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Acto quinto

La misma decoración del acto anterior. Es de día



Escena I

EDUARDO, JUAN.

EDUARDO parece abismado en su pena; está sentado hacia el lado de los calabozos; JUAN, en pie

     JUAN.- Pero ¿es posible que ni siquiera me respondáis? ¿Por qué lo haré yo sino por vuestro bien?... Sin descansar un instante, sin tomar alimento..., así os vais a quitar la vida, y eso no es lo que manda Dios. ¡Si vierais qué afligida está la señorita Matilde!... No hace más que llorar; cada instante pregunta por su Eduardo..., y yo no sé ya qué contestarle. Hasta le he dicho algunas mentirillas para consolarla... Que habíais tomado un poco de caldo... Que estabais más sosegado... Que me habíais preguntado por ella... Se puso tan animada cuando lo oyó que parecía otra; pero si viene y os encuentra así... (Volviendo la cara. Aparte.) Dicho y hecho, ahí viene... Que no cabe a peor ocasión.



Escena II

Dichos. EL MARQUÉS, MATILDE

     MATILDE.- ¿Cómo sigue?

     JUAN.- Poco más o menos...

     MATILDE.- ¿Ves como me engañabas?... ¡Bien me lo decía el corazón!...

     MARQUÉS.- Vamos, hijo mío; es menester que no te abandones así... ¿Qué va a ser de este pobre viejo con tantas penas y sin nadie que le consuele?

     MATILDE.- Disculpadme, padre mío; pero ¡tengo tan traspasada el alma!... Ver a Eduardo en ese estado..., sin proferir una palabra... y como si hubiese perdido la razón... Si llorase... Si se quejase siquiera..., ya tendría ese des. ahogo; pero si sigue como está...

     MARQUÉS.- ¡No, Matilde, no querrá Dios!... El dolor le ha sobrecogido... Ha sido tan recio el golpe..., tan inesperado... Pero, en pasando algún tiempo, volverá en sí y le verás más tranquilo... Si fuesen ciertas las voces que corren... Si nos viésemos pronto fuera de la prisión..., tal vez en perdiendo de vista estos objetos que le recuerdan su desgracia, respirando el aire del campo..., con nuestros cuidados y con tu cariño...

     MATILDE.- ¡Dios lo haga!... Porque yo no tengo corazón para verle así... (Se acerca a Eduardo.) Eduardo..., soy yo... ¿No me conoces?... Mírame... Soy Matilde, que decías que amabas tanto... (La mira y no contesta.) Una palabra, una palabra siquiera... No exijo más de ti... (Se sienta a su lado, y al otro lado el marqués.)

     MARQUÉS.- Estás aquí, entre tus amigos que vienen a consolarte en tus penas..., a compartirlas, a llorarlas contigo... ¿Por qué no explayas tu corazón y verás como sientes alivio?...

     MATILDE.- Sé dócil, Eduardo; escucha los consejos de mi padre...

     EDUARDO.- (Levantándose de improviso.) ¡De tu padre!...

     MATILDE.- Sí, Eduardo. ¡Pues qué! ¿No le conoces?... Mira qué sudor corre por tu frente... Siéntate, Eduardo, siéntate a mi lado, que yo lo enjugaré... (Siéntase con el mayor abatimiento.)

     EDUARDO.- No me muestres esa compasión... Yo no la merezco... ¿Sabes tú con quién estás hablando?... Yo te lo diré a ti, a ti sola... (Con reserva.) ¡Yo he asesinado a mi padre!... (Ella se cubre con las manos el rostro.) ¿Te horrorizas?... Tienes razón; pero ¡no te causo a ti más horror del horror que me causo a mí mismo!...

     MATILDE.- ¿Por qué te atormentas de esa suerte?

     EDUARDO.- ¿Lo dudas?... Pues es la verdad; ¡ojalá pudiera borrarla con toda la sangre de mis venas! Escucha; pero cuidado con revelar a nadie mi secreto... Yo me hallaba con mi padre en una cueva de asesinos... Estaba con él noche y día, velaba por su vida, mil veces más preciosa que mi vida..., pero un momento, un momento solo le abandoné..., ¡y cuando volví le hallé muerto!... ¡Su hijo, su ingrato hijo es quien le ha asesinado!...

     MATILDE.- ¡Yo no puedo más, padre mío!...

