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ArribaAbajoAlba de lava




ArribaAbajo[Como si de repente el alma sólo fuera]


ArribaAbajoComo si de repente el alma sólo fuera
un pájaro de sílex, una piedra en el aire,
y el corazón sin dunas, de su alcor desprendido,
buscara sus aviesos luzbeles en la noche.
Como si de repente las égidas del agua
fueran devoradores jaguares de silencios
y frágilmente hendieran con sus uñas hialinas
el pecho para abrirse camino hasta las sombras.
Como si de repente la luz que iluminaba
mis ojos se durmiera,
me descubrí. Era solo:
solo ante los espejos y los sueños de cáncer,
solo para la vida lamida de nostalgia.

Y así, virginalmente, con mis débiles manos,
he salido a la calle
desnudo, sin estrella.
Me he lavado los ojos
y he prendido en mi pelo
un sarto de ajaracas con nepentes y zinnias.

He sorbido la vida a lluvias, a pedazos,
en un río sin fondo.
Revisé mi costumbre:
esta dulce y demente vocación de mendigo.
Me apremió la locura, las eringes de arena,
tus besos en mis besos, tarántulas de nafta.
Y me fui derrumbando sobre tu vientre leso
    sin tregua ni fatiga,
       desesperadamente.




ArribaAbajoNacimiento


ArribaAbajoNací varón. Un nombre me colgaron
-etiqueta de lujo- junto al lecho
marcando identidad. Cuerpo deshecho:
mi piel y sus heridas desnudaron.

¡Oh, de qué nada de tu ser forjaron
los querubines mágicos mi pecho!
Sagaces sombras, alas al acecho,
mis ojos sus miradas auguraron.

En el espasmo roto, un dios aleve,
por el vecino río del pasado,
acariciaba sábalos de nieve.

Hasta este instante mismo llega el eco:
¡Ah, cuántas muertes en el cuerpo alado
desde el cordón umbilical al hueco!




ArribaAbajoPubertad


ArribaAbajoSentí la soledad irse enroscando
por los labios, los ojos, la estatura,
como un áspid sediento; y la locura
se avino al corazón descorazando.

¡Qué oscura intensidad me fue anegando
el alma, la razón y la cordura!
Qué lábil abrasión y qué amargura
resbala hasta mis ingles restallando!

Me descubrí desnudo como un potro,
hirviéndome la piel de arriba abajo,
histriónico, feral, gris, inefable.

Me fui conmigo mismo y vine otro,
perplejo, sin historia, cabizbajo,
con una seriedad inentrañable.




ArribaAbajoCampamento de verano


ArribaAbajoRota la luz del sol sobre la espada
cortante de los negros atolones,
en ascuas de coral y de aguijones,
se hundía por mi piel descortezada.

Y cara a la verdad más descarnada
jugando me aprendí mis dos lecciones:
Que nadie ofrece nada sin razones
y nadie es necesario para nada.

¡Oh, qué explosión de mar y amor ajado
burbujeaba astillas de beleño!
Colgado del rodapié del escarpado

el mundo parecía tan pequeño.
Un niño sin edad, desamparado,
murió sin maldecir su viejo sueño.




ArribaAbajo[Ven, pájaro cristal, luz, estameña]


ArribaAbajoVen, pájaro cristal, luz, estameña,
sol sangre donde el rayo yergue un río.
Ven. Crece como amor o mar umbrío,
como caimán caliente, aliaga o leña.

Ven, vino, corazón, cantiga, alheña.
Ven a la sal de este dolor bravío.
Ven hacia mí, lunar lugar del frío,
a la lágrima agraz en que me sueña.

Ya ven a comulgar con este hombre
que, en el aire de brezos, se arrodilla
entre explosiones rudas de ignorancia.

Ven a resucitar el yerto nombre
que, con vidrios de carne, desorilla
un dios oscuro y roto de la infancia.




ArribaAbajoCrepúsculo de sangre


ArribaAbajo¡Ay, muerte, muerta seas, malandada!
¡Intenta ocultar que me zaherías
los ojos con tus lagrimas vacías.
¡Ah! Te conozco bien. No excuses nada.

Yo tiemblo ante el furor de tu mirada,
en los pechos colmados de agonías,
y te delato a luz todos los días
en cada rosa seca y socarrada.

Te reconozco - ¡sí!-, desde tu abismo,
recalcitrante en el motor trizado
donde la vida es fatuo silogismo.

¡Qué sólita lección sin voz me has dado!
Siempre creí que el mundo era yo mismo.
¡Cuánto tiempo de estar equivocado!




ArribaAbajoÁngel pagano


ArribaAbajoÁngel pagano di qué piedra lesa,
por frágil, por febril, grana en heridas,
en sangre, lava y plata confundidas
cuando unos labios oran y otro besa.

Di qué volcán, qué ser de boca aviesa
devora a las palomas ateridas
y escupe entre la arena demolidas
sus alas como grumos de agua espesa.

