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D. Benito Pérez Galdós y el País Vasco. Viajes y recuerdos

Benito Madariaga de la Campa1





Por razones de cortesía y de gratitud, debo expresar mi reconocimiento a la Junta Directiva de la prestigiosa Sociedad «El Sitio» de esta ciudad, por haberme invitado a participar en su tribuna, desde la que han intervenido prestigiosas figuras del pasado y del presente.

Con motivo de esta conferencia, debo recordar que esta Sociedad participó en el homenaje que se brindó a Benito Pérez Galdós en 1916. El hecho de que tuviera una vinculación familiar con Guipúzcoa y que una de las mujeres de su entorno afectivo amoroso fuera de Vizcaya, me han inclinado a elegir este tema con el deseo de recordar la figura prestigiosa de este novelista.

Es muy difícil olvidar el lugar de origen, aunque uno no sea nacido allí y su ascendencia se remonte a tiempos lejanos. Y mucho más en el caso del escritor, que descendía de Azcoitia por la línea materna. Como luego comentaré, esa procedencia la conoció bien y le llenaba de orgullo tener sangre vasca, hidalga y de cristianos viejos. Para Pedro Ortiz Armengol2 al que seguimos en esta genealogía, Legazpia podría ser el origen del apellido, de donde pasaron los Galdós a Azcoitia en el siglo XVI. Su más antiguo ascendiente conocido es un Juan Galdós, casado en este pueblo en 1564 con María Pérez de Lecuona y el último establecido, en parte, todavía en el País Vasco, fue Domingo de Galdós y Alcorta, bautizado el 16 de junio de 1756 y que fue el abuelo del novelista. En 1776 emigró o se trasladó a Las Palmas de Gran Canaria cuando era desde 1785 «receptor» en el Santo Oficio y murió en esta ciudad en mayo de 1815.

Cuando emprendió el novelista la empresa de escribir la Tercera Serie de los Episodios Nacionales, que se iniciaría en 1898 con Zumalacárregui, necesitando conocer los lugares que fueron teatro de la guerra civil, visitó al sobrino carnal de este militar que tanto le interesaba. Pero aprovechó la ocasión para llegar hasta Azpeitia, pueblo donde nació su citado abuelo materno Domingo y donde, según consta, fue bautizado también San Ignacio de Loyola en una de las iglesias. Cuenta el novelista en sus Memorias que la curiosidad le llevó a preguntar si existía entonces alguna persona descendiente, que pudiera llevar su apellido. La pesquisa le condujo a un convento de monjas, pero la única que encontró había ya fallecido. Su interés por el País Vasco le encaminó en su recorrido hasta el Santuario de Loyola, cuya visita refiere con detalle. Entre otras cosas escribe:

«El pueblo me pareció feísimo; las casas, altas y sombrías. La iglesia parroquial, titulada de San Sebastián y San Ignacio, es hermosa, con un magnífico pórtico de don Ventura Rodríguez. En el interior existe la pila en la que fue bautizado San Ignacio de Loyola». .


(O. C., 1973, t. III, p. 1470)                


Pero se refiere ya de una manera concreta al País Vasco en el volumen primero del libro Fisonomías sociales, recopilación de diversos trabajos publicados en 1923 tras su muerte, donde aparecen tres artículos dedicados a San Sebastián, Bilbao y Santander, ciudades por las que sentía una gran simpatía. Yo les animo a que lean esas páginas en las que alude al veraneo de San Sebastián, a su famosa playa, a los balnearios, a su puerto, a la agricultura y a la industria. Del vasco alaba su talante liberal, que describe con estas palabras: «El vascongado es trabajador leal, honrado, buen soldado y mejor marino, prodigio de constancia, o, hablando más propiamente, de tenacidad» (p. 22). Cuando se refiere a Bilbao menciona a sus habitantes como trabajadores, expansivos, emprendedores, generosos y perseverantes; formales en el trabajo y alegres en sus fiestas. Por supuesto no ignoró las buenas aficiones gastronómicas de los bilbaínos. En el Episodio De Cartago a Sagunto con respecto a Portugalete, escribe: «En aquel período de descanso menudearon las comilonas en diferentes sitios próximos a la ría, pues ya se sabe que donde hay bilbaínos no pueden faltar las alegres cuchipandas campestres».

