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Arte Antiguo
Enrique de Leguina
Madrid
Librería de Fernando Fe
15, Puerta del Sol, 15
1908
Capítulo primero
España, que sobresalió siempre en la práctica de las Bellas Artes, poseía gran cantidad de obras notables, hoy, por desgracia, harto disminuidas. Dominadora del mundo en un período glorioso, supo aumentar el número de las piezas artísticas debidas a sus hijos, buscando, en todas partes, las perfectas producciones del genio. Los príncipes y magnates entendían qua el mejor medio de completar la riqueza de sus espléndidas moradas, era el de embellecerlas con alguna de aquellas joyas, asombro de entendidos y estímulo para artistas: imitaban de este modo a los monarcas, que reconociendo la importancia de las obras de arte, venían empleando los mayores esfuerzos para adquirir las mas celebradas.
La Reina Católica, que tantos monumentos legó a España; Carlos V, protector de los artistas y dueño de riquísimas colecciones de armas(1); Felipe II, que al levantar el templo de San Lorenzo le convierte en un valioso Museo, y Felipe IV, comprando cuadros de Rubens, como Carlos III y Carlos IV, importando, de Italia, verdaderas maravillas, todos acertaron a comunicar un provechoso impulso, que halló, felizmente, eco en las gentes poderosas.
Por otra parte, los prelados españoles, a quienes deben tanto las Bellas Artes y las Artes industriales, pues en épocas de barbarie, o en aquellas otras de perturbaciones qua agitaban la Península hondamente, los artistas hallaban cariñosa acogida y amplia recompensa en el silencio y tranquilidad de los claustros, en los templos y palacios episcopales, contribuían a enriquecer las casas del Señor, con obras de los maestros mas ilustres, propósito noble y levantado, nunca bastante enaltecido(2).
Fue, por consiguiente, la Península española, un abundantísimo depósito de obras de arte, y del uno al otro confín, las iglesias, los conventos, los reyes y los señores, competían en su adquisición y guarda. No es, pues, de extrañar que, tan pronto como comenzó a generalizarse la afición a las antigüedades buscasen ávidamente en España, lo mismo aficionados que especuladores, los preciados restos de aquel extinguido esplendor.
Y eso que, por efecto de ciertas vicisitudes, había desaparecido gran parte de lo atesorado. La política de Felipe II ocasionó la ruina de muchos nobles que entregaron, por bajo precio, objetos preciosos, y en el reinado de Carlos II se vieron los españoles obligados a vender cuanto tenían de algún valor, natural consecuencia de la general ruina que sufría la Nación entera; así decía la Marquesa de Villars, al ver los ricos muebles que se llevaban de Madrid todos los años, «que parecía que la villa había sido entrada a saco».
Más tarde, los resultados de la guerra de la Independencia y las discordias civiles, originaron sustracciones importantes, y si a esto se unen los daños que, constantemente, producen la ignorancia, el abandono y la codicia, se comprende, con facilidad, que se haya reducido la riqueza nacional y se encuentren diseminados, por el mundo entero, muchos objetos de arte que fueron nuestros.
En cuanto a las magníficas colecciones de cuadros, armas y joyas que pertenecieron a Carlos V, no debe olvidarse tampoco la antigua práctica de vender en pública subasta, cuando ocurría el fallecimiento de un rey, sus bienes muebles, para pagar, con su producto, las mandas y legados de sus testamentos, y aun cuando, generalmente, estas ventas reducían en pequeña parte el caudal artístico de la Corona, porque el Príncipe sucesor retenía, por el bajo precio de la tasación, la mayor parte de los objetos, al morir el Emperador hubo una almoneda en Valladolid y otra en el monasterio de San Francisco de Madrid, en las cuales diferentes particulares y mercaderes, adquirieron los magníficos paramentos que habían sido de Maximiliano I y Carlos V, sus trajes de ceremonia, coronas, cetros, capas imperiales, espadas, guantes, túnicas y pectorales, cuajados de finísima y abundante pedrería.
Capítulo II
{c}Museos de armas.- Carlos V y su protección a los maestros armeros.- El Emperador Maximiliano.- Un libro del Duque de Alba.- El «Inventario luminado», de Carlos V y la «Relación de Valladolid»{/c}
La mayor parte de los Museos particulares de armas, traen su origen del siglo XVI, siendo muy contados los procedentes de fecha anterior.
En España fueron famosas la Galería de Cuéllar, formada por don Beltrán de la Cueva; la del ducado de Medinaceli, que, acrecentada con la de Lerma, aún existe; las de Osuna y Altamira, vendidas no hace muchos años; la que a su muerte dejó el pintor Solis, y la de don Fernando de Aragón, duque de Calabria, como, en otras naciones, tuvieron alto nombre la del mariscal Strozzi, la del conde de Erbach y la de Nieuwerkerke, instalada en el Louvre.
Carlos V, que ocupa, indiscutiblemente, el primer lugar entre los monarcas aficionados a las armas de extraordinario mérito y elevado precio, protegió a los maestros más afamados, muchos de los cuales se honraron con el título de Armeros del rey.
Prueban esta afirmación, los encargos hechos a Kollman(3), que estuvo en España el año 1525; las cuentas de Jorge Allemans, por arreglar varios almetes; las de Pedro de Marquet, por dorar guarniciones de espadas de dos manos y otras de estoques y espadas de ceñir ; las de Francisco Vaillidol, por guarnecer bracamartes y armas blancas; las de los Maistres de la chambre aux deniers de Charles V, donde numerosas partidas contienen noticia de las obras hechas para el emperador y de los maestros que las construían; las de Tomas de la Haye, que preparaba las lanzas de torneo; las de Francisco Verdugo, armero mayor; las de Juan Abra, espolonero; las del bonetero Isapo; las de los plumajeros Guiot y Sampson de Hauberghe; las de los armeros Hans Soler, Henry Hings, Guillen Biscop, Henry y Jaime Hughes, maestre Cristóbal, maestre Juan, Jorge Allant, Gómez del Aya y Salvador de Ávila; las de Juan de Adurza, argentero; las de Alonso de la Puebla, constructor de alabardas; las del sillero Antonio Vandeselle; las del cordonero Sebastián Bravo; las del dorador maestre Pedro; las de Micer Archangelo Oliveto, bordador de escudos; las de Alonso de la Pinilla, factor de alabardas; las de Pierre Chanzy, escudero y guarda de la Armería; las de Jehan Verouget, Jehan Bette y Jacques van Laethem, que pintaban y decoraban las cotas de armas, bordonasas y paños de trompetas; las de Gaspar van Laethem, que guarnecía aquellas lanzas(4); las de Juan Alexandre, Artillero del rey, que vendía flechas y otros útiles de arco; las de Juan van Hovorst, que proporcionaba los de las ballestas(5), y las de Pablo Puy, constructor de estandartes(6).
Todo ello demuestra que Carlos V, el famoso capitán, cuyas glorias enaltecen las páginas de la Historia; el rival de Francisco I, al cual provocó, reiterada y bravamente, a personal combate(7); el que humilló el poder militar de Francia; el que hizo entrar sus ejércitos en Túnez y la Goleta y combatir contra Solimán y Barbarroja; el que imponiéndose en Alemania, Italia, África y Flandes, engrandeció su corona, rival de las que en otros tiempos ciñeron Ciro y Alejandro, César y Darío, con posesiones en todas partes del mundo, supo aprovechar la coincidencia de hallarse dentro de sus Estados, los maestros más ilustres del mundo, aquellos que sostenían noble competencia para alcanzar la supremacía en la labra y adorno del hierro, adquiriendo obras de los famosos Plattners, una admirable rodela de Jerónimo Spancini, armas blancas y de fuego de Pellizoni, Pedro Pech, Pedro Marckwart, Figino, Piatti, Ambrogio, Civo, Caremolo Mondrone, Bartolome Campi, Serafino, Frawenbrys, Seusenhofer y otros muchos, y haciendo, por fin, para que todo fuera perfecto, que pintores notables inventaran modelos y ornatos, como todo demuestran los dibujados para enriquecer sus armaduras de parada, por Julio Romano, Durero, Holbein, Burgmair, Hopfer y Diego de Arroyo, que fue brillante ornamentista(8). Y entre todas, y sobre todas estas armaduras, sobresalieron las construidas per Kollman y los Negroli, que hoy, por fortuna, se conservan en la Real Armería, necesarias al César para las fastuosas fiestas públicas y los ejercicios de destreza a caballo, que le dieron renombre de atrevido justador(9).
He aquí lo que cuenta uno de sus cronistas(10):
«1518.- A 14 de Marzo hubo justa real en la plaza de Valladolid, de veinticinco a veinticinco caballeros españoles y flamencos... Duraron estas fiestas desde el jueves hasta el martes de Carnestolendas... Entró el rey en una de estas justas con grandísimo acompañamiento y majestad el martes, y fue la primera vez que justó contra armas... Justó contra él su caballerizo Carlos de Lanoy...
El aderezo que el rey sacó sobre las armas y cubiertas del caballo, era de terciopelo y raso blanco, bordado, recamado de oro y plata, y sembrado de mucha pedrería, obra verdaderamente real. Rompió, el rey tres lanzas en cuatro carreras, aunque le faltaban diez días para cumplir diez y ocho años.
Fue Carlos V singular en usar de las armas y en el aire y postura, tanto que afirman que de él aprendieron los mejores caballeros; que en algunos regocijos de armas quiso entrar disimulado, y luego era conocido por la postura y donaire que tenía».
Había heredado Carlos V semejantes aficiones de Maximiliano I, cuya destreza en esta clase de ejercicios ha sido ensalzada por muchos escritores. En el primoroso volumen publicado por el señor duque de Alba(11), obra con la que el joven escritor presta gran servicio a la Historia patria y descubre acendrada veneración a su ilustre madre, la señora duquesa de Alba, de inolvidable recuerdo para los amantes de los estudios literarios e históricos, se encuentra una carta, dirigida a los reyes, desde Insprugh, a 23 de Marzo de 1498, en la que se lee lo siguiente:
Maximiliano tuvo tan gran pasión por cuanto se relacionaba con la fabricación y manejo de las armas, que el mismo redactó el famoso libro, la Weisskünig o la Educacion del Rey blanco, obra compuesta de 237 planchas, ejecutadas en Augsburgo, con dibujos de Hans Bugmair, que grabó la mayor parte de aquéllas. La Biblioteca imperial de Viena posee un ejemplar de una edición de fecha más antigua, que tiene 13 planchas, que no existen en la impresa en Viena en 1775. Es la relación en prosa, como el Theuerdanck en verso, de los hechos y empresas del caballeresco Maximiliano: su educación, sus amores, sus matrimonios, su gobierno, todo se encuentra allí, y por esto no se publicó hasta después de la muerte del emperador(12).
A las armaduras adquiridas para sus ejercicios de destreza, unió Carlos V algunas piezas de armería, heredadas de sus pasados y las obtenidas como trofeo glorioso de sus campañas heroicas, formando una notable y abundante colección.
Cuáles fueron las usadas por él, cabe determinarlo, fácilmente, con dos testimonios irrecusables, unido uno de ellos a la Real Armería, puede decirse que desde su fundación, y el otro guardado en el rico Archivo de Simancas.
Consiste el primero, al que con escasa propiedad se ha dado el nombre de Inventario iluminado, en una colección de acuarelas, que representan la notabilísima Armería del emperador.
Merced a la exactitud de sus datos, ha sido fácil arreglar muchas de las armaduras que existen en la Galería Real, antes compuestas, malamente, con piezas de distintos arneses, y reformar equivocadas atribuciones, admitidas, durante un largo período, por numerosos escritores extranjeros y nacionales.
El autor de dichos dibujos, pudo ser Juan Vermeyen, inteligente pintor y aficionado a este género de estudios, que acompañó al César en alguna de sus expediciones guerreras.
La colección ha sido publicada en el Anuario de Viena (1889), y en ella figuran mas de 350 espadas.
La brevedad del texto, se suple con los datos contenidos en la llamada, también impropiamente, Relación de Valladolid, que es un documento hecho ante el escribano Juan Rodríguez, hacia 1560, en el concepto de acta de descargo de María Escolastres, viuda y testamentaria del armero Petit Joan, de las «cosas que le fueron entregadas conforme a un imbentario que esta en un libro de que Joan de Ortega hizo demostracion por donde Joan de Ortega había hecho cargo a peticion, por una cédula de su magestad, dada en Bruselas, el año de mill e quinientos a cinquenta a seis años».
