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ArribaAbajoEl alcalde de Orbajosa

(Etopeya)


(El Mercantil Valenciano, Valencia, 8-X-1921)


Nos llevó a Orbajosa el ansia de conocer a su famoso alcalde que se decía ser el primer tocador de ocarina, el primer criador de gansos y el primer jugador de tángano de la muy esforzada, muy hazañosa y muy rendida ciudad real. Pretendía ser, desde luego, el primer orbajosano, y era profesional del optimismo, por lo menos de pico. Al hablar de él, los orbajosanos se guiñaban el ojo. Y esto porque la primacía histriónica del famoso alcalde era un valor entendido, y todos querían estar a bien con él, pues era quien condonaba las multas.

De vez en cuando el alcalde se iba a la plaza pública de Orbajosa con sus compinches y amigotes -los que le reían las gracias y le celebraban los chistes- a jugar allí a! tángano, delante de los papanatas de la ciudad para que éstos le aplaudiesen las jugadas. Que es, por ejemplo, como si un soberano que se cree ágil de piernas se pone a saltar en público para que sus súbditos le admiren como saltarín y aun haya quienes le aplaudan por ello.

Habíamos sido previamente presentados al singular alcalde, y éste, al vernos que nos detuvimos un momento a verle jugar al tángano, se dirigió hacia nosotros y con su característica llaneza -el alcalde se precia de campechano- nos dijo:

-Eh, ¿qué tal?

-Que esto de ponerse a jugar así al tángano, en público, nos parece neroniano, señor -le dijimos.

-¿Neroniano? ¿Pero me cree usted un Nerón?

-Lo característico de Nerón, señor, no fue la crueldad. A sus actos de crueldad le llevó el histrionismo, su manía teatral, el empeño de ser el primero en una porción de cosas, entre ellas el cantar, que no era de su oficio. Nerón debió contentarse con ser un buen emperador de Roma, cumplidor de las leyes, y vuestra ilustrísima...

-¡Excelencia, amigo excelencia!

-Bien. Vuestra excelencia, o eminencia, o sobresaliencia, o como quiera, debía contentarse con ser un buen alcalde de Orbajosa, un buen presidente del Concejo.

-¡Yo no soy sólo presidente del Concejo!

-Lo sé, señor, lo sé, vuestra excelencia es, en rigor, el Concejo todo, su alma, su primer motor inmóvil, que diría Aristóteles...

-¡Bromitas a mí, no!

Y volviéndose a uno de sus amigotes le dijo: «Este gachó está chalao». Y luego a nosotros:

-De modo que usted cree que esto de jugar al tángano es pecaminoso...

-¡No, señor, no! Ni jugar al tángano, ni tocar la ocarina, ni criar gansos son cosas en sí pecaminosas; pero que todo un alcalde de la muy esforzada, muy hazañosa y muy rendida ciudad real de Orbajosa ponga en ello su hipo y haga ostentación de esas habilidades, es pecaminoso.

-¿De qué pecado, señor moralista?

-De pecado de frivolidad.

Al oír esto el alcalde torció el gesto. Esta palabra «frivolidad», le llegaba al alma. Hubo quien en cierta ocasión le hizo llorar diciéndole que era de lo que se le culpaba en la ciudad.

-Tenemos que hablar -nos dijo el alcalde, y nos volvió la cara.

Nos procuraron una entrevista con el primer jugador de tángano, primer tocador de ocarina y primer criador de gansos de Orbajosa. El pobre hombre se nos presentó con el alma en pelota. Y no que no tratara de ocultarla, pero es que como se llevaba la hoja de parra a la cara, con el fin de taparse ésta, dejaba al descubierto las vergüenzas.

El famoso alcalde se esforzó en hacernos creer que la alcaldía le daba mucho cuidado y que le quitaba el sueño y que el tángano, la ocarina y los gansos no eran sino honestos esparcimientos y diversiones de los gravísimos empeños de su cargo. Y sacamos la convicción de que la alcaldía era para él otro tángano, otra ocarina u otro rebaño de gansos. Nunca nos resultó más frívolo que cuando quiso hablar en serio. La verdadera seriedad le era inaccesible.

Al final de la entrevista se le quebró la voz, se le empañaron los ojos y casi se nos echa a llorar. Culpaba a los orbajosanos de ingratos. ¡Y qué de cosas nos dijo de los concejales! Que estaba harto de los concejales, que no le ayudaban en sus grandes iniciativas, que eran unos tales y unos cuales.

-Mire usted -nos decía-; les he propuesto la construcción de un gran puente, de ocho kilómetros de largo y de un solo arco, ¡fíjese!, y todo él de aluminio, para que pese menos, y entretenidos en sus personalismos no me hacen caso. ¡No se puede regir a un pueblo así! ¡Y luego le echan a uno la culpa! ¡Y hasta le censuran porque juegue al tángano, toque la ocarina o críe gansos!

Nos dio tanta pena el pobre alcalde que no supimos qué responderle. ¡Además, como siempre estaba en escena...! Para él no había verdadera vida privada. El hombre había sido ahogado por el alcalde.

Al salir de Orbajosa un conspicuo orbajosano nos preguntó qué nos parecía el alcalde, y le dijimos que nos parecía el primer botarate de la ciudad.




