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Recibimiento que hizo la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla a la C. R. M. del Rey don Felipe N. S.

Con una breve descripción de la ciudad y su tierra


Juan de Mal Lara


[Nota preliminar: Edición digital a partir de la de Sevilla, en casa de Alonso Escrivano, 1570 y cotejada con la edición de Manuel Bernal Rodríguez, Sevilla, Universidad, 1992, cuya consulta recomendamos para la correcta valoración crítica de la obra.]


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Censura


Vi el Recibimiento de Su Magestad, y la descripción de la tierra de Sevilla, y en toda la letra de la historia, no hay cosa de que se ofenda nuestra santa fe católica, después de ser la obra gustosa, y que bastantemente trate la una parte y la otra. Fecha a once de julio de mil y quinientos y setenta años.

El Doctor Millán




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Licencia y tasa


Por la presente doy licencia a vos, el maestro Juan de Mal Lara, vecino desta ciudad de Sevilla, para que podáis hacer imprimir en esta ciudad el libro del Recibimiento del Rey don Philipe N. S. E mando, que ninguna otra persona, por tiempo de un, año, que os doy de término para la dicha impresión, y para que dispongáis della, no puedan imprimir el dicho libro, so pena de cien mil mavavedís para la cámara de Su Majestad. E doy licencia a cualquier impresor desta ciudad, que os lo imprima, sin por ello caer en pena alguna. Y atento al trabajo de la Letra y Figuras que hicistes, taso a dos reales y medio cada volumen en papel. Fecho a once de julio de mil y quinientos y setenta años.

El Conde D. Fernando Carrillo de Mendoza

Por mandado de su Señoría,
Diego de Postigo.




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A las armas del Muy Ilustre Señor don Fernando Carrillo de Mendoza, asistente de Sevilla, Conde de Priego



De Carrillo y Mendoza ilustre rama
      a Sevilla gobierna un asistente,
      que adorna el ser de justo y de clemente
      con la prudencia en encendida llama.
Aunque cuanta nobleza hay lo llama
      a conocer de abuelos clara gente,
      en el cristiano celo está presente,
      y el santo nombre de Fernando ama.
El continuo servir al Rey de España
      lo tiene y lo regala en sueño, en vela,
       porque en amor divino siempre arde.
Obedecer fue su mayor hazaña,
      y pues por nuestro bien y salud vela,
      a Dios roguemos que lo rija y guarde.




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A las armas de Sevilla que estaban en el segundo arco



Divina empresa, insignia piadosa,
      que tienes sobre estrellas alta cumbre,
       con Isidro y Leandro en pura lumbre,
      y diestra de Fernando hazañosa.
Por ti Sevilla vive gloriosa
      en lealtad eterna, y fe que alumbre
      sus servicios y grata mansedumbre
       al gran Philipe en muestra generosa.
La religión, nobleza, celo, estado,
      fertilidad, valor, y rica tierra
      son armas de ciudad tan eminente.
El corazón abierto a su Rey dado
      en dolor, en placer, en paz, en guerra,
       señal es de ser única obediente.




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Prólogo


A los Ilustrísimos Señores. Sevilla. Juan de Mal Lara


Suelen muchas veces las ocasiones no pensadas traernos a la mano lo que mucho deseábamos, perdida casi la esperanza; y cuando se nos ofrece, lo que Dios tuvo por bien de mostrar visible y presente, es menester acudir con la diligencia, para que no se pueda quejar aun el mismo negocio (que se presentó) de nosotros, que con descuido lo dejamos ir perdido, como en estos tiempos la felicísima entrada de la Católica R. M. del Rey D. Philipe Nuestro Señor, que por nuevos medios se vino acercando a Sevilla para entrar en ella, y hacerle merced de mirarla tan benignamente. Siendo el número de todas las ciudades la que más le sirve, vistas por la obra, la devoción y entera voluntad que declara siempre en su servicio. Y así, sabido por V. S. de cierto que vendría, propuso de hacer en breve tiempo muestra de lo que en más largo pensaba de ofrecer. Y como sea costumbre antigua de todas las naciones (que tienen rey) poner toda su magnificencia en recibirlo el día que nuevamente entra por sus puertas, señaló V. S. lugar por donde fuese más apacible y cómoda la entrada de Su Majestad y, determinado todo prudentemente, el aparato cual pudo ser en doce días pareció tan bien, que dejó clara la imaginación de lo que se pudiera hacer en más tiempo. Y habiéndose derramado muchas relaciones de todo esto no verdaderas, y confusas, fuera de la razón y elegancia que tales cosas deben tener, mandóme V. S. que, pues yo me había hallado con los diputados en el trabajo de lo más de ella, gozase de ponerlo en limpio y lo escribiese para que los de la misma ciudad y los ausentes, que estaban en la misma falta y deseo, lo leyesen, y como aficionados a Sevilla, se holgasen. Púdelo hacer por ser ayudado de mi diligencia y de relaciones verdaderas de los que en todo se habían hallado; dilatéme algo en la descripción de la tierra de Sevilla porque los extranjeros tengan entendido lo mucho que se presentó a Su Majestad en las cincuenta figuras, que de un arco a otro había, donde se ofrecían las mayores virtudes que tiene un rey, y con qué se sustenta, que eran Fundación, Nobleza, Riqueza, Fertilidad, Obediencia, Victoria, Clemencia, Alegría, Religión, Valor, Santidad, Justicia, Prudencia y Fe, lo cual todo podrá ver V. Señoría sembrado, así en lo pintado, como en lo escrito. Declaróse en romance el latín porque sé que también se sirve V.S. en ello, a quien Dios prospere en vida de rey tan bienaventurado.






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Recibimiento que la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla hizo a la Católica Real Magestad de el Rey don Felipe, Nuestro Señor


Habiéndose rebelado los moros del Reino de Granada el año del Señor de 1569, fue necesario (después de varios sucesos en la guerra) que S. M. viniese a Córdoba, donde hizo Cortes; y la ciudad de Sevilla (pensando luego en la merced que podía recibir con la venida de su Rey) envió a suplicar a Su Majestad tuviese por bien de venir a visitar aquella su ciudad, que tanto lo deseaba ver, para poner en obra la voluntad que siempre tuvo de servir a sus Reyes, no hallándose en algún tiempo fuera de la devoción y obediencia dellos. A esto le fue respondido que, aunque había deseo de verla, que los negocios de la guerra importaban más para detener su persona real en Córdoba y que, en habiendo lugar, él vendría; y así, agradecido por el Regimiento y ciudad de Sevilla, y tenido en lo que debía, se dejaron todos de aquel cuidado que había entrado en sus ánimos para poner todas sus fuerzas en el recibimiento de su natural señor, y desta suerte no se procuraron las ropas y aderezos que, para la Majestad de la que venía, se requería; hasta que por abril de este año de mil y quinientos y setenta se comenzó a divulgar la merced que Su Majestad hacía a Sevilla. Y luego se alborotó con el nuevo gozo y señalada alegría, pregonándose por la ciudad con atabales y trompetas, y regocijando la plaza de San Francisco, que presto había de ver su Majestad, aunque la misma presteza le quitaba parte de su contento, porque se vía asaltada sin poderse valer en su grandeza, por lo mucho que imaginaba hacer, si tuviera tiempo, y por lo poco que vía que, por falta dél, haría. Y cierto, que mayor trabajo tiene una persona poderosa para hacer algo en que le va su honra toda, si no le alcanza tiempo, que la pequeña, pues a proporción, más lugar tiene para salir con su intento que la grande.

Poníasele delante a Sevilla quién era el que venía con su corte, la estimación en que está por todo el mundo, la opinión de su grandeza y riqueza; y lo que más le cerraba el aliento para pasar adelante era querer recibir a quien tanto ha sido servido en generales triunfos por toda España, Italia, Flandes y Alemaña, donde ningún capitán romano o César antiguo pudo llegar con la solemnidad de sus fiestas, con los juegos de los teatros, con las escenas poderosas que espantaban al mundo y todas aquellas obras que en los juegos circenses, o el anfiteatro, leemos haber pasado. De lo cual es testigo el Viaje del Príncipe, que ahora recibimos ya Rey felicísimo. Todavía se hallaba con dos ventajas Sevilla, que la misma naturaleza le ofreció: la multitud de la gente y el sitio de tierra y agua en donde está puesta, para dar hermosa muestra a todos los que esperaban de ella grandes maravillas; y por esto, se aprovechó de dar a la gente lugar extendido, en donde pudiese hacer su representación, y poner delante la vista la parte del Río que más poderosas armadas ha despachado, mayores riquezas ha tenido, más levantados atrevimientos ha efectuado, más altas hazañas ha visto, y en fin, después de la Nao Victoria (que dio una vuelta al mundo), había de tener en su presencia a la católica Majestad de nuestro Rey y Señor, que la Revolución de los Cielos (después de cuarenta y cuatro años) nos trajo a darnos en edad de perfecto varón aquel que dentro de nuestra patria tuvo principio de su bienaventurada vida el año de mil y quinientos y veinte y seis, después de la tempestad que los años pasados ha estragado las personas, haciendas y alegría que esta ciudad solía tener, por las temerosas borrascas de la peste, hambre y guerra, que cualquiera de ellas suele asolar grandes reinos. Y no menos ventura fue para nuestra ciudad ésta, que cuando el invictísimo Carlos Quinto, César Máximo, celebró sus felices bodas en la Real Alcázar de Sevilla con la Serenísima Imperatriz nuestra señora Dª. Isabel, los cuales eternamente viven con Dios, gozando de la nueva alegría, que su obedientísima ciudad recibe con la deseada venida de su Majestad, y que la gente haga por ella muchas cosas no es razón que se tenga por bisoñería.

Dejen ahora holgar a la ciudad, que tantos años ha que no goza de la vista de lo que ellos tienen, y peque antes ella de las graciosas demasías (en el celebrar su contento con todos los sentidos, sin tomar consejo de la discreción) que de corta y seca, por parecer avisada y súbitamente cortesana; aunque no es falta de buen entendimiento ser magnífica y esclarecida en celebrar la entrada de su Rey, pues tiene en sí lo que ninguna otra ciudad, y parezca antes el baile de David, que la reprehensión de Micol.

Sabido, pues por los que habían ido a Córdoba a ver a S. M., y los que no lo habían visto, que entraba por la tierra que tenemos desta parte del río Guadalquivir, no cabían en sí de gozo. Porque ciertamente (poniendo a una parte el culto divino) ninguna otra cosa tiene Sevilla sobre sus ojos, sino los de su señor. Y desta suerte fue recibido aquellos días por asistente don Fernando Carrillo de Mendoza, Conde de Priego, a quien su majestad mandó venir adelante (llegando de una comisión y embajada que había hecho en Portugal) para que aprestase la ciudad y hubiese cabeza en aquel general regocijo. Y, después de haber consultado en cabildo lo que se debía hacer en negocio tan grande, y de tanta brevedad, dieron comisión a Francisco Duarte, veinticuatro de Sevilla y factor de la Casa de la Contratación, que juntamente con el aderezo del río y Torre del Oro, entendiese en el ornato de la puerta de Goles, por donde se determinó que S. M. entrase. Aunque hubo opiniones que por la puerta de Macarena (según los reyes pasados, y principalmente el César Máximo Carlo Quinto) porque se le representase toda la ciudad partiéndola por medio, con una calle continuada casi hasta el Alcázar. Pero habiendo muchos inconvenientes para ello, por no ser tan cómoda la disposición del lugar, ni tan hermosa la vista, ni estar las calles para recibir la multitud de la gente, que en los tiempos pasados era de más pequeño número, no habiendo entrado el trato de las Indias en la riqueza y frecuencia de Armadas, que hasta ahora tuvieron. Y pues gran parte de la grandeza y crecimiento había venido a la ciudad del río, era justo que por el mismo se celebrase la entrada de su Rey invictísimo. Y así por agua y tierra lo paseó Su Majestad, declarando el contentamiento que tan agradable río le daba.

Y para hacer la fiesta de mayor momento, se adelantaron los duques, que son vecinos desta ciudad, por tener sus casas en ella de tiempo antiguo, y ser alcaldes mayores.

Y así, en el mes de abril, a veinte y nueve, sábado en la tarde, entró el Ilustrísimo Cardenal don Diego de Espinosa, Presidente del Consejo Real e Inquisidor General de España, a quien recibió la ciudad con todos los caballeros, y Audiencias, y Universidad, por la misma parte del río y por la Puerta Real que se estaba aderezando para la venida de Su Majestad; y de allí fue a posar a las casas de Juan Antonio Corzo, para estar cerca de la Alcázar, por donde se podía comunicar con Su Majestad, que estaba ya tan cerca, que el sábado mismo durmió en la Rinconada, pueblo pequeño, casi a la ribera de Guadalquivir, junto a Alcalá del Río. Y luego, domingo postrero de abril, se vino a San Jerónimo, que es monasterio grande y antiguo, extremado en el edificio, de la religión de San Jerónimo, y donde están dos figuras de barro, a los lados del altar mayor, que son, a la mano derecha un San Jerónimo en la penitencia, y a la izquierda una Nuestra Señora, que las hizo maestre Pedro Torrejano; y encarecer el artificio dellas no es para mi mano, sino para los ojos de los que lo vieren, y luego aprobarán ser las más raras que hay en el mundo. Allí oyó misa Su Majestad, comió y estuvo en vísperas.

