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Diccionario histórico-biográfico del Perú

Tomo segundo


Manuel de Mendiburu



Portada.



[Indicaciones de paginación en nota1 .]



  -I-  
Señores suscriptores a esta obra

General don Nicolás Freyre, Presidente del Consejo de Ministros.
Diputado don Melchor Vidaurre, vocal de la Corte Suprema.
Capitán de navío don Aurelio García, Ministro de Gobierno.
Diputado don José Jorge Loayza.
Don Nicolás Rodrigo.
Diputado don José Luis Gómez Sánchez, vocal jubilado de la Corte Suprema.
Don Juan Mattison.
Coronel don Juan Francisco Elizalde.
Don Juan José Moreyra.
Don Manuel Francisco Benavides.
General don José Miguel Medina.
Don Aurelio Denegri.
Diputado don José Antonio Barrenechea.
Don José Flores Guerra.
Diputado don Bernardo Muñoz, vocal de la Corte Suprema.
Coronel don José Panizo.
Diputado don Mariano Macedo.
Diputado don Gervacio Álvarez, vocal de la Corte Suprema.
Don Andrés Rey.
Comisario ordenador don Manuel M. Basagoytia.
Diputado don Bernardino León, vocal de la Corte Superior.
Don Ignacio de Osma, Alcalde del Consejo provincial.
Diputado don José Dávila Condemarín, Director General de Correos.
Don Narciso Alayza, Director en el Ministerio de Gobierno.
Don Gregorio Escardó.
Diputado don Antonio Arenas, Presidente de la Corte Suprema.
General don Luis La-Puerta.
Diputado don José Antonio Roca.
Diputado don Leonardo Villar.
Don José Dañino.
Diputado don Juan de Oviedo, vocal de la Corte Suprema.
Don Gregorio Cabello.
Don Carlos Elizalde.
General don Javier de Osma.
Diputado don Antonio Saldaña, por dos ejemplares.
General don Francisco Alvarado Ortiz.
Don José R. de Izcue, Director en el Ministerio de Hacienda.
Reverendo Obispo del Cuzco, diputado don Pedro José Tordoya.
Don Ricardo Espiell.
Don José B. Goiburu, Senador.
Don Pedro Astete, Contador Mayor.
Don José Amancio Castillo.
Don Manuel B. Cisneros, vocal de la Corte Suprema.
Diputado don José J. Corpancho.
Don Pedro Paz Soldán.
-II-
General don Pedro Silva, Inspector General.
Don José Bresani.
Diputado don Juan de la Cruz Benavente.
Diputado don Manuel Bandini, Arcediano.
Don José Muro.
Diputado don Blas J. Alzamora, vocal de la Corte Suprema.
Diputado don Francisco García Calderón.
Diputado don Manuel Ortiz de Ceballos.
Don José Nicolás Hurtado.
General don Domingo del Solar, Comandante General de Artillería.
Diputado don Manuel E. Chacaltana, vocal de la Corte Superior.
Coronel don Manuel G. de la Cotera.
Diputado don José Antonio García y García, Presidente del Supremo Tribunal de Responsabilidad.
Coronel don Felipe Coz, Oficial mayor del Ministerio de Guerra.
Don Agustín Escudero.
Diputado don José Eusebio Sánchez, vocal de la Corte Suprema.
Capitán de navío don Juan Pardo de Zela, Oficial mayor del Ministerio de Marina.
Diputado don Miguel de los Ríos, Decano de la Facultad de Medicina.
Diputado don Ricardo Ortiz de Ceballos.
Don Carlos Phluker.
Don Raymundo Morales, Director en el Ministerio de Instrucción.
Diputado don Rafael Velarde.
Coronel don Mariano de la Fuente.
Diputado don Celso Bambaren.
Diputado don Teodoro de la Rosa vocal de la Corte Superior.
Don Pedro Mariano García, Director de la Casa de Moneda.
Don Pedro Noriega, Cónsul del Tribunal del Consulado.
Don Bernardo Roca y Boloña.
Doctor don Domingo Mendoza y Boza, vocal de la Corte Superior.
Diputado don Luciano B. Cisneros.
General don Francisco Diez Canseco.
Don Juan Pazos.
Don Sebastián Salazar, Oficial mayor de Relaciones Exteriores.
Don José Carrillo y Zavala.
Don José Félix García, Director General de Contabilidad.
Don Francisco de Paula Muñoz, Director de Aduana.
Don Dionisio Derteano, Prior del Consulado.
Don Francisco Carassa, Director de Aduana.
Don Augusto Cavada.
Capitán de Navío don Ramón de Ascarate, Contador Mayor.
Don Manuel Arisola.
Diputado don Juan Cossío, Director de Instrucción Pública.
Doctor don Simón Gregorio Paredes.
Don Pedro José Sáenz.
Don Carlos Kruger.
Doctor don Armando Velez, Senador.
Coronel don José Francisco Sáinz.
Coronel don Manuel Álvarez Calderón, Diputado don Ignacio Abadía.
Don Genaro M. Saavedra.
Don Manuel M. Salazar, Senador.
Diputado don José Boza, Diputado.
Coronel don Federico Ríos.
Don Manuel A. Iparraguirre.
Don Pedro Beltrán (2 ejemplares.)
-III-
Diputado don Mariano Arosemena.
Don José Manuel García y García, Cajero Fiscal.
Diputado don José María de la Torre Bueno.
Diputado don Juan de los Heros.
Diputado don Melitón Porras.
Coronel don Diego Salazar.
Don José Felix Aramburu.
Don José F. Luque.
Don Ernesto Malinowski.
Don Henrique García Monterroso.
Don Camilo Salmón.
Coronel don Melchor Velarde.
Don Anselmo Centeno.
Don Antonio Raimondi.
Don Luis Caseres, vista de la Aduana.
Don Rufino Echenique.
Don Simón Irigoyen, Director de Rentas.
Diputado don Luis Ponce, Juez de primera instancia.
Coronel de artillería don Arnaldo Panizo.
Diputado don Ramón de la Fuente.
Don Nicanor Tejerina.
Don Felipe Arancivia.
Don Pedro Bernales.
Don Arturo Wholey.
Don Gregorio Benavides.
Don Pedro Bezanilla.
Don José Manuel Idiáquez.
Don Emilio Forero.
Don José María González, Diputado.
Don Pedro T. Larrañaga.
Diputado don Manuel V. Morote, Juez de primera instancia.
Don Luis F. Zegers.
Don Manuel A. Borda.
Don Henrique Reborg.
Don Marcos Grellaud.
Don Augusto Milá de la Roca.
Don José María Varela y Valle.
Don Manuel A. de Barinaga.
Diputado don Manuel F. Espinosa.
Don José de la Riva Aguero, Ministro plenipotenciario en Francia.
Diputado don Francisco Rosas.
Don Gerónimo Lama, Prefecto de Loreto.
Coronel don Ambrosio J. del Valle, Prefecto de Moquegua.
Coronel don José Alayza, Prefecto de Piura.
Don Emilio Althaus.
Don José Ignacio Tabara.
Teniente coronel don José S. Pardo de Zela.
Don Ignacio García.
Mister William Nation.
Diputado don Julio Zárate, prebendado.




  -1-  
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B

BACHICAO. Hernando, a quien el cronista Herrera le da el apellido de Machicao. Nació en San Lúcar de Barrameda, y no empieza a mencionársele por los escritores antiguos sino desde 1537. Consta que fue uno de los doce oficiales que acompañaron a don Francisco Pizarro cuando salió de Lima para tener una entrevista en Mala con don Diego Almagro. Hizo la campaña del Cuzco y se halló en la batalla de las Salinas en cuyo campo buscó al capitán Pedro de Lerma perteneciente al bando de Almagro, y encontrándolo caído en tierra y herido, le dio muchas estocadas dejándolo por muerto, con lo cual satisfizo indignamente su venganza contra un enemigo desarmado.

Bachicao dio noticia al Gobernador don Francisco Pizarro de que los vencidos almagristas pensaban matarlo: hallábase Pizarro en Chucuito en 1539 cuando recibió la carta de aquél dándole ese aviso al cual no prestó atención alguna. Muerto Pizarro en 1541 se hallaba Bachicao de Regidor en el Cuzco de donde era vecino; y proclamándose en un tumulto a don Diego Almagro el hijo, fue éste aceptado por el Cabildo que eligió a don Gabriel de Rojas para que gobernase en su nombre.

Bachicao se adhirió poco después a la causa del Rey cuando el capitán Pedro Álvarez Holguín se apoderó del Cuzco y destituyó a las autoridades de Almagro. Marchó con él al Norte para reunirse al licenciado don Cristóbal Vaca de Castro que vino al Perú de Gobernador y le nombró Capitán de piqueros. Cristóbal Sotelo, Maestre de campo de Almagro, entró más tarde en el Cuzco y confiscó los bienes de Bachicao y de otros.

Acabada la guerra y consultando Vaca las reclamaciones de los agraviados o desposeídos con motivo de las ordenanzas que favorecían a los indios, el capitán Bachicao como los otros regidores del Cuzco fueron de parecer que se suspendiese el cumplimiento de ellas. Vaca permitió entonces que Francisco de Carvajal pasase a España a representar al Rey como procurador las quejas de los descontentos, comisión que no llegó a tener efecto. Bachicao aconsejaba entonces a Vaca de Castro que se hiciese fuerte con el Gobierno, que no lo entregase al Virrey Blasco Núñez Vela, y ofreciéndole que todos lo sostendrían. Al mismo tiempo escribían a Gonzalo Pizarro para que los defendiese, y éste, animada su ambición, principió a combinar sus planes para revelarse y desconocer la autoridad del Virrey.

Bachicao uno de los que con más empeño trataban de acelerar la rebelión, había quemado un número de armas que estuvieron depositadas en Jauja por disposición de Vaca. En seguida anduvo alborotando las provincias del Sur y excitando contra el Virrey a cuantos encontraba, a fin de amenazarle con la guerra si ponía en ejercicio las nuevas ordenanzas. Mayores cosas hizo en el Cuzco, y cuando casi con violencia se exigió al Cabildo nombrase a Gonzalo Pizarro Capitán general y Justicia mayor, Bachicao se empeñó mucho en ello y dio su voto sin admitir a otros las excusas y razones que oponían.

Consumado el levantamiento, Gonzalo dio a Bachicao el mando de la artillería del ejército que organizó. Por entonces muchos vecinos principales huyendo de la rebelión se marcharon para Arequipa. En venganza de este hecho les saquearon sus casas por completo; y Bachicao que nunca quedaba atrás en la perpetración de crímenes, cañoneó aquellos edificios decidido como estuvo a destruirlos. En el concepto malicioso de los revolucionarios, no era sincera la disposición tomada por   -2-   el Virrey Vela de suspender el cumplimiento de las nuevas leyes. Éste otorgó también un indulto con el fin de atraer al terreno de la paz a los ya extraviados: verdad es que exceptuó de dicha gracia a Bachicao y a otros incorregibles turbulentos.

Depuesto el Virrey por los Oidores, y cuando éstos trabajaban por reducir a Gonzalo a la obediencia, Bachicao fue siempre uno de los empecinados que servían de obstáculo a todo proyecto de avenimiento. Luego que Pizarro ocupando Lima disolvió la Audiencia, y supo que el Virrey había aparecido por Tumbez, envió con acuerdo del oidor Cepeda a Bachicao para que lo matase, y no habiendo buque alguno se tomó el arbitrio de acrecentar una canoa de pescadores. En esto llegó al Callao un bergantín procedente del Sur, y partió en él acompañado de treinta hombres, el comisionado elegido como digno de semejante encargo. Así lo refiere el cronista Herrera; mas Agustín de Zárate, que no toca este punto, dice que Bachicao embarcó artillería y tropa y salió llevando al oidor Tejada y a Francisco Maldonado con destino a Panamá para que como procuradores pasasen a España a dar cuenta de los sucesos, y pedir la gobernación del Perú para Gonzalo Pizarro. A su llegada a Payta y Tumbez nada hizo Bachicao temeroso de la fuerza que el Virrey tenía, y después de apresar dos buques fue a entretenerse en saquear Puerto Viejo y cometer diferentes actos de crueldad. Después capturó un buque en las islas de las Perlas y se dirigió a Panamá para poner en obra sus maquinaciones. Tomó los barcos útiles, desarboló otros, ahorcó a los capitanes que intentaron fugar, y se propuso entenderse con los de tierra sirviéndose de una credencial que llevaba y de una comunicación de Gonzalo para las autoridades del Istmo.

Bachicao trató con los diputados que éstas le enviaron: desembarcó y ocupó la población, se tomó la artillería que encontró, invitando a los que quisiesen pasar al Perú. Hizo muchos robos al comercio, y sus soldados perpetraron toda clase de crímenes, por lo que apurado el sufrimiento de los vecinos, no teniendo fuerza para poder vencerlo, pues toda se había unido a Bachicao, tramaron el modo de matarlo a cualquiera costa. La conspiración fue denunciada por un soldado Orduña, y aunque uno de los oficiales, Martín Olmos, pudo matar a Bachicao le faltó valor para hacerlo. Hubo no pocos presos a los cuales después de prestar sus declaraciones les mandó dar garrote sin que valiesen excusas ni ruegos. El desenfreno de Bachicao y sus dichos escandalosos más parecían efecto de locura que de brutal insolencia. Dio de palos a un religioso llamado fray Luis de Oña: decía que él podía nombrar canónigos y ordenar sacerdotes: que Gonzalo Pizarro era ya Rey y también Pontífice.

Embarcó en Panamá 300 hombres y se hizo a la vela con 22 buques que llegó a reunir despojando a sus dueños. Tomó una embarcación procedente de México con caballos y diferentes auxilios para el Virrey.

Llegó a Puerto Viejo y quiso internarse a Quito; pero el Virrey se adelantó en su retirada a fin de evitarlo, y cuidó de atraer a Bachicao con un amplio perdón para que se le incorporase ofreciéndole largas recompensas que él despreció. En Puerto Viejo se fraguó una conspiración para matarlo y los autores de ella estuvieron resueltos a plegarse al Virrey y someterle también la escuadra. Penetró Bachicao sus miras y los aprisionó disponiendo se les ahorcase: mas no sucedió así, y salieron desterrados en virtud de los ruegos de don Juan Mendoza que arribó en un buque horas antes.

Vínose a Tumbez Bachicao con su expedición, y como soñase que algunos le acometían para quitarle la vida, y sucediese que un galeón a cuyo   -3-   bordo iba el capitán Martín Olmos, por descuido de los marineros, chocó con el buque en que él se hallaba; lo hizo cañonear para que se hundiese, diciendo que el sueño era siempre hermano de la muerte. No llegó a echarlo a pique, y se contentó con matar a un sargento, al maestre y al piloto.

Gonzalo Pizarro conociendo a Bachicao desconfió de él y envió a don Pedro Hinojosa y al capitán Martín Robles para que lo buscasen: él había enviado al Callao los buques y la artillería, y marchaba con su tropa sobre Quito para obrar independientemente. Encontráronlo en Tacunga, y se decía que su intención era destruir a Núñez Vela y volver contra Pizarro. Redujéronlo a la obediencia y lograron se juntara con Gonzalo, quien aunque estuvo decidido a hacerlo ahorcar, no quiso después ejecutarlo. Rehusó darle el mando de la Escuadra que él pretendía con afán; y le nombró Capitán de una compañía poniendo la armada a cargo de Hinojosa.

Hallose Bachicao en la batalla de Añaquito, y estando prisionero y herido el capitán Velalcázar, lo atropelló para matarlo, y así lo hiciera a no interponerse otros oficiales que lograron refrenar su saña. Continuó en el ejército de Gonzalo mandando 112 piqueros cuya compañía llevaba una bandera con la cifra del caudillo y una corona encima: era uno de los que le importunaban para que se proclamase Rey del Perú. Estuvo en la campaña contra Diego Centeno derrotado en la batalla de Guarina. En ciertos momentos pareció adversa la suerte a las armas de Pizarro, y entonces Bachicao se fugó a las filas enemigas; mas cuando advirtió que el desenlace final las favorecía, quedando Centeno desbaratado, cuidó con celeridad de abandonarlo volviéndose a su ejército, y queriendo tomar parte en la victoria como si a ella hubiese contribuido. El maestre de campo Francisco Carvajal tardó poco en hacerlo matar; y éste fue el fin que tuvo un hombre cuyos atentados contra la humanidad exigían el castigo que recibió. Después, vencido Gonzalo Pizarro por el Gobernador don Pedro de la Gasca, hubo una sentencia contra la fama y bienes de Bachicao y algunos más que habían muerto antes de terminar la guerra civil.

BADAJOZ. Juan Alonso. Uno los notables soldados que se embarcaron en Panamá con don Francisco Pizarro en la expedición que trajo al Perú luego que vino de España en 1530. Hallándose en la Isla de Puná hubo una fuerte cuestión entre Hernando Pizarro y el tesorero Riquelme, quien muy ofendido determinó volverse a España y emprendió su viaje. Don Francisco envió en su seguimiento a Badajoz para que lo obligara a regresar: diole alcance en la punta de Santa Helena y lo trajo a la presencia del Gobernador quien consiguió amistarlo con su hermano Hernando. No sabemos si Badajoz, que no está en la lista de los gratificados con el caudal que juntó Atahualpa para su rescate, vendría de Piura a Cajamarca con don Diego Almagro; mas es cierto que cuando éste de vuelta del Cuzco marchó para el Norte por la llegada de don Pedro Alvarado con fuerza de Guatemala, Badajoz se le reunió en Jauja donde había luchado con los indios defendiendo este punto de terribles ataques. Él sin duda disfrutaba de la confianza de Almagro, pues consta que el año 1535 lo comisionó en el Cuzco para que viniera a Lima a recibir del camarero Pedro Villarreal cien mil castellanos que don Francisco Pizarro prestó de su peculio a dicho Almagro con el fin de que atendiera a sus pretensiones en España.

Permanecía Badajoz en Lima cuando fue asesinado el marqués Pizarro; y al salir para el interior con sus tropas Almagro el mozo, lo dejó   -4-   de Gobernador de la capital (1541). Debió ser cómplice en la revolución, porque es sabido que Badajoz tuvo ocultos en su casa a varios de los conjurados que asaltaron el palacio. No vuelve a encontrarse su nombre en las relaciones de tantos sucesos posteriores que acaecieron en el Perú. Ya en 1553 aparece en Guamanga conspirando en favor de Francisco H. Girón, y así que salió prófugo el corregidor Juan Ruiz, se formó una acta en Cabildo y fue nombrado para el mando de armas el capitán Cristóval Peña, y Badajoz para Maestre de campo. Juntáronse en Vilcas con Girón; mas la tropa que quisieron llevar a sus órdenes los abandonó y apoyó una reacción en Guamanga. Sirviendo a Girón se halló Badajoz en la batalla de Chuquinga, y como vistiese una ropa enteramente igual a la que usaba este caudillo, un tirador muy diestro del ejército contrario apellidado Perales, le apuntó con tal tino que lo hizo caer sin vida: por momentos se creyó que el muerto había sido Francisco Hernández Girón. Perales se jactaba de ese hecho y cuando lo tocó la suerte de prisionero, fue ahorcado en el Cuzco.

BAEZA. El licenciado don Diego de. Oidor de la Audiencia de Lima en el siglo XVII. Escribió un tomo en folio, que se publicó en Madrid: tratado los derechos del fisco en la causa contra don Gaspar de Salcedo, sobre las revueltas ocurridas en las minas de Puno.

BAEZA. Don Pedro. Nació en el Perú, y pasó a España a estudiar en la Universidad de Salamanca. Allí para graduarse de doctor, hizo tan eruditas y elegantes lecciones, que quedaron por ejemplo a otros, imprimiéndose en Madrid en 1631 bajo el título de Disputationes Salmanticenses pro obtinenda laurea.

No sabemos si este don Pedro fue deudo del comerciante don Diego Baeza natural de Portugal quien al empezar el siglo XVII pretendió con mucho empeño celebrar un contrato para proveer de azogue los reinos del Perú y México trayéndolo de la China, donde aseguraba existir ricos minerales de este metal. El Gobierno negó la solicitud de Baeza dando diferentes razones que se hallan en la real cédula que desde Valladolid fue dirigida en 3 de Febrero de 1603 al Virrey don Luis de Velasco que también había propuesto el medio de tomar azogue de la China según leemos en la Política Indiana de Solórzano.

BAJO. Fray Manuel. Misionero del colegio de Ocopa, muerto por los bárbaros en la montaña de Comas en 1730. Véase Troncoso, don Benito.

BALBOA. El diputado don Juan de. Nació y estudió en Lima: fue el primer catedrático de lengua quichua, cuando se organizó la Universidad de San Marcos en 1576, y el primer peruano que en ella se graduó de doctor. Fue también canónigo de esta catedral. Asistió al Concilio Provincial reunido por el arzobispo Santo Toribio en 1582, en calidad de procurador por el Cabildo Eclesiástico. Fundó varias memorias para fomento del culto. Se asegura que escribió un opúsculo tocante al gobierno del virrey don Andrés Hurtado Marqués de Cañete: pero no se dice si vio la luz pública esa producción.

BALBOA. Véase Núñez de Balboa, Vasco.

BALZA. Juan. Militar del partido de los Almagros. No aparece su nombre entre los asesinos del marqués Pizarro; pero tenía íntima confianza con don Diego Almagro el hijo, y fue uno de sus más decididos   -5-   servidores. Luego que se supo en Lima que estaba ya en el Perú el licenciado don Cristóval Vaca de Castro venido de España en comisión del Rey, y para encargarse del gobierno en caso necesario, determinaron los Almagristas que Balza y don Alonso Portocarrero, vistiendo luto, marchasen a encontrar a Vaca y le manifestasen la miseria a que se veían reducidos, y sus quejas contra Pizarro que los oprimía con el mayor rencor. Así es que Balza no se hallaba en Lima cuando la muerte del Marqués; y al tener noticia de ella en el camino, se regresó con otros a la capital. Los adictos a Pizarro incansables en sus hostilidades y calumnias, habían divulgado la voz maliciosa de que Balza y Portocarrero llevaban el designio de matar a Vaca de Castro en el caso de que no se mostrase inclinado a favorecer los intereses del bando de Almagro.

Cuando las tropas de éste y las que reunió el gobernador Vaca entraron en campaña, Balza ocupaba una posición notable entre los oficiales que obedecían a don Diego. Hallándose en Guamanga ocurrió un lance muy trascendental y cuyo origen fue la enemistad de varios jefes. Figuraba en el ejército uno llamado García Alvarado, joven muy atrevido y capaz de cometer cualquier crimen: éste aborrecía al maestre de campo Cristóval Sotelo que había marchado al Cuzco. Alvarado se hallaba en Arequipa en una comisión, y en su ausencia hacía de maestre de campo Martín Carrillo amigo y parcial suyo, quien con un pretexto tenía preso en su misma tienda a un tal Baltanas por ser protegido de Sotelo. Juan Balza entró al alojamiento de Carrillo y sin más que verlo, hizo que un negro matase a Baltanas sospechando que Balza intentara defenderlo. Estando después las fuerzas de Almagro en el Cuzco, y enfermo Sotelo, Alvarado fue a provocarlo a su casa y aunque Balza, que se hallaba presente, quiso mediar para que ese desagrado no pasase adelante, el agresor jurando matar a Sotelo tiró de la espada y éste saltó de la cama para hacer uso de la suya. Balza se abrazó de Alvarado a quien contuvo; pero Juan García Guadalcanal que había ido allí acompañándole, cargó sobre Sotelo y lo mató. Almagro no se atrevió a castigar el crimen por los muchos secuaces que tenía Alvarado en el ejército: sin embargo lo separó del mando reemplazándolo con Balza y le ordenó no saliese de su casa. Alvarado llamó a Balza resuelto a asesinarlo, mas éste lo distrajo de su inicuo propósito empleando mucho arte y sagacidad en la conversación.

Después Alvarado proyectó dar muerte a Almagro y someterse al gobierno de Vaca. Súpolo don Diego, y encontrándose reunidos los principales jefes con ocasión de un convite dado por Pedro de San Millán, allí debiera ejecutarse el crimen a no haber Almagro puesto en obra el plan que también concibió para desaparecer a Alvarado. Balza arremetió de él intimándole prisión: entonces gritó Almagro: «no preso, sino muerto», y lo hirió el mismo en la cabeza, con lo que otros de los concurrentes lo acabaron a estocadas.

El ejército de Almagro dejó el Cuzco, y cerca de Guamanga se trataba de negociar la paz a solicitud suya. El gobernador Vaca quería se lo remitiese a Juan Balza para entrar en arreglos: a pesar de ello no pudo arribarse a ninguna base de avenimiento por causas que sobrevinieron. Diose la batalla de Chupas el 16 de Setiembre de 1542 en que salió derrotado don Diego Almagro. Balza que había peleado en ella al frente de una parte de la caballería, tuvo que fugar sin dirección fija; matáronle los indios como a otros dispersos; que en lances semejantes todos se atreven a los que huyen abrumados con el infortunio. Véase Almagro, el hijo.

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BALLESTEROS. Don Juan Manuel. En la noche del 16 de Junio de 1717, asesinó en la cuadra del Milagro en Lima a don Alonso Esquivel mayordomo del Arzobispo de Charcas don fray Diego Morcillo, e inmediatamente se refugió en la iglesia de los Descalzos. Los alcaldes ordinarios, que en ese año eran el general don García de Hijar y Mendoza Conde de Villanueva del Soto y don José de Velaochaga, acudieron con fuerza armada, y le sacaron del templo donde se hallaba abrazado de un crucifijo. El día 21 el provisor mandó notificar a dichos alcaldes que en el término de una hora restituyesen el reo a la Iglesia; y como no lo hicieron puso entredicho eclesiástico en toda forma, y el anatema se promulgó en procesión nocturna con estrépito y clamores de campanas, declarándose por excomulgados a los alcaldes. Entre tanto Ballesteros murió en el tormento que se le hizo sufrir. El 23 después de muchas cuestiones una junta que reunió el arzobispo don Antonio de Zuloaga compuesta de prelados y eclesiásticos seculares, acordó se absolviese a los alcaldes por el cura de la catedral don Fernando de Beingolea.

