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América sin nombre. Núm. 4, diciembre de 2002


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ArribaAbajo El novelista paraguayo como re-escritor de la Historia

Mar Langa Pizarro57


No veo más camino para el novelista nuestro en este umbral del siglo XXI que aceptar la muy honrosa condición de cronista mayor, Cronista de Indias, de nuestro mundo sometido a trascendentales mutaciones.


Alejo Carpentier, La novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo.                


Hasta bien entrado el siglo XX, la narrativa paraguaya está marcada por el retraso: es un género que nace tarde, que acoge las tendencias universales cuando en otros países ya están caducas, y que no alcanza su madurez hasta la década de 1950. De hecho, la primera novela aparecida en formato de libro en Paraguay, Zaida, del argentino Francisco Fernández, es de 1872; y, hasta 1905, fecha de la publicación de Ignacia, del también argentino de origen pero paraguayo de adopción José Rodríguez Alcalá, no se puede hablar de la existencia de una novela paraguaya. Además, las primeras obras narrativas capaces de interesar a la crítica y a los lectores internacionales son fruto de autores que, por razones políticas o económicas, abandonaron Paraguay a partir de la guerra civil de 1947.

Los que permanecieron en el país durante la larga dictadura stronista (1954-1989) se enfrentaron a múltiples dificultades para actualizar la prosa de ficción: al ostracismo se sumaban el desprestigio y la persecución de las actividades intelectuales, y la imposibilidad de publicar. Sin embargo, en los años finales del régimen stronista, la puesta en marcha de algunos proyectos editoriales animó a los escritores. En ese contexto, la prosa paraguaya se diversificó y trató de adoptar procedimientos técnicos innovadores. Como ha sucedido en otros países con gobiernos totalitarios, al endurecerse la censura de los medios de comunicación, la literatura se convirtió en un sustituto de los mismos. La acogida de los lectores (aunque no fuera masiva, dada la escasa población del país y sus problemas socioeconómicos) favoreció la proliferación de narraciones literarias que reflejaban la realidad contemporánea (ya sea desde la perspectiva política, costumbrista o social), o indagaban en un pasado que, en buena medida, podía explicar el presente.

Esta última tendencia resulta especialmente interesante porque supone que, por primera vez en su historia literaria, la prosa de Paraguay desarrolla sin decenios de retraso la corriente que está triunfando en el resto del continente. Hablamos, claro está, de la «nueva novela histórica hispanoamericana», llamada así desde el estudio de Seymour Menton, La nueva novela histórica de la América Latina, 1979-1992. Como novela histórica, el subgénero es un híbrido en el que la exposición de los hechos pasados se aborda desde las convenciones literarias. La novedad a la que hace referencia su nombre radica en el modo de abordar esos hechos, que se refleja en los recursos narrativos utilizados. Para entender esas transformaciones, conviene que recordemos el origen del género, y que tratemos de definir sus dos ingredientes (novela e Historia).

Según estableció Lukács (1976) en su célebre estudio, la narrativa histórica surgió a finales del siglo XVIII, como consecuencia de la Revolución Francesa (que favoreció el desarrollo   —48→   de la burguesía) y del Romanticismo (que propició el sentimiento popular de ser parte de la Historia). El esplendor de esta tendencia, a principios del siglo XIX, coincidió con el nacimiento de los nuevos estados hispanoamericanos, y ayudó a la construcción de sus identidades nacionales. No sucedió así en Paraguay, ya que el país llegó a la Independencia (1811) sin haber formado una elite cultural: la inexistencia de metales preciosos hizo que la Corona española nunca se ocupara en exceso del territorio, al que se negó la fundación de una universidad para la que los propios ciudadanos recaudaron fondos en 1754 y en 1788 (por eso, Paraguay no tuvo universidad hasta 1889). Además, el fracaso de la Revolución de los Comuneros (1735) supuso un fuerte golpe para la aristocracia local; y la expulsión de los jesuitas (1767) dejó a esta colonia sin prensa. Ya en la etapa independiente, la dictadura de Francia (1814-1840) cerró el país e impidió toda actividad artística. Las esperanzas que se forjaron con la relativa apertura del gobierno totalitario de Carlos Antonio López (1842-1862) se truncaron con la Guerra de la Triple Alianza (1865-70), que enfrentó a Paraguay con Brasil, Argentina y Uruguay durante el mandato de su hijo, el mariscal Francisco Solano López (1862-1870). Acuciados por la urgencia de reconstruir el país tras la contienda, los intelectuales de la posguerra volcaron sus esfuerzos en consolar a sus compatriotas por medio de la poesía, y en elaborar un tipo de ensayo «historiográfico» que cumplió una función similar a la que había desarrollado la novela histórica en otros países del entorno.

