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Grato es en extremo y consolador en alto grado para todos que se interesen por la conservación de las obras monumentales que de mayor ó menor importancia y aun maltratadas por la insciente mano del hombre ó por la acción desoladora del tiempo, siquiera puedan prestarse á fácil y provechoso estudio, ofreciendo al menos enseñanza saludable que acrezca el esplendor del arte y de la industria, ó iluminen con revelaciones fortuitas los oscuros linderos de la historia patria, ver aparecer, despojados del empolvado sudario en que yacieran envueltas durante luengos años, esas venerables reliquias de nuestras pasadas glorias, que han persistido á través de las sacudidas que en todos tiempos conmovieran el embravecido y proceloso mar de nuestras sociedades, logrando á dicha arribar al puerto apetecido, no en un todo perdidas sus más ricas preseas, asidas felizmente á salvadora tabla.
Los
amantes de la ilustración general y del verdadero progreso,
los que en constante lucha con la destrucción y el
indiferentismo, y á costa de no escasos sacrificios y aun de
la mofa estúpida del ignorante, buscan con avidez, ordenan y
clasifican todos los dispersos
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Satisfacción cumplida y verdadera, pues, han recibido
á no dudarlo los fervientes cultivadores de los estudios
arqueológicos, al conocer el interesante hallazgo de la
calle de los Judíos, que debido al recomendable
celo y diligente actividad del ilustrado sacerdote D. Mariano
Párraga, ha tenido lugar en la pequeña ermita, con
cuyo nombre encabezamos este escrito; y no escasa fortuna han
alcanzado al hallar en este monumento, que antiguos escritores lo
señalan como sinagoga erigida en el último
período de la Edad Media, bajo rudas construcciones
sobrepuestas, curiosas inscripciones, y conservada no
pequeña parte de su decorado, que ofrecen rasgos bien
característicos, que aún pueden dar
noción
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La curiosidad, pues, que despierta con las ideas no bien esclarecidas que emitieran los historiadores cordobeses sobre el período histórico á que debio su origen; la importancia que entre las obras de este género, dado su especial carácter representa, nos inspira un interés extremo que nos mueve a describirlo, haciendo de él un detenido examen analítico, no sólo para dar á conocer su actual estado y las bellezas que aún conserva, sino para poder formar mediante el lenguaje explícito del arte, según los gusto y estilos que observemos en su fábrica, más atinado y racional concepto de su significación histórica, y de la edad y del arte á que se deba su filiación genética, como de las épocas á que pertenezcan sus posteriores reformas.
Pero, antes de proceder á dar comienzo á la descripción de este pequeño templo, y á deducir, de los elementos artísticos que ostenta, los datos necesarios para formular con más acierto nuestro juicio crítico, necesitamos, como base á estos, rebuscar otros no menos importantes en el campo de la historia; para lo cual, nos será dado remontarnos á pasados tiempos, y pasar por ellos siquiera sea una rápida ojeada.
- II -
Cuando había salvado el siglo XIII su promedio, y los
estandartes de la Cruz ya habían plantado su gloriosa
enseña en los enhiestos alminares de Córdoba y
Sevilla; el oprimido pueblo hebreo, que perseguido por los
árabes de Oriente había hallado refugio en la
opulenta corte de los Abd-er-Rhamanes, asilo donde
custodiar su ley, lugar preferente para instalar sus academias, y
visto á sus sabios designados como primeros maestros de los
rabinos de sus sinagogas, y por lo tanto, venía gozando
desde la décima centuria, durable hospitalidad y
protección tolerante, parecía que á la
sazón, mejorando aun más su suerte bajo la
protección del rey sabio, tocaban ilimitada tregua sus
miserias y
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Los judíos eran habilitados para los cargos públicos, y se les conferían honores177; sus academias eran trasladadas á la antigua corte de Castilla, extendiendo á una dilatada esfera los elementos de ilustración que poseían; y los sabidores rabinos que argüído habían con los ulemas árabes, ejercitaban su elocuencia en las aljamas de Toledo. En esta corte, en Granada, en Córdoba y Sevilla se les ampliaban barrios y viviendas con recinto amurallado, y aunque con ciertas condiciones, se les autorizaba para reedificar sus sinagogas178, que con sus ritos religiosos habían de ser, so pena de castigo grave, por todos los cristianos respetadas. Su comercio y su industria adquirían extraordinario desarrollo, acrecentando sus riquezas; finalmente, parecía que apiadado el Sér Supremo de aquella raza proscrita, se dignaba levantar el castigo impuesto á su nefando crimen de deicidio, y que á no lejano andar, con patria, hogar y templo, ya no vagarían errantes por el mundo.
Así la raza hebrea, aunque sujeta á la
dominación cristiana, enriquecida con los tesoros de cultura
recibidos en sucesiva herencia de los ulemas y rabinos, favorecida
por la autoridad real, respetada en su religión y
propiedades, gozando el libre ejercicio de sus leyes, y presidida
por el augusto nieto de la ilustre Berenguela, cultivaba
ventajosamente algunos importantes ramos del saber, realizando en
la región ilimitada de la ciencia, provechosa
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Esto, no obstante, los judíos de Córdoba y los vasallos mudejares179 no gozaban en verdad de tan amplios beneficios como el Fuero de Valencia y el Código de las Partidas otorgaba á los hebreos y muslimes de Toledo y de Sevilla; puesto que desde la reconquista, hacían merecimientos para ser tratados con dureza: mas sin embargo de que su pérfida conducta había excitado no una vez el rigor de los Pontífices180, por las continuas quejas que á estos elevaran los cristianos, envanecidos con la prosperidad y creciente favor que cada vez van alcanzando sus hermanos con sus riquezas, y con la influencia que sus sabios ejercían en el ánimo de aquel ilustre soberano, á su habitual humildad reemplazaba el orgullo y la soberbia, y con abuso del derecho que aquel bondadoso rey les concediera181, levantaban suntuosa sinagoga para decorarla con ricos muebles y fastuoso ornato y desplegar en honor al culto hebráico, sumo esplendor é inusitada pompa.
