Volver a la página de inicio Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

:: www.cervantesvirtual.com » Historia » Carlos V » Política y religión » Política

Política y religión

Política


Comentario de la Guerra de Alemania hecha por Carlos V, máximo emperador romano, rey de España, en el año de 1546 y 1547

Luis de Ávila y Zúñiga



[ÁVILA y ZÚÑIGA, L. De. (ed.). Comentario de la Guerra de Alemania hecha por Carlos V, próximo emperador romano, rey de España en el año de MDXLVI y MDXLVII. Venetia : 1548].



Por el Ilustre Señor Don Luis de Ávila y Zúñiga, comendador mayor de Alcántara.



     SACRA MAJESTAD: Suélense hacer a los príncipes presentes de las cosas más preciadas que halla el que los hace; así le hago yo a vuestra majestad de una de mucho más valor que todas cuantas se puedan hallar, y es una relación de parte de su hechos; porque en la de todos ellos, otros ingenios y otros estilos mejores que el mío se han de ocupar. No va tan extendida, que se pueda añadir mucho en ella, mas va tan verdadera y sucinta, que si algo se le quitase, sería hacer agravio a la verdad del que la escribió. Vuestra Majestad la lea, y dé gracias a Dios, que le hizo tan gran príncipe, y tan merecedor de serlo, que es más; y también nosotros se las daremos, pues nos le dio por señor; que tanto le debo vuestra majestad por lo uno, como nosotros por lo otro. De vuestra majestad vasallo y hechura, que sus imperiales manos besa.

Don Luis de Ávila y Zúñiga



Comentario de la guerra de Alemania (1)

     Estaban ya las cosas de Alemania en tales términos, que había venido a ser tan grande el poder de los que protestaban la nueva religión, que se vía claramente cuán necesario era Dios pusiese su remedio en ellas. Porque el que con fuerzas humanas pedía remediallas tenía tantas dificultades, que por ningún discurso se podía alcanzar el medio que podía tener para remedio de tanto mal; porque si el negocio se había de acabar por maña o consejo, eran tantos los pueblos y los principales con quien se había de negociar, que en muy largo tiempo y con muy gran dificultad se pudieran traer a una concordia o voluntad; si por fuerza se quisiera llevar era cosa dificilísima, porque la confederación y la liga que entre sí tenían era tan grande, que ninguna parte había en Alemania donde los luteranos no fuesen los más poderosos, excepto Cléves y Baviera; la cual, aunque en la profesión era católica, temporizaba con los luteranos, mostrándose tan amiga dellos como de los católicos; de manera que podía decir casi neutral. Todo el resto de Alemania (no prehendiendo las tierras del rey de romanos y algunas pocas ciudades imperiales), estaba dentro de la liga Esmalcalda (que así se llama la liga de los protestantes, por el lugar donde se hizo), y las que fuera dellas están, eran declaradas luteranas. Las católicas principales eran Colonia y Metz de Lorena y Aquisgran y otras pequeñas y muy pocas. Las principales de la liga eran Augusta y Ulma y Argentina y Francfort, ciudades riquísimas y poderosísimas; y sin estas, Lubec y Brema, Brunsvic y Hamburg, ciudades muy principales, y juntamente con ellas otras infinitas. Nuremberg y Norling, Rotemburg y otras muchas, cuyo número es tan grande, que por esto no lo escribo, no estaban en la liga, aunque eran luteranas; de manera que la potencia de las unas y las otras se podía decir que era la del imperio, excepto el rey de los romanos, y duque de Baviera, y duque de Cléves, y algunos poco gentiles-hombres, que por ser tan pocos, no se no se hace relación dellos; y aun destos siempre había algunos que de nuevo se juntaban en la amistad de los luteranos, los cuales aun fuera del imperio tenían amistades poderosas cuanto sospechosas. Estando pues en esta potencia tan grande, que cada día crecía su soberbia con ella, juntamente trataban muchas cosas, que no sólo eran la ruina del imperio; porque ellos designaban un nuevo imperio, y juntamente con esto, todas las novedades que se requerían para ser nuevo.

     En este tiempo su majestad estaba en Flandes ordenando algunas cosas que tocaban a aquella provincia; las cuales puestas en la orden que convenía, se partió para Alemania, pasando por Utreque, donde hizo el capítulo de su orden de Tusón, y allí le dio a algunos caballeros, ansí de España como de Flandes y Alemania y Italia; y visitando después todo el ducado de Guéldres, pocos años antes ganado su majestad, vino a Mastrique sobre la Mosa, adonde tuvo algunas embajadas de señores de Alemania; los cuales, entre otras cosas parecían que estaban algo escandalizados de una fama que entre ellos se había divulgado, la cual era que su majestad con gran gente de armas y mucha infantería iba en Alemania; mas entendido dél que no pensaba en cosa semejante, se desengañaron de lo que habían crecido; porque su majestad no quería llevar sino la compañía acostumbrada, que eran su corte y quinientos caballos, que ordinariamente todas las veces que pasa de Flandes para Alimania lleva consigo. Y acompañado destos, partió de Mastrique con su corte, donde se despidió de la reina María, su hermana; y por el ducado de Luxemburg, también nuevamente cobrado de franceses, entró en Alemania, donde aunque las sospechas que los della había tenido estaban al parecer quitadas, no por ellos sus intenciones estaban tan seguras, que no pudiera suceder harto peligro dellas, mas su majestad se determinó a todo; y así, llegó a Espira, a donde el Conde Palatino y su mujer, sobrina de su majestad, vinieron a visitarle. También el Lantgrave vino allí, cada uno dellos a negociación, conforme a sus designios, el Conde a ver si hallaría medio algún concierto para las cosas de Alemania, y Lantgrave por ver si podría tratar alguna que fuese a proposito de las que él pretendía; mas el Conde no halló aparejo en los negocios para lo que él quería, ni Lantgrave en su majestad para su intención; y así se partieron el uno y el otro, y el Conde pocos días después se juntó con los de la Liga.

     Su majestad partió de Espira, habiendo estado en ella o cinco días, y pasando por allí el Rin, atravesando la Suevia, vino a Donavert y a Ingolsat y a Ratisbona, adonde estaba convocada la dieta del año pasado. Allí vinieron procuradores de los príncipes de Alemania y de las ciudades della, y se comenzaron a tratar algunas cosas que tocaban al bien del imperio y república, cristiana. En el tiempo que su majestad allí estuvo se casó la hija mayor del rey de romanos, llamada Ana, con el hijo del Duque de Baviera, y la segunda, llamada María, con el Duque de Cléves. Yo me doy prisa para comenzar la guerra que su majestad hizo contra los luteranos, cuya potencia era tan grandísima; y por esto no me detendré en escribir particularmente todas las cosas que sucedieron antes que comenzase, ni otras particularidades que tocan al estado en que estaba la religión; por esto y otras cosas quedarán para los que tiene cargo de escribirlas por exceso. Solamente escribiré aquello que como testigo de vista puedo decir con verdad.

     Ya las ciudades de la Liga y señores della comenzaban abiertamente a mostrar cuán po se había de concluir en aquella dieta de todo lo que su majestad pretendía, y juntamente con esto se comenzaban a escandalizar, porque entendían que su majestad tenía intención de poner los negocios en aquellos término que al servicio de Dios y bien de la cristiandad y al oficio que él tiene convenían, para lo cual habían venido algunos coroneles allí a Ratisbona por mandado suyo; y aunque tan pequeños aparejos para la guerra tan grande pudieran estar secretos, no dejaron de saberlo los procuradores de señores y villas que allí estaban, porque verdaderamente no les faltaba ni poder ni astucia: así que, juntándose un día, vinieron a hablar a su majestad todos juntos. La suma de la habla fue decir que habían sabido cómo su majestad mandaba llamar algunos coroneles y capitanes, y que esto era para mandalles hacer infantería; que suplican a su majestad les diese a entender si tenía guerra en alguna parte, o contra quién la quería comenzar; porque ellos procurarían de serville en ella conforme a lo que pudiesen, como otras veces lo habían hecho. Su majestad les respondió que él mandaba hacer alguna gente, y que esta era para castigar algunos rebeldes del imperio; y que quien para esto les sirviese y ayudase, su majestad le tendría por bueno y leal servidor, y él sería buen emperador, y como ellos dicen, graciosos señor; y que el que hiciese lo contrario, su majestad le tendría en la misma cuenta que a los rebeldes por cuya causa la guerra se hacía. Y con esta respuesta se salieron los de la Liga, y se fueron a sus posadas y de ahí a poco a sus casas y de sus señores; y desde aquí se comenzó la guerra, la cual procuraré describir tan particularmente cuanto la memoria me ayudare; mas primero es menester entender dónde estaba su majestad cuando ella se declaró, y los aparejos que en aquel tiempo estaban hechos, porque se entienda cómo fue tan grande la determinación cuando la dificultad; la cual entenderá bien el que consideradamente leyere este comentario mío.

     Su majestad estaba en Ratisbona donde la dieta se había convocado, la cual está asentada sobre el Danubio y es la última de las ciudades imperiales que está a la ribera de este río hacia Austria. Su asiento se cuenta en Baviera; es ciudad grande y de las luteranas. Dende allí a Augusta hay diez y ocho leguas, y a Ingolstat que es el postrero lugar de Baviera hay nueve. Del Danubio arriba, desde Ingolstat adelante hasta colonia, toda Alemania, excepto algunos Obispos y pocas villas, era luterana; y los que no lo eran, por conservarse, daban también vituallas a los enemigos, como las otras. El duque de Baviera, aunque católico, trataba estos negocios tan atentamente, ya que no digamos tímidamente, que guardó en determinarse mucho tiempo; la cual indeterminación no acrecentó poco la dificultad de nuestra guerra, porque a determinarse más presto, pudiera su majestad tener las provisiones necesarias un mes antes; y no solamente hubo este inconveniente, mas aun el rey de los romanos, por los negocios que se le ofrecieron, tardó en venir un mes más de lo que su majestad le esperaba, siendo su venida tan necesaria cuanto por las cosas que con él se concertaron se podrá ver; y juntamente con esto, no dejó de dañar mucho el poco secreto o poco recatamiento que algunos ministros de su santidad tuvieron, y algunos eclesiásticos que, con pasión o con afección, no supieron callar. De manera que los enemigos lo vinieron a entender antes que los amigos de su majestad ni ninguna cosa de las necesarias estuviese en orden; porque el Emperador entonces no tenía levantado un alemán, ni los españoles se habían movido de las tres partes donde estaban, que son las que adelante se dirán, ni su santidad había comenzado a hacer la gente que había de enviar. Solamente la determinación del Emperador era nuestra fortaleza, y el poder de los católicos que tenían en Alemania.

