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Islam

     En la Península Arábiga surgirá a comienzos del siglo VII una joven y pujante fuerza que, a partir de la predicación de Mahoma, se dispondrá a luchar por el control de la ribera mediterránea y que, de la mano de los califas ortodoxos y del Califato Omeya, no tardará en llegar a las «columnas de Hércules» e incluir, mediante la conquista planificada, a la Península Ibérica en su área de dominio. A partir de aquel momento, y al amparo de fórmulas políticas más o menos tolerantes, la idea de Umma rivalizará con pleno derecho frente a una cristiandad debilitada y dividida. De la misma manera que Bizancio encuentra en la profundización de sus propias raíces culturales su criterio de autoafirmación diferenciadora, el Islam, a través del Imperio abbasí, hace de la coherente y radical islamización de sus mecanismos de acción política la bandera de su fuerza expansiva frente a las «Cristiandades». Islamización profunda y orientalización son elementos indisociables que hacen bascular el eje político del Califato hacia Bagdad, al tiempo que distintas corrientes de descontento hacen de la fitna religiosa su propio soporte de sustentación política. Junto a los fatimíes norteafricanos, la evolución del Emirato independiente hasta su conversión en Califato de Córdoba constituye el mejor ejemplo de ello. El desgarro político-religioso, sin embargo, no provocó la paralización de un auge que llevaría a la cultura y a la civilización islámicas a cotas de incomparable desarrollo en los siglos IX y X.




Mahoma y su doctrina Volver al índice



Cristianos y judíos según El Corán

     Son infieles quienes dicen: «Dios es el Mesías, hijo de María»; pues el Mesías dijo: «Hijos de Israel: Adorad a Dios, mi Señor y a vuestro Señor». Ciertamente, a quien asocia a Dios, Dios le prohibirá entrar en el Paraíso: su asilo será el fuego, pues los injustos no tienen defensores. Son infieles quienes dicen: «Dios es el tercero de una tríada»: No hay Dios, sino un único Dios. Si no cejan en lo que dicen, realmente, quienes de entre ellos no creen, tocarán un tormento doloroso. ¿No volverán a Dios y le pedirán perdón? Dios es indulgente, misericordioso. El Mesías, hijo de María, no es más que un Enviado; antes que él han existido enviados; su madre era verídica, ambos comían alimento. Observa como aclaramos las aleluyas a los cristianos; y a continuación fíjate en cómo se apartan. Di: «¿Adoraréis, prescindiendo de Dios, lo que no tiene para vosotros mal ni bien?». Dios es el Oyente, el Omnisciente. Di: «¡Gente del Libro! No exageréis en vuestra religión profesando algo distinto de la verdad; no sigáis los deseos de unas gentes que ya antes se extraviaron e hicieron extraviar a muchos y que se extraviaron de la buena senda».

     Quienes entre los Hijos de Israel no creen, han sido maldecidos por boca de David y de Jesús, hijo de María. Eso porque desobedecieron, fueron transgresores de la ley, no se prohibieron el mal que hacían. ¡Cuán malo es lo que hacían! Ves a muchos de ellos tomar por amigos a quienes no creen. ¡Cuán malo es lo que sus almas les sugieren cuando Dios se ha indignado con ellos! Ellos permanecerán eternamente en el tormento. Si creyeran en Dios, en el Profeta y en lo que le ha hecho descender, no tomarían a los infieles por amigos. Pero la mayoría de ellos son perversos (...)

     Acuérdate de cuando Dios dijo: «Jesús, hijo de María, recuerda el beneficio que dispensé sobre ti y sobre tu madre cuando te auxilié con el Espíritu Santo diciendo: 'Hablarás a los hombres en la cuna con madurez'». Acuérdate de cuando te enseñé el Libro de la Sabiduría, el Pentateuco, y el Evangelio, y cuando creaste de arcilla algo semejante a la forma de los pájaros, con Mi permiso, y soplaste en ellos y fueron pájaros con Mi permiso; cuando curaste al ciego de nacimiento y al leproso con Mi permiso; cuando hiciste salir a los muertos de su sepulcro con Mi permiso, y cuando aparté de ti a los Hijos de Israel en el momento en que les traíais pruebas manifiestas, quienes entre ellos no creían dijeron: «Esto no es más que magia manifiesta». Acordaos de cuando inspiramos a los apóstoles diciendo: «Creed en Mí y en mi Enviado». Respondieron: «Creemos, atestigua, que nosotros estamos sometidos a la voluntad de Dios».

El Corán, Azora V, aleyas 76-84 y 109-111. Trad. J. Vernet, El Corán, Barcelona, 1953, pp. 69-72.



La «guerra santa» en El Corán

     Combatid a vuestros enemigos en la guerra encendida por defensa de la religión; pero no ataquéis los primeros. Dios niega a los agresores.

     Matad a vuestros enemigos donde quiera que los encontréis; arrojadlos de los lugares de donde ellos os arrojaron antes. El peligro de cambiar de religión es peor que el crimen. No combatáis a los enemigos cerca del Templo de Haram a menos que ellos os provoquen. Más si os atacaran, bañaos en su sangre. Tal es la recompensa debida a los infieles.

     Si ellos abandonan el error el Señor es indulgente y misericordioso.

     Combatid a vuestros enemigos hasta que nada tengáis que temer de la tentación, hasta que el culto divino haya sido restablecido, que toda enemistad cese contra los que han abandonado los ídolos. Vuestro odios solo deben encenderse contra los perversos.

     Si os atacaran durante los meses sagrados y en los lugares santos, hacedles sufrir la pena del talión; violad las leyes que en sus códigos equivalgan a la que ellos os han violado. Temed al Señor; acordaos de que él está con aquellos que le temen (...)

     Si te preguntan si han de combatir en los meses sagrados respóndeles: «La guerra durante este tiempo os será penosa»; pero separar los creyentes del camino recto, ser infieles a Dios, arrojar a sus servidores del templo sagrado, son crímenes horribles a los ojos del Altísimo. La idolatría es peor que el crimen. Los infieles no cesarán de perseguiros con las armas en la mano, hasta que os hayan arrebatado vuestra fe, si esto les es posible. Aquel de vosotros que abandone el islamismo y muera en su apostasía habrá anulado el mérito de sus obras en este mundo y en el otro. Las eternas llamas le quemarán eternamente.

