Libro electrónico

Cuando llegue la noche / Joaquín Calvo-Sotelo

Indice Siguiente


Abajo

Cuando llegue la noche...

Comedia en tres actos

Joaquín Calvo-Sotelo



Esta comedia fue estrenada la noche del 25 de enero de 1943, en el Teatro Reina Victoria, de Madrid, por la compañía de Tina Gascó y Fernando Granada, con arreglo al siguiente reparto:



PERSONAJES
 
ACTORES
 
MAGDA LAYÓN TINA GASCÓ
ANA ROSA ANA MARÍA MORALES
LA OCTOGENARIA DOLORES CORTÉS
ADELAIDA ELVIRA QUINTANILLA
PAQUITA ANGELINES FERNÁNDEZ
ELISA MARÍA MILLÁN
GUILLERMO ARRANZ FERNANDO GRANADA
DANIEL FRANCISCO ARIAS
EUGENIO NOGUÉS JESÚS NAVARRO
MÍSTER HARRIS ADRIÁN ORTEGA
ALARCÓN LUIS LLANEZA
JUANOTE MANUEL DÍAZ DE VELASCO
GARBONE MANUEL DE SABATINI
CONSERJE LUIS G. GUERRERO
POLICÍA 1.º IGNACIO PIEDROLA
POLICÍA 2.º CARLOS GALLEGO


A los pocos días de concluidas sus representaciones en el Teatro Reina Victoria, fue puesta en escena por la compañía de Isabel Garcés, bajo la dirección de Arturo Serrano, en el Teatro Infanta Isabel.

Con motivo de su centésima representación, y a beneficio de la Asociación de la Prensa, los críticos madrileños le hicieron el honor de desempeñar sus papeles masculinos.






ArribaAbajoActo I

 

La escena representa el saloncillo de un parador. La puerta de la derecha se entiende que comunica con el exterior. La del foro, que lo abarca casi enteramente, con las restantes dependencias. Por doquiera, sillones rústicos, pero confortables. Una mesita con revistas. Es enero de 1936.

 
 

Al levantarse el telón cruza de un extremo a otro, hacia el foro, el CONSERJE del parador. En escena, DON EUGENIO NOGUÉS y su secretaria, ANA ROSA. El señor NOGUÉS es un hombre de fuerte complexión y edad madura. Su secretaria reproduce fácilmente el diseño tradicional de secretarias que nos ha hecho adoptar el cine: es bella y, a ser posible, rubia. Abstraído en un sillón, JUAN GARBONE, muchacho de unos veinte años, resuelve un crucigrama.

 

NOGUÉS.-  Señorita: me acabo de encontrar en el bolsillo de la americana unas cartas. Mire usted. Esta es del alcalde de Peñaranda. Pide que le coloque un sobrino en el Banco.

ANA ROSA.-   (Saca un cuadernito de notas y se dispone a tomar sus apuntaciones.)  ¿Qué he de decirle?

NOGUÉS.-  Le dice usted, simplemente, que...

 

(Aquí el actor emite una serie de sonidos extraños. Sólo pronuncia claramente las palabras: «No hay vacantes», «Más adelante» y «Entonces...». Todas ellas van entrelazadas por una cadena de gruñidos ininteligibles, pero ANA ROSA los descifra de un modo perfecto.)

 

ANA ROSA.-  Comprendo, hay que responderle: «Muy señor mío: Sintiéndolo mucho, no me es posible acceder a su petición de que coloque a su sobrino en el Banco. En la actualidad no hay plazas vacantes, y por esa razón me es imposible servirle. Más adelante...

 

(El SEÑOR NOGUÉS emite un nuevo gruñido de asentimiento.)

 

las habrá, y entonces será llegado el momento de complacerle. Suyo afectísimo...»

NOGUÉS.-  Perfecto, perfecto, señorita Ana Rosa; ha interpretado usted exactamente mis pensamientos.

ANA ROSA.-  Me satisface mucho que así sea.

NOGUÉS.-  Esta otra carta es del subsecretario. Me pide que le coloque un sobrino en el Banco. Hay que contestarle...  (Emite un rosario de sonidos encadenados y en tono complaciente. Se le oye tan sólo, de un modo claro y distinto, las palabras «satisfacción» y «seis mil pesetas para empezar».) 

ANA ROSA.-  Vamos a ver si acierto a entenderle esta vez: «Mi muy querido y admirado amigo:»

NOGUÉS.-  Exacto, exacto. Eso es...

ANA ROSA.-  «Es para mí una verdadera satisfacción comunicarle que puede disponer para su sobrino de la plaza que solicita en el Banco. Esta, se dotará en seis mil pesetas.»

NOGUÉS.-  Perfecto, perfecto.

ANA ROSA.-  «Siempre complacido de servirle.»

NOGUÉS.-  Justo, justo.

ANA ROSA.-  «Queda devotamente a sus órdenes su siempre afectísimo...»

NOGUÉS.-  Muy, muy.

ANA ROSA.-  «Muy afectísimo»... «Que estrecha su mano...»

NOGUÉS.-  Perfecto, perfecto... Y, por último, hay otra carta de don Fernando Arnáiz...

ANA ROSA.-  ¿El ex ministro?

NOGUÉS.-  Sí..., el ex ministro... ¡Qué fracaso el suyo!  (Ríe.)  ¿Se acuerda usted, Ana Rosa?

ANA ROSA.-  Sí... ¿Quiere usted que le conteste?

NOGUÉS.-  Bueno.

ANA ROSA.-  Hay que decirle que...  (Con arreglo a la misma técnica de su jefe, da a entender, de modo cortante y seco, en brevísimos términos, que siente mucho no poderle complacer por no haber plaza vacante.) 

NOGUÉS.-    (Maquiavélico.)  Sí..., está bien...; pero, déjeme, déjeme que le conteste yo...  (Coge la carta y la parte en mil pedazos. Después ríe cruelmente.)  Hora y media de antesala, de diez a once y media, Ana Rosa, en aquel despacho suyo, el 14 de mayo... No, eso no puede olvidarse nunca.

ANA ROSA.-  Tiene usted razón... Un ministro...; un temporero... hacerle esperar a usted...

NOGUÉS.-  En fin... ¿Recogió usted el libro de Campoamor?

ANA ROSA.-  Sí...  (Saca de su bolsillo un tomo de una pequeña edición de Campoamor.)  ¿Sigue usted admirándole, don Eugenio?

NOGUÉS.-

Sí, sí, mucho... Yo, que soy hombre de tan pocas palabras:..., y él, que tenía tantas... Vea usted, por donde quiera que lo abra...

«-¿Vos sabéis lo que es malo, señor cura?...
-Yo de todo, hija mía, estoy al cabo,
Respondió el sacerdote con premura.
Lo cual no era verdad, mas lo creía,
Porque el breviario con afán leía
A la luz de un candil colgado a un clavo.»

¡Cuántas, cuántas palabras, Dios mío...!


GARBONE.-    (Sale de su ensimismamiento.)  Necesito una... ¡Necesito una!

 

(La pide febrilmente. ANA ROSA, que iba a hacer mutis, se ha detenido. El SEÑOR NOGUÉS le examina con un poco de inquietud.)

 

NOGUÉS.-  ¿Qué le pasa, amigo mío?...  (Se vuelve a ANA ROSA.)  Si el tren no prosigue pronto su viaje, acabaremos locos todos...

ANA ROSA.-  ¿Qué palabra quiere?... ¿Puedo servírsela yo?

GARBONE.-  Sí, sí, tal vez... La busco inútilmente desde que nos cercó la nieve. Yo antes no la necesitaba para nada. Ahora, muero si no doy con ella...

ANA ROSA.-  ¿Qué palabra es?

GARBONE.-   (En franco delirio.)  «Criada de la reina, que la viste y adereza.»

