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- IX -

Ambarina a Inés


¿Es cierto lo que me sucede? ¿No sueño? ¿No equivoco locamente los desvaríos de mi corazón insensato con la realidad? Explicándote la situación excepcional en que me hallo quizá lograré definir lo que hay de verdadero y de ficticio en la crisis a que me han conducido los acontecimientos por una rápida pendiente superior a mi resistencia.

¿Recuerdas cuán contenta te escribí mi anterior carta? Los sencillos placeres de la naturaleza habían cicatrizado en mi pecho las heridas causadas por mi funesto signo. Resuelta a huir del templo de Himeneo como el profano del santuario que le está vedado, a no conocer nunca el inefable alborozo de la maternidad, sin encerrarme en el claustro había elegido a Dios por esposo y por hijos a los siervos que dependían de mí. Comenzaba a creer que podría alcanzar la dicha a mi manera, contribuyendo a la ventura de los demás, acompañada de las bendiciones de la gratitud, y me sonreía casi alegremente a orillas de mi querida laguna de la Esperanza.

Cuando mi alma rebelde suspiraba por los tiernos afectos de que carecía, cuando la gallarda imagen del hombre que me salvó de un arrebato criminal se aparecía ante los ojos de mi memoria, demasiado fiel, recurría a mi razón, analizaba los obstáculos que me impedían contraer los lazos conyugales y desvanecíase la halagüeña figura a fuer de vaporosa niebla en el horizonte de lo imposible.

Un día no obstante leí en el tronco de una de las flexibles cañas que sombrean mi pequeño lago artificial un rótulo que le daba el nombre de «Laguna encantada». Aunque imaginé que aquel letrero provendría de la indiferente mano de algún caminante deseoso de expresar las gratas emociones que le inspirara lugar tan delicioso, latíame el corazón con extraño apresuramiento. Luego, otra   -212-   mañana, mostrome el vasto charco sus orillas y los bancos de césped que las adornan esmaltados como por magia de gayadas flores de la estación de estío, que ayudaban a aguardar con paciencia el desarrollo de otras más peregrinas destinadas a lucir sus galas en el invierno. La misteriosa adivinación de la simpatía, o el eco constante de mis involuntarios pensamientos, me indicó que el genio invisible que así encantaba verdaderamente la laguna era el individuo a quien yo debía la deuda de mi existencia, y cuyo hermoso rostro sólo contemplaran mis ojos dos veces. Al sospecharlo58, asustada del peligro inminente que corría mi tranquilidad, varié las horas de mi paseo al cristalino estanque para evitar las consecuencias que tanto temía mi espíritu previsor. Pero cuando (penetrada de oculta tristeza) me juzgaba ya libre de las amorosas acechanzas de mi tenaz apasionado, leo de nuevo en el bambú de las inscripciones estas palabras, elocuentes por su propio expresivo laconismo:

¡Os amo siempre!

¡Pobre corazón mío! ¡Con que fuerza volviste entonces a palpitar! Debe ser él, dijiste con tu fiel perspicacia. Mas comprimido por mi voluntad inflexible callaste su secreto tan silencioso como la urna de bronce que guarda las cenizas de un difunto.

Suspendí del todo mis paseos a la laguna convencida de que sufrimos mucho menos contrariando al principio nuestras inclinaciones que luchando con ellas después. Una linda cotorra amarilla que aprecio infinito por su rareza y mansedumbre, acostumbrada a visitar conmigo diariamente el estanque, se extravió volando sola a él. Mariana y Francisco fueron a buscarla y no la encontraron. Yo entonces, recelando haberla perdido, me determiné a regresar una mañana al bosquecillo de los bambúes. Al eco de mi voz, que la llamaba, la caprichosa avecilla salió de la espesura y empezó a revolotear sobre mi cabeza, gritando:

-¡Octavio! ¡Pobre Octavio!

Desde luego adiviné que pronunciaba el nombre del desconocido. ¡Veleidosa! ¡Me había abandonado por él!

Pronto salí de dudas. Un hombre joven aún, y hermoso siempre, se presentó a mi vista interceptándome el camino. Era el original de la imagen que me preocupaba. Estaba sin embargo tan pálido que casi me costó tanto trabajo conocerle como dominar mi confusión. Octavio, pues así se llama, con el aire decidido de que se reviste el más tímido en los casos de suprema importancia me declaró que su mano había trazado en la corteza del bambú la expresión de sus   -213-   sentimientos, que me amaba con locura, y que el mundo le parecería un desierto si me negaba a acompañarle en él. La persuasión de sus palabras, la emoción retratada en su rostro, el fuego de sus miradas, donde brillaba la llama sombría de una pasión contenida largo tiempo, un alma que ansiaba unirse a la suya, el amor primero en fin que arrancaba con la energía de la virginidad moral sofocados suspiros de mi pecho, todo me inspiró tal temor de ceder al magnético hechizo que me arrastraba que para triunfar de mi debilidad lo rechacé con casi grosera aspereza. Irritado Octavio con mi ingratitud me recordó que debía la conservación de mi vida a su generosidad. Para no agradecerle tan gran favor fingí creer que pretendía obligarme a pagárselo con el don de mi mano informado de mi condición de rica heredera. Al oírme atribuir a una idea sórdida y miserable el culto novelesco que me había dedicado, la indignación de la honradez ofendida y de la calumniada sinceridad se pintó en sus nobles facciones. Lanzome una mirada que a su turno anunciaba casi el desprecio, me dejó libre el paso y se alejó sin prestar atención a las excusas que en mi arrepentimiento balbuceaba.

Avergonzada de mi conducta, habiendo reflexionado que sin valerse del insulto induce la mujer discreta a un pertinaz adorador a contentarse con su amistad, y deseando explicarme con Octavio, retorno al siguiente día a la laguna. Nadie interrumpió mi solitario paseo en bote. Un silencio de muerte me rodeaba. Ni los patos graznaban como otras veces al caer en el agua las migajas de pan que llevara mi cuidado para regalo suyo, ni los pececillos sacaban, para darme el saludo de bienvenida, sus cabezas fuera del fresco fluido, ni la cotorra amarilla charlaba con su habitual desenfado, ni tampoco las flores exhalaban las balsámicas emanaciones que la brisa veraniega se encarga de esparcir en el aire. Todo había cambiado en torno mío; o, más bien, lo que había mudado era la disposición de mi espíritu, que de repente se desprendiera de tan inocentes objetos. Absorbían mi memoria los detalles de mi entrevista de la víspera con Octavio: los analizaba mentalmente, gemía al pensar que el resentido joven no tardaría quizá en olvidarme y la convicción cruel que me asaltó el día que perdí a mi buen padre, de que me había condenado la suerte a vegetar aislada en el mundo, volvió a figurárseme la muerte en vida.

Proseguí frecuentando la laguna sin que nadie perturbara de nuevo mi quietud. Ya Octavio no seguía ni observaba mis pasos. Lo conocía yo en aquel profundo desaliento que me embargaba allí.

-Juzgándome una mujer egoísta, insensible e inculta se habrá curado de su infeliz amor, murmuraba a menudo, preocupada con la idea de la pasión que había rechazado. ¿Qué me importa? Puesto que mi infausta estrella me destina al celibato, debo alegrarme de que mi obstinado pretendiente haya desistido al fin de su persecución.

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Y sin embargo, lejos de regocijarme sentíame triste, humillada, desesperada otra vez. Para no atribuir la renovación de mis amarguras a melancolías de un amor naciente repetíame a mí propia que la mujer menos coqueta se ofende de que sus admiradores no posean suficiente perseverancia para continuar adorándola a despecho de su desvío. Pero esta reflexión especiosa no lograba tranquilizarme.

Hallábame, la otra tarde en la sala de mi casa, en grave coloquio respecto59 a las mortificaciones de la vida con el cura del cercano pueblo, a quien convido a comer con frecuencia, esperanzada de que el trato con el sacerdote cristiano me comunique las religiosas virtudes que no me enseñaron en mi niñez, cuando el mayoral de una vecina finca, llamada el «Paraíso», entró precipitadamente en la habitación reclamando para un moribundo su santo ministerio. Al momento el buen cura abandonó la taza de café y bizcochos que saboreaba mientras proseguíamos nuestra plática para preguntarle con interés:

-¿Quién es el enfermo?

-El Sr. Octavio, contestó aquel hombre, enjugándose los ojos. Según el médico acaba de decirnos, el arte humano no puede ya nada para la salvación de su cuerpo. ¡Ay señor cura! ¿Se acuerda Vd. de lo familiar y bondadoso que se mostraba con todos? Parece que fue ayer cuando se divertía tanto con la iluminación de los cocuyos, con la aparición nocturna de los cangrejos y con las rabietas del maestro de escuela, tan propenso a enfurecerse siempre que juega al ajedrez. Y no contento con haber sido padrino de mi matrimonio, el día de la boda bailó con la novia colmándola de regalos con la generosidad de un príncipe. ¡Dios se lo pague en el otro mundo ya que no se lo ha pagado en este!

-Yo sabía que Octavio estaba malo; pero no lo creía de tanta gravedad, replicó el ministro de la religión, preparándose a correr a prodigarle los auxilios espirituales. Por eso, detenido por otras ovejas de mi numeroso rebaño que al par me necesitaban, no acudí a su lado. ¡Desgraciado joven! ¿Y a qué enfermedad sucumbe?

-A la misma de que vino huyendo a nuestros campos, al vómito negro, señor cura, añadió Tomás con voz entrecortada. El imprudente ha abierto con sus propias manos su sepulcro. Figúrese Vd. que durante la fuerza del sol andaba todos los días una legua a pie o a caballo para ir a no sé qué bosque de cañas bravas donde hay cotorras amarillas, agua, peces, barcos y otra porción de cosas de que no se cansa de hablar en su delirio con insensato frenesí. Aunque como novicio todavía en el «Paraíso» ignoro donde están situados esos malditos bambúes que atraían como un sortilegio al pobre Sr. Octavio he jurado no parar hasta descubrirlos, arrancarlos de raíz y no dejar con vida a ninguno de   -215-   los animalejos que allí se albergan, pues el médico afirma que sin tantas y tantas insolaciones la fiebre amarilla no lo hubiera atacado con el furor que manifiesta ahora. ¡Qué dolor, señor cura, que dolor! Es un forastero, no se había aclimatado aún y su falta de precaución lo ha perdido. Desde que cayó malo Lola y yo no hemos cesado de llorar, ni de gemir.

Imagina, amiga, mi espanto al escuchar la relación de Tomás. Yo causaba la muerte del desventurado Octavio; por culpa mía al pisar la hospitalaria Cuba encontraba en ella prematura huesa. Cediendo pues al inmenso dolor que esta cruel idea me inspiraba, a las pocas horas de haber partido el cura y el mayoral entré en mi carruaje de camino y sin detenerme a reflexionar me trasladé al «Paraíso».

Habíame precedido el celoso sacerdote. Estaban abiertas las puertas de la casa de vivienda del cafetal indicado, y al penetrar en su recinto, atraída por confuso rumor de voces, me deslicé hasta el aposento de Octavio, donde había muchas personas arrodilladas. Al llegar yo se retiraba el señor cura, expresando en sus facciones profunda compasión. Entonces, olvidando en tan crítico instante la reserva de mi sexo, recobrando el espíritu resuelto e independiente de la Ambarina que habitó semejante a una cabra silvestre, la cabaña de la mulata Mariana, me dirigí al lecho del enfermo.

¡Qué espectáculo, Inés mía! ¡Ojalá que tus ojos jamás contemplen uno igual! Es tan doloroso ver morir a los que amamos. Yo ¡ay de mí! asistía a tan lúgubre escena por segunda vez. El cadáver de mi padre, grabado en mi memoria, nunca poseyó la horrible palidez que cubría el semblante de Octavio. Era un color fatídico y lívido como el de la cera virgen, el de la fiebre amarilla en fin. Las sábanas de su lecho estaban manchadas de sangre, pues no se habían escaseado las sanguijuelas ni sangrías. Curábalo el facultativo de la finca por el método antiguo, extenuando su cuerpo para debilitar la enfermedad. ¿Pero qué importa este o aquel sistema cuando la Parca reclama su víctima?

Me arrodillé60 junto a la desordenada cama sin atender a las miradas de sorpresa que me dirigían los que cuidaban al moribundo. Una desesperación terrible fermentaba en mi seno, haciéndome indiferente a las consideraciones sociales. Sólo me acordaba en aquel supremo momento de que Octavio perecía por haberme amado. ¡Dios mío!, balbuceaba convulsivamente. Quizá fue feliz antes de conocerme, antes que un sentimiento de noble piedad lo impulsara a sacarme de la líquida tumba que buscaba mi juventud sin ilusiones. Y yo, en recompensa del inestimable servicio que me evitó un crimen, lo he conducido a tan deplorable situación. ¡He llenado con mi injurioso lenguaje sus postreras horas de amargura!

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-¡Perdón, Octavio, perdón!, grité de improviso, olvidando que me observaban, y apoderándome de una de sus ardientes manos. ¡Perdón, no me maldigas!

El eco de mi voz sacó su espíritu de los fantásticos campos del delirio donde se extraviaba. Abrió los ojos, me miró con asombro y se incorporó al tratar de reunir los recuerdos que mi rostro le representaba.

-¡Ah, sí! ¡Ella es! ¡La cotorra amarilla!

Después, cayendo para atrás, resonando un sordo suspiro en su garganta, negra y espesa sangre corrió de su boca.

-¡La muerte!, añadió con un estertor angustioso. ¡Ambarina...! ¡Fatalidad...!

Y perdió el conocimiento.

-Ha nombrado a la cotorra amarilla, exclamó Tomás, acudiendo a su socorro. Hay brujería en todo esto. Es preciso que yo busque y mate a esa maldita ave.

Mientras tanto una agraciada joven, Lola, la esposa de Tomás, me preguntaba llorosa:

-Señora ¿qué se le ofrece a Vd. aquí?

-Permítame Vd. permanecer en esta habitación hasta que la suerte de ese desdichado se decida, respondí sollozando. Soy la dueña de la finca inmediata, una verdadera amiga de Octavio, una mujer muy infeliz. ¡Oh! Déjeme Vd. ayudarla a asistir a Octavio y la bendeciré penetrada de gratitud.

Tomás y Lola se consultaron en voz baja. Sospechando la clase de interés que me inspiraba el enfermo me contemplaron enseguida con expresión de lástima, diciéndome la última con la simpatía de la mujer que ha conocido las penas de amor hacia otra que también las experimenta:

-Señorita, esta Vd. en su casa.

Autorizada ya mi presencia allí, senteme a la cabecera de Octavio para observar con el corazón traspasado el espectáculo amarguísimo de la destrucción. A medida que trascurrían las horas, que caía la tarde, y que se adelantaba la noche, hacíase más terrorífica la palidez del paciente. ¡Ay! ¡Aquella noche, próxima ya, debía ser para él la eterna!

No puedo describir lo que sentí participando de la sombría vigilia del agonizante. No era el dolor de perder las risueñas ilusiones del bello sentimiento   -217-   que promete la dicha, era una inmensa lástima, un remordimiento acerbo, un deseo sin límites de rescatar a costa de mi vida aquella que iba a concluir tan repentinamente.

Privada de una fe bastante fervorosa para conformarme sin murmurar con los supremos decretos, demasiado pequeña para elevarme al cielo, depositando en él mis esperanzas, yacía en mi asiento muda, inmóvil, anonadada. Creía asistir de nuevo a la agonía de mi padre, volvía a medir con mis juveniles ojos el sepulcro, y como atraída por su fúnebre tranquilidad nacía en mi alma afligida afán prematuro de dormir en él para siempre.

Ínterin yo sucumbía en silencio bajo el exceso de mi pena Tomás, que no había renunciado todavía a la esperanza de salvar al enfermo, lo movía suavemente para inducirle a tomar una benéfica droga. Al contacto de su cariñosa mano abrió Octavio otra vez los pesados párpados, fijó en él tristemente sus vidriadas pupilas y balbuceó con lentitud:

-No, déjame rezar.

¡Déjame rezar! He aquí la postrera exclamación del moribundo más endurecido. He aquí la última idea del náufrago que en las congojas de su fin trata de asirse a las riberas de la salvación. ¡Gran Dios! ¿Son pues tan impotentes tus misterios que nadie ve sin estremecimiento acercarse la hora de penetrarlos, que pecadores e inocentes diremos todos al borde de la tumba: «Quiero orar»?

Cuando desapareció completamente el sol en el horizonte y la luz artificial alumbró la alcoba de Octavio pareciome que reinaba en ella una atmósfera mortífera. El médico no obstante notó algún alivio en el paciente y declaró que si no tornaba a arrojar sangre quizá se lograra salvarle la existencia.

¡Con qué ansiedad nos dedicamos entonces a velarlo! El cura y el maestro de escuela de la vecina población, el mayoral de la finca y su joven esposa, yo y el mismo facultativo, acostumbrado ya a semejantes escenas, nos hallábamos pendientes de su menor suspiro. Un sueño bastante sosegado reparaba sus fuerzas y aunque el color de su cutis rivalizaba con la lividez de los cadáveres, aunque a ratos se le escapaban todavía vagos acentos de delirio, el tiempo proseguía su marcha sin que tuviera efecto una desfavorable crisis.

-¡Las doce!, dijo al cabo después de largas horas de insoportable inquietud el médico amigo. Si llega tan tranquilo al nuevo día se ha salvado Octavio.

-¡Buen Dios! Escuchad nuestros ruegos y realizad nuestras esperanzas, murmuré, postrándome junto al lecho.

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-¡Amén!, añadió Lola, persignándose devotamente.

De improviso Octavio se agitó gimiendo, se incorporó con una violencia extraordinaria en su estado de debilidad y exclamó, dilatando sus empañadas órbitas:

-Aire... Me ahogo... ¡Oh! ¡Qué fatigas! ¡Son las de la muerte!

Y de sus labios volvió a brotar negra, fétida, corrompida, la sangre de sus venas.

Todos prorrumpimos en un grito de espanto que comprendió demasiado al enfermo. Al despedirse de la vida recobró la lucidez de su razón.

-Amigos, no hay remedio, murmuró resignado. Voy a emprender el viaje que todos, más temprano o más tarde, hemos de hacer. ¿Qué importan en verdad algunos días de anticipación? No lloréis pues, dadme la mano, recomendadme a Dios y decidme con la conformidad del cristiano y del filósofo: «Hasta la vista».

