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| I |
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-Sé que corriendo, Lucía, |
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tras criminales antojos, |
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has escrito el otro día |
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una carta que decía: |
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«Al espejo de mis ojos». |
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Y aunque mis gustos añejos |
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marchiten tus ilusiones, |
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te han de hacer ver mis consejos |
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que contra tales espejos |
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se rompen los corazones. |
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¡Ay! ¡No rindiera, en verdad, |
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el corazón lastimado |
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a dura cautividad, |
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si yo volviera a tu edad, |
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y lo pasado, pasado! |
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Por tus locas vanidades, |
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que son, ¡oh niña! No miras |
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más amargas las verdades |
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cuanto allá en las mocedades |
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son más dulces las mentiras! |
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¡Y que es la tez seductora |
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con que el semblante se aliña |
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luz que le edad descolora!... |
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Mas ¿no me escuchas, traidora? |
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(¡Pero, señor, «si es tan niña»...!) |
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| II |
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-Conozco, abuela, en lo helado |
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de vuestra estéril razón, |
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que en el tiempo que ha pasado, |
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o habéis perdido o gastado |
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las llaves del corazón. |
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Sí amor con fuerzas extrañas |
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a un tiempo mata y consuela, |
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justo es detestar sus sañas; |
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mas no amar, teniendo entrañas |
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eso es imposible, abuela. |
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¿Nunca soléis maldecir |
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con desesperado, empeño |
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al sol que empieza a lucir, |
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cuando os viene a interrumpir |
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la felicidad de un sueño? |
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¿Jamás en vuestros desvelos |
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cerráis los ojos con calma |
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por ver a solas, sin celos, |
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imágenes de los cielos |
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allá en el fondo del alma? |
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Y ¿nunca veis, en mal llora, |
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miradas que la pasión |
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lance tan desgarradora, |
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que os hagan llevar, señora |
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las manos al corazón? |
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Y ¿no adoráis las ficciones |
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que, pasando, al alma deja |
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cierta ilusión de ilusiones? |
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Mas ¿no escucháis mis razones? |
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(¡Pero, señor, «si es tan vieja»...!) |
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| III |
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-No entiendo tu amor, Lucía, |
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-Ni yo vuestros desengaños. |
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-Y es porque la suerte impía |
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puso entre tu alma y la mía |
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el yerto mar de los años. |
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Mas la vejez destructora |
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pronto templará tu afán. |
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-Mas siempre entonces, señora, |
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buenos recuerdos serán |
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las buenas dichas de ahora. |
