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Libro electrónico

Cornucopia de México / José Moreno-Villa

Ficha

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Cornucopia de México

José Moreno Villa





La casa de España en México

A

Eduardo Villaseñor

[VII]

     Doy en estas páginas casi todo lo que México me fue diciendo a lo largo de dos años de estancia en el país. Algunos capítulos fueron escritos a los pocos meses de mi llegada, otros, unos días antes de mandar este volumen a la imprenta. Por los enunciados del índice se verá que he derramado mi atención sobre muy distintas cosas. Precisamente por esto pensé titular este librito Una visión panorámica de México. Como desde aeroplano, abarcando mucho a cambio de perder en intensidad.

     Después de haber comprendido que ese título era justo y, además, teñido de un sabor en cierto modo romántico, como los de aquellas litografías de 1840 que decoraban los comedores de nuestros abuelos, he sentido a México, y un poco a mi libro, como una cornucopia por lo que tiene de rizado y quebrado.

     No es fortuito que México siga cultivando los muebles y las fachadas de estilo rococó. No es fortuito que los trajes populares femeninos sigan brillando en todas partes, ni que los charros jinetes asistan a los paseos públicos. No es fortuito que las bandejas, platones, baúles, pulseras, anillos y qué sé yo cuántas chácharas, sigan con su sello muy siglo xviii, sembradas de florecitas y [VIII] caracolillos. México es cornucopia por todo eso, pero, además, por su orografía y su vida en conjunto.

     Tengamos presente que la cornucopia es como un resumen del estilo rococó y que sus rizos no son exclusivamente lineales, sino corpóreos, es decir, que si brillan en sus convexidades, presentan sombras profundas en sus concavidades. La cornucopia es un producto de contrastes, contradicciones, altibajos, claro-oscuro, «porfirismo-lombardismo», «hispanismo-pochismo». De modo que me decido por CORNUCOPIA DE MÉXICO. [1]

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I. País nuevo

     De repente cambia todo: el tren, el aspecto humano, el habla y el paisaje. Frontera significa siempre cambio de mundo. El concepto de nación se hace en ella cosa palpable.

     En el tren hay detalles nuevos. El mas notorio consiste en una especie de aflojamiento integral. Fenómeno que puede atribuirse a sentido democrático, a camaradería o campechanería. El mozo de comedor aventura palabras que nunca pronuncia el camarero anglosajón sino después de larga convivencia. Aventura un «¿Va Ud. a Mexico? Con esta sencilla pregunta inicia el camino hacia la intimidad. Pero, al responderle yo que sí, lo acaba de ensanchar. Tiene una sola exclamación que es todo un comentario lleno de simpatía. Exclama: «¡Qué bueno!».

     Indudablemente he abandonado un país de gente celosa de su yo, y he penetrado en una tierra donde se busca el intercambio de ánimo. Empiezo a reconocer en esto esa manera social española que no aguarda a nada para intimar, que al primer cruce de miradas desembucha historias y propósitos, detalles familiares, preocupaciones [2] íntimas, alegrías y dolores con un patetismo gozoso. Más tarde he visto que el mexicano, a pesar de su sangre medio española, o precisamente por esto, es mucho más recatado y comedido. No urga en la bolsa del alma, no es tan agente de aduanas como el español.

     Ha cambiado el paisaje. La entrada por Laredo es hórrida. Un desierto. Llanuras de tierra lívida que hacen pensar con angustia si todo el país será semejante. De tiempo en tiempo se para el tren cerca de unas casuchas míseras, sin tejados, como simples paredes de cartón, y se ven unos cuantos seres envueltos en trapos que suben y bajan a pie descalzo por las irregularidades terrosas de la cercanía. La entrada por Laredo es fatal. Es demasiado brusca y demasiado falsa. De ciudades extremadamente cuidadas, se pasa al desierto. Afortunadamente, México no es la aridez ni la desolación. Lo iremos viendo. Desde el tren se recibe un golpe desanimador que no logra atenuar siquiera el oír que se hable castellano y, además, con ternura, con suavidad y cortesía. Es cierto que un poco desganado y desgraciado para quien viene de España. Pero si se tiene alguna experiencia sobre este fenómeno de la gracia, se modera el juicio, se juzga despacito, porque la gracia se manifiesta de golpe en algunas cosas y muy lentamente en otras. Un andaluz que se trasplanta a Madrid, tarda años en vislumbrar la gracia del habla madrileña, que está en otro tono, en una especie de machaconería y parsimonia, extrañas completamente a la gracia del habla andaluza, que es fugacidad, esguince y quiebro.

     Penetremos en México. Voy con el ánimo limpio de prejuicios (si esto es posible). España, esponja de sangre, ha borrado del pizarrón de mi memoria los juicios, los prejuicios y hasta la fe en mis propias percepciones. [3]

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II. Toponimia

     Hoy cayó la mirada sobre los pueblos, sobre sus nombres. La toponimia encierra un interés tan grande o mayor que los monumentos.

     Tengo delante un pequeño mapa de la capital y sus alrededores. Miro la carretera que sale para Laredo y apunto los dos primeros nombres: Villa Madero y Atzacoalco. Miro la segunda que sale para Veracruz y apunto: Santa Bárbara y Texmelucan. La tercera, que sale para Acapulco: Churubusco, Huipulco, Cuernavaca. La cuarta, que sale para Guadalajara: Tacubaya y Santa Fe.

     Hay otras salidas de la ciudad, como la que lleva a la Villa del Carbón, cuyos nombres son todos mexicanos: Atzcapotzalco, Tlalnepantla, Atizapán y Tepotzotlán; pero esto no altera la realidad de lo que veo en conjunto, a saber, que en la toponimia de México se revela también el trenzado de las dos civilizaciones, la indígena y la española. No es cosa de sacar una estadística para ver si los nombres propios corresponden por partes iguales a una u otra civilización; no hace falta tal cosa. Lo que yo veo ahora estará visto ya por mil escritores locales. Cada raza bautiza el terreno en que toma asiento o modifica el nombre antiguo cuando no puede pronunciarlo con facilidad. Es interesante el caso de Cuernavaca. Primitivamente se llamaba Cuauhnáhuac. Cuernavaca no es otra cosa que la adaptación al castellano de un nombre indígena rebelde para los labios españoles. El caso inverso se da también, o sea, el de nombres españoles modificados por los indígenas para poder pronunciarlos. Y en esto precisamente, en esta [4] transacción o transigencia es donde se acusa la compenetración de las razas.

     No veo que el lenguaje usado hoy aquí acuse este fenómeno tan claramente como la toponimia. La lengua no es tan tolerante como la tierra. Si una lengua no defiende su integridad, acaba por no ser instrumento de inteligencia. La tierra, en cambio, pierde vida, riqueza y civilización si no se deja penetrar. La tierra es madre, se ha dicho siempre, pero el lenguaje es padre, digo yo ahora. La tierra se abre y acoge, el lenguaje penetra y siembra.

     ¡Que grave responsabilidad la de estos dos seres de sexos opuestos, tierra y lenguaje! Si la madre admite a un cualquiera por padre, puede sucumbir para siempre o desvirtuar la trayectoria genuina. Por esto la madre se resiste siempre a las invasiones.

     Hay que tocar ciertas cosas con gran delicadeza. No se puede explorar en el órgano de la vista con un bastón o una escoba. Y hay órganos sentimentales tan sensibles, que se irritan al menor contacto de un concepto burdo o poco elaborado.

     Muchas veces me quedo como en éxtasis ante un semblante indígena. Y es que el semblante remueve en mí la comida histórica, y toda la historia se me viene a flor de memoria, la historia del semblante y la mía y yo las voy volteando, remasticando y rumiando en el alma.

     ¿Es que ese semblante lleno de misterio abriga algo contra mí por lo que tengo de padre o elemento de penetración? ¿Esa tristeza secular, cuya curación se me antoja imposible, se debe a mí? No puedo creerlo. Mucho más fácilmente creo en la falibilidad de la Historia, composición humana al fin y al cabo. Y en la parcialidad política.

     La tristeza del indio mexicano me recuerda la de otros núcleos humanos. Hay razas tristes y razas fáusticas. Y aunque estas últimas hayan estado durante siglos [5] sometidas por una raza dura y opuesta a sus naturales tendencias, no pierden su elasticidad, su ímpetu, ni su alegría. Con un régimen o con otro, los holandeses serán siempre los holandeses y, los sevillanos, los sevillanos.

     Creo que el español puede decirle a la linda mexicana: te he querido como quieren los hombres honrados. Todo lo bueno que yo conocía de mi tierra, te lo traje. Lo material y lo espiritual; arados para tus campos, rosas para tu jardín, joyas y espejos, manjares y palabras que habían de servirte para comunicación con millones de gentes. Es cierto que también te traje lo malo, pero, ¿qué otro hombre no te hubiera traído también sus malas cosas? De lo malo no estamos libres y si tú luchas contra ello, también nosotros.



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III. El Español en Boca Mexicana

     Son las palabras españolas, mías, las que llegan a mis oídos, pero con qué otro son. No suenan lo mismo.

     Este pequeño misterio sobre el que todo el mundo pasa, considerándolo sin importancia, es lo que más me detiene. Me paro a ver si es el tono o el ritmo al hablar, o las dos cosas. ¡Qué maravilla! Pero si es ahí, en eso, donde está lo más hondo del alma humana. En el tono acusan los mexicanos, por lo pronto, su bondad, y acaso un velado sentimiento de lejana servidumbre; y en el ritmo, tan lento, la dificultad de una lengua que no es la vernácula.

     Voy creyendo que los mexicanos tienen todavía, al cabo de los siglos y de los cruces, una dificultad nativa para hablar el castellano con la fluencia y naturalidad de un ibérico. [6]

     El tema es como para que lo trate un especialista en fonetica, un Navarro Tomás.

     Es tarea fina y difícil la de precisar musicalmente los altos y bajos de la entonación y los excesos de la pronunciación. Las diferencias que yo noto y no puedo señalar objetivamente no son como las que puede sentir un inglés al oír su idioma en bocas norteamericanas. No es esto. En inglés hace asco al oír a su prole americana y el español no. El mexicano pone un especial cuidado en hablar correctamente. Pero, aquí está, se le nota el cuidado que pone, la meticulosidad con que lo pronuncia. Se le nota... la dificultad que tiene que vencer. Y, en vencerla, emplea tiempo; y por esto es lenta su expresión, lenta, melosa y recalcada.

     En la emisión de un «pues sí» o un «qué bueno» o «cómo no» está toda el alma mexicana. El tono con que se dicen tales palabras es capaz de desarmar y enternecer. Un español no puede dar esa nota de dulzura y de honda bondad humilde. Nosotros somos más secos, más duros y más orgullosos.

     ¿Es posible que no se haya escrito sobre esto, sobre el verbo hecho carne?

     Porque a mí, haciendo estos paralelos del habla española, me parece que estoy manejando carne en vez de palabras, o palabras hechas carne. Y que hay que acercarse al idioma español transocéanico como se acerca uno a un ser caliente y animado, no a un producto gramatical.

     En el habla mexicana (que es el idioma español, pero con algo más), se tienen que poder señalar científicamente los rasgos del mestizaje lo mismo que en las caras, pero esto no basta. Se tiene que llegar a la psicología del indio y a sus rasgos morales.

     Yo he visto en algunos ojos indios el salto de la humildad a la malquerencia y al odio. Y he creído descubrir también en el tono y el arrastre de una frase un [7] asomo de crueldad refinada o de ferocidad dispuesta a ponerse en práctica.

     Me gustaría mucho que la ciencia pusiera su atención sobre el alma mexicana en el sentido que me interesa aquí. Que fuera en busca de la psicología mexicana a través de la entonación y que descubriese el por qué de la pronunciación, que no se parece a la andaluza, como algunos dicen ligeramente, ni a la de ninguna otra región española.

     Respecto a lo segundo, yo diría que el pueblo mexicano tiene enquistado, o reprimido, su lenguaje precortesiano y que ello motiva la dificultad de elocución fluida o netamente ibérica. Un fenómeno «freudiano» en el fondo. Yo desconozco la lengua primitiva mexicana (las lenguas), y por consiguiente no puedo señalar qué letras eran las dominantes y qué sonidos existían en ella o ellas. Pero es lógico que la «s» mexicana se pueda explicar. Si el chino, al hablar castellano, convierte la «r» en «l» es porque su lengua no le habituó a aquél sonido. Y si el mejicano a su vez pronuncia la «tl» como no podemos pronunciarla los españoles, ello indica que tiene facultades fonéticas propias y que ellas pueden o deben originar perturbaciones en la pronunciación normal hispana.

     Mi condición de mero curioso en estos fenómenos, me impide ahondar más. Pero insisto en que tenemos delante una cuestión de interés cálido; mucho más cálido que el de recoger modismos o mexicanismos. El español en boca mexicana exige un análisis freudiano, que nos permita poder luego enseñar, como prendido con pinzas, lo que había en el fondo del alma mexicana de peculiar y obstaculizador para pronunciar el idioma adoptado hace cuatro siglos. Tiempo breve después de todo. [8]

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IV. Claro-Obscuro Urbano

     La primera gran perspectiva de México, se tiene desde el fondo de la Avenida «20 de Noviembre», que enfoca a la magnífica Catedral, uno de los lados del Zócalo.

     El Zócalo es una plaza colonial de grandes dimensiones, verdadero pulmón del México antiguo, donde están el Palacio, la Catedral, las casas de Cortés y el Ayuntamiento. La belleza y las grandes proporciones de esta plaza no se aprecian cumplidamente sino desde un balcón, porque la parte jardinera del centro es un poco elevada e interfiere la perspectiva. Creo que hay que verla además, en pleno mediodía, con mucho sol, cuando brillan los automóviles estacionados en perfectas hileras. Yo no he visto una limpidez mayor que la de esta plaza a esa hora y desde un balcón de Palacio o de las casas de Cortés. Allí nos damos cuenta de que estamos a dos mil y pico de metros, a donde no llegan los miasmas de la tierra baja.

     Otra perspectiva de gran ciudad, aunque no terminada todavía, se tiene desde la Avenida Juárez, mirando al Caballito y al Arco monumental de la Revolución. Estos dos monumentos se destacan siempre sobre las barrocas nubes de México que durante el año 1938 me hicieron pintar siete cuadros, entre otros «El despertar de los ángeles».

     El carácter urbano de México, siendo tan complicado a primera vista, puede resumirse diciendo que tiene un poderoso claro-oscuro. Hay un aspecto claro, brillante, anchuroso y un aspecto sombrío, sórdido y estrecho. A la parte vieja de la ciudad le corresponde hoy este segundo aspecto; no lo tuvo antaño, ha sido cosa de [9] estos últimos tiempos. El México antiguo, con su traza urbana colonial, de calles rectas y anchurosas, era más que suficiente para el trajín de los siglos pasados, trajín de tres coches, siete carros y diez carretas. Pero al cabo de los siglos, aquellas claras y anchurosas calles se han quedado estrechas y oscuras. Oscuras por el amontonamiento loco de letreros, anuncios, repintes, cartelones y toda clase de pegotes feos en las fachadas; estrechas, porque se amontonan en ellas los comercios, bancos, oficinas, mercados, cafés, teatros y, en suma, todas esas células que traen consigo coches particulares o populares, carros de mudanza, autos de mercancía, camiones de reparto, motocicletas y bicicletas, tranvías y camionetas de anuncios ambulantes, a más de todo el gentío que converge, coincide, choca y suda, róe, mastica, escupe y tira cosas a determinadas horas dejando por la tarde cubiertas las calles de papeles rotos, cáscaras y residuos incalificables como si hubiese librado una batalla descomunal. El México viejo, a la hora del atardecer, es triste y feo a pesar de sus magníficos palacios coloniales. Hay que escapar de su seno y salir en busca de las Lomas de Chapultepec, de San Ángel o de algunas otras colonias nuevas que presentan horizontes, paz, aire limpio, suelos limpios, casas limpias. En diez minutos hemos pasado de lo oscuro a lo claro. Señal de que hay claro-oscuro.

     México se ensancha, crece de una manera alarmante. Parece que quiere reunir en la capital todas las almas de la república, más las que llegan de Siria. Siguiendo así, México será una ciudad sola en un inmenso país desolado. Y con ello reafirmará su carácter barroco, de gigantesca cornucopia, fuertemente contrastada.

     En el ensanchamiento de México abundan las casitas. Una arquitectura menuda y como de bambalinas o teatro californiano, propensa a toda clase de fantasías, pero sin agresividad, antes bien, con deseos mimosos de halagar a los ojos. Los mexicanos invierten en fincas [10] urbanas su dinero. Casi no hay mexicano que teniendo algún ahorro no tenga casa propia. Constantemente se levantan nuevas colonias o barriadas, cada vez más atendidas de servicios. Esto aumenta los suelos de asfalto y el número de automóviles, que ya es fabuloso. En México se ven más automóviles de lujo que en Nueva York y, desde luego, que en Europa. Cada propietario cambia de coche año por año. Y todo esto contribuye también al claro-oscuro de esta República hecha de rizos de oro y rizos negros.

     *

     Los barrios de la capital fueron colonias en su día, pero hoy forman un todo con el núcleo de la población. Cada colonia de éstas tiene su fisonomía propia. Asi, la Colonia Juárez, por ejemplo, es de la época porfiriana, de la época del dinero, y tiene residencias grandes, de gusto francés, con jardines espaciosos. Sus casas resultan hoy frías y destartaladas en el interior, de techos demasiado altos, semi-sótanos propensos a inundaciones, puertas como para gigantes, carencia de closets, de baños bien acondicionados y otra porción de detalles arquitectónicos que ha conquistado nuestra época.

     Ampliacion propiamente de la Colonia Juárez es el triángulo entre el Paseo de la Reforma y la Avenida Chapultepec, donde están las dos calles más bonitas del México moderno: Niza y Florencia.

     La colonia Roma, lindante con la Juárez, pero algo más separada del Paseo de la Reforma, tiene algo de común con la de Juárez, pero ya hay en ella más mezcolanza. Junto a residencias ricas, casas de pacotilla. En esta colonia hay una plaza de gran sabor romántico. Tiene grandes árboles, canapés de hierro en su jardín central y bastante quietud. Antiguamente se llamaba Plaza de Orizaba, hoy Plaza de Río de Janeiro.

     La colonia Hipódrorno-Condesa, se caracteriza por los parques, el de España y el de México o San Martín, [11] la Plaza de Miravalle y unas cuantas avenidas deliciosas: Sonora, Veracruz, Durango, Tamaulipas y Nuevo León. En ella radica el Edificio Condesa, primer gran edificio de apartamentos levantado en México. Por lo demás, esta colonia está en crecimiento y tiene mucho de ese tipo de casitas falsas que buscan más el preciosismo que la solidez y nobleza de los materiales. La Plaza de Toros está enclavada en esta colonia. Por cierto que se quedó sin revestir y resulta para la vista la primera Plaza yanki del mundo, por ser tan ferretera como el Puente de Brooklyn.

     La colonia Lomas de Chapultepec, se caracteriza por sus residencias con jardines exteriores y por estar en lo mas alto de México.

     Finalmente quiero incluir en este grupo de colonias selectas un pueblecito llamado San Ángel que hace cuarenta años estaba lejísimo y hoy se alcanza en unos minutos. En él hay casonas antiguas de tipo colonial con preciosos jardines y añosos árboles. Junto al pueblo había varios conventos; uno de ellos sigue viviendo gracias al famoso restaurant mestizo de yanki por el nombre, San Angel-Inn, en una de cuyas celdas vivió el poeta granadino D. José Zorrilla cuando estuvo en México.

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V. El Mercado de la Merced

     Es el más importante de la capital. Radica en la parte vieja, en terrenos del antiguo convento que le da nombre. Pero no se ciñe a un ámbito propio, de construcción adecuada, sino que se extiende y derrama por una porción de calles y callejones adyacentes que hacen imposible dominarlo en una visita.

     Los mercados revelan en todas partes muchos pormenores [12] de la población y de la vida, pero éste es particularmente rico en datos de importancia. Lo primero que sorprende es el silencio dominante en todo aquel conglomerado humano que por la índole de su comercio suele ser ruidoso. Ya en otro lugar hemos apuntado algo sobre éste silencio del indio. Como sobre sus modales suaves y finos. En este mercado no se grita, no se canta, no se despide con mal humor al visitante; nadie ríe, nadie pide. Si se invita a comprar, se hace con maneras modosas y tan simpáticas que se siente uno dolorido de no poder acceder a todas las ofertas.

     Antes de penetrar en el edificio matriz del mercado, entre las apreturas de una calle obstruida por barracas, puestecillos, automóviles y peatones, topamos con el hombre del «pajarito de la suerte». La jaula triple, donde tenía a sus tres pájaros amaestrados, merecía una foto porque su forma, su color y adornos eran de un mexicanismo agudo. Esta jaula, pintada de amarillo limón, pequeño mueble rococó, teatrito de singular arquitectura, estaba cubierto con su pequeño dosel de terciopelo para evitar insolaciones a los cómicos pajaritos.

     Para poder avanzar y salir con bien de éste laberinto es preciso un práctico como en las ensenadas difíciles. Sin él, nos pararíamos ante el primer montón de cosas y no llegaríamos nunca a los mejores. Inés Amor, esta mexicana inteligente y activa, nos llevó, a Pedro Salinas, el poeta, y a mí, a un corredor del mercado que parecía el templo de la magia, cubierto desde el suelo al techo con la más rica variedad de plantas aromáticas y medicinales que uno puede soñar, más algún camaleón vivo, algunas alas de murciélago y algunos cuernos de macho cabrío. Delante del puesto número 380 campeaba un cartelón que decía: «Dominga Paredes, herbolaria. Vende toda clase de hierbas medicinales, explicando su procedencia de cada una de ellas. Cura toda clase de enfermedades. Especialidad en venéreas y del corazón». Y en otro, lo que sigue: «Curo la diabetes [13] y la úlcera del estómago, la tuberculosis, la sangre (este nombre acompañado de un manchón carmín) embriagues (así, con s) sin perjudicar el organismo».

     Mil aromas invitaban a comprar. Pero, ¿para qué? La herbolaria nos sacó de dudas: «Para un baño tónico y aromático» Y nos puso en un papelón, varios puñados de estas hierbas: toronjil, hinojo, romero, azocopaque, santo-domingo, pericón, azahar, hoja de higo, ruda, cedrón, rosa de Castilla y manzanilla.