Contrastaba, á la verdad, la lujosa apariencia de esta
edificación, con el aspecto pobre y casi miserable que, por
lo general, en todos los países en que estaban acogidos por
el constante anhelo de ocultar con sigilo sus riquezas, daban
á sus templos y viviendas aquella raza siempre errante y
perseguida; y con no menos razón, con las modestas capillas
que los caballeros cristianos, desde 1236, venían edificando
en la gran basílica; lo cual no había podido menos de
excitar la cólera de los nuevos pobladores, que elevaron
sentidas quejas al Pontífice Inocencio IV, el cual, con tan
fundado motivo, expidió en León de Francia en
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Y no eran en verdad artífices hebreos los que llevaban á cabo dichas obras, porque dedicados exclusivamente sus hombres doctos al estudio de las ciencias, y los demás puede decirse al tráfico, al comercio y á la usura; faltos de nacionalidad y de la necesaria independencia, ni podían sentir ni practicar las artes, y en las edificaciones de esta especie y aun en los reparos ó reformas, utilizaban los conocimientos de los alarifes mudejares.
Ahora bien; dados estos precedentes, ¿será este antiguo y gastado monumento, cuya historia nos ocupa, el cercenado despojo de aquella célebre y soberbia sinagoga, que subsistiendo á despecho de aquel mandato inexorable y á través de los grandes acontecimientos por que atravesaron más tarde los afortunados israelitas, hasta los últimos días del siglo XV, en que los Reyes Católicos decretaron su expulsión de los dominios españoles, ha llegado bajo ruda cubierta de ladrillo y cal hasta nosotros? Esto es lo que nos proponemos aclarar, antes de proceder con escrupulosidad, como hemos dicho, á examinar con los ojos del arte sus bellezas, para recabar de los especiales caracteres que reviste, certeros testimonios que han de fijar indubitadamente la verdadera progenie de este curioso y respetable monumento.
Autores cordobeses suponen que esta es aquella sinagoga: Gómez Bravo, en el Catálogo de los Obispos, tomo I, pág. 269, dice: «Que Inocencio IV la mandó destruir por una bula expedida en León de Francia el 13 de Abril de 1250, á D. Gutierre Ruiz Dolea, obispo á la sazón de Córdoba; pero ignora (añade) si esta orden llegó á tiempo á D. Gutierre, toda vez que en 15 de Junio de aquel año estaba ya vacante el obispado de Córdoba.» Feria, en su Palestra sagrada, tomo IV, pág. 411, afirma que fué derribada, quedando reducida á la fábrica humilde que hoy presenta182.
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La opinión del primero, como puede verse, aunque indecisa, se inclina á suponer que no fué derribada por coincidir la bula con la muerte del obispo; y la del segundo no entraña en verdad la autoridad de un hecho incontrovertible; pero siendo la de nosotros diametralmente contraria, vamos á exponer nuestras razones, procurando revestirlas de más autorizados datos para acreditarlas.
No hemos encontrado ciertamente documento alguno en el cual conste, de un modo preciso é indudable, que los judíos de Córdoba, no tan considerados como los de Toledo y Sevilla, tuvieran para su liturgia más de una sinagoga; ni en realidad tampoco lo exigía el área comprendida dentro del recinto amurallado que limitaba el barrio de la judería: pero no por esto con Feria puede asegurarse que la ermita que contemplamos hoy, sea el mutilado resto de aquella soberbia sinagoga destruida por orden de Inocencio IV. Los hebreos de Córdoba es sabido tenían para la celebración de sus ritos religiosos, desde la dominación agarena, á la cual como á la cristiana estuvieron sometidos, su aljama ó sinagoga, y sólo después de la reconquista, envanecidos con la protección tolerante del rey Sabio, dieron comienzo á levantar un rico templo, con ánimo de humillar con su avasalladora grandeza, la modesta sencillez de las basílicas cristianas, exasperando, como era natural, atendido el recíproco y tirante estado en que se hallaban los hebreos y cristianos, el orgullo y el mal reprimido encono de los dominadores.
Ahora bien; decretada su completa destrucción por el
Pontífice Inocencio IV en desagravio de la
cristiandad, sería absurdo creer que no tuvo efecto
esta sentencia, que además de castigar este rasgo de
soberbia, más vituperable por las circunstancias especiales
de aquel tiempo, condenaba asimismo una grave infracción a
la ley IV ya citada del Código de las Partidas, por la sola
causa de la muerte del obispo D. Gutierre; siendo así que
á falta de éste, la dignidad que ocupara
preventivamente la silla episcopal, cuidaría de hacer
cumplir este mandato, con gran contentamiento de todos los
cristianos, en él vivamente interesados; los cuales, con la
destrucción de aquellas obras con tanta pompa comenzadas,
juzgarían con regocijo á la religión
desagraviada, y felizmente
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Consta de un modo indubitable la existencia de la antigua sinagoga,
por la misma bula de Inocencio IV, de que ya hicimos meción,
de la cual se conserva una copia en el archivo de la catedral,
Libro de las tablas, cajón P, núm. 83, folio
1.º vuelto, la cual, copiada exactamente, dice así:
«Innocentius episcopus,
servus servorum Dei, Venerabili fratri episcopo Cordubensi salutem
et apostolicam benedietionem. Contra inhibitionem dilectorum
filiorum Archidiaconi et capituli Cordubensium, sicut accepimus,
judei Cordubensis civitatis quamdam synagogam superflue altitudinis
temere ibidem construere de novo presumunt, in grave Christi
fidelium scandalum et Cordubensis ecclesie detrimentum. Quare
humiliter petebatur a nobis ut provide super hoc misericorditer
curaremus. Qua cura fraternitati tue per apostolica scripta
mandamus quatinus contra judeos eosdem super hoc officii tui
debitum, cessante appellacionis obstaculo, exequaris. Dat. Lugduni
idus aprilis, pontificatus nostri anno septimo.»