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-¡Triste es el placer gozado! |
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-Más triste es el no sentido; |
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pues yo decir he escuchado |
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que siempre, el gusto pasado |
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suele deleitar perdido. |
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-Oye a quien bien te aconseja |
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-Inútil es vuestra riña. |
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-Siento tu mal-. No me aqueja. |
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-(¡Pero, señor, «si es tan niña»...!) |
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-(¡Pero, señor, «si es tan vieja»...!) |
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|
¡Al fuego, cartas de adorados seres, |
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por quien la sangre derramé viviendo! |
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¡Arded a impulsos de esa luz, y, ardiendo, |
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con vos se extinga «mi fatal pasión»! |
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|
¡Ved cuál la gloria de sus dulces rasgos |
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se lleva el aire en fútiles despojos! |
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¡No su partida lamentéis, mis ojos, |
|
«que humo las glorias de la vida son»! |
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|
¡Al fuego, signos que sin fe trazaron |
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falsas mujeres que adoraba ciego! |
|
VICTORIA, OCTAVIA, INÉS... ¡al fuego!, ¡al fuego! |
|
¡Maldita sea «mi fatal pasión»! |
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«-¡Nadie en el mundo como yo te adora!» |
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¡Arda a su vez la que tan bien mentía! |
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¡Ay! ¡Quién, tal gloria al poseer, diría |
|
«que humo las glorias de la vida son»! |
| |
|
¡Al fuego, enigmas de infernal sentido!, |
|
¡digno sepulcro; el desengaño os presta! |
|
¡Cuán bien mi madre me alejaba en ésta |
|
del torpe error de «mi fatal pasión»! |
| |
|
«¡Huye -dice-, el amor, porque su gloria |
|
y al fin verás, alma del alma mía, |
|
es pacto vil de la ilusión de un día, |
|
«que humo las glorias de la vida son»! |
| |
|
|
Después de amarla, olvídala; que el Cielo |
|
la inconstancia al amor le dio en consuelo. |
|
(PATRICIO M. DE RAYÓN) |
| |
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¡Ay! Anoche te escuché |
|
(el que escucha oye su mal), |
|
cuando a otro hombre, por tu fe, |
|
le jurabas fe eternal. |
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¡Imprudente! |
|
Nadie quiere eternamente; |
|
que pase un mes y otro mes, |
|
y me lo dirás después. |
|
Aunque nuestro amor fue extraño, |
|
ya no lloro |
|
ni mi engaño ni tu engaño, |
|
pues no ignoro |
|
que la inconstancia es el cielo |
|
que el Señor |
|
abre al fin, para consuelo |
|
la los mártires de amor». |
| |
|
Después, ¡ingrata! ¿Qué hiciste? |
|
¿Fue el ruido de un beso aquél? |
|
Bien te oí cuando dijiste: |
|
«-No hice otro tanto con él». |
|
¡Ay, Victoria |
|
cuán frágil es tu memoria! |
|
Ruega a Dios que siempre calle |
|
aquella fuente del valle... |
|
Si me engañas, ya antes, ducho, |
|
te engañaré; |
|
porque, aunque me amabas mucho, |
|
yo bien sé |
|
«que la inconstancia es el cielo |
|
que el Señor |
|
abre al fin para consuelo |
|
a los mártires de amor». |
| |
|
Por último, ¡horrible paso!, |
|
dijiste, el partir, de mí: |
|
«-Es un...» ¡Ah! Mas, por si acaso, |
|
lo dije yo antes de ti, |
|
Sí, gacela: |
|
aquí, el que no corre, vuela. |
|
Lo que tú hoy de mí, yo ayer |
|
dije de ti a otra mujer. |
|
Que los seres en amores |
|
adiestrados, |
|
todos son engañadores |
|
y engañados; |
|
«que la inconstancia es el cielo |
|
que el Señor |
|
abre al fin para consuelo |
|
a los mártires de amor». |
| |
|
Adiós. Te juro leal, |
|
por el que nació en Belén |
|
que nunca te querrá mal, |
|
si no te quise muy bien. |
|
Conque adiós. |
|
«Navia y Julio a veintidós». |
|
Hoy por mí, y por ti mañana. |
|
¡Tal es la doblez humana! |
|
Si te ama algún importuno |
|
o, imprudente, |
|
llegases tú a amar alguno, |
|
ten presente |
|
«que la inconstancia es el cielo, |
|
que el Señor |
|
abre al fin para consuelo |
|
a los mártires de amor». |
| |
|
| ÉL |
|
¡Cuánto amor, Adela mía, |
|
aquí un día |
|
me juraste y te juré! |
| |
|
ADELA |
|
Por cierto que fue en Noviembre, |
|
y en Diciembre |
|
me olvidaste y te olvidé. |
| |
| ÉL |
|
Allí grabé con pasión |
|
la expresión |
|
de que «vivir es amar». |
| |
| ADELA |
|
Bajo expresión tan traidora |
|
graba ahora |
|
que «vivir es olvidar». |
| |
| Él |
|
Aun por ti mi amor se inflama, |
|
porque el que ama |
|
nunca olvida, si ama bien. |
| |
| ADELA |
|
No hagas de tu amor alarde, |
|
que, aunque tarde, |
|
«a gran amor gran desdén». |
| |
| ÉL |
|
Entre estas ramas, ¡ay triste!, |
|
me dijiste: |
|
-«No te olvidaré jamás». |
| |
| ADELA |
|
No acerté, en mi error profundo, |
|
que en el mundo |
|
«quien más vive, olvida más». |
| |
| ÉL |
|
¿Cuándo con locos extremos |
|
volveremos |
|
a amar con tan ciego ardor? |
| |
| ADELA |
|
Nunca, pues ya hemos sabido |
|
«que el olvido |
|
sigue cual sombra al amor». |
| |
| ÉL |
|