     Los de Augusto fueron los primeros que comenzaron a levantar gente y ponerse en arma; y esto no con nombre de ser contra el Emperador, porque en el mesmo tiempo dejaban entrar en su ciudad a todos los criados de su majestad que iban allí a hacer armas o a pagar las que habían hecho. Ya cuando esto pasaba su majestad había enviado sus coroneles para levantar la infantería alemana, los cuales eran Aliprando Madrucho, hermano del cardenal de Trento, y Jorge de Renspurg, soldado viejo y que en muchas guerras había servido a su majestad; y a Xamburg también se dio otra coronelía, y el marqués de Mariñano, el cual era juntamente general de la artillería. Cada uno destos cuatro coroneles había de levantar cuatro mil alemanes. Estas cuatro coronelías alemanas se hicieron, según costumbre, dos regimientos: el uno se llamaba Madrucho, en el cual entraba la coronelía del marqués de Mariñano, y el otro se llamaba de Jorge de Renspurg, en el cual entraba la de Xamburg. Después desto se repartieron entre estos dos regimientos igualmente otras diez banderas que su majestad mandó hacer al bastardo de Baviera y a otros capitanes; de manera que vinieron a ser cincuenta banderas de tudescos, veinte y cinco en cada regimiento. Proveyó su majestad juntamente que viniese don Álvaro de Sande de Hungría con su tercio, que eran dos mil y ochocientos españoles, y que Arce viniese con los de Lombardía, que eran tres mil; y el marqués Alberto de Branderburg envió luego por los caballos con que era obligado a servir, que eran dos mil y quinientos, aunque parte dellos se debían de dar y se dieron después al archiduque de Austria. El marqués Juan, hermano del elector de Branderburg, se partió luego para traer seiscientos caballos con que servía, y el maestre de Prusia había de traer mil; el duque Enrique de Bransvique, el mancebo, cuatrocientos; el príncipe de Hungría, archiduque de Austria, mil y quinientos. Mas toda esta caballería se hacía en tantas partes de Alemania, que para juntarse hubo después grandísima dificultad por estar en medio dellos y de su majestad todo el poder de los enemigos, como adelante se podrá ver. Ya en este tiempo había mandado hacer su santidad la gente de Italia que había de enviar; así que su majestad, habiendo proveído estas cosas, escribió a Flandes al conde de Bura, y enviando recaudo para ello, mandó que trujese diez mil alemanes bajos y tres mil caballos. Todo este campo junto era bastante para combatir con otro cualquiera; mas siendo fuerzas que se habían de juntar de tantas partes, no bastaba ninguna dellas por sí a ser tan poderosa, que con razón combatiese con ninguna de los enemigos; los cuales, antes que su majestad tuviese juntos setecientos caballos y dos mil alemanes del los de Madrucho, y tres mil de los de Jorge, y los españoles de Hungría, salieron de Augusta con veinte y dos banderas de infantería de la misma ciudad, y seis del duque de Vitemberg, y cuatro de los de Ulma, y mil caballos y veinte y ocho piezas de artillería, debajo del nombre que iban contra los soldados que habían de venir de Italia, los cuales ellos decían que eran enviados por el Papa para destruir a Alemania, y que en este negocio no tocaban al Emperador, ni mostraban que por el pensamiento les pasaba de alzar contra él sus banderas, sino contra la gente del Papa; y así, fueron derechos a la Chusa. Y para que esto mejor se entienda, se ha de saber que desde Italia para venir en Baviera se ha de venir por Trento, y de allí a Insprug hay un camino, y desde Insprug para entrar en Baviera hay dos, el uno, por el río abajo, viene a Rofpstain, que es una villa cercada muy fuerte de Tirol, para entrar en Baviera; el otro es más alto, hacia Suiza, el cual va por un valle, y a la boca deste valle está un castillo harto fuerte que cierra la salida dél, y esta es la otra entrad en Baviera. Luego está Fiesen, una villa del cardenal de Augusta; luego Queinten, villa imperial de las primeras luteranas, y luego Memminguen, también imperial luterana, y ambas a dos luteranas de la liga de Augusta; y esta fue la causa de la primera empresa dellos, por parecelles que les convenía tener tomado aquel paso que más cerca de sí tenían; y así, con catorce o quince mil hombres y mil caballos, llevaron por capitán a Sebastián Xertel, del cual se dice que fue alabardero de su majestad, y cuando el saco de Roma tabernero, y después en la guerra de Sandresí preboste de justicia en los alemanes por su majestad; del cual recibió tanto bien, que en el tiempo desta guerra estaba tan rico y tenido por hombre tan principal de los de Augusta, que por tal fue elegido por general desta empresa, y después lo fue en toda la guerra, de la infantería que las villas daban para ella; así que ellos con este campo llegaron a Fiesen, la cual Xertel tomó sin contradicción algunas y yendo sobre la Chusa se le entregó sin esperar golpe de cañon. Alguna culpa echan al capitán del castillo; mas que esto quede para que lo averigüe el rey de romanos, que es su señor. Estaban cerca de allí, cuatro o cinco mil alemanes de los de Madrucho y del marqués de Mariñano, porque los demás estaban en Ratisbona a la guardia de la persona de su majestad: estos mostraron gran voluntad de combatir, mas los coroneles no lo consintieron, por ser la ventaja tan conocida; y aunque no lo fuera, no era razón aventurar la empresa por lo que se ganaba en deshacer la gente de Augusta, pues les quedaban a los enemigos otras fuerzas muy mayores; y así estos alemanes nuestros se vinieron por mandado de su majestad a alijar a Ratisbona, y lo mismo hizo Jorge de Renspurg, que ya había hecho su coronelía cerca de las tierra de Ulma.

     En este tiempo los enemigos, que habían tomado la chusa, caminaron derechos a Insprug con intención de tomalle, que fuera empresa tan importante si la acabaran, que pudieran acabar lo demás; porque puestos allí, eran señores de los dos caminos que tengo dicho que entran de Tirol en Baviera, y también lo fueran del que viene desde Italia y Trento hasta Insprug; de manera que cerraban y señoreaban todas aquellas partes por donde él hacía le podían venir dineros y gente; mas los de Insprug, que tenían a cargo el gobierno de la tierra proveyeron tan bien lo que convenía, que los enemigos no llegaron allá con cuatro leguas, porque en seis o siete días se juntaron diez o doce mil hombres; y metiéndose con Catelalto parte dellos dentro, los enemigos desesperaron de la empresa; y así, se retiraron, dejando proveída la Chusa y Fiesen. Este Castelalto es un coronel de los más antiguos de Alemania, vasallo del rey de romanos; el cual, después andando la guerra, más adelante tornó a cobrar la Chusa.

     Ya en estos días la gente que su santidad enviaba comenzaba a caminar, y ni más ni menos los españoles de Lombardía y los de Nápoles se habían embarcado en la Pulla, y venían a desembarcar en tierra del rey de romanos, que es junto a la de venecianos, en una villa que se llama Fiume, en la Dalmacia, y de allí, por Carintia y Estiria, habían de venir a Salesburg, y de ahí a Baviera. Los enemigos volvieron a Augusta, habiendo errado la empresa de Insprug, y sabido que estaba guardado el paso de Rofpstain con cuatrocientos españoles arcabuceros, guerra esta empresa harto importante para ellos, mas mucho más importante fuera si cuando de Augusta salieron vinieran derechos a Ratisbona, porque hallaran a su majestad tan sin gente, que el más seguro remedio que tuviera era irse por el Danubio abajo fuera de Alemania, porque entonces no estaban juntas la coronelías de Madrucho y Jorge, y los españoles de Hungría no acababan de llegar: solamente el Emperador y su nombre, que vale mucho en Alemania eran el ejército que teníamos. Artillería no teníamos ninguna, porque se esperaba la que venía de Viena; así que todo estaba tan desproveído que si los enemigos vinieran, ellos acababan la empresa sin contradicción alguna: este fue el primer yerro que ellos hicieron.

     En este tiempo el duque de Sajonia y Lantgrave escribieron una carta a su majestad. La suma della era que habían entendido que su majestad quería castigar algunos rebeldes y deservidores suyos, que deseaban mucho saber quiénes eran, porquese ponían en orden para servir a su majestad; y que si por ventura su majestad tenía algún enojo dellos, y si contra dellos era la armada que su majestad mandaba hacer, que ellos estaban aparejados a dar la satisfacción que fuese razón. A esta carta no respondió su majestad ninguna cosa, porque no responder a ella era su respuesta. Ya cuando ellos esto escribieron estaban juntos, y daban orden en acabar de juntar el campo, del cual tenían puesto en pie una parte muy grande, y habían enviado a todas las villas de la Liga y señores dellas por la gente que cada uno dellos estaba obligado a enviar. Por otra parte, Sebastián Xertel había salido de Augusta con toda la gente que llevó a la empresa de Insprug, y vino a Donavert, que es seis leguas de Augusta y catorce de Ratisbona el Danubio arriba, un lugar tan importante como su nombre significa, que quiere decir defensa del Danubio. Es ciudad imperial, pocos años antes hecha luterana y de la Liga. Aquella tomó Xertel, o por mejor decir se entró dentro; y allí esperaba que se juntase con el campo del duque de Sajonia y de Lantgrave. Tenía, estando en Donavert, gran aparejo para las cosas que tocaban a los de Augusta, porque era señor del río Lico, que es el que pasa por ella y divide la Baviera de Suecia: también tenía el Danubio, por donde le venían las vituallas de Ulma y de Vitemberg; de manera que el sitio era muy suficiente para alojarse en él un gran ejercito, con las cosas que para él son necesarias. Poco después que el campo que con Xertel estaba se había alojado en Donavert, llegaron en duque de Sajonia y Lantgrave con el suyo; de manera que todo se vino a hacer un poderosísimo ejército el cual se había recogido de todas las ciudades de la Liga y señores que entraban en ella. Hallábanse de setenta a ochenta mil infante, y de nueve a diez mil caballos y cien piezas de artillería. En este tiempo no tenía su majestad en Ratisbona más gente que la que tengo dicha, ni otra artillería sino diez piezas que había tomado a la ciudad prestadas; porque la que esperaba no era venida de Viena. Las nuevas que tenía de gente eran de Xamburg tenía hecha su coronelía a la Montaña-Negra, que los alemanes llaman Xuarezbalt, que con grandísima dificultad podía pasar, porque el camino era por tierras de Ulma, poderosísima ciudad y enemiga, y por Vitemberg el más poderoso príncipe de la Liga, y que por esto les convenía hacer un rodeo muy grande, viniendo cerca de Constancia, por el lago della, y después por Tirol, camino menos peligroso que este otro, pero muy más largo. También tenía nueva que los españoles de Nápoles eran embarcados, y que la gente del Papa era hecha y venía, y que los españoles de Lombardía comenzaban a caminar, y el príncipe de Salmona, capitán de la caballería ligera de su majestad, con seiscientos caballos ligeros, venía juntamente, y que la artillería de Viena, que se traía por el río arriba en barcas, comenzaba a venir. Mas el enemigo estaba muy cerca, y todas estas cosas requerían tiempo para juntarse, en el cual el duque de Sajonia y Lantgrave pudieran con su poderoso ejército sin contradicción ninguna venir a Ratisbona, y hallar a su majestad con diez o doce mil hombres, y muy poca artillería, y menos vitualla, y la villa no tan fortificada que se pudiera esperar en ella, y aunque lo fuera, no era justo dejarse sitiar el Emperador, no teniendo otro socorro sino la gente que esperaba. A mi juicio, si el duque de Sajonia y Lantgrave vinieran, ellos sacaran de Ratisbona, a su majestad, y sacándole della, le sacaban de Alemania; y el venir fuérales muy fácil, que no dejaba, a sus espaldas cosa que les estorbase, sino era una bandera de infantería que estaba en Rain, que es una villa del duque de Baviera, que está una legua de Donavert, y dos banderas de infantería que estaban en Ingolstat con don Pedro de Guzmán, caballero de la casa de su majestad; y aunque había allí gente del duque de Baviera, había en ella poca demostración de querer dañar al enemigo; así que, dejaron de hacer una empresa, a mi parecer y de otros muchos muy hecha; y este fue el segundo yerro, y muy importante, que ellos hicieron, no venir desde Donavert, en juntándose, derechos a Ratisbona; mas fueron sobre Rain, la cual se les rindió sin esperar batería, y dejando salir la gente que estaba dentro con su bandera y armas, sin hacer ningún daño en ella, pusieron otra bandera dentro, y de ahí vinieron sobre Neuburg, adonde asentaron su campo. La villa estaba por ellos, porque era del duque Otto Enrique, primo de los duques de Baviera, y del conde Palatino, señor luterano. El lugar es fuerte y con puente sobre el Danubio, tres leguas de Donavert, y tres de Ingolstat. Ya el rey de romanos era partido de Ratisbona para Praga, donde él y el duque Mauricio de Sajonia se habían de concertar por orden de su majestad para entrar en tierra del duque de Sajonia, elector. Este duque Mauricio es uno de los duques de Sajonia, porque, segur la costumbre de Alemania, todas las cosas se reparten entre los linajes della, y este es gran señor, y siempre ha tenido, aunque luterano, enemistad con el duque de Sajonia, su pariente, aunque al tiempo que esta guerra se comenzó estaban en paz; mas después de comenzada, su majestad puso al bando del imperio al duque de Sajonia y a Lantgrave como rebeldes. Este bando del imperio, como está dicho, es dar las tierras de los rebeldes a todos los que quisieren tomarlas; y así, el rey de romanos y el duque Mauricio se juntaron para tomar el estado de Sajonia, el cual les venía muy a propósito, porque confinan todas las tierras dél con las suyas.

     En este tiempo vino aviso a su majestad que los enemigos determinaban de tomar a Lanzuet, que es una villa del duque de Baviera puesta en el camino de Ratisbona para Insprug, que era aquel mismo por donde su majestad esperaba toda la gente que había de venir de Italia y de la Selva-Negra, y no había otro, por estar tomado el de la Chusa; y si esto ellos hicieran después de la empresa de Ratisbona, no podían hacer otra cosa más acertada, porque puesto allí (lo cual fácilmente pudieran hacer), dejaban a su majestad encerrado en Ratisbona y poníanse en parte que ninguna gente de la que su majestad esperaba, aunque salieran de Tirol, pudieran llegar a Ratisbona, porque los españoles y los italianos habían por fuerza de venir allí, y ni más ni menos los alemanes de la Selva-Negra que traía Xamburg, y después desto pudieran dejar aquel lugar fortificado y proveído, y volverse sobre Ratisbona, adonde haciendo ellos esto, pudiérase que estuvieran los negocios de su majestad en ruines términos, y por esto él acordó de proveer a peligro tan evidente, y con su persona ir a defender aquella tierra, a la cual se enderezaba toda la fuerza de los enemigos. Y dejando en Ratisbona cuatro mil tudescos y una bandera de españoles, y la artillería y municiones, que todo era venia ya de Viena, y dando el cargo dello a Pirro Colona, si majestad con la resta del campo parió para Lanzuet, a donde llegó en dos alojamientos, y alojando el campo, él no quiso alojar en la tierra, sino fuera della. Allí determinó de esperar a los enemigos y a la infantería que de Italia había de venir, si pudiese llegar antes que ellos. La nueva de la venida de los enemigos cada día crecía, y se sabía que habían pasado de Ingolstat, donde, demás de las dos banderas que allí estaban, y de la gente que el Duque allí tenía, que era el mayor número, había docientos arcabuceros italianos; mas los enemigos pasaron sin hacer ni recibir daño, porque la gente del duque de Baviera, aunque estaban declarados por servidores de su majestad, no estaban declarados por enemigos de los otros. Su majestad, sabiendo la nueva, no hizo otra provisión sino enviar a todos los cabezas que esperaban gente que les hiciesen hacer conveniente diligencia, y él entre tanto eligió aquel sitio aparejado para combatir con los enemigos cuando viniesen, porque esto era lo que él tenía determinado de hacer, pues no lo haciendo no lo separaba, se les había de dejar a Alemania en su poder pacíficamente, lo cual su majestad determinaba que no fuese así, porque como muchas veces yo le oí decir hablando en esta terrible guerra muerto o vivo él había de quedar en Alemania. Con esta determinación, espero allí a los enemigos, con los cuales pudo tanto la persona y el valor del Emperador, que sabiendo ellos que Ratisbona estaba razonablemente proveída, y él puesto en parte donde ya ello no podían quitalle la gente que le venía, sin pelear con él y sabiendo que él estaba determinado de hacello acordaron deparar estando ya a seis leguas de nosotros, y así campeando, Minique e Ingolstat se entretuvieron en estos días.