Con tales elementos se ha determinado, con bastante precisión, las armas defensivas y ofensivas que pertenecieron al invicto Carlos V, hoy custodiadas en la Real Armería, según puede apreciarse en el extenso Catálogo últimamente publicado.
Capítulo III
{c}La Armería Real.- Felipe II y su arquitecto Vega.- Elementos que constituyen esta colección.- Vicisitudes que ha sufrido.- Los catálogos antiguos.- Errores generales de la clasificación de armas y armaduras.- El nuevo edificio. Los Reyes Don Alfonso y Doña Cristina.- Recuerdos gloriosos{/c}
Nada queda ya en pie del extenso caserón, destinado primeramente a caballerizas, y construido por el arquitecto Gaspar Vega, en la gran plaza del Campo del Rey, frente al antiguo Alcázar, transformado en Palacio regio por Carlos V y Felipe II.
Cuidóse este monarca, con el mismo minucioso esmero que aplicaba a todos los asuntos de su Gobierno, de la fábrica del referido edificio, y en 15 de Febrero de 1559 decía, desde Bruselas, a su arquitecto: «El tejado de las caballerizas de Madrid queremos sea también de pizarra y de la facción de los de por acá: haréis se prevenga la materia para ello... y porque en el dicho cuarto ha de haber mucha gente, y paja, y otras cosas peligrosas para el fuego, sera bien que el primero y segundo suelo sean todos de bóveda, sin que en dichos suelos haya obra de madera sino puertas y ventanas.»
Ocupaba el edificio buena parte de aquella extensa plaza, y se hallaba cubierto con un alto caballete apuntado, revestido de pizarra y escalonado al gusto flamenco, completando la obra un amplio arco, elevado durante la privanza de don Fernando Valenzuela, con la Reina Gobernadora, en la minoridad de Carlos II; pero derribadas las dependencias, en la época de la invasión francesa, quedó sólo el arco y el gran salón de 227 pies de largo por 36 de ancho, que ha servido, durante algunos siglos, de reducido y seguro albergue para las regias colecciones de armas.
Aunque Felipe II residía en el Alcázar, siempre que trasladaba su Corte de Valladolid y Toledo, y en él recibía las visitas de los príncipes, las embajadas de los monarcas y los homenajes de los caudillos, portadores de los gloriosos trofeos de sus victorias, y a pesar de su probada y extraordinaria actividad, no consiguió el poderoso monarca ver, por completo, terminados los proyectos del arquitecto, como tampoco contemplar embellecida su morada, con los buenos cuadros recogidos en el guarda-joyas y en la denominada Casa del Tesoro. A él, sin embargo, corresponde la gloria de haber sido el iniciador de la Armería real, para lo cual hizo traer los arneses del emperador y las armas antiguas, de Corte y guerra, que se hallaban en los depósitos de Valladolid y Simancas(13).
Sirvió, pues, de base principal para organizar este Museo de tan extraordinaria importancia histórica y artística, que puede asegurarse no existe otro de su clase que le, aventaje, la armería de Carlos V, en la que figuraban los trofeos de Pavia, Túnez y Mulhberg, y la particular de Felipe II, tan numerosa como correspondía a su universal renombre de hábil justador, encarecido por fieles cronistas, en las interesantes reseñas de sus viajes y de las suntuosas fiestas en que tomaba principal parte, revelando las cuentas de los espaderos, lanceros y guarnicioneros, la cantidad enorme de armas adquiridas y los centenares de lanzas rotas en las justas y torneos, celebrados en Valladolid, Alcalá y otras ciudades, particularmente desde 1546 a 1548.
Y no limitó Felipe II su propio sitio a conservar el recuerdo de los triunfos de su padre y de su propia destreza, sino que, con levantado criterio, quiso allegar otras armas de inapreciable valor histórico.
Para ello hizo traer de Segovia las espadas del Cid, de San Fernando, del príncipe don Carlos y de don Juan de Austria; lo procedente del rey de Túnez, Muley-Hasem, rico trofeo que estuvo a cargo de Alonso de Herrera y después, de Alonso de Baeza, quien lo entregó en 1559 a Juan Esteveh y François Mengale, guarda-joyas en Yuste; el botín de la memorable victoria de Lepanto y las banderas de la Capitanía de la Santa Liga, regalo de Pío V, hoy de la catedral de Toledo.
Los soberanos que sucedieron a don Felipe, se afanaron en contribuir al engrandecimiento de la Real Armería, llevando a ella no sólo sus armas más lujosas, sino cuantas podían adquirir.
Así se aumentó el ya importante depósito, con lo ganado al enemigo, en la guerra de Sucesión, en las de Italia, Alemania e Inglaterra y en la reconquista de Orán, los ricos presentes que a fines del siglo XVII, vinieron de Turquía y Marruecos y la colección formada por el general Mazones, comprada por Carlos III.
Época fatal para la Armería fue la de los principios del siglo XIX. Por una parte, la invasión del pueblo, que, movido por un sentimiento de noble patriotismo y justa indignación, corrió en busca de armas para combatir a los franceses, hizo desaparecer más de trescientas espadas, entre ellas algunas de las más valiosas, y poco después, José Bonaparte aumentó el desconcierto producido por aquel acto de fuerza, haciendo amontonar en las guardillas todo cuanto encerraba el Museo, para dar en el extenso salón una brillante fiesta.
Así siguieron las cosas hasta que llegado un período de mayor tranquilidad, y ocupando doña Isabel II el trono de sus mayores, encargáronse los señores Zuloaga, maestros de reconocida competencia, de ordenar aquel lamentable desorden, y comenzaron su tarea, salvando de la ruina algunas piezas importantes, gravemente amenazadas por el terrible óxido, nombrándose, además, una comisión que intentó, sin fruto, formalizar un inventario, hasta que redactó don Antonio Martínez Romero el Catálogo, publicado en 1849, más completo que el Resumen, dado a la estampa, por don Ignacio Abadía, en 1793.
Gran elogio merece el citado Martínez Romero, pues aún cuando en las páginas de su interesante libro, se hayan deslizado errores, no se debe olvidar el grado de atraso que, en la época de la publicación, tenía este linaje de estudios, y es preciso reconocer que con su trabajo y el del Glosario que le acompaña, prestó un grandísimo servicio a la Historia y a las artes industriales.
No son justas, por consiguiente, las censuras que, le han dirigido algunas veces, espíritus suplicantes y ligeros, que prescindiendo de sus aciertos, se fijaban, tan sólo, en equivocaciones hijas de la escasa crítica histórica entonces admitida.
Hay, por otra parte, que tener en cuenta, que cuantos escritores se han ocupado del estudio y clasificación de las armas antiguas, incurren en análogos errores, regla tan generalmente observada, que no conocemos una sola excepción.
Los Museos suizos poseen variedad de espadas atribuidas a Carlos el Temerario, que no pasan del siglo XVI y aún del XVII, y armaduras numerosas, clasificadas desacertadamente.
En el Arsenal de Soleure, hemos visto unas piezas modernas, que, se suponían de Felipe el Bueno.
En Inglaterra se advertía igual descuido, a pesar del esmero de sus doctos en materia arqueológica, hasta que Mr. John Hewett, publicó sus notables trabajos.
En el Museo de Armas de Lisboa nos enseñaron como del siglo XIV, una espada que no pasa más allá del XVIII.
Los catálogos de la colección de Ambrás, Arsenal de Viena, Museos de Dresde, Munich, Cassel, Brunswich, Italia y Francia, han incurrido en errores semejantes. No es por tanto de extrañar, que en el redactado por Martínez de Romero los haya también.
Siguió la Armería formando parte del extinguido Patrimonio de la Corona, por generoso empeño del Duque de la Torre, durante el periodo de la revolución iniciada en 1868, y así permaneció algunos años, hasta el de 1893, en que fue trasladada al actual departamento.
Las obras para la terminación de la galería derecha del Real Palacio, comenzaron en los primeros tiempos del reinado de Alfonso XII, movido a ello por su veneración a las glorias de la Patria y su conocimiento de los adelantos de la Arqueología y del culto que la rinden las naciones que caminan a la cabeza de la civilización.
Adoptado el pensamiento de cerrar la plaza con una verja decorativa, continuaron los trabajos, con gran tesón y constancia, por órdenes expresas de S. M. la Reina doña Cristina, que tan noble culto rinde a la memoria del malogrado Alfonso XII.
Al empezar las obras necesarias para la cimentación, quedaron descubiertos dos algibes, procedentes, sin duda, del antiguo Alcázar. Medía el mayor 81 metros de área, en su embocadura, de forma cuadrada y chaflán en uno de los ángulos, siendo su profundidad 2,30 metros, bajo el nivel del Manzanares.
Cuantos materiales viejos existían en las inmediaciones, restos, acaso, del derribo de las antiguas construcciones, arrojados al algibe, sirvieron de base para el nuevo pabellón, y continuando el cimiento con pilas y arcos de ladrillo, se rellenaron con tierra, procedente de las obras de la Almudema, los espacios intermedios entre las traviesas.
Suprimido el entresuelo, que existe sobre toda la planta baja del Real Palacio, aunque simulando ventanas en los muros, para guardar la debida regularidad, se consiguió que el salón destinado a la Armería, alcance una altura de 11 metros, 39,81 metros de largo y 166 de ancho.
En la planta baja, a la que se comunica por una escalera de sillares de piedra, hay otro salón destinado a piezas de artillería y arcabuces, estando el resto dedicado a la guarda de las arenas modernas propias de S. M. y AA. RR. y a talleres de ebanistería y cerrajería, que van a ser trasladados a local distinto, con objets de dejar mayor espacio libre para las arenas.
La extensión de la plaza, 15.000 metros cuadrados, hizo pensar en la conveniencia de aceptar el plan del arquitecto Juan Bautista Sachetti; que en el palacio de Caserta utilizó el patio para jardín, adornando el centro con plantas, arbustos y flores, dostinando al movimiento de carruajes y tropas una calle central de 26 metros y cuatrolaterales, y colocando en los espacios producidos por la intersecciónde éstas, cuatro fuentes; mas el temor de que no quedara lugar suficiente dada la gran concurrencia de tropas y gentes que allí afluyen en determinados momentos, obligó a desistir de este proyecto.
No es la Armería Real un Museo que reúna las condiciones que cabe exigir a un establecimiento digno de este nombre. Faltan, para ello, armas de las primeras épocas, ejemplares del comienzo de los aparatos de defensa, muestra de los progresos obtenidos en la fabricación, según los distintos periodos del Arte, elementos, en fin, que permitan verificar un estudio que pueda ser base de una clasificación ordenada y total. Estas circunstancias las han apreciado, a primera vista, cuantos críticos conocen la colección, y en el último libro publicado acerca de la Armería, dice Mr. Albert T. Calvert: I have not been able to discover a single specimen o fourteenth century armour in the Royal Armoury of Madrid.
Pero son, en cambio, tan notables las pocas armas anteriores al siglo XVI, que sus vitrinas encierran, y en llegando a esta fecha, hay tal abundancia de perfectos modelos, de verdaderas joyas de Arte, que, seguramente, no puede formarse una junta más esplendida, más completa, más interesante, ni más apropiada para apreciar los caracteres singulares del estilo del Renacimiento, desde sus principios a la decadencia, en la industria de la Armería.
Impresiones distintas sufre el espectador, amante de las glorias españolas, al realizar su visita a este Museo.
Grande y grata sensación producen aquellos ordenados recuerdos del gran Emperador, del político Felipe, del héroe don Juan de Austria, aquel armario que guarda su estandarte, los restos de Lepanto, banderas y rodelas turcas, ricos alfanges de dorada guarnición, enriquecida con turquesas enormes, y el traje e insignias de Ali Bajá, almirante turco, que sucumbiendo en la batalla, supo eludir, con la gloria de la muerte, la vergüenza del vencimiento.
Buena figura haría en la vitrina, el bastón del Palacio de Barcelona, que se cree perteneció al insigne don Juan, quien, en efecto, siguió, fielmente, los consejos contenidos en las inscripciones flamencas que le adornan:
Ten a Dios propicio y obrarás altos hechos.
Teme el poder de Dios y evitarás su juicio.
Bajo los relucientes arneses que, con excesiva aglomeración, ocupan toda la extensa sala, latieron corazones esforzados que, para honor de los timbres españoles, recorrieron el mundo, dejando una brillante estela de valor y gallardía. Aquellas armas fueron manejadas con fe profunda, extremado brio y lealtad firmísima.