Di que no yaces. Más, alza ese plomo
que, en tus ojos, se traba anochecido.
Ángel, despierta ya, cáncer de cromo,

al abrasivo amor de un dios ardido.
Ángel amado dime, dime cómo
puedes vencer el miedo a lo vivido.




ArribaAbajo[No presentí la muerte. Era tan joven]


ArribaAbajoNo presentí la muerte. Era tan joven.
Antes era un enigma, un aluvión de ácido en mi boca.
Siempre estuvo atentando contra mi amor, sin voces.
Cauta
como aguijón de víbora llamaba
silente a nuestras puertas,
y cundía la noche como cunde la risa,
saturaba mi pena como se calma el gozo.
No presentí la muerte. Ahora la presiento.
Acallo sus zarpazos,
       sus garfios y pestugas,
       sus invisibles garras.
Es que no soy tan joven.
Se agota poco a poco la cera de mis ojos,
los cirios coalescentes de mis labios de almíbar.
Apuro el nimio vino de los sueños que hierven
como saliva en agua, como volcán en humo.
Ya vienes a avisarme con tus besos de alquimia:
       eres tú, único rayo;
       eres tú, único río de orilla desbordada;
       tú, férvido aliado de mis días agraces.
No me siento un extraño,
maltrecho el corazón por las estriges,
en mil arpones rojos de escabullida sangre.
A veces fui yo mismo. Ya, qué importa.
Sé que voy a morirme
       y sólo quiero
jugar a trastos viejos del baúl con los hijos.




ArribaAbajoAlfahombreomega


ArribaAbajoCon pie de barro -y barro hasta la hartura-
trepida un hombre roto en esta hora.
Un dios mortal de siglos se incorpora
con una cruz gamada en la cintura.

Sangra su sien, su piel, su envergadura;
con gotas de sudor oscuro y llora
la angustia de vivir que lo devora
y el yermo corazón de su andadura.

¿Quién viene a recibir a este guerrero
después de defender con una espada
su tierra y su dolor con rojo acero?

¿Quién vela su creación? ¿Quién, su morada?
¡Oh, tú, la plenitud, el hombre entero!
¡Oh, punto cardinal! ¡Oh, ser! ¡Oh, nada!




ArribaAbajoEucaristía


ArribaAbajoHoy dejé de rezar. Y me da miedo
pensar que me he olvidado. De rodillas
rebusco en el arcén de las astillas
un poco de mi fe. Por mí intercedo.

¿Por qué ya no me palpas con tu dedo
mi llaga de dolor y de puntillas
te escapas de mi lado y me acuchillas
un ciego corazón de aciago aedo?

Nunca podré alcanzarte, Dios de espiga.
Nunca me fundirás con fuego el pecho.
Nunca consumarás esta fatiga.

Me moriré en la sed de tu hermosura
con este amor de Dios varado al lecho
y sin remedio roto en mi locura.




ArribaAbajoLenidad de hierba


ArribaAbajoTu férula de sangre me conmueve
y me colma los ojos de tristeza.
Será que, en el lugar de la cabeza,
no tengo más que lágrimas, y llueve.

Será que, por sufrir, cuando remueve
el labio de la muerte su aspereza,
arranca al corazón una certeza
o acaso una verdad a un dios aleve.

Será que, por vivir en la penumbra
de rocas, de raíces y de ramas,
un beso sin clamor mi amor columbra.

¡Oh Dios de Eternidad!, ¿por qué me amas?
¡Déjame regresar a donde alumbra
un fuego destructor de ciegas llamas!




ArribaAbajo¡Y tu palabra!


ArribaAbajoY tu palabra, como mar herido,
como pájaro azul en el paisaje,
se adentró en mi garganta y su estiaje
para engolfar un sueño desvaído.

Lene expirar de alientos y de olvido,
terne pasión de labios sin lenguaje:
al fin tu amor de lunas y oleaje
transió el dolor de un joven aterido.

Tu voz, ¡tu voz!, su trueno, su madera,
su reja por mi piel, su ciego acero,
un surco de embriaguez sin sangre labra.

Mudo ante Dios, que extático lo espera,
mi corazón varado en el venero
no sabe ya qué hacer con tu palabra.




ArribaAbajoEsta mañana


ArribaAbajoSe ve más claro, Dios, ¡oh, dulce espada!
esta mañana. ¡Dios! Mi amor colmado.
Las golondrinas beben derramado
el vértigo de luces de la nada.

Ser un velero al fin de la ensenada
es un castigo. Más, no haber amado.
¿Qué nace en este abismo iluminado
esta mañana, Dios, transfigurada?

No me arrepiento. Vivo. Me acreciento.
Me apoco. Vacío mis bolsillos. Siento
bullir mi sangre libre en otra mano.

Me desnudo y me visto de inocencia.
¡Llévame ya, Señor, a tu presencia
en el límite gris de cada humano!




