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Clase media y lectura: La construcción de los sentidos

Andrés Avellaneda






Las condiciones de la época

Durante las casi dos décadas que transcurren entre el establecimiento del voto universal y obligatorio (Ley Sáenz Peña, 1912) y el golpe militar con que el general José F. Uriburu destituye en 1930 al presidente electo Hipólito Yrigoyen, la política argentina se ejerció como un delicado equilibrio entre los intereses de la oligarquía tradicional y los de la aún reciente clase media urbana. Que tal equilibrio político-social haya podido ser abruptamente cancelado es una muestra entre otras cosas de las singulares características de la Argentina de esos años, lastrada por una herencia colonial de la que aún no había logrado desprenderse en el momento de su transición al siglo veinte. La Argentina que en 1930 experimenta el primero de una larga serie de golpes militares posteriores, no había querido desarticular el monopolio de la propiedad de la tierra, ni había deseado propiciar un desarrollo industrial que creara a su vez una clase más amplia y poderosa de productores no tradicionales, ni se había propuesto limitar la excesiva influencia política de los intereses económicos extranjeros. Hasta 1930 ni los privilegios de la oligarquía conservadora habían sido sustancialmente alterados ni al presidente constitucional Hipólito Yrigoyen le habían faltado recursos con que satisfacer los requerimientos de su clientela política de clase media. Cuando la depresión económica de 1930 secó repentinamente las fuentes, ambos sectores se lanzaron uno contra otro en demanda de soluciones específicas: los sectores tradicionales para exigir un cese del gasto público y proteger así sus propios ingresos; los sectores medios para reclamar la continuación de ese gasto a fin de defender el empleo dependiente del estado y, consiguientemente, su propio poder adquisitivo. Incapaz de satisfacer a ninguno de los sectores en pugna, habiendo perdido representatividad y apoyo en su base partidaria, el gobierno quedó a merced de los acontecimientos y cayó sin estruendo alguno.

Un breve repaso de la situación político-económica de la Argentina durante el prólogo a la crisis puede ayudar a reconstruir los hilos de la trama. Los datos de 1929 muestran un país aparentemente no muy distinto al de 1920. Argentina seguía siendo por entonces el mayor exportador del mundo en materia de carnes congeladas, lino, maíz y avena, y sólo el tercero en exportación de trigo. Dentro del concierto de los países occidentales, el ingreso per cápita argentino era aún comparable a los mejores y su tasa de analfabetismo se computaba entre las más bajas; su población continuaba creciendo con ayuda de la inmigración y la producción de petróleo había crecido espectacularmente hasta llegar al récord de un millón y medio de metros cúbicos en ese año. No obstante, esa economía era aún fundamentalmente colonial pues estaba basada en la exportación de productos agrícola-ganaderos hacia países industrializados que proporcionaban a cambio manufacturas, y que, en alianza con la oligarquía terrateniente local, controlaban los sectores esenciales de la economía por medio de la inversión privada (sobre todo británica) y por medio del manejo del sistema bancario y comercial.

Pocos años antes, los efectos de las fluctuaciones del mercado internacional habían evidenciado una vez más -como en 1873, 1890 y 1913- la condición dependiente de la economía argentina. Entre 1921 y 1924, la contracción de la demanda internacional de productos agrícola-ganaderos produjo en la Argentina un aumento en las cifras de desempleo, disminución del ingreso del estado por la caída de las cifras de importación, cambios de fondo en la producción tradicional orientada ahora hacia la agricultura por efecto del retroceso de las exportaciones ganaderas, depreciación de los valores de la tierra urbana y rural, bancarrotas, crisis bancarias, encarecimiento del costo del dinero y desaparición del crédito. Luego de un breve período de recuperación entre 1925 y 1929, la crisis mundial vuelve a plantear a los argentinos su condición de dependencia y el costo social consiguiente; esta vez, sin embargo, de manera aun más dramática para los sectores medios y bajos. Hacia fines de 1930 los ingresos en materia de exportaciones ya habían descendido en un 35% debido a la caída vertical de los precios internacionales de granos y carne vacuna (depreciación que se mantendría durante largos años, hasta prácticamente el inicio de la segunda guerra mundial). Los pequeños y medianos productores sufrieron el mayor impacto de la crisis, pero los poderosos intereses ganaderos, agrupados en el lobby político más influyente del momento, consiguieron protegerse de ella gracias al tratado Roca-Runciman que, firmado entre Argentina y Gran Bretaña en 1933, les aseguró una salida comercial estable para el chilled beef. Por ese acuerdo Argentina sólo consiguió dos modestas ventajas: poder vender a Gran Bretaña una cuota fija de carne vacuna según la cantidad que había sido comercializada en 1932, y que el 15% de esa cuota fuera provista por frigoríficos de propiedad argentina. Gran Bretaña obtuvo en cambio una multitud de beneficios: reducción de los impuestos de importación a valores de 1930 para más de 350 productos manufacturados; compromiso de no imponer impuesto alguno a la importación de carbón de origen inglés; descuentos automáticos en los ingresos argentinos obtenidos en libras esterlinas por concepto de exportación, a fin de compensar las diferencias que la depreciación del peso introducía en los envíos de las ganancias de empresas británicas que operaran en la Argentina; tratamiento especial para los ferrocarriles (todos ellos de propiedad británica), en cuanto la suspensión de legislación laboral considerada inconveniente para los intereses de la empresas, o respecto de la compensación de posibles pérdidas en la operación de las mismas; otorgamiento de casi todo el comercio argentino de ultramar a compañías navieras inglesas. Este tratado de tres años fue renovado en 1936 por el acuerdo Malbrán-Eden, que añadió aun mayores ventajas para Gran Bretaña, como la imposición de aranceles a las carnes argentinas exportadas o la concesión de facilidades adicionales para la repatriación de las ganancias de los ferrocarriles británicos.

La década del treinta se abre con indicadores negativos en casi todas las categorías. El cese del aporte inmigratorio y el descenso de la tasa de nacimientos se traducen en la caída de las cifras de crecimiento neto de la población (desde una tasa de más de 30 por mil hacia 1920, a una tasa de 25 por mil después de 1935). Aunque la deuda externa había sido mitigada considerablemente -en parte por la declinación de la inversión extranjera, por la depreciación del peso como resultado del abandono en 1929 de la convertibilidad en oro, y por la devaluación del dólar en 1933-, la deuda interna había aumentado proporcionalmente. Como respuesta, el gobierno de Uriburu impuso en 1931 medidas económicas conservadoras de pesado impacto para las clases medias y populares, como el drástico recorte del gasto público traducido en la cancelación de más de 20.000 empleos sólo en la ciudad de Buenos Aires. Los tratados Roca-Runciman y Malbrán-Eden, como así también la concesión del monopolio del transporte público de la ciudad de Buenos Aires a la Corporación de Transportes británica, en detrimento de la naciente y pequeña industria de propiedad privada argentina, contribuyeron a afianzar un sentido de inermidad social y política ante la colusión de intereses extranjeros y locales que parecían omnipotentes en su manipulación del país. Un puñado de términos nuevos -vendepatria, entreguismo, década infame- se empieza a abrir paso por entonces en la lengua cotidiana, junto a la decepción y el pesimismo que epitomizan muchas de las manifestaciones culturales del periodo.

