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ArribaAbajoNuestros güebos

Aunque La Gacela de Madrid publicó el 14 de este mes una Real orden nombrando registrador de la Unión (Manila) a don Alfredo Gómez, pienso que don Lucas será tan registrador de Manila como yo almirante de la escuadra yanqui que es dueña de aquella bahía... Porque de aquel archipiélago nos queda poco más que esa carta orográfica de Filipinas, cuyas ciudades están indicadas con rubíes, cuyos ríos, montañas y mares son regueros de zafiros, y cuya leyenda está escrita en diamantes; carta de oro macizo, que costó ciento noventa mil pesetas, según dice la Mondaine, y que fue regalada por los funcionarios de Filipinas, a doña Joaquina de Osma, a quien se dio igualmente, como a Primo de Rivera, una pensión vitalicia por haber contraído seniles nupcias con el nefasto político que provocó la ruina colonial de España.

La catástrofe de Filipinas, catástrofe que se tuvo tan callada y se dio a última hora con tantas mixtificaciones ha hecho decir a Henry Baüer:

«¿Por qué la nación que sucumbe bajo el número la fuerza de sus enemigos trata de engañarse y engañar a todo el mundo con la narración de pretendidas victorias? El famoso orgullo castellano no quiere confesar derrotas y la favorable interpretación de los más ingratos acontecimientos produce un efecto cómico. Si fuese lícito el acto de abrumar a un pueblo desgraciado, los telegramas de Madrid darían risa.»

Baüer se admira de que acudamos al gastado recurso de urdir victorias, porque el notable cronista ignora que los españoles estamos dispuestos a tolerar toda clase de cosas, que se diga que no tenemos ciencia, ni letras, ni artes, ni política, ni industria, ni comercio, ni sentido moral, ni sentido común, todo, en fin, lo que se quiera... menos que nuestros güebos no son los más grandes y poderosos del orbe. Tener muchos güebos, he ahí lo único que nos preocupa; la sola cuestión para nosotros, el ser o no ser, ya se sabe cual es, la cuestión de los güebos; es algo morboso, casi una epidemia, sin casi una locura, la locura de los güebos gordos. En cuanto reñimos dos españoles, y aunque no riñamos, el uno le dice al otro:

-A mí me arrastran los güebos. Y el otro le responde:

-Pues a mí me zumban.

A lo que advierte, interrumpiendo, un transeúnte:

-¡Y a mí me hacen espuma!

Y de eso teníamos que alardear en las cuestiones de América, mucho más que en cualesquiera otras, por el precedente del «huevo de Colón».

¿Qué duda cabe de que los tenemos como la copa de un pino? Pero eso no basta hoy para ganar batallas. Los tendrá Dewey como los de un palomo torcaz; pero como fue a Cavite con una escuadra superior a la nuestra, que era de cartón pintado, nos puso fuera de combate. Los tendrá Sampson lo mismo que los de un golondrino, pero como está en Santiago con una escuadra que no fue hecha para luchar con la nuestra, sino con la escuadra inglesa, y como tiene toda clase de pertrechos de guerra, y oficiales que saben lo que se pescan -al revés de nosotros, que tenemos mandando el Vizcaya un señor a quien Cervera llama el mulo de don Manuel,- nos tiene locos a bombardeos y acabará por tomar la plaza aunque haga falta un Leviatán para trasladar a España los güebos de nuestro almirante, que quizá no cojan en la bahía de Santiago.

En Puerto Rico no nos reventaron los yanquis porque no les convendría, supongo yo, pero nos reventarán. El bombardeo de la bellísima San Juan, como lo llama un mentecato articulista de La Correspondencia de Puerto Rico, fue, por el resultado, un paso de risa. Hasta se cuenta que un negro dijo a Macías, después del susto:

«Mira, generá: yo estaba singando, ¿sabe? y ni siquiera me apié.» Pero no hay que fiarse; y así como no salvamos a Filipinas con las rogativas de sus infectos frailes, alma y vida de la insurrección tagala, no salvaremos a Puerto Rico con rezarle letanías a Nuestra Señora de Belén, aunque, como advierte la citada Correspondencia, dicha Virgen es «protectora de Puerto Rico contra toda clase de invasiones extranjeras.»

Estamos mal, muy mal; y lo peor es que la prensa parisiense empieza a tomarnos el pelo, poniendo a la cabeza de Le Jour, de La Patrie, de La France, etc, letreros muy gordos que rezan:

La escuadra misteriosa. La escuadra fantasma. La impotencia de los españoles. La desesperación de España; y otros reclamos periodísticos que nos parten el alma y nos ponen encarnadas las orejas.