ANA ROSA.-  «Criada de la reina, que....». Dama.

GARBONE.-  ¡Dama, dama!... ¿Cree usted que «dama»» no se me había ocurrido a mí?...  (Al SEÑOR NOGUÉS.)  Una palabra, señor, una palabra.

NOGUÉS.-   (Excusándose.)  Yo soy hombre de tan pocas...

GARBONE.-  «Criada de la reina, que la viste y adereza»...

ANA ROSA.-  Aya.

GARBONE.-    (Le rechinan los dientes.)  Tiene siete letras..., señorita; siete, y no tres.

 

(Sale por el foro LA OCTOGENARIA. Viene enlutada y de un tremendo mal humor. La acompaña su bisnieta ADELAIDA, deliciosa criatura de dieciocho abriles.)

 

ADELAIDA.-  No te enfades, abuela, no te enfades.

LA OCTOGENARIA.-  Vamos, vamos..., hasta ahí podíamos llegar... Decirme a mí eso...

ADELAIDA.-  Había trabajado toda la mañana, abuela.

LA OCTOGENARIA.-  ¿Y qué? Pero no tiene treinta años, y yo tengo ochenta. Más he trabajado yo que ella. Vamos..., porque le pido que me ayude a peinarme, decirme: «Usted necesita azafata, señora...».

GARBONE.-   (Deslumbrado, tembloroso ante la revelación.)  Señora..., ¿ha dicho usted azafata?...

LA OCTOGENARIA.-  ¿Qué le pasa a este sujeto?

GARBONE.-  «Criada de la reina, que la viste y la adereza». ¡Ya está, ya está!  (Regresa a su rincón y escribe nerviosamente.) 

LA OCTOGENARIA.-  Oiga, caballerito...

ANA ROSA.-  Discúlpele, señora... Acaba de resolverle usted su crucigrama...  (Va hacia él bondadosamente. Como si le hubiera rescatado de la morfina.)  Ahora, prométame que no reincidirá usted en estas cosas, ¿quiere? Prométame que, una vez acabado este crucigrama, no volverá usted a descifrar ninguno más.

GARBONE.-   (Lloriquea.)  No..., si yo iba a la ciudad a hacer cura de crucigramas... En los pueblos..., ya sabe usted... Allí es inútil intentar sustraerse a la tentación.

ANA ROSA.-    (Se lo pregunta con una piedad infinita.)  Usted estaba entregado a los crucigramas siempre, ¿verdad?

GARBONE.-  Sí...

ANA ROSA.-  Y sus padres, ¿lo sabían?

GARBONE.-  Los pobres, no podían negarme nada...

ANA ROSA.-    (En actitud de enfermera.)  ¿Y usted desconoce lo tremendo que es eso para una naturaleza joven?

GARBONE.-  No, pero...

ANA ROSA.-  Prométame quitarse de los crucigramas... (Le toma el pulso.) 

GARBONE.-  Así, de repente...

ANA ROSA.-    (Aterrada.)  No, por Dios; ¡eso sería funesto! Poco a poco. La supresión absoluta le causaría graves trastornos.  (Como si recetara.)  Haga usted uno después de las comidas, durante una semana nada más. Y después, venga a verme...

GARBONE.-  Sí, señorita...

 

(ANA ROSA, sin palabras, le pide que le enseñe la lengua; GARBONE obedece. Interin ese examen, la conversación salta a las otras figuras de la escena. LA OCTOGENARIA se ha arrellanado en el sillón del fondo.)

 

ADELAIDA.-  Vuelve a nevar.

NOGUÉS.-  No hay nada perdido. No es razonable admitir, ni en hipótesis, la posibilidad de que...

 

(Gruñe, según su sistema, algo que ANA ROSA, que ha vuelto del lado de GARBONE, reconstruye y expresa por sí misma.)

 

ANA ROSA.-  ... de que un tren permanezca bloqueado por la nieve indefinidamente.

NOGUÉS.-  Así es.

LA OCTOGENARIA.-  ¡Hum!

ANA ROSA.-  Y, entretanto, no tenemos derecho a quejarnos de nuestra suerte. Estamos refugiados aquí, en este parador confortable. Peor sería seguir aún en el vagón.

ADELAIDA.-  Ya nos hubiéramos muerto de frío.

LA OCTOGENARIA.-   (Despectiva.)  Te habrías muerto de frío tú, pero no yo, niñita inconsciente. Conmigo no se acaba así como así, y menos de modo inesperado.  (Con fruición casi cruel.)  He visto morir a mi padre, a mis tres madrastras, a siete hijos, a doce nietos y a tres bisnietos. Aún tengo muchos parientes más. Comprenderás que todo esto me hace mirar con optimismo el porvenir.  (Desdeñosa.)  Anda..., sigue viendo nevar.

 

(La nieta se dirige, un poco azorada, a la ventana de la derecha.)

 

Estos seres de menos de sesenta años son completamente despreciables.

 

(Aparece EL CONSERJE.)

 

¡Hum! Morirme de frío... ¿No hay ninguna noticia nueva, conserje?

CONSERJE.-  Todo sigue igual, señora.

LA OCTOGENARIA.-  ¡Mil pares de demonios!...

ANA ROSA.-  Señora: tenga resignación. Posiblemente a ninguno de los viajeros causa el retraso trastorno mayor que al señor Nogués. Había de presidir mañana un Consejo de Administración importantísimo. Y ya le ve usted, tan sereno...

 

(MAGDA entra a tiempo de oír estas palabras. Es una mujer cercana a los treinta años, de una arrogante belleza. Lleva gafas de cristales ahumados, que de vez en cuando se quita. Entonces se le ve mirar cuanto la rodea con aire extraño. A su lado viene MÍSTER HARRIS. Es un inglés. En el ojal de la solapa lleva una bombillita de luz roja y otra de luz verde en el de la izquierda. Ambas las enciende a voluntad. En escena penetra con los fuegos apagados.)

 

MAGDA.-  No, perdón... Discúlpeme si no comparto sus puntos de vista. El Consejo de Administración puede celebrarse un día más tarde, si no llega su presidente... Pero, amigos míos, el Augustus es inflexible: toca mañana, al anochecer, y sale de madrugada, para no parar hasta Río. Y yo tenía que embarcar en él.

HARRIS.-  Yo... alcanzo el Cap Arcona... en 1930.

 

(Al hablar enciende la lucecilla verde. Todos se vuelven a él, pero no le entienden.)

 

MAGDA.-  ¿Cuál ha encendido?

HARRIS.-    (Extrañado.)  ¡La verde!

MAGDA.-  ¡Ah, sí..., es verdad! Quiere decir  (Explica a los demás.)  que alcanzó otro barco, el Cap Arcona, el año 1930. «Que alcanzó.» En pasado, no en presente, ¿verdad, míster Harris?

 

(MÍSTER HARRIS asiente con la cabeza.)

 

Y créanme ustedes que me ha de ser muy difícil resignarme a que el barco se vaya sin mí.

NOGUÉS.-  ¿Era viaje de negocios?

MAGDA.-  No, señor mío; eso es lo grave: que era viaje de placer.

HARRIS.-   (Enciende la lucecilla roja.)  Yo hago un viaje de placer.

MAGDA.-  ¿Qué luz ha encendido?

 

(Se lo pregunta a LA OCTOGENARIA, que asiste a esta conversación sin comprender nada, y que no le contesta.)

 

ANA ROSA.-  La roja..., ¿es que no la ha visto?

MAGDA.-   (Ríe.)  Sí..., naturalmente.  (Se quita las gafas.)  Quiere decir que hará un viaje de placer, «que hará», en futuro, y no en presente.

ANA ROSA.-  ¿Iba usted a Río?

MAGDA.-  Iba más lejos... Iba a dar la vuelta al mundo.

HARRIS.-  Yo doy la vuelta al mundo también.

