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Al Vizconde de Irueste no le contestaré directamente ni una sola palabra más aunque subraye cínicamente el vocablo caballero al referirse a mis padrinos.
Todo París sabía que la carta que el Vizconde de Irueste me dirigió invitándome, al parecer, a pelearse conmigo en el Grand-Hotel, a cuyo patio no fue, por cierto, el señor Vizconde, fue un acto encubridor de una cobardía.
Todo París sabía que al recibir la carta del tirito, el Vizconde, que no ignoraba que se había incapacitado para ir al terreno, hizo, nombrando padrinos, un acto encubridor de otra cobardía.
Todo París sabrá mañana que el Vizconde de Irueste ha rematado su serie de cobardías con permitirse el lujo de intentar insultar a mis representantes cuando hace medio mes que terminó el incidente, origen de la cuestión.
Puesto que el Vizconde de Irueste anda con el Código del honor debajo del brazo, como ciertas prostitutas con la palabra virtud en la boca, el señor Vizconde tenía que saber que inmediatamente después de haberle descalificado no podía eximirse de apelar a un tribunal de honor que entendiese en su descalificación; y que sintiéndose injuriado por mis padrinos según consigna a los quince días, tuvo el deber de retarles incontinenti. Nada de esto. Después de pasar medio mes en silencio, cuando mi padrinos como obreros intelectuales que son, y a mucha honra, volvieron a la diaria labor; cuando el señor Brossa, que nunca ha sido secretario de la redacción de este periódico, del cual tampoco es redactor, se decidió, después de esperar cuarenta y ochos horas en París (pues no había de esperar toda la vida), a ir a Barcelona, como empleado que es de una casa bancaria: cuando París se ha cansado de reír del señor Vizconde; cuando en fin, han caducado todos los derechos que el señor Vizconde hubiera podido alegar que tenía a la apelación ante un tribunal de honor, y a retar a los padrinos que le descalificaron merecida y legalmente, he aquí que este moderno paladín de casa y boca, representante de la Reina Re-ente, según se jacta de serlo, se descuelga con media docena de insultos vulgares y ridículos.
El señor Vizconde, que vive de baratero en Madrid, comprendió al fin que tenía que hacer algún pinito, tratando de impedir que al volver allá le echen al corral. Mas todo Madrid sabe ya a qué atenerse sobre este aristócrata chalupón, que en vez de haber ido a pelear a Santiago de Cuba, como fueron los aristócratas americanos, y como los aristócratas ingleses fueron a Mafeking y Ladismith, se dedica, según él mismo declara con hidalga fiereza, al oficio de perseguir periódicos, pidiendo a las Cortes que supriman las ideas y lo negro, que tanto estorba al señor Vizconde.
Cuando yo nombré padrinos en la cuestión Irueste, les dije: «Procedan ustedes con entera libertad. Lo único que les suplico es que si ha lugar a duelo, lo establezcan a pistola y a diez pasos, avanzando. No manejo armas. El duelo tiene, pues, que ser anormal».
Y cuando los padrinos volvieron a darme cuenta de que habían descalificado al Vizconde, les advertí: «Está muy razonada la sentencia de muerte. Y ahora caigo en que el Vizconde estaba incapacitado también para batirse conmigo por otra cosa: ¡por burro! Incapacitado, pues, moral y encefálicamente.
Puede el señor Vizconde seguir subrayando caballeros. Mientras no llame caballeros de industria a mis padrinos, mientras el mundo no diga que viven de matones, timando a jugadores y pelotaris y estafando al Café de Fornos; mientras no se indigne la gente porque asistan a las carreras de Lonchamp el mismo día en que entierren a sus señoras, es claro que, pese al gran Vizconde, tendrán la consideración de todos los hombres honrados