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Concepción de la historia en Leopoldo Alas (Clarín): una historia artística al servicio del progreso

Yvan Lissorgues


Université de Toulouse-le Mirail



Un hombre como Clarín, tan preocupado por todos- los problemas filosóficos, culturales y políticos no podía, en la coyuntura de su tiempo, dejar de plantearse el problema de la historia. Pero los artículos periodísticos o las conferencias en que aborda el tema de modo sistemático son relativamente escasos en consideración a la totalidad de una obra verdaderamente impresionante. Sin embargo, del conjunto de ésta se pueden sacar unas líneas fundamentales que llegan a constituir una clara y completa concepción de la historia. Clara, porque durante los veintiséis años de su actuación periodística Clarín no se aparta, si no al nivel de unos matices, de una posición que, por una parte, considera insuficiente la concepción positivista, y por otra, afirma que la historia debe ser filosófica y artística. También podemos hablar de concepción completa ya que atañe tanto al método, a las cualidades del historiador..., como al sentido de la historia, es decir a su filosofía.

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Según la concepción positivista, el historiador estudia primero los documentos y a partir de ellos establece los hechos históricos, los ordena y después los expone en forma lógica y coherente. Las cualidades proclamadas del historiador deben ser la imparcialidad y la objetividad. Así, la historia tiene cierta apariencia científica. Las críticas que se han hecho de tal concepción y sobre todo las objeciones que se han puesto a su carácter falsamente científico son bastante conocidas para que sea necesario insistir. En cambio, es interesante decir que Clarín, ya en 1879, después de notar que estaban entonces «de moda» los trabajos históricos de «análisis empírico», impugnaba el mito de la objetividad, ya que en lo que por tal se daba veía «cavilosidad» y hasta «capricho» del autor1. Sin embargo, el estudio de los documentos, el indagar en los pormenores de una época le parecía necesario y provechoso. En el mismo artículo de 1879 citado antes, y a propósito de la edición de Arte cisoria de Enrique de Villena, subrayaba la utilidad de ese tipo de publicaciones para el conocimiento de un aspecto del pasado.

Hoy es cosa averiguada que el conocimiento real de la historia no se consigue sin que todos los elementos de una civilización sean investigados. Penetrar en las costumbres, llegar hasta el pormenor es prurito de la historia, según se escribe en nuestros días, y el resultado de tan ímproba tarea es la perfección a que este ramo del saber ha llegado. Hoy conocemos la vida romana de todas las épocas mejor que los romanos de unas y otras se conocieron mutuamente.2



Pero esas «ímprobas tareas», esos pacienzudos trabajos de investigación si son necesarios no son suficientes para restituir totalmente lo pasado, y sobre todo, no bastan para despertar la fantasía del lector «haciéndole gustar emociones estéticas relativas a siglos y personajes, a costumbres, ideas, acontecimientos del pasado, y reflexionar sobre las enseñanzas de la historia»3. La cita nos revela ya con bastante claridad que se debe dar a la materia histórica una forma que favorezca su difusión y que ponga de relieve la enseñanza que el pasado encierra. Estética y utilidad son dos criterios a los que el historiador no puede, ni debe, escapar, como veremos ulteriormente.

Esas ideas nos ayudan a comprender por qué Clarín censura y ridiculiza siempre a los eruditos que hacen de la erudición una finalidad. Cuando la búsqueda de los empolvados códices se convierte en pasión, entonces Clarín acude a lo burlesco como en la siguiente parte de la semblanza (verdadero Caractère de La Bruyère) de José Fernández y González:

[...] Es famosísimo roe-quesos de biblioteca; él tiene la llave de no sé qué archivo, donde yacen infolios de incalculable mérito, porque en ellos se averigua si el rey Sobrino era tal Sobrino por parte de padre o de madre [...]. Su gloria es verse envuelto en una nube de polvo, que a él parece de incienso, al sacar a luz un olvidado códice [...].4



El «erudito ratonil» -como lo llama Clarín- es, pues, un tipo que da lugar a sátira pero lo importante es subrayar que, para nuestro autor, las menudencias históricas en polvo «que proporcionan esos hacendosos investigadores no sirven para nada»5.

Esta posición crítica frente a los trabajos de erudición, y más generalmente frente al sistema positivista de acumular hechos, Clarín la comparte tanto con los pensadores krausistas que no han recibido demasiado influjo del positivismo como con Unamuno. Veremos que tal coincidencia se explica muy bien. De momento, bástenos decir que para Giner de los Ríos, la historia no puede reducirse a «la relación descarnada de los acontecimientos políticos»6 y que Unamuno emplea un tono parecido al de Clarín para burlarse de esos eruditos, a quien ve como «una falange que se dedica a la labor utilísima de recoger y encasillar insectos muertos, clavándoles un alfiler por el coselete para ordenarlos en una caja de entomología, con su rótulo encima, y darnos luego eso por lo que no es». Pero Unamuno va más lejos; para él, los que se dedican a esos estudios históricos «de erudición y compulsa» son en su mayoría tradicionalistas que sacan de sus trabajos «legitimismos y derechos históricos [...] y sueños de restauraciones»7. En Clarín, la ecuación erudición = reacción no se da con tanta claridad, si bien se alza a menudo contra la falsa visión que de la historia de España han dado los tradicionalistas, pero es otro problema8.