     El duque de Sajonia y Lantgrave enviaron un paje y un trompeta a su majestad; el paje traía una carta puesta en una vara, como es la costumbre de Alemania, que cuando uno hace guerra a otro le envía una carta puesta así, notificándosela. Estos fueron llamados a la tienda del duque de Alba, capitán general de su majestad, el cual les dijo que la respuesta de aquello a que venían había de ser a ahorcallo; mas que su majestad les hacía merced de las vidas, porque no quería castigar sino a los que tenían la culpa de todo; y así, les dejaron volver, dándoles impreso el bando que el Emperador había dado contra sus amos, porque ellos mismos se lo llevasen, que a mi parecer fue respuesta muy acertada. Su majestad no curó de ver la carta, porque debían de ser desvergüenzas de Lantgrave, de las cuales él suele ser buen maestro. La infantería italiana llegó a Lanzuet casi en este tiempo; la cual era una de las hermosas bandas que yo he visto salir de Italia: serían diez o once mil infantes y seiscientos caballos ligeros. De todo venía por capitán el duque Octavio Farnesio, nieto de su santidad y yerno del Emperador. También vinieron docientos caballos ligeros que el duque de Florencia envió a servir a su majestad, y ciento del duque de Ferrara. También llegaron en estos días los españoles de Lombardía, muy excelentes soldados, y poco después los de Nápoles, soldados viejos muy buenos; de manera que todos estos tres tercios eran la flor de soldados viejos españoles. Ya los alemanes de Xamburg, hechos en la Selva-Negra habían llegado; los cuales, aunque habían rodeado no dejaron de pasar muchos pasos peleando con los enemigos, que por todas aquellas partes tenían gente para poderlo hacer. Ya había en nuestro campo forma de ejército, porque tenía su majestad entonces, con los que estaban en Ratisbona, diez y seis mil alemanes altos, que aun eran veinte mil de paga, y por las cuentas que suele haber entre la infantería, se hallaban cerca de ocho mil españoles y diez mil italianos. Habían venido también seiscientos caballos del marqués Juan de Bramdemburg por Bohemia. El marqués Alberto tenía hasta ochocientos; el maestre de Prusia hasta docientos; porque todos los otros del marqués Alberto y suyos y del Archiduque, que serían tres mil y quinientos o cuatro mil caballos, aún no eran llegados al Rin, el cual era defendido con gente de los enemigos. De manera que su majestad, de la gente que había traído de Flandes y con los de su corte y docientos caballos del Archiduque, tendría dos mil caballos armados y mil caballos ligeros, harto buena caballería la una y la otra; mas la infantería no la he vito tal a mi parecer, porque yo vi los alemanes que su majestad llevó a Viena cuando fue contra el turco, y estos que agora llevaba eran mejores y vi los españoles que allí iban entonces, y estos eran mejores; y ansimismo los italianos, y esta era más hermosa banda. También vi los alemanes españoles e italianos que su majestad llevó a Túnez, y los que después llevó a Provenza, y los que después llevó cuando tomó a Guéldres, y hizo retirar al rey de Francia con su campo de Cambrasi; mas no me parece que ninguna de las bandas de aquellas tres naciones se igualase con estas de agora, por buenas que eran. Lo mismo dicen los que con el Emperador se hallaron en la guerra de Sandesi y vieron el campo que en ella tuvo, y parece ser que estos soldados eran mejor gente que la otro, aunque era muy escogida, la cual yo no vi, por estar ausente. Después que todo esto fue junto, su majestad partió de Lanzuet, y fue a Ratisbona por tomar su artillería y la gente que allí había dejado, y desde allí salir a buscar a sus enemigos. Llegado a Ratisbona, mandó poner en orden treinta y seis piezas de artillería, parte dellas de batería y parte de campaña, y dejando tres banderas en guarda de la artillería, se partió con todo el campo la vía de Ingolstat, que era por donde los enemigos andaban campeando. Había desde Ratisbona a Ingolstat, nueve leguas; estas se repartieron en cuatro jornadas, y así, el primer día su majestad anduvo tres leguas, y otro día dos y medía, y alejose con el campo en un lugar sobre el Danubio, llamado Neustat; allí había un puente sobre el mismo lugar sobre la ribera, y demás desta, su majestad mandó hacer dos de las barcas que traía en el campo para estos efectos, porque determinando de pasar por allí el río, hubiese más presteza en ello.

     Estando en esto, le vino aviso que el duque de Sajonia y el Lantgrave con todo su campo, por la otra banda del Danubio, tomaban el camino de Ratisbona. Empresa era bien entendida, mas su majestad envió luego cuatrocientos arcabuceros españoles a caballo y dos banderas de tudescos, los cuales pusieron tan buena diligencia, que aquella noche, como les mandó, entraron en Ratisbona, la cual con esto estaba ya segura, porque si los enemigos no venían sobre ella, no era menester más gente, y si venían, bastaba hasta que su majestad llegase a socorrella con su campo; lo cual se pudiera muy bien hacer, por estar el Danubio en medio del de los enemigos y el nuestro; mas ellos, avisados que había en Ratisbona buena guardia, o sabiendo que su majestad quería pasar ya el río, y les podría tomar las espadas y quitalles las vituallas, habiendo llegado tres leguas de Ratisbona, dieron la vuelta hacia Insgolstat, dándose mucha prisa a salir de los bosques y pasos estrechos donde se habían metido, en los cuales es opinión que se les pudiera haber hecho gran daño; mas el no haber pláticos de aquella tierra en el campo de su majestad, y haber ellos hecho extremada diligencia en salir dellos, lo estorbó. Con todo, se enviaron algunos arcabuceros españoles y caballos ligeros; mas ya llegaron a tiempo que los enemigos estaban en campaña rasa; así que no sirvieron de más de traer lengua de que los enemigos caminaban la vía de Ingolstat, aunque más a mano derecha. El Emperador pasó la ribera en dos días, y alojose con su campo en un valle y sobre una montaña cerca del río. Este alojamiento estaba poco más de dos leguas de Inglostat. Esta pasada fue de grandísima importancia; porque demás de hacer al enemigo que anduviese más recogido que hasta allí, y no tan señor de la campaña como había andado, fue mostralle que se llevaba determinación de combatir con él cuando el lugar lo permitiese. Allí se fortificó nuestro campo de una trinchera pequeña, porque el lugar donde el duque de Alba le había alojado, estaba también entendido, que no se requería mayor; allí se tuvo una arma, aunque no salió verdadera. Nuestros soldados se pusieron también en orden, que se vio evidentemente la voluntad que tenían de combatir. Al cabo de los dos días su majestad partió de allí, teniendo nueva que los enemigos se habían alojado de la otra banda de Inglostat seis millas, porque fue tanta su diligencia para tomar aquel alojamiento, que ya estaban en él un día antes que su majestad saliese del suyo. Convenía mucho que su majestad con diligencia fuese a Ingolstat, por no dejar aquella tierra en peligro que sus enemigos la pudiesen tomar, porque desde ella podían dar fácilmente gran estorbo a que monsiur de Bura se juntase con nuestro campo o ya que no la tomasen, que no viniesen a entrarse en un alojamiento que estaba entre ella y el alojamiento de donde su majestad partía; mas antes que él partiese, habiendo considerado cuánto importaba, estando ya tan vecino a los enemigos, alojarse siempre superior dellos, mandó que se visitasen dos alojamientos, el uno a una legua grande de Ingolstat, que es el que tengo dicho, y estaba en nuestro camino, y el otro junto a Ingolstat, de la otra banda, porque conviniendo tomar el que estaba más cerca de la villa antes que nuestro campo llegase el otro día, era muy bueno y era necesario tomarle antes que su majestad saliese del suyo; y por esto el día antes se había enviado a Juan Batista Gastaldo, maestre de campo general, a que particularmente reconociese el un alojamiento y el otro, y él con la mayor diligencia que pudo otro día de mañana partió con todo el campo, el cual iba repartido en avanguardia y batalla, y el artillería y bagaje iban a nuestra mano izquierda a la banda del río, la caballería a la derecha, y en medio la infantería. El duque de Alba llevaba la vanguardia, y su majestad la batalla, con el duque Juan, el marqués Alberto y su caballería, el maestre de Prusia, el archiduque de Austria el príncipe de Piamonte y el marqués Juan de Brandemburg. Los españoles, italianos y tudescos se mudaban a días, conforme a la orden que el Duque les daba; y así, iban en la vanguardia o en la batalla, por quitar la concurrencia entre ellos. Caminando su majestad en esta orden, llegó al primer alojamiento de los dos que tengo dicho, y allí comió un poco en tanto que la batalla caminaba, porque la vanguardia ya esta cerca; y de allí tomando el duque de Alba consigo veinte caballos, llegó a Ingolstat, y miró el otro alojamiento que estaba junto a él muy particularmente. Es menester saber que aquel día por orden de su majestad había enviado el duque de Alba al príncipe de Salmona y a don Antonio de Toledo, para que con parte de la caballería ligera y docientos arcabuceros españoles a caballo reconociesen los enemigos con los cuales tuvieron una muy hermosa y brava escaramuza, habiendo salido los enemigos a ella tan fuerte como es costumbre; mas siendo esta escaramuza por los unos y los otros retirada, se tornó por otra parte a comenzar, y de nuevo tornaron a ella; y salieron los enemigos tan fuertes y tan acrecentado el número de sus escuadrones, que el aviso que a su majestad vino fue que con todo su campo venían los enemigos a combatir con el nuestro; así, fue necesario que su majestad lo mandase poner en orden; y mandado el duque de Alba que de punto en punto le avisase del proceder de los enemigos, él volvió al lugar donde había mandado afirmar la vanguardia y la batalla, que era en el alojamiento que tengo dicho, que estaba en nuestro camino; y escogiendo allí sitio dispuesto para combatir, puso la infantería en lugar conveniente y la artillería y gente de a caballo donde habían de estar. Así estuvo esperando la venida de los enemigos; de los cuales; según su semblante, se creyó que querían combatir. Paréceme a mí debajo de mejor juicio, que si ellos caminaran aquel día, y vinieran a combatirnos en el camino, que pudieran poner la cosa en gran aventura, aunque el lugar que su majestad había ocupado para la batalla era harto favorable para nosotros. En este tiempo pareciéndole a su majestad que ya los enemigos habían de haber parecido si aquel día habían de combatir porque ya era algo tarde pensó caminar; mas el Duque le envió a decir que se afirmase porque tenía aviso que los enemigos hacían mucha muestra de pasar adelante; mas de ahí a un rato le envió a decir que su majestad podía caminar con el campo porque el semblante de los enemigos se había parado en recogerse dentro del suyo. Este variar fue en algo causa del partir tarde; mas viendo su majestad cuánto más se aventuraba en esperar a llegar otro día, que no en llegar tarde aquella noche, y cuánto se daba a los enemigos en darles una noche y parte de otro día de espacio para mejorarse de alojamiento y que habían errado en no estorbarlos nuestro camino con el campo, llegó, aunque algo tarde, a su alojamiento, el cual era de la otra banda de Ingolstat, hacia los enemigos, teniendo la villa a las espaldas, a la mano izquierda el Danubio y un pantano, y a la mano derecha y a la frente la campaña. Estas dos partes hizo cerrar el duque de Alba aquella noche; y puso tanta diligencia, que antes que viniese el día dejó el campo la mayor parte dél cerrado. Parecionos a algunos que a venir otro día los enemigos, nos dieran algún trabajo, por algunas razones que para ello se podían dar; mas ellos estaban tan confiados en su muchedumbre y ánimos, que cualquier tiempo les parecía aparejado para acabar la empresa; y así con esta confianza Lantgrave había prometido a toda la Liga que dentro de tres meses él echaría a su majestad de Alemania o le prendería; a las cuales palabras dieron tanto crédito las ciudades y señores dellas, que, como cosa hecha, venían y daban algo más de lo que les pedían; y así trajo setenta u ochenta mil infantes y más de diez mil caballos y más de ciento y treinta piezas de artillería; mas los enemigos aquella noche estuvieron quedos, sin hacer más diligencia de traer algunos caballos de la campaña. Otro día su majestad estuvo en aquel alojamiento proveyendo las cosas necesarias contra las que los enemigos podían hacer; los cuales aquel día no hicieron movimiento ninguno. Otro día siguiente se fue a reconocer su alojamiento, que como tengo dicho, estaba a seis millas pequeñas del nuestro, en lugar fortísimo, porque por la mano derecha y por la frente tenían un río hondo y un pantano, lo cual todo era guardado de un castillo que sobre el río estaba asentado, por las espaldas un bosque muy grande, y por el otro lado una montañeta, donde tenían puesta toda su artillería. Hubo al reconocer una escaramuza mas fue de poca cualidad.

