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Alta Edad Media (siglos V-X)

     A partir de ahora seguiremos una estructura semejante para abordar los tres períodos clásicos de la Historia Medieval (Alta, Plena y Baja Edad Media), diferenciando el ámbito occidental, del Imperio Bizantino, y del mundo islámico. De los restos del antiguo Imperio Romano surgen tres núcleos de poder que se disputarán durante los primeros siglos de la Edad Media y con muy desiguales posibilidades de éxito, un protagonismo que por algún tiempo sería indiscutiblemente monopolizado por la Pars Orientis del Imperio.

     Mientras este proceso va adquiriendo forma, el Imperio bizantino, cuyo origen y características constitutivas no son disociables de los factores que hicieron posible la pervivencia de la Pars Orientis del antiguo Imperio Romano unido, asume plenamente, bajo la «Era justinianea», el protagonismo que le corresponde en el Mediterráneo, si bien su propia tendencia a la helenización orientalizante, unida a la aparición en su seno de singulares «nacionalismos» religiosos, favorece la consolidación de su particularismo al margen por completo de la realidad cristiano-occidental: la búsqueda de la identidad bizantina no hace sino separar sus esquemas socio-culturales de la «Europa bárbara»; en este sentido, un fenómeno como el de la iconoclastia no deja de ser significativo.

     En tanto el Occidente germano-latino y el Oriente greco-bizantino pugnan por afianzar posiciones en sus respectivos ámbitos de influencia cultural y política, se producirá en la Península Arábiga y en el Próximo y Medio Oriente asiático, el nacimiento y primera expansión del Islam.

     Pero entre los siglos V y VIII surgen además otras grandes formaciones políticas ajenas al Mediterráneo. Por una parte, hemos de hablar de la lenta integración de la periferia europea en el concierto general de la evolución histórica de nuestro entorno, que sin embargo, inmediatamente va a adquirir un indudable protagonismo en dicho proceso. La heptarquía anglosajona dotará a las islas británicas del elemento cohesionador que necesitaba para su integración en la órbita occidental.



Occidente

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     En lo que se refiere a la más primitiva Europa, el Occidente plural de los reinos germánicos tardaría aún en consolidar su proceso de autodefinición. El fenómeno que tradicionalmente conocemos como «invasiones» -término que sin duda debería ser definitivamente revisado-, se traduce en una progresiva germanización de Occidente cuyas primeras fases coinciden con la etapa de descomposición imperial. En este sentido no conviene olvidar que la instalación de muchos de los pueblos bárbaros en territorio occidental se verifica antes de la formal desaparición del Imperio y que, en cualquier caso, la ubicación de los efectivos germánicos no supuso una traumática realidad, ya que la «desnaturalización» progresiva de la esencia imperial, facilitó la paulatina «barbarización» de sus estructuras. Ello no fue obstáculo, sin embargo, para que culturalmente, la caída de Roma dejara una profunda huella que solo el pensamiento agustiniano fue capaz de superar de modo racional. Con todo, la dialéctica romanismo-germanismo no siempre desembocó en perfecta integración social y los fundamentos políticos y estructuras socio-económicas de las monarquías bárbaras a menudo dejaron de contar con una sólida base que garantizara, desde la nueva concepción patrimonial del poder, la efectiva estabilidad de cada una de las monarquías.

     El deterioro de la economía monetaria, la autarquía y la ruralización, así como un notable desarrollo de las relaciones económicas y sociales de dependencia personal, características todas presentes en el Bajo Imperio, no hacen sino consolidarse mediante el impulso «continuista» de los monarcas germánicos. Desde la inestable monarquía vándala, sustentada en criterios de radical diferenciación étnico-religiosa, a la monarquía merovingia, fusionada en el ideal romano-cristiano del catolicismo, pasando por los casos intermedios del reino ostrogodo o de la monarquía hispano-visigoda, el grado de mayor o menor cohesión interna viene determinado por la flexibilidad política tendente a la integración social de la comunidad. Por último, y desde el punto de vista cultural, la Iglesia, depositaria en régimen de exclusividad del legado clásico, va asumiendo poco a poco un papel rector en el seno de Occidente: la doctrina del Primado, la pujanza del monaquismo benedictino y el entramado filosófico-teológico del neoplatonismo agustiniano, serán sus principales soportes, los ejes de un poder ideológico-cultural que moldea poco a poco los perfiles de la más primitiva civilización cristiano-occidental.

     Entre los siglos IX y X tienen lugar los primeros intentos serios de consolidar, con voluntad de permanencia, fórmulas políticas que aseguren las cotas de influencia alcanzadas. En Occidente, los primeros ensayos de articulación poseen la impronta del universalismo: la formación y evolución política del Imperio carolingio es el primero y más claro ejemplo de ello. Pero la fórmula nació «tocada»; ni su alianza con el Papado, ni el interés de Carlomagno y Luis «el Piadoso» por identificar su noción imperial con una imprecisa Europa, amparadora del cristianismo romano, ni tampoco el «renacimiento carolingio» en materia cultural, subsanaron unas deficiencias estructurales que paralizaban a la sociedad bajo cada vez más rígidos esquemas feudo-vasalláticos, y que amenazaban la vida económica con contradictorias iniciativas, unas veces ruralizantes y otras interesadas en una actividad comercial de largo alcance. Finalmente, y tras una escasa andadura política, la radicalización del concepto patrimonial del poder y la progresiva feudalización de la sociedad provocaron la desmembración del Imperio carolingio, y en esa coyuntura las «Segundas invasiones» aceleraron el proceso de descomposición, e indirectamente ayudaron a la configuración de un nuevo mapa político para Occidente. Entretanto, la España cristiana de la inicial «Reconquista», que tan vinculada había estado al origen, desarrollo y declive del Imperio carolingio, se fue alejando progresivamente de la órbita de influencia del Sacro Imperio, empeñada en tareas repobladoras y poco sobresaliente en materia cultural.




