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Baja Edad Media (siglos XIV-XV)

Occidente

     Una vez puestas las bases de la incipiente protoestatalización occidental, asistimos a un proceso de encumbramiento progresivo de las monarquías nacionales, cada vez más conscientes de su identidad diferenciadora, y con más recursos técnicos, ideológicos y humanos para desarrollar sus aspiraciones. Sin embargo, toda esta evolución se va a enmarcar en un período caracterizado por la contracción económica y por la crisis política e ideológica. Es cierto que no puede generalizarse sin más para el conjunto de los siglos XIV y XV la noción de regresión. De hecho el siglo XV, al menos en su segunda mitad, presenta según veremos, un panorama distinto por muchos conceptos y netamente diferenciado del de la centuria anterior, el de la gran depresión por antonomasia: la crisis del siglo XIV.

     Aunque la historiografía no haya llegado tampoco en este punto a un acuerdo unánime, es difícil desligar del origen de la crisis las nefastas condiciones naturales que afectaron muy negativamente a una economía agraria muy poco renovada tecnológicamente y que había llegado a su techo de crecimiento extensivo. El descenso de la producción, la caída de las rentas de la tierra y su sustitución por un mayor control señorial de los recursos de origen jurisdiccional, son las manifestaciones, junto con la de protesta campesina, más patentes del fenómeno. La ciudad y el comercio durante la crisis no se vieron, sin embargo, tan negativamente afectados. La señorialización de los gobiernos urbanos no dificultaron siempre el esfuerzo mercantil que gobiernos y poderosos sectores burgueses supieron mantener. El desarrollo de la banca y de las sociedades de comercio son buenos ejemplos de ello, como lo son también la constitución de ferias «internacionales», la apertura de nuevas rutas de comercio y la potenciación de nuevos polos de desarrollo mercantil cada vez más ligados al Atlántico. Con todo, la sociedad en su conjunto no quedó al margen de la crisis. Junto a los levantamientos campesinos, las revueltas urbanas constituyen elementos de conflictividad popular plenamente integrados en el marco de la crisis al que tampoco son ajenos los grandes «progroms» antijudíos.

     Como es natural, la crisis occidental se ve correspondida por unas evidentes transformaciones de su estructura política: el ocaso del feudalismo como fórmula articuladora y los antecedentes del Estado moderno son sus principales argumentos, pero ello no fue obstáculo -probablemente todo lo contrario- para que muy poco después de iniciarse el siglo XIV se produjera la gran quiebra política que ha pasado a la Historia con el equívoco nombre de «Guerra de los Cien Años». La excusa teórica del enfrentamiento, la cuestión dinástica entre Francia e Inglaterra, muy pronto dio paso a su auténtico origen mercantil. Este hecho explica la pronta «europeización» del conflicto y la decisiva intervención de la marina castellana junto a los Valois. La quiebra política fue asimismo acompañada de quiebra ideológica. A partir del último tercio del siglo se produce el Cisma de Occidente. Mucho antes, la contestación doctrinal de fundamento nominalista había lanzado furibundos ataques contra la «politizada» monarquía pontificia de Avignon. Dos modos de entender la vida religiosa y el papel de la Iglesia en el seno de la sociedad quedaban claramente enfrentados en una dialéctica cuyos protagonistas, afines al realismo tomista o al nominalismo occamista, harán algo más que discutir escolásticamente en las aulas universitarias. El estallido de la guerra y la inflamación de sentimientos «nacionales» que lo acompañó, hicieron el resto, y cuando la cristiandad, dividida, decidió alinearse bajo dos diferentes obediencias pontificias, sus respectivos campos de influencia coincidieron significativamente con los de las sociedades civiles que se enfrentaban militarmente.

     Con la entrada de la siguiente centuria es preciso hablar de una lenta y gradual recuperación durante el siglo XV. La economía agraria, a partir de su segunda mitad, muestra síntomas evidentes de revitalización, y el comercio, que nunca llegó a detener drásticamente su expansión, multiplica sus posibilidades y arrastra tras de sí al conjunto de la enfermiza estructura económica. No todos los grandes centros bancarios -Florencia, Génova, Barcelona...- florecen al unísono, pero todos ellos intervienen de una forma u otra en la reactivación del comercio mediterráneo y en la potenciación definitiva de la ruta atlántica.

     Al mismo tiempo, comienza a detectarse la superación del Cisma, y, aunque la restaurada autoridad pontificia ha de sufrir todavía los embates ofensivos del conciliarismo, encuentra al fin, desde los reconstruidos estados de la Iglesia, un marco de entendimiento con los poderes temporales. En estas circunstancias, y porque el agotamiento hizo mella en los contendientes, no tardará en cesar el enfrentamiento bélico que desde el comienzo del siglo era nuevamente anglo-francés, aunque con decisiva participación del «Estado» borgoñón. Francia, cohesionada en torno a un cada vez más palpable sentimiento «nacional» -que por otra parte tampoco conviene exagerar- y fortalecida por la obra interna de Carlos VII, expulsa a los ingleses de la mayor parte de su territorio. Fue, sin duda, un duro golpe para la monarquía inglesa, aunque quizá también menos de lo que podría pensarse a primera vista. Sus problemas eran fundamentalmente internos: Inglaterra que había sabido hacer del parlamentarismo y del anglicanismo argumentos clave en su propia constitución, se veía ahora, en la segunda mitad del siglo XV, desgarrada por un interminable conflicto civil que el Romanticismo bautizó como «Guerra de las Dos Rosas» y que, en último término, daría lugar al alumbramiento del moderno Estado inglés.