ArribaAbajo[Ya se advierte el silencio de tentáculos rojos]


Como ella fue y volvió tú nunca vuelves.

V. Aleixandre                



ArribaAbajoYa se advierte el silencio de tentáculos rojos
adentrarse en tu sangre.
Sobre el mar anochecen sirenas
y se engarzan
en éxtasis
    penumbras y fulgor semovientes.
La tarde se disuelve como un sueño de escamas,
en un olor a orobias,
sobre un alud de sargas, de gaviotas y tierra.

He regresado solo, en pie, desde mi infancia,
a través de la espuma, las conchas, el cansancio.
En el rojo granizo del sol embravecido
fulguraron mis ojos
    en ascuas,
    en hogueras.
Salado el aire esparce tu cuerpo por mi cuerpo:
dos urentes palomas que se abrazan sangrantes.

Es lívida la aurora con su piel de aguijones,
con su agraz dentellada de alacranes y espínulas;
ciego el astro que agita los dedos
de la noche
como un soez arcángel de flamígeras alas.

Te desnudas el cuerpo de lunas
por la arena.
El mar abre sus fauces de mandrágora tóxica
por mostrarte
    en su ocaso de lumen y ceniza
el dulce verticilo de su lengua gastada.

He vuelto a desearte esencial y sin horas,
fulgúrea,
extenuada entre ruinas elíseas.
He vuelto. Reconoce que no hay hombre más puro
en el beso,
    en el agua,
       en el tacto de amarte.

La Antilla -Huelva-, 1989                





ArribaAbajoMemorándum



I

ArribaAbajoSólo el tiempo reserva la memoria del hombre,
sus cálices sagrados, su dolor en la arena,
el amor -como fruto perenne de su pena-
trasvolado en un agua de vida que lo asombre.

Y sólo el tiempo asume su verdad y su nombre,
el dardo amarillento de su larga condena.
Espera que otro cuerpo trizado como avena
de la piel de sus labios otros besos escombre.

A los hombres nos gusta enlazar nuestras manos
a la luz de la antorcha, cuando nadie vigila
y todos somos uno: el fuego, hasta la sangre.

Comer el pan hermano que parten los hermanos,
amasar la esperanza que se yergue y oscila
hasta que una mañana la sombra nos desangre.


II

A los hombres nos urge revivir la pasada
estación de las luces que la muerte recobra,
hablar de nuestras ansias si es que el aire nos sobra
y arrancar cada día el trigo de la nada.

A los hombres nos cumple sortear la vaguada
donde el barco sin rumbo tercamente zozobra
y amansarnos el alma, dulce diente de cobra,
con la música rota de la lírica amada.

Es mirarlo a los ojos, devolverle un saludo.
No es difícil el hombre si se vive de frente,
cara a cara, en silencio, a sorbos, sin escudo.

Sólo pide un espacio de paz para sus hijos,
una mujer -no un ángel- sorbida lentamente
y un pedazo de tierra para sus ojos fijos.




ArribaAbajoÍntimo cuerpo




ArribaAbajo[Ved que me hirió la sangre con un bello legado]


Salve a ti la salvaje del paraíso abisal.
Salve a ti la Santa del yermo de las islas.

Odiseas Elitis                



ArribaAbajoVed que me hirió la sangre con un bello legado
y exultado proclamo la cántiga del vino.
Sabed que este libamen del amor
me ha colmado
los labios con aljófar y miel en abundancia.
Tuve toda la lluvia con un río en mis manos.
¡Cuántas alas poblaron mis ingles de heredades!
Cuántas veces vibraron -arco indócil- tus himnos!

Tú reduces a polvo mi cólera y escapas:
Águila que persigue los frutos y las horas
en un lento estiaje de solsticios y eclipses.
Devuélveme la fruta feraz del paraíso
que gusté entre tus dientes
sin acíbar alguno;
aquella que, sin causa, me había sido prohibida.
Sangro sobre los cauces abiertos en mis ojos.
Sangro en el cáliz agrio que vertiste en mis venas.
Olvida la promesa del amor incumplido.

Es tiempo de sabernos de nuevo como siempre.
Sabed que hubo un tiempo
de dulcémele y júbilos;
un tiempo en que tuvimos la lluvia entre los labios
y bebimos sus aguas para besarnos sólo.




ArribaAbajoRazón de la alegría


Ahora la sed
me será leve, menos acre la herrumbre...

Eugenio Montale                



ArribaAbajoDe la sed ofendida con que atendí tu boca,
aún me queda el recuerdo, una luna de aulagas
que abrasan las palomas.
Aún me queda la nieve, el venero del agua,
mi paragustia tuya, el chanel de tu aroma,
tu cuerpo de arpillera
-apretada cintura de piel y nicociana-,
un pebetero blanco de amapolas eternas
donde me bebo el alma,
mi soledad a sorbos de miedo y de grosella.