Reinos germánicos Volver al índice



El cruce del Rhin en el 406

     El pequeño número de los que sobrevivimos fue gracias no a nuestros méritos, sino a la misericordia del Señor. Pueblos innumerables y feroces han ocupado el conjunto de las Galias. Todo el país que se extiende entre los Alpes y los Pirineos, el que limita con el Océano y el Rhin, ha sido devastado por quados, vándalos, sármatas, alanos, gépidos, hérulos, sajones, burgundios, alamanos y -terrible desgracia- los panonios se han convertido en enemigos, pues Assur ha llegado con ellos [Salmo, 82,9]. Maguncia, en otro tiempo ilustre, ha sido tomada y saqueada. En su iglesia, millares de hombres han sido masacrados. Worms ha sido reducida después de un largo asedio. Las prepotentes urbes de Reims, Amiens, Arras, Tournai, Spira y Strasburgo han sido trasladadas a Germania. Las provincias de Aquitania, Novempopulania, Lugdunense y Narbonense, salvo un pequeño número de ciudad, han sido completamente saqueadas. Las ciudades han quedado despobladas por la espada y el hambre. No puedo recordar sin lágrimas a Tolosa, cuya ruina solo ha sido impedida por el mérito de su santo obispo Exuperio. Hispania misma, tiembla recordando la irrupción de los cimbrios (...)

SAN JERÓNIMO, Carta a Geruchia. En E. Mitre, P. Azcárate y A. Arranz, «Catástrofes medievales», Cuadernos de Historia 16, n.º 120, Madrid, 1985, Textos, p. III.



Consideraciones de San Agustín sobre el saqueo de Roma por Alarico (410)

     De esta manera [refugiándose en las iglesias de Roma] salvaron sus vidas muchos de los que ahora infaman y murmuran de los tiempos cristianos, culpando a Cristo de los trabajos y penalidades que Roma sufrió y no atribuyen a este gran Dios el enorme beneficio de haber visto sus vidas a salvo por el respeto que infunde su santo nombre. Por el contrario cada cual hace depender este feliz suceso de la influencia del hado, cuando, si lo reflexionasen, deberían atribuir las molestias y penalidades que sufrieron por la mano vengadora de sus enemigos a los arcanos y sabias disposiciones de la providencia divina, que acostumbra a corregir y aniquilar con los funestos efectos que presagia una guerra cruel, los vicios y las costumbres corruptas de los hombres (...)

     Deberían también los vanos impugnadores atribuir a los tiempos en que florecía el dogma católico, la gracia de haberles hecho merced de sus vidas los bárbaros, en contra de los que es usual en las guerras, sin más respeto que por iniciar su sumisión y reverencia a Jesucristo, otorgándoles este favor en todos los lugares, y particularmente si se refugiaban en los templos.

SAN AGUSTÍN, De civitate Dei, Libri XXII, p. 14-15, París, 1613.



La batalla de los Campos Catalúnicos

     De la parte romana, Teodorico y sus visigodos ocupan el ala derecha; Aecio y los romanos, el ala izquierda. Habían colocado en el centro a Sangíbano, rey de los alanos (...) En cuanto al ejército de los hunos, fue alineado en batalla en orden contrario al de los romanos: Atila se colocó en el centro con los más valientes entre los suyos (...) Los pueblos numerosos, las naciones que habían sometido a su dominación, formaban sus alas. Entre ellos se hacía notar el ejército de los ostrogodos, mandados por Valamiro, Teodomiro y Videmiro, tres hermanos que sobrepasaban en nobleza al propio rey, a las órdenes del cual marchaban entonces, porque pertenecían a la ilustre y poderosa raza de los ámalos. También se veía allí, a la cabeza de una tropa numerosa de gépidos, a Ardarico, su rey, tan valiente y tan famoso, cuya grande fidelidad lo hacía admitir por Atila a sus consejos (...) La muchedumbre de los otros reyes y los jefes de las diversas naciones, parecidos a satélites, espiaban los menores movimientos de Atila, y en cuanto él les hacía un signo con la mirada, cada uno, en silencio, con temor y temblando, venía a colocarse delante de él, o bien ejecutaba las órdenes que de él había recibido. Sin embargo, el rey de todos los reyes, Atila, velaba sobre todos y por todos.

JORNANDES, Histoire des Goths, p. 267-268, ed. M. A. Savagner, París, S.A. En E. Mitre y A. Lozano, Análisis y comentarios de Textos Históricos. I. Edad Antigua y Media, Madrid, 1978, p. 140.



La opinión de Ataúlfo sobre Roma en el año 414

     Ataúlfo era un gran hombre, por su valor, poder e inteligencia. Su deseo más ardiente, decía a sus familiares y próximos, había sido borrar el nombre de Roma, hacer de todo el territorio romano un imperio godo, de la Romania una Gothia, convertirse en César Augusto. Pero, como sabía por experiencia, los godos no obedecían leyes, como consecuencia de su barbarie sin freno; y no se podía prescindir de las leyes, sin las cuales un Estado no puede existir. Así, al menos, había escogido hacerse famoso restaurando en su integridad y extendiendo el nombre romano gracias a la fuerza gótica, pasar a los ojos de la posteridad como restaurador de Roma, ya que no había podido destruirla. Por eso se abstenía de la guerra y aspiraba a la paz.

OROSIO, Historiae, VII, 43, 5-7, p. 458. Recoge: Migne, Patrología Latina, col. 1171.



Teodorico, rey de los ostrogodos

     Teodorico, varón belicosísimo y animoso, era hijo natural de Valamir, llamado rey de los godos. Su madre, goda, llamada Ereriliva, era católica y en el bautismo recibió el nombre de Eusebia.

     Preclaro y de buena voluntad para con todos, reinó treinta y tres años y aseguró la felicidad de Italia treinta años y la paz para sus sucesores. Nada hizo de malo. Así gobernó aunados dos pueblos, el de los romanos y el de los godos. Aunque pertenecía a la secta arriana, nada intentó contra la religión católica. Ofreció juegos en el circo y en el anfiteatro, lo que fue llamado por los romanos un Trajano o un Valentiniano, en cuya época se inspiró. Y los godos lo estimaron como su mejor rey por el Edicto en que estableció el derecho. Prescribió a los romanos que el servicio militar fuese como bajo los emperadores. Fue pródigo en dádivas y distribución de víveres y aún cuando encontró el erario público exhausto, lo restableció y lo hizo opulento con su labor. Aun cuando era iletrado, demostró tanta agudeza, que algunos de sus dichos son aún hoy sentencia para el vulgo; por eso no nos avergüenza recordar algunas de ellas. Dijo: «El que tiene oro y demonio no lo puede esconder». También: «El romano miserable imita al godo y el godo útil imita al romano» (...)