ArribaAbajoLas peregrinaciones de Turismundo

La ciudad de Espeja


(Los Lunes de El Imparcial, Madrid, 9-I-1921)


Cuando ya el pobre Turismundo se creía en el páramo inacabable, a morir de hambre, de sed y de sueño al pie de un berrueco, al tropezar en un tocón vio a lo lejos, derretidas en el horizonte, las torres de una ciudad. Brotó sobre ellas, como una inmensa peonía que revienta, el Sol, y la ciudad centelleaba. Recogió Turismundo lo que de vida le quedaba y fue hacia la ciudad que, según él, se le acercaba, y el sol subía en el cielo, engrandeciéndose ella. Mas cuando ya estaba a su entrada, el aire parecía espesarse y oponerle un muro.

Era, en efecto, un muro transparente e invisible. Siguió a lo largo de él, bordeando la ciudad, hasta que entró en ésta por una que parecía puerta en el muro invisible.

Las calles, espaciosas y soleadas, estaban desiertas, aunque de vez en cuando pasaban por ella vehículos vacíos y que marchaban solos, sin nadie que los llevase ni guiase. Las casas, todas de un piso, tenían así como fisonomía humana; con sus ventanas y puertas y balcones, todo ello abierto de par en par, parecían observar al peregrino y a las veces sonreírle. Turismundo había olvidado su hambre, su sed y su sueño.

Desde la calle podía verse el interior de las casas, abiertas a toda luz y todo aire. En casi todas ellas, junto a muebles relucientes, al lado de camas que convidaban al descanso, grandes cuadros con retratos de los dueños acaso, o de sus antepasados. Y ni una sola persona viva. De algunas casas salían tocatas como de armonio. Y llegó a ver por una ventana de un piso bajo, el armonio que sonaba. Sonaba solo; nadie lo tocaba.

Detrás de las tapias de los sendos jardinillos de las casas alzábanse cipreses en que piaban y chillaban bandadas de gorriones. Y de todo como que rezumaba una quietud apacible y luminosa.

Fue a dar Turismundo a una larga calle con soportales. Se asomó a una de las abiertas casas y descubrió una gran biblioteca. Los libros estaban todos al alcance de su mano. Pero siguió calle adelante, por los soportales, hasta ir a dar a una plaza espaciosísima, toda poblada de estatuas y cruces y obeliscos. Era un gran cementerio; el cementerio, sin duda, de la ciudad desierta. Hallándose en el cual oyó sacudir del cielo los toques de una campana, y entonces se le despertaron, con fuerza devoradora, el hambre, la sed y el sueño.

Entró en la primera calleja, luego en la primera casa -todas estaban abiertas-, y llegó a un comedor, en medio del cual y en mesa limpia había de comer y de beber en abundancia y a escoger. Comió y bebió, no mucho, pero hasta satisfacerse, y luego procurose la cama y cayó rendido de sueño sobre ella antes de poder desnudarse.

Cuando se despertó al día siguiente, Turismundo sentíase otro. Un indecible gozo de paz corría por sus entrañas. Fuese al comedor, desayunó un desayuno con aromoso y caliente café -¿hecho por quién?- y salió a la calle a descubrir mejor la ciudad. De cuando en cuando cruzaba algún vehículo vacío y un caballo solo y en pelo. Al pasar junto a la casa de la biblioteca entrose en ella, buscó un libro, el más a mano -y eso que estaba allí el catálogo y era facilísimo por él dar con cualquier otro-, y se puso a leerlo.

Cuando volvió a salir a las calles de la ciudad invadiole un extraño y misterioso sentimiento. Era como si una espesísima, pero invisible, intangible e inoíble muchedumbre humana le rodease. Sentíase entre un tropel de prójimos y como si se clavasen en él miles de miradas invisibles. Y hasta sintió, en las entrañas y no en los oídos, el eco de risas silenciosas. Apretó el paso y la muchedumbre aquella no cesaba. Y no era, no, que le siguiesen; era que las calles y cantones y plazuelas y corrillos estaban todos atestados de aquella gente, a la que ni veía, ni oía, ni tocaba. Aunque a ratos sentía como voces misteriosas y el apretamiento de la muchedumbre.

Buscando encontrarse solo, alzó la voz para increpar a la turba invisible, silenciosa e implacable, y la sangre se le paró, helada de terror, en las venas, porque no se oyó a sí mismo. Parecía que el ámbito saturado de hombres, hecho de ellos, humanado -no humanizado-, ahogaba su voz y con ella le ahogaba a él. Y sintió hambre y sed y sueño de soledad; ansió con ansias mortales encontrarse solo, enteramente solo, viendo miradas y oyendo voces de hombres y de mujeres, tocando a prójimos. Y comprendió que la soledad, la verdadera soledad, la que le pone a uno cara a cara de Dios y lejos de sí mismo, es la que se logra en medio del tráfago y tumulto de la gente.

Quiso salir de la ciudad y no pudo. Ceñíale aquel muro invisible, aquella faja de aire hecho como acero. Y desesperado se volvió por entre aquella muchedumbre invisible, silenciosa e intangible, al cementerio central, a la gran plaza. Y paseándose, henchido de congoja, por entre las tumbas y las estatuas, en cuyo mármol cantaba el sol, vio que la hermosa laude se entreabría como la valva de una ostra. Al acercarse él cerrose. Se detuvo Turismundo, buscó luego una tranca y aguardó junto a la tumba. Y cuando la laude volvió a empezar a entreabrirse metió la tranca por la rendija e hizo fuerza como con una palanca.

