La ciencia cortesana en la España de Felipe II
por Grupo Folchia
Historia de la Farmacia
Facultad de Farmacia
Universidad Complutense de Madrid
2.2. El templo del saber: El Escorial
En las décadas finales del siglo XVI concluía la construcción de uno de los edificios más representativos de la época: el monasterio de San Lorenzo El Real de El Escorial. Se hicieron estudios previos para determinar su mejor localización. Quienes recorrieron la sierra madrileña estuvieron pensando en construirlo en la localidad de Hoyo de Manzanares, a unos treinta kilómetros de Madrid.
Frente al ocio, la caza y los jardines llenos de flores de Aranjuez, El Escorial sería para el recogimiento, el estudio y la meditación. Las pretensiones de Felipe II a la hora de construir El Escorial fueron, entre otras, hacer una tumba para sus antepasados, una iglesia para Dios, un palacio para el rey, un monasterio para la orden jerónima y un templo para la ciencia.
Se ha repetido hasta la saciedad que El Escorial funcionó como gran centro de recepción y difusión del saber, tanto en lo que se refiere al ambicioso proyecto de la biblioteca como por lo que se relaciona con la institucionalización de las prácticas experimentales que allí encontraron acomodo. Entre ellas destaca, con luz propia, la incipiente química paracelsista, relacionada con una de las dependencias científicas más importantes del monasterio: la botica.
El 10 de agosto de 1557 Felipe II ganó la batalla de San Quintín. Este hecho le llevó a edificar el quizás mayor edificio de la Monarquía Hispánica: El Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Mucho se ha especulado sobre el carácter mágico de su arquitectura, frente al funcional, es decir: al de monasterio. Como edificio cumple con todas las normas que entonces estaban de moda, y sigue todos los cánones al uso. Su planta rectangular está dividida en tres secciones sucesivas. Es cierto que su principal artífice, Juan de Herrera, sintió verdadera predilección por algunos temas ocultistas y hermetistas. Herrera también puede ser visto como un entusiasta de las matemáticas y la filosofía, como una persona que vivió el Humanismo de un modo muy propio.
Nacido hidalgo en la provincia de Santander en el año 1530, además de El Escorial, trabajaría en el Alcázar de Toledo, el palacio de Aranjuez y la nueva catedral de Valladolid. Ya enfermo en estas obras desde el año 1594, las abandonó, muriendo en Madrid en 1597.
Como buen renacentista, Herrera llevó su mente y sus ideas por los más recónditos rincones a los que el pensamiento de su tiempo le permitía. Dichos pensamientos tenían como eje principal el de la perfección. Y fueron, eso sí, estos ideales los que quiso plasmar en El Escorial. Para ello tuvo el referente del Templo de Salomón y todas las ideas que sobre él estaban presentes en esos años. Así, el Papa Julio II (1503-1513) quiso que la nueva Basílica de San Pedro recrease dicho Templo.
Se consideraba la arquitectura como un Arte, como una Ciencia excelente, más aún que las matemáticas, que llegaban a ser vistas como un instrumento. Con ella, con la arquitectura, el artífice imponía unas formas a la materia, daba un «ordo ab chaos» de la materia; que estaba a la espera de salir de su estado natural. En este deseo de ordenar, el cubo supuso una de las figuras más interesantes. León Baptista Alberti o Fray Lucas Paccioli ya señalaron que el cubo es la base de toda proporción y perfección.
Admirador de Ramón Llull y seguidor de todo el hermetismo que se generó alrededor de esta figura, combinó esta admiración con la geometría y la arquitectura en su Discurso de la Figura Cúbica, según los principios y opiniones del Arte de Ramón Llull. En la mente de Herrera y en El Escorial, la fría piedra deja de serlo cuando se talla. El cubo es el microcosmos capaz de contener la razón, el pensamiento, la fuerza y el orden. Los sillares de El Escorial abandonan su estatismo y quietud al contener la movilidad de las fuerzas que se agitan en el Universo. Unas fuerzas que, así vistas, han sido, como decimos, ordenadas y puestas en equilibrio.