     Otro día los enemigos pusieron su caballería e infantería en escuadrones, y sacaron la a la campaña; pensose que era para venir a nuestro campo, mas no fue sino para tomar la muestra de toda su gente la cual, después de tomada, la redujeron a su alojamiento. Otro día después se levantaron de allí y vinieron a alojarse a tres millas de nuestro campo en un alojamiento fuerte que era sobre unas montañuelas, las cuales aunque tenían el agua un poco lejos, su majestad había pensado ocupar, porque estando más cerca del enemigo, le parecía que podía haber más aparejo de dañalle. La disposición deste alojamiento era tal, que el mismo sitio le ayudaba a defenderse. Aquella noche que los enemigos se alojaron allí, el duque de Alba que habiéndolo consultado con su majestad, envió a don Álvaro de Sande y a Arce con mil arcabuceros, y dándoles orden de lo que habían de hacer y guías que sabían bien la tierra, ellos se partieron, y atravesando por unos bosques, dieron en el alojamiento de los enemigos a la una o a las dos después de medía noche, y degollando sus centinelas, dieron en el cuerpo de su guardia, donde hicieron muy gran daño a los enemigos, matando muchos dellos, hasta que todo su campo se puso en orden; y así, se volvieron, habiendo hecho este daño y dádolas una bravísima arma sin perder sino dos o tres soldados, de los cuales había ganado uno un estandarte de caballo; y créese que por yerro los mismos nuestros lo mataron: esto mismo se piensa de los otros, de lo cual fue causa la escuridad de la noche. Los enemigos estuvieron en aquel alojamiento, el cual pasado, el duque Octavio con Juan Batista Sabelo capitán de la caballería del Papa, y Alejandro Vitelo, capitán de la infantería italianas habían concertado de dar con su gente una brava escaramuza a los enemigos, y así se comenzó a poner en orden otro día; mas los enemigos, teniendo el mismo designio, habían ocupado cierto lugar en un bosque, el cual era escogido del duque Octavio y destos sus capitanes para aquel negocio; mas los enemigos fueron los que comenzaron, dando en unos sacomanos nuestros que estaban en un casal cerca del bosque; y así, aquel día hubo una escaramuza que aunque no salió como se había ordenado, fue buena, y los enemigos recibieron daño en ella de los arcabuceros que con Alejandro estaban, y de una parte y de otra hubo algunos muertos y presos. Estaban ya los dos campos tres millas unos de otros, y no había en medio dellos sino un pequeño río, el cual por muchas partes se pasaba y muchos pasos estaban los más dellos muy más cerca de su campo que del nuestro; de manera que las escaramuzas no podían hacerse sin que la una de las partes pasase a esperar.

     Estando la cosa en estos términos, y su majestad pensando la manera que habría para dañar al enemigo, porque ya estábamos tan cerca, que levantándose de allí o no levantándose convenía hacello, y teniendo respeto a la mucha arte que se había de tener para esto siendo tan inferiores en el número de la gente como éramos, los enemigos se levantaron de su alojamiento antes que amaneciese, con todo su campo en orden y toda su artillería; la cual ellos podían traer muy a su voluntad, por toda aquella campaña muy abierta y desembarazada; y así, cuando amaneció, habían ya pasado el río que tengo dicho, y caminaron derechos la vuelta de nuestro campo. Este aviso vino a su majestad, y él luego cabalgó, y mandando poner el campo en orden, halló el duque de Alba a las trincheas, que estaban proveyendo lo que convenía; las cuales trincheas no estaban tan altas como el primer día que se hicieron, porque con haberse labrado más en ellas, la gente que salía del campo pasaba sobre ellas, y ansí estaban más bajas. Ya el día era claro, y la niebla que había comenzaba a deshacerse; y así, se podía mejor considerar la orden que los enemigos tenían; la cual, cuando yo pude comprehender, era esta. Venían en forma de luna nueva, porque la campaña, espaciosísima, a todo daba lugar: a su mano traían el pantano que estaba a la nuestra izquierda, el cual era hacia el Danubio, y por esta parte venía un escuadrón de gente de a caballo grosísimo, acompañado de ocho o diez piezas de artillería. A mano izquierda de aquel, un poco apartado, venía otro escuadrón de caballos, también muy grueso, acompañado de otras veinte piezas, y así toda su caballería repartida en escuadrones y acompañada de su artillería, la cual se mostraba extendida por la campaña como los caballos, y no caminaba en hileras, sino a la par, porque juntamente pudiesen tirar las piezas que quisiesen, y desta manera sacaron todas sus piezas y toda su caballería. Su infantería venía en escuadrones detrás de sus caballos. Víase muy bien la infantería por los espacios que había entre los escuadrones de la gente de armas. Desta manera venía el Landgrave a cumplir la palabra que había dado a las villas de la Liga. Nuestro campo se ordenó pora combatir conforme a los cuarteles de como estaban alojados. Los españoles estaban a la frente de los enemigos, y tenían el pantano en la mano izquierda; luego cabe ellos a la mano derecha, estaban los alemanes del regimiento de Jorge con una manga de arcabuceros españoles, y luego dando vuelta hacia la derecha, la más de la infantería italiana, porque alguna parte della estaba en el fuerte que se había hecho dentro del pantano. Luego tras ellos, siempre siguiendo la mano derecha, estaban los alemanes del regimiento de Madrucho; desde ellos hasta la villa estaba abierto; y así, parte de aquel espacio se cerró con las barcas de nuestro puentes, y lo demás que quedaba por cerrar se ocupó con nuestra gente de a caballo, la cual estaba en cuatro escuadrones, porque si los enemigos con su caballería vinieran por aquella banda, estando nuestra caballería puesta en aquel fuerte pidiésemos combatir con ellos, y también era sitio conveniente para cargar, si por la parte de las trincheas estaban más bajas cargaran sus caballos, y para esto se habían dejado algunos espacios entre los escuadrones de nuestra infantería.

     Ya los enemigos en este tiempo comenzaban a llegarse, tirando con su artillería, y desta manera, con la orden que traían, ciñeron nuestro campo de el pantano, que era a nuestra mano izquierda, hasta casi la mitad de la campaña, que estaba a nuestra mano derecha, tirando siempre y tan cerca, que muchas piezas de las suyas, especialmente las que traían a la mano derecha, no tiraban seiscientos pasos de nuestros escuadrones. Nuestra artillería también tiraba, mas la suya era ayudada por la disposición de la tierra. Su majestad había dado vuelta por todo el campo y visto la orden que el duque de Alba había puesto en él; y después, así como estaba a caballo y armado, se volvió a poner delante de su escuadrón, y de allí algunas veces iba a los escuadrones de los alemanes y los rodeaba, y otras tornaba a los españoles, y otras a los de los italianos, dandolos los enemigos en los uno y en los otros muchos golpes de artillería, los cuales tenían en muy poco los nuestros, viendo a su majestad entre ellos; por donde se conoce claramente cuánto importa en estas cosas la presencia de un príncipe o capitán general, especialmente teniendo buena opinión entre sus soldados. Los enemigos, habiéndose acercado adonde a ellos les pareció que bastaba para batirnos a su placer hicieron alto con sus escuadrones a caballo y infantería, y comenzaron con todas las bandas de su artillería a batirnos tan apriesa y con tanta furia, que verdaderamente parcia que llovían pelotas, porque en las trincheas y en los escuadrones no se vía otra cosa sino cañonazos y culebrinazos. El duque de Alba estaba con los españoles a la punta del campo, adonde batía de más cerca el artillería de los enemigos, una pieza de las cuales llevó un soldado que estaba junto a él, que andaba proveyendo algunas cosas necesarias. Lo demás que se esperaba era, que después de habernos batido los enemigos, arremetieran, de lo cual dos veces habían hecho semblante muy conocido, y había ordenado que toda nuestra arcabucería estuviese sobre aviso a no disparar hasta que los enemigos estuviesen a dos picas de largo de nuestras trincheas; porque de esta manera ningún tiro de nuestros arcabuceros que eran muchos y muy buenos, se perdería, y si tiraban de lejos, los más fueran en balde; y así, mandó que las primeras salvas, que suelen ser las mejores se guardasen para de cerca. Los enemigos batían todavía, de amanera que parecía que de nuevo lo comenzaban, hecho alto con sus escuadrones, a los cuales tiraba la artillería nuestra; mas como tengo dicho, la disposición de la tierra ayudaba a que no les hiciese dañó, ni la suya quiso Dios que lo hiciesen los nuestros, aunque muchas veces daba dentro ellos; tanto, que en el escuadrón de su majestad entraron hartos cañones y culebrinas, pasándole tan cerca a él las pelotas que muchos dejaban de mirar su peligro por el del Emperador; especialmente una pelota dio dél tan derecho y tan cerca, que cualquier golpe que hiciera, estaba el peligro muy manifiesto; mas plugo a Dios que quedó enterrada en la parte donde dio. Otra pieza mató dentro del escuadrón un archero de la guardia de su majestad, otra llevó un estandarte otras dos mataron dos caballos: este fue el daño que se hizo en el escuadrón de la corte, con dar muchas piezas dentro de él. En los otros escuadrones aunque también fueron bien batidos, se haría poco más daño que en el nuestro. Seis piezas de las nuestras reventaron aquel día; una dellas mató cinco soldados españole y hirió dos. Los enemigos se daban tanta priesa a tirar, cuanto ellos vían que era menester para desalojarnos a golpes de artillería, como Lantgrave lo había hecho; y así, no se vía otra cosa por el campo sino pelotas de cañon y culebrinas, dando botes con una furia infernal. Otras daban en los escuadrones alemanes y españoles y italianos, y en todos ellos se hizo poco daño, aunque el número de los golpes fue muy grande; y con toda esta furia y este nunca cesar, no hubo escuadrón que se moviese, y no solamente escuadrón, mas ningún soldado se meneó de su lugar, y volvió la cabeza a mirar si había otro más seguro que el que tenía. Había durado el batir de los enemigos siete u ocho horas sin cesar, cuando pareció que se cansaban de tirar y tomaban otro designio, y no venían a combatir con nosotros, viendo que estábamos más firmes de lo que habrían pensado. Lo cual conociendo su majestad, y que ya comenzaba a haber flojedad en ellos, mandó que la gente de a caballo se fuese a su alojamiento, y que todos estuviesen aparejados para que si fuese necesario, volviesen a pie a las trincheas. Alguno podría ser que quisiese entender a que fin dentro de un campo cerrado estábamos a caballo, porque parece cosa impertinente, habiendo trincheas delante combatir a caballo. A esto se responde que las trincheas con no se haber labrado más de la primera noche, en algunas partes estaban tan baja, que fácilmente se podían atravesar, y nuestra gente de a caballo estaba puesta adonde ellas faltaban; y por donde los enemigos podían entrar con su gente de armas, allí estaba la nuestra; y así, por la orden en que ellos nos venían a combatir en aquella estábamos aparejados a defender. Todo el tiempo que los enemigos batían había el duque de Alba puesto fuera de las trincheas algunos arcabuceros españoles, los cuales escaramuzaban con los enemigos que estaba a la guardia de su artillería, digo de aquella que habían triado al parte del pantano, junto a una casa grande y aparejada para defenderse: esta estaba seiscientos pasos de nuestras trincheas. Los enemigos la tomaron, y proveyeron de arcabuceros, y desde allí defendían su artillería que estaba delante de la casa hacia nuestras trincheas: así que, en un mismo tiempo los enemigos batían y nuestros soldados escaramuzaban con los suyos que estaban puesto a la defensa del campo. Ya aflojaba su artillería y dejaba de batir, habiéndolo hecho nueve horas y así la comenzaron a retirar, más cerca de la casa y del río pequeño que tengo dicho, donde había unos molinos, junto a los cuales y por el río arriba habían asentado sus pabellones y tiendas haciendo una trinchea a toda sus artillería en el mismo lugar que aquel día habían tenido, salvo la que está a la parte del pantano, que la retiraron más hacia la casa donde tengo dicho; y así estuvieron con sus escuadrones tendidos por la campaña hasta que anocheció, que se retrujeron adonde tenían asentado su campo, el cual tenía el asiento de manera que la una punta, esta hacia el pantano, esta a ochocientos pasos de nuestro campo, y la otra de su mano izquierda, que estaba más lejos, estaba dos mil y quinientos pasos.

     Aquella noche estando Lantgrave cenando, tomó una copa y segur la costumbre de Alemania bebió a Xertel diciendo estas palabras: «Xertel, yo bebo a los que hoy hemos muerto con nuestras artillería»; a lo cual el Xertel respondió: «Señor, yo no sé los que hoy hemos muerto mas sé que los vivos no han perdido un pie de su plaza.» Dícese que aquel día Xertel había sido de opinión de venirnos a combatir a nuestras trincheas y que Lantgrave no había querido; y parecióme a mí que lo consideró mejor; porque aunque en estas cosas acaecen muchas veces cosas fuera de razón por ser varios los acaecimientos de la guerra; pero bien mirado no era gente la que el Emperador allí tenía para poderse desalojar así de un alojamiento, aunque no muy fortificado; cuanto más que la muestra desto Lantgrave pudo tomar fue bastante para dalle clara experiencia dello, pues habiéndonos batido tantas horas y tan furiosamente, no pudo conocer señal de flaqueza en nuestro campo; antes vía que nuestro soldados en el mismo estaban en la defensa dél y salían a escaramuzar con los suyo a la boca de la artillería. Así que el consejo del Xertel no me parece a mí que le sucediera bien, y que fue muy más sano el de Lantgrave. También dicen que el duque de Sajonia había aconsejado que nos combatiese otro día como llegamos allí; mas la misma razón fuera la de un consejo que la del otro. En fin, ellos se gobernaron como tengo dicho, habiendo los enemigos tirado aquel día novecientos golpes de cañon y culebrina.