     La experta, la práctica, la conductora Inés nos empujó a otro corredor lleno de encanto, pasando sin detenernos ante los puestos de chiles variadísimos en tamaño, colores y calidades. Este otro corredor estaba especializado en objetos de caña, paja, petate, jarcia, junco y madera. Es decir, en canastos, cestas, sillas, anaqueles e infinidad de variantes.

     A partir de este segundo corredor, ya no pude ordenar mis observaciones. Sólo puedo decir que salimos a una calle, a cuyo fondo se veía una extrañísima iglesita barroca llamada del Cristo de Manzanares, donde había patibularias y sucias imágenes entre centenares de lamparitas de aceite, paredes renegridas y altares sin lienzo. Sé que tuve en mis manos «ojos de venado», secos y adornados con hilos y cuentas de plata, útiles contra el mal de ojo, y manitas de azabache que vendían las mismas mujeres para el mismo fin. Sé que observamos las llamadas «Encomiendas», que son portales para mercaderes, y notamos que en el interior de todas ellas lucían altarcitos con su correspondiente lámpara encendida. Sé que pasamos cerca del «Callejón de la pulquería de Palacio» y que nuestros ojos se colaban por puertas con vistas a corredores super-holandeses donde flameaban los lienzos colgados a secar y se movían mujeres y niños, entre hombres apoyados en bultos de mercancía. Dando vueltas por puestos de frutas ricas y bajo letreros y muestras de tiendas pintorescas, objetos brillantes y mates, coloreados o desvaídos, fuimos a parar [14] a unas barracas donde vendían soldaditos de plomo o apetitosos dulces más visitados por las moscas de lo que era menester. Pedro Salinas goza con todos los productos menores del pueblo artista y se detuvo a comprar chácharas plumbíferas y de barro. Compró soldaditos, navíos, hileras de indios guerreros de plomo y todo un bestiario de diminutas flgurillas arcillosas tan toscas como gráciles. La vendedora nos ofreció unos banquillos muy bajos para poder examinar sus géneros extendidos en el suelo. Y Salinas exclamaba a cada momento: «¿No es un encanto comprar así, en plena calle, sentado bajo un toldo y sin prisas ni abusos?» Todo el papelón lleno de figurillas costó noventa y cinco centavos.

     Nuestro examen final fue el de los dulces. La dulcería es en México un tema tan cabal y tan extenso que tardaré varios años en medio documentarme para poder abordarlo. En este momento baja de su motocicleta un militar, compra un dulce hincado en un palillo, se lo pone en los labios, monta otra vez y arranca veloz. Nuestros ojos escudriñan, saltan y comparan buscando los dulces más seductores de forma, color y jugosidad. Entre los puestos andan o duermen los perros. Hay dulcerías de estas que preservan sus confituras con vitrinas, otras no. Despachan mujeres de abundantes carnes, que mientras no tienen parroquianos, amamantan a sus chamacos. El colorido de los puestos es variado pero, por si no bastan los colores de los dulces, cuelgan de las paredes abigarrados cartones de lotería con premios en juguetes entre tiras de plata y oro.

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VI. Tres Ademanes

     Dentro de la serie de ademanes que tiene el hombre para evitar palabras o para subrayarlas, hay algunos [15] que son exclusivos de una raza o nación. En México veo tres ademanes nacionales o propios que son los que doy en diseño para su mejor comprensión. El ademán Nº. 1, significa dinero (pesos); el Nº. 2, unidad mínima de tiempo y de volumen; el Nº. 3, acción de gracias.

     Cuando un español quiere significar «dinero» valiéndose de la mímica, frota repetidamente la yema del pulgar contra el índice.

     Este ademán, que es ante todo movimiento, como si fuésemos pasando una por una las monedas, se usa también en México pero no es el típico. El ademán mexicano es mucho más sobrio y contundente, consiste en abrir ciertos dedos de modo que evoque la forma del peso. Es un ademán estático.

     Cuando un español quiere decirle a otro, valiéndose de la mímica, que espere un poco, tiene que acudir a una serie de movimientos aproximativos: con la mano hace un signo de detener o aguardar y, con la expresión del rostro y el movimiento de la cabeza, una especie de súplica confirmativa. Total, movimientos y poca sobriedad. El mexicano, en cambio, no tiene más que estirar paralelamente dos dedos dejando entre ellos un pequeño espacio. Ademán muy plástico, muy sobrio y sin dinamismo.

     Finalmente, cuando el español quiere agradecer algo pronuncia las «gracias», la cabeza. En cambio, el mexicano que acompañándolas con un asentimiento de agradece un cigarrillo, por ejemplo, no tiene más que levantar la mano abierta, darle un giro de un cuarto de círculo y afirmar esta postura. [16]    

     En éstos tres ademanes mexicanos hay la nota común ya dicha, expresividad estática, lo cual hace pensar en el hieratismo de las razas asiáticas. Pero vemos además esto otro: que el mexicano consiguió sus ademanes propios para estas tres cosas, el dinero, el tiempo o el espacio, y la cortesía.

     Lamento profundamente no conocer los ademanes propios de cada país para establecer aquí esos paralelismos que tanto me aclaran las maneras de ser de los pueblos. Hacer con los ademanes lo que con las bebidas, una «ademanología comparada».

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VII. Alcohología Comparada

     Los países pueden ser definidos por sus bebidas. Basta decir, el país del Chianti o del Vermouth, para saber que hablamos de Italia; el país de la cerveza, el del champagne, el del Oporto, el del Tokay para saber que aludimos a Alemania, Francia, Portugal y Hungría.

     Una tendencia asociativa natural en el hombre, le lleva a establecer enseguida relaciones entre los rasgos del carácter popular y las bebidas que fabrica y consume. Así, la manzanilla se considera el vino más alegre del mundo, pero, además, resumen del genio andaluz. Es vino de jarana, baile, castañuelas, guitarras. Es vino de algazara, de rumbo y generosidad. Su polo opuesto en Europa sería el whisky: que se bebe en silencio, sin paladeo, ni derroche. Se diría que es bebida de egoístas, solitarios y tacaños. Es bebida de corrección, de salón, de juego de naipes, frente a bebida de frenesí, de patio, merendero y tasca, para ver y gritar, no para discurrir y callar. El whisky es la bebida de los países que no saben hablar, que no son elocuentes, en tanto que la

manzanilla [17] es de un país que charla por los codos, piropea y hace chistes.

     Yo no creo que las bebidas formen lentamente el carácter; más me inclino a pensar que el carácter de la gente como el carácter de las bebidas provienen del suelo y del cielo donde se crían. Si la cerveza influyera en el genio del pueblo, todo el globo sería teutón y estúpidamente «nazi», con lo extendida que está hoy en el globo. ¡Buen porvenir nos esperaría también con la Coca-Cola!

     Influya o no influya, lo que sí parece verdad es que hay cierto paralelismo entre las bebidas de un país y su gente. El genio del vodka se parece al genio del ruso, hasta el punto que no puedo pensar en una copita de vodka, sino en millones de copitas iguales, todas de concentrado alcohol, y no puedo pensar en un Dostoieusky, sino en millares de Karamazov. Y al decir vodka pienso en Dostoieusky, como cuando digo este nombre pienso en el vodka.

     Sé que en esto hay un espejismo. Sé que lo uno me recuerda a lo otro no porque entre ambos exista verdadera equivalencia, sino porque el gran novelista ha llegado a ser un exponente, como el vodka, del pueblo y del genio rusos.

     Viene a colación todo esto porque comencé a darle vueltas a las bebidas típicas de México: el pulque, el mezcal y el tequila. De lo poco que yo pudiera decir de ellas, lo más exacto sería esto: que el pulque es la bebida chabacana y que el mezcal y el tequila son destilaciones muy parecidas al vodka.

     Dejemos a un lado lo que este parecido nos sugiere inmediatamente, la similitud política. Es muy posible que un día se pueda decir: si el vodka y el mezcal son primos hermanos, tiene que haber un grado de parentesco igual entre mexicanos y rusos. Tal vez por lo que haya de asiático en ambas razas.

     Entretanto, nos contentaremos con afirmaciones más concretas. El pulque tiene su templo, la Pulquería, cosa que no tienen el mezcal ni el tequila. La pulquería [18] es la tasca especializada en despachar pulque. Y en la pulquería no entran más que los borrachos de ínfima clase. Resulta, pues, un templo que hace la selección al revés.

     En las casas honestas, no entra el pulque. Es una bebida casi clandestina. Y se habla de pulque bueno y malo, siendo este último el que abunda.

     Cuando llega uno al país, le advierten que no le va a gustar, porque se trata de una bebida espesa y blanca, más que lechosa, mucilaginosa. Tanto le dicen a uno de su desabrimiento y de sus consecuencias que se acaba por cobrarle miedo. Yo lo he bebido dos veces y, según me afirman, ninguna de ellas he bebido el legítimo, porque se trataba de pulque curado o qué sé yo. El hecho es que lo bebí con cautela y que ni me pareció tan bravo ni tan desabrido. Más bien me supo a un agradable refresco. Aquello, y en la dosis que se nos dio, no era nada temible, ni chabacano. Indudablemente lo que bebe la gente sin control debe de ser más violento.

     De todos modos tienen en México una bebida populachera, viscosa, pegajosa, glutinosa y que a la larga induce a la locura; más dos bebidas casi iguales, el mezcal y el tequila, alcoholes muy altos y secos derivados de la pita. Total, productos de nopales.

     México no tiene vinos, en realidad. Tiene buena cerveza, pero lo suyo, lo genuino, son las bebidas indicadas. Y ellas son cosas serias. Son secas, duras, concentradas, o viscosa, pegajosa, glutinosa, es decir, con genio escurridizo, dulzón y maligno.



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VIII. Notas para un Léxico de la Embriaguez

     Estuve informándome estos días de los calificativos que usa el pueblo mexicano para señalar el estado de [19] embriaguez. Si a la lista conseguida se añadieran los sinónimos españoles, no acabaríamos nunca.

     Figura en primer término el sustantivo zumbo. «Estar zumbo y tener una zumba de pronóstico reservado». Viene luego el sustantivo chispo, el cual me recuerda que en los giros de nueva invención del pueblo prefiere usar el sustantivo en vez del participio; antes hubiéramos dicho «estoy achispado». Véanse otros casos: Fulano tenía un trole. Zutano está chuco, o zutano tenía una chuca; aquel amigo andaba jalado (este es un caso de participio); aquel otro traía un candado padre; mengano llevaba una bimba; perengano estaba a medios chiles y su compañero a media bolinia; el camarada tenía una borrachera de quiniela, (o sea de combinación, v. g. alcohol y mariguana).

     Hay giros de muy distinto valor plástico. «Traía una borrachera de trapeador» es, por ejemplo, tan evidente y tan mexicano, que desde luego vemos al individuo convertido en un trapo húmedo y zarandeado como los que sirven para fregar el suelo, es decir para trapearlo, porque aquí no se friega como en España generalmente. Cuando se dice de un individuo que «es muy pita», es que se le compara con esta planta por la cantidad de líquido embriagador que es capaz de almacenar. Pero de todos los giros que han llegado a mi conocimiento, los más agudos me parecen estos tres: «Ganar altura», «Agarrar vapor», y «Estar cuete». Los dos primeros, inspirados por la mecánica y, el tercero, por la pirotecnia. El más feliz de todos es el último y por eso es el más usado. Estar en estado de cohete es, en efecto, la realidad del borracho. Su ser parece que vive entre detonaciones y explosiones incoherentes e irregulares. Siente como un tirón de acá y otro de allá que se le convierten en relámpagos. Se siente capaz de un viaje raudo, se lanza a la acción con ímpetu como el cohete y como éste llega a un límite en que se cae, en que azota, como dicen en México. [20]



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IX. Frutos Exóticos

     El fruto más pulido, más comedido, más bien educado que yo conozco, es el «aguacate». Viste un pellejo liso y negro como de hule fino. Tiene un solo hueso o semilla, casi tan grande como el total de su cuerpo. Y la carne es una mantequilla verdosa que no se adhiere al hueso. No tiene, pues, jugo que chorree, dureza que esquivar, acritud ni dulzura excesivas. Se le toma en el plato, se le hace una incisión en redondo, se tira de las medias cápsulas, dentro de una de las cuales queda el hueso, y se expulsa a éste apretando un poco la media fruta que lo retuvo.

     Lo más opuesto al aguacate, es el «mango», fruta chorreosa, sumamente rica en jugo y con una carne que apenas puede separarse del hueso. Las adherencias de su carne son tales que para poder darme cuenta de cómo era la semilla tuve que rasparla y dejarla secar. Entonces obtuve una especie de lengüeta peluda. Estos filamentos o nerviecillos del mango se notan al morderlo. Pero si no hincamos en su carne los dientes, sino el pincho especial, y le cortamos sus lomos con el cuchillo, gustaremos de una fruta fresca, blanda, jugosa, sabrosísima y de un color alegre, amarillo cálido.

     La más exótica o extraña por su color es la fruta llamada «zapote prieto». Bajo una lisa, delgada y verde vestidura, una carne negra que ha de batirse para servirla en los platos. La primera vez que le presentan a uno este riquísimo postre natural, se resiste a comerlo, porque los manjares negros no avivan el apetito a través de los ojos. Ocurre lo mismo con los calamares en su tinta, comida negra que luego gusta tanto. La pulpa negra del zapote prieto, una vez aceptada por la razón, es, [21] para el paladar, de una consistencia tan leve y espumosa como la del merengue.

     Queda por ver cómo es el «mamey». Oval y alargado como el mango, pero de corteza color de barro seco. Una vez que lo abrimos en canal, nos enseña un interior de color rojo llameante. Como bajo su corteza la Tierra, tiene el mamey fuego bajo la suya. Y esta carne no rezuma líquido libre; y es apelmazada, para ser extraída con cuchara.

     Al pensar y escribir de estas cuatro magníficas frutas exóticas, padece la pluma una tentación: la de adentrarse en algunos de los ubérrimos mercados de México capital, especialmente en el de la Merced, que abastece a todos. Pero, a los mercados como a las ferias, a las verbenas y todo lo que sea barullo voy rara vez. Y bien sabe Dios que me gustaría poder describir aquí una de las más lindas pequeñeces que encierran: la variedad de semillas para pasto, refrescos, infusiones, emplastos y demás, cuyas calidades fascinan al pintor. Pero, después de las semillas reclamarían su lugar las yerbas medicinales o de simple recreo que aquí son muchas y para los más variados dolemas, según los indios. Y después tendría que ocuparme de los hechiceros, de la hechicería, que se sigue practicando. En los periódicos de hoy (7 de agosto) se puede leer en grandes letras: «Hechicero linchado en Ojinaga».

     Pero no es correcto patinar o dejarse ir en alas de las asociaciones emergentes en una nota como ésta. No pensemos en el mercado de la Merced. Evitemos el barullo y regresemos al frutero que teníamos delante con las cuatro frutas escogidas.

     El aguacate nos hace pensar en una raza blanda, de muchas «eles» y «tés», de pocas «erres».

     El mamey nos hace pensar en una raza cálida y concentrada. El zapote prieto nos hace pensar en una raza oscura, leve y fina.

     El mango, en una raza lujuriosa. [22]

     Con el aguacate se comprenden estas palabras: «Popotla», «Tlanepantla».

     Con el mamey se comprende la hoja diaria de los crímenes.

     Con el zapote prieto se comprende la finura ingrávida de la indita.

     Con el mango se comprenden la hamaca y los ojos brillantes.

     *

     ¿Y con la «papaya», qué se comprende? Te has olvidado de la fruta que tomas cada día en el desayuno, me dijo la voz de la conciencia.

     Con la papaya se comprende la buena digestión. Su nombre parece compuesto por un chico o por una raza balbuciente. Es fruta que no seduce por el olfato, sino por el paladar. Con unas gotas de limón, es exquisita. Se diría que es hermana del melón, pero es opuesta a él por la carencia de rico aroma y por su virtud estomacal.

     ¡Viajero! ¡Desayúnate con papaya!



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X. Las Diminutas Pulgas

     Cada vez estoy más convencido de que descubrir lo bueno en algo es más difícil que dar con lo malo. Por esto voy censurando o criticando menos. Sin duda han sido precisos treinta y cinco años de oír hablar mal de todo para que me decida, definitivamente, a buscar en las cosas y en las personas la virtud, no la deficiencia.

     Es, sin embargo, imposible para mí descubrir la virtud de la pulga. Sé que existen pieles humanas y sangres humanas inmunes para el lancetazo de este animalito inyectador de rasquiña. Animalito nacido para embutir [23] extracto de picazón, esencia de irritación. Pero hay media humanidad tan sensible a sus jeringazos que se amedrenta y huye de los focos pulgares como de las selvas o viveros de leones. Yo estoy dentro de esta media humanidad que enloquece ante la «pulguitis». O mi sangre tiene más que otras de la substancia que gusta a estas fieras, o yo tengo -como delata mi color sanguíneo- muy a flor de piel la sangre que las pulgas aman tanto.

     El resultado es que no vivo tranquilo desde julio hasta octubre, que es el período de las lluvias en México, o de la resurrección de la pulga. Porque ésta, como los Dioses, disfruta de la resurrección anual. En los finales de un septiembre, hice un viaje a Veracruz que fue el más amargo de mi vida. No fue noche toledana la del pullman, sino pulgona, pulmangona. Pero allí también encontré un remedio. Un remedio que ahora, para estamparlo aquí, se lo he pedido por el teléfono a la señora que me lo dio:

                               Alcohol................................50 grs.
Ácido Salicílico...................1 gr.
Alcanfor...............................1 gr.
Mentol..................................1 gr.

     De nuestra conversación hay algo todavía aprovechable. La señora, cuyo hijo es médico analista, me insinúa que acaso tenga yo azúcar en la sangre y que debiera analizarla. Yo le contesto: ¿Quién sabe si es azúcar lo que ellas buscan? Atribuimos a su paladar los gustos del nuestro. -Bueno, agrega, si va Ud. a escribir sobre ese asunto no se olvide de que aquí vestimos a las pulgas. ¿Las ha visto Ud.? Le voy a regalar una. Son «rechistosas».

     -No, gracias, la simple vista me incomoda.

     -Pero... Viéndolas acabará Ud. con esa superstición. [24]

     -¿Cómo superstición, señora? Es picazón e irritación. Son ronchas, y muy palpables. No se trata de un sueño. ¡Ojalá!



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XI. Las Juguetonas Industrias Populares

     Tengo delante una serie de figurillas de cristal soplado que me invita a considerar este mundo juguetón de las artes populares, rebosante siempre de ternura infantil. Son figurillas de caballitos. La mayor tendrá unos dos centímetros de alta, y la menor el tamaño de un mosquito. Me cuesta trabajo el mover esta última entre las yemas de mis dedos y no acierto a encontrarle un punto de vista satisfactorio. Tampoco otro sentido que el de jugar. El de jugar haciéndola.

     Esta figurilla me confirma en el amor asiático que los mexicanos sienten por la menudencia, notable lo mismo en las artes mayores que en las menores, en la cocina que en los modismos del habla. (Minimun pro magno placeat tibi.) El «espera tantito» obedece al mismo nerviecillo motor que aquella figurilla de cristal o que la tostadita aderezada con filamentos de carne y de vegetales, o que los cuadros de Guerrero Galván o del mismo Rivera. La menudencia en las artes mayores mexicanas se acusa en el amor al detalle.

     En todas las industrias populares de México se descubre el mismo preciosismo meticuloso, detallístico. En la máscara de ónix matizada con piezas mosaicas de varios colores, en las calabazas pintadas, en las jícaras de laca, en los tejidos de fibra, en los bordados de las prendas de vestir, en la orfebrería, en los sarapes y rebozos, en los cofres pintados, en las tallas de cuerno, en los grabados sobre cuero, como petacas, bolsas, carteras y monederos.

     Un decidido amor al juego menudo de la línea y del [25] color hay en todo lo popular mexicano y por eso llamo juguetona a la industria popular.

     Estos días he tenido la suerte de ver un mapa que pone ante los ojos gráficamente la geografía de las artes populares en el país; los focos de producción y las especialidades de cada Estado. Este mapa es más elocuente que muchas páginas de literatura. En él veo que la producción radica en el centro de la República, pues ni Sinaloa, ni Chihuahua, ni Coahuila, ni Durango, ni Zacatecas, ni Aguascalientes, ni Guanajuato, ni Querétaro, ni San Luis Potosí, ni Nuevo León, ni Tamaulipas, Estados norteños, son industriosos en este sentido, ni tampoco los del sur, o sean, Tabasco, Campeche, Quintana Roo y Yucatán. Hay una excepción, la de Sonora, que produce allá en el norte los sarapes mayos.

     Según el mapa, Nayarit contribuye con sus bolsitas de finos adornos geométricos, al gusto de los indios huicholes. Jalisco produce cerámica y sarapes. Michoacán, cerámica y lacas. México, petates, cerámica, tejidos, sarapes y vidrios soplados. Hidalgo, tejidos de fibra y de lana y canastas. Veracruz, huipiles y quexquematles. Chiapas, calabazas pintadas. Oaxaca, sarapes, cerámica, tejidos y huipiles. Guerrero, objetos de plata, cerámica, máscaras y lacas. Puebla, cerámica, vidrios y sarapes. Tlaxcala y Morelos, cerámica.

     Observando la cantidad o variedad de objetos que produce cada Estado, resulta que el de México está a la cabeza, con cinco especies, siguiéndole Oaxaca y Guerrero con cuatro, Hidalgo, Jalisco y Puebla con tres, Michoacán y Veracruz con dos, Nayarit, Chiapas, Morelos y Tlaxcala con una. Y con una también Sonora, ese foco del norte que extraña por lo solitario. [26]



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XII. Frases Sueltas del Dialogo Mexicano

     -¡Óigame Petrita!

     -Mande.

     -Háblele a la Sra. Lupe por teléfono.

     -Con permiso.

     -Pase.

     -Bueno... quiúbole... ¿Qué tal?... ¿Cómo ha estado?... Todavía no viene... Estoy medio malo... Qué flojera... Tantita leche... Sí, a Salvador le cayó chamba... Figúrese no mas... Pues sí, figúrese que a la tía Chela la corrieron de su casa y tuvo que salir con todo y perico... Sí, con todas sus chivas... La pobre... tan mona... Ella dice que la quisieron ningunear... Bueno... nos vemos... Hasta lueguito... ¡Cómo no!... ¡Pues, sí!

     -Imagínese no más, comadrita. Como yo estoy muy empolvada en francés...

     -Pero... ¿Cómo así comadrita? ¡No me diga! Con toditito lo que pasó en Francia.

