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ArribaAbajo Leyenda de las tres hermosas Princesas

En tiempos antiguos reinaba en Granada un príncipe moro llamado Mohamed, al cual sus vasallos le daban el sobrenombre de El Haygari, esto es, El Zurdo. Se dice que le apellidaron de este modo por ser realmente más ágil en el uso de la mano izquierda que de la derecha; otros afirman que se lo aplicaron porque solía hacer «al revés» todo aquello en que ponía mano; o más claro: porque solía echar a perder todos los asuntos en que se entremetía. Lo cierto es que, ya por desgracia o por falta de tacto, estaba continuamente sufriendo mil contrariedades. Tres veces le destronaron, y en una de ellas pudo escapar milagrosamente al África, salvándose de una muerte segura, disfrazado de pescador. Sin embargo, era tan valiente como desatinado, y, aunque zurdo, esgrimía su cimitarra con maravillosa destreza, por lo que consiguió recuperar su trono a fuerza de pelear. Pero en vez de aprender a ser prudente en la adversidad, se hizo obstinado y endurecido su brazo izquierdo en sus continuas terquedades. Las calamidades públicas que atrajo sobre sí y sobre su reino pueden conocerse leyendo los anales arábigos de Granada, pues la presente leyenda no trata más que de su vida privada.

Paseando a caballo cierto día Mohamed, con gran séquito de sus cortesanos, por la falda de Sierra Elvira, tropezó con un piquete de caballería que regresaba de hacer una escaramuza en el país de los cristianos. Conducían una larga fila de mulas cargadas con botín y multitud de cautivos de ambos sexos. Entre las cautivas venía una cuya presencia causó honda sensación en el ánimo del sultán; era ésta una hermosa joven, ricamente vestida, que iba llorando sobre un pequeño palafrén, sin que bastaran a consolarla las frases que le dirigía una dueña que la acompañaba.

Prendose el monarca de su hermosura, e interrogado acerca de ella el jefe de la fuerza, supo el rey que era la hija del alcaide de una fortaleza fronteriza que habían sorprendido y saqueado durante la excursión. Mohamed pidió la bella cautiva como la parte que le correspondía de aquel botín, y la llevó a su harén de la Alhambra. Se inventaron en vano mil diversiones para distraerla y aliviarla de su melancolía; por último, el monarca, cada vez más enamorado de ella, resolvió hacerla su sultana. La joven española rechazó en un principio sus proposiciones, pensando en que al fin era moro, enemigo de su país, y, lo que era peor, ¡qué estaba bastante entrado en años! Viendo Mohamed que su constancia no le servía gran cosa, determinó atraerse a la dueña que venía prisionera con la joven cristiana. Era aquélla andaluza de nacimiento y no se conoce su nombre cristiano: sólo se sabe que en las leyendas moriscas se la denomina La discreta Kadiga -¡y en verdad que era discreta, según resulta de su historia!-. Apenas el rey moro se puso al habla con ella, cuando vio su habilidad para persuadir, y le confió el emprender la conquista de su joven señora. Kadiga comenzó su tarea de este modo:

-¡Idos allá!... -decía a su señora-. ¿A qué viene ese llanto y esa tristeza? ¿No es mejor ser sultana de este hermoso Palacio adornado de jardines y fuentes, que vivir encerrada en la vieja torre fronteriza de vuestro padre? ¿Qué importa que Mohamed sea infiel? Os casáis con él, no con su religión; y si es un poquito viejo, más pronto os quedaréis viuda y dueña de vuestro albedrío; y, puesto que de todas maneras tenéis que estar en su poder, más vale ser princesa que no esclava. Cuando uno cae en manos de un ladrón, mejor es venderle las mercancías a buen precio que no dar lugar a que las arrebate por fuerza.

Los argumentos de la discreta Kadiga hicieron su efecto. La joven española enjugó sus lágrimas y accedió al fin a ser esposa de Mohamed el Zurdo, adoptando, al parecer, la religión de su real esposo, así como la astuta dueña afectó haberse hecho fervorosa partidaria de la religión mahometana; entonces precisamente fue cuando tomó el nombre árabe de Kadiga y se le permitió permanecer como persona de confianza al lado de su señora.

Andando el tiempo, el rey moro fue padre de tres hermosísimas princesas, habidas en un mismo parto; y, aunque él hubiera preferido que nacieran varones, se consoló con la idea de que sus tres preciosas niñas eran bastante hermosas para un hombre de su edad, y por añadidura zurdo.

Siguiendo la costumbre de los califas musulmanes, convocó a sus astrólogos para consultarles sobre tan fausto suceso. Hecho por los sabios el horóscopo de las tres princesas, dijeron al rey, moviendo la cabeza: «Las hijas, ¡oh rey!, fueron siempre propiedad poco segura; pero éstas necesitarán mucho más de tu vigilancia cuando estén en edad de casarse. Al llegar ese tiempo, recógelas bajo tus alas y no las confíes a persona alguna.»

Mohamed el Zurdo era tenido entre los cortesanos por un rey sabio, y, a decir verdad, tal se consideraba él mismo. La predicación de los astrólogos no le causó más que una ligera inquietud, y confió en su ingenio para guardar sus hijas y contrariar la fuerza de los hados.

El triple nacimiento fue el último trofeo conyugal del monarca, pues la reina no dio a luz más hijos, y murió pocos años después, dejando confiadas sus tiernas niñas al amor y fidelidad de la discreta Kadiga.

Muchos años tenían que pasar para que las princesas llegasen a la edad del peligro: a la edad de casarse. «Es bueno, con todo, precaverse con tiempo», dijo el astuto monarca; y, en su virtud, resolvió encerrarlas en el castillo real de Salobreña. Era éste un suntuoso palacio incrustado en una inexpugnable fortaleza morisca situada en la cima de una montaña, desde la que se dominaba el mar Mediterráneo, sirviendo de regio retiro, donde los monarcas musulmanes encerraban a los parientes que les estorbaban, permitiéndoles, fuera de la libertad, todo género de comodidades y diversiones, en medio de las cuales pasaban sus días en voluptuosa indolencia.

Allí permanecieron las princesas, separadas del mundo pero rodeadas de comodidades y servidas por esclavos que les adivinaban todos sus deseos. Tenían para su recreo deliciosos jardines llenos de las frutas y flores más raras, con arboledas aromáticas y perfumados baños. Por tres lados daba vistas el castillo a un delicioso valle, hermoso y alegre por su rica y variada vegetación, y limitado por las altas montañas de la Alpujarra; y por el otro lado dominaba el ancho y resplandeciente mar.

En esta deliciosa morada, gozando de un clima plácido y bajo un cielo despejado, las tres princesas crecieron con maravillosa hermosura; y, aunque todas se educaron del mismo modo, daban ya señales prematuras de su diversidad de carácter. Se llamaban Zayda, Zorayda y Zorahayda, y éste era su orden por edades, pues habían tenido tres minutos de intervalo al nacer.

Zayda, la mayor, era de espíritu intrépido, y siempre se ponía al frente de sus hermanas para todo: lo mismo que hizo al nacer. Era curiosa y preguntona, y amiga de profundizar el porqué de todas las cosas.

Zorayda era apasionada de la belleza, por cuya razón, sin duda, se deleitaba mirando su propia imagen en un espejo o en las cristalinas aguas de una fuente, y tenía delirio por las flores, por las joyas, por todos aquellos adornos que realzan la hermosura.

En cuanto a Zorahayda, la menor, era dulce, tímida y extremadamente sensible, derramando siempre ternura, como se podía apreciar a primera vista, por las innumerables flores, pájaros y otros animalitos domésticos que cuidaba con el más entrañable cariño. Sus diversiones eran sencillas, mezcladas con meditaciones y ensueños; se sentaba horas enteras en un ajimez, fija la mirada en las brillantes estrellas de una noche de verano o en el mar rielado por la luna; y entonces la canción de un pescador, débilmente oída desde la playa, o los acordes de una flauta morisca desde alguna barca que cruzaba, eran suficientes para extasiar su ánimo. Sin embargo, bastaba para acobardarla el que se conjurasen los elementos, haciéndola caer desmayada el estampido del trueno.

Así pasaron los años tranquila y dulcemente. La discreta Kadiga, a quien las princesas estaban confiadas, cumplía lealmente su custodia y las servía con perseverante cuidado.

El castillo de Salobreña, como ya se ha dicho, estaba construido en la cúspide de una colina a orillas del Mediterráneo. Una de las murallas exteriores se extendía por la base de una colina hasta llegar a una roca saliente que dominaba al mar, y con una estrecha playa arenosa al pie, bañada por las rizadas olas. La pequeña atalaya que se levantaba sobre esta roca se había convertido en una especie de pabellón, desde cuyos ajimeces, cubiertos con celosías, se podía aspirar la brisa del mar. En aquel sitio pasaban las princesas las calurosas horas del mediodía.

Hallándose en cierta ocasión sentada la curiosa Zayda en una de las ventanas del pabellón, mientras que sus hermanas dormían la siesta recostadas en otomanas, se fijó en una galera que venía costeando a mesurados golpes de remo. Cuando se fue acercando, observó que venía llena de hombres armados. La galera ancló al pie de la torre, y un pelotón de soldados moriscos desembarcó en la estrecha playa conduciendo varios prisioneros cristianos. La curiosa Zayda despertó inmediatamente a sus hermanas, y las tres se pusieron a observar cautelosamente por la espesa celosía de la ventana, que las libertaba de ser vistas. Entre los prisioneros venían tres caballeros españoles ricamente vestidos; estaban en la flor de su juventud y eran de noble presencia; además, la arrogante altivez con que caminaban, aunque cargados de cadenas y rodeados de enemigos, manifestaba la grandeza de sus almas. Las princesas miraban con profundo y anhelante interés; y si se tiene en cuenta que vivían encerradas en aquel castillo, rodeadas de siervas y no viendo más hombres que los esclavos negros y los rudos pescadores, ¿cómo ha de extrañarnos que produjera una gran emoción en sus corazones la presencia de aquellos tres apuestos caballeros radiantes de juventud y de varonil belleza?

-¿Habrá en la tierra ser más noble que aquel caballero vestido de carmesí? -dijo Zayda, la mayor de las tres hermanas-. ¡Mirad qué arrogante va, como si todos los que le rodean fuesen sus esclavos!

-¡Fijaos en aquel otro, vestido de azul! -exclamó Zorayda- ¡Qué hermosura! ¡Qué elegancia! ¡Qué porte!

La gentil Zorahayda nada dijo; pero prefirió en su interior al caballero vestido de verde.

Las princesas siguieron observando hasta que perdieron de vista a los prisioneros; entonces, suspirando tristemente se volvieron, mirándose un momento unas a otras, sentándose, meditabundas y pensativas, en sus otomanas.

La discreta Kadiga las encontró en tal actitud. Contáronle ellas lo que habían visto, y aun el apagado corazón de la dueña se sintió también conmovido.

-¡Pobres jóvenes! -exclamó-. ¡Apostaría que su cautiverio deja presa del más profundo dolor el corazón de algunas damas principales de su país! ¡Ah, hijas mías! No tenéis una idea de la vida que hacen estos caballeros en su patria. ¡Qué justas y torneos! ¡Qué respeto a sus damas! ¡Qué modo de enamorar y de dar serenatas!

La curiosidad de Zayda se acrecentó en extremo, y no se cansaba de preguntar ni de oír de los labios de la dueña la animada pintura de los episodios de sus días juveniles allá en su país. La hermosa Zorayda se reprimía y se miraba disimuladamente en un espejo cuando la conversación recayó sobre los encantos de las damas españolas; en tanto que Zorahayda ahogaba sus suspiros cuando oía contar lo de las serenatas a la luz de la luna.

Todos los días renovaba sus preguntas la curiosa Zayda, y todos los días repetía sus historias la madura dueña, siendo escuchada por su bello auditorio con profundo interés y entrecortados suspiros.

Al fin la astuta vieja cayó en la cuenta del daño que acaso estaba ocasionando: ella se había acostumbrado a tratar a las princesas como niñas, sin considerar que insensiblemente habían ido creciendo y que tenía ya delante de sí tres hermosísimas jóvenes casaderas. «Ya es tiempo -pensó la dueña- de avisar al rey.»

Hallábase sentado cierta mañana Mohamed el Zurdo sobre un amplio diván en uno de los frescos salones de la Alhambra cuando llegó un esclavo de la fortaleza de Salobreña con un mensaje de la prudente Kadiga felicitándole en el cumpleaños del natalicio de sus hijas. Al mismo tiempo le presentó el esclavo una delicada cestita adornada de flores, y en la cual, sobre pámpanos y hojas de higuera, venían un melocotón, un albaricoque y un prisco, cuya frescura, color y madurez tentaban el apetito. El monarca, versado en el lenguaje oriental de las flores y las frutas, adivinó al punto el significado de esta emblemática ofrenda.

-Ya ha llegado -dijo- el período crítico señalado por los astrólogos: mis hijas están en la edad de casarse. ¿Qué haré? Están ocultas a las miradas de los hombres y bajo la custodia de la discreta Kadiga: todo marcha bien; pero no están bajo mi vigilancia, como me previnieron los astrólogos; debo, pues, recogerlas bajo mis alas y no confiarlas a nadie.

Así diciendo, ordenó que prepararan una de las torres de la Alhambra para que les sirviese de vivienda y partió a la cabeza de sus guardias hacia la fortaleza de Salobreña, para traerlas él mismo en persona.

Habían transcurrido diez años desde que Mohamed había visto por última vez a sus hijas, y no daba crédito a sus ojos contemplando el maravilloso cambio que se había verificado en ellas en tan breve espacio de tiempo; como que en este intervalo habían traspasado las infantas esa asombrosa línea divisoria de la vida de la mujer que separa a la imperfecta, informe y desimpresionada niña de la exuberante, ruborosa y pensativa adolescente -que es lo mismo que pasar de los áridos y desiertos Llanos de la Mancha a los voluptuosos valles y florecientes montañas de Andalucía.

Zayda era alta y bien formada, de arrogante presencia y ojo perspicaz. Entró majestuosamente e hizo una profunda reverencia a Mohamed, tratándolo más bien como soberano que como padre. Zorayda era de regular estatura, mirada interesante, carácter agradable y sorprendente hermosura, realzada con la perfección de su tocado. Se acercó a su padre sonriendo, besándole la mano, y le saludó con varias estancias de cierto poeta árabe popular, de lo cual quedó contentísimo el monarca. Zorahayda era reservada y tímida, menos esbelta, en verdad, que sus hermanas; pero poseía esa hermosura tierna y suplicante que busca cariño y protección. No tenía condiciones de mando como su hermana la mayor, ni deslumbraba como la segunda, sino que había nacido para alimentar en su pecho el cariño de un amante, para dejarlo anidar en él, y vivir con ello feliz. Se acercó a su padre con paso tímido y casi vacilante, en ademán de tomar su mano para besarla, pero al mirar el rostro de Mohamed resplandeciendo con la sonrisa paternal, dio rienda suelta a su natural ternura y se arrojó a su cuello amorosamente.

Mohamed el Zurdo contempló a sus hijas con cierta mezcla de orgullo y perplejidad, y mientras se complacía en sus encantos recordaba la predicación de los astrólogos.

-¡Tres hijas! ¡Tres hijas! -murmuró repetidas veces- ¡Y las tres casaderas! ¡He aquí una fruta tentadora del jardín de las Hespérides que necesitan un dragón para guardarlas!

Preparó su regreso a Granada, enviando a la descubierta heraldos y ordenando que nadie transitase por el camino por donde tenía que pasar y que todas las puertas y ventanas estuviesen cerradas al aproximarse las princesas. Prevenido todo, se puso en marcha escoltado por un escuadrón de caballería de soldados negros y de horrible aspecto, vestidos con una brillante armadura.