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Diagonal de sangre. Portada.

Y llegamos así a la necesidad de precisar qué son la historiografía y la novela, para ver sus diferencias y sus puntos de encuentro. En la última edición del diccionario de la RAE (2001), corresponden tres acepciones a la entrada «historiografía»: «arte de escribir la historia», «estudio bibliográfico y crítico de los escritos sobre historia y sus fuentes, y de los autores que han tratado de estas materias» y «conjunto de obras y estudios de carácter histórico». Por su parte, la «novela» es, según su primera definición, una «obra literaria en prosa en la que se narra una acción fingida en todo o en parte, y cuyo fin es causar placer estético a los lectores con la descripción o pintura de sucesos o lances interesantes, de carácter, de pasiones y de costumbres»; y la «novela histórica», «la que desarrolla su acción en épocas pasadas, con personajes reales o ficticios».

Por tanto, la historiografía y la novela histórica coinciden en su cualidad de «arte» que utiliza la lengua para plasmar el pasado, y en la necesidad de estudiar la Historia para narrarla. La diferencia principal parece estribar en que la novela puede incluir acciones y personajes ficticios. Sin embargo, el límite entre lo real y lo «fingido» no resulta tan evidente ni en Paraguay ni en otros países. En el caso paraguayo, el principal de los autores de los «ensayos historiográficos» antes mencionados, Juan Emiliano O'Leary, no dudó en confesar: «... he querido ser, ante todo, el animador [...]. Para devolver a la nacionalidad su fe perdida, para unificar su conciencia, para curarla de su derrota y de su derrotismo» (Apostolado patriótico). Con ese fin, tanto él como sus seguidores lucharon por convertir a los primeros gobernantes de la Independencia (Francia y los dos López) en héroes incuestionables, aunque para ello fuera necesario inventar hechos memorables, silenciar actos tiránicos, y revestir sus personalidades de las virtudes de los grandes hombres. Si los documentos no avalaban tales imágenes, los «ensayistas» se limitaron a ignorarlos o a destruirlos. Así, la historiografía se cubrió con ropajes de ficción, y esa ficción se institucionalizó como una verdad indiscutible, que se difundió en la prensa, los libros y los discursos de los dirigentes que, desde la Guerra del Chaco (1932-1935), se declararon herederos de los héroes consagrados. Sólo en los años ochenta del siglo XX, algunas obras historiográficas sobre Paraguay se dedicaron al «estudio bibliográfico y crítico de los escritos sobre historia y sus fuentes», en lugar de ponerse al servicio de los políticos que necesitaban el pasado para justificar el presente (es el caso de los trabajos de Juan Carlos Herken y María Giménez, Gran Bretaña y la Guerra de la Triple Alianza, 1983; y Milda Rivarola, La polémica francesa sobre la Guerra Grande, 1988).

Como observó Valeria Grinberg (2001), a la tendencia positivista y objetivista de la historiografía del siglo XIX, correspondieron las   —49→   novelas históricas realistas (o tradicionales), cuyo narrador extradiegético daba paso a protagonistas ficticios que convivían con personajes secundarios reales. Pero, cuando los escritores paraguayos del último cuarto del siglo XX abordaron la escritura del pasado desde la novela, los propios historiógrafos habían reconocido que la Historia nunca es objetiva. El reflejo de esa crisis en la concepción de la Historia es la novela histórica contemporánea, que percibe la realidad como algo complejo y subjetivo, incompatible con la dimensión mítica. Por tanto, la Historia oficial se cuestiona a través del relato literario, que multiplica los puntos de vista, y recurre a la ironía y a la parodia. Además, la «nueva novela histórica» humaniza a los grandes hombres; rompe el planteamiento cronológico mediante anacronismos, analepsis y prolepsis; introduce el monólogo interior; y hace de la memoria de los testigos un argumento de veracidad de lo narrado. De ese modo, la literatura se transforma en una vía para indagar en la verdad, aunque ésta se considere intangible. La consecuencia es el desarrollo de un punto de vista crítico: al investigar en el pasado, la novela histórica paraguaya contemporánea cuestiona la versión oficial de los hechos, manifiestamente revisionista; demuestra que los escritores de esa Historia oficial utilizaron la invención y los recursos literarios; y ofrece una nueva versión de los episodios fundamentales de la Historia del país.