     Era también amigo de las construcciones y un restaurador de ciudades. Restauró el acueducto de Ravena, obra del emperador Trajano, y después de mucho tiempo hizo correr agua; edificó el palacio hasta terminarlo, pero no lo dedicó y acabó el pórtico alrededor del palacio. Además hizo las termas y el palacio de Verona y agregó una galería desde la puerta hasta el palacio; reedificó el acueducto que por mucho tiempo había estado destruido e hizo circular el agua, circundó la ciudad con otros muros nuevos. También en Ticino hizo un palacio, las termas, el anfiteatro y amuralló la ciudad.

     Pero también benefició a otras ciudades. Tanto agradó a los pueblos vecinos, que se ofrecieron a pactar con él en la esperanza de tenerlo por rey. También llegaban hasta él comerciantes desde diversas provincias, pues había tanto orden que, si alguno quería enviar a su dominio oro y plata, podía considerarse tan seguro como si estuviera dentro de los muros de la ciudad. Y así fue en toda Italia, que no dotó de puertas a ciudad alguna, ni las cerró donde las había (...)

Anonymus Valesianus, Trad. Y. E. Jasson y F. E. Roberts, Anales de Historia Antigua y Medieval, Buenos Aires, 1949, pp. 165-178.



Retrato de Teodorico por Procopio

     Es necesario reconocer que gobernó a sus súbditos con todas las virtudes de un gran emperador. Mantuvo la justicia y estableció buenas leyes. Defendió su país de la invasión de sus vecinos y dio a todos prueba de una prudencia y de un valor extraordinarios. No cometió ninguna injusticia contra sus súbditos, ni permitió que se cometieran, salvo que permitió que los godos se repartieran las tierras que, en tiempos, Odoacro había distribuido entre los suyos.

     En fin, aunque Teodorico no tuvo más que el título de rey, no dejó de alcanzar la gloria de los más ilustres emperadores que hayan jamás ocupado el trono de los Césares. Fue igualmente querido por godos e italianos, lo cual no sucede habitualmente entre los hombres, que no están acostumbrados a aprobar en el gobierno del Estado aquello que no esté de acuerdo con sus intereses, y que condenan todo lo que les es contrario. Después de haber gobernado durante treinta y siete años y de haberse presentado como temible para sus enemigos, murió de esta manera (...)

PROCOPIO DE CESAREA (500-565), «Histoire de la guerre contre les goths», en el vol. I de Histoire de Constantinople, París, 1685, p. 353. En A. Lozano y E. Mitre, Análisis y comentarios de textos antiguos, I. Edad Antigua y Media, Madrid, 1978, p. 142-143.



Anglos, jutos y sajones en Gran Bretaña

     En el año de la Encarnación del Señor de 449, habiendo obtenido Marciano la realeza, junto con Valentiniano, como cuadragésimo sexto sucesor de Augusto, la poseyó siete años. En esta época, el pueblo de los Anglos o de los Sajones fue invitado por el mencionado rey [Vortigern] y se trasladó a Bretaña con tres barcos largos, y recibió residencia en la parte oriental de la isla, bajo las órdenes del mismo rey, para defenderla como si de su patria se tratara, aunque en realidad para conquistarla. Así, después de entablar lucha contra los enemigos que venían del Norte, trabaron batalla y los sajones se alzaron con la victoria. Lo que, una vez anunciado en su lugar de origen, así como la fertilidad de la isla y la cobardía de los bretones, pronto enviaron los sajones una flota más nutrida con gente armada de refuerzo que, junto a los precedentes, formaron un ejército invencible. Los que llegaron recibieron asiento entre los bretones, por concesión de estos, con la condición de que lucharan contra sus adversarios, por la salvación y paz de la tierra, y que les darían el estipendio debido por sus servicios. Habían venido gentes de los tres pueblos más valerosos de Germania, esto es, los Sajones, los Anglos y los Jutos. De origen juto son los Cantuari y los Victuari, o sea, el pueblo que posee la isla de Wight y el pueblo llamado hasta hoy juto en la provincia de los sajones occidentales [Wessex]. De los sajones, es decir, de la región que se llama hoy país de los viejos sajones [Holstein], vinieron los sajones orientales, meridionales y orientales [Essex, Sussex, Wessex]. De los anglos, es decir, del país que se denomina Angeln [en el Este de Schleswig], y que desde entonces hasta hoy ha permanecido desierto, salieron los anglos orientales [East Anglia] y anglos mediterráneos [South Anglia y Uppland], Mercia y toda la descendencia de los northumbrios, es decir, los que habitan el norte del río Humber, y todos los otros pueblos ingleses.

BEDA EL VENERABLE, Historia Ecclesiastica Gentis Anglorum, ed. J. E. King, Londres, 1962, pp. 86-74.



Etelberto de Kent y la figura del «bretwalda», rey de reyes de los anglo-sajones

     En el año 616 de la Encarnación del Señor, que es el vigésimo primero desde que fue enviado Agustín con sus compañeros a predicar al pueblo de los anglos, Etelberto, rey de Kent, después de gobernar gloriosísimamente su reino temporal por espacio de cincuenta y seis años, alcanzó el gozo eterno del reino celeste. Este rey fue el tercero de los reyes del pueblo anglo que gobernó unidas las provincias de dicho pueblo situadas al sur del río Humber y las contiguas al mismo río por la parte del Norte, pero fue el primero de todos ellos en ascender al reino de los cielos. El primer rey que imperó [sobre los restantes reinos anglosajones] fue Aelle, rey de los Sajones meridionales [Sussex], el segundo fue Celin, rey de los Sajones Occidentales [Wessex] (...); el tercero, como dije, fue Etelberto, rey de los Kentienos (...)

     Y este rey, entre otras cosas buenas que proporcionaba a su gente con su buen gobierno, promulgó con el consejo de los sabios, una legislación judicial, basada en el Derecho Romano. Estas leyes se conservan todavía en la lengua de los anglos y son observadas por ellos: en las mismas dispuso, en primer término, de qué modo debía enmendar [el daño causado] quien se apoderase mediante robo de algún bien de la Iglesia o del obispo o de los restantes órdenes eclesiásticos, estableciendo su salvaguarda sobre aquellos de quienes había recibido la fe.

     Era, dicho Etelberto hijo de Irminric, cuyo padre fue Octa, cuyo padre fue Erico, conocido por Oisco, de quien los reyes de Kent suelen ser llamados Oiscingas. Cuyo padre fue Hengist, quien junto con su hijo Oisco, invitado por Vurtigerno, fue el primero que llegó a Gran Bretaña, según ya hemos referido anteriormente.