Y peor que todo eso es el tinglado que ha puesto la mayoría de los políticos de Madrid, -que hace falta ahorcarlos, sí, señor, ahorcarlos.- El espectáculo de Primo... de primos paseando en las Cortes su millón de sueldo (?), su medio millón de suscripción voluntaria, su estatua de oro y su pensión vitalicia por haber hecho la paz con Aguinaldo, con el mismo Aguinaldo que está degollando españoles, es una danza del vientre tan escandalosa como la que bailó el general Valerí saludando en Santander a los que le gritaban: ¡viva el general de vergüenza!... como si los demás generales no la conociesen...

Cuanto a la diarrea de discursos retóricos que echan por la boca nuestros grandilocuentes oradores, Inglaterra, según el Matin, la ha calificado de elocuente charlatanería. No se explica aquella nación, dice el corresponsal del citado periódico en Londres, que en este amarguísimo trance «cada jefe de grupo se cree obligado a hacer solemnes declaraciones.» No son ya los jefes de grupo, sino todo bicho viviente; y corresponsales y reporters, no sabiendo qué decir de tales solemnes majaderías, acuden, como últimamente ha sucedido en la interview del Matin con don Francisco de Borbón, al socorrido recurso de hablar del mobiliario y... (dice el corresponsal de aquel periódico con referencias a la citada entrevista):

«Pendant un quart d'heure j'attendis dans une espèce d'antichambre-bureau qui, certes, n'avait rien de royal. Par une porte entr'ouverte, j'apercevais, épars sur les chaises, un chapeau de femme, une houpette a poudre de riz une ombrelle, etc, pendant que deux ou trois enfants, dont Fun sans doute était le «dauphin», gambadaient autour de moi et criaient a m'assourdir.

«Au mur, quelques tableaux représentant le général en grande tenue, la princesse de Bourbon en toilette de cour, puis des panoplies, des potiches dans les coins, des housses sur les meubles...»

Y entretanto todo anda manga por hombro y P. de Barre puede hacer este paralelo entre ingleses y españoles de Gibraltar:

«En franchissant la Linea, frontière espagnole, j'ai eu un moment d'amertume, et malgré toute ma simpathie pour l'Espagne, je n'ai pu m'empêcher de hausser les épaules, tellement la transition est violente.

«D'un côté, profusion de sentinelles, une consigne sévère, une tenue impeccable sous les armes. De l'autre, une laisser-aller incroyable, un vague fonctionnaire, dolent, fumant une cigarette et tenant dans ses bras son fusil comme une nourrice un bébé.»

Si la situación de España en el exterior es de lo más grave que se ha visto, la situación en el interior de la Península no puede ser más lastimosa.

¿Qué va a ser esto? ¿Qué va a pasar aquí? ¡Esto es la descojonación! No se oye decir otra cosa. Políticos de oficio, como los Silvela y los Romero, toman pretexto de las desgracias de la patria para querer echar la zancadilla al gobierno, cuya obra no habrían de mejorar por buena que fuese, que no es sino muy mala, la voluntad que tuvieran, por la sencilla razón de que ya es tarde para todo.

¿Don Carlos? Ese es el legendario bacín para caso de un apuro, el bacín donde iremos todos a parar de cabeza; porque con los republicanos no hay que contar.

De regreso de una excursión a España, mi amigo el revolucionario Charles Malato ha referido que la opinión republicana reza en Madrid que el único modo de llevar la República es «casando a Weyler con Castelar.»

Pues entonces don Emilio, parodiando a la aristocrática madre de cierto famoso general, podría decir que no había parido la República, sino que la había defecado. Tal sería el lodo que trajesen esos polvos republicanos.

París, 17 de Junio de 1898.




ArribaAbajoEl pobre Cristo

La situación es ésta: -El irritante despotismo de los gobernantes ultramarinos, que sistemáticamente alejaron de la vida del derecho y de los destinos públicos a los cubanos, portorriqueños y filipinos, tratándoles como a españoles de ínfima categoría, y los cínicos ladronicios de los señores ministros, que vivían holgadamente en Madrid de las rentas que les enviaban los empleados a quienes nombraron para robar en las Antillas, provocaron una insurrección que duró diez años, y que fue sofocada con promesas de reformas, que no tuvieron cumplimiento.

