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Ella es mis uñas

Javier Nodras
nodras@hotmail.com

Creo que lo primero que eché en falta fue la uña del dedo meñique del pie izquierdo, pero bien pudo haber sido cualquier otra cosa la primera en desaparecerme sin que la echara en falta: un pelo que dejó de crecer, una víscera minúscula que se coló por los intestinos camino del retrete, investigando inocentemente sin saber adónde iba, o una mirada que dejó irse algo que no debía, o qué sé yo, qué sé yo qué fue lo primero. Poco importa además por dónde empezara la debacle; ni siquiera la debacle en sí tiene excesiva importancia, sólo la que quiera dársele. Yo, al principio, sí se la di a los signos premonitorios que todavía no hacían presagiar el final, esa uña del dedo meñique, tan fea y tan pequeña, sólo una rayita blanca y dura al final del más tonto de mis dedos, pero únicamente porque parecían cumplirse así deseos que guardaba desde hacía mucho tiempo; porque, la verdad, siempre vi absurdo que las uñas crecieran, igual que el pelo, y no por otra cosa sino por el obligado y constante mutilamiento a que me sometían, absurdo y rutinario, sin fin, al que nunca me he acabado de acostumbrar, descartando por supuesto dejarme melena y uñas largas, cosa que no me parece propia de un funcionario como yo que no quiere ser el hazmerreír del Ministerio. Yo les decía, o pensaba, y así creía que ellas, mis uñas, y ellos, mis pelos, tenían que darse por enterados (porque al fin y al cabo eran parte de mi cuerpo, eso sí, destinados a morir antes que el resto y precisamente por mano del resto), pues les decía cuando me enfrentaba a su tozuda presencia en la soledad de mi apartamento: "Uñas, no crezcáis, no veis que os voy a cortar de todas maneras, no notáis que a pesar de que lleváis años creciendo, siempre tenéis la misma longitud (con leves variaciones de milímetros que mi madre me censuraba de chico con rigor y apasionamiento materno), a qué viene ese empreño, decid, uñas, decid o no crezcáis más, dejadme tranquilo...". Pensaba que, si pudiera no mandarles alimento, las dejaría morir de hambre, fosilizarse en la punta de los dedos de mis pies y de mis manos. Fueron las partes que más odiaba de mi cuerpo antes de que mi nariz acabara por despeñarse al vacío, cuando ya se acababa mi adolescencia, en una carrera que acabó por desesperarme: la veía crecer por días. No había vez que no me mirara al espejo, cosa habitual entonces, y no la viese más larga, más grande y más roja; pero asumí mi condición de narigudo, y después de todo la nariz, un día, no se porqué, dejó de crecer, y aunque desconfiaba de que fuera definitivo, acabé por creérmelo, concentrando todo mi odio en lo dicho: en mis malditos pelos y en mis malditas uñas. Por todo eso la mañana en que me cortaba las uñas me sentí feliz. No tenía uña meñique. No tenía uña meñique. No tenía uña meñique. Me lo repetí mil veces. No tenía uña meñique. En los días siguientes muchas veces, estuviese donde estuviese, me entraba la incertidumbre y corría al lavabo más cercano, donde me encerraba y me quitaba de mala manera, apresurado y nervioso, el zapato del pie izquierdo y su correspondiente calcetín, con el temor de verla otra vez crecida. Pero no, así siguió aquellas primeras semanas. Desapareció. Al fin me escuchó al menos una de mis uñas, pensé satisfecho. Poco después recordé con aflicción que mi padre nunca la tuvo, o al menos no recordaba habérsela visto. Quizás le desapareció por mi misma edad, aventuré con pesadumbre. Aun así era algo, porque a él nunca más volvió a crecerle, por eso yo ya podía verme libre de su incómoda presencia. Pero mi felicidad pronto alcanzó grados orgásmicos cuando otra mañana vi que me faltaba también la del pie derecho. Y aunque me quedaban dieciocho uñas y más de un millón de pelos enemigos en mi cuerpo, lo consideré una victoria que estaba al alcance de poca gente; por eso la valoré tanto. Hasta ahí bien, pero todavía mejoró aún más mi situación. Otra mañana, poco después, vi que me faltaban las uñas de