La percepción de la dependencia, como se verá luego, se reproduce en todos los aspectos de la vida argentina de la década, desde la música popular al ensayo culto, desde la cinematografía a la narrativa. Sus raíces, empero, van más atrás de la década del treinta. Durante los años (1922-28) en que gobierna Marcelo T. de Alvear, segundo presidente radical después de Yrigoyen -años de reputado esplendor, de dorada bonanza según la generalización de mucha mitología histórica-, algunos episodios específicos se encargaron de marcar con claridad los límites de la acción posible. Alvear, miembro de una de las familias más ricas de terratenientes, se hace cargo de la presidencia en el momento cumbre de la depresión de la posguerra. En 1921 Gran Bretaña había puesto término a la acumulación de excedentes de productos cárneos provenientes de Argentina y había comenzado a liquidar sus reservas. Si las existencias de ganado habían crecido casi un 50% entre 1914 y 1921 en la Argentina, después de 1921 la carne para exportación se reduce a menos de la mitad respecto de las cifras correspondientes a 1918. Los precios, por su parte, también cayeron a la mitad de sus valores anteriores. Ante esta situación, la Sociedad Rural, copada por los grandes criadores de ganado, logró con su influencia que el Congreso nacional aprobara, con apoyo del poder ejecutivo, leyes tendientes a crear frigoríficos nacionales que pudieran quebrar el monopolio de precios impuesto por los frigoríficos anglo-norteamericanos. Las leyes, aprobadas en 1923, fueron prontamente contraatacadas por los monopolios extranjeros, quienes congelaron de inmediato las compras de ganado en pie introduciendo de este modo confusión y división entre los productores. Las leyes aprobadas entre la pompa y el esplendor del ejercicio republicano fueron rápidamente archivadas. En 1923, empero, no estaban dadas todavía las condiciones que pocos años más tarde ayudarían a leer estos episodios como claras muestras de las condiciones impuestas por un comprador único y extranjero.

La situación política duplicaba los contenidos de gradual indefensión que comenzaban a circular en la sociedad argentina. Hacia 1924, el Partido Radical se divide bajo los efectos de la depresión económica y de las medidas antipopulares tomadas para controlarla. El grueso de las fuerzas partidarias, provenientes de la clase media favorecida por el populismo de Yrigoyen, se aleja de Alvear, quien es apoyado por el ala conservadora del partido. La feroz lucha por el control partidario abierta desde entonces entre yrigoyenistas y antipersonalistas se resuelve en favor de los primeros, quienes hacia 1926 ya empiezan a asegurar el futuro triunfo electoral de Yrigoyen hacia su segunda e interrumpida presidencia de 1928. Para muchos antipersonalistas la democracia comienza a ser percibida como un camino equivocado; de entre sus filas, especialmente desde el ala derechista-nacionalista, empieza a surgir la tentación de golpear a las puertas de los cuarteles para corregir el rumbo político por la fuerza de las armas. Con todo, las elecciones de 1928 otorgan un amplio margen -casi el 60% del voto total- a Yrigoyen, cuya nueva presidencia repite algunas conductas típicas de la primera, como gobernar a la manera de una agencia de empleo con la consiguiente escalada del gasto público, o intervenir sistemáticamente en provincias destruyendo el principio de autarquía federalista. En las elecciones para diputados y senadores de marzo de 1930, el voto yrigoyenista baja dramáticamente; la oposición se centra en casos de escandalosa corrupción administrativa y hasta los estudiantes universitarios, antiguos apoyos del yrigoyenismo, salen a manifestarse contra el presidente. En setiembre de 1930, fecha del golpe, el gobierno de Yrigoyen estaba listo para la caída. A excepción de unos pocos fieles radicales nadie salió a defenderlo; pero con él también caían las prácticas democráticas representativas, una pesada herencia que los argentinos acarrearían durante los siguientes cincuenta años.

Con toda su estridencia el grupo derechista-nacionalista era minoría dentro del golpe, a pesar del propio Uriburu, fascinado con los ejemplos de Primo de Rivera y Benito Mussolini. Su programa -suprimir los partidos políticos, reformar la constitución que regía desde 1853, organizar un estado autoritario corporativo- fue rápidamente suplantado por el del sector conservador-liberal del golpe, liderado por el antiguo ministro de guerra de Alvear, el general Agustín P. Justo. Sus objetivos eran más modestos y realistas: limpiar de yrigoyenistas la administración y organizar un gobierno en sintonía con los intereses terratenientes exportadores y financieros. En las elecciones presidenciales de 1931, proscriptos los radicales, Justo gana la presidencia. De manos de la exclusión abstencionista de los radicales, el apoyo de los cuarteles y la práctica de descarada manipulación electoral denominada «fraude patriótico», comienza la franca restauración de los factores de poder anteriores a la primera presidencia de Yrigoyen. A pesar de algunas medidas encuadradas por algunos historiadores en la categoría del nacionalismo económico -como los controles del sistema de cambio de las divisas extranjeras, del volumen y la procedencia de las importaciones, o de la producción rural a través de Juntas reguladoras-, la temperatura ideológica de la economía de la restauración debe ser tomada en los acuerdos Roca-Runciman y Malbrán-Eden: desventajosos para el estado, pero cortados a medida para los grandes intereses terratenientes. Es en esta década cuando el sector se divide en dos grupos bien definidos, los grandes estancieros de la provincia de Buenos Aires agrupados en la rancia Sociedad Rural, y los pequeños productores del interior reunidos en una nueva confederación con la intención de escapar del férreo monopolio de los frigoríficos de propiedad anglo-británica.

En la década del treinta el clima político oscila entre el cinismo y la resignación que suscitan el fraude del régimen, la inepcia o la impotencia de los partidos de oposición y la caída vertical de la confianza popular en las virtudes del sistema representativo republicano. Mientras las fuerzas conservadoras de la llamada Concordancia coincidían en la adoración del statu quo y en el rechazo sistemático de toda propuesta de reforma orientada a organizar el país hacia el futuro, la Unión Cívica Radical, única oposición visible, se debatía entre el abstencionismo electoral (hasta 1935) y la fantasía de una alianza con los militares (varias intentonas y cuartelazos fracasados entre 1931 y 1934). En la izquierda clásica, el Partido Socialista se reducía al bastión de la ciudad de Buenos Aires; el mucho más reciente Partido Comunista, a la microscopía de la acción urbana. Es dentro de este ámbito en el que debe comprenderse una de las principales manifestaciones intelectuales y políticas de la década: la explosión del nacionalismo.

Iniciado en 1918 por los estudiantes de la ciudad de Córdoba con la finalidad de modernizar y de extender los beneficios de la educación superior a mayores sectores de la población, el movimiento de Reforma universitaria había sido apoyado decididamente por el gobierno de Yrigoyen. Arranca de allí una tendencia doctrinaria nacionalista que, enlazando el vago ideario radical con el anti-imperialismo surgido de las revoluciones mexicana y rusa, adquiere personalidad propia con los apasionados debates sobre la propiedad del petróleo nacional surgidos hacia mediados de la década del veinte. Es esta línea la que recoge en 1935 un movimiento juvenil radical bautizado con la sigla FORJA (Movimiento de Orientación Radical de la Joven Argentina), cuyo prestigio intelectual y político iba a ser decisivo en la década siguiente. Si, por una parte, los jóvenes de FORJA se comprometieron a defender la «democracia integral» dentro de la antigua tradición yrigoyenista, por otra también se fijaron el objetivo de combatir la anomia política de la estructura partidaria radical, tan cercana al statu quo conservador comprometido con los intereses extranjeros, y plantaron al frente de su programa una clara conciencia de lucha antiimperialista («Somos una Argentina colonial: queremos ser una Argentina libre» fue uno de sus lemas militantes).