No es que se pretenda señalar a Juan de Herrera como una de las mentes más inquietas de su tiempo, ya que hubo otras muchas y en todas las disciplinas. Pero sí hay que resaltar que Herrera supo expresar, de forma práctica, todos sus conocimientos científicos. Sus «ingenios», ya sea con fines comerciales o realizados para Felipe II, lograron bastante éxito. Por ejemplo, aquél que diseñó para cortar fácilmente las barras de hierro y convertirlas en piezas pequeñas, instalado en la herrería de Berna, cerca de Durango.
Con todo, El Escorial se nos presenta tal y como quiso Juan de Herrera. Con una agobiante perfección de líneas, parece como si el plateresco, en su camino a la barroquización y a los excesos, hubiese sido sedado allí. En el juego de lo aparente, su simple visión nos lleva a pensar irremediablemente que hay una tremenda carga simbólica detrás de la perfección. Y, siguiendo el juego de Herrera, descubrimos que, en efecto, el simbolismo, ya descarado, se nos aparece por doquier. Como señaló René Taylor, ahí está la planta en ángulos rectos, la posición de la Iglesia dentro del conjunto o la efigies de los reyes de Israel en la propia fachada, por señalar los elementos más aparentes. No pensemos que, por fin, hemos acertado a jugar, seguro que Juan de Herrera guardó para sí muchos más símbolos y alusiones a su pensamiento de lo que podamos ver y estudiar.
Una de las dependencias más emblemáticas del Monasterio de El Escorial es la botica. Las descripciones que nos han llegado hablan de su excepcional dotación y de los destacados laboratorios de destilación que llevaba anejos.
La botica monástica comenzó a funcionar en 1573. Estaba instalada en los bajos de la torre de la enfermería. Se accedía a ella por la puerta postrera de la misma y tenía tres zonas principales: un aposento grande, donde se almacenaban las medicinas; una rebotica y seis salas en el sótano, donde se hacían jarabes, infusiones, zumos y se almacenaban herramientas.
Al frente de dicha botica estuvo, desde sus orígenes, fray Francisco de Bonilla, fraile boticario de acreditada categoría, que con posterioridad intervino en la construcción del edificio donde se instaló el laboratorio de destilación. Bonilla, profeso en el monasterio de Santa Catalina de Talavera, ya era boticario examinado cuando entró en la orden jerónima. Llegó al monasterio escurialense junto con otros frailes de distintas casas españolas. Gracias a su conocimiento del arte farmacéutica y al interés de Felipe II por dotar una magnífica botica, consiguió todo lo que pidió:
«Con la abundancia desta obra y la disposicion en las cosas della, aprovechandose de la ocasión y de la magnificencia y de la buena voluntad del Santo fundador, pidio lo que vio era necesario para su oficio, y Su Magestad mando le diesen lo que pidiera; no fue en esto escaso, que a su instancia y peticion, se hicieron el quarto, piezas y aposentos que sirven para la Botica y distilaciones, y quantos alambiques, instrumentos, herramientas y barcias que ay en esta oficina, que son muchas». |
En 1585 comenzaron las obras de construcción de un nuevo laboratorio de destilación, anejo a la botica escurialense, en un inmueble comunicado con la botica monástica, pero independiente de ella y del monasterio. Se construyó por iniciativa personal del monarca, tal y como manifiesta el cronista real Luis Cabrera de Córdoba:
«Fue tan curioso [Felipe II], que envejeciéndole más las enfermedades, forzándole al uso de las medicinas simples y compuestas, mandó hacer en San Lorenzo distilatorios de capacidad grandísima y extremadas y varias figuras, con tal excelencia que solamente un príncipe tan curioso y poderoso las pudiera hacer, y truxo a Vincencio Forte y otros extranjeros artífices para sacar las quintas esencias, que llaman sustancia sutil y húmido radical intrínseco y simple, difundido en las partes elementadas, que largo tiempo mantiene las cosas en su ser, ordenada de la naturaleza para conservar los individuos». |
La obra finalizó en 1586 y disponía de dos plantas y un sótano. En la planta baja había cinco oficinas, dos para destilaciones, una para prensas y morteros, otra para hornos y otra para quintaesencias. La planta superior constaba de dos amplios aposentos: uno con un gran horno y en el otro el célebre destilatorio de Mattioli. La supervisión de las obras así como el diseño de los diferentes aparatos destilatorios fue llevada conjuntamente por Giovanni Vincenzo Forte, destilador real, y fray Francisco Bonilla.
