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- XXXVI -

Mancebía de Valencia

Según Cobarrubias en su »Tesoro de la lengua castellana," la Mancebía significa el lugar o casa pública de las malas mugeres. Estas casas públicas se designaban en la antigua Roma con la voz Lupanar. La palabra Burdel, según el P. Larraga en su obra sobre la escelencia de la lengua vascongada, viene de la voz borde, porque estas casas se formaban en otros tiempos en los bordes u orillas de las aguas, y se deriva del vascuence Bordaunde, o Bordunde, que significa casa sucia o puerca, así como se llamaba Borde o Burdo al hijo nacido de muger que ha tenido ruin fama, o de muchos padres. Antiguamente la licencia no sólo tenía estas guaridas, sino templos también: los griegos obligaban a la prostitución en muchas ocasiones. Plinio (L. v. c. 22) dice, que en ciertas festividades dedicadas al Sol y a Venus, las mugeres de Heliópolis, en la Siria, se prostituían a los estrangeros.

     Algunos pueblos de aquellos tiempos estaban en la persuasión de que el humo de orujo o terrón de la aceituna, era a propósito para atraerse el amor de otro, a cuya costumbre alude el Profeta Baruch, cuando dice en su capítulo VI: »Las mugeres para honrar a la diosa Venus, ceñidas de cordones se sientan en los caminos, quemando el terrón de la aceituna, con el objeto de atraer algún pasagero." Esta costumbre era más religiosa en Babilonia, donde las mugeres tenían la obligación, una vez en la vida, de presentarse a la puerta del templo de su Venus, llamada Salambó, y esperar allí que fuesen llamadas por algún estrangero, al que debían prostituirse en una pieza dispuesta en aquel templo, denominada Succoth-Benot, o sea el Tabernáculo de las doncellas.

     Los romanos remontan su historia hasta la prostitución de Lupa (Acca Laurentia), o Loba, muger del pastor Fáustulo, y a la cual se le dio este nombre a causa de su vida disoluta. Un autor latino dice, que en Roma se llamaron Lupas (lobas) las mugeres impúdicas, porque antes de que hubiese ciudades en Italia, vivían las prostitutas en los bosques, donde robaban a los pasageros, después de haberlos acariciado(2). Rabia en la antigua capital del mundo casas dedicadas a Venus, Príapo (Phalo) y a Baco; conventículos llamados Lupanares (loberas), derivado de Lupa; y eran tan comunes, que estaban permitidos por el gobierno, según se ve en la arenga que pronunció Cicerón hablando de Coelius.

     Calígula, Emperador, estableció un lupanar público en su mismo palacio, destinando lujosas habitaciones para las cortesanas, que tomaron de aquí este nombre.

     Tiberio estableció otros en sus palacios de recreo; siendo el más célebre el que estuvo en la isla de Capra, en que se entraba por medio de unas tarjetas o medallas de bronce y a las que se da el nombre de Spintrianas por los Numismáticos, en las que estaban grabadas escenas lúbricas, y el número de las veces que podía entrarse en el Lupanar, para lo que se cambiaba la moneda por otra de número menor cada vez que salía.

     Según Butron en su discurso de la pintura, el célebre pintor Parrhasio fue el que pintó los cuadros obscenos para los Lupanares de Tiberio, y puede creerse, atendiendo a su perfección, que daría el mismo célebre artista los dibujos para las dichas monedas Spintrianas.

     Las casas públicas o lupanares eran conocidas por tener encima de las puertas unos grandes Phalos o Príaphos de piedra, figuras obscenas de que se han descubierto muchas en Herculano. Hasta las mismas lámparas que usaban en los lupanares eran de figura de Phalos, con representaciones lúbricas.

     El Emperador Eliogábalo castigaba con pena de la vida a los que insultaban a las mugeres públicas. Causa horror el cuadro de libertinage, que en esta parte ofrece la historia imperial de Roma.

     En la edad media era el amancebamiento una especie de matrimonio civil, que se toleraba y admitía siempre que la concubina fuese muger condenada por algún delito, o bien de la plebe o nacimiento oscuro, o prostituta pública, mayor de doce años; pero en todos casos debía no ser virgen, ni pariente del hombre que la recibía por manceba. También podía ser la concubina virtuosa, honesta, o viuda de buenas costumbres; pero en estos casos el hombre tenía que recibirla con testigos ante notario público y escritura, en que se espresase se recibía como tal concubina, constando el tiempo por qué se la recibía y las condiciones con que había de dejársela a ellos y a sus hijos, si resultasen de esta unión irreligiosa. Como consecuencia de esta ley de Justiniano, continuaron en Oriente y Occidente las casas de prostitución hasta el siglo XIV con pocas interrupciones, causadas por alguno que otro Emperador o Rey escrupuloso. Los Papas se esforzaron en mejorar las costumbres, mandando cerrar los lupanares, bajo penas espirituales; pero a pesar de todo continuó en Europa el establecimiento público de estas casas de prostitución.

     En España se siguieron en esta parte las costumbres romanas; y eran también conocidas las mancebías en el siglo VII, según se ve en una ley de Recesvinto. Las leyes de las Partidas hablan en diferentes puntos de las mancebas, barraganas y meretrices; y los contratos públicos de mancebía se hacían en los siglos XIV y XV por ante notario público, como se lee en un documento de esta clase, fechado en 16 de Abril de 1399. Así fue que las mancebías llegaron en España a tal grado de organización en los siglos XVI y parte del XVII, que sería fácil probar que se hallaron a la a la altura en que lo están hoy en los países de Europa, donde son toleradas y amparadas por el gobierno, teniendo en cuenta las exigencias de cada siglo.

