Nacido
en Medina del Campo en 1396, Alfonso V, hijo primogénito de Fernando I de Antequera y de Leonor Urraca de Castilla, condesa de Alburquerque,
heredó de su padre, en 1416, el trono de Aragón y los condados catalanes. Así, fue rey de Aragón, Valencia, Mallorca, Sicilia, Cerdeña y Nápoles.
El
12 de junio de 1415, un año antes de ser proclamado rey, se casó
en Valencia con la infanta María, hija de Enrique III de Castilla
y de Catalina de Láncaster. De este matrimonio no tuvo descendencia,
tal vez porque pasó la mayor parte de su vida en Italia, alejado
de su cónyuge. Con quien sí tuvo hijos fue con Lucrecia de Alagno
con la que no pudo casarse ya que Calixto III no accedió a que repudiara
a su esposa María para contraer un nuevo matrimonio.
Ya como rey, Alfonso se instaló en Barcelona, inaugurando un mandato
de desavenencias con los catalanes. A pesar de la prudencia que
practicaba, ya a los tres años de su reinado tuvo que enfrentar
las primeras discrepancias con las Cortes catalanas, que no sólo
exigían la destitución de los consejeros castellanos, sino que también
se oponían a la expansión de Cataluña por el Mediterráneo.
El Magnánimo ligó la prosperidad de su reino a la expansión por
el Mediterráneo, a la que dedicó todos sus esfuerzos. Así, anexionó
Sicilia, cuyos derechos le habían sido concedidos a su padre por
Benedicto XII.
A pesar de todo, el monarca aragonés, logró consolidar el dominio
catalán sobre Cerdeña en 1420. Allí recibió una embajada de la reina
Juana de Nápoles, quien le ofreció adoptarlo como hijo y heredero,
y él, deseoso de continuar la expansión aragonesa en el Mediterráneo,
aceptó el ofrecimiento. Pero, ante la volubilidad de la soberana
que se arrepintió de su propósito, tuvo que regresar a Aragón en
1423. Juana volvió a nombrarlo heredero, pero nuevamente lo desheredó.
Alfonso, irritado, se apoderó de Nápoles y durante nueve años permaneció
en sus reinos peninsulares. Tuvo que enzarzarse en una estéril guerra
con el monarca castellano Juan II, ante quien defendió los intereses
políticos y económicos en Castilla de sus hermanos, los infantes
de Aragón. En 1432 regresa a Sicilia, dejando en su lugar a la reina
María. Recelosas de este nuevo intento, se unen en su contra Venecia,
Milán, Florencia y el Papa, si bien no pueden evitar que sea proclamado
rey en 1435 a la muerte de Juana II. De vuelta a Aragón, es apresado
en Ponza por el duque de Milán y señor de Génova, Felipe María Visconti,
acordando con él repartir la península italiana en tres partes:
el norte, con dominio milanés; el centro, con los Estados Pontificios
y el sur, con dominio napolitano. Así, en 1443 consiguió, después
de años de lucha con Venecia, Florencia, el Papado y los angevinos,
la conquista total de Nápoles.
A partir de este momento estableció allí su corte, convirtió la
ciudad en un gran centro humanístico y se dedicó por completo a
la política italiana. Fue un humanista que impulsó el desarrollo
cultural y dejó grata memoria entre los sabios de que se rodeó en
la corte. Suya es la frase "Los libros son, entre mis consejeros,
los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden
decirme lo que debo hacer".
Las largas estancias fuera del reino le hicieron desatender los
asuntos internos a pesar de que confió el gobierno de sus reinos
hispánicos a la reina María y al hermano de ésta, Juan de Navarra.
Con todo, desde la distancia favoreció las aspiraciones de los campesinos
catalanes en 1448, aunque no dudó en sofocar violentamente la revuelta
del campesinado mallorquín. La toma de Constantinopla por los turcos
en 1453 le hizo unirse a la liga de los Estados cristianos. Incluso
tuvo tiempo de proyectar un ataque contra Génova, principal rival
en el Mediterráneo, pero la muerte le sorprendió antes de llevarlo
a cabo.
Alfonso V fallecío el mes de junio de 1458 en Nápoles, en el castillo
del Ovo, dejándole la corona napolitana a su hijo bastardo Ferrante, y legando los reinos catalanoaragoneses a su hermano Juan
II de Trastámara.