MAGDA.-  La verde, ¿no? Quiere decir que él dio también la vuelta al mundo.

LA OCTOGENARIA.-   (Al fin ha montado en cólera.)  ¿Y me quiere decir por qué no lo dice, si lo quiere decir?

MAGDA.-  ¡Oh, por Dios, señora! ¡No se enfade usted! Es que... no ha aprendido a decirlo. Me lo contaba hace un rato, mientras terminábamos de almorzar.

 

(MÍSTER HARRIS asiente, saca unas octavillas impresas y se las entrega a LA OCTOGENARIA, a ANA ROSA, a GARBONE, al SEÑOR NOGUÉS y al CONSERJE, que en este momento cruza la escena, y que un poco asombrado toma y lee la que se le ofrece, mientras inicia el mutis.)

 

GARBONE.-  ¿Qué significa esta «hoja de papel impresa con fines publicitarios»?

 

(MÍSTER HARRIS no le responde.)

 

MAGDA.-  Míster Harris lo explica en ese impreso: para ahorrarse el trabajo no ha aprendido más que el presente de los verbos. Los verbos ingleses son muy sencillos; los españoles, muy difíciles. El sólo ha aprendido el presente...; el futuro y el pasado los forma con ese juego de luces espléndido que lleva en... ¿cómo se llama esto?

 

(Señala las solapas y le pregunta al SEÑOR NOGUÉS. El financiero gruñe.)

 

ANA ROSA.-   (Siempre al quite.)  Solapas.

MAGDA.-  Eso es..., en las solapas. Ahora lo entenderán ustedes bien. Antes ha dicho: ««Yo doy la vuelta al mundo.»

 

(MÍSTER HARRIS enciende la luz verde.)

 

Pero lo ha dicho con la bombilla verde encendida. Pues eso significa, exactamente: «Yo di la vuelta al mundo.» Si hubiera encendido la bombilla roja, aunque hubiera dicho lo mismo, «Yo doy la vuelta al mundo», habría significado: «Yo daré la vuelta al mundo...». Así lo cuenta en esas hojitas que reparte a aquellos con quienes habla.

LA OCTOGENARIA.-  . Muy bonito, muy bonito...

NOGUÉS.-   (Un poco preocupado. A ANA ROSA.)  Tendré que estudiar yo eso de las bombillas...

LA OCTOGENARIA.-  ¿Y cuando habla por teléfono, amiguito?

HARRIS.-  Ah, entonces...  (Saca dos silbatos de diversos sonidos. Toca uno.)  Ese es para el pasado.  (Toca otro.)  Ese, para el futuro.

LA OCTOGENARIA.-   (Con cólera contenida.)  Qué..., qué prácticos son estos ingleses, ¿verdad?

CONSERJE.-   (Entrando.)  ¿Señorita Magda Layón?

MAGDA.-  Sí, soy yo...

CONSERJE.-  Señorita: la llaman al teléfono para transmitirle un telegrama urgente desde Barajas.

 

(ANA ROSA hace un gesto de sorpresa.)

 

MAGDA.-   (Bromea.)  Míster Harris, ¡deme los silbatos! (Mutis rápidamente por la lateral izquierda. Breve silencio.) 

LA OCTOGENARIA.-    (A la nieta, que ojea un periódico.)  Léeme las esquelas.

ADELAIDA.-  Doña Jesusa Fernández Villar.

LA OCTOGENARIA.-   (Imperativa.)  ¿De qué edad?

ADELAIDA.-  Treinta y cinco años.

LA OCTOGENARIA.-  ¡Cretina!

ADELAIDA.-  Don Ramón Gómez Pinto.

LA OCTOGENARIA.-  ¿De qué edad?

ADELAIDA.-  ¡Huy! De ochenta y siete años.

LA OCTOGENARIA.-  ¡Ese era un hombre!  (Transición.)  Oye, ¿y por qué «huy»? ¿Es que crees que ha batido un récord? Tendrás que verme a mí..., si vives...

MAGDA.-   (De nuevo en escena.)  Quiero un mapa, necesito un mapa.

 

(MÍSTER HARRIS se lo ofrece.)

 

HARRIS.-  Aquí hay una cruz pequeñita. Parador. Somos nosotros.

MAGDA.-  Claro, claro... Este es el camino de Madrid, tan fácil, y éste, el de Barcelona, tan difícil...

CONSERJE.-   (Aparece por el foro.)  La radio está ahora dando noticias. Si quieren oírla...

HARRIS.-  Sí..., sí...

NOGUÉS.-    (A ANA ROSA.)  Dará también las cotizaciones.

ADELAIDA.-  ¿Me dejas ir, abuela?

LA OCTOGENARIA.-  Vete, hija, vete.

 

(Ella queda en un sillón abstraída en sus pensamientos. Todos hacen mutis: el SEÑOR NOGUÉS, MÍSTER HARRIS, GARBONE y el CONSERJE. Cuando MAGDA va a salir, ANA ROSA le detiene.)

 

ANA ROSA.-  Señorita: ¿Me permite usted un momento?

MAGDA.-   (Afablemente.)  Sí...; ¿qué desea?

 

(Le indica un sofá alejado de LA OCTOGENARIA, en el que se sientan las dos.)

 

ANA ROSA.-  ¿Vio usted bien el mapa, señorita?

MAGDA.-  Sí, perfectamente.

ANA ROSA.-  Sí, ¿verdad? Pues, entonces, habrá usted visto que, cerca de esa cruz diminuta que marca este refugio en que nos encontramos, la guía ha colocado un esquema diminuto de avión:.. Eso significa, señorita...  (Pronuncia la palabra sibilíticamente.)  Que hay, no muy distante de aquí, un aeropuerto...

MAGDA.-  Qué gran cosa es un aeropuerto, ¿verdad, señorita?

ANA ROSA.-  Sí; es realmente delicioso... Ayudado por un teléfono propicio  (Señala al interior.) , resulta hoy no demasiado difícil llamar a una compañía de líneas aéreas y solicitar, al precio que sea, el envío de un aparato que rescate a un grupo de viajeros perdidos en la crueldad de las nieves...

MAGDA.-  Es usted muy inteligente...

ANA ROSA.-  No, créame... No es menester serlo mucho para estar enterada, desde ayer, de que una compañera de viaje había hecho una gestión y para suponer, desde hace unos momentos, que con éxito. ¿Es así?

MAGDA.-    (Un poco seca.)  Si había de terminar rogándome que le cediera un puesto en él, no necesitaba de tantos rodeos. Mire usted, señorita...

ANA ROSA.-  Me llamo Ana Rosa.

MAGDA.-   (Sin hacerle caso.)  Le adelanto, desde luego, que no tengo inconveniente ninguno, caso de ser posible, en cederle un puesto a usted y otro a su jefe..., ¿entendido?  (Se pone en pie.)  ¿Me necesita para algo más?

ANA ROSA.-   (Vehemente.)  Oh, por Dios..., señorita... No es eso... Es justamente todo lo contrario lo que yo pido de usted.

MAGDA.-  No entiendo.

ANA ROSA.-  Cuando llegue su aeroplano, va a recibir usted la petición de la mayoría de los viajeros, de que les permita embarcar en él, si es que hay plaza. Yo vengo a rogarle a usted que no complazca al señor Nogués.

MAGDA.-  Creo haber oído, cuando entraba en este salón, que le era indispensable encontrarse en Barcelona para presidir un Consejo, precisamente mañana.

ANA ROSA.-  Sí, es verdad.

MAGDA.-  Pues, entonces...

ANA ROSA.-  Mire usted, señorita. Porque no presida ese Consejo, no se hunde el mundo.

MAGDA.-  De acuerdo. Pero, ¿qué pretende usted haciendo que se quede?  (Pausa.) 

