Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.


ArribaAbajo- XIV -

Cuando Anatolio volvía la esquina de la calle de Preciados, vio dos hombres. El uno de ellos gritó con voz cascada:

-Ya salió uno. Este es el alcahuete que lleva los recados a Palacio.

Gordón se detuvo, dudando que se dirigieran a él. Pero otra voz joven cantó esta copla:


    Huye que viene la ronda
y se empieza el tiroteo...
serviles, a la huronera
que os van los gorros siguiendo.

Gordón volvió atrás. Una figura escueta, un fantasmón anguloso, cuyos brazos se movían en cruz, y en cuyo semblante arrugado y oscuro, brillaban ojos de lince, avanzó hacia el guardia.

-Sigue tu camino, so bruto -chilló como   —148→   una furia grotesca-, si no quieres que te midamos las costillas.

D. Patricio, pues no era otro, mostró su brazo derecho. Donde éste acababa, tenía principio la desmesurada longitud de un garrote con nudos.

El joven que acompañaba a D. Patricio, y que vestía uniforme de miliciano, se interpuso diciendo:

-Padre, no nos metamos en danza con esta canalla. Estamos desarmados.

Y al mismo tiempo avanzó su mano hacia el pecho de Gordón, que resueltamente atacaba a Sarmiento padre. El alférez no dijo una sola palabra, blandió la pesada mano como una maza de hierro, a quien el hercúleo brazo dio enorme fuerza y velocidad. El círculo fue breve y rápido. La cara de Lucas Sarmiento estalló con horrible chasquido y su cuerpo desplomose en tierra como un saco. Bofetada más tremenda no se había dado ni recibido en lo que iba de siglo.

-¡Traición, traición! -gritó D. Patricio agitando el palo y dando saltos, sin avanzar un paso hacia adelante ni hacia atrás.

Lucas revolvía su cara en sangre, no en la sangre trágica de las contiendas caballerescas, sino en la sangre de la nariz que le quedó medio   —149→   deshecha. Gordón iba derecho hacia don Patricio para quitarte el palo y rompérselo encima, cuando aparecieron por la plazuela de Navalón arriba dos individuos igualmente armados de formidables porras. Uno de ellos iba vestido de miliciano.

-¡Amigos, a mí! -gritó el maestro-. ¡Aquí estoy! ¡Ataquémosle juntos!... ánimo, amigos míos. ¡Que me mata!

En un instante se halló Gordón comprometido por el número de los contrarios. Tres enormes garrotazos cayeron sobre sus hombros y espalda. Furioso, pesado, rugiente como el jabalí herido avanzó hacia los apaleadores. Había sacado la espada y se disponía a atravesar al primero que se le pusiera delante. Pero los tres, al ver el acero, volvieron la heroica espalda apretando a correr con tanta ligereza, que el ruido de los pies sobre el suelo alborotó momentáneamente la angosta calle de las Conchas. Por un milagro fisiológico de la Providencia, D. Patricio era el que más corría, gritando:

-¡Traición, traición!

Anatolio no era un ciervo para la carrera merced a la pesadez de su cuerpo, y se detuvo sofocado y sin aliento en la esquina de la costanilla de los Ángeles. Miró en todas direcciones   —150→   y no vio a nadie. Pero como sintiera ruido de pasos y voces por todas partes, creyó prudente dar por terminada la aventura y envainando su virgen espada se alejó, dirigiéndose otra vez a la calle de las Veneras y por allí a la de Preciados.

Aquel incidente de poca importancia al parecer preparaba con otros de igual naturaleza, un gran acontecimiento histórico. Las tempestades empiezan así, cayendo ahora una gota, después otra. En los últimos días de Junio las colisiones entre guardias y milicianos eran tan frecuentes, que el vecindario estaba seguro de la proximidad del aguacero. Al día siguiente de la reyerta que hemos descrito, el 30 de Junio, Su Majestad asistió a la clausura del Congreso. Formaron en la carrera tropa y milicianos, y Fernando pasó medroso, pálido, lleno de recelo, revolviendo los negros ojazos en todas direcciones, para escudriñar los semblantes y sorprender las señales de cariño o desamor que su presencia ocasionara.

Mudos y recelosos recibiéronle los diputados de la minoría, fríos los sostenedores del Gobierno. Con habla turbada leyó su discurso el tirano, acentuando las frases de sumisión al sistema constitucional, y no era preciso ser   —151→   muy lince para reconocer en él un convencimiento seguro de que aquella farsa debía concluir; pero al través de su disimulo no se veía la esperanza de un éxito feliz.

Al volver a Palacio, los milicianos aclaman la Constitución y a Riego, y una voz atrevida grita en favor del Rey neto. Los chicos cantan el trágala; surge en todo el tránsito infernal algarabía y por entre la multitud dividida en bandos de netos y zurriaguistas atraviesa la ultrajada Majestad con el corazón oprimido, compartiendo su espíritu entre el miedo y la rabia. El recuerdo del infeliz Capeto viene a su memoria; pero no siente perder el amor popular, que tan poco le interesa, sino el poder o quizás la vida. Desde que él logra pisar el umbral de Palacio, los tambores de la Guardia abofetean a algunos paisanos, se cruzan palos, puñetazos, coces, y varios jóvenes distinguidos vierten en las calles su sangre preciosa. Se crean multitud de cardenales, aparecen rozaduras, magulladuras, protuberancias, y centenares de narices sangran enrojeciendo el suelo. Alguna que otra costilla cruje, rompiéndose, y no pocas encías se ven libres de tal cual muela cariada. Surgen chichones en varias cabezas y algún omóplato se hunde. Esto no es más que un juego de muchachos; pero así suelen empezar   —152→   los capítulos más importantes de la historia en todas las edades.

Poco faltaba ya para que el sainete se convirtiese en tragedia. Más furiosa cada vez la tropa, cuando Su Majestad entró en Palacio, posesionose de los altos de la plaza de Oriente, arrojó de allí a un retén de la Milicia voluntaria, y estableciendo una línea desde los Consejos al Arco de la Armería, declarose en abierta y descarada sublevación. Disparáronse varios tiros, y cayeron al suelo siete paisanos y un individuo de la Milicia. Un joven entusiasta, hijo de Flores Calderón, tuvo la malaventurada idea de arengar a los guardias que formaban junto a la casa de Ministerios y fue apaleado cruelmente y acuchillado.

Los tambores tocaban a ataque y los granaderos furiosos injuriaban a la multitud amenazando pasarla a cuchillo si no se retiraba. Caían con síncopes y desazones las mujeres, votaban algunos hombres, rugían otros, y entre tanto veíase en una ventana de Palacio, cual si fuera palco de plaza de toros, apiñada multitud de palaciegos y damas vehementes, que agitaban sus pañuelos para incitar a la soldadesca. Las pobrecitas no podían resignarse a vivir bajo el nefando imperio de la Constitución. Confundido entre los agraciados rostros   —153→   como la serpiente entre las flores, Fernando atisbaba con ávidos ojos la osadía de los jenízaros.

Entre estos hubo un oficial que se atrevió a volver por los fueros de la ultrajada disciplina. Llamábase D. Mamerto Landáburu, exaltado liberal, buen patriota, fontanista, militar de club (cualidad que no constituye ciertamente la mejor casta de militares); pero al mismo tiempo persona estimable y simpática. Este desgraciado oficial habló con energía a los soldados; pero fue insultado. Ciego de furor tiró del sable a punto que otro teniente, Goiffieu, gritaba con voz frenética: ¡Viva el Rey absoluto! Azuzados los granaderos por esta voz cayeron sobre Landáburu; pero aún pudieron intervenir y salvarle el comandante Herón y otro oficial cuyo nombre no se recuerda. Le separaron, le condujeron a Palacio; pero allí le siguió la turba de asesinos y dentro del portal de Oriente recibió tres tiros por la espalda y cayó para siempre gritando: ¡Viva la libertad!

Cuando la turba vio sangre se enfureció más; pero arriba, en las excelsitudes de Palacio, un estupor medroso sucedió al levantisco entusiasmo teatral de damas y cortesanos. Cerráronse los balcones; volvieron los pañuelos a los bolsillos,   —154→   y todo calló de improviso. Los tiros que mataron a Landáburu hicieron en Palacio el efecto de un par de palmadas en un charco de ranas.

¿Y la Milicia qué hacía entonces? La Milicia, como la tropa de línea, ocupaba las calles cercanas, desde la Mayor hasta la plazuela de Santo Domingo, con objeto de estrechar en Palacio a los sublevados. Grande era el ardimiento de las fuerzas populares en la tarde y noche del 30; pero no quiso Dios que tuvieran ocasión de batirse. Ordenó el capitán general D. Pablo Morillo que se retirasen tropa y Milicia; pero esta se negó a soltar las armas mientras el agravio de aquel día no quedase vengado. Un ardid ingenioso, al cual la murmuración de aquellos tiempos dio el nefando nombre de pastel, resolvió la cuestión. Diose orden a la Milicia de que marchase a la puerta de Recoletos para municionarse, y este movimiento, a que los buenos patriotas no opusieron resistencia, permitió a la guardia sublevada retirarse tranquilamente a sus cuarteles, dejando un batallón en Palacio. Cuando esto ocurrió despuntaba en el horizonte el sol del 1.º de Julio, mes fecundo en revoluciones.

Y aquel sol trajo un día de estupor, de tristeza, de cruel ansiedad y duda. Los milicianos estaban en sus casas; pero disponían las armas.   —155→   Los guardias no salían de sus cuarteles; pero sin cesar aclamaban al Rey neto. Hubo esperanza de conciliación y esas tentativas de acomodamiento que no faltan nunca en casos de esta naturaleza. Generales y políticos calentaron el famoso horno de que tanto hablaba El Zurriago; pero aquella vez el pastelón, tan trabajosamente amasado, no pudo llegar a la sazón de su definitiva cochura por la indomable arrogancia de los guardias. Llegada la noche, los sublevados salieron de sus cuarteles, dejaron dos batallones en Palacio, y los cuatro restantes se retiraron a El Pardo por la Puerta de Hierro, rompiendo así todo lazo con las autoridades establecidas. El absolutismo había lanzado su reto a la Constitución.

El nuevo día, 2 de Julio, trajo, pues, a Madrid alarma no menos grande que la del 2 de Mayo de 1808. La villa era un campamento. Por todas partes tropa de línea y voluntarios, generales encintados que iban y venían sin cesar, escoltas, destacamentos, guardias, toques, llamadas, arengas, banderas, gritos, y el tambor resonando sin cesar como el ronquido del gigante furioso que impaciente aguarda la pelea. Juntose todo lo que era juntable, y constituyose todo lo constituible, comisiones, corporaciones, consejos; se dio principio a una   —156→   deliberación inacabable, eterna, a la deliberación del peligro, y el Ayuntamiento, el Consejo de Estado, la Diputación permanente de Cortes, la de provincia, abrieron sus embrolladas sesiones permanentes.

¡Inmensa confusión y movimiento inmenso! El parque de San Gil hervía como una fragua. Todo era sacar cañones y llevarlos a un punto para después situarlos en otro, arrastrar y repartir cajas de municiones. Las órdenes se sucedían a las órdenes. Acudían de los cuatro ángulos de Madrid generales y brigadieres que iban a ofrecer sus servicios, y miles de espadas se presentaban desnudas y obedientes al pie de aquella Constitución tan odiada de las damas y de los palaciegos. Los alistamientos sucedían a los alistamientos; no bastaba la tropa de línea, no bastaba la Milicia y era preciso improvisar batallones de paisanos. Con estos y oficiales de reemplazo se formó en el Parque de Artillería el batallón Sagrado, cuyo mando se dio a San Miguel. Muchos individuos de prestigio organizaron compañías a sus expensas, renovando así el sublime fanatismo militar de la gran guerra, y al modo que entonces se formaban partidas de guerrilleros, se hacían ahora compañías de patriotas.

Entre los guardias sublevados había muchos   —157→   oficiales liberales. Estos abandonaron a sus compañeros al salir de Madrid, presentándose en el Parque a recibir órdenes del Capitán general. Para distinguirse de sus hermanos, que pronto iban a ser sus enemigos, adoptaron el patriótico distintivo 12 de una cinta verde con el lema Constitución o muerte y un pañuelo blanco en el sombrero. ¡Oh! no es descriptible el entusiasmo de los milicianos, cuando vieron desfilar ante las puertas del Parque aquellos jóvenes oficiales, casi todos de familia muy distinguida, que abandonaban voluntariamente, con noble instinto político, las filas del absolutismo para defender la Constitución que habían jurado, la hermosa libertad que amaban, la idea moderna, que veían resplandecer débilmente sobre el cielo de la patria como una estrella cuyo fulgor crecía, prometiendo iluminar algún día todas sus oscuridades. La multitud prorrumpió en vivas, y ardientes palabras se cruzaron de una parte a otra.

-¡Nobles y dignos jóvenes! -exclamó con lágrimas en los ojos el entusiasta patriota y honrado comerciante que respondía al nombre de D. Benigno Cordero.

-¡Benditas sean las madres que los han parido! -gritó Sarmiento, que a su lado estaba-. ¿Conoce usted, Sr. D. Benigno, a aquel joven   —158→   que ahora parece arengar a sus compañeros y en este momento da un viva a la Constitución?

-Le conozco, sí. Es Ramón Narváez.




ArribaAbajo- XV -

Dentro de Palacio, y en la reducida esfera donde imperaba la monarquía absoluta, también se repartían municiones. Pero, ¿qué municiones? Dulces y cigarros y botellas de vino. Dicen que cada soldado tenía en su bolsillo una onza de oro, y que las criadas de Palacio bajaban a repartir entre ellos cintas encarnadas con emblemas de Viva el Rey absoluto, Mueran los milicianos. Dicen que había crápula permanente arriba y abajo, en los salones y en el patio, con gran jaleo de borracheras, excesos y deslices que no son para escritos.

Los grandes palaciegos como Amarillas, Infantado, Casa-Sarriá y el duque de Castro-Terreño, a quien llamaban los zurriaguistas el general Castañuelas, rodeaban al Rey, presentándole como seguro el triunfo del despotismo. Bullía en aquellas excelsas testas cortesanas un   —159→   proyecto parecido al famoso de Vinuesa, con su correspondiente secuestro de autoridades; pero los sucesos se presentaban de otra manera y los secuestradores corrían riesgo de ser secuestrados.

La diputación permanente de Cortes invitó a Su Majestad a que abandonase a los sublevados, pasándose al campo liberal, y los Ministros creían poder resolverlo todo con su veto absoluto y sus dos Cámaras. Nadie se entendía; nadie, ni aun los mismos guardias podían decir claramente su aspiración, pues algunos de los sublevados, como el ilustre Córdoba, no eran enemigos de la Constitución. Sólo los milicianos sabían a dónde iban, a aplastar el insolente despotismo, a invadir el Palacio, quizás a reproducir en España el 10 de Agosto de la revolución francesa. Sólo la Milicia sabía su papel.

En este infernal hervidero descollaba un hombre por su autoridad, su patriotismo y su energía, lo mismo que descollaba entre la multitud por su alta figura imponente. Era el general Morillo, hombre colosal, de color cetrino, adusta fisonomía. Su fama adquirida en aquellas fabulosas guerras de América, enfrente del gran Bolívar, cuadraba perfectamente a su figura, que era hasta cierto punto una figura   —160→   india, un cuerpo de bronce al cual hubiera sentado bien la desnudez y un arco para atacar la sublevación a flechazos.

Por una singularidad oficial de estas a que los españoles estamos acostumbrados, Morillo mandaba a los leales y a los sediciosos. El Ministerio, en su desaforado empeño de confeccionar toda clase de artículos de pastelería, le había nombrado coronel de Guardias el mismo día 1.º de Julio, y como tal y como Capitán general del distrito, mandaba frecuentes recados al Pardo, iba él mismo, subía a Palacio, entraba en el Ayuntamiento, en la casa de Ministerios, en las Cortes, visitaba el Parque, los cuarteles, los retenes, los puestos de guardias, hasta los grupitos de impacientes milicianos que cubrían las entradas de las calles. El objeto de aquel ínclito soldado era evitar la efusión de sangre, evitar un cataclismo, siempre más funesto, cualquiera que fuese su resultado, a la causa liberal que al despotismo.

En la tarde del día 4 los guardias de Palacio hicieron fuego a los patriotas que habían tomado posiciones en la subida de los Ángeles. La batalla era inminente, porque los milicianos, locos de entusiasmo, querían jarana. Acudió precisamente Riego con cañones que sacó del Parque; acudió el batallón Sagrado, decidido   —161→   a atacar a los rebeldes, y el choque hubiera sido terrible sin la interposición del Capitán general, que llegó en el momento del peligro. Riego quería marchar adelante con sus fogosos milicianos; Morillo mandaba que se retirasen. Ambos personajes se miraron frente a frente.

-¿Y quién es usted? -dijo el conde de Cartagena con irónico desprecio.

-Soy el diputado Riego -contestó el héroe de las Cabezas, sorprendido de que hubiera un mortal que no le conociera.

-Pues si es usted el diputado Riego -añadió Morillo con mayor desprecio todavía-, váyase usted al Congreso, que aquí no tiene nada que hacer.

Cuando Morillo volvió la espalda para seguir dando órdenes, Riego pronunció en voz alta los consabidos términos de alarma, que tanto efecto han hecho siempre en el ánimo de los patriotas:

-¡La libertad se pierde!... ¡Estamos rodeados de precipicios!

Toda la razón estaba entonces de parte del general Morillo. Los milicianos de Selles y los del batallón Sagrado no bastaban para la tercera parte de los guardias que había en Palacio. Sólo en la exaltada cabeza de aquel fanático   —162→   ídolo del pueblo cabía la idea de atacar tan desventajosamente a fuerzas tan aguerridas. El mismo San Miguel lo comprendió así y atajaba el ardor impetuoso de sus sagradas tropas, diciéndoles:

-Orden, señores, moderación, por Dios; que nos perdemos.

El batallón Sagrado marchó hacia la plaza de Santo Domingo, y algún energúmeno gritaba en sus filas: «¡Estamos vendidos!».

Los milicianos no dormían. Fijos en sus guardias, con los ojos del alma puestos en un ideal de eterna gloria; impacientes, anhelantes, inflamados en amor a la libertad; ciegos con aquella noble ceguera que a veces hace dar tropezones y a veces impulsa hasta los cielos; poseídos de su papel con cierta petulancia, pero al mismo tiempo con la dignidad y firmeza propias de las circunstancias, aquellos honrados vecinos de Madrid esperaban la hora suprema. La idea de arreglo, arreglo o pastel (era la palabra de moda) les enfurecía. El mismo Morillo, que tan bien cumplía su misión, era mirado con recelo. De los ministros nadie hacia caso, ni Rey ni pueblo, ni ejército ni Milicia. No es posible concebir siete figuras más tristes que las de aquellos abogados o literatos, que contemporizaban con los guardias a condición   —163→   de que estableciesen las dos Cámaras y el veto.

