Esta comedia fue estrenada la noche
del 25 de enero de 1943, en el Teatro Reina Victoria, de Madrid,
por la compañía de Tina Gascó y Fernando
Granada, con arreglo al siguiente reparto:
A los pocos días de
concluidas sus representaciones en el Teatro Reina Victoria, fue
puesta en escena por la compañía de Isabel
Garcés, bajo la dirección de Arturo Serrano, en el
Teatro Infanta Isabel.
Con motivo de su centésima
representación, y a beneficio de la Asociación de la
Prensa, los críticos madrileños le hicieron el honor
de desempeñar sus papeles masculinos.
 Acto I
|
|
|
La escena representa el saloncillo de un parador. La puerta
de la derecha se entiende que comunica con el exterior. La del
foro, que lo abarca casi enteramente, con las restantes
dependencias. Por doquiera, sillones rústicos, pero
confortables. Una mesita con revistas. Es enero de
1936.
|
|
|
Al levantarse el telón cruza de un extremo a otro,
hacia el foro, el CONSERJE
del parador. En escena, DON
EUGENIO NOGUÉS y su secretaria, ANA ROSA. El señor NOGUÉS es un hombre de fuerte
complexión y edad madura. Su secretaria reproduce
fácilmente el diseño tradicional de secretarias que
nos ha hecho adoptar el cine: es bella y, a ser posible, rubia.
Abstraído en un sillón, JUAN GARBONE, muchacho de unos veinte
años, resuelve un crucigrama.
|
|
NOGUÉS.- Señorita: me acabo de
encontrar en el bolsillo de la americana unas cartas. Mire usted.
Esta es del alcalde de Peñaranda. Pide que le coloque un
sobrino en el Banco.
|
|
ANA
ROSA.- (Saca un cuadernito de notas y se
dispone a tomar sus apuntaciones.)
¿Qué he de decirle?
|
|
NOGUÉS.- Le dice usted, simplemente,
que...
|
|
|
(Aquí el actor emite una serie de sonidos
extraños. Sólo pronuncia claramente las palabras:
«No hay vacantes», «Más adelante» y
«Entonces...». Todas ellas van entrelazadas por una
cadena de gruñidos ininteligibles, pero ANA ROSA los descifra de un modo
perfecto.)
|
|
ANA
ROSA.- Comprendo, hay que responderle: «Muy
señor mío: Sintiéndolo mucho, no me es posible
acceder a su petición de que coloque a su sobrino en el
Banco. En la actualidad no hay plazas vacantes, y por esa
razón me es imposible servirle. Más adelante...
(El SEÑOR
NOGUÉS emite un nuevo gruñido de
asentimiento.)
las habrá, y entonces
será llegado el momento de complacerle. Suyo
afectísimo...»
|
|
NOGUÉS.- Perfecto, perfecto,
señorita Ana Rosa; ha interpretado usted exactamente mis
pensamientos.
|
|
ANA
ROSA.- Me satisface mucho que así sea.
|
|
NOGUÉS.- Esta otra carta es del
subsecretario. Me pide que le coloque un sobrino en el Banco. Hay
que contestarle... (Emite un rosario de sonidos
encadenados y en tono complaciente. Se le oye tan sólo, de
un modo claro y distinto, las palabras
«satisfacción» y «seis mil pesetas para
empezar».)
|
|
ANA
ROSA.- Vamos a ver si acierto a entenderle esta vez:
«Mi muy querido y admirado amigo:»
|
|
NOGUÉS.- Exacto, exacto. Eso es...
|
|
ANA
ROSA.- «Es para mí una verdadera
satisfacción comunicarle que puede disponer para su sobrino
de la plaza que solicita en el Banco. Esta, se dotará en
seis mil pesetas.»
|
|
NOGUÉS.- Perfecto, perfecto.
|
|
ANA
ROSA.- «Siempre complacido de
servirle.»
|
|
NOGUÉS.- Justo, justo.
|
|
ANA
ROSA.- «Queda devotamente a sus órdenes
su siempre afectísimo...»
|
|
NOGUÉS.- Muy, muy.
|
|
ANA
ROSA.- «Muy afectísimo»...
«Que estrecha su mano...»
|
|
NOGUÉS.- Perfecto, perfecto... Y, por
último, hay otra carta de don Fernando Arnáiz...
|
|
ANA
ROSA.- ¿El ex ministro?
|
|
NOGUÉS.- Sí..., el ex ministro...
¡Qué fracaso el suyo!
(Ríe.) ¿Se acuerda
usted, Ana Rosa?
|
|
ANA
ROSA.- Sí... ¿Quiere usted que le
conteste?
|
|
NOGUÉS.- Bueno.
|
|
ANA
ROSA.- Hay que decirle que... (Con
arreglo a la misma técnica de su jefe, da a entender, de
modo cortante y seco, en brevísimos términos, que
siente mucho no poderle complacer por no haber plaza
vacante.)
|
|
NOGUÉS.-
(Maquiavélico.) Sí..., está
bien...; pero, déjeme, déjeme que le conteste yo...
(Coge la carta y la parte en mil pedazos.
Después ríe cruelmente.) Hora y media
de antesala, de diez a once y media, Ana Rosa, en aquel despacho
suyo, el 14 de mayo... No, eso no puede olvidarse nunca.
|
|
ANA
ROSA.- Tiene usted razón... Un ministro...; un
temporero... hacerle esperar a usted...
|
|
NOGUÉS.- En fin... ¿Recogió
usted el libro de Campoamor?
|
|
ANA
ROSA.- Sí... (Saca de su bolsillo
un tomo de una pequeña edición de
Campoamor.) ¿Sigue usted admirándole,
don Eugenio?
|
| NOGUÉS.- |
|
|
Sí,
sí, mucho... Yo, que soy hombre de tan pocas palabras:..., y
él, que tenía tantas... Vea usted, por donde quiera
que lo abra...
|
|
«-¿Vos sabéis
lo que es malo, señor cura?... |
|
|
|
-Yo de todo, hija mía, estoy
al cabo, |
|
|
|
Respondió el sacerdote con
premura. |
|
|
|
Lo cual no era verdad, mas lo
creía, |
|
|
|
Porque el breviario con afán
leía |
|
|
|
A la luz de un candil colgado a un
clavo.» |
|
|
|
¡Cuántas, cuántas palabras, Dios
mío...!
|
|
|
|
GARBONE.- (Sale de su
ensimismamiento.) Necesito una... ¡Necesito
una!
|
|
|
(La pide febrilmente. ANA
ROSA, que iba a hacer mutis, se ha detenido. El SEÑOR NOGUÉS le examina
con un poco de inquietud.)
|
|
NOGUÉS.- ¿Qué le pasa,
amigo mío?... (Se vuelve a ANA ROSA.) Si el tren
no prosigue pronto su viaje, acabaremos locos todos...
|
|
ANA
ROSA.- ¿Qué palabra quiere?...
¿Puedo servírsela yo?
|
|
GARBONE.- Sí, sí, tal vez... La
busco inútilmente desde que nos cercó la nieve. Yo
antes no la necesitaba para nada. Ahora, muero si no doy con
ella...
|
|
ANA
ROSA.- ¿Qué palabra es?
|
|
GARBONE.- (En franco
delirio.) «Criada de la reina, que la viste y
adereza.»
|
|
ANA
ROSA.- «Criada de la reina, que....».
Dama.
|
|
GARBONE.- ¡Dama, dama!... ¿Cree
usted que «dama»» no se me había ocurrido
a mí?... (Al SEÑOR
NOGUÉS.) Una palabra, señor,
una palabra.
|
|
NOGUÉS.-
(Excusándose.) Yo soy hombre de
tan pocas...
|
|
GARBONE.- «Criada de la reina, que la
viste y adereza»...
|
|
ANA
ROSA.- Aya.
|
|
GARBONE.- (Le rechinan los
dientes.) Tiene siete letras..., señorita;
siete, y no tres.
|
|
|
(Sale por el foro LA
OCTOGENARIA. Viene enlutada y de un tremendo mal humor. La
acompaña su bisnieta ADELAIDA, deliciosa criatura de
dieciocho abriles.)
|
|
ADELAIDA.- No te enfades, abuela, no te
enfades.
|
|
LA
OCTOGENARIA.- Vamos, vamos..., hasta ahí
podíamos llegar... Decirme a mí eso...
|
|
ADELAIDA.- Había trabajado toda la
mañana, abuela.
|
|
LA
OCTOGENARIA.- ¿Y qué? Pero no tiene
treinta años, y yo tengo ochenta. Más he trabajado yo
que ella. Vamos..., porque le pido que me ayude a peinarme,
decirme: «Usted necesita azafata,
señora...».
|
|
GARBONE.- (Deslumbrado, tembloroso
ante la revelación.) Señora...,
¿ha dicho usted azafata?...
|
|
LA
OCTOGENARIA.- ¿Qué le pasa a este
sujeto?
|
|
GARBONE.- «Criada de la reina, que la
viste y la adereza». ¡Ya está, ya está!