Pero si 1918 establece el lejano arranque de un nacionalismo popular de izquierda en la Argentina, el año siguiente, 1919, puede ser considerado como el punto de partida de la versión derechista del nacionalismo que ha de dominar sobre la década del treinta más allá del golpista Uriburu. En la agrupación oligárquica denominada Liga Patriótica, nacida para cooperar en la represión contra las huelgas obreras porteñas de 1919, aparecen ya los elementos ideológicos esenciales de ese nacionalismo de extrema derecha: antisemitismo, xenofobia, clericalismo, fobia antianarquista y anticomunista. Hacia fines de la década del veinte esta tendencia empalma con el antiyrigoyenismo, recibe la típica transfusión de autoritarismo corporativista-fascista que es la marca de época de los nacionalismos de derecha, y añade -por vía del revisionismo practicado por varios novelistas e historiadores-, el culto a Juan Manuel de Rosas, el legendario autócrata del siglo diecinueve presentado ahora como gaucho jinete, bello, ultracatólico y símbolo de la resistencia contra la dominación extranjera. Es en estos mismos años que la iglesia católica argentina hace pie agresivamente contra el liberalismo de tradición decimonónica. Estimulado por el Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Buenos Aires en 1935, el catolicismo local funda una sucursal argentina de la Acción Católica internacional; alienta la creación de élites católicas por medio de cursillos y publicaciones confesionales de prestigio; y propicia el establecimiento de sindicatos obreros y corporaciones de profesionales católicos. Los oficiales de las fuerzas armadas, en su gran mayoría hijos y nietos de inmigrantes, provenientes ya mayoritariamente de la clase media, comienzan a pensarse como reserva moral de la nación y a evaluar su rol en un doble sentido: influidos por las exigencias científico-tecnológicas de su profesión, tienden a verse a sí mismos como garantía de un desarrollo industrial independiente; por obra del vacío político que permeaba la sociedad civil y por influencia de fuertes tendencias antidemocráticas internacionales -la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler, la España de Primo de Rivera y de Franco-, empiezan a adjudicarse poco a poco el papel mesiánico de salvadores de la patria. A partir de la década del treinta este particular nacionalismo de derecha de las fuerzas armadas ocupará buena parte de la especulación política argentina hasta nuestros días, ya sea en la tradición de guardia pretoriana inaugurada durante los años de la Concordancia y de la restauración conservadora, o en la línea de garantía castrense de las reivindicaciones nacionalistas de arraigo popular, epitomizada en la figura del coronel Enrique Mosconi y su exitosa gestión al frente de la empresa petrolera estatal creada en 1922 con el nombre de Yacimentos Petrolíferos Fiscales (YPF). Muchos de los elementos que van a ser definitorios en la década siguiente aparecen durante la cristalización ideológica, política e intelectual derechista-nacionalista de la década del treinta. Hacia 1943, en efecto, al acaecer el segundo golpe militar que derivaría un par de años más tarde en el fenómeno político del peronismo, ya están preparados los cuadros antisemitas y ultracatólicos que ocuparán algunos puestos claves en el nuevo gobierno (por ejemplo, Gustavo Martínez Zuviría, el escritor que firmaba Hugo Wast, como ministro de Justicia e Instrucción Publica; o Jordán Bruno Genta como interventor en la Universidad Nacional del Litoral). Desde sus altos puestos administrativos, los hombres del nacionalismo derechista lograrán en 1943 implementar partes importantes del programa cultural puesto a punto en la década anterior, como la enseñanza obligatoria de la religión católica en la escuela pública y primaria, o la imposición sobre el resto de la sociedad argentina de medidas punitorias moralizantes y confesionales.

El complejo mapa intelectual nacionalista de los años treinta muestra así dos variantes principales. La dominante, de derecha y extrema derecha, produce un confuso y a veces hasta contradictorio pensamiento económico-político, donde se mezclan tanto las doctrinas agraristas de rechazo del desarrollo industrial en pro de un regreso a las virtudes rurales, como la convocatoria a una industrialización limitada y hasta la llamada a mantener la relación privilegiada con Gran Bretaña. Más coherencia se demuestra en otros factores ideológicos compartidos por el grueso de esta tendencia: la nostalgia de una Argentina patriarcal idealizada y desaparecida por efecto, según se defiende, de una inmigración perversa y mal canalizada; la aspiración a un régimen autoritario de gobierno basado en la organización corporativa y el consiguiente rechazo de la democracia liberal representativa; la necesidad de escribir una historia no liberal de la Argentina para explicar las causas de la derrota nacional a manos de los intereses extranjeros. Este último objetivo produce un aluvión de publicaciones revisionistas centradas sobre todo en la revaloración de Rosas: desde obras escritas por historiadores, como Juan Manuel de Rosas. Su vida, su tiempo y su drama (1930), de Carlos Ibarguren o La Argentina y el imperialismo británico (1934), de Julio y Rodolfo Irazusta, a novelas y biografías noveladas de popularización como El gaucho de los Cerrillos (1931) y la Vida de Don Juan Manuel de Rosas (1940), de Manuel Gálvez. La novela burguesa es también reivindicada por la derecha nacionalista como herramienta de trabajo ideológico. En Hombres en soledad (1935), de Gálvez, el protagonista vehiculiza una clara condena del compromiso de la oligarquía con el capital extranjero -causa de la entrega del país al imperialismo anglo-norteamericano-, al mismo tiempo que defiende la necesidad de un gobierno fuerte, ultracatólico y autoritario ante la decadencia inevitable de la democracia (el golpe de Uriburu forma parte de las existencias realistas del texto). El Kahal y Oro (1935), dos novelas en secuencia de Hugo Wast, disimulan entre los pliegues de su feroz antisemitismo una lista completa de males sociales según el diagnóstico de la derecha nacionalista: desde los reclamos de los trabajadores a la perniciosa influencia de la cultura extranjera y los daños incalculables que produce el sufragio universal.

Pero el impulso nacionalista de la década no se agota en los devaneos fascistas de la derecha política e intelectual. Hay en la cultura popular de la época, por ejemplo en la naciente industria cinematográfica, una actitud nacionalista que no se expresa con tonalidades autoritarias, corporativistas o antisemitas. Kilómetro 111 (1937), de Mario Soffici cuestiona con técnica semidocumental el monopolio británico de los ferrocarriles argentinos. Prisioneros de la tierra (1939), también de Soffici, se inspira en los cuentos misioneros de Horacio Quiroga para denunciar la explotación de los miserables peones de obraje a manos de terratenientes extranjeros. El mejor papá del mundo (1941), de Francisco Mujica narra la colusión ilícita de los monopolios internacionales con sectores oligárquicos argentinos en detrimento de los intereses nacionales. El revisionismo de la historia oficial, a su vez, tampoco fue tarea exclusiva de los estamentos del nacionalismo derechista. Desde el marxismo, Rodolfo Puiggrós leyó el siglo diecinueve y el papel de Rosas de manera opuesta a las interpretaciones hagiográficas de Ibarguren, los Irazusta, Gálvez o José María Rosa. En La herencia que Rosas dejó al país (1940) Puiggrós sostiene que el rechazo de Rosas al capital extranjero fue más un intento de preservar el statu quo colonial que un esfuerzo por lograr el desarrollo independiente del país. Raúl Scalabrini Ortiz -fundador de FORJA junto a Luis Dellepiane y Arturo Jauretche-, dedica su Historia de los ferrocarriles argentinos (1940) a analizar la inversión británica en la Argentina como un ejemplo acabado de fraude financiero y de obstrucción del desarrollo económico potencial del país para mantenerlo, en connivencia con los grandes intereses locales ganaderos, en situación colonial de dependencia. Aun cuando Rosas aparece en su análisis como campeón de la resistencia contra la penetración del capital extranjero, también es hecho responsable del estancamiento del progreso económico. Scalabrini Ortiz, a diferencia de los hagiógrafos nacionalistas de derecha, no está interesado en la estatura relativa de los personajes históricos argentinos sino en los efectos que tuvo en el país la división internacional del trabajo propiciada durante la etapa de la expansión capitalista de Europa occidental. A diferencia de economistas nacionalista-conservadores como Alejandro Bunge quien, en Una nueva Argentina (1940), responsabiliza a los políticos por el atraso argentino sin mencionar la tradicional alianza de los grandes terratenientes locales con los intereses económicos británicos, Scalabrini Ortiz decide entender el análisis de la historia más como una indagación de vastos entrelazamientos económicos y políticos que como una búsqueda de responsabilidades meramente individuales.