Frente al Parque de San Gil había en la tarde del 6 varios milicianos, paisanos del batallón Sagrado, oficiales del ejército y también algunos de los guardias leales. Formábanse allí diversos grupos de campamento, los unos sentados, en pie los otros, estos en torno a las aguadoras, aquellos paseando a lo largo de la plazoleta. Casi todos nuestros conocidos estaban allí, incluso el nunca bien ponderado Sarmiento, que no había soltado el uniforme ni explicado cosa alguna de los Gracos desde el día 30; pero su lengua no podía estar inactiva tanto tiempo y pasaban de ciento las arengas que en los primeros días de Julio había dirigido a sus compañeros en Platerías, en Santo Domingo y en otros distintos puntos. Aquella tarde del 6 estaba ronco y casi asmático, mas no por eso callaba, y como D. Primitivo Cordero se atreviese, ¡nefanda idea! a disculpar a los siete carbuncos, o sea Ministros, don Patricio hizo su apología en estos o parecidos términos:

-¡Qué ha de pasar en una Nación donde ocupa la poltrona de Estado una Rosita la pastelera, señores, una dama... vamos, le llamaré hombre; pero qué hombre! ¿Se gobierna una   —164→   Nación haciendo versos? Si al menos fueran como los de Virgilio; pero allá se va con Rabadán, y ni más ni menos, porque lo digo yo. ¿Qué importa que pronuncie discursos bonitos, pulidos y llenos de mentiras? ¡Vaya unos políticos! Empezó deprimiendo a nuestro querido ídolo Riego, y ha concluido defendiendo a la aristocracia y pretendiendo que le den un título. Sí, para él estaba... Será capaz de vender a Cristo por treinta Cámaras, (pues no se contentará con dos), y por el veto absoluto. Yo... no lo digo por crueldad, señores, le ahorcaría sin el menor escrúpulo.

¿Y qué diré del Aprendiz 13, señores, del hombre infame que ideó el Reglamento para destruir la Milicia, de ese pedantón, que mientras la patria está en peligro se ocupa en disponer que siembren lino de Irlanda en los campos de Calatayud? ¿Por qué he de ocultarlo? Yo, si estuviera en mi mano, le ahorcaría... Pues bueno va con Garelli 14, ese jesuitón, ese abogadillo sin pleitos que tan mal habla del ejército de la Isla y que ha defendido el feudalismo; sí, señores, ha defendido los señoríos... Yo... ¡chilindrón, chilindraina!... no vacilaría un momento y le ahorcaría también.

  —165→  

-¿Pero a quién dejará con vida el Sr. D. Patricio? -preguntó Cordero interpretando la burla general de los oyentes.

-En rigor a todos los perdonaría, con tal que soltara la pelleja su amigo de usted, Tintín de Navarra... Pero sigamos con los Ministros: de Sierra Pambley 15no hay que hablar. Ese entró en el Congreso por un voto. ¡Valiente patriota! Es el rey de los pasteleros, pero no para su bolsillo, pues no se cocieron en su horno los robos del empréstito de Vallejo con que tanto ha engordado mi hombre. Si he de ser franco, señores míos, también a ese le ahorcaría, también. El pobre Clemencín 16, ese literato que se ha pasado la vida haciendo notas, ese desdichado roe-libros que está en la poltrona de Ultramar y que parece un frailito motilón, merece lástima, ¿no es verdad? Pero no, basta de sentimientos y ahorcarle también. Y haremos lo mismo con Balanzat 17, que no se alzó en el gloriosísimo año 20; que en todos los mandos importantes pone a los verdugos del año 14 y es más absolutista que Tigrekan; lo mismo también con Romarate 18, aunque no   —166→   sea sino por su misma oscuridad política. Ahorcarles a todos y así aprenderán los que vengan después. Aquí somos bobos: allá, en Francia, sí que lo supieron entender. Así lavaron al país de inmundicia. ¡Ah! si aquí hubiera hombres de agallas... Si aquí no tuviéramos esos respetos ñoños, esos miramientos a las altas personas, eso de la inviolabilidad ridícula, ¿y por qué? ¿por qué son esas inviolabilidades?

-¡Prudencia, señores, prudencia! -dijo don Primitivo observando que Sarmiento alzaba demasiado la voz-. Ahora más que nunca se necesita prudencia.

-Pasteles, pasteles -exclamó D. Patricio remedando la voz del capitán de la Milicia-. Si nos guiáramos por ustedes los formalitos, esta gran canalla de los guardias quedaría sin castigo, y aun se le daría a cada uno de ellos un grado por la hazaña. Yo repito lo que ha dicho ayer aquí ese joven Narváez, ese valiente oficial a quien pongo sobre mi cabeza y cuento entre los míos, sí; yo digo como él: es preciso vengar a Landáburu y colgar de un balcón a su asesino Goiffieu.

-No está probado que Goiffieu hiriera a Landáburu.

-Yo, yo lo he visto -aseguró con furia Sarmiento, poniendo dos dedos de la mano   —167→   derecha bajo los ojos y tirando de los párpados para descubrir más las sanguinolentas órbitas.

-Señores -dijo de improviso D. Benigno Cordero, acercándose al grupo-. Grandes noticias. Parece que al fin aceptan los guardias el convenio y van de guarnición a Talavera y Aranjuez, como han propuesto los Ministros.

-Ya, ya me dio el olor del horno -dijo D. Patricio-. ¿Calentitos, eh?

-¿Y se confirmará?

-¿De modo que estamos aquí de más?

-Hemos tomado las armas para nada -indicó con ira un barbero de la carrera de San Jerónimo a quien llamaban Calleja.

-He aquí, amigo, nuestros fusiles convertidos en escobas -gruñó Lucas Sarmiento.

-Mejor dicho, en palos para sacar del horno de la reacción estos fétidos bollos que llaman convenios, o arreglos para cortar la efusión de sangre.

-Y el enfermo se muere.

-Se muere el país, la libertad, el Sistema perece. En vano la medicina política propone una sangría... ¡Sangre! ¡Qué ridículo miedo a la sangre!... ¡Qué revolucionarios tenemos aquí, por vida de San Chilindrón chilindraina!...   —168→   ¡qué Gracos, qué Espartacos, qué Aristogitones, qué Robespierres!

-¿Conque de veras no hay nada?

-Sí, hay los hojaldres de Rosita -repuso D. Patricio, con sonrisa de endemoniado.

-Seamos cuerdos -dijo D Benigno Cordero, que era, como verdadero patriota, hombre de mesura y prudencia-. Si se evita una lucha sangrienta, ¿por qué lo hemos de sentir?

-Nada -indicó el Marquesito que era de los más decididos-, mañana los guardias nos escupirán y tendremos que darles las gracias.

-No hay que tomarlo de ese modo, señores. Si habla el fanatismo me callo. La libertad no puede ganar gran cosa con que haya aquí una carnicería. ¡Oh! si todos fuéramos prudentes, si no hubiera fanatismo, si no hiciéramos tonterías...

D. Benigno se enrojecía más con el calor de la conversación y hasta parecía que su nariz se volvía más aguda, sus espejuelos más dorados y sus piernas más torcidas. La idea de la moderación se encarnaba en él, y no podía ver con serenidad los excesos de la gente exaltada.

-Pues no tendrán más remedio que irse a su casa y guardar el fuego para mejor ocasión   —169→   los señores zurriaguistas -dijo con cierto imperio.

-Nos iremos, nos iremos. Pienso comprar un mico y ponerle mi uniforme. Este trapo no merece ya cubrir el cuerpo de un hombre.

-Ese día aprenderán algo los pobres alumnos, Sr. Sarmiento.

-No acalorarse -dijo D. Primitivo-. Narváez acaba de decirme que no hay nada decidido todavía. Unos aseguran que hay capitulación, otros que no.

-Los Ministros están en Palacio.

-¿Dónde han de estar? ¿Dónde ha de estar el ratón más que en su agujero?

-Conferenciando.

-Ese es su oficio, conferenciar. ¡Con cien mil pares de chilindrones, esto es una infamia!

-¿Habrá Cámaras?

-Habrá alcobas, Sr. D. Benigno; habrá vetos; pero ¡ay! no tendremos un Capeto en la guillotina.

-Hombre de Dios, ¡qué furia le ha entrado!

-¿Con que siguen las conferencias?

-Y seguirán mientras haya sueldos. Lo de las dimisiones presentadas el día 4 es una farsa. Tigrekan tendrá que mandar a sus mozos de retrete que pongan a los Ministros en la puerta de la calle.

  —170→  

-San Martín acaba de entrar en Palacio, señores; le he visto.

-Es natural. No estando en presidio...

-También han entrado los embajadores, con Mr. Lagarde a la cabeza.

-¿También esos pillos? Ya los arreglaría yo.

-Parece que está ya estipulada la reforma de la Constitución.

-Ya escampa. Así como se dice: «antes la muerte que la deshonra», yo digo: «antes quiero verla suprimida que reformada».

Esta sabia proposición política, tan propia de cabezas españolas, salió entonces de la eminente cavidad cerebral de D. Patricio.

-Esa sí que es barbaridad.

-¿Y prefiere usted el despotismo a las dos Cámaras?

-Lo prefiero.

-¿Y el año 14?

-¡Que me den el año 14, chilindrón!

-¿Y la horca?

-La horca no deshonra: los pasteles apestan y manchan... Pero allá viene el gran patriota Megía, que siempre trae buenas noticias.

-Salud, señores -dijo el periodista, llevando militarmente la mano al enorme morrión-. ¿Se van o no se van?

  —171→  

-Usted dirá.

-Creo que nos perdonan la vida, a lo que parece. ¿No dijeron en el Campo de Guardias que entrarían en Madrid para degollar a todos los pícaros...?

-Y al fin parece que optan por comer pepinos en Aranjuez y espárragos trigueros en Talavera.

-¿Pero se van de seguro?

-Así dicen... pero D. Fernandito, que esta mañana estaba inclinado a transigir con las dos Cámaras, parece que ha dicho esta tarde: absoluto y nada más que absoluto.

-Porque en Palacio corren noticias -indicó el sastre Lucas Sarmiento-, de que los carabineros sublevados en Castro del Río, vienen sobre la Mancha con otras fuerzas y con paisanos armados.

-Los rusos... ahí tienen ustedes a los rusos.

-Con tanto decir que venían, al fin vienen -manifestó riendo D. Benigno Cordero.

-Lo que yo puedo asegurar -dijo D. Primitivo con cierto misterio-, es que se ha mandado que se concentren en Madrid los milicianos de toda la provincia.

-Eso se sabía... noticia vieja.

-No tan vieja, señor mío, no tan vieja...   —172→   Si ustedes me prometieran no contarlo a nadie, les diría una cosa estupenda.

-¿Qué, qué?

D. Benigno, Sarmiento, Megía, Lucas, Calleja, el Marquesito y los demás que formaban el grupo lo estrecharon, encerrando al honrado comerciante en una especie de tonel de humana carne.

-Pues San Martín ha recibido esta mañana un anónimo.

-Un anónimo; eso sí que es grave.

-Sandeces...

-Un anónimo del Pardo... pero me han de prometer ustedes no decirlo a nadie.

D. Primitivo alzaba el dedo como un predicador que exhorta a la penitencia.

-A nadie absolutamente.

-Una carta del Pardo en que se le dice que mañana, 7 de Julio, a la madrugada atacarán los Guardias a Madrid por tres puntos distintos, por la puerta del Conde-Duque, por...

Las risas no dejaron concluir al Sr. Cordero.

-Hombre de Dios, usted sueña.

-Lo más que se les puede exigir a esos cobardes es que se dejen atacar en el Pardo.

-¡Es claro; pero venir ellos acá!...

-Bonito genio tenemos. Una cosa es seducir   —173→   a ese confiado Rey y otra atacar a la Milicia.

La gente templada de aquellos días no consideraba a Fernando VII autor de la sublevación de los guardias. Suponíanle mal aconsejado, engañado, seducido por los facciosos. Sus antiguos epítetos gloriosos de Deseado y Suspirado, los trocó entonces Borbón por otro que se le aplicaba constantemente. Decían entonces: el seducido Monarca, nuestro seducido Fernando.

-Basta de engañifas y especiotas -dijo don Benigno disolviendo el grupo-. Es de noche, señores; cada cual a su puesto.

Sonó el ronco estrépito de la retreta.

-Cada mochuelo a su olivo -añadió D. Benigno-. Yo me voy a la Plaza Mayor, donde se me figura que no estaré de más si ocurre alguna cosa.

-Y yo a casa de San Martín, que me estará esperando. ¡Cómo se entretiene uno con la conversación!

D. Patricio llevó aparte a D. Primitivo, a Calleja y a otros dos que vestían de paisano.

-¿Han hecho algo -les dijo-, en el asunto de esa endiablada gentuza de la calle de las Veneras?... Por ahí se ha de empezar. Atáquese   —174→   la cabeza de la conspiración y se evitarán conflictos como este.

-San Martín lo sabe todo -repuso Cordero-. En efecto, debe atacarse la conspiración en su cabeza.

Los tres siguieron hablando en voz baja.




ArribaAbajo- XVI -

Desde el aciego día 30, célebre por la formación, la clausura de las Cortes, los alborotos, los contrarios vivas y el asesinato de Landáburu, en la humilde casa de la calle de las Veneras no hubo un instante de sosiego. Ambos departamentos, el de Naranjo y el de Gil de la Cuadra fueron teatro de sentimentales escenas, ora de desconsuelo y angustia, ora de mortal duda y temor. El buen Naranjo, que no era hombre de grandes hígados, no daba dos cuartos por su existencia, según estaba de medroso y aterrado. Transcurrían las horas en expectación dolorosa, y como el terrible conflicto político no se resolvía, Naranjo no podía yantar sobre manteles, ni dar lección a los muchachos. Bajaba sí a la clase, puntual como un reloj; pero no tomaba las lecciones, ni reprendía a   —175→   los chicos, y la palmeta se cubría de polvo en un rincón de la mesa. El preceptor absolutista no podía apartar el pensamiento de la tremenda imagen negra de su responsabilidad y castigo, si por acaso las brillantes esperanzas de don Víctor Sáez y del conde de Moy no tenían realización cumplida. Y síntomas había ¡cielos! de que no la tuviesen.

Con los suspiros de Naranjo alternaban en patético dúo los suspiros de Gil de la Cuadra, que había tocado el cielo con las puntas de los dedos y no lo había podido coger aún. Su yerno, su hijo, la esperanza de su corazón, ideal de toda su vida, el amparo de Solita, el divino Anatolio, aquel enviado de Dios que se llamaba Gordón, había desaparecido con sus compañeros los guardias, y estaba en el Pardo dispuesto, como los demás rebeldes, a una gran batalla, en la cual podía morir. Durante los seis días de Julio, ni carta ni noticia tranquilizaron al pobre señor suegro, asegurándole la existencia de su amado yerno.

-El corazón me anuncia -decía-, que va a ocurrirme una nueva desgracia, la mayor de todas, la última, porque yo me muero... Si yo no podía ser feliz... Si era imposible... ¡Bien lo decía yo: tormentos, infierno y desesperación!

  —176→  

El día 4 sintió gran desfallecimiento, y una invasión de dolores agudísimos que de sus inertes extremidades avanzaban lentos y amenazadores hacia el centro de la máquina humana. No podía abandonar el lecho.

-Quién concluirá primero, ¿yo o la revolución de los guardias? -dijo estoicamente-. Ahora, querida Sola, sostén que hay Dios... El corazón, este corazón que jamás me engaña, me dice ahora que tu primo morirá, que quedarás huérfana, que...

El dolor le ahogaba y lloró como un niño.

-¡Qué ridículas manías! -dijo Solita, llorando también-. ¡Qué agorero es usted, padre! ¿Por qué ha de pasar siempre lo peor? ¿Por qué ha de morir mi primo? No parece sino que en una batalla han de morir todos. Si dicen que no habrá nada. Anatolio vendrá tan bueno y tan flamante, me casaré con él muy contenta, y viviremos felices.

-Tú siempre estás fuera de la realidad, siempre vives entre ilusiones y fantasmagorías.

-La desgracia de usted -dijo Naranjo que se hallaba presente y no disimulaba el lastimoso estado de su espíritu-, no es comparable a la mía. No hay que pensar en la muerte de ese joven. Puede morir, pues nadie está seguro de las balas de una batalla... yo estuve en la   —177→   campaña del Rosellón, y sé lo que son balas... pero puede también no morir.

-Si no muriera yo sería feliz -murmuró Cuadra-, y en eso precisamente consiste el absurdo. Me dejé fascinar por ilusiones... No, no puede ser; me lo anuncia este dócil corazón mío, que ya está esperando el reuma y le dice: «ven perro; te espero tranquilo».

-Ustedes saldrán bien -añadió Naranjo-, pero yo... Es seguro que los guardias serán derrotados. Ya me estoy viendo en la horca. ¡Maldito sea el día en que nací, y más maldita la hora en que recibí en mi casa a D. Víctor Damián Sáez! Él se quedará en Palacio tan tranquilo al lado de Su Majestad, y yo... ¡plazuela de la Cebada, huye de mi vista!

-Fruto de la conspiración, ¡cuán amargo eres! Para una vez que sales dulce y sazonado, ciento te pudres antes de madurar. Yo sé lo que es eso. Amigo Naranjo, le compadezco a usted.

-Con razón, porque... vea usted... sin comerlo ni beberlo. Después de todo, ¿qué he hecho yo? Nada más que franquear mi casa a D. Víctor Sáez, que me dijo necesitaba un lugar modesto y callado, donde pudieran avistarse cuatro o cinco personas sin infundir sospechas. Ellos lo han hecho todo: yo veía y callaba,   —178→   y vigilaba la casa para que no la invadiera ningún intruso. Me han prometido villas y castillos: aquí han fraguado esa conspiración que ha salido tan mal por la impaciencia de los guardias; aquí se han puesto de acuerdo el confesor del Rey y el conde de Moy, aquí han venido Infantado y Castro Terreño; aquí se han recibido los despachos de Eguía y de la Junta de Bayona, traídos por una señora desconocida, aquí se ha hecho todo; pero yo no soy culpable de nada, de nada más que de ver y callar y ofrecer mi casa. Aborrezco el Sistema; pero amo mi vida, esta vida que no me devolverá D. Víctor Sáez, ni el mismo Rey, si el verdugo me la quita por orden de los patriotas.

-Paciencia, paciencia, Sr. Naranjo -dijo D. Urbano con acento solemne-. Este mundo es así, no de otro modo. ¡Bendita sea la muerte!

-Pero si yo no he hecho nada...

-Ha franqueado usted su casa.

-Porque querían un local modesto. ¿Cómo se había de creer que en una escuela de mocosos se tramaba el hundimiento del liberalismo?

-Hay espías en todas partes.

-¡Oh, ya lo sé! Ese tunante de Sarmiento ha espiado mi casa durante un mes. Permita Dios que se quede ciego.

-Cuando me prendieron en la calle de Coloreros   —179→   le pedí un buche de agua y me lo negó -dijo Cuadra-. En el infierno, si es que lo hay, y cuando se abrase, pedirá agua a los demonios...

-Y le darán fuego. Bien merecido.

-Pero mientras viva... ¡Ay! el mundo pertenece a los pillos. Puede que haya otro para nosotros, amigo Naranjo, mas este, no hay duda que es de los pillos.

De este jaez eran las lamentaciones de los dos desgraciados hombres. Pasaba el tiempo y el conflicto no se resolvía, los temores iban en aumento, y aquellas dos almas se hundían más cada vez en su abismo de negra duda y desesperación. En la noche del 6, la angustia de uno y otro debía tomar aspecto nuevo y más pavoroso. Véase cómo.

Cerca de media noche entró Naranjo despavorido, llenos de mortal espanto los ojos, jadeante y tembloroso como condenado que va al patíbulo.

-¡Estoy perdido! -exclamó dejándose caer en una silla-. ¡Estoy perdido para siempre! Necesito huir, esconderme ahora mismo... Sr. Gil, vienen a prendernos.

-¿A prendernos? -preguntó el ex-oidor con cierta calma-. Por fin... Ni aun morir me dejan. Está previsto; me llevarán a un hospital,   —180→   y llenándome de medicinas el cuerpo, se empeñarán en que viva. Puede que esos perros lo consigan.

-Al amanecer vendrán a prendernos. Me lo avisa un amigo que anda en tratos con esa canalla. ¡Dios mío, abandonar mi casa! ¿Qué voy a hacer yo? ¿A dónde voy yo? Dígame usted, Sr. Gil, ¿a dónde iré?