Vejados y escarnecidos los cubanos, volvieron a pedir don las armas el derecho que tenían a la existencia. Pudo Sofocarse otra vez la insurrección, concediendo las reformas del señor Maura. Pero opusiéronse a este acto de justicia la torpe ceguera de Cánovas del Castillo; las concupiscencias de parte del militarismo, ganoso de que continuase la guerra para seguir acaparando grados; las tradicionales prerrogativas del elemento reaccionario, representado por caciques como Santos-Guzmán; los señores ministros que vivían del robo de Cuba; los monopolizadores de fuste como el marqués de Comillas; buena parte de la prensa, que medraba de halagar necias vanidades del pueblo, y hasta el pobre pueblo, a quien se dijo uno y otro día que la pérdida de Cuba era la pérdida del honor nacional, cuando el honor nacional debe consistir en no tolerar gobernantes tiránicos ni ministros ladrones.

Contra este estado de cosas protestamos, como recordó poco ha el periódico Borinquen, el señor Pi en el Nuevo Régimen, y yo en el País y en la prensa antillana, consignando la ineludible necesidad de dar la autonomía, amplia y sinceramente aplicada.

¡Empeño inútil! El mulo de Cánovas mandó doscientos mil hombres a Cuba «para aplastar a los insurrectos», y los mandó con Weyler, no porque le tuviese en concepto de gran general, puesto que constábale que le derrotaron los carlistas, ni porque ignorase sus artes, harto probadas en Filipinas, sino porque Weyler iba a cortar cabezas... Las cortó a miles, hizo una trocha de sangre entre peninsulares e insulares, y la insurrección siguió tan decidida como al principio.

Hay que dar la independencia, decíamos el señor Pi, en el Nuevo Régimen, y yo en el País; hay que darla espontáneamente para evitar que nos la impongan los yanquis.

¡Sermón perdido! Weyler siguió cortando cabezas, y luego fue Blanco a restañar un océano de sangre con la aplicación de una cataplasma de autonomía embustera como fue Macías a ponerle a Puerto Rico el indecente parche autonómico del no menos indecente Muñoz Rivera. Aceptólo, balando, el carnero de Puerto Rico. Mas no así Cuba, que recordando la sangre vertida, las exacciones pasadas y el vil engaño de los gobiernos de la metrópoli, contestó:

-¡Métanse ustedes esa autonomía por donde les coja!

***

El advenimiento del señor Sagasta al poder, juntamente con el señor Moret, cuyo discurso de Zaragoza era promesa de algo definitivo y grande para el problema antillano, no logró cambiar la situación de las cosas. Aquel ministro de Utramar, que tan malas mañas tuvo siempre, escamoteó la autonomía con todo el arte de prestidigitación que le caracteriza, llevando el descoco al extremo de seguir aplicando el cunerismo a Cuba y Puerto Rico -y el señor Sagasta, atento a salvar la monarquía primero que a salvar la patria, no tuvo el valor cívico de decir al pueblo español lo único que había que decirle:

-Hay que dar la independencia de la isla de Cuba bajo el protectorado de España.

Y el conflicto con los Estados Unidos se echó encima, inevitable, fatal y pavoroso. Lanzado el reto, y del modo más brutal que registra la historia de los atropellos internacionales, no había más remedio que aceptarlo, y no fuimos nosotros de los últimos que aplaudieron la resolución del señor Sagasta. Desde un principio creímos firmemente en la victoria de los yanquis, y así está consignado en el Progreso: pero creímos también que España caería gallardamente, como cayó en Trafalgar.

Los tiempos son otros... Otros también son los hombres... El almirante Montojo, que ofreció suicidarse saliendo al encuentro de las naves yanquis, esperólas tranquilamente en el mismo Cavite, y salvándose del desastre de toda la escuadra, que pereció allí, está en Manila comiendo arroz con palito. El almirante Cervera, que también salió, o a bombardear el puerto de New York o a dar una batalla en las aguas de la Habana, empezó por propinarse una cuarentena en la bahía de Santiago, y, sacado como un hurón de su huronera, volvió a salir... pero encunado, en una course folle, como ha dicho l'Echo de París, y después de contemplar el espectáculo de la destrucción de los mejores barcos de nuestra escuadra y la muerte de centenares de marinos cuyos pedazos flotaron en el mar, rindióse con los capitanes del Vizcaya, del Furor, y del Pluton, más mil ochocientos soldados, y ya ha telegrafiado a su señora que se «encuentra con su hijo a bordo del New-York», comiendo el clásico roatsbeef con patatas cocidas. ¡Todos heroicos, pero con la vida a salvo!