Ignoramos la causa que daría lugar al asesinato de Esquivel: mas creemos que por haber sido mayordomo de dicho Arzobispo ex-Virrey, se arreglaría prontamente este negocio, y que esa misma circunstancia movería a los alcaldes a proceder con exagerado celo y abusiva severidad. El Rey a quien se dio cuenta de estos sucesos, resolvió que los dichos alcaldes quedasen perpetuamente privados de ejercer oficios de administración de justicia, multándose a cada uno en mil pesos, y en quinientos al asesor don Alonso de Salazar, suspendiéndosele por diez años de ese cargo y de la auditoría de guerra. También mandó separar por un año de sus empleos a los alcaldes del crimen de la Audiencia, multando a cada cual en dos mil pesos por sus procedimientos nulos e ilegales en el proceso de Ballesteros.

BALLESTEROS. D. Juan Rodríguez. En 1795 llegó a Lima, tomó posesión de su empleo de Oidor de la Real Audiencia y como tal sirvió también el juzgado de censos de indios. En 1807 fue promovido a Regente de la Audiencia de Chile. Al fallecimiento del presidente don Luis Muñoz de Guzmán hubo competencias acerca de la sucesión del mando, y aunque era un caso previsto, Ballesteros intentó lo reasumiese la Audiencia: pretensión que no pudo tener efecto, y la autoridad quedó a cargo del brigadier don Francisco García Carrasco. Siguieron discordias entre éste y la Audiencia, sucesos en que tuvo mucha parte el Regente y que cooperaron a la deposición de Carrasco y a la erección de una junta gubernativa en 18 de Setiembre de 1810. Ballesteros más tarde ejercitó su influencia de acuerdo con algunos oidores para crear dificultades; y aun para oponerse a la revolución desde que principiaron en ese año a combinarse los medios de declarar Chile su libertad del dominio de España.

Hubo mucha renuencia por parte de esos magistrados y el Regente, contrapuestos a las miras del Cabildo y del nuevo poder establecido: y cuando en Abril de 1811 fue disuelta la Audiencia, cuyos manejos se hicieron ya intolerables, Ballesteros fue confinado a San Fernando dándosele una asignación alimenticia.

Don José Rodríguez Ballesteros hijo del Regente se hallaba en Lima sirviendo en una de las asambleas veteranas de las milicias. El virrey Abascal ascendiéndolo a sargento mayor le envió en uno de los cuadros que por Diciembre de 1812 llevó a Chile el brigadier Pareja. Organizó en muy corto tiempo en Chiloé el batallón «voluntarios de Castro» y mandándolo concurrió a las campañas que hicieron en aquel país el mismo   -7-   Pareja, y el coronel Sánchez que le sucedió con motivo de su muerte. Se halló al frente de la primera división del ejército en la batalla de Rancagua a principios de Octubre de 1814 a órdenes del brigadier don Mariano Osorio, quien después le envió a Arica con el mismo batallón Castro de que era Coronel. Se incorporó al ejército del Alto Perú en Challapata por Julio de 1815, y como ese cuerpo se refundiese allí en el de Talavera que también había llegado con igual procedencia, Ballesteros volvió a Chile. No tenemos datos de sus posteriores servicios ni de la época de su fallecimiento. Tuvo un hermano, don Blas, y ambos contrajeron matrimonio en Santiago con doña Mercedes, y doña María Riesco hermanas, que lo eran también de la esposa del oidor don Félix Bazo y Berry. Hay una obra inédita del coronel Ballesteros que se titula «Revista de las obras sobre la guerra de la independencia de Chile»: y otra que es la «Relación de los servicios que hizo en su carrera».

BAÑOS Y SOTOMAYOR. El diputado don Diego. Nació en Lima: estudió en el colegio del Rosario de Santa Fe del Nuevo Reino, a donde pasó de Oidor su padre, quien tuvo el mismo nombre y fue antes Relator de la Audiencia de Lima. Fue en España Capellán de honor y predicador del Rey Carlos II y canónigo de Cuenca: Obispo de Santa Marta en 1680 y de Caracas en 1684. En esta última ciudad fundó el colegio Tridentino, dotando sus cátedras y becas. Rehusó admitir el Arzobispado de Santa Fe y murió en 1706, después de haber hecho en 1698 las Constituciones Sinodales de su obispado.

BAQUÍJANO. Don Juan Bautista. Véase, Vista-florida, Conde de.

BAQUÍJANO Y CARRILLO. El diputado don José. Natural de Lima, hijo de don Juan Bautista Baquíjano de la Orden de Santiago, primer Conde de Vista-florida y de doña María Ignacia Carrillo y Garcés. Admiró en el curso de sus estudios en esta ciudad por su extraordinario talento, elevado ingenio y sin igual memoria. Incansable en la lectura, conocedor de las historias, versado en diferentes idiomas, orador distinguido, poeta y escritor elocuentísimo. Baquíjano fue uno de los primeros ornamentos del Perú y su opinión e influencia en Lima subió al más alto grado de poder.

Muy joven pasó al Cuzco en compañía del obispo don Agustín de Gorrichátegui eminente literato que había servido el rectorado del seminario de Santo Toribio en que estudió don José Baquíjano. Desempeñó la secretaría de aquel Obispado. Gorrichátegui falleció el año 1776 en Urubamba.

La Universidad de San Marcos de Lima que presenció las actuaciones literarias en que frecuentemente se ostentó el sabor de Baquíjano, lo tuvo por largo tiempo de Catedrático de prima de cánones, y de Juez y Director de estudios desde 1806 hasta 1814. Como Presidente de la Sociedad de amantes del país, había prestado activa protección al periódico Mercurio peruano en que escribió bajo el nombre de «Cephalio» brillantes opúsculos, disertaciones de gran mérito y abundante erudición. La historia del mineral de Potosí, una de esas producciones, tuvo la más satisfactoria acogida en Enero de 1793. Otra relativa al comercio publicada en los Mercurios de Marzo y Abril de 1791, había merecido el aprecio general por la riqueza de principios y observaciones económicas que encierra, como también por las demostraciones que agregó del movimiento y balanza mercantil del Perú. En obras de otro género llamó la atención y alcanzó el más ruidoso aplauso: fue una de ellas la oración   -8-   que pronunció en la Universidad con motivo del recibimiento del virrey don Agustín de Jáuregui el año de 1780. A lo selecto del lenguaje y a la elegancia de su adorno, unió este discurso la circunstancia de que Baquíjano dijese en él desnudas verdades, y quejas expresadas con vivo interés, reprobando con severidad, y sin abandonar el decoro, los abusos, errores e injusticias del gobierno español. Parece increíble que en aquel tiempo pudiera usarse de la libertad con que el autor expresó sus sentimientos americanos, y sentó principios cuyas tendencias eran bien perceptibles.

Baquíjano pasó a La Habana en Enero de 1793. Allí se le hicieron elogios en prosa y verso que publicó un periódico el 30 de Mayo; y se lo incorporó en una Sociedad Académica. Estando ya en España le confirió el Cabildo de Lima poder (1799) para que recabase ciertas concesiones y la expedición de algunos asuntos que interesaban a esta capital. En 1796 se hallaba cruzado de la orden de Carlos III con honores de Alcalde de corte de la Audiencia de Lima, y nombrado Fiscal protector de indios de la misma. A los dos años tuvo plaza propietaria en la Sala del crimen de que se recibió a su regreso en 1802, y en 1807 fue nombrado Oidor, Juez de Alzadas de los tribunales del Consulado y Minería, y Vicepresidente de la Junta propagadora del fluido vacuno que presidía el Virrey. Pertenecía a la Sociedad vascongada de amigos del país establecida en Madrid; y cuando creó en Lima el virrey Abascal el regimiento de la Concordia, confirió al oidor Baquíjano el cargo de Auditor de guerra de dicho cuerpo. Debiendo enviar el Perú diputado a la junta central de España, se hizo un sorteo para elegirlo de entre tres personajes que fueron Baquíjano, el general Goyeneche y el doctor don José Silva, resultando designado el último.

En 20 de Febrero de 1812 la Regencia de España le nombró Consejero de Estado con la renta anual de 120.000 reales. Con ocasión de tan notable ascenso, el Cabildo y vecindario de Lima dedicaron a Baquíjano fiestas y demostraciones muy costosas, lucidas y espléndidas, en las cuales desplegó la ciudad un entusiasmo llevado a la exageración en los días 4, 5 y 6 de Julio del citado año. Su casa fue teatro de una ovación nunca vista. Le dirigieron ardientes alocuciones los colegios y el bello sexo, los indios, los gremios de industriosos y hasta los negros. Distinguiéronse entre las señoras la Baronesa de Nordenflich y doña Josefa Sierra esposa del general Ramírez. La conclusión fue un suntuoso baile en un amplio local cuyo frontispicio muy iluminado presentaba la siguiente cuarteta:


Estas llamas ardientes simbolizan
El amor que mereces a este pueblo:
Su inquietud, el deseo de tu gloria,
Su claridad, la luz de tu consejo.



Por último la celebridad resonó en otras ciudades que tomaron parte en ella: Arequipa se hizo notar con análogas producciones de sus poetas Melgar, Corvacho y Arce.

Abascal no podía disimular su desagrado por estos testimonios de afecto que avivaban su desconfianza y prevención. El celoso Virrey ante quien era insoportable la creciente popularidad de Baquíjano, jefe entonces del partido liberal, comprendía bien que había un segundo objeto al hacer unas manifestaciones que creía combinadas para inquietar el país en circunstancias bien azarosas. Y por eso atendiendo más a la seguridad del Gobierno que a lo que en mengua de su valor pudiera decirse, tomó muchas medidas de precaución durante aquellas funciones para el caso de ocurrir algún desorden.

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El Virrey no tendría por sinceras ciertas palabras que vertía Baquíjano, y que no era posible ignorase, con respecto a la emancipación del Perú; o se las presentarían como insidiosas para ocultar designios siniestros. Baquíjano desde luego tenía inclinación a la independencia, pero al paso que la fomentaba en teoría, no ocultaba su parecer, y lo emitía libremente, diciendo no veía hombres capaces, ni colaboradores de alta escala para la ejecución de tan grandiosa obra. Y si por un lado rehusaba tomar parte en acuerdos y tentativas revolucionarias, por otro se negó siempre a sostener con su pluma la dominación de España por más invitaciones que se le hicieron, hasta por la imprenta, para que escribiese en su defensa. Algunos aseguraban que Baquíjano pensó en hacer estallar la revolución a que propendía como miembro de una sociedad filantrópica que en 1812 daba a luz el periódico Satélite del Peruano, y a la cual pertenecían el general Villalta, los padres Calatayud y Cisneros, etc. Otros por el contrario decían «que se envaneció con su nuevo título, se acobardó, y desistió de un plan que ha quedado envuelto en el misterio, y que se creyó era obra de su patriotismo o de su ambición». Es evidente que al tiempo de las fiestas de Lima se denunció una conspiración por un sargento apellidado Planas, y que fueron presos algunos individuos partidarios de Baquíjano. En el mismo año de 1812, se dirigió por Panamá a La Habana donde se le recibió con el mismo aprecio que en 1793; y salió para Cádiz en el navío de guerra el «Miño» el día 4 de Diciembre de 1813. Dejó una valiosa biblioteca a los colegios de Santo Toribio y San Carlos, que conservan su retrato lo mismo que la Universidad.

Abolida la Constitución española, Baquíjano quedó como los demás consejeros con solo honores y tratamiento. Se anunció en una gaceta de Lima en 1815 que era gentil hombre de cámara y superintendente de temporalidades: pero esta noticia no fue verdadera. Un americano bullicioso que en España perdía el tiempo en declamaciones y que es probable fuese émulo de Baquíjano, propalaba en aquella época que éste, inducido por el ministro Lardizábal, mexicano, y por el Duque de San Carlos, limeño, sus amigos íntimos, se ligó al gobierno absoluto de Fernando VII. Esta impostura la desmiente el hecho notorio de no haber recibido Baquíjano favor alguno del Rey; quien por el contrario lo hizo salir de la corte, y le tuvo confinado en Sevilla hasta su fallecimiento ocurrido en 1818.

Baquíjano era cortesano, generoso hasta la profusión, y tildado de afición inmoderada al juego.

Invistió el título de Conde de Vista-florida desde 1809, por muerte de su hermano don Juan Agustín Baquíjano Alcalde que fue en esta ciudad el año 1775. Véase, Vista-florida.

BARAMBIO. Don Domingo. Vecino de Lima. Instituyó una buena memoria con un capital colocado en las cajas reales cuyo producto abonaban éstas con destino a la subsistencia de los encarcelados.

BARANDALLA. Don Tomás, Brigadier. El año 1815 vino al Perú de Capitán del batallón de Extremadura número 34 que perteneció al ejército enviado de España a Costa firme al mando del teniente general don Pablo Morillo después Conde de Cartagena. Dicho cuerpo fue elevado a regimiento, formándose en el Cuzco el segundo batallón sobre la base de una de sus compañías que llevó consigo el presidente coronel Ricafort con el capitán don Manuel Ramírez ascendido con ese motivo a Comandante. Extremadura perdió el nombre acaso por el motín ocurrido en   -10-   Lima el 7 de Noviembre de 1815; y recibió el de «Imperial Alejandro» número 45. El regimiento estuvo después en el ejército del Alto Perú mandado por el general La-Serna, y en ese teatro se encontró en diferentes operaciones sobre las fronteras argentinas y otros puntos: en 1819 Barandalla era Comandante de batallón. Más tarde perteneció al ejército que en el valle de Jauja estaba a órdenes del general Canterac y concurrió a la expedición al Callao en 1821. Después de la segunda retirada a la sierra asistió con su batallón a la campaña que el mismo Canteras hizo sobre Ica y obtuvo grado de Coronel por la victoria de la Macacona. Lo era ya efectivo y del regimiento cuando en 1823 bajó a Lima el ejército de Canterac que tuvo que volverse al interior con rapidez a consecuencia de haber penetrado el de la república en el Alto Perú. La campaña hecha entonces por el mismo Virrey terminó de una manera favorable a la causa española; y entonces en una larga promoción de clases elevadas, ascendió Barandalla a la de Brigadier aunque no estuvo en aquellas operaciones. Padeció una grave enfermedad que causó su fallecimiento en 1824.

BARBA. El licenciado don Álvaro Alonso. Cura de San Bernardo de Potosí. Escribió un libro titulado De el beneficio de la escoria y blanqueo. Así mismo otro El arte de los metales en que se enseña el beneficio del oro y plata por medio del azogue, el modo de fundir y cómo se han de refinar: lo imprimió en 1640. El libro 1.º de esta obra se tradujo al italiano: en el 2.º se trata principalmente de las minas, y dice en su capítulo 24 que por sólo la ignorancia se habían perdido millones, tanto en el beneficio como en el azogue, de cuyo artículo, hasta aquel año, se habían consumido 234.700 quintales. El arte de los metales que tradujo al inglés Duarte conde de Sandwich, se denominaba en aquel tiempo Código de los mineros por la mucha aceptación que merecía.

BARBA DE CABRERA. Don Felipe. Corregidor de la provincia de Pataz en la época del Virrey Marqués de Villagarcía (1736): se recomendó por su probidad y desprendimiento, pues lejos de proceder como los demás corregidores, se abstenía de repartir efectos, y de especular a costa de los desgraciados indios.

BARBA. De Coronado o Cabeza de Vaca -el capitán Rui-. Con estos apellidos, se ocupa de él el cronista Herrera empleando en una cita el primero y en otra el segundo. Garcilaso le nombra sólo Rui Barba. Fue de los más antiguos vecinos de Lima, conquistador recomendado por el Rey en 1559, y su descendencia se encuentra enlazada con familias notables. En los años de 1549 y 1556 era alcalde de esta capital, regidor de su Cabildo en 1570 y Alcalde de la Santa hermandad en 1573. Su hijo Garci Barba Jiménez Cabeza de Vaca natural de Lima fue también Alcalde en 1578 y 1589, y de la Santa hermandad en 1586.

Rui Barba militó en la conquista de Chachapoyas encomendada al mariscal Alonso Alvarado. Le tocó mandar en una reñida acción que los indios amigos de los españoles tuvieron contra otros de tribus interiores que les hacían la guerra tenazmente. Aunque Barba salió triunfante sosteniendo a sus aliados y derrotando a los enemigos de éstos, viose después en un serio peligro, porque los indios contrarios incendiaron muchos pastos crecidos a su retaguardia y en gran extensión, siendo muy difícil a los españoles librarse de las llamas como por fin lo consiguieron.

Barba vino a Lima con Alvarado llamado por Pizarro para que le auxiliase   -11-   en el cerco que pusieron los indios a la capital cuando el levantamiento general de 1535. Desde esa época no volvemos a encontrarle en las crónicas referentes a las guerras civiles y otros sucesos, hasta que en 1554 aparece en las filas realistas sosteniendo a los oidores en la campaña que hicieron contra Francisco Hernández Girón. Estando muy inmediatas las fuerzas contendientes en los campos de Pucará, Barba se puso de acuerdo con su yerno Bernardino Robles, que servía a Girón, para tener una entrevista. Concurrieron ambos con un designio común que era el de atraerse el uno al otro para que abandonara el partido respectivo. No pudieron ponerse de acuerdo y Robles sirviéndose de los soldados de una emboscada tomó preso a su suegro y lo llevó a la presencia de Girón diciéndole que iba por su voluntad. Indignado Rui Barba negó el hecho, aseguró que él era víctima de su confianza y que jamás se apartaría de la causa del Rey. Girón entregó el prisionero a su esposa que se hallaba en el campo, diciéndole que pues apreciaba tanto a Barba lo ponía bajo su especial cuidado. Con esta favorable acogida viendo Barba que iban a matar a un soldado que se llamaba Raudona y había caído prisionero, se empeñó para que fuese perdonado y Girón accediendo, a ello, dio sus guantes para que viéndolos en el lugar donde le guardaban, se le tuviese por indultado. Pero el que lo tenía a su cargo (Alonso González) se apercibió de ello, e interrumpiendo al religioso que confesaba a Raudona, le degolló él mismo con un gran cuchillo que tenía consigo. Desbaratadas las fuerzas de Girón, mientras que Bernardino Robles en su huida fue tomado y muerto a garrote de orden del general Pablo Meneses, Rui Barba por encargo de los oidores custodiaba y conducía al Cuzco a la esposa del fugitivo Girón la cual quedó en poder de los vencedores y más tarde se hizo una mujer memorable. Véase Sosa, doña Mencia.

BARBARÁN. Juan, soldado conquistador que perteneció a la caballería de don Francisco Pizarro en Cajamarca. Tocáronle 362 marcos de plata y 8.880 pesos de oro en la repartición de la riqueza preparada por Atahualpa para su rescate. En la entrevista que tuvieron en Mala don Diego de Almagro y el gobernador Pizarro en 1537 para acordar el modo de transigir las diferencias que causaron la guerra entre ambos, fue Barbarán uno de los 12 de la escolta del Marqués y quien avisó a Juan de Rada que se había resuelto tomar preso a Almagro, lo cual motivó la fuga de éste abandonando la conferencia en que estaba.

Barbarán fue Alcalde en Lima los años 1538 y 1543. Cuando en Julio de 1541 los del partido de Almagro asesinaron al marqués Pizarro en el palacio, quisieron cortarle la cabeza y ponerla a la pública expectación, lo cual no llegaron a hacer por ruegos del obispo Loayza. Unos negros se apresuraron a llevar el cadáver a la iglesia de acuerdo con Barbarán y su mujer quienes mientras se abría el hoyo en un patio contiguo a la catedral, lo envolvieron en el manto blanco de caballero de la Orden de Santiago, y le enterraron y cubrieron más que de prisa temiendo todavía algún ultraje y mayor escándalo, sin embargo de que Diego Almagro el hijo otorgó a Barbarán permiso para sepultar al Marqués. En seguida él y su esposa se echaron a buscar a los hijos de Pizarro para atender a su seguridad, y luego hicieron exequias al finado costeando la cera que se consumió. Como era consiguiente Barbarán tomó parte en la guerra contra Almagro el mozo y se distinguió en la batalla de Chupas el año 1542 a órdenes del licenciado Vaca de Castro Gobernador del Perú por el Rey.

En 1541 al acercarse a Lima el virrey Blasco Núñez Vela envió el cabildo   -12-   una comisión para felicitarlo componiéndola el factor Illán Suárez de Carvajal, el regidor Diego de Agüero y Juan Barbarán que era procurador de la ciudad. Volviéronse del camino trayendo las órdenes que remitía el Virrey para que cesara el gobernador Vaca y se le reconociese en su dignidad, lo cual hizo el Cabildo no sin dificultades, y luego nombró Alguacil mayor a Barbarán. No hemos encontrado más datos acerca de éste, siendo la última noticia que podemos aprovechar la de que él entre otros muchos se ofreció a la Audiencia para apoyarla en el plan de negar la obediencia a dicho Virrey. El cronista Herrera equivocando el apellido de Barbarán le denomina Barberán y también Berberana.

BARCIA. Don Andrés González. Natural de Madrid. Empezó su carrera pública por los años de 1706: fue Consejero de Castilla y camarista, y en 1734 Gobernador de la sala de alcaldes de casa y corte. Se le cuenta entre los once individuos que con el Marqués de Villena concurrieron en 1713 a la fundación de la Academia española. Falleció en 4 de Noviembre de 1743 a los 70 años de edad.

Barcia se dedicó a reunir cuanto se había escrito tocante a la América en todos idiomas, y a dar a luz una colección muy crecida de obras, ilustrada y aumentada bajo su dirección. Al efecto trabajó sin cesar por espacio de muchos años, y reimprimió las de Garcilaso, Torquemada, Ercilla, fray Gregorio García, Herrera, Pinelo, Oviedo, Gomara, Zárate, Jerez Centenera, etc., etc. Las más de ellas están en unos tomos en folio que se publicaron en Madrid en 1749, bajo el título de Historiadores primitivos de Indias. Fue autor del Ensayo cronológico para la historia general de la Florida, desde 1512 en que la descubrió Juan Ponce de León. Madrid: 1723. Bajo ese título comprende todo el continente y las islas de la América septentrional.

BARCO CENTENERA. Don Martín del. Nació el año 1535 en Logrosán, diócesis de Placencia. Abrazó el estado eclesiástico, y en caso de capellán acompañó la expedición que en 1572 salió del puerto de San Lúcar rara el Río de la Plata bajo los auspicios del adelantado Juan Ortiz de Zárate. Estuvo con Melgarejo y Garay en casi todas sus excursiones, y fue uno de los que concurrieron a la fundación de Buenos Aires en 1580. En los 24 años que pasó en América, tomó parte en varias empresas arrostrando grandes peligros. Al cuidado que tuvo en relatar aquéllas en poema La Argentina se deben las únicas memorias que quedaron de un período importante en la conquista de las provincias del Río de la Plata. En algunos de los 28 cantos de que consta, da razón de las operaciones y hostilidades de los marinos ingleses Drack y Candisch en el Pacífico: de varios grandes terremotos experimentados en Arequipa, Callao y Lima: de la expedición del virrey don Francisco Toledo contra Tupac Amaru y de Potosí contra Diego Mendoza. Barco Centenera era ya Arcediano de la iglesia del Paraguay cuando vino a Lima en 1582 con el Obispo de la Plata (Chuquisaca) Granero de Ávalos que concurrió al Tercer Concilio limense del cual fue secretario dicho Centenera, y recordó en su canto 23 algunos sucesos ocurridos en el citado sínodo provincial, dejando conocer que fue de los partidarios del Obispo del Cuzco Lartaun en las ruidosas diferencias que éste tuvo con el arzobispo Santo Toribio. Fue también Comisario del Santo Oficio y Vicario del Obispo de la Plata. En 1576 regresó a Europa y desembarcó en Lisboa: dedicó allí su obra La Argentina en 10 de Mayo de 1601 al Marqués de Castell Rodrigo virrey de Portugal por Felipe III, y la publicó en 1602 con el título de Conquista del Río   -13-   de la Plata y Tucumán, y otros sucesos del Perú. La muerte que le acometió poco después, en una edad avanzada y fuera de su patria, interrumpió el trabajo que le ocupaba de una segunda parte del poema. Barcia en el tercer tomo de sus Historiadores primitivos de las Indias publicó nueva edición de La Argentina. Barco Centenera, escribió en prosa otra obra titulada el Desengaño del mundo.

BARCO. Pedro del. Natural de Extremadura. Garcilaso en sus Comentarios escribe que con motivo del rescate aceptado al Rey Atahualpa, Hernando de Soto y Pedro del Barco salieron de Cajamarca para el Cuzco con el fin de reconocer el país y las riquezas prometidas; y que el Inca sintió la separación de Soto porque esperaba, mucho de su benevolencia para con él. Encontramos en esto un error notable, pues Barco no aparece en la lista original de los que ocuparon Cajamarca con Pizarro, y por eso no está su nombre entre los que participaron del tesoro acopiado. Si Barco perteneció a la columna que trajo don Diego Almagro, como esta fuerza llegó después de la prisión del Inca, y cuando estaba reunida gran parte del oro y la plata destinados al rescate; el tal Barco no pudo ir al Cuzco con la comisión indicada. En cuanto a Soto si en realidad visitó entonces el Cuzco, el cronista Herrera que se guió por documentos oficiales, no lo refiere; y por el contrario asienta que los enviados a esa ciudad con el encargo de activar la remisión de dichas riquezas, fueron Francisco Martínez de Zárate, Pedro Moguer y Martín Bueno los cuales cometieron grandes excesos.