     -Pues sí comadrita, a l'hora de l'hora naditita le sirve a uno. El asunto entró en receso. Y mi cuñado se hizo guaje. Que vino la de malas, comadrita.

     -No me diga... Pero su cuñado está como para «La Castañeda».

     -Eso mero digo yo. Y su mujercita, la muy babosa, todavía les regala chácharas... Sus guarachitos, sus casimires...

     -Ay, Virgen Purísima... Y, dígame, comadrita, el compadrito ¿no viene siempre?

     -Hasta el mes de diciembre viene. [27]

     -¡Qué relajo, comadrita!

     -Pues sí. Ya estaría de Dios.

     -Se ha fijado usted, comadrita, ¿en qué fachas se va presentando la señora Lucha?

     -Cállese, comadrita... Con todo y ser de muy buenas familias... Pero la pobre se da unas trajinadas, que azota.

     (Aparte) Óyeme, hijita, no te caigas, que esta escalera es muy parada.



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XIII. Pinceles y Palabras

     Ahora ya sí podría pintar cosas mexicanas, aunque me encontrase en Noruega, sitio lejano en el espacio y en el color local. Pero, ¿para qué pintarlas? México ha tenido ya su intérprete pictórico: Diego Rivera. En la fecunda labor de este hombre quedan prendidas las características del país, desde su cielo, sus bosques y sus montañas, hasta sus albergues, sus tipos humanos genuinos, sus trabajos y sus vestimentas.

     Rivera es una enciclopedia plástica de México. Voy viendo que en él está todo lo que se puede captar con los ojos. Tal vez esto sea demasiado decir. Pero es que no pienso ahora más que en las cosas de gran volumen y significación. Con los ojos se captan, se han captado, aspectos sutiles, materiales y espirituales, que nada tienen que entrar en la obra ciclópea y enciclopédica de este pintor. Aquel modo de captar y aposentar la luz en los objetos que tenía nuestro gran Zurbarán, o aquel modo de desentrañar y obtener con el pincel las calidades de las telas, tan propio de Velázquez, no caben en un estilo simplificador como el de este mexicano que lleva por nombre de pila el del gran andaluz y por apellido el del gran valenciano.

     No era mi propósito escribir ahora sobre Diego Rivera, [28] sino sobre la capacidad con que me encuentro, al cabo de año y medio de estancia en México, para evocar rápidamente una serie grande de signos mexicanos, es decir, de datos plásticos, como casas, caminos, pueblos, perfiles y rostros, fiestas tradicionales, canciones, indumentaria, etc. Y en este etcétera se incluye el lenguaje, los modismos, la fonética y toda la gramática. Porque el carácter mexicano se ha impreso en todas estas cosas, como puede ver cualquier español al oír una película mexicana.

     Cuando yo decía que ahora podría pintar cosas de México aunque me encontrase en Noruega, no pensaba en el pintar con los pinceles, sino con la pluma, o sea, en evocar con la palabra las apariencias de este país semi-español y semi-asiático. Pero, claro es, la palabra «pintar» me condujo a su terreno propio y escribí de Rivera, pintor el más representativo de esta República por haber sido el asimilador máximo de ella.

     Los pinceles, sin embargo, son impotentes para fijar ciertas cosas. Por ejemplo, la levedad escurridiza del indio. Esto sería, en cambio, captable por el cine. Y desde luego, por la literatura. Si yo escribo que la realidad, no urbana, sino campesina de México es una selva montañosa por donde se desliza a pequeños saltos de pie desnudo una figura humana enteca y atezada que lleva sobre las espaldas un voluminoso bulto, consigo una imagen más completa que la pintura, porque con la palabra evoco el movimiento de la persona, mientras que el cuadro me da una imagen estática de ella.

     Si yo digo que los inditos reunidos en la plaza de su pueblo en día domingo no alborotan, sino que observan una gran quietud y un gran silencio, consigo más que con la pintura, porque el silencio no se puede pintar.

     Si yo digo que el «borrachito» hace musarañas con las manos y trenzas con las piernas en su caminar vacilante, como sobre nubes y lleno de nubes el cerebro, consigo más que con los pinceles. [29]

     En cambio, los pinceles pueden más que mi palabra si se trata de hacer muy palpable la relación proporcional entre una casa y un indio, o entre las facciones de este último o los detalles arquitectónicos. Yo no puedo definir con tanta justeza como el dibujo la inclinación de un labio azteca en relación con la nariz, ni el espesor de los labios ni la oblicuidad de los ojos.

     Cada profesión cuenta con sus instrumentos propios, quiero decir, y para obtener una visión o reflejo completo de un país tendríamos que armar un artilugio a base de cine, pero con muchos más elementos o instrumentos porque para esa visión completa tendrían que aportar sus datos la política, la economía, la psicología, la estadística y otra porción de cosas que ni son plásticas ni amenas.

     Hasta hoy lo que más se acerca a este artilugio es el libro. En él, como en un saco, cabe todo. Y el libro se puede escribir donde sea si previamente hemos cargado la cabeza con abundantes noticias.



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XIV. El Hombre Acurrucado

     Hay en todas las tiendas de objetos típicos mexicanos una figurilla que acaba uno por considerar representativa: un indio sentado sobre sus talones y con la cabeza perdida bajo un sombrero muy generoso de copa y de alas. La profusión de esta figurilla, ejecutada en diversos materiales, tecali o alabastro rosa, blanco y verde, maderas claras y oscuras, barro esmaltado, hace pensar que ha tenido éxito. ¿Estamos ante un hallazgo simbólico? De su valor artístico no quiero ocuparme.

     Este hombre acurrucado, que hunde o aprieta su cara contra las rodillas, ¿duerme o piensa? ¿Es que no le interesa el mundo que le rodea? ¿Es que le gustaría [30] sumirse en la sombra del sueño eterno? Una serie de preguntas parecidas acuden al ánimo como inquisidoras del misterio. Porque en esta actitud del indio se reproduce el mismo enigma que en ciertas figuras hieráticas del arte chino. El hombre acurrucado es un Buda sin jerarquía. Un Buda rebajado, venido a tierra, en guaraches o a pie desnudo, empobrecido, famélico, tal vez embriagado de pulque.

     La postura no ha tenido que ser inventada. Se ve en todas partes, sobre todo en los pueblos. Es la que adoptan los indios. Y basta una ligera variante para que puedan comer o platicar. Basta con que levanten la cabeza. Un europeo no comprende cómo pueden sostenerse en ella horas y horas. Lo que para el indio es descanso, para él sería tormento.

     A poco que se medite sobre esta postura, va penetrando uno en terrenos más y más interesantes. Ella está unida a la quietud, a la pasividad, al ensimismamiento. Surge otra vez la imagen del Asia, fenómeno frecuente en México. Y vemos palpablemente la diferencia que nos separa. Europa no puede ser quietud, ni pasividad. Todo europeo es un foco más o menos grande de ebullición. No se contenta con lo que es, ni con lo que tiene. Busca sin cesar la mejora de su situación y la mejora de los útiles y herramientas para la vida. Y quien dice Europa o europeo, piensa en su civilización. Tal vez podríamos llegar a definir la civilización europea como «voluntad de vivir en marcha perpetua». Es decir, lo contrario de acurrucarse, de amodorrarse o hundirse en la pasividad.

     México no equivale a hombre acurrucado. Está muy lejos de mi ánimo sentar esta equivalencia. Pero, para llegar a la visión de este país, hay que tener presente tal postura como un índice étnico sumamente importante. Porque, pensemos en que lleva Europa volcando su gente sobre América cuatro siglos, y a pesar de esto, hay acá todavía una pasividad asiática que le importa un bledo «la puesta en marcha». Yo diría que aunque se [31] levante el hombre acurrucado y se decida a trabajar, lo hará sin convencimiento. Podrá llegar a convencerse de que sin trabajo se muere de hambre, pero no de que el trabajo reporta algo más que pan.

     Hasta que el hombre no se entera de que el trabajo es alegría, hasta que no goza con su trabajo, con su creación, no está plenamente civilizado a la europea.

     Es muy grato acurrucarse, tal vez hay también una verdad humana en esa postura que desdeña la acción a favor de la consunción por pasividad. Pero está muy lejos de nuestro estado de cultura. Al contemplarla nos acordamos del lagarto, del gato y de otros seres sensuales que se inmovilizan bajo el sol cariñoso como convencidos de que todo lo demás es mentira.

     En mi España, precisamente por el legado oriental, quedan bastantes seres modorros. Allí se recuerda todavía esta famosa copla:

                              Cuando me pongo a pensar
que me tengo de morir,
tiendo la manta en el suelo
y me jarto de dormir.

     Y entre las muchas salidas geniales de Unamuno durante nuestras campañas europeizadoras de este siglo, recuerdo aquella de «hay que africanizarse». Cosa que nunca creí. Y que hasta me sonaba a falsa en él. Como reacción, por resentimiento contra Europa.



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XV. El Hombre que Tañe y Canta

     Mi primer encuentro con la música indígena fue en un hotel. En la habitación de un hotel. Tocaba y cantaba un mozo de Taxco amigo de una gringa. Después [32] de la segunda canción, le dije: «Lo que yo quisiera oír es algo más indígena. Yo, que no sé nada de música, noto en estas dos canciones mucha cadencia italiana y creo que debe haber aquí algo más puro o genuino». Mi observación no le gustó al juglar, cuyo repertorio por lo que fui viendo era todo de la misma índole. A la gringa le enternecían y no paraba de pedir más; pero yo acabé aburriéndome.

     A los pocos días me vi en una fiesta de pueblo sumamente pintoresca. Era mi segundo encuentro con el hombre que tañe y canta. Tampoco esta vez di con lo que buscaba. Pictóricamente no podía pedirle nada al cuadro. En un jardín, ante las ruinas de un antiguo convento, los aldeanos vestidos de limpio, como en domingo, oían también en silencio, las dos bandas que tocaban alternativamente. El director de una de ellas dirigía con una mano y tocaba con la otra el cornetín. De color era una maravilla el conjunto: los sarapes de azul plomizo y los blancos de los calzones y las chamarras uniformaban a todo el pueblo. Luego, los grandes sombreros pajizos y el color de las carnes. Y luego, en fin, los labios gruesos, las blanquísimas dentaduras y, lo más importante de todo, los ojos. Los ojos mexicanos -aún teniendo en cuenta su gran variedad- tienen para mí una nota de fogosidad apretada que los distingue de los ojos más frecuentes para mí, que son los españoles, e incluso de los ojos orientales que yo conozco. Y esta fogosidad apretada es la que yo iba buscando en la música del país. Ulteriores encuentros con el hombre que tañe o canta, o con la mujer que se contonea al son de la música, me han ido aportando aquel algo que yo echaba de menos.

     Alguna vez, al entusiasmarme con una pieza de música, me tienen dicho: «¡Ah, pero eso no es popular, eso es de fulano y muy reciente!» Otras veces, me dicen: «Pues, quién sabe de dónde vendrá eso».

     Y es que en la música de México, popular y populachera (para distinguir lo popular profundo de lo [33] popular frívolo y en boga) hay que apartar mucha melodía de acarreo, mucha variedad de influjos. Lo interesante para un folklorista es ir buscando entre la maraña de influencias la raíz indígena y la raíz colonial de larga raigambre.

     Hoy, después del año y medio que llevo aquí, me afirmo en una percepción de los primeros tiempos, a saber, que lo popular mexicano del hombre que tañe y canta, tiene mas brío que lo cubano, lo argentino, lo chileno o lo boliviano oído por mí. Las canciones indígenas del sur de América siempre me han hecho la impresión de que se aflojan y caen al final de cada frase, en tanto que las españolas y las mexicanas se yerguen o levantan. Yo no sé si el canto solitario del indígena en sus noches desérticas, arrebujado en el sarape, la tilma, o el jorongo, tendrá la melancolía infinita de las canciones bolivianas. Pero no es la melancolía lo que yo señalo al decir que lo sudamericano es lacio en sus finales de frase. La melancolía se da en las canciones populares de todos los países. De modo que aunque no conozco ese canto de la soledad campestre, creo que puedo afirmar el parecido extraordinario de lo mexicano y lo español.

     Otra cosa curiosa para el viajero no especialista en música, es la fama de andaluza que tiene aquí la región tapatía, y ver que, en efecto, ella es un foco de bailes, canciones, mujeres de grandes ojos y varones un tantito embusteros, como en Andalucía. Yo no sé si hacerme eco de esta aseveración pública, la cual añade que si el oriundo de esa región gusta de mentir es para cosas de poca monta y como por inocente diversión.

     Lo que no cabe duda es que en el Jarabe tapatío hay un garbo, un fuego, una tenacidad levantada que le apartan de esos sones claudicantes: lo cubano y lo argentino.

     ¿Cómo se empareja esto con lo que dije del hombre acurrucado? ¿Cómo hermanar la pasividad con el dinamismo? En esto como en muchas otras cosas está el [34] misterio de México. Tal vez se deba a la inyección española de otros tiempos. Porque resulta que el mexicano es en algunas cosas más español que el español. El guitarrista mexicano anda por la calle con su guitarra, lo cual es insólito en mi país.

     Lo que no veo en México, es aquella fabricación al alimón de ataúdes y guitarras en el mismo establecimiento, tan frecuente en España. Costumbre que hace pensar en el íntimo enlace que para el pueblo tienen la muerte y el amor.



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XVI. Volcanes y Lagunas

     Damos por supuesto que todo el mundo considera muy patético vivir al pie de un volcán por el peligro latente que representa. Sin embargo, no es tan fiero el león como lo pintan. Y las dos moles volcánicas próximas a México son por su belleza y su grandeza, la tentación de los pintores paisajistas.

     El Popocatepetl y el Ixtlazihualt son dos promontorios ingentes anclados como inmensos trasatlánticos en una laguna gigantesca desaparecida. Uno es empinado como un cono, si se le mira desde las Lomas de Chapultepec, y, el otro, alargado como un prisma tendido. Tal vez por estas formas o posturas, la gente les otorga sexo masculino al primero y femenino al segundo. El «Popo», además, para subrayar su varonía, fuma de vez en cuando su cachimba. Mas el penacho de humo ligerísimo nos intimida tanto como el de la chimenea de una casita en mitad del campo. Todos sabemos que sus entrañas hierven y que los designios de Dios son arcanos, pero su amenaza latente se disipa ante la majestad de la mole.

     Tanto el «Popo» como el «Ixtla» se complacen en ser mexicanos, se sirven de las nubes como de rebozos y [35] zarapes. Uno y otro tienen sus cúspides nevadas durante casi todo el año, y las nubes carecen muchos días de aliento para remontarlas, quedando así como a la altura de sus cuellos superrealistas.

     Infinidad de veces se nos presenta el «Popo» vestido de volcán japonés o chino de esos que vemos en las tarjetas acuareladas, donde las cimas blancas se destacan nítidas sobre un cielo añil y la base se esfuma en tenues grises, dorados y blancos.

     Este chinismo o japonesismo del «Popo»contribuye a pensar en las raíces asiáticas de México. Muchas veces hemos rozado este tema, sobre todo, al contemplar las caras indígenas. Unas nos parecían egipcias o gitanas, otras mongolas, otras indúes y otras de familia chinesca. La palabra «chino» se aplica en México, además, a muchas cosas y aspectos, como si el mexicano llevase en la subconciencia algo que no conoce, pero barrunta o presiente. Así, del pelo ensortijado, se dice que es chino y de la piel erizada o en carne de gallina se dice que «está chinita» o «enchinada». Existe, por añadidura, la «china poblana», o mujer típica de Puebla, con sus vistosas ropas, nada chinas por cierto.

     El chinismo o japonesismo del «Popo» lo ha comprendido algún pintor paisajista mexicano, pero no el extranjero que quiso levantar una colonia en sus faldas. «El Popo Park». Sólo a un teutón se le ocurre edificar casas de gnomos y de leyendas nebulosas, casas pesadas y alambicadas, de aquel mal estilo germano de principios de siglo, en un paraje de sabor y color orientales.

     Este chinismo del «Popo» cabe enlazarlo con el de la región tarasca. Al escribir de Pátzcuaro señalé ya el sabor chino-japonés de la toponimia. Alguien me dijo allá que los japoneses comprenden y explican el significado de los nombres que llevan los pueblecitos tarascos. Y yo no sé qué tienen también de japoneses o chinos los útiles de pesca en aquel delicioso lago.

     En estas páginas que me sugiere México no hablaré de ríos porque sigo creyendo no haber visto ninguno. [36] Los hay, pero la impresión mía es de que un país tan extenso necesita más. En cambio, me veré obligado a decir algo de sus lagunas y sus lagos. Entre otros motivos porque no pasa día sin que se nos advierta que la ciudad de México esta fabricada sobre un lago y que el polvo que durante el mes de marzo arremete contra nosotros viene de un lago desecado, el de Texcoco.

     La realidad es que hoy, para pasearse en lancha por canales, hay que ir a Xochimilco, porque el lago de la ciudad no puede tocarse con el dedo sino en los mapas o preciosas cartas geográficas antiguas y en las páginas literarias de Bernal Díaz.

     Estos lagos de la altiplanicie, tan extraordinarios, pasaron a la historia. En los mapas podemos ver que la antigua México era una isla unida a la tierra circundante por ligeros puentes que parecen esparadrapos. Pero de todo eso no queda más que el Puente de Alvarado, que es una calle hoy.

     Para disfrutar del agua tienen los capitalinos que irse a las albercas, o a los lagos y orillas del mar que se hallan a muchas leguas. Principalmente a Acapulco, porque el lago de Chapala es terroso y, el de Pátzcuaro, frío.



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XVII. Las Iglesias

     Todas las torres eclesiásticas de la capital están vencidas, como dispuestas a desplomarse. Me aseguran que ello depende del subsuelo blando, porque México se edificó sobre lagunas desecadas.

     Este desequilibrio de las torres toca fuertemente en las retinas y más adentro.

     Pero ya va siendo uno viejo para mirar las cosas a base solamente de un detalle circunstancial; rechazo el anzuelo que me tienden las palabras desequilibrio, vencimiento, [37] torcedura, inclinación, y me atengo a los rasgos generales que he ido observando en las torres o cuellos de las iglesias y en las caras o fachadas dentro y fuera de la capital.

     Para hablar en términos populares, clasificaré las torres en rizadas y lisas, vestidas de colorines o de blanco. Pueden servir de ejemplo la de Acatepec y la de Orizaba. No es preciso ser muy ducho en historia para saber que la arquitectura rizada es propia del siglo XVIII. Pero, en cambio, se ignora por la mayoría de la gente que en este siglo se hicieron también construcciones lisas, sin ricitos ni aplicaciones de color.

     En México son del XVIII casi todas las iglesias. Las hay del XVII y del XVI, pero no en cantidad como para imprimir carácter al conjunto. Y así resulta que la arquitectura religiosa, contrariamente a lo que ocurre con la civil, presenta una clara unidad de estilo.

     Revestidas y adornadas o lisas y blancas, las torres de México son alegres, ligeras y endebles. Como fueron los productos del estilo rococó.

     Actualmente pueden hacer impresión contraria porque están chamuscadas o renegridas por la humedad y el tiempo. Hay muchas iglesitas de aldea que parecen lívidos fantasmas, pero que lavadas y remozadas con la imaginación recobran su gallardo júbilo.

     Encontramos iglesias chaparritas y llenas de tumefacciones a causa de las cúpulas rechonchas y arbotantes impropios del siglo, pero, a pesar de todo, predomina en ellas un espíritu flotante o ligero como si la religión hubiera querido hacer olvidar con sus construcciones todo lo obscuro y macizo de las religiones indígenas. Sal y alegría repartida a voleo sobre las misteriosas pirámides y mesas de sacrificio.

     En Europa no podemos ofrecer la unidad arquitectónica que aquí, ni este aire juguetón o gracioso en lo místico. En nuestras iglesias, ya sean visigóticas o románicas, góticas, platerescas o neoclásicas, hay más pesantez y falta de luz. Allí no afloraron todas de golpe, [38] sino a lo largo de muchos siglos. Y aquí casi todas son del siglo de las pelucas blancas rizadas, las casacas de seda con galones de oro, las cornucopias, los miriñaques, las majas y las consolas retorcidas. Y es que el siglo XVIII consiguió, al parecer, llevar a la práctica o imprimir en la sociedad eso que ahora preconiza Ortega y Gasset como medio de salvación social: la alegría. Lástima que no nos diga cómo se consigue, abrumados como estamos en la confusión o locura actual.

     El siglo XVIII, que para el México arquitectónico es tan importante, lo vemos hoy como el más alegre, rico, feliz y rumboso. Es el siglo de los jardines bien trazados y de la música más juguetona. Es el siglo en que se remozan las calles y se fabrican palacios y casas sonrientes. Bajo el imperio de Carlos III se acometen obras civiles de gran empuje y belleza, como aduanas, puentes, fuentes y caminos. Fueron tiempos de bienestar económico, que es una fuente de alegría.

     Algunas veces, al penetrar en las iglesias de los pueblos mexicanos, no podía menos de pensar: ¿Cómo se sentirán estos inditos en tales ámbitos rizados, dorados y de luz alegre? ¿Qué piensa aquí dentro esta gente que fuera del templo practica todavía la magia y sigue con ritos funerarios ajenos a nuestra civilización?

     A falta de respuesta me contento con mirar las lindas estelas en losa de Puebla, que dicen el día que murió Rosina Fernández o Paquita González, dos chamacas, posiblemente indias, que ni supieron del sentido de las pirámides, ni del sentido de las torres mexicanas, ni del sentido siquiera de sus nombres patronímicos, traídos de los senos de Asturias o de León. Arrebujadas en sus rebozos o con las vigorosas trenzas del pelo caídas sobre las espaldas anduvieron aquí entre volcanes, idolillos, pirámides e iglesias rizadas sin extrañarse de ser Rosina Fernández o Paquita González cuando, en realidad, debieron haber disfrutado de nombres ricos en «TI», nombres más afines a su color y a sus facciones.

     ¿Qué fueron para ellas las torres? ¿Índices que marcan [39] la dirección del más allá, o simples caprichos de porcelana que los poderosos blancos levantaban sobre las ruinas de otros juguetes algo más sombríos?



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XVIII. El Caballito

     He de pasar cuantas veces salgo del hotel, por una plaza donde impone su sombra en silueta magnífica un Don Carlos IV, rey de España, que no es precisamente el mismo que retrató Goya.

