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A la vista de que gran parte de las obras «científicas» están basadas en fuentes sólo árabes y de que las traducciones o los tratados nuevos fueron elaborados por judíos de la confianza del rey, como el médico Yehudá ben Mošé o el astrónomo Ishāq ben Sīd, se supuso que Alfonso X habría tomado la revolucionaria decisión de emplear el romance influido por la aversión al latín como lengua litúrgica del cristianismo que debían experimentar sus colaboradores judíos (CASTRO 1954, seguido parcialmente por MÁRQUEZ VILLANUEVA 1992: 41-47). Esta idea debe descartarse por varias razones: primero, porque muchos de los textos de fuente árabe fueron traducidos luego al latín por mandato del propio Alfonso (véase la Tabla); en segundo lugar, porque la mayor parte de las producciones alfonsíes se elaboraron sobre el traslado de fuentes latinas, sin participación de colaboradores judíos.

 

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La Escala de Mahoma se conserva sólo en su traducción francesa y latina. Tanto esta traducción como las Vitae Patrum de Bernardo de Brihuega y las Cantigas, las tres de contenido religioso, tienen mucho que ver con el anhelo de proyección europea de Alfonso como príncipe cristiano, denominándole «Rois des Romeins» «Romanorum regis» (ASabio, Escala, 251), «dos Romãos Rey» (ASabio, Cantigas, I, 54) e «imperatorem electum extitit Romanorum» (DÍAZ Y DÍAZ 1962: 156) por su candidatura al imperio romano-germánico.

 

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Pero, aparte de otros prólogos semejantes de los Libros del saber de astrología, el deseo de vulgarización del saber se repite en otros muchos, como los del Lapidario (véase supra), el Libro complido o el Libro de las cruzes.

 

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En los prólogos de las obras legislativas se insiste en la difusión del conocimiento como procedimiento óptimo para asegurar el cumplimiento de las leyes. Así, en el Espéculo: «feziemos estas leys que son escriptas en este libro, que es espejo del derecho, por que se juzguen todos los de nuestros regnos e de nuestro señorío, el cual es lumbre a todos de saber e de entender las cosas que son pertenec[i]entes en todos los fechos para conocer el pro e el daño» (ASabio, Espéculo, 102); y en las Partidas: «Onde Nós [...] fiziemos estas leyes que son escriptas en este libro a servicio de Dios e a pro comunal de todos los de nuestro señorío por que coñoscan e entiendan ciertamientre el derecho e sepan obrar por él e guardarse de fazer yerro por que no cayan en pena» (ASabio, Primera partida, f. 1r). Del mismo modo, el conocimiento de la historia es la mejor manera de «endereçar el curso del mundo» y de situar «cada cosa en su orden»: «Mas porque los estudios de los fechos de los omnes se demudan en muchas guisas, fueron sobr'esto apercebudos los sabios ancianos e escrivieron los fechos tan bien de los locos cuemo de los sabios, e otrossí d'aquellos que fueron fieles en la ley de Dios e de los que no, e las leyes de los sanctuarios e las de los pueblos, e los derechos de las clerezías e los de los legos, e escrivieron otrossí las gestas de los príncipes, tan bien de los que fizieron mal cuemo de los que fizieron bien, por que los que después viniessen por los fechos de los buenos puñassen en fazer bien e por los de los malos que se castigassen de fazer mal. E por esto fue endereçado el curso del mundo de cada una cosa en su orden» (ASabio, Estoria de España, f. 2r).

 

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En el caso del Libro de astromagia se previene explícitamente al usuario potencial de la necesidad de conservarlo en secreto y de hacer un empleo responsable de la información (D'AGOSTINO 1992: 228-230).