BEDA EL VENERABLE, Historia ecclesiastica gentis Anglorum, Ed. J. E. King, Londres, 1962, lib. II, cap. V, pp. 224-226.



Offa, rey de Mercia

     Y este mismo año (757) Offa puso en fuga a Beornred y le sucedió en el reino, y lo rigió durante treinta y nueve años, y su hijo Ecgfrith reinó ciento cuarenta y un días. Este Offa era hijo de Thingfrith (...)

     En la época de dicho rey Offa hubo un abad de Medeshamstede llamado Beonna. Y este Beonna, obtenido el consentimiento de los monjes de su monasterio, entregó al ealdorman Cutberto diez fincas en Swineshead con pastos y praderas y con todas sus pertenencias, con la condición de que el antedicho Cutberto diera al abad cincuenta libras por dicha entrega y le proporcionara de comer un día al año o le diera, a cambio, treinta chelines en moneda; y con la condición, además, de que la tierra entregada debería volver al monasterio a la muerte del obtentor.

     (...) Ecgfrith fue consagrado rey [en el 785]. En este año [787-789] el rey Beorhtric tomó por esposa a Eadburh, hija de Offa. Y en sus días llegaron por primera vez tres naves: y entonces el guarda de la costa o «gerefa» cabalgó hacia donde estaban [anclados] e intentó obligar a los recién llegados a ir al mayor real, pero él no sabía quiénes eran estos, y ellos le dieron muerte. Estas fueron las primeras naves de los daneses que llegaron a Inglaterra.

ALFREDO EL GRANDE, Crónica Anglosajona, años 757-796. M. Riu y otros, Textos comentados de época medieval (siglos V al XII), Barcelona, 1975, pp. 118-119.




Iglesia y vida cultural Volver al índice



Algunos cánones del Sínodo de París (614)

     I.- En primer lugar los cánones antiguos deben ser guardados por todos, porque son ley por su prioridad en el tiempo y por su continuidad en la observancia. Esto es, una vez muerto un obispo, en su lugar deben elegir uno que sea agradable a Cristo. Según está ordenado, lo elegirá el metropolitano con sus obispos sufragáneos, el clero y el pueblo de la ciudad, sin que intervenga en ningún caso la simonía. Pero si consigue la potestad episcopal de otro modo o manera ilegal o existe negligencia en la elección y no interviene en la misma el metropolitano o tomara posesión de la sede episcopal sin el consentimiento del clero o del pueblo de su diócesis, esta elección según lo dispuesto por los padres no tiene validez.

     XII.- También se acordó por unanimidad, que si algún monje o monja, que ha ingresado por vocación religiosa en un monasterio y después ha querido marcharse del mismo o por su propia voluntad o por la de sus familiares, y a pesar de ser amonestado por su obispo con una carta, difiere el volver a reincorporarse a la vida religiosa, sea suspendido de la comunión hasta su muerte. Y no se le podrá administrar la gracia de la Eucaristía, si antes no se ha reincorporado arrepentido, con humilde súplica, al redil del cual había salido con toda insolencia.

     XIII.- Las viudas y doncellas que cambiaron los vestidos laicos por el hábito religioso en sus propias casas, tanto las que lo tomaron por la voluntad de sus padres como las que lo hicieron por su propia voluntad, y luego, contra lo establecido por los Padres de la Iglesia o por los preceptos de los cánones, quisieran tomar estado matrimonial, no se les permita. Si alguna se uniera en matrimonio, será privada de la comunión, mientras no repare la falta cometida; si se niega a corregirse, será excluida a perpetuidad de la comunión eclesiástica y de convenir con la comunidad cristiana.

     XV.- Ningún judío tendrá mando militar o poder civil sobre los cristianos, tanto si lo ha solicitado como si le ha sido otorgado por el príncipe. En consecuencia, si se le otorgaba, será obligación del obispo de la ciudad, donde tiene su mando, de bautizarlo junto con toda su familia, para que no esté en contra de los cánones vigentes en la actualidad.

Ed. MANSI, Sacrorum Conciliorum, Tomo X, col. 539, 540, 542 y 543. Recoge: M. Riu y otros, Textos comentados de época medieval (siglos V al XII), Barcelona, 1975, pp. 94-98.



La regla de San Benito

     Capítulo XLVIII:

     La ociosidad es enemiga del alma, y por esto, a tiempos deben ocuparse los monjes en la labor de manos, y a tiempos en la lectura de cosas santas. Por tanto, juzgamos del caso arreglar estos dos tiempos de la manera siguiente: Desde Pascua hasta el catorce de septiembre, saliendo de Prima trabajarán desde la primera hora del día hasta cerca de la hora cuarta en lo que sea necesario. Desde la hora cuarta hasta cerca de la sexta se ocuparán en la lección. Después de sexta, en levantándose de la mesa, descansarán en sus camas, guardando un sumo silencio, y si alguno quisiere leer, lea de modo que no inquiete a otro. Dígase la Nona más temprano, esto es, en el promedio de la hora octava, y volverán otra vez a trabajar hasta la hora de Vísperas. Si la situación o pobreza del monasterio les obligase a coger por sí las mieses, no se contristen, porque entonces serán verdaderamente monjes si vivieren del trabajo de sus manos, como nuestros Padres y los Apóstoles: pero hágase todo con moderación por los de poca robustez.

     Desde primero de octubre hasta primero de Cuaresma se ocuparán los monjes en leer hasta el fin de la segunda hora: entonces se dirá Tercia y después trabajarán todos en lo que se les mandare hasta la hora de Nona. En oyendo la primera señal para Nona, dejará cada uno su labor, y estarán prontos para cuando se haga la segunda señal. Después de comer se ocuparán de leer, o estudiar salmos. En los días de cuaresma, desde por la mañana hasta el fin de la hora Tercia, será la lectura su única ocupación, y trabajarán después hasta la décima hora en lo que se les mandare. Al principio de Cuaresma se dará a cada monje un libro de la biblioteca, el cual han de leer por orden y enteramente.

