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Volando el puente

Ángel Marzocca
amarzocca@speedy.com.ar

Aquel lunes por la tarde se sintió como el flaco Gary Cooper preparando la voladura del puente -que le costaría la vida- en ¿Por quién doblan las campanas?. No estaba precisamente viviendo la Guerra Civil Española de ficción en el film de moda. Lo suyo no era cuento: estaba haciendo la conscripción; le habían ordenado cumplir con una misión insólitamente cautivante. Fuera de lo común. Fuera de lo común porque era dueño por unas horas de sí mismo y del caballo que tenía asignado desde hacía un par de meses en su Sección Zapadores. Además, con un horario casi libre. Estaba fuera del Regimiento y tenía permiso para volver recién cuando hubiese concluido la tarea que se le ordenase. Llevaba suficiente comida en las alforjas; tanto para él como para "Lista", que así había bautizado a su yegua zaina por la mancha blanca que le bajaba desde la frente entre las orejas hasta el hocico.

Hacía cinco meses, desde un caluroso dos de enero, que cumplía con el servicio. Cada vez que pensaba que le habían dicho que él no iba a ser apto porque tenía pie plano, se le revolvían las tripas. Lo sortearon y le tocó un número bastante alto; tanto que temió ser destinado a la Armada, lo que le hubiese significado quedar dos años bajo las armas y, por lo tanto, tener que interrumpir por demasiado tiempo sus estudios en la Universidad, donde -prácticamente- ya tenía cursado el tercero de los cinco años de su carrera. Luego, fue destinado al Ejército; de nada valieron aquellos antecedentes supuestamente negativos porque algún iluminado podólogo cuando la revisión médica dijo: -Si tiene pie plano será bueno para Caballería.

En el 3 de Infantería, donde los citaron aquel día, fue primero apartado por un sargento para ser incorporado a Granaderos. Por su altura. Pero un superior de Infantería adujo que, por su calidad de estudiante universitario, estaba destinado a ser "aspirante a oficial de reserva" y, en consecuencia, terminó siendo cargado a un camión que lo depositó en Campo de Mayo, en la Escuela de Infantería. Fue por eso que desde entonces era un "zapador", supuestamente hábil para la construcción de puentes rápidos sobre los cursos de agua, constructor de trincheras y casamatas y destructor de todo aquello que en la guerra se necesitase "volar" para detener o perjudicar al enemigo.

Los primeros meses habían sido muy duros. La separación de su familia le hizo llorar a escondidas. No tanto por el rigor del "orden cerrado", el entrenamiento como zapador y la rígida disciplina militar, a la que fue adaptándose rápidamente. También porque extrañaba a su "novia" de aquella época, pero se consolaba con su retrato que había pegado en el interior de su ropero metálico. Poco a poco se fue haciendo ducho en las mil y una artimañas que enseña el cuartel, y al adquirir experiencia y endurecer sus músculos con los exigentes ejercicios cotidianos comenzó a destacarse de entre sus pares. Recién tuvo su primer franco a los tres meses de incorporado y, aunque en el ínterin, cada domingo sus padres o hermanos concurrían a visitarle -y unas o dos veces lo hiciera su "novia"- esa primer salida le regaló pocas pero exultantes horas de reencuentro con su barrio, sus amigos, su casa, y aquella muchacha... Poco a poco las salidas de fin de semana se hicieron rutinarias y ayudaron a soportar mejor el yugo militar.

La semana anterior hasta tuvo tiempo de ir por la tarde del domingo de franco al cine y, precisamente, ver aquella película junto con su piba. Quedaron ambos tan entusiasmados con las alternativas de tan dramático guión como de los protagonistas principales. Ella se cortó el cabello a lo "plumita", como lo llevara Ingrid Bergman, y a él -en su último sábado de franco- se le antojó que algo se parecía a aquélla, mientras al besarla se imaginaba como su galán en esa cinta...

Y de pronto aquel lunes le ordena el teniente esa comisión impensada: preparar su caballo -porque ya tenía asignado permanentemente a "Lista" como jefe del "grupo montado" (apenas cinco aspirantes de la Sección)- y dirigirse al Puente Márquez, sobre el río de las Conchas o Reconquista, para proceder a proyectar la voladura del mismo, procurando individualizar los puntos en que deberían colocarse los explosivos, calcular su cantidad y la de los elementos accesorios necesarios, y todo detalle indispensable para asegurar el éxito de la supuesta destrucción. En una palabra: todo, todo lo que el flaco debió hacer en el film para volar "su puente".