     Los creyentes que abandonaron su patria y combatieron por la fe pueden esperar la misericordia divina, Dios es indulgente y misericordioso.

El Corán, aleya 2, vers. 186-190 y 214-215.



Deberes para con el prójimo según El Corán

     Adorad a Dios y no le asocies nada en esta adoración. Amad a vuestro padre y a vuestra madre, a los que os rodean a los huérfanos, a los pobres, al cliente y al camarada, por ser vecinos vuestros, al viajero y a vuestros esclavos. Dios no ama al que es insolente y fatuo. No ama a los que son avaros, a los que hacen que otros lo sean, ni a los que ocultan el favor que Dios les ha concedido. Hemos preparado un tormento envilecedor para los infieles. Dios no ama a los que derrochan ostensiblemente sus bienes ante los hombres sin creer en Él ni en el día final. El que tiene por compañero al Demonio ¡qué detestable compañero tiene!

El Corán, aleya IV, vers. 40-42.




Califas ortodoxos y dinastía omeya Volver al índice



Las primeras acuñaciones musulmanas bajo la administración omeya

     Cuando la autoridad se afirmó en favor de Abd al-Malik ibn Marwan, a la muerte de Abd Allah y de Mus'ab, hijos de al-Zubary, el califa se interesó por las monedas, pesos y medidas, acuñando dinares y dracmas en el año 76 [hacia el 695-696]. estableció el peso del dinar en 22 quilates menos un grano de cebada, al peso sirio, y fijó el peso del dirham en 15 quilates justos, equivaliendo el quilate a 4 granos [de cebada] y cada daneq a 2 quilates y medio. Escribió entonces a al-Hachchach, que se encontraba en Iraq, y le ordenó que acuñase dirhemes bajo su propia responsabilidad. Y este los acuñó. Estas monedas llegaron después a Medina, donde aún quedaban supervivientes de los Compañeros del Profeta -¡La satisfacción de Allah sea sobre todos ellos!- que no desaprobaron más que el grabado de los dinares puesto que llevaba una imagen (...)

     La razón por la cual Abd al-Malik acuñó dinares y dirhemes de esta forma es que Jalid ibn Yazid ibn Mu'awiyya ibn Abi Sufyan le dijo: «Oh, Príncipe de los Creyentes, los doctores de las Gentes del Primer Libro cuentan cómo ellos han encontrado en sus textos que los príncipes que han vivido más tiempo son los que han santificado en nombre de Allah en la moneda». El califa decidió entonces acuñar moneda instituyendo de esta forma el cuño [sikka] musulmán. Incluso se dice que Abd al Malik escribió en la cabecera de la carta que dirigió al Basileus: «Di: Él es Allah, es único», mencionando el nombre del Profeta en la redacción de la fecha. Todo ello no agradó al Basileus que respondió: «Si no abandonas esta práctica, nosotros nombraremos a vuestro Profeta en nuestro solidi de una manera que te hará poca gracia». Esto fue muy penoso para Abd al Malik, por lo que consultó a los que le rodeaban. Jalid ibn Yazid le aconsejó entonces acuñar moneda [propia del Islam] y abandonar los solidi bizantinos; cosa que efectivamente hizo.

     El que fabricó los [cospeles de estos] dirhemes fue un judío de Tayma, llamado Sumayr, por lo que los dirhemes fueron bautizados con su nombre y llamados sumayriyya. Abd al Malik envió los tipos a al-Hachchach que, a su vez, los envió a las provincias para que los dirhemes fuesen acuñados de esta forma, ordenando, además, a todas las ciudades que cada mes le informasen por carta del dinero que se había reunido para que él pudiese mantener un control (...)

     En una de las caras del dirhem hizo grabar: «Allah es único» y en la otra: «No hay más Dios que Allah»; por sus dos lados adornó el dirhem con una orla, en el interior de la cual hizo escribir, en un lado: «Ha sido acuñado este dirhem en tal ciudad», y en el otro: «Mahoma es el Enviado de Allah. Lo ha mandado con la dirección y la religión verdadera para elevarse sobre todas las religiones aunque los asociadores lo odien».

D. EUSTACHE, Etude de numismatique et de métrologie musulmanes, «Hesperis Tamuda, Rabat», X, núm.. 1-2, 1969, p. 106. Recoge: M. Riu y otros, Textos comentados de época medieval [siglos V al XII], Barcelona, 1975, pp. 274-276.



Primeros pasos del expansionismo musulmán: la batalla de Yarmuk de 636

     Heraclio reunió grandes contingentes de griegos, sirios, mesopotamios y armenios hasta sumar casi 200.000 hombres. Colocó este ejército al mando de un jefe escogido y envío como vanguardia a Jabalah ibn-al-Aiham al-Ghassani, a la cabeza de los árabes «naturalizados» de Siria, de las tribus de Lakhm, Judham y otras, resuelto a combatir a los musulmanes para vencerles o retirarse a la tierra de los griegos a vivir en Constantinopla. Los musulmanes se reunieron y el ejército griego marchó contra ellos. Trabaron batalla, de las más feroces y sangrientas, en al-Yarmuk, que es un río. En esta batalla tomaron parte 24.000 musulmanes y tanto los Griegos como sus seguidores se ataban unos a otros con cadenas para que ninguno tuviera esperanza de huir. Con la ayuda de Allah fueron muertos unos 70.000 de ellos, y los restantes huyeron, llegando a Palestina, Antioquía, Alepo, Mesopotamia y Armenia (...)

     Cuando Heraclio recibió las noticias sobre las tropas en al-Yarmuk y la destrucción de su ejército por los musulmanes, huyó de Antioquía a Constantinopla. Al pasar el ad-Darb volviose y dijo: «La paz sea contigo, Siria, ¡Qué excelente país para el enemigo!».

AL-BALADHURI, La Conquista de las Tierras. Recoge: F. Spinosa, Antología de Textos Históricos medievales, Lisboa, 1976, pp. 98-99.



El ataque árabe a Constantinopla en el 677

     Constante fue muerto a traición por sus criados en Sicilia cuando estaba en el baño. Después de haber reinado veintisiete años, le sucedió su hijo Constantino.

