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Para Bizancio los «siglos finales» de la Edad Media suponen la decadencia y ruina de su Imperio. Guerras civiles, revueltas sociales y presión otomana son los tres factores derivados del irreversible declive que finalizará con la caída misma de Constantinopla en poder del Imperio otomano a mediados del siglo XV.
Luchas civiles y presión otomana |
Los turcos amenazan Europa (1456)
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Mahomet (...) asaltó y destruyó la ciudad de Constantinopla, sede del gobierno del Imperio de Oriente y columna de toda Grecia, después de haberla asediado por tierra y mar. Muerto el emperador y destruida por la espada toda la nobleza (...) los turcos atravesaron Rascia y Serbia, expulsaron al señor de esta nación, llamado Déspota: hicieron prisioneros a sus familiares y les sacaron los ojos. Se hicieron dueños de todas las plazas fuertes, con excepción de Zagreb y Belgrado y, pasando el Danubio, impusieron tributo a los Válacos. El emplazamiento de Belgrado parecía propicio para efectuar incursiones en las fronteras de Hungría, al estar cerca de la confluencia entre el Save y el Danubio, que lo rodean por ambos lados (...) Mahomet reunió fuerzas de todo su reino y condujo un enorme contingente: los que lo evalúan en más hablan de 300.000 hombres concentrados ante la plaza, otros acaso más exactos, lo cifran en 150.000 hombres. Calixto III, español de nación -de la ciudad de Valencia- que presidía la Iglesia romana, al tener noticia de la llegada de los turcos y de cómo se aprestaban a invadir Hungría, delegó en Juan, cardenal de Santangelo, legado de la sede apostólica, hombre prudente, para que otorgase la absolución plenaria de los pecados a los que tomaran las armas contra los turcos. Esta medida atrajo a muchos habitantes de Germania que eran, desde luego, gentes pobres y casi sin recursos, de los que, en efecto, es el reino de los cielos porque los ricos seducidos por las delicias del presente, apenas piensan en las cosas futuras (...) Ladislao, que poco antes había llegado a Buda, temiendo el poderío turco, se batió en retirada hacia Austria dejando la gobernación y salvaguarda del reino a Juan Hunyadi. Este reunió rápidamente caballeros y peones y avanzó contra el enemigo (...) El combate se mantuvo indeciso mucho tiempo (...) al fin, los enemigos, rechazados lejos de las murallas, dejaron la victoria a los nuestros y Mahomet se retiró a la noche siguiente con todo su ejército dejando sobre el terreno la artillería. ENEAS SILVIO PICOLOMINI, Commentari rerum mirabilum, Roma, 1584, p. 549. Trad. Calmette, J., Textes et documents d'Histoire, París, 1962, p. 284. Recoge: M. A. Ladero, Historia Universal de la Edad Media, Barcelona, 1987, p. 962. |
Constantinopla la víspera de su caída
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Cosas vistas por un peregrino ruso anónimo allá por los años 1450: Nos dirigimos hacia el palacio imperial de Constantino. Se halla situado al mediodía, sobre el mar. Muchas esculturas adornaban este palacio. Hay una gran columna de piedra y sobre esta columna cuatro más pequeñas, también de piedra. Sobre estas columnas se encuentra un bloque de mármol en el que se hallan esculpidos leones alados, águilas y toros. Los cuernos de estos últimos están rotos, así como una de esas columnas. Esto fue hecho por los francos cuando tenían Constantinopla en su poder y estropearon otras muchas esculturas. El baño de Constantino está situado cerca de la muralla que se alza por encima del mar; el emperador León había hecho conducir agua hasta allí y construir una gran bañera de piedra (...) Los mendigos de paso se bañaban en esa bañera y no se cobraba ningún tributo a los que se lavaban en ella. Un gran tonel se encontraba en un rincón del baño y manaba tanta agua como se deseaba. En el rincón opuesto, un centinela montaba guardia y era una estatua que parecía un hombre. Tenía en las manos un arco y una flecha de bronce, y en caso de cobrar peaje, podía disparar sobre el tonel, y este no hubiera manado agua. Cerca del tonel se encontraba una linterna encendida día y noche. Alguien me dijo que trescientos años después de la muerte del emperador León, se lavaban aún en ese baño, pues el agua no cesaba de manar del tonel ni la linterna se había apagado; pero cuando los francos empezaron a pagar un peaje y la estatua