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[MALDONADO, J. La revolución comunera. Traducido el original -De motu Hispaniae-] [QUEVEDO, J. de: El movimiento de España, o sea, historia de la revolución comunera, conocida con el nombre de las Comunidades de Castilla. Madrid : 1840. Ed. Actual a cargo de FERNÁNDEZ VARGAS, V. Madrid : 1975].
(Opiniones de Maldonado: objetivos de su escrito)
En otro tiempo, mientras me ocupaba en otros diversos estudios, escribí la guerra civil que algunos pueblos de España movieron, cuando el César vuestro padre iba a ceñir en Alemania la corona del imperio, a cuya guerra llamé yo con propiedad el movimiento de España. Hace más de veinte años que comencé a escribir dicha guerra, pero aún no la he publicado, pues aunque la había concluido con reflexión y madurez, juzgué, sin embargo, que debía esperar a que se calmaran los ánimos y pasiones de los que habían hecho la guerra inconsiderada y poco piadosamente, ya que ellos mismos conociesen su temeridad. Pero viendo que esto hace tiempo que se ha logrado y avisado poco ha de que algunos amigos íntimos míos que, usando de mi familiaridad y cortesanía, habían leído en diversas ocasiones trozos de esta historia, afirmaban porque no tardase tantos años en darla a la luz (aunque todo lo juzgue necesario), me he determinado a hacerlo, para que salga bien corregida, y muy diversa por haberle dado yo la última mano, no sea que por casualidad me oprima antes la muerte... pues suele acontecer que las obras publicadas después de la muerte de sus autores, rara vez son las mismas ni corresponden en un todo a su originalidad. (1 de diciembre de 1540).»(p. 27-28)
«Yo escribo el movimiento de España, la tutela del reino, esta pequeña parte de la historia de Carlos; el tiempo restante y los demás reinos y provincias a que extiende su imperio, lo dejo para ingenios más felices. Pero si a las cosas pasadas y presentes se unen las futuras, será tan abundante la materia para escribir, tanta la esperanza de gloria inmortal para los historiadores (todo lo cual redunda en grandeza del César), que fácilmente me ocultaré entre la multitud de ellos. En una cosa tal vez no será inútil mi trabajo, en ser el primero, o de los primeros que amonestaré a Carlos, cuan útiles sin al supremo imperio los historiadores, y, al mismo tiempo, habiendo nosotros de perecer, alentaremos a otros a que escriban. No es mi ánimo discurrir sobre cada una de las cosas, averiguando hasta lo más menudo, según costumbre de los historiadores, sino escribir las causas de los hechos y lo más digno de saberse en estilo agradable, de modo que por casualidad fue tratado por mí y por ciertos extranjeros.» (Libro 1º p. 32)
«Bien conozco a qué suerte tan dudosa al par que variada expongo mi reputación, encargándome de escribir la guerra civil en tiempo todavía en que su relación ha de llegar a manos de vencedores y vencidos. Los que se portaron esclarecidamente peleando por su Rey, por su Patria y por sus propios hogares se quejarán de no haber sido elogiados en proporción a sus méritos, y acriminarán, y aún imputarán a vicio el que el escritor, demasiado lacónico, haya pasado por alto algunas menudencias; que no haya perseguido al partido popular como el hecho merecía y que no se haya desatado en dicterios contra él. Por el contrario, aquellos que tuvieron la desgracia de sucumbir, o que fueron seducidos por consejos precipitados y temerarios, llorarán y se quejarán amargamente de que el historiador se haya ensangrentado en aquellos contra quienes todo es permitido; más yo que soy sumamente libre porque nada ambiciono, nada me cuido de qué quiere o espera éste o el otro partido, con tal de que con verdad transmita y refiera a los venideros el hecho desnudo tal y como pasó. Ni creo tampoco tener la obligación de adivinar qué pensaron éstos o los otros, qué se propusieron, qué pensaron hacer; sino qué fue lo que se hizo y dijo con