     Valencia, pues, encerraba dentro de sus muros una de las Mancebías más famosas de Europa en aquellos tiempos, reglamentada por el Consejo de la ciudad, y autorizada por los Fueros.

     Desde los primeros tiempos de la conquista solían habitar en una misma calle o barrio los que tenían una misma profesión o modo de vivir; así muchas de nuestras calles llevan aún los nombres de los oficios establecidos en ellas. El Mustazaf procuraba sin embargo destinar barrio o calle separada a los que podían causar incomodidad o escándalo a los vecinos. Ésta es la causa que motivó las órdenes repetidas para que las mugeres de mala vida no estuviesen repartidas por la ciudad, y fuesen a habitar la pobla o casa pública, que era el lugar que tenían destinado, y existía en el espacio que ocupaba el Huerto del Partit, junto al de la Beneficencia, entre el muro, el huerto de En-Sendra, del Conde de Ripalda, y las espaldas de las casas de la calle del Portal Nuevo(3).

     La casa pública, o Mancebía, no era sin embargo un edificio construido por la ciudad, como lo fueron la judería, morería, zapatería, &c., sino todo el sitio que ocupaban las diferentes casas, propias de particulares, que se alquilaban a aquellas mugeres para que las habitasen. En 1392 mandó el Consejo de la ciudad cercar de pared y cortar las comunicaciones que conducían a aquel sitio, lo cual tuvo efecto a principios del siglo XV, cerrando el callejón que venía de los Tintes, las entradas por el lado de la muralla, y poniendo puerta en la calle del Muret, con lo cual, y la cerca de los huertos que la rodeaban, quedó enteramente cerrada la Mancebía, como se deseaba.

     Para entrada se destinó la puerta colocada en la referida calle del Muret, junto a la cual se hallaba la casita que habitaba el portero. Las calles de la casa pública y la casita del portero eran la única propiedad que tenía la ciudad todas las casas y huertecitos comprendidos dentro de la cerca pertenecían a particulares, como consta de varias escrituras de aquel tiempo, en las cuales se trasladaba su dominio por venta u otros títulos.

     Había una especie de inspector, a quien los Fueros llaman Rey Arlot, que respondía a la autoridad de los escesos que allí se cometían: cuidaba de que la Mancebía se cerrase a las diez de la noche, y no se abría hasta cierta hora de la mañana. Acompañaba a las mugeres públicas los días de fiesta a alguna iglesia para que oyesen misa, y no permitía la entrada en la casa pública los mismos días, hasta después de oída la misa. También las acompañaba cuando salían a ver las procesiones u otras fiestas religiosas o civiles, en los puntos que de antemano tenían señalados.

     Cada casa de la Mancebía estaba regida por un hombre, que la legislación foral llama hostaler, dependiente del Rey Arlot: el hostaler cuidaba de la ropa, comida, asistencia en las enfermedades, &c.; pero de modo que estos hostalers tenían sus casas particulares dentro de la Mancebía, pero sin comunicación interior con ninguna de ellas.

     Las casas eran de un solo piso, con una ventana encima de la puerta, y un huertecito cerrado a las espaldas. Las fachadas estaban casi siempre adornadas con flores o festones, iluminándolas por las noches con faroles de colores. Así se describe en una memoria de Antonio de Lalain, señor de Montigni, primer Conde de Hoogstraten, Consejero de Carlos I, que acompañó al Rey Francisco I de Francia, y visitó esta Mancebía durante la estancia que hizo en Valencia aquel Monarca, prisionero en la batalla de Pavía, de paso, para Madrid.

     Desde el miércoles a sábado Santo ambos inclusives, eran conducidas las mugeres públicas y encerradas en el edificio de alguna cofradía, y después en el convento de monjas de S. Gregorio. Si durante estos días se arrepentían o encontraban persona con quien casarse, las daba la ciudad una cantidad determinada para dote.

     Cuando salían en público llevaban trage blanco, sin delantal azul.

     No podían ser menores de doce años, ni mayores de veinte.

     El Rey Arlot pagaba un médico, que las visitaba diariamente; siendo responsable de cualquiera omisión en dar el parte sanitario a la autoridad.

     Si se encontraba enferma una muger pública, el hostaler no hubiera dado parte, era trasladada al hospital; pero los gastos de curación corrían de cuenta del hostaler.

     Cuando una de estas mugeres desgraciadas deseaba, por arrepentimiento, dedicarse a una vida honesta y religiosa; pero no lo verificaba, porque a veces no había satisfecho lo que debía al hostaler, la ciudad la hacía libre si tomaba, el hábito religioso; pero si quedaba fuera del claustro, ausiliaba con cierta cantidad, para que quedara libre también.

     Cada hostaler pagaba a la ciudad una cantidad determinada por la industria que egercía, y por cada muger que tenía de huéspeda.

     Las barraganas o mancebas que no vivían en la casa pública, eran perseguidas sin distinción por 1a autoridad. Las que se encontraban prostituidas fuera de la Mancebía, eran azotadas públicamente.

     El Síndico del Consejo era el encargado de que se cerrase y abriese en las horas señaladas la puerta de la Mancebía.

     En las grandes calamidades públicas se cerraba el establecimiento; si alguna faltaba en este tiempo a las disposiciones del Consejo, era azotada por el verdugo.

     La casa pública se cerró decididamente en Valencia a mediados del siglo XVII por orden de Felipe IV.

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