Cronológicamente, el primer intento paraguayo de acercarse al pasado desde una perspectiva desmitificadora fue Yo el Supremo, novela que Augusto Roa Bastos publicó en Argentina, en 1974. Como es sabido, esta obra, que inauguró la tendencia conocida como «novela del dictador», aborda la figura de Gaspar Rodríguez de Francia, el primero de los dictadores paraguayos. Vilipendiado por su excesiva reglamentación de la vida pública y privada de Paraguay, que convirtió en imposible cualquier disidencia, Francia fue más tarde reivindicado por los revisionistas como uno de los «pilares de la patria». En la novela de Roa Bastos, sin embargo, el personaje es abordado sin distanciamiento épico, por medio de un lenguaje muy elaborado, que introduce técnicas constructivas novedosas, como la incursión de documentos reales y ficticios, y la multiplicación de voces narrativas.

A pesar del éxito internacional y de los numerosos estudios que se han dedicado a Yo el Supremo, parece que la obra fue poco leída en Paraguay cuando se publicó. No puede olvidarse que la guerra civil de 1947 y la dictadura stronista obligaron a muchos paraguayos a instalarse fuera del país. Entre los escritores que se fueron y los que se quedaron se abrió una especie de vacío: los que emigraron conocieron las tendencias narrativas más innovadoras, experimentaron en sus obras y publicaron con éxito, pero apenas llegaron a sus compatriotas; los que permanecieron en el país se refugiaron en una prosa tradicional cuando no propagandística, o engrosaron el llamado «exilio interior» de quienes carecían de la posibilidad de ver editadas sus creaciones.

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Caballero. Portada.

Así, dentro de Paraguay, los intentos de re-explicar la Historia a través de la novela llegaron a mitad de los años ochenta, de la mano de autores como Juan Bautista Rivarola Matto (Asunción, 1933-1991) y Guido Rodríguez Alcalá (Asunción, 1946). El primero había comenzado su andadura narrativa durante su exilio en Buenos Aires, donde publicó Ybypóra (1970; edición paraguaya de 1982), una obra crítica y política en la que no faltaban alusiones a hechos históricos. Rivarola Matto se mantuvo dentro de los cánones formales de la narrativa histórica tradicional en la novela corta San Lamuerte (1985, Premio Gabriel Casaccia), donde relató la revolución de Chirife (1922); y en la trilogía compuesta por Diagonal de sangre (1986), La isla sin mar (1987) y El santo de Guatambú (1988).

Diagonal de sangre es la primera novela histórica escrita por un autor paraguayo desde Yo el Supremo. En ella, Rivarola Matto trata de analizar la Guerra de la Triple Alianza con una objetividad casi ensayística, a la que contribuyen las numerosas fuentes documentales que se reproducen y se comentan. La isla sin mar, que se centra en los primeros años de la dictadura stronista, mantiene unas pretensiones de objetividad que no le impiden convertirse en una obra plenamente literaria, en la que la situación del presente se analiza como una continuación de lo acontecido desde la Guerra de la Triple Alianza. Por otra parte, esta novela,   —50→   que cuestiona la concepción de la Historia de los revisionistas y de la propia dictadura, encierra una fuerte crítica al modo en que Roa Bastos enfocó sus obras: en una evidente parodia, Rivarola introduce un amanuense que encuentra un manuscrito a partir del cual desarrolla la historia; y titula uno de sus capítulos «Borrador de informe» (como el cuento homónimo de Roa). En la tercera novela de la trilogía, El santo de Guatambú, los elementos de la tradición oral, las opiniones personales y las fuentes documentales se dan cita en la figura de un personaje inventado, testigo de la vida del padre Fidel Maíz (uno de los más controvertidos actores de la guerra contra la Triple Alianza).

El otro autor mencionado, Guido Rodríguez Alcalá, comenzó su actividad literaria en el ámbito poético. Cuando apareció su primera novela, Caballero (1986), la prensa paraguaya recogió críticas y amenazas diversas: cuestionar la figura de Bernardino Caballero (que peleó junto al mariscal López, y fundó el Partido Colorado, el que más tarde respaldó la dictadura stronista) era un modo de atentar contra el pasado y el presente dictatorial del país. Porque los revisionistas habían hecho de Caballero el símbolo de la Reconstrucción emprendida tras la ya mítica Guerra de la Triple Alianza; y Stroessner se había fijado en él para emprender la llamada «Segunda Reconstrucción».