Una espuma de besos esquilman las gaviotas.
Se rizan en tus labios milenarias caléndulas.
Un éxtasis de pájaros por los almendros cobra
un óbolo de adioses, un tributo de sueños,
mil negras golondrinas con los pechos de novia,
una sonrisa lánguida, dolores como espliego.

Íntima como un sauce de largas primaveras,
como un tronco amarillo de ayes y de escarcha,
como un liento crepúsculo, como un diente de acero,
te vas y me acaricias. Junto a mí. Desde dentro
de ti para encontrarte. Salirme de tu cuerpo
para verte de veras,
como un centauro torvo en un alfar de alas,
un trasiego de carne, un venablo de fuego.

Jaspe rojo, tu boca. Tu boca en mis entrañas.
Tu boca ya, tu boca. Tu boca, ya palabra.
Tu boca y las palomas: mis dos heridas blancas.




ArribaAbajoApocalipsis


ArribaAbajoVoy a vivir. Sabedlo. Removed las arenas.
Aguardad a los peces en las blancas salinas.
No olvido. No renuncio. Acudid a mis alas.
Venid como la nieve al río de mi sangre.

Ved aquí mi tragedia. Éste es su apocalipsis.
El fiel fideicomiso de un tuero entre las brasas.
El íntimo unicornio de luz sobre la noche.
Vedla aquí escarnecida, ¡pobre espina del alma!,

arder entre las risas de un labio y de su espuma,
sumirse en la tediosa maraña del silencio,
fluir sobre las llamas, atónita, convulsa.

Vedla aquí demolida, rota, inmisericorde.
Vedla ya como un junco besado sin mesura
en el último espasmo de mi amor que no muere.




ArribaAbajoEterno retorno


Nosotros que no teníamos nada
le enseñaremos el sosiego.

Yorgos Seferis                


ArribaAbajoVolvería al susurro dorado de la tarde,
a escanciar mariposas de seda
como aliagas.
En tus almiares, heno,
a beberte la sangre
con ese olor a mimbre, a jara de verano.
Te han crecido guirnaldas
como caprichos, rojas,
mojadas sobre el beso,
en el llanto nevado de tus muslos de bronce.
Enrédate en las algas de tus labios
y llora
porque sean corales tus lágrimas de mayo,
madreperla nerviosa
tu soledad de arcángel.
Volvería. No quemes tus mejillas de oro
con la ira quebrada de una duda
o un beso.
Volveré para siempre y tú me tendrás cerca
como un niño importuno, ahuecando tu sueño.
¿Me recuerdas? No tiembles.
Tu desnudez abriga mi dolor de romero.
Escóndete del beso que mis labios pronuncian,
porque la rosa es aire,
porque es agua la luna,
porque ya nace o muere tu sombra perseguida
como una vieja pena,
cansada de morir, siempre cansada.




ArribaAbajoDíscolo idioma


ArribaAbajoLo sé, mujer. Lo sé cuando acaricias
mi cuerpo abacorado de razones,
de pájaros, de vientos, de glicinas.
No soy un dios. Lo sé. Ya me conoces.

Sé de la soledad, mujer -¡lo siento!-,
de ortigas y caballos montaraces,
de frías marionetas y silencios
henchidos de cuchillas y cristales.

Ven a mi sangre, ven. Yo te conjuro.
Ven a mi tierra, ven. No te detengas.
Ven a mi amor feraz de sino oscuro.

Porque sé de dolor y de destierros.
Porque sé del amor y de su idioma,
ven a mi voz para acallarnos dentro.




ArribaAbajoUrgencia


ArribaAbajoVen a mi sangre ahora.
Ven a esta tierra domeñada en lunas,
en alas concrescentes de céleres alondras.
Ven a este cuerpo mío trepidante de arañas,
a este cauce de nervios, sin agua, extenuante,
a este muro de zarzas, a este roce de cierzos.
Ven, ilusión o águila o nave a la deriva.
Ven a mi beso en ciernes,
a su leche de espumas.
Ven, naufragio infinito,
ven vulnerada, ven amanecida.
Ven a mi piel de alambres, de trémulas aulagas.
Ven ya. Zanja tus dudas.
Ven ya. Como te encuentres:
carne, en la arena, rota; mujer de ajadas jarcias.
¡Pero ven, sin demora! No des pábulo a treguas.
Yesca serán, desnudos,
tu cuerpo con mi cuerpo en una llamarada.




ArribaAbajoClamor del paraíso


ArribaAbajoSólo tu vientre temblará y entonces
mis gavilanes labios predicarán un sínodo en tus labios.
Sin ti todo es cerúleo,
espuma draconiana que draga entre los dientes.
Tú, único mar en sangre y a raudales
en que a beber se escapan otras cinturas vírgenes.
Vivísimo esplendor, gema rodante,
piedra angular del rito de los sueños,
dédalo en que Ariadna se destronza como cáliz o algalia,
ven, como dios espada con duro beso de cristal y bronce,
a despertar
el Sísifo dormido que, entre mis carnes, crece.