valor y sabiduría, qué medios se adoptaron con probidad; y, por el contrario, qué fue lo que intentaron sacrílega y malvadamente, qué dijeron y persuadieron con malicia. Por lo tanto, al emprender esta obra no me propongo escribir para captarme el favor de los dichosos, ni para acrecentar el dolor de los desdichados, sino trazar el cuadro de este movimiento de España, tan grande cual jamás lo conocieron nuestros mayores, con objeto de que la posteridad sea más cauta en la osadía y esté advertida ya de que las empresas temerarias, ya sean contra el Rey, ya contra la Nación, se convierten las más de las veces en daños para sus autores.» (Libro 2º p. 57-8)
«Yo por mi parte no dudo que si hubiera sido tomada aquella villa (Navarra), los franceses hubiesen fomentado nuevas esperanzas en los pueblos no apaciguados del todo.» (Libro 7º p. 222)
Sobre las Germanías
«...los acontecimientos de Valencia no pueden mezclarse con los de las demás ciudades, ya porque los valencianos en sus alborotos no tuvieron comunicación alguna (por decirlo así) con los demás pueblos de España, ni quisieron unirse a la Junta, sino que ellos por sí con nuevas invenciones creyeron mandar a todos; y ya también porque la guerra que el pueblo de Valencia hizo contra la nobleza y magistrados fue tan varia, de tanto peligro, tan extremadamente sangrienta...» (Libro 7º p. 227)
Sobre las Comunidades
(El alemán, el italiano y el francés)...« pasaron hasta el extremo de desacreditar de mancomún a los españoles, porque desenfrenados poco ha habían levantado una guerra civil, despreciando las órdenes reales, profanando todo lo sagrado, todo lo piadoso, y mezclando algunas veces asesinatos e incendios... me preguntaron ¿qué furor impelió a los españoles a levantar la guerra civil, con qué consejo, con qué jefes se había hecho?... (Libro 1º p. 34)
...No hay duda, dije, que la esclarecídisima Isabel está gozando la gloria... Ella jamás tuvo en consideración el linaje o las riquezas para conceder las supremas magistraturas o para optar a las prelacías, sino que abrazaba y ensalzaba la verdadera y sencilla virtud... (Libro1º p.48)
(Antecedentes, ítems que anuncian las Comunidades: había oposición a Croy, porque se creía que Carlos no gobernaba sino que lo hacía a través de él, y a Cisneros por proponer un tributo de armas. También no es muy bien tomada la resolución de que a poco de llegar Carlos volviera a marcharse, generando preguntas tales como si volvería alguna vez, si sacrificará a España en favor de Alemania, etc. Luego se imponen una serie de tributos que provocan ciertas protestas, un caso paradigmático es el de Pedro Guzmán, procurador de Toledo. Ya Padilla estaba haciendo algunos alborotos populares. Antes de la partida de Carlos hay motines en Toledo y Valencia)»
«...Pero esto mejor lo contarás tú, toledano, que si no me engaño te hallastes, y no de los últimos, en toda la danza. Lo confieso francamente, fui uno de los que gritaron y no me arrepiento mucho de ello: otros muchos más avisados que yo se engañaron también. Pero ¿quién se hubiera atrevido entonces a obrar de otra manera, o por mejor decir, quiénes no tendrían por una maldad el no hacerlo? Los teólogos, los párrocos, los ancianos y muchos de los nobles que se retiraron a buen tiempo, esto mismo persuadían, pero recomendaban extraordinariamente, y cuando a nosotros miserables nos hicieron caer en la red se retiraron y volvieron la espalda mudada la cáscara. Maldición a tales aconsejadores! La mayor parte pagamos ahora lo que jamás imaginamos; siempre quisimos que el Rey fuese salvo y feliz, y hemos sido condenados como sediciosos y perturbadores de la paz: ¿más, por quién?. Por los mismos que pelearon con nosotros.» (Libro 2º p.71-2)