Las princesas cabalgaban junto al rey, tapadas con tupidos velos, en hermosos palafrenes blancos, con arreos de terciopelo bordados en oro que arrastraban hasta el suelo; los bocados y estribos eran asimismo de oro, y las bridas de seda, recamadas de perlas y piedras preciosas. Los palafrenes estaban cubiertos de campanillas de plata, que producían una música muy agradable cuando iban andando. Pero ¡ay del desgraciado mortal que estuviese en el camino cuando se oyese el sonido de estas campanillas! Los guardias tenían orden de darle muerte sin piedad.

Ya se aproximaba la cabalgata a Granada cuando se vio en uno de los bancos de la ribera del Genil un pequeño cuerpo de soldados, que conducían un convoy de prisioneros. Y era demasiado tarde para que se apartaran aquellos hombres del camino; por lo cual se echaron los soldados al suelo con los rostros mirando la tierra, y ordenaron a los cautivos que hicieran lo mismo. Entre los prisioneros se hallaban aquellos tres apuestos caballeros que las princesas habían visto desde el pabellón. Ya porque no hubieran comprendido la orden, ya porque fueran demasiado altivos para obedecerla, lo cierto es que permanecieron en pie, contemplando la cabalgata que se aproximaba.

Encendiose el monarca de ira viendo que no se cumplían sus mandatos, y desenvainando su cimitarra y adelantándose hacia ellos, iba a esgrimirla con su brazo zurdo, golpe que hubiera sido fatal por lo menos para uno de los prisioneros, cuando las princesas le rodearon e imploraron piedad para los prisioneros; y hasta la tímida Zorahayda olvidó su reserva y tornose elocuente en su favor. Mohamed se detuvo con la cimitarra levantada, cuando el capitán de guardia le dijo arrojándose a sus pies:

-No ejecute vuestra majestad una acción que escandalizaría a todo el reino. Éstos son tres bravos y nobles caballeros españoles, que han caído prisioneros en el campo de batalla, batiéndose como leones; son de alto linaje y pueden ser rescatados a buen precio.

-¡Basta! -dijo el rey-. Les perdonaré la vida, pero castigaré su audacia; que los lleven a las Torres Bermejas y que los entreguen a los trabajos más duros y penosos.

Mohamed estaba cometiendo uno de sus acostumbrados desatinos zurdos, pues con el tumulto y agitación de esta borrascosa escena dio lugar a que se levantaran los velos las tres princesas, dejando a la vista su radiante hermosura; y con prolongar el rey la conferencia, proporcionó ocasión para que la belleza produjera sus estragos. En aquellos tiempos la gente se enamoraba más repentinamente que ahora, como demuestran antiguas historias; por consiguiente, no debe chocarnos que los corazones de los tres caballeros quedasen completamente cautivados, sobre todo cuando la gratitud se unía a la admiración. Es, sin embargo, bastante singular, aunque no menos cierto, que cada uno de ellos se enamoró precisamente de la joven que respectivamente le correspondía. En cuanto a las princesas, se admiraron más que nunca del noble porte de los cautivos, regocijándose interiormente de cuanto habían oído acerca de su valor y noble linaje.

La regia cabalgata prosiguió su marcha; las tres princesas caminaban pensativas en sus soberbios palafrenes, y de vez en cuando dirigían una mirada furtiva hacia atrás, para ver a los cristianos cautivos, mientras éstos eran conducidos a la prisión que se les había destinado en las Torres Bermejas.

La residencia preparada para las infantas era de lo más escrupuloso y delicado que podía imaginar la fantasía: una torre apartada del palacio principal de la Alhambra, aunque comunicaba con él por la muralla que rodeaba la cumbre de la colina. Por un lado daba vistas al interior de la fortaleza, y al pie tenía un pequeño jardín poblado de las flores más exóticas. Por otro lado dominaba a una honda y abovedada cañada que separaba los terrenos de la Alhambra de los del Generalife. El interior de esta torre estaba dividido en pequeños y lindos departamentos, lujosamente decorados en elegante estilo árabe, y rodeando a un vasto salón cuyo techo se elevaba casi hasta lo alto de la torre. Las paredes y artesonados hallábanse adornados con calados y arabescos que deslumbraban con sus doradas y brillantes pinturas. En el centro del pavimento de mármol había una fuente de alabastro rodeada de flores y hierbas aromáticas, y de la cual brotaba un surtidor de agua que refrescaba todo el edificio, produciendo un sonido arrullador. Alrededor del salón se veían suspendidas algunas jaulas formadas con alambres de oro y plata, y encerrados en ellas pajarillos de preciosísimo plumaje, que despedían gorjeos y trinos armoniosos.

Las princesas se habían mostrado de genio alegre en el castillo de Salobreña, por lo cual el rey esperaba verlas entusiasmadas en la Alhambra. Pero, con gran sorpresa suya, empezaron a languidecer y a tornarse melancólicas, no manifestándose nunca satisfechas en nada. No les deleitaba la fragancia de las flores; el canto de los ruiseñores les turbaba el sueño por la noche; y, por último, no podían soportar con paciencia el continuo murmullo de la fuente de alabastro desde la mañana hasta la noche, y desde la noche hasta la mañana.

El rey, que era de carácter vidrioso y tiránico por temperamento, se irritaba por esto los primeros días; pero reflexionó después que sus hijas habían entrado ya en la edad en que el alma de la mujer se ensancha y se aumentan sus deseos. «Ya no son niñas -se dijo-; ya son mujeres formadas, y necesitan objetos que les llamen la atención.» Llamó, por lo tanto, a las modistas, los joyeros y los artistas en oro y plata del Zacatín de Granada, y abrumó a las princesas con vestidos de seda, de tisú y brocados, chales de Cachemira, collares de perlas y diamantes, anillos, brazaletes y con toda clase de objetos preciosos.

A pesar de todo esto, nada dio resultado; las princesas siguieron pálidas y tristes en medio de tanto lujo y suntuosidad, y parecían tres capullos marchitos agotándose en un mismo tallo. El rey no sabía qué hacerse, y como tenía gran confianza en su propia manera de pensar, jamás pedía a nadie consejo. «Los antojos y caprichos de tres doncellas casaderas son en verdad cosa harto suficiente -decía a sí mismo- para poner en un aprieto al hombre más avisado.» Así, pues, por primera vez en su vida, pidió que le iluminaran con un consejo. La persona a quien se dirigió, demandándosele, fue la experimentada dueña.

-Kadiga -dijo el rey-, creo que eres una de las mujeres más discretas del mundo entero, y también que me eres fiel; por lo cual te he tenido siempre al lado de mis hijas. Los padres no deben ser reservados con aquellos en quienes depositan su confianza; deseo, por lo tanto, que averigües la secreta enfermedad que se ha apoderado de las princesas y que descubras los medios de devolverles la salud y la alegría.

Kadiga, en términos explícitos, le prometió obediencia. Ella conocía mejor que las infantas mismas la enfermedad de que adolecían; y encerrándose con ellas, procuró ganar su confianza.

-Mis queridas niñas: ¿qué razón hay para que os mostréis tristes y apesadumbradas en un sitio tan delicioso como éste, y donde tenéis todo cuanto el alma pueda desear?

Las princesas miraron melancólicamente en torno del salón y lanzaron un suspiro.

-¿Qué más queréis? ¿Por ventura quisierais que os trajera el admirable loro que habla todas las lenguas y que hace las delicias de Granada?

-¡No! ¡No! -exclamó la princesa Zayda-. Ése es un pájaro horrible y vocinglero que charla sin tener idea de lo que dice; es menester no tener sentido común para soportar tal tabardillo.

-¿Os hago traer un mono del Peñón de Gibraltar para que os divierta con sus gestos?

-¡Un mono! ¡Ah!... -exclamó Zorayda-. ¡La detestable imitación del hombre! Aborrezco a ese asqueroso animal.

-Entonces haré venir al famoso cantor negro Casem, del harén real de Marruecos. Dicen que tiene una voz tan delicada como la de una mujer.

-Me aterroriza el mirar los esclavos negros -dijo la dulce Zorahayda-; además he perdido la afición a la música.

-¡Ay, hija mía! No dirías eso -dijo la anciana maliciosamente- si hubieras oído la música que yo oí anoche a los tres caballeros españoles que tropezamos en nuestro viaje. Pero, ¡noramala de mí!, ¿por qué os ponéis, niñas, tan ruborizadas y en tal estado de turbación?

-¡No es nada, no es nada, buena madre! Seguid, os lo rogamos.

-Pues bien; cuando pasé ayer noche por las Torres Bermejas, vi a los tres caballeros descansando del rudo trabajo del día. ¡Uno de ellos estaba tocando la guitarra tan gallardamente... mientras los otros cantaban, alternando, con tal estilo, que los mismos guardias parecían estatuas u hombres encantados! ¡Allah me perdone, pero al oír las canciones de mi país natal, me sentí conmovida! Y luego, ¡ver tres jóvenes tan nobles y gentiles cargados de cadenas y en la esclavitud!

Al llegar aquí no pudo contener la buena anciana las lágrimas que le venían a los ojos.

-¿Y no pudierais, madre, procurarnos el que viésemos a esos nobles caballeros? -preguntó Zayda.

-Yo creo -añadió Zorayda- que un poco de música nos reanimaría extraordinariamente.

La tímida Zorahayda no dijo nada, pero echó los brazos al cuello de Kadiga.

-¡Infeliz de mí! -exclamó la discreta anciana-. ¿Qué estáis diciendo, hijas mías? Vuestro padre nos quitaría la vida a todas si luego lo supiese. Además, aunque estos caballeros son bien educados y nobles, ¿qué importa? Al fin son enemigos de nuestra fe, y no debéis pensar en ellos más que para aborrecerlos.

Hay una admirable intrepidez en los deseos de la mujer, especialmente cuando está en la edad de casarse, que le hace no acobardarse ante los peligros ni las negativas. Las princesas rodearon a la dueña rogándole y suplicándole, y asegurándole por último que su obstinada negativa les desgarraría el corazón.

¿Qué hacer ella? Aunque era, en verdad, la mujer más discreta del mundo entero y la servidora más fiel del rey, con todo, ¿tendría valor para destrozar el corazón de aquellas tres hermosas criaturas por el simple toque de una guitarra? Además, aunque estaba tanto tiempo entre moros y había cambiado de religión, haciendo lo propio que su antigua señora, como fiel servidora suya, al fin era española de nacimiento y tenía el cristianismo en el fondo de su corazón; por lo cual se propuso buscar el modo de dar gusto a las princesas.

Los cautivos cristianos, presos en las Torres Bermejas, estaban a cargo de un barbudo renegado de anchas espaldas, llamado Hussein Baba, que tenía fama de ser algo aficionado a que le «untasen el bolsillo», fue a verlo privadamente, y, deslizándole en la mano una moneda, de oro de bastante peso, le dijo:

-Hussein Baba: mis señoritas, las tres princesas que están encerradas en la torre, aburridas y faltas de distracción, quieren oír los primores musicales de los tres caballeros españoles y tener una prueba de su rara habilidad. Estoy segura de que sois bondadoso y no me negaréis un capricho tan inocente.

-¡Cómo! ¿Para que luego pongan mi cabeza a hacer muecas sobre la puerta de mi torre? ¡Ah! No lo dudéis ésa sería la recompensa que me daría el rey si llegara después a enterarse.

-No debéis temer que ocurra tal cosa, pues podemos arreglar el asunto de modo que complazcamos a las princesas sin que su padre se entere de nada. Bien conocéis la honda cañada que pasa precisamente por el pie de la torre; poned a los tres cristianos para que trabajen allí, y en los intermedios del trabajo dejadlos cantar y tocar como si fuera para su propio recreo. De esta manera podrán oírlos las princesas desde los ajimeces de la torre, y estad seguro de que se os pagará bien vuestra condescendencia.

La buena anciana concluyó su conferencia, apretando la ruda mano del renegado y dejándole en ella otra moneda de oro.

Su elocuencia fue irresistible: al día siguiente los tres cautivos caballeros fueron llevados a trabajar en el valle, junto a la misma Torre de las Infantas; y durante las horas calurosas del mediodía, mientras que sus compañeros de trabajo dormían la siesta a la sombra, y los centinelas, amodorrados, daban cabezadas en sus puestos, se sentaron nuestros caballeros sobre la hierba al pie del baluarte y comenzaron a cantar trovas españolas al melodioso son de sus guitarras.

Aunque el valle era profundo y alta la torre, sus voces se elevaban claras y dulcísimas en medio del silencio de aquellas soñolientas horas del estío. Las princesas escuchaban -desde el ajimez, y como su aya les había enseñado la lengua castellana, se deleitaban en extremo oyendo las tiernas endechas de sus gallardos trovadores. La juiciosa Kadiga. por el contrario, afectaba estar dada a los mismos diablos.

-¡Allah nos saque con bien! -exclamó-. ¡Ya están esos señores cantando trovas amorosas dirigidas a vosotras! ¿Habrase visto audacia tal? ¡Voy a ver ahora mismo al capataz de los esclavos, para que los apaleen sin compasión!

-¡Cómo! ¿Apalear a tan galantes caballeros porque cantan con tan singular habilidad y dulzura?

Las hermosas princesas se horrorizaban ante semejante cruel idea. La honesta indignación de la buena dueña, al cabo mujer y de condición y genio apacible, se calmó fácilmente. Por otro lado, parecía que la música había producido un efecto benéfico en sus señoritas, pues sus mejillas se iban sonrosando poco a poco y sus lindos ojos volvían a despedir fúlgida luz radiante. No hizo, por lo tanto, más observaciones sobre las amorosas estrofas de los caballeros.

Cuando concluyeron éstos de cantar las princesas quedaron silenciosas por un breve momento; pero a seguida Zorayda cogió su laúd, y con voz débil y emocionada, entonó un ligero aire africano, cuya letra decía así:


   En su lecho de verdor
crece la rosa escondida
escuchando complacida
los trinos del ruiseñor.



Desde entonces los caballeros eran traídos casi todos los días a los trabajos de la cañada. El considerado Hussein Baba se fue haciendo cada vez más indulgente, y cada día manifestaba mayor propensión a quedarse dormido en su puesto. Así, pues, se estableció una misteriosa correspondencia entre los caballeros y las enamoradas princesas por medio de romanzas y canciones, ajustadas a los sentimientos de unos y otras en cuanto era posible.

Aunque tímidamente, las princesas llegaron a asomarse al ajimez, burlando la vigilancia de los guardias, y a conversar con sus enamorados caballeros por medio de flores, cuyo simbólico lenguaje era conocido de entre ambas partes, aumentando las mismas dificultades de sus correspondencias el deleite inefable de sus amores, el fuego encendido de sus corazones; pues sabido es que el amor se complace en luchar con la resistencia, y que crece con más vigor en el terreno que parece más árido y estéril.

El cambio operado en los rostros, en las miradas y en el carácter de las princesas con esta secreta correspondencia sorprendió y satisfizo al zurdo monarca; pero nadie se mostraba de ello tan ufano como la discreta Kadiga, pues lo consideraba todo debido a su exquisito tacto.

Mas he aquí que esta telegráfica correspondencia se interrumpió durante unos días, pues no volvieron a aparecer los caballeros cristianos en el valle. En vano las tres hermosas prisioneras miraban desde lo alto de la torre; en vano asomaban sus gargantas de nieve por el ajimez; en vano cantaban como ruiseñores presos en sus jaulas: sus galantes caballeros no se veían ni contestaban a sus cantos desde la alameda. La discreta Kadiga salió para enterarse de lo que sucedía, y volvió muy en breve con el rostro descompuesto por la turbación.