¡Oh, tú, ya ven! Sí, ven con vocálico miedo,
como acuden los pájaros de indómitas hespérides
con sus verdes manzanas de Tántalo o de oro.
Ven, cíngulo, marfil, graal sagrado,
escapada paloma fugitiva,
adolescente grito de un cuerpo tenebroso,
pronunciado tal vez y sin conciencia por el amargo beso del olvido.
Esencia pura, tú, súbita esencia,
corazón en los álamos deshecho,
envíame ya
anhélitos de sangre,
envíame en silencio tus otomanas naves sobre mis cruces débiles.
Envíame tu amor, sea como humo,
como ruptura o tregua, como escarpia, como herida acezante.
Lánzame de esta tierra a otra tierra ignorada,
a navegar ocasos en las playas sin límites.




ArribaAbajoElla


ArribaAbajoNo profanéis su voz, tan nueva y fresca,
tan fuente de mi voz, tan tierra mía.
Tronzad la grama o yerba que ha tocado
el tallo de su pie y oiréis a oraje.
Porque ella es aire y agua en que respira
la densidad y el culmen de mi fuerza.
Ella es madera y flor, es toda sueño
y toda leche y mar. Su ser es vida.
Y es ala. Y es clamor. Sin ella nada
tiene sentido ya. Basta su vientre.

Vedla dormida aquí. Traed la llama
y acercad a sus labios vuestra pena.
Ella es la luz y el alba palidece
en tándem con el sol cuando me mira.
Es nardo y azafrán, caña y canela,
áloe e incienso es. Hermana y novia.
Y es tan niña en edad que hasta los pájaros
beben la plenitud del tiempo en ella.
No la dejéis llorar. Sabed que sangra
el corazón del mundo cuando llora.




ArribaAbajoRazón de ser


ArribaAbajoHoy has nacido igual y tan distinta,
tan azul a los álamos y al bosque,
tan nueva de preguntas en los labios,
tan extraña, tan roja de gorriones.
Hoy has venido a mí con tanta pena,
con tanto mar y cálices y torres
que no he podido menos que dejarme
lastrar en tu ardimiento de limones.
Hoy has vencido, al fin, y me has llamado
amor desconocido, amante, bronce.
Hoy has sabido, al fin, que me querías
y has pronunciado, tímida, mi nombre.
Hoy la pasión ardió las caracolas
del pubis infantil a borbollones,
y te licuaste lívida en el río
entre mis dedos cálidos de cobre.
Hoy, al brillar tus ojos en la hierba,
en los adustos valles de algodones,
te ha sorprendido intacta la costumbre
desalentada y blanca de gamones.
Y has llegado hasta mí con tanta prisa,
tan cerval y arrogante como entonces
pero siendo mujer. Yo te esperaba
desde siglos atrás en que era hombre.




ArribaAbajo[Para ti este poema de amor inacabado]


La única poesía
es la que calla y aún ama este mundo.

Antonio Gamoneda                


ArribaAbajoPara ti este poema de amor inacabado.
Para ti el primer verso
y su prístina lágrima vertida,
este rapto feral de ser en mayo
fruta frugal de espigas y palomas.
Para ti toda el ansia de este dios acezante
cuando ofrenda la vida su voz a lo debido,
cuando esparce la lluvia
    sus pétalos al humo,
    sus jirones de sangre.
Para ti mi palabra de sílabas suicidas,
mi silfo de delfines,
el deseo acallado por tu carne en mi vientre
y ese beso lentísimo que me aparta del mundo.
Sabrás de mi dolor -alas y polvo-
al saber de mi amor
porque te amo.




ArribaAbajoDeseo


ArribaAbajoDesnudé, al conocerte, en mis venas,
un deseo voraz, avezado,
un deseo de cuchillos redadiados
en mi carne de heridas abiertas.

Siento el ansia tenaz, impertérrita,
de vivir y morir a tu lado,
aunque Dios me previene y fracaso
al andar con sus cruces a cuestas.

Sin conciencia trepida caliente,
inefable, temoso, arrogante,
de mis labios de sal a mis sienes,

con un férvido ruido de sangre
que me arrastra sin freno a tu vientre,
el deseo desgarrado de amarte.




ArribaAbajoHijo de mi razón


ArribaAbajoTiempo y silencio. Voz cuanto más mía
más clama en mi dolor, más desespera.
Cuando del polvo naces, de la espera,
hacia la nada voy de las cenizas.

Tú rayo. Yo cristal crispado, ruina.
Rojo diamante tú. Yo oscura piedra.
Tú luz y cielo. Yo negror y tierra.
Tú cascada de lluvia. Yo sequía.

Cuando del polvo naces, de la nada,
amigo de mi muerte enamorado,
la furia que esgrimieron mis espadas

ya no luchan por mí. Que yo no existo.
Vivo y sueño por ti -¡ciego milagro!-,
hijo de mi razón, de mi ser hijo.