-Octavio, exclamé entonces, separando las cortinas del lecho que me ocultaban a sus ojos. Yo he contribuido aunque involuntariamente a los males de Vd., yo he pagado a Vd. con agrios insultos la deuda sagrada del reconocimiento. ¡Perdóneme Vd. por Dios para que pueda yo perdonarme a mí misma!

-¡Ambarina!, dijo él con una viveza que en instante tan imponente me probó su intensa ternura.

-He acudido al lado de Vd. apenas he sabido el riesgo que su vida corría, añadí, sofocada por las lágrimas. Sea Vd. pues conmigo clemente y generoso.

-Sólo con una condición, repuso el desgraciado reanimándose. Usted me acusó de miras interesadas al pretender su afecto y aspiro a dejar vindicada mi memoria de tan injusta sospecha. Ahora por lo tanto que voy a morir, ahora que ya no puedo codiciar los bienes del mundo que abandono, ahora que ya no es posible que me domine ningún deseo egoísta, querida Ambarina, objeto hermoso de mi constante adoración, ídolo de mis tristes suspiros, concédeme la mano preciosa que me rehusaste. Muriendo esposo tuyo moriré conforme.

-Señor cura, dispóngalo Vd. todo para casarnos in articulo mortis, dije al venerable sacerdote, que nos escuchaba conmovido.

Enseguida salí del aposento a fin de prepararme para la melancólica ceremonia que sin deshojar en mi frente los virginales azahares de la corona nupcial debía envolverme en los negros velos de la viudez.

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¿A qué narrarte las opuestas emociones que atormentaban mi corazón? ¿Lo lograría tampoco aunque me propusiera pintártelas? Lo único que recuerdo al escribirte, más serena ya, es que una extraña mezcla de espanto, de ternura, de piedad y de dolorosa sorpresa me impedía definirlas con exactitud. Que Octavio viviera o muriera iba a sellar mi infortunio. Simpáticos lazos unían ya mi alma a la suya y eterna aflicción me aguardaba, bien me condenara el destino a llorar sobre su sepulcro, o bien un milagro, prolongando sus días, me impusiera el suplicio de vivir temiendo perder su amor.

A la luz del alba entré en la alcoba de mi desposado sencillamente vestida de blanco, y tan descolorida y trémula como la neófita al pronunciar los votos que la separan de lo que más ha amado en la tierra para postrarla penitente al pie de los altares. Tomás y Lola habían encontrado entre los papeles de mi espirante novio su fe de viudo, pues acababa de revelar que había sido casado. Junto al lecho de agonía habían colocado una mesa sobre la cual se levantaba un crucifijo bendito que Lola rodeó de flores para quitar a mi boda con Octavio su aspecto lúgubre. La solícita mano de aquella agradecida mujer había comunicado al triste aposento un aire de fiesta gracias a las cortinas de muselina que suspendió de las ventanas, al orden que en él estableció y a la blanca colgadura salpicada de lazos azules con que adornó la cama del pobre enfermo. Durante algunos minutos singular sensación de esperanza y de miedo aceleró los latidos de mi pecho agitado. ¡Ay! La tímida mirada que dirigí a Octavio destruyó mi ilusión antes que naciera. El infeliz había vuelto a arrojar sangre, convulsiones espasmódicas recorrían61 sus miembros y su lívido rostro se desprendía tan desfigurado como si ya descansara en el ataúd sobre los bordados almohadones que le proporcionara la buena Lola.

Un momento después, ya el ministro del Altísimo había unido nuestras manos, que iba la Parca a separar para siempre. Ya me era permitido sin violar el decoro prodigar al mísero joven todos los cuidados de una tierna compasión. Hubiera creído soñar si los dedos de Octavio no estrecharan débilmente los míos, si su apagada voz no se complaciera en llamarme con la delicia intensa y pura que sólo causan las emociones del alma: «Amada esposa62».

Dejeme caer como aturdida en un asiento próximo a su cabecera e inclinando mi frente hacia la suya murmuré, elevando a Dios una sincera plegaria:

-Muramos juntos.

¡Ojalá hubiera el cielo realizado mi voto!

La detonación de un arma de fuego indujo a Octavio a levantar su pesada cabeza. Yo permanecí inmóvil, como aquel que ya desprendido enteramente del mundo no se asusta ante sus cataclismos.

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Tomás entró en la alcoba trayendo un ave muerta. Era la cotorra amarilla.

-He destruido el sortilegio: la he matado al fin, exclamó ufano. La maldita se había posado frente a la casa repitiendo con diabólica tenacidad: ¡Octavio! ¡Pobre Octavio! Al oírla confirmar con su fingida conmiseración el aciago destino de nuestro enfermo cogí mi escopeta, apunté a la funesta parlanchina y no erré el tiro. Desvanecido de este modo el hechizo el Sr. Octavio no morirá.

-¡Que Dios te escuche! Ahora deseo la vida, murmuró el joven, volviendo hacia mí sus empañados ojos.

Apenas pude sonreírle. ¡Ay! Al aspecto del inocente pájaro, víctima de la grosera superstición de Tomás, parecíame que yo también sucumbiría bajo los golpes de alguna preocupación errada e injusta. Fingiendo sin embargo participar de las ideas del mayoral, díjele que habiendo nacido el sortilegio en la laguna encantada, cuyas señas le di, debía arrojar a ella el cuerpo del ave. Inmediatamente partió el buen hombre a cumplirlo ínterin yo balbuceaba con tristeza:

-¡Que se confundan los restos de la pobrecilla con los lugares que tanto amo! Así creeré luego verla resucitar en las amarillas azucenas, y en las doradas moyas, que regaré con mis lágrimas a orillas del solitario estanque.

Pero contra lo que todos temíamos, Octavio triunfó de su terrible dolencia. Detúvose la disolución de la sangre milagrosamente, calmose la fiebre poco a poco, desapareció el siniestro color de su cutis, y al cabo de quince días de nuestro extraordinario enlace se paseaba apoyado en mi brazo por las espesas calles de árboles del «Paraíso», que lo era efectivamente para mí al contemplar la rápida mejoría de mi esposo, a que tanto contribuyeran mis cariñosas atenciones, mi tierna solicitud, mis infatigables desvelos. Trascurrieron otras dos semanas y trasladados ya al «Antilla» nuestra luna de miel alumbró la convalecencia de mi amado en el precioso retiro donde me refugiara huyendo de la desdicha. Dirigiendo a menudo nuestros pasos hacia la laguna, invertimos horas enteras en dulcísimas pláticas sentados en los bancos de césped, o reclinados en la barquilla, me refiere Octavio los tormentos que padeció cuando víctima de una pasión sin esperanzas me espiaba diariamente tras las flexibles cañas indianas. ¡Ah! La música de su acento jamás cansa mi oído, ni mi alma. Toda la vehemencia del amor primero, tanto tiempo sofocada en mi apasionada naturaleza tropical, se despierta en mí al eco de su voz persuasiva. En la languidez de su reciente enfermedad encuentra nuevos motivos para aficionarse a él mi índole, más ansiosa de proteger con maternal abnegación, de sacrificarse por sus afecciones que de recibir homenajes. Vago pues, como un genio benéfico en torno de mi amigo, adivinando sus deseos, previniendo sus necesidades y hasta ahorrándole el trabajo de pensar. Tanto le amo, Inés, que a veces recorriendo en su compañía   -221-   los cubanos campos, tan hermosos, tan fecundos, tan risueños siempre, sintiendo su mano en mi mano y su corazón cerca de mi corazón, he estado a punto de exclamar:

-Soy feliz.

Pero no he llegado, Inés, a decirlo, pues la idea aterradora que, según te indiqué antes, apenas me permitía pedir a Dios que mi Octavio viviera ha marchitado en capullo las flores de mi alegría. Ella me inspira perpetuo temor de perder algún día las simpatías de mi esposo.

Al ocurrírseme esta aciaga zozobra miro a Octavio con una especie de espanto, y recordando los lazos que he contraído a pesar de mi juramento, le hablo con tanta tristeza del restablecimiento de su salud que nublándose su frente contesta con expresión de reproche:

-Ambarina ¿pesará acaso mi vida como penoso fardo sobre la tuya? ¿Te arrepientes de la generosidad con que otorgaste al moribundo la mano que negabas al hombre prendado de tu mérito, viendo que aquél resucita para convertirse en éste? ¡Entonces no debieras haberme sacado del sepulcro!

Al escuchar sus sentidas quejas, rebélase mi impetuosa juventud contra mi implacable destino y, reclinando mi lánguida cabeza en su hombro, repito con acentos que lo persuaden:

-¡Te amo, esposo mío, para siempre! Jura por tu parte amarme también hasta tu postrer suspiro cualquiera cosa que suceda.

Su ternura llena de espontaneidad se apresura a responder a la mía satisfactoriamente. Pero Octavio al relatarme con honrada franqueza la historia de su vida pasada, al decirme que es viudo, me ha confesado que vino a La Habana huyendo de una pérfida joven a quien le unirían ya los lazos conyugales si no hubiera descubierto a tiempo su falsía, y aunque el amor más bello sea el último no me atrevo a creer que este último amor lo sea el mío para un hombre que conoce ya el poder del olvido. ¡Oh amargas dudas! ¡Oh crueles recelos de un incierto porvenir! ¡No consuméis el martirio de un corazón que sufre ya demasiado con sus secretas angustias!

En fin, Inés, me hallo casada, y si camino hacia un abismo, la fuerte muralla que a mi espalda se ha levantado me impide retroceder. Lejos por lo tanto de fatigarte con inútiles lamentos quiero hablarte de asuntos positivos. Reservaré para Dios sólo la funesta elegía de mis siniestros presagios.

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Aunque a Octavio le agrada el campo, se opone con razón a que63 nos retiremos completamente de la sociedad: con razón digo en lo que a él concierne, pues respecto a mí únicamente pido al mundo olvido y silencio. Ha determinado que pasemos seis del año en la ciudad y otros seis en el ingenio. Para arreglar desde luego nuestro plan de vida nos trasladaremos pronto a mi casa de La Habana, que te agradeceré mandes asear y ventilar, querida Inés. Necesitamos también un individuo de honradez notoria que, encargándose de la administración de nuestras fincas, evite a Octavio un trabajo que podría perjudicarle en el estado actual de salud, la cual piensa acabar de restablecer emprendiendo más tarde un viaje a Europa, proyecto que armoniza con mis deseos. ¡Ah! Si gracias a la distancia lograra persuadirme a mí propia de que me había separado para siempre de mis aciagos temores entonces ¡oh bella Cuba! ¡oh amada patria! me resignaría a dirigirte un eterno adiós. Ya pensaremos en el particular.

Mientras tanto si conoces un hombre digno de nuestra confianza que consienta en hacerse cargo de la referida administración de mis haciendas de campo envíamelo inmediatamente. Antes que nos marchemos del «Antilla», pretendo que vea, para que lo imite, el método benévolo y dulce de que me valgo para gobernar a mis siervos. Líbreme Dios de que en mi apacible Edén resuene el chasquido del látigo de la servidumbre. Aunque haya en torno mío cadenas opóngome a que se sienta su peso.

Abre mi carta con cuidado a fin de que no se vuele el beso que en ella encierra para ti. -Ambarina.



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Inés a Ambarina


Con gran sorpresa64 he leído, amiga mía, la epístola singular que acabas de remitirme. ¿Cómo? Después de tan tenaz determinación de huir de Himeneo como de tu desgracia, de repetirme, envolviéndote en un misterio que he respetado a pesar de la natural curiosidad femenil, que te condenaba el destino a vegetar en triste aislamiento, ¿te has casado?... ¿Debo darte el pésame, o la enhorabuena por tu repentina boda? Las novelescas circunstancias que te han unido a un hombre que apenas conoces ¿te guiarán por medio de la casualidad a la dicha doméstica, o al arrepentimiento futuro? ¡Ah! Esperemos que a la primera, porque la justicia divina te debe la indemnización de tus tempranos infortunios.

Yo al par he tenido bodas en mi familia. Mi padre no obstante sus sesenta inviernos ha dado su mano a Leocadia, la mujer que desde antes de haber alcanzado sobre mi autoridad alguna me hizo derramar lágrimas, trocando la indulgencia con que me trataba el autor de mis días en tiránico despotismo. No necesito decirte que la joven mundana y frívola sólo ha consentido en aceptar tan anciano esposo por satisfacer su afición al lujo y la vanidad. Mi padre en consecuencia, abandonándose al ridículo delirio que excita el amor en los viejos, incurre por complacerla en locuras y gastos muy superiores aun a su pingüe fortuna, que con tamaña prodigalidad no tardará en convertirse en inopia. Tres o cuatro carruajes, magníficos muebles, deslumbrantes joyas, trajes espléndidos y palco en el teatro, todo le parece poco para comprar una sonrisa de Leocadia. Ufana con su absoluto dominio, mi madrastra (¡ay! bien merece tal nombre) se ha apresurado a trastornar completamente nuestra morada, nuestras costumbres, nuestro orden habitual y hasta nuestras horas de ocupación y de reposo. A la tranquilidad doméstica ha sucedido aturdidor estruendo, a la paz, la disipación y a la modesta sencillez de una vida retirada, el aparato presuntuoso de una casa a la moda. Leocadia ansía indemnizarse sin dilación de haber permanecido veinticinco   -224-   años sumida en la oscuridad y el olvido. Su orgullo, como una serpiente largo tiempo aletargada, ha despertado impaciente de desplegar su malicia, y mi desgraciado padre recibirá muy presto el castigo de su extravagante matrimonio.

Es mi madrastra una mujer peligrosa, una astuta sirena que guiará con facilidad a su mísero consorte a un precipicio. Para sufragar el costo de sus opíparos banquetes, ostentosos bailes y grandes cenas, el pobre anciano ha vendido ya un lindo cafetal que según en menos aciaga época, me repetía destinaba para mi dote. Leocadia además le induce a desprenderse de cuantos bienes raíces posee en la isla bajo pretexto de que convendrá a la salud de ambos ir a establecerse en Europa, pero en realidad para apoderarse de nuestra hacienda apenas se halle convertida en metálico. En su risueña frente ha leído mi perspicaz mirada un pensamiento codicioso y profundo. Su sed de placeres no extingue la ambición que la devora. Se casó por interés y se ha propuesto no haberse sacrificado en vano. Y cierta estoy de que el aciago día en que mi padre fallezca me dirá con hipócrita tristeza:

-Todo lo hemos gastado: nuestras comodidades han desparecido con el hombre que nos las proporcionaba. Llamemos pues a Dios a nuestro socorro.

Ella ahora invoca el auxilio de Satanás para que la ayude en sus inicuos planes. Hechizado mi padre con sus pérfidas caricias, no sospecha el ruin móvil que la impele a prodigárselas, o aunque lo sospechara cerraría los ojos para no percibirlo. Yo pretendí abrírselos una vez y a despecho de las delicadas precauciones de que me valí para conseguirlo, apenas conoció que mi voz acusaba a su compañera, en lugar de agradecer mi sana intención me colmó de improperios entre los cuales eran los más dulces los dictados de avara, envidiosa, calumniadora... ¡Ay Ambarina! Llegó para mí igualmente el triste turno de exclamar: soy muy desgraciada. Pero no creas que dimanan mis actuales angustias de temores egoístas respecto a mi propia conveniencia. Aún quedan cosas peores que confiarte y comprenderás entonces cómo a pesar de mi fe en Dios, de la sincera humildad con que deposito mis lágrimas al pie de sus altares, siento a veces fermentar en mi pecho emociones rencorosas y acerbas.

Antes de unirse a su anciano consorte amaba Leocadia a un joven que no la amaba lo bastante para perdonarle su pobreza y conducirla al ara nupcial. Ese adorador calculista, que contuvo su afecto ínterin receló comprometerse hasta el punto de encontrarse reducido a casarse con una doncella sin dote, viéndola ya esposa de otro ha concebido la delincuente esperanza de renovar sus mutuas relaciones a la sombra de un marido débil y entorpecido por la edad. Yo he sorprendido sus culpables miradas de inteligencia, he oído sus significativas palabras   -225-   y hasta he contemplado sus manos enlazadas cuando seguros de la impunidad se creían; yo abrigo la certidumbre de que hay un individuo en la tierra que no tardará en envilecer a mi padre y, sin embargo, no puedo hablar, ni impedir el mal que preveo. ¿Sabes, Ambarina, quién es el ruin mortal que así mina a traición la honra de una familia hasta ahora sin mancha alguna? El que un día solicitó tu mano y nunca obtuvo tu corazón... Bernardo Arribas.

A despecho de la falaz dulzura de que ese cauteloso mancebo se reviste siempre, he participado de la antipatía que le profesas. Informada de que apenas rompió contigo y comenzó a visitar a Leocadia asiduamente, desdeñando los obsequios que mi padre le tributaba, admirome que cuando el último hubo triunfado en su mutua rivalidad (porque Bernardo65 consintió en ceder el triunfo) buscara con empeño el trato de su victorioso competidor. Envanecido mi desdichado padre con su supuesta conquista, que atribuía al amor que a Leocadia había inspirado, y no a la malicia del hombre depravado que determinara abusar de su confianza, le invitó a venir a presenciar el espectáculo de su soñada felicidad doméstica. Aprovechose de su ceguedad Bernardo para introducirse en nuestro domicilio y captarse sagazmente la amistad del objeto de su secreta mofa. A fin de aumentar el espesor de la venda que le impedía descubrir la verdad, fingió dirigirme sus homenajes, estar pendiente de mi menor palabra, y estudiarme con la atención del ser reflexivo que desea conocer a fondo a su futura compañera. Todo esto sucedía mientras el anciano se hallaba presente; pero apenas volvía la espalda o se adormecía en su asiento, aproximándose Bernardo a mi madrastra entablaba con ella sus acostumbrados coloquios sin importarle que yo los observara. Semejante conducta, tan insolente como pérfida, me llenaba de una indignación que contenía, comprendiendo que mi padre no prestaría crédito a mis declaraciones contra los culpables. Mas si vedado me estaba revelar su infamia, podía en compensación manifestar a Bernardo el desprecio que me causaba su duplicidad, contestando a sus públicos obsequios con desdenes igualmente públicos. La zorra, aunque descubierta, no se desanimó. Envolviéndose en la piel de la oveja ha acudido a mi padre quejándose de mi caprichosa enemistad y de mi vituperable ingratitud. El anciano, Ambarina, se ha irritado entonces contra tu pobre Inés, pesaroso de que pierda por sus majaderías, según dice, un ventajoso enlace. Me riñe, me amenaza y concluye recurriendo a las caricias para convencerme de que me porto mal.