La epopeya de la Reconquista, los despojos de Muley Hasem, la armería del Emperador, los recuerdos de Pavía y San Quintín, de Ocumba y Lepanto, las armas de los conquistadores del Nuevo Mundo, levantan vientos de heroismo, y la imaginación del visitante, fuertemente impresionada, siente el choque violento de las armas y el fragor de la pelea, pareciendo que aquellos maniquíes se mueven y agitan, y producen confuso rumor, en el que se percibe unánime el grito de ¡Gloria a España!
Mas no todos los recuerdos que a la mente asaltan, son tan lisonjeros y halagadores. Cerca de la puerta de entrada, despierta tristezas sin cuento y amargura profunda en el corazón de los buenos españoles, el doloroso conjunto de las armas y uniformes de Alfonso XII, de aquel Príncipe augusto, de ardiente corazón, bondadosos sentimientos, hidalgo proceder y bizarros hechos. La bandera española, arrollada y envuelta en lazos de funebre crespón, que sirve de marco al principal trofeo, es emblema fiel del dolor de España.
Capítulo IV
{c}España en el siglo XVI.- El Renacimiento.- Arneses del Emperador conservados en la Armería Real{/c}
El siglo XVI puede decirse que constituye el período más glorioso de nuestra historia. Respetada en el mundo entero, poseyendo inmensos territorios, con un régimen interior tranquilo, y Soberanos de cualidades singulares para el gobierno, España ofrecía brillante espectáculo, siendo de notar que sus conquistas y adelantos no se debían exclusivamente, como algunos suponen, al espíritu aventurero de sus hijos, exaltado por el influjo del adelantamiento y riqueza de la Nación, sino al valor personal, la firmeza de carácter, el sentimiento del honor, el amor a la patria, y principalmente a la cultura extremada que daba a los soldados españoles incontrastable empuje, lo mismo en Europa que en el Nuevo Mundo.
Aristóteles decía, que si Grecia hubiera estado unida, con su inteligencia y su valor habría sido capaz de conquistar el Universo; así los españoles, fuertes con el recuerdo santo de la patria y orgullosos de haber nacido en ella, agrupados en torno de sus gloriosos estandartes, los paseaban vencedores en las cinco partes del mundo.
Y a esta triunfal marcha se unía el esfuerzo de tantos sabios, de tantos escritores, que aprovechando el descubrimiento de la imprenta, dejaban volar libremente sus pensamientos, multiplicaban sus trabajos y los divulgaban por el universo entero, haciendo dar pasos gigantescos a las letras y las artes, ayudados por aquellos soldados, que eran a la vez poetas, artistas, historiadores y hombres de ciencia.
En esta época comienza en España el poderoso impulso del Renacimiento, y las obras de sus armeros brillan, generalmente, más por su valor artístico, que, a diferencia de lo que en anteriores épocas ocurría, por la riqueza de los elementos empleados en su construcción y adorno. Es verdad que se trata de un período inolvidable, en el que el menor adorno, la figura más sencilla, el clavo o la llave de una puerta, el herraje de un mueble, revelaban el gusto de un artista o la inspiración de un maestro.
Los armeros de Milán, Venecia y Florencia, que conservaban, de antiguo, su fama de forjar fuertes y hermosas armaduras, elegantes espadas y puñales a la morisca, se vieron imitados por los alemanes, que, en breve, emularon las glorias de aquéllos, siguiendo la misma senda Francia y España.
Existía, además, una constante competencia entre cuantos se dedicaban a la práctica de las Artes, en extremo provechosa, pues cada maestro pretendía que sus obras llevasen un sello especial que aumentase su valor; cada obrero aspiraba a ser maestro.
Tiempos felices en los que quedó, comprobado, plenamente, que:
Un art nèst qùn métier dans une main vulgaire.
Un métier est un art, quand on le sait bien faire(14).
De este período brillantísimo en la historia de las Artes industriales, proceden los arneses del Emperador, conservados, con cuidadoso esmero, en la Real Armería. Ellos nos descubren el período de cambio y transición que, en las armas defensivas, se observa al llegar al siglo XVI. Los equipos de la Edad Media, aquellas pesadas armaduras, con que se revestían caballos y caballeros, van cediendo el paso a otras más ligeras, más esbeltas y más apropiadas a lo que el arte de combatir demandaba, a causa del perfeccionamiento sucesivo de las armas de fuego, y a esta circunstancia venía a unirse, para que la transformación fuera absoluta, la nueva manera de trabajar el hierro, convirtiendo la vulgar materia en elemento y base de maravillosas obras, que causan hoy profunda admiración. A la severidad de las armas de la Edad Media, sólo alterada por los árabes españoles, que empleaban, para las suyas, el damasquinado, las incrustaciones y los metales finos, sustituyó una delicadísima labor, compitiendo con la que, por entonces, empleaban los orífices florentinos, mientras los españoles, inspirados en su propia fantasía, dieron gran desarrollo al estilo, llamado, por su origen, plateresco.
Tan numerosas como interesantes son las armaduras del Emperador custodiadas en la Armería Real y muchas han sido motivo de estudio para diferentes nacionales y extranjeros.
El número de cascos, sillas de guerra, rodelas, piezas sueltas y armas de todas clases que traen su origen de to colección de Carlos V, es verdaderamente extraordinario, sobresaliendo entre todas, el juego de parada, labrado para Carlos V, regalo del Duque de Mantua, compuesto de celada, morrión y rodela, hecha por los Negroli; la famosa rodela en qua aparece representada la batalla de Cartago; la borgotlota, obra de Jos Negroli, con la inscripción: Sic tva invicte Caesar; la rodela con la apoteosis de Carlos V, conocida comúnmente por la del Plus Ultra; la de la Gorgona Medusa(15) descrita de este modo en la Relación de Valladolid: «Una rodela de ataujía, campo negro, y en medio un rostro con unas culebras negras y bordes dorados, guarnecida de terciopelo negro»; la que regaló al Emperador al ilustre Fernando de Gonzaga, catalogada como morisca, es decir, hecha al estilo oriental generalizado en Italia, y otras plazas de armería que descubren fábricas y nombres de maestros españoles, como los lujosos estribos cubiertos de oro, calados y grabados, qua llevan el nombre de Alonso Micergillo, arcabucero que vivía en la calle de la Sierpe, en Sevilla, constando, en la collación de San Salvador, el año de 1834, con otro dorador, Rodrigo, del mismo apellido(16).
Capítulo V
{c}Espadas de Carlos V, de la Real Armería.- Una guarnición atribuida a Benvenuto Cellini.- La «Lobera» de San Fernando.- La espada de Yuste.- Espadas de armas.- Estoques pontificiosos.- Estoques de arzón.- Espadas imperiales.- Montantes.- Espadas de caza{/c}
En el siglo XVI, la espada, compañera inseparable del noble, parece llegar al límite de la perfección, considerada como arma de Corte y guerra, arrogándose todo el mundo el derecho de llevarla, lo que obligó a los Reyes a multiplicar pragmáticas, dando reglas para su uso.
Las guarniciones de sencilla cruz, tienden a desaparecer, viéndose solamente en los estoques de armas, y las guardas y contra guardas, platillos y pomos, forman complicadas empuñaduras, donde se ostentan, en todo su valor, el arte y la fantasía de los maestros más acreditados: armas que hoy deleitan a los coleccionistas y enriquecieron los Museos.
Como perteneciente a Carlos V, y atribuida a Benvenuto Cellini, hubo una en la famosa colección instalada en el antiguo Castillo Señorial de Ambras, de los condes de Andechs, situado en el Tirol, cerca de Inapruck(17).
Desde 1563, pertenecía la archiduque Fernando II, y este príncipe formó la conocida y maravillosa junta de armaduras y armas, más tarde transportadas, en su principal pare, al Palacio del Belvédere, en Viena.
En esta galería, conocida en los siglos XVI y XVII con el nombre de Armentarium Ambrassianum, figuraba, como queda dicho, una preciosa espada, cuya guarnición ha atribuido al ilustre arifice Cellini. En su puño de oro y esmalte, lujosamente adornado, y entre multitud de filetes y hojas de vid, laurel y acanto, en medio de numerosas volutas y banderolas arrolladas, todo figurado por esmaltes opacos o traslúcidos, azules, negros, rojos, blancos y verdes, de matices variados, resaltan cabezas de león y de delfín, y angelitos alados.
Mr. Joseph Aruel ha hecho notar que el Inventario no descubre el nombre de su primer propietario; sin embargo, considera fundada la opinión de los que creen perteneció a Carlos V, a quien pudo ser ofrecida por la Villa de Milán, la segunda vez que la visitó, en testimonio de gratitud por tan señalada distinción.
Aquel escritor no encuentra en la obra el estilo de Cellini, pareciéndole más bien trabajo milanés.
La hoja es de Antonio Piccinino, maestro ilustre, que murió de ochenta años, en 1589, dejando dos hijos, Federico y Lucio, sobresalientes en trabajos de hierro y plata, y en el cincelado de grotescos, hojas, etc., habiendo hecho, por encargo de Alejandro Farnesio y otros príncipes, riquísimas armaduras. No necesitaba el padre, por consiguiente, para montar sus hojas, más elementos de los que en su propia casa reunía.
Algunas de las espadas de la Real Armería merecen estudio, y sin citarlas todas, puesto que están detalladamente reseñadas en su Catalogo(18), vamos a apuntar breves indicaciones respecto de varias, que, por algún concepto, reúnen especiales circunstancias.
Una de ellas es la conocida con el nombre de Lobera.
El erudito escritor Mr. Buttín dice, respecto de ella, en su interesante folleto titulado La Cinquedea de la Collection de Mme. Golds, chmidt.-Bruselas, 1906.
Para admitir la segunda de estas afirmaciones, no hay más dato que el de figurar en algún inventario del siglo XVI; pero ya hace tiempo que el estudio de varios escritores, y principalmente el de D. E. Mariátegui, comprobó, que si bien es exacto que existió en los Aledares de los Reyes de España una espada del Cid(19), hubo de desaparecer en desconocido tiempo, y no guarda, desgraciadamente, la Real Armería, joyas de tan inestimable valor.
Veamos ahora los fundamentos de la primera suposición, o sea la de que la espada de que se trata, marcada en el Catálogo de la Real Armería, G - 21, fuera la de San Fernando, opinión del conde viudo de Valencia de Don Juan, a nuestro parecer, poco justificada, a pesar de su reconocida competencia en la materia.
Es una espada de hoja plana y dos filos, que mide 0,854 milímetros de largo y 0,053 por la parte más ancha, disminuyendo, casi insensiblemente, hasta terminar en punta redonda. Por ambos lados, presenta una ancha estría, ligeramente hundida, y en ellas se ven grabados hechos a punta, que unos paleógrafos opinan son las letras del siglo XII al XIII, que dicen sí sino-non, y otros los califican de meros adornos.
El conde de Valencia de Don Juan cree que es una hoja del siglo XIII, pondera la rareza de las decoradas con grabados, y dice que esta es tan notable por su temple y conservación, que habría pocas que con ella rivalicen.
Admitiendo, pues; que la hoja sea del siglo XIII, aunque no nos parezca muy seguro, precisamente por los grabados y dorados que la adornan, y prescindiendo de la empuñadura, que no es la que, en un principio tuvo, lo cual resulta, evidente, aún para los menos expertos, comienzan los razonamientos consignados en el Catálogo de la Real Armería, de este modo: «La primera noticia de la espada se halla en el Inventario de los Reyes Católicos de 1503, descrita en los términos siguientes: «Otra espada que se dice lobera tiene una canal ancha por medio de cada parte: en la una parte unas letras que dicen no, no; tiene la cruz e el puño de plata blanca, con castillo e leones en el pomo de hierro».
Hace referencia después de las últimas disposiciones de Fernando III; quien dirigiéndose a su hijo menor, el infante D. Manuel le dijo: «Otrosi: pero non vos puedo dar heredad ninguna, mas dovos la mi espada Lobera, que es cosa de muy grand virtud et con que me fizo Dios a mi mucho bien».
Sigue copiando la Crónica de Alfonso el onceno: «Entonces el Rey envió decir a Don Joan, fijo del infante Don Manuel, con un caballero, que po que no pasaban él e los de la delantera el río. Et un escudero que decían Garci Jufre Tenoryo, fijo del Almirante que mataron los moros en la flota, et era vasallo del Rey et iba en la delantera, dixo a este Don Joan que la su espada lobera, que el dicía que era la virtud, que más debía hacer en aquel día».
