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Francisco Baralt



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Escenas campestres



BAILE DE LOS NEGROS



     De todos los ejercicios del cuerpo que el hombre ha elevado a artes, se puede decir, sin gran temor de equivocarse, que ninguno se halla más generalizado, más extendido, en grado más eminente de perfección que el de la danza. El baile, movimiento espontáneo hijo de la alegría y en consonancia con las leyes naturales que exigen el ejercicio para la perfección física de los individuos, debió nacer con el primer hombre que al sentirse dotado de una voz melodiosa y de la facultad de modularla, entonó su himno de placer al contemplar el cuadro magnífico en que era él la principal figura. Sus miembros, tan portentosamente dispuestos, ciñéronse a su cadencia al primer impulso de su voluntad, sus brazos se abrieron, su mirada se animó, sus piernas ejecutaron algunos pasos inciertos al principio, rápidos y animados en seguida, y admirado, colmado de gozo, echó sin saberlo los fundamentos de ese arte arrobador de que nosotros, relegados junto a la punta de Maisí, apenas podemos formarnos una idea. Las Elsler y Taglioni no llegan a nosotros, y sólo por rareza vemos a las Petit y Silvain. En las descripciones que hacen del cielo el Dante y Milton, hallamos que aunque nuestra imaginación no puede ir más allá, un anhelo vago del alma, un vacío interior nos hace presentir algo mil veces más bello en la realidad. Los bailes de la Petit y de Silvain son con respecto a los de la Taglioni y Elsler, lo que las descripciones de los poetas italiano e inglés al esplendor imponderable de los cielos: nos encantan, nos llenan de placer; pero encantándonos no cumplen nuestra esperanza y excitan más y más nuestros deseos.

     Las indagaciones que se hagan para descubrir quién fue el primero que estableció las reglas del arte, sobre ser de poca utilidad y nada más que curiosas, es muy probable que tras un trabajo ímprobo no den al que las emprenda uno de esos espectáculos de hadas que la civilizada Europa alcanza sólo a montar como corresponde.

     No es mi intención, como debe conocerse, escribir una historia del arte; si he extendido tanto las ideas generales que anteceden, ha sido casi sin darme cuenta de ello a mí mismo, y cometiendo tal vez algunas inexactitudes por no verificar mis citas, fiado sólo a un ligero estudio que, por mera curiosidad de joven, hice en otro tiempo de la materia.

     Yo voy a presentar el baile en este artículo, no como se encuentra en casi todos los pueblos civilizados, más o menos adelantado por el estudio y la observación, gobernado por el gusto y regido por la decencia, sino que, dando un salto atrás, voy a tomarlo en su estado natural, rústico y grotesco; voy a presentar el baile del salvaje; es decir, el de los movimientos inspirados y espontáneos, hijos de los afectos del momento; ese baile traído del África, que algunos dicen productor de la chica y por consiguiente del fandango y bolero, que de ella se creen modificaciones; esa tumba o tango, en fin, que forma las delicias del negro de nuestros campos y le da algunas horas de imponderable placer una vez a la semana.

     Jacobo Arago, al hablar de la isla de Francia, ha bosquejado una de esas saturnales de los negros: (37) lo ha hecho con una verdad y un tino que me retraerían de intentarlo ahora, si no fuera porque de la comparación de las dos relaciones puede sacarse una conclusión curiosa: y es que ese pueblo exótico que tan poca homogeneidad tiene con el nuestro, es poco modificable y conserva por mucho tiempo bajo cualquier influjo que se halle y cualesquiera que sean las costumbres de la sociedad que le rodea, sus gustos de salvaje y los hábitos de la inculta tierra natal. En la isla de Francia en el mar de las Indias, o en la isla de Cuba en el mar de las Antillas a la entrada del golfo mexicano, siervo de un señor francés, inglés o español, el negro del campo, separado de la civilización, baila siempre su tango como lo bailaba en África y sin adelantarlo un paso solo.

     Disculpado así de emprender un bosquejo que aunque rápidamente ha trazado tan bien el eminente francés, presentaré mi escena que será por fuerza triste, tocada con ese tinte de solemnidad que dan la soledad de los campos, los quejidos graves y pausados de la naturaleza que descansa y el resplandor suave y transparente de las noches estrelladas del cielo de nuestras latitudes, cuya claridad, bastante para distinguir los objetos, no alcanza para determinar con exactitud sus contornos, y deja así a la imaginación ancho campo para fingirse en el ramo de cundiamor que el viento mueve, la sombra del cimarrón que se recata o el gesto atractivo de la graciosa veguera cubana; según se halle dispuesta a los prestigios del amor o los terrores del miedo.