Lo que está claro para nuestro autor es que los trabajos de mera investigación histórica, cuando no caen en nimiedades insustanciales, pueden ser provechosos, no tanto por sí mismos sino como material de base para una elaboración estética. Las verdaderas obras de historia, las que merecen atención y alabanzas, son las que, además de respetar la verdad, tienen una forma realmente artística. El historiador es pues un artista que se dedica al conocimiento del pasado; hasta tal punto que hay poca diferencia entre el poeta o el novelista que trata un tema histórico y el historiador.

La primera condición, la condición necesaria, es que historiadores y novelistas alcancen un conocimiento exacto y lo más completo que se pueda de la materia histórica; por eso, unos y otros estudiarán con provecho los trabajos de mera investigación. El «novelista arqueólogo» y el historiador deben, en un primer momento, estudiar hechos, acumularlos, relacionar el asunto estudiado con cuanto pudo influir en él «por razón del tiempo, del clima, de la política, del arte, de la religión, de la vida económica, de la vida científica, del ambiente general social, de los influjos familiares, hereditarios [...]»9. Al respecto, el caso de la novela histórica es significativo; en 1879, antes de conocer los Episodios Nacionales de Pérez Galdós, notaba Clarín que ese tipo de novela que «ha sido en nuestros tiempos verdadera profanación del arte y de la historia [...] está llamado a un florecimiento acaso, pero ha de ser a condición de que los autores se inspiren en los orígenes ciertos y naturales»10. El novelista debe ser en parte historiador si viene al caso, pero, a la inversa, el historiador debe tener dotes de novelista. De la misma manera que éste debe «estar en simpatía» con su asunto y con sus personajes, el historiador debe sentir el pasado para «llegarle al alma»11.

Clarín, por su parte, en su único trabajo de carácter histórico, la conferencia sobre Alcalá Galiano, declaraba que quería seguir la tendencia de los Mommsen, de los Ihering, es decir, «la tendencia de la historia sentida [...] para poder comprenderla y penetrarla como obra artística que es puramente». Si esto no se hace, añadía, la historia «no es más que un frío eco» pues «lo que se entiende por imparcialidad no es sino superficialidad»12.

En último término, la historia debe tener carácter artístico de representación bella:

Hasta la historia, la verdadera historia, puede ser un día novela, si el historiador, sin faltar en nada a la verdad de los hechos, porque no hace falta, los representa en forma que sea reflejo de vida, no abstracciones de un narrador que sigue solamente el hilo de los acontecimientos, el político, el científico, etc., etc.13



En efecto, muchos historiadores -dice Clarín- tienen la facultad de «hacernos ver las momias bien conservadas de los tiempos muertos; pero son pocos los que tienen el don de animar esas momias»14. Ahora bien, para dar vida al pasado el historiador ha de tener la misma capacidad imaginativa que el novelista, el dramaturgo o el poeta. No hay historia artística sin imaginación.

Así que hay poca diferencia entre el historiador Castelar y, por ejemplo, el dramaturgo Eugenio Sellés. A propósito del drama Maldades que son justicias de éste último, alaba «el intento del poeta que adivina las causas, completa con la imaginación los cuadros» y así, «acierta a resucitar la vida extinguida con verosimilitud poética, muchas veces más verdadera, en lo fundamental, que la recomposición pacienzuda, pero sin genio de los análisis y arqueólogos» (sic)15.

Entre los historiadores españoles, Castelar es, según Clarín, el que sabe más que nadie llegar «al alma de los sucesos», hasta tal punto que sus libros históricos son verdaderos poemas porque «allí la imaginación ayuda a la historia»16. Desde el punto de vista epistemológico, sería preciso preguntarse hasta qué punto la ayuda y hasta qué punto se sustituye a ella...