(Regresa a su rincón y escribe
nerviosamente.)
|
|
LA
OCTOGENARIA.- Oiga, caballerito...
|
|
ANA
ROSA.- Discúlpele, señora... Acaba de
resolverle usted su crucigrama... (Va hacia él
bondadosamente. Como si le hubiera rescatado de la
morfina.) Ahora, prométame que no
reincidirá usted en estas cosas, ¿quiere?
Prométame que, una vez acabado este crucigrama, no
volverá usted a descifrar ninguno más.
|
|
GARBONE.-
(Lloriquea.) No..., si yo iba a la
ciudad a hacer cura de crucigramas... En los pueblos..., ya sabe
usted... Allí es inútil intentar sustraerse a la
tentación.
|
|
ANA
ROSA.- (Se lo pregunta con una piedad
infinita.) Usted estaba entregado a los crucigramas
siempre, ¿verdad?
|
|
GARBONE.- Sí...
|
|
ANA
ROSA.- Y sus padres, ¿lo sabían?
|
|
GARBONE.- Los pobres, no podían negarme
nada...
|
|
ANA
ROSA.- (En actitud de
enfermera.) ¿Y usted desconoce lo tremendo
que es eso para una naturaleza joven?
|
|
GARBONE.- No, pero...
|
|
ANA
ROSA.- Prométame quitarse de los
crucigramas... (Le toma el pulso.)
|
|
GARBONE.- Así, de repente...
|
|
ANA
ROSA.- (Aterrada.) No,
por Dios; ¡eso sería funesto! Poco a poco. La
supresión absoluta le causaría graves trastornos.
(Como si recetara.) Haga usted uno
después de las comidas, durante una semana nada más.
Y después, venga a verme...
|
|
GARBONE.- Sí, señorita...
|
|
|
(ANA ROSA, sin
palabras, le pide que le enseñe la lengua; GARBONE obedece. Interin ese examen,
la conversación salta a las otras figuras de la escena.
LA OCTOGENARIA se ha
arrellanado en el sillón del fondo.)
|
|
ADELAIDA.- Vuelve a nevar.
|
|
NOGUÉS.- No hay nada perdido. No es
razonable admitir, ni en hipótesis, la posibilidad de
que...
|
|
|
(Gruñe, según su sistema, algo que
ANA ROSA, que ha vuelto
del lado de GARBONE,
reconstruye y expresa por sí misma.)
|
|
ANA
ROSA.- ... de que un tren permanezca bloqueado por la
nieve indefinidamente.
|
|
NOGUÉS.- Así es.
|
|
LA
OCTOGENARIA.- ¡Hum!
|
|
ANA
ROSA.- Y, entretanto, no tenemos derecho a quejarnos
de nuestra suerte. Estamos refugiados aquí, en este parador
confortable. Peor sería seguir aún en el
vagón.
|
|
ADELAIDA.- Ya nos hubiéramos muerto de
frío.
|
|
LA
OCTOGENARIA.-
(Despectiva.) Te habrías muerto
de frío tú, pero no yo, niñita inconsciente.
Conmigo no se acaba así como así, y menos de modo
inesperado. (Con fruición casi
cruel.) He visto morir a mi padre, a mis tres
madrastras, a siete hijos, a doce nietos y a tres bisnietos.
Aún tengo muchos parientes más. Comprenderás
que todo esto me hace mirar con optimismo el porvenir.
(Desdeñosa.) Anda..., sigue
viendo nevar.
(La nieta se dirige, un poco azorada, a la ventana de la
derecha.)
Estos seres de menos de sesenta
años son completamente despreciables.
(Aparece EL
CONSERJE.)
|
|
¡Hum! Morirme de
frío... ¿No hay ninguna noticia nueva, conserje?
|
|
CONSERJE.- Todo sigue igual, señora.
|
|
LA
OCTOGENARIA.- ¡Mil pares de demonios!...
|
|
ANA
ROSA.- Señora: tenga resignación.
Posiblemente a ninguno de los viajeros causa el retraso trastorno
mayor que al señor Nogués. Había de presidir
mañana un Consejo de Administración
importantísimo. Y ya le ve usted, tan sereno...
|
|
|
(MAGDA entra a
tiempo de oír estas palabras. Es una mujer cercana a los
treinta años, de una arrogante belleza. Lleva gafas de
cristales ahumados, que de vez en cuando se quita. Entonces se le
ve mirar cuanto la rodea con aire extraño. A su lado viene
MÍSTER HARRIS. Es
un inglés. En el ojal de la solapa lleva una bombillita de
luz roja y otra de luz verde en el de la izquierda. Ambas las
enciende a voluntad. En escena penetra con los fuegos
apagados.)
|
|
MAGDA.- No, perdón... Discúlpeme
si no comparto sus puntos de vista. El Consejo de
Administración puede celebrarse un día más
tarde, si no llega su presidente... Pero, amigos míos, el
Augustus es inflexible: toca mañana, al anochecer,
y sale de madrugada, para no parar hasta Río. Y yo
tenía que embarcar en él.
|
|
HARRIS.- Yo... alcanzo el Cap Arcona...
en 1930.
|
|
|
(Al hablar enciende la lucecilla verde. Todos se vuelven a
él, pero no le entienden.)
|
|
MAGDA.- ¿Cuál ha encendido?
|
|
HARRIS.-
(Extrañado.) ¡La verde!
|
|
MAGDA.- ¡Ah, sí..., es verdad!
Quiere decir (Explica a los
demás.) que alcanzó otro barco, el
Cap Arcona, el año 1930. «Que
alcanzó.» En pasado, no en presente, ¿verdad,
míster Harris?
(MÍSTER
HARRIS asiente con la cabeza.)
Y créanme ustedes que me ha
de ser muy difícil resignarme a que el barco se vaya sin
mí.
|
|
NOGUÉS.- ¿Era viaje de
negocios?
|
|
MAGDA.- No, señor mío; eso es lo
grave: que era viaje de placer.
|
|
HARRIS.- (Enciende la lucecilla
roja.) Yo hago un viaje de placer.
|
|
MAGDA.- ¿Qué luz ha encendido?
|
|
|
(Se lo pregunta a LA
OCTOGENARIA, que asiste a esta conversación sin
comprender nada, y que no le contesta.)
|
|
ANA
ROSA.- La roja..., ¿es que no la ha visto?
|
|
MAGDA.-
(Ríe.) Sí...,
naturalmente. (Se quita las gafas.)
Quiere decir que hará un viaje de placer, «que
hará», en futuro, y no en presente.
|
|
ANA
ROSA.- ¿Iba usted a Río?
|
|
MAGDA.- Iba más lejos... Iba a dar la
vuelta al mundo.
|
|
HARRIS.- Yo doy la vuelta al mundo
también.
|
|
MAGDA.- La verde, ¿no? Quiere decir que
él dio también la vuelta al mundo.
|
|
LA
OCTOGENARIA.- (Al fin ha montado en
cólera.) ¿Y me quiere decir por
qué no lo dice, si lo quiere decir?
|
|
MAGDA.- ¡Oh, por Dios, señora!