     Fue al comienzo de su reinado cuando el príncipe de los sarracenos equipó una potente flota, de la que dio el mando a un excelente hombre de guerra llamado Caler. Este abordó el Ebdome, que está en las afueras de Constantinopla. Constantino le salió al encuentro con gran número de barcos. Cada día se dieron varios combates y la guerra siguió sin descanso desde la primavera hasta el otoño, en que la flota enemiga se retiró a invernar en Cizico. Volvió en la primavera siguiente para proseguir la guerra, que, de esta forma, duró siete años. Pero al fin, como estos bárbaros, lejos de conseguir ventajas, habían perdido algunos de sus más valientes hombres, se retiraron a su país, siendo atacados por una tempestad en la que perecieron casi todos.

     Cuando el príncipe de los sarracenos supo la nueva de la pérdida de su flota, envió embajadores al emperador para solicitar la paz y ofrecer un tributo. El emperador aceptó la propuesta y envió hacia ellos a Juan, patricio llamado Petzgodio, hombre de rara sabiduría y profunda experiencia. Cuando llegó a su país acordó una tregua de treinta años, durante el cual pagaron tres mil piezas de oro y entregaron cincuenta hombres y cincuenta caballos.

     Apenas la noticia llegó a los avaros, enviaron presentes al emperador, solicitándole la paz que se acordó. Así, tanto Oriente como Occidente disfrutaron de una profunda calma y una perfecta tranquilidad.

NICEFORO, Histoire des empereurs Constantin, Heracle et leurs successeurs, T. III de Histoire de Constantinople, París, 1685, pp. 358-359. Recoge: A. Lozano y E. Mitre, Análisis y comentario de textos históricos. Edad Antigua y Media, Madrid, 1978, pp. 156-157.



El fin de los omeyas visto por Ibn al-Abbar [siglo XIII]

     'Abd al-Malik era más decidido que Yazid, y sabía mejor el camino hacia lo que quería. Escribió a su esbirro -cuya terquedad temía- que le evitara la sangre de la familia de la Casa y los respetase, y no reanudase en ellos la obra de la familia de Harb. Pero los aniquiló, haciendo del saqueo de sus propiedades la causa de su muerte. En cuanto a sus hijos, le obedecieron en su iniquidad y transgresión, y extendieron a la familia de los dos nietos [del Profeta] el mal de sus lenguas y de sus manos [Corán, LX, 2]. Mas se abalanzaron sobre ellos los hijos de Abbas, cuya valentía y arrojo son conocidos; los eliminaron y vaciaron sus lechos y sus púlpitos: «¿Acaso percibes a alguno, u oyes algún ruido de ellos?» [Corán, XIX, 98]. Marwan al-Yadi ofreció un banquete e hizo venir a los principales de Quraysh. Pero entró a comer su devorador, cAbdallah b. cAli, y viendo al-Yadi que comía a mandíbula batiente lo que tenía delante, dijo: «Este muchacho es un tragón». Y tomó venganza por su propia mano, que a veces una palabra coincide con el destino. Marwan temió por quienes venían tras él, y le pidió prometiera protegerles. Pero dijo cAbdallah: «Tu sangre nos pertenece, así como tu harén». Y obró en consecuencia, tras matar a quienes mató, y prolongar con sus sangres el primer y el segundo trago: «Como el pez cuya sed no se apaga con lo que bebe y continúa sediento aunque su boca esté dentro del agua».

«La epopeya de los alíes». Enfrentamientos entre shi'itas y sunnitas relatados por un andalusí del s. XIII, Madrid, 1990, pp. 86-87.




Radicalización abbasí Volver al índice



Los fatimíes conquistan el Norte de África

     Ismail fue el primero que designó como gobernador del reino de Sicilia a los Banu Abu-l-Hasan, los cuales, después de él, continuaron allí.

     Murió -Dios tenga piedad de él- el último día de Sawwal del año 341 [19 de marzo del 953] y le sucedió -Dios tenga compasión de él- su hijo Abu Tamim Ma'dd, apodado al-Mu'izz.

     Es [éste] el más grande de los monarcas Ubaydies en poder y el mayor en dignidad. Gozaba de difundido renombre y era muy orgulloso, grave, de gran dulzura y poseído de sí mismo, hasta el punto de que se asegura haber ordenado decir al almuédano: «Atestiguo que no hay más Dios que Allah y atestiguo que Ma'add es el enviado de Allah» (...)

     Se apoderó de todos los países del Magrib al Mar Océano, de Barqa y de Alejandría, y más tarde de Misr, Siria y el Hiyaz, bajo el mando de su general, el secretario Yawhar, siendo acatadas sus órdenes desde los confines de Siria y del Hiyaz hasta el Extremo Sur. Entró en Misr el martes día 17 de Sa'ban del año 358 [6 de julio del 969], y su almuédano dijo el adán especial de su secta en la mezquita de Tulun, el año 360 [970] (...) Estableció en Misr su residencia y reinó en Siria y en el Hiyaz, después de designar representante suyo en el Magrib al sinhayi Buluqqinub. Ziri al-Manadi en cuya mano colocó su sello. Sostuvo grandes guerras con los gobernadores abbasíes en Siria antes de dominarla, y se cita que hizo salir a Yawhar al encuentro de Aftikin el turco, con una hueste en la que figuraban 600 atabales y 5.000 estandartes.

     Murió en al-Mu'izziya, a la que edificó en Egipto, el domingo, día 6 de Du-l-Hiyya del año 364 [17 de agosto del 975] -gloria al vivo que es inmortal- y le sucedió Nizar.

«El África del Norte en el A'Mal Al-A'lam de Ibn Al-Jatib», ed. Castrillo Márquez, Madrid, C. S. I. C., 1958, pp. 134-138. Recoge: A. Lozano y E. Mitre, Análisis y comentario de textos históricos. I. Edad Antigua y Media, Madrid 1978, p. 167.