¡Tiempos felices aquellos |
|
en que, bellos, |
|
«vivir era idolatrar»! |
| |
| ADELA |
|
¡Quién entonces (¡pena fiera!) |
|
nos dijera |
|
«que vivir es olvidar». |
| |
|
|
-¿A dónde vas, alma mía, |
|
hacia ese mundo perdido? |
|
-A ser alma de un nacido |
|
la Omnipotencia me envía. |
|
Y tú, alma mía, ¿que vuelo |
|
sigues, ganando la altura? |
|
-Dejo a uno en la sepultura |
|
y voy caminando al cielo. |
|
Puesto que subes, hermana, |
|
y te hallo al bajar al mundo, |
|
dime si es... -Un caos profundo, |
|
que llaman cárcel humana. |
|
Prosigue, y no tan altiva, |
|
hermana, bajes ahora; |
|
porque vas, siendo señora, |
|
a ser del hombre cautiva. |
|
Que en él, con rumbo perdido, |
|
sigue en loco devaneo |
|
cada potencia un deseo |
|
y un gusto cada sentido. |
|
Pues de ansia de goces lleno, |
|
busca el oído armonía, |
|
el paladar ambrosía, |
|
e impúdico el tacto, cieno. |
|
Así sus gustos sin calma |
|
van los sentidos gozando, |
|
mientras que a merced, flotando, |
|
va de los suyos el alma. |
|
Y en rumbos tan desiguales |
|
y tan contrarios vaivenes, |
|
si el alma delira bienes, |
|
acosan al cuerpo males. |
|
Y amando el cuerpo, la tierra, |
|
y el ama adorando al cielo, |
|
siempre están en su desvelo, |
|
carne y espíritu en guerra. |
|
-Pues si ya, el cíelo ganando, |
|
dejaste cárcel tan fiera, |
|
¿por qué al aire, compañera |
|
vas esas lágrimas dando? |
|
-Porque hay, hermana, en el suelo |
|
seres que también se adoran, |
|
y que, al dejarlos, se lloran |
|
como al dejar los del cielo. |
|
-Si el cielo que dejo escalas, |
|
y al mundo voy que tú dejas, |
|
llevemos, pues, tú mis quejas |
|
y yo tu llanto, en las alas. |
|
Y el mundo adonde me alejo, |
|
cuando le muestre tu llanto, |
|
muestra mis ayes, en tanto, |
|
el cielo hermoso que dejo. |
|
Y ya que fatídico arde |
|
de mi cautiverio el día, |
|
con Dios queda, hermana mía, |
|
-Hermana mía, Él te guarde. |
| |
|
|
De niño, en el vano aliño |
|
de la juventud soñando, |
|
pasé la niñez llorando, |
|
con todo el pesar de un niño. |
|
Si empieza el hombre penando |
|
cuando ni un mal le desvela, |
|
«¡Ah! |
|
la dicha que el hombre anhela, |
|
¿dónde está?» |
| |
|
La joven, falto de calma, |
|
busco el placer de la vida, |
|
y cada ilusión perdida |
|
me arranca, el partir, el alma, |
|
Si en la estación más florida |
|
no hay mal que al alma no duela. |
|
«¡Ah! |
|
la dicha que el hombre anhela, |
|
¿dónde está?» |
| |
|
La paz con ansía importuna |
|
busco en la vejez inerte, |
|
y buscaré en mal tan fuerte |
|
junto al sepulcro la cuna. |
|
Temo a la muerte, y la muerte |
|
todos los males consuela. |
|
«¡Ah! |
|
la dicha que el hombre anhela, |
|
¿dónde está?» |
| |
|
|
Si anoche no estuve, Flora, |
|
a adorar tu talle hermoso, |
|
es porque soy «virtuoso» |
|
y me da sueño a deshora. |
|
¡Pecadora! |
|
Ya le contaré a tu madre |
|
que, porque amo mi quietud |
|
y salud, |
|
dijiste hoy a mi compadre: |
|
-«¡Qué egoísta es la virtud!» |
| |
|
¿Cómo he de ir con fe no escasa |
|
a ver tus ojos serenos, |
|
si hay cien pasos por lo menos |
|
desde mi casa a tu casa? |
|
Y ¿qué pasa |
|
al hallarnos frente a frente?... |
|
¿Qué?... Tú mientes sin guarismo, |
|
yo lo mismo. |
|
El no ir, por consiguiente, |
|
«¿es virtud o es egoísmo?» |
| |
|
«Verbi gratia», el otro, día, |
|
el verte de mi amor harta, |
|
puse un bostezo de a cuarta |
|
entre un «paloma» y un «mía». |
|
Es falsía |
|
la de bostezar amando; |
|
mas si hoy, con más pulcritud |
|
y quietud, |
|
no he ido a amar bostezando, |
|
«¿fue egoísmo o fue virtud?» |
| |
|
Desde hoy no vuelvo a tu edén |
|
a tomar, Flora, el sereno: |
|
si es por «egoísmo», bueno |
|
y si es por «virtud», también, |
|
Sí, mi bien: |
|
esto haré por mi salud, |
|
aunque diga tu cinismo |
|
que es lo mismo |
|
«la gloria de la virtud |
|
que el triunfo del egoísmo». |
| |
|
|
Nunca te tengas por seguro en esta vida. |
|
(KEMPIS, lib, I, cap. XX.) |
| |
|
-Padre, pequé, y perdonad |
|
si en mi amorosa contienda |
|
se lleva el viento a mi edad, |
|
propósitos de la enmienda. |
| |
| EL CONFESOR |
|
-¡Siempre es viento |
|
a esa edad un juramento! |
|
¿Qué pecado es, hija mía? |
| |
| LA PENITENTE |
|
-El «mismo» del otro día. |
|
Y, aunque es el «mismo», id templando |
|
vuestro gesto, |
|
pues dijo ayer predicando |
|
fray Modesto, |
|
«que es inútil la más pura |
|
contrición, |
|
si abona nuestra ternura |
|
flaquezas del corazón». |
| |
|
Ayer, padre, por ejemplo, |
|
tocó a misa el sacristán, |
|
y en vez de correr al templo |
|
corrí a la huerta con Juan. |
| |
| EL CONFESOR |
|
-¡Triste don, |
|
correr tras su perdición!... |
| |
| LA PENITENTE |
|
-Sí, señor; mas don tal vil, |
|
de mil, lo tenemos mil. |
|
No hay niña que a amor no acuda |
|
más que a misa; |
|
que el diantre a todas, sin duda, |
|
nos avisa |
|
«que es inútil la más pura |
|
contrición, |
|
si abona nuestra ternura |
|
flaquezas del corazón». |
| |
|
La verdad, tan poco ingrata |
|
con Juan estuve en la huerta, |
|
que, como él mirando mata, |
|
huí de él... como una muerta. |
| |
| EL CONFESOR |
|
-¡Dulcemente!, |
|
fascina así la serpiente. |
| |
| LA PENITENTE |
|
-¡No os extrañéis, siendo el pecho |
|
de masa tan frágil hecho! |
|
Si voy, cuando muera, al cielo |
|
(que lo dudo), |
|
ya contaré que en el suelo |
|
nunca pudo |
|
«sernos útil la más pura |
|
contrición, |
|
si abona nuestra ternura |
|
flaquezas del corazón». |
| |
|
-Y mañana ¿qué he de hacer, |
|
padre, al sonar la campana, |
|
si él me dice hoy, como ayer: |