-Al cementerio.

El enfermo acompañó con risa irónica su fatídico consejo. Soledad, llena de terror, oraba en silencio.

-¿Hay iniquidad semejante? -exclamó el preceptor, enjugando sus lágrimas-. ¿Qué he hecho yo? franquear mi humilde morada.

-¿Nos prenderán al amanecer?

-Sí, muy temprano. Me lo ha dicho Elías Orejón, que lo sabe por Calleja, barbero de la carrera de San Jerónimo 19, el cual lo sabe por Jipini, el cafetero de La Fontana. Vendrán, y echándonos una cuerda al cuello, nos arrastrarán a inmundos calabozos.

-¡Paciencia, paciencia! -dijo Cuadra con amargo desdén-. Querida hija, ¿no sostienes que Dios ampara a los débiles?

-Yo me voy... yo me voy -manifestó   —181→   con honda ansiedad Naranjo-. Huiré... traspasaré la frontera. ¿Cuánto hay de aquí a la frontera?

-Huya usted... yo...

Gil de la Cuadra probó a levantarse del lecho; pero sus miembros doloridos le negaron todo movimiento, y después de incorporarse ligeramente, cayó inerte, lanzando ardiente resoplido.

-Huya usted... -murmuró sordamente-. Yo espero.

-Voy a recoger lo que pueda... ropa, un poco de ropa. ¡Ay, si tuviera alhajas me las llevaría!

-Es justo. Solita y yo nos quedamos. ¿Qué hora es?

-Las doce y media... ¡Oh, si tendré tiempo, Dios mío, de ocultarme!... Saldré de Madrid; correré la noche y todo el día de mañana... Pronto, pronto; no hay que perder tiempo.

Naranjo corrió a sus habitaciones con la presteza de un gamo perseguido. En el breve instante que estuvieron solos, padre e hija no hablaron nada. Los dos parecían muertos.

Volvió Naranjo con un lío, que febrilmente compuso, arreglándolo todo en la brevedad de un pobre pañuelo. Por fortuna era célibe y   —182→   no tenía más familia que su propia persona. La mujer que le servía, una pobre anciana sin amparo y muy religiosa, libre de todo otro temor que no fuera el de Dios, se negó a acompañarle.

-Va a ser la una. ¿A qué hora amanece? Sra. D.ª Solita de mi alma, si me diera usted un alfiler se lo agradecería.

Mientras arreglaba el paquete su lengua no podía estar en reposo.

-Parece -decía-, que la conspiración no puede ir peor. Esos necios han echado a perder un negocio tan bien tramado. Ahora se niegan a ir a Talavera, donde les destinó el Gobierno. ¡Menguados, menguadillos! La Milicia y las tropas de línea que hay en la Corte y las que han venido de Burgos y Valladolid les atacarán mañana, y una de dos: o se rinden o se dispersan.

D. Urbano echó en un suspiro la mitad de su alma.

-Va a haber una degollina de guardias... Vaya que en rigor lo tienen bien merecido por cobardes, por torpes... ¡Qué irrisoria muchachada! Han comprometido sin fruto a Su Majestad.

-Sr. de Naranjo -dijo Cuadra con acento de dolor muy vivo-, váyase usted de una vez.

  —183→  

-Es una infamia lo que han hecho -añadió el preceptor-... ¡Irse al Pardo! Si hubieran atacado el día 1.º a la Milicia, fácil habría sido desarmarla, pero ahora... Me alegraré de que los patriotas les machaquen las liendres. Si no quedara uno...

-Por favor, Sr. Naranjo, váyase usted.

Arreglado el paquete, el maestro se sentó sobre él. Estaba meditabundo y desconcertado.

-¿Hay desgracia mayor que la mía? -murmuró sollozando.

-Se queja de vicio.

-¡Sí, abandonar mi casa, mi profesión, mi bienestar modesto! Sabe Dios si lograré escapar de los patriotas... En situación tan aflictiva, Sr. Gil de mi alma, estoy sin recursos...

-¿Qué?

-Que no tengo dinero.

Gil de la Cuadra miró a su hija, que supo adivinar al instante la intención de la mirada. Soledad sacó un pequeño talego escuálido, dentro del cual sonaba algo.

En los ojos de Naranjo brilló un rayo de alegría.

-Dáselo -dijo D. Urbano-. Él lo necesita más que nosotros.

Soledad puso en las manos del infeliz preceptor todo su dinero.

  —184→  

-Gracias, amigos míos, gracias. ¡Bendita generosidad!... Dueños son ustedes de mi casa.

-Hasta el amanecer -murmuró Gil.

-Quién sabe; ustedes son inocentes.

-Casi siempre lo he sido. Por lo mismo...

-Pueden tener esperanza. ¿Por qué no? -dijo Naranjo levantándose.

-¡Esperanza! ¿Qué es eso?

-¿Se me figura que debo retirarme, eh? Si se les antoja venir antes del día...

-Es probable.

-Adiós, amigo y amiga. Les daré noticias mías.

-En el otro mundo.

-Hacen mal en no tener esperanza... Quién sabe, Dios...

-Sí, ya se está ocupando de nosotros.

-Dios no abandona a las criaturas. Ánimo, amigo mío.

-Al fin lo tengo. Nunca he tenido tanto. Váyase usted, Naranjo. Es tarde, pueden venir...

-Adiós, adiós... Que Dios me ampare y nos ampare a todos.

Desapareció como ágil ratón sorprendido en sus rapiñas.



  —185→  

ArribaAbajo- XVII -

Largo rato estuvieron hija y padre sin pronunciar una palabra. Ambos tenían sin duda algo que decir; pero ninguno quería ser el primero en romper a hablar. Soledad tenía la cabeza inclinada, las manos en cruz. D. Urbano miraba al techo. Por fin, con voz ronca y un acento de ironía que en él no había sido nunca común, se expresó así:

-A ver, hija mía, dime dónde está nuestra Providencia, dime dónde está nuestro Dios. Que vea yo a ese Dios y esa Providencia, aunque sólo sea por un instante.

Soledad contempló con lástima profunda la deplorable figura de su padre que parecía un muerto con voz y movimiento. Compadeciole más aún por el triste estado de su alma sin fe.

-Padre, no dude usted de Dios -exclamó acercándose a la cama-. Todavía puede castigar más.

-¿Más todavía? ¡Ah! Cuando venga el castigo, ya estaré yo en el otro mundo. De modo que... ¡ahí me las den todas!

  —186→  

Una carcajada de insensato siguió a estas palabras. Pero el espíritu de aquel desgraciado varón solía tener bruscas defensas y reacciones contra el escepticismo. La presencia y la voz dulce de su hija produjeron hondo sacudimiento en el espíritu del hombre enfermo.

-Ven acá -le dijo llorando-, ven y dime algo bueno. Consuélame. ¿Te parece que nuestra situación es lisonjera?

Soledad se arrojó en los brazos de su padre.

-Es triste -dijo-, muy triste; ¿pero no podremos encontrar algún amigo que nos salve?

-¿Amigos nosotros? ¡Qué absurdo has dicho! -murmuro Gil bebiéndose sus lágrimas-. ¡Oh! Si Anatolio viniera.

-Eso es seguro.

-Sabe Dios si le volveremos a ver. Los guardias huirán, saldrán de España... Esto es horrible... Nada me importa por mí, que moriré; pero tú, tú... ¿quieres morir?

-Yo sí; pero cuando Dios lo ordene...

-Pues no nos da pruebas de querer que vivamos. Hija de mi alma, ¿has visto conflicto semejante? ¿Crees en la posibilidad de que salgamos bien de esta agonía?

-Sí lo creo.

-¿Cómo?

-Pidiendo protección.

  —187→  

-¿A quién, loca, a quién? Sabes que dentro de algunas horas vendrán los patriotas, y nos prenderán.

-Quizás no, porque no hemos hecho nada.

-Sí, ve a convencer a esa canalla... Nos arrastrarán a una mazmorra; seremos ultrajados por la plebe soez... No quiero pensarlo. Antes mil veces la muerte para los dos, para ti y para mí.

-¡No, no, no! -dijo Soledad con ardor-. Buscaremos quien nos proteja.

-¡Ay! ¡Protección al desvalido, al triste, al abandonado!... No puede ser.

-¿Por qué no?

-¡Pero quién! Revuelve toda la creación y dirás como yo: «muerte, nada más que muerte».

-Yo digo que nos salvará algún amigo.

-Y yo digo: «descanso, descanso». ¡Oh, qué dulce palabra!

Cerraba los ojos para contemplar dentro de sí mismo un remedo de la paz de los sepulcros.

-¡No, no, no! -repitió Soledad levantándose con cierta vehemente altanería-. Yo saldré, yo buscaré quien nos ampare.

-Dime antes su nombre -murmuró Urbano abriendo los ojos con extravío.

Solita sintió el violento sacudir de la voluntad que vibra su rayo omnipotente en nuestro   —188→   espíritu en momentos de peligro, y cerrando los ojos, olvidando toda consideración, pronunció un nombre.

El semblante de Gil de la Cuadra se contrajo, y sus labios articularon lastimero quejido.

-Me has traspasado el corazón -dijo después de una pausa, con voz muy queda y dolorida.

Solita callaba sin atreverse a añadir una sílaba más.

-Quizás pudiera hacer algo por nosotros. De seguro podría... -dijo el viejo rechazando con la derecha mano una figura imaginaria-; ¡pero no, atrás!... ¡nunca! Hija mía, toma un cuchillo, atraviésame de una vez el corazón; mátame; pero no pronuncies ese nombre, no me mates así... que esa muerte es demasiado terrible.

La infeliz muchacha apenas tenía ya alma para resistir tanto dolor.

-¡Todavía; pero todavía!... -exclamó oprimiendo su cabeza con ambas manos-. Cuando todo nos falta; cuando no hay castigo que Dios no nos haya enviado, cuando nombramos a la muerte como única esperanza nuestra... ¡todavía, señor, ese aborrecimiento que es como el de los demonios!

-Todavía -murmuró la voz de Gil, profunda,   —189→   hondísima, lejana, cual si sonara en lo más recóndito de su cuerpo-. Todavía y siempre.

Oyéronse golpecitos a la puerta y una vocecilla cascada que decía:

-¿Se ofrece algo?

Era la pobre anciana que cuidaba de Naranjo, mujer piadosa, sencilla y caritativa, aunque curiosa.

-¿Conque parece que nos quedamos solos? -dijo al entrar-. ¿Y qué tal va el señor Gil?

Como nadie le contestase, dirigiose a Sola y le manifestó su alto criterio terapéutico en estos términos:

-Al señor le convendría tomar una tacita de tila. Voy a hacérsela. ¿Hay lumbre en esta cocina?

-Hija mía, Soledad, Soledad -gritó bruscamente D. Urbano, como el que despierta de un sueño-. ¿Dónde estás?

-Aquí... No me separo un instante.

-¿Sabes que no te veo?... -añadió el enfermo con mucha agitación-. ¿Pero hay luz en el cuarto?

-Luz hay.

-¡Ah!, sí... ya distingo, ya veo algo... Pero nada más que sombras. ¿Estás aquí?...   —190→   ¡Qué espanto! Me quedo ciego... Yo no te veo bien. ¿Hay alguien más en el cuarto?

-Nadie más. D.ª Rosa ha pasado a la cocina.

-Dime: ¿has echado algo en mis ojos?... Yo no te veo bien... Me quedo ciego. ¿Has echado algo en mis ojos?

-¿Yo?

-Podía ser. Te empeñas en matarme. Como pronunciaste aquel nombre que era un puñal... ¡Oh! ¡Dios mío! ¿Qué oscuridad es esta que me rodea? Soledad, mis ojos se nublan. Dime, ¿esto es morir? ¿Se muere así?

-Eso no es nada. Una irritación del cerebro. Procure usted dormir.

El anciano descansó su cabeza en la almohada y parecía caer en profundo sueño.

-Si viniese Anatolio... -murmuró-, que me despierten al instante. Quiero verle.

Un momento después dormía con aletargadamente y sin tranquilidad. Se agitaba en el lecho, pronunciaba palabras, se oprimía con la mano el corazón, lanzando lastimeros quejidos. Soledad lo contemplaba en silencio, sin pestañear, casi sin respirar, atenta a las vibraciones dolorosas de aquella triste vida que se extinguía por grados. Decir lo que pensó en aquellos breves instantes, cuántas ideas cruzaron por su   —191→   inflamado cerebro como relámpagos tempestuosos; decir qué sentimientos la agitaron y qué palabras salían de su pecho y expiraban en sus labios sin modularse, fuera imposible.

La solícita D.ª Rosa la sacó de aquel estado.

-Es preciso tomar una determinación, niñita mía -le dijo-. Yo he visto muchos enfermos. ¿Qué le pasa a usted que parece de mármol? Muévase, determine algo. Es preciso hacer algunas medicinas. Mire usted, yo llamaría a un médico.

Soledad vio en toda su gravedad lo real de aquella situación. Dio algunos pasos de la sala a la cocina y de la cocina a la alcoba. Registró todo y no encontró un solo ochavo. Después se detuvo de nuevo, sumergiendo su espíritu en honda meditación.

-Voy a salir -dijo de súbito a la anciana.

-Gracias a Dios que toma usted una determinación. Yo cuidaré al señor mientras usted vuelve.

-Voy a salir -repitió la joven con aplomo.

Púsose el manto y se acercó al enfermo, contemplándole con atención profunda. Gil se movía con inquietud, se quejaba, pronunciaba como antes palabras confusas. Al ver la religiosa   —192→   y profunda atención con que Soledad le miraba, creeríase que el espíritu del padre y el de la hija se comunicaban en regiones lejanas, desconocidas, allá donde las almas amigas se abrazan, rotos o aflojados los lazos de la vida.

D. Urbano en su delirio pronunció tres clarísimas palabras en tono de contestación. Al oírlas Soledad se estremeció toda, y en el fondo de su alma resonaron con eco terrible las tres palabras.

Gil de la Cuadra había dicho:

-Sedujo a mi esposa.

Soledad pasándose la mano por la frente dio algunos pasos. Detúvose, clavando la vista en el suelo. Luchaba interiormente, pero al fin ganó la batalla, y dijo con resolución:

-No importa... Voy.




ArribaAbajo- XVIII -

Eran las dos. La noche era serena y tibia, y en el cielo oscuro comenzaban a palidecer temblando las estrellas. Solita envolviose bien en su pañuelo, y sin asomos de miedo, porque la apurada situación suya no lo permitía,   —193→   bajó hacia la plazuela de Navalón. Poco tiempo empleó en llegar a una calle cercana, donde los informes que recibiera del sereno la obligaron a retroceder.

-¡Dios mío! -decía para sí-, ¡haz que encuentre pronto ese batallón Sagrado!

Por el Postigo de San Martín subió en busca de la calle de Tudescos y la Luna, andando aprisa, sin reparar en los pocos transeúntes que a tal hora hallaba en su camino, hasta que sintió un rumor lejano, un murmullo de gente y pasos, que en el silencio de la noche resonaban de un modo singular en las angostas calles. Entonces sintió miedo y se detuvo a escuchar. Por la calle de la Luna pasaba una cosa que no podían precisar bien los agitados sentimientos de Sola; un animal muy grande, con muchas patas, pero sin voz, porque no se oía más que la trepidación del suelo. Acercose más y vio pasar de largo por la bocacalle multitud de figuras negras; sobre aquella oscura masa brillaban agudas puntas en cantidad enorme.

-¡Ah! -dijo Sola para sí reconociendo lo injustificado de su miedo-. Es un ejército... ¿Si será el batallón Sagrado?

Apresuró el paso; pero no había dado seis, cuando se oyó un tiro, después dos, tres... Solita se quedó fría, yerta, sin movimiento.   —194→   Aumentado el estrépito por su imaginación, parecíale que Madrid había volado.

-¡Tiros!... ¡Una batalla!

Varios individuos corrieron a su lado por la calle de Tudescos abajo, gritando:

-¡Los guardias, los guardias!... ¡Qué degüellan!

Soledad corrió también por instinto. Los tiros se repitieron, y sobre el tumulto descollaban tremendas voces que decían:

-¡Viva el Rey absoluto!

Y allá más lejos otras que no se entendían bien. Por callejones que no conocía, siguiendo a las personas del vecindario que alarmadas salían de las casas, Soledad llegó a una calle, que reconoció por la de San Bernardo.

-¡Ah! -murmuró-. Aquí me han dicho que está el batallón Sagrado, hacia la cuesta de Santo Domingo. Vamos allá.

Para concluir pronto, acortando en lo posible las angustias de la expedición, corrió en la dirección indicada; pero al fin la mucha gente que se agolpaba en aquel sitio, obligola a detenerse. La muchedumbre retrocedió de repente, y viéronse varios soldados de a caballo, que sable en mano gritaban:

-¡Atrás, a despejar!

Para no ser arrollada, Solita huyó entre   —195→   multitud de personas que se atropellaban, gritando:

-¡Jarana! ¡Que vienen los guardias!... ¡Que van a disparar el cañón!

-Dígame usted, buen amigo -preguntó la muchacha a un hombre que a su lado iba-, ¿dónde está el batallón Sagrado?

-¿El batallón Sagrado? Pues cuenta que está en la Plaza Mayor.

-Me habían dicho que en la Cuesta de Santo Domingo.

-Quia, no señora. ¿Qué entiende usted de eso?

-Tiene usted razón, buen amigo, yo no entiendo nada. ¿Conque dice usted que en la Plaza Mayor?

-Mismamente... ¡Los guardias vienen!

-¿Por dónde cree usted que debo ir? -preguntó Sola, advirtiendo que la gente corría en todas direcciones y que se oían los tiros más cerca.

-Por ninguna... -repuso el hombre metiéndose en su casa y cerrando sin dilación.

Soledad no se desanimó, y por la calle de la Justa trató de emprender su camino; pero al poco tiempo vio que la de Tudescos estaba intransitable. Pasaban por ella varias columnas de guardias, que al verse sorprendidos en   —196→   la calle de la Luna, buscaban la de Jacometrezo y Postigo de San Martín para dirigirse al centro de la villa.

Aguardó a que pasaran, y luego, prefiriendo dar un rodeo a perder tiempo esperando, marchó a tomar la calle de la Montera por la del Desengaño.

-Por allí no habrá nadie -pensó-. Bajaré a la Puerta del Sol, y en un periquete estaré en la Plaza Mayor... Virgen de los Remedios, favoréceme.

En efecto, la infeliz muchacha llegó por fin a la Puerta del Sol, donde había empezado a reunirse bastante gente. Tropa y milicianos formaban delante de la casa de Correos; pero después de un instante la tropa entraba en aquel edificio y los milicianos subían por la calle de Carretas.

-¿Es cierto que el batallón Sagrado está en la Plaza Mayor? -preguntó Solita a un miliciano que marchaba a toda prisa con el fusil al hombro.

Como no recibiera contestación, hizo la misma pregunta a dos paisanos que también armados de fusil, marchaban hacia la calle Mayor.

-Venga usted, prenda, y lo veremos.

Soledad les siguió a cierta distancia, andando tan aprisa como ellos. Vio que satisfecho   —197→   el primer impulso de curiosidad de los vecinos, se cerraban todas las puertas, y que apenas había mujeres en la calle. El estado de su afligido espíritu no le permitió observar que poco a poco se iba introduciendo en una atmósfera de peligro. La infeliz comprendió, sí, que iba a ocurrir algo grave; pero pensaba llegar antes que sonase la hora del conflicto, desempeñar su misión y volverse a su casa. Ella decía:

-Todavía es de noche. Hasta que no amanezca no habrá batallas.