los anulares. Fantástico. Y al poco las de los índices y las de los corazones y las de los pulgares. Sí. Ni por un solo instante pensé en ir a los médicos. Si era una enfermedad la que me privaba de mis odiados apéndices, bienvenida fuese. Ojalá se extendiese a los capilares; ojalá, pensé. Pero no pasó eso. Poco después, sin saber cómo, lo que me desaparecieron fueron los dedos de los pies, de una forma lenta y progresiva, muy poco a poco. Yo asistía incrédulo al acortamiento diario regla en mano, con la esperanza de verlos otra vez con el tamaño de toda la vida. Pero no, desaparecían milímetro a milímetro diariamente, siempre por el mismo orden: primero los meñiques, primero el del pie izquierdo, luego el del derecho; poco después los índices, los corazones y al fin... los necesarios pulgares. La falta de los dedos más pequeños la suplí con calcetines arrugados que metía al final de los zapatos, para no tirar los zapatos y no tener que comprar otros absurdamente chicos que no harían sino recordarme todo el día lo que no hacía sino intentar olvidar. Además no quería que nadie se diera cuenta y empezara a decirse a mis espaldas: "Oye, ¿sabes que al de Pólizas e Impuestos se le han encogido los pies?". Los problemas graves fueron con la desaparición de los pulgares y la subsiguiente pérdida de estabilidad, pérdida que me costó muchos golpes y muchas caídas dar por casi inevitable; acabé por reducir al mínimo indispensable las salidas a la calle y aun los paseos por mi apartamento. Así a una baja por enfermedad tuvo que seguir la excedencia obligada. Me desenvolvía con soltura en la cama, a donde llamaba en ocasiones a la asistenta que trajinaba por las mañanas por allí para decirle lo que necesitaba. Respondía con evasivas o mentiras a las preguntas que me hacía acerca de mi estado, que yo camuflaba con el de enfermedades que me pareciesen más corrientes, y no producto del deseo como por aquel entonces pensaba que era la mía. Cómo decirle que se me había empezado a comer el cuerpo. Ni a ella ni a doctores, pensé. Es una enfermedad tan extraña que no confiaba en la capacidad de la medicina para restaurar las partes que había perdido, mis preciados dedos de la estabilidad y mis odiadas uñas de los pies. La terapia debía estar en mí. Si yo había provocado el mal, bien podría restaurarlo, o al menos detenerlo en lo que presagiaba un avance sin contemplaciones. Aunque la asistenta me llevaba la comida a la cama, en ocasiones ansiaba ver el tráfico desde mi ventana, o quería dar un pequeño paseo por mi dormitorio, donde defecaba en un orinal frío y apestoso; pero esos paseos eran excursiones para mí. Incapaz como era de andar por mi propio pie, me iba apoyando por las paredes del dormitorio y del salón para guardar cierta verticalidad. Así avanzaba, entre sudores y gemidos, losa a losa, centímetro a centímetro, por un apartamento que alguna vez me pareció pequeño y ahora resultaba ser gigantesco. Pero acabaron costándome tantos esfuerzos estos paseos que cada vez los espaciaba más, hasta que acabé por suprimirlos. Además, el mal no se detenía, y pronto empezaron a dejar de existir mis pies, y esta vez los dos a un tiempo, como si el lado derecho hubiese acabado por coger la velocidad del izquierdo y, sincronizados ahora, se dispusiesen a devorarme sin remisión. Así pasé dos semanas o algo más, sintiendo cómo me desaparecían los pies, con todas las fuerzas de voluntad entregadas a una única tarea: dejarle bien claro a mi cuerpo que ya era suficiente, que lo quería a todo por entero. Quería a mis piernas, a mis brazos, a mi estómago, a mi esófago, a mis pulmones, a mi hígado, y también a mis pelos amados, y a mi nariz grandiosa, y a mis uñas nacaradas, las quería, las quería muchísimo... Eso me repetía miles de veces al cabo del día. Eran el único pensamiento que dejaba existir en mi cabeza. Así confiaba en detener el avance. Todavía guardaba fuerzas para hacer pequeños paseos a rastras por el piso del dormitorio, a veces hasta el principio del salón. Me iba arrastrando con las manos, y sólo