|
«Vuelve a la huerta mañana»? |
| |
| EL CONFESOR |
|
-¡Ay de vos! |
|
¡Antes Dios y siempre Dios! |
| |
| LA PENITENTE |
|
-Es cierto, mas entre amantes |
|
no siempre suele ser antes. |
|
Y, en fin, si de ser cautiva |
|
me arrepiento, |
|
o me absolvéis mientras viva, |
|
o presiento |
|
«que es inútil la más pura |
|
contrición, |
|
si abona nuestra ternura |
|
flaquezas del corazón». |
| |
|
|
Seguid: veremos a qué luz impura |
|
del porvenir el caos se ilumina. |
| |
| EL AGORERO |
|
-Mas ¿quién, desengañado, no adivina |
|
de la vida el horóscopo fatal? |
|
Siempre en mi ciencia se predicen bienes. |
|
¡Dios los da al hombre por amor profundo! |
|
Después se augura un mal, porque, en el mundo, |
|
«tarde o temprano es infalible el mal». |
| |
|
-Seguid. |
| |
| EL AGORERO |
|
-Si a un triste le auguráis su estrella, |
|
algún placer le auguraréis mintiendo; |
|
que, aunque nuestro hado es «esperar sufriendo», |
|
la esperanza, aun sufriendo, es celestial. |
|
Y si su suerte predecís acaso |
|
a los que mira compasivo el cielo, |
|
hacedles ver que, en la orfandad del suelo, |
|
«tarde o temprano es infalible el mal». |
| |
|
-Seguid. |
| |
| EL AGORERO |
|
-Sabréis mi dolorosa ciencia |
|
si grabáis en la mente con empeño |
|
que es el bien, por ser bien, «sueño de un sueño», |
|
que el mal, sólo por serlo, «es inmortal». |
|
Que nunca falta una ilusión gloriosa |
|
que alegre una existencia maldecida, |
|
y que en la paz de la más dulce vida, |
|
«tarde o temprano es infalible el mal». |
| |
|
|
Si vivir no es dudar, prenda querida, |
|
decidme, en mal tan fuerte: |
|
«¿es el fin de esta vida nuestra muerte, |
|
o es la muerte el principio de otra vida?» |
|
Porque es nuestra existencia |
|
turbio fanal de inescrutable esencia, |
|
pues, cual luz mortecina, |
|
sólo bordes de sombras ilumina. |
|
Siguiendo la esperanza, |
|
quien la alcanza una vez, frágil la alcanza; |
|
si el aire sombra hiciera, |
|
como la sombra de los aires fuera. |
|
Lloramos la partida |
|
de esta que vuela inconsolable vida, |
|
y es en la humana suerte |
|
la vida el pensamiento de la muerte. |
|
Nuestros pérfidos cantos |
|
preludios son de venideros llantos; |
|
que es del dolor la puerta |
|
la que el gozo al pasar nos deja abierta, |
|
El mayor bien gozado |
|
jamás es grande, hasta que ya es pasado; |
|
pues sólo en la memoria |
|
es grande, al parecer, la humana gloria. |
|
Y en tan vil confusión, prenda querida, |
|
nadie sabe inquirir, en mal tan fuerte, |
|
«si es el fin de esta vida nuestra muerte, |
|
o es la muerte el principio de otra vida». |
| |
|
|
¡Me caso! Yo, que odio eterno |
|
siempre profesé a este paso, |
|
como a un paso del infierno, |
|
ya cándidamente tierno... |
|
¿Podréis creerlo?, ¡me caso! |
|
Y pues ya amo a una mujer |
|
(siento decir que no miento), |
|
justo es que cante, y lo siento, |
|
«de la belleza el poder». |
| |
|
Yo, que amante meritorio |
|
llevé en España mi ardor |
|
de un jolgorio a otro jolgorio |
|
haciendo el don Juan Tenorio, |
|
con doncellas de labor. |
|
Hoy mi indómita cabeza |
|
a un yugo al fin se somete: |
|
aquí dio fin el sainete... |
|
«¡oh poder de la belleza!» |
| |
|
Yo, que canté a cualquier hora: |
|
«No me da pena maldita |
|
si tu pecho no me adora, |
|
pues la mancha de una «mora», |
|
con otra «blanca» se quita», |
|
pero por una mujer, |
|
y (aparte) rabio de celos. |
|
¡A tanto se extiende, cielos, |
|
«de la belleza el poder»! |
| |
|
Yo, que amé en la edad florida |
|
cada «cien días» a «ciento», |
|
¡ya hace «un mes» que mi querida |
|
es aliento de mi vida, |
|
es la esencia de mi aliento! |
|
«Un mes» en mí de terneza |
|
es de treinta años emblema; |
|
es la vida... es el poema |
|
«del poder de la belleza». |
| |
|
Con mi triste casamiento |
|
(mis ex amadas, mi ex gloria), |
|
¡ya nos arrebata el viento |
|
tanto amor que ha sido historia, |
|
tanta historia que fue cuento! |
|
Mas todo es sueño, a mi ver, |
|
en esta vida traidora: |
|
sólo es real, a cuartos de hora, |
|
«de la belleza el poder». |
| |
|
¡Ya no os daré cantinelas, |
|
jugando al toma y al daca, |
|
pelo, anillos, ni cadenas, |
|
ni tantas cosas, tan buenas |
|
para hacer nidos de urraca! |
|
Y a fe que es necia flaqueza |
|
que, ganando mil ventajas, |
|
sólo estribe en zarandajas |
|
«el poder de la belleza». |
| |
|
Pues me caso, Satanás |
|
haga a mi esposa, o Dios la haga |
|
no pedir cuentas de atrás; |
|
pues «si el que la hace la paga», |
|
¡Santo Cristo de Candás! |
|
Si expiación llega a haber, |
|
siendo, cual la muerte, fuerte |
|
es horrible, cual la muerte, |
|
«de la belleza el poder». |
| |
|
¡Dios a quien ofendo impío, |
|
dad a tanto error disculpa; |
|
perdonad mi desvarío: |
|
¡«por mi culpa», padre mío; |
|
«por mi grandísima culpa»! |
|
No os venguéis de quien, si empieza |
|
cantando la palinodia, |
|
leo en tono de salmodia |
|
«el poder de la belleza». |
| |
|
Desde hoy mis glorias de amante |
|
se concretarán, Dios mío, |
|
a tener en adelante |
|
una mujer que me espante |
|
las moscas en el estío. |
|
No extrañéis que cual placer |
|
el no «ver moscas» os nombre |
|
que a tal punto humilla el hombre |
|
«de la belleza el poder». |
| |
|
Hoy mi pecho, en conclusión, |
|
pide perdón y perdona |
|
a cuantas fueron y son... |
|
desde Lisboa a Pamplona, |
|
desde Sevilla a Gijón. |
|
Y hoy, en fin, mi bien empieza, |
|
o empieza mi mal acaso: |
|
de cualquier modo, ¡me caso! |
|
¡VICTORIA POR LA BELLEZA! |
| |
|
|
Rosa, ¿conque perdiste |
|