-¡No, por fuerza no! -dijo una voz que salía de la tumba.

Al poco rato salía a luz un enano huesudo y cetrino.

-¿Y tú quién eres? -le preguntó Turismundo.

-¿Yo? Yo soy Quindofa, y tú, Turismundo, desde hoy mi amo.

-¿Qué hacías ahí?

-¿Yo? ¿Qué hacía yo aquí? Pues yo hacía aquí, dormir.

-Pues que me llamaste tu amo, ¿me enseñarás a salir de la ciudad?

-¿De esta ciudad de Espeja? Sí, te enseñaré a salir de ella. Saldremos, y juntos correremos mundo.

-¿Y esa muchedumbre invisible, silenciosa e impalpable que llena esta ciudad y no me deja solo un solo momento?

-¿No te viste nunca en un cuarto cuyas cuatro paredes y el techo y el suelo fuesen seis espejos? ¡La de gente que te rodearía allí! ¡Pues esto y no otra cosa es lo que aquí te ocurre! Aquí todo es espejo.

-Y cuando quise hablarles no me oí.

-¡Es natural! El que habla solo y para sí solo, no se oye.

-Pues ahora, al hablarte, me oigo.

-Sí, porque yo, Quindofa, tu criado, te sirvo de eco. Si no repercutieran en mí y desde mí a ti tus palabras, no te oirías. Pero ahora vamos. Dame la mano.

Le dio Turismundo la mano a Quindofa, el enano huesudo y eterno, y sintió al punto que toda aquella muchedumbre invisible, silenciosa e intangible que llenara la ciudad se había recogido a sus moradas, y por las calles desiertas fueron hasta la misma puerta invisible por donde el peregrino había entrado. Y pronto se encontraron en el páramo.

-¿Y ahora? -preguntó Turismundo.

-¿Ahora? -contestó Quindofa-. ¿No ves allí, lejos, muy lejos, aquello que parece una nube? Pues aquello es la montaña Queda. Vamos a subir a ella y me agradecerás la visita. Es una de las cosas más maravillosas que en este nuestro mundo -el tuyo y el mío- pueden verse. ¡Y aquella águila! ¡Y aquellas abejas!




ArribaAbajoLa bienaventuranza de don Quijote

(Caras y Caretas, Buenos Aires, 8-VII-1922)


«Hallose el escribano presente, y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu; quiero decir que murió». Así nos lo cuenta Miguel de Cervantes Saavedra al fin del libro. Dio don Quijote su espíritu a la eternidad, y a la vez al mundo, al morirse. Y su espíritu vive y revive.

No bien muerto don Quijote, sintió como si se despeñara, empozara y hundiera en un nuevo abismo como el de la cueva de Montesinos y aunque curado de su locura por la muerte figurósele que volvía a una de sus caballerescas aventuras. Y se dijo: «¿Me habré de verdad curado?». Sentíase bajar en las tinieblas y bajaba y más bajaba. Y así como al bajar a la cueva de Montesinos se había dormido, pareciole que se dormía de nuevo, pero con un sueño dulcísimo. Algo así como el sueño en que vivió en el seno de su santa madre -¡la madre de don Quijote!- antes de salir a la luz del mundo.

La oscuridad era espesísima y olía a tierra mojada; a tierra mojada en lágrimas y en sangre. El pobre caballero iba haciendo examen de conciencia. Y de lo que más se dolía era de aquellas pobres ovejas que alanceó tomándolas por ejército de bravos enemigos.

De pronto sintió que la sima en que iba cayendo, la sima de la muerte, empezaba a iluminarse pero con una luz que no hacía sombras. Era una luz difusa que parecía brotar de todas partes y como si su manantial estuviese en donde quiera y en redondo. Era como si todas las cosas se hiciesen luminosas y como si las entrañas mismas de la tierra se convirtiesen en luz. O era como si la luz viniese de un cielo cuajado de estrellas. Y era una luz humana a la vez que divina; era una luz de divina humanidad.

Hundió el caballero su mirada en aquella dulcísima lumbre derretida, que no hacía sombras, y descubrió una figura que le llenó de luminosa gravedad el corazón. Queríasele éste saltar del pecho, al que se llevó las dos enjutas manos. Era que veía a Jesús, el Cristo, el Redentor. Y le veía con manto de púrpura, corona de espinas y cetro de caña, como cuando Pilato, el gran burlón, le expuso a la turba diciendo: «¡He aquí el hombre!». Se le apareció Jesucristo, el Supremo Juez, como cuando fue ludibrio de las gentes. Y el caballero, que como buen cristiano viejo y a la española creía a pies juntillas que el Cristo es Dios y había oído aquello de que quien a Dios ve se muere, se dijo: «Pues que veo a mi Dios, verdaderamente me he muerto». Y al saberse ya muerto, del todo muerto perdió todo el temor y miró cara a cara, ojos a ojos, a Jesús. Y apenas vio sino una sonrisa melancólica, una sonrisa que era como la de un cielo cuajado de estrellas, y unos ojos celestes y una mirada como la del cielo. Y el caballero se sentía llevar, como volando a ras del cielo, hacia el Redentor.

