Mariana G. Nastri de Carreira
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Esas estancias lo penaron a calles sin nombres, rango de un hermano que entierra estampillas de un abuelo compadrón; familia, tradición que lo condenó.
Cura el apellido sirviendo a los caballos, mascotas de la penitenciaria, preso en la faena de la caballería.
Fue en el rincón del póquer donde se dejó llevar, saña que alimentó el ego de su estirpe, orgullo del abolengo para la honra del apellido.
Relación que carga enojo alienta el revólver de la hombría en un instante cobarde; del juego resultó el chorro de sangre de un simple tramposo.
Nadie puede consolar su soledad, la culpa, y sin darse cuenta con una reflexión de pena, él empapó hojas con letras, hojas que se transformaron en obsesión y llevan marcadas las heridas de un escritor.
Osvaldo Cruz, fue encontrado muerto en su celda, las rejas estaban abiertas, un cordón trenzado se enroscaba alrededor de su cuello. Unos cuentan que fue muerto por su compañero de celda, por asuntos de juego, pero cuando lo hicieron declarar dijo que a esa hora le tocaba limpiar las letrinas, y algunos presos atestiguaron a su favor.
Otros dicen que lo mató un oficial novato de la penitenciaría, parece que el asesinado por Cruz, en el póquer, era hermano del oficial, pero él se defendió diciendo que en ese momento se encontraba castigando a un preso que se había rebelado. El preso todo golpeado confirmó lo del oficial.
Sé que la familia oculta algo de su muerte. Yo leí sus escritos, en el final del texto no logró aliviar la culpa. El hermano del abuelo pudo haber fallecido como lo hacen algunos escritores cuando no pueden convivir con ciertas marcas. El orgullo compadrón de su padre, hombría sin ninguna culpa pero con penitencia en el espíritu, lo desheredaría de la estirpe varonil. Eso habrá pensado antes de morir Osvaldo Cruz, mientras la soga cortaba su cuello. La mente transitó por toda su vida, fueron segundos. Dentro de esos segundos dejó de existir.