Entre octubre de 1587 y noviembre de 1589 se elaboraron todos los alambiques, hornos y baños necesarios para dicha destilación. A finales de octubre de 1587 Forte contrató los servicios del vidriero veneciano Guillermo Carrara, que trabajaba en los hornos de Recuenco (Cuenca), para que realizase los 500 alambiques necesarios para que el laboratorio comenzase a funcionar:
«(...) caldera y torre de agua de baño y alanviques que pesaron ocho arrobas y siete libras, a siete reales la libra. Treuedes y brasero y horno de yerro peso tres arrobas y diez libras, a tres reales la libra. Setenta y dos muelles con çinquenta y seis hornillos pequeños y ocho hornillos de yerro de terçia con su llaue y una llaue de laton de frente, todo el doçientos y sesenta reales. Y veynte çinco cuerpos de alanviques de vidrio, y treynta y çinco cauezas, que todo peso çiento y veinte libras, a seis reales y quartillo cada quatro libras». |
En el laboratorio escurialense hubo cuatro aparatos de destilación. El primero, situado en la planta baja, estaba formado por treinta y dos vasos de destilación depositados en un cajón cuadrado que hacía de recipiente del vapor de agua como fuente de calor, traída de una caldera exterior al cajón. Su diseño es semejante a los representados por Vanoccio Biringuccio (1480-1539) en su obra De la Pirotechnia (Venecia, 1540). El segundo, situado en la estancia alta, era una torre filosofal de veinte pies de alto y del perímetro de tres hombres con sus brazos extendidos, un enorme artilugio que servía, en la práctica, para destilar grandes volúmenes de agua, entre 180 y 200 libras en veinticuatro horas. Se trataba de la famosa torre de Matiolo y tomaba su nombre, con toda seguridad, de las torres de destilación descritas por Pietro Andrea Mattioli en su De ratione distillandi aguas ex omnibus plantis et quomodo gemini odores in ipses aquis conservari posiut, apéndice del Commentarri in VI libros Pedacii Dioscorides Anazarbei de materia medica (Venecia, 1554). La torre escurialense, dibujada por L'Hermite, era una columna hueca formada por planchas de latón encajadas unas a otras y reforzada en su interior por seis barras de hierro. La fuente de calor era vapor de agua generado en una caldera cercana a la misma torre por la puerta inferior. En la misma estancia que la torre filosofal se hallaba, adosado a una pared, un artilugio formado por veintiséis vasos de vidrio conectados entre si a diferentes alturas, depositados sobre una alquitara de cobre. También dibujado por L'Hermite, se empleaba para destilar aceites y es uno de los ideados por Diego de Santiago, principal artífice de los destilatorios de El Escorial y autor de la única obra española del siglo XVI dedicada al arte destilatoria. El cuarto destilatorio, también obra de Santiago, era de menor capacidad, 90 libras en veinticuatro horas, y es el que aparece descrito en su Arte Separatoria. Estaba compuesto por tres cajoneras de madera guarnecidas de latón o cobre, dispuestas ortogonalmente, con el vértice en una misma caldera.

Destilatorio de Diego de Santiago
2.2.3. La cámara de las maravillas
Aparte de la finalidad funeraria y el simbolismo religioso, El Escorial había de ser también un monumento al saber, donde, como no podía ser menos, habrían de estar los mayores tesoros de la ciencia contemporánea.