Sobre las guerras carlistas en Vizcaya, comenta Galdós que le recuerdan «carnicerías horrorosas y la pérdida de muchas vidas españolas». Buen patriota y antibelicista pide que no se repitan estas contiendas y sea vencido el elemento absolutista por las prácticas liberales.

En las colaboraciones de Galdós en el periódico La Prensa de Buenos Aires3 hay también diversos comentarios sobre San Sebastián y Bilbao. Por ejemplo, en uno de estos artículos, de septiembre de 1884, incomprensible en una mentalidad abierta como la suya, no se muestra nada partidario del uso del eusquera ni tampoco le agrada su fonética (pp. 109-110). Ese mismo reparo ponía a los escritores, como Narciso Oller, que se expresaban en catalán. Sin embargo, José María de Pereda le advertía en una carta: «Los escritores catalanes piensan en catalán, hablan catalán y viven en una sociedad que no hablan otra lengua en familia», que «es el jugo de su literatura», si bien reconoce el menor mercado de ventas de sus libros4.

Cuando el escritor canario visita Bilbao tiene sus mejores palabras para esta ciudad por la vida, animación y alegría que ofrece su hermosa ría y en cuyo puerto dice que vio, hacía años, doscientos ochenta vapores turnándose en la carga y descarga y que era el quinto puerto de Europa «en número de buques de vapor, y uno de los primeros de España en importancia mercantil».

Al aludir al veraneo en San Sebastián dice que Santander no la iguala en la importancia de sus balnearios ni en el número de visitantes y en la forma en que son tratados.

En otro de los artículos, publicado en mayo de 1890, aborda el problema social de las huelgas con referencia a los movimientos socialista y anarquista que entonces atemorizaban a la gente burguesa: «Es hasta ahora Bilbao el único punto de España donde la Guardia Civil ha tenido que hacer fuego sobre los obreros huelguistas que intentan apartar del trabajo a sus compañeros» (pp. 398-400).

Si repasamos ahora el aspecto político, desde joven había mantenido Galdós en numerosos artículos una animadversión hacia los neocatólicos y los carlistas. Como buen burgués y hombre de mentalidad liberal, no supo tampoco entonces comprender en su primera época los movimientos revolucionarios del estamento obrero. Pero ya en 1890, al escribir sobre la fiesta socialista del primero de mayo, advierte acerca del poder del pueblo trabajador, ya organizado, del que teme el que llama «furor huelguista», que, en cierto modo, considera imparable. Así escribe:

«En España, Barcelona y Bilbao, como centro fabril la primera, y región minera de gran importancia la segunda, atraen principalmente la atención del Poder público y del país entero. Como ciertos ejemplos cunden con pasmosa facilidad, ya no hay pueblo, ya no hay región donde no se preparen a la huelga todos los trabajadores de cualquier clase que sean»5.


Pero Galdós, no se percató de las reivindicaciones sociales y por ello no veía entonces fácil ofrecer un feliz desenlace al problema, para el que apuntaba una solución cristiana nada convincente. Así escribe:

«El espiritualismo es el que más se acerca a una solución, proclamando el desprecio de las riquezas, la resignación cristiana y el consuelo de la desigualdad interna, o sea la nivelación augusta de los destinos humanos en el santuario de la conciencia»


(Ibidem, p. 186).                


Esta mentalidad de Galdós iba a cambiar en poco tiempo y mucho más cuando se compromete y participa en política. Ya en 1893 tenía en su biblioteca el libro de Emile de Laveleye, Le Socialisme contemporain, publicado en Bruselas en 1881.

Pero siguiendo con sus opiniones sobre el pueblo vasco son importantes las referencias que, como indiqué, hace en el citado libro Fisonomías sociales a la industria vizcaína y a la mejora del puerto. También menciona la resistencia, en ocasiones, de los bilbaínos a las tropas carlistas. En su novela Fortunata y Jacinta arremete Galdós contra el tercer pretendiente al que llama irónicamente, aparte de Carlos Siete, con un catálogo de epítetos del cariz de: «perdido», «zafiote», jefe de los «carcas», «déspota», etc. y al que denomina, en otra obra, «Carlitos VII». Con él comienza la tercera guerra carlista en el norte, en su segunda fase, y tiene lugar el sitio de Bilbao. Los escenarios de esta guerra fueron bien expuestos por Galdós en sus Episodios. El novelista siguió por la prensa el movimiento de las tropas y escuchó de viva voz, durante el verano en Santander, los acontecimientos de la liberación de Bilbao a primeros de mayo, donde cuentan que se acogió la noticia con repique de campanas y júbilo popular.