Sea lo que fuere, es indudable que esa manera de presentar la historia puede tener un gran poder de seducción. El mismo Clarín confiesa que las clases de Castelar ejercían sobre el joven estudiante que era por los años de 1872 o 1873 una verdadera fascinación: «En la cátedra de Castelar, no sólo se aprendía la historia sino que se la veía. Sí, se la veía pasar en carne y hueso, sacudiendo el polvo de los siglos, merced al mágico conjuro de la elocuencia del profesor»17. Efectivamente, el papel determinante que toma la imaginación en las reconstrucciones históricas da a éstas un aspecto eminentemente plástico, que es, según José Luis Aranguren, la característica distintiva de toda la historiografía del siglo XIX: «El modelo historiográfico del XIX es esencialmente plástico». Para todos los historiadores de aquella época, Macaulay, Carlyle, Michelet, Ranke, Menéndez y Pelayo, sin olvidar a Castelar y a Renan, la historia es, según Aranguren, en mayor o menor grado concebida como un «gran espectáculo»18.

Otra consecuencia de la parte que toma la imaginación en la historia es cierta actualización del pasado. Para Clarín, el historiador artista es el que tiene capacidad para actualizar el pasado y no sólo en el sentido plástico de darle vida, sino para que se pueda ver en él elementos del presente. Por eso, al alabar «los portentosos cuadros históricos, la maravillosa recomposición de sociológica arqueología» que hay en las obras de Renan, subraya «aquella especie de simbolismo de la actualidad nuestra que Renan sabe encontrar, y busca de propósito, en sus estudios de los más lejanos tiempos»19.

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Para Clarín, en efecto, la obra histórica debe ser útil: debe poner de relieve la enseñanza que se puede sacar del estudio del pasado. Y en el fondo, la necesidad de dar pleno alcance al elemento educador es la justificación de la historia artística. Pero, para que sea inteligible la enseñanza que el pasado encierra, el historiador, según Clarín, ha de ser también filósofo, es decir, que la obra histórica «debe obedecer a una idea que la presida y explique»20. Aquí llegamos a un problema muy controvertido, que no vamos a discutir en su aspecto general porque atañe a la epistemología del concepto mismo de Historia. En lugar de interrogarnos sobre lo que es la historia, y a eso llegaríamos si se abriera la discusión, nos limitaremos a exponer humildemente la posición de Clarín, por lo demás muy significativa de la de un amplio sector de la intelectualidad liberal del siglo XIX.

Clarín proclama, pues, sin vacilar, la necesidad de una filosofía de la historia anterior al estudio de los hechos, «una filosofía con su carácter de reflexión a priori»21. Al parecer, es una concepción que se opone a la mera exposición de los hechos a la que el positivismo afirma querer atenerse. Pero si lo miramos bien, el historiador positivista va guiado necesariamente, aunque no quiera confesarlo, por una idea que trasciende los hechos, y a partir de la cual elige entre el conjunto heterogéneo de los acontecimientos el que parece más cargado de significación. Cualquier concepción histórica, y la positivista también, necesita una historia global (trascendente), definida fuera e independientemente del hecho22. Esta trascendencia, interiorizada y casi inconsciente en la mayoría de los historiadores positivistas, es la idea del progreso. La diferencia entre los historiadores positivistas y Castelar, Clarín, Unamuno, los pensadores krausistas es que estos afirman a priori, claramente y sin ambages, su fe en el progreso, y miran el pasado a través de una filosofía progresista del devenir humano.

Castelar es quien define con mayor claridad esa trascendencia, que llama «fórmula del progreso»: «La fórmula del progreso no es mía, no es de ningún hombre y es de todos, o mejor dicho, es de Dios, presente siempre por sus leyes en la naturaleza y en la historia». La historia es «el camino incesante del hombre hacia la libertad»23. Esa visión del devenir humano se acerca, por lo menos en su aspecto dinámico, a la concepción krausista, sólo que, para Castelar la meta es la «libertad», mientras que para los krausistas la meta es Dios o más precisamente, según un juicio de Zulueta, la historia es para Giner «la perenne realización [...] de los principios ideales, cada día más perfecta, siempre imperfecta»24.

Para Clarín también la historia es progreso; además, afirma siempre, aunque con más o menos fuerza según el período de su vida, que el desarrollo de la humanidad poco debe a la Providencia. La progresiva, conquista de la justicia es obra del trabajo humano, es lucha que exige esfuerzo constante: «el reino de la justicia no se viene a la mano por sí sólo»25. La historia le aparece como lucha, de la que poco a poco emerge la idea de justicia; dicho de otro modo, la historia es, según palabras del mismo Clarín, la lucha entre el bien y el mal. Es de observar que nunca formula de modo explícito la distinción, fundamental en la concepción krausista, entre historia interna, es decir historia de las ideas, e historia externa, o sea la de los hechos. Parece que su concepción es más global y que, para él, los acontecimientos son también de un modo u otro manifestación del movimiento de las ideas. Dicho sea de paso, la posición unamuniana entre historia e intrahistoria (o tradición eterna) ofrece cierta analogía con la distinción que hacen los krausistas entre historia externa e historia interna. El hecho no puede sorprender; la fuente común es Hegel, en quien Unamuno se inspira directamente, mientras que Krause reelabora la misma teoría hegeliana a partir de su concepción religiosa.