Al sentir en mi frente sus respetables ósculos desgárrase mi corazón; las lágrimas bañan mis mejillas y arrojándome al cuello del padre infeliz que, a despecho de sus debilidades, me ama todavía a su manera, lo abrazo convulsivamente para correr enseguida a exhalar mi dolor al pie de una imagen de Cristo, que me envía, sino el consuelo, a los menos la conformidad. Más tranquila después   -226-   retorno a la sala resuelta a arrastrar mi cruz sin lamentarme, a imitar la paciencia del que murió por redimirnos, y a valerme de dulces advertencias para desviar a Leocadia del vergonzoso sendero por donde transita. Sin que logre arredrarme la inutilidad de mis esfuerzos, sin que me induzcan a retroceder los sarcasmos de la mujer extraviada, he dirigido a menudo la conversación al terreno de la religión y la moralidad, recordándole que la vida temporal dura un instante y que en el Cielo recibiremos la recompensa o castigo de nuestro comportamiento aquí abajo. Pero cuando la juzgo atenta a mi discurso Leocadia me interrumpe diciendo: «Mucho tarda hoy Bernardo», o designando a mi padre, que al entrar en la habitación la saluda con una sonrisa, exclama, soltando una carcajada: «Lorenzo es la vera efigie de un viejo sátiro»; o dejándome de repente, según una frase vulgar, con la palabra en la boca murmura bostezando: «Tus sermones me fastidian como los de toda beata. Si llego a padecer insomnios66 recurriré a ti para adormecerme». ¡Oh Ambarina! Y la misma que así habla asiste a misa los días festivos con puntualidad, creyéndose penetrada de devoción porque sus labios pronuncian en el templo oraciones que su alma egoísta no venera. Aunque pensamientos adúlteros turben su mente bajo el velo que lleva a la sagrada ceremonia ¿qué importa? Cumple con las exterioridades del rito divino y se figura que el Omnipotente no le pedirá además verdaderas virtudes. Por desgracia, infinitas personas entienden la religión del propio modo que Leocadia.

Decidida a no alterar la paz del ocaso de la existencia de mi padre, me había propuesto al fin callarle las criminales relaciones de Bernardo con mi madrastra. Ofreciendo a Dios la vergüenza, la humillación y sobre todo el dolor profundo que mi corazón experimentaba ante el espectáculo de la deshonra del autor de mis días me limitaba a protestar contra él, rechazando inflexible las arteras tentativas de Bernardo para captarse mi benevolencia. Pero últimamente, Ambarina, la mina estalló a mi pesar y su explosión67, como era de esperarse, me eligió por única víctima.

Me encontraba sentada en el sofá del salón entre Leocadia y Bernardo, que ocupaban dos sillones situados uno frente al otro en el estrado. Abiertas las numerosas ventanas de la vasta pieza, daban libre entrada al ambiente de una serena noche de la zona tórrida, que después de una cálida tarde de estío reanimaba las aletargadas potencias de los habitantes de la tierra del sol. Desde nuestros asientos distinguíamos el oscuro azul del firmamento, salpicado de estrellas con inmortal magnificencia. Sentíase el corazón dispuesto a amar en aquel instante, cediendo a la influencia apasionada de una naturaleza que parecía prometer a la criatura más desdichada la felicidad, y el mío, que se ha refugiado desde que perdí a mi madre en el seno del Supremo Hacedor, que conociendo su constancia   -227-   ha huido asustado de los pasajeros amores terrestres para elegir un esposo divino que nunca lo abandonará, como si hubiera adquirido alas, se elevaba henchido de emoción inefable hacia el éter purísimo que ocultaba el albergue de sus espirituales esperanzas. Melancólica y abstraída, dejaba vagar mis ideas lejos del polvo del mundo cuando un ruido repentino me atrajo a él de nuevo. Aparto los ojos de la celeste bóveda, coronada de astros y veo a Bernardo, que se había apresurado a recoger el abanico que se le cayera a mi madrastra, besar su mano al devolvérselo con una audacia que era un insulto para mí, testigo inocente de los indignos deliquios de entrambos.

Miserables, o más bien infelices. Ínterin los esplendores de aquella noche poética y augusta me inspiraban pensamientos de piedad, admiración y virtud su majestuosa hermosura atizaba el fuego de la impura pasión que los dominaba. Mucho sufrí, obligada con el rubor en la frente a sofocar el grito reprobador que quería escaparse de mis labios. Pero me había impuesto la tarea de velar por la reputación de mi padre y fingiendo que nada había percibido, en lugar de provocar un inútil escándalo, permanecí en mi puesto inmóvil y silenciosa como fiel centinela decidido a morir antes que descuidar su vigilancia.

Hubo un momento, sin embargo, en que mi perspicacia se adormeció bajo la astucia de mis antagonistas. Bernardo había conducido la conversación diestramente a mi predilecto terreno, el de la religión. Discurrió con bastante criterio respecto a las obras de los escritores de la Iglesia, desde San Agustín y Santa Teresa hasta Fenelon y Bossuet, y ocupándose enseguida de la superioridad del dogma católico sobre todas las sectas que se han formado desde que el cisma se introdujo en su seno, hizo justicia al genio de Balmes, que a la edad en que otros comienzan a levantar el pedestal de su nombradía dejó ya cimentado el de la suya.

-Inés tiene casualmente uno de los monumentos de la fama del gran teólogo español, «El catolicismo comparado con el protestantismo», exclamó Leocadia con una sencillez aparente que ofuscó mi penetración. Traenos ese precioso libro, querida y lee en voz alta algunos capítulos.

Alegre como en niño a quien engañan con una golosina, corrí a buscar la obra de que se trataba. Al regresar, hojeándola en silencio para encontrar los mejores pasajes, entré en la sala pausadamente y distinguí a Bernardo sentado junto a mi madrastra en la actitud del amante correspondido que ha acechado con impaciencia la oportunidad de hablar a solas con el objeto de sus ansias. A pesar de la prisa con que se separaron al rumor de mis pisadas vi lo bastante para que poseída de justa indignación cambiara de propósito y determinara inducir a mi padre a sorprenderlos en el enajenamiento de sus ilegítimos desahogos.

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Haciendo por lo tanto un inmenso esfuerzo sobre mí misma, proseguí caminando hacia ellos con los ojos fijos en las páginas del libre que me pidieran. Engañados a su vez se miraron uno a otro como diciéndose mutuamente: «Nadie ha visto» y se prepararon a escuchar la grave lectura con la complacencia del que habiéndose salvado de inminente peligro se halla dispuesto a las concesiones más fastidiosas.

Pero yo, que ya en mi asiento continuaba aún hojeando la obra en cuestión, exclamé de repente:

-Me he equivocado. Los más interesantes capítulos están en el segundo tomo.

Y me levanté de nuevo como para ir a buscarlo.

-Sí, ve, Inés; confiamos en la buena elección de tu talento, respondió Leocadia presurosa.

Salí pues con juguetona ligereza del salón para ponerme a observar detrás de la puerta principal.

-¡Dios mío! ¡Qué infames son! murmuré al ver a Leocadia aprovecharse de mi ausencia para pasar el brazo en torno del cuello de su amante.

Entonces volando al aposento del autor de mis días, exclamé con una vehemencia que hacía temblar mi voz:

-Padre mío, venga usted: sígame y conocerá quién es la mujer que me ha mandado usted respetar como a una segunda madre. Venga usted y se convencerá por sí propio de que la corrupción y la perfidia bajo la forma de Bernardo y de Leocadia se han unido para cubrir de oprobio esas canas venerables. ¡Ah, padre de mi alma! Cuando usted me reñía porque mi firme voluntad rechazaba los falaces obsequios de ese hombre depravado, ignoraba que además de la aversión justísima que me causa me separaba de él la certidumbre de que visita nuestro domicilio por mi madrastra, y no por mí, para destruir el honor de usted, y no para servirle de apoyo como un tierno hijo. Pronto, pronto, y los sorprenderá usted en brazos del crimen.

-Semejante acusación merece un gran castigo si se reduce a una calumnia, replicó el anciano, tan pálido que me arrepentí de haberle arrancado de los ojos la venda que le alucinaba. ¡Corramos a saberlo!

Trastornado mi padre por los celos, en lugar de dirigirse a la entrada principal del salón atravesó los interiores aposentos y se ocultó tras la puerta que   -229-   sirve de comunicación a éstos con aquél. Bernardo en efecto permanecía sentado junto a mi madrastra, mas en tan respetuosa actitud que casi comencé a dudar de lo que yo misma contemplara minutos antes. Hablaban de materias permitidas y para colmo de mi asombro Leocadia expresaba con acentos de sinceridad su cariño a su esposo, asegurando que nunca se arrepentiría de haber enlazado su juventud a tan noble y generosa vejez. Un espejo fronterizo le había revelado nuestra asechanza.

-Las únicas nubes que suelen oscurecer mi horizonte doméstico provienen de mi entenada, que se ha empeñado en considerarme ruin madrastra en lugar de la hermana afectuosa que para ella deseo ser, exclamó suspirando la falsa criatura. Pero por amor a Lorenzo, a mi respetable y mejor amigo, le perdono de corazón los muchos disgustos que su malicia me suscita.

Juguete de aquel pérfido lenguaje, mi padre me empujó con violencia en la sala y dominado ¡ay! por la cólera que los esclavos de una pasión experimentan hacia los que pretenden arrebatarles de su postreras ilusiones, me arrastró a los pies de Leocadia, gritando con terrible voz:

-¡Pídele perdón, malvada! ¡Pídele perdón!

-¿De qué se trata?, preguntó mi madrastra fingiendo sorpresa.

-¡Oh! No puedo decírtelo, ángel mío, gloria y consuelo del invierno de mi existencia, replicó en anciano, estrechándola en sus brazos. Pero desde hoy te juro que serás mi solo afecto y mi exclusivo apoyo. Ya no tengo hija, pues no reconozco por tal a la serpiente que devorada por envidiosos rencor se propone sembrar la discordia bajo el techo que la alberga. Que se vaya a donde quiera, que busque un asilo a su antojo. Yo le pagaré una pensión: yo le cederé la mitad de mis bienes si así lo exige68. A lo que me opongo es a continuar abrigándola en mi seno, a exponer de nuevo mi oído a sus silbidos viles y engañadores.

Renuncio a pintarte mis sufrimientos al caer así sobre mi cabeza el paterno anatema. Olvidándolo todo, menos que mi padre padecía por mi causa, menos que mi conducta había exaltado su enojo, murmuré siempre arrodillada:

-¡Perdón, perdón!

-No. Tu malignidad suscitaría al cabo nuevas disensiones entre Leocadia y yo, consiguiendo quizá apartar su alma de la mía. Y antes que tal cosa suceda prefiero mil veces morir. Trasládate pues a casa de alguna amiga que consienta en recibirte por una pensión moderada, a la de esa Ambarina, verbi gracia, con quien mantienes constante correspondencia. Pronto estoy a entregarte la herencia de tu madre como me dejes en paz.

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No convenía semejante arreglo a Leocadia, la cual apenas mi padre lo propuso empezó a interceder a mi favor. Revistiéndose de un aire de hipócrita generosidad que me hubiera hecho aceptar la idea del anciano, si el filial deber no me ordenara permanecer a su lado para defenderlo69, a pesar suyo, de los disgustos que le aguardan, dijo temiendo como la hiena insaciable70 que se le escapara parte de los despojos de su víctima:

-Basta, Lorenzo. Cualquiera falta que esa muchacha haya cometido yo la tomo bajo mi amparo a fuer de madre tierna e indulgente. Si me amas, esposo mío, imita mi clemencia, y que no vuelva a hablarse del particular. Enjuga, Inés, ese llanto, besa la mano a tu padre y retírate a tu dormitorio donde plegue a Dios que las reflexiones de la noche corrijan de tal manera tu corazón que mañana al saludarme me digas con acento sincero: «En adelante te amaré en lugar de aborrecerte, Leocadia, no sólo para que mi padre me restituya su cariño sino también porque desde que te conozco mejor he aprendido a apreciarte».

-¡Criatura angelical! ¡Se necesita ser un monstruo para mirarte con ojos enemigos!, exclamó el ciego anciano, cubriendo de apasionados ósculos su frente impostora.

-Pero como nuestra hija es únicamente una pobre joven extraviada llegará a contemplarme con amigos ojos, repuso Leocadia, atrayéndome hacia su seno lleno de duplicidad.

-¡Gran Dios! ¡Salvad a mi padre!, murmuré, saliendo de la sala espantada con los abismos de hipocresía que encerraba el pecho depravado de aquella mujer.

Desde tan cruel escena Leocadia reina en la casa como soberana absoluta. Por mandato suyo nuestros bienes raíces se venden apresuradamente, y como la humilde sumisión, con que trato de recobrar las caricias del autor de mi existencia, me impide oponerme a que las haciendas que pertenecieron a mi madre se reduzcan también a metálico, pronto no poseeré en el mundo otro seguro abrigo que el del cementerio. Recelando Leocadia que mis amigos me induzcan a resistir a la arbitrariedad con que bajo especiosos pretextos me despoja de mi legítimo patrimonio, abre mi correspondencia71 y lee hasta la menor esquela. Te lo advierto, Ambarina, para que me escribas con reserva o secretamente, pues tu última carta corrió la suerte de todas las que ahora me vienen dirigidas, proporcionándote, según temo, un disgusto a juzgar por la repugnancia que manifiestas en entablar la menor relación con Bernardo Arribas.

Me la entregaron justamente cuando se hallaba presente mi madrastra, la cual velando bajo un aire de chanza su tenaz espionaje se apoderó de ella diciendo:

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-Quiero servir de intérprete a tu amiga Ambarina leyéndote en alta voz su epístola confidencial.

Lo efectuó sin que acobardada por mis cadenas domésticas me atreviera a clamar contra su despotismo, y después de mil comentarios respecto a los misteriosos motivos que te impelieran a renunciar al matrimonio, de otros tantos gestos burlescos destinados a satirizar lo que llama tu romanticismo, y de fruncir el ceño enojada siempre que aludías a tu repulsión por Bernardo, al llegar al párrafo en que unida ya a Octavio me recomendabas te buscara mi amistad un individuo capaz de administrar con inteligencia tus bienes exclamó cavilosa:

-Bernardo sería a propósito para ese cargo, que le vendría perfectamente ahora que acaba de arruinarse en una imprudente especulación.

No creas sin embargo, Ambarina, que provenga de frustrados negocios como Leocadia pretende dar a entender, el atraso que ha experimentado Bernardo en sus intereses. Un vicio fatal ha devorado y devorará cuanto oro caiga en sus garras feroces: el del juego. Esa propia detestable pasión, todavía más odiosa en la mujer que en el hombre, se ha apoderado de mi madrastra, a la cual he visto a menudo pasar horas y horas sentada ante la mesa de tresillo con las cartas en las manos, trémulas de ansiedad, y los tormentos del demonio de la codicia pintados en el desencajado semblante. Aunque en escaso número la mujer jugadora existe en la grande Antilla, particularmente en las altas clases de la capital y Leocadia, apenas se ha encontrado en situación de dar rienda suelta a sus malas inclinaciones, ha descubierto los defectos que las trabas de la pobreza la obligaron a sofocar durante su primera juventud.

Avergonzada muchas noches de contemplar bajo la techumbre paterna, antes tan ejemplar y apacible, a la avaricia de lívido rostro, simbolizada por mi madrastra y su amante, presidiendo el verde tapete donde depositan el contenido de su bolsillo los mismos a quienes se atreven ambos a llamar amigos a pesar de su deseo de despejarlos, me he refugiado temprano en mi lecho fingiendo repentina indisposición para evitar tan repugnante espectáculo. Leocadia además mientras juega fuma como un veterano acostumbrado al olor de la pólvora, peor aún que el del tabaco. El sueño me ha sorprendido en mi solitaria alcoba, las visiones de Morfeo me han visitado, y cuando mis párpados han tornado a abrirse, heridos por los fulgores del alba naciente, he escuchado todavía en próxima pieza el ruido del oro, de las acaloradas voces y de la orgía nocturna. Mi padre por supuesto ha reconvenido tímidamente a su esposa por lo perjudicial de tan funesta inclinación.

-¡Bah! Apenas perdemos o ganamos una bagatela, de la cual nos valemos para comunicar atractivo al juego, responde Leocadia, acariciándolo como una   -232-   zalamera gata. Es mejor, viejo mío, que me divierta con las cartas que no como otras jóvenes casadas con hombres de tu edad. ¡Eh! ¿Me entiendes, intolerante censor?

Observación tan edificante y delicada ha convencido al anciano, que no ha vuelto a chistar respecto a la materia. ¡Ay! El amor, ciego siempre ¿cómo podrá dejar de serlo en el ocaso de la vida, cuando los ojos de la inteligencia se han cansado tanto como los físicos?

Desde luego adivinarás que lo que Leocadia califica de bagatela para comunicar al juego algún aliciente forma sumas capaces de constituir la fortuna de una familia. A fuer de los gladiadores antiguos, que comenzaban con casi majestuosa calma la lucha y la terminaban destrozándose mutuamente frenéticos de cólera, así mi madrastra, Bernardo y los capitalistas que vienen a jugar con ellos empiezan interesando la partida moderadamente72, para enseguida arriesgar cantidades que inspiran terrible desesperación al desgraciado que las pierde, diabólico regocijo al ambicioso que las gana y siniestras agitaciones a cuantos participan del criminal proyecto de enriquecerse arruinando a otro. ¡Oh, Ambarina, Ambarina! No acuses a la Providencia porque permite que la adúltera y el seductor prosigan impávidos e impunes al parecer su vil carrera en el mundo. Su inevitable justicia ha dado ya principio con las locas pasiones que los dominan al castigo de los culpables, que más tarde lo recibirán completo de uno u otro modo. Bernardo y Leocadia pierden casi siempre en el entretenimiento inmoral a que tan encarnizadamente se entregan. Trastornados por la sed del oro, anhelando saquear el bolsillo de sus antagonistas, dejan el suyo en el campo de batalla. Mi madrastra, que primero jugaba en compañía de su amante, ha roto su convenio con él asustada con su mala suerte. La mesa de tresillo es el único terreno en que no armonizan.