     Aquella noche se proveyó que todos los carros del campo trujesen fagina para levantar los reparos de la trincheas, y todos los soldados por sus cuarteles labraban de manera que otro día amaneció el campo tan fortificado, que se podía estar detrás de los reparos a la defensa muy seguramente. Juntamente con esto el duque de Alba hizo alargar aquella noche la trinchea tomando mucha parte de la campaña hacia los enemigos, por la parte que los españoles estaban fortificados de la misma manera, y la parte del campo que el día antes habíamos tenido abierto se puso en más seguridad.

     Aquel día los enemigos dejaron descansar su artillería y echaron algunos arcabuceros sueltos para provocar a los nuestros que saliesen de los reparos a escaramuzar; y así se hizo, porque salieron ochocientos o novecientos arcabuceros españole, los cuales escaramuzaron con los enemigos en aquella campaña rasa, y fue la escaramuza de manera, que los enemigos fueron forzados a sacar mil caballos en favor de sus arcabuceros, y esto vinieron en tres escuadrones: el primero sería de cien caballos, los cuales venían sueltos y esparcidos; los otros dos venían en su orden detrás uno de otro. Nuestros arcabuceros estaban trecientos o cuatrocientos dellos derramados, y en su retaguardia estaban hasta quinientos. Los cien caballos de los enemigos, que venían sueltos, embistieron a los primeros de nuestros arcabuceros, confiados en ser la campaña rasa, en la cuál por la mayor parte los caballos suelen tener ventaja a los arcabuceros; mas los nuestros los recibieron de manera, que los hicieron volver huyendo y así tuvieron necesidad que el segundo escuadrón, que traía un estandarte amarillo viniese a socorrerlos, cargando en nuestros arcabucero; mas ellos les dieron una ruciada tan apretada que les abrieron por medio, y volvió como los primeros; y cargándole siempre nuestros arcabuceros, vino el terceros escuadrón, que traía un estandarte colorado; mas a este se le dio por nuestros arcabuceros una carga tan buena, que ni más ni menos a los otros dos le abrieron, y hicieron volver las espaldas hasta dentro de sus trincheas, quedando hartos dellos heridos, y caballos y caballeros caídos en la campaña: cosa bien de alabar, y por tal fue alabada su majestad, porque a la verdad el sitio era desigual, siendo caballería contra arcabuceros: así se acabó aquella escaramuza y también el día.

     Aquella noche el duque de Alba hizo a los gastadores, los cuales eran bohemios, y serían hasta dos mil, y son los mejores gastadores de cuantos puede haber en el mundo, que labrasen en una trinchea nueva, la cual partió y se tiró a la parte de la casa que los enemigos habían ocupado, hasta llegar a cuatrocientos pasos del suyo. Era esta trinchea ayudada de una cierta disposición de tierra, de manera que con lo que en ella se labraba se llegaba bien a cubierto hasta la distancia que tengo dicho que había desde ella a la casa que los enemigos tenían ocupada, la cual ellos tenían también fortificada con trincheas; y de la nuestra tenía también fortificada con trinchea; y de la nuestra tenía cargo don Álvaro de Sande con su arcabucería española. Obra era de que a su despecho nos allegábamos cerca dellos, y conocióse bien esto por los muchos cañonazos y culebrinazos que de continuo allí tiraban.

     En este tiempo, el duque de Alba, habiéndolo tratado con su majestad, había ordenado de enviar al marqués de Mariñano y a Madrucho con su regimiento, y a Alonso Vivas con su tercio, a degollar tres mil suizos que estaban alojados en el burgo de Neuburg, los cuales había dejado allí el duque de Sajonia y Lantgrave en guardia de cierta artillería que allí estaba y de la tierra; mas aquel día se habían venido a su campo por mandado dellos; y así, cesó esta empresa, la cual se cree que hubiera buen efecto, porque ellos estaban de la otra banda de la ribera y lejos de sus amigos, alojados en arrabales abiertos, y no con mucha guarda; el camino por donde los nuestros habían de ir era muy encubierto y con muy buenas guías para él; el puente por donde habían de pasar nuestros soldados, junto a nuestro campo; y finalmente todas las cosas que para ello se requerían, muy bien proveídas.

     Otro día los enemigos en la misma orden que el primero se pusieron en campaña, y sacando su artillería comenzaron a batir nuestro campo con grandísima furia, aunque no acercaron todas las piezas tanto como el primer día, porque la trinchea nueva que habíamos sacado hacia la casa, les hizo tener respeto a que por aquella parte no llegasen tanto su artillería. La batería fue bravísima y comenzada muy de mañana, y fuimos batidos por más partes que el primer día, porque por la mano derecha de nuestro campo se extendieron a la campaña con su artillería más que la primera vez. Su majestad oyó misa aquel día en las trincheas junto a un caballero que estaba enfrente dellas contra los enemigos, y allí comió entre los soldados de Lombardía y de Nápoles, cuyo cuartel era aquel. Los enemigos tiraban continuamente, mas hacían muy poco daño, porque todos los soldados estaban a los reparos, y aunque algunas veces había piezas que los pasaban, eran pocas. Adonde el Emperador estaba murió uno, porque un tiro le llevó una alabarda de las manos el que la tenía, y aquella alabarda mató a otro que estaba cabe él. Aquel día una pieza de artillería pasó la tienda de su majestad y la sala y cámara donde él dormía, que dentro de la misma tienda estaba hecha de madera. Habiendo los enemigos batido hasta las cuatro horas de la tarde, el Duque mandó a Alonso Vivas que saliese con quinientos arcabuceros de su tercio, y escaramuzase con unos que los enemigos habían sacado fuera; y la escaramuza fue tan buena, que les ganó la primera trinchea de dos que tenían, y después revolvió sobre los que estaban en la casa; y escamuzando con ellos hasta que ya era tarde, y habiéndoles dado muchos arcabuzazos, se retiró con muy buena orden a nuestro campo. Aquella noche se dio una arma a los enemigos bravísima, como fueron todas las que se les habían dado después que allí llegaron; de manera que los tenían tan desvelados y desasosegados, que teniendo los días en escaramuzas, las noches estaban puestos en arma, como entonces se sabía por los prisioneros, y muchos dellos nos habían dicho después de nuestra trinchea, que se había tirado hacia la casa, que los apretaban mucho: así que el ímpetu y furioso acometimiento de los enemigos comenzó a amansarse, porque ya les traíamos tan recogidos, que sus caballos, que solían andar docientos pasos de nuestro campo, reconociéndole, no se llegaban a él con mil y quinientos, porque nuestros arcabuceros los traían bien apartados del, y nuestro alojamiento estaba asegurado con los reparos, y la trinchea nueva se llevaba adelante, porque su majestad quería desalojar sus enemigos de allí, como después lo hizo, porque se viera que el que había venido a dosalojalle a él, aquel mismo era desalojado; y así, la trinchea se tiraba hacia la casa la cual ganábamos con ella, y ganada, batíase tan fácilmente todo el campo de los enemigos, que en ninguna manera del mundo podían dejar de levantalle.

     En este tiempo el conde Palatino envió trecientos caballos al campo de los enemigos, los cuales anduvieron en esta guerra hasta pocos días antes que fuesen rotos. El Conde, entre otras disculpas que después a su majestad dio, fue decir que aquella gente él la había enviado al duque de Vitemberg por la amistad y liga que con él particularmente tenía muchos años había, y que no la había enviado contra su majestad, sino que el Duque la hizo ir por fuerza al campo de los enemigos. Sea como fuere cuantos más fueron contra su majestad, tanto mayor fue la vitoria que Dios le dio. Siempre hubo escaramuzas en estos días y algunas cosas señaladas bien hechas de soldados particulares.

     Otro día de mañana bien temprano comenzó la tempestad de artillería de los enemigos a batir nuestro campo; mas la mayor parte de sus piezas tiraban demás lejos de lo que hasta allí habían hecho. Esta furia en el tirar duró hasta mediodía y cesó, hasta la tarde, que tornaron a dar otra muy buena ruciada. Y porque mejor se entienda lo que en aquellos días tiraron los enemigos, es bien saber que, sin las pelotas que quedaron perdidas y las que no entraron en nuestro campo, solamente de las que se recogieron en la tienda del capitán de la artillería se hallaron mil y setecientas pelotas. Siempre las escaramuzas de los arcabuceros eran ordinarias, y aquella noche se les dio una arma por la parte de la casa con la arcabucería, que toda la noche les hizo estar con el campo en orden. Esto era ya tan continuo, que nunca faltaban sus escuadrones de la plaza del arma, y nuestra trinchea estaba tan cerca, que el salir della era entrar en las suyas. Habían perdido allí muchos caballos y muchos soldados muertos y heridos, y demás desto, nuestra caballería les hacía muy gran daño, tomándoles la vitualla por todas partes, y así se pasaban muy gran trabajo. Nunca los dejábamos estar sosegados, sino de noche y de día sus caballos e infantería puestos en escuadrón; de manera que determinaron de desalojarse, viendo que no les convenía otro cosa, y aquella noche pasaron el río pequeño el artillería gruesa y carruaje con tanta diligencia, que otro día antes que amaneciese no se vía tienda en todo el campo, sino solamente sus escuadrones, que comenzaban a pasar el agua, aunque ya toda su infantería era pasada, porque esta era la que ellos echaban delante, y toda la caballería iba en trece o catorce escuadrones con algunas piezas de campaña que quedaban en retaguardia. Con esta orden caminaron la vuelta de Neuburg. Su majestad envió algunos caballos ligeros a reconocer bien el camino que los enemigos tomaban, y él con el duque de Alba y algunos otros caballeros fue a ver la orden que llevaban, la cual era este que digo, que era haber enviado su artillería gruesa delante, y luego su infantería, y luego su caballería. Era hermosísima cosa de ver toda la campaña cubierta de infantería, y los altos della de escuadrones de caballos. Con esta orden en dos alojamientos llegaron a Neuburg.

     Su majestad tenía ya nueva que el conde de Bura había pasado el Rin a pesar de los enemigos, cuyo capitán era el conde de Aldamburg, dejado allí por Lantgrave para este efecto, y que ya estaba cerca de Francfort. Era el campo que traía harto poderoso para contrastar después de pasado con los enemigos, que le defendían el Rin; mas no lo era para con ellos y con el de la liga todo junto, y por esto su majestad le avisó de cómo había desalojado al duque de Sajonia y al Lantgrave, los cuales habían tomado la vuelta de Neuburg, y de allí la de Donavert, desde donde habrían tomado camino para él. Pareció conveniente cosa dar este aviso al conde de Bura, porque ya estaba tan adelante de Francfort, que pudiera el enemigo tomar este designio. El conde de Bura traía tres mil caballos a su cargo y cuatro mil que se le habían juntado de los del marqués Alberto de Brandemburg y maestre de Prusia y archiduque de Austria, sobrino de su majestad; los cuales, por no ser poderosos para pasar el Rin, aguardaron la venida del Conde, que traía veinte y cuatro banderas de alemanes bajos, muy buenos soldados, y cuatro banderas de españoles; de los que habían andado en servicio del rey de Inglaterra contra Francia, y dos de italianos de los que se habían hallado en aquella misma guerra, y docientos arcabuceros de a caballo italianos, y doce piezas de artillería. Los enemigos que defendían el Rin eran treinta y seis banderas y mil y docientos caballos. El Conde hizo pasar cinco mil soldados una noche tres leguas más arriba de donde los enemigos estaban, y ocupó una villa, con que era señor de aquel paso, por donde después pudo pasar todo el resto del ejército sin contradicción, y después en Francfort trabó una gruesa escaramuza con los enemigos, y matando muchos dellos, los encerró dentro de la tierra. Esta nueva tuvo su majestad luego, aunque muy difícilmente se podía tener aviso y enviallo, por haber tantas tierras de los enemigos en medio, y esto para ellos era muy fácil, juntamente con otras cosas que a nosotros eran difíciles, por ser ellos señores de todo.