     Capítulo LIII:

     Recíbase a cuantos huéspedes llegaren al monasterio como al mismo Cristo en persona, pues Él ha de decir algún día: «Huésped fuí, y me recibisteis». Dese a todos el honor correspondiente, en especial a los que están unidos con nosotros con los lazos de una misma fe y a los peregrinos (...) Lleven a los huéspedes a orar luego que les reciban, y después se sentará con ellos el prelado o aquel a quien este mandare. Léase en presencia del huésped la palabra de Dios para que se edifique, y se le tratará después con el mayor agasajo (...) Póngase sobre todo el mayor cuidado en el recibimiento de pobres y peregrinos, porque en estos se recibe a Jesucristo más particularmente que en los demás, porque los ricos y poderosos bastante recomendación se atraen con su soberanía para que se les dé el honor que les es debido. Haya cocina separada para el abad y huéspedes, porque como llegan a estos a todas horas y nunca faltan en los monasterios, no perturben a los monjes. Se encargará todos los años el cuidado de esta cocina a dos monjes que desempeñen bien este oficio.

REGLA DE SAN BENITO, Ed. Abadía de Santo Domingo de Silos, 1980. Recoge: M. A. LADERO, Historia Universal de la Edad Media, Barcelona, 1987, pp. 144-145.



En torno al problema de la primacía pontificia

     Siguiendo como seguimos en todo momento los decretos de los Santos Padres y conociendo el Canon de los 150 obispos, hijos muy amados de Dios, que fue leído hace poco, decretamos y establecemos esto mismo acerca de los privilegios de la santísima iglesia de Constantinopla, nueva Roma. Pues nuestros antepasados otorgaron en justicia privilegios al trono de la antigua Roma. Y movidos por esta misma consideración los 150 obispos muy amados de Dios otorgaron estos mismos privilegios al santísimo solio de la nueva Roma, pensando rectamente que una ciudad que había sido honrada con el Imperio, y con el Senado y gozaba de los mismos privilegios que la muy antigua reina, la ciudad de Roma, debía incluso en lo eclesiástico ser honrada y exaltada no de modo distinto a como lo era aquella, ya que es la segunda ciudad después de ella, de tal modo que solo los metropolitanos de la diócesis del Ponto, de Asia y de Tracia y además los obispos de las citadas diócesis que habitan entre los bárbaros sean ordenados por el ya citado trono de la santísima Iglesia de Constantinopla, es decir, que cada metropolitano de dichas diócesis ordene con los obispos de su provincia del modo como está escrito en los sagrados cánones. Así, pues, como se ha dicho, los metropolitanos de las citadas diócesis deben ser ordenados por el arzobispo de Constantinopla después de haberse hecho las elecciones de costumbre y haberse puesto en su conocimiento.

Canon 28 del Concilio de Calcedonia (a. 451). MANSI, Sacrorum Conciliorum Collectio, VII, p. 369.




Imperio carolingio Volver al índice



Primer ejemplo conocido de juramento vasallático en la época carolingia (757)

     El rey Pipino celebró asamblea en Compiègne con los Francos. Y hasta allí se llegó Tasilón, duque de Baviera, quien se encomendó en vasallaje mediante las manos. Prestó múltiples e innumerables juramentos, colocando sus manos sobre las reliquias de los santos. Y prometió fidelidad al rey Pipino y a sus hijos, los señores Carlos y Carlomán, tal como debe hacerlo un vasallo, con espíritu leal y devoción firme, como debe ser un vasallo para con sus señores.

Annales regni Francorum, ed. Kurze, 1985. Recoge: R. Boutrouche, Señorío y feudalismo. I. Los vínculos de dependencia, Madrid, 1980, p. 284.



La coronación imperial de Carlomagno en el 800

     Como en el país de los griegos no había emperador y estaban bajo el imperio de una mujer, le pareció la Papa León y a todos los padres que en asamblea se encontraban, así como a todo el pueblo cristiano, que debían dar el nombre de emperador al rey de los francos, Carlos, que ocupaba Roma, en donde todos los césares, habían tenido la costumbre de residir, así como también Italia, la Galia y Germanía. Habiendo consentido Dios omnipotente colocar estos países bajo su autoridad, pareció justo, conforme a la solicitud de todo el pueblo cristiano, que llevase en adelante el título imperial. No quiso el rey Carlos rechazar esta solicitud, sino que, sometiéndose con toda humildad a Dios y a los deseos expresados por los prelados y todo el pueblo cristiano, recibió este título y la consagración del Papa León.

Annales Laureshamenses, ann. 800. En Calmette, «Textes et documentes d'Histoire», II. Moyen Age, París, 1953.



Las conquistas territoriales de Carlomagno

     Y ciertamente Carlomán, después de haber gobernado conjuntamente el reino durante dos años, falleció de enfermedad; entonces Carlos, hermano del difunto, fue reconocido rey con el consentimiento de todos los francos (...)

     De todas las guerras que hizo, la primera fue la de Aquitania, empezada pero no terminada por su padre, el cual el creía que podría terminar con rapidez. La inició en vida de su hermano a quien solicitó ayuda. Y aunque este no le prestara el auxilio prometido prosiguió la expedición iniciada vigorosamente, rehusó desistir de lo comenzado o retirarse de la empresa iniciada antes que con perseverancia y continuidad consiguiera llevarla a buen fin. Hunoldo, que después de la muerte de Waïfre había intentado ocupar la Aquitania y reemprender la guerra ya así acabada, fue obligado a dejar la Aquitania y dirigirse a Gascuña.

     Arreglados los asuntos de Aquitania y acabada esta guerra, habiendo abandonado este mundo aquel que con él compartía el reino, a ruegos y preces de Adriano, obispo de la ciudad de Roma, emprendió una guerra contra los lombardos; la cual ya antes su padre, a ruegos del Papa Esteban, había emprendido con gran dificultad, puesto que algunos de los principales jefes francos, a los que acostumbraba a consultar, se habían opuesto resueltamente a su proyecto (...) Sin embargo tuvo lugar la expedición contra el rey Astolfo y se terminó rápidamente. Pero, aunque parece que su guerra y la de su padre empezaron por una causa similar o mejor por la misma causa, sin embargo no fueron comparables ni el esfuerzo realizado ni el fin conseguido. Puesto que Pipino, después de haber sitiado unos pocos días al rey Astlfo en Ticenum, le obligó a entregar rehenes, restituir a los romanos las fortalezas y castillos arrebatados y jurar que no intentaría recobrar lo que entregaba; Carlos, por su parte, después de haber empezado la guerra, no cejó hasta que el rey Desiderio, agotado por tan largo asedio, se rindió, hasta que su hijo Adalgiso, en el que todos habían puesto sus esperanzas, no solo fue obligado a abandonar el reino sino también Italia, hasta que todas las cosas arrebatadas a los romanos les fueron restituidas, (...) hasta que toda Italia estuvo subyugada bajo su autoridad y hasta que hubo establecido en ella a su hijo Pipino como rey (...)