Otra de las inclinaciones indomables de Leocadia es el amor al lujo, a la ostentación, a cuanto halague la vanidad. Las rentas de mi padre no sólo desaparecen sobre el verde tapete; se consumen también, como ya te he dicho, en costosos carruajes, trajes espléndidos y deslumbradora pedrería. Nada iguala al deleite que expresa el semblante de la frívola mujer, acostumbrada a pasar desapercibida entre la oscura plebe, al recorrer los días festivos reclinada en lujoso quitrín arrastrado por briosa pareja de caballos de alto precio la Alameda de Isabel II o el paseo de Tacón, luciendo las sedas más brillantes y los encajes más ricos en su traje de última moda, y reflejando en el aderezo de ópalos, zafiros o rubíes que centellean en su garganta y brazos descubiertos los rayos del pendiente sol. Su orgullosa mirada da las gracias a cuantos admiran su magnificencia. Después, si acude por la noche al Gran Teatro, si sentada en ese vasto   -233-   y elegantísimo local, que ha obtenido con razón el dictado de uno de los primeros del universo en su clase, muestra a través del calado de los palcos, como en medio de dorada red de filigrana, su fausto y los adocenados atractivos que su amor propio juzga acreedores a ofuscar la fama de Cleopatra, es de ver como echa la cabeza hacia atrás, cual si dijera a los circunstantes: «Miradme, que lo merezco. No hay aquí ninguna que pueda comparárseme». Pero para que el gozo de la vana criatura sea cabal necesita que algún rendido galán se le coloque al lado, se encargue de obsequiarla constantemente durante la representación y le ofrezca el brazo a la salida del coliseo, ínterin su esposo camina detrás llevando el abrigo de su dueña y señora a guisa de un lacayo de cabellos blancos. Leocadia imagina que toda dama casada para estar a la moda debe tener un marido rico, muchos adoradores y una coquetería que los consiente a todos sin nada concederles. Sin embargo, ella altera esta postrera cláusula a favor de Bernardo, y a excepción de mi padre La Habana entera murmura de su comportamiento, que no tardará en desacreditarla en la opinión pública.

¡Ay! Al llegar aquí el corazón se me ha oprimido, conociendo que la descripción que de Leocadia te hago se asemeja a la de la enemistad. ¿Se habrá acaso deslizado en mi alma, que he creído pura, la hiel del aborrecimiento? ¿Me habrá impelido la convicción de los males que mi padre ha de sufrir por esa mujer a exagerar sus faltas? ¡No! Grandes son realmente, puesto que abriga su pecho sentimientos ilegítimos, y su cabeza la idea de usurpar los ajenos bienes. Mas correspóndeme en verdad callar sus defectos en lugar de revelarlos, ocultar a todo el mundo los secretos de su perfidia en vez de descubrirlos, y al hallarme a tamaña distancia de ese generoso comportamiento conozco que únicamente el Crucificado, cuya sublime abnegación venera el hombre sin conseguir imitarla, pudo mirar con piadosa lástima a sus verdugos, exclamar lejos de acusarlos al levantar los moribundos ojos hacia su padre celestial: «¡Perdónalos, Señor! ¡No saben73 lo que se hacen!»

Perdonadme por lo tanto a mi turno, Dios de infinita misericordia, si refiero a una amiga, casi a una hermana, las interioridades domésticas que desconceptúan a la esposa de mi padre. Nadie, Señor, excepto Ambarina, recibirá mis confidencias penosas. Para todos los demás enmudecen mis labios y mi pluma respecto a los desaciertos de Leocadia, llegando mi propósito de conservar ilesa a los ojos de la sociedad, la honra del que me ha dado el ser hasta el punto de inducirme al fin a aceptar en público los obsequios del odioso Bernardo Arribas para destruir las sospechas que se han concebido de mi madrastra. Así no extrañará la malicia de los curiosos que ese traidor visite diariamente nuestro domicilio: así merced a mi prudencia, las imprudencias de Leocadia no la han hecho rechazar todavía del seno de las personas honradas y escrupulosas.

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Aunque ni un ápice se ha debilitado el justo horror que me inspira el engaño conyugal de que es víctima el pobre anciano, a quien después de Dios amo sobre todas las cosas, desde la terrible noche en que pretendí inútilmente descorrer el velo de su confianza, cambiando de pensamiento ha tratado de aumentar su espesor. Hoy, Ambarina, vigilo las culpables relaciones de Bernardo y Leocadia no para gritar al desprevenido consorte: «Míralos: te venden!» sino para evitarle el aciago espectáculo que atravesaría su pecho con un dardo mortífero. Desde la noche, repito, en que tuvo lugar la espantosa discusión en la cual mi padre prefirió patentemente su esposa a su hija, un afecto nuevo y dudoso a otro antiguo y seguro, comprendí que la certidumbre de la ingratitud de Leocadia sería para él peor que la muerte o el martirio. He tomado pues mi partido y ya que me prohíben las circunstancias impedir el mal, quiero a lo menos estorbar sus consecuencias deplorables. ¡Ah! El anciano ignora la prueba de inmensa ternura que le doy interponiéndome entre su mirada, que al cabo distinguiría la siniestra verdad, y la mujer que tantas lágrimas me ha arrancado, para que no vea su infamia. ¡Ojalá, amado padre mío, que lo ignores siempre!

He aquí, Ambarina, como al concluirse tus desgracias las mías empiezan. Tampoco empero me hallo tranquila respecto a tu destino. Hay en tu reciente boda algo de precipitado y confuso que me atemoriza a mi pesar. Por otra parte al participar Leocadia a Bernardo tu repentino enlace expresó el semblante del postrero tan singular asombro, mezclado de profunda malicia, que me estremecí involuntariamente. Prepárate a recibir su visita muy pronto. Ha dicho al saber que necesitabas un administrador para tus bienes:

-Que no lo busque: yo lo seré. Y si Ambarina dilata su venida a La Habana iré al «Antilla» a declararle que la plaza me pertenece.

-Ambarina no puede ya decidir nada sin consultar la voluntad de su esposo, objeté indignada con su tono arrogante.

-Casada o soltera, la hija de D. Diego de Alarcón no me contradecirá jamás, replicó Bernardo con el aplomo de un hombre cierto de lo que habla.

¿Dependes efectivamente por causas que desconozco del capricho de tan depravado mortal, pobre amiga? En tal caso te compadezco, pues se asemeja a la serpiente, que lleva consigo implacable ponzoña. Adiós: vive prevenida y de todos modos menos triste que tu fiel. -Inés.



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- XI -

Ambarina a Inés


La lectura de tu carta acaba, tórtola afligida, de llenar mi alma de melancólicas sombras. Ocupábame contenta de los preparativos de mi marcha a la capital, recelando que Octavio se fastidie aquí, cuando llegó a mis manos y la relación de tus penas íntimas principió a marchitar la flor de mi alborozo, que concluyó de cerrar, como herida del rayo, su corola con las infaustas noticias que concerniente a Bernardo me das. ¡No hay remedio! He descansado algunos instantes y debo volver a comenzar la lucha: he aspirado sereno ambiente durante la breve tregua que me ha otorgado la adversa fortuna y siento ya de nuevo adelantarse la borrasca que no tardará en estallar sobre mi pobre cabeza. ¡Cúmplase la voluntad divina!

He callado a Octavio un secreto que puede perderme a sus ojos y Bernardo se ha hecho depositario de ese misterio terrible. Con esto te digo lo bastante para que comprendas no sólo el horror de mi situación sino también la necesidad de ocultar nuestra correspondencia, donde con frecuencia aludo a los aciagos problemas de mi vida y a las culpas de tu madrastra, buitre feroz, indefensa paloma, que te destrozaría en sus garras el día que fallezca tu padre a no permanecer abiertos mis brazos para ofrecerte un abrigo afectuoso y duradero. Acude a ellos, buena Inés, apenas conveniente lo juzgues. Una verdadera amiga te llama: una tierna hermana te espera.

¡Ay de mí! Ahora percibo, aunque demasiado tarde, el irreparable desacierto que cometí cediendo tanto a los impulsos de mi corazón como a las lastimeras súplicas de Octavio al unir para siempre mi mano a la suya en el lecho donde moribundo yacía. El hombre debe leer completamente en el alma de la mujer con quien va a enlazarse: debe informarse a fondo de su historia privada y la de su familia para convencerse de que es en realidad la compañera que desea para su porvenir. Octavio no conocía de mí otra cosa que mi exterior cuando   -236-   juró amarme hasta su postrer suspiro; yo no podía tener confianza en una promesa fundada únicamente en pasajeras ilusiones, y ambos nos arrepentiremos un día quizá de haber contraído un lazo indisoluble sin haber pesado antes sus graves consecuencias.

Octavio arrepentirse de haberme amado. Mi esposo trocar su apasionada adoración en indiferencia o desvío. ¡Qué aterrada74 idea, Inés! Yo no he experimentado ni experimentaré nunca otros afectos que los legítimos. Octavio constituye hoy el sólo apoyo en que poseo derecho a sostenerme y si me faltara por lo tanto su ternura... ¡Ah, que no me falte jamás, Dios mío! pues abandonada de nuevo en el vasto desierto del mundo tal vez volvería a atacarme el vértigo que ya turbó mi razón en una aciaga noche y el impío suicidio reclamara su presa.

Segura de que Bernardo, si no marcho a la ciudad, vendrá a buscarme al campo continué mis preparativos de partida luego que hube recorrido tu carta. Mas atormentábanme tan funestos pensamientos al entregarme a la tarea que empezara tan gozosa, estaba mi pobre corazón tan oprimido que al regresar Octavio a mi lado, cariñoso como de costumbre, me preguntó admirado:

-¿Qué te ha sucedido, vida mía? ¿De qué proviene la palidez de tu frente? ¿Te sientes indispuesta o mortificada por nuestra próxima ida a la capital? Habla, explícate. Tus deseos son órdenes para el mortal que te idolatra, y que incapaz de someterse a sujeción alguna forzosa75 viene por sí mismo a postrarse a tus pies.

Me arrojé trémula de emoción en sus brazos ínterin las lágrimas que henchían mi pecho brotaban a raudales de mis ojos.

-¡Ah Octavio!, murmuré, asiéndome a él como la yedra al olmo. Jura que me amarás siempre como ahora, que nunca me rechazarás, aunque la enemistad, la calumnia o cualquier evento que de mí no dependa traten de desconceptuarme para contigo. Prométeme ¡ah! prométeme que mientras tu Ambarina sea pura, fiel y sincera no te importará que pierda sus bienes o la aureola de que tu generoso cariño la rodea en la actualidad.

-¡Tus bienes, tu aureola! ¿Qué quieres decir, Ambarina?, exclamó Octavio, examinándome con cierta desconfianza. ¿Volverás a alimentar la sospecha de que te he amado por interés? El día en que resucite en tu alma será el último de nuestra unión. Aunque sepa morir, aunque la desesperación me acompañe pondré el mar entre ambos para manifestarte que me has juzgado con injusticia.

  -237-  

Su altiva respuesta me anonadó, porque me demostraba que, a pesar de los sagrados lazos que confunden en uno solo nuestros mutuos destinos, consideraba posible una separación caso que la calificara de indispensable.

-Huir de mí... ¡abandonarme!, repuse con la impetuosidad a menudo imprudente que me caracteriza. Yo no te abandonaría, ni huiría de ti aunque me aseguraran que tu pasado no correspondía a tu presente, que había en él vergüenza o degradación. ¿Acaso podría vivir lejos de tu vista, ni olvidar que te he prodigado las caricias de esposa? Mas tú, ingrato, hablas casi serenamente de ausencia eterna porque tu amor ha nacido de un capricho y se extinguirá como un fuego fatuo ante la menor contrariedad. ¡Gran Dios! Ahórrame el inmenso dolor que de antemano presiento, envíame la muerte antes que el terrible golpe de su inconstancia, pues de otra manera me la daré yo el día en que diga él: ¡ya no te amo!

-¿Te has vuelto loca, incomprensible joven?, murmuró Octavio, pálido de emoción a su turno. Si el ardiente amor que te atreves a comparar con la fría llama de los fuegos ficticios se apagara con pequeñas o grandes contrariedades no estuviéramos unidos. Tú, que sin causa alguna me atribuyes una olvidadiza índole, olvidas demasiado pronto que para apoderarme de tu mano rebelde necesité bajar casi al sepulcro.

La sencilla dignidad con que refutó mi esposo mi insensato76 arrebato me conmovió doblemente que hacerlo hubiera podido una sentimental disertación. Temerosa de haberle ofendido rodeé su cuello con mis brazos y bañando con mi llanto su hermoso rostro repetí, sollozando convulsivamente:

-¡Perdón, perdón!

Mariana, que distinguió mis lágrimas, y cegada por un afecto mal entendido se mezcla demasiado a menudo en nuestras conyugales cuestiones, exclamó entonces, corriendo hacia mí:

-¡Ea! Ya comienza el cordero a convertirse en lobo. No seas boba, querida niña: manda siempre en tu casa y no te hagas de miel para que no te coman las moscas.

Aquel tu casa, pronunciado con énfasis, puso sombría la frente de mi esposo, que separando mi brazo de su cuello dijo severamente a la mulata:

-Salga usted de aquí, buena mujer; manténgase en su puesto y no entre en nuestras habitaciones sino cuando la llamemos.

-No me da la gana de irme, contestó mi nodriza, atrincherándose en los derechos que sobre mí posee. Usted se ha propuesto aislar a esa muchacha para   -238-   manejarla a su voluntad; pero yo, que la he alimentado con mi leche, permaneceré a su lado para darle buenos consejos e impedir que se deje dominar más de lo preciso.

Mariana no ha simpatizado con Octavio, Inés mía, porque aquél, que no tiene como yo motivos para mirarla con indulgencia, ha evitado con ella toda familiaridad, relegándola al lugar que en su concepto le corresponde. Desde mi matrimonio Mariana no come a mi mesa, y aunque tampoco se sienta a la de los criados está profundamente irritada contra Octavio, que a su turno ha manifestado gran asombro de que una mujer de su color, educación y costumbres viviera casi a nivel mío. Habituada la mulata a las prerrogativas que le permitiera adquirir mi condescendencia ha visto con enojo, celos y desconfianza al hombre de mi elección apoderarse como señor y dueño de la dirección de mi destino. Así es que habiendo descubierto su excesiva susceptibilidad respecto a las materias que atañen a la delicadeza y pundonor cuida siempre de decir, para mortificarle, el carruaje, la casa y los criados de la señora.

Esta declarada hostilidad le ha captado igualmente la antipatía de Octavio, que al escuchar su insolente respuesta cuando la mandó retirarse del aposento donde se verificaba nuestra explicación amistosa repitió con una aspereza de que yo no la juzgaba capaz:

-Salga usted inmediatamente de aquí u ordenaré a mis criados que la ponga a usted en la calle para no volver a permitirle nunca pisar el umbral de mi casa.

Aunque Mariana se sobrecogió algo con su imperioso acento, replicó con la osadía de las personas de su calidad al creerse protegidas por mayor poder que el que las amenaza:

-No me retiraré si no lo exige Ambarina. Sus órdenes son las únicas que aquí obedezco.

-Vete ahora mismo, mujer imprudente. Antes que a mi voluntad quiero que te sometas a la de mi esposo, exclamé, empujándola fuera de la habitación con una violencia que en la actualidad me aflige como un remordimiento, y cerrando la puerta retorné de nuevo hacia Octavio, que yacía inmóvil en el centro de la pieza sumido en un silencio peor que un torrente de reproches.

-Dispensa a la pobre ignorante su errada conducta, le dije, estrechando afectuosamente sus manos entre las mías. Trastornada por el vehemente cariño que me profesa me hiere sin saberlo en lo que más amo en el mundo. ¡Octavio! Si es tan intensa la ternura que te inspiro, como te complaces en repetirme, pequeñeces de tan poca importancia no lograrán empañar el sereno horizonte de nuestra doméstica ventura.

  -239-  

A pesar de la sinceridad con que contestó mi esposo a la amante presión de mi mano, turbado aún por el resentimiento exclamó con grave voz:

-Ambarina, te amo tanto que sería para mí un horrible desconsuelo que por semejantes miserias desapareciera la inefable confianza de la pasión que te he consagrado. Engañado, vendido en mis primeras afecciones, necesito creer profundamente en ti para que no tornen a abrirse sangrientas e incurables en mi pecho antiguas heridas. Escucha lo triste77 de la historia de mi pasado y conocerás de cuán nobles y celestes cualidades debes revestirte para tranquilizar el corazón de un hombre que posee sobrados derechos para dudar hasta de los ángeles.

Enseguida me refirió otra vez con minuciosos detalles ese pasado que mostrara a mis ojos ligeramente en la hora solemne de nuestra boda, al declararme que era viudo, y que me entregaba no su primero sino su último amor.

No te relataré con igual prolijidad una historia que para mí tiene gran interés. Bástete saber que Carmela, la primera esposa de Octavio, lo vendió vilmente y que Beatriz, hermosa joven que consideró un serafín divino cuyas virtudes iban a borrar de su memoria los agravios de la anterior, ocultaba ya bajo su falso velo de virginal inocencia el oprobio de una seducción secreta. Dios no permitió que la desdicha de Octavio por segunda vez se consumara; una casualidad le reveló a tiempo la afrenta de Beatriz y huyendo entonces desesperado del europeo continente, donde tanto había padecido78, acudió al nuevo mundo a buscar olvido, reposo, distracción y consuelo.

-Tú me has proporcionado esos inestimables bienes, en pos de los cuales corría atormentado por el presentimiento de que no los alcanzaría jamás, añadió Octavio, exhalando doloroso suspiro. Cuida pues ¡oh Ambarina! de que tan halagüeña ilusión, o mejor dicho, de que tan grata certidumbre prosiga fortaleciendo mi corazón. Lo conozco y confieso. Una penosa experiencia me ha hecho tan receloso que ya no puedo disfrutar sino temblando de lo que juzgo mi felicidad. Esta dicha por consiguiente desaparecerá como fugaz ensueño, apenas descubra mi suspicacia que tú u otro alguno imaginan de veras que al solicitar tu mano ansié apoderarme de una heredera rica. Ruégote por lo mismo que separes a Mariana de tu lado. Sus necias palabras, atendidos mi carácter y circunstancias, destruirían al fin nuestra paz interior. ¡Sí! Pues si volviera a exclamar como hace un momento al recibir mis órdenes que en esta casa sólo se obedecen las tuyas, quizá llegaría mi irritabilidad a acusarte de las impertinencias de nuestros sirvientes.