Sin embargo, en contra de la versión oficial, el protagonista de esta novela (y de su continuación, Caballero rey, 1988) aparece como un pícaro, capaz de cambiar de amo cuantas veces sea necesario para acumular poder y dinero: su adulación a López y su astucia lo conducen al ascenso en el Ejército durante la guerra; tras la contienda, su ambigua relación con los antiguos enemigos lo lleva de nuevo a Paraguay, donde abandona a los políticos que fracasan para aliarse con los que triunfan; y, ya en el poder, diversos negocios lo conducen a asociarse con quienes se enriquecen a costa del país. Tampoco los personajes que rodean al protagonista salen mejor parados: Francisco Solano López es un loco sanguinario que aboca a su pueblo a la destrucción, arrastrándolo a una guerra suicida; su concubina, madame Lynch, una mujer autoritaria y ególatra, indiferente al sufrimiento ajeno; los miembros del Partido Colorado unos mercaderes incultos y maniqueos...

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Placa del parque Caballero (Foto: Mar Langa).

Caballero y Caballero rey abandonan tanto los espacios míticos y los juegos lingüísticos y conceptuales de Roa Bastos, como las pretensiones de objetividad y las intervenciones en el relato de Rivarola Matto: ambas están narradas por su protagonista, cuyo lenguaje plagado de incorrecciones, contradicciones e incoherencias contribuye a forjar una imagen negativa del personaje. Además, se introducen otras voces y documentos deliberadamente empleados para rebatir las tesis revisionistas. La manipulación del lenguaje, la ironía, la desordenada secuencialidad del texto, la inclusión de anécdotas y personajes inventados junto a los reales, obligan al lector a la distancia crítica: la novela y la Historia oficial se perciben como dos versiones de los hechos igualmente amañadas.

Si lo que cuenta el narrador intradiegético resulta poco fiable es porque no estamos ante el héroe que presentaron ensayistas e historiógrafos, sino ante un pícaro. Y como las novelas picarescas de las que toman algunas de sus características, Caballero y Caballero rey recurren al tono humorístico, a la estructura de episodios ensartados, a los títulos de capítulos con resonancias caballerescas; y a un protagonista que cuenta su historia para esclarecer la verdad, y hace gala de un comportamiento oportunista y delictivo.

Cada uno a su modo, Augusto Roa Bastos, Juan Bautista Rivarola Matto y Guido Rodríguez Alcalá, con las novelas citadas, fueron los impulsores de la narrativa histórica paraguaya actual, representada también por cuentos de base histórica como los incluidos en El ojo del bosque (1985), La doma del jaguar (1995) y El dragón y la heroína (1997), de Hugo Rodríguez Alcalá; Cuentos de la Guerra del Chaco y de otros tiempos (1987), de Osvaldo Jaeggli; La Seca y otros cuentos (Premio de la República 1986) y Por el ojo de la cerradura (Premio Los Doce del Año 1993), de Renée Ferrer; los excelentes relatos de Angola y otros cuentos (1984) y del libro digital La paciencia de Celestino Leiva (2000), de Helio Vera; «La odisea del regreso», de Dirma Pardo, incluido en el volumen   —51→   colectivo Verdad y fantasía (1995); los tres cuentos históricos de Relatorios (1995), de Gilberto Ramírez Santacruz; los tres del mismo género que Maybell Lebrón publicó en Memoria sin tiempo (1992); y las múltiples recurrencias a la Historia en los relatos que el propio Guido Rodríguez Alcalá incluyó en sus libros Cuentos decentes (1987), Curuzú Cadete (1990), Cuentos (1993) y Cuentos de la Guerra del Paraguay (1995).

Además, los horizontes de la novela histórica paraguaya se han ampliado, para acoger temas que no atañen directamente al país: Adriana Cardús centró la novela Retrato de familia (1997) en la Inglaterra de principios del siglo XX; y Augusto Roa Bastos humanizó la figura de Colón en Vigilia del almirante (1992), que Giuseppe Bellini (1997, p. 491) calificó de «libro extraño, entre la ficción, la historia y el ensayo crítico, al fin y al cabo condenatorios, pues ve en Colón el iniciador de todos los males de América». Pero, sobre todo, la narrativa histórica paraguaya actual ofrece al lector una nueva versión de casi todos los momentos de la Historia del país que los revisionistas habían manipulado previamente.