Tenía mandado al Asistente, cuando le fue a besar las manos a la Rinconada, la tarde antes, que le enviase unas barcas, porque quería por el río recogerse a Bellaflor. Y así el Asistente, yendo a casa del factor Francisco Duarte, a las dos de la noche, le pidió se encargase de poner en obra lo que S. M. mandaba, y tuviese a punto las barcas, por el orden y de la manera que conviniese para semejante efecto, y él lo ejecutó por el orden que convino. Y fue a las cuatro de la tarde al puerto de San Jerónimo con una barca tan grande, que cabrían en ella ochenta personas, y de mucho sostén, y que pedía muy poca agua, y toda por de dentro estaba aforrada de tablas bien labradas, y hecho un suelo de ellas tan llano como el de la popa de una galera, y en torno de toda la barca iban hechos sus bancos bien guarnecidos, para en que se pudiesen asentar, y el sitio y compás que había donde S. M. pudiese estar, y los grandes que con él venían, era más que dos popas de galera ordinaria, en el cual estaban hechos tres arcos de madera por muy buen orden, sobre que cargasen los toldos, que se pusieron. A la popa tenía un corredor guarnecido de balaústes, en donde, sin entrar ni tocar en la barca, estaban dos hombres, para el servicio del timón, y lo demás, que así fuese menester. Y a proa, ocho remeros bogando, sin impedir ni llegar al sitio que estaba dedicado para Su Majestad, y los que con él iban, y hacían su oficio de manera, que no se parecían más de la cinta arriba. Y todo lo que tomaban los tres arcos era toldado de paños de brocatel carmesí y amarillo, con azanefas y apañaduras de terciopelo carmesí, bordadas de terciopelo blanco, y aguardadas de cordones de seda blanca y carmesí, que hacían muy buena vista; y este toldo caía por los lados hasta llegar al bordo de la misma barca, de suerte, que ni por ellos, ni por la popa podía entrar sol alguno, ni verse los que allí venían, si no fuese alzando la banda del toldo, que Su Majestad holgaba de descubrir las naos o la ciudad, y por donde más podía gozar de la marea, y con menos ofensa del sol. Los bancos de la barca iban cubiertos de los mismos doseles, con cuatro cojines de brocado, y raso carmesí tejido de oro, y salteado de muchas flores de seda de colores; y por el suelo de la barca iba esparcida mucha juncia verde y flor de paraíso, muchas rosas y, en el corredorcillo de la popa, había macetas de claveles y albahaca y poncellas. Y aunque la barca (según su grandeza) era harto ligera, iba otro barco pequeño con doce remeros que la remolcaban, de suerte que ningún barco, por muy ligero que fuera, pudiera correr más que ella. Y con esta misma barca mandó Su Majestad al factor Francisco Duarte que le sirviese otras dos veces que se hubo de embarcar: Una, para ir desde el hospital del Marqués de Tarifa a las Cuevas, donde estuvo retirado tres días; y otra, para venir desde las Cuevas a ver la galera real que en este río se estaba haciendo para el Señor don Juan de Austria; y, de allí, el río abajo a ver pescar y entretenerse buena partes de la tarde el primer día de pascua de Espíritu Santo. Y aunque esto se hizo con mucho secreto, ya toda la ciudad alborotada por ver a su Rey, en breve tiempo, había cercado el río por ambas partes con muchos millares de hombres y mujeres. Desde que vio Su Majestad que no podía salir sin ser visto de toda la gente y molestado del polvo, no quiso hacer su jornada, y quedóse en San Jerónimo a dormir, mandando al factor Francisco Duarte que le aguardase por la mañana el día siguiente en el mismo puesto. Y así lunes, día de San Felipe y Santiago, que contamos primero de mayo, y felicísima entrada de su nombre, salió de S. Jerónimo y se entretuvo un rato mirando La Florida, que es una casa y huerta de don Pedro López Puertocarrero, en el camino del Algaba en frente de San Jerónimo, a la parte septentrional del río, toda muy blanca, pintada, y con muchas rejas azules, y jardines con cruceros de arrayán, y fuentes de muchos caños de agua, poblada de arboledas de cidras y naranjas, y de yerbas rarísimas y flores nuevamente plantadas en esta tierra, con corredores altos y gelosías, y pinturas artificiosas. Toma desde el camino, que tengo dicho, hasta el río, donde hay una alberca de peces y de mucha agua; y no fue poco entretenimiento esto para Su Majestad, y así se detuvo hasta que, certificado que también estaba allí cercado de gente que con los pensamientos ya lo tenían visto, según estaba deseado, llegándose al vallado que más cerca estaba del río, lo mandó romper, y por allí salió a la barca, que lo esperaba, y entró en ella. Con él iban el prior don Antonio, caballerizo mayor; el Duque de Feria, capitán de la guarda; el Conde de Chinchón, mayordomo; el Conde de Buendía; D. Rodrigo de Mendoza, D. Diego de Acuña, gentiles hombres de la cámara; y el factor Francisco Duarte. Los Serenísimos Príncipes de Bohemia, Rodulfo y Ernesto, quedaban en la Rinconada y vinieron a comer a San Jerónimo, con que se detuvo algo la gente. Pero, en sintiendo embarcado a Su Majestad, corría por lo largo de las riberas que se hacen por ambas bandas del ancho río, solemnizando con grandes aplausos ya su entrada. Lo cual no pareció ingrato espectáculo a quien iba en la barca, pagándoles Su Majestad con mirar a todas partes, y preguntando a Francisco Duarte de los edificios que por allí parescían. Llegando al Almenilla, adonde es combatida la ciudad de las avenidas del río, y por los muros, parescía puesta gran multitud de gente. Descubrióse luego a Su Majestad el cerro de Santa Brígida, con toda aquella verde montaña que va hasta adelante de Gelvés, por donde se da principio al Aljarafe, mostrando un paño hermosísimo de verduras con sus extendidos prados y casas blancas, llevando a la mano siniestra los muros de la ciudad, desde la puerta de Bibaragel y San Juan, hasta dar en la parte del río que hace las islas enfrente las Cuevas a mano derecha, donde se desembarcó Su Majestad, y fue recibido del prior don Fernando de Pantoja, y los monjes y frailes de aquel religioso monasterio de Santa María de las Cuevas, que es uno de los monasterios de magnificencia, religión y grandeza mayor que hay de la cartuja, así en rentas y en edificios suntuosos, como en cuidado del culto divino y loable recogimiento, que por no hacer demasiado volumen y ocupar lo que se hizo de servicio, súbitamente aderezado, a lo que es perpetuo para los ojos de todos lo dejo.

Habiendo oído misa S. M., y de la misma manera cercado de sus vasallos, hurtándoseles, salió por la puerta que responde al río, aunque con gran desconsuelo de los monjes y frailes, a los que después benignamente acudió tres días, que estuvo con ellos. Allí se embarcó en un barquillo que pedía poca agua, y se metió por una canal, que hace la isleta y la tierra de la otra parte. Llegó a la barca que en más agua lo estaba esperando, donde subió; ya iban arredradas dél muchas barcas de hombres que, con el demasiado deseo, tenían por larga tardanza esperar a la tarde para verlo. Y pasando la barca por medio de la puente, que para eso se había mandado romper, entró en el compás de las naos, que tienen lo más hondo del río, las cuales había ordenado Francisco Duarte que se llegasen a la banda de Triana, todas sencillas, popa con proa, para que, desde la puente hasta la ermita de Nuestra Señora de los Remedios, fuesen haciendo una hermosa muestra de sus torreados castillos, espesas jarcias y lustrosos costados. Pasando Su Majestad, comenzaron a disparar todas las naos, y así se hizo una grande salva, y lo mismo la Torre del Oro, donde estaban trescientos arcabuceros aprestados, para que disparasen al punto que diese fin la salva de los navíos. La Torre del Oro estaba limpia por el pie, y ella toda aderezada de banderas y estandartes grandes, con las armas reales, y una flámula que venía desde la punta alta de la torrecilla (que sube por medio de la torre) y llegaba dos estados del suelo, que revolando por el aire daba hermosa muestra de las colores y pinturas que tenía. Desta manera pasó S. M. hasta junto a las huertas que vienen de Bellaflor al río, que es más adelante del rincón de Tablada. Iba con semblante muy alegre preguntando a Francisco Duarte cuanto se parescía, mostrando contentamiento por lo que también podía ver de la ciudad, hasta que llegó a desembarcarse. Allí le tenía don Diego de Córdoba, Teniente de caballerizo mayor, un caballo morcillo a la brida, en que subió S. M.; y todos puestos a caballo fueron a raíz de las huertas, hasta que entró en Bellaflor, la cual es una casa de placer, que se solía llamar Las Aceñas de Doña Urraca y, en poder de la Duquesa de Béjar, tomó aquel nombre; y ahora es de Don Manrique de Zúñiga, su hijo.

Aquí cierto se me recrece un nuevo género de trabajo, por el mucho descanso que tomé en verla, y es que quisiera yo poder también describir esta Bellaflor, o con más elegancia que Ovidio la casa del sol, Claudiano la del amor, Estacio, el Tiburtino de Manlio Vopisco; Marcial, la aldea de Faustino; Plinio Menor, el Tusculano de Apolinar; Paulo Jovio, su Museo; y principalmente ser aquí otro Filóstrato, que gastó tanto tiempo en alabarle, que no tenía tantas partes como aquella casa. Porque considerando primero el sitio y lugar tan extendido que es el campo de Tablada, y por aquella parte irse cortando con el poderoso crecimiento de Guadalquivir, a vista de la sierra fertilísima y partes del Ajarafe, que desde la vuelta de Merlina hasta la ermita de Santa Brígida se va extendiendo, vista la abundancia de los diversos ganados que allí entran, y que los más, o todos, vienen a beber junto a las aceñas de la casa, en una vuelta grande del río y venida de Guadaira, que atraviesa toda Tablada, pasando por debajo de la casa, y a la redonda, que con su creciente o rebalaj della hace una tendida tabla de agua, que muy ancha se muestra para poderse pasear con barcos por ella y hacer las naumachias que los emperadores romanos, con tanto trabajo, celebraban; cercándola una fresquísima alameda y crecidos árboles, que dan compañía y ser a la huerta, que poblada de frutales y repartida con sus calles, demuestra de grande trabajo para los curiosos hortelanos. Por allí debajo de las casas, toda Sevilla se sirve de aquel paso, como llave de la ciudad para todos los campos que en aquel rincón de Tablada se extienden. El edificio de la casa parece de fortísimo fundamento, cortado en el mismo río, con sus patios altos y galerías grandes, de donde se ven aquellos espaciosos prados y vueltas del gran río, con la hermosa perspectiva de los navíos y armadas enteras que, a la continua, se registran por la Torre del Oro y muelle. Y hacen corte (si se puede decir) de mar en Sevilla; y aquellos lejos que muestra de puente y Cuevas. Pues, entrando por las salas, es gran deleite ver cuán acompañadas de cosas, en que se emplea la vista, si no quieren gozar de lo que naturalmente ofrece el campo y admirable pintura del río, ahora por la tierra ver diversos trajes de caminantes y muchedumbre de ganados, ahora por agua el ir y venir de navíos, carabelas y barcas de todo género, contentando la vista de lejos verdaderos, y de cerca se ofrecen tablas, lienzos y retratos que al entendimiento dan diversas consideraciones, preguntando o declarando lo que en cada uno se muestra. No menos el mirador (que cae sobre el recibimiento que hace Guadaira, que por la parte de levante viene a entrar en Guadalquivir, para acompañarlo hasta la mar) ¡cuántas partes tiene de vista deleitosa, así en agua como en tierra! Aquí los vivares hechos artificiosamente para ver presentes los que en el bosque y dehesa se esconden por sus hondas cuevas; allí los peces del estanque, y la azacaya y caños que llevan el agua adonde riegue todo lo que es menester en la huerta. Aquí tienen los aires gran frescura, templados de parte del río y del campo. Lo que se ve allí y considera es faltar palabras para declarar el gusto que recibe el que allí se aparta de los negocios de Sevilla, adonde pueda vivir con grande honra, queriendo gustar de la quietud que tiene tan buen edificio. Y aunque haya otros en la tierra más suntuosos, y más cumplidos, éste tiene en sí cierta moderación, con que ni quita enteramente el gusto de la ciudad, que tan cerca está, ni da tanto deseo de ir a ella, que no deleite más pasear aquella morada, en donde tenemos, por ahora, a S. M. reposando. Y entre tanto trataremos de lo que la ciudad ordenó para recibirle.

La opinión que se tiene de la riqueza y grandeza de Sevilla, ofrecidas ambas al servicio de Su Majestad, eran grande impedimento a la misma ciudad para hacer el recibimiento que querían. Porque jamás se puede creer de las ciudades grandes que les faltó tiempo, sino voluntad para gastar; y no sólo el daño es quedar en tal crédito, sino ponerles falta por la tibieza que de haber gastado poco se entiende. Lo cual no puede parecer en Sevilla, habiendo tan liberalmente tratado las cosas de la guerra de Granada, en tiempo que la peste y la hambre la apretaba, cuando se dejó entregar a la guerra enviando sus hijos, para que acudiendo a la defensión de la fe católica, de su misma obligación, de la antigua lealtad que a sus reyes han tenido, pagase los diezmos a Dios y a su señor. Viniendo, pues, a las manos la ocasión, tomáronla todos por los cabellos, y ofreciendo lo que súbitamente pudieron, dieron para siempre sus intenciones por satisfechas delante de la presencia de un su señor, que tan fácilmente alcanza dónde llega la potencia de sus pueblos. Y en Sevilla no se puede acusar negligencia, sino dificultad de tiempo, porque no faltaban riquezas, ni habilidades con que se pudiera igualar a lo que más se ha gastado e inventado para semejantes triunfos.

Luego se determinó el primer cabildo, que los veinticuatros saliesen vestidos de brocado y los jurados de tela de plata. Pero Su Majestad mandó que no se vistiesen de aquella suerte; y así se mudó en sedas. Propúsose luego fuesen muchos hombres aderezar los caminos que, por donde S. M. venía, se habían de reparar, donde en tres partes principalmente se puso grande trabajo: La primera, en quitar un paredón antiguo de argamasa, que estaba al pie de la Torre del Oro, que hacía angosto aquel paso. Y tomar en el río también parte, con palizada y piedras, que de allí sacaron, haciendo un ancho camino; y luego, pasando hacia do estaba la leña, se formó un puente de gruesos pinos, y cubierta de mucha tierra por espacio de más de cien pasos a lo largo de Tagarete, que es un arroyo grande, que hace foso a Sevilla, desde la fuente que llaman de Calderón, hasta el río, pasando por de bajo de la puerta de Jerez. Asimismo, en el molino de Camargo se trabajó más que en todo, para que lo que antes era puente y paso angosto, fuese campo, y bastase para sufrir toda la gente que había de venir por aquella parte. Y aunque henchir fosos no sea mucho, pera esto dio que hacer a muchos, porque se había de dar paso a dos grandes arroyos, que por Tablada van al río, que son Tagarete y Aritaña.