     El duque de Sajonia y el Lantgrave estuvieron en Neuburg dos días, de donde vinieron a su majestad diversos asuntos; porque unos decían que los enemigos pasaban el Danubio para entrar en Baviera, otros decían que iban a Donavert. Su majestad determinó de esperar a ver el designio que tomaban, conforme a la que más conviniese hacer; mas ellos al cabo de dos días partieron con su campo, y en dos alojamientos fueron a Donavert, dejando en Neuburg tres banderas de infantería para defender la tierra. Este fue otro yerro gravísimo que ellos hicieron; porque tenían allí un alojamiento fortísimo, con muy gran comodidad de agua y leña, y muchas vituallas, y eran señores del río, por el puente que Neuburg tiene, y muchas aldeas para forraje de sus cabellos, y por ellas paso libre para correr toda Baviera superior hasta Menique. Tenían asegurado el paso de Lico, que es el río de Augusta, con la villa de Rain, que de allí tenían tomada, la cual estaba segura; porque para ir allá tenían tomada, la cual estaba segura; porque para ir allá habíamos de dejar a Neuburg a nuestras espaldas. El campo del Emperador no podía ir a Augusta sin que ellos llegasen primero, ni a Ulma tampoco, porque ellos estaban en el paso; mas no mirando todas estas cualidades buenas, e por ventura teniendo respeto a otras cosas, se levantaron de aquel alojamiento y fueron al de Donavert, haciendo este yerro, que al parecer de muchos, fue grande. Habiendo estado en Donavert el duque de Sajonia y Lantgrave dos o tres días, Lantgrave fue sobre una villa del duque de Baviera, que es dos leguas de allí, llamada Lembiguen, la cual se le rindió, y él metió comisarios dentro para las vituallas; y habiendo hecho esta empresa, se volvió a Donavert, adonde tenía su campo en un sitio fortísimo. En todo esto Lantgrave escribió a las ciudades muchas cartas, dándoles cuenta de todas las cosas que pasaban, encaresciéndoles de manera, que daba a entender haber hecho mucho más de lo que había hecho; engrandeciendo las escaramuzas y muertes y prisiones muy principales; y todo esto fingía, porque al cabo de sus cartas siempre enviaba a pedir dineros; lo cual a las ciudades no era muy agradable, porque ya se acercaba el término en que había prometido echar a su majestad de Alemania o prendelle, y vían que no llevaba el negocio la orden y facilidad que les había prometido y ellos pensaban.

     En estos días vino aviso a su majestad cómo Lantgrave había ido sobre Bendiguen, y aquel era el camino para ir contra mosiur de Bura, y que así se afirmaba en el campo de los enemigos que lo querían hacer; por lo cual su majestad despachó algunos hombres pláticos de la tierra a mosiur de Bura, avisandole del camino que debía tomar, para que, apartándose un poco de aquel que los enemigos habían tomado, pudiese el Emperador juntarse más presto con él, porque esto era lo que tenía determinado; y ya que esto no pudiese ser, seguir al enemigo y tomalle en medio, porque lo uno o lo otro era la razón de la guerra; no dejar que el campo de los enemigos fuese a encontrar con los de mosiur de Bura, y su majestad volver contra las ciudades principales; las cuales de razón el duque de Sajonia y Lantgrave las habían de dejar tan bien proveídas, que fuera cosa vana el sitiallas, y entre tanto pasara gran peligro aquella parte tan principal de nuestro ejército, siendo tan grande desigualdad la que había en el numero de la gente, porque el campo del Duque y de Lantgrave era muy poderoso; cuánto más que ya se habían juntado con él treinta y seis banderas que sobre el Rin tenía, y los caballos que con él estaban. Algunos son de parecer que los enemigos lo erraron en esto, los cuales estaban en Donavert. En todo este tiempo ya habían pasado el Danubio diez o doce mil infantes y algunas piezas de artillería; y hecho un fuerte sobre el río Lico junto a Rain, los alojaron allí; de manera que se pusieron como hombres que querían hacer cabeza de la guerra, en el sitio que habían tomado, porque con el paso de Lico aseguraban lo de Augusta, y con el de Donavert sobre el Danubio aseguraban lo de Ulma.

     Ellos, contentos con esto, se estuvieron quedos y afirmaron muy despacio en aquel alojamiento. Y Mosiur de Bura en este tiempo, habiendo pasado por Francfort, viniendo por Rotemburg, había llegado cerca de Norimberg, y parecía que los enemigos ya no podían salirse al camino; por lo cual su majestad acordó de esperalle allí en Ingolstat, adonde pocos días después llegó con todo su campo, del cual tengo ya hecha particular relación. El Emperador salió a la campaña el día que él entró, y vio toda la gente del Conde, que era muy hermosa, así la de a pie como la de a caballo; y habiendo reposado dos días, determinó de seguir a los enemigos; y acordó que fuese yendo primero sobre Neuburg; porque no era razón dejar una tierra tan fuerte y tan bien proveída a sus espaldas, especialmente estando sobre el Danubio, que es una ribera tan principal, y que tanto importaba al un campo y al otro; por lo cual su majestad quiso él mismo ir a reconocer aquella tierra, y tomando consigo la caballería ligera y alguna parte de la arcabucería española, se partió de Ingolstat muy de mañana, y llegó a Neuburg a buena hora, adonde anduvo reconociendo la tierra; y para hacello mejor, se apeó, y el duque de Alba con él, en el cual tiempo los enemigos tiraban hartos golpes de artillería menuda y arcabuces.

     Yo no me oso determinar si es bien que un príncipe o capitán general, cuya persona importa el todo, se ponga en estos peligros como un capitán o soldado particular; porque por otra parte veo cuán necesario es que el que es cabeza y gobierna un negocio entienda y conozca por vista de sus ojos cómo está la cosa que quiere re emprender. Así que entre estas dos opiniones yo no quiero dar mi parecer; júzguelo quien mejor lo entendiere.

     Habiendo pues reconocido su majestad aquella tierra, se volvió a Ingolstat, y otro día mandó levantar el campo, y que se echasen dos puentes sobre el Danubio, que con las que había de la misma tierra, eran tres; de manera que en muy breve tiempo pasó el ejército, y se alojó media legua de Ingolstat, camino de Neuburg. Desde este día en adelante caminó el campo en otra razón que hasta allí había caminado; porque hasta aquel tiempo íbamos repartidos en dos partes, que era a vanguardia y batalla. La causa desto era ser el número de nuestra gente tan pequeño, que si hiciéramos retaguardia, cualquiera parte destas tres de nuestro campo fuera tan flaca, que ninguna de los enemigos dejara de ser más fuerte que ella, por ser tan superiores en el número de la gente; y por esto nuestra vanguardia y batalla, que cada una dellas era de dos escuadrones de infantería y dos de caballos, iban más fuertes para lo que pudiese suceder; mas, como digo, de aquel día en adelante hubo para hacer el tercero del ejército; y así, mosiur de Bura una vez iba en avanguardia con el duque de Alba, otras, cuando le cabía, llevaba la retaguardia, porque otras veces la llevaba el maestre de Prusia y el marqués Alberto. Desta manera su majestad en dos alojamientos llegó a media legua de Neuburg, donde el mismo día, dos horas después de comer, vinieron los burgomaestres de la villa (que así se llaman los gobernadores de las tierras de Alemania) a rendille la villa, de su parte y de los capitanes que en ella estaban puestos por el duque de Sajonia y Lantgrave. El rendirse fue a la voluntad de su majestad, porque de los unos y de los otros hiciese lo que fuese servido. Fue gran cosa que un lugar tan fuerte y tan bien proveído y tan cerca del socorro y puente ganada de la misma tierra por donde el socorro podía venir, se rindiese así; y túvose con razón en mucho. En esto tiempo ya los enemigo; habían desamparado a Rain; solamente sostenían el fuerte que habían hecho sobre Lico. Antes desto había habido muchos pareceres que su majestad no debía ponerse sobre Neuburg, por ser tan aparejada para ser socorrida y defendida; mas a él pareció hacello así por otras razones, las cuales sucedieron en esto efecto. Rendida esta tierra, el duque de Alba por orden de su majestad hizo entrar dentro en la villa dos banderas de tudescos, y la gente de guerra que estaba en ella fue metida aquella noche en una isla que hace el río junto al castillo.

     Otro día su majestad, con la orden que el día antes había traído, se vino a alojar en las huertas y arrabales de Neuburg. Allí fueron quitadas las armas a los soldados que habían salido della, aunque pudiera su majestad quitalles también las vidas, que, como rebeldes a su príncipe, tenían pérdidas; pero más quiso mostrar clemencia que severidad, y tomándoles juramento que no serviría contra él, los mandó dar licencia. También la dio a los capitanes, habiéndoles mandado decir que no los castigaba porque sabía que como hombres engañados habían venido a hallarse en aquella guerra. Ellos dijeron que no solamente engañados, mas que por fuerza habían sido traídos a ella. Habiendo estado su majestad tres días en el alojamiento de Neuburg, hizo muestra general del ejército, en el cual se halló número de ocho o nueve mil caballos y cuarenta y ocho o cuarenta y nueve mil infantes, que, aunque era más el nombre, faltaban algunos, así por heridos y muertos, como por otras en enfermedades.

     Después de recibido el juramento de fidelidad de la villa y tierra, y puesto en ella gobernador, se partió a buscar el enemigo, porque su intención era verse con él en lugar igual que se pudiese combatir; y así, deseaba acercársele, y por eso, determinó de pasar el Danubio por la puente de la misma villa, y por otras que allí se hicieron, y fue la vuelta de Donavert, donde, como dije, los enemigos estaban acampados, haciendo cabeza de aquel sitio para toda la guerra; su majestad en dos alojamientos llegó a asentar su campo una legua pequeña del de los enemigos, en una aldea que se llama Marquesen. Había desde allí a Donavert lo que tengo dicho; el camino era poco, mas cuanto a la posibilidad de poderse hacer, la distancia era mucha, por ser todo un bosque espesísimo, y los caminos estrechos; tanto, que por cada uno no cabía más de un carro; y esta espesura comenzaba desde nuestro campo y acababa junto al suyo; y tomaba desde el río Danubio, que estaba junto a nuestra mano izquierda, y iba tornando a la mano derecha, y prosiguiendo siempre, paraba en una villa que estaba dos leguas del campo nuestro, llamada Monham. El Emperador mandó reconocer estos bosques, y viose con cuánta dificultad podía un camino caminar por ellos; mas queriéndose acercar a los enemigos, pareciole que habiendo disposición cerca de su campo de podernos alojar, que haciéndonos señores del bosque, con nuestra arcabucería se podía pasar; y por esto mandó al duque de Alba que reconociese la disposición que había para nuestro campo entre el de los enemigos y el bosque. Y así, el duque de Alba fue otro día con alguna caballería de arcabuceros, los cuales repartió por el bosque en las partes que convenían, y él con algunos pocos que apartó, pasó adelante hasta llegar donde se acababa, que era tan cerca de la trinchea de los enemigos, cuando un tiro de un sacre. El Duque tomó consigo cuatro o cinco, y a pie salió un poco fuera del bosque en lugar donde vía muy bien todo el sitio de las enemigos; los cuales estaban tan atentos en labrar, que no tuvieron cuidado de tirar allí, aunque tiraban a otras partes. El sitio que ellos tenían era desta manera. El bosque que estaba entre el campo de su majestad y el suyo, se acercaba tan cerca dellos, que no había en medio sino un raso, que tenía de ancho cuatrocientos o quinientos pasos. Acabado este llano, comenzaba una descendida harto áspera, y luego una subida de la misma manera. En lo alto de la subida por toda la frente della a la larga de como iba el valle que hacía esta subida y descendida, tenían los enemigos hechas sus trincheas y sus reparos, los cuales iban hasta que por su mano izquierda se juntaban con el bosque. Por aquella parta se tornaba a juntar con su campo, de manera que en la delantera se servían de foso con este valle que tengo dicho, y a su mano derecha se fortifican con el Danubio, y las espaldas con la villa del Donavert y el río Prens que junto a ellas entra en el Danubio. Así estaban los enemigos alojados. Para alojar muestro campo no había lugar; porque, demás de ser el espacio que había entre el bosque y el campo de los enemigos tan estrecho, que era imposible alojar ninguna parte del nuestro, no había ningún medio de tener agua, así por no habella en todo el bosque, como por ser la descendida al Danubio muy difícil y áspera, y juntamente con esto aquel poco espacio que había, donde cuatro banderas no se pudieran alojar, cuánto más el campo todo descubierto de su artillería, estando el suyo muy cubierto de la que contra ellos allí se pusiese. Con esta relación volvió el Duque a su majestad, y viendo que por allí no era posible acercarnos al enemigo por las causas que tengo dichas, su majestad comenzó a pensar qué camino se tomaría para sacar al enemigo de sitio tan fuerte como el que había tomado; porque estar ellos allí y el bosque en medio, era nunca llegar la cosa al cabo, y que la guerra fuese muy más a la larga; y así se acordó que caminásemos a la mano derecha con nuestro campo la vuelta de aquella villa que se llama Bendinguen, dejando a los enemigos a la mano izquierda.

     Es bien saber que el Emperador, demás de haber andado por Alemania muchas veces, y tener entendido parte della, tiene una descripción universal de todo, muy diligentemente hecha; la cual, como los negocios lo requieren, tiene tan estudiada, que verdaderamente comprehendió el sitio de las villas y tierras donde están asentadas, con las distancias de las unas a las otras, que más parece que las ha andado personalmente, que no que las ha visto en pintura; y así, tuvo siempre opinión que yendo con su campo sobre Bendinguen venía a estar alojado junto a Norling, y puesto allí, estaba en tierra de muchas vituallas y a las espaldas de los enemigos, y el sitio aparejado para quitalles todas las que de aquella parte les venían. Entre tanto que el Emperador se vino a resolver en esta determinación, siempre hubo algunas escaramuzas en aquel bosque, porque siempre salían soldados de una parte y otra a buscar lo que había en las aldeas y villas que por allí había; y también algunos caballos salían algunas veces; aunque pocas, y así, los muertos de una parte y de otra no fueron muchos. Y venido el día que el Emperador había de partir, mandó desalojar el campo del alojamiento de Marquesen, y con la orden acostumbrada, haciendo una niebla grandísima, se vino a alojar a Monham, una villa del señorío de Neuburg. Otro día de buena hora desalojó de allí su majestad y vino en litera, por estar malo de su gota; y llegando cerca de Bendinguen el duque de Alba, le envió los burgomaestres que se habían venido a rendir.