la flor encantadora |
|
que la noche te di de tu partida? |
|
Aunque la cosa es triste... |
|
la flor vaya en buen hora, |
|
si fue sólo la flor, Rosa, perdida, |
|
mas esto me convida |
|
(perdona) que recuerde |
|
que en el mundo, mi bien, «todo se pierde». |
| |
|
Todo se pierde, ¡ay triste! |
|
De tu frente, antes pura, |
|
baja, y verás con lágrimas tus ojos; |
|
ya indócil se resiste |
|
al corsé tu cintura |
|
sube al cuello después, y... ¡ay, qué despojos! |
|
El ver seco da enojos, |
|
árbol que fue tan verde. |
|
«Todo se pierde, sí, todo se pierde». |
| |
|
De este pecho, tuyo antes, |
|
perdí un día la llave, |
|
y cuanto en él guardé perdí con ella. |
|
Ilusiones amantes, |
|
toda la villa sabe |
|
que para ti guardaba, Rosa bella. |
|
Mas ¡cuán tarde mi estrella |
|
hizo que al fin recuerde |
|
que «todo» (¿no es verdad?) «¡todo se pierde!» |
| |
|
¿Qué fue de tu hermosura? |
|
¿Qué fue de mi terneza? |
|
De la flor que te di, dime, ¿qué ha sido? |
|
Perdiose la flor pura, |
|
lo mismo que (¡oh tristeza!) |
|
mi amor y tu hermosura se han perdido. |
|
En el mundo es sabido |
|
que, sin que uno se acuerde, |
|
«todo se pierde»; ¡oh Dios!, «¡todo se pierde!» |
| |
|
|
-Niña: ¿por que desvelada |
|
suspiros con tal empeño? |
|
-El por qué, madre, no es nada |
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sólo me siento hostigada |
|
por las quimeras de un sueño. |
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-El rostro, niña, sepulta |
|
en la holanda, que el espanto, |
|
viendo las sombras, se abulta. |
|
-Así derramaré oculta |
|
entre sus pliegues mi llanto. |
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-Pronto, la noche ahuyentando, |
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llamará el alba a la puerta. |
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-Pues vendrá en vano llamando, |
|
que si ahora duermo soñando, |
|
después soñaré despierta. |
|
-¡Ay, que si el mundo ve ya, |
|
de una niña el mal profundo, |
|
que es amor en decir da! |
|
-Pues sus razones el mundo |
|
para decirlo tendrá. |
|
-¿Y en qué livianas razones |
|
estriba el mal que te aqueja? |
|
-En unas tristes canciones que, |
|
de una lira a los sones, |
|
alzaba un hombre a mi reja. |
|
Entré afligida en el lecho, |
|
quedé traspuesta, y entonces |
|
sonó un ruido a poco trecho |
|
que ¡cuál llegaría el pecho, |
|
cuando ablandaba los bronces! |
|
Desperté a oírle, y la lira |
|
no alegró la soledad; |
|
y ahora mi pecho suspira |
|
no sé si porque es mentira, |
|
o porque no fue verdad. |
|
-Mas, ¿quién alzó las querellas? |
|
-Soñé que era un peregrino. |
|
¡Ay de las tristes doncellas, |
|
si al perseguir su camino |
|
puso los ojos en ellas! |
|
-¿Un peregrino, alma mía, |
|
cantaba en llanto deshecho? |
|
-Y soñé que era el que un día |
|
buscó albergue en nuestro techo |
|
por la tormenta que hacía. |
|
Nieves y cierzo arrostrando, |
|
húmedos ya sus despojos, |
|
vino a la puerta llamando |
|
y yo se la abrí, mostrando |
|
la compasión en los ojos. |
|
-¿De cuándo acá se te alcanza |
|
recordar tal desacuerdo? |
|
-Dejadme en mi bienandanza. |
|
¡Bella será una esperanza, |
|
pero, es muy dulce un recuerdo! |
|
Aun me ocupa la memoria |
|
cuando, la lumbre cercando, |
|
entre ilusiones de gloria, |
|
una historia y otra historia |
|
me fue, amorosas, contando. |
|
Siempre en ellas se moría |
|
uno que a su ingrato bien |
|
como a sus ojos quería, |
|
más no me contó que había |
|
hombres ingratos también. |
|
Diome, con chistes discretos, |
|
conchas, cruces y regalos, |
|
y mágicos amuletos |
|
que por instintos secretos |
|
daban pavor a los malos. |
|
Y los gustos de la vida |
|
me ponderaba halagüeño |
|
en plática tan sentida |
|
que, cual si fuese beleño, |
|
me iba dejando adormida. |
|
Y mi amante pesadumbre |
|
prosiguió astuto aumentando, |
|
hasta que el postrer vislumbre |
|
débil lanzando la lumbre, |
|
se fue la sombra espesando... |
|
-¿Por qué entonces de su fuego |
|
rémora no fue tu calma? |
|
-Creí sus perfidias luego, |
|
porque acompañó su ruego |
|
con un suspiro del alma. |
|
-Y ¿fuiste, al rayar el día |
|
su ruta, niña, a inquirir? |
|
-En vano fuí, madre mía; |
|
ya el sol derretido había |
|
la nieve que holló al partir. |
|
Corriendo desalentada |
|
fui de lugar en lugar... |
|
-Y ¿qué hallaste, desgraciada? |
|
-Al cabo de la jornada |
|
hallé el placer de llorar. |
|
-¿Cuál genio, en tan triste día, |
|
a escuchar su frenesí, |
|
más ciega que él, te impelía? |
|
-La «compasión», madre mía... |
|
-Y... ¿quién la tendrá de ti? |
| |
|
|
Ya he visto con harta pena |
|
que ayer, alma de mi alma, |
|
mandaste colgar, Elena, |
|
de tu balcón una palma. |
|
Y, o la palma no es el título |
|
de una candidez notoria, |
|
o no es cierto aquel capítulo |
|
en que habla de ti la historia. |
|
Pues dicen que hoy, imprudente, |
|
después que la palma vio |
|
riéndose maldiciente |
|
cierto galán exclamó: |
|
«-Mal nuestra honradez se abona |
|
si nuestras virtudes son |
|
cual la virtud que pregona |
|
la palma de ese balcón». |
|
Bien te hará entender, Elena, |
|
esta indirecta cruel, |
|
que ya es pública la escena |
|
que pasó entre Dios, tú y él. |
|
Pues, al mirarte, embebido, |
|
dice entre sí el vulgo ruin. |
|
-Ya hay alientos que han mecido |
|
las flores de ese jardín-. |
|
Mas tú niegas el hecho, Elena, |
|
porque, en materias de honor, |
|
«antes», el Código ordena, |
|
«ser mártir que confesor». |
|
Aunque a hablar de ti se atrevan, |
|
siempre será necio intento |
