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ArribaAbajoJosé Joaquín Hernández


ArribaAbajoEl mataperros

Sabido es que la educación es principal elemento de la verdadera felicidad humana; esto es, de la felicidad comprendida como todo hombre civilizado la comprende; sin considerarla únicamente como fuente de goces materiales y medio de satisfacer toda clase de deseos, sino como base en que estriba la tranquilidad del ánimo y la quietud de la conciencia.

Esta felicidad en que todos soñamos y que todos deseamos alcanzar, echa sus primeras raíces en nuestro corazón cuando el riego de saludables consejos y buenos ejemplos que en la infancia nos dan nuestros padres, es abundante hasta poder lograr que se arraigue bien la planta bendita, que al fructificar en nuestra madura edad, debe darnos firmeza para marchar rectamente y consuelos para derramar en el alma de los desgraciados. El hombre que es feliz, en el sentido que damos a esta palabra, es indudable que en sus primeros años tuvo padres o allegados que se interesaron en hacerle poseer ese caudal inagotable de bienes que se adquiere en esa educación llamada doméstica: y el hombre más rudo, el mas desprovisto de luces materiales, conoce instintivamente que debe educar bien a sus hijos, y que el respeto que les infunde hacia la religión y a sus mayores, debe en algún tiempo proporcionarles consideraciones y bienestar. Pero sucede a veces que la naturaleza dota a los padres de mal carácter, de la infausta indolencia o de poco afecto hacia su descendencia, o bien a los hijos de carácter incorregible y perverso y de genio díscolo e inobediente. Otras veces una prematura orfandad sume a los niños en el desamparo, y ocasiones hay en que la necesidad del padre de mantenerse asiduo en el trabajo que proporciona los medios de subsistencia, y la falta del ojo avizor y del tierno corazón de la madre, abandonan al hombre en su niñez a sus propios impulsos e inclinaciones, y se ve crecer sin recibir ninguna educación. Todas estas situaciones o circunstancias le son fatales si no encuentra una alma piadosa que dé asilo y entrada en su corazón a un generoso sentimiento de compasión, y la acoja benigna para proporcionarle alguna instrucción. La educación doméstica, es claro, no se recibe sino en casa, en el seno de la familia, de mano de los padres o de los que hacen las veces de tales; pero en su defecto, puede en algún modo la instrucción revelar al hombre sus deberes respecto a la sociedad; y además, es indispensable que el estudio, aclarando sus potencias, le dé a conocer las obligaciones que contrae con sus semejantes al reunirse a ellos.

El que, sin recursos de ninguna especie, se halla comprendido en alguna situación de las expuestas como fatales al porvenir, pasa a formar una especie de hombres desgraciados, que en todos los países se encuentran y que en todas partes son despreciados. Diversos son los nombres que se les dan, según la edad que tienen y el oficio a que se dedican en su juventud, y adviértase que siempre son estos oficios perjudiciales a la sociedad. En Cuba los llaman, desde los ocho años en que empiezan sus fechorías infantiles, hasta los dieciséis en que varían de rumbo, mataperros.

De esta clase de hombres, y considerándolos en su primera edad, es de la que paso a ocuparme. Voy a encerrar en reducido cuadro este tipo, que es uno de los más notables de Cuba. Aunque no es ni hermoso ni fino, bien conozco que se necesita mano segura y buen pincel para que la verdad resalte y guste el colorido, hermoseando la figura, como sucede en un mendigo haraposo pintado por Murillo. Pero aunque no puedan mis esfuerzos lograr esto, trataré por lo menos de presentarlo cual lo conocemos y cual lo he llegado yo a comprender. Con lo dicho basta para que el lector sepa el objeto que le ofrezco y de dónde toma origen.