     Si el lector entra conmigo en una hacienda bien regida, en la noche de un sábado, media hora después de la última fajina, creerá llegar a un caserío abandonado en el fondo de un valle o en la cúspide de una montaña. Alguna vieja sentada a la puerta de su bohío, un perro perezosamente tendido junto a un fogón apagado y la sombra de algún guardián que hace su ronda, es todo lo que se presenta a menudo en haciendas dotadas con cien o más negros, si se entra por sus bohíos miserables. Pocos momentos después llegan los comisionados que han ido a implorar el permiso del dueño o administrador para principiar la fiesta acostumbrada. Entonces la quietud se cambia en agitado movimiento y al reposo sepulcral sucede la animación del entusiasmo. El negro fatigado que soñaba descuidadamente tendido junto a los leños encendidos de su hogar, se levanta apresurado; el viejo encorvado apoyado en su bastón sale también casi a rastras y va a recordar en la nocturna fiesta los días lejanos en que le era dado tomar una parte activa en ella, y la negra que ha dormido su hijo tan caro para ella como el del magnate para su madre, y del cual los trabajos del campo la han tenido distante todo el día, lo deja en su estera y sale tratando de hacer el menor ruido posible para no turbar su sueño tranquilo, mientras los muchachos más listos y menos circunspectos corren de uno a otro lado con muestras de viva alegría. Al ver estas individualidades centuplicadas, esta confusión de sombras mal determinadas que se apiñan y entrechocan en vueltas en un silencio que sólo interrumpe una que otra orden breve del contramayoral o del administrador, se creería asistir al despertar de una necrópolis retirada a la voz del ángel del Señor. Y este símil, forzoso es decirlo, conviene más a la parte moral que a la física de lo que allí pasa: en esos hombres que se agitan ahora con un deseo y una idea, pocos momentos antes no daba el alma el menor síntoma de su existencia: la voluntad estaba muerta, la memoria dormía, el entendimiento no tenía en qué ejercitarse.

     Llegados al lugar de la reunión, que es por lo regular un secadero aislado, y pocas veces el batey, cada uno busca a su compañero más querido, y con su rudeza natural, pero llena de afecto sincero, le dirige su saludo. Las negras en seguida se forman en un círculo de dos o más de fondo y los hombres lo encierran en otro exterior y más compacto que lo rodea y abraza. Esta disposición no es constante; algunas veces se ordenan grupos a discreción y se baila como mejor acomoda; pero yo tomaré esta forma por ser la más general y arreglada. Puestos de este modo, dos o tres golpes dados en la tumba y reproducidos por los ecos de los montes, agitan los cuerpos y dan la señal de que la danza va a principiar. El instrumento único que se usa en estas fiestas es una especie de tambor de un solo pedazo de madera de dos o cuatro pies de largo, de forma irregular y aproximándose más o menos a las figuras cónica o cilíndrica, hueco hasta la mitad, y más generalmente horadado y cubierto el extremo de más diámetro con un cuero de carnero o chivo, rapado y sin curtir. Este parche, herido con la mano y el aro con un bastoncillo pequeño, dan una armonía monótona y fastidiosa sin variedad ni cadencia. Sin embargo, ese sonido produce sobre el negro el mismo efecto que el toque de la trompeta bélica en el corcel de guerra: dondequiera que está, en el trabajo o en descanso, triste o alegre, tiene siempre sobre su espíritu una influencia poderosa; como llegue a sus oídos, su cuerpo se estremece, levántase erguido y parece que va a ensayar uno de sus pasos grotescos; luego, tras un movimiento de tristeza, vuelve a caer en su estado habitual de indiferente apatía. ¿Es que pasa por su mente un recuerdo doloroso, o que su naturaleza sin energía es incapaz de sostenerse largo tiempo en ese estado de excitación?... Resuelva otro la cuestión: yo doy el hecho sin comentarios; y cierto que no es por presentar una cuestión ociosa: yo no había observado ese fenómeno, un hacendado me lo hizo notar y después le he hallado casi constantemente en los pocos casos en que he tenido ocasión de corroborarlo.