Y en esta trágica situación, mil veces peor que la de los franceses después de Sedán, los politicastros de Madrid andan a la greña disparándose las responsabilidades de los desastres del pobre pueblo español, de quien se puede decir lo que Lista dijo de Cristo

-¡Todos en él pusisteis vuestras manos!...

Y todos en él seguirán poniéndolas, porque la continuación de la guerra es fatalmente necesaria.

Los que me leen, los que han leído los artículos que he publicado en El País y El Progreso, artículos que causaron más de un enojo y proporcionáronme más de una desazón, saben, tiempo ha, que apreciando yo el problema cubano con las mismas miras del señor Pi y Margall, fui desde un principio completamente hostil a todo conato de guerra con los yanquis, llegando hasta decir que antes de meternos en ella debía España declarar motu propio la independencia de Cuba, acto que habría encajado a maravilla en las caballerescas tradiciones del carácter español.

Pero el pacientísimo pueblo que toleró la política de los Cánovas, los Romero, los Moret y tutti quanti de la política madrileña, toleró ipso facto la consecuencia de esa política, o sea la guerra con los Estados Unidos. Podrían los italianos protestar contra Humberto si hubiese sostenido a Crispi contra la voluntad del pueblo que pidió enérgicamente t que saliese del poder aquel émulo de Cánovas, negándose en redondo a seguir yendo a Abisinia; pero el pueblo español, que asintió a la necesidad de enviar doscientos mil soldados a Cuba, para conservar la integridad de un territorio de los ministros ladrones, y que estaba dispuesto a enviar «el último hombre y la última peseta,» no tiene derecho alguno a quejarse de la Reina Regente, ni del señor Sagasta ni de nadie. Por tales consideraciones no me sorprende que el pueblo español, una vez lanzado por los Estados Unidos un reto que España tenía que aceptar, pida la continuación de la guerra.

¡Ya estamos en el burro, identificados con él, y hay que arrear! Haber aceptado la guerra con una nación mil veces más fuerte que nosotros, todo por no perder la isla de Cuba, y descolgarnos pidiendo la paz para perder Cuba, Filipinas y Puerto Rico, no sería propio de sabios.¡Que nos van a dejar sin colonias; que nos bombardearán en la Península: que nos exigirán exorbitante indemnización de guerra; que nos vamos a quedar como el gallo de Morón!... ¡Haberlo pensado antes! ¡Haber dado pruebas de verdadera virilidad oponiéndonos a ser juguete de las concupiscencias de los gobiernos y sacudiéndonoslas moscas borriqueras de la política madrileña! Nuestra suerte es horrorosa; pero merecida. Cómodo es, pero expuesto a estas catástrofes, el dejar que los gobiernos lo sean todo, reduciéndose el pueblo a hacer el papel de rorro que come papilla cuando buenamente le da la gana a la nodriza, o el papel de loro que va a Cuba cuando se lo mandan. La catástrofe no es de ahora; viene de muchos siglos de ignorancia. No sabemos leer, no sabemos escribir, no sabemos pensar, y como consecuencia el pobre Cristo tiene que ser inconsciente carne de los cañones de los Dewey y Sampson. -Muramos en el Gólgota.




ArribaAbajo¡Estamos aviados!

La última hermosa crónica de usted (la de los güebos) ha hecho discutir una semana a todo Madrid literario. Mi número se lo llevó mi compañero Riquelme al Congreso; allí se lo arrebató Páez, el de La Correspondencia; éste se lo dio a Mellado, y Mellado lo leyó la crónica a Sagasta, que según, noticias, la celebró mucho. Esto no le importará a usted un comino; pero, al felicitarlo por tan hermoso trabajo, le cuento el efecto que ha producido por sino lo sabia.


ADOLFO LUNA. -Del Progreso.                


La noticia de que los güebos de mi anterior crónica han sido celebrados par el señor Sagasta, me anima a decir que el marqués de Comillas, no contento con ser hijo de Antonio López, es un timador de periódicos.

El titulado (le llamaremos titulado) marqués, que antaño me llevó a los tribunales de injusticia notoria en España, y que me acusó, por boca del Movimiento Católico, de que proyectaba asesinarle, se ha permitido prohibir la circulación de La Campaña, como consta en el siguiente párrafo de un artículo del País, de Madrid:

«Tras de la persecución de los libros vino la de los periódicos, ahora recrudecida.

«El marqués tiene mandado:

«1.º Que en las estaciones no se vendan Las Dominicales, El Motín, El País, La Campaña, etc.