     Este que cabalga en México es todo un emperador romano, mientras que aquel de Goya -y sobre todo el de la historia- fue un pelele lleno de paja. Una figura de mimbre, para ser retratada por el calígrafo Iturzaeta o un secuaz suyo, como el que retrató a Gálvez con trazo blanco sobre fondo negro en un cuadro del Museo Nacional. Me dice el escritor y amigo Genaro Estrada, que para Valle Inclán ésta era la mejor estatua ecuestre conocida por él. Valle tenía sentido estético. No importa que haya extraviado a muchos artistas jóvenes con sus ideas. Si las ideas o criterios buenos caen en calabacines, no hay que esperar maravillas. Valle tuvo criterio estético y si dijo aquello fue porque supo olvidarse del personaje representado y miró la estatua como monumento público.

     Evidentemente es monumental. Un amigo me pregunta por qué carece de estribos. Yo le contesto: precisamente porque un detalle como ese, tan realista, le mermaría grandeza. Tenga usted en cuenta que esta obra responde a lo que se llamó arte idealista. El escultor no se inspiró en el personaje que la historia le puso delante tanto como en la idea o concepto de emperador. Y al decir emperador es obligado pensar que ha de ser romano. ¡Qué lejos el atuendo clásico de este D. Carlos y [40] el del rey auténtico! Y cuidado que con el sombrero de tres picos, la casaca, el calzón corto y las medias se podía haber hecho algo también. Pero Tolsa, quizás por indicación del mismo Carlos IV, quiso un emperador romano. Con su corona y todo. Una corona de laurel que desvaneciera toda protuberancia frontal. Las que disimuló bajo su peluca blanca el muy tolerante Borbón.

     Camina el caballo actualmente hacia la calle de Bucareli. Para verle bien hoy, destacado sobre el cielo, sobre las nubes, que es como deben caminar estos fantasmas históricos, hay que enfocarlo desde el suelo.

     Así visto, y a contra luz, adquiere dramatismo. Se le ve desfilar en el ocaso del día y en el de su estirpe. Y al seguirle en su marcha mentirosamente triunfal, recapitula el espectador los ciento cincuenta años de historia patria y ve encaramados en éste mismo pedestal a Fernando VII, organillero del Avapiés, a Isabel II, hembra de tronío, con su corderillo Francisco, y a todos los demás que están frescos por desgracia en la memoria y en la vida.

     Nombres, nombres. Para qué citarlos. Las nubes son ahora de sangre. Todas las fachadas de España tienen el color de estas nubes. El caballo no pisa ya las armas aztecas, sino otros símbolos. Y si tenía trazas de caballo romano, ahora se le ve la cruza de teutón.



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XIX. Cortesía, Galantería y Religiosidad

     He aquí tres notas muy fuertes en el carácter mexicano. Las hallaremos a cada paso. En la tienda que honra con este aviso: «Evíteme la molestia de decirle que no»; en el pie de un grabado que dice: «Cortesía de la casa tal»; para significar que fue prestado graciosamente; en una panadería limpia, pintada de blanco, [41] que ostenta por toda decoración un cromo de la Virgen de Guadalupe.

     Pero yo quiero ver resumidas esas tres características mexicanas en tres espectáculos folklóricos: «Las Mañanitas», «Los Gallos» y las «Posadas».

     «Las Mañanitas» son unas canciones de salutación que se entonan con motivo de la festividad onomástica. Las he oído en la capital y en los pueblos. En la capital fueron cantadas por los criados de la casa o por amigos y subordinados que irrumpen en ella. Sé de unas mañanitas en que tomaron parte cien personas. En Pátzcuaro ví una compuesta por músicos asalariados que, por cierto, traían arpa y violón.

     Tanto las «mañanitas» como los «gallos» tienen de malo que madrugan mucho y despiertan a los vecinos del festejado, es decir, a los inocentes. Con esto y todo, no dejan de ser espectáculos de cortesía o de alto sentido sociable. Hoy nos podrán resultar ingenuos y como trascendiendo a cosa rancia. Son, en efecto, ranciedades, pero de una ternura y de un poder evocativo indudables. Son residuos de una España fenecida, de una civilización agostada. Son como los castillos, como las pelucas blancas, los guarda-infantes y las iglesias románicas.

     En México quedan rezagadas muchas cosas de la vida española antigua, anacrónicas en cierto modo. Así el «rebozo». Así las «mancuernas». El «rebozo» es hoy aquí la prenda popular por excelencia. Esta especie de mantoncillo, tapaba la cabeza y casi todo el rostro de las españolas antiguas. Las «mancuernas», son los gemelos de la camisa, y si hoy en España no los llamamos así, me sabe el calificativo a castellano rancio. Aquí se sigue diciendo «fierro» y «fierrito». Aquí se dice: «Ya mero, meras manzanas, yo mero, a la mera hora». Los ejemplos son infinitos.

     Pero, ¿qué son los «Gallos» y las «Posadas»? Otras tantas formas viejas hispánicas que por responder a galantería y religiosidad han quedado prendidas en este pueblo más galante y religioso que el español. Los «gallos» [42] son rondas de galanes que con sus instrumentos y voces rinden homenaje desde la calle a las mozas durante la noche. España conserva estas rondallas en los pueblos. En México se espetan «gallos» a las señoritas incluso en la capital.

     Es, en realidad, muy desconcertante oír en la alta noche coplas guitarreras entre paso y paso de automóviles noctámbulos. Y el desconcierto viene de que la ronda es cosa muy vieja y la vitalidad del automóvil muy moderna. Entre la semi-conciencia del sueño interrumpido se pregunta uno si está en un rincón aldeano o si está en una gran ciudad. Y el hecho es que estamos en una gran ciudad, de dos millones de habitantes, que conserva formas de galantería medieval.

     Formas galantes y formas religiosas. Porque las «posadas» son también formas que la religión católica dejó impresas en la vida mexicana. Y tienen de México, a mi juicio, algo muy visible, muy contrastable: la convivencia de amos y criados, jefes y subalternos. Usanza que bien pudo haber nacido en las grandes «haciendas» o «ranchos» antiguos.

     Estas «posadas», se componen de procesión, piñata y colación. La procesión lleva en andas a «Los Peregrinos» (San José y María). Recorre las casas del pueblo cantando letanías y coplas alusivas al hospedaje que se pide. Cada persona lleva su velita. Las casas no dan albergue. Es la iglesia la que al fin del recorrido acoge a los peregrinos cantantes.

     Si la fiesta no se hace en un pueblo, sino en la capital, la procesión no sale de la casa; recorre el patio y vuelve al interior.

     Complementos de esta ceremonia son las «piñatas», entre cohetes y luces de colores y la «colación», en que a veces hay regalos con dulces dentro para los concurrentes.

*

     En México no existe el vocabulario soez que en España. [43] En la conversación corriente de los hombres no se oyen esos furibundos y variadísimos «tacos» del hombre ibero, que le hacen subir el tono, pegar puñetazos en las mesas e inflar las venas del cuello como en congestión fulminante. Aquí se conversa sin congestión, suavemente; y si se discute, se pide perdón, como es debido. El mexicano suaviza lo áspero con el tono que imprime a la frase, o intercalando adverbios mitigantes como «estoy medio enfermo», «fulano es medio ladrón».

     El encabezamiento de las cartas indica ya bastante lo que media entre la cortesía formularia española y la mexicana: «estimado y fino amigo».



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XX. Lo Inacabado

     ¿Qué ley de inquietud nos obliga a los españoles y quizás a los hispanoamericanos a no terminar las cosas? Abrimos una calle y la empezamos a urbanizar, pero un buen día suspendemos la tarea y la calle se queda sin bordillos en las aceras o con bordillos sin aceras. Y como no se hizo en su hora el alcantarillado, ni los suministros de luz, allá van zanjas que rompen la tersura del pavimento.

     Al llegar a México (capital) tuve la impresión de que los mexicanos se dedicaban con frenesí a derruir y a levantar edificios. ¿Será esto un reflejo de la revolución política? -me pregunté-. Por todas partes, sobre todo en las grandes vías del centro, se demolían palacios o casucas, se tapaban con grandes vallas los huecos hechos y era preciso andar sobre aceras llenas de cascote vacilante y polvoriento.

     Yo no sé si la gente se da cuenta exacta, o siquiera aproximada de lo mucho que influye lo inacabado en la psicología o, por lo menos, en la estabilidad moral de [44] los ciudadanos. Probablemente no. Probablemente no sabe el hombre hispano que su irritabilidad constante proviene de vivir embutido en un medio sin acabar, donde a casi todo le falta algo para su buen funcionamiento. Es lógico que si este buen hombre vive desde la mañana hasta la noche tropezando con las cosas materiales no terminadas, trátese de la ducha, la cerradura de la puerta, la acera por donde camina a pie o la calzada por donde quiere deslizar a su auto, comience a sentir las contracciones del plexo-solar o, como decíamos antes, de las entrañas y acabe con perturbaciones hepáticas y carácter violento.

     Los anglo-sajones saben, acaso por intuición, la importancia que tienen las menudencias materiales para la buena estabilidad del ánimo. Yo no creo que ellos gasten tantos millones en esas cosas por desinteresado amor a la belleza, sino porque redunda en beneficio positivo del alma, que ha de estar muy entera para los negocios. El norteamericano llega a su oficina cada mañana sin un pinchazo en el neumático de su coche ni en el neumático de su sistema nervioso porque el mecanismo ordenador de la vida está montado de manera que todo coopere al buen funcionamiento, lo mismo la calle que el empleado público, la luz, el teléfono y la policía.

     Pero, para que todas las piezas de un mecanismo cooperen debidamente, es necesario que cada una esté acabada, bien terminada. Por esto, en los países donde nada se termina, no cabe cooperación o buen engranaje. Y el hombre malgasta sus energías o se irrita venciendo dificultades de séptimo orden.

     El tema que nos ocupa puede parecer baladí a ciertas personas que se imaginan graves, por ejemplo, a los políticos o formadores de pueblos. Pero es porque no se dan cuenta del alcance que damos a esto del acabamiento. Si uno desea que esté bien acabada la vía pública, también desea que esté bien acabada la formación del individuo, o sea, del ciudadano. Porque es evidente que el hombre no está terminado al salir del seno materno. [45] Para que alcance su perfección necesita de muchas cosas. El hombre en bruto es tan irritante como el inerte no perfeccionado. De modo que, ya ve nuestro político a qué conclusiones nos lleva la meditación sobre los baches y demás desperfectos o imperfecciones del urbanismo.



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XXI. Museo

     El Museo Nacional de Historia y Arqueología radica en la calle de la Moneda. Nombres castizos como el de esta calle, valen emotivamente más que muchas páginas de libros históricos. Y México sostiene aún en su primer cuadro, o sea, en el meollo de la ciudad, un buen puñado de nombres callejeros en placas de metal o en azulejos antiguos. El «Callejón de la Condesa», la «Calle de Donceles», el «Callejón del Codo».

     Al museo se le conocen ya sus años en los huesos, en las piedras gastadas de las escaleras, en los baldosines de los pasillos y salas, en los quicios de las puertas. No sé que pasa en los caserones vetustos para que hasta la luz entrante de la calle se torne en ellos fría y como vieja.

     El acoplamiento de lo llamado simplemente histórico y de lo arqueológico no sé si es feliz. Tampoco sé si obedece a un propósito deliberado o a una exigencia de carácter económico. En estos días se habla de separar este enlace. Pero hoy el museo puede decirse que es esto: clérigos pintados, presos con diablos esculpidos. A tal extremo podemos reducir, apretando mucho la verdad, el contenido del museo. Porque de todo lo que hay en él, lo que más se fija en la memoria es la serie de retratos de dignidades eclesiásticas, junto a la serie de singulares piedras que fueron genios del mal o del bien para los indígenas precortesianos.

     Yo he sentido siempre bastante despego por la arqueología. [46] Probablemente porque es ciencia. Comprendo su interés, siento respeto por ella, pero no la amo. Mi amor se adhiere a lo histórico. Por esto me ocurre en un museo como éste un fenómeno desagradable en el fondo: que me detengo más ante un pésimo retrato de D. Fulano, virrey u obispo, que ante la magnífica talla de un monstruo. Y es que con el retrato me pongo inmediatamente en diálogo, mientras que, con lo infra o super humano, enmudezco por falta de comprensión o de compenetración. En este museo hay cosas que se entienden demasiado bien y cosas que nunca llegaremos a entender. Y me parece que este maridaje de lo superevidente y de lo superobscuro pone al ánimo en un fatal desequilibrio.

     He entonado, ciertamente, una especie de canto a Xochipilli en otras páginas, pero dándome cuenta de que yo lo miraba desde mi terreno de hombre europeo, sin poder calar en su ser verdadero.

     Estas piedras no hablan ya. En algunos momentos llegamos a creer que nos hablan, pero somos nosotros mismos los que ponemos palabras en ellas. Y es sumamente interesante ver a los pobres indios que visitan el museo en gran cantidad, pasar en silencio por delante de estas piedras que ya no hablan tampoco. Se piensa que los indios enmudecieron cuando enmudecieron sus piedras religiosas.



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XXII. Un Palacio Colonial

     Vengo de rondar, repasar y calar con los ojos ese palacio llamado de Iturbide que durante mi primer paseo por la ciudad me detuvo como detienen las cosas grandes, sin manos, voces, ni violencias, con su dignidad únicamente. [47]

     La dignidad es un valor moral, no estético, diréis, para preguntar en seguida dónde veo yo esa dignidad.

     Y yo os contesto sin rodeos: en ciertas normas, en cierto freno, en el uso evidente de la medida.

     Las casas, como las personas, tienen un semblante al cual se asoma el alma que también poseen. El semblante de las casas se llama fachada. Hay muhas gentes que dicen «qué mala facha tiene zutano» sin pensar en que facha y fachada son lo mismo que faz o cara. Pues bien, cuando la fachada presenta una regulación de huecos perfecta y buen material bien trabajado, podemos decir que es una fachada digna.

     Durante los últimos años se ha insistido mucho en que las fachadas deben acusar la distribución interna del edificio; pero este principio de arquitectura moderna, sobre ser difícil de llevar a la práctica, no regía en los tiempos que dieron a luz esta primorosa mansión de Iturbide. La fachada es sencillamente fachada, es decir, externidad. El arquitecto pudo dibujarla sin otras exigencias que las del respeto al arte y al hombre de la calle. Hoy, en cambio, casi nunca se tiene en cuenta al vecino de enfrente cuando levantamos un edificio.

     Por una placa de la fachada sé que se labró en 1780 y que su arquitecto fue Francisco Guerrero Torres, hombre de gusto que al darse gusto trazando esta obra, dio gusto al dueño y a la ciudad, lo cual es, al fin de cuentas, dar gusto a la historia del Arte. Principió por elegir dos materiales que armonizan perfectamente: la piedra gris de la cantería y la del carminoso tezontle. Sobre esta combinación de gris y rojo se hicieron los mejores edificios también del Madrid mejor: el museo del Prado, el Ayuntamiento, los Ministerios de Estado y Hacienda. Sólo que allí el rojo es otro, porque no tenemos ese producto volcánico de tan severa prestancia. A veces hace el efecto del terciopelo. Los severos Austrias lo hubieran usado si lo hubiesen tenido a mano.

     Es curioso que, siendo esta piedra tan mate como el ladrillo cocho nuestro, resulte aterciopelada, suave y con [48] visos o tonalidades cambiantes. Buena parte de la dignidad que encuentro en la fachada se debe a esta calidad del tezontle en función con el gris mate del granito.

     Pero no toda su dignidad proviene de los materiales. Están allí las proporciones de los huecos y los adornos. Unos y otros son productos de educación, freno y medida. No hay aquí esas licencias o audacias barrocas que alcanzan en este continente límites de delirio. En cambio, hay flotando en los rizos de la piedra una ligera sonrisa que es también educación o civilización. Una sonrisa de la piedra que no traspasa los linderos de la dignidad. Una sonrisa que rara vez se encuentra en las obras primitivas. Una sonrisa que es puro siglo XVIII.

     Al decir siglo XVIII pienso, naturalmente, en Europa y me asalta la idea de que si habré fijado mi atención en esta casa señorial por lo que tiene de europeo más que por lo que tiene de mexicano.

     Puede ser. Pero, en todo caso, por lo uno pasé a lo otro. La casa de Iturbide me despierta la misma curiosidad que los semblantes mestizos donde lo indígena y lo europeo se disputan forma y color. Nada hay tan interesante para la mirada analítica de un pintor como esa lucha de valores opuestos.

     Esa lucha se nota en la ornamentación de la fachada, a pesar de lo bien dirigida y sometida que está. Por muy neófito que sea uno en arte mexicano distingue a este en aquello que no es de inspiración vegetal, sino geométrica, cuya sequedad y misterio nada tienen que ver con los temas ornamentales clásicos.

     Pero donde aquella lucha o drama se patentiza más es en el patio. Tiene grandeza y finura. Es de una amplitud generosa. Si se contempla solamente el lado frontero a la puerta de entrada, encontramos un orden perfecto en sus tres galerías, pero si se miran simultáneamente ese lado y los otros se ve que el patio palaciego lucha con el patio doméstico, de menor empaque. La unidad se ha roto. No ha tenido solución el drama. Las [49] exigencias de la vida casera no se avinieron a la monumentalidad que requería el palacio.



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XXIII. Tlapalería

     Encuentro dificultades lingüísticas, le decía yo a un amigo. El castellano absorbió aquí muchas palabras aztecas, como el castellano allá, en España, absorbió palabras árabes. Ustedes ya no piensan en que la voz «Tlapalería» es azteca, como nosotros no nos fijamos en que «anafe» es voz hebrea y, «albóndiga», arábiga.

     Es curioso el fenómeno emigratorio de las palabras. «Anafe» y «albóndiga» emprenden el camino por la costa africana del Mediterráneo hacia occidente, se asientan en España, son incorporadas al idioma castellano y, ya cristianizadas, embarcan para América, cruzan el charco y se desparraman por los valles y cuencas de este continente. Ellas suben las alturas más bravías, penetran en los bosques más tupidos y las oímos hoy en la choza más humilde del rincón más apartado, en labios de origen azteca.

     Es posible que por la mente de ustedes pase esta pregunta: ¿por qué no han hecho el camino inverso las palabras aztecas? o lo que es igual ¿por qué no se han incorporado a la lengua de la península ibérica?

     Hay razones muy precisas para cada caso. No se crea que por política, enemistad racial, ni modas. Si la palabra «mamey» no la usan los españoles es porque no conocen esa fruta. El día en que los aviones la lleven a nuestros mercados ocurrirá con ella lo que con el anafe y la albóndiga.

     Lo mismo ocurre con los nombres «papaya», «elote», «chicozapote» y tantos otros frutos, utensilios o comestibles. [50] Como la cosa representada por el vocablo sea viajera, el vocablo viaja y arraiga.

     Pero, ¿a dónde van a ir la «Tlapalería» y el «guajolote»? La tlapalería, en primer lugar, no es un establecimiento claramente definido por lo que yo veo. Y su condición imprecisa es ya un obstáculo para pasar la frontera. El diccionario de mexicanismos dice: TLAPALERÍA, s. f. Tienda de aceites, pinturas, gomas, etc. Del azteca tlapali, color.

     El etcétera es mortal en toda definición porque no limita o cierra, sino que deja abierta la frase para lo que nos guste agregar. Y, en efecto, no todas las tlapalerías tienen el mismo surtido. Las hay pobres y ricas. Hice un intento de catalogar los artículos en algunas de ellas, pero vi que, aparte de los fundamentales citados en la definición dicha, contaba con objetos de ferretería, cordeles, papeles, brea, focos eléctricos, cera para los pisos, cubetas, vacinillas, jarras, pocillos de peltre, alambre, cemento, vidrios, mastique para tapar agujeros y útiles de cocina. Como yo me sorprendiera de la variedad y el número, me dijo el tendero que su tienda no era comparable con otras de repertorio más crecido.

     Alguien me dice que este comercio a lo que más se parece es al drug-store de los Estados Unidos norteamericanos. Pero no creo que sea bastante exacta la comparación. El drug-store tiene más empaque. En la tlapalería se venden cosas burdas y ordinarias de la vida doméstica; en la drug-store se pueden revelar placas, se pueden comer pasteles finos. ¿Quién se atreverá a pedir un sorbete en una tlapalería?

     No. La tlapalería es, a mi ver, un almacén, más que un bazar, dedicado a todas esas cosas groseras y oscuras necesarias en las casas. El cordel de esparto, el estropajo, el clavo y la alcayata, la cera para el pavimento, el aguarrás, las pinturas para las puertas, los trapos de fregar y cosas de este jaez.

     No llega a bazar porque en este encontramos cosas [51] de mayor categoría, desde el jugete precioso hasta el baño y sus accesorios.

     Respecto al guajolote, tampoco su nombre es de exportación. Si en español tenemos la voz «pavo» ¿para qué adquirir esta otra? Además, estos vocablos terminados en «ote», tan mexicanos, tan aztecas, son desconcertantes para los españoles, porque con tal terminación significamos desdén hacia lo basto, desproporcionado y desmañado. Así decimos librote, mazacote, muchachote, niñote, brutote.

     La palabra azteca huexólotl, de la cual por adaptación viene guajolote, está llena de sentido; significa «el que come mucho», el tragón. Pero para un oído castellano suena lo mismo que si dijésemos «pavote», es decir, pavo destartalado, o sea más desgalichado aún que el pavo.

     Confieso que los nombres terminados en «ote», siguen siendo confusos para mí. EJOTE, ELOTE, CAMOTE, CHAPOPOTE, ZAPOTE, CHAYOTE. Intrincada selva para un recién llegado.



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XXIV. Antojitos y Comidas de Cuidado

     En la base de toda comida mexicana están los chiles y las tortillas de maíz. Quien llega a compenetrarse bien de esto tendrá la clave culinaria. Otra cosa es que llegue a gustarle.

     La tortilla mexicana no tiene nada que ver con las tortillas francesa o española. Ya lo dije en otro capítulo. Es un disco de masa de maíz que se lamina y sutiliza a palmetazos maestros. Las tortillas no llevan huevos. Se cuecen y se ponen calentitas en la mesa, entre servilletas.