No trata mucho mejor a Fernando VII del que traza en La Fontana de Oro el retrato físico y humano con las peores pinceladas sobre este rey que «como hombre, reunía -según sus palabras- todo lo malo que cabe en nuestra naturaleza; como rey, resumió en sí cuanto de flaco y torpe pueda caber en la potestad real» (cap. XLI).

Con el nuevo siglo, perdidas las colonias, la presión del caciquismo y del clero y la que le parece prolongación de la Restauración le llevan a adherirse a la postura regeneracionista y al deseo de una participación política. Pero mientras gran parte de los intelectuales se lamentan de la decadencia de España, Galdós confía en el pueblo español y en sus posibilidades, aunque como buen conocedor de la historiografía de España se percata de los males crónicos que persisten todavía y que espera han de desaparecer con los nuevos tiempos. «Si ha de haber regeneración, -escribe- esperémosla de la gente vieja y de la gente nueva concertadas, de la experiencia y la iniciativa en perfecto consorcio; esperémosla sobre todo de una vigorosa reconstitución de la conciencia nacional»6. Cuando en 1898 sobreviene la derrota española, Galdós publica en la revista Vida Nueva, con tristeza e ironía, el artículo titulado «Fumándose las colonias». Al año siguiente se suprimió, por Decreto, el Ministerio de Ultramar. Desde Santander vio don Benito la repatriación de un ejército vencido, frustrado y enfermo. Cuando se lee la llamada «Literatura del Desastre» se puede advertir el desaliento en los escritos de los intelectuales del momento.

Es ya en el nuevo siglo, al comprobar en 1907 la política autoritaria de Maura, cuando decide hacerse republicano. La carta donde lo confirma, dirigida al director de El Liberal, en abril de ese año, merece recordarse por manifestar al pueblo de Madrid su patriotismo y su honradez política, a la que pensaba entregarse como una obligación y sin ningún provecho. Así escribe como advertencia a los políticos oportunistas:

«Jamás iría yo adonde la política ha venido a ser, no ya un oficio, sino una carrerita de las más cómodas, fáciles y lucrativas, constituyendo una clase, o más bien un familión vivaracho y de buen apetito que nos conduce y pastorea como a un dócil rebaño»7.


A partir de este momento el novelista canario interviene en política, publica artículos al respecto y escribe discursos y manifiestos. Sin embargo, no le gustaba la política y si participó fue por obligación de partido en días difíciles. Ya al mes de hacerse republicano publica en España Nueva un artículo, el Día de los trabajadores, completamente diferente al que publicó en 1890 y al que me he referido. Aquí alude a la justa remuneración del trabajo y a las tres ruedas de la actividad humana que habrían de funcionar en el porvenir: Arte, Capital y Trabajo armónicamente conectados. Algunos escritos políticos fueron publicados en el País Vasco, como el del mitin de San Sebastián del 20 de junio de 1908, aparecido en La Voz de Guipúzcoa; el que se leyó en el de Santander, de solidaridad con los obreros huelguistas de esta ciudad y de Bilbao, el 14 de agosto de 1910, o en el celebrado por la Conjunción Republicano-Socialista de Baracaldo el 5 de mayo de 19128.

El año 1909 fue especialmente conflictivo por la Ley de huelgas, los acontecimientos desastrosos en Marruecos y el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia. Galdós, ya comprometido políticamente, escribe su novela El caballero encantado, obra regeneracionista y acusadora de la situación social y de los males ocasionados por el analfabetismo, la explotación obrera y el caciquismo. La oposición de Galdós a la guerra del Rif se hizo pública en una valiente y sensata carta abierta al pueblo español, firmada también por Joaquín Costa, Pablo Iglesias y Gumersindo de Azcárate.