El conde de Valencia entiende que, dada la directa e inmediata sucesión de padre a hijo y a nieto, como con los textos copiados se prueba, «poseedores todos y cada uno de ellos de un arma con denominación especial, y que siempre es la misma, hay sobrado motivo para dar por cierto no sin prueba mora, muy de tener en cuenta, que la Lobera de San Fernando es la misma Lobera que empuñó el infante don Manuel en la batalla del Salado, considerándola sin duda de gran virtud, como la consideró su abuelo, al donársela en la forma que dejamos dicho».
Añade el conde, que no ha encontrado, con posterioridad a la fecha de 1340, ningún documento que contenga la palabra lobera, a no ser en el referido Inventario de los Reyes Católicos, y para terminar su argumentación, busca la manera racional de interpretar el si-si-no-non, que reza la hoja según el parecer de Morales y Argote de Molina, con el cual se conforma, aplicando a la obscura inscripción, las palabras del cap. 54 del libro Nobleza y Lealtad, compuesto por los doce sabios del Consejo de D. Fernando III de Castilla: «Sennor, el to sí sea sí: e el tu non sea non, que muy gran virtud es al Príncipe, o a otro qualquier ome ser verdadero, a grand seguranza de sus vasallos, a de sus cosas». «Digno lema y propio, en verdad -afirma el conde- para grabarse en la espada de un Rey conquistador, cuyas virtudes le elevaron a los altares».
Y para terminar, advierte, en cuanto a la procedencia de la palabra lobera, que entre los caballeros que acompañaron a D. Jaime I de Aragón a la conquista de Valencia, en 1238, figuraba Guillen Lobera, de quien hace mención aquel Monarca en sus escritos, según las Trobes de Hosen Yaume Febrer.
Mucho han discurrido los aficionados a este linaje de investigaciones, acerca de si la lobera era una espada de caza, o se llevaba con el traje llamado loba, o se designaba así un género de espadas, de determinada forma, o era propio de una sola, a semejanza de lo que ocurría con algunas de paladines famosos en la historia de la Edad Media y en las fantasías de los libros de caballerías; pero de los textos citados por el conde de Valencia de Don Juan, sólo resulta que San Fernando, su hijo D. Manuel y su nieto D. Juan, tuvieron espada lobera, y si esta era el nombre de una clase especial de espadas, como ha habido otras, en distintas épocas, que han sido llamadas bastonas, roperas, flambergas, ginetas, papagorjas, sablas, etc.; nada de particular tiene que los tres príncipes poseyeran alguna de aquella especial forma.
No aclara suficientemente este interesante particular, el párrafo del inventario de los Reyes Católicos, pues si no deja de ser extraño que al reconvenir Tenorio al Infante D. Manuel por lo poco que hacía «la su espada lobera que él dicía que era de virtud», lo cual parece dudar aquel Caudillo, cosa singular siendo nada menos que procedente de San Fernando, es todavía más extraordinario que el susodicho Inventario de los Reyes Católicos nada diga de haberle pertenecido la espada en cuestión, cuando en todos los Inventarios de los Reyes, se indica el origen de las armas, siempre que proceden de personajes ilustres. Así nos hablan de espadas del Cid, Roldán, el Rey Católico, etc., cuyo valor histórico no podía, en manera alguna, compararse con las de San Fernando: reliquias que en aquellas épocas de profunda fe y arraigadas convicciones religiosas, habían de sobresalir entre todas, ocupando el lugar preferente. Los que formaron el Inventario de los Reyes Católicos, de 1503 es bien seguro que al citar la espada con que se dice lobera, tratándose de una de San Fernando lo habrían consignado claramente, del mismo modo que lo hicieron al describir otra, «la joyosa del belcortar», añadiendo: que fue de Roldán.
No es, tampoco, argumento de gran fuerza el de que el Conde de Valencia de Don Juan no haya hallado en documento alguno, después de 1340, la palabra lobera, a no ser en el referido Inventario de los Reyes Católicos, pues sin buscar más allá del siglo XVI, la encontramos en la Historia de Carlos V, por Sandoval, en su libro XXVIII. «De esta manera estuvo Carlos V con algunos caballeros que mandó le acompañasen, armado de su gola y corazas y cubierta una lobera».
Tampoco es muy atinada la aplicación de las palabras del libro Nobleza y Lealtad, pues ni el Inventario de 1503 reza más que no-non, ni ninguno de los que, hasta la fecha la hemos examinado despacio, hemos podido suponer que diga si-si.
Y en cuanto a que un caballero llamado Guillén Lobera, acompañase a D. Jaime el Conquistador, como Rodrigo Sánchez de Lobera sirvió a Alonso VIII y está enterrado en Santiago, no entendemos qué relación puede tener este apellido con la espada del Santo Rey conquistador de Sevilla.
Hay, por tanto, que reconocer, como dice un escritor extranjero(20), en un primoroso libro hace poco publicado, que no se sabe la razón de dar a una espada el nombre de lobera. Nosotros seguimos opinando que se aplicaba a una clase de espadas de especial construcción, y el inteligente D. José M. Florit, Conservador de la Real Armería, nos ha asegurado haber leído en las Cuentas de la Recámara del Príncipe D. Carlos, hijo de Felipe II, una partida pagada por el arreglo de unas espadas loberas.
Por cierto, que el conde de Valencia, en su natural y patriótico deseo de que la Armería Real resulte poseedora de espadas notables, ya que por el resultado de sus investigaciones se veía obligado a privarla de las del Cid, Pelayo, Roldán, etc., indica que también pudiera haber sido de San Fernando, la señalada G. 22, por tener la guarnición las armas de Castilla y León, por ser la hoja del siglo XIII y porque la Crónica de Alvar Garcia de Santa María, al narrar la ceremonia de entrega de la espada de San Fernando al infante Don Fernando, dice que la vaina de la espada estava en pedaços con muchas Piedras preciosas, y como la de esta ríquisima espada está cubierta con cinco placas de plata dorada, con lacerías de carácter árabe, deduce el conde de Valencia, que puede suponerse que provenga de alguno de los monarcas castellanos del siglo XIII, ya sea de Alfonso el Sabio, ya su padre San Fernando.
Que provenga de un monarca esta espléndida arma, es bien probable, pero que no fue de San Fernando, se prueba con los mismos textos que el ilustrado escritor aduce.
La cita de la Crónica del Rey Don Juan II, escrita por Alvar García de Santa María, guardada en la Biblioteca Colombina, no está completa. Tal vez la tomó el conde de alguno de los libros que antes que él la había publicado aunque nos lo indica(21); si hubiera tenido a la vista aquel interesantísimo Códice, leyendo el trozo entero, habría advertido que continúa de este modo: «tiró los brocales de la vayna uno a uno, hasta que los tiró todos quince y la vaina de la espada, antes llamada de Roldan, sólo tiene cinco».
Otra espada original, es la marcada G. 41. Consta entre las dibujadas en el Inventario iluminado, y según el que se formó en el año de 1594, fue la única que llevó Carlos V a su retiro de Yuste.
Guarnición de lazo, con un gavilán torcido, y el otro sirviendo de guardamano, patillas, puente y pomo circular, de dos caras, todo ello barnizado de negro. Forma con la daga, de hoja de cuatro mesas, lo mismo que la de la espada, cruz de brazos vueltos en dirección distinta, y por no estriado por el borde, un conjunto propio de aquel que abandonaba el fausto y galas de la Corte.
Bien se uniría la sencillez y el color de este aderezo de espada y daga, con la severidad del traje usado por el poderoso Emperador, en su retiro de Yuste, a juzgar por el retrato que en la Exposición de Brujas hemos visto, perteneciente al Príncipe de Croy-Solre.
Con sombrero y ropa negra y solo un pequeño cuello vuelto de blanco lienzo, con puntas que caen sobre la ropilla, y sobre las cuales se destaca vigorosamente la encanecida barba, sin otra nota brillante que la del Toisón, pendiente de un lazo negro, confirma por su grave aspecto de prematura vejez, la tradición que asegura fue pintado en el mismo monasterio de Yuste, y dado como recuerdo a un antiguo preceptor. De las llamadas espadas de armas, hay varias en la Real Armería. Por cierto que M. Van Vinkeroy dice que no se puede hacer llegar más atrás del reinado de Felipe II el origen de estas espadas, «que permitían, para un caso decisivo, asirlas con ambos manos». Y sin embargo, en el lnventario de la Armería de Carlos V, 1560, en el hecho por mandado de los Reyes Católicos, 1503, y en el de los bienes del Duque Don Álvaro de Zúñiga, 1463, se hallan citadas con frecuencia, describiéndose algunas esmaltadas y otras con hojas damasquinadas, puños de ataujia, cabos, hebillas y conteras de plata dorada.
Merece por su procedencia, una especial mención, la hoja del estoque pontificio, enviado al Emperador por el Papa Clemente VII, el mismo que le acompañó en su entrada en Bolonia(22). Su hoja, de seis mesas y más de un metro de larga, presenta, por uno de los lados, las imagenes de San Pedro y San Pablo, sobre fondo pavonado, la inscripción con el nombre del donante, y fecha que corresponde al año de 1529.
Antes del siglo XVI debió perder la empuñadura, pues consta sin ella en la Relación de Valladolid, lo cual no es de extrañar, pues hubo de seguir la suerte común de las guarniciones de plata, que desaparecían con frecuencia.
Ya en otro libro nos hemos ocupado de esta clase de espadas(23), y de la costumbre de regalarlas que durante algunos siglos observó constantemente la Corte de Roma, siendo designadas con el nombre de espadas de guión o estoques benditos, y es muy honroso para la historia de las artes españolas, que, a mediados del siglo XV los plateros Pedro Díez el Catalán, y Antonio Pérez de las Cellas, natural de Zaragoza, llevados a Roma por Alfonso de Borgia, ejecutaran la rosa de oro y el estoque que el Papa Calixto III donó a Carlos VII, rey de Francia.
Otro estoque bendito figuraba en la Armería del Emperador, con puño, cruz y vaina de plata dorada y las armas del Papa Inocencio VIII.
El estoque de arzón (G. 14), de larga hoja acanalada, cuatro filos; fuerte guarnición de hierro, sencilla cruz y brocal de cuatro lados; tiene la singularidad de un puño en forma de muleta. El puño es de los llamados de mano y media, porque su longitud permitía tomarle con una o las dos manos, sin perder el equilibrio necesario para, su buen manejo.
Los estoques de armas o de arzón, no dejaron de usarse siempre que a caballo no podía emplearse la lanza, y principalmente para los combates a pie.
Enrique IV declara en una Ordenanza de 1600: «L' espée un peu longuette et roide est fort bonne à chevals».
Aunque, generalmente, se llevaba el estoque colgado del arzón delantero en la silla de armas, a veces pendía del cinturón o cinto, como se representa en un retrato ecuestre de Carlos V, atribuido durante largo tiempo a Van Orley y en la actualidad a Engebrechtszen, que hemos visto en la Exposición de Brujas, presentado por su dueño el conde de Northbrook, y que formó parte de las colecciones Rogers y Baring. Se comprueba, igualmente, con el Inventario del mobiliario, alhajas, ropas, armería y otros efectos de D. Beltrán de la Cueva, tercer duque de Alburquerque, 1560, donde figura la siguiente partida: «Un estoque de armas, de puño largo, con pomo e cruz dorada y azul, y puño de torzales de oro a sirgo morado, e su vaina, e cinto de terciopelomorado», pues esta reseña comprende un aderezo completo para llevarle a la cintura.
Pieza de extraordinaria riqueza hubo de ser, principalmente por el primor de la obra, que debía reunir toda la finura y gracia del estilo del Renacimiento, una espada anotada en la Redacción de Entrega hecha por Gil Sánchez de Baçan, en 1563. Su hoja, que con escudos con las armas de la Casa de Austria, «cubiertos de cristal», más bustos, medallones, columnas de Hércules, águila imperial y, por fin, el «Retrato del Emperador»(24).
Esto de «cubiertos de cristal» hace pensar en que probablemente serían esmaltados los blasones de los Austrias, y confirma este parecer la descripción de otra espada, hecha en el Inventario de Juan de Arphe(25), pues tenía también «armas imperiales esmaltadas en colores .... fue del Emperador y le servía para las entradas y de armar caballeros»(26).
El montante o espada de dos manos, G. 16, de hermosa hoja de cuatro mesas, y largo recazo, con ranura doble y falsa guarda, guarnición de hierro, barnizado de negro, cruz recta, y dos puentes y puño en forma de pera, tal vez sería el que el Emperador llevaba en la batalla de Argel(27) y es muy interesante, pues acredita que su use en España, para combatir a pie, debía ser más general de lo que comúnmente se cree.