Pedro del Barco, que fue después vecino del Cuzco, se hallaba con los hermanos de Pizarro en esta ciudad cuando en 1535 mataron a dicho Moguer los indios de un pueblo que se le había dado en encomienda, Juan Pizarro marchó con Barco y otros a castigarlos: ellos se encerraron en un punto elevado y se defendieron mucho, pero no les valió este arbitrio, pues los españoles por medio de engaños y ayudados de otros indios lograron asaltarlos haciendo en ellos espantosa carnicería. También se encontró Barco en las operaciones de Hernando Pizarro en 1537 contra las tropas de Manco Inca, y las que obedecían a don Diego Almagro que estaba de regreso de Chile y ocupó el Cuzco por sorpresa tomando prisioneros a los Pizarros.

Barco era encomendero y regidor del cabildo: poseyó también en esa ciudad una parte de la casa de las vírgenes del sol que se le adjudicó según parece en la acta celebrada por aquella corporación a 29 de Octubre de 1534 al distribuir y designar solares de a 200 pies de extensión a los principales conquistadores. Corriendo el tiempo esta casa pertenecía al boticario Hernando de Segovia quien moviendo unos cimientos halló enterrado un tesoro que se calculó en 72 mil ducados con los cuales y lo que había ganado en su profesión, se fue a España y se estableció en Sevilla.

En 1541 muchos vecinos del Cuzco que habían acordado con Gonzalo Pizarro representar contra las ordenanzas que trajo el virrey Blasco Núñez Vela, viendo que se preparaba para una guerra y que su verdadera intención era usurpar el gobierno, determinaron separarse de él y venirse a Lima por Arequipa siendo uno de ellos Pedro del Barco. El Virrey había sido depuesto por la Audiencia, y Gonzalo con sus tropas bajó del interior y se detuvo en Pachacamac. Ordenó a su maestre de campo Francisco Carvajal entrase de noche en Lima y aprendiese a los que se huyeron del Cuzco y otros puntos: le asoció a Antonio Robles para que le señalara las casas en que se habían refugiado: y así tomó unos cuantos y los encerró en la cárcel. Convenía a Pizarro amedrentar a los   -14-   oidores y a toda la ciudad en circunstancias de que la Audiencia se excusaba a reconocerlo como mandatario del país; y Carvajal sacó a varios de la prisión para hacerlos matar fuera de poblado. Dio libertad a uno por dos mil ducados de oro, a otro por súplica de un hermano suyo que servía a Gonzalo: pero ahorcó de un árbol a Martín de Florencia y Pedro de Saavedra, sin darles ni media hora de término para confesarse: en el acto de colarlos les dirigió insultos y burlas las más groseras. A Pedro del Barco dijo: que por ser conquistador y tan rico y principal caballero, le permitía elegir la rama de aquel árbol en que quisiese ser ahorcado. Muertos los tres, hízoles poner letreros que decían: «por amotinadores»; confiscáronse los bienes de ellos que se apropió Gonzalo Pizarro: la hacienda de Barco valía más de cien mil ducados. Éste dejó hijos menores de quienes fue tutor Garcilaso de la Vega (padre) el cual los alimentó y protegió con absoluto desinterés.

Gobernando el virrey don Francisco Toledo, y a mérito de la causa seguida al Inca Tupac Amaru se mandó procesar también a los mestizos hijos de conquistadores y de indias de sangre real o nobles, porque habiendo perecido sus padres y estando ellos en completa indigencia, ofrecieron sus servicios a aquel príncipe para hostilizar a los españoles. Trajéronlos presos a Lima, y aunque dicho Virrey mandó sufrieran tormento y tuvo intención de hacerlos ahorcar, mudó de pensamiento, dicen que por haber la madre de uno de esos mestizos andado por las calles como una loca profiriendo las más terribles acusaciones contra la injusticia y crueldad de los españoles. Toledo determinó desterrar a los indicados presos y los mandó unos a España y otros a diferentes puntos de América de donde ninguno regresó al Perú. A un hijo de Pedro del Barco le tocó ir a Chile donde tuvieron fin sus días desgraciados.

BARCHILLÓN. Don Luis Fernández. En el siglo XVI, y antes de la fundación de Moquegua, era cura de aquel valle y poblaciones llamadas Cochuna y Escapagua, y obligó a los vecinos para que a prorrata le diesen trescientos pesos anuales por sus servicios so pena de excomunión. Muerto aquel párroco, su sucesor que era canónigo del Cuzco, quiso hacer lo mismo: pero los vecinos que por diezmos y primicias pagaban 4.000 pesos, se determinaron a no dar aquella contribución desconocida, sino por sólo un año más, explicando que no era como salario por sus personas y casas: que más bien la abonarían por la administración de los sacramentos a los indios yanaconas a fin de librarlos de las vejaciones que sufrían.

BARNUEVO. El padre Rodrigo, de la compañía de Jesús. Fue como muchos de los jesuitas muy entendido y perseverante en materias de instrucción. Tenían éstos según es sabido una casa en Julí establecida al poco tiempo de la venida al Perú de dicha orden religiosa; y consta que plantificaron una imprenta en aquel pueblo. Barnuevo escribió un plan para fundar en el mismo Julí un colegio de la compañía: se imprimió en Lima2 en 1665 en un folleto especial que sería difícil encontrarlo ahora3.

BARRAGÁN. Juan Rodríguez. Procurador de don Diego Almagro. Luego que el provincial fray Francisco Bobadilla dio sentencia en Mala a 15 de Noviembre de 1537 como árbitro de las diferencias habidas entre aquél y don Francisco Pizarro, presentó Barragán un alegato en que calificaba de parcial e injusto el fallo pronunciado, y apelaba de él al Rey y al consejo. Bobadilla declaró sin lugar este recurso por cuanto dicha   -15-   sentencia era inapelable y dictada de consentimiento de las partes. Hemos tratado con extensión de este asunto y de sus consecuencias en el artículo respectivo a don Diego Almagro.

Barragán después de la derrota y muerte de este caudillo, sufrió las adversidades en que se vieron sumidos cuantos habían sido sus partidarios; y tomó mucho calor en agitar los ánimos disponiéndolos a la ejecución de sangrientas venganzas contra sus perseguidores. Fue uno de los más resueltos a dar muerte al gobernador Pizarro: penetró en palacio con los demás conjurados que capitaneó Juan de Rada, y avanzó con otros furiosos sobre el Marqués que se defendía valerosamente. Viéndole caer de la cruel estocada que causó su muerte, tomó Barragán una jarra de agua y le dio con ella tan terrible golpe en el rostro que al punto expiró.

Defendió Barragán con entusiasmo la causa de Diego Almagro el hijo proclamado entonces Gobernador general del Perú, y le sirvió de lugarteniente en el Cuzco. Apenas se supo en esta ciudad la derrota de don Diego en la batalla de Chupas, los habitantes depusieron a Barragán y lo tomaron preso. Días después fue ahorcado de orden del Gobernador don Cristóval Vaca de Castro.

BARRANCO. Fray Diego, de la orden de San Francisco y lector en el convento del Cuzco. Fue uno de los principales cómplices de don José Gabriel Aguilar y el abogado don J. Manuel Ubalde, en el proyecto de revolución que trazaron en aquella ciudad el año de 1805 para proclamar la independencia. Sometidos a juicio, terminó la causa por sentencia de pena capital que se cumplió en Aguilar y Ubalde, y diversas otras que se impusieron a los comprendidos en la conspiración. El padre Barranco y dos más vinieron presos a Lima para ser remitidos a España a disposición del Rey. Verificose su envío en partida de registro; y de la suerte posterior de este religioso nada hemos podido averiguar. Véanse los artículos Aguilar, y Avilés, Virrey del Perú.

BARRASA. El padre Jacinto, de la compañía de Jesús, distinguido predicador en Lima en el siglo XVII. Dio a luz en esta ciudad el año de 1678 un tomo que contiene muchos de sus sermones, y lo dedicó a fray José Barrasa, rector del colegio de San Pedro Nolasco, de la orden de la Merced.

BARREDA. Don Cristóval. Vecino de Arequipa, que falleció en 11 de Junio de 1715. Dio una finca de su propiedad para que se estableciese la casa de Recogidas, a la cual dejó lo demás de sus bienes.

BARREDA. Doña Francisca. Señora respetable de Arequipa. El año de 1750 hizo donación de las alhajas de su uso, empleándolas en la custodia del Santísimo Sacramento de la Iglesia de santa Rosa de aquella ciudad. Véase Alcázar y Padilla.

BARRENECHEA. Don Juan de. Era sustituto de la cátedra de matemáticas en la Universidad de San Marcos de Lima en 1725, año en que publicó en esta ciudad en la imprenta Antuerpiana de la calle de palacio, un folleto con una tabla que denominó Reloj astronómico, puntualizando por días horas y minutos cuándo se dejarían sentir temblores. Hizo una explicación de sus cálculos y del mecanismo de las operaciones que los apoyaban. Cita los grandes temblores experimentados en el Perú desde 1606 hasta 1725, y por la edad de la luna, día y hora de cada   -16-   uno de esos sacudimientos, intentó comprobar la exactitud de sus cómputos aplicándolos a los casos sucedidos. Acompañó una serie de señales que escribió presentándolas como indicios que debían preceder a los temblores.

BARRERA CEPILLOS. El diputado don Gabriel de la. Fiscal y después Oidor de la Audiencia de Lima a mediados del siglo XVII. Escribió y publicó en esta ciudad un tomo titulado Cátedra Evangélica, en cuya obra trató de si era lícito reprender en los sermones a los príncipes y superiores determinando personas. Expresó sus opiniones contra los avances de los predicadores en esta materia.

BARRERA BAENA, O BARRERA. Don Pedro. Natural de Madrid, hijo de don Alonso y de doña Catalina González de Mendoza. Fue uno de los primeros conquistadores en compañía de don Francisco Pizarro, y se halló en la prisión y muerte de Atahualpa, habiéndole tocado en la repartición del tesoro que este monarca tenía ofrecido por su rescate, 362 marcos de plata y 8.880 pesos de oro. Barrera en un encuentro sufrió la fractura de tres costillas del lado izquierdo, de que dicen se curó él mismo. Regresó a España, sirvió de Capitán de caballos al emperador Carlos V, en las guerras de Italia y Francia. Auxilió en Flandes a Felipe II, con una crecida suma de dinero para la empresa de San Quintín, hallándose en esta batalla en que perdió a su 9.º hijo. Era casado con doña Margarita de Figueroa hija de Gómez Suárez de Figueroa, el de la banda, y de doña María de Toledo en quien tuvo 13 hijos. Cuéntase de don Pedro Barrera, que en unas fiestas reales salió en cuadrilla al juego de cañas, con 8 hijos, su ayo y él, los 10 con jaeces y caballos propios: que en la muerte de su abuelo a quien llamaban el segundo Adán, se hallaron 50 personas entre hijos, nietos y bisnietos; y que en sus honras, el preste, los diáconos y el orador, fueron hijos suyos. Su muerte acaeció cuando contaba más de 95 años.

BARRETO. Don Gerónimo. El año de 1573 tuvo en encomienda los indios del valle de Ate. Al extinguirse los pueblos que hubo en Guanchihuaylas, Pariache y Puruchuca con sus encomiendas, los habitantes indígenas de ellos, se incorporaron al de Ate.

BARRETO. Doña Isabel. Esposa del navegante español don Álvaro Mendaña quien protegido por su tío el licenciado Lope García de Castro Gobernador del Perú, salió del Callao hacia el oeste en 1568 y descubrió las islas que denominó de «Salomón». Doña Isabel acompañó a su marido en la segunda expedición que zarpó de Payta el año 1595 y a que concurrió el distinguido marino don Pedro Fernández Quirós. Las desgracias que experimentaron y la muerte de Mendaña pusieron a Quirós en la necesidad de retirarse con los restos que quedaban. Fue entonces cuando doña Isabel con varonil arrojo tomó el mando de la nave capitana y la hizo conducir a Manila: los otros buques perecieron en el océano. Véase el artículo Mendaña de Negra. Véase Quirós.

BARRIONUEVO. Alonso. Vino al Perú con el virrey Blasco Núñez Vela en cuya casa permaneció. Al principiar en 1544 las novedades del Cuzco dirigidas por Gonzalo Pizarro protegiendo a los encomenderos contra las ordenanzas reales que dicho Virrey mandó cumplir; salió de Lima Barrionuevo con otros en compañía de Vela Núñez comisionado para impedir en el valle de Jauja que Pedro Puelles que marchaba de Huanico   -17-   con gente, pasase en dirección al Cuzco a fin de juntarse con Gonzalo. Vela, hermano del Virrey, tuvo aviso secreto de que los mismos que le obedecían trataban de matarle y encaminarse también al Cuzco. Gonzalo Díaz de Pineda, Cristóval de Torres, Juan de la Torre, Piedrahita, Alonso Dávila y Jorge Griego eran los comprometidos para ejecutar ese crimen; pero no pudieron verificarlo por respeto o temor a Barrionuevo, Sebastián Coca, Hernán Vela y algunos más que eran fieles a la causa del Virrey. En Pariacaca se supo que Puelles y Villegas habían dejado ya el valle de Jauja y continuaban su marcha, con lo que resolvió Vela Núñez volverse a Lima. Todavía al bajar la quebrada de Huarochirí quisieron los conjurados llevar a efecto su plan, y no pudiendo burlar la vigilancia de Vela y de Barrionuevo, desertaron y se fueron a alcanzar a Puelles.

Hecha en la capital, y por la Audiencia, la revolución contra el Virrey, estando éste preso a bordo de un buque en la isla de San Lorenzo, se descubrió que varios conjurados intentaban matar a los oidores y restablecer la autoridad del Virrey. Juzgóseles por la misma Audiencia y Barrionuevo como principal autor fue sentenciado a muerte: este fallo se reformó y se le cortó la mano derecha.

Después y cuando ya habían desaparecido el Virrey y la Audiencia, constituido Gonzalo Pizarro en autoridad suprema, estuvo Barrionuevo con él e incorporado en sus tropas. Mas al retirarse Pizarro de la Capital hacia el Sur, lo abandonó como muchos marchándose al Norte en demanda del licenciado Pedro de la Gasca que había llegado con nombramiento real de Gobernador del Perú.

En 1550 lejos de estar sosegados los ánimos con el triunfo de Gasca que hizo sucumbir a Gonzalo, se experimentaron en el Cuzco inquietudes y amagos revolucionarios. Por cualquiera motivo leve, por cualquier rumor falso que se extendía intencionalmente, se alteraban los turbulentos y amenazaban destruir el orden y la quietud pública. Uno de los más arrojados sediciosos era Alonso Barrionuevo entonces Alguacil mayor de la ciudad; y como fuesen a más los desacatos y atrevimientos de los militares, éstos inficionaban a otros como sucede siempre donde hay criminales sin castigo. Tratose en el Cabildo de conjurar la tempestad que se veía muy cercana, y el corregidor Juan de Saavedra, que gobernaba con más que prudencia, fue requerido para que procediese a remediar aquellos males. El se excusó quejándose de que en caso anterior la Audiencia no había sostenido sus providencias.

Las cosas apuraron y llegó a comprenderse que iba a tener efecto un levantamiento en que Francisco Miranda aparecería de jefe y Barrionuevo de Maestre de campo. Llegado el día que era el 28 de Noviembre de 1550, Miranda en precaución, por si fracasaba el plan, se valió del licenciado Guerrero y del clérigo Pedro Sánchez para que avisasen al Corregidor lo que pasaba. Éste pudo contener a los solados con diferentes arbitrios, y disipadas por el momento las tentativas que hicieron; prohibió con pena de la vida las reuniones y alborotos en las calles de día y de noche.

Empezó el año de 1551, y la Audiencia con avisos ciertos de los desórdenes ocurridos en el Cuzco, hizo marchar en secreto al mariscal Alvarado que estaba nombrado Corregidor, autorizándolo para que procediera a tranquilizar el país y a imponer castigos a los turbulentos. Su llegada a la ciudad bastó para que no pocos fugaran; sin pérdida de instantes formó alguna tropa que lo defendiera, y mandó aprehender a los que sin contradicción eran tenidos por principales delincuentes. Entre éstos figuraban Francisco Miranda, Barrionuevo y Alonso Hernández Melgarejo   -18-   a quienes hizo ahorcar sin contemplación y aunque eran hidalgos. Alonso Barrionuevo envió a varios cerca del corregidor para decirle «que si se le ahorcaba desesperaría de su salvación y se condenaría a los infiernos». Alvarado tuvo que ceder y le mandó degollar según pretendía, conforme a su calidad de hidalgo. Salieron muchos desterrados y otros huyeron por salvar de las penas que de no hacerlo así habrían sufrido. Véase Alvarado. Véase Saavedra, Juan de.

En 1542 existía en Lima un caballero Francisco Barrionuevo natural de Soria, vecino notable, y no sabemos si tuvo relación de parentesco con la persona del mismo apellido que nos ha ocupado en este artículo. Cuando la capital estuvo sujeta al poder de Diego Almagro el hijo, envió desde el Norte el gobernador don Cristóval Vaca de Castro poderes para que la gobernasen en su nombre a don Francisco Barrionuevo y don Gerónimo Aliaga por conducto del provincial de Santo Domingo fray Tomás de San Martín. Apenas marchó Almagro con sus tropas en dirección a Jauja, el Cabildo y los vecinos principales reconocieron a Vaca y por su teniente al citado Aliaga. Después ingresó en Lima el Gobernador, y al salir a campaña contra Almagro, dejó a Barrionuevo la autoridad para que la ejerciese en su nombre y representación. Cuando en posteriores tiempos Gonzalo Pizarro, que había usurpado el Gobierno, tuvo que retirarse de esta capital por la aproximación del licenciado don Pedro de la Gasca venido de España con el carácter de Gobernador del Perú; Francisco Barrionuevo desertando del ejército de Pizarro a quien servía, marchó hacia Trujillo y abrazó como muchos otros la causa realista, obedeciendo a Gasca hasta que terminó la guerra civil.

BARRIONUEVO. Don Diego López de. Este caballero, Regidor perpetuo del Cabildo del Cuzco, erogó generosamente 6.500 pesos para la obra de mejorar y concluir la casa de expósitos de Lima por los años de 1657: era veinticuatro de la hermandad protectora de dicho establecimiento.

De este mismo apellido hubo un religioso muy digno entre los primeros franciscanos que vinieron a Lima. Fue fray Fernando de Barrionuevo natural de Guadalajara, y dice el maestro Gil González Dávila, pasó a Arequipa en 1552 a fundar el convento de su orden enviado por el comisario general fray Francisco Victoria, Rectificando este dato diremos que no fue solo, sino con fray Alonso Rincón que es el que aparece como fundador en la crónica del convento de Arequipa de cuyos pormenores instruye el artículo «Rincón».

Barrionuevo después Obispo de Santiago de Chile gobernó su iglesia 18 meses: fue su fallecimiento en 1568.

BARRIOS. El diputado don Lorenzo. Natural de Moquegua, cura de Tarata. Falleció en 4 de Octubre de 1822. Dejó su casa, unos solares y varias propiedades rústicas que poseía en Sancara, para que se fundase en aquella ciudad una casa de recogidas, haciendo patrones de ella a los primeros curas. No llegó a establecerse, aunque la capilla se estrenó en 1847. Ahora se ha proyectado la formación de un colegio de niñas con esos recursos y se ha expedido una ley al efecto.

BARRIOS Y TOLEDO. Don fray Juan de los. Obispo, religioso de la orden de San Francisco, y de los primeros que vinieron al Perú. Nació en Pedroches, provincia de Córdova en España. Fue elegido por primer Obispo del Paraguay: en 1547, vino al Cuzco a consagrarse, y antes de pasar a su iglesia, se le promovió a la silla de Santa Marta en 1550. La trasladó a Santa Fe, constituyendo esta Catedral en Metropolitana, lo   -19-   cual fue aprobado por el papa Pío IV en 1562 y se verificó en 1564; siendo sufragáneas las diócesis de Popayán, Cartagena y la Abadía a que entonces quedó reducida Santa Marta. Pero no tuvo don fray Juan de los Barrios las Bulas ni investidura de Arzobispo, porque murió antes de que regresase de la Corte el deán don Francisco Adamo que fue a Europa a entender en la creación del Arzobispado.

BARROETA Y ÁNGEL. El diputado don Pedro Antonio. Caballero del orden de Santiago. Nació en Escaray de la Rioja y estudió en el colegio mayor de Cuenca. Fue canónigo penitenciario de Coria, doctoral de la iglesia de Málaga y provisor. Nombrado Arzobispo de Lima, entró en esta capital y tomó posesión en 26 de Junio de 1751: encontró la catedral reedificándose por el estado ruinoso en que la dejó el terremoto de 1746. Había quedado sin prelado desde el fallecimiento del Arzobispo don José Antonio Ceballos en 1745: y aunque en 1746 fue promovido a este Arzobispado el que lo fue de Chuquisaca don Agustín Rodríguez Delgado, éste murió en el mismo año antes de llegar a esta ciudad. Barroeta hizo visita a su diócesis y practicó en ella no pocos arreglos. Agregó a la doctrina de Cañete en 1754, la feligresía de pueblo viejo, el cual se denominaba Guariu, era antes cabeza de curato, y tenía un convento de la orden de San Francisco fundado en 1576. Publicó diversos edictos refrendando las mismas sinodales de sus predecesores. Recopiló las leyes y estatutos eclesiásticos en 21 edictos conformes con cuanto establecieron los arzobispos Loayza y Mogrovejo, y alambicaron Lobo Guerrero y Arias de Ugarte. Hizo que todo se imprimiese en un volumen el año 1754 por haber escaseado las ediciones de 1613 y 1722. Prohibió bajo graves penas los altares de purísima y los nacimientos en las casas particulares: los toques en las iglesias de canciones y música profana o teatral: el pedir limosna dentro de los templos, los demanderos y los mendigos, y otros muchos desórdenes de cuya reforma se había tratado en las constituciones sinodales. Ningún Arzobispo expidió más edictos que Barroeta para reprimir abusos y sostener el decoro, en cuanto correspondía a sus atribuciones y al cumplimiento de lo dispuesto en los concilios. Reformó muchas corruptelas en los monasterios, restableció en ellos la disciplina y prohibió los cuantiosos gastos que se hacían en el ingreso y profesión de las religiosas. Publicó en 2 de Noviembre de 1751 la resolución del pontífice Benedicto XIV reduciendo los días de fiesta en el Perú. Vio reedificada en gran parte la Catedral, y presenció el estreno de la mitad de ella en 30 de Mayo de 1755. Los pormenores de esta función, que fue muy suntuosa, se encuentran en la obra titulada Júbilos de Lima. El arzobispo Barroeta distribuyó toda su renta en limosnas: fabricó una casa para mujeres pobres en la que se alojaban 43 cómodamente: está situada en la calle de los Huérfanos a San Carlos, y tiene su capilla interior. Sostuvo algunas competencias que ocasionaron desabrimientos y reclamaciones: una de ellas fue con el cabildo eclesiástico de la cual conoció la Audiencia en 1754 y versaba sobre ceremonias, uso de palmatoria al celebrar, etc., que quiso prohibir el prelado. Otra con el virrey don José Antonio Manso Conde de Superunda en 1756, porque impidió que a su entrada en la Catedral sonase el órgano; regalía regia acostumbrada, y que el Arzobispo quería disfrutar solo. Visto este asunto en la Corte se resolvió a favor del Virrey. Barroeta fue nombrado Arzobispo de Granada y salió de Lima en 18 de Setiembre de 1758. Un hermano suyo tuvo que costearle el viaje, tal era su pobreza. Gobernó siete años dos meses veinte y tres días, y le sucedió don Diego del Corro. Había publicado en 10 de Agosto   -20-   de 1752 el jubileo del año santo extendido a todo el orbe por Benedicto XIV y que duró seis meses.

Barroeta dejó memoria por su severidad con los curas cuya codicia reprimía siempre favoreciendo a los indios. Los hacía comparecer cada dos años a ser examinados en la Quechua, y no admitía a recibir las órdenes sacerdotales a los que no habían aprendido aquel idioma. Falleció en Granada en 22 de Mayo de 1775, y se le hicieron en Lima solemnes exequias el día 25 de Noviembre del mismo año con asistencia del Virrey y tribunales, como se refiere en el cuaderno titulado Lágrimas de Lima. Pronunció la oración fúnebre el doctor don Ramón de Argote cura de Carabayllo. La oración llamada colecta debió estar casi en desuso cuando el arzobispo Barroeta en un edicto de 6 de Agosto de 1764 manifestó que por decisión de muchos sacerdotes se omitían las preces contenidas en ella; y ordenó que sin excusa se cumpliese la obligación de rezarla: al efecto la mandó repartir impresa para que se pusiese en los misales. Hizo mención no sólo de las bulas que la habían establecido, sino del Concilio limense de 1582 en el cual se recomendó el deber de decirla al final de la misa. Dicha oración se halla original en las sinodales promulgadas en 1613 por el arzobispo Lobo Guerrero, capítulo 12 libro 3.º. Entre las dudas que Santo Toribio consultó a Roma con motivo de aquel concilio, se encuentra la de si debería pedirse por el Rey en la colecta; y se le contestó que esto había sido resuelto por Sixto V. La oración comprende no sólo a la familia real, al Sumo Pontífice y prelado, sino al Virrey, con las demás súplicas que contiene por la confirmación de los indios en la fe católica, la paz, la salud, y que se conserven los frutos de la tierra, etc.: así lo dispusieron también Pío V y Gregorio XIII.

BARROS ARANA. Don Diego. Ha escrito la historia de la independencia de Chile, su país. En esta obra que empezó a publicar en Santiago en 1854 y continuó después, se puntualizan con importantes detalles los sucesos ocurridos en aquella República desde 1807: están referidas las campañas hechas por las fuerzas realistas comandadas por los brigadieres Pareja, Gainza y Osorio, quienes expedicionaron desde el Perú según disposiciones y órdenes de los virreyes Abascal y Pezuela.