Cuando estuvo cerca, el Cristo dejó caer el manto de púrpura y el cetro de caña y abrió los brazos como los tiene abiertos en la cruz. Y el caballero abrió también sus brazos, como en crucifixión. Y se acercaron más. Y oyó don Quijote como un susurro, brisa de eternidad, que le sonaba no en los oídos sino en el corazón y decía: «Ven a mi pecho». Y cayó en brazos del Redentor que iba a juzgarle.

Los brazos del Cristo ceñían a don Quijote por la cintura y los de éste ceñían el cuello de Jesús. Las dos manos enjutas, sarmentosas, del caballero, se cruzaban en la espalda del Redentor. Y don Quijote apoyó su cabeza sobre el hombro izquierdo, el del lado del corazón, del Cristo y rompió a llorar. Lloraba, lloraba, lloraba. Sus grises cabellos enmarañados, se enredaban en las espinas de la corona que ceñía la melena del Nazareno. Y lloraba, lloraba, lloraba. Sus lágrimas resbalaban por el hombro de Jesús. Y mezclábanse a lágrimas del Redentor mismo. Las lágrimas del loco de España mezclábanse a las del que fue tenido por loco en su familia (S. Marcos, III, 21). Y los dos locos lloraban. Pasó sobre el alma del caballero toda la pesadumbrosa visión de la pasión de su locura, y recordó, sobre todo, aquel momento en que a la vista de unas imágenes de talla pensó abandonar su vida de aventuras y dedicarse a ganar el cielo. Pero, ¿no le ganó acaso con sus locuras? Y pensando en su vida pública lloraba el caballero. Y lloraba el Redentor.

Sintió de pronto don Quijote que uno de los brazos del Cristo se desprendía del abrazo de su cintura y se alzaba y le sintió posarse sobre su cabeza rendida. Y de aquella mano dulcísima, atravesada por el agujero de un clavo, sintió como si brotara luz y como si aquella luz le penetrase en los sesos a quien habían dejado secos los libros de caballerías. Se le llenó de luz el cerebro al caballero. Y vio toda su vida bañada en luz. Y al Cristo sobre una colina, al pie de un olivo, bañado en luz del alba de un día de primavera, y oyó -era como si cantase el cielo- estas palabras: «¡Bienaventurados los locos porque ellos se hartarán de razón!».

Y el caballero se sintió en la gloria eterna.






ArribaAbajoCrítica literaria


ArribaAbajoEl canto adánico

(Los Lunes de El Imparcial, Madrid, 6-VIII-1906)


Fue esto en una tarde bíblica, ante la gloria de las torres de la ciudad, que reposaban sobre el cielo como doradas espigas gigantescas, surgiendo de la verdura que viste y borda al río. Tomé las Hojas de yerba -Leaves of grass-, de Walt Whitman, este hombre americano, enorme embrión de un poeta secular, de quien Roberto Luis Stevenson dice que, como un perro lanudo recién desencadenado, recorría las playas del mundo ladrando a la luna; tomé estas hojas y traduje algunas a mi amigo, ante el esplendor silencioso de la ciudad dorada.

Y mi amigo me dijo:

-¡Qué efecto tan extraño causan esas enumeraciones de hombres y de tierras, de naciones, de cosas, de plantas!... ¿Es eso poesía?

Y yo le dije:

-Cuando la lírica es sublime y espiritualizada acaba en meras enumeraciones, en suspirar nombres queridos. La primera estrofa del dúo eterno del amor puede ser el: «Te quiero, te quiero mucho, te quiero con toda mi alma»; pero la última estrofa, la del desmayo, no es más que estas dos palabras: «¡Romeo! ¡Julieta! ¡Romeo! ¡Julieta!». El suspiro más hondo del amor es repetir el nombre del ser amado, paladearlo haciéndose miel la boca. Y mira al niño. Jamás olvidaré una escena inmortal que Dios me puso una mañana ante los ojos, y fue que vi tres niños cogidos de las manos, delante de un caballo, cantando, enajenados de júbilo, no más que estas dos palabras: «¡Un caballo!, ¡un caballo!!, ¡un caballo!». Estaban creando la palabra según la repetían; su canto era un canto genesíaco.

-¿Cómo empezó la lírica? -preguntó mi amigo-; ¿cuál fue el primer canto?

-Vamos a la leyenda -le dije- y oye lo que dice el Génesis en su segundo capítulo, cuando dice: «Formó, pues, Dios de la tierra toda bestia del campo y toda ave de los cielos, y trájolas a Adán para que viese cómo las había de llamar, y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ése es su nombre. Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos, y a todo animal del campo; mas para Adán no halló ayuda que estuviese delante de él». Éste fue el primer canto, el canto de poner nombre a las bestias, extasiándose ante ellas Adán, en el Alba de la humanidad.

¡Poner nombre! Poner nombre a una cosa es, en cierto modo, adueñarse espiritualmente de ella. Este mismo Walt Whitman, cuyas Hojas de yerba aquí tenemos, al decir en su «Canto a la puesta del sol» estas palabras: «Respirar el aire, ¡qué delicioso! Hablar!, ¡pasear! ¡Coger algo con la mano!», pudo añadir: «Dar nombre a las cosas, ¡qué milagro portentoso!».