Desde joven, Felipe II empezó a atesorar una espléndida biblioteca. Ya en 1576 tenía 4.545 volúmenes y 2.000 manuscritos. A la hora de su muerte, en 1598, la colección del rey alcanzaba los 14.000 volúmenes. Como dijo Geoffrey Parker, era la mayor biblioteca privada del mundo. Su deseo, además, era ser un centro, no sólo de lectura, sino también de investigación. El 28 de mayo de 1567 le escribía a su embajador en Francia:
«(...) todavía holgaré que de aquí se tomen todos los más raros y exquisitos que se pudieren haber, porque es una de las principales memorias que aquí se pueden dejar, así para el aprovechamiento particular de los religiosos que en esta casa hubieren de morar, como para el beneficio público de todos los hombres de letras que quisieren venir a leer en ellos». |
Sin embargo, pese a los deseos regios, la biblioteca escurialense sirvió principalmente para todos aquellos científicos que residían en la corte. Se ha dicho que el destino de este centro de saber hubiera sido totalmente diferente si el monasterio hubiera sido encomendado a otra orden que no fueran los Jerónimos. De hecho, en tal sentido, fueron los jesuitas quienes expusieron sus quejas, alegando que los intereses científicos estarían mejor en sus manos.
La idea de Felipe II fue crear una biblioteca que reuniera todo el saber del hombre. El fondo inicial, formado por un número aproximado de 4.000 volúmenes, lo aportó el propio monarca. Su ejemplo fue secundado y pronto otros muchos intelectuales y nobles enviaron sus bibliotecas al monasterio. De esta forma entraron libros de Benito Arias Montano, Juan Bautista de Toledo u Honorato Juan, preceptor del rey. Pero la colección más importante que ingresó fue la perteneciente a don Diego Hurtado de Mendoza, donación compuesta por más de 2.000 volúmenes, entre impresos y manuscritos, muchos de ellos procedentes de Italia, ya que este noble había sido embajador en Venecia.
El rey también buscó un grupo de eruditos que le asesoraran en la compra de obras para seguir enriqueciendo este fondo inicial. Benito Arias Montano fue enviado a Flandes con la misión de adquirir obras en las imprentas más prestigiosas y Ambrosio Morales visitó diferentes iglesias y monasterios españoles para adquirir obras difíciles de encontrar. Entre los colaboradores cabe destacar a Antonio Agustín, pionero del sistema de clasificación por materias, el historiador Páez de Castro o el mismo secretario del rey, Gonzalo Pérez.
De esta forma, Felipe II fundó en el monasterio una real biblioteca, la Laurentina, que fue expresión de sus intereses políticos, culturales y religiosos y capaz de poder competir y aún superar a la biblioteca vaticana. Por su interés científico, habría que mencionar las Relaciones de los pueblos de España, la Declaración del cuadrado y del cubo, obra de Juan de Herrera según las doctrinas de Raimundo Lulio, o los desaparecidos libros de Francisco Hernández sobre la fauna y flora americana.
El fondo de códices griegos reunido en El Escorial llegó a ser uno de los mejores de Europa, y la colección de manuscritos árabes contó con más de 500 ejemplares de muy diversas materias: Medicina, Astronomía, Historia y comentarios del Corán.

Altura del sol, Pedro de Medina
De acuerdo a las propuestas de los doctores Páez de Castro, Morales y Cardona, la biblioteca se planteó no sólo como depósito librario sino también como gabinete científico y antiquarium, sin olvidar la galería de retratos de personajes ilustres y un programa decorativo al fresco para el salón principal, relacionado con el saber divino y humano, probablemente inspirado por su bibliotecario Benito Arias Montano y el arquitecto Juan de Herrera y pintado por Pellegrino Tibaldi y Bartolomé Carducho. Fueron numerosos los objetos y aparatos científicos (mapas, globos celestes y terrestres, astrolabios, relojes) que se compraron con destino a las salas de la biblioteca.
| ALMELA, J. A. (1594), Descripcion de la Octava Maravilla del Mundo que es
la excelente y santa casa de San Lorenzo, el Real, Monasterio de Frailes Jeronimos
y colegio de los mismos y seminario de letras humanas y sepultura de reyes y casa
de recogimiento y descanso despues de los trabajos del gobierno, fabricada por el
muy alto y poderoso rey y señor nuestro Don Felipe de Austria, segundo de este
nombre. Compuesto por el Doctor Juan Alonso de Almela, medico natural y vecino
de Murcia, dirigido a la Real Magestad del Rey Don Felipe.
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