Y porque Su Majestad no podía entrar luego aquel día, pensóse el venir a descansar a Bellaflor, y dello se dio una hermosa traza, en que tuviese Su Majestad, y toda su corte, un aposento alegre, fresco y proveído de lo que era menester a quien venía fatigado, caluroso, de sobresalto y a la ligera. Para esto hubo la comisión de la ciudad don Juan de Sandoval, teniente de alguacil mayor, el cual, con el celo de hacer lo que la ciudad le mandaba, y de servir a su rey, dejando gusto en ambas partes, se fue a Bellaflor y discurriendo por lo que convenía, viendo que la casa de Bellaflor, aunque fuese tan fresca y tan apacible como la que habemos mostrado en su descripción, estaba desacompañada de aquel aparato que para tal huésped debía tener, y también que faltaba el dueño, que pudiera aderezarlo prestamente a gusto de la merced que, en posar allí Su Majestad, él recibía. Luego se proveyó de hacer una grande caballeriza, arrimada a la muralla de la huerta, que corre por la delantera de la casa, armando un toldo con mástiles grandes de navíos, que tendrían más de quinientos pasos de largo, y catorce en ancho, con todo lo que se requiere para arrendar caballos y acémilas, hechas sus pesebreras, que por su orden a trechos servían para el efecto, cómodamente aderezadas, de la materia que la brevedad del tiempo les dio lugar, con la provisión de lo que para el bastimento de todas las cabalgaduras se provee. En otra parte estaban armadas tiendas muchas, y diversos ranchos, para la guarda de a pie y servicio de casa. Había en la puerta y patio muchas verduras, y al un lado, grande número de tinajas de agua reposada. No había en todas las partes de la casa lugar descubierto, donde el sol tuviese alguna jurisdicción, que no se le hizo reparo con árboles y diferencias de flores, que cierto daba grande contento la compostura de ellos, y el nuevo verano que se representaba en entrando hasta la escalera, por donde se sube con grande luz por las ventanas, que tiene tan abiertas a la marea fresca de un jardín muy deleitoso, que por ella se va descubriendo. Viene a dar esta vista en un patio grande alto de muchos mármoles, con una fuente enmedio, de extraño artificio, paresciendo a los edificios antiguos de los romanos. Luego, a mano derecha, parescían los aposentos, donde estaba aderezada mesa para S. M. Y teniendo repecto a ser casa de campo y el buen parescer y frescura, se aderezó toda de cueros dorados, con que todo estaba lustroso y muy fresco. Las ventanas acompañadas de aquellos huertos adonisios, que son vasos con tierra, en que había muchos claveles y albahacas, que con lo verde y colorado daban una hermosa vista. Había por los suelos, después de estar muy limpios, cantidad de rosas sembradas, y en partes de la sala muchos perfumes de pastillas y pebetes que, con el olor de lo que se pisaba, ayudaban a sustentar la fragancia que por el aire se iba suavamente comunicando.

Aquí no se descuidó la diligencia del comisario a proveer lo que también era menester en los oficios de más necesidad, así como la naturaleza, al formar de todo cuanto hace para nuestro servicio, no dejó sin orden cuantas cosas hay, por bajas y menudas que sean. Adornóse deste mesmo jaez todo el aposento, no dejando pieza que no se sirviese, así para los príncipes, como para los estados de cámara y boca, los cuales fueron muy abundantemente regalados. Porque imaginando cuánto era menester para una ciudad que se mueve y anda en pie, como la corte, y que se parece a un ejército por tierra, o armada por mar, que son ciudades portátiles, y a proporción de la ciudad edificada deben tener provisión al igual, sin que le falte nada. Así en piezas de la casa se repartieron los servicios, y en los unos había todo género de vasos, para la cocina y mesas, que se hallaban de barro las más pólidas y de mejor forma, que se contaron en grande número; en otras había aves vivas, apartadas en sus jaulas por sus especies; a otra parte se veían muchos pavos, las mesmas aves y todo género de caza, muertas y puesto a punto para aderezarlo, con todas las carnes que se pueden imaginar y que se crían en la fertilidad de toda la Andalucía, no faltando pan masado, de muchas suertes, fresco. Estaban apercibidos muchos vinos de Cazalla, Cabeza la Vaca y Ribadavia, con el Clarete y el de Ocaña. Estaba otra pieza ocupada con muchas tablas, donde había en orden infinitas empanadas de pavo, conejos palominos, perdices, jabalíes y todo género de venazón. Todo ello en mucha abundancia que, según pareció, habíase proveído para quince días. Y así, fuera de las mesas principales, fueron enteramente satisfechos todos los estados (el servicio y la guarda) de pan y vino, y carne y otros regalos, que para aquel efecto estaban diputados.

Por la parte desta pieza iba una hilera de mesas, donde por su orden estaban puestos muchos géneros de conservas, en que se representaba toda la isla de la Madera, Sevilla y Valencia en aquellas calles, que más uso hay de hacerlas y representarlas; porque no faltaban muchos barriles y grandes cajas de limones cubiertos de flor de azahar, confitura de dragea, de panales de rosa, guindas, membrillos, duraznos y bocadillos de muchas maneras. Cidras enteras, cajas de mermelada y otras diferencias de colación, de que hacían los antiguos sus segundas mesas. Y junto a esto, pilones blancos de azúcar y arroz, así en grano, como en harina. No faltaban especias infinitas, molidas y enteras, todo en grande abundancia, para que prestamente se aderezasen los manjares en tanta diversidad que verdaderamente el campo estaba hecho ciudad. Quedaban las cosas que dan apetito al estómago. Porque, en otras tablas por la mesma orden, iban barriles de aceitunas de todas las suertes, y adobos, que se hacen especialmente en Sevilla con alcaparras, pasas y almendras y piñones. ¿Qué nos falta ya para perfeccionar las cenas antiguas de Lúculo, o Cleopatra, o los aparatos de Persia, sino beber frío? Y para esto se apercibieron de mucho salitre, para enfriar el agua y el vino, en defecto de la nieve, la cual hubo después en abundancia. Hacían excelente muestra de sí otras tablas de hermosísimos vidrios, y barros de Flandes, y Venecia, lo cual fue muy extremado, por ser las piezas extrañas. Y así se repartieron por aparadores de las diversas mesas. Pero en lo que más había de considerar era una tabla de muchas garrafas, pomos y almarrajas de aguas olorosas, y de redomas de vinagre rosado, y de saúco para contra el calor, cansancio y polvo.

No engendre fastidio haberse contado esto por menudo, pues tengo dicho que la ciudad acudió a cuantas necesidades pudo imaginar en los que venían de camino, y tan temerosos del calor de Sevilla. Y también tuvieron los ministros, que allí se pusieron, grandísima cuenta con repartirlo todo de manera que a nadie faltase, y aprovechase.

Con esto se recibió Su Majestad, y los que con él venían, agradablemente, donde a la entrada, Don Juan de Sandoval le besó las manos, y le dio con mucho recado lo que era menester para reposar allí aquella tarde. Y a la una llegaron los Serenísimos Príncipes, que desde el Monasterio de San Jerónimo habían atravesado por Tablada a Bellaflor.

Faltaba suelo de campo (siendo tan extendido y tan llano) para la gente, que tan apriesa había acudido adonde tenía a su Rey aposentado, y que esperaba presto con grande alegría, ya casi vencedora en su intento, que no podía dejar de mostrársele.

Comenzaban a encaminar las partes de la ciudad por sus cuadrillas al recibimiento, y entre los primeros fue la infantería ordenada, la cual era toda de los más ricos oficiales, y de aquellos que quedaron para guardar su patria, gente de vergüenza y de valor. Porque luego en el Cabildo, cuando tuvo por cierta la venida de S. M., entre otras cosas que en él se determinaron, fue representar a Su Majestad una buena copia de infantería, y que saliese al campo hecha en escuadrones, y aguardase a su Señor puesta en lo llano de Tablada, y al pasar se le hiciese una salva de arcabucería; y para que esto tuviese efecto se dio la comisión a Juan Gutiérrez Tello, caballero de la Orden de Santiago y alférez mayor desta ciudad, y tesorero de S. M. en la Casa de la Contratación della, para que se levantase esta gente, aunque por su oficio de alférez mayor le tocaba. El orden que tuvo fue mandar llamar de todos los oficios dos hombres, los más viejos y que más autoridad tenían entre los de su oficio, y destos se informó la cantidad de gente que había en cada uno, y les mandó que los apercibiesen a todos, que estuviesen los más aderezados que fuese posible de vestidos y armas para salir al recibimiento de Su Majestad; y nombró de cada oficio un alférez para que rigiese y gobernase la gente dél. Y luego se echaron bandos, apercibiéndoles para que el día antes que Su Majestad entrase se había de hacer una reseña; la cual se hizo para dos efectos: el uno, para que el Ilustrísimo Cardenal los viese; el otro, para ver cómo estaban aderezados de armas y vestidos. Salieron de la plaza de San Salvador (porque está más cerca a la casa del alférez mayor) en orden y pasaron por la posada del Cardenal y por la puerta de Jerez, y volvieron a entrar por la de Triana y se vinieron a casa de Juan Gutiérrez Tello, donde se les dio orden que otro día, a las ocho de la mañana, estuviesen todos en la plaza que dijimos de San Salvador, porque desde allí fuesen al recibimiento de Su Majestad.

El día siguiente se juntaron todos en el lugar concertado, a son de doce atambores y dos pífaros, que la ciudad mandó vestir con seda de muchos colores y jubones de tafetán verde picados, cueras blancas cortadas y sombreros de tafetán azul. Los cuales, con maravilloso estruendo, regocijaban la ciudad. Tenían asímismo doce banderas ricas y de diferentes señales y colores. Salieron en orden. Don Francisco Tello, caballero del hábito de Santiago (hijo de Juan Gutiérrez Tello) Teniente de Alférez mayor, como capitán delante, con coselete dorado y grabado, calzas de carmesí con brocados, gorra aderezada de camafeos, espada, daga dorada y un venablo en la mano. Delante iban cuatro pajes con calzas de saya entrapada, rojas, y terciopelos negros, casacas de raso verde con alamares de la mesma color, cerradas por delante. Cuatro rodelas aceradas, grabadas y doradas y muy bien guarnecidas de terciopelo con fluecos de seda y oro, embrazadas, y cuatro morriones. Venían luego en las primeras hileras, que eran de tres, doce gentiles hombres, con buenas calzas y coseletes, muy bien grabados y algunos dorados, con alabardas doradas, guarnecidas de terciopelo. Todos eran de buena disposición y talle. Tras ellos venía la gente de los oficios en la mesma orden, muy aderezados de calzas jubones y cueras gorras aderezadas de botones de oro y perlas y cadenas. Puédese bien certificar que en ninguna parte se ha visto tanto oro labrado junto, de tan costosas hechuras y tanto artificio. Las armas que llevaban eran arcabuces y algunas alabardas. Y en este orden fueron hasta el campo, adonde se mudaron de cinco por hilera. Sería la gente de Sevilla de todos los oficios (los más principales y de mejor lustre dellos) más de tres mil hombres. Allí se juntó la gente de Triana, que está de la otra parte del río, como una muy rica villa. Traía calzas y jubón blanco de terciopelo el capitán, y la gente venía aderezada y armada como la de Sevilla. Serían quinientos hombres, poco más o menos. Fueron marchando todos hasta ponerse a trescientos pasos de Bellaflor y Su Majestad, desde una ventana, se paró a verlos. Y luego, a las dos y media, aunque hacía gran sol, y todo el campo estaba cubierto de gente de a caballo y de a pie, bajó Su Majestad donde había venido el Ilustrísimo Cardenal, con los Serenísimos Príncipes; ellos cuatro se puesieron a caballo y comenzaron a caminar hacia la ciudad, que por aquella parte muestra toda la longitud que hay desde el hospital grande del Marqués de Tarifa, hasta la Torre del Oro, quedando toda ella encubierta en este espacio. Aunque algunos antiguos de nuestra patria dieron forma de hierro de lanza gineta a Sevilla, que la punta sea la puerta de Macarena, y el ojo por donde se enhasta el Postigo del Alcázar, y los lados anchos la Puerta de Carmona y el costado del Río, no va esto fuera de razón, pues unos comparan a España a cuero de vaca; y otros a Cerdeña a suela de calzado. En fin, desde Bellaflor se venía descubriendo una apacible vista, porque de la mano derecha quedaba el campo de Tablada, que tendrá más de una legua por cuadrado, de solos pastos de ganado. Llano con tres arroyos que la van partiendo, uno junto al muro, que es Tragete; otro, que pasa por el molino de Camargo, y otro en Bellaflor, que muelen algunas aceñas, con presas de pescados y huertas por ambas bandas, y puentes, y muchas casas de placer. A la mano izquierda, quedaba el río poblado de infinito número de gente, por donde se representa la ermita de los Remedios, a la banda de Triana, estando toda con aquel deseo que Leandro en el paso del Helesponto, para dejar la ropa y venir a presentarse, o como a las nereidas o doridas que el anfiteatro solía mostrar en los lagos, que a mano se hacían. Asimesmo, la otra gente que poseía la parte de Tablada, continuando su apretado escuadrón, se venía al lado de Su Majestad. Yendo por la ribera del río la corte, haciendo el río mesmo reparo a la otra que estaba de la banda de Triana, que tanto deseo tenían los unos y los otros de acercarse.