Al nombrar Adán a las bestias y aves se adueñó de ellas y mira cómo el salmo octavo, después de cantar que Dios hizo que el hombre se enseñorease de las obras de las divinas manos, que le pusieran todo bajo los pies, ovejas y bueyes, y asimismo las bestias del campo, y las aves de los cielos, y los peces del mar, y todo cuanto pasa por los senderos de éste, acaba diciendo: «Oh, Jehová, Señor Nuestro, ¡cuán grande es tu nombre, que millones de lenguas de hombres piden día a día que sea santificado! Si supiéramos dar el nombre adecuado, nombre poético, nombre creativo a Dios, en él se colmaría como en flor eterna toda la lírica.

En el Génesis también, y en los versillos 24 a 30 de su capítulo XXXII, se nos cuenta cómo al pasar Jacob el vado a Jacob, cuando iba en busca de Esaú, su hermano, se quedó a hacer noche solo y luchó hasta rayar el alba, con un desconocido, con un ángel de Dios o con Dios mismo, y lleno de angustia le preguntaba por su nombre, cómo se llamaba. En aquellos tiempos aurorales, declarar un viandante su nombre era declarar su esencia. Su nombre es lo primero que nos dan los héroes homéricos.

Y estos nombres no eran dichos: eran cantados en un empuje de entusiasmo y de adoración. Y tengo por indudable, lector, que el himno que más adentro del corazón se te ha metido fue cuando viste tu propio nombre, tu nombre de pila, el doméstico desnudo y puro, suspirando en la penumbra. Es la corona de la lírica.

La forma de letanía es acaso la más exquisita que las explosiones líricas nos ofrecen: un nombre repetido en rosario y engarzado cada vez en epítetos vivos que lo realza. Y entre estos hay el epíteto sagrado.

En los poemas homéricos brillan los epítetos sagrados; cada héroe lleva el suyo. Aquiles, el de los pies veloces; Héctor el agitapenachos. Y en todo tiempo y lugar, cuando alguien encuentra el epíteto sagrado que casa poéticamente con un hombre, todos lo adoptan y todos lo repiten. Y lo que sucede con los hombres sucede con los animales y con las cosas y las ideas. La astuta zorra, el perro fiel, el noble corcel, el paciente burro, el tardo buey, la arisca cabra, la mansa oveja, la tímida liebre..., y los designios de la Providencia, ¿pueden ser otra cosa que inescrutables?

Cantar, pues, el nombre, realzándolo con el epíteto sagrado, es la exaltación reflexiva de la lírica, y la exaltación irreflexiva, la suprema, en cantarlo solo y desnudo, sin epíteto alguno; es repetirlo una y otra vez, como sumergiendo el alma en su contenido ideal y empapándose en él sin añadido.

-No me sorprende -le dije a mi amigo- que te produzcan extraño efecto estas enumeraciones, y te confieso que pueden ellas no tener nada de poético. Pero han de extrañarnos más a nosotros, que con palabras muertas, reducimos la lírica a algo discursivo y oratorio, a elocuencia rimada.

-Observa, además -añadí-, que una palabra no ha cobrado su esplendor y su pureza toda hasta que ha pasado por el ritmo y se ha visto ayuntada a otras en su cadencia. Es como el trigo, que no está limpio y pronto para ir a la muela hasta que no ha sido apurado aventándolo al aire de la era.

-Ahora recuerdo -dijo mi amigo, interpolando un intermedio cómico-, ahora recuerdo cierto chascarrillo yanqui, y es que dicen que cuando Adán estaba poniendo nombre a los animales, al acercarse el caballo, dijo Eva a su marido: «Esto que viene aquí se parece a un caballo; llamémosle, pues, caballo».

-El chascarro no carece de gracia -le dije-, pero es el caso que cuando Adán puso nombre a las bestias del campo y a las aves de los cielos, aún no había sido creada la mujer, según el Génesis. De donde se saca que el hombre necesitó hablar aun estando solo, hablar consigo, es decir, cantar, y que su acto de poner nombres a los seres fue un acto de pureza lírica, de perfecto desinterés. Se los puso para extasiarse con ellos. Sólo que una vez que así los cantó y les puso nombre, sintió la necesidad de un semejante a quien comunicárselo; una vez que de la grosura de su entusiasmo brotó aquel himno de nombramiento, sintió la necesidad de un auditorio, de un público, y así, agrega el texto, que Adán no halló ayuda que estuviese delante de él. Y a seguida de esto es cuando el relato bíblico nos cuenta la creación de la primera mujer, hinchándola de una costilla del primer hombre, y como si éste hubiese sentido más vivamente la necesidad de una compañera a raíz de haberse adueñado de los seres mediante los nombres. Sintió el hombre la necesidad de alguien con quien hablar, y Dios le hizo la mujer. Y apenas surge la mujer ante el hombre, luego de decir éste lo de: «Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne», lo primero que hace es darle nombre, diciendo: «Esta será llamada varona, porque del varón fue tomada». Y este nombre, en efecto, no ha prevalecido, sino que los más de los pueblos cultos tienen para la mujer nombre de otra raíz que el nombre del hombre, y como si fuesen dos especies.