En las inmediaciones de la Plaza Mayor, los milicianos ocupaban toda la calle. Había cierto desorden en sus filas, los jefes corrían de un lado para otro, y resonaban aquí y allá las palabras de tal cual arenga, pronunciada desde lo alto de un caballo. Murmullo atronador ensordecía la calle, todos hablaban a la vez, amenazaban, discutían, proponían; oíanse trastrocadas y revueltas las palabras libres y esclavos, leales y pérfidos, Constitución y Rey neto, libertad y despotismo. Todo se oía, menos lo que Solita quería oír.

-¿El batallón Sagrado? -preguntó tímidamente al primer miliciano que tuvo a mano.

-El batallón Sagrado... ¡Ah!... vaya usted a saber, niña -le contestaron.

  —198→  

-Allí está mi primo -dijo otro.

-Lo manda San Miguel.

-Entonces debe de andar por el cielo -añadió un chusco-, pues si es sagrado y lo manda un arcángel...

Soledad, con el corazón oprimido, se dirigió a otro grupo; pero no había abierto la boca, cuando oyó gritar:

-¡Paso, paso!

Y estuvo a punto de quedarse sorda por el estrépito que producían los cañones, que arrastrados a escape por poderosas mulas, venían la calle adelante, rechinando, saltando, rebotando sobre cada piedra. Soledad empezó a comprender que Dios la abandonaba en aquel trance, que la ocasión y el lugar no eran a propósito para buscar a un hombre perdido en la inmensidad del batallón Sagrado, y en la hora crítica de la revolución. Esta idea la afligió tanto, que quiso hacer un esfuerzo, sobreponerse con animoso espíritu a las circunstancias y seguir hasta donde pudiera con desprecio de la vida. Érale indispensable buscar y encontrar en aquella misma mañana a la única persona de quien podía esperar auxilio de todas clases en su desesperada situación. Recordó a su padre moribundo, sin recursos; la pobre casa desamparada, que muy pronto sería invadida por   —199→   feroces polizontes; y cerrando los ojos a todos los peligros, al formidable aparato de tropas, desoyendo el rugir de la Milicia, el estrépito de las preparadas armas, dio algunos pasos hacia el arco de Boteros.

-Entraré -pensó-, y yo misma veré si está o no ese batallón Sagrado.

Se sintió cogida por un brazo y rechazada hacia atrás, mientras una bronca voz le decía:

-Atrás... ¡que en todas partes se han de meter estas condenadas!

-¿El batallón Sagrado? -murmuró Soledad.

Pero otro brazo de hierro la arrojó hacia la acera de enfrente. Se volvió contra la pared y así estuvo breve rato. Cuando miró de nuevo hacia las entradas de la Plaza, Su rostro estaba inundado de lágrimas. Era espectáculo digno de que un psicólogo lo observara, ver cómo, haciendo alarde de energía varonil, se limpiaba aquella infeliz sus lágrimas, cómo sofocaba sus suspiros, diciendo:

-Puede que sea fácil entrar por la calle de Atocha... ¡Dios mío! ¿Cómo vuelvo a mi casa sin haberle visto?

Corrió hacia la plazuela de San Miguel y después hacia la Puerta del Sol. Por ninguna parte había salida; por todas partes, tropa y   —200→   milicianos, que mandaban a los vecinos retirarse. Solita al fin se declaró vencida.

-Dios no quiere -dijo-. Es imposible. Volveré a mi casa... Dios no nos abandonará.

Una idea lisonjera iluminó de súbito su entendimiento, infundiéndole repentina alegría. En sus labios vaciló una sonrisa.

-Con esta jarana tan tremenda -pensó-, la policía no se cuidará de ir a mi casa. Todos tendrán mucho que hacer.

Pensando esto dobló la esquina para bajar por la plazuela de Herradores.

-¿Pero y si van? -pensó después-. Si le llevan a la cárcel, como está... Se morirá por el camino... No, no irán, es imposible que se acuerden de tal cosa; lo peor es que no tenemos nada. ¡Qué disparate haber dado al Sr. Naranjo todo el dinero!... ¿Quién nos amparará si no encuentro hoy al batallón Sagrado?... Y le he de encontrar... Veremos más tarde... Esto acabará pronto... ¡Pero si le sucede algo, si le matan!...

El terror que esta idea le producía la desconcertó un momento; pero llenándose de fe, su alma privilegiada se tranquilizaba. Dios, sin embargo, no quiso que en aquella aciaga mañana fueran dichosas las horas de la infeliz joven, y no la dejó andar veinte pasos en paz.   —201→   Por la calle de las Fuentes, por la de las Hileras subían columnas de milicianos granaderos, terribles, amenazadores; iban a cubrir el flanco de la Plaza. El paso por aquella parte estaba cortado.

Soledad viendo la alarma del vecindario, quedó yerta de espanto. Gritaban en los balcones las mujeres, lloraban algunas, votaban los hombres. Cerrábanse puertas, se desocupaba a toda prisa la calle; hasta los perros huían azorados y despavoridos. Por un instante no supo la pobre qué resolución tomar; vaciló entre seguir bajando o correr de nuevo hacia arriba. El aspecto imponente de las tropas que subían la ofuscó de tal modo, que tomó el peor partido, corriendo hacia la calle Mayor; pero dos mujeres que iban hacia la calle de Santiago, indicáronle aquella dirección como la mejor. Las siguió sin vacilar, creyendo encontrar por allá fácil acceso hacia su casa; pero no había llegado a la calle de Milaneses cuando sintió el horrible estrépito de miles de disparos, gritos, vivas y mueras; un bramido colosal, mezcla de humanas voces y de la tremenda palabra de los cañones. El valor le faltó de súbito entonces y tuvo que apoyarse en la pared para no caer.

En la calle de Santiago había espacio suficiente   —202→   para ponerse a salvo de las balas, y era considerable la multitud de curiosos. Muchos de estos emprendieron la retirada hacia la parroquia para apartarse lo más posible del lugar de la refriega; pero unas mujeres que subían de la plaza de Oriente, gritaron:

-¿A dónde van ustedes? Los guardias de Palacio han subido a San Nicolás y vienen todos hacia acá.

Al oír esto, muchos se metían precipitadamente en las casas, otros se agolpaban en las calles del Espejo y de Mesón de Paños. La de Santiago quedó vacía.

¿En dónde está Solita? El narrador lo ignora, y llamado por el duelo en que se empeñan rencorosamente Despotismo y Libertad, no trata por ahora de averiguarlo.




ArribaAbajo- XIX -

Cuando el brigadier Palarea, aquel famoso guerrillero del año 8 (a quien llamaban el Médico porque curó gente por la ciencia antes de matarla con la espada), supo que venían los esclavos, tomó sus disposiciones en la Plaza Mayor, donde estaba con los milicianos. El oficial   —203→   de artillería que mandaba las piezas dormía en la Panadería, y, avisado del peligro, saltó por un balcón para llegar más pronto a su puesto. Felizmente todos estaban preparados, y no hubo más confusión que la propia de tales casos. Los milicianos, a causa del entusiasmo que les poseía, no perdieron la serenidad en aquella mañana, y si alguno temblaba dentro de su uniforme, como parece creíble, esto no pasó de la esfera individual, y la Institución se sostuvo firme y tranquila. Por primera vez en su vida aquello que parecía destinado a ser pequeño empezaba a ser grande. Hombres de costumbres pacíficas y sin ideal guerrero de ninguna clase iban a familiarizarse con el heroísmo. Estos milagros los hace la fe del deber, la religión de las creencias políticas cuando tienen pureza, honradez y profundas raíces en el corazón.

Por la calle Mayor adelante avanzó la columna de guardias, tan orgullosa como si fuese a una parada, al son de sus ruidosos tambores, y dando vivas al Rey absoluto. Era costumbre entre los guardias llamar a los milicianos soldaditos de papel. Ya se acercaba el momento de probarlo, y esgrimidas las armas de uno y otro bando, iban a chocar el acero y el cartón. Nada más imponente que los rebeldes. Sus barbudos gastadores, cubiertos con el   —204→   mandil de cuero blanco, parecían gigantes; sus tambores eran un trueno continuado; su actitud marcial, perfecta, su orden para el ataque inmejorable, sus vivas infundían miedo, sus ojos echaban fuego.

La columna se detuvo y miró a la izquierda. Ya se sabe que la Plaza Mayor tiene dos grandes bocas, por las cuales respira, comunicándose con la calle del mismo nombre. Entre aquellas dos grandes bocas que se llamaban de Boteros y de la Amargura, había y hay un tercer conducto, una especie de intestino, negro y oscuro: es el callejón del Infierno. Por una de estas tres bocas, o por las tres a un tiempo, tenían los guardias forzosamente que intentar la ocupación de la Plaza, de aquel sagrado Capitolio de la Milicia Nacional, o alcázar del soberano pueblo armado.

Cuando se acercaron hubo un momento de profundo silencio. Allá dentro, a la primera luz del naciente, se veían brillar los cañones de los fusiles preparados. ¡Qué ansiedad espantosa! Con el aliento suspendido, se contemplaron el guerrero y el ciudadano, el hierro y el papel. Oyéronse algunos gritos, diéronse algunos pasos y tempestad horrísona estalló en el aire.

En el paso y arco de Boteros, en la calle de la Amargura, en el callejón del Infierno se trabó   —205→   simultáneamente la pelea. Los guardias atacaron con fatuidad, los milicianos defendiéronse con vigor, no sin gritos patrióticos, que les inflamaban, recordándoles la noble idea por quien combatían. El cañón de Boteros y el de la Amargura tronaron a la vez y sus primeros disparos de metralla desconcertaron a los guardias.

No obstante, como eran gente tan aguerrida, rehiciéronse sin tardanza; habían puesto a su cabeza a los granaderos de premio y a los gastadores de luenga barba, algunos de los cuales eran veteranos de las guerras de la Independencia y del Rosellón. Los milicianos tenían en su vanguardia toda la gente menuda, los cazadores, la juventud entusiasta, los menestralillos, los hijos de familia, los señoritos y los horteras. Pero Dios, que siempre protege a los débiles, quiso en aquel crítico día infundir en el alma de los pobres chicos una fuerza inaudita, y si los guardias arremetían con vigor, las descargas cerradas de aquella juventud impertérrita que no veía el peligro ni hacía caso de la muerte, detenían a los orgullosos veteranos.

En Boteros consiguieron adelantar algo, y llegó un momento en que las manos de los gastadores pudieron tocar el cañón. En el ángulo que el pórtico forma con la Plaza hubo confusión,   —206→   cierto pánico entre los milicianos, y amenazaba presentarse un verdadero peligro, si esfuerzos supremos no restablecían la superioridad hasta entonces demostrada por los defensores del pueblo.

Palarea, que a caballo a la izquierda de la pieza de artillería, dio un grito horrible, y con el sable vigorosamente empuñado por la trémula diestra, rugió órdenes. El comandante de la Milicia que mandaba en aquel punto a los cazadores sintió en su interior un estremecimiento terrible, una rápida sensación de frío, a que siguió súbito calor. Ideas ardorosas cruzaron por su mente; su corazón palpitaba con violencia; su pequeña nariz perdió el color; resbaláronsele por la nariz abajo los espejuelos de oro; apretó el sable en el puño; apretó los dientes, y alzándose sobre las puntas de los piececillos, hizo movimientos convulsivos, semejantes a los de un pollo que va a cantar; tendiéronsele las cuerdas del pescuezo; púsose como un pimiento, y gritó:

-¡Viva la Constitución!... ¡Cazadores de la Milicia... a cargar!

Era el nuevo Leónidas, D. Benigno Cordero. Impetuoso y ardiente se lanzó el primero, y tras él los cazadores atacaron a la bayoneta.

  —207→  

Antes de dar este paso heroico, verdaderamente heroico, ¡qué horrible crisis conmovió el alma del pacífico comerciante! D. Benigno no había matado nunca un mosquito; don Benigno no era intrépido, ni siquiera valiente, en la acepción que se da vulgarmente a estas palabras. Mas era un hombre de honradez pura, esclavo de su dignidad, ferviente devoto del deber hasta el martirio callado y frío; poseía convicciones profundas; creía en la libertad y en su triunfo y excelencias, como en Dios y en sus atributos; era de los que creen en la absoluta necesidad de los grandes sacrificios personales para que triunfen las grandes ideas, y viendo llegado el momento de ofrecer víctimas, era también capaz de ofrecer su vida miserable. Era un alma fervorosa dentro de un cuerpo cobarde, pero obediente.

Cuando vio que los suyos vacilaban indecisos; cuando vio el fulgor del sable de Palarea y oyó el terrible grito del brigadier guerrillero y médico, su alma pasó velozmente y en el breve espacio de algunos segundos, de sensación a sensación, de terribles angustias a fogosos enardecimientos. Ante sus ojos cruzó una visión, y ¡qué visión, Dios poderoso!... pasó la tienda, aquel encantador templo de la subida a Santa Cruz; pasó la anaquelería, llena   —208→   de encajes negros. Las puntillas de Almagro y de Valenciennes se desarrollaron como tejidos de araña, cuyos dibujos bailaban ante sus ojos; pasaron los cordones de oro, tan bien arreglados en rollos por tamaños y por precios; pasó escueta la vara de medir; pasaron los libros de cuentas y el gato que se relamía sobre el mostrador; pasaron, en fin, la señora de Cordero y los borreguitos, que eran tres, si no miente la historia, todos tan lindos, graciosos y sabedores, que el buen hombre habría dejado el sable para comérselos a besos.

Pero aquel hombre pequeño estaba decidido a ser grande por la fuerza de su fe y de sus convicciones; borró de su mente la pérfida imagen doméstica que le desvanecía, y no pensó más que en su puesto, en su deber, en su grado, en la individualidad militar y política que estaba metida dentro del D. Benigno Cordero de la subida de Santa Cruz. Entonces el hombre pequeño se transfiguró. Una idea, un arranque de la voluntad, una firme aplicación del sentido moral bastaron para hacer del cordero un león, del honrado y pacífico comerciante de encajes un Leónidas de Esparta. Si hoy hubiera leyenda, si hoy hubiera escultura y D. Benigno se pareciese a una estatua, ¡qué admirable figura la suya elevada sobre   —209→   un pedestal en que se leyese: ¡Cordero en el paso de Boteros!

Rugiente y feroz se lanzó el comandante de cazadores. Estos cargaban como los infantes españoles de los grandes tiempos antiguos y modernos, con brío y desenfado, cual si hicieran la cosa más natural. La falange de papel destrozó a los caballeros invencibles de corazón de hierro, que se desconcertaron, no sólo por el empuje de los milicianos, sino por la sorpresa de verse tan bizarramente acometidos.

Ni remotamente lo esperaban. Unos cuantos volvieron la espalda, y la columna acabó de desorganizarse. ¡A correr! Viose caer bastante gente de una y otra parte, y la derrota de los guardias era evidente en el paso de Boteros, porque alentados los milicianos, cayeron sobre ellos enfurecidos, y con el furor de los unos crecía el desánimo de los otros. Corrieron, acuchillados sin piedad, por la calle Mayor, en dirección de la Puerta del Sol.

En el momento del triunfo un héroe, caído en tierra, bañaba con su sangre preciosa las piedras de la calle. Era D. Benigno Cordero. Pero no lloréis númenes de la historia. Para gloria de la Milicia Nacional de España y de la humanidad Cordero no murió, y restablecido en pocos días de sus heridas, disfrutó por muchos   —210→   años de la dulce vida, haciendo la felicidad de su familia, de sus amigos y de sus parroquianos en la modesta tiendecita de la subida a Santa Cruz. Boteros, las Termópilas de este hombre pequeño no lleva su nombre.




ArribaAbajo- XX -

En la Amargura, los granaderos y los cazadores de la Milicia rechazaban con igual bravura a los esclavos, y en el callejón del Infierno, sitio de encarnizada pelea, un hombre formidable, una encarnación del dios Marte con morrión, hundía su bayoneta en el pecho de un faccioso, gritando con voz de cañonazo:

-¡Por vida de los cien mil pares de gruesas de chilindrones!... ¡perro, canalla, jenízaro! ¡Suelta la vida aquí mismo... suéltala!...

Ciego de ira, D. Patricio, el pacífico preceptor, transformado en bestial sicario por el fuego político que inflamaba su alma, apretaba los dientes, abría los ojos como un estrangulado, y su proterva lengua blasfemaba. El entusiasmo hacía de D. Benigno Cordero un héroe, el fanatismo hacía de Sarmiento un soldadote   —211→   estúpido. Tan ciego estaba que cuando sus compañeros corrieron por el callejón abajo, arrastrándole, siguió haciendo un uso lamentable de la bayoneta, y después de pinchar con ella a un miliciano, la clavó en la pared, diciendo:

-¡Y tú también... tú!

En tanto los guardias corrían en retirada hacia la Puerta del Sol a unirse con la segunda columna. El general Ballesteros, que en aquel instante llegaba del Parque a hacerse cargo del mando de la Plaza Mayor, puso en Platerías las dos piezas que había traído y ametralló a los fugitivos, disponiendo que Palarea los atacase por la calle de Carretas. Pero los guardias se desconcertaron de tal modo en la Puerta del Sol, que no fue preciso desplegar gran estrategia para obligarles a una completa fuga.

Unos intentaron subir la calle de la Montera; pero de los balcones les arrojaban a falta de balas, toda clase de cachivaches y hasta los morteros de las cocinas. No pocos se pasaron a las filas leales, y la mayor parte emprendieron su retirada por la calle del Arenal, donde tuvieron que tirotearse con la compañía de granaderos milicianos apostada en San Ginés y en las inmediatas calles de las Hileras   —212→   y las Fuentes. Fracaso más vergonzoso no se ha visto desde que hay pronunciamientos en el mundo. Nada faltó a los sediciosos para su total aniquilamiento y deshonra: los milicianos se permitieron hasta la inaudita osadía de hacerles prisioneros, copando algunas docenas de hombres en la plazuela de los Caños.

Entre los vencedores no se oía más que una voz: -¡A Palacio, a Palacio!

Faltaba lo mejor de la fiesta, porque dos batallones de guardias permanecían intactos en el alcázar, y los derrotados de la Plaza Mayor iban en aquella dirección. En Palacio estaba el Rey, acusado de dirigir desde su gabinete toda la maniobra sediciosa, asistido de los pérfidos consejeros a quienes El Zurriago llamaba Infantón, Casarrick y el general Castañuelas (Castro-Terreño). En Palacio se hallaban también los ministros en la más triste y ridícula de las situaciones imaginables, prisioneros, sin prestigio ante la Milicia ni ante el despotismo; estaba asimismo San Martín, que, según dicen, lloraba, deplorando la reclusión en que se le tenía; estaban los cortesanos todos y las damas del 30 de Junio; pero no rebosando alegría, sino con el corazón oprimido por la incertidumbre; que toda aquella gente menuda tan emprendedora para   —213→   conspirar, temblaba al oír los tiros, como los niños cuando oyen truenos.

Cuando los milicianos de la Plaza Mayor se convencieron de que habían triunfado, pues en los primeros momentos no lo creían, se entusiasmaron hasta el frenesí: los vivas a la Constitución, a Riego, a Ballesteros, a las libertades todas y a todos los pueblos soberanos sonaban sin interrupción, repetidos por la muchedumbre en inmenso alarido. De las vecinas casas salía en tropel a borbotones el hirviente vecindario, loco también de alegría, y todo el mundo se felicitaba, todo el mundo se abrazaba. Las patriotas, que eran género abundante en la calle Mayor, salían cargadas de confituras, vino, pasteles y cantidad de regalitos para obsequiar a los héroes. ¡Interesante apoteosis popular que a los bravos soldados nacionales gustaba más que el pasar bajo soberbios arcos de triunfo, para recibir como único premio un laurel de trapo o la sonrisa de un Rey satisfecho!