Lo que más muestra daba del edificio de la ciudad era la iglesia con su alta torre, nuevamente acrescentada y adornada por industria del maestro mayor de la iglesia, Fernán Ruiz, excelente arquitecto, que tuvo tan buen espíritu que, contra la opinión de muchos, que temían la ruina de la torre, dio en proseguirla, y la levantó ciento y cincuenta pies sobre lo que solía tener de alto, desde las campanas. Adornándola toda de nuevo lustre, blanco y colorado. Siendo toda de ladrillo y formando las ventanas con sus barandas de piedra blanca, de unas claraboyas, y subiendo con unos remates de bella muestra, dorando muchas cosas en ella, que con el sol resplandecen admirablemente, y las mesmas luces parescen más con la luna. Viénese haciendo un curucheo de extraña labor, y luego una bola dorada de cinco pies de altura, y encima una victoria, que es una hermosa imagen de bronzo dorada, y a partes encarnada do lo ha menester, que es de doce pies de altura. Ha menester todo esto un libro por sí. Dicen que tiene desde el suelo hasta las plumas de la Victoria cuatrocientos y cuarenta pies; y cada paño de través, cincuenta. Y que costó el ornato más de cincuenta mil ducados. Ayudó a esta grandeza de torre la mano hermosísima de Luis de Vargas, que la pintó y enriqueció con su artificio, así de figuras blancas, como de bronzo y coloridas. Dio fin a todas sus obras en acabando la torre, y en aquella iglesia comenzó y acabó con un nacimiento para vivir siempre en la memoria. Agravio hacemos a la torre en tratar tan ligeramente della. En tanto que S. M. la iba mirando, trataré algo de los tribunales que salieron al recibimiento deseado.

En las ciudades (donde se ejercita la parte pública de la filosofía moral, que condesciende con todos los que en ella viven, y aun con los que han de vivir, es la política) hay diferencias de jueces, como se vio por el consejo que recibió Moisés de su suegro para gobernar el pueblo de Israel; así en Sevilla han venido las cosas públicas a tales términos, que han menester muchos que tengan cuidado dellas, y remedien los males, y se tengan los ánimos de los hombres, que arremeterían a hacer insultos desaforados si no hubiese freno de penas y quien las ejecutase, lo que declara el reino de Eolo sobre los vientos. En fin, poco a poco, ha tenido esta ciudad grande regimiento. Y así el primero, y de más importancia para la defensión de la fe es el Santo Oficio de la Inquisición, donde hay de ordinario tres o cuatro inquisidores, un fiscal, un juez de bienes confiscados, seis consultores y teólogos, clérigos y frailes, para calificar las proposiciones; otros tantos y más consultores juristas, que asisten a la vista y determinación de los procesos, cuatro secretarios, un receptor, un alguacil, un abogado del fisco, un alcaide de las cárceles secretas, un notario de secreto, un contador, un escribano del juzgado del juez de bienes, un nuncio, un portero, un alcaide de la cárcel perpetua, dos capellanes; sirven también un médico, un cirujano, un barbero, un despensero y más de cincuenta familiares en esta ciudad, que tienen todos sus privilegios concedidos por los bienaventurados reyes don Fernando y doña Isabel, Reyes Católicos de buena memoria, y confirmadas por los que han sucedido. Viven en el Castillo de Triana los jueces y oficiales deste santo oficio.

Hay Audiencia Real, donde hay un regente, seis oidores, cuatro alcaldes del crimen, un fiscal, cinco relatores, más de cincuenta abogados, cuatro secretarios, cuatro receptores, dos alguaciles, cuatro porteros, doce procuradores. Tienen cárcel que se hace ahora nueva en la plaza de San Francisco.

El arzobispo y cabildo hacen un senado por sí (el eclesiástico) en que hay once dignidades, que son deán, arcediano de Sevilla, chantre, tesorero, maestrescuela, arcedianos de Écija, de Jerez, de Niebla, de Reina, Prior, arcediano de Carmona, cuarenta canónigos; cuarenta racioneros. El arzobispo provee un visitador, el juez de la iglesia visitador de monjas, juez de testamentos, visitadores del arzobispado, juez de pecados públicos; en cada uno de los tres consistorios, un fiscal, un abogado, de todas las fábricas del arzobispado, el mayordomo mayor dellos, cuatro notarios mayores, alguacil mayor, que trae vara, diez alguaciles que no la traen, y muchos procuradores. Tienen casa y cárcel junto a la iglesia y juzgados della.

El Cabildo desta ciudad, demás de su asistente, que siempre suele ser señor de título, ejercitado en negocios arduos de otras ciudades, tiene alguacil mayor, y su teniente; los alcaldes mayores emanaron de los alcaldes que solía haber en esta ciudad, que lo eran los señores y grandes, que en ella había. Hay alcaide de los alcázares, alférez mayor, escribano de Cabildo, veinticuatro regidores, aunque está crecido el número, el teniente de escribano de Cabildo. Éstos representan aquel senado romano de senadores y cónsules. Luego los jurados, que sucedieron por los tribunos. El Asistente tiene dos tenientes, un alcalde de la justicia, un ejecutor de la vara, que asiste con los fieles ejecutores, un teniente de la tierra, los cuales todos tienen cabildo y asientos en la plaza de San Francisco, y su cárcel pública.

En la Hermandad hay un provincial, dos alcaldes, uno del estado de los hijosdalgo, otro de los buenos hombres llanos, un alguacil ejecutor, un escribano, muchos cuadrilleros; tienen su cárcel aparte.

En la Casa de la Contratación hay una audiencia de los jueces y oficiales de ella, que son factor, tesorero y contador, los cuales tienen diversos oficiales para la administración de sus oficios; hay un juez asesor, un fiscal, un relator, dos secretarios principales y ocho escribanos, un alguacil, dos porteros, un alcaide de la cárcel, que está dentro en la misma Casa; hay un piloto mayor, dos cosmógrafos, dos visitadores de las naos, un catedrático que lee una lección cada día de la parte de astrología y cosmografía que pertenece a la navegación. Hay un receptor de averías, y un contador dellas, y un escribano de las armas.

Hay Consulado y en él un prior y dos cónsules, que conocen de algunas diferencias y pleitos que se ofrecen entre mercaderes de los que tratan en las Indias, y once consiliarios para tratar y consultar los negocios de cualidad tocantes al dicho Consulado y universidad de mercaderes.

Demás destas audiencias y jueces, que son como ordinarios y más principales, hay alcaldes de la mesta, juez del Adelantamiento de la Andalucía, del Almirante de Castilla, jueces de los daños, del almojarifazgo, alcalde de sacas, y otros muchos. Solía haber cinco alcaldes, los cuales se quitaron, y en su jurisdicción sucedieron los alcaldes del crimen de la Audiencia Real, los cuales libran los pleitos civiles y hacen sus audiencias en la Plaza de San Francisco, martes y jueves y sábado de cada semana. Tiene el Mestrescuela de la iglesia jurisdicción sobre el Colegio de San Miguel. Tiene el rector del Colegio de Maestro Rodrigo jurisdicción en su colegio y universidad de los doctores. Hay alcaldes de corredores de lonja de todos los oficios.

Antes que S. M. llegase al toldo cerca de Bellaflor, llegó el Santo Oficio, con todos sus familiares, que iban vestidos de raja, terciopelo negro y raso, con muchas cadenas de oro y aderezos ricos en las gorras; y el fiscal llevaba el guión con las insignias, que suele. Luego inmediatamente llegó el gobernador del arzobispado con sus jueces y los canónigos de la iglesia colegial de San Salvador, y los beneficiados de la universidad. Aquí llegó la Audiencia Real con los oficiales que habemos dicho en muy buena orden, y besaron las manos a S. M., y en todos los tribunales el presidente llegaba el primero y daba el nombre, de la suerte que los nomenclatores antiguos que estaban par de los cónsules romanos. Pasado el molino de Camargo, se recogió S. M. al toldo, que estaba sobre mástiles altos levantado, para que se reparase del gran calor y polvo, en tanto que los otros tribunales llegasen a besarle la mano. Estaban con S. M. los Serenísimos Príncipes de Bohemia y el Ilustrísimo Cardenal; ya había llegado allí el teniente del escribano del cabildo (que es don Pedro de Pineda, que está ausente en la guerra de Granada) para decir a S. M. los nombres de los veinticuatros.

El Cabildo de la ciudad salió vestido en esta manera: los veinticuatros, con ropas largas hasta los pies, del modo de las pretextas senatorias; eran de terciopelo morado, forradas en raso blanco, y algunas en damasco; calzas y jubones y zapatos de terciopelo y raso blanco; las medias eran de punto; cadenas de oro al cuello y las gorras aderezadas con muchos botones de oro y perlas, de que asímesmo las ropas iban sembradas. Eran cincuenta y seis los veinticuatros, que en otro tiempo fueron del mesmo número. Los jurados iban con ropas largas de terciopelo carmesí, forradas en raso amarillo, calzas y jubones de raso y terciopelo amarillo, con cadenas asimismo de oro, como los veinticuatros; eran de número sesenta y dos. Desta misma suerte salió el juzgado de los ejecutores. Los alguaciles de los veinte se vistieron de ropas de tafetán carmesí y capas de damasco verde y gorras aderezadas. Besaron la mano a su Majestad y fueron a pedirlas a los serenísimos Príncipes, y sus altezas no quisieron darlas, ni las dieron a ninguna persona de las que allí llegaron.

Venía con la ciudad el Asistente y traía a su mano derecha a don Diego de Sandoval, alguacil mayor, y a la izquierda al conde de Olivares, alcaide de los Alcázares de Sevilla. Fue el Duque de Arcos con la ropa de la suerte de las que habían hecho los regidores, aunque no mudó jubón ni calzas; el Marqués del Algaba salió de la misma manera. Después de los alguaciles y jurados, besaron la mano a S. M. los regidores, y usóse con el Duque de Arcos lo que con los grandes: diole Su Majestad muestras de más afabilidad, y lo mismo hizo con el Asistente, y don Fernando Enríquez, sucesor del Duque de Alcalá.

Salieron los procuradores y escribanos del Rey, y los escribanos públicos, que serán veinte, y los del crimen de la justicia, con calzas y jubones de terciopelo y raso negro y sayos de lo mesmo, y algunos con ropas guarnecidas de terciopelo, y otros con tudescos de raso. Los corredores de lonja fueron aderezados de la suerte que los escribanos públicos.

Salió el Cabildo de la Iglesia Mayor con sus dignidades, canónigos y racioneros vestidos de ropas de raja en sus mulas aderezadas; iba el pertiguero delante, en un buen caballo, vestida una ropa de terciopelo negro, con su ceptro. Llegó el deán, D. Cristóbal de Padilla, a pedir la mano a S. M. y no se la dio, y luego los demás, y pasaron adelante haciendo el mismo comedimiento con los serenísimos Príncipes, y sus altezas no dieron las manos.

Salía S. M. del toldo, cuando llegó la Hermandad con ciento y sesenta varas, antes más que menos (pintadas la mitad o más de verde); traía consigo gran número de cuadrilleros con sus ropas y monteras verdes, y ballestas al hombro, y carcajes a las espaldas, con cantidad de saetas, que parecieron muy bien; son éstos los que por la tierra de Sevilla están repartidos para la ejecución de la Hermandad. Asimismo llegó la universidad del Colegio (que el maestro Rodrigo de Santaella instituyó, llamado de Santa María de Jesús, a la puerta de Jerez) con el rector, colegiales, doctores y maestros, en que había número de colegiales con lobas de paño negro y becas de grana morada, y los que eran maestros o doctores, con las insignias de su ciencia; iba bien autorizada por haber crecido tanto y estar tan ampliada de doctores. Llevaban sus bedeles con mazas de plata, de gran peso y hechura; todos iban vestidos de terciopelo negro, damasco o raso, si no eran los colegiales y doctores en teología.

Ya Su Majestad había salido del toldo y llegado a San Telmo; entróse allí, y refrescándose el rostro se detuvo un poco. Y viniendo casi delante la Puerta de Jerez, llegaron los jueces y oficiales de la Casa de la Contratación, a quien acompañaban más de ciento y cincuenta capitanes, maestros y pilotos de la carrera de las Indias, vestidos todos costosamente, porque llevaban jubones de raso blanco pespuntados y picados, calzas de terciopelo y raso blanco con cordoncillos de plata, cueras de terciopelo negro, y tudescos de damasco con muchos botones de oro y perlas aderezados. Gorras de terciopelo negro ricamente guarnecidas y sembradas de muchas piezas de oro, espadas doradas; algunos llevaban ropas francesas forradas en damasco blanco, y todos cadenas de oro; los demás iban vestidos de terciopelo y raso negro y raja. Iban luego los oficiales y ministros de la Casa de la Contratación. Después el prior y cónsules. Seguíase el general Juan Velasco de Barrio y el almirante de la flota que se aprestaba para las Indias; a la postre los jueces oficiales de la dicha Casa, iba el doctor Vázquez, del Consejo de las Indias, entre el Factor Francisco Duarte y el Contador Ortega de Melgosa, el cual besó las manos a Su Majestad, y luego los jueces, el prior y cónsules, el general y los demás.

Llegando S. M. a la Torre del Oro se le descubrió una admirable vista por tierra y agua, así para la guerra como para la paz, llena de todas las comodidades que los elementos forman para la vida humana. Por aquella parte que Su Majestad pasó el Tagarete (según dijimos) estaba hecha una puente, que tomaba grande espacio del arroyo sobre gruesos pinos y, como dice Marcial, podíase decir aquí fue río una vez, y otra vez, aquí fue tierra, según suele venir aquel arroyo con las avenidas y compañía de río, y según estaba hecho campo, quitaba la memoria del agua que por allí entra en Guadalquivir.