Con respecto al campo de la novela con referencias al Pueblo Vasco tenemos que ir a un Episodio muy interesante por su nueva manera de novelar. Es el de Amadeo I, escrito en 1910, en el que mezcla hechos y personajes históricos en un entramado de realidad y de ficción, donde figura él mismo en la narración, sin respeto cronológico y con curiosas transformaciones. Esa alteración de tiempo y espacio y de mezcla de vivos y muertos, convierte este Episodio en una obra que es precursora de ciertas formas de la novela moderna. Pues bien, en esta obra se puede apreciar su anticlericalismo, promovido a partir de los ataques de que fue objeto por parte de la Iglesia española a raíz del estreno de Electra (1901). Del mismo modo, resulta notable, por la gran cantidad de alusiones que contiene sobre las guerras carlistas y el clericalismo vasco. En 1910 cuando lo escribe, mantiene correspondencia con su amiga, compañera la llamaríamos hoy, Teodosia Gandarias, viuda vizcaína nacida en Guernica en 1863. Teodosia fue para Galdós lo mismo que Mariana von Willemer o la joven Ulrica von Levetzov para Goethe. Pero, además, encontramos en las páginas de este Episodio, junto a detalles autobiográficos enmascarados, alusiones frecuentes desfavorables a Pío IX y al catolicismo vasco, con obispos carlistones y abundantes «neocatólicos y tradicionalistas hidrófobos, explotadores de la religión como resorte del absolutismo». Ahora se identifica con el programa político de Ruiz Zorrilla, al que primero había combatido. Se declara en estos momentos partidario de la libertad de cultos, enseñanza totalmente laica, igualdad social, reparto equitativo del bienestar humano, autonomía provincial y municipal, supresión del voto de castidad y de los títulos nobiliarios y de la pena de muerte9. Se trata, pues, de una exposición muy avanzada en la que se adelanta a su tiempo. El análisis de este Episodio nos proporciona otros muchos datos de su visión política y anticlerical, de la causa carlista, etc. Por ejemplo, tienen gracia e interés costumbrista los villancicos en coplas pícaras con alusiones políticas que cantaban los ciegos. Les cito algunas de ellas.

«En la mitad del camino / iba san José cansado. / Fue a llamar a una posada / y le salió un moderado. / A otra posada llamó / ya fatigado de andar / y le dijo el posadero: Entra Pepe federal». «Vinieron los pastorcitos / a besarle pies y manos; / Jesucristo muy contento / porque eran republicanos».


(Amadeo, pp. 178-179).                


Esos años de filiación republicana son los de mayor actividad política de Galdós. Creó con Pablo Iglesias la Conjunción Republicano-Socialista e, incluso, se reunieron los dos alguna vez en su finca de «San Quintín», en Santander, vigilados por la policía. Esta actitud combativa la extiende al campo religioso. Así, participó personalmente en la manifestación anticlerical del 3 de julio de 1910 y firmó, además, el escrito enviado por el Comité de la citada coalición. En este mismo año asistió al Primer Congreso Librepensador Español celebrado en Barcelona del 13 al 16 de octubre, en el que presentó don Benito una ponencia sobre la separación de la Iglesia y del Estado. Lo curioso es que en el fondo era Galdós un hombre religioso y, a la vez, anticlerical o, mejor aún, antieclesial, por no gustarle la supremacía dominante de la Iglesia española de entonces. Por supuesto, hoy está claro que no perteneció a la masonería.

El problema obrero motivado por las huelgas de Vizcaya llegó a preocupar a Galdós. En el verano de 1910 le escribe a Teodosia desde Santander: «Veo con sentimiento que la huelga de Bilbao no termina. Personas venidas de allí me han dicho que si no se resuelve pronto el conflicto entre obreros y patronos, ocurrirán allí choques y disturbios muy graves»10. A la vez, le comunica que la juventud bilbaína le había comprometido para que asistiera al estreno en su ciudad del drama Casandra, que se había representado en el Teatro Español de Madrid el 28 de febrero de 1910. La persistencia de los vizcaínos hizo que los jóvenes se avistaran con Carmen Cobeña para que llevara a Bilbao la obra. También tenemos noticias de las representaciones de Marianela por la Xirgu en San Sebastián y Bilbao en 1917, y que gustó en esta última ciudad el estreno de Realidad en el verano de 1892.