Esto lo comprueba las muchas veces que se ven citadas en crónicas y documentos fidedignos(28) y que las armas que en aquellos ejercicios había de necesitar.
Sin embargo, tan sólo tres espadas de caza figuran hoy en la Armería, y son de las que se componen de una larga jabalina, que remata en cuchilla lanceolada, con sencilla guarnición de brazos rectos, puño de cuerda, y aplanado pomo, y marca, una de ellas, alemana, según M. Bernadau, más propias, por su rudeza y sencillez, de monteros y caballeros, según se ven representados en una de las láminas del Triunfo de Maximiliano I, que de monarcas poderosos.
Carlos V, que organizaba cacerías tan ostentosas como las de jabalíes y venados, que, con el duque de Sajonia y otros potentados de Alemania, tuvo en Moritzburg el año de 1544, inmortalizada por el pincel de Lucas Cranach, usaría, sin duda, armas de más lujo, que formasen acertado conjunto con sus vestiduras regias, quizás alguna de aquellas espadas de un solo corte, como la a alemana para venados que no tiene más filos de por un cabón, que se cita en el Inventario de Don Beltrán de la Cueva, hecho en el año de 1560.
Capítulo VI
{c}Espadas del Emperador según los documentos de los Archivos de Simancas y del Real Palacio.- Espadas imperiales.- Espadas moriscas{/c}
En los antiguos documentos de cargo y data que los Archivos de Simancas y Palacio custodian, se encuentran indicaciones referentes a espadas del Emperador, algunas muy dignas de aprecio, por los datos que contienen(29).
Demuestran, sobradamente, estos auténticos papeles, que el Emperador poseía espadas riquísimas, verdaderas joyas de arte, digno complemento del ostentoso traje que acostumbraba a lucir en las solemnes fiestas públicas a que concurría, y en las entradas ceremoniosas en distintas ciudades verificadas(30).
Las espadas a que se refieren las actas de entrega de los bienes de Simancas, y los inventarios hechos de las armas del Emperador, en diferentes fechas, aunque con la brevedad propia de esta clase de escrituras, dan a entender la riqueza de algunas de las espadas del César.
La que figura en el documento rotulado: Entrega hecha por Gil Sánchez de Baçan, 1563, hubo de ser espléndida por su riqueza, y además por proceder, sin duda, de algún afamado artista. Justificaría, por cierto, el dictado de imperial(31) que en aquel documento se la confiere, pues aunque la empuñadura fuese de sencilla cruz, siguiendo las tradicionales líneas de esta clase de guarnición de espada de gala, llevaba en su pomo, de una parte, «un çafir grande en el medio y alrededor cinco balaxes y diez perlas entre ellos y veintitrés alrededor, y de la otra parte, un balax en el medio y cinco çafiras alrededor y diez perlas entre ellas, y un çerco de perlas en que ay veinte y dos perlas y tres pieças de oro pequeño: la una es una rosica en cruz con sus cabos, que es el remate del pomo. Y en medio del puño ay dos balaxes y dos çafiras, y diez y seis perlas, y al cabo del puño ay dos balaxes y dos çafires y ocho perlas. Y al medio de la cruz ay un escudo redondo, en que tiene de la una parte un balax en el medio y alrededor del balax tiene seis perlas: tiene más una esmeralda y cinco çafiras y alrededor de las çafiras diez y seis perlas; de la otra parte del escudete ay una çafira en el medio con seis perlas alrededor, más una esmeralda y cinco balaxes y diez y seis perlas. En los dos brazos de la cruz ay ocho balaxes y ocho çafiras e quarenta y ocho perlas y otras diez y ocho perlas»(32).
La vaina de esta riquísima espada, no desmerecía, en modo alguno, del arma, que había de resguardar, pues en ella se contaba: «De la una parte quarenta y dos Balaxes y quarenta y un çafires y sesenta y ocho troços de a quatro perlas cada troço; mas cincuenta perlas, sembradas por entre las piedras, mas un rótulo en el medio, en el qual ay doce perlas; ansi mesmo tiene de la otra parte quarenta y dos balaxes y quarenta y un çafir y sesenta y siete tropos de perlas de a quatro perlas cada tropo, más cinquenta perlas sembradas entre las dichas piedras y en un rrótulo doce perlas como de la otra parte. La contera tiene dos perlas grandes berruecas y seis pequeñas».
Llama, la atención el gran número de espadas de las llamadas Moriscas, o de la gineta que figuran en estas relaciones antiguas.
La de Alonso de Herrera, fechada en Valladolid, el año de 1555, comprende veintinueve, todas con brocales y conteras de plata; algunas esmaltadas, y texillos de seda y oro, de colores diferentes.
La de Gil Sánchez de Baçan, 1563; cita dos; una de ellas de Florencia; con la guarnición dorada y vainas de terciopelo bordado de oro.
En el Cargo de los bienes que estaban a cargo de Alonso de Baeza, que eran del rey de Túnez, se mencionan veintitrés más, con los puños de hierro dorados y texillos de oro y seda, y otras con puños de cuerno negro y correas de cuero.
Don Pedro I lega en su testamento, 1362, «quatro espadas ginetas, la una la que yo fize con piedras e aljofas».
Boabdil, en la batalla de Lucena, iba «armado de unas fuertes corazas, aforradas en terciopelo carmesí, con clavazón dorada, capacete gravado y dorado, espada gineta guarnecida de plata... etc.»(33) y en el testamento de Don Álvaro Alcalde de Baeza se vincula «una espada gineta, la guarnición plateada, la baina colorada y el tegillo colorado, labrado de oro en ciertas partes y unas borlas de seda colorada, de la que me hizo merced el rey Don Fernando, día de Santa María de la Candelaria, después de venido de la guerra de Navarra con el duque de Alba, la cual dicha espada era de la persona propia del Rey»(34).
Tales eran, en un principio, las espadas denominadas ginetas, zenetas o moriscas, compuestas de elementos diversos, pues si bien sus líneas principales recuerdan el carácter de las de los pueblos cristianos en la Edad Media, la guarnición y particularmente los ornatos, presentan un marcado tipo oriental.
Su forma era constante. Puño, a veces tan corto, que apenas permitía colocar bien la mano, pomo ancho y aplastado, y sencillo arriaz de brazos caídos que se unen a la ancha hoja. Tal puede decirse que era el modelo uniforme, lo mismo para las armas de lujo labradas en plata, oro y esmaltes, que para aquellas destinadas a la guerra de severa construcción que excutaba el empleo de todo adorno, como las usadas por los zenetes de la tribu berberisca de Benú-Marin, que vinieron al servicio de Muhammad I de Granada, a fines del siglo XIII, según la Crónica de Alfonso XI.
Andando los tiempos, y ya en los siglos XVI y XVII, llamábanse espadas moriscas o ginetas, las que se usaban en los ejercicios de caballería, tan propios de aquellas épocas.
Las señaladas en los inventarios del Emperador pertenecen a esta clase de espadas, cuyas condiciones de longitud, peso y forma, las determinan, con exactitud, Tapia y Salcedo, Trexo y otros escritores.
Capítulo VII
{c}El Museo de Antigüedades de Bruselas.- Armas de Carlos V.- Estudios de Mr. Charles Buttin.- La colección Spitzer.- Armas españolas{/c}
EL Museo Real de Antigüedades de Bruselas, conserva, cuidadosamente, algunas armas que pertenecieron a Carlos V, y otras de ilustres personajes españoles.
El Emperador depositó allí el gran estandarte de Francia, honrosamente ganado en Pavía, el aderezo de su caballo, la espada de Corte, usada para armar a los caballeros del Toisón, y los tres guiones que precedieron a sus huestes en la jornada de Túnez. Más tarde aumentaron la colección, las armas de Moctezuma, emperador de Méjico, el arcabuz de la Infanta Doña Isabel, esposa del Archiduque Alberto, y otros trofeos de Don Juan de Austria, el Duque de Alba, el Príncipe de Parma y el cardenal infante Don Fernando. Gran parte de estas riquezas, desapareció cuando los austriacos evacuaron la Bélgica, en 1794, si bien algo se conserva en Viena.
Atribuido a Carlos V, hemos visto lo siguiente:
Un par de guanteletes, grabados y damasquinados en oro. Piezas notables por su adorno de ricos medallones y el lujo con que están construidas, pero no nos parece suficientemente justificado que hayan sido del Emperador, pues el dibujo y principales líneas de sus elementos decorativos, acusan el estilo usado por los italianos al finalizar el siglo XVI.
Una borgoñota relevada, cincelada y dorada. Presenta por uno de sus lados el triunfo de David, y en el otro, la muerte de Holofernes. La cresta y las orejeras, se hallan adornadas con bustos y trofeos, siendo semejante a otra, que, igualmente, se cree haber pertenecido al Emperador, conservada en el Museo de T'Sars-Koé-Sélo. Este asunto de la contienda de David, le empleó el célebre grabador Burgmair, en la barda de un caballo de Carlos V, que se encuentra en la Armería Real.
Un puñal con la guarnición finamente incrustada en oro y, adornada con medallones, arabescos y mascarones de estilo del Renacimiento, pomo ochavado y en su centro un Hércules, un anillo vertical y en medio un lebrel nielado, gavilanes pequeños, encorvados hacia la hoja, de cuatro mesas, que lleva en el talón, marca de una cruz de brazos iguales, mide 25 centímetros y es una arma preciosa por su riqueza y lo delicado del trabajo.
En la Exposición del Toisón de Oro, celebrada en Brujas, hemos tenido ocasión de examinar más detenidamente este puñal, y nos ha parecido, por el carácter general de su ornamentación, posterior a la época del Emperador.
También en la Colección de Spitzer vimos varias veces, una daga alemana, semejante al puñal, por su pomo octógono, gavilanes curvos y anillo de guarda, adornando todo ello con festones, grupos de flores, frutas y mascarones.
En la hoja calada se leía: 1580 Boldvck.
Algún escritor supone que aquel puñal pudo ser obra del famoso armero del Emperador, Salvador de Ávila, que falleció en 1539 y fue de los más notables de Toledo(35). De él decía Villalón: «que en el mundo en labrar el hierro, no ha habido en los pasados su par»; pero en los que conocemos de este maestro, uno de la Colección Spitzer y dos de la Real Armería, no se ve
la indicada mareca, y sí solamente su nombre y la inicial S en un escudete.
El hierro de Spitzer, representa los blasones del Emperador Carlos V.
Entre las columnas de Hércules, de forma de huso, adornadas con follajes y superadas con coronas abiertas, está cincelado el escudo imperial, rodeado del gran collar de la Orden del Toisón de Oro, con el águila de dos cabezas, que presenta, sobre el pecho, las armas de la Casa de Austria. Encima de las columnas, dos banderolas, como volutas y unidas con una cinta, llevan la divisa Plvs ultre, en grandes capitales. El mar, en el que juegan dos delfines afrontados, baña las bases de las columnas, sobre las cuales se lee: De fiero es per sostenere çofrir lo presente, pasado e porvenir. En una gran tarjeta, colocada en la parte inferior, se halla cincelada la firma: Salvador me fizo.
Alto, 0,247 m.- Largo, 0,290 m.
Guarda también el Museo de Bruselas, otro interesante objeto de la misma época.
Es una placa de hierro fundido, de las que se colocaban en el fondo de las grandes chimeneas, procedente de Lavaux. Descuella en el centro, la figura del Emperador a caballo, precediendo de un lansquenete. En la parte inferior, la divisa Plus ultre, y en lo alto, la leyenda: Da mihi virtutem contra hostes.
Mr. Ch. Buttin, que viene, hace tiempo, publicando unos eruditísimos estudios acerca de las armas antiguas, habla en uno de estos, y no de los menos interesantes(36), de una de esas espadas hora sí llamadas, con discutible axactitud, lengua de buey(37), que presenta en su pomo, el retrato relevado del Emperador Carlos V. He aquí sus palabras:
«Esta arma ha sido ya descrita y representada en el periódico L'Art por Mr. Van Vinkeroy(38), quién, en este artículo y en el Catálogo documentado de las armas y armaduras de la Puerta de Hal, publicado en 1885, ha creído reconocer en el personaje del pomo, al Emperador Fernando II, suponiendo que esta daga podía haber formado parte del equipo de algún guardia de honor al servicio de aquel Príncipe. -1619-1637».