     El Imperio alemán hacía tiempo que se había desentendido del conflicto europeo. En el siglo XV se van consolidando en su seno principados soberanos, herederos al fin y al cabo del régimen de la Bula de Oro. Pero muy pronto la revolución husita y las frustadas tentativas políticas de Segismundo, constituyen la antesala de lo que, de manos de los Habsburgo, señalará el camino hacia la reconstrucción del Imperio. No menos compleja resulta la Península italiana donde el progresivo triunfo de las señorías no facilita la génesis de un auténtico Estado moderno.

     La recuperación del siglo XV se vio acompañada, desde el punto de vista cultural, por un desarrollado humanismo renacentista; desde el punto de vista político por una creciente concepción secularizada de los Estados; y desde el sociológico, por una notable laicización de sus cuadros y estructuras. Se anunciaban cambios importantes en el contexto de una lenta transformación que hundía sus raíces en la etapa pleno-medieval y no alcanzaría su madurez hasta bien entrada la modernidad. Por todo ello, tal vez no sea exagerado definir al «Quattrocento» como «el eje fronterizo» de Occidente entre dos edades.

     En la España cristiana, pese a la aparente decadencia política de que hacían gala Trastámaras castellanos y aragoneses antes de la unificación dinástica de los Reyes Católicos, sí podemos apreciar la construcción inequívoca de un Estado moderno en los últimos compases del siglo XV.




Las monarquías nacionales

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La monarquía como sistema político necesario

     Tres problemas se plantean a propósito de la Monarquía temporal comúnmente llamada Imperio, los cuales me propongo estudiar en el orden ya establecido y a la luz del principio adoptado. El primero es este: Si la Monarquía temporal es necesaria para el bien del mundo. Esta proposición no objetada por fuerza de razón ni de autoridad, puede ser demostrada con sólidos y clarísimos argumentos; ante todo por la autoridad del Filósofo en su «Política». Afirma este, con su autoridad venerable, que cuando varias cosas están ordenadas hacia un fin, conviene que uno regule o gobierne y que las demás sean reguladas o regidas. Lo cual es creíble no solo por el nombre glorioso del autor, sino también por la razón inductiva.

     Si consideramos a un hombre, vemos que ocurre esto con él: que como todas sus fuerzas están ordenadas hacia la felicidad, la fuerza intelectual obra como reguladora y rectora de todas las otras, pues, no siendo así, no podría alcanzar dicha felicidad. Si consideramos un hogar, cuyo fin es preparar el bienestar de todos sus miembros, conviene igualmente que haya uno que ordene y rija, llamado padre de familia, o alguien que haga sus veces según lo enseña el Filósofo: «Toda casa es gobernada por el más viejo». A él le corresponde, como dice Homero, dirigir a todos e imponerles leyes. De lo cual se origina esta maldición proverbial: «Que tengas un igual en tu casa». Si consideramos una aldea, cuyo fin es la cooperación de las personas y las cosas, conviene que uno sea el regulador de los demás, bien que haya sido impuesto desde fuera, bien que haya surgido por su propia preeminencia y el consentimiento de los otros; de lo contrario, no solo no se alcanza la mutua asistencia, sino que al cabo, cuando varios quieren prevalecer, todo se corrompe. Si consideramos una ciudad, cuyo fin es vivir bien y suficientemente, también conviene un gobierno único; y esto no solo dentro de la recta política, sino también de la desviada. Pues cuando ocurre de otro modo, no solo no se obtiene el fin de la vida civil, sino que la misma ciudad deja de ser lo que era. Si consideramos, por último, un reino particular, cuyo fin es el mismo de la ciudad, con mayor confianza en su tranquilidad, conviene también que haya un rey que rija y gobierne, pues de lo contrario, no solo dejan los súbditos de obtener sus fines, sino que hasta el último reino perece, según afirma la verdad inefable: «Todo reino dividido será desolado». Si, pues, esto ocurre en todas las cosas que se ordenan a un fin, es verdad lo que se ha establecido anteriormente.

     Ahora bien; es cierto que todo el género humano está ordenado a un fin, como ya fue demostrado; por consiguiente, conviene que haya uno que mande o reine; y este debe ser llamado Monarca o Emperador. Y así resulta evidente que, para el bien del mundo es necesaria la Monarquía, o sea el Imperio.

DANTE, De la Monarquía, ed. Ernesto Palacio, Buenos Aires, 1966, pp. 41-42.



La batalla de Crecy, según Gilles de Muisit (1346)

     El sábado 26 de agosto del año de gracia de 1346, el noble rey de Francia y los suyos, animados por un vivo deseo de enfrentarse con el rey de Inglaterra (...) e ignorando que se encontraba tan cerca con su ejército, le perseguía velozmente. Pero una gran parte del ejército del rey de Francia, caballeros, peones y gentes de las ciudades, hacían aquella marcha agotados, y los equipajes y carros seguían de lejos y no podían ir tras el rey con mayor rapidez. Dos mariscales supieron entonces que el rey de Inglaterra estaba en las cercanías con su gente en orden de batalla y dispuesta para el combate. Esta novedad fue trasmitida al rey de Francia, que se alegró mucho de haber encontrado a sus enemigos. Tenía con él en su ejército a Carlos, rey de Bohemia, a su hermano el conde Alençon, el conde Flandes y a otros príncipes y barones, así como numerosos peones, entre los que se contaban diez mil ballesteros de Génova que no tenían escudos porque estaban en la retaguardia, con los equipajes. El «sire» Juan de Beaumont y el «sire» Miles de Noyers, que llevaba la enseña de Saint Denis llamada la oriflama, así como otros personajes aconsejaron al rey que esperase a sus gentes y a colocar sus líneas y batallones en orden de batalla pero el rey no atendió a su consejo y dio la orden de entrar en combate por su propia iniciativa. Los príncipes y los barones que allí se encontraban se prepararon entonces como mejor pudieron y alinearon a sus gentes en orden de batalla.