Al-Andalus: del emirato dependiente al califato Volver al índice



Conquistas de Tárik en la Península Ibérica

     Marchó enseguida Tárik a la angostura de Algeciras, y después a la ciudad de Écija: sus habitantes, acompañados de los fugitivos del ejército grande, saliéronle al encuentro, y se trabó un tenaz combate, en que los musulmanes tuvieron muchos muertos y heridos. Dios les concedió al fin su ayuda, y los politeístas fueron derrotados, sin que los musulmanes volviesen a encontrar tan fuerte resistencia. Tárik bajó a situarse junto a una fuente que se halla a cuatro millas de Écija, a orillas de su río, y que tomó el nombre de «fuente de Tárik».

     Infundió Dios el terror en los corazones de los cristianos cuando vieron que Tárik se internaba en el país, habiendo creído que haría lo mismo que Tarif, y huyendo hacia Toledo, se encerraron en las ciudades de España. Entonces Julián se acercó a Tárik y le dijo: «Ya has concluido con España: divide ahora tu ejército, al cual servirán de guías estos compañeros míos, y marcha tú hacia Toledo». Dividió, en efecto, su ejército desde Écija y envió a Moguits Ar-Romí, liberto (...) a Córdoba, que era entonces una de sus mayores ciudades, y es actualmente fortaleza de los muslimes, su principal residencia y capital del reino, con 700 caballeros, sin ningún peón, pues no había quedado musulmán sin caballo. Mandó otro destacamento a Rayya, otro a Granada, capital de Elvira, y se dirigió él hacia Toledo con el grueso de las tropas.

     Moguits caminó hasta llegar a Córdoba y acampó en la alquería de Xecunda, en un bosque de alerces que había entre las alquerías de Xecunda y Tarçail. Desde aquí mandó algunos de sus adalides, quienes cogieron y llevaron a su presencia un pastor que andaba apacentando su ganado en el bosque. Pidíole Moguits noticias de Córdoba, y dijo que la gente principal había marchado a Toledo, dejando en la ciudad al gobernador con 400 defensores y la gente de poca importancia. Después le preguntó por la fortaleza de sus murallas, a lo que contestó que eran bastante fuertes, pero que sobre la puerta de la Estatua, que es la del puente, había una hendidura, que les describió. Llegada la noche, se acercó Moguits y favoreciendo Dios su empresa con un fuerte aguacero, mezclado con granizo, pudo con la oscuridad aproximarse al río, cuando los centinelas habían descuidado la guardia por temor al frío y a la lluvia, y solo se escuchaban algunas voces de alerta, dadas débilmente y a largos intervalos. Pasó la gente el río, que solo distaba del muro 30 codos, o menos, y se esforzaron por subir a una muralla: más como no encontrasen punto de apoyo, volvieron a buscar al pastor, y habiéndole traído, les indicó la hendidura, que si bien no estaba a la haz de la tierra, tenía debajo una higuera. Entonces se esforzaron por subir a ella, y después de algunas tentativas, un musulmán logró llegar a lo alto. Moguits le arrojó la punta de su turbante, y por este medio treparon muchos al muro. Montó Moguits a caballo y se colocó delante de la puerta de la Estatua, por la parte de afuera, después de haber dado orden a los que habían entrado de que sorprendiesen la guardia de esta puerta, que es hoy la del puente: en aquel tiempo estaba destruido y no había puente ninguno en Córdoba. Los muslimes sorprendieron, en efecto, a los que guardaban la puerta de la Estatua, llamada entonces de Algeciras, mataron a unos y ahuyentaron a otros (...) Moguits se dirigió al palacio del rey, más este al saber la entrada de los musulmanes, había salido por la puerta occidental de la ciudad, llamada puerta de Sevilla, con sus 400 ó 500 soldados y algunos otros, y se habían guarecido en una iglesia dedicada a San Acisclo, que estaba situada en la parte occidental y era firme, sólida y fuerte. Ocupó Moguits el palacio de Córdoba, y al siguiente día salió y cercó al cristiano en la iglesia, escribiendo a Tárik la nueva conquista.

     El destacamento que fue hacia Rayya la conquistó, y sus habitantes huyeron a lo más elevado de los montes; marchó enseguida a unirse con el que había ido a Elvira, sitiaron y tomaron su capital y encontraron en ella muchos judíos. Cuando tal les acontecía, en una comarca reunían todos los judíos de la capital y dejaban con ellos un destacamento de musulmanes, continuando su marcha el grueso de las tropas. Así lo hicieron en Granada, capital de Elvira, y no en Málaga, capital de Rayya, porque en esta no encontraron judíos ni habitantes, aunque en los primeros momentos de peligro allí se habían refugiado.

     Fueron después a Todmir, cuyo verdadero nombre era Orihuela, y se llamaba Todmir del nombre de su señor [Teodomiro], el cual salió al encuentro de los musulmanes con un ejército numeroso, que combatió flojamente, siendo derrotado en un campo raso, donde los musulmanes hicieron una matanza tal, que casi los exterminaron. Los pocos que pudieron escapar huyeron a Orihuela, donde no tenían gente de armas ni medio de defensa; más su jefe Todmir, que era hombre experto y de mucho ingenio, al ver que no era posible la resistencia con las pocas tropas que tenía, ordenó que las mujeres dejasen sueltos sus cabellos, les dio cañas y las colocó sobre la muralla de tal forma que pareciesen un ejército, hasta que él ajustase las paces. Salió enseguida a guisa de parlamentario, pidiendo la paz que le fue otorgada (...) Después de haber puesto en noticia de Tárik las conquistas alcanzadas y de haber dejado allí [con Teodomiro] algunas tropas (...) marchó el grueso del destacamento hacia Toledo para reunirse con Tárik.

     Moguits permaneció tres meses sitiando a los cristianos en la iglesia, hasta que una mañana vinieron a decirle que el cristiano [principal] había salido, huyendo a rienda suelta en dirección a la sierra de Córdoba, a fin de reunirse con sus compañeros en Toledo, y que había dejado en la iglesia a sus soldados. Moguits salió en su persecución solo y le vio que huía en su caballo (...) llegó a un barranco donde su caballo cayó y se desnucó. Cuando llegó Moguits (...) se entregó prisionero, siendo el único de los reyes cristianos que fue aprehendido, pues los restantes o se entregaron por capitulación o huyeron a Galicia. Después volvió Moguits a la iglesia, hizo salir a todos los cristianos y mandó que les cortasen la cabeza, tomando entonces esta iglesia el nombre de la iglesia de los prisioneros. El cristiano principal permaneció preso para ser conducido ante el emir de los creyentes. Reunió Moguits en Córdoba a los judíos, a quienes encomendó la guarda de la ciudad, distribuyó en ella a sus soldados y se aposentó en el palacio.