-Excepto el inglés, por lo menos -dijo mi amigo.

-Y algún otro -añadí yo.

Y recogiendo las Hojas de yerba, de Walt Whitman, dejamos el esplendor de la ciudad cuando se derretía en el atardecer.




ArribaAbajoY va de cuento

(El espejo de la muerte, 1913)


A Miguel, el héroe de mi cuento, habíanle pedido uno. ¿Héroe? ¡Héroe, sí! ¿Y por qué? -preguntará el lector. Pues, primero, porque casi todos los protagonistas de los cuentos y de los poemas deben ser héroes, y ello por definición. ¿Por definición? ¡Sí! Y si no, veámoslo.

P.- ¿Qué es un héroe?

R.- Uno que da ocasión a que se pueda escribir sobre él un poema épico, un epinicio, un epitafio, un cuento, un epigrama, o siquiera una gacetilla o una mera frase.

Aquiles es héroe porque le hizo tal Homero o quien fuese, al componer la Iliada. Somos, pues, los escritores -¡oh noble sacerdocio!- los que para nuestro uso y satisfacción hacemos los héroes, y no habría egoísmo si no hubiese literatura. Esto de los héroes sagrados es una mandanga para consuelo de simples. ¡Ser héroe es ser cantado!

Y, además, era héroe el Miguel de mi cuento porque le habían pedido uno. Aquel a quien se le pida un cuento es, por el hecho mismo de pedírselo un héroe, y el que se lo pide es otro héroe. Héroes los dos. Era, pues, héroe mi Miguel, a quien le pidió Emilio un cuento, y era héroe mi Emilio, que pidió el cuento a Miguel. Y así va avanzando éste que escribo. Es decir,


burla burlando, van los dos delante.



Y mi héroe, delante de las blancas o agarbanzadas cuartillas, fijos en ellas los ojos, la cabeza entre las palmas de las manos y de codos sobre la mesilla de trabajo -y con esta descripción me parece que el lector estará viéndole mucho mejor que si viniese ilustrado esto-, se decía: «Y bien, ¿sobre qué escribo ahora yo el cuento que se me pide? ¡Ahí es nada, escribir un cuento quien, como yo, no es cuentista de profesión! Porque hay el novelista que escribe novelas, una, dos, tres o más al año, y el hombre que las escribe cuando ellas le vienen de suyo. ¡Y yo no soy un cuentista!...».

Y no, el Miguel de mi cuento no era un cuentista. Cuando por acaso los hacía, sacábalos, o de algo, que, visto u oído, habíale herido la imaginación, o de lo más profundo de las entrañas. Y esto de sacar cuentos de lo hondo de las entrañas, esto de convertir en literatura las más íntimas tormentas del espíritu, los más espirituales dolores de la mente, ¡oh, en cuanto a esto!... En cuanto a esto, han dicho tanto ya los poetas líricos de todos los tiempos y países, que nos queda muy poco por decir.

Y luego los cuentos de mi héroe tenían para el común de los lectores de cuentos -los cuales forman una clase especial dentro de la general de los lectores- un gravísimo inconveniente, cual es el de que en ellos no había argumento, lo que se llama argumento. Daba mucha más importancia a las perlas que no al hilo en que van ensartadas, y para el lector de cuentos lo importante es la hilación, así, con hache, de hilo, y no ilación, sin ella, como nos empeñamos en escribir los más o menos latinistas que hemos dado en la flor de pensar y enseñar que ese vocablo deriva de infero, fers, intuli, illatum. (No olviden ustedes que soy catedrático, y de yo serlo comen mis hijos, aunque alguna vez merienden de un cuento perdido.)


Y estoy a la mitad de otro cuarteto.



Para el héroe de mi cuento, el cuento no es sino un pretexto para observaciones más o menos ingeniosas, rasgos de fantasía, paradojas, etc., etc. Y esto, francamente, es rebajar la dignidad del cuento, que tiene un valor sustantivo -creo que se dice así- en sí y por sí mismo. Miguel no creía que lo importante era el interés de la narración y que el lector se fuese diciendo para sí mismo en cada momento de ella: «Y ahora, ¿qué vendrá?», o bien: «¿Y cómo acabará esto?». Sabía, además, que hay quien empieza una de esas novelas enormemente interesantes, va a ver en las últimas páginas el desenlace y ya no lee más.

Por lo cual creía que una buena novela no debe tener desenlace, como no lo tiene, de ordinario, la vida. O debe tener dos o más, expuestos a dos o más columnas, y que el lector escoja entre ellos el que más le agrade. Lo que es soberanamente arbitrario. Y mi este Miguel era de lo más arbitrario que darse puede.

En un buen cuento, lo más importante son las situaciones y las transiciones. Sobre todo estas últimas. ¡Las transiciones, oh! Y respecto a aquéllas, es lo que decía el famoso melodramaturgo d'Ennery: «En un drama (y quien dice drama dice cuento), lo más importante son las situaciones; componga usted una situación patética y emocionante, e importa poco lo que en ella digan los personajes, porque el público, cuando llora, no oye». ¡Qué profunda observación ésta de que el público, cuando llora, no oye! Uno que había sido apuntador del gran actor Antonio Vico me decía que, representando éste una vez La muerte civil, cuando entre dos sillas hacía que se moría, y las señoras le miraban con los gemelos para taparse con ellos las lágrimas y los caballeros hacían que se sonaban para enjugárselas, el gran Vico, entre hipíos estertóricos y en frases entrecortadas de agonía, estaba dando a él, al apuntador, unos encargos para contaduría. ¡Lo que tiene el saber hacer llorar!

