![]()
|
–––––––– 214
–––––––– |
Excmo. Sr.: La parte del África septentrional vecina á nuestras costas, que por la conformación de su suelo y la naturaleza de sus producciones tanto se asemeja á nuestra Península, ha gozado siempre el privilegio de llamar poderosamente la atención en España, y cuando ahora más que nunca tienen todos fija la vista en los futuros destinos de esa tierra, natural es que volvamos nosotros los ojos á los tiempos pasados y procuremos aclarar los orígenes y recordar las antiguas glorias de la gente siempre indómita, que con igual impaciencia que sufrió el yugo romano ha llevado después la supremacía árabe y aguanta hoy el cetro de los monarcas indígenas.
Ocasión para discurrir sobre materia de tanto interés nos brinda el obsequio que M. Tissot ha hecho á esta Academia al ofrecerle, ejemplares de sus obras tituladas Notice sur le Chott el Djerid; Itinéraire de Tanger á Rabat; Sur les monuments mégalithiques et les populations blondes du Maroc; La Libye d'Herodote y Recherches sur la Géographie comparée de la Mauretanie Tingitaine.
El autor, dotado de sólidos conocimientos en las lenguas griega y latina, familiarizado con la árabe y no del todo extraño á la berberisca, ha residido largo tiempo en el Mogreb, y escudado con su carácter diplomático, ha visitado buena parte del territorio, examinando escrupulosamente los lugares, llevando consigo los textos de Hannón y Scylax, de Plinio y Mela, de Estrabón y Tolomeo, del Becrí y del Edrisí, de Mármol y de León Africano; y es fácil comprender que con tales elementos y no común sagacidad, hayan sido notorios y dignos de gran estima los adelantos que para la geografía antigua señalan los libros indicados.
La
raza dominante en lo que fué antigua Mauritania, por
más que se diga mucho en contrario, es la primitiva
líbica ó númida, llamada hoy berberisca. Ni
los fenicios, ni los cartagineses, ni los
|
–––––––– 215
–––––––– |
Las razas pobladoras, aquellas que han ocupado el suelo con sus familias y sus ganados y lo han hecho productivo con el continuo afanar de muchas generaciones, cambian de lengua, de religión y de hábitos civiles y de formas políticas según las dominaciones que sucesivamente saben imprimirles nuevos moldes; pero rara vez desaparecen en ninguna parte, aun cuando lleguen á negar su propio nombre y á olvidar su primera existencia.
La
gran antigüedad de la raza berberisca en el Norte del
África, desde las orillas del Atlántico hasta los
confines de Egipto, se echa de ver cuando se lee en Heródoto
que en toda la Libia no hay más que un solo pueblo
indígena fuera de los etíopes, y se confirma al
encontrar vestigios de costumbres que por su singularidad consigna
el escritor griego. Los rifeños se afeitan la cabeza,
dejando una trenza en el lado derecho como los antiguos maxyes;
otras tribus conservan el cabello sólo en la mitad posterior
como hacían los machlyes, y en muchas partes llevan para la
caza y la guerra la tabanta de piel de cabra, que el
historiador de Halicarnaso tenía por modelo del traje de
Minerva. Ni han variado la mayor parte de los nombres propios desde
tiempo tan remoto consignados. El adjetivo mazig, dictado
nacional de la mayor parte de los bereberes que no lo han olvidado
por otro árabe, es á no dudarlo la raíz y
equivalente de los de masúas de las inscripciones
egipcias,
de Heródoto,
de Hecateo, maxitani de Justino
de Tolomeo. En los zauagas, pobladores de nuestra ciudad
de Azuaga en Extremadura, se encuentran los
de Heródoto, y los montañeses atarantes,
llamados equivocadamente atlantes en todas las
|
–––––––– 216
–––––––– |
El origen de esta raza singular es punto de notorio interés que se ha dedicado á aclarar M. Tissot, incitado á ello por el ilustre general Faidherbe y apoyado por el sabio naturalista Broca. Más de la tercera parte de la población marroquí es rubia, y otra tercera parte, aunque castaña ó morena, tiene tal fisonomía europea, que el autor la encuentra muy parecida á la de los franceses de Gascuña, del Berry ó de Borgoña. El citado general había notado igualmente gran número de rubios en la provincia de Constantina, y los libios están pintados con igual coloración en los muros de Tebas. Á estos indicios de la procedencia septentrional de los berberiscos hay que añadir los monumentos megalíticos en todas sus variedades, que hallados también en la parte oriental de Argelia, abundan sobre manera en las cercanías de Tanger, de Alcazarquivir, de Fez y de otros puntos menos conocidos. Reparando que el número de estos monumentos, así como la frecuencia de las fisonomías europeas progresan visiblemente conforme se acerca el observador al Estrecho, nuestro autor afirma que la raza berberisca procede de Europa y entró en África por la misma vía que siglos y siglos más tarde había de tomar para recobrar transitoriamente los campos de donde saliera, empujada tal vez las primeras emigraciones célticas.