|
dudar de honras que se llevan |
|
palabras que lleva el viento. |
|
Da al misterio la verdad, |
|
que la virtud, en su esencia |
|
es «opinión la mitad, |
|
y otra mitad «apariencia». |
|
Palma ostenta, pues es uso; |
|
que, aunque mentir no es prudente, |
|
por algo Dios no nos puso |
|
el corazón en la frente. |
|
Nada a confesar te venza; |
|
que engañar por el honor |
|
es en los hombres «vergüenza», |
|
y en las mujeres «pudor». |
|
Y si tu honor duda implica, |
|
no dudes que hay mil que son |
|
cual la virtud que publica |
|
la palma de tu balcón. |
| |
|
|
Aun el pesar me asesina |
|
de cuando aquí por muy cierto |
|
se dijo de CAROLINA, |
|
que (¡Dios nos libre!) había muerto. |
|
El que menos, |
|
con ojos de espanto llenos. |
|
«-¡Cuánto lo siento!» -exclamaba; |
|
pero ninguno lloraba. |
|
El que se muere, PASTOR, |
|
o se ausenta, |
|
es «cero» que olvida amor |
|
en su cuenta. |
|
Los que esperan fe en muriendo, |
|
¡cuánto yerran! |
|
«Bueno o malo», a lo que entiendo |
|
«al que se muere lo entierran». |
| |
|
No hay ser que, al «¡Dios le perdone!», |
|
con que haré al muerto un regalo, |
|
si es su enemigo, no entone |
|
el «Libera nos a malo». |
|
Cantan esto |
|
los que no aman, por supuesto; |
|
porque los que aman muy bien, |
|
dicen: «Requiescat... Amén». |
|
Al que ama y no ama, igual pena |
|
le acomete, |
|
exceptuando alguna escena |
|
de sainete. |
|
Premio igual dan y reciben |
|
los que quieren, |
|
«ya olvidando a los que viven, |
|
ya enterrando a los que mueren». |
| |
|
Cuando más, los muy leales |
|
nos recomiendan a Dios |
|
con dos misas de a «seis reales»: |
|
total, «cuartos» ciento dos. |
|
Y aun dos misas |
|
no son del todo precisas, |
|
pues con una solamente |
|
cubre un hombre el «expediente...» |
|
¿Para qué, ansiando, vivimos |
|
entre lloro, |
|
y adquirimos y adquirimos |
|
oro, y oro, |
|
si al fin un deudo allegado, |
|
sin gemir |
|
entre un mal lienzo hilvanado |
|
«nos enterrará al morir»? |
| |
|
«Con tu ausencia y veinte reales, |
|
un duro mi pecho gana». |
|
Así calcula sus males |
|
nuestra condición humana. |
|
¡Maldición |
|
sobre tan vil condición! |
|
¿No hay más deudos ni parientes |
|
que las muelas y los dientes? |
|
¡Ay!, di a tu amiga, PASTOR, |
|
que, si muere, |
|
de nadie gloria ni amor, |
|
nunca espere; |
|
pues, llenando el ataúd |
|
do le encierran |
|
como amor, gloria y virtud, |
|
«¡al que se muere lo entierran!» |
| |
|
|
Vivit, et est vitae nescius ipsi suae. |
|
(OVIDIO) |
| |
|
Al nacer me recibieron |
|
la vida y la muerte en brazos, |
|
y, al ver tan opuestos lazos, |
|
con torva faz prorrumpieron: |
|
-¿Qué buscas aquí, perdida?- |
|
dijo a la vida la muerte. |
|
-¿Nació para ti, por suerte?- |
|
dijo a la muerte la vida. |
|
-Dios a mi eterna morada, |
|
responde aquélla, le envía. |
|
-Soy, para entrarle en la mía, |
|
dice ésta, de Dios enviada. |
|
-Pues vuelva al seno de Dios, |
|
y su justicia decida |
|
si es de la muerte o la vida-, |
|
claman a un tiempo las dos. |
|
Y haciendo audaz cada una |
|
presa en el mísero infante, |
|
lleno de llanto el semblante |
|
me levanté de la cuna. |
|
Entre ambas camino incierto |
|
dudando mi fantasía |
|
si antes de nacer vivía, |
|
o si es que, al nacer, he muerto. |
|
Los que en la vida fui dando |
|
desde mis pasos primeros, |
|
cual dados en sus linderos |
|
los fue la muerte contando. |
|
Camino, y en mal tan fuerte, |
|
la mente desvanecida, |
|
nombra desvelo a la vida |
|
y llama sueño a la muerte. |
|
Ponen, con locos empeños, |
|
mis sufrimientos a prueba, |
|
desvelos, si el sol se eleva, |
|
si se alzan las sombras, sueños. |
|
Y así van al alma mía |
|
sueño y desvelo asediando, |
|
uno tras otro pasando |
|
como la noche y el día. |
|
Si de la vida, por suerte, |
|
el breve término dejo, |
|
conmigo doy sin consejo |
|
en el confín de la muerte. |
|
Y a veces tan dulces lazos |
|
forman la muerte y la vida, |
|
que una en otra confundida, |
|
van de una de otra en los brazos. |
|
¿Si en mi ataúd, por fortuna, |
|
daré mi primer vagido, |
|
o por fortuna había sido |
|
lecho de muerte mi cuna? |
|
Si he muerto al nacer, por suerte |
|
¿a qué me asedia la vida? |
|
Y si ésta aun no está cumplida, |
|
¿por qué me asedia la muerte? |
|
¿Adónde, en tan ciego abismo, |
|
voy tras de ensueños que adoro, |
|
tanto, que entre ellos ignoro |
|
si sombra soy de mí mismo? |
|
¡Sacadme ya, Dios clemente, |
|
de un abismo tan horrendo, |
|
o eternamente muriendo, |
|
o viviendo eternamente! |
| |
|
|
-«Nada me importa».- Al sentimiento extraño, |
|
ni en el bien gozo, ni en los males peno; |
|
si ahogo en el «no importa» el propio daño |
|
sepulto en un «¡paciencia!» el daño ajeno. |
|
Esperando, mi mal, mi bien engaño; |
|
paso, lo malo en guardar lo bueno; |
|
y así el alma, en si misma sepultada, |
|
da a habido y por haber -«nada de nada». |
| |
|
-«Me es todo igual». -Nada el placer me importa, |
|
ni al hosco aspecto del dolor me irrito; |
|
si el mal la senda de mi vida acorta, |
|
prorrumpo sin rencor: -«Estaba escrito». |
|
Cuando sus iras mi destino aborta, |
|
- «Buen semblante a mal tiempo», -me repito; |
|
y así, cerrando a la pasión la entrada, |
|
grabé en mi corazón: -«Nada por nada». |
| |
|
-«Nada me importa». -Que daré no ignoro, |
|
sepulcro al bien y al mal en mi indolencia. |
|
Sé que mi amor han de curar, si adoro, |
|
el tiempo, el gusto, otro placer, la ausencia. |
|
La presunta ilusión templa mi lloro, |
|
amarga mis delirios la experiencia, |
|