«Difiriendo algún tanto nuestras conclusiones de las del citado sabio, arqueólogo, vamos a estudiar esta cinquedea en todos los detalles de su construcción y adorno...»
«La guarnición del arma es toda de hierro, y ha debido de estar completamente dorada, salvo quizás las planchas de plata de pomo, porque presenta restos numerosos de dorado. Además, las partes de hierro que quedan descubiertas, se encuentran decoradas con grabados al agua fuerte».
«El pomo, de forma de cola de pavo real está revestido por uno de sus lados, con una planchita de hierro relevado, de fino trabajo, que representa el busto de un joven, con traje correspondiente al primer tercio del siglo XVI, y las iniciales F II».
«La plancha de plata del lado opuesto, figura, igualmente en relieve, el águila bicéfala de la Casa de Austria».
«El puño, cuadrangular, de ángulos aplanados, tiene sus lados cubiertos con placas de concha rubia, que debían formar conjunto armónico con el dorado de los hierros».
«Los gavilanes, adornados, como el resto, con grabados al agua fuerte, figurando follajes, sobre dos lados del arma, y escamas sobre el frente, presentan, en el escudete: del lado de la plancha con el busto de un joven, el collar del Toisón de Oro, encuadrando un águila de dos cabezas; del lado de la plancha, que tiene el águila de Austria, otro collar del Toisón de Oro, sirviendo de marco a las iniciales F II, que ya hemos visto en el pomo».
«Estos dos collares del Toisón de Oro, lo mismo que las iniciales y el águila, son de distinto trabajo que el resto del grabado y aún de fecha posterior».
«La hoja no presenta las estrías, en filas alternas habituales en las lenguas de buey; tiene, simplemente, en toda su extensión, por ambas caras, una arista, suave, y a cada lado una ranura, tan poco profunda, que es apenas perceptible.
«El recazo de esta hoja no está fijo con roblones, como en las cinquedeas de Venecia, y montura tan poco sólida para la hoja ancha, sólo se concibe tratándose de una espada de Corte o gala. Es, además, de inferior calidad, y todo el conjunto afecta la forma de un objeto decorativo, mejor que la de un arma de combate».
«La punta no está cortada en ogiva, sino que los filos se forman por medio de una curva muy suave, como se advierte en las cinquedeas del siglo XVI».
«Las dos caras de esta hoja, están decoradas con grabados hasta más de la mitad. En medio de los follajes y arabescos, se distingue:
I.° Lado del medallón de plata: a la izquierda de la arista, San Jorge con el dragón a los pies;
A la derecha, San Cristóbal, llevando el Niño Jesús y atravesando un río.
En este mismo lado, debajo de los dos santos, hacia el recazo de la hoja, un medallón circular, en el cual esta grabado un busto de hombre, con sombrero, y las ya mencionadas iniciales F. II.
Desgraciadamente, el grabado ha sido mal rehecho en una época posterior, de modo que no hay que buscar parecido alguno en este busto, suponiendo que le tuviera el primitivo».
«2° Del otro lado de la hoja, en medio de follajes, que terminan en la parte alta con bustos de mujeres:
A la izquierda de la arista, la Virgen y el Niño Jesús;
A la derecha, un sacerdote que tiene un cáliz, superado con una hostia: puede ser San Juan Evangelista, pero no San Juan Bautista, como cree Mr. Van. Vinkeroy, pues éste nunca ha sido representado con un cáliz».
«Es de advertir, que estos personajes tienen un nimbo de trabajo diferente al del Niño Jesús, llevado por San Cristóbal, y que todo el conjunto del grabado de este lado de la hoja, es de una ejecución muy inferior al de la otra parte».
«Debajo de estos dos personajes, en un medallón: las armas de la Casa de Este, no solamente el águila de vuelo bajo, sino el escudo completo, tal como lo presenta Litta. Sólo falta el gonfalón papal, pero el grabador no tenía sitio suficiente para colocarle».
«Una última observación cabe hacer respecto de dos de los personajes: el arcaísmo de los trajes de San Jorge y San Cristóbal, dado el conjunto del arma, que parece provenir del fin del siglo XVI a principios del XVII, y este detalle no ha escapado a la sagacidad de Mr. Van-Vinkeroy, que observa que «San Jorge lleva la armadura alemana del comienzo del siglo XVI». La pesada arma de asta en que San Cristóbal se apoya, a guisa de bastón, especie de buja, parece más del siglo XV que del XVI».
«Los grabados constituyen un problema más, en el estudio de esta arma. Se puede alegar, es cierto, que los artistas del siglo XVI, comenzaban a tener en cuenta el color local y la verdad histórica, pues si cometían el anacronismo, regla general durante el siglo XV, de representar con trajes de esta época, los personajes de la antigüedad, este anacronismo era voluntario. Solamente, los menos eruditos, no teniendo conocimientos suficientes para la restitución exacta de la época anterior, creían hacer bastante, retrocediendo una centena de años en los vestidos y armaduras.
En cuanto al germanismo del traje de San Jorge, este vestido de guerra no es, en absoluto, exclusivo de Alemania, pues si se encuentra en los retratos de Maximiliano, también le llevan muchos señores, en distintos cuadros italianos, como el de la Virgen de la Victoria, del Museo del Louvre, a cuyos pies ha puesto Mantegna, al Marqués de Mantua, con un arnés muy parecido al de nuestro San Jorge».
«La vaina de la daga sólo puede pertenecer a un arma de Corte; no indica señal de gancho, ni la posibilidad de tenerle, y por consiguiente, sólo podía usarse en alguna ceremonia. Esta vaina está cubierta de terciopelo rojo, con boquilla, abrazadera y regatón de grandes dimensiones, piezas de hierro decoradas al aguafuerte, con follajes y trofeos de armas, habiendo estado, en otro tiempo, todas doradas».
«Ahora bien, ¿a quién puede haber pertenecido esta espada?
¿Quién es el personaje designado con las iniciales F. II, repetidas en el pomo, en la hoja y en los gavilanes?
He aquí diferentes cuestiones, que parecen exigir distintas soluciones».
«Si nos atenemos a los blasones de la Casa de Este, y buscamos entre los miembros de esta familia creemos que el único al cual se podrían aplicar aquellas iniciales, sería Francisco II, Duque de Módena, de 1672 a 1674, bajo la tutela de su madre y después hasta su muerte, ocurrida en 1694 . Pero aún cuando el arma pertenezca a una época de decadencia, el conjunto resulta más bien de los alrededores del 1600. Además, sin tener para nada en cuenta el estilo de la espada, ni el traje del personaje del pomo, que parece aún más antiguo, resulta imposible suponer que niguno de los bustos represente a Francisco II. Este sobrino de Mazarino, por su madre, excesivamente imitador de las disolutas costumbres de la Corte del gran Rey, usó siempre la peluca que estaba en moda cuando él, aprovechando, en 1674, un viaje que su madre hizo a Inglaterra, salió de la tutela, detalle suficiente para prescindir de dicha atribución, pues ninguno de los personajes de los medallones, lleva peluca».
«Pero, entonces, ¿a quién se refiere esta cifra? Estudiado, atentamente, el medallón de plata del patio, ofrece una particularidad que puede servirnos de guía. Debajo de las iniciales F. II, se distingue las letras C. V. La C. debajo de la F. y la V precediendo al II. Las letras C. V han sido martilladas y hundidas y hay otras F. II, relevadas después. Este trabajo, hecho necesariamente por el revés de la plancha, hace suponer, o, que la substitución fue realizada antes de montar la guarnición, o que la planchita ha sido arrancada para modificarla y colocarla otra vez en sus sitio».
«El traje, muy lujoso, que lleva el personaje desconocido, es de principio del siglo XVI, y su perfil, de saliente mandíbula, recuerda el de Carlos V. En la Colección Spitzer, hemos visto un medallón de boj, finamente labrado, representado a Carlos V joven e imberbe, con la inscripción: Carolus Dei Gratia, Romanorum Imperator Aug., y debajo la fecha de 1520. En la cabeza, en lugar de la toca del medallón de la cinquedea, lleva un gran sombrero, ladeado y rodeándolo a modo de aureola, pero el perfil es idéntico al de la espada que estudiamos. La comparación de ambos, no deja lugar a duda; es la cabeza del adversario futuro de Francisco I».
«Felipe II tenía, ciertamente, el mismo perfil que su padre, y su nombre coincide con las iniciales F. II, pero el traje del personaje parece anterior al año vigésimo del prudente hijo de Carlos V, y además no podría explicarse la C.V visible bajo F. II».
«No conocemos medalla alguna que haya podido servir para preparar la matriz en la que ha sido construida la plancha, pieza, por esto sólo, de verdadera rareza. Hemos buscado, además, aunque sin fruto, en el Gabinete de Medallas, de París una cabeza de Carlos V, que ajuste exactamente, con la de la plancha. Una gran medalla de oro de esta colección, le figura haciendo frente a su madre Juana la Loca. Del mismo perfil, tiene la cabeza descubierta, y es el único Carlos V imberbe, que posee el Gabinete de Medallas.
Más afortunado que nosotros, M. de Prelle de la Nieppe, el erudito Conservador de la Puerta de Hal, a quien habíamos dado conocimiento de nuestras investigaciones, y que nos ha ayudado, con extremada complacencia, ha encontrado en el Gabinete de Numismática de Bruselas, una medalla de Carlos V, igual traje, tocado y postura, que el busto de la placa del pomo. El collar del Toisón que la figura de la medalla lleva encima del vestido, sólo aparece en la planchita de plata, en el hueco que deja la abertura del traje, y siendo ésta la única diferencia, cualquiera duda que pudiera caber después de la comparación con el boj de Spitzer, esta medalla bastaría para desvanecerla por completo».
«¿Cuándo y cómo, el medallón ha sido colocado en el pomo? Si hubiese guardado sus letras primitivas, supondríamos, desde luego, que había sido engarzado desde el origen del arma, pues existen numerosos ejemplares de armas, decoradas con el retrato de un soberano al cual jamás pertenecieron».
«Pero el martillado de las letras C.V. y su sustitución por las F.II, parecen indicar procedimientos de falsificación. Quizá esta cinquedea tenía en su pomo, como otras armas de la misma serie, el medallón-retrato de un duque de Este.
Es posible, que un restaurador ignorante, queriendo reemplazar un medallón extraviado y tomando los blasones de Este por el escudo imperial, haya utilizado una planchita que él tuviera, engastando en el pomo el busto de Carlos V y el águila del imperio, y después, viendo que, a pesar de todo, resultaba imposible atribuir el arma a la época de la juventud de Carlos V, haya labrado las letras F. II sobre el medallón, los gavilanes y la hoja. Después habrá repasado el retrato de la hoja, para harmonizarle, de cualquier modo, con el del pomo, resultando así el aspecto híbrido y extraño del arma».
«El falsario que ha hecho esto, habrá sido, probablemente, el autor de la Cinquedea del Museo de Berlín, copiada, sin duda, de un original que aún no conocemos. Su pomo tenía una planchita de plata, semejante a la de la cinquedea que venimos estudiando y con las mismas letras F. II que ha desaparecido, de suerte que el Museo de la Puerta de Hal, posee el único ejemplar que hemos podido encontrar; pero el mástil sobre el que estaba montada la de Berlín, ha guardado la impronta, de modo Suficiente para acreditar su identidad con la de Bruselas».
«Las dos armas han sido vendidas, atribuyéndolas a Fernando II, y así las registran Hilte en su Catálogo (núm 282) y Vinkeroy en el suyo, pero semejante supuesto se halla en abierta contradicción con los blasones de Este.
Si tuviéramos que buscar entre los príncipes de esta casa, a cual pudiera haber pertenecido un arma, con grabados tan genuinamente religiosos, sólo encontraríamos a Alfonso III, segundo duque de Módena, hacia 1629, en el momento en que, dominándole las ideas piadosas, después de la muerte de Isabel de Saboya, su virtuosa mujer, se decidió a tomar las órdenes, pues el estilo del arma no permite remontarse a los dos cardenales Hipólitos de Este, muerto el último en 1572.
Los elementos de apreciación son demasiado vagos para poder aventurar siquiera una hipótesis, y debemos limitarnos a exponerlos sin formar deducción alguna».
«Hagamos constar, únicamente, que la planchita de la cinquedea de la Puerta de Hall, única, a consecuencia de la pérdida de la de Berlín, resulta un buen medallón de Carlos V joven, que por el hecho mismo de su rareza, y también por su ejecución, es precioso bajo todos los aspectos. En cuanto al arma en sí, las numerosas restauraciones sufridas, imponen una gran reserva, haciendo difícil formar juicio definitivo».