Si
esta teoría es cierta, cobra vigor la idea de los que
sostienen la existencia de un elemento berberisco considerable en
la etnografía española; mas no en el sentido de que
viniera de África en tiempos anteriores á la historia
escrita, sino como residuo del paso de esa raza vigorosísima
por nuestro suelo. Faltan hoy observaciones físicas y
estudios lingüísticos que den siquiera un rayo de luz
en cuestión tan importante y compleja, oscurecida
forzosamente
|
–––––––– 217
–––––––– |
Dos
viajes á los lagos que al Sur de Túnez ha hecho
célebres el proyecto de mar interior del capitán
Roudaire, permitieron á M. Tissot probar la identidad del
mayor de aquellos con el Tritonis de Herodoto y vindicar contra
Niebuhr, de acuerdo con Ritter y Heeren, la exactitud de que el
escritor griego conocía la Libia, salvo en su parte
más occidental, de donde declara él mismo francamente
tener apenas algunas noticias confusas. Esta oscuridad fué
base y origen de no pocas de aquellas fábulas que los
griegos se complacían en forjar donde quiera que la falta de
nociones ciertas dejaba á la imaginación libre el
campo. En aquel desconocido rincón de África
fingieron que el monte Tedla de los naturales era el Atlas que
sostenía el cielo; la Medusa, según Pausanias cabeza
de una gran mona africana, encuentra explicado su nombre en el
dialecto yolof como «hombre con cola»; la sima Taurga,
que los berberiscos de hoy creen que necesita devorar cada
año una víctima humana, fué cambiada en
deforme fiera; en la costa más apartada pusieron el teatro
de la lucha de Hércules y Antéo, y en el
|
–––––––– 218
–––––––– |
no por Tingis, sino por el
de Artemidoro, Lixus de los romanos, con el
artículo femenino berberisco T antepuesto y
permutada la L en R, me ha hecho pensar que por la
semejanza de ese nombre con el taranch
que oirían á los
persas, les vino la idea de que las preciadas naranjas ó
manzanas de oro crecían ocultas en tan apartados lugares.
No ha fijado solamente la atención del erudito diplomático el ignorado sitio del jardín de las Hespérides, sino que todo el territorio de la antigua Lixo ha sido objeto de un estudio topográfico cual hasta ahora no se había hecho, por más que ya hubiera determinado su sitio el célebre viajero Barth. Un plano detallado del terreno da á conocer con claridad notable la posición de la ciudadela fenicia, de las murallas romanas, del puerto antiguo interior construído á manera de dársena en la margen del río y las profundas alteraciones que esta corriente ha sufrido, todo demostrado con planos parciales y cortes geológicos del terreno, cuyo seno avaro no ha dado hasta ahora más que una inscripción poco importante, (C. I. L., VIII, 9991), desconocida por cierto para el Sr. Tissot.
En
cambio, en las investigaciones no menos detenidas que ha hecho
sobre las antigüedades de Tánger, descubrió tres
inscripciones nuevas, una sepulcral, otra dedicada al emperador
Diocleciano, y la tercera, que es sin duda la más
importante, parece justificar el título de Colonia Julia
Traducta, que concede Plinio á la capital de la
Tingitania. Verdad es que el cipo está roto y no aparece en
él más que las letras LON - v - IVLI; pero
compaginando esto con la aserción terminante del naturalista
romano, no contradicha sino por el silencio de los demás
contemporáneos, deduce una gran probabilidad á favor
de que Tingis fuera llamada Colonia Victrix Julia
Traducta, no obstante cuanto en contrario de esto se ha dicho
por Mannert, ya refutado por su traductor
|
–––––––– 219
–––––––– |
Tingis de los descendientes) pero la razón es
poco valedera y los casos de homonimia son tan frecuentes en la
antigüedad como en nuestros días.
Así acontece en Banasa, llamada Valentia, cuyo sitio indudable tuvo el Sr. Tissot la gloria de fijar el 14 de Noviembre de 1871, gracias á una magnífica inscripción dedicada al emperador Cómodo, en cuyo honor debió tomar la colonia el apellido de Aurelia y no el de Aetia, como Desjardins (en la Rev. Archéol.) indujo á pensar á nuestro autor.
La
fijación de esta ciudad no fué importante sólo
por sí misma, sino por cuanto contribuyó á
determinar sin vacilación la traza de la vía romana
que conducía desde Tingis al puerto avanzado sobre las
tribus montañesas Exploratio ad Mercurios. De los
puntos intermedios eran conocidos, Zilis en Arcilla sobre el
río Zilia
de las monedas fenicias, que me parece recordar la
raíz berberisca
ezzel, fluir); Lixus, ya
mencionada, cerca de Larache; y Sala en Xela, junto á Rabat,
donde hace sólo tres años se ha encontrado una
lápida dedicada á un presidente de la Bética.