«Al referirlo parecerá increíble cuán vario y cuán diverso fue el rumor que amedrentó y enfureció a todas las ciudades y aldeas, a saber: que en las Cortes de La Coruña se había decretado, y los procuradores de las ciudades habían sancionado, que por siempre, en cada un año, se obligase a pagar al pueblo tributos intolerables e increíbles, y para que más pronto llegasen a manos del rey serían exigidos por duros e implacables arrendadores.» (Libro 3º p. 82)
«Al mismo tiempo, como en las Cortes que se celebraban en Barcelona el orden de la nobleza se opusiese a los deseos y peticiones del rey, pareció muy del caso a Croy alborotar a la plebe para que contra el parecer de los nobles aprobase el decreto del rey y mandase fuese válido, lo que se hizo al pie de la letra. Advirtiendo esto Fernando Dávalos, juzgó que tomando aquel ejemplo podría él alborotar a la plebe de Toledo para que no obedeciese las determinaciones del rey y de Croy; y consultándolo con Pedro Laso, que sabía de cierto había llevado muy mal que Croy hubiese quitado el corregimiento de Toledo a un pariente suyo, el conde de Palmas, ambos a dos concibieron la determinación de alborotar a la plebe» (Libro 3º p. 82-3)
«...Luego que llegaron las noticias (de los acontecimientos de Segovia) a Valladolid, un terror pánico se apoderó del virrey y del Consejo Real; pero todos de común acuerdo fueron de parecer que se tomase venganza al momento de los segovianos, antes de que, a su ejemplo, se revelasen otros pueblos». (Libro 3º p.84-5)
«...los hechos de los de Burgos fueron el espíritu y alma de esta revolución, tanto porque ellos la confirmaron, como porque cuando les plugo la apaciguaron; por cuyo motivo nada de lo que aconteció en Burgos puede omitirse sin truncar la historia y sin que quede incompleta en todas sus partes. En las más de las ciudades, llegó el motín hasta la locura, pero algunas de ellas, como si se hubieran estado pacíficas, no por esto hubiera sido la revolución ni menor ni más corta, así tampoco su levantamiento fue de gran interés». (Libro 3º p. 103)
«Reunidos, pues, en Avila los procuradores de cerca de veinte ciudades, al momento se estableció por el primer decreto que aquella junta se llamase Santa, para granjeares mayor dignidad y autoridad, diciendo los procuradores: que el haberse ellos reunido para aliviar la pobreza de los miserables era un objeto pidadosísimo». (Libro 4º, p. 112)
«Los padres de la patria llegaron a Tordesillas, establecieron allí para siempre el asiento desde donde se debían gobernar los reinos, fueron pública y privadamente a ver a la reina, y se le ofrecieron por consejeros y ministros en el gobierno de la república. La reina, que manifestó que se agradaba más bien que desaprobaba lo que la aseguraban, les dio motiva para esparcir por toda España varios rumores, de que la reina quería gobernar su reino por sí con acuerdo de la Santa Junta, reducir los tributos, dar leyes a los magistrados, oír las quejas tanto de los pueblos como de los particulares y reducirlo todo a la medida de la justicia. Añadían además los revoltosos que ya de ningún modo consentirían los padres de la patria que la infima plebe fuese vejada más de lo justo, sino que entre los más poderosos y los más pobres establecerían como cierta armonía en la que se viese que disonase, nada incongruente, nada que no estuviese medido por la justicia: que enviarían también embajadores a Carlos para que diese por válido lo que ellos estableciesen. Mas como las peticiones de los pueblos fueron muchas y varias, se hace preciso referir las principales de ellas, para que podáis fácilmente conjeturar las que pasare en silencio.
Decían que era justo que los consejeros y alcaldes reales diesen cuenta cada tres años de sus magistraturas y oficios, y que habían de conocer en este asunto censores nombrados por las ciudades. Que a la misma ley debían quedar sujetos los de las chancillerías de Valladolid y Granada.
Además porfiaban que debían disminuirse las contribuciones, y reducirse a la forma (no sé cuál) que había establecido la reina Isabel.
Que se pusiese también coto a las condonaciones pontificias.