-¡Ay, niñas mías! -gritó-. ¡Ya preveía yo en lo que vendría a parar todo esto; pero así lo quisisteis vosotras! Ya podéis colgar vuestros laúdes en los sauces, pues los caballeros españoles han sido rescatados por sus familias, y estarán a estas horas en Granada disponiéndose para regresar a su patria.

Las enamoradas infantas se desconsolaron con tan contraria noticia. La bella Zayda se indignó por la descortesía que habían usado con ellas marchándose sin dirigirles siquiera una palabra de despedida. Zorayda se oprimía las manos de desesperación y lloraba, mirándose al espejo; y no bien enjugaba sus lágrimas, cuando se deshacía en nuevo amargo llanto. La gentil Zorahayda se apoyaba en el ajimez gimiendo silenciosamente y regando gota a gota con sus lágrimas las flores de la ladera en donde habían estado sentados tantas y tantas veces los desleales caballeros.

La buena Kadiga hizo cuanto pudo por mitigarles su dolor.

-Consolaos, mis queridas niñas -les decía-; esto os parecerá nada cuando tengáis mi experiencia de las cosas del mundo. Cuando lleguéis a mi edad ya sabréis perfectamente lo que son los hombres. Juraría que esos caballeros tienen amores con algunas de las beldades españolas de Córdoba o Sevilla, y pronto les estarán dando serenatas bajo sus ventanas y se olvidarán, ¡ay!, para siempre de sus bellas amantes moriscas de la Alhambra. Sosegaos, por lo tanto, niñas mías, y desechadlos de vuestros corazones.

Empero, estas juiciosas reflexiones de la discreta Kadiga sólo servían para acrecentar la desesperación de las hermosas princesas, las cuales permanecieron inconsolables durante los primeros días. En la mañana del tercero la buena aya entró en sus departamentos mostrándose trémula de indignación.

-¡Quién hubiera creído capaz de tamaña insolencia a ningún ser humano! -exclamó tan pronto como pudo hallar palabras para expresarse-. Pero me lo tengo muy bien merecido, por haber contribuido a hacer traición a vuestro bondadoso padre. ¡No me habléis jamás, en la vida, de tales caballeros cristianos!

-Pero, ¿qué ha sucedido, mi buena Kadiga? -exclamaron las tres princesas con anhelante ansiedad.

-¿Que qué ha sucedido? ¡Pues que han hecho traición, o, lo que es lo mismo, que me han propuesto hacer una traición!... ¡A mí, a la más fiel de todos los vasallos! ¡A mí, la más digna de confianza de cuantas ayas hay en el mundo! Sí, hijas mías; los caballeros españoles se han atrevido a proponerme que os persuada para que huyáis con ellos a Córdoba, donde os harán sus esposas.

Al llegar aquí, la taimada vieja se cubrió el rostro con sus manos y afectó dar rienda suelta a un violento acceso de pena y de indignación. Las tres hermosas princesas tan pronto se ponían rojas como pálidas, temblaban dirigiendo sus ojos al suelo y se miraban de reojo una a otra sin pronunciar palabra, en tanto que la dueña se sentaba agitándose con un movimiento violento, y prorrumpiendo de cuando en cuando en estas exclamaciones:

-¡Que haya yo vivido para ser de tal modo ultrajada! ¡Yo!... ¡la más fiel servidora de mi señor!

Al fin, la mayor de las princesas, que era la que poseía más valor y la que siempre se colocaba a la cabeza de sus hermanas, se aproximó a su querida aya y le dijo, poniéndole la mano sobre el hombro:

-Y bien, madre; y si nosotras quisiéramos huir con los caballeros cristianos, ¿sería eso posible?

La buena de la dueña se contuvo por un momento; pero después, mirando a la princesa, le respondió:

-¡Posible!... ¡Ya lo creo que es posible! ¿Pues no han sobornado ya los caballeros al renegado capitán de la guardia, Hussein Baba, y concertado con él el plan de evasión? Pero ¡pensar en engañar a vuestro padre, que ha depositado en mí toda su confianza!

Y aquí la buena mujer volvía de nuevo a sus aspavientos, a agitarse trémula, a retorcerse las manos...

-Pero nuestro padre nunca ha puesto su confianza en nosotras -replicó la mayor de las princesas-; por el contrario, se ha fiado más bien de llaves y cerrojos, tratándonos como unas miserables cautivas.

-Eso sí es verdad -dijo a su vez la dueña, haciendo otro paréntesis en sus lamentaciones-; ciertamente que os ha tratado de un modo indigno, encerrándoos aquí para que se marchite vuestra hermosura en esta vieja torre, como rosas que se deshojan en un búcaro. Sin embargo, hijas, ¡abandonar vuestro país natal!

-¿Pues acaso la tierra adonde huiríamos no es la patria de nuestra madre, y donde viviríamos en libertad? ¿Y no sería preferible tener cada una un marido joven y cariñoso en vez de un padre viejo y severo?

-¡Calla, pues es verdad también todo eso! Y hay que confesar que vuestro padre es bastante tirano; pero entonces -volviendo a sus remilgos- ¿me vais a dejar aquí abandonada, para que sea yo la víctima de su venganza?

-No, por cierto, mi buena Kadiga, ¿pues no podéis huir también con nosotras?

-Ciertamente que sí, niña mía; y para decir toda la verdad, cuando conversó sobre esto conmigo Hussein Baba, me prometió cuidar de mí si quería acompañaros en vuestra fuga; pero de todos modos, ¡pensadlo muy bien, hijas mías! ¿Habéis de tener valor para renunciar a la religión de vuestro padre?

-La religión de Cristo fue la primera profesada por nuestra madre -dijo la princesa mayor-; yo estoy dispuesta a convertirme y segura de que mis hermanas imitarán mi ejemplo.

-¡Tienes razón, hija mía! -exclamó la amorosa dueña rebosando alegría-. Ésa fue la religión primitiva de vuestra madre, y se lamentó amargamente en su lecho de muerte de haber abjurado de ella. Yo le prometí entonces cuidar de vuestras almas, y ahora me lleno de júbilo viéndoos en camino de salvación. Sí, hijas del alma; yo también nací cristiana, y he seguido siéndolo dentro de mi corazón y estoy resuelta a volver a mi antigua fe. He hablado sobre todo esto con Hussein Baba, español de nacimiento y originario de un pueblo no muy distante del mío natal, y se halla el pobre también ansioso de volver a su patria y de reconciliarse con la Iglesia; habiéndole prometido los caballeros que si él y yo estábamos dispuestos a ser marido y mujer cuando volvamos al país que nos vio nacer, ellos cuidarán de protegernos.

En una palabra: resultó que la discretísima y astuta dueña había celebrado una entrevista con los caballeros y el renegado, y que habían dejado concertado todo el plan de la huida. La princesa mayor consintió inmediatamente en ello, y su ejemplo, como de ordinario, trazó la línea de conducta de sus hermanas; sin embargo, la menor se mostraba vacilante, pues era de alma tan bella como tímida, y su tierno corazón luchaba entre el cariño filial y su pasión juvenil. La hermana mayor ganó la victoria, como siempre, y entre lágrimas y ahogados suspiros se comenzó a preparar al punto la evasión.

La escabrosa colina sobre la cual estaba edificada la Alhambra se halla desde tiempos antiguos minada con pasadizos subterráneos cortados en la roca y que conducen desde la fortaleza a varios sitios de la ciudad y a distantes portillos en las riberas del Dauro y del Genil, construidos en épocas diferentes por los reyes moros, como medios de escapar en las repentinas insurrecciones, o para salir secretamente a particulares aventuras. Muchos de estos subterráneos se encuentran hoy completamente ignorados, y otros en parte cegados con escombros y en parte tapiados, sirviéndonos de monumentos de las celosas precauciones y estratagemas guerreras del Gobierno musulmán. Por uno de estos pasadizos concertó Hussein Baba sacar a las infantas hasta una salida más allá de las murallas de la ciudad, donde los caballeros se hallarían preparados con ligeros corceles para huir rápidamente con ellas hasta la frontera.

Llegó la noche designada; la Torre donde moraban las princesas fue cerrada como de costumbre, y la Alhambra yacía en el más profundo silencio. A eso de la medianoche la discreta Kadiga escuchó desde el ajimez al renegado Hussein Baba, que ya estaba debajo y daba la señal. La dueña amarró el cabo de una escalera al ajimez y dejó caer ésta al jardín, bajándose luego por ella. Las dos infantas mayores la siguieron con el corazón palpitante; pero cuando llegó su turno a la princesa menor, Zorahayda, titubeó y tembló. Aventuró varias veces el apoyar su delicado y menudo pie en la escala y otras tantas lo retiró, agitándose tanto más su pobre corazón cuanto más vacilaba. Lanzó luego una mirada adictiva a la habitación tapizada de seda; en ella vivía, es verdad, como el pájaro aprisionado en su jaula, pero al fin allí se encontraba segura. ¿Quién podría adivinar los peligros que la rodearían cuando se viera lanzada en el piélago del mundo? Pero luego se le presentó la imagen de su galán amante cristiano, y puso de nuevo su piececito sobre la escalera; por último se acordó otra vez de su padre y lo volvió a retirar. Es imposible describir la lucha que se daba en el turbado corazón de aquella pobre niña, tan enamorada y tierna como tímida e ignorante de las cosas de esta vida.

En vano le rogaban sus hermanas, regañaba la dueña y blasfemaba el renegado debajo del ajimez; la gentil princesa mora continuaba dudosa y titubeaba en el momento critico de la fuga, tentada por las dulzuras de la falta, pero aterrada por los peligros.

A cada momento era mayor el riesgo de ser descubiertos. Se oyeron pasos lejanos.

-¡Las patrullas vienen haciendo la ronda! -gritó el renegado-. Si nos detenemos un momento más, estamos perdidos. ¡Princesa: descended inmediatamente, o, si no, os abandonamos!

La infeliz Zorahayda se sintió presa de una agitación febril, y desatando la escala de cuerda con desesperada resolución, la dejó caer desde el ajimez.

-¡Todo se ha concluido! -exclamó-. ¡No me es posible ya la fuga! ¡Allah os guíe y os bendiga, amadas hermanas mías!

Las dos infantas mayores se horrorizaron al pensar que la iban a dejar sola, y ya hubieran preferido quedarse; pero la patrulla se acercaba, el renegado estaba furioso, y se vieron llevadas atropelladamente hasta el pasadizo subterráneo. Anduvieron a tientas por un horrible laberinto cortado en el seno de la montaña, logrando llegar sin ser descubiertas a una puerta de hierro que daba fuera del recinto. Los caballeros españoles estaban aguardándolas disfrazados de soldados moriscos de la guardia que mandaba el renegado.

El amante de Zorahayda se desesperó cuando supo que aquélla había rehusado abandonar la torre; pero no se podía perder tiempo en inútiles lamentos. Las dos princesas fueron colocadas a la grupa con sus amantes, y la discreta Kadiga montó detrás del renegado, partiendo todos aprisa en dirección del Paso de Lope, que conduce por entre montañas a Córdoba.

No se hallaban aún muy lejos cuando oyeron el ruido de tambores y trompetas en los adarves de la Alhambra.

-¡Nuestra fuga se ha descubierto! -dijo el renegado.

-Tenemos ligeros corceles, la noche es oscura y podemos burlar la persecución -replicaron los caballeros.

Espolearon sus caballos y escaparon a través de la Vega, llegando al pie de Sierra Elvira, que se levanta como un promontorio en medio de la llanura. El renegado se detuvo y escuchó.

-Hasta ahora -dijo- nadie viene en nuestro seguimiento; creo que podremos escapar a las montañas.

Al decir eso brilló una luz intensa en la torre que servía para señales en la Alhambra.

-¡Maldición! -gritó el renegado-. Ésa es la señal de ¡alerta! a todos los guardias de los pasos. ¡Adelante! ¡Adelante! ¡Espoleemos con furor, pues no hay tiempo que perder!

Corrían y corrían vertiginosamente, y el choque de las herraduras de sus caballos se repetía de roca en roca, conforme iban atravesando el camino que costeaba la pedregosa Sierra Elvira; pero al propio tiempo que galopaban vieron que la luz de la Alhambra era contestada en todas direcciones desde las atalayas de las montañas.

-¡Adelante! ¡Adelante! -gritaba el renegado en medio de sus increpaciones y juramentos-. ¡Al puente, al puente, antes que la alarma haya cundido hasta allí!

Doblaron el promontorio de la montaña y llegaron a la vista del famoso Puente de Pinos, que atraviesa una impetuosa corriente, teñida en mil combates famosos con sangre de moros y cristianos. Para mayor tribulación, en la torre del puente se veían numerosas luces y brillar en ellas las armaduras de los soldados. El renegado se alzó sobre los estribos y miró a su alrededor por un momento; después, haciendo una señal a los caballeros, se salió del camino, costeando el río hasta cierta distancia, y se metió dentro de sus aguas. Los caballeros previnieron a las atribuladas princesas que se sujetaran bien a ellos. Sentíanse, en verdad, arrastrados a alguna distancia por la rápida corriente, cuyas rugientes olas bramaban a su alrededor; pero las hermosas princesas se afianzaban bien a los caballeros cristianos, e iban sin exhalar una queja. Por último, llegaron salvos a la orilla opuesta, y fueron guiados por el renegado a través de escabrosos y desusados pasos y ásperos barrancos por el interior de las montañas, evitando el pasar por los caminos de costumbre. En una palabra: lograron llegar a la antigua ciudad de Córdoba, donde fue celebrada la vuelta de ellos a su país y al seno de sus amigos con grandes fiestas, pues nuestros caballeros pertenecían a las familias más distinguidas. Las hermosas princesas fueron recibidas en el seno de la Iglesia y, después de haber abrazado la santa fe cristiana, se hicieron esposas y vivieron felicísimas.

En nuestra prisa por ayudar a las princesas a atravesar el río y cruzar las montañas nos hemos olvidado decir qué fue de la discreta Kadiga. Pues se agarró lo mismo que un gato a Hussein Baba durante la carrera a través de la Vega, chillando a cada salto y haciendo vomitar sapos y culebras al barbudo renegado; pero cuando éste se dispuso a meter su corcel en el río, su terror no conoció límites.

-No me aprietes con tanta fuerza -le decía Hussein Baba-; agárrate a mi cinturón y nada temas.

Ella se había asido, en efecto, con ambas manos al cinturón de cuero del robusto renegado...; pero cuando se detuvieron los caballeros a tomar alientos en lo alto de la montaña, notaron que había desaparecido la dueña.

-¿Qué ha sido de Kadiga? -gritaron las princesas alarmadas.

-¡Sólo Allah lo sabe! -contestó el renegado-. Mi cinturón se desató en medio del río, y Kadiga fue arrastrada con él por la corriente. ¡Cúmplase la voluntad de Allah! Y en verdad que lo siento, porque era un cinturón bordado de gran precio.

No había tiempo que perder para dolerse de aquella desgracia; con todo, lloraron amargamente las princesas la pérdida de su discreta consejera. Aquella excelente anciana, sin embargo, no perdió en la corriente más que la mitad de sus siete vidas, pues un pescador que se hallaba sacando casualmente sus redes a alguna distancia río abajo, la sacó a tierra, quedando asombrado de su milagrosa pesca. Lo que fue después de la discreta Kadiga no lo cuenta la tradición, pero sí se sabe que ella acreditó su discreción no poniéndose jamás al alcance de Mohamed el Zurdo.