Solicitó la venia del Sargento Mayor para cumplir la orden del Teniente Jefe de la Sección. Le contestó aquel que ya estaba enterado, proveyéndole de lo necesario para alistar su cabalgadura -incluido un morral y una bolsa de granos de cebada suficiente para su alimentación-, y le autorizó a partir vistiendo su uniforme de fajina. Como en la cocina del cuartel el "rancho" aún no estaba preparado, no pudo llenar siquiera una mísera marmita de la diaria pitanza... pero, al menos, consiguió un pan y una naranja. No era mucho, de modo que pasó por la cantina y -a su costa- compró queso y mortadela y una lata chica de caballa. ¡Eso era mejor que el guiso de "la morocha" y valía la pena gastar un poco de su propio dinero para hacer algo que, al fin de cuentas, desde el "vamos" tenía sabor a aventura!

Salir hacia el camino, atravesando Campo de Mayo, montado en su yegua "Lista" le llenaba el pecho de orgullo: era dueño de sí mismo y podía demostrar que era capaz de gran iniciativa y eficiencia. Ya en la ruta, le pareció extraño que nadie se fijase en él, siendo que era tan importante la tarea que se le había confiado... En realidad, terminó por mascullar para sus adentros, lo que debía ocurrir era que esas gentes que estaban al borde del camino, o pasaban viajando a sus trabajos en bicicletas, colectivos y autos, seguramente no tenían por qué sorprenderse al ver a un soldado montado por esa zona cercana al enclave militar. Por tanto, concluyó, él mismo debería ser -y no otro- el único sorprendido por verse por allí, libre, dueño de sus actos para cumplir la misión que le fuera encomendada, camino al sudeste desde que dejara atrás la "Puerta 4".

Con el sol bien alto, al mediodía, y pegándole bastante fuerte, al cabo de una hora larga de cabalgar simplemente al tranco para no cansar a "Lista", llegó a avistar el objetivo: Puente Márquez sobre el río Reconquista. A su vista su intelecto se posesionó, física y mentalmente, del espíritu de aquel "yanqui" enrolado en la milicia gubernamental hispana protagonista del famoso cuento de Hemingway llevado por Hollywood a la pantalla... ¡Sólo le faltaba tener cerca la soñada figura de Ingrid Bergman! El puente, que había sido históricamente de madera, lucía ahora su moderna estructura de hierro y hormigón. El entorno era casi bucólico; más apto para un picnic que para planear una explosión. El río -no como lo sería luego con el paso de los años- fluía casi incontaminado. Afortunadamente comprobó que había lugar suficiente al costado de la ruta para dejar el caballo, del que se apeó apresurándose a "manearlo", seguro que así no iba a moverse pues, siempre que no le molestasen, era de carácter tranquilo. Llenó el morral con la mitad de la cebada que tenía en la bolsa y quitándole el freno, pero manteniendo la brida unida por una cadena al arzón de la montura, le dejó comer tranquilamente.

El río se presentaba allí como encajonado entre dos barrancas, una de ellas algo empinada. Procedió a bajar por ésta, la que daba sobre su flanco derecho, llevando en bandolera el pequeño portafolio de cuero donde guardaba su cuaderno de anotaciones. Tenía tiempo más que suficiente para hacer sus cálculos de zapador en función destructiva. Contó los pilares. Midió la distancia entre los dos más cercanos y también el diámetro de las bases en que se sustentaban los que estaban sobre la orilla No le llevó mucho hacer las operaciones matemáticas imprescindibles para saber cuántos panes de trotil serían necesarios arrimar a cada una de esos pilares, qué cantidad de metros de mecha de rápida ignición deberían conectarse y, por último, hasta dónde debía extenderse la mecha de unión entre todos ellos y el "explosor", para el que descubrió un lugar fácil de camuflar, de modo tal que un soldado, extendido sobre el suelo y sin temer por su seguridad física, pudiese empujar la manija de contacto para que todo el puente volase por el aire. Esto por si fuese teóricamente necesario volar la estructura simultáneamente al paso de un supuesto convoy enemigo que cruzase el río. Pero también calculó la forma de inutilizarlo volando apenas dos o tres de sus pilares y utilizando, en consecuencia, menos trotil y cambiando mechas de ignición rápida por las lentas, para el caso del cruce por tropas de infantería para obligarlas a buscar otro camino o vadear el curso de agua.