     Son de muy distintos diámetros, espesores y hasta formas. La más pequeña, tiene unos ocho centímetros y la mayor unos treinta. Cada tipo de tortilla tiene su [52] nombre. He recogido algunos: Redonda, Chalupas, Sope, Peneque, Gorda, Pacbola y Moreliana. Con la redonda se hacen los totopos y los chilaquiles. El totopo es la tortilla cortada en pedazos y frita en manteca; sirve de adorno para los frijoles refritos. Los chilaquiles son cuarterones de tortilla, remojados en salsa de chile y espolvoreados con queso añejo y adornados con ruedas de cebolla y rabanitos. La gorda es una tortilla muy gruesa. El sope es una pequeña tortilla redonda con bordes altos. El peneque, una tortilla doble rellena de cualquier guiso del país. Las chalupas son pequeñas tortillas oblongas, fritas y aderezadas con fibras de carne, chile, queso, etc. Finalmente, la moreliana es una tortilla grandota, dorada, dulce y quebradiza.

     La tortilla es manjar e instrumento. Se puede usar como vehículo horizontal o plano, como vehículo cilíndrico o enrollado y como vehículo plegado. Sabiendo usarlas, resulta un auxiliar cómodo y limpio.

     El indio pobre apenas come otra cosa que tortillas restregadas con chile. Es la comida más elemental o primaria que cabe. Por eso digo que el chile y la tortilla son la base de la comida mexicana. La base y el antojo, porque la tortilla escueta, monda y lironda, hace las veces de pan, pero aderezada, constituye el antojo. El peneque y la chalupa, por ejemplo, son antojos.

     El extremo opuesto a esa comida elemental sería el mole, comida de cuidado que se explica en el capítulo sobre Puebla. Digno compañero suyo, aunque menos agresivo, es el mole verde.

     Pero el maíz no termina en esto de las tortillas. Falta que hablemos del elote y el tamal, dos alimentos típicamente mexicanos. El elote es la mazorca del maíz tierno, simplemente cocida o asada. El tamal es un rollo de masa de maíz relleno de mole o pollo o carne de puerco y envuelto en hojas de la misma planta. Se venden en la calle como las castañas calentitas.

     Es insospechable lo que este pueblo mexicano saca del maíz con refinamiento para comer y beber. Con el[53] maíz me va pasando lo que con la Tlapalería (véase el capítulo dedicado a ésta). Pregunto de qué se compone este manjar o este líquido pastoso y me responden, de maíz.

     De maíz es la corunda, tamal grande en forma de pilón. De maíz es el pozole, guiso a base de este grano cocido con jitomate, puerco y lechuga. De maíz son los semi-líquidos ATOLES, el atole blanco (sin azúcar), y el champurrado (atole de maíz con chocolate). Entre los absolutamente líquidos están, el juacotole, bebida de maíz rojo fermentado, que se acompaña con tamales y el tejuino, refresco de maíz con algo de cebada y nieve de limón.

     Suprimo en este capítulo los tacos, por haber hablado de ellos en otro lugar. Paso ligeramente sobre los gusanos de maguey para que no se asusten los escrupulosos. Diré sin embargo que una vez vencida la repugnancia que inspira el nombre, resultan parecidos a las rodajas finas de papas fritas que sirven con el aperitivo. Con éste se toman en México pepitas de calabaza tostadas.

     En cambio no es posible callar sobre el arroz y el frijol. Éstos son después del maíz y del chile los elementos nutritivos que no faltan ningún día en ninguna casa mexicana. El frijol se prepara de diversos modos, pero el más típico acaso sea el llamado frijoles refritos, masa muy fina que se obtiene cociéndolos, moliéndolos y friéndolos.

     El arroz por lo general, se sirve en seco; es rojizo por la cochura con jitomate, lleva rodajas de zanahoria, guisantes y tiras de plátano frito y guacamole.

     El guacamole es una de las cosas más sabrosas de la cocina mexicana; se compone de aguacate machacado, cebolla picada, tomate y cilantro.

     Y como no pretendo escribir un libro sobre la cocina mexicana, sino apuntar los elementos más importantes de ella, terminaré con estas dos líneas.

                                               El mexicano ciento por ciento,                      
vive de maíz, arroz, frijol y pimiento. [54]


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XXV. La Cámara del Turista en Actividad

     Los yankis que visitan México se enternecen con el primer borriquillo que ven, y lo retratan. Lo mismo que en España, o en Palestina. Los he visto entrar en una galería de arte a pedir «una pintura de un burro hecha por un gran artista mexicano». Por esto cuando una indígena ve que la enfoca un gringo, se irrita y protesta, que no es un animal raro.

     El asno y el guitarrista ocupan el mismo rango en la mentalidad del turista que las pirámides, las iglesias y las múltiples «curiosidades» o chácharas manufacturadas por los indios.

     Estas cosas se venden en tiendas urbanas o en mercados populares al aire libre, bajo toldos de lienzo blanco, o a la sombra de las alamedas. Estas tiendas son ricas de color por la abundancia de bandejas, platos laqueados, arquitas, floreros, loza popular, telas bordadas, muebles pintados, etc. De todo el fárrago de objetos populares el turista destaca los guaraches _(calzado indígena, entre sandalia y zapato, hecho de tiras de cuero mal curtido, que apestan pero son muy cómodos). Y destaca también los lujosos albardones o sillas de montar y los muñecos de petate.

     Pero los inditos venden mucho en plena calle, en las banquetas o aceras y deambulando. Esto imprime carácter a las vías urbanas y es materia fotográfica. Se apuestan en las paradas obligatorias de los autos para ofrecer mameyes, mangos, zapotes, aguacates, toda la variedad de estas frutas tropicales. Los menos activos, tienden un petate o esterilla en el suelo y colocan encima montoncitos de frutas. El mexicano es muy afecto a los puestecillos callejeros. De cigarrillos, chicles y caramelos [55] hay en cada esquina; lo cual es muy grato a los fumadores, a los niños y a los turistas fotógrafos. Pero en algunos sitios, como en la plaza llamada el Zócalo, ocupan los bordes de las aceras con mercancías de toda laya convirtiendo en zoco lo más transitado de ella.

     En las calles centrales de la antigua capital hay, además, otras cosas pintorescas que la cámara del turista va enfocando. Cosas dispares, antagónicas, como el tranvía largo y pesado de gran ciudad junto a la camioneta zascandilera y sucia que carga pasajeros como si fueran bultos. En el tranvía y en el camión, los mecánicos y cobradores no usan uniforme; van vestidos de caballero, con sombrero y todo, como dispuestos a bajar en cualquier parte y proseguir otra vida. En cambio, los choferes de los taxis van casi siempre en mangas de camisa.

     El cameraman enfoca y recoge esos rótulos pintados sobre las tiendas con pericia aldeana que alternan con escaparates de tiendas lujosas tan perfilados como en la mejor capital. Dispara sobre las cantinas o pulquerías mugrientas y los cafés donde todo está pensado para los gringos, donde no se puede pedir una dosis de alcohol, donde abundan los cakes, el agua helada, la fruta y la Coca-Cola.

     Gira en redondo y capta el cuadrito del montón de calcetines, cinturones, cigarreras de cuero y juguetes en plena calle; sorprende al peatón que va comiendo frutas endulzadas, frutas secas y dulces de puro azúcar. No puede fotografiar el dulce olor a vainilla que sale de las tiendas de garrapiñadas, pero sí pequeños despachos de tacos, salchichas, blandas mazorcas calientes (elotes), carnitas de cerdo, quesadillas de flor de calabaza.

     Por entre los puestos y a la hora del mediodía, cuando las calles están abarrotadas de gente, ve pasar en su caballo al charro más importante de México, tan luminoso como un torero, tan fumador como el buen espectador de toros, y le hace media docena de placas.

     El turista fotógrafo se asusta un poco de las llamadas [56] «tortillas», pero acaba por retratar a las tortilleras y hacer la loa de la tortilla mexicana que permite por su flexibilidad y plegabilidad recoger en ella sabrosas menudencias con gran limpieza y comodidad, sin ayuda de instrumento alguno.

     Al cameraman se le acerca un mendigo que le pide para un taco o para una planilla; lo retrata y se sube de prisa a un camión. Ya sabe la palabra mágica para poder apearse: «Esquina».

     Al tomar una vez un camión de turismo tuvo que aceptar un asiento de emergencia. Ya en el coche disparó su cámara sobre los vendedores de periódicos, de dulces y de lotería que le alargaban sus mercancías con un saludo arcaizante: «Mi jefe. Patrón». También subieron dos músicos populares con sus guitarras y sus grandes sombreros de petate.

     Desde que estaba en México compraba lotería los lunes, miércoles y viernes. Un cachito, como aquí dicen a las partes del billete, o varios, según el precio. Hay cachitos de a veinte centavos.

     El hombre de la máquina, una vez hecha su selección de fotos se puso a clasificarlas con espíritu científico: I. Cosas de México. II. Autóctonas. III. Mestizas. Una cosa autóctona sería el huarache o el huipil (blusa femenina). Una cosa mestiza sería el traje de charro. Aunque bien mirado hay dos mestizajes, uno por mezcla con lo español y otro por mezcla con lo yanki. Ejemplo de éste serían las cantinas y pulquerías con sus barras en el mostrador y sus semipuertas de vaivén en las entradas de la calle.

     Pulque en barra o bar, he aquí el mesticismo yanki-mexicano. [57]



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XXVI. Capítulo de Personas

     Como en todo país, hay en México personas que aparecen en los periódicos casi todos los días. Ellas son: el Presidente, Gral. Cárdenas, el Lic. Lombardo Toledano, el pintor Diego Rivera, el torero Gaona y Vasconcelos. Son las figuras populares e internacionales.

     El General Cárdenas (los Presidentes mexicanos suelen ser generales) parece hecho de un bloque. Sencillo y serio, se halla por encima de las querellas infructuosas. Es el hombre de las medidas radicales y de gran magnitud. De esas medidas que nadie se atreve a usar y encuentran un eco entusiasta o una oposición furibunda: reparto de tierras o latifundios, expropiación de Compañías extranjeras (los Petróleos), amparo a los niños españoles, acogida a los republicanos españoles.

     El Lic. Lombardo Toledano, jefe de un gran sector obrero, fue primeramente catedrático en la Universidad y por este aspecto podría comparársele con Besteiro en España, aunque por el tono de sus discursos se iguale más con Largo Caballero.

     El pintor Rivera sale a cada paso en la prensa porque, sobre su actividad principal de pintor es afecto a la política de Trotzky-al cual dio albergue durante años-y ha sido polemizante y amigo de emitir juicios paradójicos de esos que promueven comentarios y disputas en las tertulias cafeteras.

     Gaona, figura ilustre del toreo, es visitado a cada momento por el repórter y el fotógrafo como son visitados siempre aquellos hombres que durante años conmovieron agradablemente a los públicos. Se ve que la nación les quiere y no se conforma con el retiro que ellos se han impuesto. La nación escudriña en sus viviendas [58] y en sus vidas, curiosa de saber cómo comen, cómo duermen, en qué se entretienen y qué aman.

     Finalmente, Vasconcelos, intelectual también como Lombardo Toledano, escribe desde cualquier paraje fronterizo, con fervor de místico y misionero al margen de la vida real del país, enarbolando lo hispánico de un modo frenético. Su pluma es tan caudalosa como las carreteras de México.

     Éstas son las personalidades, las dramáticas personas como se dice en las obras teatrales, que ocupan a diario las páginas de la prensa. Pero quien comienza a echar raíces en el país visitado aprende a conocer otros valores menos llamativos. La vida me va poniendo en contacto con esos hombres puramente intelectuales, sean literatos o científicos, artistas o maestros en alguna profesión. Ellos son los que con sus maneras y trabajos me muestran el acento y el modo del mexicano universal.

     De España conocía yo a Alfonso Reyes, a Genaro Estrada, a Martín Luis Guzmán y a Don Artemio del Valle Arizpe. De estos cuatro literatos, Reyes fue quien agarró más pelos de la Fama. Los cuatro amaron o aman la Historia; Reyes, la literaria; Estrada, la general de su país y la artística universal; Guzmán, la historia revolucionaria de México; Valle Arizpe, la anecdótica del México pasado. Reyes, aparte su labor creativa, fue miembro del Centro de Estudios Históricos, de Madrid, en la sección de Menéndez Pidal, y Estrada conoció dicho centro y soñó con implantar en México algo parecido. La muerte prematura malogró sus propósitos. Su magnífica biblioteca de Historia de México fue adquirida por el Gobierno y está en la Secretaría de Hacienda. Conviene divulgar este dato para conocimiento de los historiadores nacionales y extranjeros.

     Martín Luis Guzmán y Don Artemio conocieron también a fondo la vida española, pero no creo que ninguno de ellos sienta como los dos anteriores un cierto fervor pedagógico, altamente notorio en Estrada, de [59] hacer avanzar en México los estudios históricos y artísticos a base de disciplina y vigor científico.

     Es imposible que yo dedique aquí tantas palabras-siendo tan pocas-a los demás hombres de letras, artistas e intelectuales en general que conozco personalmente o por sus obras. Tengo que restringirme a citar sus nombres y sus actividades, aunque recalcando que todos ellos forman ese mundo necesario en todo país civilizado para que respiren bien los pulmones del espíritu nacional. Hombres que están al tanto del nivel de las cosas fuera del país, cada uno en su especialidad y aún más allá de su especialidad. Repito que en esta enumeración faltarán muchos valores mexicanos sin que ello signifique omisión deliberada. Consigno a los que he tratado. Tales son, el arqueólogo Alfonso Caso, el hacendista Luis Montes de Oca, los economistas Eduardo Villaseñor y Daniel Cosío Villegas, los músicos Chávez, Tata Nacho y Revueltas, el cirujano Doctor Baz, el cardiólogo Chávez, los arquitectos Villagrán y Obregón Santacilia, el historiador de arte Manuel Toussaint, el antropólogo Pablo Martínez del Río, los poetas Villaurrutia, Octavio Paz, Pellicer, Efrain Huerta, Rafael Solana, Alberto Quintero Álvarez, Jorge Cuesta y el veterano González Martínez, proclamado corno el mejor de México en un concurso organizado por el «Nacional», hace un año; los literatos Torres Bodet, que comparte la literatura con la diplomacia, Bernardo Ortiz de Montellano, que fue director de la buena revista Contemporáneos, Julio Torri, escritor de una finura nada frecuente, Celestino y José Gorostiza, organizadores y críticos además de poetas, Samuel Ramos, filósofo, Luis Cardoza y Aragón, poeta y crítico especializado en ensayos sobre pintura y en intervius, Salvador Novo, cronista sutil y mordaz, Antonio Castro Leal que vuelve a sus estudios literarios y Rodolfo Usigli, autor dramático.

     Conozco en México dos «Peñas» de intelectuales, muy al estilo español por tener sus reuniones en cafés. La [60] del Hotel Imperial, originalmente de médicos, fundada hace nueve años por Don Pío del Río Hortega y la del Café París, compuesta por literatos. En la «peña» de médicos preside el Dr. Perrín, antiguo discípulo de Cajal, que lleva en México más de la mitad de su vida. Los contertulios son, el Dr. Miranda, el doctor Ignacio Chávez, el Dr. Martínez Báez, el Dr. González Guzmán, el Dr. Fournier y el Dr. Castillo Nájera (cuando está en México vacando de su cargo de embajador en Washington). A estos doctores se agregaron hombres de otras disciplinas, el Lic. D. Alejandro Quijano, el Ing. Bojórquez, el químico Illescas.

     Esta «peña» se ha distinguido muy especialmente con nosotros los españoles intelectuales emigrados y hoy cuenta con más elementos hispanos que mexicanos.

     La otra «peña», la literaria, se sostiene a base de Octavio Barreda, director de Letras de México, Mancisidor, director de Ruta, Abreu Gómez, erudito dedicado muy especialmente a Sor Juana Inés de la Cruz, Octavio Paz y Villaurrutia.

     Sin «peña», como es natural, hay que considerar a los artistas. De los escultores, al único que he tratado, ha sido a Luis Ortiz Monasterio, fino de sensibilidad y fuerte de expresión. Acerca de los pintores escribí para un catálogo de cuadros:

     «El viajero conocía desde hace años lo más empingorotado de la pintura mexicana actual y, al llegar aquí, comprendió que las obras de los maestros Rivera y Orozco tuvieron que despertar forzosamente el estímulo en las almas jóvenes dispuestas para la pintura. Vio que el deseo de pintar se ciñó en los primeros tiempos casi exclusivamente a la pintura mural; pero que, después de aquella borrachera de pintura histórico-popular, se fueron destacando en el panorama pictórico mexicano personalidades jóvenes con características muy diversas.

     De buena gana encerraría en pocas palabras las características de cada una de ellas. A título de apunte conciso [61] van unas cuantas notas de orden más bien poético que crítico.

     Siqueiros es nervio, contraste y pasión. Lasso quiere cubrir con fina nevada sus imaginaciones plásticas. Guerrero Galván maneja los blancos con la dulzura y la gracia de los arquitectos de Puebla durante el siglo XVIII. Cantú eleva oraciones de manos nerviosas entre relámpagos. Tamayo ríe con la verdad y la mentira. Mérida se debate en lo abstracto. Ruiz parece trabajar con pinzas, como un científico naturalista. Orozco Romero va soñando por un Londres africano lleno de títeres. Rodríguez Lozano es un asentador de «líneas» férreas entre París y México. Castellanos sonríe durante las pausas de su trabajo que son muy largas, pero a la hora de matar es muy serio. Montenegro, en fin, divaga ahora por mundos oníricos».



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XXVII. Los Señores

     En México hay dos clases de señores: los que llamaríamos «porfirianos» y los de después.

     Los del tiempo de D. Porfirio son ya pocos, pero sus hijos y sus nietos siguen la línea, con las variantes que el tiempo les impone, y se parecen a los aristócratas españoles que veranean en San Juan de Luz o en Biarritz. Andan a la inglesa, se visten a la inglesa, se casan y se descasan, cabaretean, juegan, son amables y graciosos, se aburren.

     En esta aristocracia mexicana, de señores desposeídos de enormes fincas que les permitían vivir en Europa o vivir aquí sin preocupaciones materiales, hay familias o individuos sueltos que me parecen ejemplares por lo bien que han resistido la adversidad. Individuos que después de aquella vida se han adaptado al penoso trabajo [62] diario y con poco sueldo. Individuos que conservaron de su primera educación las virtudes que ella contenía: el sentido de responsabilidad, dignidad, moralidad, caballerosidad. Son señores castigados que llevan su castigo como el buen jugador lleva su derrota, con ánimo deportista.

     Los otros señores en México son los que han ido subiendo después de la revolución. Parangonados unos con otros, en los primeros se nota enseguida la culminación y derrumbamiento de un estilo cosmopolita y, en los segundos, la marcha ascendente de un estilo en génesis. El viejo estilo, cargado de rancio españolismo colonial y, el nuevo estilo salpicado de pochismo, indianismo y socialismo. Esto se nota mucho en el habla y en las preocupaciones. La gente porfiriana y sus escritores tienden al casticismo hispano y al imperialismo, lo encarnen Hítler, Franco o Mussolini. La ulterior gusta de los términos genuinos, saborea todo el folkJore mexicano, se alegra con el cambio de cosas, mezcla el huarache con el palo de golf y la perorata de Cantinflas (bufo mexicano) con las frases en inglés.

     Yo no digo que el señor porfiriano rechazase los frijoles o el guacamole, lo que digo es algo más sutil, es que el porfiriano tiene en todo momento presente su estirpe o casta, lo cual le lleva a cierto apartamiento y el revolucionario se entrega más, aunque en su día se acomode y saboree la vida regalona como cualquier burgués en su residencia confortable. El cambio es éste: de la finca feudal a la residencia con su jardín y su barda. El cambio es éste: de los doce criados, a los cuatro criados; de la institutriz, a la nana indígena. El cambio es éste: de un gobierno inmutable y eterno, a un gobierno cambiante que mira y se ajusta a los volquetazos del mundo. El cambio es éste: más ojos en Norteamérica, en Rusia, en Alemania, que en los clásicos españoles, en Don Alfonso XIII y en las toneladas de maíz que le presentan los indios al final de cada cosecha.

     No digo tampoco con esto que los señores nuevos [63] desconozcan a España o la desprecien. Más bien diría lo contrario. A la verdadera España, a sus valores intelectuales y creadores, quienes más la aprecian son ellos. No tengo que aducir pruebas.



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XXVIII. Los Criados



     La primera criada que tuve en México se llamaba Filomena. Tendría unos cuarenta años y sus buenos noventa kilos de peso. Era de Tlaxcala. Oscura de color y de narices muy abiertas. Hablaba poquísimo y lo poco que hablaba era casi incomprensible porque se guardaba las vocales y no emitía más que afiladas eses, remarcadas erres. Para decirme «querrá Ud. pescado» pronunciaba esto: «¿Qu'dra-s-té p'scado?»

     Su semblante, triste por lo general, se iluminaba al sonreír, porque sus dientes eran muy blancos y muy generosa la abertura de su boca. Pero reía pocas veces. Andaba con la cabeza gacha, sigilosa y lentamente, como si fuese a cometer un delito. Llevaba siempre los cabellos sueltos sobre la espalda. Su habitación estaba en la azotea. Cuando fui a vivir en aquella casa, le pregunté por lo que tenía en su habitación. Me dijo que su antigua señora le había comprado una cama, pero que en otras casas había dormido siempre en el suelo, sobre un petate.

     Yo vivía solo y no le di guerra ninguna. Aunque le tomaba la cuenta, no reparaba en la sisa. Al fin y al cabo la pobre de Filomena tenía una hija mocita y necesitaba comprarle unos zapatos de charol. Cuando nos separamos, me despidió con lágrimas en los ojos. Pero meses después supe un detalle que la califica de sumamente terca. Por no hacer café para una francesita amiga de sus antiguos y nuevos amos prefirió abandonar [64] aquella casa en la cual había estado sirviendo veinte años.

     Después de Filomena he conocido criadas y criados en otras dos casas y saco la experiencia de que son muy callados, de aspecto más bien tristón y muy respetuoso, pero poco agradecidos y muy dispuestos para abandonar sus colocaciones. De cómo sienten y cómo viven podemos darnos cuenta por lo que nos pasó con un tal David, muchacho de unos veintidós años. Llevaría cuatro meses en la casa. Se portaba bien y yo le regalé algunas prendas para defenderse de la lluvia. Un día me pidió prestados diez pesos, aclarando que se quería casar porque tenía una niña de tres meses. A los pocos días supimos que ya se había deshecho la boda y en esta forma: la madre de la novia, recibió al novio con mal talante y le soltó la siguiente andanada: «¿A qué te llevas tú a mi hija, si la niña no es hija tuya, sino del patrón?» Pasaron los días, faltó criada en casa y vino interinamente, a prestar ayuda, la ex-novia de David. Celia era una chica guapa y torpe. No sabía de nada. Permaneció en casa como dos semanas y se fue con su chamaca. En esto cae malo David de un fulminante dolor al costado. Se le acostó, se le dieron fricciones y se le avisó a Celia, diciéndole que estaba malo, pero no de cuidado, que le acompañaba un primo suyo y que viniese al día siguiente. Fuera llovía como llueve a veces en México, torrencialmente. Mediada la noche, llaman a la puerta. Era Celia con su niñita a cuestas, chorreando agua y descalza. Llevaba dos horas caminando. Había venido a pie desde Tacubaya a las Lomas de Chapultepec, a campo traviesa, en la oscuridad y bajo la tormenta.