     MARQUÉS.- Mejor es dejarle unos instantes hasta que esa fatal idea se aparte de su imaginación.

     MATILDE.- ¡Infeliz!... ¡Qué tormento está padeciendo en su alma! La muerte misma no fuera más cruel... (Eduardo queda como abismado en su pena; Juan viene a su lado, Matilde y su padre se apartan algún tanto.)



Escena III

Dichos. PRESOS que vienen por ambas galerías, entre ellos de todas condiciones, y algunas MUJERES

     PRESO 1.º- Aquí es mejor, donde todos oigan...

     VOCES.- ¡Todos!... ¡Todos!...

     PRESO 1.º- No hay que agolparse así... Un poco de silencio.

     PRESO 2.º- ¡Silencio!

     PRESO 3.º- Sobre una mesa, y hazte cuenta que estás en la tribuna.

     PRESO 1.º- (Se sube sobre una mesa y lee un impreso.) «¡La patria se ha salvado!... Y hoy acabó la tiranía...»

     TODOS.- ¡Viva!...

     PRESO 1.º- «La Convención Nacional se ha cubierto de gloria; y pocos instantes han bastado para echar por tierra la obra de la iniquidad y sus autores...»

     TODOS.- ¡Mueran!...

     PRESO 1.º- (Leyendo.) Apenas se reunió la Asamblea, Tallien se abalanza a la tribuna, más terrible y amenazador que una nube tempestuosa...

     »Llegó el día de desgarrar el velo... «Sí... sí...» (Gritan de todas partes.) Pues bien, oídme: si no tenéis valor para descargar el hacha de la ley la cabeza del nuevo Cromwell, yo lo tengo para atravesarle el corazón... Diciendo esto mostró en su diestra un puñal que brilló en los aires como el puñal de Bruto...»

     TODOS.- ¡Viva!...

     PRESO 1.º- (Leyendo.) «A su vista Robespierre se queda pálido, desconcertado, como quien ve en los ciclos su sentencia de muerte... Hace el último esfuerzo y corre desatentado a la tribuna..., se vuelve a la montaña, y un grito de indignación confunde sus acentos...»

     TODOS- ¡Viva!...

     PRESO 1.º- (Leyendo.) «Se vuelve la llanura que sus verdugos han dejado casi desierta; y todos apartan el rostro con espanto...»

     TODOS.- ¡Viva!...

     PRESO 1.º- (Leyendo.) «Invoca la autoridad del presidente y cien veces invoca en vano... ¡Presidente de asesinos (clama en su frenesí), dejame siquiera que hable!... Ni aun acabó de pronunciar estas palabras que se pegaron a sus fauces..., y una voz le gritó desde lejos: «La sangre de Danton te ahoga!...» Al oír aquel nombre cayó en su asiento como herido de un rayo: Saint-Just, a su lado, impasible; el deforme Couthon, revolcándose por el suelo, cual un reptil inmundo...»

     TODOS.- ¡Mueran!...

     PRESO 1.º- (Leyendo.) «Agólpase cien oradores a la tribuna; los decretos se votan por aclamación, en medio de un ruido espantoso; todos acusan; nadie defiende a aquellos monstruos; y los que hoy al salir el sol aterraban con nombre a la Francia, se ven a la hora esta encarcelados, proscritos, próximos a satisfacer en el cadalso la justa venganza del pueblo... ¡Viva la libertad!...¡Mueran los tiranos!...»

     TODOS.- ¡Mueran!...

     PRESA 1.ª- Con cien vidas no pagan...

     PRESA 2.ª- Yo no sé qué daría por expirar a esos infames... ¡Toda mi familia la han sacrificado!...

     PRESA 3.ª- ¡Hipócrita!... ¿Si creerían engañar a Dios con la fiesta del Ser Supremo?... ¡Aquel mismo día pudo ya leer en los rostros su próxima caída!...

     PRESA 2.ª- Dicen que quería hacerse pontífice, dictador, ¡qué sé yo cuántas cosas!...

     PRESA 1.ª- Pues ya llegó su hora, como les llega a todos los malvados. (Cierto número de presos se aparta y se agrupa a un lado, a la izquierda de los actores.)

     PRESO 1.º- No perdamos el tiempo, que es precioso... ¡y tal vez lo lloraríamos luego!...

     PRESO 2.º- ¿Pues dudas acaso?...