     Los peones ya mencionados que estaban allí y los ballesteros de Génova se alinearon en la medida de sus posibilidades. Los arqueros ingleses, que se hallaban frente a ellos, tiraban y lanzaban un número tan grande flechas y con tal rapidez que los infantes genoveses no podían resistirlo porque no tenían ni medios ni defensa ni escudos. El tiro con flechas era tan intenso que los mariscales y sus tropas se retiraron hasta la «batalla» real. A la vista de aquello, el rey muy emocionado, dijo que no era cuestión de huir ni de retroceder y que él mismo asumía en aquella jornada el papel de condestable y de mariscal. Tras cambiar de posición, volvió hacia el frente gritando: «Quien me ame, que me siga». Los ballesteros de Génova que no podían resistir la lluvia de flechas de los ingleses, optaron por la huida y, cuando se dieron cuenta de aquello, otros peones también huyeron. No obstante, los príncipes y barones a caballo, con sus armaduras, se aproximaron a las líneas inglesas y comenzaron a pelear en diversos lugares: la duración del ataque y de la batalla fue larga -desde las nueve de la mañana hasta una hora antes del crepúsculo- y hubo muchas bajas por ambas partes (...) Se dice que del lado francés cayeron unos cuatro mil peones y se contaron setecientas armaduras de hombres de armas y caballeros.

Crónica de Gilles de Muisit, por Henri Lemaître, París, Société de l'Histoire de France, 1906, pp. 160-166. Recoge: M. A. Ladero, Historia Universal de la Edad Media, Barcelona, 1987, pp. 903-904.



La batalla de Crecy, según Jean Froissart (1346)

     Cuando el rey Phelippe se acercó al lugar donde los ingleses se habían formado y les vio, se le alteró la sangre, pues mucho los odiaba. Entonces no se retuvo de combatirles y dijo a sus mariscales: «¡Haced pasar delante a nuestros genoveses y comencemos la batalla, en nombre de Dios y de mi señor Saint-Denis!». Había allí unos quince mil genoveses ballesteros que nada deseaban empezar en aquellos momentos la batalla, pues estaban agotados después de haber andado más de seis leguas completamente armados y llevando las ballestas. Dijeron a sus condestables que no estaban preparados para una gran batalla. Aquellas palabras volaron hasta el conde de Alençon, que se encolerizó mucho y dijo: «¡Cargar con gentuza, para que luego te fallen en el momento de mayor necesidad!» (...)

     Cuando los genoveses se hubieron reunido todos y debían acercarse a sus enemigos, empezaron a gritar muy alto, y lo hicieron para asustar a los ingleses, pero los ingleses se quedaron quietos y no hicieron ademán de nada. Gritando de este modo dieron un gran paso adelante, pero los ingleses continuaban sin moverse. Volvieron a gritar muy alto y avanzaron, tendieron sus ballestas y empezaron a disparar. Al ver esto, los arqueros de Inglaterra dieron un paso adelante e hicieron volar sus flechas de tal modo que cayeron sobre los genoveses con tal persistencia que parecía nieve. Los genoveses que jamás habían visto a unos arqueros como los de Inglaterra, cuando notaron que las flechas les agujereaban brazos, cabezas y bocas, salieron a la desbandada. Muchos de ellos cortaron las cuerdas de sus arcos y algunos los tiraron. Así se dispusieron a retirarse.

     Entre ellos y los ingleses había una gran hilera de gentes de armas montadas y ricamente equipadas, que estaban mirando la actuación de los genoveses, de tal modo que cuando quisieron volver atrás, no pudieron. Pues el rey de Francia de muy mal talante al ver el desorden y que se retiraban, ordenó y dijo: «Enseguida, matad a esos rufianes. Nos obstaculizan el camino sin razón». Allí habríais visto una gran confusión de gentes de armas atacándose y golpeándose unos a otros, y caer a muchos que ya no volvieron a levantarse más. Y los ingleses continuaban disparando sin cesar en el mayor tumulto, sin perder un disparo, pues agujereaban y herían en el cuerpo o en los miembros a caballos y gentes de armas que cayeron allí para su gran desdicha (...) Así comenzó la batalla entre La Broye y Crécy en Ponthieu aquel sábado a hora de vísperas.

J. FROISSART, Crónicas, Ed. Siruela, Madrid, 1988, pp. 108-109.



Guerras en Baviera y Suabia en el 1388

     En 1388 el tiempo fue bueno pero hubo en Alemania la peor de las guerras entre los suizos y los duques de Austria, entre los señores de Wurtemberg y sus aliados y las ciudades del Bund, entre el rey de Francia, los brabanzones y los duques de Juliers y Gueldre.

     En aquel tiempo resurgió la funesta desgracia de la guerra entre los duques de Baviera y la confederación y las ciudades de la liga, pues hacían unos contra otros raídos cotidianos, quemando y destruyendo todos los pueblos y lugares indefensos de Baviera, Suabia, de otras partes diversas y de la región del Rin, de modo que nadie osaba viajar por aquellas partes. Un día, los ciudadanos de Suabia, con todas sus fuerzas salieron de Esllingen para destruir y saquear una plaza fuerte cerca de Weil. Su ejército topó con el de los señores de Wurtemberg y los duques de Baviera con sus aliados, pequeño en comparación con el de los ciudadanos. Sin embargo, los señores les atacaron, vencieron, no sin dificultades, e hicieron todos los prisioneros que pudieron, al menos entre los caballeros y escuderos, porque muchos burgueses -unos 1.500- y muchos más campesinos fueron ahogados. Los cautivos sufrieron muchos atropellos, exacciones y rescates. El suceso avivó el fuego de las operaciones de guerra y destrucciones cotidianas. Todas las residencias rurales de los señores fueron incendiadas, así como las casas de campo pertenencia de ciudadanos y burgueses, mientras que los pobres sufrían en persona aquellas violencias.