Afligiome en extremo el lenguaje de Octavio, que en mi situación excepcional me presagia mil futuros tormentos. Pero dominando todo lo posible mi terror   -240-   le dije con la dulzura que triunfa de la resistencia de las índoles orgullosas:

-Perdona a Mariana, tierno amigo mío; ha alimentado a tu Ambarina con su leche y merece obtener gracias a tus ojos. Yo cuidaré en adelante de que permanezca en los límites del más profundo respeto hacia mi dueño y señor. Ya que la idea de que duden del afecto desinteresado que te ha conducido al matrimonio te causa tamañas inquietudes, ojalá que hubieras hallado a Ambarina tan pobre y desamparada en la sociedad que todo te lo hubiera debido. Feliz ella a la sombra de tu generoso amparo hubiera despreciado las calumnias de la ignorancia o la maledicencia. ¿Qué importan mezquinas habladurías encontrándose el alma satisfecha y sin remordimiento alguno que la turbe o humille?

-A mí me importan mucho, pues no porque la serpiente sea un inmundo reptil le permito que derrame su veneno sobre mi honor, replicó Octavio acaloradamente. Todavía ahora, que ya esposo tuyo me he desprendido en cierto modo de lo pasado, suelo estremecerme al recordar que el corruptor de Carmela y el seductor de Beatriz que constituyen dos entes infames reunidos en un solo hombre, puede sonreírse con desdén al oír pronunciar mi nombre. Después de mis públicos descalabros, necesito imponer respeto a la multitud con mi escrupulosa dignidad para que no llegue a considerarme acreedor a las ridículas desgracias que he sufrido. Si hoy creyera que sórdida codicia me había guiado a tus plantas, confirmándose mi vergüenza se figuraría también que cerré en un tiempo los ojos a la traición de Carmela y a la falta de Beatriz por bajos cálculos de ruin interés. ¡Oh! Venga la muerte mil veces antes que merecer así el desprecio de mis semejantes, añadió el desdichado con una expresión de rabia que me aterró.

Entonces, pensando en el secreto que a Octavio he callado, y que todos ignoran excepto Dios, aquél a quien llamó hermano mi padre y esta infeliz mujer, caí desfallecida en un próximo asiento agitada por un temblor convulsivo.

-¡Bernardo! ¡Bernardo!, murmuré en voz baja. Sonríe satisfecho, tú me perderás.

-¿Te asusta mi arrebato? exclamó mi esposo, serenándose y prodigándome solícitas atenciones. En tal caso imploro a mi turno tu indulgencia. En expiación de la violencia con que acabo de hablarte, ceso de oponerme a que permanezca en casa la mulata Mariana.

Así la mano con que sostenía él mi cabeza inclinada y apoyándola sobre mi corazón:

-Octavio, dije con un acento que lo sorprendió por su solemnidad, te amo, sólo a ti he amado y cualquier cosa que suceda no podría vivir sin tu amor. Cuando   -241-   pues ya no me ames y me lo confieses me consolará esta idea: ¡Morir!

-¡Jamás, jamás!, gritó Octavio fervorosamente.

Detuve las lágrimas que me sofocaban como un raudal ansioso de escaparse para poner término a la triste escena que rendía mis fuerzas.

-Hablemos por consiguiente de otra cosa, repuse, sonriéndome con la aparente tranquilidad que la costumbre de sufrir me ha enseñado en medio de las mayores angustias. He hallado, querido Octavio, el administrador que necesitamos para el buen manejo de nuestra hacienda. Un cuñado de mi difunto padre, un joven a quien él trataba como a un hijo, se presta a encargarse de los negocios que nuestro próximo viaje a Europa te obliga a dejar en ajenas manos. Si tú no decides otra cosa le señalaremos un sueldo crecido y descansaremos respecto al particular.

-Tu familia es también la mía, contestó Octavio besándome en la frente. En La Habana arreglaremos el asunto.

Respiré entonces con menos opresión. Mi esposo, prevenido por mí a favor de Bernardo, le concederá su amistad y quizá evitaré así la animosidad de aquel hombre cruel. Tristes circunstancias las que de esta manera me reducen a proteger a mi adversario.

Apenas me encontré sola, llamando a Mariana le reconvine por su audacia para con mi marido. La pobre mujer lloró: me reprochó a su vez la indiferencia con que dice la miro desde mi matrimonio, aludió en términos embozados a sus derechos a mi afecto y prometiendo enmendarse permaneció dominada por los mismos sentimientos de rencor contra Octavio.

El abatimiento que en mi espíritu produjeron las escenas narradas se desvaneció en parte con el espanto que me causó otra cuya memoria hace erizar mis cabellos. Reposábamos todos hace pocas noches en brazo de Morfeo de las zozobras del día cuando me despertó un ruido extraño, siniestro, fatal. La campana que llama en la finca a los siervos al descanso y a la oración vibraba con precipitación fatídica: hórridos clamores se elevaban en torno de la casa de vivienda y recios golpes resonaban en la puerta principal acompañados de las voces:

-¡Abrid, abrid!

Arrojeme del lecho despavorida y me reuní con Octavio y Mariana, que participaron de mi sobresalto.

  -242-  

-¿Qué significa79 esto?, inquirió el primero, acercándose a mí para protegerme.

-¡Dios nos favorezca! Que la dotación se ha levantado, replicó la segunda, temblando de pies a cabeza.

-¡Abrid, abrid!, repetían mientras tanto los de fuera. A pesar de mis súplicas Octavio descorrió el cerrojo de la puerta y Francisco, Dorila y Valentín se precipitaron en el aposento.

-¿Los siervos se han sublevado80? preguntó mi esposo apoderándose de un par de pistolas con el aire de varonil resolución que tan bien sienta al hombre.

-No, señor, a Dios gracias, contestó Francisco. Pero una calamidad poco menos terrible amenaza destruir la finca en breves horas. Los negros cimarrones de los contornos han prendido fuego a los cañaverales del ingenio, convirtiéndolo en una sabana de llamas.

-No han sido cimarrones los que han incendiado el «Antilla», me dijo Valentín, mirando con aire cauteloso en torno suyo. Fueron los dos bozales a quienes castigó ayer Francisco81 porque pretendían ahorcarse con una canasta llena de plátanos y arroz suspendida del brazo para regresar82, según torpemente creen, a los arenales del África. Sedientos de venganza, se propusieron achicharrar a los blancos que han impedido su proyecto y lo hubieran conseguido si el mayoral y yo, despertados a tiempo por otros siervos leales, no hubiéramos enviado la dotación en masa a contener los estragos del devorador elemento ínterin recibimos de las fincas vecinas pronto auxilio.

-Gracias, Valentín, por tu fidelidad, exclamó Octavio con efusión.

-Tu actual conducta borra tus desaciertos pasados, añadí yo, examinando admirada el lívido rostro del mulato, que me parecía más a propósito para enemigo que para amigo de la raza que lo domina.

-Mi hermano al par de mí prefiere los blancos a los de su color, observó Dorila con cierto énfasis. Hay tanta diferencia de unos a otros.

-No es esta ocasión oportuna para vanos discursos ni retumbantes exclamaciones, replicó Octavio con una sequedad extraña en su carácter, afectuoso hasta para con sus inferiores cuando no se le manifiestan hostiles como Mariana. Seguidme, Francisco y Valentín. Corramos a impedir que las llamas hagan del «Antilla» un vasto yermo.

-Octavio mío, no desafíes por la Santa Virgen el riesgo temerariamente, murmuré, deteniéndole.

  -243-  

-No le permita usted salir de aquí, señora, dijo con viveza Dorila, que siempre me recuerda nuestra infancia pasada juntas para tratarme casi como a una igual.

-Mi Ambarina no querrá que me encierre cobardemente como una mujer, mientras lo crítico de las circunstancias me manda conducirme como un hombre.

Lo dejé pasar, recomendándole de nuevo la prudencia. Entonces Dorila exclamó con una expresión que me llenó de asombro:

-Yo también iré con ellos.

Solas pues Mariana y yo con nuestras zozobras subimos a uno de los aposentos altos de la casa, desde el cual se abarcaba inmenso terreno. ¡Qué espectáculo descubrieron, de aquella elevación, nuestras atónitas miradas! Yo, que tantas descripciones de incendios he leído, no tuve idea de su formidable majestad hasta que la vi. Un océano de fuego bramaba en torno nuestro, amenazando devorarlo todo. De las fincas inmediatas acudían tropas de robustos etíopes a impedir, aislándolo, que se comunicara a los vecinos cañaverales y los clamores de tanta gente junta, los estallidos de la caña al reventar, semejantes a descargas de fusilería, el viento, que con su impetuoso hálito se oponía a los esfuerzos de los hombres, la oscura noche, que mostraba un dosel de espesas nubes al sangriento reflejo de las llamas, el mugido de las reses, que adivinando el peligro inminente que las amagaba huían de los potreros en tropel, aumentando la general confusión, o trataban de escaparse de los establos, todo daba a aquella terrorífica escena un imponente aspecto que no olvidaré jamás.

En medio de las innumerables personas que a caballo y a pie pasaban como sombras fantásticas esforzábame en distinguir a Octavio, que tan animosamente corriera a tomar parte en la tarea de la salvación común. Pero mis espantados ojos sólo vislumbraban confusos espectros que gritando, corriendo, invadiendo los campos, se agitaban en derredor de la gigantesca hoguera como poseídos de un espíritu de extravagante actividad.

Pero no obstante la desesperada resistencia de aquella afanosa multitud el incendio avanzaba con la vertiginosa carrera de un corcel desbocado, y sus chispeantes espirales, que giraban furiosas, enrojecidas, desmelenadas, en alas del viento, enviaban ya horrible calor a la casa de vivienda.

Tan inflamada estaba la atmósfera que respirábamos con dificultad. Imposible parecía que nada lograra escapar al elemento asolador, que se adelantaba frenético. Las nubes de la celeste bóveda, negra antes, brillaban como el hierro   -244-   hecho ascua: torbellinos de humo subían a confundirse con ellas y el espectador de tan siniestro cuadro creía llegado el momento solemne de la destrucción universal.

De improviso bramidos espantosos brotando del centro del incendio duplicaron su aciago tumulto. Trastornada por la emoción y el miedo juzgué oír los tremendos clamores de la agonía del globo terráqueo. Durante algunos minutos, que se me figuraron siglos, vibraron en el aire, cálido como el vapor del agua hirviente, aquellos sonidos roncos y sobrenaturales. Después fatídico silencio las reemplazó. Y el elemento que a la vez conserva y aniquila cuanto existe, prosiguió dirigiendo sus inflamadas pirámides hacia el cielo rojo al par como un horno encendido. Más tarde supe que una manada de toros que huía sorprendida en el laberinto83 del fuego había perecido en él.

Ya la madera de la casa comenzaba a rechinar resecada por las ardorosas emanaciones de su próximo contrario e implacable; ya faltaba en su recinto aire suficiente para los pulmones de un niño. Loca entonces de terror, no atreviéndome a dejar mi refugio ni a permanecer en él, deseando participar de la suerte de mi esposo hasta mis postrer suspiro, caí de rodillas84 gritando palpitante:

-¡Octavio! ¡No me abandones! ¡Sálvame!

-¡Ambarina, Ambarina! contestó desde abajo la voz de mi amigo. ¿Dónde estás?

-¡Aquí, aquí!, repliqué, volando a su encuentro casi desvanecida, mientras Mariana, que fiel al amor que me profesa no se había apartado de mí un instante, se agarraba temblando de mis vestidos.

-Es preciso huir sin perder un segundo, dijo Octavio, sosteniéndome con la ternura de un afectuoso protector. El incendio, que no tardará en devorar la finca entera, se ha comunicado ya a las más cercanas. ¡Mira, mira!, añadió, conduciéndome hacia la ventana desde donde había observado yo la destrucción de mi heredad. Presto las llamas estarán a nuestros pies. Evitémoslas a tiempo, y que se cumpla la voluntad divina.

Todavía hablaba Octavio cuando el Supremo Padre de todos los afligidos mostró su infinita bondad. Rugió el viento como para rivalizar en violencia con el fuego, abriéronse las cataratas celestes y un segundo diluvio inundó la abrasada tierra. Aspirando la frescura que de repente se derramó en la atmósfera creímos renacer a la vida. Al caer primero a torrentes la benigna lluvia, el incendio, como irritado de que le impidiera proseguir su asoladora obra, arrojó llamaradas terribles, rechinó frenético bajo la poderosa influencia del elemento   -245-   contrario y pretendió luchar con él. Pero, vencido al fin por la tenacidad del mar de agua que se desprendía sobre el mar de fuego, debilitose su siniestro resplandor, se dividió en grupos aislados que indicaban los grandes espacios apagados ya, y concluyó extinguiéndose enteramente.

Apenas osábamos prestar fe a aquel providencial socorro. Tan próximos al abismo nos habíamos hallado que el vértigo nos dominaba aún. Sin embargo, la tranquilidad volvió a nosotros viendo retornar empapados hasta los huesos a los que trabajaran para salvar el «Antilla». Octavio mandó distribuir con benéfica largueza garrafones de aguardiente a los siervos propios y ajenos para que frotando sus miembros por fuera, y fortaleciendo interiormente sus estómagos, evitaran el tétano, aquí tan común y conocido con el nombre de pasmo. Mas a despecho de sus generosas precauciones dos infelices sucumbieron a esa enfermedad atroz, tan frecuente en los países tropicales. Admira, Inés, la omnipotente justicia, que tan pronto suele enviar el castigo sobre la culpa. Ambas víctimas fueron los negros bozales a quienes atribuye Valentín la sucedida catástrofe, y a los cuales obligó Francisco a hacer lo posible para frustrar el éxito de su crimen. Los desdichados se esforzaron antes de morir en hablar, como si alguna importante declaración que debiera librarlos de la aversión que leían en todos los semblantes pugnara por salir de sus labios balbucientes. Pero impidiéndoselo sus quijadas, cerradas con una contracción espasmódica que no consiguieron vencer los más enérgicos medicamentos, expiraron expresando en sus apagadas miradas agudísimo dolor de no poder explicarse.

-El diablo se ha llevado muy presto lo que le pertenece, exclamó Valentín con ceñudo rostro frente a sus cadáveres. Octavio y yo murmuramos por el contrario espontáneamente ante aquellos restos fríos:

-¡Que Dios los perdone como nosotros los perdonamos!

El daño que ha experimentado el «Antilla» ha sido menor de lo que temíamos. Sólo ha ardido la mitad de los cañaverales, y aunque tengamos gran pérdida en la zafra, la caña quemada llevada al trapiche puede todavía proporcionar algunos centenares de cajas de azúcar. Mi principal sentimiento por lo acaecido consiste en la trágica muerte de los dos autores del incendio, que ha enviado sus almas a Dios sin haberles otorgado tiempo suficiente para arrepentirse de su delito.

Este inesperado acontecimiento ha impelido a Octavio a permanecer en la finca hasta la llegada del nuevo administrador, cuyo apellido aún ignora. El nombre de Bernardo me lastima los labios de tal manera que lo pronuncio lo menos posible. He dicho únicamente a mi esposo (ya que la adversa suerte continúa sometiéndome a la voluntad de ese hombre) para predisponerlo a su favor que   -246-   mi padre lo apreciaba mucho. Quiera el Cielo que no inspire a Octavio su traidor semblante igual repugnancia que a mí.

Un nuevo disgusto85 ha venido a acibarar mi vida, tan inquieta siempre hasta en el seno de las fugaces horas de felicidad que he disfrutado. Hallábame sentada en el ancho y rústico pórtico de la casa junto a Octavio, que reclinando su cabeza contra la mía contemplaba estático el firmamento, tachonado de lucientes planetas, de unas de las magníficas noches que anuncian la proximidad del otoño. Impregnado el aire en deliciosa frescura y cargado de balsámicos olores nos acariciaba voluptuosamente. Más brillante claridad que la de las estrellas se esparció poco a poco en el éter azul, y asomando luminoso globo en el horizonte comenzó la casta Febea a remontarse hacia el cenit casi con la gloria del sol, pues tú sabes que en Cuba86, como en Australia, es tan radiosa la blanca luna que casi se puede leer a sus fulgores. Para aumentar el encanto de aquella noche poética la suave y trémula nota de un pajarillo silvestre en vecina enramada interrumpió de improviso, sin turbarlo, su sereno silencio. Los penetrantes ojos de Octavio, al principio fijos en el espacio, se volvieron con lentitud hacia los míos como para buscar en ellos el reflejo de sus elevadas emociones. Aunque mi mirada contestó a la suya con otra de eterno afecto preguntome en seguida con expresión casi solemne:

-¡Me amarás siempre como ahora!

Por toda respuesta le recité, apoyando su mano sobre mi corazón con la melancolía que me embarga al separar mi pensamiento de lo presente para dirigirlo al porvenir, este verso de un célebre poeta inglés:

-¡Once won won for ever!

-¡Qué grato olor a violetas me ha traído la brisa! prosiguió Octavio. Ese delicado perfume me recuerda la Europa. ¿No es cierto que me acompañarás gustosa a ese continente lejano, Ambarina?

-Allí donde tú estés encontraré mi patria, exclamé con sinceridad.