     PRESO 1.º- No, pero temo la debilidad de la Convención y que ese impulso no haya sido sino un arrebato pasajero... Los jacobinos, tan dispuestos al combate..., cuentan con el comandante general Henriot y con la fuerza armada de las secciones... Cuentan con la Municipalidad..., pronta a dar la señal de la insurrección...

     PRESO 3.º- Siempre te pones en lo peor...

     PRESO 1.º- Porque no me alimento con ilusiones... No debemos perder un momento; nuestros amigos están prevenidos... y la ocasión no puede ser más favorable; tal vez habrán puesto la señal desde la casa de enfrente...

     PRESO 2.º- Voy a verlo. (Va, y los demás se quedan hablando en secreto.)

     MUJER 1.ª- Cuando estamos todos tan alegres, me da lástima ver a aquel buen señor y a su hija, que parece un ángel...

     MUJER 2.ª- No es extraño... ¡Han recibido un golpe tan terrible!...

     MUJER 3.ª- Vamos a acercarnos y les servirá de consuelo...

     MUJER 2.ª- Hoy es día de abrazarnos todos como hermanos... (Van hacia ellos.)

     PRESO 2.º- En la ventana más allá hay una cinta tricolor...

     PRESO 1.º- Pues no hay duda; ya está todo dispuesto... Sólo es menester que demos nosotros el golpe... A la primera señal...

     PRESOS 2.º y 3.º- Basta. (Se oye ruido de gente por la calle y se distinguen las voces «¡Mueran los tiranos!...» Los presos se asoman a las ventanas y responden: «¡Mueran!...»)

     PRESO 2.º- Van hacia la Convención, que tal vez se hallará amenazada...

     PRESO l.º- ¿No, os lo he dicho?... Este día puede ser terrible... Van a correr arroyos de sangre...

     PRESO 2.º- Hoy se decide la suerte de la patria...

     PRESO 3.º- ¡Hoy se salva!...

     PRESO l.º- Mirad si alguien nos observa...

     PRESO 2.º- Nadie... (Preso 1.º saca un pañuelo blanco por entre las rejas.) Ya han sacado otro lienzo blanco y están haciendo señas...

     PRESO 1.º- (Como contestando a las señas de enfrente.) Sí... A la puerta todos... Bien está...



Escena IV

Dichos, ALCAIDE.

     ALCAIDE.- ¿Qué hacéis ahí? ¡Fuera de las rejas!... ¿No lo tengo mandado?...

     PRESO 1.º- ¿Y quién eres tú para hablarnos así?...

     ALCAIDE.- ¿Quién soy?... Ya lo veréis.

     PRESO 1.º- En el rostro se te conoce, miserable, el miedo que tienes... Prepara tus calabozos para recibir a Robespierre y a otros malvados como él... Esos son dignos de que tú los guardes.

     ALCAIDE.- Pronto empezáis a levantar la voz...

     PRESO 1.º- Antes levantamos el brazo. (Saca un puñal y le amenaza con él.)

     PRESO 2.º- (Interponiéndose.) Déjale, siquiera en gracia de su hijo...

     PRESO 3.º- No te manches con esa vil sangre...

     PRESO 1.º- Este es el momento... (Se arrojan sobre él y le quitan las llaves.)

     ALCAIDE.- ¡Favor! ¡Favor!...

     PRESO 1.º- Encerradle en un calabozo..., donde ese infame ha atormentado a tantos inocentes...

     PRESO 2.º- ¡Allí podrás gritar hasta que te oiga el diablo! (Le llevan al calabozo donde estuvo M. de Loyzerole.)



Escena V

Dichos, menos el ALCAIDE.

     PRESO 1.º- ¡A ponernos en salvo!... Seguidme todos... Nuestros amigos ya estarán a la puerta...

     PRESO 2.º- Aprovechemos la ocasión...

     PRESO 3.º- (A un grupo de mujeres.) No hay que vacilar... ¿Quién sabe lo que puede suceder?... Y si Robespierre llegara a triunfar... ¡capaz sería de anegar a París en sangre!...

     EL GRUPO DE MUJERES.- ¡Vamos!... ¡Vamos!...

     PRESO 1.º- Ánimo y seguidnos... Nosotros os abriremos paso...

     MUJER l.ª- (A Matilde.) ¡Ved que todos se van y os vais a quedar solos!...

     MATILDE.- ¿Y cómo abandonamos a ese infeliz?...