De cuya bula se prende, que á más del templo que
desde antiguos tiempos disfrutaban, erigían sin
autorización alguna y con infracción del
Código de las Partidas, otra nueva y soberbia sinagoga.
Confirma la destrucción de esta lujosa aljama, una carta de
D. Alfonso X, dada en Sevilla, era 1301 (1269), cuyo original
también existe en el Libro de las tablas
mencionado, cajón 9, núm. 37, en la cual se manda:
«Que los señores obispos, cavildo de la Iglesia, el
consejo, la aljama de los judíos y los moros de la ciudad,
den cierta cantidad para la labor de los caños por donde
venía el agua en tiempo de los moros183.»
Dados estos precedentes, claro es que al imponer un impuesto
á la aljama de los judíos, no existía
más que una, y no pudiendo ser esta la nueva que estaban
construyendo, por las circunstancias
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Pero aun dadas estas pruebas, todavía puede asaltarnos esta natural y razonable duda. Dadas las vicisitudes, los temibles sucesos y sangrientas persecuciones que, salvo reducidos intervalos, amargaron de continuo la agitada vida de la grey israelita en el decurso del lapso histórico anteriormente citado; ¿cómo sinagoga pudo haber salvado el más pequeño resto de tan temible naufragio?
Continuaremos recorriendo, aunque sea rápidamente, los desgraciados sucesos que más directamente afectan en tan extenso período á esta perseguida raza: y encontraremos á no dudarlo, sólidas razones que cumplidamente han de desvanecerla.
La
situación del pueblo hebreo, no desmejora en mucho cuando
pasa á mejor vida el bondadoso Alfonso X. Don Sancho el
Bravo, y á su muerte Doña María de Molina, con
algunas restricciones, siguen rigiéndolo por la ley
humanitaria dictada por Rey sabio. El nieto de este ilustre monarca
muestra alguna es estimación á los judíos, y
hace cargo del real tesoro á un hombre de esta raza, de gran
capacidad y superior talento184,
que no presta á sus hermanos el favor que desearan, y con su
privanza despierta sin embargo contra estos el odio general de los
cristianos; pero al subir al trono el célebre monarca,
denominado por unos el
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Este pacto, por entonces con no escasa fortuna, no llega á realizarse; pero no bien ha salvado el siglo XV el fin de su segundo tercio, estalla sobre su cabeza imponente y formidable tempestad, precursora de su no lejana y última ruina.
Unos judíos en la villa de Sepúlveda, al celebrar la iglesia la pasión del Salvador, por odio ó por particular venganza dan martirio cruel á un tierno niño, y lo enclavan en la cruz. El furor los cristianos ante aquel nefando y espantoso crimen, llega á su colmo; circula velozmente la noticia que da lugar á una horrorosa y feroz carnicería, dando principio en Córdoba, y propagándose con gran velocidad á las demás importantes poblaciones, sembrando el terror y la desolación entre los consternados israelitas, que para colmo á tantos y tan aciagos males, aún les espera al espirar el mismo siglo el célebre decreto de expulsión, que fundado en la unidad católica expide doña Isabel I.
Ahora bien: aun cuando entresaquemos de la historia las
épocas en que más se signifiquen las zozobras y
desgracias de este pueblo, sólo hallamos persecuciones
sangrientas, víctimas sin cuento, desenfrenadas turbas, como
en todas épocas ha habido, que incitadas más que por
el odio por el afán de apropiarse sus riquezas, sordas
á la razón se entregan ciegamente al asesinato, al
robo y á las mayores violencias; pero no encontramos, en
verdad, templo alguno destruido: la sinagoga de Toledo, erigida en
tiempo de D. Alfonso X con menoscabo de la ley de las Partida con
la advocación de Santa María la Blanca, hoy conocida;
la que
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Y así era de esperar; la gentileza y donosura de la arquitectura oriental, bajo cuya halagadora influencia levantaban los israelitas estos templos, había vencido y subyugado con sus tesoros peregrinos la austera severidad de los conquistadores; la civilización mahometana, que ahuyentada de Córdoba y Sevilla había reconcentrado su grandeza y acrecido su esplendor en la opulenta corte de los Alahmares, dejara en aquellas ricas y fértiles regiones, en deliciosas quintas, alcázares y templos, insigne y ostentosa muestra de su cultura y grandeza, y los victoriosos reyes castellanos, aunque enemigos del Islam, no insensibles á los encantos téticos del arte, respetaron é hicieron respetar á sus vasallos aquellas deslumbradoras bellezas. Lauro inmarcesible, ceñía á su noble frente el príncipe legislador y sabio, cuando al ser instituido por su heróico padre árbitro de las capitulaciones de Sevilla, amenazaba al soberbio Axataf con pasar á cuchillo a sus moradores, si en su despecho tocaban á una sola piedra de la gran mezquita: el que al ceñirse más tarde la real diadema, desvaneciendo preocupaciones y rencores y uniendo en nexo fraternal, la civilización de Oriente y Occidente, realizaba, así en la esfera de las ciencias y las letras, como en el estudio del arte arquitectónico, trascendental evolución, que en su ulterior desarrollo llegó á marcar en no lejano porvenir alto grado de florecimiento en el cuadrante inmenso de la cultura española.