Tampoco se sabe casi nada acerca de la conducta de aquel sagaz monarca cuando descubrió la evasión de sus hijas, y la mala pasada que le jugó la más fiel de sus servidoras. Había sido la única vez en que había pedido consejo; no se sabe que jamás volviera a caer en semejante debilidad. Sin embargo, tuvo buen cuidado de guardar a la hija que le quedaba, a la infeliz que no había tenido ánimos para escaparse. Se cree también, como cosa muy cierta, que la princesa se arrepintió interiormente de haberse quedado dentro de la torre, y cuentan que de vez en cuando se la veía apoyada en el adarve, mirando tristemente las montañas en dirección a Córdoba, y que otras veces se oían los acordes de su laúd acompañándose sentidas canciones, en las cuales se lamentaba de la pérdida de sus hermanas y de su amante, condoliéndose al mismo tiempo de su solitaria existencia. Murió joven y, según el rumor popular, fue sepultada en una bóveda debajo de la torre, dando lugar su fin prematuro a más de una leyenda tradicional.




ArribaAbajoVisitadores de la Alhambra

Tres meses iban transcurridos desde que fijé mi residencia en la Alhambra; durante ese tiempo el transcurso de la estación produjo los cambios naturales. En los días primaverales en que llegué a la bella Granada todo respiraba la frescura de mayo: el follaje de los árboles mostrábase todavía tierno y transparente; el granado no había aún abierto sus brillantes flores de escarlata; los jardines de Genil y Dauro lucían su flora exuberante; la ciudad entera se presentaba rodeada de una rica pradera de rosas, entre las cuales cantaban día y noche innumerables ruiseñores.

Mas la llegada del abrasador estío marchitó la rosa e hizo enmudecer al ruiseñor, y la lejana campiña fue tornándose poco a poco árida y mustia; conservábase, no obstante, alrededor de la ciudad un perpetuo verdor, así como también en los hondos y estrechos valles que están al pie de las montañas coronadas de nieve.

La Alhambra encierra retiros apropiados para el calor, según los diversos grados de temperatura de esta época del año, siendo los más adecuados para este objeto las habitaciones casi subterráneas de los Baños, hermosos aposentos en que se ven las tristes huellas del tiempo, pero que conservan notablemente su antiguo carácter oriental. Tienen los Baños su entrada por un pequeño patio, engalanado en otros tiempos de hermosas flores y formando un salón de regulares dimensiones, aunque de ligera y graciosa arquitectura, coronado por una pequeña galería sostenida con columnas de mármol y graciosos arcos moriscos. El surtidor de una fuente de alabastro colocada en el centro del pavimento refrescaba la estancia; a ambos costados de la misma se encuentran dos magníficas alcobas con elevados suelos a manera de lechos, en los cuales, después del baño o las abluciones y reclinados en blandos cojines, se entregaban los musulmanes al voluptuoso descanso, deleitándose con la fragancia del perfumado ambiente y con las notas melodiosas de la música que resonaba en la galería. Más allá de este salón se encuentran otras habitaciones interiores todavía más independientes y retiradas, y donde no penetra sino una tenue claridad por las pequeñas aberturas de los calados que se ven en sus abovedados techos. Éste fue el sanctasanctórum del sexo femenino, donde las beldades del harén se entregaban a los deleites del baño. Reina, como hemos dicho, en este aposento cierta luz misteriosa, y en él se conservan aún los Baños medio destruidos, pero con las señales de su antigua elegancia. El perpetuo silencio y la oscuridad de este sitio lo han hecho el retiro favorito de los murciélagos, por lo cual se ocultan en sus oscuros ángulos y rincones durante el día; y, si alguien de sus nidos los espanta, revolotean lúgubremente alrededor de las sombrías cámaras, aumentando en un grado indescriptible su tinte de abandono y tristeza.

En este fresco y elegante, aunque destruido retiro, que tiene la templanza y tranquilidad de una gruta, acostumbraba yo últimamente pasarme las calurosas horas del día, saliendo de allí después del ocaso para bañarme, o, mejor dicho, para echarme a nadar, cuando entraba la noche, en el gran estanque del patio principal. De este modo procuraba contrarrestar la blanda y enervadora influencia de aquel ardiente clima.

Cierto día se vieron desvanecidos mis ensueños de absoluta soberanía con las detonaciones de armas de fuego, que repercutieron entre las torres como si la fortaleza hubiera sido tomada por sorpresa. Salime fuera precipitadamente, y me encontré con un caballero de avanzada edad, rodeado de criados, que se había instalado en el Salón de Embajadores. Era un antiguo conde, que había subido desde su palacio de Granada para pasar una temporada en la Alhambra y respirar aires más puros; el cual, dado su carácter de inveterado cazador, trataba de despertarse el apetito disparando a las golondrinas desde los balcones. Esta su diversión era bastante inocente, pues a pesar de la ligereza de sus criados para cargarle las armas, lo que le facilitaba poder sostener un fuego bastante nutrido, no pudimos hacerle responsable de la muerte de una sola golondrina; es más: parecía que los pajarillos se regocijaban con este entretenimiento y que se burlaban de su poca habilidad, girando en círculos junto a los balcones y cantando cuando pasaban por delante de él.

La llegada de este honorable título cambió en parte el estado de las cosas; pero al par me sirvió de motivo para muy gratas reflexiones. Compartimos tácitamente el imperio entre los dos, tal como lo hicieron los últimos reyes de Granada, con la diferencia de que nos mantuvimos en la más estrecha alianza. Él reinaba despóticamente en el Patio de los Leones y sus salones contiguos, mientras que yo sostenía la pacífica posesión de toda la parte de los Baños y el pequeño Jardín de Lindaraja, comiendo junto bajo las arcadas del patio, cuyas fuentes refrescaban la atmósfera, y cuyos espumosos arroyuelos corrían por las atarjeas del marmóreo pavimento.

Durante la noche se formaba en torno de aquel caballero una tertulia familiar a la que asistía la condesa, que subía de la ciudad acompañada de su hija predilecta, joven de dieciséis abriles. Concurrían además los empleados del conde, su capellán, su abogado, su secretario, su mayordomo y otros dependientes y administradores de sus extensas posesiones, es decir, una especie de corte doméstica, en la que todos procuraban contribuir a la distracción del conde, sin sacrificar su propio placer ni rebajar su dignidad personal. Efectivamente, y digan lo que quieran del orgullo español, lo cierto es que no se manifiesta en la vida social íntima, pues no hay ningún pueblo donde se vean relaciones más cordiales entre los parientes ni trato más franco y comunicativo entre los superiores y deudos; resta, pues, desde este punto de vista, en la vida de las provincias de España, parte de la celebrada sencillez de los tiempos primitivos.

El personaje más interesante de aquella reunión de familia era, en verdad, la hija del conde, la encantadora e infantil Carmencita. Sus formas no habían llegado todavía a la época del desarrollo, pero presentaban ya la delicada simetría y flexible gracia característica del país; sus ojos azules, su blanco cutis y su rubia cabellera -poco comunes en Andalucía- le prestaban cierta dulzura y gentileza, que contrastaban con la vivacidad ordinaria de las jóvenes españoles, haciendo perfecta armonía con el candor e inocencia de sus sencillos modales. Tenía, sin embargo, la innata aptitud, y desembarazo de sus encantadores paisanas, pues cantaba, bailaba y tocaba la guitarra y otros instrumentos con gracia sorprendente.

Pocos días después de la residencia del conde en el Palacio de la Alhambra celebró con una fiesta doméstica el día de su santo, reuniendo a todos los miembros de su familia y de su casa, y hasta algunos antiguos deudos que vinieron desde lejanas posesiones a ofrecerle sus respetos y a participar del regocijo común. Estas costumbres patriarcales, que caracterizaron a la nobleza española en los días de su mayor pujanza, han decaído con el aminoramiento de sus fortunas; pero algunos, como el conde, conservan todavía sus hereditarios bienes de familia, guardando, en parte, el antiguo sistema, aunque teniendo sus heredades abandonadas y casi devoradas por generaciones de haraganes y administradores. Con arreglo al sistema de la antigua pompa y magnificencia española, en que se mezclaban igualmente el orgullo de raza y la generosidad, un servidor inválido nunca era despedido, sino que se le seguía manteniendo en su cargo hasta el fin de sus días; es más: sus hijos y los hijos de sus hijos, y hasta sus parientes colaterales, iban agregándose poco a poco a la familia. De aquí el que los grandes, palacios de la nobleza española tuviesen tal aspecto de vana ostentación por la magnitud de sus dimensiones, comparada con la escasez y mediocridad de su mobiliario; esta ruinosa prodigalidad en los áureos tiempos de la grandeza española era imperiosamente obligada a causa de los referidos usos patriarcales de los señores, por lo que vinieron a ser en realidad los tales palacios vastos asilos de generaciones parasitarias que engordaban a expensas de los nobles españoles. El digno anciano señor conde, cuyas fincas estaban diseminadas en varios puntos del reino, me aseguró que algunas de ellas no producían lo suficiente para mantener las hordas de dependientes que se cobijaban allí, y que hasta se consideraban con justos títulos para ser mantenidos de balde, sólo porque sus antepasados venían viviendo así de generación en generación.

La fiesta doméstica dada por el conde interrumpió la tranquilidad habitual de la Alhambra, y en sus salones, poco antes silenciosos, resonaron música y algazara. Veíanse grupos de huéspedes solazándose por las galerías y jardines, y oficiosos sirvientes andando de prisa por los patios llevando viandas desde la ruinosa cocina, repleta en aquel día de cocineros y marmitones e iluminada por soberbias fogatas.

La fiesta -pues una comida española de convidados es verdaderamente una fiesta- tuvo lugar en el bello departamento morisco llamado la Sala de las Dos Hermanas; mostrábase la mesa con abundancia y reinaba una jovial concordia en ella, pues aunque los españoles son generalmente sobrios, también es gente alegre cuando celebran un banquete. Por mi parte, encontré cierta novedad participando de un festín en los salones de la Alhambra, y preparado por el representante de uno de sus más renombrados conquistadores; pues el venerable señor conde, aunque de carácter poco belicoso, descendía por línea recta del Gran Capitán don Gonzalo de Córdoba, cuya espada guardaba él cuidadosamente en el archivo de su palacio de Granada.

Terminado el banquete pasaron los convidados al Salón de Embajadores, donde cada uno puso su parte para el regocijo general, luciendo sus habilidades, cantando, improvisando, narrando cuentos maravillosos o bailando a los acordes de este irresistible talismán de la alegría en España: la guitarra.

Pero la vida y el encanto principal de aquella reunión fue la habilidosa Carmercita: representó dos o tres escenas de comedias españolas, mostrando un talento dramático extraordinario; imitó a los más afamados cantantes italianos con singular y feliz parecido y con hermosa voz; imitó también la jerga, bailes y coplas de los gitanos y de los campesinos de los alrededores de Granada, haciendo todo esto con sorprendente facilidad, limpieza, donaire y espontaneidad, fascinando, en una palabra, al auditorio.

Mas el gran atractivo que tenían sus representaciones resultaba de ejecutarlas sin pretensiones de ninguna clase y dones de su propio talento; y en verdad que sólo acostumbraba a manifestarlos alguna vez que otra como una niña que era y para sólo divertir a su familia. Su espíritu de observación y su discernimiento eran notablemente precoces, pues, pasando su vida en el seno de la familia, no pudo ver sino casualmente y de paso los diversos rasgos y caracteres que imitaba in promptu en momentos de regocijo doméstico como el que estamos citando. Agradaba el ver el cariño y admiración que le tributaban todos los de la casa; nunca se la llamaba, ni aun por los mismos criados, con otro nombre que el de «la Niña», tratamiento que encierra infinita ternura en el lenguaje español.

Nunca pensaré en la Alhambra sin recordar a la amable Carmencita jugando feliz e inocente en sus salones de mármol, bailando al ruido de las moriscas castañuelas o mezclando las argentinas modulaciones de su voz con el murmullo de las fuentes.

Con motivo de esta fiesta se contaron varias curiosas leyendas y amenas tradiciones, algunas de las cuales ya no conservo en la memoria; pero, con todo, transcribiré al lector varias de las que más vivamente me sorprendieron.




ArribaAbajo Leyenda del Príncipe Ahmed al Kamel o el Peregrino del amor

Había en otros tiempos un rey moro de Granada que sólo tenía un hijo, llamado Ahmed, a quien los cortesanos le pusieron el nombre de Al Kamel o El Perfecto, por las inequívocas señales de superioridad que notaron en él desde su tierna infancia. Los astrólogos hicieron acerca de él felices pronósticos, anunciando en su favor toda clase de dones suficientes para que fuese un príncipe dichoso y un afortunado soberano. Una sola nube oscurecía su destino, aunque era de color de rosa: «¡Que sería muy dado a los amores y que correría grandes peligros por esta irresistible pasión; pero que, si podía evadir los lazos del amor hasta llegar a la edad madura, quedarían conjurados todos los peligros y su vida sería una sucesión no interrumpida de felicidades!»

Para hacer frente a los peligros augurados determinó el rey recluir al príncipe donde no pudiera ver nunca rostro de mujer alguna ni llegar a sus oídos la palabra amor. Con este objeto hizo construir un bello palacio en la colina que dominaba la Alhambra, rodeado de deliciosos jardines, pero cercado de elevadas murallas -el mismo palacio que se conoce actualmente con el nombre de El Generalife-. En este palacio encerró el monarca al joven príncipe, confiándolo a la vigilancia e instrucción de Eben Bonabben, filósofo árabe tan sabio como severo, que había pasado la mayor parte de su vida en Egipto dedicado al estudio de los jeroglíficos y examinando los sepulcros y las Pirámides; por lo cual encontraba más encanto en una momia egipcia que en la belleza más tierna y seductora. Se encomendó a este sabio que instruyese al príncipe en toda clase de conocimientos, pero debía ignorar completamente lo que era amor.

-Emplead todas las precauciones necesarias para que se cumpla mi voluntad -le dijo el rey-; pero tened presente, ¡oh Eben Bonabben!, que, si mi hijo llega a saber algo de esa ciencia prohibida, os costará bastante caro y vuestra cabeza será responsable.

Una amarga sonrisa se dibujó en el rostro del sabio Bonabben al oír esta amenaza, y respondió al califa:

-Esté vuestra majestad tranquilo por lo que toca a su hijo como yo lo estoy por mi cabeza; ¿seré yo acaso capaz de dar lecciones de esa vehemente pasión?

Creció el príncipe bajo la vigilancia del filósofo, recluido en el palacio y sus jardines. Tenía para su servicio unos esclavos negros; horrorosos mudos que no sabían ni pizca en materias de amores, y, si algo sabían, no tenían don de palabra para comunicarlo. Su educación intelectual estaba encomendada al cuidado especial de Eben Bonabben, el cual procuraba iniciarlo en las ciencias abstractas del Egipto; pero el príncipe progresaba poco, dando muestras evidentes de que no gustaba de la filosofía.

Era, en verdad, el joven príncipe extremadamente dócil para seguir las indicaciones que le hacían los demás, guiándose siempre del último que le aconsejaba. Ahogaba su aburrimiento y escuchaba con paciencia las largas y profundas lecciones de Eben Bonabben, con las cuales, aprendiendo algo de cada cosa, llegó a poseer dichosamente a los veinte años una asombrosa sabiduría, pero en ignorancia completa de lo que era el amor.

Por este tiempo se efectuó un cambio en la manera de ser de nuestro príncipe. Abandonó enteramente los estudios, y se aficionó a pasear por los jardines y a meditar al lado de las fuentes. Había aprendido, entre otras varias cosas, un poco de música, con la cual se deleitaba la mayor parte del día, así como también gustaba de la poesía. El filósofo Eben Bonabben se alarmó, y trató de contrariar estas aficiones explicándole un severo curso de álgebra; pero en el regio mozo no despertaba el más leve interés esta árida ciencia. «¡No la puedo soportar! -decía-; ¡la aborrezco! ¡Necesito algo que me hable al corazón!»