     A la mañana siguiente, hablando esta Celia con otra criada le dijo que se iba a poner a servir, pero que como no la querían con su niñita, la había vendido. Esta pequeña historia de David y de Celia es tan penosa como auténtica y pertenece a lo que llamaríamos el México torvo. [65]



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XXIX. Xochipilli

(A Laura de los Ríos, en Wáshington)

     Hay un Dios en México del cual no se acuerdan seguramente los mexicanos todo lo que debieran. Se llama Xochipilli. Está sentado sobre una piedra rectangular, en una sala del museo y su actitud es mas bien la de un pobre visionario que la de un Dios.

     Tú, que no has venido a México, no puedes darte cuenta de su belleza, ni de su significado, aunque yo te mande una buena fotografía y trate de explicarte algunas cosas.

     Hay cosas, tú lo sabes, que no se explican, sino que se aprenden y se usan sin haber penetrado en su misterio. Al llegar a México se encuentra uno con muchas así. Después de estar varios días queriendo retener el nombre de Xochipilli, lo he aprendido y, ya ves, te voy a escribir sobre su figura y su ser.

     Xochipilli es el príncipe de las flores. Esto significa su nombre en azteca y es patrón de los bailes, de los juegos y del amor. ¿Comprendes ahora por qué se me ocurre hablar de tan antigua deidad a una chica? Pero Xochipilli es algo más todavía; es la representación del verano, y esto, que dicho así parece no tener importancia, creo que la tiene enorme. ¿Por qué? Pues porque seguramente no hay sitio del mundo donde el verano sea tan suave, tan fresco, tan delicioso como en la capital de México.

     Por esto dije antes que los mexicanos no le agradecen a este dios lo que le deben. Xochipilli, el príncipe de las flores, patrón de los bailes, los juegos y el amor y figura representativa del verano, debería aparecer en [66] toda cartulina de propaganda nacional. Su efigie debiera ser divulgada en los Estados Unidos de Norteamérica hasta convertirse en familiar. Yo estoy seguro de que la adorarían y vendrían a verle y a gozar del incomparable verano azteca, esencia suya.

     Es inútil que yo pretenda explicarte la actitud ni la máscara con que Xochipilli nos recibe en el museo. No podría, porque nada sé de ambas cosas. Yo le miro con ojos europeos y puedo equivocarme al juzgar su belleza, porque estoy convencido de que las piedras de acá hay que mirarlas a lo mexicano, o, mejor dicho, con ojos aztecas.

     Yo puedo decirte cosas externas de Xochipilli, v. g., que se le reconoce porque todo su cuerpo está adornado con mariposas y flores de relieve, o que lleva en la mano un bastón con un corazón ensartado; pero, mi poca documentación, me impide explicar por qué lleva máscara, y, sobre todo, por qué guarda una postura como la que guarda.

     Mi sentir europeo diría, divagando, lo siguiente: el dios está sorprendido ante la belleza de la vida en auge. Se maravilla de lo que él mismo ha incubado. Se extasía viendo bailar, viendo jugar, viendo amar. Y acaso llegue a intuir que esas tres cosas creadas por él no son más que una, que se puede llamar ritmo o se puede llamar acoplamiento, o se puede llamar armonía.

     Esta cosa única, resumen de las tres, es la que ensarta o penetra en el corazón. Así puede ver un europeo el símbolo que lleva Xochipilli en la mano izquierda. Y en cuanto a la actitud de la mano derecha se explica fácilmente después de lo dicho. Ella, en suspenso, levantada, no hace sino acompañar el estado anímico que refleja la mascara.

     ¿Cómo puede reflejar estado anímico esa mascara?, dirás. ¡Ah!, por la dirección de la cabeza. Es la dirección [67] que se adopta al ser invadido por la sorpresa. Y, para un europeo, el dios se ha puesto máscara a fin de que no le vean precisamente la honda emoción que recibe al contemplar su obra. Es sabido que los dioses no gustan de exteriorizar sus emociones.

     Todo en la figura de Xochipilli me parece admirable. Hasta el detalle de sus piernas cruzadas en aspa. Esta simetría es también armoniosa, es como el baile, como el amor y el juego; es como el verano de la capital de México.

Posdata:

     Cuando vine a México suponía yo fundadamente que no me iba a interesar por su arqueología. Digo fundadamente porque suele uno interesarse por lo que conoce bajo algún aspecto y a mí lo precortesiano me es extraño. Pero ahora veo que las cosas tienden lazos insospechados y, así como el dios Xochipilli detuvo mi atención, también lo consiguieron las demás figuras de piedra. Figúrate que ayer no me dejaban entregarme al sueño. Durante varias horas estuvieron desfilando y volviendo a desfilar bajo mis párpados. Menos mal que de la desvelada saqué una conclusión, a saber: que en toda la estatuaria mexicana no había una princesa ni reina como la deliciosa Nefertiti de los egipcios.

     Con esta preocupación me fui a ver al arqueólogo Caso. Pero entonces -le dije- ¿no retrataron a los magnates ni a los nobles? -No. La estatuaria aquí es religiosa y abstracta. Tenemos algunas figuras realistas, pero no son de personajes.

     Este desdén para las fisonomías individuales, este desdén para los dignatarios y príncipes me parece digno de ser anotado.



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XXX. La Muerte Como Elemento sin Importancia

     No conozco todo el mundo, pero en lo que conozco de él no he visto nada que pudiera inspirarme la frase que encabeza este capítulo. México es la primer nación en que he visto datos suficientes para sugerirla. Calaveras que comen los niños, esqueletos que sirven de recreo y hasta cochecitos fúnebres para encanto de la gente menuda. Ayer me despertaron con un llamado «pan de muerto» para que me desayunase. Confieso que al decírmelo la criada me produjo mala impresión y que, aún ahora, sabiendo ya lo sabroso del bizcocho, pienso con bastante repugnancia en el nombre.

     La fiesta de los muertos existe en España también, pero lo que no existe allá es este juego con la muerte. Aquí cabe pensar que el mexicano no le da importancia ninguna. En las banquetas o aceras, puestos de esqueletos de factura popular, hechos con maderitas o bejucos articulados con alambre y tachonados de lentejuelas negras y de plata; y, en las confiterías, montones de calaveritas de azúcar. Los muñecos macabros bailan apoyándolos en un cabello de mujer que se tiende disimuladamente de rodilla a rodilla; y las calaveritas de azúcar se las mete uno en la boca y las mastica.

     Estoy seguro de que cualquier chico europeo retrocedería ante el ofrecimiento que le hicieran por primera vez de una de estas confituras. Es la mejor prueba de que nos hallamos ante un fenómeno exótico para un europeo.

     Pero además de los juguetes y de los dulces macabros, se pregona por las calles un periódico lleno de calaveras políticas, El Tornillo, hoja epigramática, en la cual se [69] dan por muertos a todos los hombres políticos de la nación. En esta otra forma vuelve a entrar la muerte como de rondón en las casas sin que nadie se espante.

     Hubiera querido ver yo en México al buen don Miguel de Unamuno que tanto se preocupó de la muerte. A él, que la tomaba tan en serio. A él, que la convirtió en centro mental de su vida.

     Para nosotros, la pregunta inmediata es ésta: ¿Cómo puede llegar toda una comunidad a este manoseo y jugueteo con una cosa tan seria y tan importante? ¿Es concebible una «Invitación a la muerte» como es concebible una «Invitación al vals?» ¿Será esta costumbre un residuo del culto a la muerte que practicaban los aborígenes, como lo practicaron los egipcios?

     Seguramente ningún mexicano de hoy ve en tal costumbre nada de particular. Ni siquiera ve la muerte en tales objetos. Le debe ocurrir lo que al blasfemo en mi tierra, que nombra a Dios sin saber que lo nombra. O que lo mismo le da Dios que diez. Porque en esto de las costumbres ocurre que los hombres se olvidan del significado original a fuerza de la repetición. La costumbre es rutina. Después de cuarenta años de abrocharse los botones de un chaleco, el hombre se los abrocha sin darse cuenta y, después de cuarenta años de tragar humo no es fácil que le acudan las nauseas producidas con el primer cigarrillo.

     Vengo de un país donde ahora, más que nunca, la muerte no es un juego. Donde lo que se juega es la vida. Y naturalmente, me hace impresión doble esta costumbre mexicana. México ha tenido, como España, una educación religiosa y una educación taurófila. A la fiesta de los toros, se le ha llamado «fiesta de la sangre» o «fiesta de la muerte», y en la educación religiosa es un punto central la muerte, sea la de Cristo o la del individuo cristiano. Si de los toros o de la religión católica pudiera derivarse esta familiaridad mexicana con la muerte, ¿por qué no se derivó lo mismo en España? [70]

     En esto como en muchas otras cosas, el europeo cree advertir un elemento asiático incomprensible para él.

     No me olvido de que durante la Edad Media, y precisamente en Europa, tuvo gran valimiento la «danza de la muerte», pero ella no puede en realidad separarse de la religión, mientras que esto de México se me presenta como cosa externa y pagana.



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XXXI. México me va Creciendo

     Al escritor le ocurre un fenómeno que tal vez no le ocurra a otro profesional. Se diría que todas las cosas del mundo se le adhieren y van creciendo dentro de él. Sale de su país con un bagaje x de conocimientos; se interna en otro país y, al poco tiempo, se encuentra con que el almacén de su cabeza está lleno de percepciones, sensaciones y emociones nuevas que piden escape por la pluma.

     Al cabo de año y medio de residir en México se han apostado en mi almacén, ciudades, amigos, monumentos, volcanes, platos típicos, semblantes, carreteras, ídolos, fiestas y modos de hablar. Y por desgracia conflictos políticos, luchas sociales, noticias de crímenes y otras aflicciones.

     México crece dentro de mí. Me encuentro lleno de México como debe sentirse una madre en su noveno mes. Y cuando alguien me invita a decir algo de México, acuden: Veracruz, Pátzcuaro, Puebla, Cholula, Tlaxcala o El Mante, Xochipili, Cantú, Rivera u Octavio Paz, los mameyes, los zapotes, las papayas y las quesadillas como objetos en avalancha que pugnan por ser los primeros. Tengo la impresión real y fortísima de que todo un nuevo mundo ha crecido en mi alacena y de que si no lo voy sacando con aquellas notas suyas, que [71] por peculiares me resultaron extrañas, se me van a convertir en cosas familiares o sea desprovistas de signos sorprendentes.

     Estoy ya en el período de amor a México, lo que quiere decir que he pasado del período de la sorpresa, aunque todavía me queden lugares de la República o notas típicas por conocer. Las casitas cúbicas y bajas exentas de todo adorno, que al principio me parecían africanas, y las casas un poco más ricas, de tipo colonial, rizadas en los perfiles de sus huecos y de sus azoteas son ya, para mí, las casas lógicas, constituyen la única arquitectura posible. Claro es que por mi condición de español he de adherirme fácilmente a ciertas formas que son hispánicas. Esto explicaría mi rápida adhesión a los pueblos. Pero los pueblos como tantas otras cosas de México tienen en su forma o en su esencia rasgos que no son hispánicos y que sin embargo están ya adheridos a mí o acogidos por mí con calor entrañable.

     Cuando el automóvil pasa por la calle principal, que suele ser la carretera de un pueblo pequeño, el viajero español ve como cosa suya la reja que descansa en un poyete y remata en un florón o cruz, ve como suyos el balcón en esquina, el tejaroz, los aleros, la franja pintada de blanco que enmarca los huecos, los colores amarillo, verde pálido y rosa pálido que presentan las fachadas. Y así, otros muchos detalles. Pero a lo largo de la calle, en la visión de conjunto, se percibe un algo difícil de definir o de precisar que yo llamaría demasiado escenográfico o pintoresco. Esto ocurre con más realce aún en las colonias nuevas de la capital. Se debe al gusto mexicano por las formas dieciochescas, llenas de rizos o caracolillos y la profusión de curvas en las fachadas. En algunos casos acusan los nuevos hotelitos una gran decadencia por su falta de orden en los huecos y la caprichosidad de los volúmenes. En algunas obras de pequeña superficie parece que los propietarios han querido coleccionar todas las formas de huecos que registran [72] la historia arquitectónica. El arco de ojiva, el de medio punto, el peraltado, el ajimez, etc. Fachadas muy caladas y sin tranquilidad, que más parecen improvisadas para un cine que para una obra estable.

     Esta fantasía burguesa se puede encontrar en muchas ciudades de otras naciones, pero en la capital de México es más abundante porque aquí cada ciudadano tiene su casita. No abundan las casas de muchos pisos o muchos vecinos.

     Aparte de esta arquitectura burguesa están las nobles casas coloniales del XVI del XVII y del XVIII. En México las hay mejores que en el mismo Madrid, hoy sumidas naturalmente en las calles viejas y utilizadas para fines que no son los originales. Siendo estas casas o palacios de un sabor hispánico evidente, poseen algo fundamental que los diferencia; ese algo es la piedra tezontle, de un color concentrado y sordo, entre rojo, morado y negro y de una calidad esponjosa o porosa.

     Acá y allá, porque hasta hoy no hay una sola calle o plaza en México con una unidad arquitectónica, surgen edificios de esos que llamamos funcionales, carentes de balcones y de todo realce arquitectónico. Es posible que con el tiempo toda la Avenida Juárez hasta el Monumento a la Revolución se vea unificada por edificios de este estilo y hasta es posible que el día de mañana puedan ver los analistas un cierto dejo mexicano en estos edificios que hoy nos parecen exactamente iguales a los que se hacen en muchas ciudades del mundo. Esto quiere decir que ocurrirá con ellos lo que ocurrió con los otros estilos anteriores venidos a México desde España, Italia o Francia. Fueron modificados aquí con pequeñas ingerencias del gusto indígena. Sirviéndonos del arte culinario diríamos que se hace una tortilla a la francesa o un escalope vienés o un gazpacho andaluz, pero se le agrega su poquito de chile.

     Ese poquito de chile o su equivalente es lo que distingue a la arquitectura mexicana. [75]



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Fuera de la capital

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I. Xochimilco

     La mano de Xochipilli me llevo a Xochimilco. Si aquel es el dios de las flores, éste pueblecito es el lugar donde crecen.

     Pero no es precisamente el pueblecito lo que atrae, sino sus senderos navegables, sus canales entre chinampas, por donde se deslizan trajineras con pasajeros, lanchas con músicos (mariachis) y canoas con flores o frutas y bebidas refrescantes.

     Xochimilco evoca a Venecia, pero nada más que por sus canales y por el deslizamiento en amoroso coloquio bajo la luna que ellos permiten. Tales paseos idílicos se llaman en México «lunadas». Por lo demás, nada tiene de italiano. Xochimilco es absolutamente azteca, lo cual quiere decir que sabe más a oriente que a occidente, al Asia que a Europa. Además de las chinampas (china-m-pas) donde suena la voz china en primer término, contribuyen a dicho sabor otros detalles: el tono bajito, sedante y cadencioso de las xochimilquinas que venden flores y bebidas en sus leves canoas unipersonales conducidas por un solo remo que manejan ellas mismas; [76] luego, las formas de las lanchas y las facciones de los indígenas.

     Las trajineras son de varios tamaños. Llevan techos de lona o toldo, sillas sueltas, no muy cómodas, y hasta mesitas para comer. El remero se mantiene parado, o de pie, en la popa. Y decimos popa para indicar que en la punta trasera, porque en realidad no tienen estas chalupas popa ni proa, sino extremos iguales, levantados y chatos. El remero se sirve de una pértiga que llega al fondo del canal. Con ella imprime el impulso que así nos conduce sin chapoteo ni ruido alguno.

     Las trajineras tienen nombres de mujer: Elenita, Carmen, Lupita. Nombres tejidos con flores en el arco frontero del toldo. Las flores son el alma de Xochimilco, un alma que se difunde por los canales y por las orillas. En estas, además, se venden telas, tejidos, sarapes de vistosos colores, flores también de la mano mexicana. Y se venden todas esas chácharas típicas que buscan los extranjeros.

     Las orillas son verdaderos mercados o ferias donde se ven rubios y colorados gringos que abren sarapes como el torero abre la capa, o gringas engafadas que se inclinan sobre los objetos de un mostrador como se inclinan los relojeros y los físicos sobre sus campos de observación microscópica.

     Unas canoas van y otras vienen. Los paseantes se miran contentos, animados por el son de los mariachis. La canoa de estos, solicita ayuntamiento con la del paseante; consigue el permiso y se le pone al flanco. Comienza la música y las dos canoas se alejan por los serpeantes senderos de agua perdiéndose en un recodo. Hay sones lejanos y próximos. Hay sol y apetito, flores, agua y música en medio de una paz que sólo en el agua se consigue.

     Xochimilco vale sobre todo por lo que nos aleja de la ciudad ruidosa, por lo que nos hunde en la naturaleza. Pero no en una naturaleza bravía, montaraz o selvática, [77] sino en una dulce naturaleza que regala suavidades, aromas, destellos y alegres compases populares.

     Xochimilco es a México lo que «La Bombilla» es a Madrid. Ambas son teatros de ambiente popular conjugado con naturaleza geometrizada. «La Bombilla», en cuanto jardín, es geometría y Xochimilco, en cuanto canalización artificial, es geometría. Si el pueblo en «La Bombilla» se entona con sus chotis y pasos-dobles, en Xochimilco se alegra con sus mariachis y sus polcas. Con la diferencia de que el indígena se guarda esta alegría en lo más recóndito de su ser, no la exterioriza como el madrileño.

     El árbol característico de Xochimilco, que desde lejos lo define, es un árbol recto como el chopo, cuyo nombre azteca es «huechotl».



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II. Dos Canciones Otomíes

     Cuando visité la isla de Janitzio, en el lago de Pátzcuaro, escuché canciones tarascas en bocas de unas niñitas que acudieron al desembarcadero. No pude transcribirlas. Emprendimos la subida al promontorio donde se levanta la figura colosal de Morelos, especie de casa antropomórfica y, a mitad de camino, me paré a charlar con una familia indígena cuyos miembros estaban tendidos o sentados en el pórtico de su vivienda, un rellano con magníficas vistas sobre el lago y sus alrededores. Yo preguntaba a los pequeñuelos cómo se decía esto o aquello. El padre, panza abajo, no me miraba. Alguna vez corregía lo que sus niños afirmaban. Y la madre, ocupada con los pelos de un chamaco, sonreía del interrogatorio pero permanecía retraída también.

     La prisa de estos viajes en grupo impide registrar lo [78] que uno quisiera. Otro tanto que en Pátzcuaro me ocurrió cuando atravesé la región otomí. De prisa no consigue uno hacerse con la confianza del indio. Pero he tenido la suerte de encontrar a una joven, extraña a esa raza, que recuerda un par de canciones otomíes aprendidas de su nana. Para mí son de un gran encanto, de un sabor oceánico, oceánico-pacífico. Y en algún punto, con un dejo clásico griego. Mi transcripción, probablemente defectuosa, no va en busca del científico, sino del poeta. Más que el detalle exacto, lo que importa aquí es la totalidad fonética y métrica:

                               Es ga-ti-tú-, gu-ti-dei, gu-tí-mai-ka,
Guri-turirángo, te-das-ko, te-mai-ka.
Guri-tú-rirán,
Jesú.
Andiri-ri-rí, su amor;
Se disen Co-ro-ro-ro-rís,
Se disen Guti-tú-ri-rá,
Jesú.
 
Guten, marsen, iersen,
güir-sen-suar;
Andiri-kutara,
Andiri-su amor,
Se disen:
Jai-Jai.
 
Tarin-güí
Ya-si-ru-maga.
Ya tan güí,
Ya si-so loca.
Tarin-güí
Tata-la yuka,
De tú-tú-tumbé
Será macitú. [79]

     La primera parte de la primera canción, se me pegó al oído con la fuerza de un verso clásico:

                     Es ga-ti-tú, gu-tí-dei, gu-timai-ka,
Gu-ri-turirango, tedasko, temaika.

     ¿Qué significará todo esto? ¿Por qué me sabe a mezcla de sonidos griegos, malayos y negros, si yo no sé ni griego ni malayo, ni ningún idioma africano?

           De-tu-tu-tumbé
Será macitú.

     En alas de estos sonidos me voy a los paisajes tórridos de Gauguin, de cabañas, altas palmeras, tierras color de rosa y mujeres color de pipa culotada. Dientes blancos, ojos insinuantes y férvidos, andares de molicie, cántaros a la cabeza, trenzas largas, torsos y piernas desnudos.

           Tarin-güí
Ya-si-ru-maga.
Ya-tan-güí
Ya si-so loca.

     Sí. Ya se hizo loca. De frutas, de calor y de melancolía.



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III. Trópico

     Sin advertírmelo, me llevaron al trópico, a la manigua, que no me gusta porque me sienta mal.

     La cornisa que serpea desde Zimapán a Tamasunchale domina sobre un imponente oleaje montañoso que, como todo lo geológico, evoca catástrofes telúricas. Las [80] selvas que bordeamos tienen un aire hosco y sombrío, aunque esto se compensa por los grandes panoramas que descubren a cada curva. La soledad del paisaje sobrecoge. Hay poquísimos poblados. Como por otros caminos del país echa uno de menos la presencia humana o la huella de su vida concretada en una vivienda. Los únicos vestigios del paso del hombre son las calzadas y los nombres de regusto clásico que distinguen a ciertos puntos del camino: «Puerto del Gavilán» y «Cantil de la Mona».