Muéstrase la Torre del Oro, que es grande y alta, dozavada con doce garitas, que salen una en cada ángulo haciendo proporción hermosísima para desde allí defender a los que quisieren picar la torre, y luego se parescen las almenas con muchas ventanas formadas, que las abraza un grueso cinto de hierro, con que se encadena lo alto de la torre, para no acabarse de abrir, según tiene las muestras; sube desde el suelo otra torre, que es redonda, y muy galana, con ventanas y almenas, que en aquellos antiguos tiempos adornaban los edificios de aquesta manera. Desde esta Torre, hasta la muralla que cerca la huerta de las Atarazanas, va una coraza de muro con tres torres, que sirve de tránsito para la torre, y por aquella parte tiene su puente levadiza, y es muy fuerte, aunque cuando se hizo estaban bien descuidados, los que la edificaron, de la artillería que había de inventarse. Llamóse Torre del Oro porque se guardaba allí el tesoro de los reyes antepasados. De allí pasaba la cadena que tenía atajado el río, la cual quebró Ramón Bonifacio, cuando el Rey Santo tenía cercada a Sevilla; aquí había un estribo o tajamar grosísimo, que se desbarató, y de las reliquias dél se hizo una manera de dique, junto al muelle, con que aquel paso vino a ser capaz de mucha gente. Estaba el río (dejo de decir su grandeza, su origen, riqueza, fertilidad, hermosura y abundancia) bravo y hermoso, con toda la banda de Triana poblada de muy altas y hermosas naos y bajeles, porque como la ciudad pidió al Factor Francisco Duarte que tomase a su cargo lo que tocaba al río, con todo su ornato, entendiendo él (como hijo del que fue proveedor y comisario general de los mayores ejércitos y armadas que reyes y emperadores han tenido) el orden que en semejante negocio se debía tener, y de cuánta importancia era el acertarlo, pues toda la fuerza del recibimiento se ponía en la buena muestra del río, y entrada de la ciudad, hizo juntar en la Casa de la Contratación todos los maestres, capitanes y señores de navíos, y con los jueces, oficiales de la mesma Casa, les encargó pusiesen en orden todas sus naos, y especialmente todas las de mayor muestra, y las aparejasen como mejor convenía, y aderezasen sus personas muy lucidamente para servir, el día que Su Majestad entrase, de la manera y por la orden que se les diría; lo cual admitieron con gran contentamiento y fueron a ponerlo en ejecución. Y aderezaron cincuenta naos, que allí se hallaron, con toda la bizarría y curiosidad posible, y en el tope de cada una había banderas grandes, pintadas las armas reales, y todas las gavias con sus toldos pintados, y dellas pendían algunas flámulas, de diversas colores y pinturas, y de las puntas de las entenas y alguna jarcia de la principal, muchos gallardetes y banderas de diversas colores y maneras, y en el cuartel de popa de cada nao, una bandera de campo de tafetán de diversos colores, que todas juntas tremolando hacían tan agradable y terrible muestra, que en cosa de esta calidad, no se podía ordenar ni ver otra mejor; y desta manera las pusieron todas de luengo del río, por la parte de Triana, que hacían tres efectos: el uno, cubrir con su grandeza el barranco que hay por aquella parte sobre el agua; y el otro hacer una extendida y desocupada vista de agua, y dar lugar a los barcos en que Su Majestad había de pasar, y a los que habían de correr la seda; y lo tercero, para que las dos naos, que estaban puestas a medio río, se pudiesen descubrir y ver mejor.

Asimismo hizo juntar toda la artillería de metal y hierro colado que, al presente, se pudo haber en esta ciudad y que se repartiesen hasta trecientas piezas de metal en las naos, con que recibirían menos daño, y que, detrás dellas, por la parte de tierra, se pusiesen hasta cuatrocientas piezas de hierro, y en la Puerta Real sesenta piezas de metal muy grandes y bien en orden y en lo alto de la Torre del Oro hasta trescientos arcabuces nuevamente hechos. De más de esto, estaba en medio del río, junto a la puente, una excelente nao, de que es dueño y capitán Antón Sánchez de Armas, muy bien aderezada y pintada, todas las obras muertas, y adornada de gallardetes y banderas, y enfrente de ella, junto al muelle, la nao de que es dueño y capitán Francisco Ruiz, no menos compuesta por el mesmo orden, y la una y la otra, con cantidad de gente de guerra dentro, y de atambores y trompetas, y menestriles, y banderas de campo. En la nao de la puente, estaban tres precios para los que habían de correr la seda en barcos. El primero era seis varas de tela de oro carmesí. El segundo, seis de terciopelo verde. El tercero, de raso amarillo. La razón por que estaban señaladamente allí aquellas dos naos fue para que Su Majestad viese bien de cerca (cuando pasase) de qué manera van las naos aderezadas para Indias; y aun pensaban también (si les ayudara el viento) dar las velas y hacerse a largo lo que pudiese durarles la vista de Su Majestad. Y para esto, y para los efectos que se han dicho, se había mandado despejar el río de mucho número de carabelas, naos y barcos inútiles, y habíanlos alargado por la parte del castillo, rompiendo la puente que les impedía el paso. No faltaron muchos barcos de damas y otra gente, muy bien aderezados ellos y ellas, que llegaron a la orilla del río a gozar de la presencia del rey, sirviendo con alegre aplauso y bendiciones a quien les dio vida para ver esta hora tan deseada, y a los padres que le engendraron, con tan entrañable gozo, como si lo fuera natural de cada uno de los que le miraban.

En llegando Su Majestad a lo llano, que está a la Torre del Oro, comenzó la salva del arcabucería, que en ella estaba, con mucha priesa y buen orden; y luego prosiguió el artillería de las naos, con el estruendo y braveza que en un asalto furiosísimo suele oirse, poniendo cada uno de los artilleros el cuidado necesario en que fuese mayor el estruendo de la pieza de artillería que en su nao se disparase, que el de las otras, y sin cesar, duró la salva gran espacio de tiempo, y de presto se encubrió con el humo todo lo que con el agua y en tierra parescía, no sin gran ruido que rebramando nuevamente por el aire ocupaba los sentidos de la gente, que en tanta tormenta jamás se habían visto; y los desusados golpes venían atormentando todo cuanto arrebataban de vista y oído, dejando a las mujeres suspensas y trasportadas, con la no esperada furia, y oscuridad del humo, y sonido horrendo, pareciéndoles que habían sido por encantamento puestas en los muros de alguna fortaleza a que se diese batería, porque el polvo de la tierra, la espesura del humo que con el río la oscurecía, los rayos y truenos en el aire engendraban esta imaginación. Hasta que se serenó el cielo, esparciéndose el humo, sosegándose con la quietud de la gente el polvo, aclarándose con la presteza de la salva el aire, y entonces vieron ir a Su Majestad, cuya serenidad les aseguró el miedo, y movió a risa de su imaginación, alegrándose con la oscuridad que tal luz les había dado, viendo en sus tiempos, y delante de sus casas, a su señor, su Rey y su padre. Aquí había las aclamaciones que se daban, según Elio Lampidio y Esparciano a los emperadores, de César Augusto Emperador, padre de la patria, convertido todo en el nombre de nuestro Rey, y señor nuestro. Y pues el corazón del rey está en la mano de Dios, las partes que lo visten no están fuera de esta orden y ventura, que con otra felicidad son los Reyes, y con otro respecto criados, que los súbditos. Aunque todos sean hombres, el medio más cercano y subalternado a Dios es el Rey, y así cría en los ánimos de los hombres aquella reverencia y aquel amor, siendo su benignidad y clemencia tan digna de ser amada, querida y respetada, por el bien que a los hombres hace.

A este punto estaban, desde el muelle hasta la otra parte de las naos, por lo ancho del río, puestos nueve barcos bien aderezados, de ocho escalamos, en que estaban ocho remeros en camisa y zaragüelles blancos, con bonetes de grana, y en cada uno había un timonero. Concertáronse en tres cuadrillas, y así partieron, cuatro con la ligereza que sus brazos valentísimamente formaron, batiendo los remos con la fuerza, que si en ello les fuera la vida, aventurándola por la honra, llamando para aquel trance cuanto valor tenían, tomando cada barco la parte que más derecha línea formaba con el viso al Palio de Brocado, y fue la suerte del barco (en que Su Majestad había entrado la mañana que salió de las Cuevas), tal, que llegó el primero de todos, aunque hubo disensiones. Y luego corrieron los otros cuatro, y los cinco a la postre, cuando Su Majestad ya miraba en ello.

Desde la Torre del Oro hasta salir de la Carretería, que es un arrabal de la ciudad, que entra en la collación de la iglesia mayor, estaba todo lleno de la gente que se había puesto allí desde la mañana, allende de la infinita que en Tablada quedaba, lo que les fue ocasión de no poco trabajo, por impedirse los unos a los otros el paso, queriendo los que venían de la Torre y muelle ocupar el lugar de los que le habían hasta entonces no sin dificultad conservado, y los que le tenían defendérselo; así la mayor parte de la gente iba por la Puerta de Jerez, y acudían al postigo que decían del Carbón, y ahora llaman del oro, pero no todos podían salir, porque la misma dificultad que a los de la Carretería les impedía el paso, y volvíanse a la Puerta del Arenal, adonde no hallarían menor inconveniente. Pero, haciendo camino, los que más podían, pudieron conseguir su deseo de ver a Su Majestad, que iba en medio de la guarda de a pie, y de la de a caballo, y la de a pie iba delante. Desta suerte pasó mirando aquella llanura, que se hace en la Puerta del Arenal, poblada de gente innumerable, adonde dijo al Ilustrísimo Cardenal, que iba con el Serenísimo Príncipe Ernesto de Austria, a las espaldas de la persona real: Esto basta por recibimiento. Fue cierto palabra de tan alta discreción, pues constituyendo Dios al hombre por señor de las cosas para su servicio nuevamente criadas, se las puso delante para que tomase posesión dellas, poniéndoles sus nombres, la cual consideración justamente movió su claro entendimiento, viéndose señor de tantos millares de hombres, que tienen la mesma sustancia que Adán el primero, rey y señor de todo cuanto crió Dios con sus manos, y acompañado y venerado de ellos.

Quitó mucho el lustre a este recibimiento venir Su Majestad de luto, por haber fallecido el año pasado sus clarísimas prendas, ocasión general de dolor y lástima a toda España, aunque por hacer merced a los que lo recibían, alegraba el rostro: en la guarda y otros criados suyos, las hermosas colores de la Casa de Austria; en los caballeros, la diferencia de libreas; en la ciudad, las fiestas que universalmente se hicieran, dando muestra de su alegría; los aderezos de sus personas y criados, las luminarias y otros instrumentos que suelen en semejantes casos alegrar el pueblo con bailes y juegos diversos, que se podían inventar, todo estaba suspenso, aunque no faltó lo que pudo en este tiempo mostrar el ánimo que tienen de servir a su rey y señor, en el cual ponían todos los ojos, no contentándose de verle una vez, volviendo infinitas con mucha presteza a ponérsele delante, donde quiera que podían, dejando el lugar adonde le habían visto para tomar puesto en otra parte, con la dificultad que he dicho, que era grandísima, por estar todo continuamente ocupado de gente, que en tablados y en el suelo no dejaban palmo descubierto de lo uno ni de lo otro, de suerte que casi era imposible gozar una persona en tan largo trecho, como hay de campo en aquella parte por donde Su Majestad entró, de postura de cuerpo diferente de la que tenía una vez tomada.

Pasado lo largo del río así mirando las naos, que hasta la puente estaban puestas, como la parte de la ciudad que por allí, aunque es fuera della, está cubierta de casas hasta la Puerta de Triana, pasó los arcos de la puente, que desde la ciudad hasta la de madera tiene ciertos ojos de arcos, o alcantarillas por donde se desagua el río, cuando en sus avenidas se embravece. La puente está armada sobre barcos grandes, es de gruesos maderos y tablas que vienen a parar al Altozano de Triana, junto al castillo adonde está el Santo Oficio de la Inquisición; desde allí se hace una anchura entre el río y el muro, que es pared a la calle que llaman de Cantarranas, la cual hallo haberse dicho así por unos caños y husillos que tiene, por donde se limpia la ciudad. Y así dice Celio Rodigino, en el octavo libro, que dicen a los albañares en Milán cantarranas, y no como algunos piensan del canto de las ranas. Ya desde allí se parescía la Puerta de Goles, y las invenciones que allí estaban hechas para el recibimiento de Su Majestad, en lo cual entendió el Factor Francisco Duarte, como veinticuatro de Sevilla, por particular comisión, y el jurado Francisco Carreño, el veinticuatro Bartolomé de Hoces, obrero mayor de la ciudad.

Caminando Su Majestad a vista de esta puerta, antes de llegar a ella se le hizo otra salva, con sesenta y dos piezas de artillería de metal gruesas, que parecían estar en guarda y defensa de aquella puerta, y por ser alto el lugar, hicieron mejor muestra.

Tratar ahora de la disposición, sitio y grandeza de Sevilla, con todo aquello que se cuenta de su origen, no es de este tiempo; sólo diremos que, entre las puertas que tiene hay unas más cerca del río que otras y algunas que no le ven. Y parésceme que Su Majestad, por la mañana, tomando desde la Almenilla, pasó por las dos que están junto al agua, que son las del Almenilla y San Juan, y dio vista a la de Goles, la de Triana y del Arenal, y apartándose por el mismo río dio en Bellaflor, que está a la parte occidental de Sevilla. Volviendo, pues, ahora por tierra, llegaba cerca de la Puerta de Goles, cuya descripción, denominación y honrado recibimiento debemos tratar.


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Puerta Real


Era antiguamente llamada la puerta de Hércules, o de Hercoles, y después corrompiéndose el vocablo se llamó de Goles, porque de unos a otros ha venido esta memoria de Hércules a Sevilla, adonde están los cuatro mármoles que denotan su grande majestad, metidos en una casa a San Nicolás, y junto a la calle de Abades, y hállase haberse descubierto pedazos de calzada en que están fundados. Y que Hércules vino a la parte de Sevilla vieja, y mudó allí la gran ciudad es cosa notoria; después los romanos, y principalmente Julio César, la ennobleció, edificando junto al río Betis, de que se llamó la Bética toda que es Andalucía; y los moros mudaron el nombre a este río Betis y llamáronle Guadalquivir.

Es esta puerta al poniente; tiene una calle de las más anchas de Sevilla, que corre hasta ella y llámase de las Armas. Dicen que entró por ella el Santo Rey Fernando, y así estaban dos versos antiguamente puestos encima della, con su rey a caballo y la espada alta, que decía:


«Regia Fernandus perfregit claustra Sevillae
Fernandi et nomen splendet, ut astra poli».

«Fernando quebrantó las reales cerraduras de Sevilla y el nombre de Fernando resplandece como las estrellas del cielo».



Estaba desechada esta puerta, y baja, que se le venían a cubrir con la tierra que había crecido, casi la mitad, y tenían delante un montón grande de tierra, donde don Fernando Colón, hijo de don Cristóbal Colón, el que halló las Indias Occidentales, comenzó a hacer un edificio y plantar una huerta de más de cinco mil árboles, por lo largo del río, haciendo que la ciudad por allí tuviese lustre, y la ribera quedase más fresca; juntó en ella copia de casi veinte mil libros. Esperábase de hacer allí un verdadero monte Parnaso, así por la frescura de la huerta, como por la casa y multitud de libros, la cual está ahora en la iglesia mayor de Sevilla, en una pieza que corre desde la torre hasta el Sagrario.