El sabio Eben Bonabben movió su venerable cabeza al oír estas palabras. «¿Ya hemos dado al traste con toda la filosofía? -dijo en su interior-. ¡El príncipe ha descubierto ya que tiene corazón!» Desde entonces vigiló con ansiedad a su pupilo, y veía que la latente ternura de su naturaleza estaba en actividad y que sólo necesitaba un objeto. Vagaba Ahmed por los jardines del Generalife con cierta exaltación de sentimientos, cuya causa él desconocía. Unas veces se sentaba y se abismaba en deliciosos ensueños; otras pulsaba su laúd, arrancándole las más sentimentales melodías, y después lo arrojaba con despecho y comenzaba a suspirar y a prorrumpir en extrañas exclamaciones.

Poco a poco se fue manifestando su propensión al amor hasta con los objetos inanimados; tenía flores favoritas a las que acariciaba con tierna constancia; más tarde mostraba su cariñosa predilección por ciertos árboles, depositando su amorosa ternura en uno de forma graciosa y delicado ramaje, en cuya corteza grabó su nombre y sobre cuyas ramas colgaba guirnaldas, cantando canciones en su alabanza acompañadas de los acentos de su laúd.

Eben Bonabben se alarmó ante el estado de excitación de su pupilo, a quien veía en camino de aprender la vedada ciencia, pues la más pequeña cosa podría revelarle el fatal secreto. Temblando por la salvación del príncipe y por la seguridad de su cabeza, se apresuró a apartarlo de los encantos del jardín y lo encerró en la torre más alta del Generalife. Contenía ésta lindos departamentos que dominaban un horizonte sin límites, si bien se hallaban, por lo elevados, fuera de aquella atmósfera de voluptuosidad y a distancia de aquellos risueños bosquecillos tan peligrosos para los sentimientos del impresionable Ahmed.

¿Qué hacer para acostumbrarlo a esta soledad y para que no se consumiera en tan largas horas de fastidio? Ya había agotado toda clase de conocimientos amenos, y en cuanto al álgebra, no había que hablarle de ella ni remotamente. Por fortuna, Eben Bonabben aprendió, cuando vivió en Egipto, el lenguaje de los pájaros con un rabino judío que lo había recibido a su vez en línea recta del sabio Salomón, cuyo conocimiento aprendió éste de la reina de Saba. No bien le indicó ese estudio, cuando los ojos del príncipe se animaron repentinamente, aplicándose a esta ciencia con tal avidez que muy pronto se hizo en ella tan docto como su maestro.

La torre del Generalife no fue ya en adelante sitio solitario, pues tenía a mano compañeros con quienes conversar.

La primera amistad que hizo fue con un cuervo que había fijado su nido en lo alto de las almenas, desde cuya altura se lanzaba en busca de presa. Con todo, el príncipe encontró poco que alabar en su contertulio, pues no era ni más ni menos que un pirata del aire, necio y fanfarrón, que sólo hablaba de rapiña, carnicería y de acciones feroces.

Trabó después amistad con un búho, pájaro de aspecto filosófico, cabeza voluminosa y ojos inmóviles, que se pasaba todo el día graznando y dando cabezadas en un agujero de la pared, saliendo solamente a merodear por la noche. Mostraba altas pretensiones de sabio, hablaba su poquito de astrología y de la luna, conociendo algo de las artes mágicas; pero su principal afición era la metafísica, encontrando el príncipe más insoportable aún sus disquisiciones que las del mismo sabio Eben Bonabben.

Encontró después un murciélago que pasaba todo el día agarrado con las patas en un tenebroso rincón de la bóveda, y que sólo salía -como si dijéramos- con chinelas y gorro de dormir en cuanto anochecía. No tenía más que conocimientos a medias de todas las cosas, burlándose de lo que ignoraba y de lo que apenas conocía, aparentando no hallar placer en nada.

Había también una golondrina, de la cual quedó prendado el príncipe al poco tiempo. Era muy habladora, pero aturdida, bulliciosa, y siempre andaba volando y permanecía raras veces el tiempo suficiente para trabar conversación. Comprendió al fin que era muy superficial, que nada profundizaba y que pretendía conocer todo, sin saber absolutamente lo más mínimo.

Tales eran los plumíferos amigos con quienes el príncipe tenía ocasión de ejercitar el nuevo lenguaje que había aprendido, pues la torre era demasiado elevada para que otros pájaros, pudieran frecuentarla. Pronto se cansó de sus nuevas amistades, cuyos coloquios hablaban tan poco a la cabeza y nada al corazón; con lo cual poco a poco se fue tornando a su soledad. Pasó el invierno y volvió la primavera con sus galas y su verdor, y con ella el tiempo feliz en que llegaron los pájaros para hacer sus nidos y empollar sus huevos. De repente empezó a oírse en los bosques y jardines del Generalife un concierto general de dulce melodía, que llegó hasta los oídos del príncipe, encerrado aún en su solitaria torre. Por todas partes se oía el mismo tema universal, ¡amor!, ¡amor!, ¡amor!, cantado y contestado de mil poéticas maneras y con mil diversas armonías y modulaciones. Escuchaba el príncipe silencioso y perplejo, y decía pensativo: «¿Qué será ese amor de que el mundo parece invadido y del cual yo no sé una palabra?» Trató de informarse de su amigo el cuervo, pero la grosera ave le contestó con desdén: «Debéis dirigiros a los pájaros vulgares y pacíficos de la tierra, que han nacido para ser presa de nosotros los príncipes del aire. Mi ocupación es la guerra y mis delicias el pelear, y, como guerrero, nada sé de eso que llaman amor.»

El príncipe se apartó de él disgustado y buscó al búho, que estaba en su retiro. «Ésta es un ave -pensó- de costumbres tranquilas, y me dará la solución del enigma.» Preguntó, por lo tanto, al búho qué era ese amor que unísonamente cantaban todos los pájaros del bosque. No bien escuchó la pregunta el búho cuando, ofendido y con rostro serio, le contestó: «Yo paso mis noches ocupado en estudiar, madurando de día en mi celda todo lo que he aprendido. Por lo que toca a esos pájaros de que me habláis, ni los oigo ni los entiendo. Gracias a Allah, no sé cantar; soy filósofo y no me ocupo de lo que se refiere al amor.»

Entonces el príncipe se fijó en lo alto de la bóveda, donde se hallaba agarrado con las patas su amigo el murciélago, y le hizo la misma pregunta. El murciélago frunció el hocico con aire de menosprecio, y le dijo refunfuñando: «¿A qué turbáis mi sueño de la mañana para hacerme una pregunta tan necia? Yo no salgo hasta que oscurece, cuando todos los pájaros duermen ya, y nunca me meto en sus negocios. No soy ni ave ni animal terrestre, de lo que doy infinitas gracias a los cielos; he descubierto los defectos de unos y otros, y aborrezco desde el primero hasta el último. Para concluir: soy misántropo, y nada sé de eso que llaman amor.»

Como último recurso se dirigió el príncipe a la golondrina, deteniéndola cuando se hallaba revoloteando y describiendo círculos en lo alto de la torre. La golondrina, como de costumbre, estaba muy de prisa y no tenía tiempo para contestarle: «Bajo palabra de honor -le dijo-, tengo tantos negocios que evacuar y tantas ocupaciones a que atender, que me faltan todos los días mil visitas que pagar y cien mil negocios de importancia que examinar, no quedándome un momento libre para semejante bagatela. En una palabra: soy un ave de mundo, y no entiendo lo que es el amor.» Y así diciendo, voló la golondrina hacia el valle, perdiéndose de vista en un momento.

Quedó el príncipe desazonado y perplejo, pero estimulada cada vez más su curiosidad por la misma dificultad que tenía de poder satisfacerla. Hallándose de tal suerte, acertó a entrar su guardián en la torre. El príncipe le salió al encuentro con ansiedad, y le dijo:

-¡Oh Eben Bonabben! Vos me habéis enseñado la mayor parte de la sabiduría de la tierra, pero hay una cosa acerca de la cual estoy en completa ignorancia, y quisiera que me la explicaseis.

-Mi príncipe y señor no tiene más que preguntar, pues todo lo que encierra la limitada inteligencia de este su siervo está a su disposición.

-Decidme, pues, profundísimo sabio: ¿qué es eso que llaman el amor?

Quedose Eben Bonabben como si hubiese caído un rayo a sus pies. Tembló, se puso lívido y le parecía que la cabeza se le escapaba ya de los hombros.

-¿Qué cosa ha podido sugeriros semejante pregunta, mi querido príncipe? ¿Dónde habéis aprendido esa vana palabra?

El príncipe le condujo a la ventana de la torre.

-Escuchad, caro maestro -le dijo.

El sabio se volvió todo oídos. Los ruiseñores de la selva cantaban a sus amantes que posaban en los rosales; de los floridos arbolillos y del espeso ramaje salía un himno melodioso sobre este solo tema: ¡amor!, ¡amor!, ¡amor!

-¡Allah Akbar! -exclamó el filósofo Bonabben-. ¿Quién pretenderá ocultar este secreto al corazón del hombre, cuando hasta los mismos pájaros conspiran por revelarlo?

Entonces, volviéndose a Ahmed, le dijo:

-Noble príncipe: cerrad vuestros oídos a esos cantos seductores, y no abráis la inteligencia a esos conocimientos peligrosos. Sabed que ese decantado amor es la causa de la mitad de los males que afligen a la desdichada humanidad, el origen de las amarguras y discordias entre amigos y hermanos; él engendra traiciones, asesinatos y guerras asoladoras; trae consigo cuidados y tristezas; va acompañado de días de inquietud y noches de insomnio, marchita el alma y amarga la alegría de los pocos años, y lleva consigo las penas y pesares de una vejez prematura. ¡Allah os conserve, príncipe querido, en completa ignorancia de esa pasión que se llama amor!

Retirose el sabio Eben Bonabben aturdido, dejando al príncipe abismado en la más profunda perplejidad. En vano intentaba éste apartar tal idea de su imaginación, pues, persistía aquélla, sobreponiéndose a todos sus pensamientos, atormentándole y deshaciéndole en vanas conjeturas. «Seguramente -se decía a sí mismo al escuchar los armoniosos gorjeos de los pajarillos- no hay tristeza en estos trinos, sino que, por el contrario, todo es ternura y regocijo. Si el amor es la causa de tantas calamidades y odios, ¿por qué estos pájaros no están abatidos en la soledad o despedazándose los unos a los otros, y no que están revoloteando alegremente por entre los árboles y regocijándose juntos entre las flores?»

Hallábase cierta mañana recostado el príncipe en su lecho, meditando sobre tan inexorable materia, abierta la ventana de su cuarto para aspirar la suave brisa de la mañana, que se elevaba saturada con la fragancia de las flores de los naranjos del valle del Dauro, dejándose oír débilmente los trinos de los ruiseñores, que seguían cantando sobre el mismo tema. Embebido y suspirando se hallaba nuestro regio cautivo cuando he aquí que oye un revoloteo por el aire; era un hermoso palomo que, perseguido por un gavilán, se entró por la ventana y cayó rendido de cansancio al suelo, en tanto que su perseguidor, no pudiendo hacerlo presa, se fue volando por las montañas.

Levantó el príncipe al ave fatigada, la acarició y la abrigó en su seno. Luego que la hubo tranquilizado con sus halagos, le metió en una jaula de oro, ofreciéndole con sus propias manos hermoso trigo blanco y agua cristalina. El pobre palomo, sin embargo, no quería comer y permanecía melancólico y triste, exhalando lastimeros quejidos.

-¿Qué te pasa? -le dijo Ahmed-. ¿No tienes todo lo que puedes desear?

-¡Ay, no! -le replicó el palomo-. ¡Me veo separado de mi amada compañera, y en la hermosa época de la primavera, época del amor!

-¡Del amor!... -replicó Ahmed-. Ave querida: ¿podrás explicarme tú lo que es el amor?

-¡Perfectamente, príncipe mío! El amor es el tormento de uno, la felicidad de dos y la lucha y enemistad de tres; es un encanto que atrae mutuamente a dos seres y los une por irresistibles simpatías, haciéndolos felices cuando están juntos, pero desgraciados cuando están separados. ¿Acaso no existe un ser con quien tú te encuentres ligado por este vínculo del amor?

-Sí, yo amo a mi anciano maestro Eben Bonabben más que a todos los demás seres; pero suele parecerme con frecuencia fastidioso, y me creo más feliz muchas veces sin su compañía.

-No es ésa la simpatía de que yo hablé. Yo me refiero al amor, el gran misterio y principio de la vida; al sueño exaltado de la juventud; a la sombría delicia de la edad madura. Mira a tu alrededor, ¡oh príncipe!, y verás cómo en esta deliciosa estación toda la Naturaleza está respirando ese tierno amor. Cada ser tiene su compañero: el pájaro más insignificante canta a su pareja; hasta el mismo escarabajo corteja a su amante en el polvo, y aquellas mariposas que ves revoloteando por encima de la torre y jugando en el aire, todos son felices con su amor. ¡Ay, príncipe mío! ¿Has malgastado los preciosos días de tu juventud sin saber nada de lo es el amor? ¿No hay ningún gentil ser del otro sexo, una hermosa princesa, una enamorada dama, que haya cautivado tu corazón, que haya agitado tu pecho con un suave conjunto de agradables penas y de tiernos deseos?

-Ya empiezo a comprender -dijo el príncipe suspirando-; yo he experimentado esa inquietud no pocas veces, pero sin saber la causa; mas, ¿dónde encontraría ese objeto, tal como tú me lo pintas, en esta espantosa soledad?

Prolongose algún rato más este coloquio, con lo que la primera lección del amor que recibió el inexperto monarca fue del todo completa.

-¡Ay! -dijo-. ¡Si el amor es tal delicia y su interrupción tal amargura, no permita Allah que yo perturbe el regocijo de los que aman!

Y, abriendo la jaula, sacó al palomo y, después de haberlo besado, lo puso en la ventana diciéndole:

-Vuela, ave feliz, y regocíjate con tu amada compañera en los días de tu juventud primaveral. ¿Para qué te he de tener prisionera en esta solitaria torre, donde nunca podrá penetrar el amor?

El palomo batió sus alas en señal de alegría, describió un círculo en el aire y voló después rápidamente hacia las floridas alamedas del Dauro.

Siguiole el príncipe con la vista, quedando después abismado en amargas reflexiones. El canto de los pájaros, que antes le deleitaba, ya le hacía más amarga su soledad. ¡Amor!, ¡amor!, ¡amor! ¡Ah, pobre joven! ¡Entonces conoció lo que significaban estos trinos!

Cuando vio al filósofo Eben Bonabben, sus ojos echaban chispas.

-¿Por qué me habéis tenido en esta abyecta ignorancia? -le dijo duramente-. ¿Por qué me habéis ocultado el gran misterio y principio de la vida, cuando lo sabe el más insignificante de los seres? Observad cómo la Naturaleza entera se entrega a estos sueños de delicias, y cómo todas las criaturas se regocijan con su compañera. ¡Éste, éste es el amor que yo quería conocer! ¿Por qué se me prohíbe gozar de él? ¿Por qué se han deslizado los días de mi juventud sin saber nada acerca de tales delicias?

El sabio Bonabben comprendió que era inútil toda reserva, pues el príncipe conocía ya la peligrosa ciencia prohibida. Por lo tanto, le reveló las predicciones de los astrólogos y las precauciones que se habían tomado en su educación para conjurar la desgracia pronosticada.