BASAGOITIA. Don Narciso. Nacido en Santander. Completó sus estudios en la Universidad de Salamanca, y fue doctor en leyes y cánones. Ejerció la carrera del foro en Madrid donde contrajo matrimonio y tuvo dos hijos; debió obtener una plaza de oidor, para la cual estuvo previsto; mas el Rey le nombró subdelegado del partido de Lampa, con cuyo título vino al Perú por Buenos Aires en 1801, después de sufrir un naufragio. Púsole en posesión de su destino el gobernador intendente de Puno don José González Montoya. Habiendo enviudado determinó ya avecindarse en el país, y contrajo segundas nupcias con doña Francisca Sugástegui y Foronda que en 1803 falleció también, dejando un hijo, don Manuel Mariano, que en la República ha sido comisario ordenador, prefecto, miembro del Congreso, y alto funcionario de Hacienda.

Terminado su período de mando en Lampa, don Narciso Basagoitia se ocupaba de la agricultura y minas, y era segundo jefe del regimiento de dicha provincia, cuando estalló en 1809 la primera revolución de la Paz.

Un batallón de ese cuerpo marchó con Basagoitia en el ejército que puso entonces el Desaguadero a órdenes del brigadier Goyeneche: y luego siguió dicho jefe hasta el territorio argentino para reforzar con su batallón de milicias disciplinadas las tropas que comandaba el coronel Córdova. Éste alcanzó un triunfo sobre los argentinos y siguiéndolos   -21-   hasta Suypacha, empeñó otro combate cuyo resultado le fue adverso. Basagoitia se vino a Potosí y de allí a Tacna: incorporose después al ejército del general Goyeneche y como su edecán concurrió a la batalla de Guaqui en 1811.

El nombramiento de Subdelegado de Quispicanchi que en su favor hizo el virrey Abascal, obligó a Basagoitia al desempeño de este nuevo destino hasta 1814 habiendo recibido allí el despacho de Coronel por el Rey. Tuvo que pasar a Arequipa a causa de la revolución acaecida en el Cuzco, y luego vino a Lima por consecuencia de la acción ganada por el general Pumacahua en la Apacheta a los generales Picoaga y Tristán, en la cual estuvo Basagoitia a cargo de la artillería. Abascal lo envió a Guamanga de intendente, y marchó con la columna del batallón Talavera que comandaba el teniente coronel don Vicente González. Cesó aquel en la intendencia por la llegada del propietario don Manuel Quimper; y aunque se le nombró para la de Puno, sólo la sirvió muy corto tiempo pues estaba nombrado por el rey don Tadeo Gárate diputado que había sido en las Cortes. Hallábase por segunda vez en el Gobierno de Guamanga cuando en 1820 ocupó la ciudad la división que remitió el general San Martín desde Pisco: en esas circunstancias y prisionero el coronel Basagoitia falleció a impulsos de una aguda enfermedad.

BAUTISTA. El venerable padre fray Gerónimo, de la orden de Santo Domingo. Fue el fundador de la cofradía de Santa Catalina de Sena y Jesús Nazareno compuesta de militares, especialmente los de la guardia de caballería de los Virreyes. En todos los viernes de cuaresma, dicha cofradía sacaba una procesión denominada de la Amargura, que iba de Santo Domingo a la Recoleta, y en la cual aparecía una magnífica anda de plata en que estaba colocado el Redentor con la cruz a cuestas. A fines del siglo pasado, dicha procesión sólo salía el Jueves Santo.

BAUZÁ. Don Felipe. Distinguido marino que estuvo en el Perú en 1790 con la expedición de las corbetas «Descubierta» y «Atrevida» a órdenes de los capitanes de navío Malaspina y Bustamante. Bauzá, joven de gran aprovechamiento, levantó muchos planos y reformó otros, siendo sus cartas marítimas las mejores que hubo de la América del Sur y cuya superioridad se reconoció por otras naciones. Fue director del depósito hidrográfico de Madrid, y murió emigrado en Inglaterra en 1533.

BAUZATE Y MESA. Don Jaime. Empresario del periódico de Lima Diario erudito económico y comercial, que empezó a publicar con licencia del virrey Gil y bajo la censura del fiscal Gorvea, en 1.º de Octubre de 1790 en su imprenta calle de las campanas, y se distribuía en todas las ciudades del alto y bajo Perú y reino de Quito: tenía 409 suscriptores. Salieron a luz en dicho periódico noticias diferentes y algunos discursos de importancia como el publicado en Abril de 1791, manifestando con graves y sólidas razones, los males que se hicieron al Perú con la introducción de negros africanos. En 1792 sustituyó don Martín Saldaña a Bauzate en la edición del Diario: mas no pudo continuar sino poco tiempo, porque la circulación no era tal que dejase utilidad cuando apenas costeaba los gastos.

Don Jaime había servido en Madrid la cátedra de historia literaria establecida en el colegio imperial, y fue allí durante quince mesas editor del periódico el Diario por muerte de don Santiago Tevin.

Para sostener Bauzate el Diario de Lima, formó una sociedad académica denominada Filopolita, compuesta de personas incógnitas que   -22-   se daban los nombres de Aristarco, Midósolo, Filomito, Eumolpo, Arcadio, etc.

Hemos encontrado en dicho Diario una razón sacada de la estadística comercial que publicó en España don Manuel Nifo; y comprende todo lo que allí se recibió de ambas Américas en el período del reinado de Carlos III; es decir, desde 1759 hasta 1788. Los principales artículos son los siguientes: 447½ millones de pesos, 372 arrobas de añil, 283.000 de cascarilla, 8.600 de lana, 423.000 de palo campeche, 1.000.761 arrobas de palos para tintes, 14.300 de sebo, 131.500 de algodón, 4.460.000 arrobas de azúcar, 5.179.000 de cacao, 950.000 de cobre, 83.000 de estaño, 272.000 de grana fina, 33.000 de lana de vicuña, 9.000 de plomo, 720.000 arrobas y 18.400 cajones de tabaco, 10.600 arrobas de zarza, 5.546.100 arrobas de vainilla, etc., etc.

BAYANO. Negro que dándose el nombre de Rey acaudilló a un crecido número de esclavos de su raza con cuya fuerza hizo en el istmo de Panamá diferentes correrías, cometió hurtos y toda clase de crímenes. Alterado allí el orden con tan ruidosos hechos, el Virrey Marqués de Cañete que en 1555 vino por esa vía al Perú, libró allí mismo serias y eficaces providencias para perseguirlos y extinguir aquella insurrección que tomando más cuerpo era de esperar causase males de la mayor trascendencia. Comisionó para entender en la pacificación al acreditado militar Pedro de Urzúa al cual ayudó activamente el Gobernador de Tierra Firme licenciado don Pedro Ramírez de Quiñones. El Marqués declaró libres a los negros que antes de una fecha designada hubiesen abandonado a sus amos, pues los tenían ya perdidos: mandó que los prófugos de época posterior volviesen a la servidumbre o pagasen su valor a los dueños: prohibió con penas severas que éstos maltratasen a sus esclavos; y ordenó que los negros viviesen en poblaciones contraídos al trabajo quedando expeditos para comerciar con los españoles. Con estas bases y el respeto de la columna que organizó Urzúa se restableció la quietud presentándose los sublevados y hasta el mismo Bayano (aunque algunos dicen que fue tomado): a éste se le remitió a España donde estuvo hasta su muerte. Véase Cañete, Urzúa y Quiñones, el doctor don Pedro Ramírez de.

BAYDES. Marqués de. Véase López de Zúñiga, don Francisco.

BAZO Y BERRY. Don Juan. El año de 1809 tomó posesión del empleo de Alcalde del crimen de la Audiencia de Lima: fue también Oidor de ella desde 1816 hasta 1821, año en que se retiró a España. Había sido administrador de fábricas del Real estanco de tabacos, Teniente asesor de la Intendencia de Trujillo a fines del siglo pasado, y posteriormente Oidor de Buenos Aires.

Su hijo don Lorenzo Bazo y Villanueva figuró en la República como jefe de Hacienda, Ministro y Senador, y varios hijos de éste son jefes en el ejército. Don Félix Bazo y Berry, hermano de don Juan, fue Oidor de la Audiencia de Chile y casó en aquel país con doña María del Tránsito Riesco.

BAZURTO Y HERRERA. El doctor don José Antonio, maestrescuela del coro de Arequipa. Lo consagró en 1.º de Mayo de 1759 por Obispo de Buenos Aires, el de aquella diócesis don Jacinto Aguado y Chacón de quien había sido provisor y vicario general. Falleció en 1762.

BEAS. Don Antonio. Almirante de la mar del Sur. Gobernando el Virrey   -23-   Duque de la Palata pasó de Presidente interino a Panamá el general don José Alzamora a quien reemplazó Beas en aquel destino. Debemos advertir en este artículo por ser el primero relativo a los jefes de la escuadra del Perú, que no por el dictado de Almirante debe entenderse tuviesen el rango elevado de Generales de marina. Tanto el que mandaba los buques de guerra con título de General de la mar del sur, como el que hacía de Almirante, percibían en aquellos tiempos sueldo de Capitán de infantería, y para ello se reservaba para cada cual una compañía veterana de la guarnición del Callao. Este raro y extravagante sistema exigía que esas compañías quedasen a cargo de un subalterno, y que ocurriesen en el servicio diferentes inconvenientes, apareciendo el General y el Almirante como súbditos del General de las armas y del presidio, no hallándose en la realidad subordinados a él en sus peculiares atribuciones. Beas que en 1681 estaba en Panamá, y se le hizo venir conduciendo el buque la «Capitana», se negó a sujetarse a aquella condición degradante, y ofreció servir sin sueldo hasta que otra cosa se resolviera.

El Virrey representó al Rey la necesidad de remover los embarazos que la práctica de tales irregularidades ocasionaba, y propuso rentar a los jefes de marina con 200 pesos mensuales el primero, y 150 el segundo; pues ya no tenían gajes por los registros de los buques como en anterior época. Esta consulta fue aprobada en 1683.

En el inmediato de 1684 entró por el estrecho al Pacífico Eduardo David natural de Flandes con tres naves, dos de ellas bien armadas, según avisó al Virrey el gobernador de Buenos Aires don José Garro. Con este motivo se activó mucho en el Callao el apresto de los buques que estaban carenándose para enviarlos a Panamá con caudales, lo cual era urgente por hallarse en Cartagena una flota de galeones venida de España, para recogerlos al mando de don Gonzalo Chacón.

Beas trabajó con el mayor empeño en aquellos preparativos, y en los que amplió el Virrey por haber sabido la entrada por el Darien de una expedición de filibusteros capitaneada por Marcerty, la cual de sorpresa penetró en el país hasta llegar al mar del sur y tomando unas embarcaciones se reunió a las que mandaba David.

La escuadra compuesta de «Capitana», «Almiranta», el «San Lorenzo», el «Pópulo», el «Rosario» y «Santo Toribio», con más un brulote, buques bien tripulados y armados con 130 piezas, salió el 7 de Mayo de 1685 a órdenes de don Tomás Paravicino, cuñado del Virrey, General de artillería y de las armas del Callao. Don Antonio Beas era el Almirante y la persona más inteligente en la profesión naval: y como el General no la conocía, embarcó en la «Capitana» en clase de Maestre de campo de la infantería a don Santiago Pontejos que antes había mandado la armada del Callao. Llegó la expedición a Perico y allí se desembarcaron los caudales que debían llevarse al otro lado del istmo: seguidamente se hizo a la vela para las islas del Rey, y encontrando a David se trabó un combate el 8 de Junio con las mejores probabilidades: pero a pesar de los bien dirigidos esfuerzos de Beas, fueron tales las cuestiones, la falta de unidad y la variedad de órdenes, que David ya al perderse, logró ocupar una posición ventajosa y se retiró, aunque con averías, burlando a la escuadra española. No pudo ésta darle caza y se vino vergonzosamente a Paita en vez de perseguirlo. En este puerto se destruyó la «Capitana» al ímpetu de un voraz incendio, pereciendo cuantos estaban a bordo (más de 400 personas) sin otra excepción que un hijo del general Pontejos llamado don Pedro que pudo salvar sobre un pequeño madero: el general Paravicino se hallaba en tierra.

David anduvo por la costa de California, volvió a la del Perú, hizo graves   -24-   daños en Pisco y puertos del norte, quemó Payta, tomó y saqueó Guayaquil. Fue derrotada su escuadrilla en un combate que duró varios días cerca de Santa Elena con los buques que a su costa armaron algunos comerciantes de Lima. Entre tanto Beas con dos navíos había ido a cruzar sobre la isla de Juan Fernández por si recalaban allí los buques de David; campaña que no produjo resultado alguno. Gobernando el Conde de la Monclova el mismo Beas volvió a las islas de Juan Fernández (1692) con dos buques de guerra: hizo demarcaciones exactas y levantó un plano de ellas, regresándose al Callao acabada su comisión. El lector encontrará relaciones más extensas en los artículos, David, Filibusteros, Marcerty y Palata, Duque de la.

BEAUCHÉ GOVIN. Monsieur de, navegante francés. Entró al Estrecho de Magallanes y fondeó en el Cabo de las Vírgenes en 24 de Junio de 1699. Siguió al puerto Famine que en otro tiempo poblaron los españoles. Reconoció un vasto campo llano y cultivable en la isla de Santa Isabel. Visitó la Tierra del Fuego, y comunicó con los indios bárbaros que la habitan, habiendo recibido algunos a su bordo muy tratables y dóciles. Después continuó a Puerto Galante y encontró una isla con dos abras: a la una, la llamó «Puerto Delfín», y a la otra, que es menor, «Filipeaux». Tomó posesión, y dio a la isla el nombre de «Luis el Grande». Salió al mar del sur, y el 5 de Febrero de 1700, fondeó en la isla de Santa María Magdalena en la costa de Chile, en la cual hizo negocios de comercio. Se volvió a Francia por el Cabo de Hornos. Escribió memorias, y dio planos del Estrecho formados por el ingeniero Labat, que viajó en su compañía, y que publicó en 1753 monsier Bellin.

BECERRA. Véase Chacón y Becerra.

BECERRA. Don Francisco. Español, Capitán de las milicias de infantería de Chota, que se ejercitaba en la agricultura. Murió en 1788 después de haber cumplido 132 años de edad.

BECERRA. El capitán don Juan. Hizo donación de una casa de su propiedad cerca del pueblo del Cercado de Lima, y en ella se formó en 1648 por el presbítero don Antonio Dávila, un hospital de convalecencia para indios, que años después fue el de Belethmitas. Véase Dávila.

BEDOYA. El doctor don Bartolomé. Natural de Arequipa, del orden de Isabel la Católica, abogado del ilustre colegio de Lima con bastante crédito como su hermano el doctor don Antonio. Fue Teniente asesor de la Intendencia de Tarma desde 1786 hasta 1812. Fiscal de lo civil y criminal de la Audiencia del Cuzco desde 1812 hasta 1821, y en 1820 y 21 Auditor general de guerra del Virreinato. Ante el doctor Bedoya hizo el virrey don Joaquín de la Pezuela su protesta en forma por la violencia con que los jefes del ejército le depusieron del mando en 29 de Enero de 1821. Falleció en la plaza sitiada del Callao a fines de 1825.

BEDOYA. El brigadier don Ramón Gómez. Por la vía de Costa Firme vino al Perú en clase de Teniente Coronel y ayudante del brigadier don José Canterac que pasó de Jefe del Estado Mayor General al ejército del Alto Perú en 1818. Fue colocado en el mando de dos escuadrones de lanceros con los cuales y un batallón se embarcó en Arica a órdenes de Canterac el año de 1820 en las fragatas de guerra «Prueba» y «Venganza» que tocando en Cerro Azul, por estar boqueado el Callao, pusieron   -25-   allí en tierra esas tropas que luego se incorporaron al ejército en el campamento de Aznapuquio.

Bedoya fue uno de los jefes que firmaron en Enero de 1821 la representación en que se negó la obediencia al virrey Pezuela remplazándole con el general la Serna. Los escuadrones lanceros del ejército y el de «Dragones de la Unión» se juntaron formando un regimiento, con el nombre del último, y el mando de él se confirió a Bedoya. Hizo la campaña sobre Lima con Canterac por Setiembre de 1821 y la de Ica en 1822. Ya de coronel, marchó para el sur con el mismo General a fines del año, y la división que éste llevó, en que estaban los «Dragones de la Unión», se reunió a la del brigadier Valdez concurriendo a la batalla de Moquegua el 21 de Enero de 1823. Ascendió a Brigadier en la promoción general de ese mismo año.

En la batalla de Junio, Bedoya fue uno de los derrotados con su regimiento el 6 de Agosto de 1824. A la de Ayacucho asistió mandando la 21 brigada de la división de caballería. Es lo más notable de la carrera de este jefe, quien habiendo regresado a España no adelantó en ella.

BÉJAR. Don José Gabriel. Natural del Cuzco. Fue uno de los principales actores en las alteraciones ocurridas en dicha ciudad el año de 1813, con motivo de la elección del Cabildo constitucional, y de las conjuraciones en que se trató de derrocar el poder español. En aquel año y en el siguiente, estuvo preso las veces en que, descubiertas las tentativas revolucionarias, persiguieron las autoridades a los promotores de ellas. Béjar, unido a los Angulos, tuvo una parte muy señalada en el cambiamiento de 3 de Agosto de 1814, en que destituidos los mandatarios realistas, se proclamó la independencia, creándose en el Cuzco una Junta gubernativa. Elevada al rango de Brigadier, vino sobre Guamanga con una columna de operaciones en compañía de don Mariano Angulo y don Manuel Hurtado de Mendoza, natural de Santa Fe de Corrientes. Las milicias acuarteladas por el intendente, y que debieron marchar al puente de Pampas para contener a Béjar, se sublevaron entregándose al desorden. Este suceso allanó a los del Cuzco la ocupación de Guamanga.

El teniente coronel del regimiento de Talavera don Vicente González, salió de Lima con una pequeña fuerza, la cual aumentó con un cuerpo de milicias de Huanta. Buscado por Béjar y Mendoza que ya capitaneaban cinco mil hombres, trescientos de ellos con fusil, se trabó una acción muy sangrienta que tuvo lugar en dicho punto el 3 de Octubre. González salió vencedor y ocupó Guamanga: aquéllos habían cometido allí graves excesos: dieron muerte al coronel don Francisco Tincopo, al subdelegado de Vilcashuamán don Cosme Echevarría y al capitán don Vicente Moya, a quien sacaron arrastrando del sagrario de la iglesia de la compañía en que estaba refugiado.

Dueño Béjar de la provincia de Andahuaylas, rehecho y aun reforzado con gente de diferentes puntos, pensó en combatir nuevamente, y hallándose próximo a Guamanga, fue atacado por González a quien se había incorporado una columna de Ica. Vinieron a las manos en Matará el 4 de Febrero de 1815; donde en una terrible carnicería, se ejercitó la extraordinaria crueldad de González. Los pocos restos de Béjar, al saber después que el general Ramírez había vencido a Pumacahua y a Angulo en la batalla de Humachiri, se sublevaron sacrificando a Hurtado de Mendoza. Béjar huyó y llegó a reunirse a don José y don Vicente Angulo. Con ellos fue entregado a Ramírez por los vecinos de Zurite y por algunos de los que los acompañaban. Conducido al Cuzco se le sentenció a muerte, y fue ejecutado con los Angulos y otros en la plaza mayor el 29 de Marzo de 1815. Véanse los artículos González, don Vicente, y Angulo.

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BEJARANO. Fray Francisco. Religioso Agustino, excelente pintor. Fueron obra suya doce cuadros de la vida de la Virgen, y seis que representaban las virtudes: unos y otros estuvieron colocados en la Iglesia de San Agustín de Lima, a cuyo convento perteneció Bejarano en el siglo XVII. Él mismo pintó el altar mayor de dicho templo cuando se fabricó.

Trabajó el primer grabado que se hizo en Lima, y se vio en una lámina puesta en el túmulo levantado en la Catedral para las exequias de la reina Margarita de Austria esposa de Felipe III, celebradas en 24 de Noviembre de 1612.

BELAUNDE. Doña María. Para la erección del convento de la Buenamuerte, hizo donación en Lima de unas tierras que poseía en el pago de Santa Inés. Véase Carani, el padre Goldoveo.

BELÍN. Oliverio. Véase Carlos Henrique Clerk.

BELOMO. El doctor don Pedro. Cirujano mayor del apostadero del Callao y examinador de cirugía del Tribunal del protomedicato hasta 1809. Fue el primero que hizo uso del fluido vacuno en Lima el año de 1806. Véase Salvani.

BELLAVISTA. Marqués de. El rey Fernando VI dio este título en 2 de Agosto de 1744 a don José Muñoz Bernaldo de Quirós, Corregidor que fue de la provincia de Trujillo, quien vivía allí a fines del siglo pasado. Heredó el marquesado su hijo don Manuel Muñoz Cabero, y fue el último poseedor.

BENAVENTE Y BENAVIDES. El doctor don Bartolomé. Nació en Madrid en 1593. Sus padres fueron el licenciado don Bartolomé de Benavente y doña María de la Cerda, descendientes de los primeros conquistadores de México. Graduose de doctor en Sigüenza donde estudió. Fue Canónigo de Lima en 1620, maestrescuela, chantre y arcediano, Comisario subdelegado de cruzada del Perú, Tierra Firme y Chile. Visitador general de este Arzobispado en sede vacante, y examinador general para beneficios y doctrinas. Catedrático de teología en la Universidad de San Marcos. Salió para Oajaca nombrado Obispo en 1642 a los 46 años de edad, y consagrado por el arzobispo don Pedro Villagómez. Falleció en 1652. El Comisario de cruzada permitía publicar y ganar las indulgencias; y a tenor de esta facultad daba la necesaria licencia. Hemos visto una otorgada por el doctor Benavente para que se cumpliese un buleto pontificio el año 1638 y dice, «con tal que se haga, sin solemnidad de atabales, chirimías ni pregón; sólo en los púlpitos, y poniéndose en las puertas de los templos cédulas de mano y no impresas etc.». El obispo Benavente escribió algunos tratados jurídicos, y una obra sobre asuntos parroquiales y de regulares.

BENAVIDES Y DE LA CUEVA. Don Diego. VIII Conde de Santistevan del Puerto, Comendador de Monreal en la orden de Santiago Virrey del Perú. Juan Alonso de Benavides tronco de la casa de Santistevan, fue hijo del rey don Alonso VII y tuvo el apellido de Benavides por haberle dado su padre la villa de este nombre en el Reino de León. Estudió don Diego en el colegio mayor de San Bartolomé de la Universidad de Salamanca: era poeta y circularon algunas de sus composiciones entre ellas la titulada Horas sucesivas. Siguió la carrera de las armas adquiriendo crédito por su valor en la guerra de Italia de 1637. Fue Gobernador   -27-   de Galicia, Virrey de Navarra, Consejero de guerra y uno de los plenipotenciarios que suscribieron la paz de los Pirineos en 1659, y ajustaron el matrimonio de Luis XIV con la infanta de España doña María Teresa de Austria. Felipe IV le dio el título de Marqués de Solera.

Nombrado Virrey del Perú en dicho año de 1659, se embarcó en Cádiz por Noviembre, en uno de los galeones del general don Pablo de Contreras, y habiendo éstos sufrido un temporal se perdieron siete, y los demás volvieron al fondeadero. Salió nuevamente el 10 de Enero de 1660: vino por Tierra Firme al Perú, entró en Lima el 31 de Julio de 1661, y recibió el mando del Virreinato de su antecesor el Conde de Alba de Liste.

Algunos sucesos de magnitud se recuerdan de la época del Virrey Conde Santistevan que no llegó a cinco años. Por Diciembre de 1661 acaeció en la Paz una sublevación hecha por los mestizos que se entregaron al robo y mil otros excesos, después de morir en el tumulto el corregidor y justicia mayor don Cristóval Canedo, su primo don Juan de Ortega y varios oficiales. Este alzamiento fue extinguido completamente en virtud de los valerosos esfuerzos del gobernador don Francisco Herquiñigo y del alcalde don Agustín Zegarra de las Roelas quienes impusieron pena de horca a Lucas de Montealegre y Antonio Orduña cabecillas principales, lo mismo que a Juan Ruiz de Rojas, Alonso de la Fuente y Juan de Amaya por su mucha complicidad. El principal autor de este suceso fue Antonio Gallardo el cual murió en el asalto que puso en obra contra Puno, a donde se dirigió con una fuerte partida que sacó de la Paz. Véase Borda, don José.

Al ingresar el Conde de Santistevan al Virreinato, y a vista de documentos fehacientes, se habían quintado en Potosí desde que fue descubierto 1.480 millones de pesos de a 13¼ reales cada uno, o sean pesos ensayados, que así se denominaban los que tenían este valor. Nótese que según todos los cómputos, se estimaba en otro tanto el caudal extraído sin pagar ese derecho, defraudándolo al Erario por medio del tráfico clandestino, y dejándose de cobrar por la plata que se labraba en todo el reino para templos y para los particulares. De manera que según cálculo muy fundado, Potosí tenía dados en 116 años, de 1545 a 1661, 2.960 millones de pesos de 13¼ reales.

Entre los grandes escándalos que pasaban en Potosí ya por las interminables ludas sangrientas de los vascongados y criollos, ya por casos ocurridos con los vecinos en particular, aconteció en 1663 que riñendo en un templo doña Magdalena Téllez, viuda rica, con doña Ana Roelas, el marido de ésta llamado don Juan Sanz de Varea dio una bofetada a doña Magdalena, la cual contrajo luego matrimonio con el contador don Pedro Arechua, vizcaíno, bajo la condición de que tomaría una cruel venganza por aquel agravio. Arechua fue aplazando su compromiso y acabó por negarse a cumplirlo, lo cual ofendió a doña Magdalena hasta el punto de resolverse a matar a su marido como lo hizo una noche: agregando un cronista que todavía tuvo ánimo para arrancarle el corazón. Ella fue encarcelada y sufrió la pena de garrote, a pesar de los ruegos del arzobispo Villarroel, que rechazó la Audiencia de Chuquisaca, lo mismo que la oferta de 200 mil pesos que los vecinos de Potosí hicieron para salvarle la vida.