-Gracias, amada de mi alma, repuso mi esposo con efusión. Pero nunca compraré mis placeres a costa de tus sacrificios y sólo nos estableceremos en otro hemisferio caso que lo desees tú. De todos modos en la primavera87 del entrante año, pues al presente sería locura ir arrojarnos sin motivo en brazos de un crudo invierno, nos embarcaremos para los Estados Unidos, país que me inspira suma curiosidad y que a menudo he recorrido en idea con Fenimore Cooper, el Walter Scott americano, cuya pluma posee mágico poder para trasladarnos a los inmensos bosques, grandes lagos y ríos espumosos de su suelo nativo. Las   -247-   complicadas novelas de Dumas y Sué con todas sus vertiginosas peripecias jamás me han causado la profunda impresión que he sentido acompañando a «Media de Cuero» en los desiertos del nuevo mundo habitados por las tribus de piel roja, hoy en ellos casi enteramente extinguidas o al viejo «Trampero» en sus vagabundas88 excursiones por la «Pradera», donde fuera a fundar una colonia la ruda familia del «Squatter», admirando en el «Espía» el sublime patriotismo del humilde «Buhonero», o participando en el «Piloto» de los interesantes lances marítimos que el autor pinta con maestría tanta. A los héroes de Cooper se les toma cariño como a los de Walter Scott, cosa que no siempre consiguen los escritores franceses de la actual escuela, al hacer gala de mayor riqueza de imaginación que de moralidad, de mayores recursos para sorprender a sus lectores con su fecundo numen que para revestir de encantos la verdad, la virtud y la naturaleza. Con el mismo sencillo arte con que el autor de «Rob Roy» nos guía a las pintorescas montañas de Escocia, o al seno de las tradiciones y costumbres de la antigua Inglaterra, nos conduce el del «Colono de América» al rústico vigwan indio, a la agreste soledad de sus selvas natales y a los primitivos despoblados de su joven patria, hoy convertidos ya en ciudades populosas, haciéndonos creer que asistimos realmente a los originales y recientes cuadros que nos describen. Toda la romántica poesía de René no me agrada más que el libre espíritu de «Media de Cuero», el hombre cuya sangre no tiene mezcla, según repite con ingenua jactancia, al alejarse del artificioso círculo de los individuos de su color para ir a vivir sin otro yugo que la sagrada ley de la divinidad con los indios incultos y los gamos del desierto. Por elevado que haya sido el talento de Chateaubriand sus Natchez son una novela mientras en el «Guía», en los «Mohicanos», en los «Plantadores», en la «Pradera» etc., ha trazado Fenimore Cooper la historia de los primeros pasos de la civilización de su país rodeada de las bellas nociones de un peregrino ingenuo. Al recorrer esos libros interesantes, en que resalta un incomparable89 talento descriptivo, he gozado con deleite del silencio y la frescura de los bosques vírgenes todavía, he contemplado las transparencias del Oswego, me he paseado a orillas del Ontario, tan extenso como un mar de agua dulce, he visto a la joven América tal como fue cuando era más joven aún que ahora, y he descubierto siguiendo al «Último de los Mohicanos» en los senderos de la selva la huella de los mocasines del traidor Magua, que robaba a la dulce y rubia Alicia para lograr que caminara en pos de sí su generosa hermana, la de los ojos y cabellos más negros que una nublada noche. Tú te asemejas90 a la trigueña Cora, mi bella Ambarina. Cooper te retrató sin conocerte.

-Pero Cora vivía infeliz no obstante sus raras prendas, porque no podía exclamar como su rudo protector Media de Cuero: «Mi sangre no tiene mezcla alguna», repliqué. Esa idea amarguísima nubló siempre su juventud y sus hechizos. El mismo Heyward, amante de la blanca Alicia, cuando el padre de ambas   -248-   doncellas, que creyera a Cora objeto de su solicitud al saber que su hija menor, nacida de otra mujer, es la adorada y preferida, pregunta indignado al mancebo si participa de la injusta preocupación de los que consideran un crimen descender de la raza condenada a la esclavitud por la humana arbitrariedad, el mismo Heyward, repito, que admira la belleza y virtudes de Cora, siente allá en el fondo de su corazón que alberga, respecto al particular, la opinión del vulgo. ¿No te hubieras mostrado tú más generoso que él, tratándose de una mujer de las cualidades de Cora?

-Ambarina, me dijo Octavio, existen injusticias que conocemos, y a las cuales sin embargo contribuimos, porque ya las hemos hallado establecidas en el mundo. Entre Cora y Alicia yo al par hubiera elegido91 por compañera a aquella que no hubiera transmitido a mis hijos un borrón que los pondría en cierto modo en guerra con la sociedad. Lejos de nuestros semejantes podemos desdeñar sus leyes: residiendo en su círculo debemos respetarlas. En vano además pretendemos manifestarnos superiores a las preocupaciones. Involuntariamente las adoptamos como a hermanas junto a las cuales hemos crecido. Sí, yo también deseo que mis descendientes exclamen como Ojo de Halcón: «Mi sangre es pura y sin mezcla», y como Heyward tampoco me hubiera atrevido a amar a Cora. Esta digresión empero, añadió Octavio con acento festivo, me ha desviado del punto a donde llegar intentaba hasta dejarme al principio de nuestro viaje. Tregua pues a inútiles circunloquios, hermosa mía, y reanudemos el hilo de nuestros planes. De la vecina república americana nos embarcaremos para Liverpool: veremos cuanto haya de más notable en la histórica Albión y después pasaremos a Francia, emporio de la ilustración moderna, patria de los universales adelantos. De allí nos trasladaremos a Suiza, tan pintoresca con sus célebres montes, valles y precipicios; a Alemania, tan romántica con su caudalosos Rin, orillado de castillos y ruinas de la edad media, a Italia, tan interesante con sus famosos monumentos y artísticas maravillas, y a España, que reuniendo en sí todos los alicientes que ofrecen los citados países por su benigna temperatura, importantes memorias y glorias esclarecidas, nos otorgará por lugar de descanso su hospitalario suelo. ¿Qué te parecen mis proyectos, bella criolla? ¿Persistes en afirmar que tu patria será siempre la tierra donde more Octavio?

Costome trabajo responder afirmativamente con forzada sonrisa. Sentía que mis mejillas acababan de cubrirse92 de la palidez del mármol, y aunque te calle la causa ¡oh Inés! había invadido de golpe mi alma tan profunda tristeza como la de la muerte.

Dorila vino a interrumpirnos muy a propósito, pues la voz de mi esposo, que antes resonara en mi oído como la música del Cielo, había en mi concepto adquirido de repente inflexiones ásperas y severas. La hija de Mariana, vestida   -249-   de blanco y punzó, hermosa en su clase como una Venus de bronce, traía en su mano el ramo de violetas cuyo aroma halagara desde la distancia el olfato de Octavio.

-Sé cuanto agradan a usted estas flores oriundas de su querida Europa, le dijo Dorila con el enfático acento de la gente de su color al tratar de sobreponerse a él. Por eso vengo a ofrecérselas, segura de que fuera de su época acostumbrada le agradarán más aún.

-Si antes me gustaban ya no me gustan, repuso con sequedad Octavio.

-¿Podrá saberse el motivo? preguntó Dorila con cierta intención que me sorprendió.

-Sin duda. Amo con pasión las violetas y todas las perfumadas flores cuando las recibo de blancas y finas manos; pero pierden para mí su atractivo cuando me las trae una mulata como tú; exclamó Octavio, arrojando el ramillete con desprecio.

Al presentar tan extraña acción en un hombre tan atento para con sus inferiores quedé atónita, Dorila anonadada de vergüenza, y Mariana, que acompañaba a su hija, penetrada de un resentimiento furioso que la impelió a decir, olvidando sus buenas resoluciones de enmienda:

-Miren al Marqués de la pordiosería que quizá acaricia en su país a gitanas y vagabundas, haciéndose el escrupuloso para convencernos de que poseía allá villas y castillos. Miseria y hambre sí que tendría de veras el muy arrancado, que ha venido a pedirnos que comer. Malhaya el desmedido orgullo de los advenedizos que así nos desdeñan después de chuparnos el jugo como sanguijuelas insaciables. En vez de regalarles violetas, muchacha, debiéramos espantarlos con ramos de ortigas. Mas tú eres una tontuela que te empeñas en correr tras los que te huyen.

Y Mariana se alejó con Dorila, que lloraba ruidosamente, mientras yo permanecía estupefacta aún y Octavio exclamaba estupefacto de cólera:

-Los términos, Ambarina, en que tu nodriza ha vuelto a hablarme me harán inexorable en lo futuro para con ella. No quiero que se presente más a mi vista, y si usted me ama en realidad, señora, no continuará autorizando con una indulgencia que raya en... debilidad, el audaz comportamiento de esa insolente criada para conmigo.

-Octavio, murmuré, cuando un caballero de tu condición contesta al obsequio de una mujer con un insulto ¿podemos acaso criticar el grosero lenguaje con que una criatura sin educación responde a esa injuria inmerecida?

  -250-  

Brilló en los ojos de mi esposo un relámpago de indignación marcada:

-¡Muy poco perspicaz es el decantado amor que usted asegura profesarme! añadió, conteniéndose. ¿Cree usted que, sin alguna causa justa, ultrajaría yo como acabo de hacerlo al más insignificante de los seres humanos? Se equivoca usted, señora y extraño que me haya cobrado afecto conociéndome como tal.

-Entonces ¿por qué lanzaste al suelo las violetas de Dorila?... Por qué la llamaste... mulata con un acento despreciativo que nunca olvidaré, repuse93, estremeciéndome.

-Señora, balbuceó Octavio, sonrojándose a pesar de la serenidad de que intentaba revestirse, porque Dorila ha osado manifestarme más viva simpatía que la que una persona de su clase debe sentir por un hombre de mi color y de mi estado.

-¿Te ama? pregunté como asustada de mi propia voz.

-Sí, según amó a Francisco y amará a cien otros, dijo él con irónica sonrisa. La desgraciada cifra su gloria en lo que degradaría a una mujer reflexiva y honesta. Ser la querida del esposo de su ama le parece el mayor de los triunfos. Pero si ella sueña locamente yo la despertaré con mi razón. Ni Dorila ni su digna madre residirán en adelante donde yo habite.

-Felizmente no tardaremos en marcharnos a la capital murmuré como aturdida. Pueden quedarse aquí por lo tanto.

-Poco me importa que se vayan o se queden con tal que yo no las vea ni las oiga, prosiguió Octavio con amargo desdén. Después de lo ocurrido en esta malhadada noche me conduciría, señora como un mendigo que ha venido, según dice Mariana, a buscar asilo bajo el techo de usted, si permitiera94 que tornara usted a imponerme la compañía de esas dos mulatas como una de las condiciones de nuestro matrimonio.

Hablando así, saludome Octavio precipitadamente y fue a encerrarse en su aposento. No lo seguí, ni intenté desenojarlo. Impedíamelo un torbellino de tormentosas reflexiones. Había comenzado tan alegre nuestro coloquio nocturno. ¡Ay de mí! Y a su conclusión hallábase, repito, mi alma fría y tétrica como la tumba.

Ráfagas de un viento húmedo y desagradable me hicieron estremecer en mi asiento. Alcé los ojos para contemplar el firmamento, antes transparente y estrellado. Densas nubes habían velado la luna, que despedía opaco resplandor a través de los vapores que ocultaban su faz. Terminada la rápida bonanza llegaba la borrasca presurosa.

  -251-  

-Mi luna de miel se ha nublado igualmente, pensé, gimiendo. ¡Pobre de mí! El huracán se irá desencadenando más pronto aún de lo que yo temía.

Permanecí en el colgadizo absorta en mi dolor horas enteras a despecho del aire y la lluvia, que con violencia me azotaban. Tiritando de frío, lívida, calenturienta repetía con una especie de monotonía fatal.

-¡Sí! ¡Sí! Fuese la dicha y retorna la desgracia. Mi alma me lo anuncia, porque está tan triste como la muerte.

Una mano que con timidez pretendía levantarme de mi asiento para conducirme a los aposentos interiores y una voz suplicándome que me recogiese interrumpieron mi abstracción estúpida.

-¡Mariana!, grité, poniéndome de pie como movida por un resorte, tu consumarás mi infortunio; tu me has perdido ya. ¡Vete!

-¡Perdón, niña! Hijita mía, perdón, balbuceó la mulata, arrollidándose a mis plantas.

A aquella vista se me erizaron los cabellos con el horror que el sacrilegio inspira. Murmuré de nuevo: ¡desgracia! ¡fatalidad! y huía mi alcoba, volviendo a pensar en el suicidio, porque como a ti no me han enseñado a buscar en la religión un consuelo para todos nuestros martirios, un apoyo sagrado contra la desesperación vertiginosa.

Octavio ha pasado la noche encerrado en su estancia por el resentimiento; yo, atormentada por el insomnio, no he logrado olvidar hasta el alba mis penas. Mi breve sueño aumentó mis dolores morales, pues al despertar, sintiendo siniestro peso sobre mi oprimido corazón me pregunté a mí misma:

-¡Gran Dios! ¿Qué me ha sucedido? ¿Por qué sufro tanto?

Enseguida recordé nuestro disgusto de la víspera. Inés, Inés, tú, que eres mi ángel, ruega al Cielo por esta pobre pecadora.



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- XII -

Octavio a Mauricio


Los pintores, amigo, han caracterizado al tiempo bajo la forma de un anciano provisto a la vez de una guadaña destructora y de dos raudas alas. Pero el que ha vivido como yo lo bastante para conocer el mundo y los hombres sabe que sólo vuelan rápidamente las horas gratas a nuestro corazón. Las adversas giran por el contrario en el reloj eterno con desconsoladora lentitud. Mauricio, la impía segur ha cortado ya las últimas flores de mis esperanzas; las ligeras alas se han movido con velocidad vertiginosa para arrebatarme mis postreros instantes de ventura. ¡Insensato!95 Después de haber albergado en mi pecho tantas decepciones me atreví a soñar que duradera dicha me reconciliaría hasta con la memoria de mis disgustos. ¡Ay, falaz ilusión! Deseo irrealizable de un alma cansada de padecer. ¡Cuán pronto os habéis desvanecido! ¡Con qué cruel apresuramiento os ha disipado la amarga realidad!

Sin embargo, no temas que vuelva a entregarme a los violentos arrebatos que cuando la fe y la confianza reinaban en mi interior me causó el terrible desengaño al cogerme desprevenido. Entonces sus golpes trastornaron mi razón porque no los aguardaba mi inexperiencia; ahora, alerta siempre contra las vicisitudes de la inconstante fortuna, recibo siempre el gozo o el dolor con la melancólica filosofía que muestra que perdemos la más preciosa mitad de nuestra existencia perdiendo la convicción de que más bien hemos nacido para sonreír de placer que para verter lágrimas de angustia.

A pesar de esa fortaleza estoica, a ti, confidente querido de mis perennes inquietudes, que en medio del escepticismo que va apoderándose de mi ánimo me haces creer que la santa amistad mora en la tierra todavía, a ti, Mauricio, que más sabio que yo has hallado el secreto de vivir en paz contigo propio, te confesaré que mis ojos han derramado de nuevo acerbo llanto con que regamos el cadáver de una imaginaria felicidad, y que a solas con Dios y mis tenebrosos   -254-   pensamientos han tornado a lanzar mis labios penosos suspiros. Mi luna de miel ha concluido apenas comenzaba a alumbrar mi ruta; ásperos abrojos han reemplazado a las rosas con que coronó mi frente Himeneo por segunda vez; Ambarina en fin principia a amarme menos, caso ¡recelo atroz! que me haya amado algo en los hermosos y breves días de nuestra aurora nupcial.

Pero como en mi funesto enlace con Carmen y mis aciagos compromisos con Beatriz también tengo yo en la actualidad la culpa de los males que me aquejan. Demasiado impetuoso para reflexionar cuando siento germinar en mi alma la semilla de nuevas afecciones me complazco en fomentarla sin examinar siquiera el terreno en que deposito mis simpatías96. Después, aunque me arrepienta de mi imprudencia, es ya demasiado tarde para repararla. Así me ha sucedido con la mujer a quien hoy llamo esposa. Rechazome primero, evitó todo trato conmigo y fastidiada de mi persecución llegó a atribuir mi pertinacia en obtener su mano a sórdida codicia. Otro cualquiera se hubiera convencido con su comportamiento de que pretendía un imposible. Yo, cobarde esclavo de mis pasiones, consentí en aceptar de la compasión lo que el amor me rehusaba; quise que la ingrata beldad consagrara a los menos a mi memoria el luto de la viudez, y según en mis anteriores te he escrito con transportes de entusiasmo que han pasado muy presto, uní mi destino al de la joven de tez de ámbar postrado en el lecho que juzgábamos ambos el de mi inevitable muerte.

Salveme empero como por milagro y más adelante creí que Ambarina participaba del hermoso fuego que me inspirara, que el contagio de mi ardiente pasión había conmovido su corazón rebelde. Me hablaba ella de su conyugal ternura con tal acento de sinceridad que me consideré el dichoso Pigmalión de aquella divina Galatea. Radiosa y enérgica como el sol de su patria, asegurábame vertiendo lágrimas abrasadoras que desde la primera vez que nuestros ojos se encontraron brotó la centella de mutua simpatía en nuestras almas palpitantes, y que si me huyera desdeñosa había consistido en que se avergonzaba de confesarme que no había nacido de legítimo matrimonio. Al aplaudir su delicadeza la tranquilicé manifestándole lo poco que me importaba una circunstancia que no transmitía mancha alguna a la prole que puede el cielo concedernos, puesto que su padre la legitimó antes de morir, la reconoció por su única heredera y le dio su apellido a la faz del universo. Si empañara en vida adúltero origen o impureza de sangre se hubieran despertado efectivamente mis escrúpulos. Pero la falta de que era inocente se había ya reparado y el mundo la olvidaría según la olvidaba yo. Explicado ya de este modo el antiguo desvío de Ambarina presté completa fe a sus cariñosas protestas. Todo el fuego de un alma virgen y entusiasta parecía chispear en sus grandes y negros ojos tropicales. Ceñían sus mórbidos brazos mi cuello con ese abandono lleno de inefable gracia que posee en   -255-   supremo grado la mujer o, más bien dicho, la maga de los países del sur y cuando recitaba con su sonora voz musical, oprimiendo mi mano contra su oscilante pecho, esta sentencia de su predilecto autor inglés:

-Once won won for ever!



figurábame que se abría el cielo sobre mi cabeza para prodigarme todos los deleites del paraíso.

La bendita ilusión de que la suerte, fatigada de perseguirme, me había proporcionado en Ambarina la generosa, amante y leal compañera destinada a indemnizarme de las perfidias de Carmela y Beatriz me inducía a dispensar las impertinencias de su nodriza, mulata que vive a su lado y mira con disgusto otro gobierno en la casa que el de su condescendiente señora. Sabiendo que no debemos pedir a la ignorancia y falta de educación los delicados miramientos que no comprende el desgraciado que ha crecido abandonado a sí mismo como un árbol inculto, perdoné, repito, a Mariana su poca deferencia para conmigo hasta que alentada con el cariño de su dueña y mi debilidad osó decirme en términos bastante claros que me había casado con Ambarina por su dinero. Entonces, demudándome al recordar que también un día mi esposa me había ofendido con la propia sospecha, le rogué desterrara a Mariana de nuestro domicilio. Afligida Ambarina con lo sucedido imploró mi indulgencia a favor de la culpable, y aunque seriamente mortificado cedí a sus súplicas con tal que la petulante mulata no volviera a faltarme al respeto. Nuestro alborozo doméstico, empañado un instante, renació pues más radiante que nunca, y principiaba a confiar en su duración cuando Mariana, irritada del desprecio con que traté a una hija suya, desmoralizada joven de color que se atrevió a creer que yo consentiría en participar de sus halagos en unión de Francisco, el mayoral de la finca, tornó a reprocharme con tanta insolencia el goce de las riquezas de Ambarina que se necesita el grande amor que profeso a la última para no arrepentirme de haber prestado motivo a esa acusación vergonzosa, que hiere mi oído por tercera vez, enlazándome sin otros haberes que una decente medianía con una opulenta heredera.