     Después que terminó esta guerra se reemprendió la de los sajones, que parecía como interrumpida. Ninguna fue más larga, ninguna más atroz y más costosa para el pueblo franco, puesto que los sajones, como casi todos los pueblos que vivían en Germanía, eran feroces por naturaleza (...)

     Mientras se combatía asiduamente y casi sin parar contra los sajones (...) marchó a Hispania con todas las fuerzas disponibles; y salvados los Pirineos, recibida la sumisión de todas las fortalezas y castillos que encontró, regresó con el ejército salvo e incólume, con la particularidad de que en la misma cima de los Pirineos, en el retorno, tuvo la ocasión de experimentar un poco la perfidia de los «wascones». Puesto que cuando el ejército marchaba extendido en larga fila, tal y como lo exigían las angosturas del lugar, los «wascones» emboscados en el vértice de la montaña (...) descolgándose de lo alto empujaron al barranco al bagaje que cerraba la marcha y a las tropas que, yendo en retaguardia, cubrían la marcha de las precedentes, y, entablada la batalla con los nuestros, mataron hasta el último hombre (...) En esta empresa ayudó a los «wascones» no solo la ligereza de su armamento sino también la configuración del lugar en que la suerte se decidía; por el contrario a los francos, tanto la pesadez de su armamento como el estar en un lugar más bajo les hizo a todas luces inferiores a los «wascones». En este combate perecieron el senescal Egiardo, el conde de palacio Anselmo y Roldán, prefecto de la marca de Bretaña, entre otros muchos. Y este fracaso no pudo ser vengado de inmediato, porque el enemigo, realizado el hecho, se dispersó de tal manera que ni siquiera quedó rastro del lugar donde podía encontrarse (...)

EGINARDO, «Vie de Charlemagne», ed. L. Halphen, Les classiques de l'histoire de France au Moyen Age, París, 1947, pp. 16-30.



Explotación de una villa carolingia

     Hay en Villeneuve un manso de señor, con habitación y otros edificios en cantidad suficiente. Ciento setenta y dos bonniers de tierras arables en las que pueden sembrarse ochocientos moyos. Hay noventa y un arpendes de viñedo, donde pueden cosecharse mil moyos; ciento sesenta y seis arpendes de pradera, donde pueden recogerse ciento sesenta y seis carros de heno. Hay tres harineros, cuyos censos producen cuatrocientos cincuenta moyos de grano. Otro no está sujeto a censo. Hay un bosque de cuatro leguas de circunferencia, donde pueden engordar quinientos cerdos.

     Hay una iglesia bien construida con todo su mobiliario, una habitación y además edificios en cantidad suficiente. De ella dependen tres mansos. Repartidos entre el cura y sus hombres hay veintisiete bonniers de tierra arable y una ansange, diecisiete arpendes de viña, veinticinco arpendes de pradera. De ella procede en calidad de «regalo» un caballo. Tiene a su cargo la labranza para el señor de nueve perches y una ansange, y dos perches para los cereales de invierno, y debe cercar cuatro perches de prado.

     Actardo, colono, y su mujer, colona, llamada Eligilda, hombres de Saint-Germain tienen con ellos seis niños (...) Cultivan un manso libre que comprende cinco bonniers de tierra de labor y dos ansanges, cuatro arpendes de viña, cuatro arpendes y medio de prado. Entrega para la hueste cuatro sueldos de plata, y el otro año dos sueldos para la entrega de carne, y el tercer año, para la entrega de forraje, una oveja con su corderillo. Dos moyos de vino por el derecho de usar el bosque, cuatro dineros para poder coger madera; para el acarreo, una medida de madera. Ara cuatro perches para los cereales de invierno y dos para los de primavera. Prestaciones con animales o a mano, tantas como se le mande. Tres gallinas, quince huevos. Tiene que cercar cuatro perches de prado (...)

     Adalgario, esclavo de Saint-Germain, y su mujer, colona, llamada Hairbolda, hombres de Saint-Germain. Este ocupa un manso servil. Hadvoldo, esclavo, y su mujer, esclava, llamada Guinigilda, hombres de Saint-Germain, tienen con ellos cinco hijos (...) Estos ocupan un manso libre que comprende un bonnier y medio de tierra arable, tres cuartos de arpende de viña, cinco arpendes y medio de prado. Hace una viña cuatro arpendes. Entrega para usar el bosque tres moyos de vino, un setier de mostaza, cincuenta mimbres, tres gallinas, quince huevos. Los servicios manuales, donde se le mande. Y la mujer esclava teje sargas con la lana del señor y embucha a las aves del corral tantas veces como se lo mandan.

«Políptico de Saint Germain des Prés. Recoge: G. Duby, Economía rural y vida campesina en el Occidente medieval, Barcelona, 1968, pp. 468-470.



Los hombres libres en la Europa carolingia

     Queremos también que en nuestro reino todo hombre libre se ponga bajo la protección del señor que cada cual quiera elegir entre nosotros y nuestros fieles. Y ordenamos que ningún hombre abandone sin motivo a su señor, ni que nadie lo reciba bajo su protección, si no es con las condiciones que impuso la costumbre de nuestros antepasados. Y deseamos que sepáis que nosotros queremos para nuestros fieles lo justo y que no queremos obrar injustamente contra ellos. Y del mismo modo os aconsejamos a vosotros y a los restantes fieles que mantengáis el derecho de vuestros hombres y no obréis injustamente contra ellos. Y deseamos que los hombres de todos nuestros fieles en cualquier reino que estén vayan con su señor a la guerra o a cualquier otra empresa, a no ser que en este reinos e produjera, Dios nos libre de ello, la invasión que llaman lantwer y sea necesario que vaya todo el pueblo reunido para rechazarla.

[Capitular del año 847, Capitularia II, n.º 204, p. 71]

     Si alguno quiere abandonar a su señor, lo podrá hacer, mediando pruebas de alguno de estos crímenes: en primer lugar, si el señor ha querido reducirlo injustamente a servidumbre; en segundo lugar, si ha meditado planes contra su vida; en tercer lugar, si ha cometido adulterio con la mujer de su vasallo; en cuarto lugar, si ha ido contra él, la espada en alto, para matarlo conscientemente; en quinto lugar si, pudiendo asegurar la defensa de su vasallo después que este se ha recomendado en sus manos, no lo ha hecho.