ANA ROSA.-  ¿Sería usted capaz de comprender lo que le dijera, señorita?

MAGDA.-  No sé ...; no le entiendo.  (Se vuelve a sentar.) 

ANA ROSA.-  ¿Le costaría mucho trabajo creer que yo estoy limpiamente enamorada de ese hombre?

MAGDA.-  ¡Ah!

ANA ROSA.-  Limpiamente, ¿comprende? Yo no soy la mecanógrafa desaprensiva e inmoral que pone a su vida como meta la conquista de su jefe. Soy, sí, la mujer que, al cabo de meses de vivir en la proximidad de un hombre, empieza a adivinarle mil cualidades, mil méritos que no sospechara nunca que tuviera..., y acaba enamorándose de él.

MAGDA.-  Muy bien, muy bien... ¿Y es usted correspondida?

ANA ROSA.-  No he sido aún tomada en cuenta, señorita.

MAGDA.-  Pero, mujer...

ANA ROSA.-  Durante tres años sólo he tenido oportunidad de verme en el mismo escenario del Banco que dirige, con la misma música de fondo de las «Underwood» de su secretaría. Y, ahora, de pronto, un azar inesperado, del que pueden deducirse tantas cosas decisivas, me sitúa a su lado, ya no como mecanógrafa, sino compañera de viaje... Hace unas horas, señorita, que el señor Nogués nota, al menos, que yo soy una mujer... Hasta ahora me ha debido de ver siempre como un funcionario útil. Y allá en el fondo del corazón, de donde nos vienen tantas voces de intuición maravillosa a las mujeres, yo siento, señorita, que, si estas horas se truncan, todas mis ilusiones se derrumbarán; pero que, si por una casualidad o por otra se prolongan, acaso la vida entera se me llene de luz y de alegría...

MAGDA.-    (Conmovida.)  Ana Rosa...

ANA ROSA.-  Gracias, señorita, por darme mi nombre... Además, créame: en el fondo, su repulsa nos hará bien a los dos; porque él es un pobre ser que ignora todo lo que hay más allá del dinero; él cree que el dinero es un placer por sí mismo. No sabe sino los dólares que vale una libra y los francos que vale un dólar. Pero no sabe que el dólar vale justamente un tubo de labios, una novela de aventuras, un rincón con una chimenea caliente o un edredón de niño pequeño...

MAGDA.-  Ana Rosa...

ANA ROSA.-  Desde ayer...

MAGDA.-  Mi nombre es Magda.

ANA ROSA.-  Desde ayer, Magda, parece otra persona distinta. Hoy, por la mañana, me miró fijamente y me dijo: «¡Cuánta juventud tiene usted, Ana Rosa!». ¿Se imagina usted? ¡Cuánta juventud! Y no sabe que toda sería suya si él lo quisiera. Por eso le pedía, Magda...

MAGDA.-  No se preocupe, amiga mía.

ANA ROSA.-   (Se levanta jubilosamente.)  ¡Oh, Magda; espéreme un segundo!

 

(MAGDA se pone en pie, como para marcharse; también LA OCTOGENARIA abandona su libro y, por vez primera, se fija en MAGDA y en ANA ROSA, que huye con la ligereza de un pájaro.)

 

MAGDA.-   (A LA OCTOGENARIA.)  ¡Realmente! ¡Cuánta juventud tiene!...

LA OCTOGENARIA.-   (Para sí.)  ¡Vaya un mérito!... Eso está al alcance de cualquiera. Lo importante es tener mucha vejez.

ANA ROSA.-   (Aparece con media docena de rosas en la mano. A cierta distancia de MAGDA.)  Acépteme estas flores...

MAGDA.-  ¿Qué flores son?

ANA ROSA.-    (Sorprendida.)  ¿No sabe que son rosas?

 

(MAGDA se rehace. Las trae hacia sí y las aspira.)

 

MAGDA.-  Ah, sí... Su aroma inolvidable... Rosas... Rosas. Todas las primaveras me traían rosas. ¡Qué pálidas son!

ANA ROSA.-  ¿Le gustan encarnadas?

MAGDA.-  ¿Las hay encarnadas también?...

ANA ROSA.-    (Extrañada.)  Sí, claro es... Las hay rojas y blancas...

MAGDA.-  ¿Blancas?

ANA ROSA.-    (Desconcertada.)  Sí. Estas. Les llaman rosas de té...

MAGDA.-  ¿Y por qué ese nombre?

ANA ROSA.-  Porque tienen su mismo color.., digo yo; porque son rubias como el té...

MAGDA.-  Ah, sí...

ANA ROSA.-  ¿Pero no ha visto usted nunca unas rosas, Magda?

MAGDA.-    (Tras una larga pausa.)  No..., no....

ANA ROSA.-    (Con el desasosiego de quien se encuentra en presencia de algo que no entiende.)  ¡Cuánto misterio hay en usted, Magda!...

MAGDA.-  ¿Usted lo cree así, Ana Rosa?

 

(Ella asiente con la cabeza.)

 

No, niña, no... No hay misterio ninguno.

ANA ROSA.-  En todo caso, muchas gracias...

MAGDA.-  ¿Por qué? Aún no le he hecho favor alguno. Si acabo haciéndoselo, usted tal vez me lo devolverá un día.

ANA ROSA.-  Con alma y vida.

 

(Se oyen voces dentro. Regresan ADELAIDA, el SEÑOR NOGUÉS, MÍSTER HARRIS y GARBONE.)

 

NOGUÉS.-  Señorita, hay una buena noticia.

ANA ROSA.-  ¿Qué sucede?

NOGUÉS.-  Las Eléctricas han subido dieciocho enteros.

ANA ROSA.-  Eso es un triunfo para usted.

NOGUÉS.-  Sí, es cierto.

HARRIS.-   (A GARBONE.)  ¿Juega usted al bridge?

GARBONE.-   (Hace un gesto de indolencia.)  Bueno... ¿Por qué no?

ANA ROSA.-  ¡Pobre! Sale de Málaga para meterse en Malagón. ¿Va usted a jugar al bridge?

GARBONE.-  No tengo otra cosa que hacer...

ANA ROSA.-  Muy bien, muy bien; eso le distraerá.

LA OCTOGENARIA.-  Yo quiero aprender el bridge.

HARRIS.-  Señora... Y usted, Magda, ¿no juega?

MAGDA.-  Les veré jugar. Yo no sé.

LA OCTOGENARIA.-  Mi nieta sabe.

HARRIS.-  Ah, bien. Entonces... partida completa.

 

(Salen todos, menos ANA ROSA y el SEÑOR NOGUÉS.)

 

ANA ROSA.-  Estoy muy contenta, señor Nogués, por lo de las Eléctricas...

NOGUÉS.-  ¡Oh! Y yo también. ¡Dieciocho enteros, señorita!

ANA ROSA.-  Es usted extraordinario. Lástima que no pueda legar a nadie su genio financiero.

NOGUÉS.-  Ah, no..., claro; eso, no. Eso no se lega. Bueno, muchas veces los hijos...

ANA ROSA.-  Claro, claro... A los hijos me refiero. ¿Usted nunca ha pensado en tener hijos?

NOGUÉS.-   (Medita unos segundos.)  Pues..., la verdad, no.  (Distraído.)  Y ya ve usted... No es que no... Mis padres los tuvieron.

ANA ROSA.-    (Se ríe.)  Ya..., ya; eso es evidente.

NOGUÉS.-  Y usted, señorita, ¿no ha pensado nunca en tener hijos también?

ANA ROSA.-   (Suspira honda y femeninamente.)  Ya lo creo, pero antes de pensar en eso lo he hecho en otras cosas más sencillas. He pensado, por ejemplo, en la fortuna de encontrar a un hombre que me entendiera y al que entendiese... y en la suerte de poder vivir a su lado...

NOGUÉS.-  Cásese.