¡No se enfade usted! Es que... no ha aprendido a decirlo. Me
lo contaba hace un rato, mientras terminábamos de
almorzar.
|
|
|
(MÍSTER
HARRIS asiente, saca unas octavillas impresas y se las
entrega a LA OCTOGENARIA,
a ANA ROSA, a GARBONE, al SEÑOR NOGUÉS y al
CONSERJE, que en este
momento cruza la escena, y que un poco asombrado toma y lee la que
se le ofrece, mientras inicia el mutis.)
|
|
GARBONE.- ¿Qué significa esta
«hoja de papel impresa con fines publicitarios»?
|
|
|
(MÍSTER
HARRIS no le responde.)
|
|
MAGDA.- Míster Harris lo explica en ese
impreso: para ahorrarse el trabajo no ha aprendido más que
el presente de los verbos. Los verbos ingleses son muy sencillos;
los españoles, muy difíciles. El sólo ha
aprendido el presente...; el futuro y el pasado los forma con ese
juego de luces espléndido que lleva en...
¿cómo se llama esto?
|
|
|
(Señala las solapas y le pregunta al SEÑOR NOGUÉS. El
financiero gruñe.)
|
|
ANA
ROSA.- (Siempre al
quite.) Solapas.
|
|
MAGDA.- Eso es..., en las solapas. Ahora lo
entenderán ustedes bien. Antes ha dicho: ««Yo
doy la vuelta al mundo.»
(MÍSTER
HARRIS enciende la luz verde.)
Pero lo ha dicho con la bombilla
verde encendida. Pues eso significa, exactamente: «Yo
di la vuelta al mundo.» Si hubiera encendido la
bombilla roja, aunque hubiera dicho lo mismo, «Yo doy la
vuelta al mundo», habría significado: «Yo
daré la vuelta al mundo...». Así lo
cuenta en esas hojitas que reparte a aquellos con quienes
habla.
|
|
LA
OCTOGENARIA.- . Muy bonito, muy bonito...
|
|
NOGUÉS.- (Un poco
preocupado. A ANA
ROSA.) Tendré que estudiar yo eso de
las bombillas...
|
|
LA
OCTOGENARIA.- ¿Y cuando habla por
teléfono, amiguito?
|
|
HARRIS.- Ah, entonces... (Saca dos
silbatos de diversos sonidos. Toca uno.) Ese es para
el pasado. (Toca otro.) Ese, para el
futuro.
|
|
LA
OCTOGENARIA.- (Con cólera
contenida.) Qué..., qué
prácticos son estos ingleses, ¿verdad?
|
|
CONSERJE.-
(Entrando.) ¿Señorita
Magda Layón?
|
|
MAGDA.- Sí, soy yo...
|
|
CONSERJE.- Señorita: la llaman al
teléfono para transmitirle un telegrama urgente desde
Barajas.
|
|
|
(ANA ROSA hace un
gesto de sorpresa.)
|
|
MAGDA.- (Bromea.)
Míster Harris, ¡deme los silbatos! (Mutis
rápidamente por la lateral izquierda. Breve
silencio.)
|
|
LA
OCTOGENARIA.- (A la nieta, que ojea un
periódico.) Léeme las esquelas.
|
|
ADELAIDA.- Doña Jesusa Fernández
Villar.
|
|
LA
OCTOGENARIA.-
(Imperativa.) ¿De qué
edad?
|
|
ADELAIDA.- Treinta y cinco años.
|
|
LA
OCTOGENARIA.- ¡Cretina!
|
|
ADELAIDA.- Don Ramón Gómez
Pinto.
|
|
LA
OCTOGENARIA.- ¿De qué edad?
|
|
ADELAIDA.- ¡Huy! De ochenta y siete
años.
|
|
LA
OCTOGENARIA.- ¡Ese era un hombre!
(Transición.) Oye, ¿y
por qué «huy»? ¿Es que crees que ha
batido un récord? Tendrás que verme a mí...,
si vives...
|
|
MAGDA.- (De nuevo en
escena.) Quiero un mapa, necesito un mapa.
|
|
|
(MÍSTER
HARRIS se lo ofrece.)
|
|
HARRIS.- Aquí hay una cruz
pequeñita. Parador. Somos nosotros.
|
|
MAGDA.- Claro, claro... Este es el camino de
Madrid, tan fácil, y éste, el de Barcelona, tan
difícil...
|
|
CONSERJE.- (Aparece por el
foro.) La radio está ahora dando noticias. Si
quieren oírla...
|
|
HARRIS.- Sí..., sí...
|
|
NOGUÉS.- (A ANA ROSA.) Dará
también las cotizaciones.
|
|
ADELAIDA.- ¿Me dejas ir, abuela?
|
|
LA
OCTOGENARIA.- Vete, hija, vete.
|
|
|
(Ella queda en un sillón abstraída en sus
pensamientos. Todos hacen mutis: el SEÑOR NOGUÉS,
MÍSTER HARRIS,
GARBONE y el CONSERJE. Cuando MAGDA va a salir, ANA ROSA le detiene.)
|
|
ANA
ROSA.- Señorita: ¿Me permite usted un
momento?
|
|
MAGDA.-
(Afablemente.) Sí...;
¿qué desea?
|
|
|
(Le indica un sofá alejado de LA OCTOGENARIA, en el que se sientan
las dos.)
|
|
ANA
ROSA.- ¿Vio usted bien el mapa,
señorita?
|
|
MAGDA.- Sí, perfectamente.
|
|
ANA
ROSA.- Sí, ¿verdad? Pues, entonces,
habrá usted visto que, cerca de esa cruz diminuta que marca
este refugio en que nos encontramos, la guía ha colocado un
esquema diminuto de avión:.. Eso significa,
señorita... (Pronuncia la palabra
sibilíticamente.) Que hay, no muy distante de
aquí, un aeropuerto...
|
|
MAGDA.- Qué gran cosa es un aeropuerto,
¿verdad, señorita?
|
|
ANA
ROSA.- Sí; es realmente delicioso... Ayudado
por un teléfono propicio (Señala al
interior.) , resulta hoy no demasiado difícil
llamar a una compañía de líneas aéreas
y solicitar, al precio que sea, el envío de un aparato que
rescate a un grupo de viajeros perdidos en la crueldad de las
nieves...
|
|
MAGDA.- Es usted muy inteligente...
|
|
ANA
ROSA.- No, créame... No es menester serlo mucho
para estar enterada, desde ayer, de que una compañera de
viaje había hecho una gestión y para suponer, desde
hace unos momentos, que con éxito. ¿Es
así?
|
|
MAGDA.- (Un poco
seca.) Si había de terminar rogándome
que le cediera un puesto en él, no necesitaba de tantos
rodeos. Mire usted, señorita...
|
|
ANA
ROSA.- Me llamo Ana Rosa.
|
|
MAGDA.- (Sin hacerle
caso.) Le adelanto, desde luego, que no tengo
inconveniente ninguno, caso de ser posible, en cederle un puesto a
usted y otro a su jefe..., ¿entendido? (Se
pone en pie.) ¿Me necesita para algo
más?
|
|
ANA
ROSA.- (Vehemente.) Oh,
por Dios..., señorita... No es eso... Es justamente todo lo
contrario lo que yo pido de usted.
|
|
MAGDA.- No entiendo.
|
|
ANA
ROSA.- Cuando llegue su aeroplano, va a recibir usted
la petición de la mayoría de los viajeros, de que les
permita embarcar en él, si es que hay plaza. Yo vengo a
rogarle a usted que no complazca al señor Nogués.
|
|
MAGDA.- Creo haber oído, cuando entraba
en este salón, que le era indispensable encontrarse en
Barcelona para presidir un Consejo, precisamente mañana.
|
|
ANA
ROSA.- Sí, es verdad.
|
|
MAGDA.- Pues, entonces...
|
|
ANA
ROSA.- Mire usted, señorita. Porque no presida
ese Consejo, no se hunde el mundo.
|
|
MAGDA.- De acuerdo. Pero, ¿qué
pretende usted haciendo que se quede?
(Pausa.)
|
|
ANA
ROSA.- ¿Sería usted capaz de comprender
lo que le dijera, señorita?
|
|
MAGDA.- No sé ...; no le entiendo.