El Virrey Conde de Santistevan movido por las repetidas acusaciones que hubo contra el corregidor de Potosí don Gómez de Ávila, mandó viniese a Lima para que contestara a ciertos cargos que sobre él pesaban. En la capital logró disiparlos mediando en ello el favor; y fue despachado libre y expedito para continuar en su empleo. Mas aquellos vecinos   -28-   enfurecidos por esto, o temerosos de que los oprimiese con sus venganzas, salieron a recibirlo al camino y dándole veneno lo mataron casi de improviso. Los asesinatos y otros crímenes que se cometían en Potosí en esos tiempos, eran tantos y con circunstancias tan agravantes, que repugna creerlos por más que las crónicas abunden en datos y pormenores: allí se desaparecían muchísimas personas, y se encontraban cadáveres y osamenta en los lugares en que se abría el suelo con motivo de cualquiera obra que se practicaba.

En 1663 la capital de Lima dio al Rey un donativo cuantioso con ocasión de la guerra de Francia. En ese mismo año se erigió Audiencia en Buenos Aires que al poco tiempo fue extinguida. Aconteció en Ica un espantoso terremoto que la arruinó por completo lo mismo que al puerto de San Clemente de Mancera (Pisco) el día 12 de Mayo de 1664 poco antes de las cuatro de la mañana. Esta catástrofe anonadó los ánimos horrorizados ya por haber muerto un vecino de aquella ciudad horas antes a un sacerdote dándole 17 puñaladas; asesinato que pagó después su autor con el último suplicio. Cayeron a tierra casi todas las casas, muriendo cuatrocientas personas y sesenta en Pisco; perdiose crecido caudal, valor del vino y aguardiente derramados con la rotura de las vasijas en que se guardaban. El temblor se experimentó en Lima a las 4 ya con poca, fuerza a pesar de su larga duración.

En 28 de Enero de 1664 se celebró en la plaza mayor de Lima un auto de fe por el tribunal de la Inquisición. Fue relajado y quemado Manuel Henrique por judío, y en estatua Mencia de Luna sentenciada como judaizante y hechicera.

En 16 de Febrero de 1666 hubo otro auto de fe en la iglesia del hospital de la caridad, y con respecto a él no hemos podido adquirir más noticia que la de haberse penado siete reos por diferentes causas.

Apenas se encargó Santistevan del Gobierno se encomendó al Tribunal del Consulado la recaudación y manejo del impuesto denominado de «Avería» en virtud de un acuerdo y pacto celebrado con el comercio. El producto de este derecho se hallaba destinado a los gastos que era necesario hacer en los buques de guerra, que convoyaban a los mercantes y conducían caudales a Panamá. Desde las primeras negociaciones que hubo con la América, existió esa contribución para mantener las armadas, y se fijaba según los costos que tenían las expediciones. Corría con este ramo la contratación de Sevilla y a veces subía a un 6% el gravamen sobre el caudal y frutos que se trasportaban. Como hubiese defraudaciones y disgusto en el comercio de Lima, el Consejo mandó en 1660 que entendiesen los consulados en todo lo tocante a dicho impuesto.

El virrey Santistevan nombró Gobernador interino de Chile en 1662 a don Ángel Peredo del orden de Santiago, oficial acreditado en la guerra de Flandes. Llevó el situado y 350 hombres de refuerzo. En seguida envió 400 soldados más en dos buques, y 300 mil pesos para gastos de guerra. Una de esas naves se perdió en la costa de Itata ahogándose 150 individuos de la tropa y tripulación. El Virrey con tal motivo remitió otros 200 hombres y nuevos recursos pecuniarios. Tuvo que hacer traer soldados desde Quito para este auxilio, subiendo el gasto de cada uno a 250 pesos.

Hubo en la Audiencia de Lima un Alcalde del crimen que a su mucho honor y luces en materias forenses, unía un celo ardiente que le agitaba en favor de la humanidad; siendo característica en él la aversión a todo desvío de los funcionarios en ofensa de las leyes. Era el licenciado don Juan de Padilla, natural de Lima, miembro de una familia muy visible; quien   -29-   cansado de ver los abusos que se cometían y la opresión temeraria que experimentaban los indios, dirigió al Rey a mediados del XVII siglo una manifestación detallada de las infracciones y excesos que sobre este punto se hacían más notables, pidiéndole de una manera enérgica remedio para tantos hurtos, vejaciones, engaños e injusticias que sufría la martirizada clase indígena. Considerado todo por Felipe IV, dictó órdenes terminantes al Virrey Conde de Alba para hacer reformas en las mitas, y quitar los indios que se denominaban de faltriquera: prohibió se cubriese con dinero la falta de otros para el servicio, y se esmeró mucho al mandar se cortaran de raíz los escandalosos crímenes que se hacían ya intolerables en los obrajes. El Virrey sustanció un expediente en que oído el protector fiscal don Diego de León Pinelo aparecieron comprobadas las aserciones del licenciado Padilla, y se puntualizaron otras que hasta entonces no habían sido objeto de la pública reprobación. Mientras Pinelo disculpaba algunos abusos y no calificaba otros con severo juicio, dijo tener 9.550 fojas escritas en 25 libros, de quejas y reclamaciones de los indios y de él mismo como Protector fiscal, las cuales habían dado materia a numerosas resoluciones superiores.

En cumplimiento de lo expresamente mandado por el Rey, se formó en Lima una junta para entender en tan grave asunto: se imprimieron la representación de Padilla y el detenido informe de Pinelo; publicidad que parece increíble se hiciera, porque ponía al alcance de todos cosas que desacreditaban a las autoridades y los párrocos, y era natural excitasen asombro y murmuraciones. Marchó el obispo don fray Francisco de la Cruz a Potosí comisionado para un nuevo arreglo de la mita y para contener las injusticias y atentados notables que allí se perpetraban. En el artículo tocante a este prelado decimos que según su dictamen debía abolirse la mita; y nos ocupamos de la rectitud y acierto con que procedía en su comisión: murió súbitamente no sin sospechas de haber sido envenenado. El Rey determinó que el Virrey fuese a Potosí a efectuar por sí mismo las reformas, pero el Conde de Alba trasmitió el encargo al citado Obispo, y en su reemplazo nombró después al Oidor don Bartolomé Salazar.

Corrió el tiempo perdido en investigaciones y proyectos, mientras que supieron aprovecharlo los mineros con sus resistencias, intrigas, amenazas y alborotos a fin de frustrar los designios del Gobierno encaminados al alivio y protección de los indígenas. El Conde de Alba terminado su período de mando se regresó a España, y su sucesor el Conde de Santistevan principió a ocuparse de la suerte de los indios, siendo uno de sus primeros actos la mala elección que hizo de la persona del obispo don fray Francisco Vergara y Loyola para que desempeñara la ardua tarea que estuvo encomendada al benemérito don fray Francisco de la Cruz.

Vergara no tardó mucho en manifestarse adversario de las opiniones de su antecesor: y en vez de reformas completas en armonía con las miras del Rey, se contentó con proponer algunas medidas ajenas de lo sustancial, y también ineficaces aun para la corrección de parciales abusos. Este prelado se dejó alucinar por los mineros y demás interesados, cuyo influjo estaba al nivel de su codicia y de la audacia con que amedrentaban a las autoridades. La mita de Potosí continuó siendo el más terrible azote de los indios, pues remitidas a la deliberación del Rey diferentes controversias no tuvieron ninguna solución definitiva: años después se aumentaron 14 provincias a las que en menor número sostenían la mita, y esto, si disminuyó los contingentes de hombres, no alteró la totalidad de ellos que más bien fue acrecentada. Véase Navarra y Rocaffull, Duque de la Palata.

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En suma: los trabajos de las minas acababan con los indios; las minas tenían que explotarse por hombres ávidos de riqueza; los ingresos del Erario Real dependían en gran parte de la producción minera: y no habiendo otros brazos que soportasen o participasen de semejantes fatigas, eran inútiles cuantos esfuerzos se hicieran para conciliar intereses cuyo avenimiento era imposible desde que la mita tenía que subsistir. Éste nos parece el único modo de presentar la primera cuestión que ofrece un asunto de tanta trascendencia. La segunda la fijaremos en la forma que ella merece y bajo los dictados de la buena fe. Sentado el principio de la existencia de la mita, los desgraciados indios por librarse de ella huían de sus hogares para ser forasteros en otros distritos, donde autoridades y caciques se servían de ellos y los oprimían de diferentes maneras: llegó a verse la horca colocada en algunos pueblos como amenaza para los que fugasen por no sujetarse a la mita. No se les pagaba religiosamente su trabado en las minas; y se les hacían defraudaciones en los salarios con motivo de raciones o suministro de telas y otros artículos: se les forzaba a llenar mayores tareas que las que debieran ejecutar legalmente. Se les defraudaba, en el todo o parte, el leguaje a que tenían derecho para su subsistencia, particularmente al regresar de Potosí a sus pueblos, y también se les detenía después de haberse vencido el tiempo de su obligatorio servicio.

¿Tenían o no los gobernantes del Perú voluntad y medios para hacerse obedecer y castigar a los infractores de tantas leyes y reales disposiciones en favor de los indios? ¿Toleraban o se desentendían de los continuos excesos y atentados cometidos por los que se enriquecían sacrificando a los indios? Son estos los puntos a que deben dirigirse las observaciones de la historia. Ella al dar su fallo declarará sin duda que los funcionarios públicos, cohechados, o tímidos ante la insolencia de los poderosos, fueron sus cómplices en las crueldades y los hurtos de que eran víctimas los indios. Las juntas consultivas, los reglamentos, las indagaciones, los pasos dilatorios, los rodeos innecesarios y el aplazamiento de las decisiones, no eran más que efugios indignos que reconocían por causas la connivencia de las autoridades locales y superiores, y más que todo su flaqueza ante el poder altivo de los ricos tan crueles como corruptores. La conducta indolente y ambigua de los Virreyes, y su modo de expresarse en las memorias que dirigían a sus sucesores, nos dejan comprender que para tan hondos males no había más remedio que la absoluta extinción de las mitas forzosas.

El Conde de Santistevan, como los más de los Virreyes, puso manos en estos asuntos para promover el cumplimiento de las disposiciones de la corte, que acaso se expedían por cubrir dentro y fuera de España el honor y la conciencia del soberano; pero en nuestro juicio a sabiendas de que no producirían jamás cumplido efecto. Santistevan a tenor de una real orden de Felipe IV presidió la junta de que se mandó fuese miembro el licenciado don Juan de Padilla, y se formó con el Arzobispo y varios oidores para estudiar las cuestiones referentes a la libertad de los indios y a su buen tratamiento, oyendo también sus quejas y reclamaciones.

Sin dudar que esta junta trabajaría en el sentido y objetos para que fue instituida, advertiremos que no se vieron resultados que extirparan las antiguas costumbres basadas en la estabilidad de las mitas, con los detestables abusos que eran su consecuencia y cuya remoción se miraba como inverificable. El virrey Santistevan se propuso más que todo poner orden y sistema en lo relativo a los obrajes de telas burdas de lana; talleres que eran unas verdaderas cárceles para los indios: donde sufrían castigos corporales y se les alimentaba mal, obligándoles a tareas   -31-   desmedidas privados del preciso descanso, y por último se les defraudaba en los salarios. Fuera de los de mita se recogían indios indistinta y discrecionalmente, y eran sepultados a la fuerza en aquellas fábricas siendo su salida tan difícil como el que alguna autoridad procediese a salvarlos. La junta correspondió a las intenciones del Virrey, y como fruto de su empeñoso celo sancionó la ordenanza de obrajes de 14 de Julio de 1664. En ella se señalaron los jornales según la clase de ocupación de los obreros y el costo de la subsistencia en ciertas provincias. Se fijaron los artículos que compondrían las raciones con el peso de cada uno, y lo que a falta de víveres se debería abonar en dinero. Para establecer un obraje batán o chorrillo, sería preciso obtener licencia del Gobierno, y sólo se repartirían indios cuando hubiese concesión especial o derecho a ellos por razón de sucesiones. Con presencia de los últimos padrones de tributarios se hacía el repartimiento de la 6.ª parte en el territorio de Quito, de la 7.ª en los demás distritos del interior, y en la costa de la 6.ª. Los mitayos serían relevados en cada semestre, y no se comprenderían jóvenes o ancianos ni gente avecindada a más de dos leguas del obraje. El trabajo principiaría siempre a las 7 de la mañana cesando a las cinco o seis de la tarde, según las estaciones, y señalándose horas para los alimentos y el preciso descanso. Estableciéronse reglas para la justa distribución de las tareas, y en cuanto a los viajes de ida y regreso de los mitayos, se les asignó medio real por legua. No se les descontarían en el ajuste de cada año los jornales de 40 días concedidos para que atendiesen a las labores de sus chácaras, ni los respectivos a los días de sus enfermedades como no pasasen de un mes en que serían asistidos en los mismos obrajes. Los pagamentos era obligatorio hacerlos en dinero, en mano propia de los trabajadores y a presencia de la autoridad local y del párroco en la liquidación anual, sin permitirse rebajas a título de ofrendas u otros abusos; poniéndose constancia en los libros que firmarían aquéllos ante un actuario, y cuyas hojas serían rubricadas por este, pasándose de todo testimonio al Gobierno.

A los curas no se les permitiría tocar estos jornales para hacerse pago de deudas de los indios por derechos parroquiales u otras causas. La toma de hombres por fuerza para el trabajo, se castigaría con pena de muerte. Se prohibió arrendar los obrajes o ceder parte de sus utilidades a las personas que ejerciesen autoridad: lo mismo el hacer a éstas obsequio alguno y muy en particular el de mil varas de telas que se acostumbraba dar a los corregidores con el nombre de bollo; que en la residencia se hiciese cargo a éstos por la menor violación de la ordenanza, que se había de leer en las visitas y en las elecciones de alcaldes, conservándose ejemplares de ellas en los obrajes y en los cabildos, etc., etc.

Un ordenamiento a todas luces justo y equitativo tenía que ser combatido por los malos hábitos creados por la implacable codicia de los opresores de los indios ya fuesen corregidores, alcaldes o párrocos, ya interesados pudientes que especulaban con la servidumbre de ellos. La ordenanza de que hemos tratado fue un testimonio honroso de la probidad de sus autores: pero tenía contra sí la continuación de las mitas, principio fundamental de todos los abusos que querían destruirse.

Unos no llegaron a desaparecer; otros fueron renaciendo y cobrando su funesto predominio: y el progreso reaccionario dirigido por desapiadados logreros y por autoridades transgresoras, debilitó tan buenos preceptos hasta que cayendo los más en desuso, prevalecieron de hecho y con el trascurso del tiempo los intereses de la avaricia y del fraude. Todo era lento entonces; la opinión pública no se hacía conocer ni se excitaba en favor de los indios: la mudanza de Virrey y de tal o cual magistrado   -32-   era la sentencia de olvido que recaía sobre las obras más profícuas que de seguro se contrariaban o eran objeto del desprecio y emulación de los que les sucedían en los puestos. Estas mezquinas rivalidades, de una en otra herencia, han venido hasta nuestros días, irrogando a la nación los daños que traen consigo la inconsistencia de las cosas, las continuas variaciones y reformas inmaturas e irreflexivas que desorganizan y confunden en vez de cimentar ningún régimen adecuado a las condiciones del país.

El Virrey fundó una cátedra de matemáticas en la Universidad de Lima dotándola con 692 pesos, pero no pudo conseguir su objeto por falta de oyentes; bien que los había en la escuela de Lozano que protegió el conde de Alba de Liste y existía en el Hospital del Espíritu Santo para instrucción de pilotos desde 1657. Véanse Lozano y Koenig.

Las misiones de Maynas sufrían por entonces alternativas, en que más que su progreso, frecuentaron contrariedades y desgracias. Era muy ferviente el celo empleado por los jesuitas para sostener las conversiones, que se debían a sus infatigables esfuerzos: pero la fuga de los neófitos, aterrados en ocasiones por la viruela; y en varios casos, movidos por la desconfianza que los hacía susceptibles y veleidosos, malograban los adelantos que se conseguían, pues se revelaban contra los misioneros y los sacrificaban sin motivo, o por leves e inopinados accidentes. Fuera de ésta las parcialidades reducidas eran provocadas por otras de bárbaros, y como tenían el hábito de guerrear y acometerse entre sí, abandonaban la quietud y las nuevas doctrinas, por tomar venganza de sus constantes agresores.

El Conde de Santistevan trajo a Lima una imagen de Nuestra Señora de la Misericordia, que obsequió al convento de San Agustín, y dio origen a una cofradía cuya riqueza permitió distribuir anualmente cinco mil misas, limosnas a hospitales y a personas menesterosas, alcanzando sus rentas todavía para asignar dotes. La referida imagen existe en el altar de San Eloy patrón de los artífices de oro y plata, los cuales reunidos en antigua asociación formaron otra hermandad que atendía al culto y costeaba a las familias de los del gremio sus funerales, sustentando también a los inhábiles por su edad o enfermedades; además de lo cual concedía dos dotes anuales para hijas de los mismos plateros.

En el año de 1665 gobernando Santistevan principiaron las ruidosas turbulencias ocurridas en el rico mineral de Laicacota pertenencia de los Salcedos. Estos disturbios tomaron muy serio carácter, pues hubo allí combates sangrientos y lamentables escándalos, cuya trascendencia bien considerada por el Virrey, dicen algunos lo alarmó afectando su ánimo a tal punto, que se agravó el mal estado de su salud y se abreviaron sus días. Como los sucesos de Laicacota continuaron con la misma efervescencia en el período en que por muerte del Virrey gobernó la Audiencia, y todavía alcanzaron a la época del Conde de Lemos, nos determinamos a no escribir acerca de la materia hasta hacerlo cuando tratemos de este Virrey; porque él marchó a la provincia de Puno y personalmente procedió a tranquilizarla, dictando muy fuertes providencias e imponiendo la pena de muerte ejecutada en el capitán don José Salcedo y sus principales cómplices.

Vigilantes siempre los Virreyes para sostener los derechos de la corona y sus regalías en materias de patronato, tocó al Conde de Santistevan ordenar se recogiesen, por carecer del pase indispensable del consejo, las letras patentes expedidas para la prorrogación del capítulo y vicaría general de la orden de Santo Domingo; y dispuso se celebrase otro como si tales prevenciones no se hubiesen sabido.

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Las cédulas y demás órdenes reales recibidas en el Perú en el período de mando de Santistevan y que permanecieron después vigentes, se encuentran elevadas a la categoría de leyes formando parte del código que tomó el título de Recopilación de Indias y fue promulgado antes de concluir el siglo XVII.

Estuvo casado el Conde de Santistevan con doña Ana de Silva y Manrique. Su primogénito don Francisco de Benavides fue Virrey de Cerdeña y Sicilia, Consejero y Grande de España. Su segundo hijo el general don Manuel Benavides permaneció en Lima algún tiempo: fue su ayo y director el célebre cosmógrafo Juan Ramón Koenig. En esta capital tuvo el Conde una hija, doña Josefa, y con motivo de su bautismo se hicieron fiestas cuya relación imprimió su autor don Luis Fernández Bustamante.

Habiendo gobernado el Virrey cuatro años siete meses diez y siete días, falleció en Lima al amanecer del 17 de Marzo de 1666: en lo que no están conformes muchos que como don Cosme Bueno dejaron escrito que murió el 16 de Mayo: pero nosotros nos referimos a un tomo existente en la Biblioteca Nacional, el cual contiene los acuerdos que mandó compilar el Virrey Conde de la Monclova: en él esta la prueba de nuestro aserto.

Se hizo cargo del Gobierno la Audiencia presidida por el oidor decano don Bernardo Iturrizarra.

En su mando interino se recibió el decreto y breve de Su Santidad mandando establecer la alternativa entre europeos y criollos para la elección de prelados en la religión de San Francisco. Debiose a la prudencia y sagacidad del comisario general fray Miguel Molina, que se apaciguasen las disensiones que con este motivo se acaloraron en el capítulo celebrado en 1666.

El siguiente año la comunidad de San Agustín del Cuzco negó la obediencia a su prelado fray Bartolomé Ulloa sublevándose contra él porque trabajaba a fin de que los frailes llenasen sus deberes y observaran una conducta arreglada. Suscitáronle graves acusaciones y aun calumnias; y habiéndose quejado al Obispo y al Corregidor, éstos trataron de sostenerlo y lo hicieron empleando la fuerza armada. Encerráronse los religiosos y desde la cerca y las torres empeñaron una obstinada, resistencia que originó diferentes desgracias: la tropa dio un asalto al convento por varios puntos y peleó dentro de los claustros con aquellos frenéticos, que acabaron por rendirse. A la conclusión de la causa que se siguió, el Prelado quedó libre de todo cargo, y los autores de la rebelión fueron expulsados del país.

En el artículo relativo al español don Pedro Bohorquez damos razón de sus aventuras entre los indios Calchaquíes de la provincia de Tucumán, que creyendo sus imposturas le tuvieron por caudillo y le aclamaron rey. Este individuo fue traído a Lima con varios de sus cómplices y permanecieron en la cárcel algunos años sin que se viera el término de su causa. En el de 1667 cuando se experimentaron en la Paz amagos de insurrección de indígenas y también en Cajamarca y otros puntos, se aseguró era Bohorquez el que promovía y fomentaba esos alborotos; y como en tales circunstancias trátase de emprender la fuga, la Audiencia gobernadora al punto lo sentenció a muerte; y su cabeza se colocó sobre el arco del puente con las de ocho indios principales sus antiguos colaboradores.

El rey Felipe IV falleció en 17 de Setiembre de 1665: le sucedió su hijo Carlos que sólo contaba cuatro años, y quedó bajo la tutela de la reina madre doña María Ana de Austria gobernadora de la monarquía. De este acontecimiento no hubo noticia en Lima sino a los nueve meses: había   -34-   muerto el Conde de Santistevan, y el Virreinato se hallaba a cargo de la Audiencia. De su orden se hicieron suntuosas exequias al Rey finado; y con crecido gasto, fiestas y regocijos celebrando al nuevo monarca que fue proclamado en esta capital el año 1666. Véase Carlos II.

Era por entonces, calamitosa la situación de España. Exhausto su Erario, extinguido su crédito y carcomida la moral por el descontento público, se hallaba sumida en el abatimiento, lamentando los desastres, ruina y corrupción, debidos a su fatal Gobierno. Las disposiciones de la reina daban muestras inequívocas de su confusión y de la miseria que la afligía. Enviaba al Perú órdenes para la pronta remesa de caudales a la península; trasmitía otras para el beneficio o venta de los empleos públicos, recurso desesperado que habría de ponerlos en manos de ávidos especuladores; por último, solicitaba se le diese un donativo gratuito para sus gastos, y lo recomendaba en carta escrita de su propia letra. La Audiencia se abstuvo de cumplir este encargo, por no creer prudente tratar de él en las circunstancias que atravesaba el país, y faltando el Virrey, cuyo respeto e influjo se creían indispensables para esa clase de exigencias.

El Erario Real en el Perú, se encontraba en estado lisonjero: porque había una existencia de trece mil quintales de azogue, y se esperaban aumentos en la producción de Guancavelica. Abundando la plata, habían entrado en las cajas de Lima, en menos de dos años, cuatro y medio millones de pesos, de cuya suma podía remitirse la mitad a España. Las deudas, disminuidas en mucho, ascendían a poco más de un millón, y se tenía por cierto que al terminar el año de 1667, quedasen canceladas. Hallábanse al corriente los pagos ordinarios y los situados respectivos a Buenos Aires, Chile y Panamá: se había auxiliado a Tucumán, para atender a las entradas hechas contra los bárbaros del gran Chaco; y acababan de practicarse algunos otros gastos, como la mejora y refacción del Palacio de Lima y los que ocasionó la remesa de armas y municiones a Panamá para que se defendiese de las tentativas de los filibusteros.

Mandaba en Chile don Francisco Meneses portugués de nacimiento, el cual en medio de la escandalosa lucha que sostenía con las autoridades políticas y eclesiásticas, abrigó y trató de poner en obra el designio de incorporar la plaza de Valdivia al territorio sujeto a su autoridad; mas el Gobernador de ella, manifestó su resistencia a las miras de Meneses, exponiéndole que sólo podría prestarse a semejante propósito, en caso de acuerdo con el Virrey, cuyas órdenes eran las únicas que estaba obligado a cumplir. La Audiencia gobernadora del Perú aunque conocía la necesidad de destituir a dicho Meneses, prescindió de hacerlo, considerando insuficiente su fuerza moral para llevar a efecto una resolución que dejó reservada al nuevo Virrey.

Entre tanto la Audiencia no abandonaba los asuntos relativos a los indios, y acorde con las determinaciones tomadas para mejorar su suerte, expidió su último decreto para precaver los agravios que les inferían los corregidores. Publicose por bando el día 29 de Mayo de 1666, y fue seguido de una fórmula que se imprimió y tenemos a la vista, para que rigiese en el juramento que habían de hacer ante la Audiencia los corregidores que se nombrasen: es la que copiamos íntegra a continuación:

«1 Yo N. a quien V. A. se ha seruido de nombrar por Corregidor de la Prouincia de N. juro por Dios nuestro Señor y por esta Santísima Cruz, que toco con mi mano derecha, y con toda buena fee, de mi espontánea voluntad, y sin que vse de abstracción alguna, de que durante el tiempo del dicho Corregimiento, guardaré y cumpliré todo lo que conforme   -35-   al vando hecho, y mandado publicar por V. A. en 29 de Mayo de 666 está dispuesto, que juren los proueídos a oficios de Corregidores, y assí lo juro de guardar, y cumplir en la forma que se sigue.