Sólo eliminando las dicotomías ideológicas maniqueas es que se pueden entender las diversas matizaciones nacionalistas de la década. El poeta Leopoldo Lugones, por ejemplo, no solo fue un mentor de Uriburu con su largamente pregonada «hora de la espada» y sus desvelos autoritario-corporativistas, sino también, en su ensayo La grande Argentina (1930), un contradictorio ideólogo del proteccionismo industrial nacionalista, de la necesidad de reservarse el control de la inversión extranjera, del derecho nacional a la propiedad del subsuelo y a la explotación del petróleo. El brillante análisis que hace el socialista Jacinto Oddone en su libro La burguesía terrateniente argentina (1930) sobre la inmovilidad del sistema de propiedad de la tierra desde la época colonial, converge desde la izquierda clásica con el que hace Scalabrini Ortiz desde el naciente nacionalismo de izquierda. De la misma manera, la sombría documentación del atraso y la miseria provinciana realizada por el senador socialista Alfredo Palacios en El dolor argentino (1938) coincide con el examen de la injusta concentración de la riqueza en Buenos Aires que hará poco más tarde Ezequiel Martínez Estrada en La cabeza de Goliat (1943), y también con el reclamo lugoniano de La grande Argentina acerca del desequilibrio entre la acumulación de poder y riqueza lograda por las zonas del litoral respecto del resto del país.

Estas polémicas encarnizadas, estas doloridas indagaciones efectuadas desde la derecha y desde la izquierda del espectro político-ideológico, construidas tanto con las nuevas formas de la cultura popular como con los modos clásicos de la expresión minoritaria culta, concurren en una zona común de preocupación por lo nacional en momentos en que su definición es no sólo problemática sino también imprescindible. La celebrada Argentina de «los ganados y las mieses», la Argentina decimonónica del progreso indefinido, venía desvaneciéndose poco a poco desde principios del siglo y había sido cancelada simbólicamente por el golpe de Uriburu, al mismo tiempo que los tradicionales vínculos naturales con Europa eran cuestionados por la política de aislamiento y autoprotección del viejo continente. Es en ese clima enrarecido donde brota la semilla nacionalista con todas sus variantes. Y también el musgo pesimista de escritores «de la realidad nacional» que, como Ezequiel Martínez Estrada y Eduardo Mallea, también publican en esta década la obra que los instala en el panteón literario nacional: el segundo con su ensayo Historia de una pasión argentina (1937), melancólico lamento por una idealizada Argentina invisible, sepultada por un presente vanamente materialista e inauténtico; el primero con la célebre Radiografía de la pampa (1933), explicación de un presente dominado por el latifundio, el monocultivo y la dependencia de los intereses extranjeros, en términos de una herencia colonial nunca cuestionada. Al mismo tiempo que estos libros cultos pulsaban la negra cuerda pesimista, la letra de tango, la más popular de las expresiones culturales coetáneas, rechazaba asimismo el amargo presente de incertidumbre, dificultad y cinismo. Enrique Santos Discépolo (Discepolín) epitomiza la década entera con tangos como «¿Qué vachaché?» (1926), «Yira... yira...» (1930), «Cambalache» (1935), que retratan una vida urbana despojada de toda ética, marcada por la lucha despiadada por sobrevivir y por la muerte total de las ilusiones. Una quieta, sombría y desesperanzada reflexión parece instalarse definitivamente en la década: en quienes leen novelas o ensayos, escuchan tangos o asisten al cinematógrafo; y también en quienes reciben apenas las migajas del banquete cultural, pobres y analfabetos desempleados o subempleados en los márgenes de las ciudades o en los sórdidos campos abandonados.




Arlt, narrador de la década

Cuando muere el 26 de julio de 1942 a los cuarenta y dos años, hacía sólo dieciséis que Arlt había entrado en la vida literaria. En 1926, el memorable año de Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes; de Zogoibi de Enrique Larreta; de Los desterrados, de Horacio Quiroga, había publicado sin mucha repercusión su primera novela, El juguete rabioso. Luego, en el breve lapso de cuatro años, había dado a conocer lo fundamental de su narrativa: tres novelas (Los siete locos, 1929; Los lanzallamas, 1931; El amor brujo, 1932) y un volumen de cuentos (El jorobadito, 1933). Otra colección de cuentos, El criador de gorilas, y el relato Un viaje terrible, ambos de 1941, más un millar y medio de aguafuertes «porteñas» y «españolas» publicadas en el diario El Mundo de Buenos Aires entre 1928 y 1936, completaron su etapa de escritor de ficciones. Con el drama 300 millones había abierto en 1932 su último ciclo literario, el de dramaturgo, continuado hasta su muerte con otras ocho obras (sólo seis de ellas representadas en vida). Ni los fulgores de su teatro ni la aureola vagamente escandalosa de sus relatos le alcanzaron, empero, para obtener fama póstuma de inmediato. El peso ominoso de la segunda guerra mundial y las conmociones locales de los mismos años contribuyeron acaso a oscurecer su obra, hasta el punto que sólo un reducido grupo de conocedores y de amigos mantuvieron el recuerdo de lo que había atravesado la literatura argentina con la contundencia, la velocidad y el deslumbramiento del relámpago.

Durante las dos décadas siguientes a su muerte, la ficción de Arlt va a ser ignorada en el plano latinoamericano: no la mencionan los diccionarios especializados, como el auspiciado por la Unión Panamericana en 1960; no la registran las principales historias de la novela latinoamericana, como las preparadas por Luis Alberto Sánchez, Arturo Torres Rioseco o Femando Alegría. En la Argentina, la obra de Arlt empieza a regresar a la superficie con la biografía hagiográfica de Raúl Larra (Roberto Arlt, el torturado, 1950) y, sobre todo, con el incisivo examen que le dedica la revista Contorno en su segundo número (mayo de 1954). Hacia comienzos de la década del sesenta empiezan a aparecer estudios que replantean el entendimiento de esa ficción que había quedado semisepultada en el ridículo equívoco de las faltas de ortografía y de sintaxis, abrumada por el peso de historias que eran un alimento demasiado fuerte o demasiado nuevo para estómagos delicados. Otros narradores de fuste comienzan a rendirle homenaje desde su propia obra, como Cortázar en Rayuela: «Descubrieron que Remorino era un entendido en Roberto Arlt, y eso les produjo una conmoción considerable, por lo cual durante una semana no se habló más que de Arlt y de cómo nadie le había pisado el poncho en un país donde se preferían las alfombras». Ponchos y alfombras: opuestos que querrían, en el texto de Cortázar, definir la cultura (literaria) argentina. ¿Definen del todo la diferencia arltiana? En los últimos treinta años de exégesis crítica, las lecturas posibles de su ficción se han multiplicado generosamente. Aquí se elige considerarla como un cuerpo de escritura que, en el momento de constituirse, tomó sobre sí la tarea de transmitir el irritado extravío de muchos argentinos suspendidos entre el miedo y la incertidumbre. Esta lectura afirma que la ficción arltiana posee la temperatura de la crisis de 1930: no porque actúe como mero reflejo de los sacudimientos políticos y sociales de la época, sino porque los acompaña desde su propio fuego interior, produciendo sus significados desde una masa de acontecimientos que, a caballo de la crisis mundial de esa década, canceló la mayor parte de los mitos sociales de la clase media argentina.