¡Y mucho cuidadito! El que no quiera someterse, a «la calle sin apelación.»

De modo que no satisfecho el titulado (seguiremos llamándole titulado) marqués con ser hijo del consabido López; ni con «haberse enriquecido con nuestras discordias y guerras ultramarinas, llevando y trayendo soldados de las colonias y matándoles de hambre en el camino»; ni con haber conseguido del gobierno» que no se adquiera ningún barco que no sea propuesto por su casa con privilegio exclusivo de introducción en España»; ni con otras cosas que sabe todo el mundo, dedícase actualmente al robo de números de La Campaña, compitiendo con Muñoz Rivera, ese Juanillón del gobierno pour rire de Puerto Rico.

¿Qué Campaña es posible con Laá, Despujols, Muñoz Rivera, marqués de Comillas y demás ratas de la política española?

Por fortuna esa política lleva la del humo. Según El Nacional, aunque monárquico, casi todos los santones merecen ser procesados; y prueba de ello es que se lamenta de que «no se procesa al general Martínez Campos, ni al señor Silvela, ni al general Polavieja, ni al general Azcárraga, ni al señor Gullón, ni al señor Moret, ni al general Primo de Rivera.» Por mí, que les ahorquen. El Nacional deja traslucir el deseo de que se quiera procesar al general Weyler. Lleva razón, porque a Weyler no hay que procesarle, sino lyncharle sin formación de causa.

Henri des Houx, corresponsal del Matin en Madrid, ha publicado en dicho periódico el retrato de Weyler, y con tal motivo advierte lo siguiente:

«Son portrait a été pris a bord du bateau qui le ramenait de Cuba. Il rit parce qui'il lit sur l'Heraldo de Madrid un article intitulé» Feliskoff en Russie.»

No dudo que hiciera gracia al general mi referida crónica, Feliskoff en Russie (porque como graciosa, lo era); pero dudo que se ría tanto cuando sepa que tengo por averiguado que la vaca Cuba daba anualmente CINCUENTA MILLONES, como podrían comprobarlo los señores don Leonardo Moragues, excomisario de guerra del cuartel general, y don Manuel López Gamundi, exsecretario del gobierno general y exsubintendente de todas las aduanas, -ambos ascendidos por recompensa parecida a la que el gobierno ha dado a señá Jaoquina, cediéndole libre de gastos el título de duquesa de Cánovas de Castillo con grandeza de España, título acordado por ser «viuda del ilustre patricio», cuya terquedad nos colocó entre los machetes de Máximo Gómez y los cañones de Sampson.

¡Estamos aviados! Deshonradas las nuevas Cámaras; amordazada la prensa y presos periodistas como Lerroux, víctima de una venganza personal y Adolfo Luna, porque estaba de turno para entrar en la cárcel, que tan merecida tienen los personajes indicados por El Nacional; reventados y abandonados en Filipinas, cuyo indecente arzobispo, el P. Nozaleda, instigador del asesinato del doctor Rizal, tomó las de Villadiego en cuanto supo que se acercaba Aguinaldo a Manila; reventados y espachurrados en Santiago, cuyo héroe, el almirante Cervera, después de horrorosa cuarentena, salió cañoneado por detrás; bombardeados en la propia Península -mientras llega a sus costas el comodoro Watson,- por los discursos de los Romero y los Moret, quienes buscan nuevas posiciones o cambios de chaqueta; exhausto el Tesoro, empeñada hasta la camisa, y hambriento el pueblo, no tendríamos salvación si Benlliure no hubiese ido a Barcelona «a dirigir la fundición de la plancha (¡morrocotuda!) del general Weyler», y si un corresponsal no nos hubiera contado que una señorita de Zaragoza cantó en honor del general Pollavieja, que estaba en un balcón:


Polavieja, Polavieja,
si no te hubieras venido...

Lo cual, en un balcón, a la vista del público, es ya lo único que le falta que aguantar al pueblo español...




ArribaAbajoParada belicosa

La resurrección de La Campaña ha puesto como un Clarín, o como una canilla, a los zascandiles de las colonias española e hispano-americana de París. Me alegro. ¡Así revienten!

Y se dice:

«Un periódico en manos de un desesperado como Bonafoux, capaz de publicar toda clase de atrocidades, es un peligro.»

Sí, señor; publicaré todas las atrocidades que merezcan publicarse.

Otros, curándose en salud, dicen (después de templarse con unos cuantos ajenjos... fiados)

-Si Bonafoux me ataca, le pego.