Y
así llegó á ser, en efecto: aquel ciclo
venturoso de ilustración y grandeza que tantos prodigios
concediera al arte, y al cual dieron generador impulso
Abde-rra-haman II y Alha-kem I, y gozaron en completa
granazón Abde-rra-haman III, Alha-kem II y Almanzor,
sucumbió no sin viril y heróica resistencia en los
umbrales del renacimiento, bajo la vencedora espada de Fernando
el
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A esta interesante y bella faz del arte arquitectónico, cuya brillante manifestación estrecha en armónico consorcio el espíritu de dos opuestas razas, de caracteres distintos y de antagónicas creencias, que empezara vagamente á dibujarse entre la tarde sombría de la Edad Media, y la esplendente aurora del renacimiento, pertenece, pues, á no dudarlo, el pequeño y venerable monumento cuya historia nos ocupa; y á la vez que sus formas generales, su decoración y los elementos que alternan en su ornato nos muestran visiblemente los privativos caracteres de esta manifestación artística, si lo consideramos desnudo de los modernos apóstizos que lo afean y desfiguran, y apreciamos su situación, su especial estructura, sus reducidas proporciones, la disposición de su planta y de su alzado, su orientación dirigida en orden á su longitud de Norte á Mediodía en línea opuesta á las basílicas cristianas, nos hacen llegar á la posesión de un concepto determinado, íntegro y claro de la idea que lo dió el ser, de su génesis y de la monoteísta religión que la inspirara.
Principio es, generalmente aceptado, y que constituye la firme base
de los estudios críticos-arqueológicos, que todas las
edades imprimen a sus monumentos de arte el sello especial de su
carácter, de su vida íntima y social y de sus
tendencias y aspiraciones:
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A favor de esta ley fundamental, esclarecida no há largos años por la intervención luminosa y la creciente actividad de la investigación arqueológica, que destruyera graves y trascendentales errores, al poder puntualizar con corteza el genio respectivo, la especial ilustración de épocas diversas en usos y costumbres, y determinadas civilizaciones, de creencias y religiones opuestas, circunstancias aún no determinadas ó tal vez desconocidas por los ultra-clásicos del pasado siglo; vamos, pues, á proceder á un examen minucioso de este templo, confiados en la luz que nos ministran los rasgos expresivos que en su maltratada fábrica encontramos, con ánimo de deducir no sólo irrecusables datos, para autorizar nuestra opinión sobre su origen, sino para determinar medio de una exacta descripción todas sus bellezas, y hacer costar la necesidad de que todos procuremos salvar de la ruina y del olvido este apreciable ejemplo del arte mudejar, nacido en nuestro suelo, en momentos supremos de honda crisis para el cristianismo, que vino á ofrecer en su florecimiento una de las más interesantes fases de la arquitectura española.
- IV -
La situación de la expresada ermita, está, según dejamos ya apuntado, dentro del barrio que, hasta pocos años antes de la terminación del siglo XV, por la real munificencia, habitaron los hebreos, en la mediación de una estrecha y tortuosa calle, que al cabo de seis siglos ha venido conservando en alas de la tradición, como perenne recuerdo el nombre de los judíos, á la cual limita por el Norte la irregular vía que termina en la puerta de Almodovar, y por el Mediodía la plazuela de las Bulas.
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El lado oriental de esta calle lo forman grupos de antiguas casas en cuyos viejos muros no es difícil hallar algún disperso vestigio de la dominación muslime, que se extienden en su longitud hasta la denominada huerta del rey Almanzor; sobre cuales descuella, más por su extensa área y gran tamaño, que el buen gusto de su construcción, el hospital fundado al principio del siglo XVIII por el cardenal D. Pedro Salazar, de cuyo prelado tomó el nombre, y por el Occidente de otras casas, de igual antigüedad y de no mejor aspecto, entre las que está enclavada, que con ella terminan, en la dilatada huerta denominada del Rey, donde en lugar no distante del en que se levanta esta ermita vieron los hebreos su enterramiento.
Un vano cuadrangular protegido por una robusta puerta embadurnada de almagra, practicando en un sencillo y enjalbegado muro de exigua elevación, sobre el que se eleva un rudo campanario, en forma de espadaña, abre el ingreso á la ermita. Cubre esta entrada interiormente un ruinoso y tosco colgadizo, a cuyo frente aparece el ámbito cuadrado de un patio reducido, cuyo triste aspecto y desnudez encubren algún tanto varias macetas de plantas aromáticas y algunas macilentas flores, escalonadas en artificial y carcomida escalinata: á la izquierda, por un pequeño vano ó puerta, se descubre al fondo, vetusta y pobre vivienda destinada á portería, y á la derecha, un arco de plena cimbra, exento de ornato inscrito, en otro carpanel ornamental paso al interior del santuario.
Constituye este una «cella» ó cámara de escasas dimensiones, de figura cuadrangular, cuya planta mide 6 metros en su ancho y 8 al largo, á la cual divide en su longitud un robusto muro paralelo al de la entrada, distante de este unos 3 metros, y traforado por dos arcos de igual elevación y forma al ya citado; cuyos arcos dan paso franco á la pequeña iglesia, y en su línea determinan con la de la pared foral una estrecha galería á manera de vestíbulo, coronada por un modesto y vulgar artesonado.
Nada notable á la vista se revela en este primer
departamento; solo sus blancos y desnudos muros recargados de cal,
que no es extraño oculten preciosísimas labores, y un
enorme cuadro en cuyo centro en abultados caracteres se ve escrito
piadosísimo soneto,
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Los
elementos que alternan en esta construcción, aunque
imperfectamente bosquejados, dan no obstante suficiente luz para
asegurar con no dudoso fundamento, que pertenecen á esa
lamentable moda que se iniciara en el siglo XVIII, de
greco-romanizar todas las basílicas cristianas, y que
extendiendo por España su pernicioso influjo pero
significándose más en las comarcas andaluzas,
llegó casi por completo á borrar en Córdoba y
en otras grandes ciudades, con la fisonomía especial de
antiguas construcciones, la interesante faz que desde el siglo XII
al XVI ostentó como selecto ejemplo la arquitectura
religiosa. Sólo en Córdoba podemos contemplar,
completamente estropeados por esta innovadora manía, todas
las iglesias parroquiales y la antigua mezquita (hoy catedral) que
como genuinos tipos del arte monumental, ya fuese mística
ó profana su destinación primitiva, y como fieles
memoradores
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Esta misma furia innovadora, hallando fútil pretexto en el mal estado que por partes se encontraba el grandioso y singular alfarges de la gran mezquita, inspiró en mal hora en los primeros albores del siglo XVIII al obrero de la catedral cristiana, á la sazón D. Jerónimo del Valle, la idea de embovedarle, para darle (según, su insciente y verídica expresión) mayor hermosura y claridad. Por lo tanto no es de extrañar, aceptados estos precedentes, que estando en aquel tiempo consagrado al culto este edificio, fuese como aquellos invadido del destructor contagio.