     Su majestad tuvo aviso que parecían caballos de los enemigos en la retaguardia, por lo cual la mandó reforzar de alguna arcabucería, porque para la disposición del camino estos eran los más necesarios; y así, les puso en parte donde pudieran aprovechar si los enemigos hicieran otra provisión o diligencia; mas como no la hicieron, no fue necesario que su majestad hiciese otra ninguna. Aquel día se alojó el campo entre Bendiguen y Norling, guardando siempre esta orden. La vanguardia estaba siempre en escuadrón hasta que llegaba la batalla, la cual en llegando, hacía luego sus escuadrones, y alojábanse todos. Esta orden se tuvo en toda la guerra. Alojado pues el campo de su majestad en este alojamiento, se supo cómo el mismo día Norling había recibido banderas del duque de Sajonia y de Lantgrave dentro de la villa, de lo cual se arrepintió bien después, segur las disculpas que dio a su majestad cuando se le rindió. En todo este tiempo no se supo que los enemigos hubiesen hecho ninguna mudanza con su campo, mas de haber puesto aquellas banderas en Norling. Aquella noche, después de alojado todo el campo, se enviaron caballos ligeros a reconocer los caminos a la parte de los enemigos, de los cuales parte de sus infantería y dos escuadrones de caballos y algún carruaje; mas no supieron entender el camino derecho que llevaban. Referido todo esto, el Emperador mandó al duque de Alba que el campo estuviese en orden para cuando amaneciese.

     En este tiempo vino otro aviso que los enemigos caminaban derechos a nuestro campo, y que estaban ya cerca dél. Esto era poco antes que amaneciese; y así, estuvo todo el campo apercibido para cuando viniese el día, el cual amaneció con una niebla tan escura, que della a la noche había poca diferencia. Su majestad cabalgo luego, y por tener la pierna derecha muy mala de su gota, llevaba por estribo una toca de camino; y desta manera anduvo todo el día. Después yendo a la tienda del duque de Alba, almorzó en ella, y allí ordenó que toda la gente de a caballo y de infantería estuviese en sus escuadrones, y no esperar a ordenarlos después que la niebla se alzase; porque si los enemigos venían a combatirnos, lo cual se esperaba que harían, hallasen en nosotros la orden conveniente; y si por ventura tomasen otro camino, y el lugar nos diese ocasión, siendo igual, de presentalles la batalla, la cual Lantgrave tantas veces había prometido de darnos, combatir con ellos. A estas horas, la niebla perseveraba en ser tan oscura, que verdaderamente no sólo no se podían descubrir los enemigos, mas en nuestro campo, con estar muy juntos los escuadrones, no se descubrían el uno al otro.

     Su majestad estaba en la tienda del Duque esperando el aviso que tendría de los enemigos, los cuales en este tiempo, ayudados de la niebla, de la cual verdaderamente pueden decir que fueron ayudados, prosiguieron el camino de Norling, y pasaron dos pasos, en los cuales no pudieron ser descubiertos de nuestros caballos, ni los alemanes que su majestad traía en su campo le supieron avisar dello. Así que, a estas horas, que serían las doce del mediodía, ya estos habían pasado estos dos estrechos, y una ribera donde había un muy mal paso, y ganado las montañas por donde podían caminar hasta Norling, y defenderlas muy bien a quien quisiese ir contra ellos, porque así era la disposición de la tierra. Para hacer este efecto tuvieron harto tiempo, porque caminaron toda la noche y después el día con la niebla tan cerrada, que les servía también de noche; y caminaron con tan buena diligencia, que yo nunca tal pensé de alemanes, los cuales parecen gente perezosa y pesada; mas ellos han mostrado lo contrario porque lo que dellos hemos experimentado y visto en esta guerra, es que, demás de saber llevar su campo muy ordenado y su carruaje muy recogido, y su artillería en los lugares que conviene, todas las veces que se ofrece hacer diligencia, con todo ello la sabe muy bien hacer.

     Y pues he dicho esto, quiero decir otras cosas que es han experimentado desta nación. Y es que con saber llevar el campo como tengo dicho, se saben alojar muy bien, escogiendo sitios fortísimos y seguros, a lo cual siempre ellos tienen más respeto que a las otras comodidades que se requieren para un campo, porque vimos que en Norling estaban fortísimos, y tuvieron más respeto a esto que al agua, que la tenían bien lejos. En Guinguen y en Ingolstat se alojaron conforme a esta razón; de manera que lo que hemos alcanzado dellos es que saben alojarse seguramente. También hay otra cosa que me parece que tienen bien entendida, que es venir a una escaramuza, a la cual ordinariamente salen fuertes, y sábenla muy bien traer. Comiénzanla siempre con sus caballos ligeros que son los caballos negros que ellos llaman, los cuales toman el nombre de las armas que traen, que son unos arneses negros y mangas de malla, murriones cubiertos, escopetas de dos palmos y unos venablos, de lo cual todo se aprovechan muy diferentemente; y cuando su gente de a pie con la escaramuza tiene alguna necesidad, sabenlo bien favorecer. Así que estas cosas, y aprovecharse de su artillería, hácenlo bien; lo demás de romper vituallas a sus enemigos y dalles armas de noche, hacer diligentemente emboscadas, y otras diligencias semejantes a estas que se suelen hacer en la guerra, no les hemos visto hacer ninguna en esta. He querido decir estas cosas porque me pareció que en este lugar no iban fuera de propósito.

     Esta diligencia que digo hicieron los enemigos ayudados de la noche, y después de la niebla, y eran las doce del día cuando ella se empezó a levantar, y así fueron descubiertos sobre las montaras cerca de Norling, las cuales eran de sitio fortísimo para quien las ocupase. Había entre ellos y nuestro campo una ribera, que en pocas partes se podía pasar, si no fuese como se suele hacer, poniendo caballos a la parte de arriba de la corriente, porque en ellos quebrase el agua y bajase al vado; y esta manera de pasar ejército en vista de enemigos, ni era conveniente ni aun posible; y para pasar por puentes, también era difícil y peligroso. Su majestad a esta hora tenía el campo puesto en orden, y el sol era ya muy claro, y andaba mirando los escuadrones con su toca de camino por estribo. Andando así, llegó a él el duque de Alba, que había ido a reconocer el continente que los enemigos tenían. Dijo a su majestad que parecía que los enemigos querían la batalla, que viese lo que era servido: a lo cual su majestad respondió que en el nombre de Dios, que si los enemigos querían combatir, que él lo quería también Estas fueron en suma las palabras que dijo. Y estando así a caballo porque por su gota no se podía apear, tomó la coraza y los brazales, y llego movió con el campo, el cual iba en esta orden. El duque de Alba llevaba campo vanguardia; iba con él mosiur de Bura con toda su caballería e infantería; y en esta vanguardia iba toda la infantería española y luego iba la batalla que llevaba su majestad, con la caballería de su casa y corte, y bandas de Flandes, que eran con estandartes. Allí iba el príncipe de Piamonte, a quien su majestad había dudo cargo en esta guerra del escuadrón de su casa y corte. Iba también allí Maximiliano, archiduque de Austria, con toda su caballería, y el marqués Juan de Brandemburg con la suya. La infantería de la batalla era el regimiento de Madrucho y los italianos. La retaguardia el gran maestre de Prusia; el marqués Alberto el regimiento de Jorge de Renspurg. La vanguardia llevaba diez y seis o diez y siete mil infantes en tres escuadrones, y tres mil caballos. La retaguardia sería de siete o ocho mil infantes en un escuadrón, y más de dos mil caballos. La caballería destas tres partes se repartió conforme a lo necesario, poniendo los arneses negros en los escuadrones y parte que convenía, y la gente de armas con lanzas todo en su lugar. La retaguardia y batalla iban casi a la par, porque en majestad quiso hacer honra a los capitanes que querían que un día como aquel, en el cual se iba a combatir con los enemigos por frente tan ancha, no pareciese que los dejaba atrás.

     Es menester saber que antes que la niebla del todo fuese quitada, el príncipe de Salmona había comenzado una escaramuza con los enemigos, y a esta hora, que su majestad caminaba para ellos, aún la escaramuza andaba bien caliente, y por esta causa su majestad había mandado a mosiur de Bura que pasase ahora un poco con sus caballos, porque era bien estar cerca de la ribera, si por ventura se ofreciese necesidad de pasarla. Estando las cosas en estos términos, ya la batalla de su majestad estaba casi con el paraje de la vanguardia cerca de la ribera. Allí tomando el Emperador al duque de Alba y a otros capitanes, se subieron sobre una montañuela, donde se podía ver lo que los enemigos hacían, que en alguna manen parecían tener semblante de aceptar la batalla, y descender a lo llano que entre la montaña y la ribera estaba, la cual se procuraba de nuestra parte mucho, comenzándoles una escaramuza de nuevo con unos arcabuceros nuestros que habían pasado el agua. Mas ellos nunca dejaron las montañas, y siempre estuvieron firmes en proseguir el camino que habían comenzado, lo cual era ya tan cerca de Norling, que su avanguardia estaba ya en el alojamiento; y por esto su majestad mandó hacer alto a todo el campo y a mosiur de Bura, el cual comenzaba a probar el paso de la ribera con algunos caballos, lo cual se hacía trabajosamente, por ser el paso muy estrecho. Esto era ya muy tarde; mas aquel día se combatiera sin duda ninguna si la niebla no oscureciera a los enemigos tanto tiempo cuanto fue menester para que ellos pudiesen pasar los pasos donde habíamos de venir con ellos a las manos; en el cual tiempo ocuparon estas montañetas que tengo dicho; y después de ocupadas, si ellos bajaran a lo llano, como se procuraba abajallos, cebándoles con las escaramuzas, aunque fuera con alguna desventaja, porque nuestra caballería había de pasar la ribera y no muy en orden, y la infantería muy mojada, peleáramos con ellos. Mas habiéndoles presentado la batalla así, ellos tomaron otro consejo, tomando sitio para su alojamiento, donde con ejército harto menor que el suyo pudieran estar bien seguros. Ya, como tengo dicho, en tarde; por lo cual su majestad acordó de volver a alojar su campo, y los enemigos hicieron lo mismo en aquellas montañas, aunque aquella noche perdieron hartos soldados y carros que nuestros caballos les tomaron.

     Otro día su majestad acordó de partir con su campo y acercarse a los enemigos; y así, con la misma orden que se había tenido el día antes, caminó la vuelta dellos, y tomó su alojamiento a una milla y medía de su campo, donde aquel mismo día hubo una escaramuza de caballo, la cual fuera grande si el tiempo diera lugar; mas era tan tarde, que aun para alijar el campo no se veía; y así, de ambas partes fue retirada. En esta escaramuza el marqués Juan de Brandemburg con treinta caballos de los suyos peleó muy bien; y uno de los duques de Brunzvic, el cual venía con el campo de los enemigos, fue allí herido, y de las heridas murió después en Norling, y otros algunos que eran hombres de cuenta entre los contrarios, fueron muertos y heridos aquel día, y de los nuestros pocos.

     Allí estuvo el Emperador algunos días, en los cuales siempre buscó medio de hacer daño a sus enemigos; mas ellos estaban en sitio tan bueno y tan a propósito de vituallas, que su majestad conoció que era necesario mudar la razón de la guerra, y no estar perdiendo tiempo, campeando contra los enemigos tan sin provecho; los cuales tenían alojamiento tan fuerte, que para sacallos dél convenía más usar de arte que de fuerza, y así su majestad determinó de buscalla, y acordó que fuese quitándoles el Danubio; el cual era tan importante para cualquiera de los dos campos, que a mi juicio mucha parte de la victoria consistía tenelle ganado; porque las villas que están sobre él son de mucha importancia, por ser señores de las puentes que pasan a Baviera y a mucha parte de Suevia; y en aquel tiempo los enemigos tenían todas aquellas que estaban desde Ulma a Donavert; y así eran señores de grandísima vitualla y tenían los pasos de Augusta muy a propósito. Pues viendo su majestad cómo, ganada aquella parte contra los enemigos, ellos perdían mucho, y él ganaba gran reputación y se hacía señor de lugares muy necesario para dañar Ulma y Augusta, que eran dos muy principales fuerzas de la liga, hizo una cosa muy bien considerada y fue mandar que todos aquellos días siempre se mostrase alguna gente nuestra a los enemigos y una noche envió al duque Octavio con la caballería e infantería italiana y a Xamburg con sus alemanes y doce piezas de artillería; y mandoles caminasen con diligencia a Donavert, el cual estaba de nuestro campo tres leguas; y dándoles orden de la manera que habían de tener, ellos pusieron tan buena diligencia que antes del día estaban sobre la villa, la cual comenzaron de batir sin asestarle artillería, y a escala vista tomaron el arrabal, y luego se rindió la villa, saliendo huyendo por la puente dos banderas de infantería que allí habían dejado de guarda el duque de Sajonia y Lantgrave. Y paréceme que es razón declarar aquí una cosa, porque quien esto le hiere podrá ser que desee sabello: cuántos soldados eran una bandera, o dos o tres, porque muchas ves hago memoria aquí del número de las banderas, y no del de la gente; y así, es bien que se sepa. Una bandera de tudescos lo más ordinario es de trecientos hasta cuatrocientos hombres, y todas las que su majestad dejaba en guardia destas tierras, eran alemanes. Esto entendiendo, no será menester referillo muchas veces. Tomado Donavert dejaron allí dos banderas de guardia, y todo el resto de la gente volvió al campo de su majestad con el artillería. Los enemigos no supieron ninguna cosa desta empresa hasta otro día después, porque aunque estábamos a milla u medía en un campo del otro esto fue también ordenado y con tanta diligencia, que no pudieron tener inteligencia que fuese a tiempo de proveer nada contra ella. Acabado este negocio, que importaba harto, por el sitio que tengo hecho que tiene aquella villa su majestad se levantó de aquel alojamiento, y en un día con todo su campo fue a Donavert, y allí se alojó, teniendo a sus espaldas la villa y a mano izquierda el Danubio.