Hasta aquí el erudito trabajo de M. Buttin, y sólo podemos añadir que en la misma colección Spitzer, tuvimos ocasión de ver otros medallones de boj del siglo XVI, muy interesantes. He aquí nota de ellos:
Carlos V, perfil a la izquierda, con ancha toca, el cabello largo y vestido con pespunte y manto; tiene en una mano los guantes, en la otra una granada y al cuello el gran collar del Toisón de Oro. Inscripción: Charles, R. de Castille, Leon, Grenade, Arragon, Naverre, Cecille. Diámetro, 0,077 milímetros. Trabajo flamenco.
Otro alemán. Busto de perfil a la izquierda, cabello corto, barba larga, laureado y vestido con una coraza a la antigua y las insignias del Toisón. Alto, 0,031 m. Ancho, 0,025 milímetros.
Otro alemán. Perfil a la derecha, barba larga, cabello corto, vestido con pespunte y manto y sobre el pecho el Toisón. Diámetro, 0,026 milímetros.
Otro, peón de juego de damas de madera y pasta. Busto a la derecha, barba larga y cabellos cortos. Vestido como el anterior. Leyenda: Carolvs imperator. Trabajo: alemán del siglo XVI. Diámetro, 0,054 milímetros.
Otro también de juego de damas y de la misma época, procedencia y traje, variando sólo la leyenda, que dice: Carolvs Dei Gracia Caiser. Diámetro, 0,053 milímetros.
Otro labrado en piedra de Munich, trabajo alemán del siglo XVI, con Carlos V de perfil a la izquierda, imberbe, cabello largo, cubierto con toca y manto, del cuello pende el collar del Toisón. Diámetro, 0,041 milímetros.
El primero y el último de estos medallones, confirman plenamente la fundada aseveración de M. Buttin, de que el busto representado en la cinquedea es el del Emperador Carlos V.
Forma, por último, parte del notable Museo de Bruselas, una buena colección de espadas, dagas y partesanas españolas.
Sobresalen, entre las primeras, una de principios del siglo, con doble guarda y contraguarda, grabada y dorada, hoja de seis mesas; otra de igual tipo, incrustada de oro y plata; otra nielada y concha calada, con la inscripción In te domini; una espada de armas, de fin del siglo XVI, con hermosa guarnición, nielada, figurando su labor mascarones y follajes, gavilanes encorvados en sentido inverso, guarda y contraguarda de cinco vástagos, pomo oval, hoja de seis mesas y el punzón del armero toledano Gil de Almáu; y otras muchas en las que se ven las marcas de Pedro de Belmonte, Sebastián Hernández, Tomás de Ayala, Alonso de Salazar, Domingo Rodríguez, Juan Martínez, Lope Aguado, Enrique Coll, Hortuño de Aguirre, Francisco Ruiz, Francisco Pérez, Francisco Lorevi, Juan de Uriza, Nicolas Ortuño de Aguirre y Sebastián Hernández.
Llaman con justo título la atención, muchas dagas, algunas de guarnición calada; un puñal con empuñadura del siglo XVI, cuyos gavilanes terminan en cabezas de carnero; una partesana cubierta de adornos a cincel, entre los cuales se destacan una quimera y varias cabezas de animales, y algunos preciosos cinturones para traje civil, con los hierros finamente cincelados, uno de ellos firmado por Alonso Martínez.
Merecen además, mención, la armadura de guerra, alemana, adornada con tiras grabadas al agua fuerte, y con piezas de refuerzo para justar, adquirida en España el año de 1839, que pesa 38 1/2 kilos y se dice haber servido a Felipe II.
Casco del siglo XVI, de base cilíndrica, terminando en punta y decorado con hojas relevadas y doradas, de carácter oriental, extremadamente parecido a otro de la Armería Real de Madrid.
Silla de guerra española del siglo XVI. Sus placas de hierro se hallan enriquecidas con bandas grabadas. Sobre el cuero se leen las siguientes inscripciones:
1ª. Condado de Belchite.- Leg. IV. Don Luis I, Senor de Hijar.- I.er. Conde de Belchite.
2ª. Condado de Belchite.-Leg. V Don Luis II. Senor de Hijar.- II Conde de Belchite.
3ª. Ducado de Aliaga.-Leg. I. Don Juan Ferz. de Hijar. Duque y Sr. de Hijar. Fundador y I.er Conde Duque de Aliaga.
Otras piezas de menor importancia, aunque interesantes para nosotros por su procedencia española, figuran en este Museo, como son algunas espuelas incrustadas de plata, del siglo XVII; otra dorada del siglo XVIII, con estrella de siete puntas; un gocete de lanza, adquirido con la reseñada armadura alemana y del mismo estilo de ornamentación; un puñal del siglo XVI; un cuchillo que tiene en el puño una pequeña caja, cuya tapa cincelada sirve de sello, y varias dagas del siglo XVII.
La Sección de armas de fuego, da nueva muestra de la pericia de los maestros españoles, descollando entre ellas, un mosquete de Toledo-1607; otro que en su punzón dice: Santos-Madrid, y en otro Ovira; un fusil de cañón nivelado y caja enriquecida con embutidos de hilillo de plata, que forman flores, frutos y rosetones. Su inscripción: En Madrid-Cáceres, con corona de marqués; otro de Oviedo-Agustín Uergara-1798, arma de gran lujo, que parece fue ofrecida al Príncipe de la Paz, por la villa de Oviedo; un trabuco con el punzón de Domingo Mas; un par de pistolas de Diego Bentura, Madrid, 1731; varias platinas de Jose Cano, Madrid, 1733; Agustín Bergara, Pamplona, Nicolás, Madrid, 1693, y Miguel de Zegarra, 1781; dos culebrinas con las armas del Emperador(39) y la divisa Plus oultre, 1551; una de Remigio de Hant y otra de Tomás Rausbergh; otra culebrina de Felipe II, con cruces de Santiago y la leyenda laspar Nanden Niewelenhuisse, 1594; las tres estuvieron colocadas en los parapetos de Montmédy -como en Termonda, había algunos cañones de bronce, con las armas del conde de Monterrey, 1672, y otros con las de D. Diego Messía, 1624;- un cañón de 3,16 m. de largo, 1736, que lleva los blasones de Don Carlos de Borbón y presenta las siguientes inscripciones: Hieronimus Castro Novo Fecit Neapoli.-Servatur imfierium-Real Marina; y otro cañón de bronce que pesa 345 kilogramos con esta leyenda: Sevilla, a de Junio de 1790. Cobre de Mexico -Nutra.
De la colección belga de Mr. H. Duyse, formaba parte una espada de hoja plana, adornada con la cifra de Carlos V, pero de esta breve referencia, tomada de un Catálogo moderno, no podemos deducir ni la importancia del arma, ni hasta qué punto cabe creer que haya pertenecido al Emperador.
Apéndices
- I -
{c}Armaduras del Emperador Carlos V, de la Real Armería, según el «Catálogo» publicado en 1898{/c}
Arnés alemán de justa y guerra de bordes adiamantados, labrado por Colomanus Helmschmied, de Augsburgo, aquel maestro de quien dijo Zapata, en su Carlo famoso:
Arnés de justa real, blanco, conocido con el nombre de El de Valladolid, obra del mismo Colman.
La corrección de sus líneas recuerda la gallardía de las armaduras del período ojival.
Arnés de guerra a la ligera, que estuvo pavonado de negro y se atribuía, equivocadamente, a Juan de Padilla.
Arnés llamado de Tonelete de hojas de roble. Obra del maestro Colman, que presenta la singularidad de tener solamente para la celada, seis piezas de cambio y refuerzo.
Arnés de Volutas flordelisadas, trabajo de Colman, que sirvió de modelo para uno de los retratos del Emperador, hecho por Ticiano.
Arnés conocido por el de Tonelete de cacerías.
Arnés llamado de eslabones, obra de Colomanus Helmschmied.
Arnés ligero de guerra, llevado por Carlos V a la conquista de Túnez. Venía siendo atribuido a Hernán Cortés, sin que hubiese razones para ello. Trabajo de Caremolo Mondrone, maestro milanés.
Arnés ligero de guerra. Del mismo Mondrone, ricamente adornado con labor de oro. En la Relación de Valladolid, se le incluye de este modo: De ataujía por banda pavonada de azul.
Arnés de guerra de los cuernos de la abundancia. Estuvo pavonado de negro. Se cree obra de Desiderio Colman.
Arnés designado con el nombre de fajas espesas. Parece de Desiderio Colman.
Arnés forjado por los hermanos Negroli, de Milán, en 1539, llamado de los mascarones. Es la panoplia que descuella sobre todas las del Emperador, por la gran belleza artística de su ornamentación.
Arnés de infante, labrado a la mitad del siglo XVI, con finísima labor de ataujía de oro.
Arnés ligero, incompleto desde la expedición de Argel (1541).
Arnés ligero de guerra, obra de Desiderio Colman.
Arnés de guerra italiano, labrado de ataujía, a listas de oro, que alternan con otras de plata.
Arnés de guerra de Mulhberg. Carece de punzón y tiene todo el carácter de las obras alemanas. Sirvió para retratos de Pantoja (?), Ticiano, una estatua de mármol que existe en el Museo del Prado y algunos grabados.
Armadura romana, de Bartolomé Campi (Pésaro).
Se supone que perteneció a Carlos V, aunque no hay documentos que lo comprueben y la argumentación del Catálogo de la Real Armería, deja subsistente la duda. El Inventario de 1594 la incluye entre las del Emperador, del siguiente modo: «Otro arnés a la antigua a manera de trofeo de martillo negro».
- II -
{c}Espadas del Emperador Carlos V conservadas en la Real Armería, según el «Catálogo» de 1898{/c}
«G.3. Estoque imperial de Carlos V. La hoja (lo único que se conserva) es almendrada, sin recazo y ligeramente acanalada en la primera mitad. Cerca de la espiga tiene, por un lado, una hojarasca grabada y dorada de carácter germánico, que termina con las columnas de Hércules y el lema Plus ultra, y por otro, un Hércules luchando con el león de Nemea, con igual adorno y los mismos lema y empresa que los citados. En el centro se ve por ambos lados el águila biceps y la corona imperial. Largo de la hoja: 0,960; ancho: 0,050».
«Las dos marcas pertenecen, según Cronau, a un espadero de Solingen, en Alemania.
La guarnición que lleva no es la suya.
La forma del pomo flordelisado, y la cruz con remates de plata agallonados que terminan en cabecitas de león, indican origen más antiguo: del siglo XV».
Su primitiva empuñadura, que aún la conservaba a principios del reinado de D. Felipe III, debió ser de notable gusto y riqueza, a juzgar por la reseña que de ella hizo el afamado platero Juan de Arfe, al tasarla entre las joyas de D. Felipe II, y que está concebida en los términos siguientes:
«Una espada, que la hoja tiene grabadas y doradas las águilas imperiales, con las columnas y letra de plus ultra; tiene cruz, pomo, puño y vaina de plata dorada y a partes esmaltadas de negro; la cruz es de dos figuras de mujeres y dos mascarones por remates; el puño está labrado a la morisca; el pomo tiene cuatro figuras de mujeres, y en el recazo cuatro lagartijas, y por la una parte del recazo un mascarón. En la vaina tiene el retrato del Emperador con la letra del plus ultra y las águilas imperiales, con un escudo de cristal, pintadas en el las armas imperiales, etc».
«G.6. Hoja de un estoque pontificio, enviado al Emperador Carlos V por el papa Clemente VII. Es de seis mesas; tiene 1,240 de largo por 0,048 de ancho. En la canal del primer tercio, se ven grabadas, sobre fondo pavonado, las imágenes de San Pedro y San Pablo, y después la inscripción siguiente: Clemens VII. Pont. Max. Anno VII. Esta fecha corresponde al año 1529".
«En el Inventario iluminado del Emperador, la dibujaron cuando ya estaba sin guarnición y con la espiga doblada, tal como hoy se encuentra, y en la Relación de Valladolid la describen así: Otra espada a dos manos que era del papa Clemente, desguarnecida, en la hoja una letra que dice: «Clemens setimus pontifex maxime».