Haciendo, pues, caso omiso de la pesada bóveda que la cobija, y considerándola á favor del fortuito hallazgo en ella habido, despojada de las capas de cal, que como importuno antifaz la desfiguran, intentaremos bosquejarla con el carácter y ornamento que ostentaba (y aún hoy conserva cubiertos en gran parte) época anterior á esta sensible reforma.
La
planta de la ermita, cuya dimensión dejamos ya indicada, es
según nuestro entender la de la parte principal y preferente
de la antigua sinagoga; cuya área total en sus
orígenes, debió ser más extensa á
juzgar por los vestigios que á su alrededor se observan, y
aunque vagamente manifiestan debió estar ampliada con otros
departamentos subalternos de los cuatro muros que determinan esta
planta; el que mira al Mediodía ya dijimos se halla
perforado por dos arcos semicirculares, divididos entre sí
además por una columna de capitel sencillo y perteneciente
á la restauración greco-romana, y que dan paso al
santuario formando con la pared foral un reducido vestíbulo:
sobre este descansa otro segundo cuerpo cuyo piso sustenta vulgar
artesonado de exacta dimensión, y en la parte superior del
muro, en dirección vertical á los dos arcos ya
citados y al macizo que encubre otro igual que en otro tiempo
estuvo practicado, ábrense tres de inferior diámetro
á manera de pequeños ajimeces ó balcones: los
dos arcos extremos
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En el promedio del muro de Occidente donde estaba colocado el retablo de Santa Quiteria y afortunadamente se encontraron los primeros vestigios de esta antigua construcción, se eleva desde el modesto pavimento hasta apuntar su vértice en una de las pechinas de la moderna y sobrepuesta bóveda, un gallardo arco ojival, orlado en su interior de siete grandes lóbulos, á cada uno de los cuales exorna anteriormente á manera de archivolta, una sencilla gola ó estrecha moldura cóncavo-convexa. El vano que su intrados permite de 0,50 metro de profundidad, está limitado al lado posterior, por un tabique ó acitara, tal vez producto de alguna nueva reforma, que en totalidad le encubre y repite la misma ojiva aunque sin el mismo ornato. Sus arranques se apoyan en una doble repisa ornamental de arquitos enlazados, de delgados nervios, y columnillas empotradas, apuntando la forma estalactítica que se observa en las construcciones árabes y mudejares, y que en graciosa combinación alternan con delicadas labores, inscripciones cúficas y follajes relevados en estuco.
Corren á derecha é izquierda desde la
terminación superior de estas repisas, revistiendo
lujosamente el muro, hasta ocultarse tras el estribo que sustenta
la posada bóveda, tres amplias zonas decoradas con varia y
profusa labor relevada en yesería. La primera, limitada
inferiormente por una estrecha orla filetada de picadas
hojas, ofrece una graciosa lacería formada de cintas y
filetes, relevados sobre delicado fondo, que partiendo pareados de
una estrella central de ocho ángulos ó puntas, en
gradual y opuesta dirección, se enlazan y combinan en un
término dado, formando amplios recuadros, y engendran en su
desarrollo confundiendo
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Más varia y fastuosa y de mayor latitud es la que sobre esta ocupa el medio, y se divide en sentido vertical por vistosas fajas en cinco compartimientos. Un espacioso recuadro de mayor amplitud que los demás, ocupa el centro, y oculta tras la bóveda un artificioso y bello decorado. Sobre él se inscribe el gran arco ojival, de que ya nos hemos ocupado, y á sus enjutas, como al espacio que media entre estas y su vértice, hasta la holgada franja de caracteres hebráicos de relieve que á manera de arrabá ciñe el recuadro, borda espeso y picado ataurique, cuya menuda labor de hojas y follajes, simulan en fantástica ilusión, un bellísimo enrejado de sutiles vástagos y menudas y rizadas flores.
Flanquean este recuadro otros dos de menos latitud, pero de igual altura y de diverso ornato; el de la izquierda es rectangular; el de la derecha, aunque de igual magnitud, afecta distintamente la forma de un arco peraltado con crestería angrelada, igual exactamente á los ajimeces ya citados; sólo, que al contrario estos, no está practicable como con el otro lo estuvo á no dudarlo en época anterior, y ambos aparecen cerrados con tabiques y en sus planos respectivamente hay pintados al óleo con enérgica franqueza, y no escasa actitud é inteligencia, un San Cristóbal y una virgen del Rosario.
Siguen á los lados, separadas de estos por una lujosa
moldura relevada en los extremos, dos lindas tablas de ancho igual
á las pinturas, primorosamente talladas, cuyo elegante
fondo, de labor exacta á la del recuadro ó
rectángulo del centro, es de menudo y finísimo
ataurique: mas sobre este fondo, tanto en uno como en otras, son
varios y distintos los exornos de doble superficie que caprichosa y
agradablemente se relevan en multiplicados giros y dibujos.