La correspondencia publicada por Galdós a Teodosia desde Santander11 constituye una fuente importante de datos para conocer el pensamiento de Galdós en esos años y nos sirve en este caso para ver las alusiones que hace sobre Vizcaya. Así, ella le dice que está leyendo La campaña del Maestrazgo y don Benito le responde que vea la interesante página que le dedica a Beltrán de Urdaneta o le cuenta en 1910 el varapalo que han recibido en un artículo los jesuitas y bizcaitarras que llama levantiscos, así como la plutocracia bilbaína mimados todos por el gobierno conservador. Algunas de estas cartas no dejan de tener gracia como cuando cuenta a Teodosia la visita que hicieron en agosto a Santander las juventudes republicanas incluidas mujeres con sus estandartes, «todas -como dice Galdós- muy simpáticas, listas y de ideas avanzadas». Y termina así la carta: «Ayer han tenido un gran recibimiento los bilbaínos: el domingo tarde pasaron por estos barrios en imponente manifestación con banderas, y largo rato estuvo delante de esta casa, dando vivas, gritando y cantando La Marsellesa. Fue una tarde espléndida, de gran regocijo para toda la población» (p. 204). En otra del verano de 1912 refiere la galerna de los días 12 y 13 de agosto que produjo la muerte de numerosos marineros de Santander, Bermeo y Ondárroa. En otras cartas del mismo mes le refiere la visita en su finca de «San Quintín» de un grupo de modistillas que viajaban como premio de la revista madrileña Nuevo Mundo que fueron primero obsequiadas en San Sebastián y Bilbao.

No deja de ser curioso que un hombre tan reservado como era don Benito se explaye únicamente con ella ofreciéndola toda clase de datos sobre lo que está escribiendo y la situación política del momento. Teodosia fue su gran amor y la asesora en algunas partes de los temas vascos y a la que solicitaba su opinión sobre lo que estaba haciendo en esos últimos años de su vida. Y, sobre todo, le acompañó en la soledad y la vejez. El estudioso de la obra de Galdós encontrará en esta colección de cartas importantes datos sobre los propósitos de sus obras, las fechas de comienzo o de terminación de ellas, los viajes e intervenciones políticas, sus estados de ánimo y de salud, etcétera. El epistolario pone de relieve lo mucho que la quiso, como puede verse por los piropos que la dirige. El lenguaje amatorio es bien generoso y variado, acompañado de apasionadas promesas.

El dramático desenlace de ese amor es sumamente curioso y romántico, pues ambos murieron con tres días de diferencia en enero de 1920. En una carta publicada por una conocida de Galdós, que ocultó su nombre bajo el seudónimo de doña Paz, se cuenta así: «Ella fue su amor de fuego, un amor-manía. Y digo fue, porque tres días antes de morir el glorioso autor de Realidad, cuando ella supo la gravedad de su cantor murió también!». Los restos de ambos fueron a parar en el espacio de pocas horas al mismo cementerio de la Almudena12. Al morir Teodosia sin testamento y el hecho de encontrarla muerta y posiblemente con deudas hizo que el juzgado se hiciera cargo de sus pocos bienes y entre ellos hallaron en una gaveta un paquete de cartas atado con una cinta de seda que contenía toda la colección del epistolario que hoy se conserva en la Casa Museo del novelista en su ciudad natal.

A modo de conclusión, debo decirles que, en definitiva, la impresión de Galdós sobre el País Vasco y sus habitantes fue siempre positiva, cuando no admirativa, a pesar de las declaraciones ya señaladas sobre el euskera. El aspecto dominante y absorbente de la Iglesia española de entonces hizo que, como defensa propia, se convirtiera el novelista canario en anticlerical, más en sus discursos que en sus novelas o teatro, aunque entonces tampoco gustó a la jerarquía religiosa que llevara a este campo los problemas de conciencia. No fue, en ningún momento, partidario de la revolución y de los partidos extremistas, entre ellos el carlista. Pero el que desee profundizar con más detalle debe leer, sobre todo, la inmensa obra literaria galdosista, ahora tan de moda entre los hispanistas, donde encontrarán todo un mundo de personajes y ambientes relacionados con el País Vasco. Muchas gracias.





 
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