     Tárik llegó a Toledo, y dejando allí algunas tropas, continuó su marcha hacia Guadalajara, después se dirigió a la montaña, pasándola por el desfiladero que tomó su nombre, y llegó a una ciudad que hay en la otra parte del monte, llamada Almeida [La Mesa], nombre debido a la circunstancia de haberse encontrado en ella la mesa de Salomón, hijo de David, cuyos bordes y pies, en número de 365, eran de esmeralda verde. Llegó después a la ciudad de Amaya, donde encontró alhajas y riquezas, y (...) volvió a Toledo en el año 93.

AJBAR MACHMUA [Colección de tradiciones], «Crónica anónima del siglo XI», Trad. E. Lafuente, Col. «Obras arábigas de Historia y Geografía», Madrid, 1867, pp. 20-31. Recoge: C. SÁNCHEZ ALBORNOZ y A. VIÑAS, Lecturas históricas españolas, Madrid, 1981, pp. 35-37.



Las calamidades de España ante la irrupción musulmana

     ¿Quién podrá pues narrar tan grandes peligros? ¿Quién podrá enumerar desastres tan lamentables? Pues aunque todos los miembros se convirtiesen en lengua, no podría de ninguna manera, la naturaleza humana referir la ruina de España ni tantos y tan grandes males como esta soportó. Pero para contar al lector todo en breves páginas, dejando de lado los innumerables desastres que desde Adán hasta hoy causó, cruel, por innumerables regiones y ciudades, este mundo inmundo, todo cuanto según la historia soportó la conquistada Troya, lo que aguantó Jerusalén, según vaticinio de los profetas, lo que padeció Babilonia, según el testimonio de las Escrituras, y, en fin, todo cuanto Roma enriquecida por la dignidad de los Apóstoles, alcanzó por sus mártires, todo esto y más lo sintió España, tanto en su honra, como también de su deshonra, pues antes era atrayente, y ahora está hecha una desdicha.

Crónica mozárabe de 754, cap. 6. Ed. J. E. LÓPEZ PEREIRA.



Cristianos y musulmanes enjuician Covadonga

     Pelayo estaba con sus compañeros en el monte Auseva, y el ejército de Alqama llegó hasta él y alzó innumerables tiendas frente a la entrada de la cueva. El predicho obispo subió a un montículo situado ante la cueva de la Señora y habló así a Pelayo: «Pelayo, Pelayo, ¿ dónde estás?». El interpelado se asomó a la ventana y respondió: «Aquí estoy». El obispo dijo entonces: «Juzgo, hermano e hijo, que no se te oculta cómo hace poco se hallaba toda España unida bajo el gobierno de los godos y brillaba más que los otros países por su doctrina y ciencia, y que, sin embargo, reunido todo el ejército de los godos no pudo sostener el ímpetu de los ismaelitas. ¿Podrás tú defenderte en la cima de este monte? Me parece difícil. Escucha mi consejo: Vuelve de tu acuerdo, gozarás de muchos bienes y disfrutarás de la amistad de los caldeos». Pelayo respondió entonces: «¿No leíste en las Sagradas Escrituras que la Iglesia del Señor llegará a ser como el grano de la mostaza y de nuevo crecerá por la misericordia de Dios?». El obispo contestó: «Verdaderamente, así está escrito». Pelayo dijo: «Cristo es nuestra esperanza; que por este pequeño montículo que ves sea España salvada y reparado el ejército de los godos. Confío en que se cumplirá en nosotros la promesa del Señor, porque David ha dicho: «¡Castigaré con mi vara sus iniquidades y con azotes sus pecados, pero no les faltará mi misericordia!». Así, pues, confiando en la misericordia de Jesucristo, desprecio esa multitud y no temo el combate con que nos amenazas. Tenemos por abogado cerca del Padre a Nuestro Señor Jesucristo, que puede libarnos de estos paganos». El obispo, vuelto entonces al ejército, dijo: «Acercaos y pelead. Ya habéis oído cómo me ha respondido; a lo que adivino de su intención, no tendréis paz con él, sino por la venganza de la espada».

     Alqama mandó entonces comenzar el combate, y los soldados tomaron las armas. Se levantaron los fundíbulos, se prepararon las hondas, brillaron las espadas, se encresparon las lanzas e incesantemente se lanzaron saetas. Pero al punto se mostraron las magnificencias del Señor: las piedras que salían de los fundíbulos y llegaban a la casa de la Virgen Santa María, que estaba dentro de la cueva, se volvían contra los que las disparaban y mataban a los caldeos.

«Crónica de Alfonso III». Ed. GÓMEZ MORENO, B. R. A. H., C, 1932, p. 612.



La figura de Pelayo vista por los musulmanes

     Dice Isa ben Ahmand Al-Razi que en tiempos de Anbasa ben Suhaim Al-Qalbi, se levantó en tierra de Galicia un asno salvaje llamado Pelayo. Desde entonces empezaron los cristianos en Al-Andalus a defender contra los musulmanes las tierras que aún quedaban en su poder, lo que no habían esperado lograr. Los islamitas, luchando contra los politeístas y forzándoles a emigrar, se habían apoderado de su país hasta llegar a Ariyula, de la tierra de los francos, y habían conquistado Pamplona en Galicia y no había quedado sino la roca donde se refugió el rey llamado Pelayo con trescientos hombres. Los soldados no cesaron de atacarle hasta que sus soldados murieron de hambre y no quedaron en su compañía sino treinta hombres y diez mujeres. Y no tenían qué comer sino la miel que tomaban de la dejada por las abejas en las hendiduras de la roca. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y al cabo los despreciaron diciendo: «Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?». En el año 133 murió Pelayo y reinó su hijo Fafila. El reinado de Pelayo duró diecinueve años y el de su hijo dos. Después de ambos reinó Alfonso, hijo de Pedro, abuelo de los Banu Alfonso, que consiguieron prolongar su reino hasta hoy y se apoderaron de lo que los musulmanes les habían tomado.