     A continuación, las tropas a sueldo de las ciudades y burgos del Bund, a saber las de Suabia, Estrasburgo, Spira, Worms y Maguncia, con huestes urbanas y todas sus fuerzas reunidas atravesaron las tierras de los duques de Baviera, de los condes palatinos, de los margraves de Baden y de los condes Wurtemberg. Quemaron sus pueblos, apresaron o hicieron huir a sus hombres, pero no hicieron daño apenas a sus fortalezas (...)

     El sexto día antes de San Martín, la liga de ciudades conocida como Bund reunió todas sus fuerzas e invadió la tierra del duque [de Baviera] Roberto el joven, pero en Alzey el duque con sus tropas atacó aquel ejército, y capturó muchos prisioneros, capitanes y ciudadanos de Maguncia, Worms y Francfort, a los que hizo pagar gran rescate (...) El cuarto día antes de Navidad, los duques de Baviera se presentaron ante Maguncia con un fuerte ejército, quemaron Bodenheim y Laubenheim e hicieron a los ciudadanos de Maguncia todo el mal que pudieron sin encontrar resistencia. Lo mismo actuaron contra los de Worms, Spira y Francfort y otras ciudades y burgos que pertenecían al Bund y que no pudieron defenderse de ningún modo.

«Chronicon Maguntium», M. G. H., Scriptores rerum germanicarum in usum scholarum, 1949, pp. 58-61. Recoge: M. A. Ladero, Historia Universal de la Edad Media, Barcelona, 1987, pp. 948.



La batalla de Azincourt (1415)

     El 20, los señores franceses tuvieron noticia que los ingleses marchaban por la Picardía, y que monseñor de Charolais les acosaba tan de cerca que les había cortado el paso. Entonces, todos los príncipes de Francia, salvo seis o siete, se lanzaron en su persecución y les dieron alcance en un lugar llamado Azincourt, cerca de Rousseauville. Allí tuvo lugar la batalla el día de San Crispín y San Crispiniano. Los franceses fueron derrotados y muertos. Los más grandes señores de Francia fueron conducidos cautivos. Por de pronto perecieron en la batalla -y con ellos un buen millar de espuelas doradas-: el duque de Brabante, el conde de Nevers, hermanos del duque de Borgoña, el duque de Alençon, el duque de Bar, el condestable de Francia, Carlos d'Albret, el conde de Marle, el conde de Roucy, el conde de Salm, el conde de Vaudemont, el conde de Dammartin, el marqués de Pont. Entre los que fueron conducidos prisioneros a Inglaterra se encontraban el duque de Orleans, el duque de Borbón, el conde de Eu, el conde de Richemont, el duque de Vendome, el mariscal Boicicaut, el hijo del rey de Armenia, el señor de Torcy, el señor de Mouy, monseñor de Saboya y varios otros caballeros y escuderos de los que no se sabe el nombre. Nunca desde que Dios nació se había hecho tal cosecha de prisioneros en Francia, ni por los sarracenos ni por otros. También perecieron algunos bailíos que habían conducido al combate a las gentes de los bailiatos y que fueron pasados por el filo de la espada, como el baile de Vermandois, el de Macon, el de Sens, el de Senlis, el de Caen, el de Meaux y todas sus gentes. Así se dijo que aquellos que habían sido hechos prisioneros habían faltado de bondad y de lealtad hacia aquellos que habían muerto en la batalla.

     Journal d'un bourgeois de París á la fin de la Guerre de Cent Ans, ed. y selecc. de J. Thiellay, París, 1963, pp. 34-35. Recoge: A. Lozano y E. Mitre, Análisis y comentarios de textos históricos. I. Edad Antigua y Media, Madrid, 1979, p. 221.



La Guerra de las «Dos Rosas»

     Después de que volvieron a Inglaterra ninguno quería disminuir su estado, pero los bienes no eran suficientes en el reino para satisfacer a todos y se movió guerra entre ellos, por el poder, que ha durado largos años: el rey Enrique VI, que había sido coronado rey de Francia e Inglaterra en París, fue puesto en prisión en la Torre de Londres, declarado traidor y criminal de lesa majestad, y allí ha pasado buena parte de su vida y, al cabo, ha sido muerto. El duque de York, padre del rey Eduardo, muerto recientemente, se tituló rey. A los pocos días fue derrotado en batalla y muerto (...) El conde Warwick, que tanto poder ha tenido en Inglaterra, llevó al conde la Marché -luego llamado rey Eduardo- por mar a Caláis, con algunas gentes, huyendo de la batalla. El mencionado conde de Warwick sostenía a la casa de York y el duque de Somerset a la casa de Lancaster. Tanto han durado las guerras que todos los de la casa de Warwick y de Somerset han sido decapitados o muertos en batalla.

     El rey Eduardo hizo morir a su hermano el duque de Clarence en una barrica de malvasía, porque se decía que quería hacerse con el trono. Pues después de que Eduardo murió, su hermano segundo, el duque de Gloucester, hizo morir a los dos hijos de Eduardo, declaró bastardas a las hijas, y se hizo coronar rey. Acto seguido pasó a Inglaterra el conde de Richemont, que ahora es rey -y que durante muchos años fue prisionero en Bretaña- y derrotó y mató en batalla a este cruel rey Ricardo, que poco antes había hecho morir a sus sobrinos. Y así, si no recuerdo mal, han muerto en estas disensiones de Inglaterra unos ochenta hombres del linaje real inglés.

COMMYNES, Mémoires. Livre Premier, chap. VII. París, 1958. Recoge M. A. Ladero: Historia Universal de la Edad Media, Madrid, 1987, p. 924.