[Capitular de entre 801 y 813, Capitularia, I, n.º 104, p. 215]. Recoge: M. A. LADERO, Historia Universal de la Edad Media, Barcelona, 1987, p. 285.



El problema de los matrimonios mixtos, entre colonos y esclavos, en la Francia carolingia

     Se trataba de dilucidar en el primer capítulo si, dado el caso en que un esclavo de alguien hubiera contraído matrimonio con una colono, sus hijos deberán pertenecer a esa colono o a ese esclavo. Si tu propio esclavo se unió a la propia esclava de otro, o si el propio esclavo de otro casó con tu propia esclava, considera a cuál de ustedes dos corresponde la progenie y actúa de igual modo en el primer caso. En efecto no hay más que el libre y el esclavo.

Capitularia Regum Francorum. M. G. H., ed. Boretius, t. I, n.º 58, p. 145. Recoge: R. Boutrouche, Señorío y feudalismo. I. Los vínculos de dependencia, Madrid, 1980, p. 273.



La familia como célula protectora en la sociedad franca

     Si alguien quiere independizarse de su parentela, ha de acudir al tribunal ante el juez o el centurión, y una vez allí, romperá sobre su cabeza cuatro varas de aliso y las arrojará a los cuatro extremos del tribunal. Luego deberá manifestar bajo juramento que renuncia a toda protección, a toda sucesión y a todo beneficio procedente de los miembros de su familia. Si más adelante muriera o fuese asesinado alguno de su parentela, no recibirá de aquel ni sucesión ni multa pagada en composición. Si él mismo muriera o fuese asesinado, la multa por composición o la sucesión no irán tampoco a parar a sus familiares sino al fisco.

«Historia de la vida privada», tomo I, Del Imperio romano al año 1000, dirigida por Ph. Aries y G. Duby, Madrid, 1988, pp. 451-452.



El cesaropapismo carolingio

     Lo nuestro es: según el auxilio de la divina piedad, defender por fuerza con las armas y en todas partes la Santa Iglesia de Cristo de los ataques de los paganos y de la devastación de los infieles, y fortificarla dentro con el conocimiento de la fe católica. Lo vuestro es, santísimo padre: elevados los brazos a Dios como Moisés, ayudar a nuestro ejército, hasta que gracias a vuestra intercesión el pueblo cristiano alcance la victoria sobre los enemigos del santo nombre de Dios, y el nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en todo el mundo.

Carlo Magno, Epístola VII (a. 796). Recoge: M. ARTOLA, Textos fundamentales para la Historia, Madrid, 1968, pp. 49-50.



Inquietudes culturales de Carlomagno

     Hablaba con abundancia y facilidad y sabía expresar con claridad lo que deseaba. Su lengua nacional no le bastó; se aplicó al estudio de las lenguas extranjeras y aprendió tan bien el latín que se expresaba indistintamente en esta lengua y en la materna. No le ocurría lo mismo con el griego, que comprendía más que hablaba. Por lo demás, tenía facilidad de palabra que lindaba casi con la prolijidad.

     Cultivó apasionadamente las artes liberales y, lleno de veneración hacia aquellos que le enseñaban, los colmó de honores. Para el estudio de la gramática siguió las lecciones del diácono Pedro de Pisa, entonces en su vejez. Para las otras disciplinas su maestro fue Alcuino, llamado Albius, diácono él también, sajón originario de Bretaña y el hombre más sabio de entonces. Consagró mucho tiempo y labor en aprender junto a él la retórica, la dialéctica, y sobre todo, la astronomía. Aprendió el cálculo y se aplicó con atención y sagacidad en estudiar el curso de los astros. Ensayó también a escribir y tenía la costumbre de colocar bajo los almohadones de su cama tablillas y hojas de pergamino a fin de aprovechar los momentos de descanso para ejercitarse en el trazo de las letras. Pero se inició en ello demasiado tarde y el resultado fue mediocre.

EGINARDO, Vie de Charlemagne, ed. L. Halphen, Col. «Les classiques de Histoire de France au Moyen Age», París, 1938, pp. 74-77.



Feudalismo e Iglesia: Carta de Hincmar de Reims a Luis «el Germánico» (noviembre de 858)

     Las iglesias que se nos han confiado por Dios no son, como los beneficios y como la propiedad del rey, de una naturaleza tal que este puede darlas o quitarlas de acuerdo a su voluntad inconsulta, puesto que todo lo que se vincula a la Iglesia está consagrado a Dios. De esto se desprende que aquel que frustra o usurpa algo de la Iglesia debe saber que, según la Santa Escritura, comete un sacrilegio.

     Y nosotros los obispos consagrados a Dios, no somos de esa categoría de gente que, como los hombres del siglo, deben encomendarse a vasallaje a quien sea. Debemos entregarnos totalmente, nosotros y nuestras iglesias, para la defensa y ayuda del gobierno en materia eclesiástica. No somos de esa categoría de gente que deben prestar, de cualquier manera, un juramento, pues la autoridad evangélica y canónica nos lo veda.

     En efecto, es abominable que la mano ungida del santo crisma que, por la plegaria y el signo de la cruz hace, por sacramento, del pan y del vino mezclado con agua, el cuerpo y la sangre de Cristo, que esa mano, hiciera lo que hiciese antes de la ordenación, proceda luego de la ordenación episcopal, a establecer un juramento secular. Y es nefasto que la voz del obispo, convertida en la llave del cielo por la gracia de Dios, jure, como cualquier seglar, sobre los objetos sagrados en el nombre de Dios e invocando los santos, salvo cuando por ventura, lo que a Dios no place, estalla un escándalo contra él a propósito de su iglesia. Que actúe entonces prudentemente, tal como decidieron, gracias a la enseñanza de Cristo, los poderes de la iglesia por resolución sinodal. Y si ocurriera que se forzara a obispos y sacerdotes a jurar contra Dios y las reglas eclesiásticas, que tales juramentos sean declarados nulos en virtud de los textos de la Santa Escritura.

Capitularia, ed. Boretius, t. II, 1890, n.º 297, pp. 439-440. Recoge: R. Boutrouche, Señorío y feudalismo. I. Los vínculos de dependencia, Madrid, 1980, pp. 302-303.



