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Irma Carbia
irmacarbia@hotmail.com

Llegó al pueblo y comprobó que sí había cambiado. Todos dicen lo contrario siempre, pero él sintió el cambio. El cielo era azul como siempre, limpio en la media tarde  de verano; el mismo calor, que parece que esparcen los campos cercanos sembrados de girasoles rotando a lo largo del día con su amarillo vital que todo lo envuelve.

La chatura de las casas no era nueva pero cierto buen gusto adornaba los jardines florecidos o chispeaba en el agua de alguna pileta bulliciosa. La gente, poca en las calles, también como siempre, pero no igual que siempre; algo se distinguía en el atuendo, en el caminar, en no saber qué ni lo que es.

Ese viaje de regreso al pueblo venía dilatándose en el tiempo como si éste fuera un elástico infinito, siempre se podía estirar un poco más, pero había que hacerlo. Había que ver qué pasaba allí, ahora que la distancia permitiría el cotejo. Porque una vez se fue, casi lo obligaron a irse, y la lucha con la nostalgia fue dura y la vida mientras tanto continuó en otro lado, bajo el paraguas de la  promesa íntima y personal de volver. Pero esa vuelta era la que se alargaba, porque en cada etapa que iba viviendo aprendía algo más, enfrentaba otras cosas otra vez nuevas y siempre había otro día más adelante que ya se perfilaba como nunca.

El devenir permitía mil postergaciones y mil aprendizajes y a  ambos había que sortearlos, enfrentarlos, vencerlos, para poder seguir adelante. Y así lo hizo, lo tuvo que hacer. Pero como para todo hay un tiempo en la vida, éste parecía ser ya el del regreso a casa, con todas sus implicancias emocionales y de las otras. Incluso el tren en el que llegaba parecía tener que sortear dificultades que atrasaban el momento, demoras en la salida, problemas en un cruce de vías, nada que impidiera, o que al menos a él le impidieran ahora llegar, simplemente porque esta vez estaba decidido a hacerlo.

Caminó por esas calles de asfalto contaminadas por el polvo de las muy cercanas de tierra todavía. Vio los árboles tan verdes y con su sombra tan tentadora, hasta escuchó la hora en el campanario de la iglesia que tañía lánguidamente. Sin embargo, él intentaba que su caminata de reconocimiento local e íntimo a la vez, fuera inadvertida para todos los demás; era el goce secreto de llegar al lugar ansiado solo, como había partido, pero ahora con el temor y la certeza al mismo tiempo de lo que encontraría.

Dio una vueltas; alguien lo miró más detenidamente, pero nadie dijo nada. Él recordó, muchas cosas pasaron por su mente, dolores y también ciertas alegrías; la vida se compone de ambas y él había vivido, en el cabal sentido de la palabra, con toda la intensidad que le fue posible, atesorando mientras tanto la idea del regreso. Como todo camino nuevo, el que intentó no fue fácil, ningún camino es fácil, en todos hay piedras o hay baches y todos deben ser obviados, porque la meta se impone y solo así es como se puede seguir  adelante.

Ya en las cercanías, las dudas lo atenazaban, siempre pasa, no es fácil regresar pero siguió, para encontrar la casa y entrar por la parte de atrás. No necesitaba ni quería anuncios solemnes. En el silencio de la tarde apabullada de calor reconoció el patio. El limonero seguía allí. El damero ancestral de las baldosas del piso permanecía en su frescura de sombra. De las tinajas de los jazmines del cabo todavía asomaba alguna flor blanca perfumando el entorno del follaje. Intuyó movimiento en el interior, pausado, sin estridencias, sin sensación de preparativos. Tampoco había avisado él de su regreso, quería ver las cosas como se le presentaran, sentirlas, olerlas, tocarlas, reconocerlas. O no. Ésa era otra de las angustias que alguna vez le quitaron el sueño frente al tema del regreso. Nunca los años pasan sin dejar algo en uno y en los otros y a lo mejor ese algo en este caso no era lo mismo.

Alguien está sentado en la cocina fresca y sombría. El calor allí no llega en verano por la sombra del viejo parral que cubre parte del patio. En invierno es distinto, las hornallas encendidas y la cocina económica que nunca fue retirada de su lugar de centro de la vida en la casa, alumbra desde sus lenguas de madera encendidas que dan el calor justo para la charla y la compañía mutua.

Si quien está sentado tan tranquilamente hojeando en forma desganada una revista, supiera lo que ha pasado él durante esos años de ausencia, las peleas que soportó, las presiones, los desvelos, cambios de lugares no deseados muchas veces, viajes con una inmediatez que lo atropella todo. A lo largo de su tiempo, que no es el del otro que ve allí sentado, los desafíos lo ganaron y lo transformaron, y hoy es éste. No puede decir cómo, pero sí puede asegurar que es otro. Y por eso vuelve, para el cotejo con su propio pasado, para saber si ha hecho toda esa travesía de vida aprendiendo a golpes y dolores y triunfos y fracasos para él solo o también para alguien más, que espera y él cree tener la confirmación de que es así. Pero siempre las dudas; hoy se disipan como una neblina que se corre para dar paso al rayo de sol cuando la figura en sombras se levanta y sale al patio como conducido por algo fuerte y distinto que lo saca de su ensimismamiento.

Es una sola las miradas que se cruzan por sobre los jazmines perfumados y el patio de damero:

-¡Estás acá!

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23 de November de 2009

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