Sí; el que en un cuento, como en un drama, sabe hacer llorar o reír, puede en él decir lo que se le antoje, El público, cuando llora o cuando se ríe no se entera. Y el héroe de mi cuento tenía la perniciosa y petulante manía de que el público -¡su público, claro está!- se enterase de lo que él escribía. ¡Habrase visto pretensión semejante!

Permítame el lector que interrumpa un momento el hilo de la narración de mi cuento, faltando al precepto literario de la impersonalidad del cuentista (véase la Correspondance, de Flaubert, en cualquiera de sus cinco volúmenes Oeuvres complètes, París, Louis Conard, libraire-éditeur, MDCCCLX), para protestar de esa pretensión ridícula del héroe de mi cuento de que su público se entere de lo que él escribía. ¿Es que no sabía que las más de las personas leen para no enterarse? ¡Harto tiene cada uno con sus propias penas y sus propios pesares y cavilaciones para que vengan metiéndole otros! Cuando yo, a la mañana, a la hora del chocolate, tomo el periódico del día, es para distraerme, para pasar un rato. Y sabido es el aforismo de aquel sabio granadino: «La cuestión es pasar el rato»; a lo que otro sabio, bilbaíno éste, y que soy yo, añadió: «Pero sin adquirir compromisos serios». Y no hay modo menos comprometedor de pasar el rato que leer el periódico. Y si cojo una novela o un cuento no es para que de reflejo suscite mis hondas preocupaciones y mis penas, sino para que me distraiga de ellas.

Y por eso no me entero de lo que leo, y hasta leo para no enterarme...

Pero el héroe de mi cuento era un petulante que quería escribir para que se enterasen, y, es natural, así no puede ser, no le resultaba cuanto escribía sino paradojas,

¿Que qué es esto de una paradoja? ¡Ah!, yo no lo sé, pero tampoco lo saben los que hablan de ellas con cierto desdén, más o menos fingido; pero nos entendemos, y basta. Y precisamente el chiste de la paradoja, como el del humorismo, estriba en que apenas hay quien hable de ellos y sepa lo que son. La cuestión es pasar el rato, sí, pero sin adquirir compromisos serios; ¿y qué serio compromiso se adquiere tildando a algo de paradoja, sin saber lo que ella sea, o tachándolo de humorístico?

Yo, que, como el héroe de mi cuento, soy también héroe y catedrático de Griego, sé lo que etimológicamente quiere decir eso de paradoja: de la preposición para, que indica lateralidad, lo que va de lado o se desvía y doxa, opinión, y sé que entre paradoja y herejía apenas hay diferencia; pero...

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con el cuento? Volvamos, pues, a él.

Dejamos a nuestro héroe -empezando siéndolo mío y ya es tuyo, lector amigo, y mío; esto es, nuestro- de codos sobre la mesa, con los ojos fijos en las blancas cuartillas, etc. (véase la precedente descripción), y diciéndose: «Y bien, ¿sobre qué escribo yo ahora?...».

Esto de ponerse a escribir, no precisamente porque se haya encontrado asunto, sino para encontrarlo, es una de las necesidades más terribles a que se ven expuestos los escritores fabricantes de héroes, y héroes, por tanto, ellos mismos. Porque, ¿cuál, sino el de hacer héroes, el de cantarlos, es el supremo heroísmo? Como no sea que el héroe haga a su hacedor, opinión que mantengo muy brillante y profundamente en mi Vida de don Quijote y Sancho, según Miguel de Cervantes Saavedra, explicada y comentada; Madrid, librería de Fernando Fe, 19051 -y sirva esto, de paso, como anuncio-, obra en que sostengo fue don Quijote el que hizo a Cervantes y no éste a aquél. ¿Y a mí quién me ha hecho, pues? En este caso, no cabe duda que el héroe de mi cuento. Sí, yo no soy sino una fantasía del héroe de mi cuento.

¿Seguimos? Por mí, lector amigo, hasta que usted quiera; pero me temo que esto se convierta en el cuento de nunca acabar. Y si es el de la vida... Aunque ¡no!, ¡no!, el de la vida se acaba.

Aquí sería buena ocasión, con este pretexto, de disertar sobre la brevedad de esta vida perecedera y la vanidad de sus dichas, lo cual daría a este cuento un cierto carácter moralizador que lo elevara sobre el nivel de esos otros cuentos vulgares que sólo tiran a divertir. Porque el arte debe ser edificante. Voy, por tanto, a acabar con una



Moraleja.- Todo se acaba en este mundo miserable: hasta los cuentos y la paciencia de los lectores. No sé, pues, abusar.