»2 Juro, como queda dicho, por Dios nuestro Señor, y por esta Santíssima Cruz, que ni por mí, ni por interposita persona, o personas, ni por otra vía, ni modo alguno, entraré, ni haré entrar en la dicha Prouincia del dicho Corregimiento partida alguna de mulas, en poco, ni en mucho número, ni tendré compañía, ni parte, ni por otro contrato, ni modo, dependencia, ni interés, próximo, ni remoto, con las personas que las entraren, pena de incurrir en perjuro, y de las demás estatuidas por razón de tratos contra los que administran justicia, y que por el mismo hecho, si lo quebrantare, dexen de ser mías las tales mulas, y se adquiera el dominio al Real Fisco, y yo pierda, y sea priuado del oficio ipso iure, por el mismo hecho, sin otra declaración.

»3 Assí mismo, y en la misma forma, y con las mismas penas juro, que no haré entrar, ni entraré en la dicha Prouincia vino alguno, en poca, ni en mucha cantidad, por mí, ni por interposita persona: ni permitiré, ni consentiré que se venda a Indios, con la misma pena de perjuro y de las demás estatuidas a missión del dominio y defraudación al Real Fisco.

»4 Assí mismo, y en la misma forma, y con las mismas penas juro, que ni por mí ni por interposita persona, entraré, ni haré entrar en la dicha Prouincia ropa de Castilla, ni de la tierra, ni para esse efecto la compraré en esta ciudad, ni en otra parte, de contado, ni fiado, y que a los mercaderes, o mercachifles, que la lleuaren, los dexaré vender, y contratar libremente, sin hazerles molestia, ni vejación alguna, ni por omitir que se les haga directo, ni por otra dependencia, ni camino alguno.

»5 Assí mismo juro en la misma forma, y con las mismas penas, que auiendo al presente, o adelante, durante el dicho oficio, en la dicha Prouincia obrajes, o telares, o chorrillos, no pediré por mí, ni por interposita persona a los dueños, mayordomos, o interesados en ellos, ni a alguno de ellos que me den parte, ni telar alguno, en mucho, ni en poco interés, ni por razón de compañía, ni otro género de trato, o dependencia, y aunque de su voluntad me lo ofrezcan, no lo acetaré, ni tampoco recibiré lo que llaman bollo: y que sin dependencia, ni interés alguno haré que se guarden las ordenanças de obrajes antiguas, y modernas, y procederé a cerrar los que tuuieren sin licencia, y a la execución de las penas contra los chorrillos, y chorrilleros.

»6 Assí mismo, y en la misma forma, y con las mismas penas juro, no hazer, ni tener por mí, ni por interposita persona, o personas trato alguno en ropa de qualquier género, ni en lanas, ni en hilados, ni petates, sino que dexaré a los Indios, e Indias, y Españoles trabajar, y tratar con quien, y como les pareciere, ni vsaré de la dependencia, que llaman Indios semaneros, yerbateros, y panaderos, ni otra especie deto, que sea cargo a los Indios.

»7 Assí mismo, y en la dicha forma, y con las mismas penas juro, que no entraré por mí, ni por interposita persona en trato, ni grangería de trigo, maíz, carnes, charques, ni otras qualesquier comidas, sino que dexaré a todos que libremente lo tengan, y usen los Indios, y personas particulares, sin poner en ello impedimento alguno.

»8 Assí mismo juro en la dicha forma, y con las mismas penas, que como buen vassallo de su Magestad (que Dios guarde) y ministro suyo cuidaré, y velaré sobre los extranios de piñas, y plata por quintar, y açogues extraniados, que passaren por la dicha Prouincia, y que lo aprehenderé con toda buena fee, y exceutaré las penas estatuidas contra los   -36-   transgressores, y remitiré lo que assí aprehendiere a las cajas Reales más cercanas, y daré quenta al Gouierno, para que se cumpla lo que se ordena en el dicho vando tocante a este capítulo.

»9 Y sobre todo juro assí mismo, y en la dicha forma, y con las dichas penas de guardar, y cumplir las leyes, cédulas, y ordenanças Reales, y prouissiones del Gouierno tocantes al vso del dicho oficio, y muy especialmente las que pertenecen al bien, y conseruación de los Indios, y hazerles justicias con toda buena fee, y a los demás que la pidieren ciuil, y criminalmente, sin agrauio alguno, ni por ello recebir de ninguna de las partes dádiua, ni cohecho en poca, ni en mucha cantidad y si assí hiziere, y cumpliere todo lo que queda referido, que Dios me ayude; y si faltare en todo o en parte, fuera de las dichas penas temporales en que me doy por incurso, me lo demande. Amén. Lic. D. Bernardo de Yturriçarra. D. Bartholomé de Salazar. D. Pedro González de Guemes. Lic. D. Fernando de Velasco. D. Diego Christóual Messia. Por mandado de los Señores Presidente, y Oidores. Don Juan de Cáceres y Vlloa».

Las particularidades de este juramento humillante para el que lo hacía, prueban la realidad de todos los abusos en él puntualizados, y que se apelaba a este recurso, como complementario de las prohibiciones existentes. ¡Tareas infructuosas de la Audiencia, desbaratadas en seguida por las arbitrariedades de los Virreyes! Los repartimientos que hacían los corregidores continuaron y con grandes ensanches, autorizándolos más el Rey y el Consejo con el posterior sistema de tarifas que se duplicaban y triplicaban, según sucedió hasta la supresión definitiva de los corregimientos, casi a fines del pasado siglo.

Uno de nuestros historiadores elogia al inquisidor don Cristóval de Castilla y Zamora, «por haber librado de la hoguera y aun del furor popular» al médico francés don César Nicolás Vandier que vino al Perú con el Virrey Conde de Alba de Liste y a quien el Santo Oficio tuvo en la cárcel por blasfemo, hereje y ateo. Expone que la causa daba suficientes pruebas de que estaba falto de juicio o de que sus enemigos le calumniaban con el fin de perderle; pero no sabemos la suerte que corrió después el citado médico. El cronista Córdoba asegura, que en 8 de Octubre de 1667, fue penitenciado Vandier por ateísmo: que acostumbraba ultrajar las imágenes de Cristo crucificado y de la Santísima Virgen que conservaba en su habitación; que éstas fueron llevadas a la catedral, y que se celebraron tres misas solemnes con rogativas y sermón, trasladándolas en seguida a la iglesia del Prado. No dice Córdoba la pena que sufriera aquel francés, ni encontramos este caso en los importantes anales de don Ricardo Palma, ni en la estadística del doctor Fuentes, que también trata de los autos de fe que hubo en Lima.

El Gobierno español fue muy cauto en sus disposiciones acerca de los diezmos que debieran dar los indios. Y sin embargo de que todas las antiguas doctrinas estaban conformes en que el deber obligatorio de pagarlos no admitía excepción alguna, nunca ordenó el Rey se les compeliese a cumplirlo. Para esto se tuvieron presente motivos de grave peso en que se detiene Solórzano con mucha discreción; y así tanto en la ley 13 título 16 libro 1.º de indias, como en cédulas procedentes, se mandó siempre estar a las costumbres que rigiesen en las provincias, con respecto a cosas y cantidades. El pleito que feneció en esta época, habido entre el Cabildo eclesiástico de Lima y los indios, se apoyó en la muy vieja práctica de cobrarles diezmos por el trigo, cebada, ovejas y otros frutos llamados de Castilla; pues debían satisfacer sólo uno de veinte por el maíz, papas, chuño y otros frutos que se llamaban de la tierra y se   -37-   recogían antes de la conquista: el pago de estas pensiones traía consigo la dispensa de otras para objetos eclesiásticos.

La Audiencia concluyó su Gobierno accidental con la llegada del Virrey Conde de Lemos que se encargó del poder el 21 de Noviembre de 1667.

BENEDICTO XIII. Pedro Francisco Orsini. Papa electo en 23 de Mayo de 1724 para sucesor de Inocencio XIII. Nació en Roma en 2 de Febrero de 1649. Fernando Orsini su padre, era Duque de Gravina, Príncipe de Solufra, de una casa que había tenido un cardenal desde el año 1145. Su madre Juana Frangipani hija del Duque de Griema pertenecía a una familia en que era hereditaria la dignidad de senador romano. La de Orsini o Ursino como segunda rama de la de los Duques de Bracciano, gozó de los honores del solio de Roma.

Pedro Francisco tomó el habito de Santo Domingo en 1667 contra la voluntad de su familia. Hizo profundos estudios, y adquirió una elevada reputación por su saber y virtudes. Obligole el pontífice Clemente X a admitir el capelo de cardenal en 1672 y en 1675 el Arzobispado de Manfredonia y de Benevento donde fue modelo de prelados. Al ser electo Papa tomó el nombre de Benedicto XIII en memoria de tres dominicos que con el mismo lo habían sido antes. Minoró los gastos de palacio y practicó muchas obras de beneficencia. Murió en 21 de Febrero de 1730, sucediéndole Clemente XII. Fue el primer Pontífice a quien se hicieron honras en Lima, y tuvieron la mayor suntuosidad en el templo de Santo Domingo el día 5 de Diciembre de aquel año. Puso Benedicto XIII en el catálogo de los santos a Santo Toribio y San Francisco Solano: canonizó al segundo en 14 de Julio, y al primero en 16 de Diciembre de 1726.

BENEDICTO XIV. Próspero Lambertini. Perteneciente a una familia ilustre. Nació en Bolonia en 31 de Marzo de 1675. Obtuvo muchos puestos en su carrera y lo consagró Benedicto XIII por Arzobispo de Theodosia en 1724. Declarósele Cardenal en 30 de Abril de 1718 asignándole el Papa el título presbiterial de Santa Cruz de Jerusalem. Al fallecimiento de Clemente XII hubo dos fuertes partidos cuyos diligentes trabajos causaron mucha demora en la elección del sucesor. No pudiendo alcanzar el triunfo, se allanaron a abandonar sus pretensiones conformándose con el cardenal Lambertini, y fue nombrado en 17 de Agosto de 1740. Benedicto XIV mereció el dictado de sabio por sus luces, altos conocimientos y erudición. Protegió las letras, fundó academias y la gran biblioteca del Quirinal. Escribió varias y voluminosas obras sobre materias eclesiásticas.

Concluyó un concordato con la corte de España. Expidió muchas bulas para reformar abusos e introducir costumbres provechosas. Dio un breve haciendo varias declaratorias en favor de la congregación de San Felipe Neri de Lima. Fundó el Arzobispado de Guatemala a instancias de Felipe III en 1742, y dejó entonces de ser sufragánea de Lima la diócesis de Nicaragua. Hizo extensivo al orbe católico el Jubileo Santo, y en Lima se publicó la Encíclica en 1752 por el arzobispo Barroeta. En 1753 proscribió el lujo y vano aparato que se acostumbraba en las profesiones de las religiosas. En 27 de Agosto de 1727, concedió que el beaterio de Nazarenas del Cuzco se erigiese en monasterio, lo cual no tuvo efecto por falta de rentas. A solicitud de Fernando VI redujo los días de fiesta en el Perú, cuyo número era muy crecido.

Murió Benedicto XIV en 4 de Mayo de 1758, y fue su sucesor Clemente XIII.

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BERINDOAGA Y PALOMARES. Don Juan de. Natural de Lima, hijo del Vizconde de San Donás. Acreditó su distinguida capacidad en el convictorio de San Carlos en que hizo con fruto los estudios correspondientes a la carrera del foro. Como abobado del ilustre colegio se expidió con acierto y lucimiento en la defensa de causas importantes. Hemos leído la alegación jurídica que escribió en 1818 en la seguida por los herederos de San Donás contra la testamentaría del Marqués de Celada de la Fuente acerca de ciertos derechos que reclamaban como arrendatarios de la hacienda de Huando. Fue Berindoaga Regidor y Secretario del Cabildo constitucional en 1814. Teniente Coronel y Comandante de escuadrón del regimiento Dragones de Caravayllo; y habiendo dado a conocer su disposición para los estudios militares, siendo ya Coronel graduado de ejército, se le confió la secretaría de la subinspección de las tropas del Virreinato en 1820. La desempeñó a órdenes del brigadier subinspector don José de la Mar, y en ese destino creció la reputación que tenía adquirida por su saber y no comunes aptitudes. Don Juan de Berindoaga tuvo un fin trágico en 1825, después de haber sido Ministro de Guerra, General de brigada, y desempeñado otros cargos en la República; asuntos que tocan a la parte segunda de nuestra obra y de que nos ocuparemos en su oportunidad. Véase San Donás.

BERJÓN DE CABIEDES. El doctor don Tomás. Oidor de Lima. Fue visitador de la Real Universidad de San Marcos. Presidió la Audiencia, remplazando al oidor decano don Álvaro de Ibarra, cuando este tribunal tenía el mando del Virreinato por muerte del Virrey Conde de Lemos, y gobernó hasta la llegada del Virrey Conde de Castellar en 1674. Véase Lemos, en cuyo artículo se trata de algunos actos de la Audiencia gobernadora en aquella ocasión.

BERLANGA. Don fray Tomás. De la orden de Santo Domingo, obispo de Panamá. Nació en la villa de Berlanga en España: profesó en 10 de Marzo de 1508 en el convento de San Estevan de Salamanca. Fue nombrado Prior del que se mandó fundar en la isla Española, dependiendo del Provincial de Andalucía. El padre Berlanga consiguió en Roma en 1528 la erección de la provincia que se tituló de «Santa Cruz» separada de las de España, lo que se aprobó en el capítulo general del año de 1530 nombrándose Provincial al mismo fray Tomás por el general de la orden fray Pablo Butigela. Presentósele para Obispo de Panamá en 1530.

Cuando el gobernador don Francisco Pizarro logró que el adelantado don Diego de Almagro marchase a la conquista de Chile, y dejando el Cuzco vino a Lima a entender en el acrecentamiento de esta ciudad, encontró en ella al obispo Berlanga que por comisión del Rey había venido a poner límites en las gobernaciones de Pizarro y Almagro para excusar diferencias entre ambos. El Obispo había traído real provisión fecha 31 de Mayo de 1535 por la cual se mandaba «que atento que el Rey había dado a don Francisco Pizarro la gobernación que comenzaba desde el Río de Santiago hasta el pueblo de Chincha, que podían ser como doscientas leguas, y después se la alargó veinticinco leguas más, y otras setenta, inclusas las veinticinco; siendo la real intención que tuviese 270 leguas de largo de costa, Norte Sur meridiano; y que así mismo hizo merced al mariscal Almagro de otras 200 leguas de gobernación, que comenzasen desde donde acababa la de don Francisco Pizarro; y porque podría suceder, que por no ser la costa derecha, hubiese alguna diferencia sobre la medida y cuenta de las dichas leguas; mandaba al Obispo que para evitar cualquiera disensión, hiciese tomar   -39-   el altura y grados en que estaba el lugar de Témpula o Santiago, y que tomados contase por derecho meridiano Norte Sur, las dichas 270 leguas, sin contar la vuelta que hiciese la costa, mirando los grados de la tierra, que en ella se comprenden, y según las leguas que a cada grado suelen corresponder, Norte Sur, y que por donde, tomada el altura, se viniesen a cumplir los grados, se comprendiesen las dichas 270 leguas allí señaladas, fuesen el término de la gobernación de don Francisco Pizarro, para que de aquello fuese Gobernador con toda la tierra que hubiese. Este Oeste, dentro de los dos parajes, a donde comenzasen y acabasen las dichas 270 leguas, contadas por meridiano derecho; y que desde allí comenzase la gobernación de don Diego de Almagro, hasta cumplir otras 200 leguas, y que en la cuenta de ellas se tuviese y guardase la misma orden, con particular y precisa orden a los dichos gobernadores. Que hecha esta declaración del Obispo, cada uno guardase los términos de su gobernación, y que en solos ellos hiciese su oficio sin entrar ni usurpar cosa alguna de los límites y jurisdicción, el uno del otro, so pena de privación de oficio».

Dice el cronista Herrera, década 6.ª, que de los términos de este real despacho tuvo Pizarro noticia anticipada, y que por eso se apresuró a tratar con Almagro de la expedición a Chile, ignorando éste la merced que el Rey le había hecho. Por lo mismo Pizarro no dejó al obispo Berlanga ir al Cuzco como lo pretendió para cumplir con lo que el Rey mandaba, y le entretuvo por cuantos medios pudo. Viendo el Obispo que Almagro no respondió a sus cartas, que dijeron habían sido interceptadas, y conociendo bien que no le era posible cumplir su comisión, se volvió a su obispado. Pizarro le hizo presentes valiosos que él rechazó, habiéndole admitido tan sólo una caja de cucharas que valía doce escudos. Recibiole también 600 pesos que le encargó llevase al hospital de Panamá, y 400 para el de Nicaragua.

La comisión dada a este Prelado, acredita que el Consejo de Indias comprendió y esperó que en el Perú naciesen diferencias entre los dos gobernadores, y hubo quienes atribuyeron las medidas dictadas por la Reina, a sospechas que promovió el lenguaje libre de que usaba en la misma corte Hernando Pizarro, por cuyas insinuaciones y diligencias se aumentaron sobre las 200 leguas 70 más al territorio que debía abrazar la jurisdicción de su hermano don Francisco.

El padre Meléndez en sus Tesoros verdaderos de las Indias escribió que hallándose el obispo Berlanga en Lima se adelantó mucho bajo su protección y arbitrios la gran fábrica del convento de Santo Domingo. También refirió que este Obispo trajo instrucción real para dictar providencias en favor de los indios, y arreglar el manejo y administración de los quintos y derechos que tocaban al Rey, para lo cual hizo ordenanzas y aranceles que por su orden se notificaron al tesorero, factor y contador, jueces oficiales reales de la Hacienda, siendo testigos Gerónimo Aliaga y Gonzalo Valer como consta del auto original. Añade Meléndez «que todo esto afectan callar los historiadores seglares contra la buena política; porque es quitar de los ojos de los príncipes tantos ejemplares grandes que han dejado a la posteridad los religiosos, a quienes en aquel tiempo se fiaban negocios de importancia para la corona».

Según asienta el maestro Gil González Dávila en su Teatro de las iglesias de Indias el obispo Berlanga renunció el obispado en 1537 y volvió a España. Fundó un convento de su orden en Medina de Río-seco en 1543 celebrando la primera misa que en él se dijo. En Berlanga señaló rentas para dotar huérfanas, y varias capellanías. Falleció en 8 de Agosto   -40-   de 1551 y se le sepultó en la capilla mayor de la colegiata de Berlanga al lado de la epístola.

BERMÚDEZ. El doctor don José Manuel. Nació en Tarma, y estudió en Lima con mucho aprovechamiento. Fue cura y vicario de Huánuco durante catorce años: medio racionero del coro de Lima en 1803 y examinador sinodal de número. Racionero en 1806: Secretario del Cabildo eclesiástico hasta el año 1814, Canónigo magistral en 1812, Diputado por Tarma y Juez de la Diputación provincial en 1814 y 1820, cancelario de la Universidad de San Marcos en 1819. El doctor Bermúdez fue un distinguido orador, escriturario y cronista. Pronunció oraciones fúnebres que merecieron mucho interés y aprecio, en las exequias del obispo del Cuzco Gorrichategui en 1776, en las del general conde de la Unión en 1795, en las del arzobispo La Reguera en 1805, y en las honras del presidente de las Cortes don Vicente Morales y Duárez en 1812. Escribió con mucha extensión la vida de Santa Rosa que no se publicó hasta 1827: dio a luz varias producciones sobre materias eclesiásticas, y en 1797 un discurso refutando el análisis e impugnación que se hizo en Francia, de la bula del papa Pío VI, sobre diezmos y rentas eclesiásticas.

En 1821 llegó a Lima el comisionado regio don Manuel Abreu para promover un armisticio durante el cual se tratara en Madrid de un avenimiento que pusiera término a la guerra de América. Con este motivo, y a tenor de real orden, formó el virrey la Serna una junta titulada de pacificación, la cual entendió en las negociaciones de entonces con el general don José de San Martín.

El canónigo don José Manuel Bermúdez fue uno de los vocales de dicha junta, que no consiguió arribar a buen término por la falta de disposición en favor de la paz que se advirtió de parte de los jefes que elevaron a la Serna al mando.

Don José Manuel Bermúdez conocía perfectamente la quechua de cuyo idioma compuso un arte gramatical precedido de un tratado de ortografía, y un diccionario muy correcto y abundante de voces antiguas y modernas. Dirigió al botánico don Juan de Tafalla que se hallaba en Huánuco, un curioso discurso acerca de la utilidad e importancia de la quechua, y éste lo trasmitió por conducto del padre González Laguna a los editores del Mercurio Peruano, de cuyo periódico era colaborador Bermúdez como miembro de la sociedad de «Amantes del país»; y se publicó en el de 17 de noviembre de 1793 y siguientes.

Condena el doctor Bermúdez como un lamentable error el haber querido los españoles extinguir aquella lengua que no cede a otra en energía, precisión, majestad, abundancia y dulzura. Dice que sin saber la quechua ¿cómo podrían averiguarse las cosas de los tiempos de los incas en botánica, extracción de metales, etc., etc.? Que si desde el principio se hubiese cultivado, se habrían adquirido muchos tesoros intelectuales; y que para instruir a los indios era necesario hacerse duchos de las peculiares elegancias del idioma, y de sus mismas frases.

Falleció Bermúdez en 1830 siendo chantre, cuya dignidad había obtenido desde 1822.

BERMÚDEZ DE LA TORRE Y SOLIER. El doctor don Pedro José. Distinguido abogado y literato, nacido en Lima. Perteneció a la academia poética que sostuvo el Virrey Marqués de Castell-dos-rius. Fue Alguacil mayor de Corte y Rector de la Universidad de San Marcos por seis años en dos épocas, hasta 1725. Consagró algunas de sus composiciones a elogiar a Oña y a Camargo, y a los virreyes Montes-claros, Esquilache,   -41-   Santistevan y Castell-dos-rius, que también fueron poetas. Bermúdez era émulo y antagonista de don Pedro Peralta, a quien molestó en no pocas ocasiones. Escribió una relación circunstanciada del auto de fe que celebró la Inquisición en la iglesia de Santo Domingo el día 11 de noviembre de 1737. Algunos opúsculos y producciones del mismo circularon impresos.

Hemos leído un certamen poético de que fue autor don Pedro José y que se celebró en la Universidad de San Marcos en 1717 con motivo del recibimiento del Virrey Príncipe de Santo Buono. Le dio el titulo de «El sol en el Zodiaco»: está dividido en 12 asuntos que componen el elogio de dicho Virrey extrayéndolo de la influencia y efectos de los signos zodiacales con ingenio y alusión rebuscada y escogida para satisfacer al tema propuesto de colmar de encomios al personaje a quien era consagrada la función. Todas las de su género eran solemnísimas; mas en esta el autor del certamen desenvolvió ideas de muy rara originalidad. Para cada asunto se dieron tres premios que consistían en variadas piezas de plata labrada que se adjudicaron a los que se hicieron dignos de obtenerlos. Para el efecto hubo un jurado de doce personas elegidas por su acreditada literatura y méritos contraídos en la escuela universitaria.

Bermúdez procedía de una antigua familia de Lima, y estaba relacionado con otras no menos notables. Fue ascendiente suyo el doctor don Diego Bermúdez de la Torre, Contador Mayor del Tribunal de cuentas; y su padre que se llamó también Diego, fue cruzado de la orden de Santiago, doctor en cánones, Rector de la Universidad en 1673 y 74; y Regidor perpetuo del Cabildo de esta capital. Véase San Miguel y Solier.

BERNAL. Juan. Natural de Flandes. Fue relajado y quemado en Lima el 29 de Octubre de 1581 por Luterano. Otros 20 sentenciados por el tribunal de la Inquisición sufrieron en este auto de fe las penas a que se les condenó.

BERNEDO. El doctor don Andrés. Nacido en Arequipa el 6 de Febrero de 1663; hijo de don Diego Bernedo y de doña Isabel Barreda. Fue cura de Ubinas, canónigo magistral de aquel coro; ocupó diferentes sillas como dignidad y por último la de deán en 3 de noviembre de 1719: fue un distinguido literato, predicador afamado y de vida ejemplar. Distribuyó su renta a los pobres, y falleció en 9 de Julio de 1725.

BERNEDO. Don Ramón González. Mandaba como Coronel efectivo el primer regimiento del Cuzco en el ejército del Alto Perú el año 1815. Vino con este cuerpo a órdenes del general don Juan Ramírez a causa de la revolución del Cuzco encabezada por los Angulos y el brigadier Pumacahua; estuvo en la Paz y en Arequipa, hallándose luego en la batalla de Humachiri. Al ocupar Ramírez el Cuzco le encargó del gobierno superior y de la presidencia de la Audiencia: presidió el consejo de guerra permanente que allí sentenció a muerte a los principales actores de aquel trastorno. No sabemos desde cuándo se encontraba Bernedo en el Perú ni cuál fue su carrera: el Rey le ascendió a Brigadier en 1817, y creemos que falleció antes del año 1820 en que su familia vivía en Lima. Don Pascual hijo suyo, llegó a ser Comandante del batallón Arequipa.

BERRIO. Don Juan Luis, y don Martín. Véase Castellón.

BERRIOZÁVAL. Don Manuel Plácido. Natural de Vizcaya, Oidor del Cuzco en 1801 y Alcalde del crimen de la Audiencia de Lima en 1818.   -42-   Contrajo matrimonio con la Condesa de Valle-hermoso y Marquesa de casa Jara natural del Cuzco. Cuéntase que hallándose Berriozával, gravemente enfermo en Madrid, Carlos IV cedió su coche al sacerdote que encontró en una calle llevándole el viático; que el Rey le acompañó a pie a casa del moribundo; que con este motivo tomó interés por su salud, y restablecida le dio el empleo de Oidor. Berriozával fue el que entendió en la denuncia de la revolución proyectada en 1805 por Aguilar y Ubalde que fueron ejecutados por sentencia de la Audiencia en el Cuzco, y cuyos pormenores se hallarán en el artículo Aguilar.

