Alguien dijo que «no podemos predecir el futuro, pero podemos inventarlo». Pero también se ha dicho: «El futuro tiene la ventaja de que puede predecirse. El pasado, sin embargo, es impredecible». Antiguamente, algunos monarcas condenaban a reos especiales no sólo a la muerte, sino también a que sus nombres fueran borrados de todos los textos, con lo que los eliminaban de la Historia. Queda constancia de la existencia de los monarcas y de su ley. Los condenados, históricamente, no existieron: su pasado dejó de ser impredecible o cualquier otra cosa. Simplemente dejó de ser.
En ocasiones han sido pueblos enteros los que han visto escamoteado su pasado.
Y nosotros, ni monarcas ni ajusticiados borrados del todo (al menos por el momento) de la Historia ¿cómo soportamos la tensión pasado-presente-futuro?
Dice una conocida y repetida frase de Jorge Manrique que «Cualquiera tiempo pasado fue mejor». ¿Significa ello que la juventud es hermosa o que con el tiempo eliminamos, sustituimos y/o tergiversamos aquella parte de nuestro pasado que no nos gusta o conviene?
Y la decrepitud mental, ¿acaso no es sino un exceso de toxinas que la vida ha ido acumulando en nuestro consciente e inconsciente y que no sabemos, podemos o queremos eliminar o reciclar?
Hagamos un experimento: Coloquemos a un hombre-tipo absolutamente desnudo, es decir, sin ningún pasado, enfrentado a esta línea tensional, a este paradigma del continuo pasado-presente-futuro y veamos cómo se comporta en su escenario-jaula de laboratorio.
Observemos. A lo mejor algo nos resuena y en algunos momentos nos sentimos identificados con sus reacciones.
No puede refugiarse en su pasado, porque no tiene ninguno, aunque ni siquiera de eso está seguro.
Tampoco puede esperar a Godot porque, desde hace mucho, sabe (todos lo sabemos desde hace mucho, aunque tal vez no supimos que lo sabíamos hasta que nos lo dijo Beckett) que Godot no vendrá nunca.
Pero ha decidido esperarse a sí mismo.
Quien no asume su pasado, dicen, está condenado a repetirlo. Tal vez quien no asume su pasado no tiene presente ni futuro porque, simplemente (y él lo sabe) no existe.