Propuestas imperiales ante la Dieta de Francfort (1434)

          

1.- Que se dé ordenanza en las tierras de Alemania de forma que se guarde derecho a todos y las guerras y hostilidades iniciadas sin causa justa sean abolidas.

          

2.- Que se respete y obedezca a los bandos imperiales.

3.- Que cesen las guerras y disensiones que ahora existen en tierras alemanas, especialmente en el diócesis de Tréveris y en las tierras de Gueldre, Juliers, Dinamarca y Magdeburgo (...)

7.- Que los príncipes electores envíen sus honorables embajadores al Concilio de Basilea junto a los de nuestro señor el Emperador, para que estén con ellos y trabajen juntos para impedir que las jurisdicciones eclesiásticas se entrometan en cuestiones temporales o en litigios entre laicos y obligarlas a dejar a los jueces laicos la tarea de juzgar las cuestiones temporales, como conviene.

8.- Que la jurisdicción de la Iglesia venga en ayuda de la espada temporal, de forma que cualquiera que haya sido puesto fuera de la ley del Imperio durante año y día sea excomulgado por la jurisdicción de la Iglesia, y que del mismo modo, cualquiera que haya sido excomulgado por tiempo año y día sea puesto fuera de la ley por un emperador romano o un rey, de modo que ambas espadas se asistan y ayuden mutuamente.

9.- Que el Concilio decida no autorizar a los Papas a disponer según su voluntad de los obispados en tierras alemanas, en especial de los que pertenecen a los príncipes electores.

«Deutsche Retchstagsakten», GOTHA, 1898, XI, n.º 264. Ed. G. Beckmann. Trad. de la Ronciére, L'Europe au Moyen Age, II. pp. 61-62. Recoge: M. A. Ladero, Historia Universal de la Edad Media, Barcelona, 1988, pp. 948-949.



Privilegios de Magnus, rey de Suecia y Noruega, a los mercaderes de Lübeck, año 1336

     Que vuestros ciudadanos, en conjunto e individualmente, cuando vengan a nuestro reino de Suecia con sus mercancías, estén exentos de tributos y aduanas, por completo, excepto quien venga para comprar carnes, cereales u otros productos cuya exportación estuviera prohibida por diversos motivos... Estatuimos, con consejo y asentimiento de nuestros consejeros, que si algunos de vuestros ciudadanos quieren permanecer en nuestro reino según las costumbres, derechos y leyes de las regiones donde hayan decidido vivir y habitar, serán llamados suecos en lo sucesivo. Y deseamos que observéis recíproca actitud con cualquiera de los nuestros que vaya a vivir a vuestra ciudad.

     Si cualquiera de los vuestros, en nuestro reino de Suecia, ha sufrido daño y no ha obtenido justicia antes de su marcha, tiene recurso ante nos con vuestras cartas y testimonios auténticos, y procuraremos que les sea hecha entera justicia por el daño, según las leyes del país. Lo propio será asegurado a los nuestros que sufran daño en vuestro dominio.

     Además, movido por los ruegos y súplicas de nuestra esposa, Blanca, y en honor de la coronación solemne de la reina y mía... acordamos y concedemos que cualquiera de vosotros que haya naufragado en nuestros reinos de Suecia y Noruega, tierras de Scania o de Holland, podrá sacar libremente del mar los bienes perdidos por él o por otros, en plazo de año y día, y podrá disfrutar libremente de los bienes así salvados, al igual que su heredero legítimo...

Hansisches Urkundenbusch, I, II, Halle, 1876. Trad.: J. CALMETT, Textes et Documents d'Histoire, París, 1952, pp 281-282.



Algunas costumbres de los eslavos orientales

     Para ir al país de los saqaliba, salí de Bulgar, embarcando en una nave por el río de los saqaliba. El agua de este río es negra como la del Mar de las Tinieblas, parece tinta. Sin embargo, es dulce, agradable y limpia. En este río no hay peces, sino unas grandes serpientes negras, que están unas sobre otras y que son más abundantes que los peces y no hacen daño a nadie. También hay un animal, parecido al gato de algalia pequeño, con la piel negra y que se llama marta cebellina de agua. Sus pieles son llevadas a Bulgar y Saysin. Vive en este río.

     Al llegar a al país de los saqaliba vi que era un país extenso, abundante en miel, trigo y cebada, y de grandes manzanas, que son las más hermosas que hay. Allí la vida es barata.

     Los tratos se hacen entre ellos mediante pieles viejas de petit-gris, cuando están ya sin pelo, no se les pueda sacar ninguna utilidad y no sirven absolutamente para nada. Con que la cabeza del petit-gris y de la de las patas estén buenas, cada dieciocho pieles (viejas) valen, según su cuenta, como un dirhem de plata; las atan en un manojo que llaman yuqn. Con cada una de las pieles se puede adquirir una hogaza de magnífico pan, suficiente para el sustento de un hombre fuerte, y con ellas se compran esclavas, muchachos, oro, plata, pieles de castor y otras mercaderías, a pesar de que, en cualquier otro país que fuera con mil cargas de estas pieles no se compraría ni por valor de una haba ni servirían de nada en absoluto.

     Cuando las pieles se estropean en las casas, una vez cortadas, las meten en sacos y las llevan a un mercado conocido, donde hay unos hombres la frente de obreros. Colocadas allí, los obreros ensartan cada dieciocho pieles con fuertes hilos, formando un solo manojo; en la punta del hilo se pone un pedazo de plomo negro, sellado con un cuño que ostenta la figura del rey. Por cada sello se cobra una sola piel de aquellas, a fin de sellar las restantes. Nadie puede rechazarlas, ni en las compras ni en las ventas.

