposo, y con Rosaura fueron a pasear en auto por la ciudad de Lima. Ella se quedó impresionada por el cambio sufrido en la ciudad, en la que observó miles de microbuses, que la gente llama "combis", que cruzaban las asfaltadas calles de la ciudad como si estuvieran en una carrera de competencia; autos particulares; taxis, colectivos y ómnibuses; vendedores ambulantes, desempleados, marchas callejeras de sindicatos de trabajadores despedidos, homosexuales, lesbianas y otras variedades sexuales, y prostitutas infantiles atisbando por las ventanas de viejas casas de placer en el centro de Lima, es decir, bulla, muchos vehículos y gente... gente y más... gente. A Rosaura le pareció estar en otra ciudad y no en Lima, tuvo la impresión de que la capital había sido invadida por todas las comunidades indígenas del Perú, pues observó que la mayoría de los que veía por las calles eran indígenas de la sierra o mestizos y sus variedades. Vio sólo algunas personas blancas como ella. "Recuerda que al Perú, que es un país de indios en su mayoría, los negros llegaron en la época del Virreinato, y fueron traídos del África por los traficantes de esclavos; posteriormente llegaron miles de chinos y japoneses para trabajar en las plantaciones de la costa", le recordó Alfonso, quien era un próspero empresario a quien le gustaba la historia del Perú. También observó los edificios, que parecen nichos de cementerio: pequeños y oscuros, y la arquitectura de las casas limeñas construidas sin ningún estilo definido: todo aquello impresionó a Rosaura, quien se horrorizó al conocer el nuevo rostro de la ciudad de Lima a la que había dejado de ver cerca de ¡¡40 años!! Después del paseo quedaron en que Alfonso la visitaría en su casa, y al cabo de cierto tiempo se casaron y se fueron a vivir a París, donde ella siempre quiso estar.

Muchos años después, los pobladores de Ventanilla han visto a una extraña pareja que brilla en la oscuridad y camina por la playa al anochecer, y también lo hace por las antiguas chacras, fundos y huertas que todavía hay en el antiguo pueblo de Ventanilla, cercano al Puerto del Callao, en Lima. ¿No serán Alfonso y Rosaura?


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11 de October de 2008

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