Estuvo de Auditor de guerra, en el ejército del Alto Perú; y al retirarse el general Goyeneche en 1813, hizo grandes esfuerzos en unión del general Ramírez pana contener la crecida deserción que se experimentó. Estos servicios le recomendaron para su colocación en la Audiencia de Lima.

En ésta como Alcalde del crimen se hizo notable por su dureza, especialmente cuando siguió causas por conspiraciones ocurridas en los años 19 y 20, contra varias mujeres y otros acusados. Fue Berriozával uno de los comisionados del virrey don José de la Serna para la continuación de las conferencias de paz habidas en 1821 en la hacienda de Punchauca y en la fragata «Cleopatra», con los enviados del general don José de San Martín, General en jefe del ejército auxiliar.

El Conde de Valle-hermoso pasó a España en aquel año; fue vocal del Tribunal Supremo de Justicia y Gran Cruz de la orden de Isabel la Católica en 1832. Falleció estando ya jubilado en el año de 1849.

BERRIOZÁVAL. Don Juan Manuel. Marqués de casa Jara, natural del Cuzco, hijo del anterior y heredero de sus títulos. Vive en España donde publicó su obra La felicidad del pensamiento. Ha dado también a luz otras: Poesías sagradas, un tomo en 4.º. Observaciones sobre las bellezas literarias, históricas, profético-poéticas y religiosas de la sagrada Biblia, tres tomos en 4.º mayor. El talento bajo todos sus aspectos y relaciones. Poesías a la Reyna de los Cielos, un tomo en 4.º.

BERTARINI. Don Vicente, italiano. Abrió en Lima una academia en 18 de Mayo de 1791 para la enseñanza diaria de toda clase de baile.

La estableció en un salón de cierta casa en que había una fonda en el callejón de Petateros, y allí a más del aprendizaje, se hacían repasos y ensayos dos veces a la semana con numerosa concurrencia. Cada discípulo contribuía mensualmente con tres pesos. Antes y después de esta academia, que duró algún tiempo, hubo en Lima diferentes maestros de baile, los más de ellos negros, quienes enseñaban en las casas particulares y en las suyas. Eran respetuosos, aseados y elegantes en su porte. No faltaron españoles profesores de baile en el teatro de comedias, que se contraían también a dar lecciones a muchas personas.

BERTHOLI. El capitán don Fabricio. Casi a mediados del precedente siglo y cuando en el interior de la provincia de Tarma se hallaban en mucho progreso las misiones de los religiosos de San Francisco, acaeció el levantamiento de los indios acaudillados por Juan Santos que se tituló Apu Inca y Rey de los Andes. Mataron a los misioneros y destruyeron 25 pueblos que iban mejorándose por fruto de un incesante trabajo.

En el de Quimiri había un reducto al mando de Bertholi con 60 soldados de guarnición. A consecuencia de aquellas desgracias debió reforzársele enviándole también víveres y otros auxilios. No se hizo así y le faltaron hasta algunas medicinas en circunstancias de haber enfermedades   -43-   que causaron varias muertes. Hubo también deserción en la tropa y descontento motivado por el hambre. Al presentarse en Quimiri Apu Inca, con muchedumbre de indios, intimó orden a Bertholi para que se rindiera, mas éste desechó con bizarría sus promesas y amenazas. Fue luego atacado y aunque se defendió valerosamente, pereció combatiendo y la misma suerte cupo a cuantos estaban a sus órdenes (año 1743). Véase Apu Inca.

BERTONIO. El padre Ludovico, jesuita. Escribió en el pueblo de Julí de la provincia de Chucuito el año de 1599, noticias que allí mismo imprimió sobre las naciones que hablaban el idioma Aymará y otras que conservaban sus dialectos propios a pesar del empeño de los Incas por la propagación de la Quechua con exclusión de otras lenguas. Compuso también un arte que publicó en 1603, un sermonario, la vida de Cristo, y un vocabulario, que salieron a luz en 1612 en aquel idioma y en español. El padre Bertonio fue un misionero muy digno; y falleció en Lima en 1628 a los 73 años de su edad.

BETANCUR Y FIGUEROA. Don Luis de. Nacido en Quito. Después de haber sido chantre del coro de aquella catedral y fiscal del tribunal de la Inquisición de Canarias, vino a Lima de Inquisidor, y más tarde pasó de Obispo a Popayán donde falleció por los años de 1653. Según dice el maestro Gil González en su Teatro eclesiástico de Indias, Betancur escribió un tratado sobre el derecho de las iglesias metropolitanas, y otro del que tenían los nacidos en indias a que se proveyesen en ellos los arzobispados, obispados, etc.: ambos opúsculos se imprimieron en 1634, y el 2.º se reimprimió en el semanario erudito publicado en Madrid por don Antonio Valladares. Fue Betancur en la Corte, procurador de las iglesias catedrales de indias.

BETANZOS. Don Juan José, español. Casó con doña Angelina hija del Inca Atahualpa. Era hombre de letras y muy preciado de entender la lengua general del Perú.

Escribió un resumen de los sucesos de la conquista, y habiéndolo leído el virrey don Antonio de Mendoza en 1551, le ordenó compusiese una historia en forma que principiase desde el descubrimiento del país. Betanzos cumplió el encargo con narraciones de cosas históricas del imperio; y presentó al Virrey su obra; mas la muerte de éste no dio lugar a su publicación, y el manuscrito, que se dice era muy verídico e imparcial, ignoramos qué suerte correría.

El virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, cuando se ocupó de reducir al príncipe Inca Sayri Tupac a que saliese de las montañas de Vilcabamba, como lo llegó a conseguir, envió cerca de él a fray Melchor de los Reyes en compañía de Betanzos, quienes no pudieron entrar por Guamanga ni por Andahuaylas, y tuvieron que ir al Cuzco, y entender en su comisión unidos al agente que con igual fin empleaba el corregidor licenciado Muñoz, y era Juan Sierra, hijo de Mancio Sierra de Leguizamo, y de la princesa doña Beatriz tía del Inca. Véase Sayri Tupac.

BEZA. Don José María. Coronel del regimiento de Burgos número 21 de línea. Vino al Perú en 1816 con el primer batallón de ese cuerpo en varios trasportes que convoyó desde Cádiz la fragata de guerra «Esmeralda». Pasó a Chile en la expedición mandada por el brigadier don Mariano Osorio. Se halló en la batalla de Cancharrayada en que salió herido   -44-   y en la de Maypú el 5 de Abril de 1818 quedando prisionero. El Comandante de Burgos fue don Lorenzo López de Morla, uno de los jefes muertos en la punta de San Luis el 8 de febrero de 1819. Beza se restituyó después a España.

Hubo a fines del siglo pasado un Teniente Coronel del mismo apellido, el comandante de ingenieros don Vicente Beza. Entonces sólo había en el Perú jefes en comisión de esta facultad para las atenciones del servicio aquí y en Chile. Ya en 1805 se dio un reglamento creando la subinspección que debía servirse por un Mariscal de campo o Brigadier: y su autoridad y atribuciones se extendían a Chile y Guayaquil. Había juzgado privativo de ingenieros, con asesor y fiscal según los privilegios del cuerpo.

BEZARES. Don Juan de. Natural de Castilla la Vieja: comerciante de Lima en el siglo pasado. Estando para regresarse a España con más de treinta mil pesos que tenía suyos, fue invitado por un fraile para que oyese lo que refería un español que había estado entre los bárbaros del interior de Huamalíes. Luego que tomó noticia de lo que era ese país y de lo que podría hacerse para organizar una colonia y promover su adelanto, se puso en marcha hacia él llevando ropa, herramientas y objetos para el culto religioso. Se acompañó con el mismo de quien recibió esos informes, y con fray Antonio de la Barrera conventual de Huánuco, a quien señaló el salario de 600 pesos.

El año de 1785 llegó Bezares a Huamalíes, y en seguida penetró por Chavín y la rivera del río Monzón hasta el lugar llamado Chicoplaya donde encontró un pequeño y miserable establecimiento. En el acto levantó una espaciosa capilla, y distribuyó entre las familias que pudieron reunirse, los diversos artículos que a su costa condujo. Luego se ocupó de registrar el país, y venciendo muchos trabajos y peligros, adoptó y señaló algunos puntos accesibles para abrir un camino. En su penoso reconocimiento encontró varias quebradas, hermosas vegas, vestigios de pueblos antiguos, y de terrenos en otro tiempo cultivados, pastos extendidos, montes de quina y hasta minas abandonadas. Era aquel el país que los jesuitas conquistaron y en el cual fundaron como veinte pueblos, siendo los principales Chavín de Pariarca, Monzón, Chapacra, Asención, Paupaco y demás de la ancha quebrada de Insuro. De éstos, existía el primero situado al occidente de la cordillera, y tenía ya una buena iglesia: el segundo estaba reducido a doce familias; los demás habían desaparecido por las irrupciones de los bárbaros, y porque les faltó protección desde que los jesuitas los entregaron a la autoridad ordinaria a causa de haberse contraído a otras empresas por los años de 1580.

Los rumores de lo que pasaba en el interior animaron a no pocas personas curiosas que se dirigieron a los lugares indicados. Hízose alguna extracción de cascarilla de muy buena calidad, y Bezares pensando en hacer revivir aquel importante territorio, formó mapa de él y pasó al Gobierno un proyecto manifestando que hacía dos siglos se hallaban abandonadas las montañas y los pueblos que fueron situados al sur del río Marañón por la parte contenida entre Pataz, Huamalíes, Huánuco y la Pampa del Sacramento: que él había reconocido la riqueza y feracidad de aquellos campos y su buen temperamento, y que estando convenido de que todas las anteriores expediciones y ventajas alcanzadas por misioneros y tropas se habían malogrado con mucha pérdida de gente y de dinero del Rey por falta de sistema en el trato con los indios y por no haberse puesto expeditas las vías necesarias de comunicación, proponía abrir a su costa un camino ancho y cómodo desde el pueblo de Tantamayo   -45-   anexo de Chavín hasta el puente de Chinchina, parte la más áspera de la frontera; hacer pascanas y chácaras, introducir ganados, reponer algunos pueblos desunidos y continuar por las márgenes del río Monzón hasta Chicoplaya, o el embarcadero, en que se proporciona la navegación del río Huallaga hasta el Marañón, y de consiguiente el comercio con Lamas, Maynas y Quijos que cualquiera podría hacer. Pidió se le concediese la jurisdicción política (no la militar por creerla inoportuna) de todo el distrito de la doctrina de Chavín y poder ocupar a su salvo a todos los que concurriesen al trabajo obligándose a pagar por ellos el real tributo que les correspondiese etc.

El Virrey Caballero de Croix después de oír al fiscal y de ver el expediente en el real acuerdo, aprobó todo el plan presentado por don Juan Bezares, y en 11 de octubre de 1786, despachó título en forma nombrándole Justicia mayor de Chavín de Pariarca y su distrito, sin sueldo, por el término de dos años, en los que había de hacer ver sus operaciones y progresos, dando parte cada mes del adelantamiento de la empresa. Llevó Bezares unas ordenanzas privadas para sujetarse al tenor de ellas; y eran conformes a lo propuesto por él mismo. Marchó a tomar posesión del cargo, conduciendo muchas herramientas y utensilios; y el 25 de abril de 1788 principió la apertura del camino por el pueblo viejo llamado Urpis. Abrió tajos, rompió algunos cerros de piedra viva, taló ásperos montes, formó estacadas y terraplenes en las partes hondas, y así llegó hasta el puente de Chinchima que está junto al río Monzón: concluyó 11 leguas de camino ancho y libre de riesgos, en sólo diez meses con cien hombres permanentes en el trabajo y animados con buena paga. Fabricó un puente, en el río que denominó Santa Rosa, otro en el Yanamayo y otro en Xincartambo. Desaguó la laguna Negrococha que era un obstáculo en el tránsito, y según tradición de los indios, no pasaban tres por ella sin ahogarse uno. Hizo tambos y formó chácaras, introdujo ganados y los colocó en buenos pastos, donde no se veían sabandijas.

Halláronse árboles elevados de maderas desconocidas de fina calidad y diversos colores: algunas aparentes para tintes: resinas de diferentes especies: un bejuco que los indios conocen por el de la calentura, porque usando una decocción de él, se sana de reumatismos, bien que sufriendo antes una fiebre por cuatro horas: también se cura el gálico con dicho vegetal. Encontrose así mismo el fruto de un gusano que los indios llaman sustillo y es un papel que se parece al de china, desconocido entonces de los naturalistas, y que ese gusano fabrica. El padre Calancha en su Historia agustiniana del Perú da noticia de él en su libro 1.º página 66, y dice que es propio del valle de Pampantico, vecino a los Panataguas, cerca de Huánuco, donde los jesuitas tuvieron el pueblo de la Asención, que es propiamente uno de los sitios explorados por Bezares. Se encontró por fin la quina amarilla llamada calisaya que se había creído peculiar de sólo los Yungas de la Paz, y que traída a Lima se vio que era igual en calidad. Debiose a Bezares el conocimiento de que Huamalíes tenía en sus montañas las dos especies de cascarilla más estimadas.

En seguida se ocupó este hombre incansable de romper y allanar otro camino, desde Chavín a Xicán. Lo verificó por la margen del Marañón que por allí hace pobremente su curso para Chachapoyas. Con esta nueva ruta se excusó, reduciéndolo a cuatro y media leguas, el agrio camino de ocho que se conocía atravesando punas y cuestas peligrosas. Estaba Bezares empeñado en perfeccionar esta obra con una calzada firme sobre grandes piedras, cuando el virrey don frey Francisco Gil lo llamó a Lima para que diera razón de sus trabajos. No hemos podido averiguar si volvió don Juan Bezares a continuar su vasta empresa, si tropezó con algunos   -46-   disgustos y desengaños, o si le faltó la vida sin haber alcanzado más ventajas. Lo que dejamos escrito, es sacado y extractado de los Mercurios Peruanos, números 32 y 33 del año de 1791.

En un itinerario que está inserto en el segundo de los Mercurios citados, aparece que Bezares había rozado y allanado un gran espacio en la quebrada de Chapacra para edificar un nuevo pueblo denominándolo San Carlos. Se leen otras varias noticias que indicaremos en seguida. Los indios de aquellos lugares entre sus errores sostenían que el fréjol ocasionaba la sarna, y por eso se privaban de este alimento así como de la yuca que decían les consumía la sangre. Bezares hizo sembrar ambas semillas y también el añil que había hecho traer de Nicaragua. Este último y el achiote se cogían todo el año: la coca y el algodón daban dos cosechas. La caña dulce sazonaba al año y ya se molía en trapiches de madera; había pailas de a 80 libras que dicho Bezares introdujo, disponiendo se hiciese miel, chancaca y guarapo. Se puntualizan en aquel itinerario todos los artículos apreciables que en ese país se cultivaban ya, como tabaco, arroz, almendra, trigo maíz, etc., y lo que de antemano producía, como cera, miel, frutas, canela, bálsamos, vainilla, añadiendo los lavaderos de oro que en los ríos abundan. En la época de Bezares se llevó el plátano rojizo de Otaheti que daba lo mismo que las otras plantas de esa fruta naturales del país. A cortas distancias de las ruinas del pueblo de Chancarán, se encontraron vestigios y hasta restos de los ingenios en que se beneficiaron en lo antiguo metales de plata. Últimamente, se trata de la pampa de Pucará, que lleva este nombre por una batalla sangrienta que allí hubo entre españoles y bárbaros, y empieza a una legua de Monzón. Se refiere el trabajo emprendido por Bezares de abrir camino para el pueblo de Patairrondos y Huánuco, y que el expediente sobre este proyecto estaba entonces sin despacharse por el Gobierno. Y concluyen las noticias notables de dicho itinerario, asegurando ser muy dilatados los montes de cascarilla y que en aquellas regiones puede cultivarse mucho cacao, planta que da allí dos cosechas por año, y principia a producir a los tres. Los padres del convento de Ocopa se convinieron en poner un sacerdote en Chicoplaya, y el primero que pasó a dicho destino fue fray Juan Sugranez misionero jubilado.

BILBAO. Martín. Soldado que perteneció al partido de los Almagros y se hizo notar entre los conspiradores que tramaron en 1541 la muerte del gobernador don Francisco Pizarro. Al lado de Juan de Rada penetró en palacio con la cuadrilla de asesinos que éste acaudilló. Al asaltar al Marqués en sus habitaciones, Bilbao fue uno de los más osados y le dio varias estocadas.

Militó con don Diego Almagro el hijo en la lucha que sostuvo contra el ejército que obedecía al licenciado don Cristóval Vaca de Castro, Gobernador del Perú por el Rey. Tratándose de ajustar un avenimiento Vaca, que ofrecía dispensar consideraciones a Almagro, exigió se le entregase a Martín Bilbao y a otros de los asesinos de Pizarro. Dada la batalla de Chupas en 16 de Setiembre de 1542, Bilbao se batió en la infantería, y puede decirse que contribuyó él mismo a que le matasen por su arrojo; pues avanzándose a los contrarios decía en altas voces ser uno de los que dieron muerte al Marqués. Victorioso Vaca de Castro y recogido del campo el cadáver de Bilbao, fue arrastrado y descuartizado con anuncio de pregonero, lo cual se hizo también con otros que se hallaban en caso igual y perecieron en dicha batalla.

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BOAN. El licenciado don Juan Fernández de. Fue Oidor de la Audiencia de Lima a fines del siglo XVI y principios del XVII. Hallándose de Decano falleció el Virrey Conde de Monterrey en 10 de Febrero de 1606, y se encargó la Audiencia del mando, desempeñando el licenciado Boan como Presidente, la Capitanía General del Perú hasta 21 de Diciembre de 1607 en que se hizo cargo del Virreinato el Marqués de Montes-claros. Después ascendió Boan a ocupar un asiento en el Consejo de Indias

BOBADILLA. Dionisio. Hallábase en 1546 a las inmediatas órdenes de Francisco Carvajal a quien Gonzalo Pizarro, estando en la campaña de Quito contra el virrey Vela, envió al Alto Perú para que sosegase los movimientos de aquellas provincias. En Guamanga alcanzaron a Carvajal unas cartas del tesorero Riquelme y otros de Lima previniéndole se guardase de Perucho Aguirre, Zambrano, Pineda y Dionisio de Bobadilla que iban de mala fe y habían resuelto matarlo y unirse a Diego Centeno. Carvajal sin perder instantes hizo prender y ahorcar a los tres primeros y que le presentasen a Bobadilla. Llegó éste a tiempo que comía, le dio aquellas cartas para que las leyese en voz alta, ordenándole que pasados los nombres de los tres ya ajusticiados, guardase silencio sobre el cuarto. Hízolo así, y como suspendiese la lectura demudándose con tan terrible impresión, le dijo el Maestre de campo que nada temiese, y que le dejaba la vida para que en adelante fuesen mejores amigos: conocía que Bobadilla era apropósito para servirle con utilidad. A los pocos días tuvo Carvajal otras comunicaciones de Lima en las cuales aparecía ser del todo falsa la anterior acusación hecha contra Aguirre y los otros ya muertos.

Era Bobadilla el Maestre de campo de Francisco Carvajal, y lo acompañó en sus correrías y alternativas hasta ver desbaratadas las fuerzas de Diego Centeno quien tuvo que abandonar el Alto Perú y ya sin tropa ocultarse en una cueva. Carvajal se ocupó en seguida del capitán Lope de Mendoza compañero de Centeno, y le persiguió en el camino que seguía hacia la montaña con algún resto de gente. Mendoza fue sorprendido y preso por los de Carvajal, y éste al punto le hizo morir, remitiendo a Arequipa su cabeza y las de otros para que se colocasen en la picota. El conductor de ellas fue Bobadilla, y a su llegada le pidió con mucho empeño la de Mendoza para sepultarla, una buena mujer llamada Juana Leyton, la cual quería evitar esa afrenta tan injusta como repugnante. Nada consiguió de Bobadilla quien cumplió con exactitud la orden de Carvajal y fijó esa cabeza y las demás en el lugar designado. La Leyton desairada dijo en medio de su enojo palabras duras en ofensa de Bobadilla por la indigna comisión que desempeñaba, y le vaticinó que corriendo el tiempo su cabeza sería puesta en el mismo lugar reemplazando la de Lope de Mendoza.

Esta Juana había sido criada muy querida de doña Catalina Leyton señora portuguesa y esposa de don Francisco Carvajal, o sólo su amiga como algunos decían. Usaba el apellido de su protectora, se casó con Francisco Voso, y el feroz Carvajal la respetaba y estimaba en tal grado que una vez hallándose en Lima tenía ella ocultos en su casa a tres individuos que aquél buscaba para ahorcarlos: Juana Leyton se negó a entregárselos, y alcanzó los perdonase no por medio de súplicas sino de palabras ásperas y amenazantes. Garcilaso cita este pasaje refiriéndose a un hombre muy veraz llamado Gonzalo Silvestre a quien él conoció. Y agrega que cuando presentó Bobadilla las cabezas a Pedro Fuentes que mandaba en Arequipa, varios españoles dijeron que hedían mucho, y que él contestó que las cabezas de enemigos antes olían. Los que rodeaban   -48-   a Carvajal querían imitar los dichos groseros que lo eran habituales, y es preciso convenir en que él sabía elegir sus mejores instrumentos. Bobadilla en clase de Sargento mayor estuvo en la batalla de Guarina con Gonzalo Pizarro y Carvajal; y se le envió en seguida a Chuquisaca en demanda de caudales para los gastos del ejército. Recogió una gran suma tomada en parte de los bienes confiscados a los del partido del Rey, y de vuelta se reunió a Gonzalo en el Cuzco. En esta ciudad fue ahorcado Dionisio Bobadilla con otros por disposición del gobernador del Perú don Pedro de la Gasca luego que con su ejército desbarató el de Gonzalo Pizarro en la batalla de Sacsahuana, año 1548. Es un hecho histórico que su cabeza fue llevada a Arequipa colocándola en la picota de donde se quitó la de Lope Mendoza, y así quedó realizado el pronóstico de Juana Leyton.

BOBADILLA. Fray Francisco, mercedario. A consecuencia de un capítulo celebrado en Burgos por los religiosos de su orden, vino a América el año 1526 como Vicario provincial para reformar abusos y establecer el buen gobierno de los conventos. Trajo al efecto provisiones reales a fin de que fuese sostenido y ayudado por las autoridades. Después de haber estado en México y otros puntos hasta 1529 permaneció en el Istmo de Panamá, y allí informó al Rey de los desórdenes que ocurrían, encareciéndole la necesidad de que relevase al gobernador Pedro de los Ríos para que pudiera apagarse el fuego de la discordia.

Hallábase en el Perú de Provincial de la Merced el año de 1537 el padre Bobadilla a quien no sabemos por qué se le miraba como confidente del Emperador; y como en ese año se rompiesen las hostilidades de los partidarios de don Diego de Almagro contra el gobernador don Francisco Pizarro, éste llamó a fray Francisco a una junta de personas notables en la cual se conferenció sobre el estado ya peligroso de las diferencias que tenían alterados los ánimos. Había avanzado Almagro hasta Chincha cuya población fundaba, por considerar ese valle comprendido en el país que en su concepto debía depender de su autoridad. Pizarro envió al factor Yllén Suárez de Carvajal y al padre Bobadilla a tratar con don Diego del modo de transigir la grave cuestión de límites territoriales que se agitaba entre ambos. Los comisionados pidieron la libertad de Hernando Pizarro, a quien tenía preso Almagro, mas no consiguieron su objeto. Para procurar un pronto avenimiento, obviando las disputas que surgen en las reuniones de comisionados, Almagro nombró a fray Francisco Bobadilla con fecha 19 de Octubre de 1587 (desoyendo la opinión contraria de sus amigos) para que hiciese la división y demarcación. Pizarro convino en ello y el día 25 del mismo mes dio su poder y facultad de juez árbitro al mismo religioso, que sin duda era su parcial y apasionado: entre tanto multiplicaba sus preparativos de guerra en Lima con extraordinaria actividad.

El 27 de Octubre Bobadilla que estaba en Mala aceptó el cargo, «por servir a Dios y excusar muertes y prometiendo hacer justicia». Actuando con los escribanos Domingo de la Presa y Alonso de Silva, este último nombrado a instancia de Almagro, pronunció auto el 28 para que ambos caudillos compareciesen ante él con doce caballos cada uno. Mandó que para seguridad diese Pizarro en rehenes a su hija doña Francisca, a Francisco Chávez y a don Pedro de Portugal; y Almagro a su hijo don Diego, a don Diego de Alvarado, y a Gómez de Alvarado, haciendo los dos gobernadores pleito homenaje de devolver dichos rehenes cuando el provincial lo dispusiese. Ordenó además que las partes compareciesen   -49-   con sus pilotos llevando instrumentos cartas y otros datos necesarios.

No hubo rehenes porque Pizarro se negó a cumplir con este requisito: pero se prestó recíproco juramento y pleito homenaje de que en las vistas no habría engaño ni ofensa. Rodrigo Orgóñez General de Almagro desaprobaba vigorosamente que se tratase con Pizarro, y decía que el Provincial era sospechoso y se le había corrompido con oro y plata. Pizarro salió de Lima para Mala con doce hombres armados, y tras él se movió secretamente su hermano Gonzalo con 700, asegurándose que emboscó una partida de arcabuceros en un cañaveral muy cercano al punto citado de Mala. Viéronse Pizarro y Almagro: se hicieron cargos y reconviniéronse con respecto a diferentes hechos: mas como la desconfianza era grande y a don Diego se le hiciese comprender que se hallaba en un serio peligro, tomó un pretexto, montó a caballo y se ausentó prontamente dirigiéndose a su ejército. A nada pudieron arribar en la malograda entrevista.