El tratado de Verdún (843)

     (...) Llegado Carlos, los hermanos se reunieron en Verdún. Allí fue hecho el reparto: Luis recibió todo el territorio más allá del Rhin, las ciudades de Spira, Worms, Maguncia y sus pagos. Lotario, el territorio que se encuentra entre el Rhin y el Escalda, hasta el mar, y del otro lado, por el Cambresis, el Hainaut, los países de Lomme y de Meziers y los condados vecinos al Mosa hasta la confluencia del Saona y del Ródano, y el curso del Ródano hasta el mar, con los condados contiguos. Fuera de estos límites, Lotario obtuvo solamente Arras de la humanidad de su hermano Carlos. El resto hasta España lo recibió Carlos. Después de haber hecho los correspondientes juramentos, se separaron.

Annales de Saint Bertin, ann. 842-843. En Calmette, «Textes et documentes d'Histoire», II. Moyen Age, París, 1953, p. 43.



Ataques vikingos en Francia (año 857), según los monjes de Noirmoutier

     Los frecuentes e infortunados ataques de los normandos (...) no disminuían en absoluto, y el abad Hilbodus había construido en la isla un castillo que les protegiera contra ese pueblo infiel. Junto con sus hermanos, acudió ante el rey Pipino y preguntó a su alteza que proyectaba hacer sobre este problema. Entonces el glorioso rey y los grandes hombres del reino -se celebraba entonces asamblea general del reino- deliberaron sobre el problema con graciosa preocupación y se hallaron incapaces de ayudar organizando un asalto vigoroso. A causa de las extraordinariamente peligrosas mareas, la isla no era siempre fácilmente accesible para nuestras fuerzas, pero todos sabían que a los normandos les resultaba fácilmente accesible siempre que el mar estuviera tranquilo. El rey y los grandes hombres optaron por la decisión que juzgaron más ventajosa. Con el acuerdo del serenísimo rey Pipino, casi todos los obispos de la provincia de Aquitania y los abades, condes y otros hombres fieles que estaban presentes y otros muchos más que se habían enterado de la situación, aconsejaron unánimemente que el cuerpo del bienaventurado Filiberto fuera sacado de la isla y no permaneciera más en ella (...)

     El número de naves aumenta; la muchedumbre innumerable de los normandos sigue creciendo; los cristianos son en todas partes víctimas de sus ataques, pillaje, devastaciones e incendios, cuyas huellas manifiestas perdurarán mientras dure el mundo. Toman todas las ciudades por las que cruzan sin que nadie les ofrezca resistencia: toman las de Burdeos, Périgueux, Limoges, Angulema y Tolosa, Angers, Tours y Orleans son arrasadas. Se llevan las cenizas de muchos santos: casi se cumple así la amenaza que profirió el Señor por boca del Profeta: «Desde el Norte se desencadenará el mal sobre todos los habitantes de la tierra» [Jer, 1, 14]. También nosotros huimos a un lugar llamado Cunault, en el territorio de Anjou, en la orilla del Loire, que Carlos, el glorioso rey antes nombrado, nos había dado como refugio, a causa del inminente peligro, antes de que fuera tomado Angers.

     Los normandos atacaron también España, bajaron por el Ródano y devastaron Italia. Mientras se libraban por todas partes tantas guerras civiles y exteriores, transcurrió el año de la Encarnación de Cristo de 857. Pero nos quedaba alguna esperanza de regresar a nuestra patria, esperanza que resultó ser ilusoria, y mientras las peripecias de nuestra huida hicieron que nos hospedáramos en lugares diversos, el cuerpo de San Filiberto se había quedado en su lugar, como hemos dichos, porque a causa de los males que nos abrumaban en todas partes no habíamos podido encontrar la garantía de un asilo seguro (...)

ERMENTAIRE, Miracles de Saint Philibert, Ed. París, 1905, pp. 60-63. R. LATOUCHE, Textes d'Histoire Médiévale (V-XI siècle), París, 1951, pp. 130-134. Recoge: M. A. Ladero, Historia Universal de la Edad Media, Barcelona, 1987, pp. 302-303.



El ataque a la ciudad de París por los daneses

     Entonces los daneses empezaron a construir una plataforma y la colocaron sobre dieciséis ruedas, ¡oh, cosa maravillosa!, era un verdadero monstruo como jamás había conocido. Tenía tres pisos en un solo bloque, estaba hecha con troncos de gruesas encinas; en cada piso se colocó un ariete, este estaba cubierto con un elevado techo. En el espacio interior de las profundidades secretas de sus flancos se escondían, según se decía, 60 hombres provistos de cascos. Sin embargo, solo consiguen construir una de estas máquinas con la suficiente amplitud, pues finalizando una segunda y trabajando en una tercera, una lanza arrojada con destreza y con la fuerza de una ballesta, mató a la vez a dos de los constructores; así estos fueron los dos primeros en comprobar la muerte que ellos preparaban contra nosotros. En consecuencia, heridos mortalmente de un solo tiro, el cruel golpe los mató. Los daneses arrancaron el cuero del cuello y espaldas de toros jóvenes y con él construyeron mil escudos, que un autor latino llama «plutos o cratesves», cada uno de ellos podía cubrir de cuatro a seis hombres (...)

     Estos infortunados hombres avanzaban hacia la ciudadela, con las espaldas curvadas bajo el peso de los arcos y el hierro de las escamas de sus corazas. Ocultan a nuestros ojos los campos con sus espadas y las aguas del Sena con sus escudos. Mil balas de plomo fundido no cesaban de volar sobre la ciudad. En los puentes se entremezclan las torres de vigilancia y las poderosas catapultas (...) Las campanas de bronce de todas las iglesias tocaban lúgubremente, llenando el aire con sus siniestros sones (...) En este momento destacan los nobles y los héroes; el primero de todos el obispo Gozlin y junto a él Eblo, su sobrino, el abad favorito de Marte y también Roberto, Eudo, Regnario, Uttón, Erilango, todos ellos condes, pero el más valiente era Eudo. Murieron tantos daneses como dardos lanzó. El pueblo cruel combatió y el pueblo fiel se defendió.

ABBON, De bello Parisiacae urbis, Ed. WAQUET, H., Canto I, versos 205 a 2220 y 232 a 248. Recoge: M. Riu y otros, Textos comentados de época medieval (siglos V al XII), Barcelona, 1975, pp. 432-434.


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