La universalidad o «atemporalidad» de esa ficción no es menoscabada por esta lectura, que tampoco exige derrotar las otras lecturas posibles para llevarse a cabo. La ficción arltiana mantiene por ejemplo un claro diálogo intertextual con la narrativa de Georges Charles Huysmans y, sobre todo, con la de Fedor Dostoievski, cuyas novelas Memorias del subsuelo (1864) y Los endemoniados (1870) ofrecen varias conexiones con las de Arlt (la primera con El amor brujo; la segunda con las restantes tres novelas del escritor argentino, especialmente en los elementos de búsqueda de la humillación y del sufrimiento, de la obsesión de la culpa experimentada por crímenes infamantes, de la angustia y la enajenación producidas por una vida urbana que se anhela destruir por medio del suicidio o de la matanza colectiva)1. A más de medio siglo de distancia unos de otros, separados por espacios culturales e históricos diferentes, el que los textos de Arlt y Dostoievski aparezcan unidos en un segmento común por encima de sus respectivos sustratos, podría sugerir la invalidez o improcedencia de inquirir su articulación con circunstancias sociohistóricas específicas. Sin embargo, es posible afirmar la existencia de tal articulación si se deja de lado la noción de texto literario como exclusiva obra de arte verbal para sustituirla por la noción de texto literario como función de la lectura y la recepción; si se reemplaza, en suma, la idea de obra literaria objetiva y eterna investida de una estructura y un sentido únicos por la idea de obra literaria en incesante proceso de formación, con un sentido que se produce en la interacción del texto con sus lectores. Esta lectura, pues, postula la posibilidad de desplegar y explicar las estrategias del texto en función de lectores y lectoras específicos (empíricos o heurísticos), lo cual presupone a su vez tener en cuenta el ámbito sociohistórico y cultural desde el que se lee y el «horizonte» en que se articula el texto2.

Así, pues, si bien los relatos de Arlt se inscriben en una tradición ilustre que los enriquece y proyecta a la «atemporalidad» intertextual, no es menos cierto que hunden sus raíces en el aquí y ahora de su tiempo, amasados con la levadura de la frustración y la inanidad del argentino urbano de clase media en la década del treinta: el lector implícito que actualizaba el sentido de esos relatos en el acto de lectura. La misma levadura, en suma, que engendró otros libros de la época, trenzados en el horizonte cultural y social de los relatos arltianos, como El hombre que está solo y espera (1931), de Scalabrini Ortiz, o la Radiografía de la pampa, de Martínez Estrada. Los personajes de Arlt son en este sentido portadores de grandes mitos que subliman los fantasmas de ese argentino de las capas medias, como el mito de la fuga desde la ciudad rumbo al campo puro y limpio; el mito de la destrucción de las urbes por sociedades secretas, con redenciones apocalípticas de todas las humillaciones; o el mito de la búsqueda encarnizada del sentido de la vida y de la felicidad.

La sociedad y la urbe de los relatos arltianos es la de los años que preceden a la crisis económica de 1929 y los años que entran en la década siguiente, la «década infame»3: la época en que comienza a resquebrajarse el proyecto de país agro-exportador, proveedor de materias primas para los mercados europeos; en que se desarrolla una clase media incipiente apoyada en el crecimiento del sector de servicios, de la burocracia y del comercio exportador e importador; en que aumenta la clase trabajadora urbana en la industria frigorífica y en la pequeña y mediana producción para el mercado de consumo interno, cuya combatividad y politización se habían fogueado en huelgas y episodios de intensa represión como los acontecidos en Buenos Aires durante la «Semana Trágica» (1919) y en la Patagonia (1921). Hacia fines de la década del veinte, con el golpe de gracia que le proporciona el desastre de la bolsa mundial, el viejo proyecto agro-exportador dependiente de Gran Bretaña se hace pedazos mientras los fracasos del Partido Radical cancelan las ilusiones políticas de la naciente clase media y se prepara el primero (de una larga futura serie) de asaltos militares al poder. Caen a pico las exportaciones; bajan vertiginosamente los precios de los productos agrícola-ganaderos; el signo monetario es devaluado; convertidos en variables de ajuste, los salarios y el empleo caen verticalmente. La clase obrera es arrojada a la miseria y amplios sectores de la clase media quedan atrapados en una zona indefinida, siempre a punto de resbalar hacia abajo de su enclave social. Valores, movilidad, niveles y modelos de clase son así sacudidos violentamente, originándose en el interior de la clase un profundo sentido de crisis que se advierte en los textos clásicos de la época, desde los ensayos de Martínez Estrada y Scalabrini Ortiz a las letras de tango o los sainetes y grotescos de Armando Discépolo y de Francisco Defilippis Novoa. Se instala en el país, sobre todo en la gran urbe porteña, un sentido de inestabilidad y desequilibrio, de asedio marcado por la desocupación, por el paupérrimo ingreso, por las huelgas desesperanzadas y reprimidas. La frustración y el desarraigo permean la vida social, que se contamina de sorda violencia: exterior, en las calles; interior, en la alienación y en el anonimato, en la lucha feroz por la vida cotidiana.

Es en esa sociedad donde vivían los lectores y lectoras de las humildes primeras ediciones de Los siete locos y Los lanzallamas4, y es en esas novelas donde están representados sus repertorios textuales básicos: la crónica policial; el folletín; la ficción «de Boedo» (Elías Castelnuovo; Enrique González Tuñón, Roberto Mariani, Alfredo Méndez Calzada); el grotesco teatral; los grandes discursos ideológicos que circulan por diversos canales, muchas veces entrecruzados (la concepción «pre-existencialista» de la vida según Dostoievski y Nietzsche; el redentorismo revolucionario de izquierdas y derechas; el anarquismo; el profetismo místico); los «saberes del pobre», aprendidos en el periodismo y la industria editorial barata de divulgación tecnológica5. Es dentro de ese repertorio donde las novelas de Arlt reorganizan las normas culturales, sociales y literarias, y es dentro de esas novelas donde los lectores reevalúan la función de tales normas en sus vidas reales. Como resultado de ambas operaciones, la del texto y la de la recepción, la función ideológica (crítica) de las novelas arltianas se ejerce en la tarea de abrir a sus lectores la percepción de lo que les es difícil o imposible ver en el transcurrir común de sus vidas cotidianas. La técnica básica para efectuar tal función es el efecto de desfamiliarización, por el cual instituciones y conductas habituales, al «hacerse extrañas», quedan forzosamente expuestas a una nueva comprensión crítica durante el escrutinio de la lectura6. Como se verá luego en detalle, dos sentidos fundamentales se abren, de esta manera, en estrecha relación con la experiencia social del público lector de Los siete locos y de Los lanzallamas: el de inestabilidad y desequilibrio, ligado a significados de ruptura, cambio, catástrofe inminente; y el de situacionalidad ambigua entre dos zonas, relacionado con caída, destrucción, salvación apocalípticas.




Desastre, límite y clases

Durante la lectura, la traducción social de los contenidos ficticios se hace relativamente sencilla en las zonas textuales donde prevalece el modo de representación realista, o sea en aquellas que crean la ilusión de la realidad siguiendo la tradición del canon genérico balzaciano-zoliano7. La historia de la familia Espila, por ejemplo, resume -con tejido intertextual de claro linaje boedista- el sentido de desastre inevitable y de expulsión de clase que era ya patrimonio discursivo y experiencia social en las capas medias de la década del treinta:

En otro tiempo la familia ocupaba una posición relativamente desahogada, luego una sucesión de desastres los había arrojado en plena miseria, y Erdosain, que encontró casualmente un día en la calle a Emilio, los visitó. Hacía siete años que no los veía y se asombró de reencontrarlos a todos viviendo en un cuchitril, ellos que en otra época tenían criada, sala y antesala. Las tres mujeres dormían en la habitación atestada de muebles viejos y que hacía en las horas de cenar o almorzar las veces de comedor, mientras que Emilio y el sordo se guarecían en una cocinita de chapas de zinc. Para subvenir a los gastos de la casa efectuaban los trabajos más extraordinarios: vendían guías sociales, aparatos caseros para fabricar helados, y las dos hermanas hacían costura [. . .]. Durante algunos días, Erdosain recorrió las calles pensando en los sufrimientos que debieron sobrellevar los Espila para resignarse a esa catástrofe [...].


(Sl, pp. 208-209)                


Abundan los significados relacionados con el desempleo: «¿De dónde sacar trabajo? Lo buscan y no encuentran. Esto es lo terrible. Hasta me pareció observar que la miseria había destruido en ellos el deseo de vivir» (Sl, p. 225). Y sobre todo abundan los sentidos conectados con el dinero, mentado repetidamente como salario que no alcanza para vivir o como factor de libertad o servidumbre: «[Erdosain] se vio obligado a robar porque ganaba un mensual exiguo» (Sl, p. 13); - «Claro, usted con su sueldo... ¿Qué sueldo gana usted? ¿Quinientos? [...] -Claro, con ese sueldo es lógico... [...]. Que no sienta su servidumbre» (Sl, p. 56).