ArribaAbajoAl infinito


ArribaAbajoVolviendo al infinito.
Volviendo a las alturas donde todos los labios
ansiosamente temen besarse o acercarse.
Volviendo a los lejanos recuerdos que no vuelven.
Volviendo a los guijarros donde cava la noche
sus látigos de sangre:
la noche que se alarga con sus dedos silentes,
la noche que mis manos sedientas reconocen.

Volviendo a las palabras. Así viene la noche.
Así viene tu cuerpo redondo corno un surco,
más dulce entre los ojos, sobre una nieve amarga.
¡Así! ¡Así! No vuelvas como una caracola.
No vuelvas al abismo abierto a cada paso.
Detén tu vuelo. Calla hasta que calle todo.

Volviendo a los arcanos, al caos del silencio
cuando me despertabas con tus dedos suaves,
en eclipses de besos, semidormido apenas.
Volviendo al infinito.
Volviendo a las pasiones estériles, te llamo.
Invoco con un nombre tu desnudez hermana,
el rito de los álamos, del pájaro, del beso.

No dudes de mis labios porque vendrá la noche:
la noche que trasmina como un puñal de cuarzo,
la noche de tijeras cruzadas en el alma,
la noche que profana tus versos y los míos.
Volviendo al infinito. ¡Hay Dios!
Escucha. Calla.
No apures el fracaso de haber nacido hombre.
No consumas en lluvias tu cuerpo azul de grama.

Volviendo al infinito.
¡Volviendo, sí! Volviendo
a la sirte plagada de algas y libélulas,
al belfo de los lobos,
a la mujer que amas,
¿qué más da si la muerte te acecha en cada abrazo?

Volviendo al infinito,
cualquiera es un buen día.
Volviendo a la impotencia,
volviendo a lo innombrable,
cualquier lugar es bueno, igual para morirse.




ArribaAbajoLa región encendida




ArribaAbajoEpístola en Drimad


ArribaAbajoDime tú,
si lo sabes,
qué patético sueño irisa mis pupilas de lobos y bestiarios.

Dime qué voz asorda mi voz contra lo oscuro.
Qué materia de fuego abrasa cada surco
donde alcanza mi ansia el tacto de otro tacto
o busca el sueño amargo que habita tras mi sueño.
¡Oh presciencia del alma donde yazgo conmigo,
donde besa mis ojos la acérrima dulzura
y unge con brea mis manos y mis pies y mi lengua!

Regrésame a tu nombre,
aquel que nos aunaba en los himnos sagrados,
aquel que pronunciábamos amantes de otro idioma.

¡Qué ha sido de los dioses que enjugaban tus labios con aroma de algas,
de esta lírica rota de rosas y cenizas!

Dime tú dónde el alba,
la región encendida,
cómo hallar la manera que mis labios pronuncien sólo un beso en tu boca.




ArribaAbajoNoche oscura del cuerpo


ArribaAbajoAcaso he de buscarte, dulce amante tristísima,
en el vuelo
o misterio de quien clama y no vence,
bajo la tierra dócil que invita a mansedumbre,
en el vaso de besos que consuma la savia.

Acaso porque naces cerval sobre mi vientre,
    cirro de sangre donde estalla un río,
    labio de lluvia donde escora el mástil
       de este bajel de huesos,
estás cerca
tan cerca que parece vivir una ventura,
tan íntima en la luz que desdibujas los signos de la muerte
cuando en lo oscuro acrece su memoria.

Por ti,
    novia de adúcar, sándalo de pasión,
       driza de yedra,
    élitro de dolor, palor del alma,
    bíblica soledad, ópalo dulce.

Por ti seré acento de la roca,
    acento de la piedra malherida que canta eternamente en el otero
    frente al fragor del mar que nunca cesa.

Deja ya de esconderte como un niño desnudo por las cuevas del templo.
Deja fluir el aire que remueve en mi boca aletadas amargas.
Déjate mansamente domeñar en el sueño
    que me arrastra a otro sueño más lejano.

Dime de qué te sirve
que te ciñas
con sal a la cintura
un agallón de besos,
que te nieves el cutis de limón o de leche,
que te sueltes el pelo de la luna en el agua,
que te creas hermosa
si has de morir también.

       Fática noche,
abrásala en esta calentura de mis ojos sin sol,
y habrá milagro.
       La madrugada abre sus raíces
antes que tú, yacija de los nombres,
enmudezcas los cuerpos que tanto se han amado.




ArribaAbajoLección de almatomía


ArribaAbajoQuiero decirte: Ven
y que no apague nadie nuestra boca de agua
o este líquido rojo de la sal en los labios.
Ven que allende en el humo nace como ceniza
el asedio de ausencia
donde aprendí del gozo, oro de soledad, pez acuciante.