     El canto y el baile para los negros son dos cosas íntimamente unidas, porque el instrumento descrito, que es el único de que usan, siendo incapaz de variedad y destituido de tonos, no sirve más que para marcar el tiempo mientras las voces forman y modulan el canto. Éste es igual, monótono, sin glosas ni adornos, como lo son siempre las de los hombres incultos y cercanos aun al estado primitivo. La norma de ellos, lo que despierta ese instinto, los conciertos de la naturaleza, son también iguales, monótonos y sin variedad; cada individuo tiene su voz y su modo de hacerla oír constante y fijo; lo cual, de paso sea dicho, nada quita de su belleza a esos himnos que Dios escucha, y tal vez agrega mucho a su influencia encantadora: los cantos complicados de ejecución, artísticamente dispuestos, si es verdad que ocupan la mente y hacen admirar el genio, pocas veces conmueven el corazón. La pobreza de esos cantos monótonos, tres o cuatro a lo más, se compensa con la multitud asombrosa de estrofas, permítaseme llamar así a sus palabras sin rima ni medida, que se les adapta con notable facilidad: cualquiera ocurrencia del partido, de la hacienda, de la ciudad vecina, se formula en diez o doce vocablos y pasa al sonsonete con que cantaron sus padres hechos de su tiempo que no por eso se relegan al olvido. En casi todas las haciendas francesas se canta un estribillo bien conocido de cuantos han estado en alguna de ellas: son tres o cuatro versos que alternan y la repetición constante al fin de estas dos palabras Jeneral Endó (38). Los emigrados franceses hallan en él un recuerdo de un hecho y un país bien desdichados, mientras los que lo cantan porque lo oyeron a sus padres sin comentario ni antecedente alguno, no saben lo que vale, ni ya es posible que lo sepan jamás: la canción existe como las inscripciones grabadas en el obelisco de Heliópolis o al pie de la estatua de Memnon, el árabe indolente las ve y no las descifra, y sólo el arqueólogo y el historiador ven en ellas nombres y fechas de tiempos y pueblos famosos.

     Dados los primeros golpes en el tango, una voz débil y que repiten a lo lejos los ecos parleros, da la señal y marca lo que se va a cantar y bailar. Entonces sale al centro de la rueda una de las bayaderas africanas y la música empieza. Al principio se inclina muellemente hacia adelante como la palma que mueve la brisa, con una expresión de ternura que se creería imposible encontrar en aquella criatura degenerada; sigue la rueda y con sus miradas apasionadas invita a los hombres a tomar parte en su danza, mas ninguno se adelanta; la bailarina muestra el pesar de su soledad, y se entrega sola a sus pasos animados. Entretanto el tango redobla sus golpes, su compás es vivo y arrebatado, y toca ya al último grado del allegro cuando va disminuyendo para volver a caer en el andante más pausado; ora es el rugido del torrente que se despeña, ora el dulce arrullo del arroyo juguetón. La bailarina sigue los caprichos del músico y se deja arrastrar por su pasión y sus instintos que nada refrenan. Todos los pañuelos de colores vivos de sus compañeras van cayendo en montón sobre sus hombros, y cuando tras el paso más agitado que puede concebirse, el tango da tres golpes irregulares y cesa repentinamente, la que ha arrebatado los aplausos de sus compañeros tiene el cuerpo quebrantado por el cansancio, mas el espíritu deseoso de volver a comenzar.

     Preséntase otra: el instrumento redobla de nuevo y la figurante se dispone a hacer las mismas o semejantes figuras que su antecesora; pero de repente salta a la arena un bailarín audaz y decidido: detiénese como un toro que sale del toril y observa alrededor fijo en un punto; mide a su compañera con una mirada cariñosa, y como el cedro robusto que el viento tenue que precede a la tempestad no alcanza a mover, sigue el compás con una oscilación tan corta que apenas se percibe. Mas de pronto se anima, adelanta un pie, levanta las manos sobre su cabeza, arroja un grito agudo y breve y se entrega al baile con todo su ser y su voluntad. Hirió al toro el picador, desarraigó el cedro el huracán, se apoderó del negro el vértigo voluptuoso que tal poder tiene sobre esas naturalezas bastardas que no conocen la belleza pudorosa. Se adelanta a su compañera, le implora, la estrecha y ella le sonríe, retrocede, le aguarda, se inclina y huye: el tango fatiga el viento con furor, se levanta una vocería confusa y el bailarín chasqueado muestra todo el dolor de la decepción y se dispone a una nueva lucha. Cuanto hay que pueda embargar los sentidos y hacer olvidar al hombre de sí mismo, se pone en juego en esas danzas obscenas que nada deben por cierto al cordaz ni al paso salio.