(Se vuelve a sentar.)
|
|
ANA
ROSA.- ¿Le costaría mucho trabajo creer
que yo estoy limpiamente enamorada de ese hombre?
|
|
MAGDA.- ¡Ah!
|
|
ANA
ROSA.- Limpiamente, ¿comprende? Yo no soy la
mecanógrafa desaprensiva e inmoral que pone a su vida como
meta la conquista de su jefe. Soy, sí, la mujer que, al cabo
de meses de vivir en la proximidad de un hombre, empieza a
adivinarle mil cualidades, mil méritos que no sospechara
nunca que tuviera..., y acaba enamorándose de él.
|
|
MAGDA.- Muy bien, muy bien... ¿Y es usted
correspondida?
|
|
ANA
ROSA.- No he sido aún tomada en cuenta,
señorita.
|
|
MAGDA.- Pero, mujer...
|
|
ANA
ROSA.- Durante tres años sólo he tenido
oportunidad de verme en el mismo escenario del Banco que dirige,
con la misma música de fondo de las «Underwood»
de su secretaría. Y, ahora, de pronto, un azar inesperado,
del que pueden deducirse tantas cosas decisivas, me sitúa a
su lado, ya no como mecanógrafa, sino compañera de
viaje... Hace unas horas, señorita, que el señor
Nogués nota, al menos, que yo soy una mujer... Hasta ahora
me ha debido de ver siempre como un funcionario útil. Y
allá en el fondo del corazón, de donde nos vienen
tantas voces de intuición maravillosa a las mujeres, yo
siento, señorita, que, si estas horas se truncan, todas mis
ilusiones se derrumbarán; pero que, si por una casualidad o
por otra se prolongan, acaso la vida entera se me llene de luz y de
alegría...
|
|
MAGDA.-
(Conmovida.) Ana Rosa...
|
|
ANA
ROSA.- Gracias, señorita, por darme mi
nombre... Además, créame: en el fondo, su repulsa nos
hará bien a los dos; porque él es un pobre ser que
ignora todo lo que hay más allá del dinero; él
cree que el dinero es un placer por sí mismo. No sabe sino
los dólares que vale una libra y los francos que vale un
dólar. Pero no sabe que el dólar vale justamente un
tubo de labios, una novela de aventuras, un rincón con una
chimenea caliente o un edredón de niño
pequeño...
|
|
MAGDA.- Ana Rosa...
|
|
ANA
ROSA.- Desde ayer...
|
|
MAGDA.- Mi nombre es Magda.
|
|
ANA
ROSA.- Desde ayer, Magda, parece otra persona
distinta. Hoy, por la mañana, me miró fijamente y me
dijo: «¡Cuánta juventud tiene usted, Ana
Rosa!». ¿Se imagina usted? ¡Cuánta
juventud! Y no sabe que toda sería suya si él lo
quisiera. Por eso le pedía, Magda...
|
|
MAGDA.- No se preocupe, amiga mía.
|
|
ANA
ROSA.- (Se levanta
jubilosamente.) ¡Oh, Magda; espéreme un
segundo!
|
|
|
(MAGDA se pone en
pie, como para marcharse; también LA OCTOGENARIA abandona su libro y,
por vez primera, se fija en MAGDA y en ANA ROSA, que huye con la ligereza de
un pájaro.)
|
|
MAGDA.- (A LA OCTOGENARIA.)
¡Realmente! ¡Cuánta juventud tiene!...
|
|
LA
OCTOGENARIA.- (Para
sí.) ¡Vaya un mérito!... Eso
está al alcance de cualquiera. Lo importante es tener mucha
vejez.
|
|
ANA
ROSA.- (Aparece con media docena de
rosas en la mano. A cierta distancia de MAGDA.) Acépteme
estas flores...
|
|
MAGDA.- ¿Qué flores son?
|
|
ANA
ROSA.- (Sorprendida.)
¿No sabe que son rosas?
|
|
|
(MAGDA se rehace.
Las trae hacia sí y las aspira.)
|
|
MAGDA.- Ah, sí... Su aroma inolvidable...
Rosas... Rosas. Todas las primaveras me traían rosas.
¡Qué pálidas son!
|
|
ANA
ROSA.- ¿Le gustan encarnadas?
|
|
MAGDA.- ¿Las hay encarnadas
también?...
|
|
ANA
ROSA.-
(Extrañada.) Sí, claro es... Las hay
rojas y blancas...
|
|
MAGDA.- ¿Blancas?
|
|
ANA
ROSA.- (Desconcertada.)
Sí. Estas. Les llaman rosas de té...
|
|
MAGDA.- ¿Y por qué ese nombre?
|
|
ANA
ROSA.- Porque tienen su mismo color.., digo yo; porque
son rubias como el té...
|
|
MAGDA.- Ah, sí...
|
|
ANA
ROSA.- ¿Pero no ha visto usted nunca unas
rosas, Magda?
|
|
MAGDA.- (Tras una larga
pausa.) No..., no....
|
|
ANA
ROSA.- (Con el desasosiego de quien se
encuentra en presencia de algo que no entiende.)
¡Cuánto misterio hay en usted, Magda!...
|
|
MAGDA.- ¿Usted lo cree así, Ana
Rosa?
(Ella asiente con la cabeza.)
No, niña, no... No hay
misterio ninguno.
|
|
ANA
ROSA.- En todo caso, muchas gracias...
|
|
MAGDA.- ¿Por qué? Aún no le
he hecho favor alguno. Si acabo haciéndoselo, usted tal vez
me lo devolverá un día.
|
|
ANA
ROSA.- Con alma y vida.
|
|
|
(Se oyen voces dentro. Regresan ADELAIDA, el SEÑOR NOGUÉS,
MÍSTER HARRIS y
GARBONE.)
|
|
NOGUÉS.- Señorita, hay una buena
noticia.
|
|
ANA
ROSA.- ¿Qué sucede?
|
|
NOGUÉS.- Las Eléctricas han subido
dieciocho enteros.
|
|
ANA
ROSA.- Eso es un triunfo para usted.
|
|
NOGUÉS.- Sí, es cierto.
|
|
HARRIS.- (A GARBONE.) ¿Juega
usted al bridge?
|
|
GARBONE.- (Hace un gesto de
indolencia.) Bueno... ¿Por qué no?
|
|
ANA
ROSA.- ¡Pobre! Sale de Málaga para
meterse en Malagón. ¿Va usted a jugar al bridge?
|
|
GARBONE.- No tengo otra cosa que hacer...
|
|
ANA
ROSA.- Muy bien, muy bien; eso le
distraerá.
|
|
LA
OCTOGENARIA.- Yo quiero aprender el bridge.
|
|
HARRIS.- Señora... Y usted, Magda,
¿no juega?
|
|
MAGDA.- Les veré jugar. Yo no
sé.
|
|
LA
OCTOGENARIA.- Mi nieta sabe.
|
|
HARRIS.- Ah, bien. Entonces... partida
completa.
|
|
|
(Salen todos, menos ANA
ROSA y el SEÑOR
NOGUÉS.)
|
|
ANA
ROSA.- Estoy muy contenta, señor Nogués,
por lo de las Eléctricas...
|
|
NOGUÉS.- ¡Oh! Y yo también.
¡Dieciocho enteros, señorita!
|
|
ANA
ROSA.- Es usted extraordinario. Lástima que no
pueda legar a nadie su genio financiero.
|
|
NOGUÉS.- Ah, no..., claro; eso, no. Eso
no se lega. Bueno, muchas veces los hijos...
|
|
ANA
ROSA.- Claro, claro... A los hijos me refiero.
¿Usted nunca ha pensado en tener hijos?
|
|
NOGUÉS.- (Medita unos
segundos.) Pues..., la verdad, no.
(Distraído.) Y ya ve usted...
No es que no... Mis padres los tuvieron.
|
|
ANA
ROSA.- (Se ríe.)
Ya..., ya; eso es evidente.
|
|
NOGUÉS.- Y usted, señorita,
¿no ha pensado nunca en tener hijos también?
|
|
ANA
ROSA.- (Suspira honda y
femeninamente.) Ya lo creo, pero antes de pensar en
eso lo he hecho en otras cosas más sencillas. He pensado,
por ejemplo, en la fortuna de encontrar a un hombre que me
entendiera y al que entendiese... y en la suerte de poder vivir a
su lado...
|
|
NOGUÉS.- Cásese.
|
|
ANA
ROSA.- (Con amargura.)
¿Sí? ¿Me lo aconseja usted tan
rotundamente?
|
|
NOGUÉS.- Sí, sí, desde
luego. Vamos, si le interesa.
(Mientras habla, toma de una botella, que se supone
está en un aparador a la vuelta de la puerta del foro, un
poco de agua, abre una cajita que ha quedado sobre la mesa del
salón, disuelve en ella una pastilla y, en un momento
oportuno, se la brinda al SEÑOR NOGUÉS, que la
apura. De improviso, sorprendido.)