Nafh al-tib de AL-MAQQARI. Trads. LAFUENTE ALCÁNTARA, Col. «Obr. Ar. Ac. Ha.», I., p. 230 y M. ANTUÑA; C. SÁNCHEZ ALBORNOZ, Fuentes de la historia hispano-musulmana (siglo VIII), p. 232.



El pacto de Teodomiro con Abd Al-Aziz

     En el nombre de Allah, clemente y misericordioso. Escrito dirigido por Abd Al-Aziz ibn Musa ibn Nusayr a Tudmir ibn Abdush.

     Este último obtiene la paz y recibe el compromiso, bajo la garantía de Allah y la de su profeta, de que no será alterada su situación ni la de los suyos; de que sus derechos de soberanía no le serán discutidos; de que sus súbditos no serán asesinados, ni reducidos a cautividad, ni separados de sus mujeres e hijos, de que no serán estorbados en el ejercicio de su religión; y de que sus iglesias no serán incendiadas ni despojadas de los objetos de culto que en ellas existen; todo ello mientras cumpla las cargas que le imponemos. Le es concedida la paz mediante estas condiciones que regirán en las siete ciudades siguientes: Orihuela, Baltana, Alicante, Mula, Elche, Lorca e Iyyith. Además no deberá dar asilo a nadie que huya de nosotros, o que sea nuestro enemigo; ni hacer daño a quien goce de nuestra amnistía; ni mantener ocultas las noticias relativas a los enemigos que lleguen a su conocimiento. Él y sus súbditos deberán pagar al año un tributo personal consistente en un dinar en metálico, cuatro almudes de trigo y cuatro de cebada, cuatro medidas de mosto, cuatro de vinagre, dos de miel y dos de aceite. Esta tasa quedará reducida a la unidad para los esclavos. Lo cual firmaron como testigos Uthman ben Abi Abda al-Quraixí y Habib ben Abi Ubaida al-Fihrí y Abd Allah ben Maisara al Fahtimí y Abu-l-Qasim al-Udhailí. Escrito a cuatro de rachab del año 94 de la Héjira.

Ed. E. LEVÍ PROVENÇAL, «España musulmana», Historia de España, IV, Madrid, 1950, p. 21 y C. SÁNCHEZ ALBORNOZ, La España musulmana, I, Buenos Aires, 1960, pp. 42-43.



Ocupación de España por los musulmanes

     En la era del 749, mientras por dichos enviados [Tariq y otros] se devastaba España y se combatía con gran furor, no solo contra los enemigos, sino también entre sí, Muza (...) entró hasta la ciudad real de Toledo, castigando a las ciudades vecinas con mala paz fraudulenta, y a algunos nobles, señores varones que de algún modo se habían quedado, llegando a Toledo huyendo de Opas, hijo del rey Egica, los mató con la espada en el patíbulo, y con este motivo mató a todos con la espada.

     De este modo, no solo la España Ulterior, sino también la Citerior, hasta Zaragoza, antiquísima y floreciente ciudad, abierta ya por manifiesto juicio de Dios, la despobló con la espada, el hambre y el cautiverio; destruyó, quemándolas con el fuego, las bellezas ciudadanas; envió a la cruz a los señores y poderosos del siglo, y descuartizó con los puñales a los jóvenes y pequeños. Y así incita a todos con semejante terror, y algunas ciudades que habían quedado, viendose forzadas, piden la paz, y persuadiendo o burlando con astucia a algunos no de modo acostumbrado, concede lo pedido.

     Pero, los que habiendola obtenido, se niegan a obedecer, aterrados por el miedo, e intentan huir a los montes, mueren de hambre y de diversas muertes. Y en la misma desgraciada España, en Córdoba, en la antigua sede patricia, que siempre había sido la más opulenta de las ciudades vecinas y hacían las delicias del reino visigodo, colocan el inhumano reino.

Crónica Mozárabe del 754. Ed. MOMMSEN, Chron. minora, II, 353. En GARCÍA GALLO, Manual de Historia del Derecho Español, vol. II, Antología de fuentes del Antiguo Derecho, pp.432-433.



La jornada del arrabal

     En 198 [31 de agosto de 813] tuvo lugar en Córdoba la revuelta llamada del arrabal. Los hechos pasaron de la manera siguiente: el príncipe omeya reinante Al-Hakam ben Hixam casi no se ocupaba más que en jugar, cazar, beber y otros placeres semejantes y, por otra parte, la ejecución de muchos de los principales habitantes de la ciudad le hicieron odioso a la población, que era injuriada y maltratada por los mercenarios del emir.

     El desorden llegó a tal punto que, cuando se convocaba a la plegaria, el populacho gritaba: «¡Ven a rezar, borracho, ven a rezar!», y cuando alguno lanzaba esta injuria, los otros aplaudían. Entonces, Al-Hakam comenzó a rodear Córdoba con un recinto fortificado, guarnecido de zanjas: acuarteló la caballería en la puerta de su palacio, donde había siempre una tropa armada, y aumentó el número de sus mamelucos. Todas estas precauciones no hicieron más que acrecentar el odio de la población, que estaba persuadida de que quería vengarse de todas sus afrentas. Enseguida estableció el impuesto del diezmo sobre las mercaderías, impuesto que habría de cobrarse cada año sin remisión, lo que fue mal visto por el pueblo. Al-Hakam se apoderó de diez de los principales exaltados y les hizo ejecutar y crucificar, con lo que dio ocasión de cólera a las gentes del arrabal. Añádase a todo esto que un mameluco del príncipe llevó su espada a casa de un bruñidor para hacerla limpiar, y como este la remitiera a su dueño más tarde de lo convenido, el mameluco tomó la espada y golpeó con ella al obrero hasta dejarle muerto. Ocurrió esto en Ramadan [abril-mayo del 814] del año referido.

     Las gentes del arrabal meridional empuñaron los primeros las armas, y todos los otros arrabales les siguieron. El chund, los omeyas y los esclavos negros se concentraron en el palacio y Al-Hakam procedió a la repartición de los caballos y de las armas, así como a la reunión de sus compañeros.

     Se entabló la lucha y fue favorable a las gentes del arrabal, que cercaron el palacio. Entonces Al-Hakam descendió de la terraza donde se encontraba y fue, a caballo y armado, a reanimar el valor de los suyos, que se batieron a su vista con encarnizamiento (...)