     Estamos en una región próxima a Tampico. Primero en Valles, con su buen hotel, La Casa Grande, regenteado por un militar retirado; luego en El Rascón. Por Valles pasan hacia el norte y hacia el sur los atareados yankis que vienen a curiosear en México. En el Rascón, por el contrario, no se ven extranjeros. Es una antigua propiedad metida entre cañaverales y al pie de una selva montaraz donde, según dicen, hay tigres, jabalíes y venados. A mí me basta la lucha con los mosquitos. Es región palúdica y la casa está defendida por telas metálicas. Durante la noche que pasé en Valles el calor era tan sofocante que me acosté desnudo sobre la cama. Al día siguiente me desperté con un dolor reumático en el hombro que me tuvo atenazado día y medio en el Rascón. Debido a esto permanecí quieto en la terraza de la casa mientras los compañeros visitaban algunos parajes de la finca. Sin duda perdí algo no yendo con ellos Pero, en cambio, me empape de ruidos y rumores tropicales. Rumores, ruidos y ruiditos de un timbre desconocido que me gustaría explicar: rechinantes y estridentes como de hierros enmohecidos y cañas que se cascan, o ruiditos como de carcoma que oyéramos por un altavoz de radio. Se oían silvos de pájaros tan apremiantes como los de la sirena de un equipo de incendios; otros como los que producen las persianas al ser descorridas; otros como el de los muelles metálicos y oxidados de un butacón viejo. [81]

     Mis amigos se habían ataviado, al levantarse, con las prendas adecuadas para la región: botas, polainas, pantalones cortos, pistolones y sombrerotes de petate o de otro tejido. Algunos, pesados como el plomo. Yo, traído por sorpresa, tenía que aguantar mis pantalones de franela. Ellos se sentían con ganas de moverse; yo, con invencibles ganas de tumbarme. Con todo y esto -al caer la tarde- les acompañé a un paraje por donde discurría el agua y asistí a un baño entre mosquitos que nunca olvidaré porque, obstinados, tercos y ciegos se me colaban por la boca y por las narices.

     Después de visitar los campos de cañas de azúcar, nos fuimos al Mante, donde se fabrican esos cubitos blancos que echamos en el café. El Mante es una creación de la fábrica. En él hay vida, así como en toda esta región hay fuerza y prosperidad. Los trabajadores de el Rascón me parecieron fuertes y bien tenidos. No recuerdo haber visto por allí indios indolentes o con aire famélico.

     La visita a esta región, dulce por lo azucarada o azucarera, me reveló dos cosas: que desde Tampico a Veracruz -en esa faja oceánica del litoral- está la riqueza mayor de México, el petróleo, la plata, el azúcar, el café, y que yo no podía vivir en ningún punto de esta faja tropical. He visto que mi naturaleza es refractaria a lo exuberante, a lo extremado y, en último término, a lo rico.

     En El Mante cené en casa de un gran mexicano, representativo sobre todo por la prole. Ha tenido catorce hijos y parece un muchachote robusto y emprendedor. Durante la cena, me agradaba pensar en el paralelismo de aquél matrimonio y de la región. Fertilidad exuberante en ambos y calor, simpatía y generosidad. [82]



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IV. Las Pirámides

     Aunque me halle horro de arqueología precortesiana, es indispensable poner en este libro un indicio de las pirámides. No conozco las de Chichen-Itzá, pero sí las de Teotihuacán y de Tenayuca.

     Mis sentimientos más fuertes ante ellas han sido éstos: evocación del Egipto y de la India, y confirmación de la pequeñez humana cuando trata de imitar a la naturaleza, corrigiéndola. Porque, vista desde cierta altura, toda pirámide, por grande que sea, es un montecillo de juguete perdido entre los montes auténticos. Será una obra de empuje, de verdadero esfuerzo y de valor arquitectónico, pero no pasa de juguete. Será un templo gigante, rodeado de plataformas y murallas; será un conjunto revelador de la potencia magnífica de un gobierno; pero ¿qué es una pirámide al costado de un volcán?

     Mientras más grandes sean los bloques de piedra superpuestos, mas penoso se me hace el pensar en los esclavos que hubieron de dejar en ella sus riñones y su corazón. Sus riñones, elevando las piedras sin los instrumentos humanos de elevación que conocemos hoy, y su corazón, sobre la piedra de los sacrificios. No. Yo no veo con placer las pirámides. Para mí tienen algo de torvo y cruel. No es nada gustoso volver los ojos hacia períodos de la humanidad como éste o como el de los Faraones. Yo comprendo que la talla de las piedras, las esculturas exentas y las joyas que dentro o en los alrededores se van desenterrando se estudien con avidez por los arqueólogos y que su entusiasmo se comunique a los estudiosos y profanos. Comprendo incluso el alto valor monetario que alcanzan las obras halladas; [83] si yo fuera un Rockefeller daría mi dinero para proseguir desentrañando el misterio de las civilizaciones pasadas, pero mientras no se dé con el secreto me resultarán hostiles estas manifestaciones religiosas por torvas y crueles.

     Cegado por una luminosidad extrema, he recorrido el imponente anfiteatro que hay en Teotihuacán ademas de las Pirámides del Sol y de la Luna. Quedan documentos fotográficos de esta visita donde me veo sentado tranquilamente sobre la cabeza pétrea de una serpiente o parado intranquilo delante de otra cabeza de serpiente que, por el hecho de estar en su sitio, parece viva. La ornamentación es sumamente poderosa e impresionante. Vamos cinco o seis amigos y ninguno acierta con una frase feliz acerca de lo que tenemos delante. Se comentan las dimensiones o la amplitud, pero nada más. Estas obras hablan un lenguaje extraño. La pirámide del sol tiene de altura 65 metros. ¿Cuántos tendrá de base? La machuchez de la pirámide me aplasta. Para reaccionar pienso en una catedral gótica, donde todo es ámbito. Los antiguos mexicanos -mayas o toltecas- tenían horror al vacío, como los egipcios, o no necesitaban de interiores, o no sabían resolver los problemas arquitectónicos que exigen grandes espacios. Por cualquiera de estas tres razones, o por otras que no conocemos, celebraban al aire sus ceremonias.



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V. Puebla o el Azulejo y el Mole

     Estamos conformes desde hace muchos siglos en que hay poblaciones alegres y poblaciones tristes. Todas las notas de la escala anímica que creíamos peculiar del ser humano podemos encontrarlas en las fisonomías urbanas. [84] Y tenemos ciudades melancólicas o hepáticas, ciudades sanguíneas o coléricas, ciudades picarescas, levíticas, tacañas, generosas, embusteras, formales, serias.

     Esta dotación de caracteres morales que hacemos a las poblaciones puede convertirse en verdadera chifladura. ¿Qué otra cosa es, si no, esta identificación que siempre hago de Puebla con un tío mío llamado D. Manuel, señor castellano, general de brigada, hombre que fue muy serio y comedido, muy devoto, vestido casi siempre de negro, en perfecta armonía con sus bigotes y su perilla blancos?

     Puebla es una ciudad de gran abolengo y tiene una dignidad que no he visto en otras poblaciones del país, sin que esto sea denigrar a ninguna. No tiene rótulos chabacanos de tiendas feas en sus calles principales. Sus casas tienen un decoro señorial. Tiene una magnífica catedral que parece hecha por Felipe II y Carlos III al alimón, como si estos dos monarcas distanciados en vida hubieran venido en una segunda existencia a dirigir las obras. Puebla tiene portales castellanos y conventos barrocos donde flamea el oro grueso con un frenesí verdaderamente andaluz. Puebla es cuna de azulejería; es la Talavera de México. Talavera y Puente del Arzobispo y Manises y Sevilla. La azulejería de Puebla puede, en sus momentos de apogeo, competir con las de esos cuatro focos azulejeros de España. Y consigue revestir iglesias enteras y patios enteros. El azulejo poblano es de mejor gusto que el sevillano. No es rabioso, ni estridente. Por esto no cansa. Puebla sabe, además, combinar este artículo decorativo en las fachadas barrocas con grandes superficies rojas y blancas. Véase la casa del Alfeñique entre otras.

     La influencia de Puebla sobre su contorno origina ese maravilloso templo de Acatepec, y otros menores, donde pueden estudiar refinamiento, freno, disciplina y armonía los decoradores azulejeros.

     Puebla sobresale además por un detalle cocineril o [85] culinario de gran importancia, el mole poblano, un guiso de carne en cuya composición entran nada menos que todas estas cosas: carne de pavo, tres clases de chile (mulato, ancho y pasilla), almendra, ajonjolí, canela, pimienta, clavo, chocolate, avellanas, pepitas de chile, pan dorado, tomate, cebolla y ajos. El plato fuerte de la nación. El plato barroco por excelencia. El plato que de tan sabroso hace llorar, o sea, que hace llorar de gusto.

     Dicen que este mole poblano, distinguido de los demás por el chocolate, lo inventaron unas monjas para regalar a un obispo visitador; las monjas de Santa Mónica, célebre convento que hoy se visita de un modo extraordinario, teniendo que entrar a gatas por un boquete abierto en un muro.

     Puebla tiene sus museos, el del Estado y el del señor Bello. En éste hay dos colecciones muy buenas, la de loza poblana y la de cerrajería. Puebla fue originalmente llamada «Puebla de los Ángeles». De la devoción de México por estos espíritus hablaré en otro lugar con más detenimiento.

     Puebla ha tenido escuela de pintura. Los caracteres de esta «escuela poblana» están por estudiar todavía.

     Puebla fabrica pequeños objetos domésticos o decorativos con esa especie de alabastro que llaman tecali. Fabrica también buenos dulces. Pero por lo que se hizo famosa fue por la loza y por el mole. Y, es curioso, a pesar de los azulejos y del barroco blanco y rosa, para mí es una ciudad severa, sin alegría, como mi tío D. Manuel, general de brigada y oriundo de Castilla la Nueva.



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VI. Cholula, Plantel de Iglesias

     Cholula es hoy geográficamente un satélite de Puebla. Pero la verdad de Cholula se encierra en este dicho [86] vulgar: Tiene más iglesias que casas. Esta es una de esas verdades que todo el mundo acepta y nadie comprueba.

     Hay, sin embargo, un fenómeno patente en este pueblo y en todo el valle que le antecede: la multitud de torrecillas y cúpulas eclesiásticas. Cholula resulta un foco religioso indudable, una cantera de templos. Es muy posible que debajo de cada iglesia o iglesita haya una pirámide o templete antiguo. Si fue costumbre católica erigir templos propios sobre los lugares sagrados del indio, Cholula fue un centro religioso tan importante en los tiempos precortesianos como después. Y tan difícil resulta explicarse lo antiguo como lo moderno. ¿Es que tuvo una población tan grande como para henchir tantas iglesias? ¿Es que en cada una ofrecía «novedades» o «variantes» propias como hay en los cines? ¿Es que cada orden religiosa fundaba su templo? ¿Es que los particulares fabricaban los suyos en la población y en sus fincas? Misterio. Aunque misterio sonriente, porque las iglesitas de Cholula vistas de lejos son alegres, ligeras, coloreadas y como de juguete. ¡Qué bonita se ve la colocada encima de la pirámide! ¡Y qué interesante el interior de aquella «capilla real», trasunto de la mezquita cordobesa por la cantidad de columnas!



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VII. Tepeaca o la Nueva Torre del Oro

     En este pueblecito del Estado de Puebla es donde yo he sentido con más rigor lo que significa conquistar y colonizar. El motivo fue la torre que se conserva en la plaza; una torre que se parece algo a la del Oro, de Sevilla.

     Esta torre octogonal, de marcado sabor hispano-morisco, con sola una puerta en el cuerpo bajo y una serie [87] de arcos con parteluz en el de arriba, no es el único vestigio español en el pueblo. Le acompañan la parroquia y un monasterio que se presenta como interesante reliquia histórica. Además, el caserío bajo, de una planta solamente, verdadera hilera de portales, sabe también a España. Pero, aquella torre, aquél rollo, que es como le llaman en el pueblo, me impresionó más porque las obras de carácter civil abundan menos que las religiosas. Y las obras civiles hacen pensar más directamente en las gentes que deambulan por la calle. Mis ojos miraban a los vecinos y miraban a la torre alternativamente, queriendo ver el entronque definitivo. Y me preguntaba como resultaría la Torre del Oro de Sevilla rodeada de una población totalmente alemana.

     En España tenemos edificios árabes de la importancia de la Mezquita de Córdoba y de la Alhambra, pero entre las gentes y ellos no hay falta de continuidad. O son monumentos asimilados, o los andaluces somos medio árabes. Habrá quien acepte lo segundo como mejor explicación; pero entonces agregaríamos la pregunta siguiente: ¿no ocurre lo mismo con los monumentos romanos que allá tenemos? El Puente de Alcántara, el Acueducto de Segovia, ¿no están incorporados a España totalmente?

     Por otra parte, en España nadie conserva rencor hacia Pompeyo o hacia Abderramán. Estoy seguro que el español de hoy siente como que se enguyó para siempre a todos los caudillos que la conquistaron en diversas épocas. En cambio, delante de este rollo y de estos aldeanos pienso que Cortés no fue digerido todavía, que mucha población mexicana no lo puede tragar aún.

     Culpemos al tiempo. Es posible que estén demasiado verdes todavía los huesos del conquistador. Quizás dentro de ocho siglos afecte Cortés a los mexicanos lo que a nosotros el gran Califa. Pero también es posible que la culpa esté en no haber volcado España más españoles [88] sobre México en su día. Españoles que hubieran consumado el mestizaje completo de la población.

     El rollo de Tepeaca encierra uno de los problemas de México, el problema racial.



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VIII. Cuernavaca y el Corazón Apremiado

     Me pongo a buscar entre mis conocimientos geográficos lugares que se asemejen a Cuernavaca. Pienso en Baden-Baden, en la Granja (sitio Real en la Provincia de Segovia), en San Sebastián, en San Juan de Luz. Pero no quedo satisfecho. Tiene de común con ellos el ser sitio de descanso, de apaciguamiento para los corazones, que tanto trabajan en la capital de México, a estas alturas alpinas, y el haber podido ser durante algún tiempo lugar de timba o juegos de azar.

     Cortés tuvo en Cuernavaca su palacio, que se conserva. Por este detalle se empareja también con los sitios españoles de veraneo regio, la Granja y San Sebastián. Pero no basta.

     En las viejas paredes de este palacio hay actualmente pinturas del gran Rivera nada halagadoras para el conquistador ni para los españoles actuales extraños a todo imperialismo.

     Cuernavaca, por estar más baja que la capital de México, es más templada y sedante. Los capitalinos van a ella de temporada, pero también a pasar un día y un fin de semana. Se va en dos horas, por una carretera que como casi todas las del país parecen trazadas por las serpientes. (Todo lo que las serpientes imaginen ha de ser serpentino, serpenteante).

     Cuernavaca es el refugio de los cardíacos y de los [89] pacientes de alta presión arterial, pero es también lugar de recreo y simple descanso. Y lugar de turismo.

     Realmente hay dos Cuernavacas en una: la de toda esa gente y la de los indígenas, artesanos y labriegos. Los hotelitos o nuevas «villas» de los adinerados (nunca mejor que en México hombres de peso) han ido creciendo al margen del antiguo corazón, a un lado y otro de la carretera principal o por las cercanías de «La Selva», casino fracasado donde hace años se jugaba fuerte.

     La parte vieja del pueblo conserva su sello hispano; la nueva enseña su «pochismo» o sabor californiano en la arquitectura. En la vieja hay una plaza donde confluyen indígenas, turistas, forasteros temporales y, en suma, todo el mundo. Todo ese mundo que vive de paso. Más de paso aún que los simples mortales.

     En esa plaza hay árboles centenarios donde pían y pían millares de pajaritos. (¡Cuidado al sentarse en los bancos bajo estos árboles, que los vagacielos dejan caer sus remanentes gástricos!) Hay puestos de zarapes y abigarradas chácharas decorativas. Hay limpia-botas, que en México se llaman «boleros» porque antiguamente se servían de una bola de sebo para su menester. Y hay, sobre todo, ocasión de estudiar caras e indumentarias, supremo encanto de las plazas tranquilas de los pueblos.

     Cuernavaca debe tener una historia llena de azares y bellezas. Me lo dicen algunos restos gallardos, como el palacio de Cortés y los jardines de Borda. Salinas, el poeta español, sugería verbalmente que deberíamos constituir una Sociedad de Amigos de los Jardines Borda, porque se están deshaciendo y son únicos en todo el continente americano. Únicos por su antigüedad y únicos por reunir en sí caracteres del jardín morisco andaluz y del jardín mexicano. Realmente, son un documento precioso que no debemos dejar perderse ni maltratarse. Poner urinarios donde los han puesto y asfaltar los caminitos, son herejías que sublevan. Desde estas páginas [90] hago el primer llamamiento a los «Amigos de los jardines Borda» que son por esto mismo amigos de Cuernavaca y de México entero.



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IX. Taxco, Pueblo Modelo

     El nombre de Borda me conduce a Taxco, tal como el de Xochipilli me llevó a Xochimilco. Taxco y Cuernavaca están en la misma carretera, la de Acapulco.

     Borda fue un minero que se hizo rico en estas regiones y supo pasar a la historia dejando entre otras cosas sus jardines de Cuernavaca y su gentilísima iglesia de Taxco.

     Este pueblecito montañés es de las cosas bien conservadas de México. Personas como D. Luis Montes de Oca, han contribuido a que se regule su conservación, prohibiendo que las construcciones nuevas se salgan por peteneras o «californiadas». Hoy es un pueblecito de moda, donde mexicanos y gringos levantan sus casas respetando las formas tradicionales de la construcción popular hispanomexicana.

     Taxco tiene casitas con tejados rojos de teja romana y grandes aleros. Casitas blancas que escalan las laderas entre exuberantes follajes anunciadores de tierra caliente. Por sus calles escarpadas suben y bajan pacíficos borriquitos. Los automóviles forasteros se quedan en la plaza, donde se congregan los árboles y las torres, las cantinas y las posadas, los gringos en trajes domésticos, destocados, y los campesinos en sus cándidos camisones, calzones y sombrerotes de petate.

     Taxco tiene un gran hotel, que naturalmente se llama Hotel Borda, colocado en lo más alto del pueblo y [91] un mercado, que casi está en lo más hondo. Yo no sé si los indios aman a los yankis. Probablemente no, pero les interesan, porque son compradores. En Taxco se estableció uno de ellos, Mr. Spratling, y su tienda es el mejor bazar del pueblo. Mr. Spratling, joven arquitecto retirado, ha enriquecido la industria de Taxco creando una verdadera escuela de hojalatería, que fabrica espejos, candiles, ceniceros, caretas, jarritas e infinidad de objetos de lata plegada, rizada y calada. También hace muebles de sabor colonial. Es un gringo benemérito que ha fomentado el turismo, creando riqueza de ese modo, formando menestrales. Seguramente pasará a la historia, a sentarse con Borda, Humboldt y Ruiz de Alarcón.

     Taxco es un lugar agradable para el viajero, porque los hombres inteligentes han ido haciéndolo confortable sin quitarle su sabor tradicional; pero a mí me resulta falto de pureza por eso mismo. Su mercado, sus cantinas y hasta sus guitarristas y cantores se me figura que cantan, tocan, venden bebidas, chácharas y comestibles para los forasteros, no para los indígenas. En Taxco me creo en un teatro donde todo mundo es actor, mientras que, en otros pueblecitos más puros, Tepoztlán por ejemplo, comprendo y siento que soy espectador únicamente. Sensación que tampoco me gusta. Tepoztlán es un pueblecito puro y pobre; Taxco, un pueblo mistificado y rico. A lo menos, tiene más vida y más limpieza.



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X. Caminos de Veracruz

     En el mes de septiembre son maravillosos todos los caminos. El cielo ha regado la tierra cumplidamente y parecen de lujo los pastos de las laderas a un lado y otro [92] de la pista. Los árboles brillan limpios, y las carreteras, con su espina dorsal blanca, nos convencen de su valor estético. México tiene largas y magníficas pistas. Para ir a Veracruz se acomete la de Puebla, que bajo su belleza actual tiene un poder evocativo que es belleza también. A medio tramo, hay un puente que por algo se llama Puente del Emperador. Es ruta de alcurnia. Por ella vino a pie y a caballo aquel puñado de hombres, animosos entre los animosos, que engendró la patria.

     Más allá de Puebla es donde se bifurcan los caminos a Veracruz. El antiguo pasa por Orizaba, El fortín y Córdoba; el nuevo por Jalapa.

     Orizaba me trae al recuerdo el valle de Orotaba, en las islas Canarias. Así se me aproximan los Continentes. También los «guanches» son hombres de fuertes pómulos. Y se pasean bajo hermosos platanares. Hay que creer en la Atlántida.

     Conservo algunos datos visuales del tramo que hay entre Tehuacán y Orizaba: la aridez plana de Perote, un salón de billar lleno de indios y la bajada repentina y bellísima a la tierra caliente. Ya sabéis que de los viajes en auto quedan pocas y muy distanciadas estampas en la retina. A veces, además, se superponen como en las películas de las cámaras fotográficas.

     En El fortín hay uno de los jardines más apetecibles que he visto en México. Pertenece a una finca muy siglo XIX que remueve memorias de mi niñez andaluza.

     Córdoba no es Córdoba precisamente, pero tampoco se puede pedir más a los que supieron imprimirle el sello andaluz que tiene. Para conseguir una Córdoba como la andaluza, trabajaron muchas razas y muchas generaciones.

     De Veracruz, lo primero, lo más importante, es su sabor marino. ¡Cómo gusta volver a henchirse pulmones y nariz con el aire enyodado! Luego, la plaza de la Constitución, con aquellos soportales donde no cesa la música, donde se sientan los marinos y los pasajeros que vienen [93] del mar o van a echarse en su seno. Luego, el Fuerte de San Juan de Ulúa, cuyo nombre suena a siglos. Luego, las barracas cerca del puerto, donde se venden caracolas marinas y otras muchas quisicosas que sólo se ven en los mercados próximos al mar. Aquí ya no son los zarapes policromos, ni los rebozos, los objetos de industria popular que están recalcándole al viajero su presencia en México. Aquí todo el ambiente dice que es final de tierra y principio del mar, o final del mar y principio de tierra. Aquí se saludan el tiburón y el mosquito. De aquí parten las rutas blandas y los senderos duros. Veracruz es un límite y en ella se reúnen los que se alegran con las arribadas y los que gimen con las despedidas. Sentado en su plaza ruidosa pienso en Málaga, otro límite.

     De Jalapa no sé más sino que una monstruosa fuente de cemento me tapó toda la ciudad.

     En cambio, recuerdo con sumo gusto el pueblecito de Coatepec, al cual fuimos desde Jalapa en tranvía. Coatepec, en plena manigua, tiene tres cosas notables, las cancelas que dejan ver los patios igual que en Andalucía, los jardines medio selváticos y el vinillo de naranjas que casi parece un Oporto.