     MUJER l.ª- ¿Y qué adelantáis con quedaros?...

     MATILDE.- Si fuera posible, llevarle con nosotros...

     MARQUÉS.- ¿Cómo, hija mía?...

     MATILDE.- Intentémoslo siquiera... ¡Eduardo!... ¡Eduardo!... Nos han puesto en libertad, y a ti también...

     EDUARDO.- ¡A mí!

     MATILDE.- ¡Vámonos fuera de esta prisión; verás qué placer disfrutas al respirar el aire del campo!...

     EDUARDO.- ¿Y mi padre?...

     MATILDE.- Ya está libre.

     EDUARDO.- No... Me engañas... Yo no le dejo aquí...

     MATILDE.- Créeme, Eduardo... Se halla fuera y te está esperando.

     EDUARDO.- No... No... ¿Quién me lo asegura?...

     MARQUÉS.- ¿Conoces este libro de memorias?

     EDUARDO.- Sí... Es el de mi padre. (Lo arrebata y lo besa.)

     MARQUÉS.- Pues te lo envía en señal de que está aguardando...

     EDUARDO.- Vámonos corriendo... ¿Dónde está?... ¡Pronto, que lo estreche en mis brazos!... (Sale apresuradamente y se detiene de pronto al pasar por delante del calabozo donde estuvo su padre; va y se asoma por la rejilla.) ¿Ves como me engañabas?

     MATILDE.- No te hemos engañado...

     EDUARDO.- ¡Allí está!... ¡Allí está!... Yo no me muevo de aquí si no viene mi padre...

     MATILDE.- ¡Por Dios, Eduardo!... Te lo pido con las lágrimas de mis ojos... Que te pierdes... Y nos pierdes a todos...

     MARQUÉS.- Hija mía...

     MATILDE.- Yo no le dejo así, aunque me costara la vida...

     MARQUÉS.- Es preciso salvarle cualquier manera que sea... El infeliz está lejos de conocer el daño que hace... (A su criado.) Juan y tú, a ver si podéis apartarle de esa puerta...

     MATILDE.- ¡ Por Dios, con tiento!... Cuidado no le hagáis mal... (Bajan algunos presos por la escalera.)

     PRESO 2.º- ¿Aún estáis aquí?...

     MARQUÉS.- Por no abandonar a ese desgraciado...

     PRESO 2.º- ¡Pobre mozo!...

     PRESO 3.º- Todos ayudaremos a salvarle...

     MATILDE.- ¡Dios os lo premiará!...

     EDUARDO.- ¿Adónde me lleváis? Dejadme... Dejadme...

     MATILDE.- Ven con nosotros, Eduardo... ¿No quieres seguir a tu Matilde?...

     EDUARDO.- ¡No, yo no dejo a mi padre!... (Matilde va delante al lado de su padre; detrás Juan y el otro criado, llevando de ambos brazos a Eduardo y ayudándoles algunos presos. A los pocos instantes se oye ruido de pasos y entra Eduardo precipitadamente, echa el cerrojo de la puerta y se asoma a la verja.)



Escena VI

Dentro, EDUARDO. MATILDE, el MARQUÉS, JUAN desde fuera.

     EDUARDO.- ¿Quién ha podido más?...

     MATILDE.- ¡Eduardo de mi alma! ¿Qué has hecho?...

     EDUARDO.- Para que no me engañes otra vez.

    MATILDE.- ¡Por Dios, Eduardo, por Dios!... Mira que te va en ello la vida...

     MARQUÉS.- ¡Abre!... Oyenos siquiera... Te lo decimos por tu bien.

     MATILDE.- ¡Yo te lo ruego con todas las veras de mi corazón!... Por el amor que me tuviste... Por el Señor que está en los cielos... De rodillas te lo pido... ¿Quieres más, Eduardo?...

     EDUARDO.- No... No... ¡Yo no salgo de aquí sin mi padre! (Óyese a lo lejos una campana que toca a rebato, y se acerca un grupo de gente que pasa por la calle gritando: «¡Muera la Convención!... ¡Viva Robespierre!... ¡Viva!...»)

     MARQUÉS.- ¿Oyes, hija mía?... Vámonos de aquí, vamos... Dios tendrá piedad de ese desdichado...

     MATILDE.- ¡Eduardo de mi alma y de mi vida!... ¡Eduardo!...