     Aquel día los enemigos no se movieron, ni pareció más gente de a caballo de la que tenían ordinariamente en su guardia, ni tampoco en ninguna cosa nos hicieron estorbo en caminar; de lo cual yo me maravillo teniendo ellos tanta gente de a caballo siendo pláticos de la tierra, y sabiendo que había pasos que por fuerza los habíamos de pasar no con mucha orden o que queriendo nosotros pasar con ella, habíamos de estar hecho alto y perdiendo tiempo, y desta manera ser forzados de alojarnos. De lo cual se pudieran seguir otros muchos inconvenientes que se suelen seguir de no alojar bien; aunque su majestad había proveído contra lo que ellos pudieran hacer, poniendo el arcabucería española y italiana en lugares dispuestos para ella, y haciendo la retaguardia convenientemente fuerte según la disposición del camino, el cual no daba lugar sino a que el campo caminase muy en hilera, así como tengo dicho. El Emperador llegó cerca de Donavert, donde estuvo aquella noche, y otro día de mañana, por la ribera del Danubio arriba se fue con el campo a Tilinguen, que es una villa del cardenal de Augusta sobre la ribera, con una puente muy buena. Nuestro camino era ancho, por ser todo campaña rasa, teniendo a nuestra mano izquierda el Danubio y a la derecha unos bosques muy anchos y muy espesos los cuales estaban en nuestro campo y el de los enemigos y siempre iban prosiguiendo hasta llegar a acabarse junto al río Prens, que es tres leguas sobre Tilinguen, y entra en el Danubio, y la campaña por donde caminábamos tiene el mismo término. Así que, caminando, llevábamos a nuestra mano derecha estos bosques, en los cuales hay dos o tres caminos, que los han de travesar los que de Norling quisieren venir a Tilinguen. Pues llevando su majestad este camino, se le vino a rendir una villa llamada Hochtet con un buen castillo sobre el Danubio, y después Tilinguen se envió a rendir, la cual había sido tomada al cardenal de Augusta por los enemigos, y tenían dentro della una bandera de guarda, mas ésta se salió subiendo la avenida de su majestad, y él se alojó aquel día con su campo entre Tilinguen y Lauguinguen, la cual es una villa que está una milla más adelante de Tilinguen, con puente sobre el Danubio; lugar fuerte de sitio y de razonable fortificación. En ésta tenían los enemigos tres banderas y la que salió de Tilinguen se entró allí, y con ella fueron cuatro. Mas aquella noche, siendo requeridos por el duque de Alba que se rindiesen a su majestad, respondieron muy bravos, diciendo que no querían, porque otro día esperaban socorro del duque de Sajonia y del Lantgrave; mas viendo aquella noche demostraciones de ser batidos, otro día tomaron otro consejo, y antes que amaneciese salieron por el puente llevando el camino de Augusta. Los burgomaestres de la villa se salieron a rendir al Emperador, dándole por disculpa que antes lo hicieran si la gente de guerra que dentro estaba no se lo hubiera estorbado. En este tiempo su majestad tuvo aviso que el duque de Sajonia y Lantgrave venían, y que traían el camino derecho de Lauguinguen; a lo cual se dio crédito por haberlo dicho el día antes la gente de guerra que en ella estaba, que otro día esperaban ser socorridos; y así, mandó que el campo estuviese en orden para ir a tomar cierto paso, el cual aunque era ancho, y no áspero, era harto conveniente para combatir con los enemigos, los cuales no podían venir por otra parte habiendo de venir a Lauguinguen; y viniendo por allí, no se podía dejar de combatir, o habían de volver atrás, viéndonos a nosotros. Si combatían, su majestad tenía su campo en sitio bastantemente bueno; si ellos volvieran atrás, perdieran su negocio; y así, de una manera o de otra, pienso yo que aquel día se echara a parte esta empresa tan porfiada. Mas estando las cosas en estos términos, la villa de Lauguinguen se vino a rendir, y así se supo de los della que no sólo no se esperaba socorro del duque de Sajonia y del Lantgrave, mas que Xertel había estado allí aquella noche con sesenta caballos, y había sacado las cuatro banderas y llevádolas a Augusta. Luego tras Lauguinguen se vino a rendir otra villa llamada Gundelfinguen, que está asentada cerca del río Prens. El duque de Alba, por orden de su majestad, hizo que Juan Batista Sabelo con la caballería del Papa siguiese a Xertel y a estas cuatro banderas, y envió con él a Aldana y Aguilera con sus dos compañías de arcabuceros españoles a caballo, y a Nicolao Seco con la suya de italianos; y púsose tanta diligencia, que los alcanzaron, aunque Xertol con los caballos ya había ido delante; y con las cuatro banderas tuvieron una buena escaramuza, en la cual les tomaron hartos soldados y tres piezas de artillería que desde Lauguinguen llevaban a Augusta. Con esto se volvió Juan Batista Sebelo al Emperador, el cual aquel mismo día, dejando en Lauguinguen dos banderas, se alojó con todo su campo pasado el río Prens, sobre su ribera, en una aldea que se llama Solten, tres leguas de Ulma, adonde su majestad iba porque teniendo ganadas las tierras que quedaban sobre el Danubio, y habiendo tomado la delantera a los enemigos, quería apretar aquella ciudad, poniéndose en sitio que si ellos viniesen a socorrerla, pudiésemos combatir con ventaja, lo cual estaba claro que ellos habían de procurar, si no la querían dejar perder; y así, ordenó de partir otro día. Mas a la hora que el campo había de levantarse, algunos caballos ligeros que su majestad había enviado el día antes a la banda de los enemigos, vinieron con aviso que caminaban; y fue necesario, hasta reconocer lo que ellos determinaban de hacer, que su majestad no desalojase su campo; y así, envió de nuevo más caballos que reconociesen el camino que los enemigos traían, los cuales habían partido el día antes de su alojamiento sobre Norling, y caminado dos leguas muy grandes, y aquel día quedábales poco camino hasta el alojamiento que tomaron después Y haberse reconocido esto tan tarde, no fue en todo por culpa de nuestros descubridores, que no siendo naturales de la tierra, no eran pláticos della; y así, estuvieron mucho tiempo sin entender a qué parte se enderezaba el camino de los enemigos, y algunos alemanes que trujeron aviso desto estuvieron tan desatinados, que ninguna cosa cierta supieron referir.

     Ya en este tiempo los enemigos estaban tan adelante, que saliendo el duque de Alba a reconocer la disposición de la parte por donde se pensaba que ellos enderezaban su camino, sus atambores se oían muy claros, y comenzaba a parecer alguna gente suya. Y así, su majestad cabalgó con algunos caballeros, y tomando al duque de Alba en su compañía, se subieron a una montañuela donde ya muy cerca venía la vanguardia de los enemigos, la cual traían muy reforzada de gente a caballo, y su infantería a la mano derecha cerca de unos bosques, y algunas piezas de campaña, con las cuales comenzaron a tirar muy bien, porque Lantgrave hace profesión de saberse aprovechar de su artillería, y en esta guerra a mi parecer, o gobernándola él a sus capitanes (que desto yo no sé a quién se debe dar la gloria), ellos han sabido traella muy diligentemente. Después que su majestad hubo muy bien mirado la manera que los enemigos tratan, y entendido que iban la vuelta de Guinguen, que es una villa asentada una legua de nuestro campo, el río Prens arriba, él se volvió a su alojamiento, y los enemigos se alojaron sobre esta villa y sobre el mismo río. Hubo en este tiempo un poco de escaramuza, mas no cosa de mucha cualidad. Aquel día pareció a algunos que fuera bien combatir con los enemigos; mas venidas a sacar en limpio todas las razones, se averigua que cuando se reconoció que ellos estaban en parte donde hubiera lugar para dar la batalla, por ser allí los bosques más abiertos, estaban ellos ten cerca de su alojamiento, que no había tiempo para sacar ningún escuadrón del nuestro antes que ellos llegasen al suyo, ni había lugar de poner en orden el campo, como había de estar, especialmente habiendo de pasar el río Prens, que estaba entre los unos y los otros, tan hondo, que no se podía pasar sin puentes, y para echallas era menester tiempo, porque hablen de ser muchas para que pudiese todo el ejército pasar con la diligencia necesaria, habiendo de combatir. Así que, la falta desto, si fuese falta, estuvo en ser los enemigos reconocidos a tiempo quo ya no le había para hacer cosa con él, y esto fue por hacer los reconocedores tan diversas relaciones, que cuando se vino a saber la verdad, era ya pasada la ocasión, si alguna hubo.

     Yo, considerando muchas veces en las guerras que con su majestad me he hallado, estas cosas, he visto que por la mayor parte siempre han faltado hombres que, aunque pláticos de la tierra y naturales della, hiciesen averiguada relación de lo que a los enemigos tocaba, y por esto muchas veces era necesario andar a tiento, como quien anda a oscuras y conjeturando, por no ser bastantes los avisos que estos descubridores tratan. Yo no sé determinar que sea la causa, sino es lo que César dice de Considio, muy valiente y muy experimentado soldado suyo, que enviándole a reconocer los enemigos, vía a Labieno, capitán de César, en el monte que convenía tener contra los enemigos, y andando Considio mirando y reconociendo aquella gente, satisfecho de habello visto bien, volvió a Cesar, y le dijo que el monte que había mandado a Labieno que tomase, ya lo tenían los enemigos ocupado, y que esto había él muy bien reconocido, porque conoció muy claras las armas y banderas francesas. Este error de Considio fue causa que César estuviese puesto en escuadrón aquel día y no hiciese nada, y que los helvecios (en cuya guerra esto acaeció) tuviesen tiempo de mudar alojamiento a su ventaja; y dice César que Considio, teniendo temor, le habían parecido otra cosa de lo que había visto; y así, había referido lo que le había parecido, habiendo relación diversa de lo que era. Este ejemplo me parece muy semejante a la materia que se trata, porque nuestros descubridores, por no llegar tan adelante que viesen a los enemigos, o después de vistos, teniendo algún recelo, pocas veces han referido tan entera relación como era menester, y esto no falta de diligencia de los que tenían el cargo de mandarlo; y podría también ser que allende del miedo, que ciega en actos semejantes, también la infidelidad de los descubridores o la limitación del premio tuviese la culpa desto. He hecho esta disgresión por parecerme algo conveniente en este lugar.

     Vuelto él hacia a su alojamiento los enemigos hicieron muestra con algunos escuadrones de caballos de venir por un llano hacia él, y habiendo una pequeña escaramuza, como tengo dicho, se volvieron al suyo, el cual, aunque estaba dividido entre sí por algunos valles y arroyos que le atravesaban cada parte del, era fortísimo; porque, como ya se ha dicho, esto sabenlo muy bien hacer.

     Aquel día en la noche su majestad trató en la ida de Ulma, y después de muchas opiniones, finalmente otro día se tomó resolución de mudar el campo, porque se entendió que ya los enemigos habían enviado a Ulma los tres mil suizos y mil y quinientos soldados de la misma tierra, y que esta era bastante gente para defensión de aquella ciudad, la cual estando así, no era razón ponerlo sobre ella, dejando a las espaldas un ejército de noventa mil hombres; los cuales estaba claro que en dejando nuestro alojamiento se habían de poner en él, y ocupado, nos quitaban las vituallas con gran facilidad, porque no nos podían venir por otra parte sino por allí, y quedaban señores de todas aquellas villas que sobre el Danubio habíamos tomado; porque poniéndose donde digo les quitaban del todo la esperanza de ser socorridas. Así que, la razón de ir sobre Ulma, estando proveída y su socorro lejos, fuera necesario mudarse, por estar ya proveída y su socorro cerca, con todas las otras particularidades que tengo dicho. Ya la manera de la guerra se nos habría vuelto en hacella de alojamiento a alojamiento, porque ambos estaban asentados a vista el uno del otro. De esta manera cada día había escaramuzas, y como eran tan continuos los enemigos a salir a ellas, el duque de Alba ordenó que se hiciese una escaramuza algo más gruesa que las ordinarias; y así, otro día de mañana se emboscaron tres mil arcabuceros en el bosque que estaba junto al Prens, hacia los enemigos cuanto seiscientos pasos; y enviando al príncipe de Salmona con algunos caballos suyos, sacó a