Señorita, ¿qué
me ha dado usted aquí?
|
|
ANA
ROSA.- Su pastilla. Es la hora, don Eugenio.
|
|
NOGUÉS.- Ana Rosa, ¿y cómo
sabe usted que...?
|
|
ANA
ROSA.- Todas las tardes a esta misma hora, desde hace
tres años, toma usted una pastilla de la cajita que
olvidó distraído al dictarme las cartas. Sería
para mí imperdonable que no la hubiera tomado usted hoy...,
hoy precisamente, que me parece a mí como si tuviera un poco
la responsabilidad de su día.
|
|
NOGUÉS.- (Azorado, como
por notarse a sí mismo un poco conmovido.)
Muchas gracias, muchas gracias, Ana Rosa. No sé. Posee usted
un encanto especial, que ignoro en qué consiste ni con
qué palabras expresarlo, pero que es un encanto... muy
penetrante. ¿Qué edad tiene usted, Ana Rosa?
|
|
ANA
ROSA.- Veinticinco años, y estoy a dos pasos de
tomar una resolución...
|
|
NOGUÉS.-
(Abstraído.) Yo nunca la
creí tan rubia.
|
|
ANA
ROSA.- Pues sí, soy rubia, y hoy no lo soy
más que cuando me conoció usted. Soy igual de rubia
que entonces... (Insiste.) Y estoy a
dos pasos de tomar una resolución.
|
|
NOGUÉS.- Nunca creí, tampoco, que
tuviera los ojos tan azules.
|
|
ANA
ROSA.- Pues sí, tengo los ojos azules, tanto
como el primer día de trabajar con usted... Y estoy a dos
pasos de tomar una resolución. (Lo repite casi
febrilmente.)
|
|
NOGUÉS.- Muchas veces pienso, Ana Rosa,
que a usted la convendría, en efecto, encontrar un hombre de
su edad...
|
|
ANA
ROSA.-
(Coléricamente.) ¿Y por
qué de mi edad, señor Nogués? ¿Por
qué de mi edad?
|
|
NOGUÉS.- ¡Ah! Pues... porque... me
parece a mí... que siendo de su edad...
|
|
ANA
ROSA.- (Desesperada.)
Señor Nogués, enhorabuena por lo de las
Eléctricas. Es usted de una sagacidad admirable... en
cuestión de Bolsa.
|
|
NOGUÉS.- Pero... ¿y esa
resolución que iba a tomar?
|
|
|
(ANA ROSA hace
mutis destempladamente por el foro. Casi en el mismo momento
aparece por la derecha GUILLERMO
ARRANZ. Es un hombre de unos treinta y dos años.
Fuerte, desenvuelto, intimidable. Todo él respira fuerza y
una simpática confianza en sí mismo. Carece de
complejidades psicológicas: es elemental. Está hecho
de un modo primario, pero con exquisitos materiales. Noble y llano,
es difícil establecer contacto con él sin sentirse
arrastrado por su virilidad y simpatía. Al aparecer en
escena viste un frac irreprochable, cuyos faldones asoman
cómicamente por bajo de la canadiense con que se abriga: El
SEÑOR
NOGUÉS, aún no repuesto del asombro que le ha
causado el inesperado mutis de ANA ROSA, ve a GUILLERMO y se restriega los ojos sin
quererles dar crédito. GUILLERMO recorre con la mirada la
escena. El SEÑOR
NOGUÉS hace lo mismo y coteja con ella, asombrado por
el contraste, el frac de GUILLERMO. GUILLERMO saca un pitillo. Cuando lo
va a encender, estalla en una carcajada irreprimible.)
|
|
GUILLERMO.- No, no... Si ya me anunciaron que
iba a causar este efecto... Si era inevitable...
|
|
NOGUÉS.- Usted...
|
|
GUILLERMO.- Perdóneme, ¿eh? No lo
tome usted a mal... Es que me río... Yo sé por
qué me río... Porque sabía que iba a
extrañar mucho... esta ropita... Pero, en fin... La
señorita Magda Layón, ¿no se encuentra
aquí?
|
|
NOGUÉS.- Sí, en efecto,
está aquí...
|
|
GUILLERMO.- ¿Habría manera de
avisarla?
|
|
NOGUÉS.- Sí, sí... Yo
mismo... No se preocupe.
|
|
|
(Hace mutis por el foro. A los pocos segundos reaparece en
unión de MAGDA. Con
un ademán le señala a GUILLERMO, y se retira sin comprender
nada, es cierto, pero sin demasiada curiosidad tampoco por entender
lo que sucede. MAGDA y
GUILLERMO quedan un
momento frente a frente y en silencio los dos. GUILLERMO la contempla con una torva
simpatía.)
|
|
GUILLERMO.- ¿Es usted la señorita
Magda Layón?
|
|
MAGDA.- Sí, soy yo.
|
|
GUILLERMO.- Pues ya puede usted estar contenta,
señorita.
|
|
MAGDA.- ¿De qué?
|
|
GUILLERMO.- De la faenita que me ha hecho.
|
|
MAGDA.- ¿A usted?
|
|
GUILLERMO.- Sí, sí..., a
mí...
|
|
MAGDA.- ¿Usted está loco?
|
|
GUILLERMO.- Me parece que no...
|
|
MAGDA.- Me parece que sí.
|
|
GUILLERMO.- Insisto en que no.
|
|
MAGDA.- Insisto en que sí.
|
|
GUILLERMO.- ¿Lo jugamos a los dados? A
dos jugadas. (Saca unos dados del bolsillo y los echa
en el sofá. Se pone de rodillas en él y los
lee.) Tiro por usted: tres nueves.
(Los tira de nuevo.) Va por mí:
tres damas. He ganado yo. Uno a cero, señorita.
(Habla y juega ahora,
vertiginosamente.) Por usted: tres valets. Por
mí: nada, pliegues. Por usted: cuatro nueves. Por mí:
dos damas. Dos a uno a favor suyo. (Se te ve cada vez
más excitado.) Por usted: dos reyes. Por
mí: tres dieces. Empatados a dos. La final. Por usted:
cuatro valets. Por mí: cuatro reyes. He ganado yo,
señorita. Pero ¡cuánto he sufrido! Creí
que ganaba usted y que estaba loco yo. (Se sienta
ahora muy orondo y satisfecho de su triunfo.)
|
|
MAGDA.- (Estupefacta, pero
divertida.) ¿Cometo una indiscreción
tal vez irreparable preguntando quién es usted?
|
|
GUILLERMO.- Muy al contrario; confío en
que se felicite de haberlo hecho toda la vida. Me llamo Guillermo,
como el de Orange, como Shakespeare, como Tell, como el
último Káiser. Guillermo Arranz, para servirla.
|
|
MAGDA.- ¿Y se puede saber en qué
le he perjudicado yo, señor Arranz?
|
|
GUILLERMO.- Por Dios, señorita. Mire bien
cómo voy vestido y sea comprensiva... (Simula
pasear el frac como una maniquí elegante en una casa de
modas. Se toca con los dedos la pechera dura. Mientras gira se
lleva la mano al pelo, y dice:) Fijador, fijador,
señorita, que no me lo doy nunca... Calcetines de seda,
zapatos de charol que me están haciendo ver las estrellas.
En fin..., la Biblia en verso, señorita.
|
|
MAGDA.- (Un poco
impaciente.) Bien. ¿Quiere usted
explicarme...?
|
|
GUILLERMO.- Si es muy sencillo... Cuando uno
está pensando muy ilusionadamente en asistir a un baile en
la Embajada de Chile, llega de improviso al aeródromo la
noticia de que hay una viajera que necesita urgentemente un
avión, y no hay más remedio que lanzarse a
buscarla... Y resulta que es a mí a quien hacen tomar el
avión y venir a recogerla.
|
|
MAGDA.-
(Interesada.) Pero... ¿pretende
usted persuadirme de que es usted, en efecto, el piloto del
avión cuya salida de Barajas hace dos horas acaban de
anunciarme?
|
|
GUILLERMO.- Pues, sí, señorita; lo
pretendo.
|
|
MAGDA.- No es posible.
|
|
GUILLERMO.- Sí es posible.
|
|
MAGDA.- No, no...
|
|
GUILLERMO.- ¿Lo jugamos a los dados? A
una tirada. Para usted: tres dieces. Para mí: cuatro dieces.