ANA ROSA.-   (Con amargura.)  ¿Sí? ¿Me lo aconseja usted tan rotundamente?

NOGUÉS.-  Sí, sí, desde luego. Vamos, si le interesa.

 

(Mientras habla, toma de una botella, que se supone está en un aparador a la vuelta de la puerta del foro, un poco de agua, abre una cajita que ha quedado sobre la mesa del salón, disuelve en ella una pastilla y, en un momento oportuno, se la brinda al SEÑOR NOGUÉS, que la apura. De improviso, sorprendido.)

 

Señorita, ¿qué me ha dado usted aquí?

ANA ROSA.-  Su pastilla. Es la hora, don Eugenio.

NOGUÉS.-  Ana Rosa, ¿y cómo sabe usted que...?

ANA ROSA.-  Todas las tardes a esta misma hora, desde hace tres años, toma usted una pastilla de la cajita que olvidó distraído al dictarme las cartas. Sería para mí imperdonable que no la hubiera tomado usted hoy..., hoy precisamente, que me parece a mí como si tuviera un poco la responsabilidad de su día.

NOGUÉS.-    (Azorado, como por notarse a sí mismo un poco conmovido.)  Muchas gracias, muchas gracias, Ana Rosa. No sé. Posee usted un encanto especial, que ignoro en qué consiste ni con qué palabras expresarlo, pero que es un encanto... muy penetrante. ¿Qué edad tiene usted, Ana Rosa?

ANA ROSA.-  Veinticinco años, y estoy a dos pasos de tomar una resolución...

NOGUÉS.-   (Abstraído.)  Yo nunca la creí tan rubia.

ANA ROSA.-  Pues sí, soy rubia, y hoy no lo soy más que cuando me conoció usted. Soy igual de rubia que entonces...  (Insiste.)  Y estoy a dos pasos de tomar una resolución.

NOGUÉS.-  Nunca creí, tampoco, que tuviera los ojos tan azules.

ANA ROSA.-  Pues sí, tengo los ojos azules, tanto como el primer día de trabajar con usted... Y estoy a dos pasos de tomar una resolución.  (Lo repite casi febrilmente.) 

NOGUÉS.-  Muchas veces pienso, Ana Rosa, que a usted la convendría, en efecto, encontrar un hombre de su edad...

ANA ROSA.-   (Coléricamente.)  ¿Y por qué de mi edad, señor Nogués? ¿Por qué de mi edad?

NOGUÉS.-  ¡Ah! Pues... porque... me parece a mí... que siendo de su edad...

ANA ROSA.-    (Desesperada.)  Señor Nogués, enhorabuena por lo de las Eléctricas. Es usted de una sagacidad admirable... en cuestión de Bolsa.

NOGUÉS.-  Pero... ¿y esa resolución que iba a tomar?

 

(ANA ROSA hace mutis destempladamente por el foro. Casi en el mismo momento aparece por la derecha GUILLERMO ARRANZ. Es un hombre de unos treinta y dos años. Fuerte, desenvuelto, intimidable. Todo él respira fuerza y una simpática confianza en sí mismo. Carece de complejidades psicológicas: es elemental. Está hecho de un modo primario, pero con exquisitos materiales. Noble y llano, es difícil establecer contacto con él sin sentirse arrastrado por su virilidad y simpatía. Al aparecer en escena viste un frac irreprochable, cuyos faldones asoman cómicamente por bajo de la canadiense con que se abriga: El SEÑOR NOGUÉS, aún no repuesto del asombro que le ha causado el inesperado mutis de ANA ROSA, ve a GUILLERMO y se restriega los ojos sin quererles dar crédito. GUILLERMO recorre con la mirada la escena. El SEÑOR NOGUÉS hace lo mismo y coteja con ella, asombrado por el contraste, el frac de GUILLERMO. GUILLERMO saca un pitillo. Cuando lo va a encender, estalla en una carcajada irreprimible.)

 

GUILLERMO.-  No, no... Si ya me anunciaron que iba a causar este efecto... Si era inevitable...

NOGUÉS.-  Usted...

GUILLERMO.-  Perdóneme, ¿eh? No lo tome usted a mal... Es que me río... Yo sé por qué me río... Porque sabía que iba a extrañar mucho... esta ropita... Pero, en fin... La señorita Magda Layón, ¿no se encuentra aquí?

NOGUÉS.-  Sí, en efecto, está aquí...

GUILLERMO.-  ¿Habría manera de avisarla?

NOGUÉS.-  Sí, sí... Yo mismo... No se preocupe.

 

(Hace mutis por el foro. A los pocos segundos reaparece en unión de MAGDA. Con un ademán le señala a GUILLERMO, y se retira sin comprender nada, es cierto, pero sin demasiada curiosidad tampoco por entender lo que sucede. MAGDA y GUILLERMO quedan un momento frente a frente y en silencio los dos. GUILLERMO la contempla con una torva simpatía.)

 

GUILLERMO.-  ¿Es usted la señorita Magda Layón?

MAGDA.-  Sí, soy yo.

GUILLERMO.-  Pues ya puede usted estar contenta, señorita.

MAGDA.-  ¿De qué?

GUILLERMO.-  De la faenita que me ha hecho.

MAGDA.-  ¿A usted?

GUILLERMO.-  Sí, sí..., a mí...

MAGDA.-  ¿Usted está loco?

GUILLERMO.-  Me parece que no...

MAGDA.-  Me parece que sí.

GUILLERMO.-  Insisto en que no.

MAGDA.-  Insisto en que sí.

GUILLERMO.-  ¿Lo jugamos a los dados? A dos jugadas.  (Saca unos dados del bolsillo y los echa en el sofá. Se pone de rodillas en él y los lee.)  Tiro por usted: tres nueves.  (Los tira de nuevo.)  Va por mí: tres damas. He ganado yo. Uno a cero, señorita.  (Habla y juega ahora, vertiginosamente.)  Por usted: tres valets. Por mí: nada, pliegues. Por usted: cuatro nueves. Por mí: dos damas. Dos a uno a favor suyo.  (Se te ve cada vez más excitado.)  Por usted: dos reyes. Por mí: tres dieces. Empatados a dos. La final. Por usted: cuatro valets. Por mí: cuatro reyes. He ganado yo, señorita. Pero ¡cuánto he sufrido! Creí que ganaba usted y que estaba loco yo.  (Se sienta ahora muy orondo y satisfecho de su triunfo.) 

MAGDA.-   (Estupefacta, pero divertida.)  ¿Cometo una indiscreción tal vez irreparable preguntando quién es usted?

GUILLERMO.-  Muy al contrario; confío en que se felicite de haberlo hecho toda la vida. Me llamo Guillermo, como el de Orange, como Shakespeare, como Tell, como el último Káiser. Guillermo Arranz, para servirla.

MAGDA.-  ¿Y se puede saber en qué le he perjudicado yo, señor Arranz?

GUILLERMO.-  Por Dios, señorita. Mire bien cómo voy vestido y sea comprensiva...  (Simula pasear el frac como una maniquí elegante en una casa de modas. Se toca con los dedos la pechera dura. Mientras gira se lleva la mano al pelo, y dice:)  Fijador, fijador, señorita, que no me lo doy nunca... Calcetines de seda, zapatos de charol que me están haciendo ver las estrellas. En fin..., la Biblia en verso, señorita.

MAGDA.-   (Un poco impaciente.)  Bien. ¿Quiere usted explicarme...?

GUILLERMO.-  Si es muy sencillo... Cuando uno está pensando muy ilusionadamente en asistir a un baile en la Embajada de Chile, llega de improviso al aeródromo la noticia de que hay una viajera que necesita urgentemente un avión, y no hay más remedio que lanzarse a buscarla... Y resulta que es a mí a quien hacen tomar el avión y venir a recogerla.