ArribaUna tragedia

(Caras y Caretas, Buenos Aires, 21-VII-1923)


¿Recordáis los que hayáis leído las Memorias de Goethe, aquel profesor Plessing de que nos habla el autor del Werther? Fue un joven misántropo y preocupado que quiso ponerse en relaciones con él, que le dirigió como a un director laico de conciencia, unas largas cartas a que aquél no respondió, que se quejaba de esto y que al fin se puso al habla con él sin lograr interesarle en sus fantásticas cuitas. Pues vamos a contaros una historia algo parecida a la de Plessing, pero que acaba en tragedia.

Era un escritor, llamémosle Ibarrondo, que ejercía grande influencia sobre su pueblo con sus escritos y a quien oían con atención, y algunos con recogimiento, muchos de los jóvenes de su país y aun de otros países. Y eran no pocos los que se imaginaban que Ibarrondo estaba para atender privadamente a lo que ellos le preguntaran y a que les dijese -por carta, y a su nombre- lo que estaba diciendo arreo al público todo. Hasta hubo quien le preguntó qué es lo que debía leer, sin más que este indicio: «Soy un joven de 18 años hambriento de cultura». Y lo que más le atosigaba a Ibarrondo era la gran porción de locos, chiflados, ensimismados y hasta mentecatos que le iban con sus locuras, chifladuras, ensimismaduras y mentecatadas.

Era un joven, llamémosle Pérez, de esos que creen ingenuamente que se les ha ocurrido lo que habían leído, que toman por ideas originales las reminiscencias de lecturas y que se imaginan que van a romper moldes viejos cuando se disponen a hacerlo con otros más viejos todavía.

Pérez que leía a Ibarrondo, le escribió unas largas cartas inflamadas y entusiastas llenas de todos los lugares comunes -¡y tan comunes!- que de ordinario suele escribirse a los 18 años. Ibarrondo, creyendo así quitárselo de encima, le contestó en una carta defensiva. Pérez arreció en su persecución, mas al cabo desistió de ella.

Pasaron unos cinco o seis años cuando he aquí que Ibarrondo se encuentra con el original manuscrito de una obra de Pérez y con la pretensión de que éste le ponga un prólogo. Ibarrondo, después de hojearla y leer acá y allá algunos pasajes, se la devolvió diciéndole que sus ocupaciones no le permitían escribir el pedido prólogo. Y he aquí que a los pocos días de esto se le presenta el propio Pérez en persona, con su manuscrito en la mano, a saber por qué se le rehusaba el prólogo.

-No importa -dijo Pérez- que usted, señor Ibarrondo rebata mis doctrinas...

-¿Qué doctrinas, señor Pérez?

-Las de mi libro. Me es igual. Aprobativo o vituperativo, su prólogo hará correr mi obra, el público la juzgará y usted habrá hecho un servicio al público y no a mí.

-Pero es el caso, señor Pérez, que yo no puedo ni aprobar ni desaprobar sus doctrinas y no puedo hacerlo porque no las conozco. O mejor, porque sé que esas que usted llama sus doctrinas ni son de usted ni apenas son doctrinas. He hojeado su libro, he leído acá y allá pasajes de él y he visto que no hace usted sino repetir lo que todo el mundo dice, y lo que es peor, como lo dice todo el mundo. Ni una expresión, ni un grito, ni una metáfora, ni un acento personal. Y cuando cree usted ir contra la corriente general es cuando más ramplonerías escribe, pues se hace usted eco de la contracorriente también general. La heterodoxia de usted es tan vulgar como la ortodoxia a que combate. Porque usted reconocerá conmigo que hay un ateísmo y un anarquismo tan vulgares y ramplones, tan poco originales, tan rebañegos, como el ateísmo y el anarquismo oficiales.

El pobre Pérez quiso defenderse y aun atacar, pero entonces creyó Ibarrondo que con unas fuertes duchas podría curar a aquel desgraciado y reducirle a que se dedicase a cualquier otra actividad que no fuese la de escribir para el público, y emprendió la tarea de convencerle de que todo lo que contenía aquel manuscrito no era más que el eco de sobadísimos lugares comunes de contracorriente.

-Si aun hubiera aquí disparates, amigo Pérez: disparates graciosos... ¡Pero ni eso!

Sorprendiole a Ibarrondo la facilidad con que parecía dejarse convencer Pérez y le alarmó la actitud de abatimiento que tomó. Parecía que dentro de él se agitaba una terrible conmoción. Estaba pálido; no hablaba.

-Vamos, amigo Pérez -le dijo-, no se amilane así. En este mundo hay muy otros oficios que el de escritor público y tan honrosos, si es que no más, que él. Déjese de escribir y dedíquese a otra cosa.

-¿Y a qué, señor Ibarrondo? En otra cosa será igual. Si usted me hubiera escrito el prólogo yo habría lanzado el libro y me habría importado poco que me dijeran de él lo que usted me ha dicho. No lo habría creído. Habríalo atribuido a la envidia; habría luchado. Pero usted, convenciéndome me ha matado. ¡Sí, me ha matado!

-¿Convenciéndole, de qué?

-De que soy un pobre mentecato.

Y Pérez se echó a llorar. Quiso Ibarrondo consolarle y no pudo. Hasta le prometió el prólogo. Fue en vano.

Días después Pérez se pegaba un tiro, después de escribir a Ibarrondo una carta en que le decía que le había puesto ante los ojos un espejo en que vio su inutilidad. Ibarrondo se aquietó pensando que los suicidas lo son de nacimiento.