     MARQUÉS.- Te sacrificas sin provecho... y sacrificas a tu padre...

     MATILDE.- ¡Ay!... (Matilde da un quejido y cae desvanecida en brazos del marqués; éste se aleja con ella, ayudado de Juan.)



Escena VII

EDUARDO, ALCAIDE.

Suenan tres golpes en la puerta del calabozo y dice desde dentro el ALCAIDE

     ALCAIDE.- Abrid... Abrid. ¿No hay quién me favorezca?...

     EDUARDO.- (Corre, y al abrir la puerta grita:) ¡Padre mío!...

     . ALCAIDE. -(Rechazándole.) Aparta, loco...

     EDUARDO.- ¿Qué has hecho de mi padre? ¿Dónde está?... -Yo le dejé ahí... (Entra en el calabozo.)



Escena VIII

EL ALCAIDE, paseándose por el teatro con la mayor agitación.

     ALCAIDE.- ¿Qué va a ser de mí?... Soy hombre perdido... No sé qué temer ni qué desear. ¡Todos los tormentos del infierno los tengo juntos en mi alma!... Si triunfan los unos, me asesinan; si triunfan los otros, ¿qué respondo yo?... Voy a pagar con mi vida... ¡Y este hijo?... Este hijo maldecido me deja solo, abandonado, en un día como éste!... (Viéndole llegar y abriéndole la puerta del fondo.)



Escena IX

ALCAIDE, SU HIJO.

     ALCAIDE.- ¿Ahora vienes, infame?

     HIJO.- No ha sido culpa mía; al momento que oí el primer rumor corrí a ponerme a vuestro lado..., pero el tropel de gente me atajó los pasos y de milagro vivo... Uno dijo al verme: «¡Ahí va ese carcelero!...» Y se arrojaron sobre mí para hacerme pedazos... Las mujeres, sobre todo, parecían furias... Por fortuna llegó un oficial que me conocía y a quien había hecho algunos favores..., y para salvarme del furor del pueblo, me condujo arrestado al cuerpo de guardia; a eso sólo le debo la vida...

     ALCAIDE.- ¿Y cómo te han puesto en libertad?

     HIJO.- ¡Pues qué! ¿No sabéis lo que pasa?... El arresto de Robespierre y de los otros no duró sino pocos momentos... El comandante general Henriot los libertó y los sacó en triunfo... Todos se hallan reunidos en la casa de la ciudad; ya la campana ha tocado a rebato, y en el puente de la Revolución ha sonado el cañonazo de alarma... ¿No lo habéis oído?... La gente que pasó por la calle, ya furiosa contra la Convención... Las secciones acuden en tropel y sólo aguardan la señal para entrar dentro a fuego y sangre...

     ALCAIDE.- ¡Infeliz de mí!... ¿Qué disculpa doy? El menor descuido se paga con la vida.

     HIJO.- Lo más urgente es ocultaros... Libraos del primer arranque...

     ALCAIDE.- No sé qué hacer...

     HIJO.- Lo primero es poneros en salvo... (Van hacia la puerta del fondo, y el hijo del alcaide dice:) ¡Gente viene!... Ocultaos corriendo. (Se sube el alcaide por la escalera.)



Escena X

EL HIJO DEL ALCAIDE, COMISARIO DEL TRIBUNAL, ROBERTO, AGENTE DE POLICÍA.

     HIJO.- Ni respirar puedo...

     COMISARIO.- ¿Dónde está el alcaide?

     HIJO.- No lo sé... Yo acabo de entrar...

     COMISARIO.- Buscadle por todas partes... y al Tribunal revolucionario... Allí responderá con su cabeza del depósito que le confió la República... (El hijo del alcaide va a echarse a sus pies.) ¡Quitá allá!... Tan malvado eres tú como él... (El hijo del alcaide se retira al fondo del teatro.) Poco les duró su contento... El desengaño ha llegado pronto y la venganza será tremenda...

     ROBERTO.- Yo mismo he visto pasar los cañones que llevaban contra la Convención escoltados por un gentío inmenso, y los artilleros con la mecha encendida... Tal vez, a la hora ésta...

     COMISARIO.- Las sangrías que se le han hecho no han sido suficientes... Es menester diezmarla y colocar una guillotina en la puerta... ¡Así los representantes del pueblo serán fieles a su mandato!... Toda nuestra diligencia ha sido inútil... Eduardo de Loyzerole se habrá fugado con los demás...