y de afectos en lid tan encontrada, |
|
es lema de mi fe: -«Nada de nada»-. |
| |
|
-«Me es todo igual». -Como insaciable hiena |
|
me hiere el desengaño carnicero, |
|
pero en mi herida, sin placer ni pena, |
|
sepulcro doy al universo entero. |
|
¡Oh vida inútil, de pesares llena! |
|
¡Oh estéril mundo, donde el bien no espero! |
|
Pues os debo esta fe desesperada, |
|
«nada de nada» os doy; «nada por nada». |
| |
|
| I |
|
-«Al que antes cumpla su anhelo |
|
logrando la dicha extrema |
|
de dar a su sien diadema |
|
hecha de luces del cielo». |
|
Así una turba ligera |
|
de niños baja diciendo, |
|
tocadas del Iris viendo |
|
las aguas de una pradera. |
|
Siguen el monte esquivando, |
|
y crece su empeño loco, |
|
en tanto que, poco a poco, |
|
va el Iris su luz menguando. |
|
Y cuando de su ornamento |
|
creían la sien orlada, |
|
vieron su luz disipada |
|
como fantasma en el viento. |
|
«¿Cómo es?», -desde el monte erguido |
|
preguntan cuantos los miran. |
|
Y alzan los ojos, suspiran, |
|
y les responden: -«¡Ya es ido!» |
|
-«¡Mentira!» -bajan diciendo |
|
los que ven clara su lumbre, |
|
y en tanto ganan la cumbre |
|
mustios los otros subiendo. |
| |
| II |
|
Porque sus lindos reflejos |
|
son, el tocarlos, ficciones, |
|
cual son de cerca ilusiones |
|
las que venturas de lejos. |
|
El Iris, siempre inconstante, |
|
se va mostrando inseguro, |
|
a los que bajan, oscuro, |
|
y a los que suben, brillante. |
|
-«¿Cómo es?»- en ronco alarido, |
|
gritan los antes burlados; |
|
y los de ahora, extasiados, |
|
triste responden: -«¡Ya es ido!» |
|
-«¡Mentira! -dicen bajando |
|
los que poco antes mintieron, |
|
y a los de abajo se unieron |
|
prestos el monte esquivando. |
| |
| III |
|
Juntos, con pueril anhelo, |
|
se agitan con ansia ardiente, |
|
corriendo de fuente en fuente |
|
tras los matices del cielo. |
|
Y todos, dando a cual más |
|
gusto a su pecho anhelante, |
|
unos gritan: -«¡Adelante!», |
|
y los de adelante: -«¡Atrás!» |
|
Y así, sin orden ni guía, |
|
aquí y allí discurrieron, |
|
y ni allí ni aquí le vieron, |
|
y en todas partes lucía. |
|
Y, al verle desvanecido, |
|
con más vergüenza que enojos, |
|
vueltos al cielo los ojos, |
|
exclamaban todos: -«¡Ya es ido!» |
| |
| IV |
|
Así en eterno cuidado |
|
aquí y allí, nuestro intento |
|
corre fugaz por el viento |
|
tras un placer nunca hallado. |
|
Que el hombre, en su desacuerdo, |
|
llama, al verle en lontananza, |
|
si es delante, una esperanza, |
|
y si es detrás, un recuerdo. |
|
Y aun no marcó en su sentido |
|
el gusto una vana huella, |
|
cuando, imprecando su estrella, |
|
suspira y dice: -«¡Ya es ido!» |
| |
|
|
¡Voy a morir! Prenda del alma mía, |
|
este el centón de mis quimeras es; |
|
leed, leed, y de la gloria impía |
|
de tanto error abjuraré después. |
| |
| EL HIJO (leyendo) |
|
-«Cuna de rosas al nacer hallamos». |
| |
| EL PADRE |
|
-«¡Mentira! Abrojos al nacer nos dan». |
| |
| EL HIJO |
|
-«Rosas, la vida al comenzar, hallamos». |
| |
| EL PADRE |
|
-«¡Falso! ¡Los pies por entre abrojos van!» |
|
¡Voy a morir! Las bárbaras memorias |
|
que el fin amargan de mis horas ved. |
|
¡Cúmulo abyecto de entrañables glorias! |
|
Leed, por Dios, y escarmentad; leed. |
| |
| EL HIJO |
|
-«Su vida el hombre de ilusiones puebla». |
| |
| EL PADRE |
|
-«¡Ay! Necio error a la ilusión llamad». |
| |
| EL HIJO |
|
-«Huye la edad de la razón cual niebla». |
| |
| EL PADRE |
|
-«¡Horror! ¡Pasad, horas sin fin, pasad!» |
|
¡Voy a morir! De nuestra vida escasa, |
|
pasa en engaños la primer mitad; |
|
la otra mitad en desengaños pasa: |
|
¡nunca olvidéis esta cruel verdad! |
| |
| EL HIJO |
|
-«¡Triste es dejar del mundo la presencia!» |
| |
| EL PADRE |
|
-«¡Mundo, os doy ledo mi postrer adiós!» |
| |
| EL HIJO |
|
-«Perece el bienestar con la existencia». |
| |
| EL PADRE |
|
-«¡Muerte, del hombre el bienestar sois vos!» |
| |
|
|
«Es la constancia una estrella |
|
que a otra luz más densa muere; |
|
y a quien más con ella quiere, |
|
menos le quieren con ella». |
|
Este refrán que te canto, |
|
tiene, amor mío, tal arte, |
|
que su verdad a probarte |
|
con una «conseja» voy. |
|
Fue una niña de quince años |
|
el duende de esta «conseja», |
|
y aunque la niña ya es vieja, |
|
aun dice entre angustias hoy: |
|
«Que es la constancia una estrella |
|
que a otra luz más densa muere; |
|
y a quien más con ella quiere, |
|
menos la quieren con ella». |
| |
|
Tuvo, la niña un amante |
|
a quien, idólatra, un día, |
|
-Te he de querer -le decía-, |
|
hasta después de morir. |
|
Y si con Dios avenida, |
|
corta mi aliento la muerte, |
|
dejaré el cielo por verte. |
|
Tal dijo, sin advertir |
|
«que es la constancia una estrella |
|
que a otra luz más densa muere; |
|
y a quien más con ella quiere, |
|
menos le quieren con ella». |
| |
|
Murió la niña, y cumpliendo |
|
de su antiguo amor los gustos, |
|
dejó el país de los justos |
|
y al mundo el vuela tendió; |
|
y cuando alegre a su amante |
|
con alas de ángel cubría, |
|
-¿Ves cuál dejé? -le decía-, |
|
el cielo por ti? -Mas, ¡oh! |
|
«que es la constancia una estrella |
|
que a otra luz más densa muere; |
|
y a quien más con ella quiere, |
|
menos le quieren con ella». |
| |
|
Durmió el ángel a su lado, |
|
y, de otra esfera anhelante, |
|
sus alas cortó el amante |
|
y en ellas al cielo huyó. |
|
Y al encontrarse la niña |
|
víctima de un falso trato, |
|
llorando vio que el ingrato |
|
subiendo al cielo cantó: |
|
«Es la constancia una estrella |
|
que a otra luz más densa muere |
|