Ven y dame noticia de este fúlgido amor en el naufragio,
amor desposeyéndome,
anunciando invisibles sus señales:
cirro, espadas o lengua, escarcha, álgido fuego,
llave del alma o himno de la fiebre.

Siento viva en el río la lluvia de tus lágrimas,
copher de vino dulce derramado en mi boca,
amante desolada desalándome en vida.

Vives porque te nombra,
bajo la tensa calma, mi pasión y mi sueño.
El tiempo o la palabra unge, laude y estigma,
los lenguajes de amor impronunciados.
En luz seré quien dome tus versátiles nervios,
aquel que infrinja el tacto en cuyo mar o sed se abisme el mundo.

En el cenado bosque te busqué sin hallarte:
Prendida quedó el alma como un batik de lluvia
entre las ramazones del olvido.




ArribaAbajoLa azul palabra de los días


ArribaAbajoRealmente nunca sabes cuándo llega la noche.
Te acecha en las esquinas de tu casa en penumbras,
se sube por tus sienes,
aviva en la memoria recuerdos inasibles,
se desgarra en arcanos y símbolos fatales.

Nunca sabes realmente cuál es la fecha, nunca
cuál la herida del sueño o el beso de la muerte,
porque nunca has tenido suficientes palabras
ni saber suficiente ni suficiente vida.
Detrás de las cenizas del amor se acrecientan
unos ojos oscuros dulces como el destierro,
unas manos de gasa con sus dedos de luto.

Tal vez has deseado que tu cuerpo no muera,
prevaler en la sombra mientras todo se abisma,
sentirte como un fénix sobre el mar de la noche.

Lentamente las horas devoran el susurro
del río envuelto en bruma;
acallan las orquestas aladas de los árboles,
el eco de las voces, el chasquido del rayo,
las campanas abiertas como zinnias de plata.

Lentamente la noche,
deshecha en la pavesa de un dios Bran de la aurora,
asume la impotencia de su rabia finita.




ArribaAbajo[Acaso no percibes]


ArribaAbajoAcaso no percibes
que las ondas del agua se pierden en tus ojos
y el mar también se acaba;
que tu sombra es más larga que tu propia figura
y tu sombra no es nada: humo, polvo, silencio
queda sobre los dioses que llamamos humanos.

Todo lo borra el agua cuando lame la arena.

¡Cómo puedes burlarte de la edad si amaneces
y naciendo ya muere un poco de ti mismo!

No hay nada que detenga la lujuria del tiempo.

Hay días en que mis versos son tristes y azarosos
y buscan como manos acariciar tu espalda.
Sólo tu voz alivia:
Del azul estás hecha.

Juntamente contigo
olvido la jornada fatal que no resiste
análisis ni leyes.

En ti, por ti pervivo, anclado a la marea
donde quieras llevarme,
porque sólo a tu lado,
asido a tu cintura, a tu pecho, a tu vientre,
he soñado en un cielo donde el tiempo no existe.




ArribaAbajoVitral


ArribaAbajoTe derramaste azul sobre mis ojos
como el azúcar ebrio del granizo
besa las azucenas. Y era invierno.

Te quise añil bajo mi vientre oscuro:
en el fragor, mis miembros, tu avaricia,
el estertor de alas sobre el cuerpo.

No existe nieve, mar, cristal, rocío
capaz de guarecerme de esa llama.
Cercado estoy, mujer, en tu universo.




ArribaAbajoLenguajes


ArribaAbajoEn ti hemos aprendido la lengua de los pájaros,
a adivinar la alquimia del amor como un fruto,
la saliva en el agua
y la muerte innombrable en los labios mortales de la vida.
En ti hemos exaudido los fonemas del júbilo,
los salinos de la sangre, las espinas del cierzo,
y en nuestro cuerpo habita, fuego y luz, tu palabra.

He aprendido a vivirte intensamente
como quien ya no sabe
más que besar o amar tu cuerpo en sombra
y no me da vergüenza confesar
que estoy vivo,
que vivo resistiendo los instantes penúltimos,
    el torvo pulso airado,
    el roce de quien calla,
       de quien ya no florece
y se atreve a pedirme que en el viento lo nombre.

Yo he nacido viviendo para vivir y nazco
en cada flor y fruto, bajo el sol y su alfanje.

¡Oh corazón de noria que me has dado la vida,
devuélveme ese sueño y la fe con tus labios!
¡Oh trigo a manos llenas, alimento del aire,
no voy a lamentarme de vivir, de haber sido;
no voy a permitirme el rigor de olvidarte,
el riesgo de vivirte, la pasión con que amo!

Aún espero la lluvia que consuma en tus ojos,
adormidos y dulces, los vestigios del fuego.
La leyenda de nieve a orillas de mi alma,
los ecos de la espuma, el incendio en la hierba.

Tal vez porque el amor sorprende en vilo,
como el dolor, aunque su luz nos duela.