Cuando terminó sus anotaciones, y el diseño de la estructura del puente de marras, señalando los lugares en que aconsejaba colocar los panes de trotil, se sintió cierta y eufemísticamente hablando "más que realizado". Se veía como el mismísimo héroe de la historia de ficción, capaz de programar y hasta ejecutar la voladura; solo le faltaba empujar con sus dos manos la palanca del explosor para que la imagen concebida "in mente" concluyese por materializarse. Se acercó al caballo, le dio a comer el resto de la cebada y se dispuso él mismo a alimentarse con las vituallas llevadas desde el cuartel. A la tenue sombra de un pequeño tala de raleado follaje se preparó un buen sándwich con la mortadela y el queso, y abriendo luego la lata de caballa con la punta de su machete, también se regaló un buen atracón de pescado. Tomó agua que llevaba en su cantimplora, acomodó todo su bagaje en un santiamén y, chupando la naranja que había llevado, se despatarró a descansar unos diez minutos mirando entre el ramaje del árbol el espléndido cielo de aquella tarde impar, antes de partir de vuelta.

Serían la cuatro cuando, después de hacer el recorrido inverso de su viaje se aproximó finalmente a Campo de Mayo; llegaba al cuartel enhiesto sobre su "Lista", inflado el pecho de vanidosa autosuficiencia e imaginando que cuando pasara su parte el jefe de la Sección le premiaría con algún franco extra, puesto que había logrado acertadamente el objetivo que le fijara aquella mañana y que no en vano había depositado su confianza en él, aprovechando eficazmente la libertad que le brindara aquel día inolvidable. No imaginaba nuestro "aspirante" que en un segundo el bochorno le alcanzaría tan de golpe y rotundamente; como para "bajarle los humos" y liquidar sin más aquella fatua sensación de sentirse como un "doble" del larguirucho Gary Cooper. Y sucedió ridiculizándole ácidamente. Empequeñeciendo todo lo que imaginara su mente acerca de sus pretendidas iniciativa, eficiencia, y todo lo demás.

Cerca al camino había un buen charco de agua limpia que la lluvia del día anterior había dejado sin que fuera aún absorbida por el suelo. Más que charco era casi, casi, una pequeña laguna. Pensó entonces -¡instante fatal!- que su caballo debía estar sediento, pues en el apuro de llegar temprano al cuartel lo había galopado un buen trecho, y que esa lagunita le permitiría dejarlo abrevar. Se acercó lentamente a la orilla y estando montado aflojó las riendas para permitir que la cabeza del animal alcanzase el agua... Fue cuando ocurrió lo imprevisto: como no tomó la precaución de soltar previamente la cadena que iba desde la brida a la montura, el caballo al no poder alcanzar el agua flexionó ambas patas delanteras, como arrodillándose, y nuestro ensoberbecido "aspirante a oficial de reserva" -desprevenido por tal maniobra- se deslizó mansa y estúpidamente a la laguna por encima de la cruz y pescuezo del animal, en una escena digna de la mejor película cómica del cine mudo. Terminó pues en el agua y el lodo.

Quedó hecho una sopa y, para colmo, bastante embarrado. El pequeño portafolio que llevaba colgado con una correa en bandolera, siguió la ruta de su cuerpo y con él sumergiéronse sus anotaciones de la hipotética voladura del puente sobre el Reconquista. Totalmente hecho un estropicio. Nadie le había visto. Sólo él era testigo de su propia imbecilidad. Y eso bastaba. Llegó, finalmente, apesadumbrado y al tranco, a la Escuela de Infantería con la traza extraña que es de suponer, por lo cual al pasar por la Guardia fue objeto de lógica curiosidad y una despiadada inquisitoria del oficial de turno. Al día siguiente todos, aspirantes, soldados, suboficiales y el jefe de la Sección ya estaban enterados. Fue burla de muchos y lástima de otros, lo cual acaso sintió mucho más.

¡Adiós todo orgullo, prestancia y vanidad! Evidentemente, no estaba hecho para la milicia. Por fortuna, pensaría sensatamente años más tarde.


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7 de October de 2008

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