Ya comenzaba la Puerta de Goles a lucir nuevamente y a tener fama con este edificio, y vecino tan bueno, hasta que vino don Francisco Chacón, Asistente que fue desta ciudad, y mandó con orden de Sevilla que se edificase y se alzase del suelo; y así se alzó de piedra labrada, con sus frontispicios y remates de unos grandes globos y puntas, poniendo de la parte del río las armas de Su Majestad, y de la parte de la ciudad, las que en ella tiene en su sello, el santo rey don Fernando y los santos Arzobispos della, San Isidro y San Leandro. Y tres torres de la muralla se aderezaron, y empedróse todo aquel espacio, haciendo una ancha calzada, y arrimando al terrapleno donde están las casas de Colón una pared algo baja, que tuviese compañía a la muralla, y no dejase desbaratar la buena muestra de la calzada. En ésta, pues, se ordenó la entrada, por la brevedad que se dio a la ciudad, queriendo levantar allí un arco y hacer una razonable muestra de su voluntad.

Vímonos en grandísima fatiga para dar, en espacio de solos diez días, y falta de aquellos maestros que en tan grande abundancia tienen Italia y Flandes, para acabar algo que pareciese bien; y habiendo de aderezar las paredes y hacer dos arcos, púsose luego la mano, y determinóse que se hiciese en aquellas tres torres, que tenemos señaladas, y el paredón bajo que a la parte del río iba, la traza de la entrada como por toda la ciudad se podía servir a Su Majestad. Y para hacer esto, se igualó la parte baja del terrapleno con las tres torres y el muro, llevándolo en proporción, que pareciese todo uno y formase un recibimiento de la puerta muy espacioso y de hermosa vista. Y así se blanqueó la muralla y torres de la una parte y el lienzo de la otra, con maderos y tablas fuertemente trabados. Hacían una muestra que, a tener tiempo, la ciudad la hiciera de obra, que pudiera quedar en memoria de aquella merced, que Su Majestad hizo a aquella puerta, que tuvo felicidad en acordarse de ella, por la que vino desde los tiempos pasados hasta ahora, que la adornaron todos con cuanto mejor aparato pudieron, porque se vea la diligencia que se tuvo.




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Arco primero


El primero arco era de tres arcos de obra dórica y en esta forma ordenados, que el arco de enmedio era ancho veinte pies, y los de los lados de diez y ocho pies de cuadrado, adornados con dos columnas dóricas, y en medio dellas un emperador puesto dentro de un nicho, y debajo de las columnas había un pedestal grande, que sustentaba las columnas, y todo el pilar, sobre los cuales, que eran cuatro, corría un arquitrabe con su frisco y cornija, de obra dórica, con sus remates al derecho de las mismas columnas. Iba todo pintado como piedra blanca, y en los mismos pedestales sus tondos de jaspe, y dentro de las puertas o entradas de los arcos, tres insignias o empresas, con sus letras hieroglíficas de medallas antiguas, que los emperadores romanos traían o recibían, por su pretensión, o por la bondad que tenían para bien de sus pueblos. Y por estas causas se levantaban arcos triunfales, se edificaban memorias entre los antiguos, por dar premio a la virtud, que es el estímulo de todo cuanto hay bueno, y por animar a los que tienen tomada la mano de hacer bien.




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Hércules


En la frente que tiene la torre a la parte de la ciudad, había un coloso, que es figura de las que se hacían mayores que la estatura humana. Estaba un Hércules desnudo, con solamente la piel del león, que mató en la montaña Nemea, cuando el rey Euristeo se lo mandó. Tenía encajada la cabeza del león en la suya, y en la una mano un ramo con tres manzanas o frutos de oro, y en la otra mano la clava, que es un bastón ferrado, guarnecido con puyas, y él de pies sobre el Dragón de las Hespérides. Hacía grande efecto puesto allí, así por ser el primero que en Sevilla podía parescer como fundador, y por el nombre de la puerta, y por lo que ofrecía a Su Majestad, que eran las tres manzanas, y por la postura en que estaba. Las Hespéridas eran (según los poetas) tres hijas de Héspero, hermano de Atlante, Rey de la Mauritania; y en frente de África, donde ponen ahora el Cabo Verde, estaba la isla de las Hespéridas, que se llamaron Egle, Aretusa y Hesperetusa, que tenían un huerto todo plantado de frutos de oro, guardado por un dragón, que jamás dormía adonde Euristeo mandó a Hércules fuese, y le trujese aquellas frutas, y así lo hizo; lo que yo tengo largamente escrito en mi Hércules, en octava rima, adonde puse cuanto tesoro hallé en poetas griegos y latinos. Hay grande opinión sobre qué fuesen aquellas manzanas; tomadas moralmente, son las virtudes heroicas que un rey, o príncipe, debe tener. Estaba antiguamente (como dice Pierio Valeriano, en un libro que hizo de las letras egipcias, llamadas hiereoglíficas) la estatua de Hércules desta mesma forma puesta en el Capitolio romano, hecha de bronzo; las tres manzanas significaban las tres virtudes principales, que el rey o héroe ha de tener: la una EXCANDESCENTIAE MODERATIO; la segunda, AVARICIAE TEMPERAMENTUM; la tercera, GENEROSUS VOLUPTATUM CONTEMPTUS. «Moderación del enojo y ardiente saña. Templaza de la avaricia. Menospreciar hidalgamente los deleites». Son cierto tres maravillosas virtudes para el estado de la justicia y clemencia, para el temple de la avaricia y liberalidad, para saber dar de mano a los contentos y apetitos, que dañan la Majestad real. No lo puede ofrecer esto sino un Hércules, que es el entendimiento poderosísimo, vestido del despojo del león, que significa la generosa fuerza del ánimo y la excelencia de su valor, pues es rey de los animales y animal sujeto al sol, que es claridad de todo el mundo, que como dice Homero, todo lo ve y todo lo oye, retrato verdadero del rey humano para transformarse en la idea divina. Haber muerto el dragón y tener los pies sobre él es (según declaró Filón) tener postrada la deleitosa blandura y amoroso regalo de la lascivia y apetitos venéreos; la clava es la razón y disciplina con que se rompen y desmallan las corazas del apetito y hacíanla de alcornoque, por ser materia que no se corrompe, y así los antiguos con este árbol señalaban firmeza y fuerzas. Tenía nudos y puyas la clava por los escrúpulos y dificultades que hay en el ir tras la virtud, que nos demuestra la verdadera. Aunque algunos tuvieron que Hércules fuese el sol y las manzanas de oro, las estrellas, porque Hesíodo hace las Hespéridas hijas de la noche, y así podrían significar otras cosas. Aunque está mejor en la primera declaración, porque presenta las mayores y más altas virtudes que en un Príncipe (que tiene a cargo los pueblos, como dice Homero) conviene que resplandezcan y fructifiquen, que es el oro en la fruta que le da una persona tan celebrada.

Tenía el Hércules un pedestal con estos versos latinos, ofreciéndose a Su Majestad:


Alcides adsum, Patrio demissus Olympo,
Vt tibi dona feram, quae Hesperis alma tulit.
Maximus his niteas semper virtutibus heros.
Serus vt ad coelum, quae Pater auctus, eas.
Hanc urbem statui, posuit tibi moenia Iulus.
Carolus ornabit, tu meliora dabis.



«Yo, Hércules, vengo enviado del cielo de mi padre para que te dé presentes, que me dio la santa Hespérida; tú, gran Príncipe, resplandezcas con estas virtudes, para que vayas al cielo después de largo tiempo, del cual está tu padre acrecentado. Yo fundé esta ciudad; Julio César puso los muros en tu servicio; Carlos la adornó y tú le darás cosas mejores».




Soneto:


   Yo soy Alcides, que del alto cielo,
adonde vivo en soberana gloria,
vengo a rendirte la mayor victoria
que real valor gozar pudo en el suelo.
    Ves aquí el don, que el amoroso celo
me dio de Hesperia, de inmortal memoria,
con que se engrandeció tanto mi historia
que del veloce tiempo vence el vuelo.
    Con este el premio de virtud ardiente
gozarás eternamente la luz pura,
que en ti del claro padre revertiera.
   A esta ciudad di yo principio y gente,
fuerzas dio Julio, Carlos hermosura,
pero de ti, señor, más bien espera.






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Betis


En la torre, que estaba hecha de madera y lienzo, pintada de la parte del río estaba, a la mesma medida, un coloso de bronzo, que representaba al río de Guadalquivir, el cual se llamó Betis, del Rey Beto, sexto rey de los iberos, llamados después hispanos, 1836 años antes del advenimiento de Nuestro Señor, y de allí el Andalucía toda, Bética, que los vándalos llamaron Vandalia. Estaba allí en pie, aunque los más de los ríos se figuran recostados, pero aquí Betis fingímoslo que venía de vuelta, con la creciente, por embajador a Su Majestad, de parte del Océano, padre de todas las aguas, a decirle lo que veremos en los versos. Tenía la barba larga, los cabellos envueltos en una guirnalda de cañas, olivas y espadañas, y la mano derecha sobre un gobernallo, y a lo postrero dél, revuelto, un delfín, declarando lo que con la áncora y el delfín solían los antiguos, allí con más prudencia, revuelta la velocidad en los negocios. Tenía el pie siniestro sobre una urna, que lanzaba gran golpe de agua de sí, y a la ribera dos cisnes en señal de los poetas que cría este río, de no menor ingenio y espíritu que los demás. En la mano izquierda tenía un vaso con muchas barras de plata y oro, que es lo más preciado que se trae de las Indias, y unos versos que decían:


Me Pater Oceanus celerem refluentibus undis,
Dive Philipe, tuos iussit adire pedes.
Ut tibi pollicear, quicquid Neptunus in undis
Gemmarum, atque auri, quicquid habet Zephyrus.
Hispalin ingredere et nostros proficiscere in hostes.
Non deerunt et opes, non elementa tibi.



«El Padre Océano me envía ligero, con las aguas de la creciente, gran Philipe, y mandó que llegase a tus pies, para que te prometa cuantas perlas, o piedras, tiene en las aguas Neptuno, y cuanto oro tiene el Céfiro, que es el Occidente. Entra en Sevilla y parte contra nuestros enemigos, que no te faltará potencia, ni los elementos dejarán de favorecerte».




Soneto


   Mi padre Océano, oh Rey esclarescido,
a cuyo reino fue de Eolo traída
la nueva de tu próspera venida
que para mí tan summo bien ha sido,
   de oro y perlas, cuantas han nascido,
doquiera que Neptuno les da vida,
y es la beldad de Zephyro esparcida,
te avisa que por mí serás servido.
    En Hispalis ilustre en fe y belleza,
que jamás meresció mirar tu ira,
entra, Príncipe, lleno de alegría,
   y partirás de aquí no sin riqueza,
a vencer el furor que en vano aspira
a resistir tu ira y cortesía.






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Parnaso


En lo alto del arco, desde torre a torre, pasaba un bosque fresco de árboles, y puestas a mano muchas cajas llenas de yerbas, que parecían haber nacido allí encima, representando un huerto pensil, de los que en los muros de Babilonia plantó Semíramis, poderosísima reina de los asirios; en medio estaba una grande montaña, hecha artificiosamente con sus peñascos, a partes colorados de la peña, a partes verdes de la yerba, con árboles que de entre ellos salían verdaderos. Era éste el monte Parnaso de Boecia, tan celebrado de los poetas, y tenía al pie una fuente, que despedía de sí un caño de agua de azahar, tan grueso como el dedo pequeño; y porque no manchase las ropas se dio orden, que no corriese. Más adelante había una silla alta, cavada en la peña, adonde estaba sentado el dios de las musas y poetas, Apolo, vestido de una ropa de brocatel labrado de blanco, y con dos cinturas de tafetanes azules; y sus borceguíes labrados como los coturnos antiguos, y su guirnalda sobre el cabello rubio. Tenía una harpa en la mano. Estaban, más abajo, asentadas las nueve Musas, que las cinco dellas eran doncellas, de extremada voz, y manos en tañer harpas y vihuelas de arco y violones, entre las cuales había una niña que diestramente tañía; las otras cuatro eran cuatro músicos, vestidos en hábito de musas, de la otra parte. Tenían unas ropetas, de tafetán presado unas, y carmesí otras, con basquiñas de terciopelo, y todas a dos cinturas, y con cabelleras y guirnaldas y instrumentos en las manos. Las doncellas estaban vestidas riquísimamente, y tocadas a lo moderno, enlazados los cabellos en unas redecilas de oro. Acompañábanlas otros tres músicos en figura de las Gracias. Estaban allí sentadas (cada una en su peña) descubriendo sus personas para hacer la representación del monte muy hermosa. Tañían todas las veces que salía, o pasaba por debajo del arco alguno de los tribunales que iba, o venía de besar las manos a Su Majestad. Este monte daba mucho contento por hacer una muestra antigua.




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Puertas del arco


En este arco, como dijimos, había tres puertas y, en ellas, nueve letras hieroglíficas, o empresas, y cuatro figuras, las cuales iban puestas en esta orden: Estaban junto al Hércules, y por aquella banda, cuatro estatuas de emperadores y reyes, de doce palmos en alto, casi al natural hechos. Junto al Betis estaba el rey don Fernando el Católico, armado con su espada en la mano, y corona en la cabeza, y en la otra mano una granada, con unas letras a los pies que decían:

«D. FERNANDUS V. HISPA. REX.»

«Don Fernando el quinto, Rey de Hespaña».



A su lado luego, a la puerta del arco de en medio, estaba el emperador Maximiliano, con su corona de Imperio, y espada armado; y decían las letras que tenía a los pies:

«D. MAXIMILIANUS. I. CAESAR»

«Maximiliano primero, Emperador»



A la otra parte parescía el Emperador Carlos quinto, César Máximo, de la misma suerte, y su nombre:

«D. CAROLUS, V. CAESAR»

«Don Carlos quinto, Emperador»



A la parte de Hércules estaba el Rey don Felipe, padre del Emperador Don Carlos y abuelo de Su Majestad; decía:

«D. PHILIPUS, I. HISPAN. REX.»