Estrechas molduras alternadas con delicados filetes, partiendo
á proporcional distancia y en dirección opuesta y
diagonal, de los lados del gran arco lobulado en el del centro,
recorren paralelamente
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En
las dos tablas extremas y en dos anchas franjas que separan el
recuadro central y su inscripción de las pinturas
precitadas, emprenden sobre igual fondo desde el exterior de los
rectángulos que las contornan, diversos giros, determinando
en su intersección con calculado movimiento, arcos de
herradura ó semi-circulares, trevolados, ojivos y
florenzados con delicada y suma sutileza, produciendo á la
vista avasallada, maravilloso efecto y plácida
armonía. Amplia orla de caracteres hebráicos de
relieve separa esta laboreada zona, de la que concluye con el muro
en la parte superior; la cual, con no menos rico fondo, y
ostentando complicada y ondeante tracería entreverada, donde
resaltan en armoniosa confusión estrellas, ángulos,
cuadrados y paneles, recorre esta pared y termina en una franja con
elegante inscripción de los mismos caracteres que á
manera de arrocabe la ciñe y la corona. Esta zona é
inscripción, sin cambiar la primera sus ornatos, salvado ya
el muro accidental, dobla el ángulo y recorre en toda su
extensión y á igual altura el lado Norte, sirviendo
de tangente á la clave de la bóveda moderna que
describe sobre este la extensa línea de su arco; la
circunstancia de interponerse esta pesada bóveda, con la no
menos sensible de ocultar bajo la cal su decorado, nos impide por
desgracia examinar con la facilidad y holgura necesarias, las dos
restantes zonas: mas no obstante, el espacio que dejan descubierto
sus arranques y los vestigios que conserva en la parte inferior,
aunque bastante maltratados, nos dan luz suficiente para con no
dudoso éxito asegurar que en este lado se repite igual
distribución con cierta variedad en los ornatos. Nada puede
asegurarse del recuadro central, oculto por el alto retablo que
constituye el presbiterio; pero á sus lados aparecen los dos
arcos peraltados, cuya angrelada crestería sirve de marco
á un
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Un boltel filetado, de exigua latitud, va desarrollando sobre delicado fondo de picado ataurique, sus precisas líneas, semejando blancas cintas que determinan proporcionalmente esbeltos y prolongados arcos, las cuales ya se enlazan sobre las claves respectivas describiendo pequeños círculos, ya se bajan y se elevan en dirección paralela, no sin producir en sus bases alternados circulitos y bellos entrelazos ó indistintamente van llenando los espacios, con ondulantes líneas en zigs-zags, sencillas grecas y arquitos trebolados. Más variada en verdad se nos presenta la ornamentación del muro opuesto, ó sea el situado al Mediodía.
En este, la zona superior, limitada por la misma faja de hebráicos caracteres que encierran las de los lados Norte y Occidente ya descritas, ofrece peregrina labor de profusa y relevada lacería, desarrollada sobre estrellas centrales de diez y seis puntas: estrechas cintas en hiladas paralelas, circunscribiendo á la figura generatriz del centro, parten de esta, en rumbo diverso y circular y en su repartimiento preciso y graduado ora se cruzan y separan inmediatas á su origen, ora se ocultan y aparecen á mas distancia y en opuesta dirección, determinando en laborioso laberinto maravillosos juegos de geométricas figuras y agudos entrelazos, que relevándose oportunamente sobre un miniado fondo de picadas hojas, la hacen aparecer á la vista perturbada como una preciada tela por completo guarnecida de un primoroso y finísimo bordado. Constituyen la zona intermedia y principal los tres ajimeces, de los cuales aunque ligeramente ya nos hemos ocupado y cuyas enjutas no conservan el menor vestigio de su antiguo decorado; respecto á la inferior, ó ha desaparecido, ó tal vez se oculta bajo la cal que encubre el espacio que queda libre sobre las cimbras de los arcos del vestíbulo.
Designados ya los principales elementos que alternan en los tres
lados de esta cámara no sin la zozobra que engendra el
natural temor de no llegar á ser bastante explícitos,
pasemos á ocuparnos de los no menos importantes que muestra
la pared oriental, en la que, según nuestra creencia,
apoyada en los vestigios de
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Elegante al par que diversa faz ostenta, tanto en su
distribución como en el especial carácter que reviste
la galanura y bizarría de sus ornatos. De la parte inferior,
dada la blanca envoltura que la encubre, nada puede juzgarse; pero
el ancho espacio, que en los otros tres lados ya descritos ocupan
las dos zonas superiores, se ve en este dividido en tres
compartimientos de amplia dimensión, trazados de alto
á bajo, y contornados por estrechas fajas verticales
relevadas de menuda tracería, que describen en graciosa
alternativa, sobre fondo miniado, folias conopiales ó
falcadas, y filetes ó funículos trenzados. Difiere
esto no obstante, con no escasa variedad, de los otros dos
compartimientos; el del centro, con tener más latitud,
aparece dividido á su vez en dos partes desiguales, en
sentido horizontal, por dos franjas de hebráicos caracteres,
exentos en un todo con los designados en el muro occidental, de los
cuales, la que ocupa la parte superior, baja por ambos lados al
medir dos metros, en sentido vertical, no sin decorar sus dos
ángulos dos sencillas flores cuadrifolias, describiendo un
gran rectángulo de más ancho que altura, y
contornando sus tres lados á manera de arrabá. Una
pintura al óleo, cuya gran mutilacion y deterioro nos impide
en absoluto aquilatar su mérito, cubrió por largos
años la superficie de este gran recuadro; pero desprendido
el aparejo á grandes trozos, ha dejado en descubierto su
decoración primitiva llena de peregrinas bellezas,
brutalmente sepultadas bajo grosera argamasa de tierra, cal y
arena. Borda el fondo de este cuadro, profusa y rica
exornación de finísimo ataurique, altamente relevado,
entre el cual serpean en armónico des orden sutiles
vástagos, que describen ingeniosas curvas entre tupida
alfombra de tréboles, tulipanes, botones, tallos y rizadas
hojas, sobre cuyo ornato se destacan repartidas á
proporcional distancia laboreadas tenas de relieve. Alterna en este
filigranado fondo una estrecha moldura filetada que en
dirección horizontal va describiendo en simétrica
disposición bellas fajas de arcos trebo lados que quiebran
en ángulo recto sus arranques, y circunscriben á
otros más pequeños en su centro, y dos filetes
alternados en
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La otra división se extiende sobre este, ocupando la misma latitud, pero su altura sólo mide 0,83 metros, decorada sobre un menudo y relevado fondo, elegante franja de arquitos trebolados puramente ornamentales, apoyados en ligeras columnillas figuradas de lindos capiteles, cuyos arcos á más de presentar cuadrados sus arranques como los de la zona inferior, ofrecen los más elevados una curva altamente remontada, y en sus espacios, desde esta hasta la base de los ligeros fustes, campea alternada con picado ataurique, repetida inscripción cúfica cuyo significado es bendición188.