No, señor. Yo atacaré a usted y usted no me pegará, porque me siento homicida y me custodia un revólver para suplir la fuerza muscular que no desarrollé.

Hago esta parada... belicosa para reivindicar el derecho de La Campaña o decir todo lo que deba decir; por ejemplo, que cuando se tiene generales como Polavieja, que es un asesino, y como Weyler, que en compañía de su cuadrilla arrambló con 150 millones de duros (oro), según resulta de la liquidación de cuentas de las trochas y fortines, administración militar y contratos de suministros; subinspección, vestuario y equipo; hospitales y ayuntamientos; órdenes reservadas y objeto de los bandos; movimiento de tropas para producir bajas y desorden permanente; suscripciones públicas forzosas; defraudación de exportación e importación; venta de municiones al enemigo; agios de tesorería general con el Banco Español y las cotizaciones de Bolsa para la venta de giros y pagos preferentes; curso forzoso de los billetes; cuentas en participación y nombre de los militares, empleados, comerciantes y banqueros participes, etcétera, etcétera, etcétera; que cuando se tiene, decía, generales así, y almirantes como el de la fuga naval de Santiago de Cuba, fuga reída por toda Europa, mientras el almirante, prisionero, se hacía banquetear en los Estados-Unidos; y oficialillos que, cargados de centenes y sortijas, volvieron contando que los yanquis eran muy decentes, «porque convidaban»; y políticos como Sagasta, que ordenó la fuga, y siguió en el poder porque no había sido nada lo del ojo, y lo llevaba en el cetro; y lumbreras o lombrices científicas como el sacamuelas de Moliner, que se proclama el ángel exterminador de la tuberculosis; y pencos literarios como la Pardo, que impone su nombre a una calle principal del ensanche de la Coruña «por el patriótico discurso que pronunció en la sala Charrás» donde la oyeron por junto seis personas, que de puro aburrid as salieron de allí con intención de echarse al Sena; y periódicos republicanos que, como decía Ruiz Zorrilla, «defienden hábilmente la monarquía»; cuando se tiene estas y otras epizootias no hay derecho a alzar el gallo, ni a querer entrar en las redacciones de los periódicos dando a diestro y siniestro los sablazos que debieron darse a los yanquis. ¿Quién remediará esta putrefacción de los de arriba y de los de abajo?

«Telegrafían de Rosas que ha llamado la atención la presencia en la bahía, de un crucero inglés de dos palos. Y cuatro chimeneas, de nombre desconocido.

Permaneció dos horas y verificó varios trabajos de inspección, largándose después.»

«¿A qué vendría?» pregunta la prensa de Madrid. Yo creo que ese crucero inglés es el mismo crucero americano o el llamado vapor de las cuatro chimeneas, que con sus proyectores eléctricos tuvo en constante fuga terrestre al vecindario de Puerto-Rico; y que, como el otro, se dispone a hacernos el importante servicio de apoderarse del país, para sanearlo, sacando carros de basura de todas clases, como los que se han sacado de la capitanía general de Cuba.




ArribaAbajoSucesos trascendentes

El suceso más trascendental de toda esta semana en España, es la llegada a mi casa de una revista madrileña que trajo dentro dos chinches. ¿Cómo se atrevieron a llegar a casa esas dos chinches, que quizás entrañan un simbolismo?

No lo sé. Lo que sí sé es que desde entonces me dedico a los polvos insecticidas, para desinfectar mi boîte aux lettres.

Después de la prensa con chinches, figura como trascendental suceso un discurso del trascendente gobernador de Cartagena:

«El gobernador de la provincia brindó por sus hermanos los argentinos, que han guardado de común con España, no sólo su idioma y sus costumbres, sino también su religión, pues no sólo son cristianos, sino católicos, apostólicos, romanos.»

Yo supongo que a esos hermanos argentinos, condenados en Madrid a comer por todo pasto congrios, besugos y percebes, y que al salir despavoridos a embarcarse fueron atajados por un discurso católico del gobernador de Cartagena, no les quedarán más ganas de volver a España. Con tortillazas de atún y salmodias de gobernador, no les van a conocer sus familias cuando desembarquen en la Argentina.

Tercer acontecimiento trascendente: que el Guerra va a torear, según se deduce de este diálogo, con una «respetable personalidad», que se llama don Pedro.

Vean ustedes lo que el Guerra dijo a don Pedro

«-Don Pedro, el día 5 (hoy) me voy de montería, ¿quiere osté vení?