«Don Philipe primero, Rey de Hespaña».



Tenían todos sus paludamentos, o ropas de los capitanes antiguos. No les puse letra, sino solamente en unas piedras toscas, que se hacían sobre los nichios (en donde estaban) ciertas cifras, que no decían nada, para declarar a Su Majestad que aquellos eran su padre y su abuelo, de la una parte, y de la otra el bisabuelo de la casa de Austria, y el bisabuelo de la casa de España, y que aunque sea grandeza tener abuelos tales Reyes y tales Emperadores, y padre de tanto valor y felicidad, en fin no es nuestro todo aquello, sino lo que se hiciere por nuestras manos. Callando todos cuatro decían mucho, porque lo recibían con buen semblante, y le ponían delante la ciudad de Granada, en mano del rey don Fernando el Católico, que la ganó. Y Flandes, en el emperador Maximiliano, que la sustentó y defendió. Todo el mundo, en el Carlos, que lo alegró y tuvo en admiración. Y España, en el cual reino murió el rey don Felipe, su abuelo. Poníanle delante la obligación; alegrábanse que tan dichosamente la hacía suya, dábanle el parabién de honrar la ciudad, que tan devota es a su servicio, y acordábanle la grandeza de obras, que sobre sus hombros están sentadas, siendo felicísimo heredero de la Casa de España y de Austria, obligado (todas las horas y momentos que los ve con la memoria) a tantas virtudes, hazañas, prosperidad y bendición, que en todos cuatro hubo. Porque aunque el rey don Felipe el primero no viniera al mundo más de a darle el fruto de los dos hermanos, Carlos y Fernando, para suceder de allí la bendita generación de los reinos e imperios, como van procediendo, había hecho una de las mayores hazañas que los hombres han podido imaginar, y tiene parte en todas las glorias, de cuanto en sus herederos se pueden escribir por largos años, lo cual pedimos a Dios en el Rey Don Felipe nuestro señor, y con más larga vida. A los lados de dentro destas figuras iban las armas de cada uno dellos pintadas.




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Las nueve empresas


Luego, en la puerta que estaba junto al Hércules, había en el cuadro que hacía cielo, una guirnalda grande, de ramos de encina con sus bellotas, y dentro una letra que decía:

«SALUS GENERIS HUMANI».

«Salud del linage humano».



Es ésta la corona cívica que se daba al ciudadano que, en batalla, libraba de muerte a otro ciudadano; tejíanla de los ramos de encina y sus frutos, por significar la vida y nuevo alimento que le daba en librarlo. Aplícase a S. M. porque en la tierra nos lo puso Dios para salud y conservación de las ciudades, y así se la ofrece Sevilla con dos letras, S. C., que se solía poner en todo lo que hacía el Senado de Roma. Allá en derecho estaba la corneja, entre las mesmas dos letras S. C., que es Senatus consulto, y por letras CONCORDIA SERVIT, declarando que todos unánimes y en general concordia sirven a Su Majestad, y que no hay cosa que más pueda servir que la concordia. Esta ave solía estar siempre en la tutela de la concordia, como se puede leer en Eliano, que los antiguos solían invocar la corneja cuando se casaban; y Policiano, en sus Misceláneos, hace memoria de una medalla de Faustina, la menor hija de Marco Aurelio y mujer de Lucio Vero, que traía una corneja en el reverso de su retrato, y la letra CONCORDIA. Y así la pone pintada Guilielmo du Choul, en el libro de la Religion des Anciens Romains. Saqué yo del Senatus Consulto nueva significación, diciendo CONCORDIA SERVIT, porque puede decir esto, y está bien aplicado al Cabildo de Sevilla, que tan en conformidad buscó fuerzas para servir siempre a Su Majestad.

En frente estaban dos manos trabadas como en los principios santos del matrimonio y dos cornucopias con un caduceo de Mercurio, que es aquella vara y culebras revueltas que tiene, y una letra EX PACE UBERTAS. Fue reverso de la medalla de Julio César para significar la paz, y así tiene abajo de las manos puesto PAX, porque ya se sabe el darse las manos derechas, que significaba siempre de trabar nuevas amistades entre ejércitos, provincias, capitanes y personas particulares, y que de allí resulta la fertilidad de todas las cosas con el buen gobierno de la república, o reino en poder de Su Majestad.

Viniendo al arco de enmedio, estaban en el cielo tres gavilanes, las cabezas juntas en triángulo, y así las colas a la parte de fuera, con las alas tendidas, haciendo una rueda dellas y sus cuerpos, y por entre los seis espacios de fuera, estas letras griegas de dos en dos: N I K H T L K O T A T O . Hacen una hermosa empresa, y es tan antigua que dice P. Valeriano, en el libro 21, que Darío, el que tenía pensamiento de señorear todo el mundo, solía traer una ropa rozagante de tela de oro, en que estaba la empresa (que habemos puesto) labrada y bordada artificiosamente. Quiere decir el griego vocablo «victoriosísimo», porque el gavilán, con las alas así tendidas, significaba en los misterios antiguos de los egipcios victoria perpetua. Las alas son señal de victoria, y el rey Antíoco, que había acabado grandes hazañas, sujetado muchas gentes, rendido muchas ciudades, y que siempre estaba ilustrado de nuevas victorias, se holgaba que lo llamasen Hierax, que es accipiter, según Teodoro Gaza, en latín, «el gavilán». Púsose en la entrada, y encima de la cabeza de Su Majestad, para insignia de su perpetua felicidad, y victoria en lo que pone sus manos, y la pretensión de llevar esto adelante. Acompañaban los lados no menos a ésta, porque de la mano derecha estaba una gruesa espiga, y granada, entre dos Copias» llenas de muchos frutos; y la letra: FELICITAS PUBLICA, 'Felicidad pública'. Era reverso de la medalla de Severo Emperador, que con su justicia y rectitud hizo que el pueblo romano gozase por algún tiempo del Siglo de Oro, como en los días de S. M. ha tantos años que todo su reino goza. Así está a la mano siniestra enfrente una mano con un peso de platero, que tiene las balanzas en fil, y la letra REGIS AEQUITAS, «La equidad del rey». Era reverso de la medalla de bronzo de Tiberio Claudio César, y Nerón traía el peso sin mano, cuando a los primeros años se preciaron de conservar la justicia en aquella equidad y temperamento que el buen rey sabe dar al rigor de las leyes escritas, y de que Aristóteles trata largamente en el quinto de las Éticas. Y aunque los jueces y ministros de los reyes tengan el peso de la justicia (que iguala a todos) hales de dar el rey la mano con la moderación de lo justo y bueno, que llaman aequitas. Y los teólogos conservan el vocablo griego Epikeia.

En el arco junto al Betis, estaba por cielo un ara antigua, con sus fuegos, y a los pies dos águilas, que las colas tenían escondidas detrás del pie del ara, y sus pies fuera, y aleando con los picos hacia el fuego; y la letra MEMORIA FELIX, «Memoria dichosa». Esto era reverso de la medalla de Constantino, emperador felícismo, cuya vida escribió Eusebio Cesariense en tres libros. Declárase la venturosa venida de Su Majestad a esta ciudad con el fuego, que siempre arde, y la eternidad de las águilas, que denotan esto. Estaba a la mano derecha una lechuza con un ramo de palma, sobre que venía a sentarse, y una letra: VICTORIA FELIX, «Victoria bienaventurada». Porque tenían los gentiles que la lechuza era ave de buen agüero, y símbolo de victoria (como lo trae largamente Pierio en el vigésimo libro). En tanto, que decían que los atenienses enderezaban sus negocios (cuando iban errados) con la presencia de la lechuza, que significa la prudencia, consagrada a Palas Minerva, diosa de la sabiduría. Era moneda de Atenas una cabeza de la diosa Palas, armada con celada, y plumas sobre sus cabellos, y una lechuza con el ramo de palma, y unas letras griegas que decían Athena, nombre, como dijimos, de Minerva.

En la otra banda, a mano izquierda, está el dios Jano, con dos cabezas coronadas; era moneda de bronce antigua, y la razón está notoria por la historia que Macrobio y Plutarco ponen de Jano. Estaban unas letras que declaraban su prudencia: A FRONTE, ET A TERGO, «adelante y atrás», para significar los avisos que se han de tener en los negocios, en ver el principio y fin de todo, y cuán a recado ha de estar el que gobierna. Y por ser esta figura de Jano común en todos los recibimientos no se debe desechar, pues en todo cuanto hay se ha de mostrar la discreción de los hombres. Son palabras de Aquiles en Homero, cuando reprehende a Agamenón de inconsiderado.

En todas las tres entradas de este arco se ofrecían a Su Majestad tres grandes bienes con sus accidentes: Salud, con la concordia y fertilidad; Victoria, con felicidad y equidad; Memoria con ventura y prudencia. En las cuales cosas nueve, se suman y abrevian todas las virtudes de un buey rey, de un buen capitán, de un verdadero padre.

Pasando todos adelante en su orden, como iban, Su Majestad llegaba al arco de en medio, con la guarda de a pie por los lados, llevando a su mano izquierda al uno de los serenísimos Príncipes, Rodulfo, que es el mayor, y luego el Ilustrísimo Cardenal, que traía a su mano derecha al menor, que se llama Ernesto. Recibieron todos contento de ver el arco, y holgáronse de la muestra del Parnaso, con las ninfas y musas. Levantóse Apolo, y tomando muchas rosas, las esparcía diciendo:


   Dadme flores y rosas,
con que se regocije esta venida,
cantad Musas hermosas,
aquí emplea la vida,
pues que tiene la Laurea merecida.






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Musas


Y así todas comenzaron a derramar rosas de los regazos, en que las tenían; las cuales como eran sólo en hoja y delicada, iban volando por todo el aire aquellas hojas formando una hermosa nube y cubriéndose suavemente los rostros de los que arriba miraban y con una agradable risa lo recibían. Ellas, puestas las manos en sus vihuelas de arco y harpas, violones y cítaras, cantaron en acordadas voces juntas, con artificio y melodía:


   Bien venga nuestra gloria,
nuestra luz, nuestro Rey tan deseado,
renueve la memoria
del bien aventurado
Carlos, que con Dios vive descansado.
    Bendito sea el día
que abrió la claridad de su presencia,
que con tanta alegría
declara la clemencia
dDe tu benignidad y tu potencia.
    Rey nuestro valeroso,
defensor de la fe, lumbre de Hespaña,
vengas tan venturoso
con Dios, que te acompaña,
que quites de la tierra cuanto daña.



Así estaba aderezado el arco primero, aunque Su Majestad no pudo parar en lo que se le cantó, y si un poco de tiempo se diera para henchir lo de arriba, con las cosas que para este recibimiento teníamos trazado, diera mayor contento y admiración. Porque el Parnaso había de tener dos cumbres, una con el templo de Apolo, y el otro de Baco, y de aquellas cumbres subía levantado medio círculo, en que se veían señalados los seis signos del Zodiaco, que se muestran sobre nuestro horizonte; y en llegando Su Majestad, poníase en pie Apolo, y con el dedo señalaba al signo de Géminis, en el cual nació Su Majestad a doce de mayo. Estaban los otros dos lados llenos de veinticuatro niñas hermosas, y vestidas de unas ropas de tafetán de varias colores, con sus cabellos rizos y unas alas de mariposas de diversas pinturas. Las doce que estaban a la banda del Betis tenían almarrajas de aguas olorosas, y las otras muchos manojos de flores en las manos y ramilletes, que las unas y las otras lloviendo agua almizcada y las otras flores, alegrasen la solemne entrada. Éstas significaban las horas, que los poetas fingen ser las que ensillan y tienen cuidado del carro y caballos del sol. Pongo esto aquí, aunque no se acabó, porque de mi parte lo di por acabado, y por la de todos, pues solamente faltó un día».

Determinóse allí súbitamente para vestir aquella muralla, la una y la otra, de figuras que acompañasen aquellos cuatro lienzos y torres, pues por ninguna parte estaba la ciudad más baja de muros, ni más mal reparados, ni tan viejos, y diose en proponer a la vista de S. M. los lugares y villas de la tierra y jurisdicción de Sevilla en forma apacible; y cuanto las cosas son fáciles de inventarse, tanto son dificultosas en disponerlas, vestirlas y aun adornarlas de palabras. Levantóse entre dos lumbres de tres almenas una punta, que ocupaba una lumbre y dos almenas, para que saliese de doce palmos. Divídense en cuatro partidas, que son las que se siguen, como están en los libros de la ciudad.




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Lugares de Sevilla


EL AJARAFE

Coria
La Puebla
Hinojos
Huévar
Escacena
Paterna
Manzanilla
Castilleja del Campo
Aznalcóllar
Gerena
El Garrobo
Alcalá del Río
Burguillos
Aznalcázar
Pilas
Guillena
La Rinconada
Palomares
Tomares
Valencina
Bollullos
Bormujos
Espartinas
Camas
San Lúcar la Mayor
Salteras
Benacazón
LA SIERRA DE CONSTANTINA

Constantina
Cazalla
Alanís
El Pedroso
Puebla de los Infantes
San Nicolás y Villanueva del Camino están vendidas
SIERRA DE AROCHE

Castilblanco
Castil de las Guardas
Aracena
Cumbres Mayores
Cortegana
Cumbres de S. Bartolomé
Encinasola
Fregenal
Zufre
Santaolalla
Cala
Aroche
La Higuera
Real
El bodonal
La Nava
El Almadén
Hinojales
Galaroza
Cumbres de Enmedio
LA CAMPIÑA, O BANDA MORISCA

Utrera
Lebrija
Las Cabezas de San Juan
Villafranca de la Marisma
Dos Hermanas
Villamartín

Repartiéronse en dos bandas: la sierra, a la parte de la ciudad, y el Aljarafe, a la del río. Pusiéronse las más principales porque quedasen por algún tiempo pintadas. Iban dos en forma de mujer y la tercera en forma de hombre, para más hermosa muestra. Eran de muy buena mano, bien coloridas, con diversos puestos cada una y en la punta que venía sobre su cabeza un vaso antiguo colorado hermosamente levantado. Trabajóse en la variedad de las figuras y colores por parte de los pintores, y de la mía en las razones y palabras varias». Todas eran de un tamaño sobre sus pedestales, con igual distancia unas de otras, que parecían haber llegado entonces al recibimiento, y puestas por orden ofrecen a Su Majestad graciosamente lo que Dios fue servido de darles en sus tierras, para todo lo que ha menester y desea el hombre; que ciertamente es tan grande la abundancia, grosura y fertilidad de todas ellas, que aun la más pequeña tiene qué poder ofrecer a Su Majestad, para ser admitidos con gusto, según se verá en su declaración. Y así Su Majestad las iba mirando benignamente.