Réstanos para dar ya por terminada esta extensa descripción, hacer, aunque ligeramente, la de los otros dos compartimientos, que flanqueando el recuadro cuyo examen hemos terminado, decoran ó mejor diremos decoraban este muro. De estos, solo por desgracia se conserva el que ocupa la derecha; el izquierdo por completo ha desaparecido, aunque bien puede asegurarse que en ambos eran iguales los ornatos. Aseméjase su labra á la de la zona superior que describimos en la pared del Mediodía, si bien aquella era obra de lacería, sino más bella que esta, mucho más menuda y delicada.
Prodúcense en aquella zona, como generador elemento,
estrellas de diez y seis ángulos; en esta, sobre estrellas
de doce se forman hermosos lazos pareados con más anchas
cintas ó filetes, que al cruzarse en su ascendente
desarrollo en línea recta, recorren circularmente el espacio
repitiendo en más amplia dimensión esta figura, y de
aquí se atan y separan en opuesto rumbo, engendrando
delicados nexos cuadrados y polígonos de forma regular
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- V -
Nada más que sea notable á nuestra vista ofrece esta preciosa y venerable fábrica, en un tiempo tan delicada, gallarda y elegante, y hoy tan decrépita y gastada, más que por la acción del tiempo, por las ridículas reformas con que de una manera tan arbitraria é inconsciente ha sido despiadadamente destrozada: sólo agregaremos que á esta estancia á que dan forma los cuatro muros ya descritos, la corona, produciendo un desagradable efecto, una tosca techumbre de groseras vigas y maderos, cuya edad no registra larga fecha que habrá sustituido, á no dudarlo, al laboreado y primoroso alfarges que la cobijara en sus mejores tiempos.
Así pues, terminado el minucioso examen que hemos hecho de este monumento, puntualizando quizá con extrema nimiedad sus accidentes subalternos y detalles, aunque á nuestro entender necesarios para dar (según nuestro propósito) una aproximada idea de sus formas generales y de los adornos, no en totalidad visibles, por la interposición de la ancha bóveda producto detestable de la última reforma, no vacilamos ya en afiliarlo, no sin la seguridad del acierto, al ya mencionado estilo arquitectónico, que bajo el dominio sucesivo de D. Pedro I y de Enrique el bastardo, alcanzara en Toledo, en Córdoba y Sevilla con desusado aplauso predominio, alto grado de florecimiento.
Hermananse, según de las anteriores descripciones se desprende, en sus formas y en los rasgos decorativos de esta fábrica, como natural conquista de aquella singular cultura, elementos derivados del arte mahometano, con los que crea y elabora la arquitectura cristiana en las mismas comarcas andaluzas bajo el no mermado patrocinio de los soberanos de Castilla.
En
la apuntada y gallarda ojiva del gran arco lobulado que rompe por
su centro el muro de Occidente se nota la avasalladora influencia
del arte cristiano, que no obstante el odio y recíproco
rencor existente entre el pueblo cristícola y hebreo, llega
á inocular
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Nótase asimismo con no escasa evidencia á favor de este prolijo examen de sus diversos elementos, los rasgos genuinos y especiales que distinguen con suma claridad á ese arte monumental en aquel siglo, en que tras una elaboración lenta y progresiva y ya no distante de su más cumplido desarrollo, osa emular en templos y alcázares, las opulentas fábricas del arte granadino, engrandecido este con todos los despojos de la cultura árabe; refugiada á la sazón bajo el poderoso cetro de los reyes Nazaritas.
En
la ojiva lobulada del gran arco, en la figura peraltada, los
balconcitos ó ajimeces, que antes describimos, con sus
afiligranadas archivoltas y sus menudos engralados, en el exorno y
forma de sus laboreadas zonas y recuadros, en sus franjas y orlas
alternadas de trenzas, nexos y tallados caracteres, en sus arquitos
de disposición ornamental, ya de herradura ó
semicirculares; ya apuntados, trebolados ó ligeramente
estalactíticos; ya finalmente en sus menudas
lacerías, estrellas, tenas y florones que en complicado
laberinto recorren y decoran sus lindas tablas de
almocárabe, encontramos no dudosa identidad con los
elementos que alternan en el fantástico ornamento de la
capilla de Villaviciosa, con los de la casa de estilo mudejar de la
calle del Sol, propiedad del distinguido arquitecto D. Amadeo
Rodríguez, con los que ofrecen los fragmentos de
yesería labrada, que procedentes de la antigua y derruida
casa de las campanas y el convento de las Dueñas se
conservan en nuestro Museo provincial,
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Pero no obstante, al juzgar esclarecida suficientemente la destinación primitiva de este monumento, si no por las razones que expusimos al comienzo de este escrito, por las inscripciones judáicas que hemos encontrado recorriendo sus labrados muros, quizá significando repetidos salmos, que con inequívoca evidencia lo justifican y comprueban: es forzoso consignar, que si bien de un modo positivo é indubitable, prejuzgamos á esta antigua fábrica como ingenua manifestación del arte mudejar, de gran estima ya en el memorado siglo, no por esto afirmaremos, que á este histórico período se limite su primaria fundación; esta la consideramos, dados los precedentes históricos y tradicionales que en otra parte ya indicamos, originada en la dominación arábiga y reparada tal vez sobre gastados cimientos, en la época feliz para la raza hebrea de D. Fernando III ó del Rey Sabio, cuya construcción, dadas las vicisitudes que agitaron la azarosa vida de la grey israelita, desde la reconquista hasta dar principio el siglo XV; la agitación febril que al mundo dominaba; las tendencias del arte por esencia innovadoras, y la fragilidad de las materias que en general se empleaban en las construcciones derivadas del arte mahometano, una vez extinguida la floreciente cultura de los almohades, debió sufrir sin duda por sus deterioros no escasas reformas y reparaciones, y como consecuencia de estas, y á favor del venturoso iris que, merced al poderoso influjo de Levi, luciera en el oscuro cielo de la familia hebrea durante el fugaz reinado de D. Pedro I el Justiciero, fué, si no en totalidad reedificada, al menos en la parte que hoy conserva, y decorada con arreglo al gusto dominante de la época.