-No puedo, me marcho a Madrid el domingo.

-Lo ziento... ¿Y zabe esté por qué me voy de casa por argunos días?

-¿Por qué?

-Pa no oír hablar de toros en el Círculo.

-¿Y a ti qué te importa?

-Pues mire osté, la verdá. Desde que han empezado a prepararse pa toreá, estoy que no vivo. No puede osté figurarse el efecto que me hace el ver al Machaco y ar chico de Juan y ar Conejo liar los trastos y meterse en el tren...

-No seas tonto, y tú cuidate de disfrutar lo que has ganao.

-No pueo, don Pedro. Hase días que ni tengo ganas de comer, ni pueo dormí, ni estoy bien en ninguna parte. Paece que me pican en la esparda con puntas de alfileres.

-Pero hombre...

-Y anoche se lo dije a Dolores. Yo no pueo mas. Si no toreo me pondré malo y me moriré; y lo que oye, don Pedro, me muero, créame osté a mí.

-Esas son chiquilladas, que te pasarán pronto.

-No son chiquilladas; es la verdá. Por la noche no pueo dormí. Me acuerdo de los toros y no me acostumbro a vivir así. Por eso he pensao en esta montería, a la que he conviao a varios amigos. Véngase osté.

-Lo siento, Rafaelillo, pero me es imposible.

-Pues adió, don Pedro... Y ya verá osté cómo no acaba abril sin que yo toree en arguna parte.»

....................................................

Atunes, congrios, besugos, percebes, el gobernador de Cartagena, el Guerra, don Pedro... Pues todavía hay más: la Pardo.

«La ilustre autora de La cuestión palpitante, dice un periódico, no celebró el día de su santo, invitando como otros años a sus amigos a espléndido refresco. La semana de Pasión en que nos hallamos se lo impediría, pero se quedó en casa y recibió (¿cómo no?) a sus amigos.»

De modo que en resumidas cuentas lo único que rectificó, con motivo de la Pasión, fue el espléndido refresco de horchata de chufas.

Pero la conocida publicista, queriendo hacer penitencia por los pecados, vamos al decir, literarios, que cometiera, no se conformó con quitarles el refresco a sus contertulios, sino que obligóles a hacer una penitencia atroz. Sigue diciendo el periódico:

«Por feliz casualidad llegó ayer a manos de la insigne escritora la traducción al sueco de su novela Los Pazos de Ulloa, y el volumen, admirablemente editado en Stokolmo, corría de mano en mano.»

¡Qué casualidad feliz para los amigos de la señora de Quiroga! ¡Ellos, que estaban esperando el consabido refresco de cebada, verse obligados a refrescar con un libro de la Pardo Bazán, y traducido al sueco, por añadidura! Es admirable. En la Pasión próxima -porque esa Pasión es de las cosas que repiten, como la Pardo la eximia escritora dirá a sus parroquianos:

«Con motivo de la muerte y pasión de Nuestro Señor Jesucristo, y deseando purgar yo mis excursiones artísticas por París y Valencia, hoy no hay refresco; pero aquí tienen ustedes mi discurso pronunciado en la sala Charrás y traducido al howa por mi correligionaria Ranavalo.»

-Ya comprendo que los argentinos salieran de estampía.

Pues todavía hay más acontecimientos del género trascendente:

De La Correspondencia

«Se ha comentado mucho esta tarde la noticia de haber adquirido una egregia dama el palacio de un título de Castilla en la calle de Quintana, relacionándola con un fausto acontecimiento de familia que se viene anunciando, y que parece se efectuará no tan pronto como algunos creen.»

¡Qué discreción diplomática en el lenguaje escrito! ¡Qué tacto... de codos! Es como el del santo varón, que, no queriendo comprometerse con nadie, daba las noticias en esta forma:

«Me han dicho... o no me han dicho... que ha salido...o no ha salido para Bilbao, don Toribio... o no don Toribio.»

¡Todo para salir luego con que la egregia dama dio a luz «un robusto niño!»

Yo no sé qué pensarán ustedes de estos acontecimientos. Para mí, lo más importante de todo ello... son las chinches que vinieron dentro de la consabida revista. Porque cuando un país llega al extremo de enviar chinches por correo, es el acabóse...




ArribaAbajo¡Bravo! ¡Bravo!

Valence, 5 mai. - A la suite de la publication dans le journal El Progreso, de Játiva, d'une poésie qui avait provoqué le mécontentement de la garnison de Valence. 70 officiersse sont rendus à Játiva pour demander une réparation à l'auteur de cette poésie.