-Y ahora, príncipe mío -añadió-, mi vida está en vuestras manos. En cuanto descubra vuestro severo padre que habéis aprendido al fin lo que es el amor, como estáis bajo mi tutela, sabed que mi cabeza tendrá que responder de vuestra ciencia.

El príncipe era tan razonable, a pesar de su corta edad, que escuchó las reflexiones de su tutor sin oponer a ellas la más leve palabra. Además, como profesaba verdadero cariño a Eben Bonabben y no conocía todavía el amor más que teóricamente, consintió en sepultar en el fondo de su pecho lo que había aprendido, antes que dar lugar a que peligrase la cabeza del filósofo.

Su discreción, sin embargo, tuvo que sufrir bien pronto una prueba más fuerte. Pocas mañanas después hallábase meditando en los adarves de la torre cuando vio que venía cerniéndose por los aires el palomo a quien había dado libertad, y que se le posaba confiadamente en sus hombros.

El príncipe lo acarició contra su pecho y le dirigió estas palabras:

-Ave dichosa, que puedes volar con la rapidez con que la luz de la mañana se extiende hasta las más lejanas regiones de la tierra: ¿dónde has estado desde que nos vimos por última vez?

-En una tierra muy lejana, príncipe querido, de la cual te traigo felices nuevas en premio de mi libertad. En mi acompasado vuelo, extendiéndome por llanuras y montañas, y conforme iba cortando el aire, divisé debajo de mí un jardín amenísimo, rico en toda clase de flores y frutos. Junto a una verde pradera se precipitaba una límpida y hermosa corriente, y en el centro del jardín se elevaba un majestuoso palacio. Poseme sobre un árbol para descansar de mi fatigoso vuelo, y vi junto al césped de la ribera y por debajo de mí una lindísima princesa en la flor de su juventud y de su belleza, rodeada de sus doncellas y sirvientes tan jóvenes como ella, que venían ciñendo su frente con guirnaldas y coronas de flores, cuando, ¡ay!, no había flor silvestre ni de jardín que pudiera compararse con su belleza. Oculta en aquel retiro pasaba los días de su vida, pues el jardín se hallaba rodeado de elevadas murallas, no permitiéndosele la entrada en él a ningún humano mortal. Cuando vi a aquella hermosa doncella tan joven, tan pura, tan inocente de las cosas del mundo, dije para mí: «He aquí el ser creado por el cielo para inspirar amor a mi príncipe bienhechor».

Este relato del ave cariñosa fue una chispa de fuego que inflamó el corazón del contristado príncipe: como que todo el amor latente hasta entonces en su alma encontraba súbitamente su anhelado objeto. Se sintió, pues, el noble príncipe vehementemente enamorado de la princesa, y al punto la escribió una carta redactada en lenguaje apasionadísimo, respirando el más ardiente amor y quejándose de la infausta prisión que le impedía ir en busca de ella para postrarse rendido a sus pies. Añadió también varias poesías de ternísima y conmovedora elocuencia, pues era poeta por naturaleza, y aún más entonces, inspirado por el amor. Puso la dirección de su billete en esta forma:


A la bella desconocida
del príncipe cautivo, Ahmed.



y, por último, después de perfumarla con almizcle y rosas, se la entregó al palomo.

-Parte, fidelísimo mensajero -le dijo-. Vuela por montañas y valles, ríos y llanuras; no descanses en rama ni te poses sobre la tierra hasta que hayas entregado esta carta a la señora de mis pensamientos.

El palomo se elevó por los aires y, tomando vuelo, partió como una flecha en línea recta. El príncipe lo siguió con la vista hasta que no se vio más que un punto negro sobre las nubes, desapareciendo poco a poco tras las montañas.

Día tras día esperaba el príncipe el regreso del mensajero de amor, mas todo en vano. Comenzó ya a acusarle de ingratitud, cuando cierta tarde, a la caída del sol, entró volando repentinamente el ave fidelísima en su habitación y expiró, cayendo a sus pies. La flecha de algún cruel cazador había atravesado su pecho. Con todo, había luchado con agonías de la muerte hasta dejar cumplida su misión. Inclinose el príncipe, ahogado de pena, sobre aquel venerable mártir de la fidelidad, cuando notó que tenía una cadena de perlas alrededor de su cuello, y pendiente de ella y junto a las alas una miniatura esmaltada que representaba el retrato de una hermosísima princesa en la flor de su juventud. Era, sin duda, la desconocida beldad del jardín; pero, ¿quién era y dónde residía? ¿Había recibido el billete y enviaba este retrato en señal de amorosa correspondencia? Desgraciadamente, la muerte del fiel palomo mensajero dejaba envuelto este lance en el más profundo misterio.

El príncipe miraba absorto el precioso retrato, hasta que sus ojos se arrasaron en lágrimas; lo llevaba a sus labios y lo estrechaba contra su pecho, mirándolo sin cesar con melancólica ternura. «-¡Hermosa imagen! No eres, ¡ay!, más que una imagen, y, sin embargo, tus tiernos ojos parece que se fijan en mí; tus labios de rosa semejan querer infundirme valor. ¡Vanas ilusiones!... ¿No han mirado nunca del mismo modo a otro rival más afortunado que yo? ¿Dónde podré yo encontrar en este mundo el original? ¿Quién sabe cuántos reinos y montañas nos separarán y cuántas desgracias nos amenazarán? ¡Acaso en este mismo momento se verá rodeada de solícitos amantes mientras que yo, triste prisionero en esta torre, paso y pasaré mis días adorando una fantástica pintura...»

El príncipe Ahmed se decidió a tomar una resolución. «Huiré de este palacio -dijo- que me sirve de odiosa prisión, y, peregrino de amor, buscaré a esa desconocida princesa por todo el mundo.» El escaparse de la torre durante el día, cuando todo el mundo se hallaba despierto, era bastante difícil; pero por la noche el palacio no estaba muy guardado, pues nadie sospechaba en el príncipe un atrevimiento de esta clase, cuando siempre se había mostrado contento en su cautividad. ¿Y cómo guiarse para huir entre las tinieblas nocturnas, no conociendo el país? Se acordó entonces del búho, que, como salía a volar de noche, debía conocer todos los vericuetos y pasos ocultos. Fue, pues, a buscarle en su agujero, y le interrogó acerca de su conocimiento sobre el país. Al oír esto, le respondió dándose importancia: «Habéis de saber, ¡oh príncipe!, que nosotros los búhos somos una familia tan antigua como numerosa; hemos decaído algo, pero poseemos todavía ruinosos castillos y palacios en toda España; no hay torre en la montaña, fortaleza en el llano, ni antigua ciudadela en la población, que no sirva de abrigo a algún hermano, tío o primo nuestro. Habiendo hecho un viaje para visitar mis numerosos parientes, recorrí todos los rincones y escondrijos, enterándome de camino de los sitios secretos del país». Regocijose el príncipe de haber hallado al búho tan profundamente versado en topografía, y le informó, por último, en confianza, de su tierna pasión y de su proyectada fuga, rogándole al mismo tiempo que le sirviese de consejero.

-¡Andad noramala! -le respondió el búho, mostrándose enojado-. ¿Soy yo ave que deba ocuparme en amores?... ¿Yo, que he consagrado mi vida a la meditación y a los astros?

-No os ofendáis, dignísimo búho -le dijo el príncipe-; dejad por un poco tiempo de meditar en las estrellas y ayudadme en mi fuga, y os daré todo cuanto podáis apetecer.

-Yo tengo todo cuanto necesito -le replicó el búho- unos cuantos ratones son suficientes para mi frugal sustento, y este agujero me basta para mis estudios; ¿qué más puede desear un filósofo?

-Acordaos, ¡oh sapientísimo búho!, que mientras pasáis la vida vegetando en vuestra celda y observando la luna, todo vuestro talento está perdido para el mundo. Algún día seré soberano, y entonces os colocaré en un puesto de honor y dignidad.

El búho, aunque filósofo abstraído de las necesidades ordinarias de la vida, no estaba libre de ambición, por lo que consintió, al fin, en huir con el príncipe, sirviéndole de mentor y guía en su peregrinación.

Como los amantes ponen por obra prontamente sus planes de amor, el príncipe reunió sus alhajas y las escondió entre sus vestidos, destinándolas para los gastos del viaje, y aquella misma noche se descolgó con su ceñidor por el ajimez de la torre, escalando las murallas exteriores del Generalife, y salvó las montañas antes del amanecer, guiado por el búho.

Deliberó después con su mentor acerca de la ruta más conveniente que debían tomar.

-Si valiese mi parecer -le dijo el búho-, yo os recomendaría que marchásemos a Sevilla, pues habéis de saber que fui allí a visitar, hace ya de esto muchos años, a un búho tío mío, que gozaba de gran dignidad y poderío, el cual habitaba en un ángulo arruinado del Alcázar en aquella ciudad. En mis salidas nocturnas a la población observé con frecuencia una luz que brillaba en una solitaria torre. Poseme entonces sobre el adarve y vi que procedía de la lámpara de un mago árabe a quien vi rodeado de sus libros mágicos, sosteniendo en el hombro a un viejo cuervo, su favorito, que había traído consigo del Egipto. Tengo relaciones con ese cuervo y a él le debo gran parte de la ciencia que poseo. El mago murió mucho después; pero el cuervo habita todavía en la torre, pues sabido es que esas aves gozan de larga vida. Yo os aconsejo, ¡oh príncipe!, que busquemos al cuervo, porque es un gran zahorí y hechicero y conoce perfectamente la magia negra, por la que son tan renombrados todos los cuervos, especialmente los de Egipto.

Quedó el príncipe maravillado de la sabiduría que encerraba este consejo, y tomó, por lo tanto, la dirección hacia Sevilla. Caminaba solamente de noche, para complacer a su compañero, descansando de día en alguna tenebrosa caverna o desmantelada torre, pues el búho conocía todos los escondrijos y guaridas, y tenía verdadera pasión de anticuario por las ruinas.

Al fin, cierta mañana, al romper el día, llegaron a Sevilla, donde el búho, que aborrecía el resplandor y el ruido de las calles, hizo alto fuera de las puertas de la ciudad, sentando sus reales en el hueco de un árbol.

Pasó el príncipe la puerta, y encontró al poco tiempo la torre mágica, que sobresale por encima de las casas de la ciudad del mismo modo que la palmera se eleva sobre las hierbas del desierto; era, en resumen, la misma torre que existe actualmente conocida con el nombre de La Giralda, famosa torre morisca de Sevilla.

El príncipe subió por una gran escalera de caracol a lo alto de la torre, donde encontró el cabalístico cuervo, ave misteriosa con la cabeza encanecida y casi desplumada, y con una nube en un ojo que le hacía parecer un espectro; mirando con el ojo que le quedaba un diagrama trabado sobre el pavimento.

Llegose el príncipe a él con el respeto y reverencia que inspiraban su venerable aspecto y sobrenatural sabiduría, y le dijo:

-Perdonad, ¡oh ancianísimo y sabio cuervo mágico!, si interrumpo por un momento vuestros estudios, admiración del mundo entero. Aquí tenéis delante a un peregrino de amor, que desea pediros consejo para alcanzar el objeto de su pasión.

-Decidme claramente -le dijo el cuervo dirigiéndole una mirada significativa- si es que queréis consultar mi ciencia de zahorí; si es eso, mostradme vuestra mano y dejadme descifrar las misteriosas líneas de la fortuna.

-Dispensad -le dijo el príncipe-. No vengo para conocer los decretos del destino, ocultos por Allah a la vista de los mortales, sino que, peregrino de amor, deseo solamente conocer la clave para encontrar el objeto de mi peregrinación.

-¿Conque se os presentan inconvenientes para encontrar el objeto de vuestra pasión en la seductora Andalucía? -le dijo el viejo cuervo mirándole con el único ojo que le quedaba-. Pero ¿cómo diantres os halláis perplejo en un Sevilla, donde bailan la zambra mil beldades de ojos negros bajo las capas de los naranjos?

Sonrojose el príncipe oyendo hablar tan libremente al cínico cuervo, y le dijo con gravedad:

-Creedme, amigo mío; yo no persigo empresa tan inútil e innoble como me insinúa. Las beldades de ojos negros de Andalucía que bailan bajo los naranjos del Guadalquivir no tienen que ver nada con mi aventura; yo busco a una doncella purísima, al original de este retrato. Así, pues, os ruego, ¡oh poderosísimo cuervo!, que me digáis si está al alcance de vuestra ciencia, de vuestra inteligencia o de vuestro arte el decirme dónde podré encontrarla.

El viejo cuervo se sintió corrido ante la severa gravedad del príncipe.

-¿Qué he de saber yo -le dijo con sequedad- de juventudes ni de bellezas? Yo solamente visito a los viejos y a los decrépitos, no a los vigorosos y jóvenes. Yo soy el precursor del destino, y mi misión es cantar los presagios de la muerte desde lo alto de las chimeneas, batiendo mis alas junto a las ventanas de los que están enfermos. Podéis ir, por lo tanto, a otra parte en busca de esas noticias relativas a vuestra bella desconocida.

-¿Y dónde ir a buscarla sino entre los hijos de la sabiduría, versados en el Libro del Destino? Sabed que soy un augusto príncipe influido por las estrellas, y que me encuentro destinado a llevar a cabo una empresa misteriosa de la cual depende la suerte de vastos imperios.

Cuando el cuervo vio que era un asunto de importancia en el cual influían las estrellas, cambió de tono y ademanes y escuchó con profundo interés la historia del príncipe. Luego que éste concluyó su relato, le dijo:

-Por lo que toca a esa princesa, no puedo daros noticias, pues yo no acostumbro a volar por los jardines ni por las cámaras frecuentadas por las damas; pero dirigid vuestros pasos a Córdoba, buscad la palmera del gran Abderramán, que está en el patio de la mezquita principal, y al pie de ella encontraréis un gran viajero que ha visitado todas las cortes y países y que ha sido favorito de reinas y princesas. Éste os facilitará cuantas noticias queráis acerca del objeto de vuestros desvelos.

-Mil gracias por dato tan precioso -contestó el príncipe-. ¡Pasadlo bien, venerabilísimo hechicero!

-Adiós, peregrino de amor -le dijo el cuervo con sequedad; y volvió a entregarse de nuevo al estudio de su diagrama.

Salió el príncipe de Sevilla, buscó a su compañero de viaje, el búho, que aún dormitaba en el árbol, y ambos se dirigieron hacia Córdoba.

Fueron aproximándose poco a poco a esta ciudad, cruzando los jardines y los bosques de naranjos y limoneros que dominaba el hermoso valle del Guadalquivir. Cuando llegaron a las puertas de Córdoba volose el búho a un oscuro agujero que había en la muralla, y el príncipe prosiguió su camino en busca de la palmera plantada en los antiguos tiempos por la mano del gran Abderramán, la cual se alzaba esbelta en medio del patio de la mezquita, por encima de los naranjos y cipreses. Algunos derviches y alfaquíes se hayaban sentados en grupos bajo las galerías del patio, y multitud de fieles hacía sus abluciones en la fuente que se encontraba antes de entrar en la mezquita.

Al pie de la palmera había un numeroso concurso escuchando las palabras de uno que parecía hablar con extraordinaria animación. «Ése debe ser -pensó el príncipe- el gran viajero que me ha de dar noticias de mi desconocida princesa.» Incorporose a la multitud, y quedose sobremanera sorprendido cuando vio que aquel a quien todos escuchaban era un papagayo de brillante plumaje verde, mirada insolente y penacho característico, el cual parecía mostrarse muy pagado de sí mismo.