Que los predicadores ignorantes, a quienes llaman cuervos, no maltratasen a los labradores aldeanos, pues las indulgencias no se han de hacer tomar con terror por motivos interesados, sino que deben concederse con piadosas exhortaciones.
Querían también que se prohibiese que las dignidades, tanto eclesiásticas como seculares, no se diesen a extranjeros...» (Libro 4º p. 121-2)
Dijo el alemán... «Me admira que aún no hayas hecho mención alguna a Antonio Acuña, obispo de Zamora, de quien comúnmente se cree que fue el principal, o de los principales jefes de esta revolución de España, y que en algunas partes hizo dudoso e indeciso el triunfo de la nobleza. No te admires, le contesté; según el orden de los hechos aún no ha debido nombrarse a Acuña» (Libro 5º p. 143)
-«Nobles que intervinieron por el bando realista: Jacobo Sarmiento, conde de Salinas; Pedro Guevara, conde de Oñate; Alfonso Peralta, conde de Falces; García Manrique, conde de Osorno; Gómez Benavides y Manrique de Fromesta; Francisco Zúñiga, conde de Miranda; Beltrán de la Cueva, hijo primogénito y heredero del duque de Alburquerque, Bernardo Rojas, marqués de Denia... Alfonso Pimentel, conde de Benavente; Alvaro Osorio, marqués de Astorga; y su hijo primogénito y heredero, Pedro Osorio; Jacobo Enrique, conde de Alba de Liste; Francisco Quiñones, conde de Luna; Enrique, conde de Rivadavia; Alfonso Silva, conde de Fuentes; Jacobo Toledo, prior de San Juan; Jacobo de Rojas, señor de la Pueba y Monzón; Fernando Vega, gran comendador de Castilla; Juan de Ulloa, señor de Mota; Gutierrez Fonseca, señor de Valbuena... también en Burgos con el virrey Iñigo Velasco se hallaban, Juan de la Cerda, duque de Medinaceli; Alfonso Arellano, conde de Aguilar; Bernardino Cárdenas, marqués de Elche; Juan de Rojas, señor de Poza; Fernando Bobadilla, conde de Chinchón; Antonio de Rojas, Arzobispo de Granada; presidente del Consejo Real, Rodrigo de Mendoza, conde de Castro...» (Libro 6º p. 168-9 y 179-80)
«Sírvales de poderoso y eficaz ejemplo, para no traer casos más remotos, Pedro Girón, que después que puso en peligro su vida y hacienda para dar auxilio valerosamente a los populares, después que se hizo enemigo de Carlos y de la nobleza por captarse la popularidad, en cuanto estuvo de parte de los populares fue arrojado de entre ellos con ignominia. También el pueblo de Burgos, que tan inconstantemente se agitó poco ha, después de haber arrojado a Velasco por común consentimiento, fue otra vez vuelto a recibir con aplauso, queriendolo así la mayor parte. Créeme, jamás el vulgo permaneció mucho tiempo en un mismo sentir, sus consejos son todos precipitados, y en un momento condena lo que aprobó con extraordinario calor; y cuanto mejor sirve cuando tiene a quien temer, tanto domina con más soberbia cuando ha llegado a sacudir el yugo...