He ganado yo. Soy el piloto, señorita.
|
|
MAGDA.-
(Irónica.) Tiene usted unos dados que parecen
cosa de brujería, ¿eh?
|
|
GUILLERMO.- (Con una cómica
solemnidad.) No osará usted insinuar
que...
|
|
MAGDA.- ¡Oh, no, por Dios, caballero!
Suerte, suerte nada más. No trampas.
|
|
GUILLERMO.- Pero entonces, ¿por
qué no me cree?
|
|
MAGDA.-
(Seriamente.) No; de verdad, yo quiero
saber...
|
|
GUILLERMO.- (Seriamente
también.) Señorita, no le estoy
gastando ninguna broma; soy el piloto.
|
|
MAGDA.- ¿Y por qué viene usted
así?
|
|
GUILLERMO.- ¿Necesito repetírselo,
señorita? Porque mis proyectos eran los de aterrizar
aquí a esta hora, salir enseguida para Barcelona, regresar
en seguida a Madrid, llegar a Barajas al amparo de la mejor luna
del invierno, tomar mi Ford y saborear el baile de la Embajada de
Chile. Y para no perder tiempo inútil decidí salir
vestido ya de frac.
|
|
MAGDA.- ¿Es así, pues?
|
|
GUILLERMO.- Así es. ¡Ah! Y por
cierto: fírmeme usted este pequeño documento.
(Saca unos papeles del bolsillo y una estilográfica
y se los ofrece. MAGDA,
después de una visible vacilación, se decide a
firmar. Se la ve escribir dificultosamente. GUILLERMO contempla unos segundos el
paisaje desde la ventana. Regresa enseguida y dando por supuesto
que MAGDA concluyó
de firmar, hace ademán de recoger los documentos. Entonces
la ve afanada en su labor, y no puede menos de comentar en alta
voz:)
¿Está usted
escribiendo sus memorias?
(MAGDA se muestra
turbada. Aún invierte un tiempo prudencial en concluir su
firma. Con un azoramiento notorio devuelve a GUILLERMO la estilográfica y
los papeles. GUILLERMO, al
recogerlos, contempla la firma de MAGDA y pone un gesto de
estupor.)
Señorita...,
perdóneme... Pero, ¿cómo tiene usted esta
letra tan infantil?
(MAGDA no sabe
qué responder. Hay una larga pausa.)
¡Ah! Comprendo...
¿Está resentida de algo la mano?
|
|
MAGDA.- (Gozosa de hallar una
explicación.) Sí, sí, eso es...
Es un poco de reuma articular... Eso hace que mi letra parezca hoy
como la de una niña pequeña... Bien.
(Se ríe azorada.
Transición.) No hay que desperdiciar un
minuto. ¿Cuántas plazas tiene el avión?
|
|
GUILLERMO.- Catorce.
|
|
MAGDA.- Voy a decirlo a mis compañeros de
viaje para que se preparen...
|
|
GUILLERMO.- Un momento, un momento,
señorita. No es menester que usted corra tanto, porque yo no
voy ya a la Embajada de Chile.
|
|
MAGDA.- ¿Y a mí qué me
importa? ¿O se imagina usted que yo he encargado el
avión para que usted se divierta con los amigos?
|
|
GUILLERMO.- No, no, calma. Yo no voy a la
Embajada de Chile..., pero usted, señorita, y yo lo siento
de todo corazón, no va tampoco a Barcelona.
|
|
MAGDA.- ¿Está usted
burlándose o qué?
|
|
GUILLERMO.- No, no me burlo. Es que no me ha
dejado decirle que nuestro magnífico avión, el
avión que usted había contratado, en el momento de
tomar tierra en este infecto aeródromo, ¡paf!
|
|
MAGDA.- ¿Cómo paf?
|
|
GUILLERMO.- Señorita, cuando de una cosa
se dice que ha hecho ¡paf! hasta las personas de
menos imaginación comprenden que es que se ha pegado un
tantarantán... (Ante un gesto de
extrañeza de ella, y ya con cierta cómica
ira.) Y cuando de una cosa se dice que se ha pegado
un tantarantán, hasta los más obtusos entienden que
es que no queda de ella ni los rabos.
|
|
MAGDA.- Calle. ¿Qué dice?
¿Se ha destrozado el avión? ¿Y usted ileso...
(Se ríe sin poderse contener.)
y de frac? Habrá sido divino el salvamento.
|
|
GUILLERMO.- (Un poco corrido, pero
siempre con aire dominador.) No creo que le
esté contando nada gracioso.
|
|
MAGDA.- En resumen: el tantarantán de que
usted habla... (Se ríe al usar su misma
expresión.) ¡Jesús!
|
|
GUILLERMO.- ¿Qué le divierte
tanto, señorita Layón?
|
|
MAGDA.- No... Ya ve usted... Una estupidez...
Pero me hace gracia la palabra: el tantarantán. Es muy
expresivo, ¿no? Realmente no tuve disculpa antes al no darme
por enterada en seguida de lo que me decía.
(Hace un esfuerzo para recobrar su
seriedad.) Bien, amigo mío. El
tantarantán, ¿qué consecuencias ha tenido?
|
|
GUILLERMO.- Sepa que nos hemos cargado el tren
de aterrizaje y que, desde luego, el avión no puede salir.
Mi mecánico y los del aeródromo están
trabajando para repararlo y aún no saben con exactitud la
importancia de la avería.
|
|
MAGDA.- ¿Jesús! (Se
desploma abatida.)
|
|
GUILLERMO.- ¿Qué le sucede,
señorita? ¿Es tan grave para usted el retraso? Porque
yo estoy dispuesto a todo.
|
|
MAGDA.- (Lo mira por primera vez
con gratitud.) Gracias.
|
|
GUILLERMO.- ¿Quiere que intentemos
abrirnos paso por la carretera? Alquilaríamos un coche. Yo
soy muy montañero. Llevaríamos unos hombres y, acaso,
si no volviera a nevar...
|
|
MAGDA.- Muchas gracias, señor Arranz.
|
|
GUILLERMO.- (Mira a su
alrededor.) ¿A quien está usted
hablando?
|
|
MAGDA.- A usted. ¿No me ha dicho que se
apellida usted así?
|
|
GUILLERMO.- ¡Ah, bueno, sí! Pero es
que como nadie me llama por mi apellido... Bien, contésteme:
¿quiere que intentemos lo del coche?
|
|
MAGDA.- No; es disparatado. No
conseguiríamos nada.
|
|
GUILLERMO.- ¿A qué hora ha de
estar usted en Barcelona?
|
|
MAGDA.- Mañana, sin falta. Sale el
Augustus.
|
|
GUILLERMO.- Anda, demonio. Claro... Tiene usted
que embarcar.
|
|
MAGDA.- Iba a dar la vuelta al mundo.
Imagínese.
|
|
GUILLERMO.- ¿Y para qué?
|
|
MAGDA.- Para verlo bien. ¿A usted no le
gusta viajar?
|
|
GUILLERMO.- A mí 1o que me gusta es estar
en el aire, volar; eso sí que es maravilloso.
|
|
MAGDA.- Nunca he volado. Cuando lo pruebe le
daré mi opinión.
|
|
GUILLERMO.- ¿Pero usted cree que lo que
va a hacer es volar? ¡No, por Dios, qué error! Subirse
en un avión, sentarse en un cómodo asiento, donde le
ofrecen de vez en cuando emparedados, para seguir en línea
recta, a una velocidad comercial, a una altura comercial, el camino
de una ciudad cualquiera, eso no es volar.
|
|
MAGDA.- ¿Sólo vuelan de verdad los
pilotos?