     Al-Hakam consultó con Abd al-Qarim ben Abd al-Wahid ben Abd al-Mugayth, su último confidente, quien le aconsejó clemencia. Tal fue el partido que tomó el príncipe, a pesar del dictamen contrario emitido por otro, y perdonó a los rebeldes, pero con amenaza de muerte y crucifixión para todos los habitantes del arrabal que no hubiesen partido del arrabal en el plazo de tres días. Los sobrevivientes salieron a escondidas, expuestos a toda clase de penas y humillaciones, llevando lejos de Córdoba a sus mujeres, sus hijos, sus riquezas de más fácil transporte. Los soldados y malhechores estaban en acecho para saquearles y mataban a quienes osaban resistir.

     Terminado el plazo de tres días, Al-Hakam dio orden de respetar a las mujeres, a las que reunió en el mismo lugar, e hizo destruir el arrabal meridional [de Secunda] (...)

BEN AL-ATHIR, Kamil fi-l-Tarif, según versión francesa de Fagnan, pp. 165-177. Recoge: J. L. MARTÍN, Historia de España. Alta Edad Media, Historia 16, Madrid, 1980, p. 50.



Mercado de libros en Córdoba

     Estuve -dice el bibliófilo Al-Hadrami- una vez en Córdoba y solía ir con frecuencia al mercado de libros por ver si encontraba en venta uno que tenía vehemente deseo de adquirir. Un día, por fin, apareció un ejemplar de hermosa letra y elegante encuadernación. Tuve una gran alegría. Comencé a pujar: pero el corredor que los vendía en pública subasta todo era revolverse hacia mí indicando que otro ofrecía mayor precio. Fui pujando hasta llegar a una suma exorbitante, muy por encima del verdadero valor del libro bien pagado. Viendo que lo pujaban más, dije al corredor que me indicase la persona que lo hacía, y me señaló a un hombre de muy elegante porte, bien vestido, con aspecto de persona principal. Acerquéme a él y le dije: «Dios guarde a su merced. Si el doctor tiene decidido empeño en llevarse el libro, no porfiaré más; hemos ido ya pujando y subiendo demasiado». A lo cual me contestó: «Usted dispense, no soy doctor. Para que usted vea, ni siquiera me he enterado de qué trata el libro. Pero como uno tiene que acomodarse a las exigencias de la buena sociedad de Córdoba, se ve precisado a formar biblioteca. En los estantes de mi librería tengo un hueco que pide exactamente el tamaño de este libro, y como he visto que tiene bonita letra y bonita encuadernación, me ha placido. Por lo demás, ni siquiera me he fijado en el precio. Gracias a Dios me sobra dinero para esas cosas». Al oír aquello me indigné, no pude aguantarme, y le dije: «Sí, ya, personas como usted son las que tienen el dinero. Bien es verdad lo que dice el proverbio: 'Da Dios nueces a quien no tiene dientes'. Yo sé el contenido del libro y deseo aprovecharme de él, por mi pobreza no puedo utilizarlo».

 Magrib de BEN SAID [Trad. de RIBERA: Disertaciones y opúsculos, I, p. 203. Recoge: J. L. MARTÍN, Historia de España, 3, La Alta Edad Media, Historia 16, Madrid, 1980, p. 84.



Abd al-Rahman III, califa de Córdoba

     El sábado día 2 de du-l-hichcha de este año [17 de enero del 929], fueron despachadas cartas suyas dirigidas a los ummal de sus diferentes provincias, conforme a una redacción única. He aquí la copia de una de estas cartas:

          

     «En el nombre de Allah, clemente y misericordioso. Bendiga Allah a nuestro honrado profeta Mahoma. Los más dignos de reivindicar enteramente su derecho y los más merecedores de completar su fortuna y de revestirse de las mercedes con que Allah altísimo los ha revestido, somos nosotros, por cuanto Allah altísimo nos ha favorecido con ello, ha mostrado su preferencia por nosotros, ha elevado nuestra autoridad hasta ese punto, nos ha permitido obtenerlo por nuestro esfuerzo, nos ha facilitado lograrlo con nuestro gobierno, ha extendido nuestra fama por el mundo, ha ensalzado nuestra autoridad por las tierras, ha hecho que la esperanza de los mundos estuviera pendiente de nosotros, ha dispuesto que los extraviados a nosotros volvieran y que nuestros súbditos se regocijaran por verse a la sombra de nuestro gobierno (...) En consecuencia hemos decidido que se nos llame con el título de Príncipe de los Creyentes, y que en las cartas, tanto las que expidamos como las que recibamos, se nos dé dicho título, puesto que todo el que lo usa, fuera de nosotros, se lo apropia indebidamente, es un intruso en él, y se arroga una denominación que no merece. Además, hemos comprendido que seguir sin usar ese título, que se nos debe, es hacer decaer un derecho que tenemos y dejarse perder una designación firme. Ordena, por tanto, al predicador de tu jurisdicción que emplee dicho título, y úsalo tú de ahora en adelante cuando nos escribas. Si Allah quiere».

          

     En consecuencia, y conforme a estas órdenes, el predicador de Córdoba comenzó a hacer la invocación en favor de al-nasir li-din Allah, dándole el título de Príncipe de los Creyentes, el día 1.º de du-l-hichcha de este año [16 de enero del 929].

Trad. E. LEVÍ-PROVENÇAL y E. GARCÍA GÓMEZ, Una crónica anónima de Abd al- Rahman III al-Nasir, Madrid-Granada, 1950, pp. 152-153.



Las mujeres andaluzas, según Averroes

     Nuestro estado social no deja ver lo que de sí pueden dar las mujeres. Parecen destinadas exclusivamente a dar a luz y amamantar a los hijos, y este estado de servidumbre ha destruido en ellas la facultad de las grandes cosas. He aquí por qué no se ve entre nosotros mujer alguna dotada de virtudes morales: su vida transcurre como la de las plantas, al cuidado de sus propios maridos. De aquí proviene la miseria que devora nuestras ciudades porque el número de mujeres es doble que el de hombres y no pueden procurarse lo necesario para vivir por medio del trabajo.