MAGDA.-   (Interesada.)  Pero... ¿pretende usted persuadirme de que es usted, en efecto, el piloto del avión cuya salida de Barajas hace dos horas acaban de anunciarme?

GUILLERMO.-  Pues, sí, señorita; lo pretendo.

MAGDA.-  No es posible.

GUILLERMO.-  Sí es posible.

MAGDA.-  No, no...

GUILLERMO.-  ¿Lo jugamos a los dados? A una tirada. Para usted: tres dieces. Para mí: cuatro dieces. He ganado yo. Soy el piloto, señorita.

MAGDA.-    (Irónica.)  Tiene usted unos dados que parecen cosa de brujería, ¿eh?

GUILLERMO.-   (Con una cómica solemnidad.)  No osará usted insinuar que...

MAGDA.-  ¡Oh, no, por Dios, caballero! Suerte, suerte nada más. No trampas.

GUILLERMO.-  Pero entonces, ¿por qué no me cree?

MAGDA.-   (Seriamente.)  No; de verdad, yo quiero saber...

GUILLERMO.-   (Seriamente también.)  Señorita, no le estoy gastando ninguna broma; soy el piloto.

MAGDA.-  ¿Y por qué viene usted así?

GUILLERMO.-  ¿Necesito repetírselo, señorita? Porque mis proyectos eran los de aterrizar aquí a esta hora, salir enseguida para Barcelona, regresar en seguida a Madrid, llegar a Barajas al amparo de la mejor luna del invierno, tomar mi Ford y saborear el baile de la Embajada de Chile. Y para no perder tiempo inútil decidí salir vestido ya de frac.

MAGDA.-  ¿Es así, pues?

GUILLERMO.-  Así es. ¡Ah! Y por cierto: fírmeme usted este pequeño documento.

 

(Saca unos papeles del bolsillo y una estilográfica y se los ofrece. MAGDA, después de una visible vacilación, se decide a firmar. Se la ve escribir dificultosamente. GUILLERMO contempla unos segundos el paisaje desde la ventana. Regresa enseguida y dando por supuesto que MAGDA concluyó de firmar, hace ademán de recoger los documentos. Entonces la ve afanada en su labor, y no puede menos de comentar en alta voz:)

 

¿Está usted escribiendo sus memorias?

 

(MAGDA se muestra turbada. Aún invierte un tiempo prudencial en concluir su firma. Con un azoramiento notorio devuelve a GUILLERMO la estilográfica y los papeles. GUILLERMO, al recogerlos, contempla la firma de MAGDA y pone un gesto de estupor.)

 

Señorita..., perdóneme... Pero, ¿cómo tiene usted esta letra tan infantil?

 

(MAGDA no sabe qué responder. Hay una larga pausa.)

 

¡Ah! Comprendo... ¿Está resentida de algo la mano?

MAGDA.-   (Gozosa de hallar una explicación.)  Sí, sí, eso es... Es un poco de reuma articular... Eso hace que mi letra parezca hoy como la de una niña pequeña... Bien.  (Se ríe azorada. Transición.)  No hay que desperdiciar un minuto. ¿Cuántas plazas tiene el avión?

GUILLERMO.-  Catorce.

MAGDA.-  Voy a decirlo a mis compañeros de viaje para que se preparen...

GUILLERMO.-  Un momento, un momento, señorita. No es menester que usted corra tanto, porque yo no voy ya a la Embajada de Chile.

MAGDA.-  ¿Y a mí qué me importa? ¿O se imagina usted que yo he encargado el avión para que usted se divierta con los amigos?

GUILLERMO.-  No, no, calma. Yo no voy a la Embajada de Chile..., pero usted, señorita, y yo lo siento de todo corazón, no va tampoco a Barcelona.

MAGDA.-  ¿Está usted burlándose o qué?

GUILLERMO.-  No, no me burlo. Es que no me ha dejado decirle que nuestro magnífico avión, el avión que usted había contratado, en el momento de tomar tierra en este infecto aeródromo, ¡paf!

MAGDA.-  ¿Cómo paf?

GUILLERMO.-  Señorita, cuando de una cosa se dice que ha hecho ¡paf! hasta las personas de menos imaginación comprenden que es que se ha pegado un tantarantán...  (Ante un gesto de extrañeza de ella, y ya con cierta cómica ira.)  Y cuando de una cosa se dice que se ha pegado un tantarantán, hasta los más obtusos entienden que es que no queda de ella ni los rabos.

MAGDA.-  Calle. ¿Qué dice? ¿Se ha destrozado el avión? ¿Y usted ileso...  (Se ríe sin poderse contener.)  y de frac? Habrá sido divino el salvamento.

GUILLERMO.-   (Un poco corrido, pero siempre con aire dominador.)  No creo que le esté contando nada gracioso.

MAGDA.-  En resumen: el tantarantán de que usted habla...  (Se ríe al usar su misma expresión.)  ¡Jesús!

GUILLERMO.-  ¿Qué le divierte tanto, señorita Layón?

MAGDA.-  No... Ya ve usted... Una estupidez... Pero me hace gracia la palabra: el tantarantán. Es muy expresivo, ¿no? Realmente no tuve disculpa antes al no darme por enterada en seguida de lo que me decía.  (Hace un esfuerzo para recobrar su seriedad.)  Bien, amigo mío. El tantarantán, ¿qué consecuencias ha tenido?

GUILLERMO.-  Sepa que nos hemos cargado el tren de aterrizaje y que, desde luego, el avión no puede salir. Mi mecánico y los del aeródromo están trabajando para repararlo y aún no saben con exactitud la importancia de la avería.

MAGDA.-  ¿Jesús!  (Se desploma abatida.) 

GUILLERMO.-  ¿Qué le sucede, señorita? ¿Es tan grave para usted el retraso? Porque yo estoy dispuesto a todo.

MAGDA.-   (Lo mira por primera vez con gratitud.)  Gracias.

GUILLERMO.-  ¿Quiere que intentemos abrirnos paso por la carretera? Alquilaríamos un coche. Yo soy muy montañero. Llevaríamos unos hombres y, acaso, si no volviera a nevar...

MAGDA.-  Muchas gracias, señor Arranz.

GUILLERMO.-   (Mira a su alrededor.)  ¿A quien está usted hablando?

MAGDA.-  A usted. ¿No me ha dicho que se apellida usted así?

GUILLERMO.-  ¡Ah, bueno, sí! Pero es que como nadie me llama por mi apellido... Bien, contésteme: ¿quiere que intentemos lo del coche?

MAGDA.-  No; es disparatado. No conseguiríamos nada.

GUILLERMO.-  ¿A qué hora ha de estar usted en Barcelona?

MAGDA.-  Mañana, sin falta. Sale el Augustus.

GUILLERMO.-  Anda, demonio. Claro... Tiene usted que embarcar.

MAGDA.-  Iba a dar la vuelta al mundo. Imagínese.

GUILLERMO.-  ¿Y para qué?

MAGDA.-  Para verlo bien. ¿A usted no le gusta viajar?

GUILLERMO.-  A mí 1o que me gusta es estar en el aire, volar; eso sí que es maravilloso.

MAGDA.-  Nunca he volado. Cuando lo pruebe le daré mi opinión.

GUILLERMO.-  ¿Pero usted cree que lo que va a hacer es volar? ¡No, por Dios, qué error! Subirse en un avión, sentarse en un cómodo asiento, donde le ofrecen de vez en cuando emparedados, para seguir en línea recta, a una velocidad comercial, a una altura comercial, el camino de una ciudad cualquiera, eso no es volar.

MAGDA.-  ¿Sólo vuelan de verdad los pilotos?

