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Política y religión

Política

Sin fecha. Carta de Juan de Padilla a la ciudad de Toledo



     [FERRER DEL RÍO, A. (ed.). Decadencia de España : Primera Parte: Historia del Levantamiento de las Comunidades de Castilla. 1520-1521. Madrid : 1850].



     A tu corona de España, y luz de todo el mundo, desde los altos godos muy libertada. A ti que por derramamientos de sangres extrañas, como de las tuyas, cobraste libertad para ti e para tus vecinas ciudades. Tu legítimo hijo Juan de Padilla, te hago saber como con la sangre de mi cuerpo se refrescan tus victorias antepasadas. Si mi ventura no me dejó poner tus hechos entre tus nombradas hazañas la culpa fue en mi mala dicha, y no en mi buena voluntad, la cual como a madre te requiero me recibas, pues Dios no me dio más que perder por ti de lo que aventuré. Más me pesa de tu sentimiento que de mi vida; pero mira que son veces de la fortuna que jamás tienen sosiego. Solo voy con un consuelo muy alegre, que yo el menor de los tuyos muero por ti, e que tú has criado a tus pechos a quien podría tomar enmienda de mi agravio. Muchas lenguas habrá que mi muerte contarán, que aún no la sé aunque la tengo bien cerca: mi fin te dará testimonio de mi deseo. Mi ánima te encomiendo como patrona de la cristiandad; del cuerpo no digo nada, pues ya no es mío, ni puedo más escribir porque al punto que ésta acabo tengo a la garganta el cuchillo con mas pasión de tu enojo que temor de mi pena».

     A doña María Pacheco, su esposa.

     «Señora, si vuestra pena no me lastimara más que mi muerte, yo me tuviera enteramente por bienaventurado: que, siendo a todos tan cierta, señalado bien hace Dios al que la da tal, aunque sea de muchos plañida, y del recibida en algún servicio. Quisiera tener más espacio del que tengo para escribiros algunas cosas para vuestro consuelo; ni a mí me lo dan, ni yo querría más dilación en recibir la corona que espero. Vos, señora, como cuerda llorad vuestra desdicha, y no mi muerte, que, siendo ella tan justa, de nadie debe ser llorada. Mi ánima, pues ya otra cosa no tengo, dejo en vuestras manos; vos, señora, lo haced con ella como con la cosa que mas os quiso. A Pero López, mi señor, no escribo porque no oso, que, aunque fui su hijo en osar perder la vida, no fui su heredero en la ventura. No quiero más dilatar por no dar pena al verdugo que me espera, y por no dar sospecha que por alargar la vida alargo la carta. Mi criado Sosa, como testigo de vista e de lo secreto de mi voluntad, os dirá lo demás que aquí falta, y así quedo dejando esta pena, esperando el cuchillo de vuestro dolor y de mi descanso.





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