     Yo me avergonzaría de pintarlas con sus colores naturales; la descripción que de ellas hago llega hasta donde la decencia lo permite y se queda muy lejos de la realidad; no es más que un bosquejo descolorido de su verdad impresentable. Algún escéptico sonreirá y pensará que de las veintiocho mil o treinta mil personas que componen nuestra población, apenas una décima parte habrá dejado de ver, y eso sin escandalizarse, las fiestas que yo no me atrevo a describir. Ya lo sé; pero no todo lo que se ve se puede escribir, y luego las descripciones, presentando el cuadro sin el prestigio del movimiento y, obrando sobre una razón fría que no afectan el ruido y la variedad de objetos, hacen que se alarme el pudor y la modestia se ofenda.

     Después que todos los grandes hábiles han bailado entran en la liza los pequeños, y con sus gestos imitativos forman una parodia divertida de la danza de sus padres. Luego, cuando todos han lucido aisladamente su persona, se establece la anarquía, todos bailan a la vez, todos gritan, todos se apiñan y confunden con sus gestos cómicos y extravagantes. Aquel conjunto de voces desacordes, acompañadas por los redobles bulliciosos del tango y centuplicadas en las cavernas de los montes, y aquella confusión de sombras indeterminadas, alumbradas sólo por la luz de la luna cuando la hay, o por la claridad tibia del cielo tropical en las noches estrelladas, harían creer al extranjero que sin anterior preparación se hallara transportado al sitio donde pasa la escena, que asistía a un sábado de las brujas, a un agitado pandemónium, o que se hallaba atacado del vértigo horrible de que nos pinta el bibliófilo Jacobo poseído a su asqueroso e indigno personaje el gitano Macabre, cuando al sonido de su rabel creía ver los muertos abandonar sus tumbas y formar una rueda repugnante y diabólica con los árboles y las torres del cementerio en que habitaba. (39) En fin, esos bailes tienen un aspecto tan extraño, por el lugar, la hora y los personajes que los ejecutan, que aun a los mismos que los presencian todos los días les produce una sensación bien difícil de expresar: no se sabe si es curiosidad o repugnancia, si atrae o repele su carácter salvaje y primitivo que parece poner entre esas fiestas y las reuniones y saraos de los hombres civilizados la distancia que media entre el diluvio y la época que alcanzamos.

     Jacobo Arago dice que en las fiestas de los negros en la isla de Francia es admirable el que no se levante alguna quimera que cuesta, por lo regular, un chichón al vencido y algunos latigazos a los dos combatientes. Esto establece una diferencia entre los bailes de nuestros campos y los de aquel país, si es que Arago no ha fundado una regla sobre un hecho aislado. En las saturnales que he descrito rara vez se ve un episodio de esa especie; y esto explíquese como mejor se quiera: atribuyéndolo a la mansedumbre natural de los actores que sólo tratan de aprovechar las horas consagradas al recreo, o a la perfecta y bien entendida disciplina establecida en las fincas y a la vigilancia de los mayorales y contramayorales. Si es que a la confusión y al no entenderse constantes e invariables se puede llamar orden, en ninguna parte se hallará más.

     He descrito esos bailes como son en general, y ahora, aun a riesgo de cansar con artículo tan largo, quiero contar una escena curiosa de una fiesta del último año nuevo; en ella se verá al hombre rudo y sin cultura tratando de salvar la barrera que lo rodea y acercarse a la civilización; dar el primer paso, y asustado de su audacia, retroceder de un salto a su estado normal, rústico y grosero.