Clarín no parece atenerse a sistema filosófico tan perfecto. Hemos dicho que, para él, la historia es lucha entre el bien y el mal, pero es en el sentido progresista de una gradual victoria del bien. En la ya citada conferencia sobre Alcalá Galiano, explicita este punto. La historia, dice, «no es una matrona sin entrañas que ve pasar los siglos y presencia las desgracias de los hombres indiferente; ni es tampoco una estatua de mármol para la cual sean iguales el vicio y la virtud, el crimen y el egoísmo. Cabe, sí, la pasión en la historia»; pero en el sentido de «preferir lo bueno a lo malo, de enamorarse de lo bello y de lo verdadero». Si el historiador va movido por el deseo de realzar el bien, entonces «cuanta más pasión se tenga, tanto mejor» y aún añade que conviene recargar las tintas cuando se trata de maltratar a los que lo merecen e incluso conviene hundirlos en el polvo del olvido26.

Desde luego, el historiador es un juez, lo que supone que se atribuye un criterio superior a partir del cual se cree autorizado para legislar. ¿Cómo explicar una posición tan poco en consonancia con la idea que nos hacemos hoy del historiador? Y primero, ¿qué sentido tienen los conceptos vagos de bien y de mal? La misma conferencia sobre Alcalá Galiano nos da ya un elemento de respuesta. El período constitucional de 1820 a 1823 puede sintetizarse, según Clarín, en la oposición entre el liberal Alcalá Galiano, representante de la vida moderna, y el déspota Fernando VII, que encarna la más siniestra reacción. Es decir que el liberal representa el progreso, el bien, que lucha contra el despotismo reaccionario, el mal. Vemos, pues, que no estamos muy lejos de la «fórmula del progreso» de Castelar, que es una filosofía como otra cualquiera, pero lo que es de subrayar, por lo que se refiere a la historia, es que el pasado se enjuicia a partir de tal filosofía. Clarín, como Castelar, está convencido de que el progreso (y su corolario la libertad) es una verdad filosófica y una verdad histórica. Por lo tanto, el historiador tiene derecho y hasta misión para intervenir directamente y contribuir a la victoria del bien, o sea del progreso27.

La obra histórica debe permitir la difusión de esa visión progresista del pasado, por eso el historiador no puede descuidar la elaboración estética de la materia así elegida, tiene que dar a lo bueno una forma atractiva. Por consiguiente, la historia artística encuentra su explicación y su justificación dentro de tal filosofía que es, hay que decirlo claramente, la ideología de toda la burguesía liberal del XIX, tanto la inglesa o la francesa como la española.

Se comprende, entonces, el rechazo por parte de Clarín de la visión tradicionalista de la historia de España, que es, desde casi siempre y más aún desde 1875, la «historia oficial»: «la historia de España, o lo que haga sus veces, la han acaparado los mestizos y los poetas de certamen en astillero»28. Pero, no por eso quiere que se borre el pasado de España como pretenden, a partir de 1890 poco más o menos, los partidarios, anarquistas en su mayoría, de la mal llamada teoría progresista, los cuales niegan la historia y sólo miran al porvenir. A partir de 1890, Clarín combate tanto la visión tradicionalista del petrificado patriotismo arqueológico como la concepción del «absurdo anarquismo» que quiere hacer tabla rasa de la tradición29. «Estas paligenesias absolutas que decretan escritores y filósofos un poco ligeros, no son más que ilusiones; no hemos de estar creando el mundo todos los días»30. Los que así se llaman progresistas son en realidad «los peores enemigos del progreso, porque progresar es conservar ante todo lo que se ha de mejorar»31.

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En resumidas cuentas, por una parte se niega la tradición española en su visión tradicionalista y por otra se reivindica esta misma tradición pero para colocarla en la perspectiva liberal, a partir de la cual Clarín y los intelectuales de la burguesía decimonónica contemplan el pasado de su patria. Representante, en cierto modo, de una burguesía en ascensión, el historiador filósofo busca (¡y proyecta!) en el pasado los valores dominantes de su propia clase. La historia filosófica viene a ser, pues, una búsqueda (y una afirmación) de identidad. A esas señas de identidad el historiador, también artista, les da fuerza y seducción artísticas.

Todas las características y todos los imperativos de tal concepción, tanto en lo que atañe al fondo como a la forma, se encuentran reunidos en la siguiente frase, cifra y compendio de la posición de Clarín, y, no cabe duda, de la gran mayoría de los intelectuales liberales de la época: «[...] una historia filosófica, artística, documentada y pintoresca, sin el andamiaje de la erudición, pero no sin sus frutos, sin la falsedad de la leyenda y de la novela, pero no sin sus atractivos y su verdad sentimental y sintética»32.





 
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