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Lebrija


La primera que se ofrecía, pasado el arco y torre, a que está pegado, era Lebrija, en forma de mujer, con una basquiña azul y ropa morada, y la sobrerropa azul a manera de tornasol. Tiene con ambas manos una fuente de mármol con un niño, de cuyos pechos salía agua, y a sus pies una garza y un pato en una laguna. Muéstrase la cabeza torreada con su guirnalda, en que asienta la fortaleza, y una medalla en el pecho con el retrato del maestro Antonio de Lebrija. Tenía encima de la cabeza, como todas, el nombre vulgar, y a los pies en su pedestal dos dísticos. Y por no venir los versos en él, se cortó en las otras.


Bachus amat Codes, Cereris labor arua retractat,
Stagna sonant auibus, quas videt Oceanus,
Meque beat Pallas, Musaeque Antonius auctor,
Rex excelse, mihi gloria maior ades.



«Baco ama los collados, el trabajo de Ceres trastorna las tierras. Las lagunas suenan con las aves que ve el océano y Palas me enriquece y Antonio el autor de la ciencia. Tú Rey alto vienes a serme mayor gloria».


   Yo de Baco soy amada,
de Ceres no aborrecida,
y del ave que se anida
en la marisma bañada,
soy regalada y servida.
    Palas no me tiene en poco,
Antonio es desto el autor,
nada me falta, Señor,
si esos pies reales toco,
indigna de tal favor.



(En todos estos epigramas que pondremos, para diferenciar los dones de Vino, Aceite, Trigo y Caza, tomamos a Baco para el vino, Palas para el aceite, Ceres para el trigo, Diana para la caza, Pales para los ganados, porque los poetas atribuyen la invención de todas estas cosas a lo dioses y diosas, que por cierta razón tenían así nombrados).

Es notorio ser Lebrija lugar o villa antigua. Dicen haberle puesto nombre Baco, cuando viniendo por el mundo conquistando, descendió a España, y de las gamuzas, que eran unas pieles que sus sacerdotisas vestían, llamadas Nebrides, se dijo Nebrissa; y para esto tenemos en Silio Itálico:

Tempore quo Bacchus populos domitabat Iberos.

«Al tiempo que domaba Baco a Iberia».



Y adelante:


At Nebrissa Dioniseis concita Thyrsis,
Quam Satyri coluere leue.


«Mas Lebrija, que fue bien conocida
dDe los Tyrsos, que vibra Dionisio,
donde ligeros sátiros vivían».





Fue celebrada de los romanos con muchos edificios y piedras antiguas, que se han hallado de los Elios y Elianos, clarísimas familias de Roma, como afirma Antonio de Lebrija en el prólogo que hizo sobre su arte, a la serenísima reina doña Isabel. Y hasta ahora hay un arco y figuras en la plaza de la mesma villa. Tiene una albina, que es un lago grande, en que hay innumerable cantidad de aves de agua, patos negros, blancos y de otras colores, que por el mes de julio van a desovar y desplumar en unos altos eneales que allí se hacen, y entran con barcos a caza dellos, y córrenlos de manera, que matan a palos grande número dellos. Hay otros mil géneros de estas aves de marisma.

Está sentada en fertilísima tierra de trigo y olivares. Tiene presunción de haber sido el más antiguo lugar de la ribera de Betis. Está cerca de las marismas, de que hace larga memoria Estrabón. Han salido de allí algunos insignes varones, principalmente el maestro Antonio de Lebrija, y sus hijos, el que ha enseñado a toda España, desbaratando los bárbaros y dando principio a las buenas letras.

Esta villa tiene un agua buena, que es el Fontanal, algo apartada. Sus términos llegan hasta los de la ciudad de Jerez de la Frontera, con quien ha tenido diferencias por ellos.




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La Puebla


Luego corresponde, en el muro del río, la Puebla Vieja, cerca de Coria. Es lugar muy antiguo en este reino y, aunque no es muy grande, tiene grandes aprovechamientos de ganados, de tierras de pan; goza de marismas. Hay en ella los mejores melones de la tierra. Es lugar de buenos aires, junto al río, y tan sano que dicen no haber tocado en él contagio alguno de peste.

Estaba muy hermosa con una basquiña colorada y la ropeta azul, con su sobrerropa morada. En la mano derecha, un sábalo, y en la siniestra un plato levantado con melones.


Dedala terra parit flores, iam Doris aperto
Emicat alba sinu, piscibus unda salit.
Siquid Alosa iuuat. Rex ingens, vescere sodes,
Stulta ego, quae pisces credo placere tibi.


«Pare la ingeniosa tierra flores,
ya la Dorida blanca sale afuera
con el abierto pecho, la onda salta
con pesces, y si el sávalo te aplace,
Gran Rey, come, suplico; mas ay necia,
que pienso que los pesces te contentan».


    Señor, aquí hay muchas flores,
todas a vuestro servicio,
y viven con mucho vicio
los alegres ruiseñores
en agradable ejercicio.
    Hay aquí mucho pescado,
pero ninguno mejor
que este sávalo, Señor;
mas mirá en qué he trabajado,
pues ninguno os da sabor.



Su Majestad en toda su vida no ha probado pescado y por eso La Puebla se reprehende.

Paulo Jovio, en el libro de peces, en el capítulo de Laccia, dice que los españoles llaman sábalos a los que los frances y campanos dicen alosas; en toscano y Venecia, clupeas. Estrabón, Eliano, Opiano y Ateneo trisas, que Teodoro Gaza traslada, alosas, y es vocablo que está en Ausonio.




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Sanlúcar la Mayor


Junto a Lebrija está pintada Sanlúcar la Mayor, que decían llamarse Solúcar de Albayde, un moro cuya era. Es lugar de grande vecindad; viven en él caballeros y gente rica. Tiene un templo principal con su plaza, y insignias de justicia, y extremada devoción con Santo Estacio, que es venerado en una iglesia de su nombre; y a su contemplación, se llaman muchos así. Hay grandes olivares y es de mucho provecho.

Está pintada como mujer hermosa, la basquiña morada, la ropa azul; en la mano derecha tiene un ramo de oliva, y en la izquierda el retablo donde está San Estacio a pie, hincado de rodillas delante del ciervo que trae el crucifijo entre los cuernos, y el caballo y lebrel (remítome a su historia, que se llamó Eustaquio, que en griego significa el bien firme y fiel cristiano, que en el servicio del César Trajano era dicho Plácido, y su maestre de campo debía de ser de esta nuestra tierra, y es muy sabroso el suceso de su vida). Tiene la figura más una guirnalda con torres, a sus pies, un toro, un vaso de aceite y una media arroba.


Pallas oliuifera me cingit virgo corona,
    Vt te Rege pia munera pacis amem.
Eustachii bonus euentus et clara decorat
    Tutela, vt Dominum, te vocitare queam.



«La virgen Palas me ciñe de corona de olivas para que, siendo tú mi rey, ame los dones de la santa paz; el buen suceso de San Estacio y la clara protección me hace hermosa, para que te pueda llamar señor».

Dice esto declarando haber quedado en la tierra de Sevilla, aunque la quisieron comprar algunos señores ajenos.


Palas me puso, Señor,
    esta corona, que veis,
   para que no os desdeñéis
   de recibir paz y amor,
    pues tanto lo merecéis.
Estacio, en este lugar,
   mereció según su historia
    alcanzar de sí victoria,
    lo cual me hace esperar
    que de mí tendréis memoria






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Coria


Está enfrente Coria, que es lugar nuevamente poblado, pero de grande utilidad. Aquí residen las guardas del Almojarifazgo Mayor y de Indias, y del Almirantazgo, y de todas las mercadurías y navíos que van a Poniente y Levante, y se toma aquí la cuenta y razón de todo ello.

Cógense, en su tiempo, melones blancos y colorados, roteños y de todo el año. Hay heredades de olivares y algunas viñas. Es lugar apacible, de mucho trato y conversación, do algunos caballeros de Sevilla tienen sus casas y asientos. Están Coria y La Puebla juntas a la ribera de Guadalquivir. Gozan de sus pesquerías, frescura, paso de armadas. Péscanse allí sollos, sábalos, lampreas y otras muchas suertes de pescados.

Tiene una basquiña colorada y la ropa morada, y un plato de peces en la mano, y un vaso grande a los pies, declarando las tinajas de Coria, donde se hacen para muchos efectos, principalmente para grandes bodegas de vino y almacenes de aceite y miel, y para guardar agua del río, que por algunos meses se conserva; y es el barro tan bien templado, que enfría presto y la tiene fresca.


Ad ripas Baetis sedeo visura potenteis
   Laeta tuas classes, oceania vices
Terrea vasa oleo, vino, dulcique liquori
   Fingo, quibus terrae comnioda reddo piae.


«Estoy sentada junto a las riberas
de Betis, donde veo tus armadas,
con alegría naos y galeras,
las vueltas del Océano trocadas.
Vasos hago de tierra en mil maneras
para olio, vino, aguas reposadas,
y de la mesma madre tierra hechos,
vuelvo a la piadosa sus provechos».


Desde aquí veo, Señor,
    vuestra poderosa armada,
    y la grandeza extremada
    del mar, a cuyo valor
    ninguna es hoy comparada.
De vasos para olio y vino,
    y para miel les proveo,
    no hago lo que deseo,
    pero sirvo de contino
    con lo mejor que en mí veo.






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Castil de las Guardas


En el orden que lleva el muro de la ciudad, viene Castil de las Guardas, que es un hombre anciano, tiene una ropa azul y una sobrecopa colorada, y un tocado turquesco, o morisco, con una guirnalda de una mata con hojas verdes oscuras, las flores blancas, el fruto negro, que es como pimienta negra, de que hay casca y polvo con que se tiñe la grana, que no hacen falta los murices o caracoles antiguos. En ambas manos muestra una figura de un río recostado sobre una urna, de que sale agua, con unos pececillos que llamamos picones, que son de buen sabor, y se crían en aquel río, dicho Guadiamar. A los pies, una cabra.

Es un lugar de la Sierra de Aroche, que los reyes moros cobraban los derechos de los puertos del Andalucía, y había caballeros que iban con los caminantes y los ponían en salvo; y por esto se llamó el Castillo de las Guardas. Y que fue uso antiguo tener en partes puestos hombres de armas que pusiesen en salvo los caminantes, porque el trato de la vida humana no se perdiese. Y así se llamaban guardas, de guardar, y porque hay otro lugar en esta tierra que se dice Castil Blanco.


Rex, si quando velis salientes ducere pisces,
   In ripis Hamari pendula seta dabit,
Murice pro Tyrio mihi coccina grana petuntur,
   De pretiosa meo vestis honore rubet.



«Rey, si alguna vez quisieres sacar los peces, que andan saltando, el sedal pendiente dará esto en la ribera de Guadiamar. Cógense por mí los granos de grana, en lugar de Tyros, y la ropa preciosa se para colorada con mi honra».

Dícese en las fábulas que Hércules amaba una ninfa llamada Tyro, de que se dijo la ciudad Tyros en Fenicia, y tenía una perrilla blanca de falda, que yéndose una vez por la ribera del mar con Hércules halló un caracol de aquellas púrpuras, y comiendo dél se untó de sangre, y vuelta a las faldas de su señora, Tyro, pareció muy bien la sangre sobre lo blanco, y pidió a Hércules una ropa teñida de aquella manera. Volvió él por el rastro y haciendo pescar muchas de aquellas púrpuras y matándolas, hizo teñir en su sangre la ropa de su dama, que salió hermosísimo carmesí, y de allí adelante aquel color entre otras denominaciones se llamó Tyrio, de que hizo Antonio Thylesio unos versos.

No dejaré de poner la copla que se hizo sobre esta figura:


Si fuésedes pescador
    bien sé yo que se os daría
   caña y sedal a porfía
    en vuestro Castil, Señor,
    que bien os parecería.
Pero, si no lo queréis,
    también de muy buena gana
    os darán de fina grana
    una color, que diréis
    que de la púrpura mana.






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Hinojos


A esta responde otra de hombre, que es Hinojos, anciano con un sayo colorado y la sobrerropa azul, y en ambas manos presenta la Montea del palacio que allí tiene el Rey. Es un lugar del Aljarafe que tiene muchos pinares en su término, y olivares, de que se coge mucho aceite. Está en el palacio que llaman del lomo del Grullo, que tiene un monte acotado de bestias fieras, jabalíes, corzos, venados, con una casa de placer bien edificada. Hay en ella alcaide, que guarda el palacio y bosque. Los reyes pasados siempre lo repararon y aumentaron con grande cuidado.


Me Diana fovet, Nomius delectat Apollo,
   Exornat Cybele, caesia Pallas amat.
Ut reges olim, Rex nostra Palatia visus,
   Delia adest canibus, retia rara ferae.



«Regálame Diana con la caza, Apolo Nomio con sus pastos me deleita, adórname Cibeles con pinos y Palas, de ojos garzos, me quiere bien con olivos. Rey, visita nuestro palacio, como los reyes en otro tiempo. La diosa de Delos está a punto con canes, redes hay grandes y bestias fieras».


Señor, aquí vive Apolo,
    y Cibeles, y Diana,
    y Palas la soberana,
    que nunca me dejan solo
    de noche, ni de mañana
Si volvéis aquí los ojos,
    cuando Delia va a cazar,
    veréis los canes soltar
    los cazadores de Hinojos,
    que es cosa para mirar.





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