     El día primero del año es el de la fiesta espléndida y por eso se aguarda con ansia. En ese día es preciso hacer algo más que en los comunes, y ofrece cada uno a la masa lo que puede de los ahorros de sus víveres o de su siembra particular. Reunidos los bastimentos para el banquete que se ha de dar, los ánimos se alegran, la perspectiva de un placer inusitado y de precio para ellos tan subido, hace que se olviden las penalidades del pasado y se mire sin miedo un porvenir que puede ilusionarse a trechos con nubes de color tan bello y en que pueden gozarse momentos de tan inefausta felicidad. Las fajinas de ese día se hacen fáciles y ligeras, y ni un ¡ay! de queja, ni un grito del contramayoral turban la dicha que desde la víspera, entre lo material de los bailes y lo efímero de sus esperanzas, se disfruta.

     Yo había ido expresamente a la hacienda para ver ese banquete: cuando llegué eran las seis de la tarde y los negros bailaban junto a la cocina desde donde llegaba a su olfato excitado el olor de lo que en calderos de respetable capacidad se preparaba para dar alimento y placer a aquellos cuerpos robustos, poseídos por el apetito consiguiente a doce horas de un ejercicio continuo.

     Llegó por fin la hora deseada y la mesa se puso en medio del batey. Era ésta larga, negra y grasienta, lo cual se veía perfectamente, la primera cualidad por la idea de extensión que cada uno se tiene formada y aplica relativamente a los objetos que a su vista se presentan, y las dos últimas porque el amo que había prestado platos y cubiertos no quiso dar manteles, previendo con admirable tino el riesgo que corrían.

     He dicho que iba a pintar el festín de los negros; mi objeto es presentar el cuadro con verdad, y debo descender a algunos detalles gastronómicos.

     El ara que vi rodeada de más de sesenta personas en doble fila, las del sexo débil delante y las del sexo fuerte, pero humilde siempre, detrás, se hallaba ocupada por un pavo que en la lata misma en que había entrado en el horno ocupaba el lugar preferente; a su lado se veía el clásico cochinillo asado que de tiempo inmemorial y con notable disgusto de estómagos delicados es obligado en las mesas de los que marcan con piedra blanca los días de banquete; y en seguida, formando digno acompañamiento, lagos de menudillos y el ajiaco indígena, pirámides de arroz y montones del pescado que con tal profusión se coge en Terranova. En el extremo de preferencia había una botijuela de barro, único vaso para las abluciones del sacrificio, y en el centro en dos miserables candeleros dos velas de sebo que a pesar de lucir en todo su esplendor la Luna llena, pretendían formar el alumbrado.

     Como diez minutos estarían los convidados en silencio religioso mirando la mesa sin atreverse a tocarla, y yo perdido en reflexiones tratando de adivinar la causa de aquella detención. ¿Será que hacen su ofrecimiento a Dios antes de principiar? ¿Esperan que uno de sus viejos respetables de barba cana bendiga los manjares? Cansado de esperar pregunté al dueño de la hacienda que me había invitado a ver la fiesta: éste se sonrió, y alzando la voz les invitó a principiar. Los negros interpelados se miraban unos a otros como pidiéndose valor, bajaban la cabeza avergonzados, y yo no comprendía aún. De repente las velas cayeron apagadas, se alzó un alarido de sorpresa o gozo: ¿quién sabe? y la mesa quedó barrida como por ensalmo: un arroyo de vino la bañaba y los tiestos del botijo, objeto de la general codicia, eran despojos del combate. Aquello fue cosa de un instante, la claridad de un relámpago hubiera bastado para alumbrar aquel movimiento de rapiña y pillaje tan bien ejecutado y tan nuevo para mí. Cuando salí de mi asombro dos o tres negritas llorosas porque nada habían podido alcanzar, recogían las migas que habían quedado: eran los choncholís que rebuscan un grano de maíz en el campo cosechado. Ni un negro quedaba en todo el batey; habían ido a comer despedazándolo con las manos y sentados en el suelo en el centro de un cañaveral lo que tanto trabajo les había costado reunir, lo que alimentó sus ilusiones ocho días consecutivos. Seguían su instinto; hacerlo de otro modo, quebrantar sus costumbres, entrar en otra esfera, aunque considerado de lejos les pareció placer, al llegar a la ejecución hallaron que era un sacrificio penoso: todos los años hacen la misma prueba y todos los años se repite con corta diferencia la escena.

     Un cuarto de hora después bailaban de nuevo, y a la medianoche su fiesta excepcional había concluido: les esperaba al amanecer el principio de la serie de los trabajos, alegrados sólo por los bailes del sábado.

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