La posición tan tierra adentro de Banasa demostró
cuán en vano se esforzaron los geógrafos
especulativos en buscar las demás estaciones del itinerario
en una costa cuyo tránsito interrumpen extensas lagunas
ó inaccesibles peñascos. Por contrario modo, M.
Tissot, atendiendo á la dirección de los caminos
más practicables y guiándose por numerosos restos de
puentes y edificios, ya que allí falta del todo el firme en
las vías como en muchas de la Hispania, pudo dar con el
sitio y ruinas de Ad Mercuri, Tabernae, Frigidae y
Thamusida en parajes apartados del litoral y á las
distancias convenientes de las poblaciones ya determinadas.
Toda la fatiga empleada por el incansable investigador en explicar
la segunda vía, que desde la estación Ad
Mercuri llegaba á Tocolosida, si bien le ha
permitido fijar el trayecto con todo rigor,
|
–––––––– 220
–––––––– |
Lo
más acabado y minucioso es el estudio de la costa, desde el
río Muluya hasta el Sus, enmendando no pocos errores de los
mapas más modernos, y sus resultados se imponen con la
fuerza la evidencia por encima de cuanto han dicho Mannert,
Müller, Förbiger, Lapie, Movers y el mismo Vivien de
Saint-Martin. Con singular sagacidad discute y esclarece la
multitud de noticias, al parecer contradictorias, que
consignó la antigüedad sobre la costa que en tan gran
parte nos pertenece desde el Estrecho á la frontera secular
de las dos Mauritanias, deshaciendo errores fundados en ilusiones
etimológicas, como el de confundir las
de Tolomeo con las Sex insulae del Itinerario, y
aprovechando en cambio con oportunidad la homonimia para colocar en
su verdadero sitio el río Laud y el Promontorium
album. Aunque la teoría geológica que propone
para el Estrecho, impulsado por el afán de compaginar los
guarismos suministrados por diversos autores no es nada feliz, la
atribución de todos los accidentes topográficos de
los alrededores de Ceuta es en extremo acertada, y sólo
habiendo visitado muy despacio los lugares es como se puede llegar
á resultados semejantes en geografía comparada.
|
–––––––– 221
–––––––– |
Muchas páginas ocupa la demostración de que son uno
mismo los ríos Malvane y Mulucha de
Plinio,
y
de Tolomeo, citados en una y otra forma por
Salustio, Mela ó Estrabón. Aunque no sería
extraña confusión semejante en autores
clásicos cuando hablan de países remotos y poco
poblados, mi parecer es que las equivocaciones son de otro
género. El río Malvana de Plinio y el
de Tolomeo
son indudablemente uno con el actual Muluya, límite entonces
y ahora de la Tingitania; pero el Mulucha de Plinio es el
de
Tolomeo y el
de este geógrafo el que pasa por la ciudad
del mismo nombre situada en lo interior, y cuya posición
corresponde á las orillas del río Amlilu, el
Amilo de Plinio, afluente del anterior, y al cual
dió el alejandrino desembocadura propia, según piensa
también Mannert.
Al
buscar el asiento de las antiguas tribus, encuentra acertadamente
en la de Berguata á los
, en la de Uarga á los
y á los
en la famosa de Mecnesa,
pobladora de Mequinez. Otras muchas correspondencias hubiera podido
hallar, como la de los Getuli en Guezula, y de los Vesuni
en Uazán, pero no convengo en que los terribles Autololos
sean los de Ait-Hilala, porque este pueblo es de origen
árabe moderno.
El
papel importante que ya concede Movers á la lengua
berberisca empieza á tener algo del valor que debe
corresponderle en los trabajos del docto residente francés,
aun cuando sería de desear que tuviera, más ensanche.
Así como explica el nombre de Tamuda por tamda
«estanque» y el de Abrida por abrid
«camino» ó «paso»;
podría haber encontrado el de los Galaudes, no en a
corrupción de Autololes, sino en el dictado aguelid
«rey», y el de la región Egel en acal
«tierra» ó «suelo»;
así como la voz
que Herodoto aplica al
ratón no debe buscarse sino en aguerda
que
significa lo mismo. Por fin, el apelativo mismo de los moros,
Mauri, lo hallaría reflejado en la voz
temurt
«país», así como las dos
ramas principales parecen denominarse, los xelojes de la
«tienda» axloj
y los amaziges de la raíz ezzeg
«ordeñar».
|
–––––––– 222
–––––––– |
En conclusión, los escritos del Sr. Tissot son modelos do investigación y de crítica en geografía antigua, y la Academia deberá felicitarle por tan útiles trabajos y recibirle en el número de sus correspondientes, si lo estima oportuno.
EDUARDO SAAVEDRA.
Madrid 9 de Mayo de 1884.