Así, la conquista española ha sido abordada por la novela histórica tradicional Jasy y Kuarahy (2002), donde Gino Canese hace una defensa indigenista; y por De lo dulce y lo turbio (1997), donde Carlos Colombino usa los recursos de la nueva novela histórica para narrar el descubrimiento de América, mezclando el monólogo de Domingo Martínez de Irala con la voz de un narrador omnisciente, y la expresión poética con la influencia de Roa Bastos y las intertextualidades literarias. La etapa colonial es el argumento de Donde ladrón no llega (1996), con la que Luis Hernáez se acerca con maestría a la vida cotidiana en los últimos años de las reducciones jesuíticas; Vagos sin tierra (1999, Mención Especial del Premio de Literatura), donde Renée Ferrer recrea la fundación de Concepción, en el siglo XVIII, con una documentación exhaustiva y un lenguaje de resonancias lorquianas; y Paracuaria, el guión cinematográfico de Luis María Ferrer Agüero que relata la revolución de los Comuneros. Como ya se dijo, el gobierno de Gaspar Rodríguez de Francia sirve de argumento a Yo el Supremo, además de a numerosos cuentos. La Guerra de la Triple Alianza se aborda en las antes mencionadas obras de Rivarola Matto y Guido Rodríguez Alcalá, así como en múltiples relatos; y en la novela Pancha Garmendia (2000), donde Maybell Lebrón aporta una sugestiva visión de la vida de la población civil durante la Guerra de la Triple Alianza. Y la transición del siglo XIX al XX, con sus continuos cambios políticos y revoluciones, es el tema de Caballero rey. Quedaba, por tanto, enfrentar el gobierno de Carlos Antonio López (desarrollado tan sólo en algunos cuentos) y el paso de la Colonia a la Independencia.

Esta última ha sido la labor emprendida por Guido Rodríguez Alcalá en la novela que ha publicado en 2002. Nos detendremos en ella, porque creemos que Velasco supone una inflexión en la obra del autor, que quizá sea reflejo de las transformaciones que está viviendo Paraguay. Velasco se acerca a la figura del último gobernador español, Bernardo de Velasco, depuesto en 1811. Conviene destacar que, a pesar de la afirmación anterior, esta novela tiene muchos puntos en común con el resto de la narrativa histórica de Guido Rodríguez Alcalá: una exhaustiva documentación que ha durado tres años; el recurso al narrador testigo y protagonista de los hechos contados, que vuelve a dar paso a otras voces; la ficcionalización de un personaje real que da título a la obra; la fusión de documentos auténticos con recreaciones imaginadas; y la elección de un momento histórico conflictivo, sobre el que existe una versión oficial aparentemente distante de la realidad (en esta ocasión, el periodo comprendido entre 1810 y 1812). Sin embargo, otros aspectos han cambiado: la prosa se torna ahora más clara y seductora; el personaje atrae las simpatías del lector, consiguiendo su complicidad; y, aunque no desaparecen los saltos temporales, la organización del relato es mucho más acorde con la sucesión cronológica de los hechos.

Tal vez estas transformaciones se deban a que la Historia que se narra en Velasco ha sido menos utilizada por los sistemas totalitarios que la relatada en sus novelas anteriores. Pero creemos también que dichos cambios no son ajenos a las circunstancias políticas de Paraguay: ya no estamos al final de la dictadura stronista (como cuando aparecieron Caballero y Caballero rey) sino en un momento de escepticismo y desilusión por los   —52→   problemas que no ha resuelto la tan esperada democracia. Quizá por ello, la prosa de Guido Rodríguez Alcalá se ha serenado. Su revisión de la Historia es ahora una búsqueda de la verdad, no una necesidad política. Y el fruto de este cambio es una novela capaz de interesar a cualquier lector, porque incluso quien desconozca la Historia paraguaya podrá entender todos los matices del relato. Además, como el discurso del personaje carece de contradicciones e invita a la credibilidad, el distanciamiento del receptor es menor; y, aunque no se elude la crítica, la novela, más que hacer un alegato contra la versión revisionista, parece encaminada a conseguir el deleite literario.

Puede ser un indicio de que la vida paraguaya se va normalizando. En medio de las continuas crisis y dificultades, sus autores están dejando atrás ese pasado de desierto cultural al que tantas veces se han referido los críticos: las tendencias literarias universales ya no tardan decenios en cultivarse en el país; y existe un núcleo de narradores que publica asiduamente obras de calidad. Todo parece indicar que, conforme la sociedad civil vaya encontrando su camino, la literatura irá abandonando el clima de resistencia, y los esfuerzos de la prosa podrán concentrarse en la elaboración literaria. Si la historiografía paraguaya sigue dedicándose a buscar la verdad, algún día, dejará de ser necesario que los novelistas hayan de reescribir la Historia.


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