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XI. Pátzcuaro, Concha Hispano-Asiática



     Cuando salgo de la capital para conocer los pueblos más notables de la República, suelen decirme los amigos mexicanos; ¿verdad que es muy español?

     Me lo han dicho al volver de Taxco, de Cuernavaca, de Puebla, de Morelia y de Pátzcuaro.

     Y yo suelo contestar con un sí flojo, dubitativo; o [94] con un rotundo, de los que no dejan lugar a más explicaciones. El primer me sale cuando al pensar en lo español lo concibo como un conglomerado de estilos diferentes, no temporales, sino raciales. Es decir, cuando considero que la casa vasca y la andaluza, la aragonesa y la castellana no tienen el mismo reparto, ni el mismo color, ni los mismos materiales, ni la misma decoración. Es un emitido con tibieza, porque pienso más en los casos de España que en los casos de México.

     El segundo sí, en cambio, lo lanzo cuando, sin atender especialmente a las diferencias españolas, parto de los detalles reales que tengo ante los ojos, es decir, de las rejas que veo, de los colores de las fachadas, de los patios floridos, de las pilastras y columnas con zapatas, de las piedras rizadas de las iglesias, de los empedrados hostiles de las calles o de las dormidas plazuelas. ¿Qué duda cabe de que todo eso es español?

     Todo eso es español, en efecto, pero nunca se presenta unido en España, sino aquí. Vale la pena explicarse este fenómeno.

     Allá no encontramos nunca en una plaza riojana patios andaluces, mientras que en Morella vemos un rincón de Logroño al lado de una calle parecida a las de Alcalá de Henares.

     Yo diría que en México las ciudades son muestrarios de casas regionales hispánicas, algo así como aquel pueblecito español que se hizo en Barcelona cuando la exposición del año 29.

     Y esto es natural. En las ciudades coloniales tenía que ser así. Porque los colonizadores procedían de los puntos más diferentes. Y el gallego, al hacer su casa, le imprimía el carácter de la que dejó allá y lo mismo el vasco, el andaluz, el castellano, el extremeño y el levantino.

     Las ciudades coloniales hispánicas, vistas desde un ángulo determinado, son verdaderos Casinos. Pensemos en la diferencia esencial que va de casa a casino. En la casa [95] vive una familia, es decir, una entidad bastante homogénea en costumbres, gustos, vocabulario y hasta timbre de voz. En el casino, en cambio, se reúnen individuos procedentes de distintas casas, con gustos, costumbres, vocabulario y acentos y tonos de voz marcadamente distintos.

     Podemos, pues, pensar que cada pueblo auténticamente español es una casa, en cuanto tiene uniformidad formal, y que cada pueblo mexicano es un casino, precisamente por su diversidad formal.

      Pero es necesario apretar más el concepto, no contentarse con la comparación simple. Porque hay casinos de varias clases, el de pueblo, el de provincia, el de capital y el cosmopolita.

     ¿A cuál se asemeja mas una pequeña población colonial? Sin duda alguna al casino de la capital, porque a él afluyen socios de todas las provincias y regiones. ¿Y el de una gran ciudad colonial? A un casino cosmopolita. Un caso típico de esto es Buenos Aires. Aquella gran ciudad colonial es hoy el mayor casino internacional.

     No es demasiado extraño que me haya sumergido en esta meditación acerca del carácter colonial de los pueblos en Pátzcuaro. En esta pequeña población, la más alejada de la capital de cuantas he visitado, creí ver importantes detalles de sabor chino, no en las casas, pero sí en los indios y en sus manufacturas, en los nombres de la región y hasta en el paisaje. Los ojos, la sonrisa, la blandura del lenguaje, el comedimiento en la gente eran para mí de un marcado sabor chino. Los sombrerotes de paja eran allí más achinados y las tostaditas, con su poquito de tal y su poquito de cual, y las lacas y las redes de pescar.

     Pero donde me pareció decisiva la remota influencia china fue en la toponimia. El hotel de la estación ferroviaria donde viví, ofrecía la curiosidad de tener sobre los dinteles de cada cuarto un nombre de pueblo a más [96] de un número. Yo viví en el cuarto llamado Quizinguicharo. Y tuve la paciencia de anotar estos otros: Yzuramutaro, Tzentzenhuaro, Tzintzuntzan, Jaracuaro, Teretzuran, Yahurhuala, Zacapuracu, Ziritzicurio, Uricho, etc.

     Cualquier escolar de filología puede preguntar: ¿qué va de Jaracuaro a Jarakiri?

     Pues bien, este elemento indígena de tanto sabor chinesco-japonés introdujo en mi meditación sobre los pueblos coloniales un nuevo factor de importancia. Los españoles hicimos el pueblo, como he dicho, a modo de casino, pero por lo que se ve no admitimos al chino en la sociedad urbana. Al menos, en la edificación no queda rastro de su presencia.

     Esta es otra de las características coloniales. Los indígenas conquistados no tienen dinero para la cuota del casino. No pueden fabricar casas. Y como los pueblos se tenían que ajustar a un plan urbano, era imposible levantar chozas entre los elementos de una cuadra o manzana.

     Esto que ocurrió aquí, ocurrió en España y en Asia en tiempos de Grecia y de Roma. Los colonizadores imponen siempre su casino.

     Ahora bien, mientras ellos imponen sus normas, el indio sigue con sus idolatrías, sus redes, sus guaraches, sus comiditas. Y si no son socios de alcurnia son los tejedores efectivos de la vida común y corriente. Los que dan su tónica a la vida del país.



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XII. En la Región Tapatía



      ¿Estoy en Guadalajara? ¿No será un sueño? En primer lugar, Guadalajara es un nombre árabe y por lo tanto fuera de sitio. Wad-al-hajarah, quiere decir Valle [97] de las Piedras. No otra cosa es el suelo donde se asienta la ciudad española. Ella se llama, pues, así, por algo más que un capricho, por algo consustancial y fundamental. En cambio, esta Guadalajara de México se asienta sobre terrenos blandos, llanos y ricos.

     En segundo lugar, la Guadalajara hispana dista de Madrid unas 35 millas, mientras que la mexicana dista de la Capital de la República 275. Diferencia que nos puede servir de ejemplo para comparar los tamaños y las distancias entre un país y otro.

     Lo del nombre nos puede servir también para ver claramente que los nombres coloniales obedecen a otra lógica que los autóctonos o muy viejos. Ahondando algo en este asunto podríamos llegar a concluir que las civilizaciones antiguas bautizaban a las ciudades por alguna de las características del terreno en que las asentaban, mientras que las de fundación colonial se rigen por móviles sentimentales. Tal conclusión no es completamente exacta puesto que tenemos en España una Tebas, un Sagunto y una Cartagena (Cartago Nova) que son traslados sentimentales fenicios o romanos iguales a los de Nueva York o Guadalajara. Pero sí puede afirmarse que los colonizadores modernos no se apretaban la mollera para buscar nombres idóneos a sus fundaciones basándose en las características del suelo, del clima, de la fauna o de la flora. Ellos se contentan con bautizar al pueblo según el criterio sentimental que guía a los padres de una criatura. Porque si nos fijamos, ningún hombre se llama Cristóbal o Paulino por una razón lógica, sino estética o sentimental, porque suena bien o porque así se llamaron sus padres o sus abuelos.

     La Guadalajara hispana yace en un terreno casi hostil, pedregoso y seco. Ella misma es feota, desgarbada y sin ninguna gracia. Cuando queremos recordar algo suyo notable, vemos que todo se reduce a los «bizcochos [98] borrachos» y al Palacio del Infantado (casi destruido hoy por los bombardeos franquistas).

     La Guadalajara mexicana es muy otra cosa. Ella tiene el trazado rectangular de las ciudades coloniales ideado por los griegos. Sus calles son anchas, rectas, limpias, soleadas y alegres por lo tanto. La dulzura de su clima permite casas con patios, como en Andalucía. Y todo ello unido a los colores alegres de las fachadas y a la vitalidad de la población le da un matiz de día festivo permanente.

     Las guías turísticas y más aún los libros eruditos se encargarán de recoger todo lo que haya de notable en esta simpática ciudad tapatía que tanto me llega al corazón por su ambiente andaluz. Pero este viajero, que no ha residido en ella más que tres días, se va contento y satisfecho con su incompleta información. Se lleva en su recuerdo la finura de sus iglesias barrocas (finas en el detalle, fuertes en su cantería); la página señorial de la Colonia Reforma, donde cada Gobernador dejó un palacio envuelto en pimpantes jacarandas; el camino a Tlaquepaque, ese pueblecito alfarero cuyo nombre parece imitar el ruido de un carro por una carretera llena de baches; el esmero higiénico del Hospicio; la divina ingenuidad del Museo, tan severo y recio de arquitectura; los cochecitos llamados calandrias, que parecen moscas urbanas; los frescos de Orozco, tan tétricos, tan disconformes con el ambiente dominical; el San Cristóbal que anida en un ángulo de Santa Mónica como un gran zopilote; las cancelas que dejan entrever acogedores patios frescos y, finalmente, un detalle gastronómico por el cual vuelvo a pensar en la Guadalajara española: las célebres «tortas compuestas». ¿No habrá también un dulce tapatío que pueda competir con los bizcochos borrachos? Seguramente existe algún mexicano curioso y folklorista que lleva en cartera el mapa gastronómico de la República, porque estoy seguro de que México tiene como España en cada pueblo un producto [99] genuino que ofrecer al paladar. Yo tengo amigos españoles que conocen las especialidades azucaradas o melosas de cada pueblecito, las yemas de cada convento, los roscos, alfajores, melindres, buñuelos y borrachuelos de cada dulcería popular. Y la impresión mía es que México sobrepasa con mucho a España en antojitos comestibles. La prueba está en que aquí vemos comer a la gente por la calle toda una infinidad de cosas que se ofrecen al transeúnte en las aceras o, como aquí se llaman, banquetas.



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XIII. Un Valladolid que se Parece a Alcalá de Henares y se Llama de Otra Manera

     Un viajero español que se lanza por las carreteras de México, vive, además de las sorpresas de cualquier otro, una muy especial, que consiste en ver alterada la geografía de España. Algo así como si hubiesen metido en un cubilete de dados los nombres de las ciudades españolas y las hubiesen dejado caer sobre el país desde lo alto de los volcanes. Salir de México, llegar a Valladolid y por la misma ruta, siguiendo adelante, llegar a Zamora y después a Guadalajara, resulta cosa mágica. Para un mexicano carece de chiste el itinerario, pero para un español es tan desconcertante como divertido.

     Si yo tuviera la paciencia de apuntar lo que apuntan los viajeros, empezaría por contar las curvas de los montes que hay que pasar para llegar a Morelia. Pero me conformo con haber calculado desde «Mil Cumbres» que, si a cada una de estas le corresponden cuatro o cinco arrugas nada más, habré dado cuatro o cinco mil vueltas a derecha e izquierda.

     Es muy frecuente ir haciendo durante los viajes comentarios sobre el parecido de los campos y los montes [100] que se ven y los de algunos otros del globo. Al español le preguntan siempre: «¿Se parece esto a España?» Pero el hecho es que se fija uno más en las diferencias que en las analogías. La tierra, como los rostros humanos de cierta edad, tiene sus arrugas y nadie se pone a diferenciar las tierras ni los rostros por los pliegues, a no ser que se profese la geología o la dermatología. No son las arrugas, pero pueden ser las verrugas las que diferencian a unos y a otros. Un volcán, por ejemplo, es una hermosa verruga, tan inolvidable y caracterizadora como las que tenía en su rostro Federico García Lorca.

     Es poco importante que entre México y Morelia haya trozos de camino que me recuerden a Málaga o a la Selva Negra alemana. Con esos parecidos, no se obtiene una verdad de conjunto. Pero sí es importante notar que el camino es más abierto y diáfano que otro cualquiera de México y que escala grandes alturas y que es muy solitario y que echa uno de menos algún anchuroso río. Para mí, una de las características mayores del paisaje mexicano consiste en su soledad. Una soledad sumamente montañosa y muy poblada de árboles que la envuelven en misterio.

     Llegar a Morelia es, pues, salir del misterio y entrar en la claridad urbana. Morelia tiene, además de la claridad que el trazado rectilíneo y los edificios bajos de las ciudades coloniales otorga a todas ellas, una claridad que yo no recuerdo haber visto sino en Alcalá de Henares. Esta claridad debe venir no solo de la pintura de las casas, sino de la fina labor escultórica de las fachadas principales. La molduración de éstas es en Morella de una finura clásica, jamás conceptuosa, ni alambicada, ni abultada. No se parece a la de Alcalá si no es en eso precisamente, en lo recogido y frenado del estilo.

     Morelia es clara en la calle y en los interiores. Sus casas tienen patios anchurosos, de arcos y finas columnas, como en la España meridional. Bien hicieron en quitarle a Morelia el primitivo nombre de Valladolid. [101] No le iba el de la vieja ciudad castellana. El nuevo, al menos, tiene la ventaja de no evocar a ningún otro pueblo español. De no llamarse Alcalá, bien está que se llame Morelia en memoria del héroe nacional.

     Morelia, como todas las ciudades de poco trajín capitalino, tiene rincones de ambiente romántico y una dulce melancolía dispersa que han sabido recoger escritores como Maillefert. Bucear otra vez en ese mundo sería locura de mi parte. Pero no quiero callar la impresión que me produjo la casa de Morelos. Para mí es, en cierto modo, una concreción de la ciudad. Sus patios, sus pisos, sus escaleras, sus miradores, sus balaustradas, las vigas de sus techos, sus puertas de medio punto, sus alacenas y hasta sus muebles, me parecen de una claridad neo-castellana que lo mismo puede ser de Alcalá que de Toledo. Pero, aún dentro de la casa hay algo capital y más definitivo aún, aquellas claras y a la vez íntimas habitaciones del libertador, que destilan un españolismo severo y clásico cien por cien.



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XIV. El Escudo de México

     Águila, serpiente, nopales. He aquí los componentes del escudo. En media docena de libros encontraréis la leyenda o fábula que sirve de base a esta creación. No hay por qué repetirla. Prefiero pensar sobre tales componentes y dar mi divagación resumida en estas fórmulas.

     Águila: un elemento animal de mucha vista y gran poder ascendente.

     Serpiente: un elemento animal escurridizo, apegado a la tierra.

     Nopal: un elemento vegetal propio del trópico. [102]

     El primero, requiere AIRE.

     El segundo, AGUA.

     El tercero, SOL.

     El escudo de México exige tres de los cuatro elementos, tierra, agua y aire. Falta el fuego. Pero ahí están sus volcanes.

     Considero que este escudo es un cuadro simbólico, un acierto lleno de exactitud que sólo puede tener un pueblo acostumbrado a expresarse con símbolos. México, con sus enormes montañas y sus ciudades a miles de metros sobre el mar, puede decirse que vive en el aire y necesita del aire, como el águila.

     México tiene, ademas de aguas marinas por un costado y otro, lagunas y lagunas. La capital misma era un islote en una de ellas. México vive en el agua y necesita del agua, como la serpiente. Los mexicanos precortesianos esculpían serpientes, a veces enormes, en sus templos y pirámides. Parecían cautivos del tentador animal edénico.

     México esta lleno de nopales y magueyes. De ellos se extraen bebidas y fibras. Riqueza. No pueden faltar nopales en el cuadro simbólico que llamamos escudo mexicano. Ellos son la marca de fábrica de esta tierra.



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XV. Lo Fluctuante y lo Eterno

     Para poder mezclarse en la conversación diaria es preciso conocer muchos conceptos locales o nacionales de la vida corriente. Ejemplos: escuincle, agrarista, C.T.M., porfirismo, mordida, camachismo, almazanismo, antojitos, pochismo, revolución, Cortés, independencia.

     Yo he atendido siempre mucho a los vocablos típicos [103] y en este libro queda muestra de tal preocupación. Creo que en ellos está lo fluctuante y lo eterno de cada pueblo. En los ejemplos que acabo de citar podemos distinguir enseguida los que son de un mundo y del otro. Si se pudiera conseguir un completo léxico de los conceptos usados en la vida diaria por los mexicanos, tendríamos un espejo de su ser profundo y de su ser profesional. Los antojitos, el escuincle, Cortés e Independencia son casos de conceptos permanentes. Camachismo, Almazanismo y Agrarista, son pasajeros.

     Cada individuo y cada pueblo refleja sus preocupaciones en las palabras que emite con más frecuencia. La mujer que no habla más que de criadas y vestidos revela que nada le ocupa el alma con tanta fuerza como esos dos temas concretados en dos palabras: criadas, vestidos.

     El mundo entero, puede decirse, atraviesa ahora por una etapa tenebrosa y de inestabilidad. Y el estudio de estos estados transitorios es de una gran importancia, pero cae fuera de mi propósito. Yo estoy en busca de lo que puede ser permanente en esta sociedad mexicana que no acaba de fundir o trabar bien sus elementos. Me interesaría en último término vislumbrar si el mestizo ha sabido sacar lo mejor de su veta india y de su veta castellana, o si el enlace es funesto. Me interesaría conocer la moral del alma indígena y del alma mestiza. Pero, es tarea larga. El alma se recata y hay que sorprenderla en sus actos, en sus hechos, en sus preferencias y costumbres, en sus palabras.

     El alma está en las palabras que más usamos. Si un pueblo no deja caer de su boca la palabra «revolución» es que está obcecado por ella, como el poeta o el pintor que solo piensan en la palabra «surrealismo».

     Hay aquí en México un poeta español, amigo predilecto mío, León Felipe, cuyo tema literario y vital en estos momentos se encierra en una sola palabra: hombre. [104] Nada le interesa tanto como el hombre en esta tormenta mundial de doctrinas políticas, de intereses y odios a muerte. Aunque pronuncie discursos o escriba poemas de muchas palabras, una sola es la que reina en su mente: hombre.

     Si este libro es un almacén de palabras heterogéneas que aluden a usos, costumbres, paisajes, cosas y personas, en el fondo es la búsqueda de la palabra o palabras que me clarifiquen lo que es un pueblo nuevo para mí, es decir México y el mexicano, o aliando estos dos conceptos, lo mexicano. Porque ésto, lo mexicano, proviene del hombre y de lo que lo rodea. Del hombre eterno y de la tierra que le tocó vivir y alimentarse. No deposito la mirada en lo mexicano por mera curiosidad o distracción, sino con todo ese interés.



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XVI. Diálogo Conmigo Mismo Acerca de México

     -Supongo que has dicho todo lo que te proponías. ¿No te guardas algo?

     -¿Cómo voy a decirte que no?

     -Algo y aún algos, como decía el castizo.

     -Tal vez.

     -Pero cuando contemplabas tu España, ¿no te guardabas algo?

     -En efecto, pero cuando los extranjeros no se guardaban nada, me enfurecía. Como verás, en mi libro no hay censuras. Y, en todo lo que escribí de España, casi no hay más que crítica.

     -¿Pero no ves que un libro sin crítica puede ser demasiado blando? Si evitas el hueso puedes parecer un cobarde.

     -No se trata de valentía, ni de cobardía, sino de prudencia y sobre todo de que mi propósito o punto [105] de partida fue el hacer un libro de viaje nada hispánico, es decir, sin acritudes, ni violencias. Prefiero acercarme al tono del viajero inglés que observa y apunta limpiamente, sin mirar lo que hay detrás de las bambalinas.

     -¡Hum! Mal sistema. Sin enterarse de eso no te enterarás de lo que ves.

     -De muchas cosas, sí. Advierte que lo que se ve revela mucho de lo que pasó y de lo que pasa.

     -¿No has leído historia de México?

     -Para escribir este libro, no. Además, la historia de México está en pie. Aquí no ha muerto nadie, a pesar de los asesinatos y fusilamientos. Están vivos Cuauhtémoc, Cortés, Maximiliano, don Porfirio y todos los conquistadores y todos los conquistados. Esto es lo original de México. Todo el pasado suyo es actualidad palpitante. No ha muerto el pasado. No ha pasado lo pasado, se ha parado.

     -Y de política, ¿has leído?

     -La política menuda no me interesa y la que llaman alta política me apesta por lo manoseada y falsa. Aquí, como en otros sitios, creo que los hombres dejan lo que es realmente práctico por unas entelequias o ideologías catastróficas.

     -Pero, dime al menos si crees en un futuro de bienestar para México. Y si no quieres llegar a tanto, dime si has encontrado un pueblo contento o descontento, rico o pobre, ilustrado o analfabeto, moral o inmoral, guerrero o antibelicoso.

     -Mira; salvo de la primera cuestión, de todas las demás encontrarás informe en este librito de mirón. Informes leves, pero reveladores de mis sentimientos. Ahora bien, si lo que tú quieres es que sea más rotundo, voy a darte gusto, ya que en este último capítulo -más bien pegote despegable- he cambiado de tono. México es un país de posibilidades, tiene riquezas, pero es tan rico en pobreza que casi anula su riqueza. Aquí los contrastes se anulan mutuamente. Hay gente ilustrada, hay riqueza [106] intelectual, pero la riqueza de ignorantes o analfabetos es mayor y aquella queda anulada, como quedan anulados el oro, el petróleo y demás riquezas físicas.

     -¿Dices lo mismo de la moral?

     -¿Te acuerdas de lo que dice Bernal Díaz? Pues yo creo que los vicios señalados por aquel gran cronista perduran y son los más salientes. La moralidad está en baja en muchas naciones y yo creo que mientras no suba y se afirme no habrá sociedad, ni humanidad. Seguiremos viviendo entre violencias, latrocinios, calumnias, mentiras sostenidas con las armas y relajaciones en todos los órdenes. Soy de los que creen que la preocupación moral debe anteponerse a la económica. Una y otra hablan de elevar al hombre, pero con la primera se eleva de bestia y con la segunda puede quedar en bestia.

     -¿Qué es lo que más te disgusta de México?

     -El enrarecimiento. Las cosas que se hacen se ahogan.

     -Serán cardíacas, que no resisten la altura.

     -Échalo a chiste, si gustas.

     -¿No será que estás resentido?

     -No sé lo que es eso.

     -¿Y qué es lo que más te gusta?

     -Aquí, como en donde esté, ir conociendo o interpretando lo que veo, sea con la pluma, con el lápiz o con el pincel.

     -Eso es eludir la cuestión.

     -Pues bien, lo que más me gusta de México es el puñado de personas inteligentes y cordiales que he conocido.

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