Trad. Ribera: Disertaciones y opúsculos, Tomo I, p. 348. Recoge: J. L. MARTÍN, Historia de España, 3, Alta Edad Media, Madrid, 1980, p. 78.



Los jueces de Córdoba

     Yo presencié cierto día una audiencia de Amr ibn Abd Allah, en la mezquita que estaba cerca de su domicilio, y le vi sentado haciendo justicia en medio de la gente; llevaba un vestido mashrikab. Hallábase sentado en un ángulo de la mezquita, rodeado de los que iban a pedirle audiencia (...) En el ángulo opuesto de la mezquita se encontraba Mu'min ibn Sa'id, el cual tenía alrededor suyo un corro de jóvenes estudiantes que iban a recitar versos y a aprender literatura. Los jóvenes que asistían a la clase de Mu'min tuvieron un altercado por no sé qué motivo; uno de ellos lanzó un zapato contra su compañero y, después de pegarle a este, vino a caer el zapato en medio del círculo donde el juez daba audiencia. Los presentes creyeron que el juez, al ver el desacato, se pondría seguramente furioso; sin embargo, no hizo otra cosa que decir: «Estos chicos nos molestan» (...)

     Jalid ibn Sa'd dice que Abd Allah ibn Qasim le refirió que su padre le había contado lo siguiente: Me encontré en cierta ocasión con el juez Muhammad ibn Sulma y me pidió que le comprara un alquicel barragán. Y añade Abd Allah: «Mi padre me mandó que bajara a la calle de los Pañeros, a buscar el alquicel. Bajé y le compré un alquicel por veinticuatro donares y medio; y se lo llevé a mi padre, el cual se lo trajo personalmente al juez». A este le agradó y dijo: «¿Cuánto te ha costado?». «A ti te cuesta -contestole- diez dinares». El juez, creyendo que ese era el precio que había costado, le entregó los diez dinares. Pero unos momentos después vino a ver a mi padre Abu Yahya, el inspector de los habices, y le dijo: «El juez te saluda y te ruega que tomes el alquicel y que le devuelvas los diez dinares, porque necesita ahora ese dinero para otros gastos y no necesita el alquicel». «Yo le daré el dinero que ahora necesita -respondió mi padre no queriendo tomar el alquicel- y que lo utilice hasta que le sea fácil devolvérmelo». Pero el inspector de habices se negó a aceptar, porque el juez había dicho: «Yo no puedo aceptar eso». Y al preguntarle mi padre qué es lo que le había obligado a devolver el alquicel, el juez, que ya había sabido cuál era su verdadero precio, no quiso aceptar y dijo: «Yo creía que el precio del alquicel era de diez dinares, que es la cantidad que yo di; pero cuando he sabido que el alquicel vale más, ya no lo quiero. Me sabe mal, muy mal, que otros carguen con el gasto que solo a mi corresponde».

AL-JUSHANI, Kitab al-qudat bi-Qurtuba, adaptación de la trad. castellana de J. RIBERA, Historia de los jueces de Córdoba por Aljoxaní, Madrid, 1914, pp. 148-149 y pp. 203-204.



El comercio de esclavos en Al-Andalus

     Un hombre de mundo me hizo venir cierto día a su casa para que le redactara el acta de compra de una sierva muy bonita que había adquirido. Le pedí su istibra y ni la tenía, ni el vendedor sabía de qué se trataba. Le dije: «La sierva tendrá que permanecer en casa de una mujer digna de toda confianza, sobre la que os pongáis de acuerdo, o de un hombre de bien, religioso y creyente, que viva con su esposa, hasta que pueda certificar el efectivo cumplimiento del retiro legal» (...)

     Fraudes y engaños de estos mercaderes son el vender esclavos de determinada categoría como si fuesen de otra y los de una raza por otra.

     Se ha hablado mucho de las razas, estampas y naturaleza de los esclavos, de lo que conviene a cada clase, haciendo toda suerte de discursos sobre el particular. Dicen que la sierva beréber [es la ideal para proporcionar] voluptuosidad, la rumiyya, para el cuidado del dinero y de la alacena, la turca para engendrar hijos valerosos, la etíope para amamantar, la mequí para el canto, la medinesa por su elegancia y la iraquí por lo incitante y coqueta.

     En cuanto a los varones, el hindú y el nubio [son apreciados] como guardianes de las personas y bienes, el etíope y el armenio para el trabajo y el servicio, produciendo beneficios [a su dueño], el turco y el eslavo para la guerra y cuanto requiere valor.

     Las bereberes son de natural obediente, las más diligentes [se destinan] al trabajo, las más sanas para la procreación y el placer y las más bonitas para engendrar; les siguen las yemeníes a quienes se parecen las árabes. Los nubios suelen ser de natural obedientes a sus amos, como si hubieran sido creados para la esclavitud, pero son ladrones y poco de fiar. Las hindúes no soportan la humillación, cometen los mayores crímenes y se mueren con facilidad. Las etíopes tienen la naturaleza más dura que Allah haya creado y son las más sufridas para las fatigas, pero les hieden las axilas, lo cual generalmente impide que se las tome. Las armenias son bellas, avaras y poco dóciles al hombre (...)

     Uno de los fraudes más famosos y tretas conocidas [de los vendedores de esclavas] estriba en que tienen unas mujeres arteras, de belleza sin par y admirable hermosura que dominan la lengua romance y parecen rumíes. Cuando comparece alguien que no es del lugar y les pide una hermosa esclava recién importada de los países cristianos, [el comerciante] se compromete a encontrársela pronto (...) Mientras tanto, el comerciante se ha preparado un cómplice [que responda] de la identidad de la esclava, asegurando que es su dueño, quien tiene que recibir su importe y demuestra con documentos que la ha comprado en la Marca Superior. El cliente paga a gusto un elevadísimo precio porque es recién importada y quiere llevarsela [inmediatamente]. En cuanto se ha cerrado el trato ambos [cómplices] se reparten el importe con la esclava.

AL-SAQATI, Kitab fi adab al-hisba, Adaptación de la trad. castellana de P. CHALMETA en «Al-Andalus», 1968, XXXIII, fasc. 2, pp. 370-371, 374-375 y 383-384.


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21 de November de 2009

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