Ne l'ayant pas trouvé i1s ont commis de nombreux dégâts dans l'imprimerie.


(Le Figaro).                


¡Bravo! ¡Bravo! Que los yanquis se guardaran nuestro imperio colonial, puede tolerarse; pero que hayan ido a Játiva a publicar poesías en El Progreso, eso nunca. ¡Muy bien, esos setenta oficiales! ¿Y qué dirán ustedes de Shafter, autor de la poesía? En cuanto este general supo que había salido para Játiva un tren cargado de setenta oficiales, nada menos que setenta, pensó que sin querer había parado en Haití, donde cada soldado tiene catorce oficiales, y «no se presentó a recibir los insultos» dice Las Noticias, de Barcelona.

Después de todo, ¿qué había de hacer el hombre? Con un solo oficial podía haberse apaleado; pero con un ejército de oficiales, ¿qué remedio le quedaba? Entonces los setenta oficiales la emprendieron marcialmente con la imprenta, como si les estorbase lo negro. Mordieron unas cuantas sillas de paja, desfondaron el catre donde dormía el general Shafter, y se llevaron la escudilla con los restos del último cocido frío del Progreso.

¡Bravo! ¡Bravo! Lo único malo que tiene esta hazaña, es que recuerda la que otros oficiales hicieron en las redacciones de varios periódicos de Madrid. Aquel descomunal ataque fue calificado por Le Temps de conquista de la España civil por la España militar...

Fue gran batalla y gran victoria. Cuando dichos militares entraron, siempre con aire marcial, en uno de los citados periódicos, El Resumen, la única alma viviente que había allí era Jesús María Moreno, llamado Chuchú por sus paisanos. ¡Trecientos soldados, casi un ejército, en frente de Chuchú! Mi amigo pasó de golpe y porrazo a ser un Bayardo. Por entonces me preguntaron en París si Chuchú descendía de don Rodrigo Díaz de Vivar, porque sólo descendiendo él del Cid Campeador se explicaba París que Chuchú no hubiera muerto del susto que le dieron. En París no se comprendería que los militares que fueron censurados por la campaña de Dahomey invadieran una redacción, diciendo a los periodistas:

«¿Conque no somos héroes, eh? Pues para probaros que sí, vamos a romperos los chirimbolos de la casa.»

Esos guerreros contra catres y jofainas de redacciones, esos guerreros que bien pudieron desahogarse en Melilla y Cuba, han dado mucho que reír a Europa; yo tuve que salir por España cuando Lepelletier escribió en el Echo de París:

«Con su fiero horror al trabajo, cualquiera que sea, los descendientes del Cid, los hijos de aventureros conquistadores, no tenían más que el circo taurino para conservar la tradición de su antiguo coraje. Fuera de los pronunciamientos y de las agresiones contra periodistas, los españoles no son capaces más que de un género de trabajo: vestirse de barberos de ópera cómica y degollar, al son de la música, un animal de carnicería.»

Así como los setenta oficiales de Játiva copiaron la actitud de los trescientos militares que dieron campal batalla a Chuchú, yo he resuelto copiar al general Shafter en lo de curarse en salud. La idea de que venga un aguerrido ejército a romperme los muebles que adquirí en siete años de trabajo diario, me espanta. Claro que con La Campaña la victoria sería más difícil; lo primero, porque la jurisprudencia del Jurado francés la autoriza a defenderse a tiros; y luego que... imaginen ustedes qué no diría La Campaña. (Yo mismo ni pensarlo quiero, porque me horripilo.)

En fin -y por si acaso- más vale que yo pase una temporadita en Inglaterra. Me voy a Londres, allí donde los militares, aunque se llamen Kitchener y Roberts, no pueden tener mando civil, porque se les considera tan aptos para mandar soldados como ineptos para mandar ciudadanos libres; me voy a Londres, allí donde los héroes de Ladysmith y Mafeking, y Wellington y Nelson si resucitaran e hicieran lo que han hecho esos setenta oficiales de Játiva, irían a la cárcel acompañados del desprecio público; me voy a Londres; y así como dichos oficiales, según noticias de la prensa de Madrid, «apedreados por los paisanos sostuvieron la lucha replegándose hacia la estación,» yo me voy a replegar hacia London Bridye Station, sin que Quintín Banderas pueda decir que me juyí, como lo telegrafió Weyler de aquel cabecilla, cuando, no sabiendo cómo explicar que pasó la Trocha, dijo que la había pasado huyendo a través de nuestras columnas.