Milicianos y pueblo, o mejor dicho, guerreros y gente inerme llenaban la vía pública, y todos chillaban, hombres, mujeres, chicos. No se podía dar un paso. Al sediento se le daba agua o vino, comida al que tenía hambre, y los heridos eran entrados en las casas. Los   —214→   tres milicianos muertos en la Plaza tenían en derredor lastimoso coro de llantos e imprecaciones contra el despotismo. Cuarenta habían sido los heridos, entre ellos no pocos de bastante gravedad.

En cambio los guardias dejaron catorce muertos en las calles. De sus heridos no se tenía noticia.

Cuando se inició el movimiento hacia la plaza de Palacio, hubo gran confusión. Querían los jefes que se retirase el paisanaje; pero el mar y el gentío no suelen obedecer al que les manda quitarse de en medio. Allí era de ver la actividad, la diligencia afanosa con que D. Primitivo Cordero quería abrir paso a una parte de su batallón.

-Señoras -dijo a unas buenas mujeres que en grupo inmóvil como una roca contribuía obstruir, con otras masas de hombres y chiquillos, la entrada de la calle de Milaneses-, hagan el favor de retirarse. Todavía no ha concluido esto... Atrás, atrás... a un lado todo el mundo.

Obediente en lo posible, la femenil pandilla se apretó contra sí misma, diciendo con parlero trinar de pájaros alborotados: -¡Viva la Milicia Nacional!

Un patriota exclamó:

  —215→  

-¡Viva D. Primitivo Cordero!

-¡Gracias, gracias, mil gracias -dijo galantemente el héroe saludando a un lado y otro-. Pero apartarse, apartarse, señoras.

El sobrino de D. Benigno pasó; pero un grupo le detuvo.

-¿Qué hay aquí? -preguntó observando que varias personas levantaban del suelo a una mujer.

-Nada -respondió un viejo-. Esta señora se ha desmayado.

La desmayada, puesta al fin en pie, abrió los ojos, miró a todos lados con estupor, apartándose con las manos el cabello que sobre la frente le caía pálida, y temblaba:

-¿El batallón Sagrado?... -dijo.

D. Primitivo seguía abriéndose paso. La multitud cambió de postura y moviose toda la gente de una parte a otra.

Entonces la desmayada desapareció.

Hacia la plaza de Oriente marchaban el ilustre Ballesteros, Riego, el general Copons, antiguo jefe político y hombre muy exaltado, el diputado Grases, ayudante de Ballesteros, el conde de Oñate, grande de España de primera clase, que tenía a mucha honra vestir   —216→   el uniforme de la Milicia, el duque del Parque, el ex-guardia de Corps D. José Trabeso y todas las celebridades de aquel día, excepto Morillo, que seguía en el Parque, Álava, que estaba en la plazuela de Santo Domingo, y el patriota D. Vicente Beltrán de Lis que al frente de su partida guerreaba en las Vistillas de San Francisco.

Durante la marcha hacia Palacio oíanse tiros. Avivaron el paso los milicianos. Los caballos de los jefes descollaban sobre la apiñada multitud, como si nadaran en un mar de cabezas. No era posible asegurar si la principal parte de la tormenta de aquel día había pasado ya, o si faltaba aún, porque el nudo de Palacio no se había roto ni desatado, porque allí había dos batallones de rebeldes y en San Gil estaba el cuartel general de los leales, y las Caballerizas eran ocupadas por los guardias fieles a la Constitución. Inmensa curiosidad devoraba al pueblo de Madrid. ¿Qué haría el Rey? ¿Defenderíanse los dos batallones hasta el último extremo? ¿Capitularían? ¿Invadirían los milicianos el Palacio?

Crecía la agitación sin que disminuyera el entusiasmo. Las calles de Milaneses, Santiago y Cruzada hervían, y el impaciente ciudadano, ansioso de conocer el resultado de una contienda   —217→   de que dependía su destino, pugnaba por acercarse todo lo posible. Aglomerándose la gente sin miedo al peligro, en aquel enorme tumulto de voces y gritos apenas se oía la débil voz que preguntaba:

-¿El batallón Sagrado?...




ArribaAbajo- XXI -

Tiempo es ya de encontrar al batallón Sagrado. Se había formado en los primeros días del mes, con oficiales de reemplazo y paisanos entusiastas que no pertenecían a la Milicia, y su jefe era San Miguel. En la madrugada del 7 estaba en la plazuela de Santo Domingo, y una avanzada suya fue la que rompió el fuego contra los guardias en la calle de la Luna. Cuando se formalizó el conflicto, al mismo tiempo que acudía Ballesteros a la Plaza Mayor, presentose en la plazuela de Santo Domingo el general Álava, y a poco rato llegaron dos compañías del regimiento de infantería de Fernando VII, un escuadrón de Almansa y una pieza de artillería. Pero durante los imponentes ataques de Boteros y la Amargura,   —218→   nada ocurrió allí digno de mención. Cuando el batallón Sagrado y las demás fuerzas mandadas por Álava entraron en acción resuelta, fue al iniciarse la retirada de los facciosos por la calle del Arenal hacia Palacio. Los leales les hicieron fuego por todas las calles que afluían a la plaza de Oriente, mientras los guardias de Palacio, para proteger la retirada de los suyos, avanzaron hasta los altos de la calle del Viento, desde donde favorablemente podían hacer mucho daño al paisanaje.

Este avanzó con resolución, a pesar de recibir tiros por todas partes, siendo los más certeros y molestos los que venían de las ventanas bajas del regio alcázar. Ruines lacayos y gente cobarde, de esa que se cría en lo más bajo de los palacios, ayudaban a defender el último baluarte del despotismo. Sin embargo, cuando avanzaron los patriotas, lograron desalojar de los altos de la Plaza al destacamento de rebeldes, las ventanas bajas se cerraron como las altas, y desde entonces la procesión empezó a andar por dentro. Viéronse pañuelos blancos agitados en los grupos de rebeldes que se reconcentraban en la plaza de la Armería o en la puerta del Príncipe, y cesó el fuego.

Un parlamentario apareció gritando en   —219→   nombre del Rey: Que cesen los fuegos, y que vaya a Palacio el general Morillo, pues peligra la vida de Su Majestad.

Entonces fue cuando Ballesteros dio la famosa contestación: «Diga usted al Rey que haga rendir las armas inmediatamente a los facciosos que le cercan, pues de lo contrario las bayonetas de los libres penetrarán persiguiéndoles hasta su Real cámara».

Hasta aquel instante todo se había llevado con acierto. Los milicianos habían hecho proezas; los generales se habían portado con dignidad y bizarría; el pueblo victorioso, mas no embrutecido por la matanza ni ebrio de sangre, se había detenido con respeto, quizás excesivo, ante la puerta sagrada del Palacio de sus Reyes, obedeciendo a una sola palabra de este; los soberbios guardias, insolentes como el absolutismo que defendían, sin respeto a nada ni a nadie, mordían el polvo, sojuzgados por el espíritu liberal y la conciencia pública, de quien fueron instrumento propicio las armas ciudadanas.

Todo fue bien hasta aquel instante; pero en el mismo punto la cuestión que ya podemos llamar del 7 de Julio empezó a tomar antipático sesgo. Comenzaron los tratos para la capitulación, constituyose en la Casa-Panadería   —220→   una Junta de hombres débiles, que no supieron tomar resolución alguna de provecho en el momento del peligro, y que ahora querían nada menos que declarar la incapacidad moral del Rey. Palacio envió ante la Junta sus más sagaces agentes, y discutiose si debían los guardias rendir las armas, cuando tan fácil era quitárselas.

-No es decible lo que se movió aquella gente desde la Casa-Panadería a Palacio, y qué número de cortesanos y oficiales entraron en danza, trayendo y llevando recados. Por último, la diplomacia dijo su última palabra, y se estipuló que los cuatro batallones que habían invadido la capital se rendirían a discreción; pero que los otros dos la conservarían, saliendo de la corte para Vicálvaro y Leganés. En uno de aquellos dos estaban los asesinos de Landáburu.

Cuando corrió la noticia de este convenio entre los patriotas, la mayor parte se dieron por satisfechos, y el pueblo en general llenose de alegría viendo asegurada la paz, sometida la rebelión y atajada la sangre que había empezado a correr en abundancia. En las largas horas que pasaron desde que se suspendieron las hostilidades hasta que se supo el resultado de las negociaciones, toda la gente armada, pueblo y tropa, ocupó sus puestos, atenta a los movimientos   —221→   de los acorralados guardias, y cada vez se estrechaba y fortificaba más el círculo en que estaban metidos. En la plaza de Oriente, el batallón Sagrado y el regimiento del Infante D. Carlos cortaban la comunicación con toda la parte de los Caños y la Encarnación. En los Consejos y en las calles del Factor y la Cruzada, los tres batallones de la Plaza Mayor con algunas piezas presentaban un baluarte infranqueable al enemigo.

La suspensión de armas no podía ser más alegre. El pueblo, no pudiendo mezclarse con la Milicia y tropa, rigorosamente formada, se acercaba a ellas lo más posible, y con las últimas filas se juntaban apretadas falanges de mujeres, ancianos y gente de todas clases que, no contentos con estar cerca, asomaban el hocico por encima de los hombros y por entre las bayonetas de los soldados. Todos pedían noticia, todos querían saber hasta los menores detalles de los desaforados combates de aquel día; preguntaban estos por el hermano o por el padre, y algunos viéndole desde lejos en apartada fila, saludábanles con pañuelos. El pueblo llamaba a los suyos, pronunciando los más cariñosos nombres, y desde las compañías respondían voces festivas con la alegría de la salud y del triunfo.

  —222→  

Pero también molestaba en algunas partes la muchedumbre curiosa. En el batallón Sagrado un individuo empujó hacia atrás un racimo de mujeres que parecían querer subir sobre sus hombros. En el mismo instante se sintió fuertemente asido del brazo; oyó una voz. ¡Oh sorpresa de las sorpresas!

-¿Solilla, tú aquí?... ¿pero eres tú?... -exclamó con júbilo, apartando a otras personas para que la joven estuviera cómodamente a su lado.

-Desde la madrugada te estoy buscando, hermano. ¡Gracias a Dios que al fin ha querido que te encuentre! -dijo Soledad con inmensa alegría.

Sonriendo de placer, parecía que la demacración y palidez de su rostro se disipaban por un instante como las oscuridades de un cielo que de súbito ilumina el sol. Mas era demasiado grande el desorden de su persona y la alteración de su semblante, por el cual habían pasado aquel día más lágrimas que balas por el ámbito de la calle Mayor, para que un pasajero regocijo los disipase.

-A ti te pasa algo, ¿qué tienes? -preguntó Monsalud, poniéndole la mano izquierda en el hombro, mientras con la derecha sostenía el fusil.

  —223→  

-Me pasan cosas terribles... -repuso ella con angustioso acento-. Por eso te estoy buscando estoy desde las dos de la madrugada... Mi padre se muere.

Salvador no contestó nada, realmente porque no sabía qué contestar.

-Se muere -añadió Sola-, y necesito de tu ayuda por muchos motivos y para muchas cosas.

-¡Pobrecilla!... Esto se acabará pronto. Romperemos filas y estaré a tus órdenes. Yo estoy aquí por complacer al duque que se empeñó en que viniera; pero esto no ha de durar mucho más.

-¿Pero no se ha concluido todavía?... ¡Qué fuego! ¡Cuántos tiros, cuántas muertes! Me acordaré mientras viva, si vivo, de lo que he visto hoy. Yo salí a buscarte, fui a la calle Mayor, y sin saber cómo me vi cercada por todos lados. No podía salir de allí, ni volver a mi casa, donde había dejado en la situación más triste a mi pobre padre... Pude al fin guarecerme en un portal con otras mujeres durante el tiempo de los muchos, de los muchísimos tiros. Después salí. Gritaban porque habían triunfado... perdí el conocimiento... Yo seguí buscándote y al fin supe que estabas aquí... pero no pude verte. Volvieron a sonar   —224→   los tiros y tuve que huir... Entonces fui a mi casa, he acompañado a mi padre parte de la mañana, y después he salido otra vez en busca tuya, porque necesito de ti, como ya te he dicho, por muchas razones.

-Lo supongo. Pronto me tendrás a tu lado -dijo Salvador con lástima-. Y qué sabes de Anatolio, ¿le ha pasado algo?

-No sé nada. Desde el día 30 no hemos tenido noticias suyas.

-¡Qué desgracia!

-¿Y tú, estás herido? ¿Te ha pasado algo?

-Nada absolutamente. Esto ha sido un juego. Sin embargo, he disparado algunos tiros.

-Yo he oído más de un millón, puedes creerlo, más de un millón... ¿Pero no puedes salir de aquí todavía? ¿A tu madre no le ha pasado nada en aquella casa tan próxima al fuego?

-Esta madrugada en un momento que tuve libre la saqué de allí, llevándola a la casa que el duque del Parque tiene en el Prado Viejo.

-Yo había perdido la esperanza de encontrarte, de verte más -dijo Soledad asiendo más fuertemente el brazo de su hermano, como si temiera que se le escapara después de tantas fatigas para hallarle-. ¡Qué momentos he pasado!... Mi padre moribundo... temiendo a cada instante que le vayan a prender...

  —225→  

-¡A prenderle otra vez!

-Sí, el Sr. Naranjo ha huido. ¡Qué desastre! uno tras otro... Ya te contaré con más calma.

-No temas nada, pobrecilla. No le prenderán; te respondo de ello.

-Tus palabras me consuelan. Parece que todo ha cambiado desde que te he visto -dijo Soledad con emoción más viva-, parece que ya no son tan grandes las calamidades de mi casa, y más fácil encontrar un remedio a todo, hasta a la enfermedad de mi padre.

-Para todo lo habrá -afirmó Monsalud con impaciencia-. Ahora falta que esto se acabe pronto.

-¡Oh! y si no se acaba, ¿no podrás dejar el fusil a un compañero, diciéndole que vuelves pronto?

Salvador se echó a reír.

-No te impacientes. Está ya convenido que los guardias rindan las armas, y de un momento a otro las han de entregar ahí junto, en la plaza de la Armería. ¿Ves cómo se mueve la Milicia que está hacia el arco? Pues es que va a presenciar el acto de la rendición.

No había concluido de decirlo cuando se oyó el estruendo de una descarga. ¡Extraordinaria alarma en el pueblo que llenaba la plaza!   —226→   El batallón Sagrado se estremeció todo de un punto a otro. Disponíanse las fuerzas a un nuevo combate, cuando corrió esta voz:

-Los guardias han hecho una descarga a la Milicia que iba a presenciar la rendición.

Y después esta otra:

-Se escapan por la escalera de piedra que baja al Campo del Moro.

Y luego no se oyó más que esto:

-¡Huyen, huyen a la desbandada!

-Se van -dijo con alegría Solita, que se había visto obligada a separarse de su amigo-. Mejor: así se acabará más pronto.

Inmediatamente oyéronse las voces de mando. Toda la gente armada se puso en movimiento para perseguir a los fugitivos. Ballesteros y Palarea bajaron por la calle de Segovia. Copons bajó por la Cuesta de San Vicente con la caballería de Almansa. Morillo con los guardias leales y el regimiento del Infante D. Carlos marchó hacia Palacio, con objeto sin duda de seguir a los fugitivos por donde mismo habían salido. Todo cambió. Nuevas tropas invadieron la plaza de Oriente, y Solita vio con desconsuelo que su hermano desaparecía en el inmenso y alborotado mar de cabezas.

Después ocurrió un acontecimiento singular. Cuando Morillo pasaba por delante de Palacio,   —227→   un hombre se asomó a un balcón, y señalando los grupos de guardias que allá abajo entre la verdura del Parque corrían azorados, gritó con voz clara que se oyó claramente desde la plaza:

-¡A ellos, a ellos!

Era Tigrekan.




ArribaAbajo- XXII -

En la noche de aquel día, todo estaba en sosiego, y la plenitud del triunfo aseguraba a los milicianos y a la tropa largo y reparador descanso. La mayor parte, seguros de que los guardias dispersos no habían de volver, no pensaba ya más que en los preparativos para el Te Deum que debía cantarse al siguiente día en la Plaza Mayor.

Solita salió de su casa por tercera vez, al fin con fortuna, porque cerca de anochecido pudo encontrar ya libre de servicio a su protector y amigo, el cual la siguió con vivos deseos de servirla.

Entraron en la casa. Ni uno ni otro hablaban nada. Al llegar arriba, Monsalud dijo:

  —228→  

-¿Has mandado buscar un médico?

-Ha venido esta tarde y ha dado pocas esperanzas.

-¿Recetó algo?

-Que siguiera en la cama; que no le molestáramos con medicinas; que se le dejara tranquilo. Eso quiere decir que la ciencia es inútil... Si al menos pudiera pasar en calma sus últimas horas... Pero acabadas las batallas vendrán a prenderle, porque esa gente de la policía no se olvida de su oficio. Serán tan malos, que le llevarán en una camilla a la cárcel... Estando tú aquí, ¿no lo podrás impedirlo?

Salvador no respondía. Penetraron en la salita que precedía a la alcoba del enfermo, y apareció entonces D.ª Rosa, con aquella cara de Pascua y aquella bendita sonrisa que conservaba aun en los momentos de mayor apuro. Soledad entró a ver a su padre, acercándose al lecho muy despacito para no hacer ruido, y al poco rato salió:

-¿Ha venido alguien? -preguntó a la vieja.

-Sí, hija mía, hemos tenido visita: hace un momento acaba de salir.

-¿Quién?

-Una señora -dijo en voz baja D.ª Rosa,   —229→   haciendo extraordinarios aspavientos con las flacas manos-. Una señora muy linda.

Salvador y Soledad prestaron gran atención.

-¿Y qué buscaba?

-Venía muy sofocada... Preguntó por el Sr. Naranjo. Cuando le dije que se había marchado no lo quería creer. ¡Qué afán traía la señora!... Pues nada; empeñábase en que el señor Naranjo estaba escondido por miedo a los tiros... «Entre usted, señora, y registre la casa toda» le dije... Virgen Madre, ¡qué entrecejo ponía! Estaba furiosa la madama, y cuando se convenció de que había sido chasqueada, daba unas pataditas en el suelo...

-¿Y no dijo más? -preguntó Monsalud con muy vivo interés.

-Me preguntó que dónde tenía sus papeles el Sr. Naranjo... ¡Yo qué demonches sé!... Ya me iba amostazando la tal señora... También hablaba sola, y decía como los cómicos en el teatro: «¡Cobardes, traidores!».

-¿Era hermosa? -preguntó Sola.

-Como el sol.

-¿Y rubia? -preguntó Salvador.

-Rubia, con unos ojos de cielo, como los míos ¡ay! cuando tenía quince años.

-¿Y vino sola?

  —230→  

-Subió sola; pero me parece que abajo la esperaban dos hombres... ¡Ah! ya me acuerdo de otra cosa. Me preguntó por D. Víctor, si había venido D. Víctor... ¡Yo qué diantre sé de D. Víctor! Creo que es aquel clerigón gordo... Después de marearme bastante, registró todo lo que había en el cuarto del señor Naranjo; pero no debió de encontrar lo que buscaba, porque seguía dando pataditas y diciendo entre dientes: «¡Ese cobarde nos va a comprometer!».

-¿Y no entró aquí?

-También entró y vio al enfermo; pero no tenía trazas de interesarse por él -dijo doña Rosa-. Yo no me pude contener al fin, porque mi genio es muy quisquilloso, y le dije: «Señora, hágame usted el favor de no ser tan entrometida y márchese de aquí, que no nos hacen falta visitas».