     Los saqaliba tienen unas normas de gobierno muy rígidas. Si alguien osa tocar a la esclava de otro, o a su hijo, o a su cabalgadura, o bien comete una trasgresión de cualquier índole que sea, el trasgresor viene obligado a pagar una suma de dinero. Si no la tiene, son vendidos sus hijos, sus hijas y su esposa para pagar aquel delito. Y si no tiene familia ni descendencia, es vendido él mismo, y no deja de ser un esclavo, al servicio de aquel en cuya casa está, hasta que muere o restituye el precio por el que fue vendido, sin que para ello sea computado en absoluto ninguno de los servicios prestados a su señor.

     El país es seguro. Cuando un musulmán de ellos entabla negocios con un indígena, si este saqlabi quiebra, son vendidos sus hijos y su casa para pagar al comerciante lo que se le debe.

     Los saqaliba son valientes. Profesan, como los rum, el cristianismo nestoriano.

Abu Hanmid el granadino, Ed. del texto árabe y traducción castellana de CÉSAR E. DUBLER, p. 61-63 (trad. castellana).



Expansión de los pueblos escandinavos

     En este tiempo los Polianos vivían independientes en las montañas, por donde pasa el camino que comunica a los varengos con los griegos. Este, partiendo del territorio griego remonta el río Dniéper, sigue un camino terrestre, que une el río Dniéper con el río Lovat y navegando por este río se llega al gran lago Ilmen, que es la fuente del río Volchov, el cual desemboca en el lago Neva y este a su vez desagua en el mar Varengo. A lo largo de este mar se puede llegar hasta Roma. Esta ciudad está unida por mar con Constantinopla, desde aquí se puede navegar por el mar Póntico, en el cual desemboca el río Dniéper. El Dniéper nace en el bosque de Okov y discurre hacia el Sur; el Duina nace igualmente en este bosque y se dirige hacia el Norte desembocando en el mar Varengo. De este bosque también fluye el Volga hacia oriente y desagüe con setenta bocas en el mar de los Chavalisos. Los rusos también pueden navegar por el Volga de los búlgaros y de los chasarisos, comerciar en oriente con los semitas y con los varegos en la cuenca del río Duina; los varegos con Roma y Roma con las tribus camitas. El río Dniéper desemboca en el mar Póntico, actualmente se llama mar Ruso; en sus costas predicó el evangelio, según se dice, san Andrés, hermano de San Pedro (....)

     Año 6367. Los varegos cobraron tributos de los chudos, eslavos, merienos, vesenos y crivichos. Los cázaros lo cobraban de los polianos, severinos y viatinos. Este tributo consistía en una moneda de plata y una piel de ardilla por cada hogar (...)

     Año 6370. Los varengos fueron expulsados más allá del mar y los pueblos sometidos ya no pagaron sus tributos y se gobernaron por sí mismos. A partir de este momento no hubo justicia; una tribu hacía la guerra a otra, solo existía la discordia, todos combatían contra todos. Estos pueblos al fin se dijeron: «Busquemos a un príncipe que nos gobierne y juzgue según justicia». Marcharon hacia el mar de los varengos hasta el territorio de los rusos; estos eran varengos igualmente, pero se les conocía con este nombre de la misma manera que otros lo eran con los nombres de suecos o noruegos o anglos o godos. Los chudos, los eslavos, chivicos y los vesenos dijeron a los rusos: «Nuestra tierra es grande y fértil, pero la ley no existe en ella, venid a gobernarla y a mandarla». Tres hermanos reunieron a su gente y agruparon a su alrededor a otros rusos; todos emigraron a aquellas tierras. El hermano mayor Riurik se estableció en la ciudad de Novgorod; el mediano Sineus en Beloozero y el más joven Truvor en Izborsk. Estos varengos dieron su nombre a la tierra rusa. Los actuales habitantes de Novgorod son de raza varenga, auque primero habían sido eslavos. Dos años después, Sineus murió y al poco tiempo su hermano Truvor, heredando todo el territorio el hermano mayor Riurik. Este repartió el territorio de dichas ciudades entre todos sus hombres: unos en Polotsk, otros en Rostov y unos terceros en Beloozero. En todas partes los varengos eran los emigrantes, pues sus primitivos habitantes eran los eslavos en Novgorod, los crivichos en Polotsk, los merienos en Rostov, los vesenos en Beloozero y los muriemos en Murom. Sobre todas estas poblaciones gobernaba Riurik. En este tiempo había dos hombres, que no eran de raza varenga, pero eran boyardos y pensaron marchar con su gente hacia Constantinopla. Siguiendo el camino del río Dniéper pasaron cerca de una población, que se levantaba en la cumbre de una colina. Estos preguntaron: «¿Quién gobierna esta ciudad?». Y les respondieron que la habían fundado y gobernado tres hermanos -Kij, Scek y Chovic-, pero muertos sin descendencia, sus habitantes se habían visto obligados a pagar tributo a los cázaros. Askol'd y Dir, que así se llamaban estos dos hombres, se establecieron en esta población y pronto se les unieron gran número de varengos y empezaron a gobernar la tierra de los polianos. Esto sucedió durante el gobierno de Riurik en Novgorod.

Crónica de Nestor o Racconto dei tempi passati, (hacia 1118). Ed. Itala Pia Sbriziolo, Turín, 1970, pp. 5 y 6, 11 y 12.