Más exasperado si es posible aún con la apática tolerancia de mi esposa hacia semejante ultraje que con las groseras palabras de la mulata al calificarme de sórdido advenedizo, penetrado de dolor al asaltarme nuevamente el recelo de que quizá Ambarina me confundía en su pensamiento con los mezquinos seres que especulan con el matrimonio, alarmada mi susceptibilidad al ocurrírseme la idea insoportable de que pueda provenir el afecto que me demuestra de compasión hacia quien juzga salvado de la adversidad por ventajosa boda, me encerré en mi aposento casi pesaroso de los lazos contraídos con tanto júbilo   -256-   de mi parte. ¡Implacable hado! Tú has hecho que las humillaciones de mi primera unión resuciten bajo otra forma.

Esperaba no obstante que Ambarina, amorosa y dulce como de costumbre, viniera a desvanecer mi enojo. No lo verificó. Se retiró a su alcoba sin recordar que yo sufría en la mía, y para colmo de mi resentimiento la oí hablar antes de recogerse con Mariana.

Cuán sombría y eterna me pareció la noche en que así se introdujo otra vez la discordia en mi hogar. Agitábame un temblor convulsivo, porque un amor como el que me animaba, nacido para nunca extinguirse, no podía debilitarse sin prolongada resistencia. Trastornado por el empeño de mi enferma imaginación en afirmarme que Ambarina me desdeñaba en secreto, considerándome vil esclavo del interés, hallé mi lecho poblado de espinas. En lugar de buscar el sueño, que me huía, me ocupé en formar planes para conservar intacta en adelante mi dignidad y decidí para lograrlo no sólo mostrarme inflexible con la mulata sino también, caso que Ambarina prefiriera su nodriza a su esposo, restituirle su libertad interponiendo el vasto océano entre los dos.

¡Resolución cruel! Dios sabe que te concebí con la fúnebre sonrisa del martirio en los labios. Mis padecimientos me revelaron entonces cuanto amaba a la mujer de quien me quejaba; pero al trocarse en punzante tortura aquel amor, fuente de suavísimo consuelo durante la alborada de mis segundas nupcias, conocí que mi joven compañera había perdido a mis ojos de repente la bendita aureola que circuye la frente idolatrada de la persona que nos suministra tiernas y gratas emociones, del ser querido en quien más que en nosotros mismos confiamos.

Los disgustos que acabo de referirte fueron a pesar de su amargura insignificantes comparados con los que me aguardaban al día siguiente. Permanecí en mi aposento hasta que Ambarina, ya bastante avanzada la mañana, ordenó que me avisaran que nos esperaba el almuerzo. Traslademe a la mesa, en la cual comencé a servirme sin mirar a nadie, hasta que sentí unos dulces brazos rodear mi cuello y una mejilla húmeda de lágrimas reclinarse contra la mía. Ambarina venía hacia mí cansada de aguardar inútilmente que yo fuese hacia ella. Aunque hice un movimiento para rechazarla con aspereza los convulsivos sollozos que resonaban en su garganta triunfaron de mi rencor. A pesar mío correspondieron mis brazos a la afectuosa presión de los suyos y mezclé mi lloro con el que la afligida joven derramaba.

-Nos amamos y sin embargo trata de separar nuestras almas el rigor del destino, exclamó ella con un acento que me sobrecogió. ¡Oh esposo querido! Cualquier cosa que suceda jamás dudes de mí.

  -257-  

La miré atónito, pues había en su voz algo de sombrío y terrible que yo no esperaba. ¡Cuán pálido estaba su bello rostro! Toda la sangre había refluido a su corazón, o se había congelado en sus venas, según el color amarillento de su fina piel. Comprendiendo que había sufrido todavía más que yo, repelí el miserable orgullo que me dominaba y obedeciendo a un impulso de irresistible ternura caí a sus pies repitiendo:

-¡Perdón, esposa mía, perdón!

Alzando entonces Ambarina sus admirables ojos al cielo con una expresión de inmenso dolor que me traspasó el alma en lugar de responderme dijo tan débilmente que apenas le oía:

-¡Dios de bondad! Arrebatádmelo todo, todo menos su cariño.

Para tranquilizarla la colmé de caricias, jurándole que puesto que prefería mi amor a todos los bienes de la tierra no lo perdería nunca. Después nos sentamos a la mesa completamente reconciliados. Deseando acabar de restituir la calma a su atormentado espíritu sin aludir al lamentable origen de nuestra querella de la víspera volví a hablarle de nuestro proyectado viaje a Europa. Escuchábame Ambarina con ansiedad y al informarse de mis planes de próxima partida exclamaba con una exaltación extraña en quien tan prósperos elementos posee en el suelo patrio:

-Trasladémonos pronto, pronto, al viejo mundo.

El brillante sol y despejado cielo de Cuba me ofenden con su perenne sonreír; esa vegetación verde siempre me fastidia con su monótono vigor; el cálido clima de estas latitudes me destruye y marchita como a una planta exótica. Anhelo contemplar el poético cambio de las estaciones según Thompson lo describe, ver en la primavera a la tierra esmaltada de flores como por encanto, en el verano coronarse los campos de doradas mieses y los viñedos de maduros racimos, en el otoño caer las amarillas hojas con el melancólico atractivo que inspiró a Víctor Hugo, y luego en el invierno, sentada junto a la lumbre, oír pensativa desde abrigada habitación los silbidos del viento norte, que por fuera gime, o acercándome a los cristales de mis ventanas en una clara mañana de febrero o marzo distinguir allá en la distancia las cimas de los montes cubiertos de hielo, y en torno mío los vecinos tejados blancos al par de resultas de la nevada reciente, que se derrite bajo los rayos del padre de la luz. ¡Oh, estoy en verdad cansada de esta sofocante atmósfera, de este eterno verano! Marchemos a Europa sin dilación.

La entrada de Francisco, que me disgusta soberanamente desde que ofuscado por los celos ha extendido la voz de que de mis seducciones dependen las   -258-   veleidades de Dorila, la cual, segunda Fedra, quisiera presentar mi inocencia tan calumniada como la de Hipólito a los ojos de su campestre Teseo, interrumpió a la entusiasta. El mayoral se dirigió con afectación a mi esposa para probarme, observando el sistema de Mariana, que continúa considerándola principal y única dueña de la casa, y le dijo respetuosamente:

-Señora, acaba de llegar al ingenio el cuñado de mi difunto amo. Mientras se sacude en el colgadizo el polvo he venido a participar a usted su arribo.

La palidez de Ambarina se trocó al escucharle en color cadavérico. Reponiéndose enseguida replicó presurosa:

-¡Bernardo está ahí! Que pase, adelante.

Después, cuando Francisco se retiró, mi esposa se volvió hacia mí con patente inquietud, me asió las manos convulsivamente y me dijo con el melifluo acento que debió haber tomado Betsabé para trastornar a David, o más bien, la falsa Dalila para engañar a Sansón:

-Vas a conocer a Bernardo, amigo mío; vas a hallarte en contacto con el hombre que mi excelente padre me destinó por compañero. Sentiría infinito que esta postrera circunstancia te sugiriera prevenciones contra él, pues el autor de mis días le amó como a un hijo, y aunque yo no participé jamás, te lo juro, de su simpatía por su cuñado, el respeto a la memoria del venerable mortal que fue para mí el mejor de los protectores me impele a contemporizar con su favorito, a desear que viva en armonía contigo, y a darle preferencia sobre un extraño para el manejo de nuestros asuntos.

-¿Es acaso ese Bernardo algún ogro para que necesites recomendármelo tan encarecidamente?, le respondí, chanceándome. En cuanto a sus desdichadas pretensiones a tu mano lejos de odiarle por haberlas concebido lo compadezco a causa del mal éxito que obtuvieron. Tranquilízate, interesante sensitiva, que tiemblas y te asustas por la menor cosa. Dios querrá que nuestra desavenencia de ayer sea la primera y la última que empañe con lágrimas de tristeza esos brillantes ojitos de cocuyo.

Iba a besarle en la frente con todo el fervor de una reconciliación ansiada cuando entró Bernardo en la pieza donde así afectuosamente platicábamos. Al rumor de sus pasos levanteme para saludarle con sincera cordialidad. Pero mi mano, extendida hacia la suya con ademán amistoso, retrocedió antes de haberla tocado; una exclamación de furor brotó de mis labios en vez de las frases corteses que iban a pronunciar y justa indignación debió retratarse en mi semblante. Aunque Bernardo no posee el salvaje exterior de un ogro su hipócrita fisonomía,   -259-   que recuerda la de un gato en acecho, su oblicua mirada y su encendida cabellera me causaron un escalofrío de espanto, pues en él había reconocido al corruptor de Carmela, mi primera esposa, y al seductor de Beatriz, que por poco trae a el honrado hogar de mis padres la ignominia en que la sumergiera aquel hombre inmoral.

Ínterin las terribles sensaciones que así me cogían desprevenido me quitaban el uso de la palabra, Bernardo a despecho de la culpable turbación que no logró disimular en el primer momento decía con el aplomo del perverso endurecido, saludando a mi consorte:

-Como sólo por la voz pública he sabido, Ambarina, tu matrimonio ignoraba que el Silva con quien te has casado fuera el caballero del propio apellido a quien97 conocí en la península. Mucho me alegro de la casualidad que me ofrece ocasión de vindicarme de algunos agravios que me atribuyen para con él, y que no cometí por cierto, como espero probar ahora que la suerte nos reúne para desvanecer un antiguo quid pro quo.

-¡Miserable!, grité, transportado de cólera con la infernal sangre fría del que me había ofendido en lo más precioso que posee la criatura humana, el honor. ¿Te atreves a negar cosas que contemplaron mis ojos desgraciadamente, y que tus víctimas confesaron en la hora tardía y suprema del arrepentimiento? En vano intentas ofuscar mi razón con tu diabólica serenidad. El recuerdo de mis desdichas y de tu infamia permanece aún vivo, palpitante en mi pecho para tu oprobio y mi eterna rabia. Escúchame, Ambarina, y participarás de la justa aversión que me inspira el vil reptil cuyo apellido por un funesto acaso no has pronunciado nunca en mi presencia al hablarme de él. Yo ignoraba además que ese inicuo fuera hermano de la difunta esposa de don Diego de Alarcón. Lo que sí sabía demasiado era que Bernardo Arribas era el más falso, cobarde y traidor de todos los descendientes de Judas. Él pervirtió a Carmela, antes de tratarlo esposa fiel, honesta y pura; él convirtió mi pacífica morada, en la cual se introdujo fingiéndome amistad, en albergue de desconsuelo y llanto; él en fin arrojó en el sepulcro a la pobre mujer que en sus criminales caricias había apurado la ponzoña del adulterio. Y lejos de experimentar los remordimientos de su crimen ante la prematura tumba que abriera su inmoralidad, riéndose con impudente cinismo de lo que osaba llamar naturales devaneos de la juventud, ocultando su corrupción con la máscara de usurpada virtud que adquiriera dando públicas limosnas, asistiendo al templo cristiano puntualmente y envolviendo en profundo misterio su depravado libertinaje, emprendió la seducción de Beatriz a continuación de la de Carmen, envileció a la inexperta virgen después de haber envilecido a la honrada matrona, y arrancó de la frente de la primera los azahares de la inocencia según arrancara de la de la última las siemprevivas de la constancia   -260-   conyugal. ¡Oh! Por dos veces esa hipócrita víbora, ese mezquino gusano me ha torturado el alma. ¡Yo impediré que lo consiga la tercera!

Mientras en estos términos exhalaba mi justo furor, Ambarina lívida como la víspera la había visto al indicarle que me hallaría con suficiente ánimo para huir de su lado más bien que para soportar posición humillante junto a la mujer de mi elección, apoyábase temblorosa en el respaldo de una silla.

-Encontrábame ajena de lo que acabo de oír, balbuceaba con extraño acento; pero temía algo por el estilo. ¡Mi sino debe cumplirse!

-Ambarina, le dije entonces con fuerza, no necesito añadir una palabra más para que comprendas que tus amistosas relaciones con ese miserable quedan concluidas para siempre. Mi compañera, mi amada, debe despreciar y aborrecer tanto como yo al ente ruin que me ha herido en el corazón pérfidamente. Tu mismo padre, el respetable anciano que me has pintado como tan noble y bueno, sólo le profesó98 cariño porque ignoró su negra maldad. Si lo hubiera conocido a fondo lo hubiera rechazado de su casa con horror. Yo me conduzco pues como él se hubiera conducido diciendo a Bernardo Arribas: salga usted inmediatamente de mi morada. Lo arrojo a usted a puntapiés porque no merece que busque un acero y exponga mi vida, que a nadie ha perjudicado, contra la de usted, que está de más en la tierra.

Bernardo, sin embargo, en lugar de obedecerme me miró con satánica malevolencia, se encogió de hombros con desdén y exclamó, volviéndose hacia Ambarina:

-Estoy fatigado del viaje: así en vez de detenerme aquí99 como un poste, escuchando los disparates de tu marido, manda que me preparen blando lecho para descansar. Siento infinito la ofuscación de tu señor y dueño, que me cierra el camino de su amistad; pero como no poseo la longanimidad precisa para tratar de persuadir a un loco me pasaré sin ella. Ya sabes que he venido a verte para encargarme de la administración del Antilla. Signifícalo por lo tanto a tus dependientes y permíteme ahora ir a dormir un rato.

-¡Bernardo! ¡Bernardo! murmuró mi esposa con un extravío en la mirada semejante al que produce la fiebre. En nombre de Dios, en nombre de mi padre, en nombre de mí misma, que tanto he padecido, parte, retorna a La Habana; respeta mi reposo doméstico. El cielo recompensará tu moderación y... yo también.

-Ya que piensas viajar quiero que me prefieras a un extraño para manejar tus bienes mientras ausente permanezcas, replicó el insolente con un énfasis que   -261-   causó un efecto parecido al que me hubiera causado su aleve mano aproximándose con insultante ademán a mi rostro. Yo no hago caso de necedades y acomodándome la administración del ingenio me quedo en él.

-No lo conseguirás, infame, ínterin tenga yo voluntad y fuerzas suficientes para impedirlo, grité trastornado por la cólera. Sal de mi casa sin dilación. Voy a probarte que mando en ella según me corresponde. ¡Ala! Francisco, ayúdame a echar a este bribón de la finca.

Pero Francisco, que había entrado en la pieza con Bernardo, cual si no me hubiera oído continuó observando con los brazos cruzados mi lucha con aquel hombre inicuo, que osó contestar a los golpes que mi mano le dirigía para arrojarlo fuera con otros iguales.

Fue en verdad brutal y degradante espectáculo el de mi combate con mi enemigo y recordaríalo por mi parte avergonzado a no hacerme mayores penas, indiferente a cosas que en las circunstancias ordinarias de la vida no soportaría mi orgullo tan filosóficamente.

A pesar de los clamores de Ambarina, Bernardo y yo reñíamos a puñadas como dos boxeadores ingleses. El furioso vértigo que alteraba mi razón duplicaba en cambio mis fuerzas, muy superiores hasta en mi estado normal a las de mi contrario, y hubiéralo ahogado entre mis brazos a no haber caído a tierra arrastrándome consigo.

Allí, aunque oprimido por el peso de mi cuerpo me mordió el traidor con tal rabia en una mano que no pude reprimir un doloroso alarido.

-¡Piedad, Bernardo, piedad! ¡Me someteré a tus exigencias con tal que no maltrates a mi Octavio!, exclamó Ambarina entonces, arrodillándose junto al grupo que formábamos ambos, extendidos en el suelo en grotesca y a la vez terrible actitud.

Enseguida Francisco nos separó con una violencia irrespetuosa que aumentó mi enojo. Pareciome que aquel hombre venal, pronto siempre a aproximarse al que más podía, indicaba al declararse insidiosamente por Bernardo que lo juzgaba más influyente que para con su ama.

Ciego de indignación en consecuencia dirigime a mi esposa y con voz sofocada:

-Señora, le dije, después de lo que acabo de revelar ¿se atreverá usted a proseguir admitiendo a Bernardo en su trato y confianza? Después que ha levantado   -262-   ese traidor su mano contra mí ¿continuará usted extendiéndole la suya? Sin duda he comprendido mal las palabras de usted, señora y a usted toca desvanecer mi engaño.

-Octavio, repuso la joven, postrándose a mis pies, mi padre ordenó en su lecho de agonía que fuera una amiga, una hermana para Bernardo. Que no me causen pues vuestras querellas angustias peores que las de la muerte.

-Ya que posee usted señora, memoria tan fiel para recordar los paternos mandatos, téngala igualmente para no echar en olvido sus obligaciones conyugales, exclamé con amargura. Extraordinario es en verdad el amor que usted me juró ante los altares cuando sacrifica usted mi dignidad, mi reposo y mis derechos a una insolente mulata como Mariana, y a un ente vil como ese hombre, que ahora se burlará de mí con justicia. Ayer, señora, comencé a dudar del afecto de usted, hoy he llegado a arrepentirme de haber unido mi destino al de una mujer que considera como extraños los agravios inferidos a su consorte. Semejante comportamiento me prueba que no cree usted comunes nuestros bienes y desdichas; que ambos debemos vivir y sentir separadamente. ¡Enhorabuena! A mi turno sabré tener una memoria puntual. ¡Ah, malvado! añadí, volviendo a acercarme con ademán amenazador a Bernardo, tú me hieres por tercera vez y ¡gózate en mis triste confesión! más dolorosamente todavía que antes. Sí, Ambarina, dije con un desorden que no me permitía la desesperación contener, yo te había consagrado un generoso culto digno siquiera de haberme captado tu agradecimiento. Pero la frialdad de tu corazón te ha impedido apreciar el ardor del mío, o esclava quizá de más antiguo amor que el que concediste al cabo a mis tenaces súplicas, careces de la virtud necesaria para anteponer tus obligaciones a tus afectos. No me creas, en nombre del cielo, tan neciamente cándido que piense que por veneración a las cenizas de tu padre proteges al miserable a quien él al par hubiera maldecido si hubiera leído en su tenebroso pecho. Prometida primero de Bernardo Arribas, y rechazada por su veleidad, quisiste suicidarte; vencida después por mi persecución aceptaste por lástima mis votos; conmovida ahora al aspecto de tu pérfido amante, sientes resucitar la adormida llama con la violencia de las contrariadas pasiones. Desgraciada de ti, Ambarina, que contrajiste un matrimonio sin amor, y más desgraciado de mí aunque palpitante de entusiasmo uní mi alma fogosa al alma helada que me repelía. ¡Oh! ¿Cómo ha tardado tanto en caer la venda que me tapaba los ojos? ¿Cómo no he conocido antes que la mujer que me acusó de pretenderla por sus riquezas, que me obligaba a soportar las injurias de una criada mulata bajo pretexto de que era su nodriza, que en fin no olvidaba sus deberes sino los que tenía para conmigo, jamás me había profesado ternura ni consideración? ¡Ay! La vehemencia de mi deseo me engañaba como a un niño, inspirándome la inefable certeza de la correspondencia apetecida. Mas, puesto que por último veo claro y   -263-   comprendo que mi esposa prefiere a mi cariño el del protegido de su padre pronto quedará libre de estorbos.