bajar de la cama y volver a subir a ella le costaba sudores y esfuerzos ímprobos a mi cuerpo mutilado, que ya por esa época, un mes y medio desde que me concedieron la excedencia, no tenía nada por debajo de las rodillas, sólo dos muñones limpios y cicatrizados, parecidos a los de esos impúdicos mendigos callejeros que muestran casi con tanto orgullo por su parte como asco por la mía. Y lo más curioso de todo es que esta desaparición de mi cuerpo era totalmente indolora. No sentía nada, absolutamente nada. Incluso seguía notando las piernas, los pies y los dedos, tanto es así que en ocasiones sentí picores en mis pies y al ir a rascármelos sólo rasqué las sábanas. Por eso empecé a dudar de mis sentidos, en especial del de la vista. No sería que seguía con mis piernas íntegras sin yo saberlo por una extraña deformación de la visión. Por eso recurrí a los otros sentidos. Fui a palpar mis piernas preso de excitación por la lógica de mi pensamiento y sólo palpé aire. Nada. Volvía a asumir la inevitabilidad del hecho, mi mutilación indolora y progresiva, dos meses después de que hubiese comenzado. Fue entonces cuando me apercibí de que mi sexo corría peligro de muerte y, aunque mi plan de pensamientos se mantenía íntegro con frases constantes en mi cerebro (amo a mi pelo, a mis dedos, a mis uñas), le uní dos nuevas declaraciones de amor apasionado (más sentidas aún que las anteriores): amo a mi polla y la amo por encima de todas las demás cosas. Y con estas frases circulando por mi cerebro, pero previendo su inutilidad, empecé a masturbarme compulsivamente, sin otro descanso que el que pedía mi cuerpo y mi brazo. Y pensaba mientras: éste puede ser tu último polvo, no desaproveches el tiempo, no lo pierdas, ni un segundo, mientras veía con terror cómo mis muslos dejaban poco a poco de existir, acortándose inexorablemente conforme pasaban los días. Pasé de un periodo de total abstinencia sexual por culpa de mis preocupaciones a una vorágine de sexo que acabó en el instante en que una mañana, al despertar e ir a hacerme la primera del día, mi mano derecha sólo aprehendió aire. Ésa fue la primera vez que lloré en todo ese tiempo, con desesperación, con rabia, y también con mucho de impotencia y de dolor por la pérdida de mi amada vida. Me consideraba el único y estúpido culpable de lo que me pasaba. Asumí la cercanía de mi final. A partir de ese instante dejarían de existir órganos vitales e irremisiblemente moriría. Me conformaba con una agonía rápida e indolora como el resto de mi enfermedad. Por eso cogí un papel y empecé a escribir mis últimas voluntades, para dejar mis escasas pertenencias (el apartamento era alquilado, sólo tenía un pequeño coche y los muebles) a un amigo (no quería que nada fuese a parar a mi familia más allegada, a quien afortunadamente no veía hace mucho). Era una carta breve y concisa, sin sentimentalismos pueriles que desentonarían con el trozo de carne que posiblemente encontrarían encima de la cama (yo); además no los sentía. La mujer que me limpiaba el piso y me alimentaba y a la que yo pagaba religiosamente con mis cada vez más menguados ahorros dejó de ir al piso al cuarto mes. La eché en falta muy pronto, en cuanto empezó a acumularse la mierda en el orinal que nadie vaciaba. Precisamente por esos días acababan de desaparecerme los intestinos y demás vísceras. Ya no me preocupaba que no me alimentara mi ángel de la guarda porque adivinaba mi fin en cuestión de horas a lo sumo. Por eso no me importó demasiado que me abandonara a mi agonía. Es más, creo que interiormente me alegré de que me dejara morir tranquilo, sin las interrupciones a que me tenía acostumbrado y sus frases de todos los días que me prodigaba con jovialidad creo yo excesiva (qué tal, cómo está el enfermo, ha dormido bien, hoy tiene mejor cara, sin duda...), a pesar de mis nulos y expresivos deseos de charla. Pero el fin que yo creía próximo no se produjo. Bien es cierto que mi cuerpo acababa entonces entre las costillas, en un muñón redondeado, enorme y limpio, pero no moría. No moría de