Crisis del siglo XIV

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La peste en Florencia

     Digo, pues, que los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios hayan llegado al número 1348, cuando en la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las de Italia, apareció la mortífera peste, nacida años antes en los países orientales, que, fuera por la influencia de los cuerpos celestes o porque nuestras iniquidades nos acarreaban la justa ira de Dios para enmienda nuestra, se extendió de un lugar a otro y llegó en poco tiempo a Europa. De nada valieron las humanas previsiones y los esfuerzos en la limpieza de la ciudad por los encargados de ello, ni tampoco que se prohibiera la entrada a los enfermos que llegaban de fuera ni los buenos consejos para el cuidado de la salud, como ineficaces fueron las humildes rogativas, las procesiones y otras prácticas devotas. Casi al principio de la primavera del citado año, la mortífera peste hizo su aparición de una forma que yo llamaría prodigiosa, y no como lo hiciera en Oriente, donde una simple hemorragia en la nariz era indicio de muerte inevitable. Al iniciarse la enfermedad, lo mismo al varón que a la hembra, formábaseles hinchazones en la ingle o en los sobacos, alcanzando algunas el tamaño de una manzana o de un huevo. Poco después, los temibles bubones se manifestaban también en otras partes del cuerpo, al mismo tiempo que aparecían manchas negras o lívidas en brazos, muslos y aún en otros lugares del cuerpo, en unos grandes y escasas y en otros abundantes y pequeñas. Y lo mismo que el bubón había sido y era indicio de muerte, lo eran también estas manchas.

     Ni consejo de médico, ni virtud de medicina era eficaces para curar la enfermedad; de modo que, o por no permitirlo la índole de mal o por la ignorancia de los curanderos -de los cuales, sin contar los médicos inteligentes, había considerable número, tanto en hombres como mujeres sin noción alguna de medicina-, no conocieran de qué se trataba y, por consiguiente, no lo estudiaron debidamente, no solo eran pocos los que sanaban sino que casi todos, al tercer día de aparecer la nefastas manchas, fallecían, a veces sin fiebre ni otros síntomas. Y fue mayor la intensidad de esta peste, por cuanto se contagiaba con rapidez, de enfermos a sanos, cual se extiende el fuego a las casas inmediatas a él. Más adelante aún, no solo el frecuentar a los enfermos trasmitía a los sanos la enfermedad u ocasión de común muerte, sino que incluso el tocar las ropas u otros objetos que aquellos hubiesen tocado, o de que se hubiesen servido, era motivo de contagio. Sorprendente es lo que os voy a contar ahora, que si los ojos de muchos y los míos no lo hubieran visto, apenas me atrevería a creerlo ni a escribirlo; tan grande era la fuerza contagiosa de esta peste, que solo pasaba de hombre a hombre, sino que llegaba aún a los animales, tan ajenos a la especie humana.

     Como he dicho ya, yo mismo fui testigo con mis propios ojos, entre otras ocasiones, un día en que, tras haber sido arrojados a la vía pública los andrajos de un hombre muerto a consecuencia de la peste, se acercaron a ellos dos cerdos que los husmearon y luego los desgarraron con los dientes, y a las pocas horas cayeron muertos entre horribles contorsiones (...)

     Ante el considerable número de cadáveres, no bastando la tierra sacra para enterrarlos, y mayormente queriendo dar a cada uno lugar propio, según en la antigüedad era costumbre, como los cementerios de las iglesias estaban llenos, abrían grandes fosas donde se enterraban a centenares los que iban trayendo, y los ponían en ellas a la manera que se colocan las mercancías en las naves, en hileras; después echaban tierra por encima hasta llenar la fosa.

G. BOCCACCIO, El Decamerón, Madrid, 1984, Jornada primera (introducción), pp. 11-12 y 16.



Luchas políticas y sociales en París en 1358

     El preboste de los comerciantes de París y los de su secta tenían muchos consejeros secretos para saber cómo podrían sobrevivir(...) se decidieron a tratar en secreto con los ingleses que guerreaban a los de París. Entre ambas partes se llegó al acuerdo de que el preboste de los comerciantes y los de su secta deberían estar en la puerta de Saint-Honoré y en la puerta de Saint-Antoine, de modo que ingleses y navarros todos juntos las encontraran abiertas a medianoche para entrar y destruir París. Y no deberían dispersar a hombre ni a mujer sino pasarlos a todos por la espada, donde no se encontrara un signo que el enemigo debía reconocer en las puertas y ventanas de los de París.

     La misma noche en que todo debía suceder, Dios inspiró y despertó a algunos burgueses de París que estaban a favor de la reconciliación (...) y cuyos jefes eran los hermanos Jean y Simon Maillart. Fueron informados por inspiración divina, así lo debemos suponer, de que París iba a ser saqueada y destruida. Se armaron de inmediato e hicieron armarse a los que estaban a su lado, y contaron en secreto estas noticias en muchos lugares para conseguir mayor ayuda. Jean Maillart y su hermano se dirigieron un poco antes de medianoche bien provistos de armaduras y de buenos compañeros a la perta de Saint-Antoine (...) y allí encontraron al preboste de los comerciantes con las llaves de la puerta en las manos (...)

     Hubo allí una gran pelea y del preboste de los comerciantes habría huido gustoso si hubiese podido. Pero fue tan acosado que no pudo, pues Jean Maillart le golpeó con un hacha en la cabeza y lo derribó al suelo (...) Y no se separó de él hasta que lo hubo matado y también a seis que lo acompañaban y enviados a prisión los restantes. Luego empezaron a despertarse y salir por las calles las gentes de París. Jean Maillart y los suyos se dirigieron a la puerta de Saint Honoré y allí encontraron a gentes de la secta del preboste. Los culparon de traición y de nada les valieron sus excusas. Allí hubo muchos presos y los que no se dejaron apresar fueron muertos sin merced.

FROISSART, J., Crónicas, ed. Siruela, Madrid, 1988, pp. 190-192.



La «Jacquerie» (1358)

     En el tiempo en que gobernaban los tres estados, comenzaron a levantarse unos tipos de gentes que se llamaban Compañeros y que saqueaban a todos los que llevaban cofres. Os digo que los nobles del reino de Francia y los prelados de la Santa Iglesia se empezaron a cansar de la empresa y del orden de los tres estados. Dejaban actuar al preboste de los comerciantes y a algunos burgueses de París, pero intervenían más de lo que hubiesen querido.