Como sucedía en las capas medias reales dadoras de lectores durante la «década infame», los personajes arltianos quedan encajonados entre dos límites precisos, el del sector elevado y el del más marginal de la sociedad. Ambos límites -el primero, refugio de los valores más altos; el segundo, ámbito de lo horroroso y de lo repulsivo (es obvia la escasa alusión al sector obrero)- marcan territorios vedados a los personajes: uno por inaccesible; por humillante el otro. Encerrados en ese espacio mínimo, sin posibilidades efectivas de transformación, esos personajes ejercen el odio y la traición, se humillan y son humillados, sueñan con el Apocalipsis o simplemente se suicidan. Las representaciones puramente miméticas de clases sociales son muy escasas: proletarios y empleados en la localidad ferroviaria de Remedios de Escalada: «cuadrillas de desdichados, apaleando grava o transportando durmientes [...] los chalets rojos para los empleados de la empresa, con sus jardincitos minúsculos, sus persianas ennegrecidas por el humo y los caminos sembrados de escoria y carbonilla» (Sl, p. 127); vivienda proletaria en Dock Sur: «poblados siniestros, formados por cubos de conventillos, más vastos que cuarteles [...] cuartujos forrados con chapas de cinc, donde duermen con modorra de cadáveres cientos de desdichados» (Ll, p. 444). Las clases son elaboradas preferiblemente con oposiciones binarias de clara intención comparativa y por medio de una alta estilización del lenguaje narrativo, que mezcla herramientas expresivas naturalistas y expresionistas y emplea el recurso de la ensoñación y el soliloquio para desacelerar los modos de representación realistas, hibridándolos con el efecto de desfamiliarización que domina en las dos novelas. En este modo textual la clase media es espacio de sordidez y de espanto, una «multitud silenciosa de hombres terribles que durante el día arrastran su miseria vendiendo artefactos o biblias» (Sl, p. 113); según el Astrólogo, imbéciles para ser usados como carne de cañón: «Literatos de mostrador. Inventores de barrio, profetas de parroquia, políticos de café y filósofos de centros recreativos» (Sl, p. 152). Es la zona tenebrosa que Erdosain imagina poblada de tenderos y oficinistas:

Entonces su irritación se volvió contra la bestial felicidad de los tenderos, que a las puertas de sus covachas escupían a la oblicuidad de la lluvia. Se imaginó que estaban tramando eternos chanchullos, mientras que sus desventradas mujeres se dejaban ver desde las trastiendas, extendiendo manteles en las mesas cojas, arramblando innobles guisotes que al ser descubiertos en las fuentes arrojaban a la calle flatulencias de pimentón y de sebo, y ásperos relentos de milanesas recalentadas [...] los negociantes aquellos estaban atornillados a próximas quiebras por espantosos pagarés [...] la desdicha [...] se cerniría también sobre sus mugrientas mujeres, que, con los mismos dedos con que momentos antes habían retirado los trapos en que menstruaban, cortarían ahora el pan que ellos devorarían entre maldiciones dirigidas a sus competidores.


(Sl, p. 189)                


éste [...] es el amargo postre de los empleados de la ciudad, de los cobradores de las compañías de gas, de las sociedades de ayuda mutua, de los vendedores de tiendas. Un panorama lividecido por los flujos blancos de todas esas hijas de obreros, anémicas y tuberculosas, cuya juventud se desploma como un afeite bajo la lluvia a los tres meses de casadas [...] la inmundicia cotidiana que envenena a los empleados de la ciudad [...].


(Ll, pp. 508-509)                


La zona es tenebrosa en su representación, y también lo es por oposición situacional a una zona luminosa, que es donde se ubican los sectores que poseen riqueza. En el campo, según el relato de Hipólita: «Los hombres, apeándose del Ford entraban al hotel. Hablaban de trigo y jugaban un partido de billar. Los criollos hambrientos no iban al hotel, estaban los caballos escuálidos en los postes torcidos que había frente a la fonda, como a la orilla del mar» (Ll, p. 293). En los barrios suburbanos, según el relato de Emilio Espila: «mira pensativamente las casas, de las cuales casi todas tienen un jardín al frente. [...] adivina en ellas oasis de gente feliz» (Ll, p. 532). En el centro de la ciudad, según el relato de Haffner:

Entre la blancuzca suciedad de muros antiguos [...] trabajan en las grúas hombres rubios de traje azul [...]. En la calzada, autos a los que le falta el cuarto de baño para ser perfectos [...] conducen en sus interiores mujercitas preciosas [...] a lo largo de vitrinas inmensas, exposiciones de dormitorios fantásticos de maderas extravagantes; dormitorios que hacen soñar con amores imposibles a los muchachos de tienda, que llevan del brazo a una aprendiza pecosa [...].


(Ll, pp. 350-351)                


En las ensoñaciones de los personajes las dos zonas se entrechocan marcando el abismo que las separa: «[el corazón de Erdosain] se empequeñecía más, oprimido por la angustia que le producía el espectáculo de la felicidad que adivinaba tras de los muros de aquellas casas refrescadas por las sombras, y frente cuyas puertas cocheras se hallaba detenido un automóvil» (Sl, p. 88). Erdosain se imagina rescatado de la miseria y la desdicha por «una doncella [...] que por capricho maneje su Rolls-Royce», o por un «millonario melancólico y taciturno» (Sl, pp. 14 y 31). Hipólita, sirvienta de jóvenes ricas, «se imaginaba que la educación de esas señoritas debía hacer sus almas más hermosas y apetecibles para el deseo del novio y su cabeza pesaba como si el cráneo se le hubiera trasmutado en un casco de huesos de plomo» (Sl, p. 234). El sentido de brecha se refuerza con los discursos que circulan por fuera del pacto de verosimilitud, como en los proyectos de reorganización social del Astrólogo o como en las ensoñaciones delirantes de Erdosain:

Será la poda del árbol humano... una vendimia que sólo ellos, los millonarios, con la ciencia a su servido, podrán realizar [...]. Esa sociedad se compondrá de dos castas en la que habrá un intervalo... mejor dicho, una diferencia intelectual de treinta siglos.


(Sl, pp. 143-144)                


Llegó a imaginarse que los ricos, aburridos de escuchar las quejas de los miserables, construyeron jaulones tremendos que arrastraban cuadrillas de caballos. Verdugos escogidos por su fortaleza cazaban a los tristes con lazo de acogotar perros, llegándole a ser visible cierta escena: una madre, alta y desmelenada, corría tras el jaulón de donde, entre los barrotes, la llamaba su hijo tuerto, hasta que un «perrero», aburrido de oírla gritar, la desmayó a fuerza de golpes en la cabeza, con el mango del lazo.


(Sl, p. 11)                





Inestabilidad, zonas, accesos

El trabajo textual sobre las clases apunta más que nada a establecer el significado mayor de zonas cualitativamente diferentes, unido al de brecha insalvable y al de ascenso imposible/caída probable. En la actualización de esos sentidos durante el proceso de lectura, los coetáneos de capas medias trabajaban sin, duda el plano de sus vidas reales suspendidas en el vacío de la crisis, ayudados por el efecto de desfamiliarización que rige en ambas novelas. Las historias, por ejemplo, se orientan siempre hacia registros de alta tensión, registros de exasperación que se integran en el sentido amplio de inestabilidad y de ruptura inminente (textual y social) que circula entre personajes y lectores. En las historias de los personajes de Los siete locos y Los lanzallamas hay generalmente un punto de inflexión tensional más allá del cual sólo cabe el cambio abrupto (en ellos, de conducta y de destino; en sus medios -la «sociedad»-, de objetivos y estructura). La típica, gradualmente insostenible humillación de Erdosain, por ejemplo en el episodio de la fuga de su esposa con el capitán, converge en significados de cambio brusco y sorpresivo:

Naturalmente, he sufrido tanto que ahora el coraje está en mí encogido, escondido. Yo soy mi espectador y me pregunto: ¿Cuándo saltará mi coraje? y ese es el acontecimiento que espero. Algún día algo monstruosamente estallará en mí y yo me convertiré en otro hombre. Entonces, si Vd. vive, iré a buscarle y le escupiré en la cara.