-¡Bien dicho! -afirmó Soledad-. Yo la hubiera puesto en la calle desde que llegó.

-¿No dijo su nombre? -preguntó Monsalud.

-¿Qué había de decir?

-¿Sospechas tú quién puede ser? -preguntó Soledad a su hermano.

-No -repuso este secamente, mirando al suelo.

D.ª Rosa, observando la familiaridad con   —231→   que ambos jóvenes se trataban, no volvía de su asombro, pues no conocía pariente ni deudo alguno de los Gil de la Cuadra, ni jamás vio entrar en la casa al hombre en aquellos instantes presente.

-Este caballero -dijo con sorna-, será médico o cirujano.

Ni Monsalud ni Sola le respondieron. Ambos tenían el pensamiento en otra parte, quizás en una misma parte los dos.

-¿Y qué se dice por ahí? -preguntó la vieja-. ¿Es cierto que los guardias han sido acuchillados en el camino de Alcorcón, y que no queda uno para un remedio?

Tampoco recibió contestación.

-Pues la de hoy ha sido estupenda -continuó, resuelta a sostener el diálogo consigo misma-. Parece que han muerto más de trescientos hombres. Algunos guardias en su fuga parece que de un salto se han puesto en Arganda... ¿Es cierto que les cogieron la bandera coronela? El Señor nos tenga de su mano... ¿Pero este caballero, no entra a ver al enfermo? Yo creo que si se le diera una sopa de vino... porque esto no es más que debilidad, debilidad pura.

Monsalud miraba al suelo como si estuviera leyendo en él un escrito de suma importancia.   —232→   Indiferente a todo, menos a un solo pensamiento, alzó por fin los ojos, y poniéndolos en el acartonado semblante de la anciana, habló así:

-¿Cuánto tiempo hace que salió?

-¿Quién?

-Esa señora.

-¡Ah! Ya no me acordaba de ella. Hará poco más de media hora que salió.

El joven se levantó maquinalmente.

-¿Te vas? -le preguntó Soledad fijando en él sus ojos llenos de lágrimas.

-No... no me voy -repuso Salvador volviendo en sí-... Me he levantado no sé por qué... pero ya ves, me vuelvo a sentar.

Así lo hizo. En el mismo momento dejose oír la voz de D. Urbano que gritaba:

-¡Anatolio, Anatolio!

Soledad corrió a la alcoba.

-Ha llegado, ha llegado ya -exclamó el anciano con voz a que daba fuerza y claridad el delirio-. ¡Ven acá, ven a mis brazos, querido hijo!

Solita procuró tranquilizarle; pero en vano. Gil de la Cuadra sacudía las ropas de su lecho, se incorporaba, extendía los descarnados brazos buscando una sombra.

-¿Por qué no traes luz? -dijo pasándose las manos por los ojos.

  —233→  

En el mismo instante D.ª Rosa entraba en la alcoba con la lámpara.

-¡Luz, más luz! -repitió el anciano-. No veo nada.

-¿No la ve usted?... Es que duerme. Mejor; a dormir, padre, que es muy tarde.

-Te digo que no veo nada -prosiguió Gil de la Cuadra, revolviendo los sanguinosos globos de sus ojos y palpando con las flacas manos en el aire-... ¡Ah! sí, ya veo algo; pero sombras, unos negros bultos que van y vienen. ¿No está ahí Anatolio?

Soledad vaciló un momento en contestar. En el mismo momento Salvador penetró en la habitación, situándose a los pies de la cama.

-Anatolio, querido Anatolio -gimió el viejo llorando-, ya te veo... eres tú. ¡Cuánto, cuánto has tardado, hijo de mi corazón!

Como si estas palabras agotaran en un segundo todas las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu, cayó hacia atrás, extendiendo los brazos, cual masas inertes, sobre el lecho. Continuaba con los ojos abiertos, y entre dientes murmuraba algo que no pudo ser oído. Atentos todos a su agonía, apenas respiraban.

Gil de la Cuadra pronunció con voz entera estas palabras:

  —234→  

-¡Gracias a Dios que estáis casados! Hija mía, abraza a tu esposo.

Salvador hizo, mirando a su hermana, un gesto que quería decir: -Consintamos en un engaño, que hará feliz su última hora.

-Anatolio, hijo mío -añadió el enfermo con voz más débil-, abraza a tu esposa.

Soledad y Monsalud se abrazaron.

-Más fuerte, abrázala más fuerte, con la efusión de un verdadero cariño.

Salvador, ante tan extraña escena, sentía su corazón traspasado por el dolor. Avivose en él, tomando mayor fuerza, el gran cariño fraternal que a la infeliz muchacha profesaba, y la estrechó entre sus brazos, viendo en ella, más que una mujer, un débil y hermoso niño desvalido. Su pecho se humedecía con el raudal de las lágrimas de ella, y oprimiéndole dulcemente la cabeza, le dio cariñosos besos en la frente y en el pelo.

-Así, así, así -murmuró Gil oyendo el rumor de los besos.

Después se aletargó un instante.

Monsalud, sintiéndose menos fuerte que su emoción, salió de la alcoba con los ojos húmedos.

-Dejémosle reposar ahora -dijo en voz alta.

  —235→  

Aquellas palabras llegaron a los oídos del enfermo, que sacudiéndose vivamente abrió los ojos y alzó la cabeza.

-¿Qué voz es esa?... -exclamó con sobresalto y azoradamente-. Sola, Anatolio... yo he oído una voz...

-No hay nadie... ¡Padre, por Dios!... -gritó Soledad abrazándole.

Pero más furioso Gil pugnaba por incorporarse, gritando:

-¡Anatolio, mátale, mátale!

-¿A quién?... ¡Padre, por Dios, no se debe matar a nadie!

-He oído su voz... Está aquí.

Soledad sintió en su mente una inspiración divina. Arrodillada junto al lecho, tomó las manos del viejo, y estrechándolas con fuerza convulsiva, exclamó así:

-Padre, perdónale.

Gil de la Cuadra movió la cabeza a un lado y otro. Después dijo con voz ronca:

-No, no.

Hubo otra pausa. El mismo enfermo, cuyo febril espíritu luchaba con la miserable carne que lo expelía sacudiéndose, fue quien rompió de nuevo el silencio. Su voz denotaba ahora serenidad y gozo al decir:

-¡He delirado, hija mía!... Sin duda tengo   —236→   calentura. ¡Pero qué cosa tan rara! Ahora no veo nada, absolutamente nada. Me figuraba oír una voz... ¿En dónde está Anatolio, mi querido hijo y tu esposo?

Salvador volvió a entrar. Gil de la Cuadra, por la dirección de sus ojos, demostraba no ver nada.

-Hija, hijo... ¿dónde estáis? -continuó el anciano, mezclando con las palabras blandos quejidos-. Siento una cosa extraña en el corazón... No es dolor, no es punzada... es una cosa que se va, que se desvanece... ¡ay! adiós. Abrazadme los dos.

Soledad le abrazó por un lado del lecho. Salvador por el otro.

-¡Ah! ¡qué feliz soy! -murmuró Gil-. Estáis unidos para siempre; sois marido y mujer. ¡Bendito sea Dios!... Muero contento... sois dichosos. Abrazadme más fuerte, pero más fuerte... Bendito sea Dios.

Salvador sintió que el cuerpo que tenía entre sus brazos perdía su elasticidad y pesaba, pesaba cada vez más. Dilatáronse las extremidades y la cabeza cayó hacia atrás, como si la guillotina la separase del tronco. Cesó la respiración, como un reloj que se para, y al semblante del anciano infeliz, sustituyó una máscara tranquila e imponente, y a la expresión   —237→   de dolor, una gravedad ceñuda, detrás de la cual, donde antes moraba el pensamiento, no había ya nada, absolutamente nada. Al observar esto trató de apartar de allí a su pobre hermana que era ya huérfana.




ArribaAbajo- XXIII -

Serían las diez cuando sonaron golpes en la puerta de la casa, semejantes a los que turbaron su reposo una noche del mes de febrero de 1821. Monsalud, separándose de Soledad, a quien había colocado en las habitaciones de Naranjo, salió a abrir. En el marco de la puerta, a la luz de una linterna que ellos mismos traían, destacáronse varios hombres que terminaban por lo alto en morriones y bayonetas. Al frente de ellos venía D. Patricio Sarmiento desplegando en toda su longitud el escueto cuerpo, y radiante de orgullo.

-Con permiso -dijo entrando-. ¡Ah! está aquí el Sr. D. Salvador. ¿Es que se nos ha anticipado para sorprender a la pillería?

-¿Qué buscan ustedes aquí -preguntó Monsalud de muy mal talante?

  —238→  

Sarmiento sacó un papel y acercando la linterna leyó:

«El Excmo. Ayuntamiento... etc... Hace saber: Que muchos guardias han quedado ocultos en las casas o quizás estos miserables han hallado un asilo compasivo en la generosidad de los mismos a quienes venían a asesinar...». En resumidas cuentas, Sr. Monsalud, ya conoce usted el bando de hoy. Muchos esclavos se han escondido en las casas, y nosotros venimos a ver si está aquí el alférez de guardias D. Anatolio Gordón... En cuanto al Sr. Naranjo y al Sr. Gil también tenemos orden de llevárnoslos, chilindrón, porque hoy se ha acabado el imperio de la canalla, y ya se puede decir a boca llena, para que tiemble el infierno: ¡Viva la Constitución!

D. Patricio lo dijo con toda la fuerza de sus pulmones, y repitiéronlo del mismo modo sus compañeros.

-Silencio, animales -dijo Salvador-. Hay un muerto en la casa.

-Sí, sí -gruñó Sarmiento con la risa estúpida del hombre ebrio-. Tal es su sistema. El despotismo conspira para asesinarnos; pero cuando se ve cogido y vencido, se hace el muerto. Lo mismo pasa allí.

-¿En dónde?

  —239→  

-En la casa grande. ¿Conque un muerto?

-Sí, el Sr. Gil de la Cuadra ha fallecido.

-¿Y Naranjo? -preguntó Sarmiento con vivísimo interés-. ¿Ha espichado también?

-Ha huido.

-A mí con esas... Registraremos la casa. Si tropezáramos con D. Víctor Sáez o con otro pajarraco gordo, ¡qué gloria, muchachos, qué gloria para nosotros!

Pero sus pesquisas no les dieron la satisfacción de prender a nadie, y cuando el bravo don Patricio salía iba diciendo:

-Bien muerto está; ¡por vida de la chilindraina! A fe que no se ha perdido nada... Vámonos de aquí que esto da tristeza, y hoy es día de felicidad... ¡Viva la...!

Salvador le tapó la boca, y empujándole violentamente le echó fuera de la casa. Los demás habían salido antes.




ArribaAbajo- XXIV -

Dos días después, el 9 de Julio, Salvador, cumplidos los últimos deberes con el desgraciado D. Urbano, llevose a Solita a su casa. Desde   —240→   aquel día, su hermana era más hermana, y debía quererla y protegerla más.

-Ahora -le dijo cuando entraron ambos en un coche de plaza-, no te faltará nada. Estarás en mi casa tranquilamente con mi madre hasta que se presente tu primo, que casi es ya tu marido. Seguramente ha salido con los guardias fugitivos, y si no viene en seguida, tendremos noticias de él.

-¿Han huido muy lejos? -preguntó Soledad con tristeza.

-Muy lejos. Han muerto pocos, por más que digan, para abultar la importancia de las refriegas de ayer. Creo que puedes estar tranquila. He oído los nombres de casi todos los que han parecido, y nada se dice de tu marido.

-No lo es todavía -dijo Soledad dando un suspiro.

-Pero lo será. Al fin llegará tu hora de felicidad. ¡Por Dios, que la has ganado bien! Aunque deseo, hermana querida, que Anatolio venga y te recoja y se case contigo, me agradaría que estuvieras algunos días en mi casa con mi madre, que tanto te quiere.

-¿Y si mi primo no parece? ¿Y si ha muerto? -preguntó la huérfana mirando a su hermano.

  —241→  

-No pienses eso... Pero en caso de que pasara tal desgracia, vivirás con nosotros como si fueras de la familia. No te faltará nada, descuida. Apuesto a que tú misma llegarás a creer que has nacido en mi casa. Y no seas tonta; tampoco te faltará a su tiempo una buena posición. Tienes mucho mérito, y no es dudoso que encontraríamos un hombre honrado con quien casarte.

Soledad al oír esto no hizo más preguntas, y miró con ojos aparentemente distraídos a la gente que al paso lento del coche se veía por ambas portezuelas.

Salvador había trasladado a su madre a una casa que el duque del Parque poseía en el Prado Viejo y cuyas largas tapias ocupaban parte de la vasta manzana comprendida entre las calles del Gobernador y de Atocha. Era más que palacio un conjunto de edificios de distinta edad y construcción, unidos por dentro, y en los cuales la parte habitable era muy pequeña, si bien embellecida y alegrada por una frondosa huerta, algunos de cuyos pinos corpulentos viven todavía, y parece que saludan a sus honrados vecinos los del Botánico. Allí condujo Monsalud a Solita.

-Al fin -dijo cuando entraron en el ancho patio-, me encuentro en un sitio donde podré   —242→   olvidar el ruido de los tiros de fusil y de los cañonazos. ¡Qué silencio! ¡Qué hermosos pinos! Allí hay un establo. Aquí veo dos ovejas atadas junto a la yerba... Vamos ¿también palomas?... ¡Qué precioso es este emparrado! ¡Y cómo está de uvas!... Por allí hay otra puerta y más arriba la noria. Pues no estará poco cansado ese pobre animal dando vueltas todo el día... Y no faltan melocotoneros; vaya, que tendrán mucha fruta... ¡Qué perro tan bonito!... ¿Sabes que de aquí se ve mucho cielo, pero muchísimo?... ¿Y eso que está delante es el Jardín Botánico? Buena finca.

De esta manera expresaba el placentero alivio de su alma, al verse trasportada a mansión tan encantadora; pero el recuerdo del pobre viejo, y el considerar lo mucho que a este hubiera gustado vivir allí, la arrojaban de nuevo en las negras honduras de su aflicción. Doña Fermina salió a recibirla, y el día pasó tranquilo aunque muy triste.

Salvador salió, deseando averiguar la suerte del perdido esposo futuro de su amiga; pero esto era cosa harto difícil todavía. Los ocultos en Madrid no saldrían fácilmente de sus madrigueras, y los dispersos estaban demasiado lejos. Se sabía, sí, que la caballería de Almansa y la Milicia habían cogido muchos prisioneros en   —243→   los alrededores de Madrid; que Palarea, persiguiéndoles con ochenta caballos, había echado el guante a trescientos cincuenta y seis; que Copons había hecho también buena presa y matado a algunos. En los días sucesivos se tuvo noticia de los detenidos en Húmera y en el Escorial, y de los que fueron a dar con sus fatigados cuerpos en Tarancón y Ocaña; pero ni entre los prisioneros ni entre los muertos se tuvo noticia de ningún Anatolio Gordón.

-Esta falta de noticias -dijo Monsalud a Soledad, algunos días después del 9-, me hace creer que vive. Debe de ser de los que están escondidos en los pueblos, o de los que han ido a unirse a las facciones del Norte.

-¿En ese caso no podrá volver a Madrid? -preguntó la huérfana con viveza.

-Sí, podrá volver dentro de poco. Aquí se perdona pronto, y todo se olvida. No te apures.

Soledad no demostraba en verdad grande apuro porque su primo volviese; pero interesada por la vida del excelente joven, dijo así:

-El pobrecillo es tan bueno, que Dios no le habrá dejado morir. Por Dios, hermano, no te descuides en averiguar si vive, y si en caso de vivir necesita algún socorro.

Continuando sus diligencias, Salvador fue   —244→   una mañana a la Casa-Panadería, donde su buen amigo D. Primitivo Cordero había formado, con no menos trabajo que fruición, listas de los guardias prisioneros y heridos que se iban recogiendo.

-¿D. Anatolio Gordón? -dijo el patriota mirando al techo-. Ese nombre no me es desconocido. Yo lo he oído, lo he oído estos días. Siéntese el amigo Monsalud, mientras hago memoria y registro estos apuntes... Pues no hay nada; sin duda confundo ese nombre con otros. ¿Era alférez?

-Alférez de guardias en el tercer batallón.

-Los del tercero están casi todos muy lejos de aquí. Veremos si mañana se sabe algo. ¿Qué le pareció, amiguito, nuestro famoso Te Deum en la Plaza? ¿Hase visto fiesta más solemne en lo que va de siglo?

-En verdad que estuvo magnífica... pero si me hiciera usted el favor de preguntar a los dos ayudantes de Palarea que están arriba... Ellos quizá sepan...

-¿El paradero de su amigo de usted?

-De Gordón.

-¡Oh! descuide usted, yo lo averiguaré. Esta tarde tengo que ir al Ayuntamiento, después al Ministerio de la Guerra. Quizás allí lo sepan.

  —245→  

-En el Ministerio de la Guerra no saben nada. La Milicia, que es quien ha hecho las visitas domiciliarias, lo sabrá seguramente.

-Ahora me informaré... pues mire usted, amigo Monsalud, pensamos celebrar otra fiesta mucho más solemne, mucho más grande, mucho más importante que el Te Deum de la Plaza Mayor. Se hablará de esa fiesta mientras haya lenguas en el mundo.

-¡Oh! sin duda será soberbia esa solemnidad. Pero...

-Figúrese usted... -añadió asiendo las solapas de la levita de su amigo-, que se trata de un banquete.

-¡Ah! ya... eso podrá ser magnífico, señor Cordero; pero no es nuevo.

-Un banquete en celebración del triunfo del pueblo sensato sobre el absolutismo. Ha de haber nueve mil cubiertos para otras tantas bocas. ¿Qué tal?

-Es un mediano número de bocas, mayormente si todas tienen buen apetito.

-Me han nombrado de la comisión -dijo Cordero echando hacia atrás el morrión en la redonda cabeza-, y he propuesto, después de estudiar detenidamente el asunto: 1.º, que el banquete no sea comida, sino almuerzo; 2.º, que se celebre en el espacioso Salón del Prado;   —246→   3.º, que se pongan dos mil ciento diez varas de mesa, porque yo he hecho mis cálculos y es imposible que los nueve mil cubiertos quepan en menos espacio. ¿No lo cree usted así?

-Si usted ha hecho los cálculos, ¿a qué me he de quebrar yo la cabeza?

-Dos mil ciento y diez varas de mesa que se construirán en trozos formando setecientas cincuenta mesas de a doce cubiertos; 4.º, que el almuerzo sea frugal, porque no nos reunimos para sacar el vientre de mal año, sino para fraternizar y hacer memoria de nuestro gran triunfo; 5.º, que cada convidado pagará treinta reales adelantados, cuyo recibo servirá de papeleta para...

-Si usted tuviera la bondad de informarse... -dijo Salvador con impaciencia interrumpiéndole-. ¡Es para mí tan urgente averiguar algo de ese joven!...

-¡Cosa sencillísima!... ¡Ah! ¡si pudiera yo entrar en la jefatura política, como en tiempo de San Martín!... Ya sabe usted que ha huido el pobre Sr. Tintín, porque los exaltados parece que trataban de asesinarle. Esta peste de patriotas matones perderán la libertad en España. ¿No cree usted lo mismo?... Pero si en la jefatura política no puedo hacer nada... Veremos los partes de las visitas domiciliarias.

  —247→  

-Es lo mejor.

-A ver -gritó D. Primitivo llamando a un ordenanza-. ¿Está el Sr. Calleja?

-¿Es el barbero de la carrera de San Jerónimo? -preguntó Salvador.