     Sucedió un día que el duque de Normandía estaba en su palacio con gran cantidad de caballeros, y el preboste de los comerciantes reunió también gran cantidad de comunas de París que eran de su secta y de su partido. Todos llevaban caperuzas iguales para reconocerse. Este preboste se dirigió al palacio rodeado por sus gentes y entró en la cámara del duque. Con gran acritud le requirió a que se ocupara de los asuntos del reino y mantuviera consejo, de modo que el reino que debía heredar estuviera bien protegido de aquellos Compañeros que lo dominaban, saqueando y robando por todo el país. El duque respondió que se ocuparía con mucho gusto (...)

     Muy poco tiempo después de la liberación del rey de Navarra sucedió una terrible y gran tribulación en muchas partes del reino de Francia, en Beauvaisis, en Brie, junto al río Marne, en Laon, Valois, la tierra de Coucy y los alrededores de Soissons. Algunas gentes de las villas campesinas se reunieron sin jefe en Baeuvaisis. Al principio no eran ni cien hombres y dijeron que todos los nobles del reino de Francia, caballeros y escuderos traicionaban al reino, y que sería gran bien destruirlos a todos. Cada uno de ellos decía: «Es verdad, es verdad. Maldito sea quien por él no sean destruidos todos los gentileshombres».

     Entonces, sin otro consejo y sin otra armadura más que bastones con puntas de hierro y cuchillos se fueron a la casa de un caballero que estaba cerca de allí. Destruyeron la casa, mataron al caballero, a la dama y a los hijos, grandes y pequeños, y lo incendiaron todo. Luego, se fueron a un castillo y allí aún actuaron peor (...)

     Así hicieron en muchos castillos y buenas casas, y fueron creciendo tanto que llegaron a seis mil. Iban aumentando por que todos los de su condición les seguían por todos lados por donde pasaban (...) Y todos estos criminales reunidos, sin jefe y sin armaduras saqueaban y lo incendiaban todo, matando a todos los gentileshombres que encontraban, forzando a damas y doncellas sin piedad y sin merced como perros rabiosos (...) Entre ellos tenían un rey al que llamaban Jacques Bonhomme que era, como entonces se decía, de Clermont de Beauvaisis, y lo eligieron el peor de los peores.

     Estas gentes miserables incendiaron y destruyeron más de sesenta buenas casas y fuertes castillos del país de Beauvaisis y de los alrededores de Corbie, Amiens y Montdidier (...) Estas gentes se mantenían unidas entre París y Noyon y entre París y Soissons, y entre Soissons y Eu de Vermandois y por toda la tierra de Coucy (...)

     Cuando los gentileshombres de Beauvaisis, de Corbiosis, Vermandois y Valois y de las tierras donde aquellos miserables cometían sus crímenes, vieron sus casas destruidas y muertos sus amigos, pidieron ayuda a sus amigos en Flandes, Hainaut, Brabant y Belgique y acudieron de todos lados. Extranjeros y gentileshombres del país se unieron y empezaron a matar y decapitar aquellos miserables, sin piedad ni merced (...) el propio rey de Navarra acabó un día con tres mil muy cerca de Clermont en Beauvaisis.

J. FROISSART, Crónicas, ed. Siruela, Madrid, 1988, pp. 177 y 179-181.




Recuperación del siglo XV

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Descripción del comercio de la ciudad de Brujas

     Esta çibdat de Brujas es una gran çibdat muy rica é de la mayor mercaduría que ay en el mundo, que dizen que contienden dos lugares en mercaduría, el uno es Brujas en Flandes en el Poniente, e Veneja en el Levante; pero a mi paresçer, é aún lo que todos dizen es que muy mucho mayor mercaduría se faze en Brujas que non en Veneja; é por lo que es esto: en todo el Poniente non ay otra mercaduría si non en Brujas, bien que de Inglaterra algo se faze, é allí concurren todas las naçiones de mundo, é dizen, que día fue que salieron del puerto de Brujas seteçientas velas; Veneja es, por el contrario, que bien que muy rica sea, pero non faze otos mercaduría en ella salvo los naturales. Esta çibdat de Brujas es en el condado de Flandes é cabeça del, es gran pueblo, é muy gentiles aposentamientos é muy gentiles calles, todas pobladas de artesanos, muy gentiles yglesias é monesterios, muy buenos mesones, muy gran regimiento ansí de justiçia como en lo ál. Aqui se despachan mercadurías de Inglaterra, é de Alemaña, é de Bravente, é de Olanda, é de Slanda, é de Borgoña, é de Picardía, é aún grant parte de Francia, é este paresçe que es el puerto de todas estas tierras, é aquí lo traen para lo vender a los de fuera, como si dentro de casa lo toviesen. La gente es muy industriosa á maravilla, que la esterilidat de la tierra lo faze, que en la tierra nasçe muy poco pan é vino non ninguno, é non ay agua que de bever sea, nin fruta ninguna, é de todo el mundo les traen todas las cosas, é an grande abastecimiento dellas, por levar las obras de sus manos, é de aquí se tiran todas las mercadurías que van por le mundo, é paños de lana, é paños de Ras é toda tapetería é otras muchas cosas nesçesarias a los onbres, que de aquí abundosamente es fenchida. Ay en ella una casa muy grande sobre un piélago de agua, que viene de la mar por el Esclusa, á esta llaman la Hala, do escragan las mercadurías.

Andanças e viajes de un hidalgo español, Pero Tafur (1436-1439), Barcelona, 1982, pp. 251-253. Recoge: J. L. Martín, «La Hansa», Cuadernos de Historia 16, Madrid, 1985, pp. VI.


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