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De la intención y valor del "Guzmán de Alfarache" / Gonzalo Sobejano

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1

La Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, ed. Cejador, Madrid, Clás. Cast., 1926. Citamos siempre por esta edición.

 

2

Siento confesar que no me convence la interpretación que H. R. Jauss ha expuesto recientemente a propósito del origen de la forma autobiográfica, entroncándola en la hagiografía y en las Confesiones de San Agustín [Ursprung und Bedeutung der Ich-Form im Lazarillo de Tormes, RJb, VIII, 1957, 290-311). Creo que la humildad del protagonista y la intención que le mueve a criticar la sociedad desde abajo son condiciones que imponen por sí solas, en su tiempo, la identificación del narrador y el sujeto de la acción. La anonimidad del Lazarillo y de su primera continuación resulta bien expresiva en tal sentido. Si Alemán no oculta su nombre, ni tampoco sus continuadores, es porque desde él la crítica adopta un giro educativo (sincero o postizo), quedando soslayada la clase sacerdotal.

 

3

Mateo Alemán, Guzmán de Alfarache, ed. S. Gili y Gaya, Madrid, Clás. Cast., 1926-1936, 5 vols. Siempre citaremos por esta edición, indicando en números romanos el tomo y en arábigos la página.

 

4

«L'autobiographie de Guzmán est la confession d'un échec et un mea culpa, mais aussi la glorification de nombreux succès dans l'art de voler et de tromper. Si, dominée dans l'ensemble par l'amertume du desengaño, elle respire le plaisir de l'engaño dans le détail, c'est que l'autobiographie inaugurée par Lazare est, par ses origines folkloriques et par la volonté de son prémier rédacteur, un livre pour rire, libro de burlas» (Marcel Bataillon, La vie de Lazarillo de Tormès, Paris, Aubier, 1958, p. 80).

 

5

Enrique Tierno Galván (¿Es el « Lazarillo» un libro comunero?, en «Boletín Informativo del Seminario de Derecho Político de la Univ. de Salamanca», XX -XXIII, febrero 1958, p. 219) ha insinuado que el escudero es un «tipo en el fondo poco simpático». Yo diría que es la única figura antipática del libro. Todas las demás, salvo Lázaro, son odiosas. El escudero, simplemente antipático. Lo cual, nada dice en contra de la belleza inmarcesible y de la emocionante verdad de las páginas que el autor anónimo le dedicó.

 

6

Enrique Moreno Báez, Lección y sentido del Guzmán de Alfarache, Madrid, 1948, p. 53.

 

7

G. Moldenhauer, Spanische Zensur und Schelmenroman, en «Estudios eruditos in memoriam de Adolfo Bonilla y San Martín», Madrid, 1927, espec. pp. 229-230.

 

8

Novelistas anteriores a Cervantes, BAE, III, Madrid, 1925.

 

9

Bataillon, que ha estudiado insuperablemente el prodigio literario que el Lazarillo es, no cree que el propósito de la obra sea la crítica social (op. cit., p. 53). Sin embargo, no es preciso ser insensible a la seducción artística del maravilloso librito, ni positivista, ni partidario de un realismo decimonónico, para reconocer que si la crítica social no es su fin principal y generador, sí es al menos un propósito concurrente al otro, al puramente artístico. A Bataillon se le nota encandilado por el juicio del P. Sigüenza sobre el valor literario del Lazarillo, que nadie pone en duda. Pero, además de la opinión del culto Sigüenza, conviene tener en cuenta el juicio del Santo Oficio expurgando el Lazarillo de lo que estimó crítica irreverente. Y, sobre todo, conviene no olvidar que, por entre las «facecias» del Lazarillo, asoman esos comentos breves citados más arriba, para los cuales no creo existan fuentes literarias ni folklóricas. Pues bien, esos comentos son críticos. Y el continuador anónimo de Amberes, en cuyas digresiones críticas para nada se fija Bataillon (pp. 60-68), demuestra claramente, al hacer del Lazarillo una sátira lucianesca, que el precioso relato invitaba a una derivación en tal sentido.

 

10

Ver: Américo Castro, Perspectiva de la novela picaresca (en Semblanzas y estudios españoles, Princeton, 1956, p. 80, y Miguel Herrero, Nueva interpretación de la novela picaresca, en RFE, XXIV, 1937, pp. 343-362).- Que el Lazarillo es germen indudable de la novela picaresca e incluso la primera obra que pueda calificarse de tal (aunque Lázaro no sea aún pícaro de cocina, esportillero, falso mendigo, estafador ni galeote) lo prueban con rotundidad aquellas palabras de Ginés de Pasamonte, un Guzmán vesánico, cuando dice al caballero que quiere librarle de las galeras que el relato de su vida «es tan bueno... que mal año para Lazarillo de Tormes y para todos cuantos de aquel género se han escrito o escribieren» (Quijote, I, XXII). En 1605 no había escritos, que sepamos, más que Guzmán y Justina. En la primera edición de ésta aparece, recuérdese, una lámina figurando La nave de la vida pícara, que ocupan Celestina, Justina y Guzmán. A remolque va en una barca Lazarillo.

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