Sabido ya que el mataperros no ha recibido ninguna educación y que no tiene sujeción de ninguna clase, naturalmente ocurre que debe tenerle antipatía a las escuelas, y efectivamente, es enemigo acérrimo de ellas, como asimismo de todo cuanto pueda ponerle barreras. La calle es su elemento favorito: es infractor de cuantas órdenes emanan del gobierno respecto a policía: nada como un pez, pues raro es el día que no se da un baño en el mar, siempre anda sucio y mal vestido y a veces descalzo y sin sombrero. Esto es señal de pobreza que no puede tomarse como infalible, pues muchos infelices desprovistos de fortuna se ven obligados a recorrer las calles mal vestidos y sucios, aunque no sean mataperros, aunque tengan quien mire por ellos y quien se interese en que sean honrados, aunque pobres.

Los comisarios de barrio le dan siempre caza, pero regularmente sabe evadirse muy bien de sus persecuciones, y si le oyen un momento, se disculpa a las mil maravillas y queda por inocente: es perseguidor de todos los animales que se encuentran a su paso, pero tiene una preferencia muy marcada hacia los perros: el que pasa a su lado lleva de seguro un buen porrazo, y al contrario del loco de Córdoba -de quien nos cuenta Cervantes en el prólogo de la segunda parte del Quijote que a causa de un escarmiento creía que todos los perros eran podencos-, no le hacen perder la costumbre las reprimendas y golpes que suele llevar de los dueños, pues tiene gran confianza en la ligereza de sus piernas. Vive generalmente en comunidad o en partidas, como llama a sus reuniones, que tienen lugar en algunos barrios de la ciudad, y así dicen: yo soy de la partida de las Canteras, y otro se enorgullece con pertenecer a la de los Joyos.

El malojero, el ciego que pide limosna, el negrito que va tranquilo a su mandado o la devota que sale muy despacio de la novena, todos sufren algo de la diabólica inventiva del mataperros: en fin, es perseguidor de cuanto no es él mismo. No tiene hora fija para sus excursiones y fechorías; sin embargo, la noche es su más propicia y encubridora patrona; de noche es cuando despliega todo su genio inventor de cuanto hay malo. Su olfato, más fino que el del animal de quien es enemigo, le da a conocer con anticipación todos los bailecitos, bautizos, entierros y ejercicios militares: va a los primeros con intenciones de deshacer la reunión, y para lograrlo, ataca a los espectadores por una parte muy sensible, por la nariz; le sirve para su intento el asafétida o la raíz de aroma, y para él es una gran diversión ver huir a los mirones con las manos en las narices. En los bautizos siempre trata de apoderarse del hisopo, de la vela o del salero, para pedir el medio, y sí no lo consigue, ya puede encomendarse el padrino a todos los santos, pues hasta la casa del ahijado le van persiguiendo sus gritos y sus silbidos; en los entierros se divierte en doblar a los muertos; el mataperros es el Cuasimodo de la iglesia más cercana a su casa. Pero sus diversiones favoritas son los ejercicios y fiestas militares. ¡Contraste raro! Tiene el mataperros el carácter más independiente y más enemigo de sujeción, y al mismo tiempo la más decidida afición a todos los actos militares, de los que la disciplina más rigurosa es el primer móvil, llevándole esta afición hasta el extremo de organizar militarmente sus partidas. Las de los barrios opuestos tiene a veces sus desafíos, y en campal batalla deciden sus contiendas a pedradas y garrotazos, sólo por sostener el honor del barrio a que pertenecen: estos encuentros son encarnizados, y los heridos y contusos son los que pagan cuando la llegada de algún comisario pone en precipitada fuga a los terribles contendientes. Otras veces el combate es singular y se efectúa entre los de más nombradía y fama que poseen las partidas, a los que se les da el nombre de gallitos, tal vez por lo dispuestos que siempre se hallan a pelear: el buen o mal éxito de estos encuentros acarrea respeto a los vencedores, pero no humillación a los vencidos, que vuelven a probar fortuna cuando refrescan el golpe.