una maldita vez. Era como si lo que durante un tiempo fue mi creencia salvadora fuera desgraciadamente cierta: mi cuerpo seguía existiendo, estaba ahí, pero yo no podía verlo, a pesar de que él siguiera trabajando duro para que no dejara de vivir. Pensé que quizás era el único que no podía verlo y servirme de las partes amputadas, y decidí con toda la resolución de que era capaz ir a un médico y confiarme al veredicto implacable de unos rayos X. Ellos dirían irrefutablemente si yo existía o no, y al menos, caso de ser una enfermedad normal (mi última esperanza) en proceso irreversible, dejaría que mi cuerpo, o lo que quedara de él, sirviese de experimento para que en otros se pudiese hacer algo. Con estos altruistas pensamientos salté más que bajé de la cama, dejándome rebotar duramente contra el suelo, arrastré mi torso por un suelo que nunca sentí tan frío ayudándome de mis manos y llegué a la puerta cerrada de mi dormitorio. Pero no llegaba al pomo por más que me estiré todo lo que pude. Aporreé la puerta con todas mis fuerzas e incluso grité para que alguien me salvara, pero nada, nadie vino. Nadie viene. Creo que son las vacaciones, o puede ser que los que me oyen, mis desconocidos vecinos, estén acostumbrados a oír gritos y no hacer nada. Nadie se mete en los asuntos de los demás, como debe ser. Ahora paso el rato inventando hipótesis absurdas acerca de lo que me pasa. Por ejemplo: he pensado que si no me duele la herida, si no me muero a pesar de faltarme órganos vitales, debe ser porque ahí, pegado a mí, debe seguir existiendo el cuerpo de un hombre al que ahora ya sólo le falta un trozo de torso, la cabeza y los brazos, y al que no puedo ver por alguna razón misteriosa. Debe sentirse tan raro como me siento ahora, incompleto, pero también debe de aburrirse como me aburro yo. Por eso le hablo como si pudiera verlo, para hacerle compañía y para hacérmela a mí mismo, del mundo que le espera, y del trabajo que tiene en el ministerio (intento convencerlo de que me sustituya, seguro que su aspecto es el mío y lo más fácil para él es eso; nadie va a notarlo si recuerda unos cuantos detalles de los muchos que le cuento); otras veces le hablo de cómo es mi amigo para que pueda reconocerlo (ya he roto el testamento), y hasta a mi familia que hace tanto que no veo la conoce ya, y le digo también que deje tranquilas a las uñas de los pies. Si ahí es donde se esconden nuestros dobles, yo al mío le regalo la vida entera y me reservo para mí un trocito minúsculo de uña para morir poco a poco, cada vez que él se la corte, y espero que no me deje crecer demasiado hasta que se muera. A mí ya la verdad es que me importa poco si alguien me escucha o no, o si alguien lee alguna vez estas líneas que ahora escribo sólo porque me aburro y porque no llego a la cama, ni a la ventana que da al ojo patio. Ahora sólo espero que me desaparezcan mis manos y mis brazos y mi cabeza con su preciosa nariz aguileña, no sé en qué orden: si desaparecieran primero las manos sería terrible porque seguiría con los ojos abiertos y la conciencia despierta, y quizás ruede sin sentido la cabeza por el dormitorio sin que yo pueda controlarla, pero si es al revés y desaparece antes la cabeza, entonces mis manos se quedarán vacías de pensamientos que escribir y quizás sólo hagan repetir la última palabra, mientras va desapareciendo lenta y progresivamente el brazo con sus pelos, y luego la mano y luego los dedos, y, al final del todo, las uñas. En cualquier caso lo que sí que espero es morir tranquilo, sin nadie que me importune. Lo peor que se me ocurre es que llegasen cuando ya sólo quedara de mí la mano, y ellos, al verla escribiendo en un papel, dijeran: "Miren qué espectáculo, esto vale millones", y me llevaran a un museo a encerrarme en una urna de cristal para que no me tocasen, bajo un cartel que dijera: "La mano que escribe sola", "La mano que escribe sola", "La mano que escribe...

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23 de November de 2009

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