|
|
GUILLERMO.- Sí; pero tampoco los de los
aviones de pasajeros. Mira, Magda -y perdóname, chica, que
te tutee, pero si no lo hago así me muero-, volar, volar de
verdad es meterse en un avión de caza. Son unos aparatos
pequeños, ágiles, ¿sabes? Apuntar a una nube,
enfilarla, traspasarla y encontrarse de pronto cara al sol,
aburrirse de sol, ver una casita blanca sobre el suelo; decir:
¡Hale, por ella! y dispararse como una bala hasta
partir en dos el humo de sus chimeneas, jugar con los trenes, con
los barcos y con las cigüeñas, subir y bajar, girar a
la derecha y a la izquierda en un espacio inmenso, sin caminos, sin
direcciones prohibidas, sintiendo el motor encabritarse y rugir;
sujeto a nuestra disciplina, a nuestra voluntad y aun a nuestro
capricho, con unas alas que son casi como una prolongación
de nuestras manos, ser un patinador del cielo y morirse de pena
cuando no hay más remedio que volver a la aburrida realidad
de la tierra y llorar como si se nos hubiera muerto alguien cuando
se hace el silencio del motor parado, eso es volar, Magda, eso es
volar.
|
|
MAGDA.- Veo que es usted un enamorado de su
profesión...
|
|
GUILLERMO.- Bueno.. ¿y tú por
qué te vas a dar la vuelta al mundo?
|
|
MAGDA.- Porque me han dicho que en Tokio bailan
las geishas empolvadas, y que al cruzar el Ecuador los
barcos suenan las sirenas, y que la luna tiene otra luz cuando da
en la ciudad prohibida de Pekín... Porque me han dicho todo
eso y porque lo quiero ver.
|
|
GUILLERMO.- Mira, chica; lo que importa es La
Coruña.
|
|
MAGDA.- ¿Cómo?
|
|
GUILLERMO.- Nada, nada; lo que importa es La
Coruña. ¿Tú crees que yo no he visto todo eso?
Pues sí. Antes de ser piloto estuve de radiotelegrafista en
un mercante. Varias veces he dado la vuelta al mundo, Magda. Y
entre las geishas y las sirenas, lo que te vuelve loco es
pensar en La Coruña. Más veces me he preguntado:
¿para qué me habré metido en esto? ¡Con
lo bien que se está en el Cantón! Porque yo soy
gallego, ¿sabes? y no lo digo por presumir. Y la verdad, me
siento un poco curado de muchas cosas... ¿Sabes
también lo que, después de todo, importa más
que La Coruña?
|
|
MAGDA.- No.
|
|
GUILLERMO.- Lo que importa es un rincón
donde encontrarse en la paz, donde no interese que fuera llueva o
dé el sol. Con un poco de amor y un poco de whisky y un
aeródromo cerca...
|
|
MAGDA.- ¡Pch! (Le hace
ademán de que calle. Presta atención a una
música lejana.) Es Bach...
|
|
GUILLERMO.- Que pase. ¿Algún
amigo?
|
|
MAGDA.- Ya lo creo; tal vez el mejor. Durante
muchos años, casi todas las tardes he conversado con
él. Éramos, sí, muy amigos.
|
|
GUILLERMO.- ¿Tenía usted alguna
pandilla?
|
|
MAGDA.- Sí, Mozart y Beethoven y
Scarlatti... Nos reuníamos con mucha frecuencia. Unas veces
me han hecho llorar, pero otras me han consolado.
|
|
GUILLERMO.- ¡Qué planchazo!...
(Con cierto respeto.) ¿Y le
basta a usted oír unas notas para saber ya...?
|
|
MAGDA.- Claro que sí. ¿Usted no es
aficionado a la música?
|
|
GUILLERMO.- A mí me gusta esto.
(Tararea una canción popular alemana de
Navidad llamada «Stille Nacht, Heilige
Nacht».)
|
|
MAGDA.- Es una canción alemana de
Navidad...
|
|
GUILLERMO.- Yo tengo una cajita de música
que la toca. Y ya, fuera de eso, me sacas de «El cantar del
arriero» y de «Los Gavilanes» y me haces
polvo.
|
|
MAGDA.-
(Transición.) Bueno, llevamos
hablando media hora y aún no hemos concertado nada.
¿Yo puedo estar o no mañana en Barcelona?
|
|
GUILLERMO.- Yo creo que sí, Magda.
Confío en que mañana, al mediodía,
saldremos.
|
|
MAGDA.- Tanta ilusión por ver nevar y la
nieve está a punto de crearme un conflicto.
|
|
GUILLERMO.- ¿Es qué no
había visto usted nevar nunca?
|
|
MAGDA.- No.
|
|
GUILLERMO.-
(Sorprendido.) Pero...,
¿cómo es posible? ¿Dónde vive
usted?
|
|
MAGDA.- Cerca de Madrid.
|
|
GUILLERMO.- (Sinceramente
extrañado.) ¿Y no había usted
visto nunca nevar?
|
|
MAGDA.- (Un poco embarazada,
miente.) Sí, hombre, sí... No iba a
haber visto nevar... Decía este invierno. Oiga,
prométame que me hará llegar a tiempo de coger el
barco.
|
|
GUILLERMO.- Se lo prometo, Magda. Por mí
no ha de quedar.
|
|
MAGDA.- Muchas gracias. Se lo agradeceré
mientras viva, señor Arranz.
|
|
GUILLERMO.- Pero no me llame así.
|
|
MAGDA.- Pues bien; muchas gracias,
Guillermo.
|
|
GUILLERMO.- Ni así tampoco.
|
|
MAGDA.- ¿Cómo entonces?
|
|
GUILLERMO.- Como me llaman todos los que me
quieren un poco: Silbo.
|
|
MAGDA.- ¿Silbo? Y, ¿por qué
Silbo?
|
|
GUILLERMO.- ¡Ah! Es que ésa es otra
de mis habilidades.
|
|
MAGDA.- ¿Cuál?
|
|
GUILLERMO.- La de silbar.
|
|
MAGDA.-
(Seducida.) Eres un estuche, Silbo.
|
|
GUILLERMO.- Magda... ¿Quieres ver
cómo...? ¿Eh?
|
|
MAGDA.- Bueno. (Se ríe
divertidísima.)
|
|
GUILLERMO.- No... Pero si lo hago así,
desde tan cerca..., no sé..., te voy a asustar.
|
|
MAGDA.- ¿Sí?
|
|
GUILLERMO.- Sí..., la verdad...
(Como si temiera romperla.) No me
atrevo.
|
|
MAGDA.- Atrévase, hombre,
atrévase...
|
|
GUILLERMO.- (Un poco
toscamente.) No, no... Desde dentro mejor.
|
|
MAGDA.- Bien, como quiera.
|
|
|
(Hace mutis por la lateral izquierda. MAGDA se vuelve de espaldas a
él para ojear un periódico, y en este instante rasga
el aire un silbido salvaje de una intensidad brutal. MAGDA, sobrecogida, se lleva la mano
al pecho, y hasta palidece. GUILLERMO resurge en actitud contrita y
se queda apoyado en el quicio de la puerta. Por el foro aparecen
ANA ROSA, el SEÑOR NOGUÉS,
MÍSTER HARRIS,
LA OCTOGENARIA,
ADELAIDA y GARBONE, éstos con unos naipes
en la mano, y el CONSERJE.
Sus rostros acusan mitad asombro y mitad terror. GUILLERMO saca un pitillo y comenta,
cargado de experiencia.)
|
|
GUILLERMO.- Ya sabía yo que la iba a
armar.
|
|
MAGDA.- Señores: tengo el placer de
presentarles a mi amigo Guillermo Arranz, alias Silbo.
|
|
|
(Aun no está nadie repuesto de su estupor cuando por
la lateral derecha hacen irrupción dos AGENTES DE
POLICÍA.)
|
|
AGENTE
PRIMERO.- (Muestra a la manera
clásica su insignia.) Buenas noches.
|
|
AGENTE
SEGUNDO.- Buenas noches, señores.
|
|
AGENTE
PRIMERO.- Son ustedes los viajeros del rápido,
¿no es así?
(Asentimiento general, pero sin palabras.)
María Cristina Larra,
¿es alguna de ustedes?
|
|
ANA
ROSA.- (Tras unos instantes de
vacilación.) No sé; no creo...
|
|
AGENTE
PRIMERO.- A ver..., me hacen el favor..., sus
papeles.
|
|
|
(Se los piden a la mecanógrafa, que saca su
cédula del bolsillo. El AGENTE PRIMERO la examina y da su
conformidad con ella. A continuación se dirige a la nieta,
que se ha refugiado, un tanto temerosa, en la protección de
la abuela. La abuela abre su historiado monedero y saca igualmente
la cédula de la nieta.)
|
|
LA
OCTOGENARIA.- Esta muchacha es mi nieta.
|
|
AGENTE
PRIMERO.- Muy bien, señora.
|
|
|
(Le devuelve la cédula y hace ademán de pasar
de largo en derechura de MAGDA.)
|
|
LA
OCTOGENARIA.- (Con sorda
cólera.) Espero que tendrá usted la
educación suficiente como para desconfiar de mí.
|
|
AGENTE
PRIMERO.- Ah, es verdad... Perdóneme...