Otra afición tiene muy marcada el mataperros, y es a la música; regularmente tiene buen oído, y apenas oye una contradanza, un pasodoble, un vals, los coge y los silba perfectamente; de aquí sacan un gran recurso en su mocedad para pasar alegremente las noches de correrías, pues son pocos los que no aprenden a tocar algún instrumento, aunque sea de oído.

Además de las cualidades que he apuntado, resaltan en él muchas otras que por no ser primordiales y por temor de cansar, paso en silencio.

Llámanse comúnmente travesuras todas las acciones ruidosas causadas por el genio vivo e inquieto de los muchachos: muy naturales son en la impubertad esas acciones que a veces mueven a risa; peculiar es de esa edad en que ningún pensamiento serio ocupa la imaginación, en que la salud y robustez, la fuerza y el vigor de la vida, los hacen casi una necesidad, esos juegos de ejercicios violentos, esas emboscadas con que se complacen en burlar a los que pasan por donde ellos están; pero cuando la perversidad del carácter, el abandono de los padres o cualquiera otra causa hace a un niño cifrar su única dicha y tener por sola ocupación la holganza, las diversiones peligrosas; cuando el poco amor al estudio, que a casi todos es general, no se despierta en él por medio de la emulación o de otra manera diferente; cuando sólo vive en la calle; cuando pegar pajaritos y pelear gallos es su único pasatiempo, entonces ya este muchacho es un mataperros, es un perdido, que ninguna utilidad puede proporcionar a la sociedad, y que engolfándose más y más en el piélago de sus vicios, acabará tal vez por perecer en un vergonzoso patíbulo. Apenas entra en la pubertad el mataperros, ya sabe muy bien cuáles son las reuniones de los jugadores, siendo éstos sus únicos compañeros. Sabe fincar los dados muy bien y conoce perfectamente el manejo de las cartas de pega y las de marca. Ninguno de los tenebrosos misterios del tahúr se le oculta: todos sus hábitos se los apropia; su solo oficio es unirse al que gana para cobrar su barato, y vender a poncala lo que algún incauto le fía: es un vago, ente despreciable, planta parásita que se apoya siempre junto al que gana, y que incesantemente perseguido por el vicio, es víctima infeliz del abandono de su infancia, y anda siempre ocultándose de la justicia y sumido en inmundos lupanares, en despreciables garitos y en compañía asquerosa. El repugnante vicio le arrastra a la senda peligrosa del crimen, y llega el día en que se ve perseguido y es arrancado del seno de sus quehaceres nauseabundos, cuyo hábito ha adquirido en medio de sus criminales compañeros.

En medio de esta gente se encuentran hombres dotados de talento natural, que, bien cultivado, hubiera dado frutos útiles; esos hombres hubieran tal vez sido notables si se les hubiese educado bien. En los países sumidos en revolución, en las grandes ciudades en que las proporciones se presentan y abundan los recursos, si se aposenta la ambición en el corazón de algunos de ellos, cuando no están enteramente depravados, se apartan del camino que seguían, y con atrevimiento y buena suerte, llegan a ser célebres.

La fatal preocupación que existe entre nosotros de que los blancos no se dediquen a un oficio, es causa de que abunden los vagos, y de que, al crecer el mataperros, se encuentre en su oscura esfera, rodeado de entes que le pervierten y le afilian en sus sectas perjudiciales y asquerosas.

Así pues, la especie del mataperros es un plantel de hombres de malas inclinaciones, de hombres perjudiciales a la sociedad, de hombres degradados. Las escuelas públicas son un medio de evitar la abundancia de esas gentes. El que quiera reconocer el tipo que he tratado de pintar, paséese de noche por alguno de los barrios apartados del centro de la ciudad, y él se le presentará; repare los días de procesión esa caterva que corre armada de ramas detrás de las vendedoras, gritando con atronadora voz el indispensable chichijó, y le conocerá; y el que por casualidad se encuentre con el presidio y note algún criminal que, sin avergonzarse de su pública expiación, le pide una cosita, puede asegurar que aquel hombre fue en su infancia un mataperros.