ArribaAbajoTestamento de amor sobre las playas de Baética


ArribaAbajoCreo en tu amor.
Me guías en lo oscuro.
Son polvo azul las leyes que pronuncias.
El corazón teñido de lenguajes habla de ti sin conocerte apenas.
Laude y rabel.
En él un himno crece, un canto nuevo, el mar de una saloma,
aunque de ajenas voces se ensordezca el huracán de un dios y su aleluya.
Nace a la luz y, en desbandada, el río
arrastra la penumbra de los labios en el hondón de cálices sediento.
Oye el clamor. ¿Acaso no has sentido este furor de cal
abriendo huecos entre los blancos huesos de tu vientre?
Roto,
febril,
exhausto,
lábil,
débil,
amanecido en piedra y sal y sarro,
desgajado en tu carne y aterido.
Huella de la memoria, amarga lágrima,
me urge a vivir, puñal de herida leve,
enemigo del sueño que me nombra siervo de tu dolencia y mi locura.

Creo en tu amor.
Mi sangre trasparece licuada en luz
y en soledad mi carne encandeciendo sombras y presencias.
Voy hacia ti.
No dudo.
No vacilo.
Tu cuerpo es el cristal que nunca miente,
la roca que me ampara,
la lámpara de aceite que me alumbra.
Siervo y señor, desnudo a ti me acojo.
Hierba en tu piel o briza de tu cólera.
Agua para tu sed o terne láudano para el cordel de aristas del olvido.
No hay soledad.
No hay cerco de tiniebla ni niebla o rejalgar
que no se esfume en el carbón ardido de tu aliento.
Firme es tu pie.
Proclamo tu dominio.
Amable es tu poder.
Yute, viniebla.
Condúceme hacia ti, cae la tarde.

Creo en tu amor.
En él me siento puro.
Devanado en el fuego de su historia.
Lienzo en el infinito de la albura.
Honda y broquel.
Escudo de mi fuerza.
Él tensa el arco de mi brazo,
el bronce que mi diestra cansada no sostiene.
Llama en el mar.
Deshielo son tus labios.
Brasa en el frío pez. Río en la piedra.
Cáliz del corazón que se desangra.
Muerto el amor, tu amor me da la vida.
Me defiende del águila en la noche.
Del jugo del panal coima mi boca.
Si sombra o pez.
Si oscura mi mirada muda en hachones rojos todo el cielo
y en el fulgor del rayo me ilumina.

Creo en tu amor.
Me libras de la cera, el corazón; y el alma, de la espada.
Besas mi piel.
Y ciñes mi cabeza.
Y en tus entrañas halla mi semilla
el surco arado donde alienta el cuerpo,
    donde renace bajo las estrellas.
¿Qué he de temer?
Conduces mi cayado por tenebrosos valles y senderos.
Y donde estoy estás buscando asilo.
Vienes a mí, enfermo, extenuado.
Vestido de sayal, ebrio de fiebre.
Llaga sobre las llagas de mi lengua.
Cilla y algar, me asubias del granizo.
Unges con casia el trigo de mi cuerpo y con miel de la peña me complaces.
Pan de aleda, mi pan ya no es ceniza ni la bebida mezclo con las lágrimas.
Bajo tu carpa aguardas mi regreso.

Creo en tu amor.
De agua son tus flechas.
De oro los cilicios que me ciñen.
De seda ocal el sirgo que me ahoga.
Yerto en dolor es fiel hasta la herida.
Aunque me aseste el yáculo y el dardo la oscuridad más terne del olvido.
Vino, aguamiel y crema de mi boca.
Lengua de orín deviene como nieve.
Lluvia de sal más dulce que jalea.
Fruto de olor, aceite es tu palabra.
Orgullo de mi boca es tu arrebato y la impiadosa cava de tu vientre.

Creo en tu amor.
Me arroja al precipicio.
Es el clamor del mar quien me devuelve,
con el vigor de un dios,
       cuánto te amo.




ArribaAbajoAmor más poderoso que la vida


ArribaAbajoElla camina en sombras, ciega a la luz, y ríe.
Su corazón entonces es una oscura piedra
que un racimo de lluvias bruñe bajo su carne.
Ella conoce el mar y la palabra
aunque jamás pronuncia su humedad y su ruido.
Cuando los ríos crecen y la angustia proclama
su condición de géiser,
me ilumina,
me avisa del guijarro que se cierne en mis ojos,
me alerta de los surcos donde el miedo nos hiere.

Un hombre está mirando,
abierto en el dolor pequeño
y hondo
de vivir, a quien llega,
con sus ansias azules, a vendimiarle el alma.

Un hombre está mirando a una mujer que toca
con sus manos la lumbre.
Ella ríe y no cesa de beber en la sal que deja el beso
con un río de plata por la sangre.
Y me mira y percibe la oscuridad que arrastro desde antiguo
con el vacío de Dios en la mirada.
Hemos reconocido en este eterno celo de mirar y mirarnos
que ni la vida puede abatir con sus garfios amor tan poderoso.



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