 

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Son memorables las alabanzas que le dedica su médico, Yehudá ben Mošé, en los prólogos de aquellas obras que tradujo por su mandado. Véase, por ejemplo, el comienzo del Libro de las cruzes: «Assí el ombre en qui Dios quiso posar seso e entendemiento es más alto e más noble entre todos los homnes. Onde nostro señor el muy noble rey don Alfonso rey d'España, fijo del muy noble rey don Ferrando e de la muy noble reína dona Beatriz, en qui Dios puso seso e entendemiento e saber sobre todos los príncipes de su tiempo, leyendo por diversos libros de sabios, por alumbramiento que ovo de la gracia de Dios de quien vienen todos los bienes, siempre se esforçó de alumbrar e de abivar los saberes que eran perdidos al tiempo que Dios lo mandó regnar en la tierra» (ASabio, Cruzes, f. 2r). Pero, aparte de la loa quizá exagerada de un judío agradecido, el franciscano Juan Gil de Zamora, miembro de su corte, le reconoce los mismos méritos, aunque esta vez los saberes «vulgarizados» se inscriben plenamente en la tradición latina: «omnes fere scripturas triviales et quadriviales, canonicas et civiles, scripturas quoque theologicas seu divinas, transferri fecit in linguam maternam; ita ut omnes possent evidentissime intueri et intellegere quomodo illa, que sub lingue phaleris et figura tecta et secreta, etiam ipsis sapientibus, videbantur. More quoque Davitico etiam ad preconium Virginis gloriose multas et perpulchras composuit Cantinelas, sonis convenientibus et proportionibus musicis modulatas» (FITA 1884: §21, 321).

 

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Indudablemente son muchas las obras medievales que se conservan en varias versiones, pero no suele darse el caso de que las versiones se deban al mismo autor. Por ejemplo, el Espéculo se aprovecha para las Partidas, de las que hay al menos dos versiones. Una refundición de la Primera partida dio lugar al Setenario. La Estoria de España se reescribió hacia 1283 en una Versión crítica, y las traducciones de muchos de los textos científicos árabes fueron revisadas o reacopladas en proyectos posteriores más ambiciosos: los Libros del saber de astrologia, el Libro de las formas y las imágenes y el Libro de astromagia. Tampoco las Cantigas se libran de este deseo de perfección: sobre una primera versión de 100 cantigas, se concibió una segunda de 400, de la que conservamos dos redacciones para las últimas doscientas. Véase la Tabla.

 

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De todo lo expuesto se deduce que no puede sostenerse hoy la idea de dos períodos de actividad en los talleres alfonsíes, uno dedicado a las traducciones (1250-1259) y otro a la creación de obras más elaboradas y a la revisión de las traducciones de la primera etapa (1269-1284), con una interrupción intermedia de diez años, tal como fue expuesta por G. Menéndez Pidal (1951). La actividad productora de textos en la corte alfonsí es un proceso ininterrumpido desde la llegada del rey al trono y hasta su muerte, ya que las primeras versiones de las Partidas y las Cantigas, así como las Tablas alfonsíes, caen de pleno en la época de su supuesta inactividad. Es más, tras el estudio detallado de los textos «científicos» producidos en la primera época tampoco puede afirmarse que éstos sean simplemente traducciones, ya que se ha demostrado que en muchos de ellos hay una labor compilatoria manifiesta, por ejemplo, en la interpolación de pasajes (Picatrix, Libro de las cruzes) (SAMSÓ 1999).

 

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Aparte de esos textos, también se realizaron probablemente en su entorno la traducción del Tesoro de Brunetto Latini y el Libro del consejo e de los consejeros: sobre el reinado de Sancho IV, véase Gómez Redondo (1998) y sobre la escuela catedralicia de Toledo, Orduna (1996).

 

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Añado un asterisco (*) para marcar aquellos textos conservados (total o parcialmente) en testimonios originales del scriptorium alfonsí. Los códices que contienen textos prosísticos romances pueden leerse, en transcripción paleográfica, en Kasten / Nitti (1978 y 1997), salvo el del Fuero real. Esas transcripciones deben manejarse con precaución, ya que no están exentas de errores, por lo que es preferible la consulta de los textos a través de las ediciones críticas correspondientes.Tras la obra cito a los colaboradores mencionados en cada texto.

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