-El mismo... pero ahora recuerdo... ¡Qué cabeza la mía! Ya se ve; con tantas cosas en que pensar...

-¿Qué?

-Calleja ya no viene por aquí. El nuevo Ministerio le ha dado un puesto en Gobernación. ¿Le parece a usted bien cómo empieza el Ministerio exaltado? ¡Ah! Sr. San Miguel, Sr. San Miguel, usted acabará de perder el Sistema.

-Es una lástima que el Sr. Calleja... -dijo Monsalud contrariado-. ¿Conque está en Gobernación? Ahora sabremos quién es Calleja. Aquí no faltará quien me dé noticias.

-¿Por qué no sube usted? Se me figura que aún estará arriba mi tío.

-¿El Sr. D. Benigno? ¡Qué hallazgo! -dijo Monsalud con alegría corriendo a la escalera.

Sumamente disgustado de su conferencia con Cordero menor, buscaba a toda prisa quien con más diligencia y buena voluntad diese los informes apetecidos. Halló efectivamente en el piso alto a D. Benigno Cordero, medianamente   —248→   lleno de vendas y parches a causa de sus gloriosísimas heridas; pero siempre afable y sonriente, como hombre a quien no perturban achaques ni deterioros del miserable cuerpo. Despachaba con otros jefes de la Milicia asuntos propios de la Institución, y entre párrafo y párrafo sobre los asuntos del día, trazaba con segura y gallarda letra algunos renglones en papel de oficio.

-Bien venido, amigo mío -dijo dando la mano al visitante.

Salvador le preguntó con mucho interés por su salud, por el estado de sus heridas y verdadera importancia de cada una de ellas.

-Esto no es nada, caballero Monsalud -dijo D. Benigno poniéndose las gafas a la altura que les correspondía-. No merece la pena preguntar por ello. ¿Y usted? Ya, ya sé lo que le trae aquí. Ayer me lo dijeron: busca usted a un alférez de guardias que se ha evaporado.

-Efectivamente -repuso el joven, gozoso de ver que el señor comandante se adelantaba a sus investigaciones-, creo que si aquí no me dan noticias...

-Descuide usted... pero da la maldita casualidad de que el Gobierno ha pedido ayer todos los datos. Sin embargo, se conservan algunos apuntes de las visitas domiciliarias.

  —249→  

-Veámoslos, si le parece a usted.

-Por cierto -dijo D. Benigno-, que no comprendo este afán del Gobierno de meterse en todo. ¡Ah, señores exaltados, ahora queremos ver qué tal lo hacéis! Una cosa es gritar en los clubs o en las logias y otra cosa es gobernar en las poltronas.

-Tiene usted razón. De modo que...

-Vamos, dígame usted su parecer, ¿qué piensa usted de este Gobierno? -preguntó don Benigno arrellanándose en el sillón, y rascándose la oreja con la pluma.

-Yo no he tenido tiempo aún de pensar en el Ministerio. Será como todos, será bueno si le dejan gobernar. ¿No cree usted lo mismo?

-Y yo digo que esta es la ocasión de que veamos si se cumple lo prometido. Temo mucho que esos señores hagan alguna barbaridad, porque todos ellos son gente inexperta y ligera de cascos. Tenemos de ministro de Estado a un literato, y esto... francamente.

-¡San Miguel literato!

-¿No compuso la letra del himno de Riego?... Francamente desconfío de los literatos. Tenemos de ministro de la Guerra a López Baños, que ayer era capitán, y de ministro de Marina al célebre Capaz, que se dejó tomar los barcos con cargas de caballería. Tenemos   —250→   en Ultramar a un Sr. Vadillo, comerciante de ultramarinos en Cádiz, y de Hacienda a un tal Egea... Y yo pregunto, ¿quién es Egea?

-Eso mismo digo yo, ¿quién es Egea?

-Si al menos estos señores, a falta de grandes dotes, tuvieran templanza...

-Es claro, si tuvieran templanza... Pero no se olvide usted, mi querido D. Benigno, de averiguar...

-¡Ah! ¿ese joven alférez? Es muy fácil... Ya sabe usted que Su Majestad ha desterrado a toda la cuadrilla de palaciegos que le tenían engañado y seducido.

-Así parece; mas...

-El marqués de Castelar ha sido desterrado a Cartagena, el de Casa-Sarriá a Valencia, y los duques de Montemar y Castro-Terreño, no sé a dónde... Esos tienen la culpa de todo, esos, esos... cuatro o cinco aristócratas inflados, que beberían la sangre del pueblo si les dejaran. Pónganse en un puño a media docena de hombres pérfidos y verán cómo se arregla todo y echa raíces el Sistema por los siglos de los siglos.

-Seguramente... Si usted me lo permite...

-Porque Su Majestad -prosiguió Cordero encariñado con su idea como un niño con un   —251→   juguete-, no es malo. Yo creo que dijo de buena fe aquello de marchemos, y yo el primero; pero ya se ve... ¡hay tanto pillo, tanto servilón empedernido! Yo no sé por qué esos hombres no han de amar la libertad, una cosa tan clara, tan patente, tan obvia. ¡Ah! si todos fueran razonables, templados, tolerantes, esto sería una balsa de aceite, ¿no es verdad?

-Lo sería, sí, señor. ¡Qué lástima que no lo sea! Me retiro, Sr. D. Benigno, tengo mucho que hacer...

-¿Sin llevar las noticias que desea? Aguarde usted, por Dios -dijo D. Benigno deteniéndole-. Es cuestión de un momento. ¿Ese joven era alférez? ¿Fue de los que huyeron o de los que se escondieron en las embajadas y en las casas?

-Eso es lo que trato de averiguar.

-Muy bien. ¿Sabe usted si se batió bien? ¡Qué lástima de muchachos! Perderse por una causa tan mala. Dicen que Su Majestad les incitaba a degollarnos. Yo no lo creo. No hay quien me quite de la cabeza que Fernando no es malo, no, señor; que desea nuestro bien; que no es enemigo del Sistema... pero ya se ve, con la multitud de pillos que le rodean... Sé que ha lamentado los sucesos del día 7. Usted tendrá noticia de su famosa entrevista con el general Riego.

  —252→  

-¿De mi entrevista con el general Riego? -dijo Monsalud abrumado por la pesadez del señor comandante.

-Hombre no, de la entrevista de Su Majestad con el general D. Rafael del Riego.

-Algo he oído, sí; pero... si usted me hiciera el favor...

-Pues el mismo general me lo ha contado anoche. Es verdaderamente patético el caso. El Rey le llamó, y delante de todo el Cuerpo diplomático, le dio un abrazo apretadísimo, diciéndole que le apreciaba mucho.

-Por muchos años.

-Si llego a estar presente, de fijo se me saltan las lágrimas -añadió Cordero-. He aquí una reconciliación en que yo vengo pensando hace tiempo, sí señor, y si fuera sincera y durara mucho, ¿quién duda que los pérfidos serían aniquilados y confundidos? Su Majestad mismo se lo manifestó así al General: «En mi corazón, -le dijo- no tendrán ya entrada los consejos de hombres pérfidos». Sí es mi tema. Los pérfidos, los pérfidos tienen la culpa de todo. Tres o cuatro pillos, ambiciosos...

-¡Todo sea por Dios!

-Le digo a usted que el general Riego salió de Palacio entusiasmado, pero muy entusiasmado. Había que oírle. Su Majestad se le quejó   —253→   de los insultos, del trágala... Es natural. Siempre me ha parecido una vileza mortificar al Soberano con groserías. Riego piensa lo mismo. Ya sabe usted que ayer cuando formamos en la Plaza, el general nos arengó, después de haber regalado aquí mismo una medalla al Excelentísimo Ayuntamiento. Pues nos dijo muy bellas cosas, ¡vaya!... Nos dijo que deseaba no se cantase más el trágala, y que habiendo empeñado su palabra en nombre de todos, rogaba al pueblo que no la quebrantase por su parte. Ese, ese es el camino. También suplicó que no se le victorease más, porque su nombre se había convertido en grito de alarma.

-Buenas tardes -dijo Monsalud levantándose, resuelto a evitar con una retirada brusca el bombardeo de palabras del digno comandante de la Milicia.

-¡Tan pronto!... pero me parece que usted venía a saber algo... No recuerdo ya.

Salvador no pudo contener la risa y repitió las preguntas.

-Gordón, Gordón... -dijo D. Benigno acariciándose la boca-. ¡Ah!... ¿Por qué no me lo dijo usted antes?... Ya sé, ya sé dónde está ese joven. Dispense usted, amigo. Tiene uno la cabeza en tal estado...

-¿Vive? ¿En dónde está?

  —254→  

-Si no me engaño, anoche he oído hablar de ese joven a D. Patricio Sarmiento.

-Malo, malo.

-No, no se apure usted. Tengo entendido que fue Pujitos quien le encontró en cierta casa... Creo que en la calle de las Veneras. Parece que estaba herido.

-Gracias a Dios. Algo es algo. Corramos allá.

Sin esperar a más, y temiendo que un solo minuto de detención diera aliento a D. Benigno para engolfarse en nuevo piélago de comentarios y observaciones políticas, apretole la mano que tenía libre de vendajes y salió a toda prisa, decidido a poner entre su persona y los Cordero toda la distancia posible, siempre que tuviese que hacer averiguaciones en el vasto campo de la Milicia.




ArribaAbajo- XXV -

Cuando Salvador se presentó en su casa, después de las pesquisas que hemos descrito y de otras que siguieron a aquellas, iba triste. Sin duda llevaba malas noticias.

  —255→  

-No hay que perder la esperanza, querida Sola -dijo cariñosamente a su hermana-. Las noticias que hoy te traigo son muy buenas. Ya se sabe que no murió en la jornada del 7, que fue herido, aunque levemente; que después de dos días de estar escondido en sitio que se ignora, le cogieron los milicianos al querer entrar en la que fue tu casa. No se sabe más.

-¡Entonces está en Madrid! -manifestó Soledad con sorpresa y mirando con azoramiento a un lado y otro como si temiera ver entrar una visita desagradable.

-Ten calma y paciencia, que ya vendrá -dijo Monsalud observando el rostro de su hermana.

Después añadió, hablando consigo mismo:

-¡Qué propio está el uno para el otro! Será lástima que esta pareja se descabale.

A sus ojos, la huérfana que bajo su amparo exclusivo vivía ya, quizás para siempre, era una criatura de estimables prendas, buena como los ángeles; pero sin ninguno de aquellos encantos que fascinan y encadenan el alma de los hombres; un espíritu superior, pero sin aparente brillo; un entendimiento poco común, pero sin alto vuelo; una sensibilidad más delicada que fogosa y que antes parecía timidez que verdadera sensibilidad; una figura insignificante   —256→   y dulces facciones ante las cuales podía encender perdurables fuegos la amistad y la fraternidad, pero ni una sola chispa el amor. Tal la veía las pocas veces que acertaba a fijar en ella la voluble atención. Comúnmente no se cuidaba de la existencia de su protegida sino cuando la tenía delante, y si en otras partes de esta historia le vimos ocuparse tan solícita y noblemente de prestarle beneficios, fue porque el sentimiento de caridad era en él muy vivo, y en todas las ocasiones semejantes se manifestaba de la misma manera.

Sin embargo, en aquellos días de residencia en la posesión del Prado Viejo, verificose ligera mudanza en la conducta de Salvador Monsalud con respecto a su hermana adoptiva.

Viósele más expansivo, más locuaz y afectuoso, hasta un grado de vehemencia que la huérfana no había conocido en él sino tratándose de otras personas. Buscaba Salvador la compañía de Solita, lo cual no había hecho nunca, y sus salidas de la casa eran menos frecuentes, menos largas. Encargábale mil faenas domésticas, tonterías y nimiedades que cualquier otra persona podía hacer, pero que a él no le agradaban si no ponía la mano en ellas su intachable y casi perfecta hermana. Hacíale   —257→   preguntas muy prolijas sobre accidentes lejanos de su vida, de su niñez, sobre todas aquellas partes de sus desgracias de que él no había sido testigo. Una mañana estaban solos bajo la sombra de aquellos altos pinos, que en los días serenos bañaban en sol su ramaje negro, y en las tristes noches de viento se mecían murmurando. Salvador le habló de este modo:

-Sola, deseo que entre mi madre y tú traméis alguna intriga contra mí.

Ella le miró absorta, porque no comprendía nada de tan extravagantes palabras.

-Sí -prosiguió él-, una intriga contra mí para detenerme, para atarme, porque si no, es posible que haga un gran desatino.

-Pues qué, ¿vas a volar? -preguntó Sola cubriendo con una frase festiva la emoción que llenaba su alma.

-¡A volar! sí; has dicho la palabra propia. Hace días que trato de cortarme yo mismo las alas. ¡Qué tormento, Solita! Tú por fortuna no conoces esto... Anoche, durante las largas horas sin sueño, he estado pensando que mi madre y tú podríais salvarme.

-¿Cómo?

-Encerrándome. Atándome de pies y manos como a los locos.

  —258→  

-Yo no entiendo de esas cosas tan sutiles, si no me las explicas bien -dijo Sola, cuya palidez crecía por momentos.

-Es verdad. Tú eres demasiado buena para comprender esto. Tú no tienes más guía que tu deber. Tu voluntad no se aparta nunca de la ley moral; tú eres un ángel. ¿Qué dirías si me vieras arrastrado a cometer los mayores dislates, conociéndolos y sin poder evitarlos?

-Que eras un hombre débil y menguado. Pero por fortuna no es así.

-Por desgracia es así. Has acertado; me has calificado perfectamente.

-¿Y qué desatino vas a cometer? ¿Es un crimen?

-También puede serlo. ¡Qué desgraciado soy! Me he metido en un torbellino espantoso y no puedo salir de él. Si el hombre tuviera fuerzas para vencer la atracción poderosa que le arrastra de aquí para allí y le hace dar mil y mil vueltas, no sería hombre: sería Dios. Lo que no puede un astro que es tan grande, ¿lo ha de poder un miserable hombre?

-¿Pues no ha de poder? Un astro es un pedrusco y un hombre es un alma -dijo Sola con inspiración.

-Precisamente el alma es la que se pierde, porque es la que se fascina, la que se engaña,   —259→   la que sueña mil bellezas y superiores goces, la que aspira con sed insaciable a lo que no posee y a hacer posible la imposibilidad, y a querer estar donde no está, y a marchar siempre de esfera en esfera buscando horizontes.

-Pues adelante, sigue. ¿Quién te estorba?

-Nadie... pero yo quisiera que alguien me estorbase, quisiera hallarme en ese estado de esclavitud en que muchos están; tener una cadena al pie como los presidiarios. Puede ser que entonces viviera tranquilo y me curase de este mal de movimiento que ahora me consume. ¿No crees lo mismo?

-Entonces serías más desgraciado -dijo Solita mirando al suelo-, porque la esclavitud no es buena sino cuando es voluntaria.

-Es que yo quisiera que la mía fuese voluntaria. ¡Qué mal me explico! Ello es, amada hermana, que yo quiero y no quiero, deseo y temo, anhelo ir y anhelo quedarme... Es preciso que alguien me ayude. Un hombre abandonado a sí mismo y sin lazo alguno, es el mayor de los desdichados. Ni mi madre ni tú tenéis iniciativa contra mí; ella me deja hacer mi voluntad sin una queja, sin una protesta, y esto no es bueno. Yo quisiera que tú no la imitaras en esto, ¿entiendes? Te autorizo para que te ocupes de mí, para que seas impertinente   —260→   y me preguntes y me reprendas y averigües y seas una especie de dómine.

-¡Qué cosas tienes! -exclamó Sola riendo, a punto que una súbita y dulce llamarada, saliendo de lo más íntimo de su ser, se extendía por cuanto abarcaba la conciencia de ella misma, estremeciéndola toda, humedeciendo sus ojos y entorpeciendo su lengua-. Yo no sirvo para dómine tuyo, ni yo me puedo entrometer en lo que no me importa.

-Hazte la mosquita muerta -indicó Monsalud sonriendo y en voz baja-. Pues no dejas de ser preguntona.

-Es verdad -dijo Sola con viveza-. Pregunto lo que me interesa, lo que interesaba a mi pobre padre.

-Si él no me perdonó, tú has sido más humana y me has perdonado mi falta sin conocerla.

-Y después que la conozco te la perdono también, -dijo Sola a medias palabras a causa de su mucha emoción.

-¡La conoces tú! -exclamó vivamente Salvador poniéndose pálido.

-Sí. Al fin todo se sabe. Por lo visto la falta de buenos ángeles tutelares que sujeten y corten las alas no es sólo de ahora.

Monsalud se levantó bruscamente, y con   —261→   las manos a la espalda, el ceño fruncido, dio algunos paseos por la huerta, sin alejarse mucho y recorriendo una órbita bastante reducida alrededor de su hermana adoptiva. Esta no se movió ni le miró.

Un instante después el joven se detuvo ante ella, y con familiaridad muy natural le dijo:

-Estoy pensando que si tu primo no quiere parecer, que no parezca. Yo no pienso dar un solo paso más por encontrarle.

-Él se cuida poco de mí -dijo Sola-, cuando no me avisa lo que le pasa, ¿no es verdad?

-Seguramente. Ese joven se porta muy mal; pero muy mal.




ArribaAbajo- XXVI -

Salvador estuvo en la casa más tiempo que de ordinario, y al salir regresó más pronto que de costumbre. Mientras estuvo fuera Soledad le acompañó con la imaginación, sin apartarse un punto de su persona, siguiéndole como sigue la esperanza a la desdicha. El pensamiento de la pobre huérfana alzaba atrevidamente el vuelo y sus sentimientos, cual si   —262→   fueran sustancia material que se dilata, parecía que la llenaban toda con expansión maravillosa, y lo interior de su ser pugnaba por rebasar la estrecha superficie del mismo y echarse fuera. La emoción no la dejaba respirar. Por la tarde sintió necesidad imperiosa de estar sola, de salir de la habitación, que se le empequeñecía más cada vez, y bajó a la huerta. El estado de su alma se avenía a maravilla con la grandeza del cielo inmenso, infinito y la diafanidad del aire claro y libre que a todas partes se extiende. Fuera de la casa y sola se encontró mejor; pero no muy bien. Su alma quería más todavía. Vagó por la huerta largo rato, acompañada de un perrillo que se había hecho su amigo. La tarde era hermosa, y toda la vegetación sonreía.

De pronto Solita sintió pasos junto a la puerta de la tapia. Vio que aquella, con ser tan pesada, se abría ligeramente al impulso de vigorosa mano. Dio la joven algunos pasos hacia la puerta, esperando ver con los ojos del cuerpo a cierta persona; pero se quedó fría, yerta y como sin vida, cuando vio que entraba un hombre negro, mejor dicho, un hombre blanco, rubio, dorado como el marco de un espejo, y todo cubierto por venerables ropas negras, como las de los clérigos vestidos de seglares. Traía un brazo en cabestrillo,   —263→   formado con un pañuelo negro también.

Era Anatolio.

Acercose el joven guardia; pero Soledad no dio un solo paso hacia él, ¡tanto era su estupor! y no parecía sino que la había clavado en el suelo.

-Prima, señora prima -dijo el joven llevándose al luengo sombrero la mano útil-. Gracias a Dios que nos vemos...

-¡Pobre primo! -balbució Sola-, pero si yo creí... ¿Conque no te ha pasado nada? Pero tienes un brazo vendado.

-Lo del brazo es poca cosa -dijo Gordón-. Aquí en el costado derecho tengo lo peor; pero a Dios gracias no me enterrarán de esta.

-Y estás pálido... Pero, entremos en la casa. Aquí hace mucho calor.

Gordón la siguió y bien pronto prima y primo se sentaban en un mismo sofá. Viendo el semblante de uno y otro no se podía asegurar cuál de los dos estaba más herido.