GUILLERMO.-  Sí; pero tampoco los de los aviones de pasajeros. Mira, Magda -y perdóname, chica, que te tutee, pero si no lo hago así me muero-, volar, volar de verdad es meterse en un avión de caza. Son unos aparatos pequeños, ágiles, ¿sabes? Apuntar a una nube, enfilarla, traspasarla y encontrarse de pronto cara al sol, aburrirse de sol, ver una casita blanca sobre el suelo; decir: ¡Hale, por ella! y dispararse como una bala hasta partir en dos el humo de sus chimeneas, jugar con los trenes, con los barcos y con las cigüeñas, subir y bajar, girar a la derecha y a la izquierda en un espacio inmenso, sin caminos, sin direcciones prohibidas, sintiendo el motor encabritarse y rugir; sujeto a nuestra disciplina, a nuestra voluntad y aun a nuestro capricho, con unas alas que son casi como una prolongación de nuestras manos, ser un patinador del cielo y morirse de pena cuando no hay más remedio que volver a la aburrida realidad de la tierra y llorar como si se nos hubiera muerto alguien cuando se hace el silencio del motor parado, eso es volar, Magda, eso es volar.

MAGDA.-  Veo que es usted un enamorado de su profesión...

GUILLERMO.-  Bueno.. ¿y tú por qué te vas a dar la vuelta al mundo?

MAGDA.-  Porque me han dicho que en Tokio bailan las geishas empolvadas, y que al cruzar el Ecuador los barcos suenan las sirenas, y que la luna tiene otra luz cuando da en la ciudad prohibida de Pekín... Porque me han dicho todo eso y porque lo quiero ver.

GUILLERMO.-  Mira, chica; lo que importa es La Coruña.

MAGDA.-  ¿Cómo?

GUILLERMO.-  Nada, nada; lo que importa es La Coruña. ¿Tú crees que yo no he visto todo eso? Pues sí. Antes de ser piloto estuve de radiotelegrafista en un mercante. Varias veces he dado la vuelta al mundo, Magda. Y entre las geishas y las sirenas, lo que te vuelve loco es pensar en La Coruña. Más veces me he preguntado: ¿para qué me habré metido en esto? ¡Con lo bien que se está en el Cantón! Porque yo soy gallego, ¿sabes? y no lo digo por presumir. Y la verdad, me siento un poco curado de muchas cosas... ¿Sabes también lo que, después de todo, importa más que La Coruña?

MAGDA.-  No.

GUILLERMO.-  Lo que importa es un rincón donde encontrarse en la paz, donde no interese que fuera llueva o dé el sol. Con un poco de amor y un poco de whisky y un aeródromo cerca...

MAGDA.-  ¡Pch!  (Le hace ademán de que calle. Presta atención a una música lejana.)  Es Bach...

GUILLERMO.-  Que pase. ¿Algún amigo?

MAGDA.-  Ya lo creo; tal vez el mejor. Durante muchos años, casi todas las tardes he conversado con él. Éramos, sí, muy amigos.

GUILLERMO.-  ¿Tenía usted alguna pandilla?

MAGDA.-  Sí, Mozart y Beethoven y Scarlatti... Nos reuníamos con mucha frecuencia. Unas veces me han hecho llorar, pero otras me han consolado.

GUILLERMO.-  ¡Qué planchazo!...  (Con cierto respeto.)  ¿Y le basta a usted oír unas notas para saber ya...?

MAGDA.-  Claro que sí. ¿Usted no es aficionado a la música?

GUILLERMO.-  A mí me gusta esto.  (Tararea una canción popular alemana de Navidad llamada «Stille Nacht, Heilige Nacht».) 

MAGDA.-  Es una canción alemana de Navidad...

GUILLERMO.-  Yo tengo una cajita de música que la toca. Y ya, fuera de eso, me sacas de «El cantar del arriero» y de «Los Gavilanes» y me haces polvo.

MAGDA.-   (Transición.)  Bueno, llevamos hablando media hora y aún no hemos concertado nada. ¿Yo puedo estar o no mañana en Barcelona?

GUILLERMO.-  Yo creo que sí, Magda. Confío en que mañana, al mediodía, saldremos.

MAGDA.-  Tanta ilusión por ver nevar y la nieve está a punto de crearme un conflicto.

GUILLERMO.-  ¿Es qué no había visto usted nevar nunca?

MAGDA.-  No.

GUILLERMO.-   (Sorprendido.)  Pero..., ¿cómo es posible? ¿Dónde vive usted?

MAGDA.-  Cerca de Madrid.

GUILLERMO.-    (Sinceramente extrañado.)  ¿Y no había usted visto nunca nevar?

MAGDA.-   (Un poco embarazada, miente.)  Sí, hombre, sí... No iba a haber visto nevar... Decía este invierno. Oiga, prométame que me hará llegar a tiempo de coger el barco.

GUILLERMO.-  Se lo prometo, Magda. Por mí no ha de quedar.

MAGDA.-  Muchas gracias. Se lo agradeceré mientras viva, señor Arranz.

GUILLERMO.-  Pero no me llame así.

MAGDA.-  Pues bien; muchas gracias, Guillermo.

GUILLERMO.-  Ni así tampoco.

MAGDA.-  ¿Cómo entonces?

GUILLERMO.-  Como me llaman todos los que me quieren un poco: Silbo.

MAGDA.-  ¿Silbo? Y, ¿por qué Silbo?

GUILLERMO.-  ¡Ah! Es que ésa es otra de mis habilidades.

MAGDA.-  ¿Cuál?

GUILLERMO.-  La de silbar.

MAGDA.-    (Seducida.)  Eres un estuche, Silbo.

GUILLERMO.-  Magda... ¿Quieres ver cómo...? ¿Eh?

MAGDA.-  Bueno.  (Se ríe divertidísima.) 

GUILLERMO.-  No... Pero si lo hago así, desde tan cerca..., no sé..., te voy a asustar.

MAGDA.-  ¿Sí?

GUILLERMO.-  Sí..., la verdad...  (Como si temiera romperla.)  No me atrevo.

MAGDA.-  Atrévase, hombre, atrévase...

GUILLERMO.-   (Un poco toscamente.)  No, no... Desde dentro mejor.

MAGDA.-  Bien, como quiera.

 

(Hace mutis por la lateral izquierda. MAGDA se vuelve de espaldas a él para ojear un periódico, y en este instante rasga el aire un silbido salvaje de una intensidad brutal. MAGDA, sobrecogida, se lleva la mano al pecho, y hasta palidece. GUILLERMO resurge en actitud contrita y se queda apoyado en el quicio de la puerta. Por el foro aparecen ANA ROSA, el SEÑOR NOGUÉS, MÍSTER HARRIS, LA OCTOGENARIA, ADELAIDA y GARBONE, éstos con unos naipes en la mano, y el CONSERJE. Sus rostros acusan mitad asombro y mitad terror. GUILLERMO saca un pitillo y comenta, cargado de experiencia.)

 

GUILLERMO.-  Ya sabía yo que la iba a armar.

MAGDA.-  Señores: tengo el placer de presentarles a mi amigo Guillermo Arranz, alias Silbo.

 

(Aun no está nadie repuesto de su estupor cuando por la lateral derecha hacen irrupción dos AGENTES DE POLICÍA.)

 

AGENTE PRIMERO.-   (Muestra a la manera clásica su insignia.)  Buenas noches.

AGENTE SEGUNDO.-  Buenas noches, señores.

AGENTE PRIMERO.-  Son ustedes los viajeros del rápido, ¿no es así?

 

(Asentimiento general, pero sin palabras.)

 

María Cristina Larra, ¿es alguna de ustedes?

ANA ROSA.-   (Tras unos instantes de vacilación.)  No sé; no creo...

AGENTE PRIMERO.-  A ver..., me hacen el favor..., sus papeles.