     ROBERTO.- Así es.

     COMISARIO.- Pero ¿estás seguro de que no era él quien murió en el cadalso?...

     ROBERTO.- ¿Pues no he de estarlo?... Yo le conozco hace muchos años... Es mozo todavía; y el que vi llevar a la guillotina era un hombre de edad... Era su padre..., que tampoco se llama Eduardo, sino Carlos...

     COMISARIO.- ¿Carlos de Loyzerole?... Ese venía en la lista de los deportados... El Tribunal le había tratado con indulgencia...; pero entonces, pudo suceder?...

     ROBERTO.- ¡Quién sabe!... Tal vez el hijo estaría durmiendo y su padre respondió por él!...

     COMISARIO.- ¿Si creería salvarle así?... ¡Insensato!...

     ROBERTO.- ¡Aquel es!...

     AGENTE.- ¡Aquél!...



Escena XI

Dichos, EDUARDO

Los agentes del Tribunal, después de haberse repartido por las galerías y subir otros por la escalera, vienen algunos al calabozo donde está EDUARDO y le sacan fuera

     COMISARIO.- ¿Eres tú Eduardo de Loyzerole? (Silencio.) ¿Eres tú Eduardo de Loyzerole?

     EDUARDO.- ¿Por qué me lo preguntáis?...

     COMISARIO.- ¿Te llamas Eduardo sí o no?

     EDUARDO.- Sí; yo no oculto nunca nombre....

     COMISARIO.- Pues oye tu sentencia... «El Tribunal revolucionario te ha condenado a muerte...

     EDUARDO.- Vamos... Vamos pronto..., o antes que despierte mi padre... ¡Chito! ¡Chito!... Que siquiera se sientan los pasos. (Se dirige en silencio hacia puerta.)

     AGENTE.- Parece como si su razón se hubiese perturbado...

     COMISARIO.- Tal vez lo finja creyendo así salvarse; pero verás como recobra el juicio a la vista del cadalso.



Escena XII

El teatro representa una plaza con varias calles! entrambos lados. Se ve atravesar la plaza, de izquierda a derecha de los actores, a un representante del pueblo, acompañado por gente armada; una turba le sigue gritando: «¡Viva la Convención Nacional! ¡Vivan los representantes del pueblo!» Otro grupo de gentes a da leer el edicto que acaban de poner en esquina

     HOMBRE 1.º- ¡El que tenga mejor voz!... Y que lo lea recio...

     MUJER l.ª- ¡Y bien recio, para que todos lo oigamos!...

     MUJER 2.ª- ¡Que me ahogan!... No apretéis tanto!...

     HOMBRE 1.º- ¡Silencio!...

     HOMBRE 2.º- (Leyendo.) «En nombre del pueblo francés, la Convención Nacional decreta: Los representantes del pueblo Robespierre, Saint Just, Couthon, Robespierre, el menor, y Lebas quedan fuera de la ley.

     »Los miembros de la Municipalidad de París, el comandante general Henriot y todos los que favorezcan la insurrección o la auxilien en sus proyectos liberticidas quedan igualmente fuera de la ley.

     »Aprehendidos que sean, y reconocida la identidad de las personas, se les impondrá en el acto la pena de muerte.

     »Los comisionados de la Convención Nacional harán promulgar este decreto y requerirán la fuerza armada de las secciones.

     »El representante Barrás tomará el mando y marchará inmediatamente contra la Municipalidad rebelde y sus cómplices.

     »¡Ciudadanos, la patria está en peligro!... ¡La Convención Nacional os fía su defensa!...

     »¡Los representantes del pueblo aguardan en sus asientos la victoria o la muerte!...

     »¡Viva la República, una e indivisible!»

     VOCES DEL PUEBLO.- ¡Viva!...

     PRESO 2.º- Lo primero es acudir a la Convención, antes que la degüellen...

     HOMBRE 1.º- ¡Vamos todos!...

     LOS DEL GRUPO.- (Responden:) ¡Todos!...

     HOMBRE 1.º- Cada cual con las armas que pueda...

     HOMBRE 2.º- Que pasen por encima de nuestros cadáveres si quieren penetrar por las puertas...

     HOMBRE 1.º- ¡Vivan los representantes del pueblo!...

     VOCES EN LOS GRUPOS.- ¡Vivan! (Se dirigen hacia la última calle de la izquierda.)