El Provincial continuó su proceso, vio todas las cédulas reales que debía consultar: oyó a los pilotos Juan de Mafra, Francisco Cancino, Ginés Sánchez, Francisco Quintero, Pedro Gallego, Juan Márquez, Hernando Galdín, Juan Roche y Juan Fernández. Cada uno de éstos opinó lo que convenía a su respectivo partido; y concluida la investigación el padre Bobadilla sentenció en 15 de Noviembre de dicho año de 1537: Que una comisión de pilotos fuese a tomar la latitud del pueblo de Santiago donde principiaba la gobernación de Pizarro, para con este dato proceder después con entera seguridad. Que Almagro entregase la ciudad del Cuzco a Pizarro y soltase los prisioneros que conservaba. Que éste diese a aquél un navío para que pudiese enviar sus representaciones al Rey. Que se permitiese el tráfico mercantil de Lima con los pueblos que en el Sur obedecían a Almagro. Que se deshiciesen ambos ejércitos en el término de 15 días. Que Almagro y los suyos se retirasen a Nasca, hasta el resultado de la comisión de los pilotos, o que el Rey dispusiese otra cosa. Y que los de Pizarro se mantuviesen en quietud esperando los resultados. Tal fue la sentencia pronunciada por el Provincial, y la mandó cumplir so pena de 200 mil pesos de oro para la cámara del Rey.

Pizarro en el acto se conformó con ella: Almagro apeló, y Bobadilla le negó este recurso. De semejante fallo resultaron murmuraciones, descontento y alborotos. En los artículos respectivos a ambos caudillos referimos las nuevas tentativas de ajuste pacífico que se hicieron después, sin intervención del Provincial y las causas por que se frustraron. Pizarro, que no obraba de buena fe, y que a toda costa deseaba la libertad de su hermano Hernando, ocurrió de nuevo al padre Bobadilla autorizándole para modificar su sentencia y asegurándole que Almagro se sometería a ella. El buen religioso su cómplice, tuvo aún audacia para expedir otro fallo diciendo «que por cuanto no se había guardado lo dispuesto en la anterior sentencia, mandaba que la ciudad del Cuzco se pusiese en tercería y depósito hasta que los pilotos llenasen el encargo de descubrir la verdadera latitud de Santiago punto de partida de la gobernación de Pizarro. Que Almagro pudiese salir de Masca y ocupar el valle de Ica. Y que se diese soltura a Hernando Pizarro haciendo antes juramento y pleito homenaje con fianzas de 50 mil pesos de que en el término de seis meses saldría para España sin poder tener en el ínterin cuestión alguna con Almagro».

Don Diego se indignó de esta segunda sentencia y declaró no reconocer autoridad ni jurisdicción alguna en el padre Bobadilla. Este religioso   -50-   en los sucesos posteriores hasta el rompimiento de la terrible guerra que sobrevino, no vuelve a aparecer en las relaciones de los primitivos historiadores. Gomara difiere de Zárate en una particularidad sobre la cual Garcilaso se muestra dudoso. Dice que para el juicio y sentencia, el padre Bobadilla no estuvo solo, sino asociado fray Francisco Husando. No hemos podido descubrir si así fue, o si Francisco López de Gomara incurrió en un error.

El padre fray Francisco de Bobadilla continuó de Prelado de la merced hasta 1546 en que le sucedió fray Miguel de Orenes, el mismo que en calidad de Comisario provincial había fundado el convento de Lima.

BOBADILLA. Don Miguel. Canónigo del coro de la iglesia de Lima. Para la fundación del monasterio del Carmen que se verificó el año 1643, erogó diez mil pesos de su peculio. Véase, Doria doña Catalina.

BOBADILLA. Soror Isabel Arias de. Nacida en el Cuzco, de padres ricos. Profesó en el monasterio de Santa Clara de dicha ciudad: de él vino, como otras, al de Guamanga, y de éste a fundar el de Santa María de Gracia de Santa Clara la real de Trujillo. Este convento se edificó dando recursos para ello el Virrey Conde del Villar, y 20 mil pesos los vecinos: Felipe II lo recibió bajo su protección y patronazgo. La madre Isabel, con otras dos monjas de Guamanga, Catalina Robles y Ana Carrillo, llegaron a Trujillo el 25 de marzo de 1587. Las alojó en su casa doña Florencia de Sandoval y Escobar. El 12 de agosto quedó establecido el monasterio, celebrándose una solemne fiesta y procesión, y el 18 de agosto de 1595 fue trasladado al lugar que hasta ahora ocupa.

Fue doña Isabel una religiosa afamada por sus virtudes, capacidad e instrucción; poseía admirable destreza para la música y era muy expedita en el canto. Falleció el día 2 de octubre de 1620 a los 80 años de su edad y 73 de religión, pues a los 7 había entrado a los claustros. Dejó cuarenta y cuatro monjas en el monasterio de Trujillo en que pasó 33 años sirviendo de abadesa o maestra de novicias.

BODEGA Y CUADRA. Don Juan Francisco de la. Era Capitán de navío en 1789, cuando llegó a San Blas a servir la comandancia de marina. De allí salieron en 1790 varias expediciones a reconocer la costa septentrional de California hasta el río Cok y ensenada de Regla. Bodega en 1779, siendo Teniente de navío y mandando la fragata de guerra «Favorita», perteneció a la expedición de la fragata «Princesa» dirigida por don Ignacio de Arteaga. Ambos buques que zarparon de San Blas el 16 de febrero de dicho año, exploraron y demarcaron aquella misma costa. En otro viaje el año de 1775, Bodega, siendo Comandante de la goleta «Sonora», tomó posesión de la bahía de Bucareli, cuyo puerto descubrió.

BODEGA Y MOLLINEDO. El doctor don Manuel Antonio de la, sobrino del anterior. Nació en Lima y perteneció a una familia distinguida. Fue hijo de don Tomás de la Bodega y Cuadra, Cónsul del Tribunal del Consulado por los años 1762. Estudió en esta ciudad; se graduó de doctor en ambos derechos y pasó a España, donde se incorporó a la academia de San José en la Universidad de Alcalá. Vino a Guatemala de Oidor y sirvió allí la superintendencia de la casa de moneda. En 1795, se hallaba de Alcalde del crimen de la Audiencia de México, y después de ser Oidor de ella ascendió al rango de Consejero del Supremo de Indias, en cuyo empleo falleció. Perteneció a la familia de Bodega y Mollinedo, el doctor don Tomás Aniceto de la Cuadra y Mollinedo, natural de Lima, Canónigo doctoral de esta catedral a fines del siglo pasado.

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BOENECHEA. Don Domingo. Capitán de fragata. Salió del Callao el 26 de setiembre de 1772 mandando la fragata de guerra «Águila», alias «Santa María Magdalena», a reconocer una isla, que el capitán Davis de un buque inglés había descubierto a los 27 grados, y apartada de la costa de Chile como 600 leguas. El virrey Amat había enviado a explorar dicha isla el año 1770, al navío de guerra «San Lorenzo» y a la fragata «Rosalía», al cargo del comandante don Francisco González, el cual tomó posesión de ella, levantó el correspondiente plano, la denominó San Carlos y entró en relaciones con los indígenas que la habitaban.

Carlos III dispuso se formase en esa isla un establecimiento, y cuando el virrey Amat preparaba al efecto la fragata «Águila», recibió orden del Rey para enviar una expedición a la isla de Otaheti con el fin de desalojar una colonia inglesa que se decía estar situada en ella. Amat dispuso que Boenechea ejecutase este mandato, sin perjuicio de ir a la de San Carlos según lo acordado antes.

El 28 de Octubre, la «Águila» llegó a una pequeña isla habitada por salvajes y a la cual dio el nombre de San Simón. El 31 se descubrió otra, también con gente, y la tituló San Quintín; y el 1.º de Noviembre una de más extensión, que no pudo reconocerse bien por el mal tiempo que se experimentaba: llamósele isla de Todos Santos. El día 6 se aproximó la fragata a la isla de Omaetu, y la comunicación que hubo con muchos indios que en sus canoas se acercaron, acreditó que eran mansos y tratables. Uno de ellos se quedó a bordo, y fue el que avisó ser la de Otaheti una grande isla que se demarcó el día ocho de dicho mes. A la de Omaetu se le dio la denominación de San Cristóval, por tener un elevado cerro semejante al que se ve junto a esta ciudad de Lima: la de Otaheti fue llamada Amat en honor del Virrey del Perú.

Se registraron sus costas formándose planos y haciéndose toda suerte de demarcaciones. La fragata al entrar, tocó en un bajo recibió daño en la popa y un recio golpe en proa sobre una peña. Se comunicó con un cacique y otros indios, y fondeó el día 19 en un buen puerto, que fue nombrado de la Magdalena o del Águila en memoria de la fragata.

Descripta la isla, y satisfecho el comandante Boenechea de no existir ingleses en ella, envió a tierra oficiales y al piloto don José de Amich, quienes formaron útiles apuntamientos de las producciones del país, y costumbres de sus habitantes. También fue reconocida otra isla llamada Morea distante pocas leguas al Noroeste.

En el Diario de Lima de 1.º de Junio de 1792 están las prolijas relaciones de este viaje, y se mencionan las diez y siete islas de que entonces se adquirieron noticias.

A los treinta y un días salió la «Águila» para Valparaíso llevando a su bordo varios indios, y el veinte y uno de Febrero de 1773 ancló en dicho puerto.

El dos de Abril zarpó con destino a la isla de San Carlos que, como al principio dijimos, fue el 2.º objeto de la expedición salida del Callao. Cuando ya se había divisado la isla de San Félix, y navegaba con viento fresco, la fragata hizo agua en cantidad considerable por resultado de la varada sufrida en Otaheti. Esta novedad, trajo consigo un peligro grave que obligó al Comandante a regresar al Callao, en cuyo puerto fondeó el día treinta y uno de mayo del citado año.

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BOHORQUEZ. Don Francisco. Este individuo sostuvo ante el Gobierno del Perú que por los años 1635 había descubierto el tan anunciado como fabuloso país que recibía la denominación de «Enin» por el río de esto nombre. Dijo que se le presentó al Rey, y encontró en su palacio y capital gran abundancia de oro y preciosidades, entrando en relaciones y detalles imaginarios y ridículos. Bohorquez, sin embargo fue creído de muchos: logró enrolar hasta 36 españoles para ir a la conquista del Enin; obtenido el permiso salió en 1643 y fueron tantos los robos y otros excesos que cometió no sólo en los pueblos y aduares de los indios de las misiones, sino aun en Jauja y Tarma, que el Gobierno tuvo que enviar tropa contra él para traerlo preso. Hecho así fue remitido Bohorquez al presidio de Valdivia con un Villanueva su socio de empresa.

BOHORQUEZ. Don Pedro. Natural de Granada, hombre astuto y emprendedor. Hallándose en la provincia de Tucumán en el siglo XVII, hizo algunas entradas a los indios aún no conquistados; y para ello tuvo licencia del gobernador don Alonso Mercado y Villacorta. La provincia de los Calchaquíes le pareció acomodada a sus designios por la naturaleza y abundancia del país, no menos que por estar rodeada de cordilleras y ríos caudalosos. Atrajo a los indígenas con ingeniosas mentiras: les aseguró que era hijo del Sol, y sus fingidas artes produjeron el efecto que deseaba: fue creído y le aclamaron por Rey, obedeciéndole más de ocho mil indios que le admiraban, y conducían en andas. Desterró a los jesuitas que había en las inmediaciones, cuyos consejos no quiso seguir, y de quienes no podía esperar apoyo alguno. Alarmado el Gobernador de Tucumán, y también la Audiencia de Chuquisaca, se ocuparon seriamente de una novedad tan peligrosa; y después de promesas y amenazas, consiguieron acobardar a Bohorquez. Admitiéndole por excusa sus pretextos, lograron que él mismo se sometiera, fiado en las garantías que le ofrecieron. No obstante, se le condujo a la cárcel de corte de Lima donde permaneció varios años arrepentido de haberse entregado, y quejoso de los procedimientos de las autoridades. A principios del año 1667 hubo amagos y conatos de rebelión de indígenas en la Paz, Cajamarca y otros puntos, que empezaron luego a hacerse sentir con hechos tumultuarios. Asegurose, y aun se tomaron datos, de que Bohorquez era el promovedor del desorden que se advertía; y como él en esas circunstancias intentó fugar de la prisión, se hizo más sospechoso, y empeoró su causa. Terminó ésta por una sentencia de la Audiencia gobernadora que fue ejecutada dándosele garrote. Su cabeza, y la de ocho indios sus principales cómplices, se fijaron en el arco del puente de Lima.

Bohorquez se mantuvo muy reacio al negarse a recibir los auxilios espirituales: el padre jesuita Francisco del Castillo se encargó de hacer calmar su desesperación, y trabajó hasta conseguir se resignara a morir cristianamente.

BOLAÑO. Conde de. Este título lo obtuvo don José Navia Bolaños Espínola, natural de Lima, hijo del Oidor de esta Audiencia don Álvaro Navia Bolaños Moscoso primer Conde de Valle Oselle. Pero no hemos podido averiguar si aquél tuvo sucesión ni en qué época falleció. Véase, Navia Bolaños.

BOLÍVAR. El doctor don Bernardo. Natural de Panamá, colegial de San Martín e individuo de la Universidad de San Marcos de Lima. Fue Oidor de la Real Audiencia de Chile.

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BOLÍVAR Y DE LA REDONDA. El doctor don Pedro. Natural de Cartagena de Indias, Caballero de la orden de Santiago. Estudió en Lima en el colegio de San Martín y fue Oidor de la Audiencia de Panamá.

BOLONIA. Fray Martín. De la orden de San Francisco, hijo del convento de Lima, definidor; afamado en el púlpito, e insigne escriturario. Escribió un tomo de sermones, las historias del Hijo pródigo, de Judas y de David y unos Comentarios sobre las epístolas San Pedro. Este religioso falleció en Lima el año 1614.

BOMPLAND. Aimé de. Nació en la Rochella el 29 de Agosto de 1773 y su padre, que fue médico, le inclinó a que abrazase esta profesión. Se contrajo en sus estudios a las ciencias naturales que eran objeto de su mayor ahínco y en que pronto adquirió crédito por su extraordinario aprovechamiento. Había ya pertenecido con Michaux a la expedición científica que el directorio francés envió a Australia, cuando llegó a París en 1798 el Barón de Humboldt quien haciendo alta distinción de Bompland lo eligió para que fuese a su lado en un viaje a Egipto que no llegó a efectuarse: lo consideraba como buen botánico y el discípulo sobresaliente de Jussieu y Desfontaines. La amistad del Barón y Bompland formó vínculos estrechos cultivados en el curso de sus tareas facultativas: juntos vinieron a México, Nueva Granada y Perú, ingresando en Lima el año 1802; Bompland fue un colaborador infatigable y entendido en las importantes observaciones hechas por el sabio Humboldt en el territorio del Perú y Río de la Plata.

A su regreso a Europa fue Bompland Director del Museo de historia natural y jardín de la Malmaison y del de Navarra debiéndose a él las exposiciones que dieron tanta nombradía a esos establecimientos hasta 1814. Dos años después volvió a la América, permaneció en Buenos Aires, y aunque pensaba viajar a Santa Fe, el gran Chaco y Bolivia, penetró en el Paraguay, y su estada allí por asuntos de comercio causó recelos e inspiró sospechas al dictador don Gaspar Rodríguez de Francia quien lo declaró su prisionero a fines de 1821.

Bompland tuvo que someterse a tan infortunada suerte: en su cautividad se contrajo a trabajos de agricultura, vivió acompañado de una india, y tuvo en ella varios hijos.

Inútiles fueron las diligencias hechas para que se le permitiese salir de aquel país: el instituto francés, el ministro Chateaubriand, el mismo Humboldt escribiendo al Dictador y valiéndose del viajero Grandsire, que en 1824 no omitió esfuerzo por salvar a Bompland de sus penalidades: todo resultó frustrado ante la dureza del déspota del Paraguay. Las tentativas del Gobierno inglés tampoco produjeron nada favorable. Hemos leído en el Ensayo histórico sobre la Dictadura del doctor Francia escrito por los viajeros Rengger y Lompchamp, curiosos pormenores acerca de las violencias y maltratos que sufrió el desgraciado Bompland. En cuanto su situación se lo permitió durante 9 años, pasó una vida de campesino que su filosofía le hizo soportar sin desesperarse, y siempre contraído a investigar las obras de la naturaleza formando nuevas colecciones de plantas y crecido número de manuscritos. El 12 de Mayo de 1829 fue el día en que el doctor Francia, al parecer cansado de martirizarlo, dio orden para que saliese de su territorio en el término de 48 horas; pero no alcanzó el pasaporte sino después de año y meses de espera en un punto fronterizo. Por último se le otorgó en 2 de Febrero de 1831.

No volvió Bompland a Europa: escribió largamente a Humboldt desde el lugar de su nueva residencia perteneciente al Brasil, donde vivió algunos   -54-   años entregado a la agricultura y a sus antiguos trabajos científicos. A pesar de su edad fue varias veces a Montevideo, estuvo en Corrientes y aun en la misma capital del Paraguay. El doctor Francia había fallecido el 20 de setiembre de 1840, y sin embargo el presidente Carlos López no lo recibió como él merecía sino de una manera poco satisfactoria. La muerte de Aimé de Bompland acaeció el 4 de Mayo de 1858 a los 85 años de su edad: sus restos descansan en Corrientes donde el Gobierno de la provincia hizo los gastos de su funeral. Véase, Humboldt.

BONET Y ABASCAL. Don Joaquín. Contador Mayor: nació en 8 de Enero de 1749 en la ciudad de Jaca en Aragón. Fue hijo de don Rosendo Bonet, Regidor perpetuo, como sus ascendientes, y Justicia mayor de la dicha ciudad; y de doña Teresa Martínez de Abascal nacida en Madrid. Su bisabuelo don Pedro Pablo Bonet, Secretario del Condestable de Castilla, dio a luz en 1620 su obra impresa en Madrid Reducción de las letras y arte para enseñar a los mudos, la cual ha servido de mucho provecho a la humanidad, y es recordada como su autor en el Diccionario de Mellado. Don Joaquín estudió filosofía y jurisprudencia en el Colegio Real de Santa Orosia en la Universidad de Huesca. Vino al Perú destinado a la carrera de Hacienda y perteneció al Tribunal mayor de cuentas desde 1774. En 1778 fue nombrado contador de visita de las cajas reales de Jauja, y en 28 de Agosto de 1780 para una de las plazas de contador de resultas de aquel tribunal. Comisionósele muchas veces para el desempeño de encargos importantes de la Hacienda: entre éstos los más señalados fueron: en 1790 el arreglo de la cuenta y razón del tribunal de minería: en 1791 la investigación y demostración de todas las rentas eclesiásticas del Arzobispado y Obispados del Perú, que ascendían a 2.300.000 pesos, para la cobranza del ramo de subsidio cuyos trabajos aprobó el Rey en 1793: en 1792, el examen de las rentas y administración de las temporalidades de la religión de la Buenamuerte: en dicho año estableció el nuevo método de contabilidad para la Contaduría general de tributos, Comisaría de guerra y Oficinas del Callao; en 1795 se le comisionó para visitar el beaterio de Amparadas y asegurar el manejo de sus rentas: así mismo para restablecer y arreglar el hospital de San Bartolomé. En ese tiempo hizo de real orden el señalamiento de los sueldos de los subdelegados del virreinato, y para ello formó previamente una descripción particular de cada provincia con todos sus ramos de ingreso. En 1799 en unión de un Oidor de la Audiencia y del Fiscal, formó inventarios y estados de las rentas de temporalidades de jesuitas e inversión de ellas. En 1802 se le nombró para inspeccionar la cuenta y razón de la administración de correos, mejorarla y sistemarla. Gobernando el Virrey Marqués de Avilés demostró Bonet la decadencia del mineral de azogue de Huancavelica que en 15 años resultó no haber producido sino 28 mil quintales, gastando la Real Hacienda más de tres millones de pesos y perdiendo cerca de millón y medio. En 1803 le encargó el Rey establecer y metodizar la contabilidad de las rentas estancadas de tabacos y otros ramos con motivo de un desfalco de consideración que hubo en ellas. En el citado año, la dirección general de correos de Madrid le comisionó para examinar extraordinariamente la administración de Lima en que había desórdenes y un fuerte descubierto. Como Contador de resultas del Tribunal de cuentas sirvió el cargo de Regulador general de los derechos de lanzas y media anata, y el de Contador del juzgado de bienes de difuntos. En 4 de setiembre de 1810 se le dio real despacho de Contador Mayor honorario del Tribunal. En 10 de octubre de dicho año se le nombró Ministro contador oficial real de las cajas de Lima en cuyo empleo le confirmó   -55-   el Rey en 23 de Julio de 1814. En 1816 pasó de Contador Mayor al Tribunal de cuentas y en 20 de noviembre de dicho año se le nombró Caballero de la orden de Carlos III. En 1818 por orden del Rey fue otra vez Juez visitador general de la renta de correos en que había abusos, desorden y malversación de crecida suma que liquidó contra el administrador. Proclamada la independencia quedó de Contador Mayor, y se le dieron honores de vocal de la Alta Cámara de justicia. Falleció en 18 de octubre de 1824.

Fue casado con doña María Bernarda Peláez del Junco Henríquez de Guzmán perteneciente a una antigua familia. Su hija doña Gertrudis contrajo matrimonio en 1800 con el doctor don Manuel de Mendiburu y Orellana.

BONILLA. Don Alonso Fernández de. Natural de Córdova en España. Bachiller canonista. Entró en el colegio mayor de San Bartolomé de Salamanca, en 1564. Salió nombrado Fiscal de la Inquisición de México y en 8 de abril de 1583, obtuvo plaza de Inquisidor. Se le nombró después Deán de esa catedral. Felipe II lo presentó para Obispo de Guadalajara. Vino a Lima de visitador general eclesiástico, de la Real Hacienda, de la Audiencia del Perú, de la Universidad, etc. Fue nombrado Arzobispo de México en 5 de marzo de 1592. Le consagró en Lima el arzobispo Santo Toribio en la iglesia de la Encarnación. En 28 de Agosto del mismo año se le encargó apaciguar el alboroto que causó en Quito el establecimiento de la acabala. Falleció en 1596 sin haber ido a su Arzobispado por la visita que tenía a su cargo. Está sepultado su cadáver en la catedral de Lima.

BOQUETE. Don José Mariano. Véase, Monte-alegre de Aulestia, Marqués de.

BOQUI. Don José. Natural de Italia; platero aprobado en el Colegio de platería de Madrid. Vino a Lima en 1810 con real licencia y carta de naturaleza, en compañía del argentino don José Antonio Miralla que pasaba por su hijo adoptivo. El 18 de setiembre del mismo año, fue preso con los doctores Anchoris y el cura Tagle acusados de conspiración, con cuyo motivo Boqui recibió orden del virrey Abascal para salir del país. No sabemos a punto fijo si este mandato se cumplió, pero es evidente que Boqui anunció después su llegada a Lima en el periódico el Investigador por Mayo de 1814, y que entonces presentó al público una custodia de su propiedad, adornada con piedras preciosas, y una máquina para desaguar minas. Con el fin de que se comprendiese su mecanismo, puso en su casa un aparato en que por medio de barriles se operaba y extraía agua de un pozo.

Hizo muchas diligencias para encontrar habilitadores y para contratar con los mineros los servicios que les ofrecía. Consiguió uno y otro, pues el Tribunal del Consulado le prestó cuarenta mil pesos, quedando en empeño y depósito la custodia; y el 22 de Julio de 1816 marchó a la provincia de Huarochirí con el objeto de poner en ejecución el proyecto de desagüe en la mina de Huayhuay. Allí plantificó la máquina y venciendo dificultades empezó sus trabajos, sobre los cuales los periódicos de Lima daban frecuentes informes, cuyos términos favorables hacían concebir grandes esperanzas. El Rey en cédula de 3 de Enero de 1817, aprobó los planes de Boqui, y tratando de su ofrecimiento de enseñar gratis el modo de construir y manejar la maquinaria, mandó se prestase todo auxilio a tan desinteresado vasallo.

Corrió el tiempo sin que don José Boqui llenase satisfactoriamente   -56-   sus designios; y se regresó a Lima donde no le correspondieron bien sus tentativas de adquirir recursos para continuar ejercitando su máquina y sistema de desagüe de minas. A la entrada en esta capital del ejército libertador en 1821, se descubrió que Boqui había sido comisionado secreto y corresponsal del general San Martín durante algún tiempo. Recompensole con varias distinciones, entre ellas la de Benemérito de la orden del Sol; y con el empleo de primer Director de la Casa de Moneda, cuyo nombramiento causó no poca sensación y escándalo, así como el de Presidente honorario de departamento que también se le expidió en 18 de Agosto de 1821. En este mismo mes se le hizo vocal de una junta destinada a calificar el mérito de los que habían hecho positivos servicios a la independencia.

De las muchas alhajas secuestradas en Lima en esa época, pasó una parte considerable a poder de Boqui, quien como artista y engastador se encargó de construir medallas con brillantes y decoraciones para algunos personajes e individuos que figuraron en la orden del Sol.

Cuando en 1823, se aproximó a esta capital el ejército español mandado por el general Canterac, Boqui pasó al Callao conduciendo la plata y alhajas que existían en la Casa de Moneda y algunos útiles valiosos. También llevó la custodia de que hemos hecho mención, y que antes se había conservado en la Tesorería del consulado. Todos estos objetos que el Gobierno quiso salvar de manos de los españoles, se perdieron en las de Boqui, quien las colocó a bordo de un buque, en el cual fugó de aquel puerto trasportándose a Europa, y correspondiendo al Perú con tamaña infidelidad. Después de muchos años, los gobiernos del país, han perseguido en Italia judicialmente a los herederos de Boqui, pero no ha llegado a conseguirse restitución alguna.

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