«G. r4. Estoque de arzón, del Emperador Carlos V, de hoja larga acanalada, con cuatro filos hasta la punta. Lleva la marca, rellena de cobre, llamada en España del «perrillo», y en Alemania «del lobo»: la primera atribuida al célebre espadero español Julián del Rey, y la segunda a espaderos de Passau y de Solingen, sin que hasta ahora haya sido posible distinguir en absoluto unas de otras. La guarnición es de hierro dorado a sisa, de cruz con brocal cuadrangular para que entre sobre la vaina, y gavilanes cilíndricos, cuyo grueso es más abultado por los extremos: el pomo tiene forma de muleta. El guarnecido de seda negra del puño, no es de la época. Largo de la hoja: 1,150; ancho: 0,013».
«Este estoque, si bien pudo haber pertenecido a D. Juan de Austria, como se dice en el Catálogo de 1849, debe proceder de su padre, porque está dibujado entre las espadas del Emperador Carlos V, que figuran en el Inventario de sus armas, y porque, cuando fueron entregadas en Valladolid, en la Relación notarial está citado de esta manera: «Un estoque largo quadrado con una cruz, pomo dorado».
«G. 16. Montante del siglo XVI, para combatir a pie, procedente de la Armería del Emperador Carlos V.
Tiene una hermosa hoja de cuatro mesas, recazo largo contorneado con doble ranura y falsaguarda, y siete cruces alineadas, que acaso sean la marca del espadero. Largo de la hoja: 1,180; ancho: 0,048.
La guarnición es de hierro barnizada de negro, con cruz de gavilanes rectos, terminado en botones aplanados y dos puentes: el pomo está forrado de cuero.
Figura, con notable exactitud, en el Inventario iluminado de Carlos V y está citado en la Relación de Valladolid».
«G. 26. Espada estoque del siglo XV con guarnición de principios del XVI. Es la hoja ancha en su nacimiento y de lomo ligeramente acanalado hasta la punta. Junto a la espiga tiene grabados, sobre fondo de oro y entre flores de cardo, por un lado la imagen de San Cristóbal y por otro la de Santa Bárbara. Largo: 0,810; ancho máximo: 0,055».
«La empuñadura es alemana. De hierro dorado y grabado, con cruz de brazos rectos, que terminan en aros o anillos; el puño de madera y el pomo cuadrangular, de dos fachadas. En la entrecalle que rodea el florón del centro de dicho pomo, se lee por ambas caras la siguiente inscripción en alemán: Hila Jesvs vnd Maria [Benditos Jesús y María]. Esta guarnición perteneció a Carlos V: aparece dibujada con primitiva hoja en el Inventario iluminado de sus armas y descrita en la Relación de Valladolid, en unión de otra que no existe, en estos términos: «Dos espadas anchas esclavonas, con pomo y guarniciones doradas, las guarniciones revueltas de una cruz».
«En el Catálogo de 1849 (número 1.654) se atribuye, sin prueba alguna, a San Fernando».
«G. 33. Espada de armas italiana, del Emperador Carlos V, de ancha hoja de seis mesas, de las cuales la del centro y el recazo están damasquinados de oro. Aunque recortaron dicho recazo, se ven los punzones. Largo: 0,850; ancho: 0,044.
La guarnición es de hierro forma de cruz, con sencillos adornos de ataujía de oro; los brazos de arriaz, vueltos en opuesto sentido, terminan en volutas, a semejanza del pomo. Del escudo de la cruz, sale una elegante concha cincelada para proteger la mano. Esta espada pertenece a la armadura del Emperador llamada de los mascarones relevados, y fue hecha por los famosos armeros milaneses, los Negroli, en 1539, como fácilmente se comprueba comparando los adornos y la mano de obra con los de dicha armadura: además está comprendida en la reseña que de ésta se hace en la Relación de Valladolid».
«G. 34. Espada de armas del Emperador Carlos V, de bella y fuerte hoja de seis mesas, de igual hechura y fabricación que la anterior: los arabescos de ataujía de oro que la decoran desde el recazo hasta la punta, están desgastados.
En ambos lados del recazo, aparecen marcas nieladas en oro, semejantes a las de otras hojas de espadas que se custodian en los Museos de París y Turín, y que aún no han sido interpretadas.
La guarnición es de acero labrado de ataujía de oro y plata, a rayas verticales menudas, alternando con hojas de acanto, igual en todo a la ornamentación de la armadura nielada en oro del Emperador, de la que, sin duda alguna, forma parte. Se compone de arriaz de brazos torcidos en dirección opuesta; de dos patillas con pitones al recazo; de guardamano al pomo, y de una pontezuela interior. El pomo es elíptico con facetas y el puño está revestido de seda y plata».
«G. 37. Espada de armas, procedente de la Armería del Emperador Carlos V, con hoja de cuatro mesas, acanalada desde la espiga al centro. Lleva esta inscripción: Ioannes me fecit, que acaso sea Juanes el viejo. Largo: 0,950; ancho: 0,030.
Guarnición de hierro dorado y cincelado, de cruz de brazos torcidos en sentido opuesto, ensanchando por los extremos; dos patillas con pitones al recazo, y una pontezuela interior. El pomo es circular, de dos fachadas, con estrías concéntricas. La verdadera procedencia de esta arma, como la de otras dos semejantes, que reseñamos a continuación, consta en el Inventario Iluminado de Carlos V, donde están dibujadas, y donde dicen, que eran en número de veinticuatro, con hojas valencianas y sus correspondientes dagas: de éstas se conservan ocho en la Armeria(40).
Por eso no nos parece que anduvo muy en esto cierto, quien dijo en el Catálogo de 1849, que esta espada perteneció al ilustre caudillo Sancho Dávila».
«G. 38. Espada de armas, procedente de la Armería del Emperador Carlos V, con hoja de seis mesas, acanalada desde la espiga hasta el centro, donde se halla una marca de armero desconocido. Largo: 1,000; ancho: 0,030.
La guarnición es idéntica a la anterior, y existen las razones expuestas para desechar el concepto de que perteneció al célebre capitán Juan de Urbina».
«G. 39. Espada de armas de la misma forma y origen que la de G. 37: únicamente se diferencia en que la hoja es rígida, de cuatro mesas, con el recazo muy reforzado y escotado por ambos cantos, grabado a cincel, con el nombre del célebre espadero de Carlos V, Salvador, por un lado, y S. A. R. por el otro.
Además lleva la marca del artífice. Largo: 0,985; ancho: 0,032.
Tan injustificada es en este caso, como en los dos anteriores, la atribución de esta espada al esforzado caudillo García de Paredes».
«G. 41. Espada de armas del Emperador Carlos V, con hoja de cuatro mesas hasta la punta. En ambos lados del recazo tiene una marca y residuos de cobre. Largo: 0,920; ancho: 0,030.
La guarnición es de lazo de hierro barnizado de negro, con dos patillas y una puente de derecha (?) que baja al recazo; arriaz torcido por un brazo, y por el otro prolongándose a manera de guardamano, al pomo que es circular, con una ranura en el canto.
Que fue de aquel monarca no ofrece duda, puesto que figura entre las espadas dibujadas en su Inventario iluminado, y a mayor abundamiento donde se habla de ella es en el año 1594, dando la curiosa noticia de que fue la única espada que Carlos V llevó a su retiro de Yuste(41)».
«La daga compañera de esta espada es de hoja fuerte, de cuatro mesas y grueso recazo. La guarnición, de hierro, barnizada de negro, con la cruz de brazos vueltos en opuestas direcciones, y pomo en forma de lenteja, estriado por el canto. Largo de la hoja: 0,240; ancho: 0,020».
«G. 42. Espada alemana de la primera mitad del siglo XVI procedente de la Armería de Carlos V, con hoja de campo llano y canal que nace en espiga, terminado en el centro. Largo: 0,850; ancho: 0,043.
La guarnición propia de las espadas de lansquenetes de aquel tiempo, es de hierro dorado y negro, y se compone de pomo de hechura de muleta, y gavilanes sogueados y vueltos, afectando la forma de una S: el puño es moderno.
La arrogante noticia de que esta espada perteneció a Pelayo, el heroico restaurador de la monarquía goda, que vivió en el siglo VIII, la desmiente el Inventario Iluminado de las armas de Carlos V, donde aquélla está dibujada, con otra semejante, que ya no existe en la Armería, y la Relación de Valladolid, donde una y otra están así descritas: «Dos espadas tudescas, guarniciones doradas y negras».
«G. 136. Espada alemana, de principios del siglo XVI para la caza de osos y jabalíes, procedente de la Armería del Emperador Carlos V, en cuyo Inventario Iluminado figura dibujada. Se compone de una larga espiga de jabalina, que remata en cuchilla lanceolada, con guarnición de cruz de brazos rectos, puño encordado y pomo esférico aplanado. Largo: 0,880.
La cuchilla tiene marca embutida en cobre».
«G. 137. Espada para montería de osos, parecida y de igual procedencia que la anterior. Largo: 0,875».
«G. 138. Espada de montería, de la misma procedencia que las anteriores. Largo: 0,890.
- III -
{c}Entrega de espadas hecha por María Escolastres, viuda de Peti Juan, armero, a Juanin Sterchy Frangois Mengale.- Relación de Alonso de Herrera.- Inventario de bienes y joyas de Carlos V- Entrega hecha por Gil Sánchez de Baçán.- Cargo de Juanin Esterch y François Mengale.- Cargo de los bienes que fueron del rey de Túnez.- Inventario hecho por Juan de Arphe.- Cargo de Diego de Rivera{/c}
La entrega que de los bienes de Simancas hizo María Escolastres a Juanín y François
«20. Espadas que están en un cofre».
Cargo y data de los bienes, que Juanín Sterch recibió y están a su cargo de los que su magestad imperial dejó en el Monasterio de Yuste
«138ª. Espadas, dagas».
Cargo y data de los bienes que estaban a cargo de Peti Juan, armero, y María Escolastres, su mujer, en la fortaleza de Simancas
«314-318: Espadas.
«352ª: Guarnición de espadas.
«360ª: Espadas. Dos hojas de espada sin guarnición».
Relación de Alonso de Herrera
{c}Valladolid, 1555{/c}
«107. Seys espadas Moriscas, anchas de la gineta, guarnecidas con puños y brocales y conteras de plata y esmaltadas, con texillos de seda y oro con diversos colores; la una tiene el puño suelto».
«108. Diez y nueve espadas Moriscas anchas de la gineta con los puños de fierro dorados y brocales de plata y texillos de oro y seda, cada uno de diversos colores».
«109. Otras tres espadas Moriscas con los puños de cuerno negro, con los brocales y conteras de plata, con sus correas de cuero».
«110. Una espada Morisca con el puño de fierro, plateado con labores y contera de plata y brocal con un texillo de oro y de seda vieja».
«1561. Febrero 26».
Inventario de bienes y joyas que dejó en el Archivo de Simancas el Emperador Carlos V
«92. Una espada estoque de mano y media, la guarnición dorada y los recaços çinco dedos dorados y el pomo llano con una figura de sant Yago y san Jorje con su vayna y puño de carmesy y la contera de oro, esmaltada de blanco y colorado, y un talabarte de terciopelo negro de los anchos con una hevilla y una rrosa y tres botones o tachonçillos y un cabo de oro, esmaltado de blanco y colorado, y ansy se entregó».
«128. Tres espadas de las Indias, cruzes y empuñaduras y pomos de oro y conteras, la una de las vaynas cubierta de oro, la otra de carmesi con tres trechos de oro, la otra de pluma, guarnecidas de oro, en cruz de Borgoña».
«129. Una çimitarra con la empuñadura y contera de oro con rubies».
Entrega hecha por Gil Sánchez de Baçan
{c}1563{/c}
«15. Hazese cargo a los dichos Juanin Esterch y Fransois Mengale de una vayna de una espada ymperial con una cruz y un puño y un pomo y una contera de oro de martillo, todo to qual tiene las piedras y perlas, que se siguen: El pomo tiene de una parte un çafir grande en el medio y alrededor cinco balaxes y diez perlas entre ellos, de dos en dos, y veinte y tres perlas al rededor y de la otra parte del dicho pomo tiene un balax en el medio y cinco çafiras al rededor y diez perlas entre ellas, de dos en dos, y la una destas diez quebrada, y un çerco de perlas, en que ay veinte y dos perlas y tres pieças de oro pequeñas; la una es una rosica en cruz con sus cabos, que es el remate del pomo. Y en medio del puño ay dos balaxes y dos çafiras y diez y seis perlas, de quatro en quatro; y al cabo del puño, que se junta con el pomo, ay dos balaxes y dos çafires y ocho perlas, de quatro en quatro. Y el medio de la cruz ay un escudo rredondo, en que tiene de la una parte un balax en el medio y al rrededor d