disparó su flecha y dio en el tonel; este se partió y la luz se apagó. Los francos rompieron entonces la cabeza de la estatua y destruyeron muchas esculturas (...) Desde el palacio imperial me dirigí al Hipódromo (...) a la izquierda se ve, sobre las puertas, dos mujeres de piedra que parecen vivas. Denuncian a las esposas adúlteras y no las dejan entrar en el Hipódromo, y aquellas van a divertirse a otra parte. A unos pasos del Hipódromo, a la izquierda también, se encuentran tres serpientes de cobre, y estas dan la vuelta tres veces al año: cuando el sol entra en el solsticio de verano o en el de invierno o cuando el año es bisiesto. Hay también allí una enorme columna de piedra. Se cuentan dieciséis estatuas de hombres en esta columna: ocho de cobre y ocho de piedra; todas ellas tienen en la mano una escoba. Durante el reinado del emperador León estos hombres barrían las calles de la ciudad durante la noche y descansaban durante el día (...) Siguiendo por la Mesa se ve a la derecha del mar Negro los jueces erigidos por León, el Sabio, con mano admirable e ingeniosa. ¡Qué hombres! (...) Uno juzga equitativamente las falsas acusaciones, otro los asuntos de comercio y los préstamos. Si alguien acusa falsamente a una persona, esta va allí y pone el dinero en la mano del primero. No recibirá más que lo debido y rechazará lo que sea de más, y no juzgará los asuntos de comercio; basta que los dos querellantes pongan sus manos en la boca de esta estatua, ya que rechaza la mano del culpable. Pero los francos también las rompieron: a una las manos, y a la otra, los pies, las manos y la nariz (...) WALTER, G., La ruina de Bizancio (1204-1453), Barcelona, 1970, pp. 273-274. |
Creencias populares griegas referentes a la conquista de Constantinopla
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La tradición del pescado frito: Cuando los turcos sitiaban la ciudad, un monje hacía freír siete peces en una sartén. Estaban fritos por una parte e iba a darles la vuelta cuando llegó alguien y le dijo que los turcos habían conquistado la ciudad: «Nunca los turcos pondrán los pies en la ciudad -respondió el monje-. Solo lo creeré si estos peces fritos reviven». Apenas acabó de hablar, los peces saltaron de la sartén, vivos, y cayeron al agua, que se encontraba allí mismo. Hoy día todavía estos peces que volvieron a la vida se encuentran allí, y seguirán medio fritos, medio vivos hasta que llegue la hora en que podamos apoderarnos de la ciudad. Se dice que entonces vendrá otro fraile que acabará de freírlos. WALTER, G., La ruina de Bizancio (1204-1453), Barcelona, 1970, p. 268. |
Conversaciones entre Constantino XI y Mahomet II antes de la conquista de Constantinopla por los turcos
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Cuando el tirano creyó que tenía preparado todo lo necesario para tomar Constantinopla, envió un mensaje al emperador: «Todo está listo para el ataque y voy a ejecutar lo que hace mucho tiempo resolví. La muerte está en manos de Dios ¿Qué queréis hacer? ¿Queréis salir de la ciudad con los grandes de vuestro Estado y sus bienes y que el pueblo no sea maltratado y que vuestras gentes y las mías no reciban mal alguno? Si queréis defenderos hasta el fin, perderéis la vida y los bienes y el pueblo será conducido cautivo y dispersado por toda la tierra». El emperador, previo consejo de los suyos, respondió de esta forma a tal aviso. «Si queréis vivir en paz con nosotros como vuestros antepasados lo hicieron con los nuestros, daremos a Dios muy humildemente las gracias. Vuestros antepasados honraron a los nuestros como a sus padres. Miraron a Constantinopla como a su patria y en ella encontraron asilo seguro en sus desgracias. Ninguno de los que osó atacarla gozó de larga vida. Poseed pacífica mente las tierras y plazas que nos habéis usurpado contra toda justicia. Imponednos un tributo tan pesado como os plazca y retiraos en paz. ¿Qué sabéis si en el momento en que pretendéis tomar la ciudad no vais a ser hecho prisionero? La entrega de la ciudad no dependen de nos ni de sus habitantes. Nuestra común resolución es no ahorrar nuestras vidas para nuestra defensa». DUCAS, «Histoire des empereurs Jean, Manuel, Jean et Constantin Paléologues», Tomo X, de Histoire de Constantinople, París, pp. 384-385. Recoge: A. Lozano y E. Mitre, Análisis y comentario de textos históricos. I. Edad Antigua y Media, Madrid, 1978, p. 230. |