(Sl, p. 64)                


Los textos están recorridos por este sentido de urgencia, en que un acontecimiento (in)esperado e inminente se halla suspendido sobre la realidad. En Ergueta, el personaje místico-profético, es el brusco suceso redentorista que ha de regenerar al individuo y la sociedad por medio de la violencia y la destrucción: «Cuando llegue la revolución se les ahorcará o se les mandará a la primera de fila. Carne de cañón» (Sl, p. 205). En otras zonas este sentido se expresa en la espera del acontecimiento inusual que ha de sortear la catástrofe próxima. Si Erdosain continúa trabajando en la Compañía Azucarera «no fue para robar más cantidades de dinero, sino porque esperaba un acontecimiento extraordinario -inmensamente extraordinario-, que diera un giro inesperado a su vida y lo salvara de la catástrofe que veía aproximarse a su puerta» (Sl, p. 10). El Astrólogo lo enuncia con precisión: «Créame, siempre ocurre así en los tiempos de inquietud y desorientación. Algunos pocos se anticipan con un presentimiento de que algo formidable debe ocurrir»; Barsut, en tanto, «hacía mucho tiempo que aguardaba una catástrofe» (Sl, pp. 153-154). Este fuerte sentido de inestabilidad y de inminente sacudimiento atrae otros significados a su campo. La extensa lista de ensoñaciones y recriminaciones autohumillantes a que se somete Erdosain -ser lacayo de prostituta rica; mucamo vergonzante en una mansión de millonarios; criado del amante de su propia mujer- vacía al personaje y lo prepara para el cumplimiento del acto inesperado que cambie abruptamente el límite insoportable: «Yo soy la nada para todos. Y sin embargo, si mañana tiro una bomba, o asesino a Barsut, me convierto en el todo, en el hombre que existe» (Sl, p. 87). Los soliloquios de Erdosain se van cargando progresivamente de tensión hasta un punto extremo en que aparece el significado de estallido inminente: «No se puede vivir así. No hay derecho» (Sl, p. 100); «Esta vida no puede ser así»; «No es posible seguir así, no es posible» (Ll, pp. 338 y 504). Lo «psicológico» del texto, lo que en un nivel específico puede ser leído como la historia de un personaje psicótico, es, en el nivel de la desfamiliarización, una puesta al desnudo de significados «no psicológicos» que establecen el imperio de los sentidos de inestabilidad, de desequilibrio, de límites que ponen al borde de un estallido final.

En una importante zona de las novelas el efecto de desfamiliarización asume el inventario de los males sociales de la época. Esto se realiza por una multiplicidad de discursos que igualan prácticas ilícitas o inmorales con prácticas sociales aceptadas como normales; percibidas, así, con los rasgos de las primeras, las segundas, las prácticas normales; quedan investidas de la condenación ética y política que a aquellas le correspondían. Haffner, el Rufián Melancólico, iguala la institución prostibularia a la sociedad establecida: «Pero venga a vivir a nuestro ambiente, conózcalo y se va a dar cuenta de que es igual al de la burguesía y al de nuestra aristocracia» (Sl, p. 46). La trata de blancas no difiere de la explotación capitalista:

-Nosotros, los hombres del ambiente, tenemos a una o dos mujeres; ellos, los industriales, a una multitud de seres humanos. ¿Cómo hay que llamarles a esos hombres? ¿Y quién es más desalmado, el dueño de un prostíbulo, o la sociedad de accionistas de una empresa?


(Sl, p. 51)                


Usted explota tres mujeres, para no trabajar. Otros explotan un regimiento de operarios para andar en automóvil, tener muchos sirvientes o beber un vino cuyo mérito fue el ser envasado hace cien años.


(Ll, p. 331)                


Para explicar la demencia destructiva de sus planes y objetivos revolucionarios, el Astrólogo los equipara con la violencia, la explotación y el asesinato aceptados en silencio por la sociedad del sistema capitalista:

Llevaremos engañados a los obreros y a los que no quieran trabajar en las minas los mataremos a latigazos. ¿No sucede eso hoy en el Gran Chaco, en los yerbales y en las explotaciones de caucho, café y estaño?


(Sl, p. 147)                


...a nadie se le ocurre hacer el cálculo de los millones de obreros, de mujeres y de niños que año tras año destruyen las fundiciones, los talleres, las minas, las profesiones antihigiénicas, las explotaciones de productos, las enfermedades sociales como el cáncer, la sífilis, la tuberculosis. Si se hiciera una estadística universal de todos los hombres que mueren anualmente al servicio del capitalismo, y el capitalismo lo constituyen un millar de multimillonarios, si se hiciera una estadística, se comprobaría que sin guerra de cañones, mueren en los hospitales, cárceles, y en los talleres tantos hombres como en las trincheras, bajo las granadas y los gases.


(Ll, p. 373)                


Una mujer puede fabricar un hijo en nueve meses; un capitalista puede fabricar mil máquinas en nueve meses... Mil máquinas que dejan en la calle a mil hijos de mujeres que tardaron nueve mil meses en concebirlos.


(Ll, p. 385)                


El Buscador de Oro explica a Erdosain la estructura de obediencia ciega que existe en los planes revolucionarios del Astrólogo, empleando el mismo efecto textual:

-Nosotros predicaremos la violencia, pero no aceptaremos en las células a los teóricos de la violencia, sino que aquel que quiera demostramos su odio a la actual civilización, tendrá que damos una prueba de su obediencia a la sociedad [...]. Entonces se le otorgarán poderes. ¿No sucede lo mismo con las órdenes monacales? ¿No está así organizado el ejército? Pero, hombre ¡no abra la boca! En las mismas empresas comerciales... por ejemplo, en la casa Gath y Chaves, Harrods, me han contado los empleados que el personal se gobierna con una disciplina junto a la cual la disciplina militar es un juguete.


(Sl, p. 178)                


La desfamiliarización desnuda sentidos no percibidos de la práctica, ideologizando así el texto sin necesidad de recurrir a la tradición retórica del realismo-naturalismo de denuncia. Pero por medio del tácito socavamiento de certidumbres que implica (el descreer de lo creído, el creer en lo increíble), y por medio asimismo de su relación con la tradición medieval-folklórica del «mundo al revés» y de la mezcla caótica de niveles, el recurso también viene a corroborar el sentido amplio de desequilibrio e inestabilidad que permea las dos novelas8. Otros textos polisémicos actúan de la misma manera, actuando de refuerzo general de esta estructura de sentido. En el relato del gaseado, uno de los delirios más enigmáticos de Erdosain, y en el capítulo posterior sobre las fórmulas con que calcula la fabricación de gases venenosos, se desfamiliarizan las instituciones de ciencia, patria y familia presentándolas a la luz de las actividades (criminales) que propician en conjunto:

-Lo notable del caso es que todos esos gases infernales los han descubierto honrados padres de familia. [...] Compuestos cianurados, arseniacales... los químicos son hombres serios que contraen enlace muy jóvenes y tienen hijos a quienes, les enseñan a adorar a la patria homicida.