-¿Cómo es -dijo el príncipe a uno de sus circunstantes- que tantas personas de buen sentido se complazcan en la charla inconexa de ese volátil parlanchín?

-Bien se conoce que no sabéis de quién estáis hablando -le respondió el interrogado-. Ese papagayo es descendiente de aquel otro famoso de Persia, tan renombrado por su habilidad para contar cuentos; tiene toda la sabiduría del Oriente en la punta de la lengua, y recita versos tan de prisa y corriendo como se habla. Ha visitado varias cortes extranjeras, en las que ha sido considerado como un oráculo de erudición, teniendo principalmente gran partido entre el bello sexo que admira mucho a los papagayos que saben recitar poesías.

-¡Basta! -dijo el príncipe-. Quisiera hablar reservadamente con este distinguido viajero.

Pidiole, pues, una entrevista a solas, y en ella le expuso el objeto de su peregrinación. No bien hubo concluido de hablar, cuando se echó a reír a carcajadas el papagayo, hasta el punto que parecía iba a reventar de risa.

-Dispensad mi alegría -le dijo-, pero la sola palabra «amor» me hace soltar la carcajada.

El príncipe quedó estupefacto por aquella risa extemporánea, y le dijo:

-Pues qué, ¿no es el amor el gran misterio de la Naturaleza, el principio secreto de la vida, el vinculo universal de la simpatía?...

-¡Un comino! -le interrumpió el papagayo-. Decidme: ¿dónde diablos habéis aprendido toda esa jerga sentimental? Creedme: ya se pasó la moda del amor, y no se oye hablar nunca de él entre personas de talento ni entre gente de buen tono.

El príncipe suspiró, acordándose de la diferencia de tal lenguaje al delicado de su amigo el palomo. «Como este papagayo -discurría en su interior- ha pasado la vida en la corte, quiere aparecer persona de talento y elevado caballero, afectando que no sabe nada de eso que se llama amor.» Queriendo, pues, evitar el que aquél siguiera ridiculizando la pasión que devoraba su alma, le dirigió inmediatamente la pregunta objeto de su visita.

-Decidme, incomparable papagayo: vos que habéis sido recibido en los departamentos secretos de las beldades, ¿habéis tropezado alguna vez, en el curso de vuestros viajes, con el original de este retrato?

El papagayo tomó la miniatura con una de sus garras, movió la cabeza y la examinó atentamente con ambos ojos, exclamando por fin:

-Palabra de honor que es una cara muy bonita, muy bonita, muy bonita; pero he visto tantas caras bonitas durante mis viajes, que apenas puede uno... Pero no, esperad; voy a mirarla de nuevo; ésta es, con seguridad, la princesa Aldegunda. ¿Cómo había de desconocer a una de mis mejores amigas?

-¡La princesa Aldegunda! -repitió el príncipe-. ¿Y dónde la podré encontrar?

-¡Poquito a poco, poquito a poco! -dijo el papagayo-. Más fácil es encontrarla que ganarla. Es la hija única del rey cristiano de Toledo, y está oculta al mundo hasta que cumpla diecisiete años, a causa de ciertas predicciones que hicieron los entrometidos y taimados astrólogos. No podréis verla, pues está apartada de la vista de los mortales, y os juro, bajo palabra de papagayo que ha visto el mundo, que no he tratado en mi vida otra princesa más discreta que ésta.

-Oíd dos palabras en confianza, mi querido papagayo: yo soy el heredero de un reino, y día llegará que me siente en un trono. He visto también que sois pájaro de cuenta y que conocéis la aguja de marear; ayudadme, pues, a alcanzar a esta princesa, y os prometo un cargo distinguido.

-¡Con todo mi corazón! -respondió el papagayo-. Pero deseo, si es posible, que sea una renta, pues nosotros los sabios tenemos horror al trabajo.

Arreglose pronto todo, y se pusieron en camino desde Córdoba por la misma puerta por donde había entrado el príncipe; éste llamó al búho, que estaba en el agujero de la muralla, y lo presentó a su nuevo compañero de viaje como un sabio colega, partiendo todos reunidos.

Viajaban más despacio de lo que deseaba la impaciencia del príncipe, pues el papagayo estaba acostumbrado a la vida aristocrática y no gustaba de madrugar. El búho, por el contrario, quería dormir al mediodía, perdiendo todos mucho tiempo a causa de sus prolongadas siestas. Hacíase también pesado con su afición a las antigüedades, pues se empeñaba en detenerse a visitar las ruinas que encontraban, contando largas tradiciones y legendarias historias en cada torre o castillo antiquísimo del país. El príncipe se creyó que el papagayo y el búho se harían grandes amigos por ser dos pájaros ilustrados; pero se equivocó solemnemente, pues mientras que el uno era bromista, el otro era filósofo, lo que hacía que estuviesen siempre en un perpetuo altercado. El papagayo recitaba versos, criticaba poesías y hablaba elocuentemente sobre algunos puntos de erudición, mientras que el búho consideraba todo como una fruslería, no deleitándose más que en las cuestiones metafísicas. Entonces se ponía el papagayo a cantar diferentes canciones y a ensartar dicharachos, embromando así a su grave camarada y riéndose desaforadamente de sus propias burlas; cuyo proceder tomaba el búho por un ataque a su dignidad, por lo que ponía mala cara, gruñía y se exaltaba, no volviendo a hablar en todo lo que le quedaba de día.

No se cuidaba el príncipe de la desunión que había entre sus compañeros, pues estaba abstraído con los ensueños de su fantasía y con la contemplación del retrato de la hermosa princesa. Así atravesaron los áridos pasos de Sierra Morena y los calurosos llanos de la Mancha y de Castilla, siguiendo las riberas del dorado Tajo, cuyo curso atraviesa media España y Portugal. Al fin divisaron una ciudad fortificada con murallas construidas en un pedregoso promontorio, cuyos pies bañaban las olas del impetuoso Tajo.

-¡Ved -exclamó el búho- la antigua y renombrada ciudad de Toledo, famosa por sus antigüedades! Mirad aquellas cúpulas y torres veneradas ostentando su imponente grandeza, y donde casi todos mis antecesores se entregaban a sus meditaciones.

-¡Quita allá! -gritó el papagayo interrumpiendo su solemne entusiasmo de anticuario-. ¿Qué tenemos que ver nosotros con las antigüedades, con las leyendas ni con vuestros antecesores? Lo que nos importa en este momento es mirar la mansión de la juventud y de la belleza. Contemplad, ¡oh príncipe!, la morada de la princesa que buscáis.

Dirigió su vista el príncipe hacia donde le indicaba el papagayo, y vio un suntuoso palacio edificado entre los árboles de un amenísimo jardín, en una deliciosa pradera a orillas del Tajo. Era aquél, en verdad, el mismo lugar que le describió el palomo al informarle en dónde se hallaba el original del retrato. Quedose fijo mirándolo, mientras su corazón latía emocionado. «¡Quizá en este mismo momento -pensó- la hermosa princesa estará solazándose bajo aquellos frondosos árboles, o paseándose mesuradamente por los elevados terrados, o acaso descansando dentro de aquella espléndida morada!» Observando con más detenimiento, percibió que las murallas del jardín eran de gran altura, lo que hacía imposible un escalamiento, y que varias patrullas de hombres armados andaban rondando por fuera de ella.

Volvíase el príncipe al papagayo y le dijo:

-¡Oh vos, la más perfecta de todas las aves! Ya que tenéis el don de hablar como los hombres, dirigíos a aquel jardín, buscad al ídolo de mi alma y decidle que el príncipe Ahmed, peregrino de amor, guiado por las estrellas ha llegado en su busca a las floridas riberas del Tajo.

Orgulloso el papagayo con su embajada, voló al jardín remontándose por encima de sus altos muros, y, después de cernerse por algún tiempo sobre sus vergeles y alamedas, posose en el balcón de un pabelloncito que daba al río. Desde allí, mirando al edificio, descubrió a la princesa reclinada en un cojín y fijos los ojos en un papel, deslizándose dulcemente lágrima tras lágrima por sus níveas mejillas.

Después de haber puesto en orden el papagayo el plumaje de sus alas, de arreglarse su brillante vestido verde y levantar su penacho, púsose al lado de la princesa con aire muy galano, diciéndole lleno de ternura:

-Enjugad vuestras lágrimas, ¡oh vos, la más hermosa de todas las princesas!, pues vengo a traer la alegría a vuestro corazón.

Sorprendiose la princesa al oír estas palabras, pero como no viese delante de sí a nadie más que a un pájaro vestido de verde saludándola y haciéndole reverencias, dijo:

-¡Ay! ¿Qué alegría puedes tú traerme si no eres más que un papagayo?

Enojose el papagayo con esta respuesta, y le contestó:

-Papagayo y todo, he consolado a muchas hermosas damas en mis buenos tiempos; pero dejemos eso a un lado. Sabed que ahora vengo embajador de un personaje real: Ahmed, príncipe de Granada, ha venido en busca vuestra, y está acampado en este mismo momento en las floridas márgenes del Tajo.

Al oír estas palabras brillaron los ojos de la hermosa princesa con más fulgor que los diamantes de su corona.

-¡Oh amabilísimo papagayo! -gritó enajenada de alegría-. Felices son, en verdad, las nuevas que me traes, pues ya me encontraba abatida y enferma de muerte, dudando de la constancia de Ahmed. Vuela a él y dile que tengo grabadas en mi corazón las apasionadas frases de su carta, y que sus poesías han servido de pábulo a mi alma. Dile también que se disponga a demostrarme su amor con la fuerza de las armas, pues mañana, decimoséptimo aniversario de mi nacimiento, prepara el rey mi padre un gran torneo en el que lucharán bizarramente varios príncipes, siendo mi mano el premio del vencedor.

Remontose de nuevo el pájaro y, cruzando por las alamedas, voló hacia donde el príncipe esperaba su regreso. La alegría de Ahmed por haber encontrado el original de su retrato, de haber hallado a su adorada fiel y amantísima, sólo pueden concebirla los dichosos mortales que tienen la fortuna de soñar imposibles y convertirlos en realidades. Sin embargo, faltaba algo todavía para que su regocijo fuera completo: el próximo torneo. Efectivamente, lucían en las riberas del Tajo las brillantes armaduras y oíanse resonar las trompetas de los varios caballeros y gente de armas que en arrogantes somatenes se dirigían a Toledo para asistir a la ceremonia. La misma estrella que había presidido en el destino del príncipe había también ejercitado su predominio en el de la princesa; por lo cual se la tuvo oculta del mundo hasta que tuvo diecisiete primaveras, con el fin de preservarla de la tierna pasión del amor. La fama de su hermosura, sin embargo, fue en aumento por su misma reclusión; varios príncipes poderosos la solicitaron en matrimonio, y su padre, que era un rey de extraordinaria prudencia, confió la elección a la destreza de las armas, evitando así el crearse enemigos si se mostraba parcial con alguno. Entre los candidatos rivales había algunos que se habían hecho célebres por su esfuerzo y valor. ¡Qué situación aquélla para el infortunado Ahmed, que ni se encontraba armado ni estaba acostumbrado a los ejercicios de la caballería! «¿Habrá príncipe más desgraciado que yo? -decía-. ¡Y para esto he vivido recluido bajo la vigilancia de un filósofo!... ¿De qué me sirven el álgebra y la filosofía en materias de amor? ¡Ay, Eben Bonabben!, ¿por qué no te has cuidado en instruirme en el manejo de las armas?» Esto decía, cuando el búho rompió el silencio, empezando su discurso con una piadosa exclamación, pues era devoto musulmán.

-¡Allah Akhar! ¡Dios es grande! -exclamó-. ¡En sus manos están todos los secretos y Él solo rige los destinos de los príncipes! Sabed, ¡oh Ahmed!, que este país está lleno de misterios que permanecen ignorados para todos, menos para los que, como yo, se dedican al estudio de las ciencias ocultas. Sabed también que en las vecinas montañas existe una gruta, dentro de la cual hay una mesa de hierro y sobre ésta una armadura mágica, encontrándose también allí mismo un encantado corcel: todo lo cual viene permaneciendo ignorado durante multitud de generaciones.

Mirole el príncipe maravillado, mientras que el búho, parpadeando sus grandes y redondos ojos y encrespando sus plumas a manera de cuernos, prosiguió:

-Hace ya muchos años acompañé a mi padre por estos sitios, cuando iba visitando sus Estados. Nos alojamos en esa cueva, y a esto se debe el que yo conozca el misterio. Es tradición en nuestra familia, que le oí contar a mi abuelo cuando yo era pequeño, que esta armadura perteneció a cierto nigromante moro que se refugió en esta caverna cuando Toledo cayó en poder de los cristianos, y que el tal musulmán murió allí dejando su caballo y sus armas bajo místico encantamiento, y que no se podrá hacer uso de ellos más que por sectarios del Profeta y sólo desde la salida del sol hasta el mediodía. El que los use en este intervalo vencerá indefectiblemente a todos sus rivales.

-¡Basta! -exclamó el príncipe-. Busquemos al momento esa gruta.

Guiado por su misterioso mentor, encontró el príncipe la caverna en una de las sinuosidades de los áridos picos que se elevan junto a Toledo; nadie, a no ser el ojo perspicaz de un búho o el de algún anticuario, hubiera podido dar con la entrada. Una lámpara sepulcral de inagotable aceite lanzaba sus melancólicos reflejos en el interior de la caverna, y en el centro de ésta se alzaba una mesa de hierro, sobre la cual se encontraba la armadura mágica, y con ella una lanza, y próximo a éstas un corcel árabe enjaezado como para entrar en batalla, pero inmóvil cual una estatua. La armadura estaba tan brillante y limpia como en sus primitivos tiempos, y el bravo alazán tan bien cuidado como si estuviese todavía pastando. Acariciole Ahmed pasándole la mano por el cuello, y principió a piafar, exhalando tal relincho de gozo que hizo estremecer las paredes de la caverna. Así provisto de caballo y armas, determinose el príncipe a tomar parte en la lucha del próximo torneo.

Al fin llegó el día crítico; el palenque para el combate estaba preparado en la Vega, debajo de las fuertes murallas de Toledo, a cuyo alrededor se habían levantado tablados y galerías para los espectadores, cubiertos de ricos tapices y protegidos contra el sol por toldos de seda. Todas las beldades del país se hallaban reunidas en estas galerías, y al pie de ellas cabalgaban empenachados caballeros, rodeados de pajes y escuderos, entre los cuales se distinguían los príncipes que iban a tomar parte en el torneo. Todas las bellezas quedaron eclipsadas cuando apareció la princesa Aldegunda en el pabellón real, dejándose ver por primera vez de la admirada concurrencia. Un general murmullo de sorpresa se levantó al contemplar tan peregrina hermosura, y los príncipes, que aspiraban a su mano atraídos solamente por la fama de sus encantos, se sintieron mucho más enardecidos para el combate.

La princesa, no obstante, presentaba un aspecto melancólico; el color de sus mejillas se cambiaba a cada momento, y sus ojos se dirigían con incesante y ansiosa expresión al engalanado grupo de caballeros. Ya los clarines iban a dar la señal del encuentro, cuando el heraldo anunció la llegada de un caballero, y Ahmed se presentó en la palestra. Un yelmo de acero cuajado de brillantes sobresalía por encima de su turbante; su coraza estaba recamada de oro; su cimitarra y su daga eran de las fábricas de Fez, ostentando piedras preciosas, y llevaba al brazo un escudo redondo, empuñando en su diestra la lanza de mágica virtud. La cubierta de su caballo árabe, ricamente bordada, llegaba hasta el suelo, y el impaciente corcel piafaba y relinchaba de alegría al ver de nuevo el brillo de las armas. La arrogante y graciosa figura del príncipe sorprendió a todo el mundo, y cuando le anunciaron con el sobrenombre de «el Peregrino de Amor», se sintió un rumor y una agitación general entre las hermosas damas de las galerías.