y a quien mas con ella quiere, |
|
menos le quieren con ella». |
| |
|
|
A. Carolina |
| |
|
Porque no infiel juzguéis a mi memoria, |
|
aunque os digo, «por siempre», al huir de vos, |
|
la eternamente lamentable historia |
|
vais a escuchar de mi primer «adiós». |
| |
|
«Era una niña como vos afable, |
|
lozana, y pura y celestial cual vos». |
|
¡Quién al dejar a un ser tan adorable, |
|
podrá decirle: «¡Para siempre adiós!» |
| |
|
«Partí... y la fama me contó su muerte». |
|
¡Guárdeos el cielo de su suerte a vos! |
|
Y al recordar su abominable suerte, |
|
dejad que os diga: «¡Para siempre adiós!» |
| |
|
Pues siempre, herido de dolor tan fiero, |
|
desde aquel día, como ahora a vos, |
|
a cuantos seres con el alma quiero, |
|
¡«adiós», les digo, «para siempre adiós»! |
| |
|
|
Agur, Irene; hasta cuándo, |
|
no te lo podré decir; |
|
por Dios, que al verme llorando, |
|
ganas me dan de reír. |
|
¡Quién creyera, |
|
flor de mi natal ribera, |
|
que si lloro a los dos pasos, |
|
me reiré a los tres escasos! |
|
Esto me recuerda, Irene, |
|
que algún día |
|
leí contigo una «Higiene» |
|
que decía |
|
que, conforme a la experiencia |
|
de un doctor, |
|
«es un bálsamo la ausencia |
|
que cura males de amor». |
| |
|
Ya te escribiré, mi bien, |
|
cuantas penas me atormenten |
|
aunque,«a ojos que no ven, |
|
corazones que no sienten». |
|
¡Qué infinito |
|
será tu amor... «por escrito»! |
|
Mas dice Santo Tomás |
|
que «ver y creer», y no más. |
|
Este refrán no te corra, |
|
advirtiendo |
|
que «el tiempo todo lo borra», |
|
y sabiendo |
|
que, conforme a la experiencia |
|
de un doctor, |
|
«es un bálsamo la ausencia |
|
que cura males de amor». |
| |
|
-¡Qué yertas son las francesas!- |
|
te diré todos los días; |
|
-¡qué heladas!- si son inglesas; |
|
y si italianas, -¡qué frías!- |
|
Y entretanto |
|
mil y mil serán mi encanto. |
|
¡Ah, cubren tanta ficción |
|
las alas del corazón! |
|
Hermosa Irene, ten calma. |
|
¿Por qué lloras? |
|
No llores, prenda del alma, |
|
pues no ignoras |
|
que, conforme a la experiencia |
|
de un doctor, |
|
«es un bálsamo la ausencia |
|
que cura males de amor». |
| |
|
Parto por fin, ya amanece: |
|
adiós, alma de los dos |
|
ruega Dios que no tropiece |
|
por esos mundos de Dios. |
|
Si hoy te adoro |
|
con la obstinación de un moro |
|
tal vez me ablande mañana |
|
el fuego de otra cristiana. |
|
Sí, que aunque este amor es cierto, |
|
¡ay! presumo |
|
que el amor de un «ido» o un «muerto» |
|
siempre es humo; |
|
pues, conforme a la experiencia |
|
de un doctor, |
|
«es un bálsamo la ausencia |
|
que cura males de amor». |
| |
|
|
-¡Atrás!, que ya los altares |
|
velan las sombras profanas, |
|
y al vulgo de estos lugares |
|
le llaman a sus hogares |
|
con su oración las campanas. |
|
¡Atrás!, y no en loco tema |
|
traigas revuelta en la falda, |
|
símbolo de tu fe extrema, |
|
esa florida guirnalda |
|
de tus amores emblema. |
|
Torna, loca, a tu alquería, |
|
porque, si bien lo contemplo, |
|
es necio, por vida mía |
|
dejarme así cada día |
|
lleno de hierbas el templo. |
|
-He de ver su sepultura, |
|
pese a sus iras crueles, |
|
pues bica nos predica el cura |
|
que nunca el Dios de la altura |
|
cierra su casa a los fieles. |
|
-Así te azucen traidores, |
|
alguna vez sus mastines, |
|
por tus ofrendas de amores, |
|
los dueños de los jardines |
|
en donde robas las flores. |
|
Y pues que en tal desacierto |
|
sigues con cordura poca, |
|
quédate ahí, y ten por cierto, |
|
que gana muy poco un muerto, |
|
con la oración de una loca. |
|
¡Cuitada, que en su quebranto |
|
no halla en la tierra consuelo, |
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lo busca en el cielo santo, |
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y sordo también el cielo |
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las puertas cierra a su llanto! |
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Huye, niña, que a esa puerta |
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entre nocturnos reflejos, |
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pareces ya de una muerta |
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la sombra que vaga incierta |
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llorando gustos añejos. |
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Huye, que de amor ajena, |
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como a imagen de la muerte, |
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llamándote «el alma en pena», |
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de horror la comarca llena |
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cierra las puertas al verte. |
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¡Pobre loca, que en su intento, |
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sin que de su afán se corra, |
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ama con ardor violento |
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memorias que el tiempo borra, |
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cenizas que lleva el viento! |
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¡Oh, muy loca es quien no ha oído, |
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porque escarnecerla puedan, |
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que en este mundo fingido |
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sólo pagan con olvido |
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a los que van, los que quedan! |