(Ll, pp. 482-485)                


Exacto. Con cerca de 4 miligramos por unidad de peso... se produce la intoxicación mortal. Qué hijos de puta esos sabios. Lo han dejado chiquito al diablo. Y me jugaría la cabeza, que estos químicos, después de dejar sus probetas y sus máscaras, regresarían a sus casas y abrazarán a sus hijos. A la hora de acostarse, mientras la mujer, desvistiéndose, mostraba el trasero en el espejo, le dirían: «Tenés que ver cómo progresa la arquitectura atómica de ese gas» [...]. Y el hombre, que por la noche le acarició dulcemente las nalgas de su mujer, se enquista al amanecer en el laboratorio a buscar la nueva construcción atómica, que extermine el máximum de hombres, con el minimum de gasto [...]. ¿Sabe lo que escribió un químico? Parece mentira. Sólo Satán podría escribir algo semejante. Oiga bien, señora. Escribió ese señor, que es un sabio: «Desde el punto de vista químico y fisiológico, el mecanismo de la acción del cloro es digno de elogio, pues le substrae a los tejidos de las sustancias orgánicas, el hidrógeno, generando compuestos nocivos». ¿Se da cuenta, señora? Dígame si ese hombre no merecía que lo ahorcaran, pues, no, está al servicio de la Bayer.


(Ll, pp. 500-502)                


En estos textos saturados de doble discurso, el efecto de desfamiliarización; procura desacralizar tanto la moral capitalista (invención científica y producción, industrial como base del progreso) como la moral burguesa (matrimonio, familia nuclear y patriotismo como cúspides de los valores sociales). Pero también contribuye a la hiperconnotación de los contenidos de inestabilidad, de desequilibrio (de lo creíble) que refuerzan la significación de «estar en el borde», en un límite: como en la realidad de las capas medias que, en la década del treinta, decodificaban esta operación desfamiliarizadora durante el acto de lectura.

Dependiente de este núcleo, otro gran sentido se abre en las dos novelas: la cuestión del acceso, entendido como salto cualitativo que solucione milagrosamente la aporía planteada por el límite y por la catástrofe, entendida como manifestación extrema del límite. Entrar a la zona prohibida -el amor, el dinero, la clase privilegiada; y también: la felicidad, la salvación- es un sentido que los textos plantean abrumadoramente en el territorio de la ensoñación. Un capítulo entero de Los siete locos, «La casa negra», está, por ejemplo, dedicado al acceso posible a bienes ilimitados, al usufructo de una economía de exceso por el camino del ensueño. Erdosain accede a «las mujeres más hermosas de la creación» por esa vía, lograda con la masturbación; una vía que, al estar revestida de condenación en el texto, refuerza la condición imaginaria y no factible del acceso a lo prohibido, a lo interdicto, a lo no propio:

Entonces como un desesperado que se arroja desde un séptimo piso, él se arrojaba en el delicioso terror de la masturbación [...] rodeándose de las delicias que estaban alejadas de su vida, de todos los cuerpos más distintos y hermosos, para los que se necesitaría una suma inmensa de existencias y dinero para gozar. Era aquel un universo de ideas gelatinosas [...]. Transitaban en él las mujeres más hermosas de la creación, desconocidas tersas que por él descubrían sus senos de manzana ofreciendo a su boca agriada por innobles, cigarrillos, labios fraganciosos y palabras pesadas de sensualidad [...]. Allí, en la casa negra, le eran habituales los placeres terribles, que de haberlos sospechado en la existencia de otro hombre, le separaran para siempre de él.


(Sl, pp. 114-115)                


Es a través de Erdosain que se transmiten frecuentes ensoñaciones cuyo signo es el pasaje a estados de fuerza, seguridad o dominio, rápidamente cancelados por el regreso a lo real: «había cambiado de nombre, mascullaba inglés [...] ahora tenía brazos fuertes, la mirada serenísima»; «El planeta era de los fuertes [...]. Arrasarían el mundo, y se presentarían a la canalla que se encalla el trasero en las butacas de todas las oficinas, blindados de grandeza, semejantes a emperadores...»; «¿No hubiera sido preferible ser capitán de un navío y comandar un super-dreadnought? Las chimeneas vomitarían torrentes de humo y en el puente de mando conversaría con el comandante de torre...» (Sl, pp. 125, 132-133, 190). Erdosain comparte con Emilio Espila la misma ensoñación vicaria de seguridad en la medianía, «[llevando] contabilidad en un aserradero a la orilla del río» (Ll, pp. 455, 490). Pero alienta sobre todo una ensoñación extrema, la de destruir violentamente la clase media a que pertenece, o la clase alta que es objeto de su deseo: «Una frase estalla en su cerebro: Barrio Norte. La frase se completa: Ataque a Barrio Norte. Se alarga: Ataque de gas a Barrio Norte» (Ll, pp. 527). Con similar pulsión entra en ensoñación el Astrólogo, quien confiesa que para dormirse debe imaginarse a cargo de la defensa de una fortaleza: «por medio de mangueras proyecto chorros de cien metros de largo, de petróleo encendido [...] me detengo encantado en el espectáculo de millares de hombres que corren de un lado a otro, ardiendo vivos» (Ll, p. 361). El mito mayor de la revolución social redentorista que vertebra ambas novelas -vehiculizado en discursos de aventura (el Buscador de Oro), conspirativos (el Astrólogo), místico-proféticos (el farmacéutico Ergueta)- es naturalmente otro hilo (central) de este tejido de significaciones en que la ensoñación orienta la lectura hacia sentidos de acceso finalmente fallido. Como también pertenecen a tal tejido el mito de las invenciones (la rosa de cobre, el Rayo de la Muerte); el mito de la huida regeneradora al sur (evocada por el discurso del Buscador de Oro, Sl, pp. 176-177); o el mito del lugar-otro (como en Erdosain, quien desea/imagina mudarse a casa del Astrólogo para poder tener un laboratorio, Sl, pp. 33-34); todos ellos dentro del gran movimiento semántico hacia un acceso finalmente negado u obturado.

Porque tanto las ensoñaciones como la revolución (o las invenciones, las fugas y los traslados) fracasan como vías de acceso-a-lo-otro; son canceladas en el territorio mismo de la imaginación, o se revelan finalmente como mentiras. Como también fracasa el otro significado importante conectado con el de acceso, el de la esperanza, estrechamente relacionado asimismo con los de engaño y mentira. La esperanza posee inicialmente un sentido de acceso posible, como en la rosa de cobre de Erdosain y en los planes del Astrólogo:

[Erdosain] recorrió las calles pensando en los sufrimientos que debieron sobrellevar los Espila para resignarse a esa catástrofe, y más tarde, cuando inventó la rosa de cobre, se dijo que para levantar el espíritu de esa gente era necesario injertarles una esperanza.


(Sl, p. 209)                


¿Puede hacerse felices a los hombres? Y empiezo por acercarme a los que desprecio. Quiero apoderarme del alma de todos estos desgraciados, darles por objetivo de sus actividades una mentira que los haga felices inflando su vanidad... y estos pobres diablos que abandonados a sí mismos no hubieran pasado de incomprendidos, serán el precioso material con que produciremos la potencia...


(Sl, p. 153)                


Pero la rosa de cobre no se produce más allá de una etapa experimental, de modo que su efecto probable de acceso (sacar de la miseria a los Espila) nunca se realiza; la revolución del Astrólogo termina en su fuga y desaparición con Hipólita, con lo cual los grandes planes redentoristas (el acceso de los «desgraciados» a una sorda felicidad) tampoco se llevan a cabo. Los accesos, los pasajes, son ilusorios; el límite no puede ser traspuesto y sólo queda permanecer en una zona de tensión sobre la que se cierne el sentido de catástrofe inminente, la caída posible, la no resolución de lo inestable. Leer Los siete locos y Los lanzallamas de esta manera es acercarse al modo de lectura de las capas medias en la década del treinta; evaluar, en suma, el aspecto social y referencial de las novelas. Acaso sea la poderosa fascinación pesimista de estos relatos lo que produjo un largo silencio sobre ellos, como si la carga de la realidad y la carga del mito que la vehiculizaba a través de la ficción fueran, juntas, insoportables para la cultura argentina de su tiempo.





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