Cuando Ahmed quiso inscribirse en las listas del torneo encontrose con que estaban cerradas para él, pues, según le dijeron, nadie más que los príncipes podían ser admitidos a tomar parte en él. Declaró entonces su nombre y su linaje; pero esto vino a empeorar su situación, pues siendo musulmán no podía aspirar a la mano de la princesa cristiana, objeto de este torneo.

Los príncipes competidores le rodearon con aire arrogante y amenazador, y hasta uno de ellos, de insolentes maneras y cuerpo hercúleo, pretendió burlarse de su sobrenombre de «Peregrino de Amor». Encendiose súbitamente de ira nuestro príncipe, y desafió a su rival a que midiese sus armas con él. Tomaron distancia, dieron media vuelta y cargaron el uno sobre el otro; pero no hizo más que tocar la lanza mágica al hercúleo bufón cuando fue botado inmediatamente de la silla. Hubiérase contentado el príncipe con esto, mas, ¡ay!, tenía que habérselas con un caballo y una armadura endiabladas, pues una vez entrado ya en lucha no habría fuerza humana capaz de sujetarlos. El caballo árabe empezó a derribar caballeros en lo más recio de la pelea; la lanza echaba por tierra todo lo que se ponía delante; el gentil príncipe era llevado involuntariamente por el campo, que quedó sembrado de grandes y pequeños, mientras él se dolía interiormente de sus involuntarias proezas. Bramaba y rabiaba el rey al ver el atropello cometido en las personas de sus vasallos y huéspedes, y mandó salir al momento a sus guardias; pero éstos quedaron desmontados en un decir amén. El monarca mismo arrojó su vestidura real, y embrazando escudo y lanza salió al campo, creyendo infundir miedo al extranjero ante la majestad real; pero, ¡ay!, la majestad real no lo pasó mejor que los demás, pues el caballo y la lanza no respetaban categorías ni dignidades, creciendo de punto el espanto de Ahmed cuando se sintió impelido, lanza en ristre, contra el mismo rey, que en un instante empezó a dar volteretas en el aire mientras su corona rodaba por el polvo.

En este mismo momento el sol tocó al meridiano; el encanto mágico cesó en su poder, por lo cual el corcel árabe se lanzó por el llano, saltó la barrera, se arrojó al Tajo, atravesando a nado su impetuosa corriente, llevando al príncipe casi sin alientos y aterrorizado a la caverna, y, tomando otra vez su posición primitiva, quedó inmóvil como una estatua junto a la mesa de hierro. Desmontose el príncipe con alegría y despojose de la armadura, dejándola de nuevo en su sitio para que cumpliese los decretos del destino. Sentose después en la caverna, meditando por algún tiempo en el desesperado estado a que el caballo y la diabólica armadura le habían reducido. ¿Cómo había de atreverse en lo sucesivo a presentarse en Toledo después de haber ocasionado tal baldón a sus caballeros y tal ultraje a su rey? ¿Qué pensaría también la princesa sobre un acto tan salvaje como grosero? Sumido en este mar de confusiones, se resolvió a enviar a sus alígeros compañeros a que recogiesen noticias. El papagayo voló por todos los sitios públicos y calles más frecuentadas de la ciudad, y pronto volvió con gran provisión de chismes. Contó que todo Toledo estaba consternado; que la princesa había sido llevada al palacio desmayada; que el torneo había concluido en revuelta confusión; que todo el mundo hablaba de la repentina aparición, prodigiosas hazañas y extraña desaparición de un caballero musulmán. Unos decían que era un nigromántico moro; otros, que un demonio en forma humana, y otros relataban tradiciones de guerreros encantados ocultos en las cavernas de las montañas, y pensaban que sería alguno de éstos que habría hecho una salida intempestiva desde su guarida. Todos, empero, convenían en que ningún mortal podía haber llevado a cabo tantas maravillas, ni haber derribado por tierra a tan perfectos y bizarros caballeros cristianos.

El búho salió también por la noche, y, cerniéndose por encima de la ciudad, fue posándose en los tejados y chimeneas. Después se dirigió hacia el palacio real, que ocupaba la parte más elevada de Toledo, revoloteando por sus terrados y adarves, escuchando por todas las hendiduras y mirando con sus grandes ojos saltones a todas las ventanas donde había luz, asustando en su expedición nocturna a dos o tres damas de honor; y hasta que la aurora principió a despuntar tras la montaña no regresó a contar al príncipe lo que había visto.

-Estando observando -le dijo- hacia una de las torres más elevadas del palacio, vi al través de una ventana a una hermosa princesa reclinada en su lecho y rodeada de médicos y sirvientes, la cual se negaba a tomar lo que los circunstantes la recetaban. Cuando aquéllos se retiraron, sacó una carta de su señor, la leyó y la besó tiernamente, entregándose después a amargas lamentaciones; visto lo cual, a pesar de ser tan filósofo, no pude por menos de conmoverme.

Entristeciose el delicado corazón de Ahmed al oír tales noticias.

-¡Cuán verdaderas eran vuestras palabras, oh sabio Eben Bonabben! -exclamó-. Cuidados, penas y noches de insomnio son el patrimonio de los amantes. ¡Allah preserve a la princesa de la funesta influencia de eso que llaman amor!

Noticias recibidas posteriormente de Toledo corroboraron las comunicadas por el búho. La ciudad, en efecto, era presa de la más viva inquietud y alarma, y la princesa, entretanto, había sido llevada a la torre más alta del palacio y se custodiaban con gran vigilancia todas las avenidas. Se apoderó de la bella Aldegunda una melancolía devoradora cuya causa nadie pudo explicar, rehusando el tomar alimento y desatendiendo las frases de consuelo que le dirigían. Los médicos más hábiles ensayaron todos los recursos de la ciencia, mas todo en vano, llegándose a creer que la habían hechizado; por lo que el rey publicó una proclama declarando que el que acertase a curarla recibiría la joya más preciada de su tesoro real.

No bien hubo oído el búho, que estaba en un rincón durmiendo, lo de la proclama, cuando movió sus redondos ojos, tomando un aspecto más misterioso que nunca.

-¡Allah Akbar! -exclamó-. ¡Dichoso el mortal que lleve a cabo la curación, si sabe lo que le conviene escoger entre todos los objetos del tesoro real!

-¿Qué queréis decir con eso, reverendísimo búho? -dijo Ahmed.

-Prestad atención, ¡oh príncipe!, a lo que os voy a relatar: Habéis de saber que nosotros los búhos somos una corporación muy ilustrada y que nos dedicamos a investigar las cosas oscuras e ignoradas. Durante mi última excursión nocturna por las torres y chapiteles de Toledo descubrí una, academia de búhos anticuarios que celebraba sus sesiones en una gran torre abovedada, donde está depositado el real tesoro. Estaba disertando sobre las formas, inscripciones y signos de las vasijas de oro y plata hacinadas en la tesorería, y acerca de los usos de los diferentes pueblos y edades; pero lo que despertaba un interés preferente eran ciertas antigüedades y talismanes que existían allí desde el tiempo del rey godo Don Rodrigo. Entre estos últimos se encontraba un cofre de sándalo cerrado con barras de acero a la usanza oriental, con caracteres misteriosos conocidos solamente por algunas personas doctas. De ese cofre y de sus inscripciones se había ocupado la Academia durante varias sesiones, dando motivo a largas y acaloradas discusiones. Al hacer yo mi visita, un búho muy anciano, recientemente llegado de Egipto, se hallaba sentado sobre su tapa descifrando sus inscripciones, resultando de su lectura que aquel cofrecillo contenía la alfombra de seda del trono del sabio Salomón, la cual, sin duda, había sido traída a Toledo por los judíos que se refugiaron en ella después de la destrucción de Jerusalén.

Cuando el búho terminó su discurso sobre antigüedades quedó el príncipe abstraído por algún tiempo en profundas meditaciones, exclamando al fin:

-He oído hablar al sabio Eben Bonabben de las ocultas propiedades de ese talismán que desapareció con la ruina de Jerusalén, y que se ha creído perdido para la humanidad. Sin duda alguna, sigue siendo un secreto misterioso para los cristianos de Toledo; si yo pudiese apoderarme de él, era segura mi felicidad.

Al día siguiente despojose el príncipe de sus vestiduras y disfrazose con el humilde traje de un árabe del desierto, tiñéndose el cuerpo de un color moreno; tanto, que nadie podría reconocer en él al arrogante guerrero que había causado tanta admiración y espanto en el torneo. Báculo en mano, zurrón al hombro y una pequeña flauta pastoril, encaminose hacia Toledo, presentándose en la puerta del palacio real y haciéndose anunciar como aspirante al premio ofrecido por la curación de la princesa. Pretendieron los guardias arrojarle a palos, y le decían:

-¿Qué pretende hacer un árabe miserable en un asunto en que los más sabios del país han perdido las esperanzas?

Apercibiose el rey del alboroto, y dio orden de que condujesen al árabe a su presencia.

-¡Poderosísimo rey! -dijo Ahmed-. Tenéis ante vuestra presencia a un árabe beduino que ha pasado la mayor parte de su vida en las soledades del desierto, las cuales, como es sabido, son las guaridas de los demonios y espíritus malignos que nos atormentan a los pobres pastores en las solitarias veladas, apoderándose de nuestros rebaños y llegando a enfurecer algunas veces hasta a los sufridos camellos. Contra estos maleficios tenemos un antídoto: la música; existiendo ciertas legendarias melodías que se vienen heredando de padres a hijos y generación en generación, las que cantamos y tocamos para ahuyentar estos malévolos espíritus. Yo pertenezco a una familia inspirada y tengo esta virtud en su mayor grado. Si por casualidad vuestra hija estuviese poseída de alguna influencia maligna de esta clase, respondo con mi cabeza de que ella quedará libre completamente.

El rey, que era hombre de buen entendimiento y que sabía que los árabes conocían maravillosos secretos, recobró la esperanza al oír el confiado lenguaje del príncipe, por lo cual le condujo inmediatamente a la elevada torre guardada por varias puertas, y en cuya habitación superior estaba el departamento de la princesa. Las ventanas daban a un terrado con balaustradas que dejaban ver el panorama de Toledo y los campos circunvecinos. Estaban aquéllas entornadas, hallándose la princesa postrada en cama en el interior, presa de una pena devoradora y rehusando toda clase de remedios.

Sentose el príncipe en el terrado y tocó en su flauta pastoril varios aires árabes que había aprendido de sus servidores en el Generalife de Granada. La princesa permaneció insensible, y los médicos que había presentes empezaron a mover la cabeza y a sonreír con aire de incredulidad y desprecio, hasta que el príncipe dejó a un lado la flauta y se puso a cantar los versos amorosos de la carta en la que le había declarado su pasión.

La princesa reconoció la canción, y una súbita alegría se apoderó de su alma; levantó la cabeza y púsose a escuchar, al mismo tiempo que las lágrimas le afluían a los ojos y se deslizaban por sus mejillas, palpitando su seno dulcemente emocionado. Hubiera querido preguntar quién era el cantor y que le hubiesen llevado a su presencia; pero la natural timidez de la doncella le hizo permanecer en silencio. Adivinó el rey sus deseos y ordenó que condujesen a Ahmed a su habitación. Los amantes obraron con discreción, limitándose a cambiarse furtivas miradas, aunque aquéllas expresaban más que todas las conversaciones. Nunca triunfó el poder de la música de un modo más completo; reapareció el color sonrosado en las mejillas de la princesa, volvió la frescura a sus labios de carmín, y la mirada viva y penetrante a sus lánguidos ojos.

Mirábanse con asombro los médicos que se hallaban presentes, y el mismo rey contemplaba al árabe cantor con gran admiración mezclada de respeto.

-¡Maravilloso joven! -exclamó-. Tú serás en adelante el primer médico de mi corte, y no tomaré ya otras medicinas que tu dulce melodía. Por lo pronto, recibe tu premio, la joya más preciada de mi tesoro.

-¡Oh rey! -respondió Ahmed-. Nada me importa el oro ni la plata ni las piedras preciosas. Una antigualla tienes en tu tesorería procedente de los moros que antes vivían en Toledo, y que consiste en un cofre de sándalo que contiene una alfombra de seda; dame, pues, ese cofre, y con eso sólo me contento.

Quedaron sorprendidos todos los que se hallaban presentes ante la moderación del árabe, y mucho más cuando llevaron el cofre de sándalo y sacaron la alfombra, que era de hermosa seda verde, cubierta de caracteres hebreos y caldaicos. Los médicos de la corte se miraban mutuamente, encogiéndose de hombros y mofándose de la simpleza de este nuevo practicante que se contentaba con tan mezquinos honorarios.

-Esta alfombra -dijo el príncipe- cubrió en otros tiempos el trono del sabio Salomón, siendo digna, por lo tanto, de ser colocada a los pies de la hermosura.

Y esto diciendo, la extendió en el terrado, debajo de una otomana que habían llevado para la princesa, y sentándose él después a sus pies.

-¿Quién -exclamó- podrá oponerse a lo que hay escrito en el libro del destino? He aquí cumplidas las predicciones de los astrólogos. Sabed, ¡oh rey!, que vuestra hija y yo nos hemos amado en secreto durante mucho tiempo. ¡Ved, pues, en mí, al Peregrino de Amor!

No bien hubieron brotado estas palabras de sus labios, cuando la alfombra se elevó por los aires, llevándose al príncipe y a la princesa. El rey y los médicos se quedaron pasmados, contemplándolos fijamente hasta que ya no se vio más que un pequeño punto negro destacándose sobre el fondo blanco de una nube, y desapareciendo, por último, en la bóveda azul del firmamento.

Enfurecido el rey, hizo venir a su tesorero y le dijo:

-¿Cómo has permitido que un infiel se apoderase de ese talismán?

-¡Ay, señor! Nosotros no conocíamos sus propiedades, ni pudimos jamás descifrar la inscripción del cofre. Si es, efectivamente, la alfombra del trono del sabio Salomón, tiene poder mágico para transportar por el aire al que la posea.

El rey reunió un poderoso ejército y se dirigió hacia Granada en persecución de los fugitivos. Después de una caminata larga y penosa acampó en la Vega, enviando en seguida un heraldo a pedir la restitución de su hija.

El rey de Granada en persona le salió a su encuentro con toda su corte, y reconocieron en él al cantor árabe -pues Ahmed había subido al trono a la muerte de su padre, habiendo hecho su sultana a la hermosa Aldegunda.

El rey cristiano se aplacó fácilmente cuando supo que su hija continuaba fiel a sus creencias, no porque fuese muy devoto, sino porque la religión fue siempre un punto de orgullo y etiqueta entre los príncipes. En vez de sangrientas batallas hubo muchas fiestas y regocijos, y, concluidos éstos, volviose el rey muy contento a Toledo, continuando reinando los jóvenes esposos tan feliz como acertadamente en la Alhambra.

Debo añadir que el búho y el papagayo siguieron al príncipe a marchas descansadas hasta Granada, viajando el primero de noche y deteniéndose en las distintas posesiones hereditarias de su familia, mientras que el otro fue asistiendo a las reuniones más distinguidas de las ciudades y villas que se hallaban en el tránsito.

Ahmed, agradecido, remuneró los servicios que le habían prestado durante su peregrinación, nombrando al búho su primer ministro y al papagayo su maestro de ceremonias. Es ocioso, pues, el decir que jamás hubo reino tan sabiamente administrado ni corte más exacta en las reglas de la etiqueta.



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