Torné enseguida a encerrarme en mi aposento, de donde no salí en el resto del día. En vano vino Ambarina a llamar, llorar y suplicar a mi puerta. No la abrí hasta que envuelta la casa en las profundas sombras de la noche, yacían cuantos la habitaban entregados al sueño. Entonces, saliendo al campo con el mayor sigilo, me dirigí, acompañado de mis siniestros pensamientos, a la finca en que tan contento permaneciera antes de mi funesto enlace. Entré en el «Paraíso» sin que me lo estorbaran perros ni guardieros y toqué al rayar el alba a la puerta de mi rústico amigo Tomás, que acudió a abrirme armado de un formidable trabuco.

Considera su asombro al reconocerme. Inmediatamente encendió luz, me hizo sentar, me trajo café y despertó a su Lola, para que con su gracia femenil comunicara algún atractivo a su sencilla hospitalidad. Guiada por el penetrante instinto de su sexo, apenas Lola distinguió mis facciones al vacilante resplandor de la vela de sebo adivinó el motivo que allí me conducía y con ese franco abandono tan seductor en la mujer cubana a cualquier clase que pertenezca, dijo, sentándose a mi lado:

-¡Pobre caballero! Le atormentan penas que nosotros ignoramos, Tomás. Todos envidiamos a los ricos y sin embargo no es el dinero quien proporciona la dicha. Tú y yo, Tomás, no necesitamos talegas de oro para vivir contentos, porque nuestro cariño constituye nuestro tesoro verdadero.

-Calla, Lola, contestó el guajiro, observando que me tapaba el rostro con las manos para ocultar mi emoción. Don Octavio es doble feliz que nosotros, porque su casa además de contener tanto amor como la nuestra, encierra comodidades que jamás están de sobra en el valle de miserias que atravesamos. Si ha tenido algún disgusto con la señora Ambarina ¡bah! también nosotros refunfuñamos a menudo, y no por eso nos queremos menos. ¿Cómo podemos pretender que permanezca nuestro espíritu en perpetua serenidad cuando hasta el cielo se cubre a cada rato de nubes? Pero después del trueno y la lluvia el horizonte aparece más claro que nunca, y la tierra más galana y risueña que anteriormente. Así son las querellas entre esposos: truenos pasajeros, momentáneos chubascos, a los cuales presto sucede la alegre claridad de la reconciliación.

Y el buen Tomás se echó a reír como para transmitirme su festivo humor. No hallando empero eco en mi silencio sombrío, avergonzado de su poco tacto sacó un veguero y se puso a fumar con aire meditabundo. Enseguida, arrojando una bocanada de humo, me preguntó con afectuosa sencillez:

  -264-  

-¿Hay por ventura alguna cotorra amarilla a quien dar muerte? Según deshice ha tiempo de un escopetazo el maleficio que trataba de enviarlo a usted anticipadamente al otro mundo, puedo destruir ahora el que ha turbado la paz de su hogar.

-En la actualidad para restituirme el reposo doméstico necesitarías matar una asquerosa ave de rapiña, respondí convulso. El buitre se ha apoderado de mi domicilio legítimo y me ahuyenta de él. No huyo sin embargo por cobardía sino porque para vivir junto a una mujer que no nos detiene gustosa vale más morir lejos de su lado.

Mi llanto corrió a estas palabras con una especie de frenesí. Aquel torrente de dolor arrebató, lo conozco, las flores, el verdor y, la lozanía de la ternura que Ambarina me inspirara, pues desde que nos abandona la fe en el objeto amado comenzamos, repito, a amarle menos.

Contemplábanme atónitos Tomás y Lola. En su ingenua, honrada y completa armonía conyugal no acertaban a descifrar todas las torturas que me redujeran a aquel amilanamiento, vergonzoso para un hombre de mi condición.

-La señora Ambarina amaba a usted de veras y no puede haber cambiado tan pronto, exclamó la trigueña Lola. Aún tienen ustedes, como nosotros, la miel de la boda en los labios.

-Pobre de ti si algún día se convirtiera en hiel en los tuyos, añadió Tomás. Mi robusta mano te sacudiría el polvo hasta curarte de malos devaneos. No hay como una corrección enérgica, señor Octavio, para sentar la cabeza a las mujeres. A lo menos en nuestra clase se acostumbra recurrir en tiempo oportuno a semejante remedio, y quizá depende de él que la compañera del artesano no experimente los flatos, hipocondrías ni veleidades de las damas ricas, que sólo se ocupan en echarse fresco con el abanico.

-Quien te oiga, Tomás, no te creerá el dócil cordero que guío a donde me place con una hebra de mis negros cabellos, repuso Lola con un acento que hubiera adquirido joviales inflexiones a no impedirlo el respeto a mi aflicción. Para castigarte por las brutalidades que acabas de decir he de ir el próximo domingo al pueblo a bailar el zapateo escobillado con mi antiguo apasionado Miguel, que es el buitre de nuestro tosco nido, señor Octavio, para mi asustado esposo, el cual a fin de ocultar su miedo promete de continuo tratar al incauto mozo como a la cotorra amarilla.

-¿Miedo yo a Miguel?, objetó Tomás, chispeándole los ojos como dos carbones encendidos. ¡Ah! si dices lo que piensas en tono de chanza no me conoces,   -265-   Lola. Jamás temeré que enamoren a mi mujer, porque mataré antes al que lo intente y serviré su corazón en un sabroso ajiaco a la pérfida, según afirman que verificó allá por los años de Maricastaña cierto señor más celoso que un turco, cuyo nombre enrevesado he leído en un libro viejo.

-¿Y qué ganarías con ese arrebato, Tomás?, exclamé gimiendo. ¿Acaso la violencia te devolvería el cariño de la ingrata? ¡No, no! Yo amo la libertad hasta en los afectos, y al alma que no viene espontáneamente hacia la mía la dejo ir a otra parte.

-Entonces ¿cuenta usted por nada, D. Octavio, el placer de la venganza, o, más bien, de la justicia con que hacemos sufrir al que sufrir nos ha hecho?

-Si la venganza, querido Tomás, nos restituyera los perdidos bienes comprendo que siguiéramos sus consejos. Pero puesto que nada puede en el asunto prefiero buscar alivio en el olvido. Y por difícil que parezca olvidar la memoria que reina en nuestro pecho, absorbe nuestro ser y nos traslada a un mundo aparte en el cual padecemos solos, tristes y desesperados; como para el tiempo no existen imposibles, por distante que se nos figure la hora del ansiado consuelo resuena al cabo, cicatrizando la herida que juzgábamos incurable. ¡Ah! De otra manera sería la vida un martirio superior a la resistencia del pobre mortal.

-El señor Octavio habla como un libro, observó Lola sencillamente. Aprende de él, Tomás: aprende, guajiro mío, añadió, dándole un golpecillo en la cara con su trigueña mano, que el mayoral besó con una viveza que me oprimió el corazón, pues me recordaba el contraste de nuestras situaciones respectivas.

Al siguiente día, cuando según el poeta francés:


L'aurore s'allume,
l'ombre épaisse fuit,
le rêve et la brume
vont où va la nuit!



despedime de aquellas buenas gentes, ordenándoles que nada revelaran a Ambarina del penoso estado en que me vieran, y menos aún de mi resolución de marchar a La Habana para desde allí dirigirme a Europa en el primer bajel que partiera para un puerto de España. Tomás y Lola vertieron copioso llanto al decirme adiós, contemplando el honrado campesino a pesar de su celoso carácter, con sincera complacencia el ósculo que deposité en las mejillas de su compañera, la cual exclamaba con una vehemencia que comprendí más tarde:

-Dios es justo y no permitirá que se aleje usted así tan solo y tan desdichado. Cierta estoy de que no puede permitirlo.

  -266-  

A las once de la mañana, encontrábame de nuevo en la capital después de cinco o seis meses de ausencia. Fui a alojarme, como a mi primer arribo a ella, a casa de los apreciables dueños del «Paraíso», familia que a causa de antiguas relaciones con la mía me manifiesta constante deferencia. Apenas tomé posesión del aposento que ocupara antes de mi segundo matrimonio corrí a pagar mi pasaje en el vapor correo que debía salir a fines de la semana para la península. Seguro ya de obtener un camarote a su bordo retorné a mi domicilio temporal entregado a febril agitación. Necesitaba hablar, moverme, reír convulsivamente. Formaba no obstante un contraste tan raro mi desencajado rostro con mis nerviosas carcajadas que mis amigos de la ciudad, aunque ignorantes de mis desastres domésticos, sospecharon que mi cuerpo y mi alma sufrían a la vez. Exigieron100 por lo tanto que me recogiera temprano y cuando me hallé solo, conmigo mismo, sucediendo profundo abatimiento a mi delirante inquietud me acosté creído de que iba a morir de tristeza.

Renuncio a expresarte las ideas que entonces por mi mente cruzaron temiendo envenenar tu corazón. Básteme decirte que me convencí de que la felicidad únicamente existe en la tierra como una utopía divina, y de que caso que llegue a convertirse en realidad, se refugia en una vida oscura, tranquila e ignorada, como la de Tomás y Lola, los cuales, fijos en su rincón modesto no han ido dejando sus ilusiones en los desengaños del mundo, como la oveja su vellón en los zarzales del camino.

En la inmediata mañana, y en el momento de escribir con trémula mano y pecho oprimido mi carta de despedida a Ambarina, tocaron a la puerta de mi estancia, la empujaron con violencia y antes que me fuera dado responder una mujer entró, arrojó el velo que le ocultaba las facciones y... reconocí a mi esposa.

Estaba tan cambiada que me estremecí al verla.

-¡Ingrato! exclamó, apostrofándome con la impetuosidad que constituye el fondo natural de su carácter: ansías mi muerte, puesto que me huyes. ¡Y bien! He aquí un arma. Sepúltala en mi seno. Te lo agradeceré como el mayor de los beneficios.

Hablando así presentábame su crispada diestra un pequeño puñal de que se había provisto ínterin con la izquierda mano separaba los blancos cendales que velaban su pecho, repitiendo:

-¡Hiéreme, no tardes! Es la última prueba de cariño que espero de ti. ¡Ah! No debe costarte mucho, puesto que me abandonas, que has cesado de amarme.

  -267-  

Corrieron mis lágrimas al oírla. A pesar de lo sucedido su patética voz conmovió mi alma, que la había amado, que quizá la amaba aún intensamente, y para resistir a las emociones que me dominaban asiendo con precipitación mi sombrero, quise ganar la puerta y alejarme.

Pero Ambarina, que adivinó mi intento, cerrando aquélla con un arrebato que la revistió del terrorífico y a la vez majestuoso aspecto de Medea celosa me dijo casi con desprecio:

-¡Cobarde! Te falta valor para escuchar mis reproches y pretendes evitarlos con la fuga. Ya que me odias y lo declaras con tu conducta mátame según te suplico. No creas que lo deseo de labio afuera. Tu desdén me da el golpe de gracia y no quiero que mi horrible agonía se prolongue demasiado.

-¿Se atreve usted a reconvenirme, señora, cuando soy yo el ofendido? repliqué, recobrando mi entereza al eco de sus quejas injustas. ¿He sido yo por ventura el primero en destruir nuestra armonía doméstica? ¿Tiene usted acaso que echarme en cara que amo y patrocino a los enemigos de usted en lugar de rechazarlos y aborrecerlos? ¡Ah, señora, señora! En vez de acusar, humíllese usted y confiese sus yerros; lejos de erigirse en juez siéntese en el banquillo de los culpables y pida perdón.

-Pues bien. ¡Perdón, Octavio, perdón! gritó con desgarradores acentos la mujer incomprensible a quien me he enlazado, postrándose a mis plantas.

Había sufrido tanto recientemente por causa suya, inspirábame resentimiento tan doloroso la imprudencia con que había marchitado, la insensata, nuestro entusiasmo conyugal que la dejé en aquella humilde actitud.

-¿Pretende usted, señora, detenerme en La Habana y reanudar los lazos que iba a romper mi indignación con sobrados motivos?, le pregunté secamente. En tal caso ya Bernardo Arribas habrá salido de la morada de usted; ya el fementido, que tanto mal me ha hecho no contaminará con su impuro hálito el aire que se respira en la mansión a donde usted me ruega que regrese, señora.

-Bernardo permanece todavía en el «Antilla», contestó Ambarina con angustia, porque temiéndole tanto como a ti te amo no puedo arrojarle de allí. Un secreto que en nada ofende mi virtud (lo digo por los venerados restos del autor de mis días) me impide ayudarte a pisotear a la serpiente a quien he mirado con instintiva repugnancia hasta cuando no sospechaba que la desgracia me pondría en parte a merced suya. ¡Octavio, Octavio! Sé confiado y bueno para con esta infeliz, que a la verdad lleva consigo el sello de que la convicción debe destruir con sus protestas las zozobras que te agitan. Prométeme que impondrás   -268-   silencio a tus inquietudes. Venderé con sigilo nuestros bienes, que son tan tuyos como yo misma, y luego nos marcharemos lejos, muy lejos, a donde Bernardo no nos descubra, y caso que lo consiga no produzcan en ti sus palabras el efecto que te causarían aquí. Accede a mi súplica, amado Octavio, accede en nombre del cielo.

A pesar de la sinceridad que se revelaba en las facciones, los ojos y los acentos de Ambarina, el recelo de servirle de juguete, el disgusto que me inspiraba la existencia de un misterio entre ella y Bernardo, y sobre todo el recuerdo de la falacia de mi primera esposa me indujeron a repeler sus manos, que estrechaban las mías, a cerrar mis oídos a sus clamores, que buscaban el camino de mi corazón.

-Basta, señora, exclamé. Si usted representa una comedia en este instante recurra para urdirla a medios mejores que los que ofrece un enigma inverosímil. En el matrimonio cesa la felicidad de los cónyuges desde que se interponen secretos entre ambos. ¿Lograrán formar una sola dos almas que tratan de envolverse separadamente en el velo del disimulo? No, señora, y usted lo sabe demasiado. Respecto al trágico puñal que pretende usted blandir contra su propio pecho, arrójelo lejos de sí, pues son de pésimo gusto las exageraciones de esa especie en una fina y discreta dama. Las gitanas y manolas de mi país pueden usarlo, porque no lo manejan de mentirijillas, y se dan sendas puñaladas tratándose de cuestiones de gran interés para su corazón. Pero usted, señora, más deseo que de bajar al sepulcro tendrá de vivir para proteger a tan virtuoso joven como Bernardo, para recibir las caricias de tan ejemplar matrona como la mulata Mariana.

-¿Cómo?... ¿Osas atribuir a vil y despreciable ficción la vehemencia de mi pena?, dijo Ambarina, levantándose trastornada por mi glacial ironía. ¿No te manifesté en una maldecida noche que en vez de aterrarme la muerte llega mi valor para desafiarla hasta la impiedad? ¡Insensato! ¿Crees que Ambarina no hubiera ya sumergido esta arma en su seno si en lugar de un crimen no temiera cometer dos?

-No te comprendo, murmuré con frialdad. ¿Aludes a algún nuevo secreto, a algún nuevo enigma entre Bernardo y tú?

Cubriéronse entonces sus lívidas mejillas con el ardiente rubor de la indignación y la vergüenza.

-¡Bárbaro! Me has matado, y conmigo a tu hijo, añadió, cayendo a tierra como herida del rayo.

¡Ah, Mauricio! Qué supremo gozo me hubiera inspirado en diferentes circunstancias semejante revelación. Pero en aquella azarosa crisis sólo sentí dolor,   -269-   dolor inmenso en mis entrañas paternales a la idea de que mi hijo nacería de una madre que acababa de llamarme despiadado y cruel, y a la cual dirigía yo sin pronunciar las invectivas peores aún.

Amigo, el matrimonio decide en gran parte de la suerte del mísero mortal. Cuantos desventurados, afectos primitivamente a la virtud, se han lanzado más tarde en los vicios, buscando distracción a sus disgustos conyugales. Antes pues de contraer tan grave lazo estudia a tu futura y lejos de ceder a irreflexiva pasión domínate lo suficiente para que la razón sirva de guía en esa importante faz de tu destino. No basta que una joven sea amable y bella para labrar nuestra dicha, necesitamos sobre todo que su educación, antecedentes y costumbres la hayan convertido en ángel de la paz doméstica, que nada en su pasado se oponga a que marche con firme rectitud por la senda del porvenir. La casualidad me hizo encontrar a Ambarina de una manera que hubiera impedido a otro hombre más sensato elegirla por compañera de su vida, entregándose a los sacrílegos arrebatos del suicida y descubriendo con su falta de resignación que no poseía las más preciosas virtudes de la mujer, paciencia, humildad y fe en el cielo. Después, sin fuerzas para resistir a un amor delirante, a pesar de no haber leído de la historia de su existencia sino una página tenebrosa le confié mi honor, mi reposo, mi privada felicidad. Y ya me había unido a ella irrevocable juramento cuando supe que aunque legitimada por su padre años antes de morir éste, Ambarina se había mecido en bastarda cuna, había aceptado por adoptiva madre a una mulata desmoralizada y conservaba hacia el pariente del autor de sus días que solicitara primero su mano una especie de servil deferencia. Estos tardíos descubrimientos, de que tiene la culpa mi imprudente precipitación, me colocan en una situación falsa, humillante y penosa que prueba la exactitud del vulgar axioma: «Antes que te cases mira lo que haces».

Mas he aquí que adquiere nuevo incremento mi locura, impeliéndome a contar los eslabones de la cadena que a ciegas me he echado al cuello para que me parezca más pesada. Tregua pues a lamentos inútiles y adiós, hasta dentro de pocas semanas, que volveré a escribirte, o de tres o cuatro meses, en que te daré en persona un estrecho abrazo.



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