Escena XIII

El PRESO 1.º viene seguido de un grupo de gente por la callea donde se dirigen los otros.

     PRESO 1.º- ¿Dónde vais?

     PRESO 2.º- A la Convención.

     PRESO 1.º- La Convención ya se ha salvado...

     PRESO 2.º- ¿Cómo?... (El grupo se abre y le rodea para oírle.)

     PRESO 1.º- Yo no sabré deciroslo... Todo ha cambiado en un instante... Los cañones estaban ya asentados, y el comandante Henriot, ebrio y fuera de sí, dio la voz de ¡fuego!, pero los artilleros se aterraron a la idea de sepultar entre las ruinas a los representantes del pueblo... Algunos de éstos se presentan en aquel terrible momento y leen en voz alta el decreto contra los rebeldes... Pareció cosa de encanto: a un tiempo resonó en todas las filas: «¡Viva la Convención Nacional!...» Y las armas que estaban dirigidas contra ella se vuelven contra los traidores y van a exterminarlos...

     HOMBRE 1.º- Todos se hallan reunidos en la Casa de la Ciudad.

     HOMBRE 2.º- ¿Pues hay más que volar el edificio y que den un salto a los infiernos?...

     PRESO 1.º- ¡Vamos allá!... Y que al salir mañana el sol, no halle vivo a ninguno.

     VOCES EN EL GRUPO.- ¡Ninguno !(Se dirigen hacia la última calle de la derecha; de la inmediata sale corriendo Juan y se encara con, el preso 1.º)



Escena XIV

Dichos, JUAN.

     JUAN.- ¡Favor!... ¡Favor!...

     PRESO 1.º-¿Qué dices?

     JUAN.- ¡Allí los traen!... Ahí.... y entre ellos viene... ¡No dejéis, por Dios, que se derrame más sangre!...

     PRESO l.º- Pero explícate: ¿qué es lo que pasa?

     JUAN.- Quieren aterrar al pueblo y los traen al suplicio...

     PRESO 2.º- ¿Es posible?...

     JUAN.- ¡Y tan posible como es!... Yo he venido corriendo por esa otra calle... Entre ellos viene aquel joven... Pobrecillo... Yo no lo he perdido ni un instante de vista...

     PRESO 2.º- Sosiégate... No temas... ¿Consentiréis que esos malvados sacrifiquen más víctimas?...

     ALGUNOS DEL PUEBLO.- ¡No!... i No!...

     OTROS.- ¡Basta de horrores!...

     TODOS.- ¡Basta!...



Escena XV

Dichos. Por otra calle de la derecha desemboca EL COMISARIO DEL TRIBUNAL con ROBERTO Y EL AGENTE DE POLICÍA, seguidos de algunos subalternos de dicho Tribunal y gendarmes, que traen en el centro a EDUARDO y a otros cuantos presos.

     PRESO l.º- ¿Aún estáis sedientos de sangre?...

     HOMBRE l.º- ¡Traedles una cuba llena, a ver si se hartan!...

     COMISARIO.- Lo que queremos es que se cumplan las leyes... Dejad libre el paso...

     VOCES EN EL GRUPO.- ¡Que los suelten!... ¡No más guillotina!...

     COMISARIO.- Ya lo he dicho otra vez... ¡Paso!... ¡Paso!... (La gente se irá retirando poco a poco y de manera que pueda envolver al grupo que lleva los presos; de pronto se arrojan sobre él y las mujeres gritan a los gendarmes:) ¡Dejad a esos infelices!... ¡Dejadlos!... (Se interponen de suerte que no pueden hacer uso de las armas. Ellos permanecen indecisos, sin hacer caso de ellas. La gente del pueblo liberta a los presos, que se confunden entre la muchedumbre: sólo permanece Eduardo inmóvil, con la cabeza descubierta. El comisario del Tribunal y el agente de Policía desaparecen en medio del tumulto. Roberto, al irse, descarga con el sable desnudo un golpe en la cabeza de Eduardo.)

     ROBERTO.- Tú no te salvarás... (Juan venía a colocarse al lado de Eduardo y dispara un pistoletazo sobre Roberto.)

     JUAN.- ¡Toma tu merecido! (Roberto, herido mortalmente, va a caer entre bastidores. Alguna gente le sigue, gritándole: «¡Asesino!... ¡Asesino!...» Otros se dirigen hacia la última calle la derecha.)