Réstanos decir ya, finalmente, como término á
nuestras investigaciones,
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Emitida, pues, nuestra humilde opinión sobre los extremos precedentes, y omitiendo por ser ya conocida la que severamente formulamos sobre las fatales consecuencias que surgieron de la restauración abominable realizada en los primeros años del siglo XVIII, aun no juzgarnos ocioso el agregar á lo ya expuesto algunas aunque breves consideraciones.
Justificado está, según creemos, por las razones que
hemos alegado, que este antiguo monumento, que á despecho de
los años aún hoy Córdoba conserva como
imprevisto legado de sus dorados tiempos, no es, como suponen
algunos escritores cordobeses, la fastuosa sinagoga que, con gran
menoscabo de la iglesia, llegó á excitar con el justo
temor de los cristianos las iras del Pontífice Inocencio IV;
pero ya fuese distinta á la que suponemos la progenie que
pueda registrar la verdadera historia de este monumento, ya fuese
el esqueleto de uno ú otro templo carcomido por la edad, y
posteriormente encarnado y revestido con brillante y nuevo traje,
que más tarde el peso extremado de otros años y la
insciente y frívola exigencia de la moda desgarra á
su vez y transfigura, en tiempo no distante de nosotros, es lo
cierto que en nada desmerece para poder juzgarlo como objeto
acreedor en sumó
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No es menos recomendable y digno, si se le considera por el luciente prisma de su significación histórica, en orden á su relación con aquel tracto interesante y laborioso, en el que la civilización moderna sale del estado de gestación en que yaciera, al calor de las cruentas pugnas y encarnizadas contiendas en que se empeñan las modernas sociedades por alcanzar su libertad é independencia, y donde á la vez que en las esferas políticas se verifica lentamente la singular evolución que da comienzo á transformar las respectivas nacionalidades, el arte con las ideas, las costumbres, la legislación y la literatura, tiende á formularse á compás de este agitado movimiento, adoptando con desdén á su pasado, un carácter más local, único, exclusivo y ostentoso, más exento de unidad y menos religioso, pero engendrando con viril iniciativa el esplendente porvenir que no distante contemplaba de universal cultura y de progreso. Conservada milagrosamente, repetimos, esta estimable herencia, que realzada con las galas que aún le presta el arte y la poesía de los recuerdos, la cultura pasada nos ofrece, si no en la integridad que apeteciéramos, libres por lo menos del furor del tiempo y de inepcias execrables, sus partes más interesantes, mengua sería dada la actual ilustración y la importancia cada vez creciente que el estudio de la antigüedad viene alcanzando, permanecer indiferentes, sin apresurarse siquiera á costa de un pequeño esfuerzo, á preservarla de su no lejana destrucción y del olvido.
Esto, que sería en otro cualquier punto muy mal visto, en
este antiguo pueblo vendría á ser doblemente
censurable; porque alcanzando
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No
se nos oculta, sin embargo, la mermada situación de los
públicos recursos, por las atenciones y cargos infinitos que
gravitan sobre estos respetables cuerpos, limitando sus altas
aspiraciones y deseos; pero tampoco dudamos que de su amor á
la localidad justificado y á sus pasadas glorias,
será dado esperar un alentado esfuerzo para vencer estos
obstáculos: sólo añadiremos, que en esto, como
en todo lo que directamente se refiere á la sagrada
obligación de reunir y conservar todos los preciosos restos
de nuestro honroso pasado, que entrañen un determinado
mérito, y encierren un interés real y utilitario, por
el incalculable bien que nos reportan para el mayor mejoramiento de
las artes y de la moderna industria, está vivamente
interesado nuestro nombre ante los ojos de la culta Europa; y por
último, terminaremos repitiendo casi las mismas frases que
en 1873 escribíamos en un dilatado
artículo191,
lamentándonos del estado deplorable de nuestra
célebre mezquita y de la preciosísima capilla del
hospital de Agudos. Lamentemos que el asolador empuje de los
siglos nos haya casi en totalidad derrumbado tantos y tan
gallardos monumentos, y dediquémonos á conservar, con
religioso esmero, aquellos que han llegado á salvo hasta
nosotros, que aunque escasos, aun hoy día constituyen el
más bello ornamento de nuestro suelo: así
rehabilitaremos ante el mundo ilustrado nuestra fama
decaída, y evitaremos que en absoluto con nuestro
crédito se extinga el último destello de aquel arte,
fiel trasunto de una nacionalidad robusta y poderosa, á la
que no poco debemos y aun hoy
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RAFAEL ROMERO Y BARROS.
Córdoba, 15 de Enero de 1878.