Perdóneme... (Imperativo.) Su
documentación.
|
|
LA
OCTOGENARIA.- Aquí la tiene.
|
|
AGENTE
PRIMERO.- (Con la voz de trueno
necesario para halagar a su interrogada.) ¿No
es usted María Cristina Larra?
|
|
LA
OCTOGENARIA.- No, señor.
|
|
AGENTE
PRIMERO.- ¿No es usted, verdad?
|
|
LA
OCTOGENARIA.- (Ahora ya casi
bravamente.) Le he dicho a usted que no,
señor mío.
|
|
AGENTE
PRIMERO.- Perfectamente. (A MAGDA.) ¿Su
documentación, señorita?
|
|
MAGDA.- (Saca del bolsillo de su
abrigo diversos documentos. Uno de ellos se lo tiende al
policía.) Mi nombre es Magdalena
Layón.
|
|
AGENTE
PRIMERO.- (Lo examina con marcado
detenimiento. Después lo pasa a su compañero, que lo
mira también con detalle.) Señorita,
su nombre, en efecto, concuerda con el del carnet, pero sus
señas personales son las que más se aproximan a las
que nos dieron de la persona que buscamos.
|
|
MAGDA.- (Volviendo a guardar con
cierta displicencia sus papeles en su abrigo.)
¿Sí?
|
|
AGENTE
PRIMERO.- Tanto, que... mientras no realicemos ciertas
gestiones, nos veremos obligados a prohibirle continuar su viaje.
Necesitamos saber si es usted o no, realmente, Magda
Layón.
|
|
ANA
ROSA.- (Avanza unos
pasos.) Oiga, señor. Esta señorita es
Magda Layón. La conozco desde hace varios años. La
desconfianza de ustedes me parece injustificada.
|
|
AGENTE
PRIMERO.- ¿Dice usted que la conoce?
|
|
ANA
ROSA.- Sí; bien claro está.
|
|
GUILLERMO.- Escúcheme...
(Abandona el umbral de la puerta, en la que seguía
recostado. Requiere la atención de los dos agentes, con los
que va a mantener en voz baja el diálogo que
sigue.)
Soy Guillermo Arranz,
capitán de Aviación.
|
|
AGENTE
SEGUNDO.- A sus órdenes, mi capitán.
|
|
AGENTE
PRIMERO.- Tenemos orden de detener a una
señorita que nos han dicho que era como ésta, rubia y
alta, de nombre María Cristina Larra.
|
|
GUILLERMO.- ¿Por qué motivos?
|
|
AGENTE
PRIMERO.- Ni idea.
|
|
GUILLERMO.- Bueno, pues miren... Pueden ustedes
irse tranquilos, porque esta señorita es, en efecto, como
ella dice, Magda Layón.
|
|
AGENTE
SEGUNDO.- Si usted lo asegura...
|
|
GUILLERMO.- Sí, sí...,
terminantemente.
|
|
AGENTE
SEGUNDO.- ¿No le cabe duda ninguna?
|
|
GUILLERMO.- Ninguna.
|
|
AGENTE
SEGUNDO.- Entonces...
|
|
AGENTE
PRIMERO.- ¿Por qué no la hacemos
escribir?
(Ante un gesto interrogador de GUILLERMO.)
Nos han dicho que, a falta de otros
datos, la identificaríamos así, porque casi no sabe
escribir.
|
|
AGENTE
SEGUNDO.- Déjalo... Si el capitán dice
que la conoce...
|
|
GUILLERMO.- Desde luego.
|
|
AGENTE
PRIMERO.- Pues siendo así...
(Ahora ya en voz alta.)
Señorita: le pido que nos dispense. Este señor...
dice también que la conoce. En vista de eso, nos retiramos.
¿No hay ningún viajero más, conserje?
|
|
CONSERJE.- No. Los restantes quedaron en la
fonda del pueblo.
|
|
AGENTE
PRIMERO.- Buscaremos allí. Buenas noches.
|
|
|
(GUILLERMO, el
SEÑOR NOGUÉS
y el CONSERJE hacen
ademán de ir a acompañarles hasta la puerta.
MÍSTER HARRIS
observa tan extraños episodios desde el centro de la escena.
LA OCTOGENARIA y la nieta
permanecen juntas. ANA
ROSA va a MAGDA,
aún turbada por el interrogatorio de que ha sido
objeto.)
|
|
MAGDA.- ¿Ve usted qué pronto me
devolvió mi favor?
|
|
ANA
ROSA.- Es que, además, necesito pedirle
otro.
|
|
MAGDA.- Dígame.
|
|
ANA
ROSA.- Justamente al contrario del que le pedí
antes: que nos lleve a los dos.
|
|
MAGDA.- ¿Sí?...
|
|
ANA
ROSA.- (Entristecida.)
Sí... Después le explicaré...
|
|
MAGDA.- Pues bien; como quiera.
(Se han ido los Policías. En voz alta.)
Bueno, señores. Tengo que
comunicarles algo muy importante. Mañana, al mando del
capitán Arranz, sale para Barcelona un avión en el
que cabemos todos. Los que quieran venir que lo digan.
|
|
LA
OCTOGENARIA.-
(Resueltamente.) Yo.
|
|
NOGUÉS.- ¿Habría sitio
también para mí, señorita?
|
|
MAGDA.- Desde luego.
|
|
HARRIS.- ¿Y para mí?
|
|
MAGDA.- Claro, claro... Pero ilumínese...
Le hace más grandes los ojos.
(MÍSTER
HARRIS se ríe y enciende las dos
bombillas.)
Amigos: hoy me parece que estamos
en el deber de honrar el inesperado frac de nuestro piloto de la
mejor manera posible.
|
|
HARRIS.- ¿Cómo?
|
|
MAGDA.- Organizando un gran baile de gala para
después.
|
|
ADELAIDA.- Muy bien, muy bien...
|
|
|
(Aplaude, aunque su abuela la mira
severamente.)
|
|
HARRIS.- Muy bien, muy bien...
|
|
GUILLERMO.- Perfecto; pero el ensayo general
ahora, ¿les parece?
|
|
MAGDA.- Encantados.
|
|
GUILLERMO.- (Al CONSERJE.) Desempolve
de Wagner esa radio que se oía antes; póngala fuerte
y a ver si sale música de baile, ¿quiere?
|
|
CONSERJE.- Vamos a ver. (Hace
mutis. A los pocos segundos se oye, en efecto, una orquesta de
«fox».)
|
|
ANA
ROSA.- (A GARBONE.) Invite a la
muchacha. Le ayudará a curarse.
|
|
GARBONE.- Ah, sí...
|
|
|
(La invita, en efecto. LA
OCTOGENARIA va a oponerse, pero en este momento MÍSTER HARRIS le invita a ella.
Ya están bailando los cuatro. ANA ROSA mira al SEÑOR NOGUÉS. El
financiero no sabe qué contestar.)
|
|
ANA
ROSA.- ¿Usted no sabe bailar?
(Comprensiva.) No se preocupe. Yo le
enseñaré.
|
|
|
(Bailan también. GUILLERMO, con un gesto, ha invitado a
su vez a MAGDA.)
|
|
MAGDA.- Me ha parecido obligado organizar este
baile. Había que indemnizarle del que perdía, por mi
culpa, en la Embajada de Chile.
|
|
GUILLERMO.- Baile por baile, me quedo con
éste.
|
|
MAGDA.- (Con cierto anhelo y
cierta coquetería.) ¿De verdad?
|
|
GUILLERMO.- De verdad.
|
|
MAGDA.- (Con una leve
ternura.) ¿De verdad, Silbo?
|
|
GUILLERMO.- De verdad..., de verdad...
(Silabeando enigmáticamente.)
María Cristina...
|
|
|
TELÓN
|