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Bilis / Luis Bonafoux

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Cavemos, cavemos...



                                                                                                 ... Ya que así lo quiere el triste destino de nuestra raza, seamos despreciadores del hogar, de la tranquilidad, de la sangre, de cuanto suelen defender otros pueblos con tanto honor militar como nosotros y con mayor acierto, desde luego, en las obras de progreso y de cultura. Sigamos arrojando la vida por la ventana...

HERALDO DE MADRID.



     Otro refuerzo. Otros miles de jóvenes que van a la guerra de Cuba, a la manigua, al surco, a la tumba... Hemos enterrado doscientos mil. Aún hay juventud. Aún se puede enterrar. Cavemos, cavemos...

     Franceses y alemanes combatieron y murieron por algo grande. La juventud española combate y muere por el pillaje colonial de sus gobiernos. Es el destino de nuestra raza, advierte el Heraldo, y el destino no se evade.

     «Despreciando el hogar, la tranquilidad, la sangre, cuanto suelen defender otros pueblos con tanto honor militar como nosotros», allá va la juventud, al horrible matadero cuyo carnicero es invisible como Dios.

     Alegres y decidores van los jóvenes. Han comido carne una vez en su vida, han bebido unas tintas, han fumado unos puros de estanco, y en la cubierta del buque transatlántico tienen permiso para rasguear las guitarras...

     Como soldados de España cuentan con pelear brazo a brazo con los adversarios, cuentan con rendirlos en la contienda, con volver a España llevando a guisa de trofeo la ensangrentada cabeza del Viejo chino, de ese insurrecto intangible que está como Dios en todas partes y no se le ve en ninguna. Cualquiera de ellos siente hervir en sus venas la sangre del héroe de Cabrerizas, de San José, el soldado, herido, exangüe, arrastrándose como una sombra por entre malezas del campo, constantemente expuesto a morir al mismo pie del muro desde donde contemplábanle sin salvarlo los compatriotas y compañeros, y salvado por valiente para volver mutilado a la patria y rasguear la guitarra de puerta en puerta pidiendo «una limosnita por amor de Dios».

     Alegres y decidores van a buscar al enemigo; van a la manigua, al surco, a la tumba. La manigua es la estepa tropical. El soldado español, como el soldado francés a su regreso de la campaña de Rusia, va por la estepa sin encontrar casi nunca a nadie, asfixiado por la miasmática atmósfera de inmensa hoguera que eleva sus llamas recortando el aire, viendo a lo lejos fantasmagóricas sombras de insurrectos rastreantes en las llanuras, que aguardan ocasión propicia para herir sobre seguro.

     La naturaleza es del enemigo, y contra la naturaleza no se puede nada.

     En esa horrible peregrinación en busca de una tumba anónima, los jóvenes de veinte años se vuelven repentinamente viejos. La inmensa mayoría va cayendo al surco; buena parte va a agonizar en hospitales infectos, y los que regresan después de dar su juventud para cebar a un Weyler, parecen cadáveres ambulantes galvanizados por supremo esfuerzo de la voluntad. Amarillos como la cera, con las quijadas y las clavículas al aire, con los ojos saltados por la intensidad de la fiebre, con el esputo de la tisis en la dañada boca, encorvados por la vejez del trópico, y tiritando bajo los uniformes de dril, los que no tienen la suerte de ser tirados al mar bajan de la pesebrera del buque que los escupe a tierra, toman asiento en la perrera de un tren mixto, y con la guitarra rota sobre las deyecciones de la tuberculosis van castañeteando a través de las desoladas llanuras de Castilla, bailando la danza macabra de los huesos galvanizados.

     Y los que les mandaron a la muerte siguen viviendo al calor de las estufas del Congreso, diciendo en corros y corrillos que Cuba está perdida, pero que no hay quien se atreva a declararlo. Y sigue yendo el ganado al matadero. Otro refuerzo más. Hemos enterrado doscientos mil. Aún hay juventud. Aún se puede enterrar.

     Cavemos, cavemos...

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