Rara vez hemos visto o leído que las revoluciones de los pueblos contra los monarcas o la patria no se hayan compuesto y apaciguado con la ruina de los que las movieron, y esto se hace evidente con multitud de ejemplos.» (Libro 6º p. 182-3)
«Entretanto Juan de Padilla, Pedro Maldonado Pimentel, Francisco Maldonado, Juan Bravo y los demás jefes de las ciudades...». (Libro 6º p. 188)
«Lo que más contribuyó a la victoria fue que se habían reunido en grandísimo número los grandes de la primera nobleza; pues entre otros cuyos nombres no tengo presentes, se hallaban allí los virreyes Iñigo Velasco y Federico Enrique, Pedro Velasco, conde de Haro, entonces general de la nobleza; Alfonso de Pimentel, conde de Benavente, Juan de Ceroa, duque de Midinaceli; Luis de la Cerda, su hijo; Diego de Toledo, prior de San Juan; hijo del duque de Alba; y el padre no estaba allí también porque a la sazón se hallaba en Alemania en compañía de Carlos; Francisco Zúñiga, conde de Miranda; Alfonso Arellano, conde de Aguilar; Diego Enrique de Guzmán, donde de Alba de Lista; Beltrán de la Cueva, hijo primogénito y heredero del duque de Alburquerque. Bernardino Cárdenas, marqués de Elche; hijo primogénito y heredero del duque de Maqueda; Rodrigo de Mendoza, conde de Castro; García Manrique, conde de Osorno; Fernando Bobadilla, conde de Chinchón; Alfonso Silva, conde de Cifuentes; Antonio Padilla, pretor de Castilla (llamado vulgarmente adelantado); Enrique Enriquez, conde de Rivadavia; Diego de Acevedo, conde de Monterregio; Alonso, conde de Altamira; Francisco Enrique, señor de Alcañiz; Bernardino Pimentel, señor de Tavara; Pedro Vaguno, vizconde de Valduerna; Juan Ulloa, señor de la Mota, Fernando Vega, gran comendador de Castilla; Gómez Benavides, mariscal de Fromesta; Juan de Tovar y Bernardino Velasco, hijos de Iñigo Velasco; Juan Manrique, hijo primogénito y heredero del marqués de Aguilar; Luis de Rojas, hijo primogénito y heredero del marqués de Denia; Juan de Rojas, hijo de Diego de Rojas, señor de Poza; Juan Enrique, primogénito y heredero de Francisco Enrique.» (Libro 7º p. 213)
(En Villalar, Juan Padilla dijo...) «Vosotros mismos veis como yo cuál es nuestra desgracia; los proletarios, menestrales y labradores rehusan el batirse, sólo resta el que nosotros, que somos un puñado, muramos. Conviene que tengamos presente ahora el papel que hemos representado y la opinión que vulgarmente se tiene de nosotros, no tengan motivo alguno para quejarse de nuestra fidelidad los pueblos que pusieron en nuestras manos sus fortunas y vidas, sepan que no nos ha faltado valor para llevar, sino al fin debido, indudablemente el que ha sido grato a Dios, la empresa que no sé por qué desgracia nuestra emprendimos; y si nos tuvieran que envidiar la victoria, cederá en gloria nuestra el habernos querido favorece el cielo en tan grande empresa».(Libro 7º p. 215)
«Padilla fue hecho prisionero. Pedro Maldonado Pimentel, Francisco Maldonado y Juan Bravo, que eran los más visibles por su nobleza también fueron presos...». (Libro 7º p. 215)
«Aquella noche los virreyes, reunido el consejo de los próceres, consultaron qué convenía hacer de Padilla y de los demás nobles prisioneros: si los conservarían presos hasta la venida de Carlos, o si habían de ser ajusticiados al momento; y como hubiese distintos pareceres, venció por fin el dictamen de los que juzgaron que se les decapitase al momento, pues parecía se cortaba absolutamente la esperanza a los populares si llegaba la noticia de la muerte de Padilla antes de los rumores de la victoria.
El conde de Benavente, a fuerza de ruegos, se empeñó en alcanzar de los virreyes que le fuese entregado Pedro Maldonado Pimentel, para custodiarle, dilatando sólo su muerte hasta que Carlos fuese consultado, ya que no suplicado. Se le concedió al de Benavente, obligándole antes con juramento a presentar al preso al momento que el emperador o los virreyes lo pidiesen. Al día siguiente, Padilla, jefe y general de los pueblos rebeldes, Francisco Maldonado, salamanquino; y Juan Bravo, segoviano, fueron sacados en medio de la plaza de Villalar...