Sola dijo algunas frases entrecortadas con la mayor turbación. Anatolio habló de esta manera:

-¡Conque ha fallecido mi digno tío!... ¡Dios mío, qué desgracia! Bien decía yo que no estaba bueno.

Sola rompió a llorar.

  —264→  

-Vamos, no te apures, mujer... Eso ya no tiene remedio. Si Dios quiso llevárselo, ¿qué vamos a hacer nosotros? No te aflijas, mujer. Es preciso tener paciencia.

-Mi pobre padre te adoraba -dijo Soledad-. Si le hubieras escrito mientras estuviste en el Pardo, tu carta le habría dado gran consuelo.

-Yo le mandé varios recados con algunos amigos; pero sin duda no se los dieron. El día 7, cuando nos batimos y fuimos derrotados, me escondí en una casa. Curáronme, y el 9 por la noche pude salir y fui a donde tú vivías. Dijéronme lo que había ocurrido. Pues no me ha costado poco trabajo averiguar dónde estás... Pero dime, ¿por qué no sigues en tu casa? ¿qué casa es esta?

De pronto Soledad no supo qué contestar.

-Esta casa es de un amigo -dijo al fin.

-Por cierto que no oí hablar a tu señor padre de ningún amigo que tuviese estas casas. Dime, el amigo que te ha traído aquí, ¿era también amigo de tu padre?

-No -repuso Soledad lacónicamente, resistiéndose a la mentira con todas las fuerzas de su alma.

-¿No era amigo de tu padre? -preguntó Anatolio con seriedad que sentaba mal a su   —265→   agraciado rostro- ¿Pues de quién lo era?... Querida prima, yo tengo que hablarte con franqueza. Yo he venido aquí informado de todo.

-¿De qué, primo?

-Tú dirás que soy un poco brusco porque no sé decir las cosas con maña y rodeos bonitos; pero Dios me ha hecho así, y no lo puedo remediar. Soledad, yo no me puedo casar contigo.

-Anatolio, como tú quieras -repuso la joven, considerando que no podía responder otra cosa.

-Yo he tenido fe en ti; yo te he creído una buena muchacha. Es posible que lo seas; pero yo dudo, y contra la duda ya sabes que no hay fuerzas que puedan luchar.

-Eso es verdad; ¿pero por qué dudas de mí?

-Porque me han dicho... ¡Jesús lo que me han dicho! Antes te informaré de que fui a parar a cierta casa donde vive un hombre honrado, maestro de obra prima, a quien llaman Pujitos, el cual si se ha batido fieramente en las calles contra nosotros, no por eso carece de sentimientos caritativos, y no sólo me ocultó en su casa, sino que me ha cuidado como si fuera un hermano... Pues bien, grande amigo de ese Sr. Pujitos es un tal Lucas Sarmiento, con quien yo anduve a palos cierta   —266→   noche. Después nos hemos reconciliado, porque el odiar al prójimo a nada conduce. He aquí que Sarmiento me refiere cosas muy raras de ti. Dice que a escondidas de tu padre tenías amistades con un guapo mozo llamado Salvador Monsalud, el cual ha sido tu protector y amparo durante la gran miseria que habéis padecido. Me dijeron que después de muerto tu padre, te trajo a esta casa que es la suya. Yo lo dudaba, lo dudo todavía, querida prima. Dime tú si es cierto.

-Ya lo ves -repuso Soledad serenamente-, esta es su casa.

-¿Y es cierto también que a escondidas de tu padre y sin que él sospechase nada, veías a ese hombre y recibías de él los auxilios que necesitabas?

-Cierto es, primo. ¿Cómo he de negarte lo que no tiene nada de malo?

-¡Nada de malo! -exclamó Gordón abriendo con espanto los ojos-. Sra. D.ª Solita, ¿por quién me toma usted? ¿Se burla usted de mí?

-No, querido primo, no me burlo. Es que si tú no puedes comprender lo que te he dicho, peor para ti.

-Un hombre, un buen mozo, un amiguito que protege a una muchacha a hurtadillas del padre de esta... Ya se ve, ¡cómo había de consentir mi tío semejante infamia!

  —267→  

-¡Primo, mira cómo hablas! No tienes derecho a calificarlo que no conoces -dijo Sola con entereza.

-Sea lo que quiera, prima; yo veo eso muy turbio, pero muy turbio. Por consiguiente...

-Tú podrás verlo turbio, muy turbio o como quieras; pero no formes juicios temerarios.

-Por consiguiente, repito, yo desde este momento retiro mi promesa.

-Eres muy dueño de hacerlo así.

-Ya ves que procedo con franqueza, que me porto decentemente contigo, viniendo aquí, hablándote, diciéndotelo con la mayor claridad.

-Era natural que lo hicieras así.

-Sin embargo, si tú me probaras de una manera evidente que no ha habido culpa en tu conducta...

-¿Y cómo he de probar eso? Mi única prueba es decirte: soy inocente. Si esta no te basta...

-No, no me basta; ¿qué quieres? Somos hombres, y como hombres dudamos, Sola. Para yo sostener mi promesa, es preciso que de un modo irrecusable, positivo, me convenza de tu inocencia.

-Es que yo -dijo Soledad con firmeza-,   —268→   aunque te convenzas de mi inocencia, no quiero ya casarme contigo...

-¿No? -exclamó Anatolio abriendo toda su boca-. Luego tú tramabas alguna traicioncilla contra mí, en vida de tu padre... ¿Pues no te conformaste...?

-Anatolio, yo te estimaba y te estimo mucho. No me pidas más explicaciones.

-Veo que estoy haciendo un papel desairadísimo -dijo el primo levantándose.

-Nada de eso... De cualquier manera que sea, espero que no me guardes rencor.

-Yo no soy rencoroso. Si algún día me necesitas... puede que me necesites... Pienso dejar el servicio y marcharme a Asturias. No más armas. Digo que si me necesitas... estaré siempre a tu disposición.

-Adiós, primo.

-Que lo pases bien.

Anatolio, en su tosca naturaleza, no podía disimular que estaba vivamente contrariado, y que sus sentimientos acababan de sufrir un golpe bastante rudo, conmoviéndose en lo que era capaz de conmoverse aquel humano castillo, que si no era de piedra, poco le faltaba.

Saludó con dignidad a su prima.

-Adiós, Anatolio -le dijo esta-. Sabes que te quiero bien.

  —269→  

Gordón repitió sus reverencias; pero no pudo añadir una palabra más. Hasta que le vio atravesar la puerta para salir, Solita no consideró cuán grande era la semejanza de su primo en aquel día con un joven sacerdote vestido de seglar.




ArribaAbajo- XXVII -

Salvador entró al anochecer. Soledad, incurriendo en un error, común a todos los que sufren vivas pasiones de ánimo, creyó hallar en su hermano una situación de espíritu semejante a la suya; pero su desengaño fue tan grande como triste cuando le vio taciturno y severo, esquivando la conversación y nada semejante al hombre franco y alegre de aquella misma mañana.

Después de cenar, la huérfana y él se encontraron solos. Hablaron breve rato de cosas indiferentes, y como ella al fin se aventurara a indicar de un modo delicado la extrañeza que le producía ver tan intranquilo al que algunas horas antes parecía sereno y feliz, Monsalud le dijo secamente:

  —270→  

-Mañana hablaremos de eso, Sola. Esta noche no puedo. Estoy en poder del demonio.

Y se retiró. La huérfana permaneció cavilando largo rato. Después sintió voces lejanas, y pasando de una habitación a otra, oyó hablar a la madre y al hijo; pero no pudo entender lo que decían, ni quiso intervenir indiscretamente en aquello que no parecía disputa ni altercado, sino más bien exhortación de la madre al hijo.

Retirose a su cuarto, y toda la noche estuvo sin dormir, dando vueltas en la imaginación a millares de ideas, de cálculos, de figuras, de discursos, que giraban con rápido torbellino alrededor de un hombre. Pudo tener por la mañana algunos instantes de descanso, y cuando se levantó, ya Salvador había salido. La explicación de lo ocurrido la noche anterior, diósela doña Fermina entre lágrimas y con los términos siguientes:

-No le puedo detener... ¡Se nos va!

-¡Se va! -exclamó Sola abrumada de pena.

-¿Quién es capaz de detenerle? ¡Pobre hijo mío! Es un caballo desbocado, un caballo salvaje.

-¿Y a dónde va?

-¿Pues crees tú que yo lo sé? Dice que volverá pronto.

-¿Va solo?

  —271→  

-Se me figura que no... Nada, es locura querer quitarle de la cabeza esta escapatoria tan parecida a las de D. Quijote. Sin embargo, a ver si tú le dices algo. Puede que de ti haga más caso que de mí... Entretanto ayúdame a arreglarle la ropa que ha de llevar.

-¿Todo esto?

-Sí... todo esto, hija mía, lo cual me prueba que no le tendremos de vuelta la semana que entra.

El montón de ropa era imponente. Soledad se aterró al verle, y pensó en la apartada América; mas no era posible que se tratase de un viaje tan largo.

-Si así fuera -pensó la infeliz-, entonces sí que no tendría perdón.

Más tarde regresó el joven a la casa, volvió a salir luego, volvió a entrar, recibió diferentes cartas y recados, de los cuales ninguna de las dos mujeres, con ser ambas medianamente curiosas, pudo enterarse. Pareció por último más tranquilo, y cuando se hallaba en su cuarto disponiendo algunos objetos que había mandado traer de la calle de Coloreros, entró Soledad casualmente.

-Hermana -le dijo-, ya sé por mi madre que ayer tarde estuvo aquí el guardia perdido. ¿Qué tal? ¿Estás contenta?

  —272→  

-Como antes -respondió Sola afectando indiferencia.

-¿Qué te ha dicho?

-Que retiraba su promesa, que no hay nada de lo dicho, en una palabra, que no quiere hacerme el honor de casarse conmigo...

-¿Y lo dices así, tan tranquila? -manifestó Salvador con asombro-. Pero mujer, ¿tú has considerado bien...?

-¿Y qué quieres, que llore por él?

-Naturalmente. Pero, ¿qué razón da ese bergante?

-Una que no deja de tener fuerza, para él, se entiende. ¿No ves que he tenido amigos que me han protegido durante mi pobreza? ¿No ves que a escondidas de mi padre, he visitado sola a jóvenes de mundo?

-¡Ah! -gritó Monsalud con viveza y enojo-. ¿Salimos con eso? Pues no faltaba más. Veo que te han calumniado.

Solita salió. Como volviese a entrar al poco rato en busca de una nueva pieza de ropa, Salvador prosiguió:

-Esto no puede quedar así. ¿Has dicho que ese menguado duda de ti? Pues no lo consentiré, no lo consentiré.

-Sí, porque acaso eres tú omnipotente.

-Omnipotente no... ¿De qué te ríes? Vaya   —273→   que estás de buen humor, cuando te acaba de pasar la gran desgracia de perder al que podías considerar como tu esposo.

-Estoy hecha a las desgracias.

-Pues yo... yo convenceré a tu primo -dijo Monsalud con furor-, yo le pediré cuenta de este desaire que te ha hecho, sin motivo, sin fundamento. ¿Pues qué, no hay más que decir... «rompo mi compromiso porque se me antoja»?

-Me parece que tú sigues en poder del demonio, como anoche -dijo Soledad en tono ligeramente festivo.

-Puede ser, puede ser -repuso él, aplacándose de improviso y cayendo en honda tristeza.

No hablaron más de aquel asunto, y él de ningún otro en lo restante del día, si se exceptúan estas palabras que sonaron en los oídos de la huérfana como campana de funeral:

-Que esté todo preparado para las diez de la noche.

El sol se puso, vino la noche, y las tres personas que van a cerrar esta historia se hallaban reunidas en el comedor de la casa.

-¿No tomas nada? -preguntó D.ª Fermina a su hijo.

  —274→  

-Nada -repuso este brevemente.

Paseaba de largo a largo, lentamente, echada la cabeza hacia adelante y las manos cruzadas atrás. Parecía ocupado en contar minuciosamente los ladrillos del piso. Las dos mujeres no hablaban nada, pero con sus alternados suspiros decían más que con cien lenguas.

Un reloj dio las nueve. Salvador se detuvo, y mirando a su madre, pronunció estas palabras:

-No, no puede ser.

-¿Qué? -preguntó la madre.

-Que me vaya.

-Si lo hicieras como lo dices...

-Si no fuera porque es preciso cumplir... -murmuró, y al instante volvió al febril paseo.

-¿Has dado una palabra, una promesa de muchacho casquivano? ¿Eso qué significa?

-No puede ser, no -repetía el joven.

-¿Qué? -preguntó la madre con ansia.

-Quedarme.

-Ahora es lo contrario. Si piensas una cosa, y al cabo de un instante otra... ¿Cómo nos entendemos?

-¡Desgraciado de mí! -exclamó el joven.

-¡Desgraciadas de nosotras! -dijo D.ª Fermina.

-¿Está mi baúl abajo?

  —275→  

-Está todo como lo has dispuesto.

En la huerta y junto a la verja que daba paso a la calle había una pequeña habitación al modo de portería. El viajero mandó poner en ella su equipaje para que estuviese a mano cuando llegara el mozo que le había de llevar a la posada de donde partiría.

-Es una locura -balbució Salvador.

Y colocándose entre las dos mujeres las miró alternativamente con profundo cariño.

-¿Te vas ya? -indicó la madre con los ojos llenos de lágrimas.

-Abrazadme las dos -dijo Salvador, extendiendo sus dos brazos.

Las dos le abrazaron llorando.

¿Te vas ya?

-No, me quedo. Abrazadme bien y no me dejéis salir.

-¿Qué estás diciendo?

-Que no quiero marcharme; mejor dicho, que quiero y no quiero. Echadme cadenas. Madre, Sola, cerrad las puertas, tratadme como a un miserable loco. No merezco otra cosa.

-Pues se te atará -dijo la madre hecha un mar de lágrimas-. Hijo de mi corazón, ¿por qué eres tan loco?

-Vaya usted a saberlo... ¿Por qué soy loco? Porque sí. Querida Sola, manda cerrar   —276→   todas las puertas; que no entre nadie, absolutamente nadie, que no llegue a mis oídos ninguna voz, que no reciba ningún recado. Si viene alguien, digan que me he muerto.

-Eso es, Solita, si viene alguien di que se ha muerto.

-¡Si pudiera morir fuera y vivir sólo en mi casa!... -murmuró el joven, dejándose caer en una silla-. ¡Qué fatigado estoy! No he viajado aún y me parece que estoy de vuelta.

-Has corrido con la imaginación.

-¿Pero es cierto, hijo mío, es cierto que te quedas? Dime la verdad.

-Me quedo, sí. Debo quedarme. ¿No es verdad, Sola, que debo quedarme?

La huérfana le miró sin pronunciar palabra.

-Tienes razón; es una locura.

Pasó largo rato. D.ª Fermina, que no acostumbraba velar más allá de las nueve, tranquilizándose por la resolución de su hijo, se durmió como un ángel.

Despertola Soledad para llevarla a su cama, porque la pobre señora parecía que se rompía el cuello con la inclinación de la soñolienta cabeza.

-¿En dónde está, en dónde está? -murmuró extendiendo las manos.

-Aquí, madre, aquí -dijo Salvador levantándola del sillón y sosteniéndola en sus brazos.

  —277→  

La anciana marchó hacia su alcoba, y poco después dormía profundamente.




Arriba- XXVIII -

Soledad volvió al comedor.

-¿Qué tienes que decir de mí? -le preguntó su hermano adoptivo.

-Contestaré mañana. Hasta ahora no puedo formar juicio -dijo Soledad sonriendo con tristeza.

-¡Dichoso el pájaro prisionero en la jaula! -afirmó Monsalud con vehemencia-. Ese sabe que no puede salir y está libre de los tormentos de la elección de camino.

-Ya he mandado cerrar todas las puertas -insinuó Soledad-. ¿Estás bien así, encerradito?

-Querida hermana -dijo Salvador con afán-, si me pudieras dar tu tranquilidad, tu serenidad, la paz de su espíritu, ¡cuán feliz sería yo!

-¿La paz de mi espíritu? -dijo Soledad con emoción-. Pues tómala.

-¿Cómo?

-Si yo quiero dártela y no la quieres.

-No digas que no la quiero.

  —278→  

-¿No me has dicho ayer que quieres que sea impertinente?

-Sí.

-Pues voy a serlo -dijo la huérfana sonriendo-. Empiezo por mezclarme en tus asuntos, aconsejándote...

-¡Muy bien!

-Más aún, mandando en ti.

-¡Excelente idea!

-Empiezo ahora.

-¿Qué debo hacer?

-Tratar de olvidar todo lo que has visto hoy.

-¡Olvidar! -exclamó Salvador con brío-. Eso no puede ser. ¿Cómo olvidar eso, Sola? ¡Imagina lo más hermoso, lo más seductor, lo mejor que ha hecho Dios, aunque lo haya hecho para perder al hombre!

-Entonces adiós.

-Pues adiós.

Uno y otro se levantaron.

-Márchate de la casa -dijo resueltamente Soledad.

-¿Te enojas...? Vamos, querida hermana, si quisiera huir, me quedaría, por no verte enfadada al volver.

-Es que no me verías más.

-¿De veras?

-No gusto tratar con locos.

  —279→  

-Pues yo siempre lo he sido. A buena hora lo conoces. Yo te prometo que seré razonable.

-¿Lo serás esta noche?

-Te lo prometo.

-¿No harás ninguna locura?

-Haré las menos que pueda. Prometer más, sería necedad.

-Pues adiós.

-¿Te vas?

-Es preciso descansar, hijito. Hoy nos has dado mucho que hacer con tu malhadado viaje.

-Pues adiós. Vengan esos cinco.

Estrecháronse la mano. Desde la puerta, al retirarse, Solita saludó a su amigo diciéndole cariñosamente:

-No será cosa de que me tenga que levantar a echar sermones. ¿Serás juicioso?

-Hasta donde pueda. Ya es bastante, hermanita.

-Me conformo por ahora. Adiós.

Retirose Soledad, pero no se acostó. Estaba inquieta y desconfiaba de las resoluciones de su hermano. Vigilante, con el oído atento a todo rumor y mirando a ratos por la ventana de su cuarto que daba a la huerta, pasó más de una hora. Sintió de improviso el ruido de un coche que se acercaba, y puso atención. El coche paró ante el portalón de la huerta.

  —280→  

Soledad sintió frío en el corazón y un desfallecimiento súbito de su valor moral; pero evocó las fuerzas de su espíritu y salió del cuarto muy quedamente. Cuando estuvo fuera y bajó muy despacio a la huerta, cuando puso los pies en ella, vio que Salvador (¡él era! ¡le reconoció a pesar de la profunda oscuridad de la noche!), avanzaba con rápido paso hacia la verja.

Solita se llenó de pena; quiso gritar; pero la voz de su dignidad le impidió hacerlo. No tenía derecho a ser sino testigo.

Vio que el hortelano avanzaba gruñendo hacia la verja, mandado por Salvador, que se abría la puerta verde, que en un instante sacaban el baúl y lo subían a lo más alto del coche.

Sin poder contenerse corrió hacia allá. Oyó una voz de mujer que decía:

-¿Qué es esto? ¿Te arrepientes?

Y la de Salvador que respondía:

-No... Vamos... En marcha.

El coche partió a escape, y Soledad gritó:

-¡Salvador, Salvador!

Pero esto no lo oyó más que Dios y ella misma, porque lo dijo con la lengua del alma, a punto que su cuerpo caía sin sentido sobre la arena del jardín.




 
 
FIN DEL 7 DE JULIO
 
 


Octubre-Noviembre de 1876