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Gaos, rector de la Universidad de Madrid, me trae un álbum de fotografías del pabellón español en la Exposición de París, en cuya dirección y organización ha tomado mucha parte. Cree que el pabellón español, deficiente y todo como es, representa un esfuerzo extraordinario, dadas las circunstancias, y que así lo han apreciado cuantos lo han visto. Enorme afluencia de visitantes. Llevo la conversación hacia los emigrados voluntarios, suponiendo que Gaos conoce las andanzas de algunos. Gaos es muy circunspecto y comedido. Ha visto a pocos emigrados, que, en general, se retraen. Lamenta lo que han hecho, sobre todo algunos con quien les unía estrecha amistad. No han visto que ahora no se trataba de ser amigo o enemigo de éste o aquel Gobierno, de tal o cual político, sino de servir a la causa nacional, puesto que se liquida la vida de España. Se marcharon al extranjero para conservar en el porvenir ciertas posiciones, creyendo que la guerra se acabaría en seguida con el triunfo de los rebeldes. La inesperada duración de la guerra los ha puesto en una situación sin salida. Si no estaban conformes con algo o con nada de lo que aquí se hacía, han podido decir que tampoco lo estaban con lo que hacen en el otro lado. Se han abstenido, porque eso habría sido un modo de comprometerse. Han querido jugar en los dos paños y pueden perder en los dos. A alguno de los ilustres emigrados (Gaos se reserva el nombre) le han hecho saber desde Burgos, contestando a una exploración, que en ningún caso le admitirían en su campo. |
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-Algunas de esas personas -le interrumpo- han querido reservarse para escribir, como si dijéramos, el último capítulo de la filosofía de la historia, y ya en posesión del dato definitivo, demostrar fácilmente que siempre tuvieron razón y que ya ellos lo habían dicho... En la vida pública es menester exponerse a fracasar. Cuando se supedita todo a suprimir ese riesgo, el fracaso es seguro. |
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Gaos asiente. Le pregunto por algunos antiguos amigos, pero no tiene noticia de ellos. Sabe que García Morente, después de ser eliminado del escalafón de catedráticos ("cosa difícil de evitar", observa), se marchó a Francia y después, con toda su familia, a Tucumán, donde le han dado una cátedra de filosofía. "¿Que puede ser la filosofía en Tucumán?", pregunto. Gaos no lo sabe, y se ríe. Ortega reside en pueblecito holandés, cerca de Leyden, mal de salud y de recursos. "¿Usted cree que Ortega corría algún peligro en Madrid?, le digo. "Ninguno." "Sé que estaba muy enfermo. Fuera de eso, cualquier Gobierno, el más distante de los puntos de vista de Ortega, no solamente le habría protegido si le amenazaba algún peligro, sino que le hubiese puesto en las condiciones que él quisiese para servir al interés público." "En general, esa emigración nos ha hecho mucho daño", confirma Gaos. Hablamos de otras cosas. Valor de la experiencia de estos quince meses para el futuro de España. Cuál habría sido la situación si la guerra se hubiese concluido victoriosamente para la República en agosto o septiembre del año pasado. Estado de la educación política del pueblo español, cualidades que descubre o que confirma en estas circunstancias, etcétera. |
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AZAÑA, Manuel. Obras completas IV : Memorias políticas y de guerra. Madrid : Giner, 1990. pp. 826-7. Fragmento del apunte correspondiente al 18 de octubre de 1937. |