Escena XVI

Dichos, menos EL COMISARIO DEL TRIBUNAL, EL AGENTE DE POLICÍA, ROBERTO y algunos gendarmes; otros se quedan entre la gente del pueblo y fraternizando con ella.

     EDUARDO.- ¡Ay de mí!... (Juan le sostiene; un grupo de gente le rodea.)

     MUJER l.º- Toma... y atájale la sangre... (Alarga un pañuelo a Juan.)

     EDUARDO.- No... No... Dejadla correr...

     JUAN.- ¡Señorito!...

     EDUARDO.- ¡Que se me quite peso!... Este peso que me está ahogando... ¡Así... Así..., que respire siquiera... (Mirando en rededor con asombro como volviendo en sí:) ¿Dónde estoy Dios mío?...

     JUAN.- Soy yo... ¿No me conocéis? Juan... (Eduardo prorrumpe en lla y reclina la frente en su hombro.)

     MUJER l.º- ¡Pobrecillo!... Y esos malvados iban a asesinarle...

     MUJER 2.º- Se conoce que tiene el alma traspasada de pena...

     JUAN.- Llorad... Llorad cuanto queráis; así os desahogaréis... La señorita Matilde no decía más que eso; lo que necesita es llorar... ¡Qué contenta se va a poner!... Está libre... y muy cerca de aquí: está escondida con su padre...

     EDUARDO.- ¡Y mi padre!... ¿Quién me restituye a mi padre?

     JUAN.- Por Dios... No os aflijáis así... Vámonos de aquí cuanto antes...

     EDUARDO.- ¡Mi padre!... ¡Mi padre!... ¡Me han asesinado a ¡ni padre!...

     PRESO 1.º- No es tiempo de llorar su muerte, sino de vengarla...

     EDUARDO.- Tienes razón... ¡Un arma!... ¡Un arma!...

     PRESO 1.º- Aún están vivos los asesinos de tu padre...

     EDUARDO.- ¡Un arma!... ¡Que sea yo primero que vierta su vil sangre!... (Coge la pistola que tiene Juan en la y corre precipitadamente hacía la calle de en medio, a la derecha de los actores; un grupo de gente le sigue.)



Escena XVII

Al ir ya cerca EDUARDO, desemboca por la misma calle el COMANDANTE GENERAL HENRIOT, y a su izquierda el COMISARIO DEL TRIBUNAL y el AGENTE DE POLICÍA; le siguen algunos gendarmes y gente de la ínfima plebe armada; por las demás calles del mismo lado del teatro salen también otros. EDUARDO se queda solo; los que le seguían retroceden y se colocan al otro lado de la plaza.

     COMISARIO.- (A Henriot, señalando a Eduardo.) ¡Ese es uno!... ¡Ese!...

     EDUARDO.- ¡Ya te conozco, infame! (Se adelanta hacia él y le dispara un pistoletazo, sin que salga el tiro. Algunos gendarmes se arrojan sobre él y hacen ademán de matarle.)

     COMISARIO.- ¡No!... Dejadle con vida... para que se ejecute la sentencia...

     HENRIOT.- ¡Al suplicio!...(El comisario del Tribunal y el agente de Policía se colocan al lado del grupo en que está Eduardo; la gente se dispersa buscando las bocacalles, y otros detrás de las puer. tas entreabiertas.)

     VOCES DEL PUEBLO.- ¡Asesinos!... Malvados!...

     HENRIOT.- (Al pueblo.) ¿Creéis atemorizarme con vuestra gritería?... (A los gendarmes.) ¡Hola! Despejad la plaza; y al que se resista hacedle mil pedazos... (Al comisario del Tribunal.) ¿Qué aguardáis ahí?... ¡El reo al suplicio!..., que yo castigaré a esta canalla.

     VOCES EN LOS GRUPOS.- ¡Muera!... (Da algunos pasos hacia adelante, a tiempo que van a llevarse a Eduardo; éste le grita con tono inspirado:)

     EDUARDO.- ¡Oye, detente, escucha!... Antes de veinticuatro horas tú y los otros malvados compareceréis ante el Tribunal de Dios... ¡Allí os aguardo!... (Suenan voces en toda la plaza, en calles y ventanas «¡Mueran!» Henriot se muestra como suspenso; se llevan a Eduardo; cae el telón.)

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