Al momento, la mayor parte de los nobles volaron cada uno a su ciudad; dan la noticia de la muerte de Padilla, y que sus tropas habían sido destruidas enteramente. Había entonces en todas las ciudades dos partidos, el uno el del pueblo que parecía ser el mayor, el otro, el de los nobles y ricos que detestaban los crímenes de los plebeyos, el que de tal modo estaba oprimido que apenas parecía existir. Mas luego que se divulgó la muerte de Padilla, aquellos que parecían ser pocos, recibieron con aplausos a los que traían la noticia, unieron sus votos con ellos, aterraron a los mal aconsejados populares, y aún los amenazaron algún tanto. De aquí es que en un momento mudaron de aspecto todas las ciudades». (Libro 7º p. 216-7)
«Desde aquí (Segovia) se preparaban los virreyes para ir contra los toledanos, quienes se manifestaban claramente que no podían ser apartados de su locura sino a fuerza de fuerzas; cuando los separó de aquel cuidado otro mal mucho más temible, a saber, que los franceses en una incursión repentina habían ocupado toda la Navarra. Porque cuando Francisco, rey de los franceses, supo que casi toda España ardía en guerras civiles, y que principalmente los magistrados regios eran maltratados por los plebeyos, sin saber si los inflamaba más la blandura o el rigor, habiendo alcanzado la ocasión oportuna, no sólo de recobrar la Navarra sino de extenderse con el consentimiento de los pueblos, por lo restante de España...». (Libro 7º p. 218)
«...llegaban multiplicados correos anunciando que la Navarra toda se había sujetado a los franceses, que los de Pamplona les habían abierto voluntariamente las puertas, y que el mismo alcaide del alcázar lo había entregado sin pelea, y que a su imitación se habían rendido los demás alcaides; que los franceses no sólo se habían contentado con sólo Navarra, sino que habían roto por lo demás de España y puesto sitio en Logroño. Por lo tanto, los virreyes creyeron que no debían detenerse un momento, y abandonados los restos de la guerra popular, que aún se mantenían firmes en Toledo, llevaron todo el ejército a Burgos, mandando antes a todas las ciudades y provincias que enviasen pronto auxilio.» (Libro 7º p. 219)
Sobre Salamanca
«Mientras esto sucedía, muchas ciudades, envidiando la osadía de Segovia, comenzaron a alborotarse, y los zamoranos los primeros declararon a los procuradores enemigos de la patria, juzgaron que debían ser confiscados sus bienes y colocaron sus estatuas en medio de la plaza con títulos afrentosos. Lo mismo hicieron los de Salamanca, Avila, Medina, Toro, León, Valladolid, Palencia y otros muchos se preparaban a hacerlo cuando los de Burgos, que por la fortaleza de la ciudad y por las tropas auxiliares aventajaban a todos los pueblos de la parte de acá de los montes, quitaron toda duda y detención». (Libro 3º p. 86)
«Por lo tanto, no debéis de extrañar si en algunas ciudades sólo digo algo en compendio... y en asuntos que conducen a poner en claro la verdad se han de dejar a un lado las afecciones humanas. Ciertamente que si me dejase llevar de este amor, tengo muchos motivos para poder recomendar, sino la pequeña aldea donde nací, Bonilla, al menos a Salamanca, ciudad sin duda esclarecida, casa solar de mis antepasados, y a esta ciudad ínclita donde me he criado, cabeza de Castilla y de todos los reinos que de ella han tomado su nombre.» (Libro 3º p. 103-4)
«... Dentro de las ciudades de España... Salamanca, famosa por su ilustre y magnífica universidad...» (Libro 3º p. 89)
(Integrantes de la Santa Junta)
Por Salamanca:
Diego de Guzmán
Fr. Diego de Almaraz, comendador de la Orden de San Juan
Francisco Maldonado
Pero Sanchez, cintero. (p. 240)
(Instrucción dada por el Emperador a Lope Hurtado de Mendoza y Pedro Velasco, cuando vinieron a España a traer el nombramiento de los virreyes)
«...Por gran atrevimiento y desacato tengo que las ciudades de Toledo, y de Segovia, y Salamanca, y Toro, y Madrid, y Avila, se hallan juntado y estén juntas en la dicha ciudad de Avila contra nuestros mandamientos, especialmente después de haber sido requeridos por esa villa de Valladolid... (p. 252).
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