 

(Se los piden a la mecanógrafa, que saca su cédula del bolsillo. El AGENTE PRIMERO la examina y da su conformidad con ella. A continuación se dirige a la nieta, que se ha refugiado, un tanto temerosa, en la protección de la abuela. La abuela abre su historiado monedero y saca igualmente la cédula de la nieta.)

 

LA OCTOGENARIA.-  Esta muchacha es mi nieta.

AGENTE PRIMERO.-  Muy bien, señora.

 

(Le devuelve la cédula y hace ademán de pasar de largo en derechura de MAGDA.)

 

LA OCTOGENARIA.-   (Con sorda cólera.)  Espero que tendrá usted la educación suficiente como para desconfiar de mí.

AGENTE PRIMERO.-  Ah, es verdad... Perdóneme... Perdóneme...  (Imperativo.)  Su documentación.

LA OCTOGENARIA.-  Aquí la tiene.

AGENTE PRIMERO.-   (Con la voz de trueno necesario para halagar a su interrogada.)  ¿No es usted María Cristina Larra?

LA OCTOGENARIA.-  No, señor.

AGENTE PRIMERO.-  ¿No es usted, verdad?

LA OCTOGENARIA.-   (Ahora ya casi bravamente.)  Le he dicho a usted que no, señor mío.

AGENTE PRIMERO.-  Perfectamente.  (A MAGDA.)  ¿Su documentación, señorita?

MAGDA.-   (Saca del bolsillo de su abrigo diversos documentos. Uno de ellos se lo tiende al policía.)  Mi nombre es Magdalena Layón.

AGENTE PRIMERO.-    (Lo examina con marcado detenimiento. Después lo pasa a su compañero, que lo mira también con detalle.)  Señorita, su nombre, en efecto, concuerda con el del carnet, pero sus señas personales son las que más se aproximan a las que nos dieron de la persona que buscamos.

MAGDA.-   (Volviendo a guardar con cierta displicencia sus papeles en su abrigo.)  ¿Sí?

AGENTE PRIMERO.-  Tanto, que... mientras no realicemos ciertas gestiones, nos veremos obligados a prohibirle continuar su viaje. Necesitamos saber si es usted o no, realmente, Magda Layón.

ANA ROSA.-   (Avanza unos pasos.)  Oiga, señor. Esta señorita es Magda Layón. La conozco desde hace varios años. La desconfianza de ustedes me parece injustificada.

AGENTE PRIMERO.-  ¿Dice usted que la conoce?

ANA ROSA.-  Sí; bien claro está.

GUILLERMO.-  Escúcheme...

 

(Abandona el umbral de la puerta, en la que seguía recostado. Requiere la atención de los dos agentes, con los que va a mantener en voz baja el diálogo que sigue.)

 

Soy Guillermo Arranz, capitán de Aviación.

AGENTE SEGUNDO.-  A sus órdenes, mi capitán.

AGENTE PRIMERO.-  Tenemos orden de detener a una señorita que nos han dicho que era como ésta, rubia y alta, de nombre María Cristina Larra.

GUILLERMO.-  ¿Por qué motivos?

AGENTE PRIMERO.-  Ni idea.

GUILLERMO.-  Bueno, pues miren... Pueden ustedes irse tranquilos, porque esta señorita es, en efecto, como ella dice, Magda Layón.

AGENTE SEGUNDO.-  Si usted lo asegura...

GUILLERMO.-  Sí, sí..., terminantemente.

AGENTE SEGUNDO.-  ¿No le cabe duda ninguna?

GUILLERMO.-  Ninguna.

AGENTE SEGUNDO.-  Entonces...

AGENTE PRIMERO.-  ¿Por qué no la hacemos escribir?

 

(Ante un gesto interrogador de GUILLERMO.)

 

Nos han dicho que, a falta de otros datos, la identificaríamos así, porque casi no sabe escribir.

AGENTE SEGUNDO.-  Déjalo... Si el capitán dice que la conoce...

GUILLERMO.-  Desde luego.

AGENTE PRIMERO.-  Pues siendo así...  (Ahora ya en voz alta.)  Señorita: le pido que nos dispense. Este señor... dice también que la conoce. En vista de eso, nos retiramos. ¿No hay ningún viajero más, conserje?

CONSERJE.-  No. Los restantes quedaron en la fonda del pueblo.

AGENTE PRIMERO.-  Buscaremos allí. Buenas noches.

 

(GUILLERMO, el SEÑOR NOGUÉS y el CONSERJE hacen ademán de ir a acompañarles hasta la puerta. MÍSTER HARRIS observa tan extraños episodios desde el centro de la escena. LA OCTOGENARIA y la nieta permanecen juntas. ANA ROSA va a MAGDA, aún turbada por el interrogatorio de que ha sido objeto.)

 

MAGDA.-  ¿Ve usted qué pronto me devolvió mi favor?

ANA ROSA.-  Es que, además, necesito pedirle otro.

MAGDA.-  Dígame.

ANA ROSA.-  Justamente al contrario del que le pedí antes: que nos lleve a los dos.

MAGDA.-  ¿Sí?...

ANA ROSA.-   (Entristecida.)  Sí... Después le explicaré...

MAGDA.-  Pues bien; como quiera.

 

(Se han ido los Policías. En voz alta.)

 

Bueno, señores. Tengo que comunicarles algo muy importante. Mañana, al mando del capitán Arranz, sale para Barcelona un avión en el que cabemos todos. Los que quieran venir que lo digan.

LA OCTOGENARIA.-   (Resueltamente.)  Yo.

NOGUÉS.-  ¿Habría sitio también para mí, señorita?

MAGDA.-  Desde luego.

HARRIS.-  ¿Y para mí?

MAGDA.-  Claro, claro... Pero ilumínese... Le hace más grandes los ojos.

 

(MÍSTER HARRIS se ríe y enciende las dos bombillas.)

 

Amigos: hoy me parece que estamos en el deber de honrar el inesperado frac de nuestro piloto de la mejor manera posible.

HARRIS.-  ¿Cómo?

MAGDA.-  Organizando un gran baile de gala para después.

ADELAIDA.-  Muy bien, muy bien...

 

(Aplaude, aunque su abuela la mira severamente.)

 

HARRIS.-  Muy bien, muy bien...

GUILLERMO.-  Perfecto; pero el ensayo general ahora, ¿les parece?

MAGDA.-  Encantados.

GUILLERMO.-   (Al CONSERJE.)  Desempolve de Wagner esa radio que se oía antes; póngala fuerte y a ver si sale música de baile, ¿quiere?

CONSERJE.-  Vamos a ver.  (Hace mutis. A los pocos segundos se oye, en efecto, una orquesta de «fox».) 

ANA ROSA.-   (A GARBONE.)  Invite a la muchacha. Le ayudará a curarse.

GARBONE.-  Ah, sí...

 

(La invita, en efecto. LA OCTOGENARIA va a oponerse, pero en este momento MÍSTER HARRIS le invita a ella. Ya están bailando los cuatro. ANA ROSA mira al SEÑOR NOGUÉS. El financiero no sabe qué contestar.)

 

ANA ROSA.-  ¿Usted no sabe bailar?  (Comprensiva.)  No se preocupe. Yo le enseñaré.

 

(Bailan también. GUILLERMO, con un gesto, ha invitado a su vez a MAGDA.)

 

MAGDA.-  Me ha parecido obligado organizar este baile. Había que indemnizarle del que perdía, por mi culpa, en la Embajada de Chile.

GUILLERMO.-  Baile por baile, me quedo con éste.

MAGDA.-   (Con cierto anhelo y cierta coquetería.)  ¿De verdad?

GUILLERMO.-  De verdad.

MAGDA.-   (Con una leve ternura.)  ¿De verdad, Silbo?

GUILLERMO.-  De verdad..., de verdad...  (Silabeando enigmáticamente.)  María Cristina...


 
 
TELÓN
 
 

Indice Siguiente


« Volver al índice

Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes