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| INTRODUCCIÓN |
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Del hombre, Emilia, las virtudes canto, |
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aunque al hombre al cantar, siempre sin calma, |
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cayendo está sobre mi risa el llanto. |
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Dicen que lleva la moral la palma |
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con el físico el alma comparando, |
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mas tan ruin tiene el cuerpo como el alma. |
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Perdonad mi opinión los que llamando |
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al hombre la mejor de las conquistas, |
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un culto le rendís; ¡culto nefando! |
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Hablo con vos, ilusos moralistas, |
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con vos, factores de virtudes, hablo, |
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que en el hombre miráis cosas no vistas. |
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Vos, alzando un aurífero retablo, |
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ponéis al hombre en preeminente nicho, |
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siendo digno de altares como el diablo. |
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Vos, que le amáis por bárbaro capricho, |
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sois, su hipócrita instinto, disculpando, |
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más hipócritas que él: lo dicho, dicho. |
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Vos, al hombre en vosotros adorando, |
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vivís, amantes de vosotros mismos, |
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la humanidad falaces incensando. |
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¡Huid con tan revueltos silogismos |
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a la luz con que alumbro temerario |
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del corazón los múltiples abismos! |
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Derrocad por pudor vuestro escenario, |
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o, agitado a mi voz el pueblo, arguyo |
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que os romperá en la frente el incensario. |
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Mas ya de vos, sin ahuyentaros, huyo, |
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porque, altivo, desprecio a los histriones, |
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y en santa paz mi introducción concluyo. |
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Cuando, cual don de sus mejores dones, |
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Dios hizo al hombre, le adoptó por hijo, |
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y en su afán le colmó de bendiciones. |
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Y en cuanto al hombre su Señor bendijo, |
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-Si ennobleces con esto tu existencia, |
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serás mi ser predilecto, -dijo. |
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Y en prueba de inmortal munificencia |
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echó a sus pies con paternal contento |
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la «fe», el «amor», la «gloria», la «conciencia», |
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el «honor», la «virtud», el «sentimiento». |
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| I |
| EL SENTIMIENTO. |
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¿Qué dirás que hizo el hombre, aun inocente, |
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el verse de virtudes opulento? |
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(No te rías, Emilia.) Lo siguiente: |
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Al «sentimiento» se acercó al momento, |
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y echando al corazón enhoramala, |
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se colocó en la «piel» el «sentimiento». |
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La aprensión, vive Dios, no fue tan mala, |
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porque en su alma el dolor jamás se ceba, |
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pues siempre fácil por su piel resbala. |
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Así el dolor de la más triste nueva, |
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si un aire se lo trae, cuando pasa, |
|
otro aire, cuando pasa, se lo lleva. |
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Y así el alma en sentir es tan escasa, |
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cuando antes, por la piel, el «sentimiento» |
|
con ímpetus brutales no traspasa. |
|
¡Ay, por esa se olvidan al momento, |
|
al muerto padre, que a llorar provoca, |
|
la ausencia de un amigo, y de otros ciento! |
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Y así el alma en su fondo nunca toca |
|
la lumbre de unos ojos que se inflaman, |
|
el regalado aliento de una boca. |
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Y por eso nunca oye a los que la aman, |
|
cuando, con voces de dolor gimiendo, |
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del corazón contra las puertas llaman. |
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Y solamente con la «piel» sintiendo, |
|
al hombre vil con corazón vacío |
|
(de golpes y estacadas prescindiendo,) |
|
sólo le afectan el calor y el frío. |
|
¿Lo has oído, bien mío? |
|
«¡Sólo le afectan el calor y el frío!» |
| |
| II |
| LA CONCIENCIA |
|
El hombre, por su infamia o su inocencia, |
|
se puso en el estómago», y no es broma, |
|
la augusta cualidad de la «conciencia». |
|
Por su «conciencia» el hambre a veces toma, |
|
y por eso en el hombre nadie extraña |
|
que su deber olvide, porque coma. |
|
¡El alma enciende, en implacable saña, |
|
ver la «conciencia» a la opresión expuesta |
|
de un atracón de trufas y champaña! |
|
En alta voz mi corazón protesta |
|
contra esta rectitud de hombre fiero, |
|
puesto que de él la rectitud es ésta. |
|
¿Quién espera en la fe de un caballero |
|
si otro contrario regaló su panza |
|
(hablo siempre en metáfora), primero? |
|
¿Quién verá sin impulsos de venganza |
|
que un cuarterón de... (cualquier cosa), inclina |
|
de la justicia la inmortal balanza? |
|
¡Mísera humanidad, a quien domina |
|
ya de una poma la frugal presencia, |
|
ya el aspecto vulgar de una sardina! |
|
Jamás un noble escucha con paciencia |
|
que llame a su despensa algún ricacho, |
|
«general tentación de la conciencia». |
|
¿A qué alma sin doblez no causa empacho |
|
ver que el hombre, honrosísimas cuestiones |
|
las reduce a cuestiones de gazpacho? |
|
Decid, ¡oh diplomáticos varones! |
|
los muchos tratos que hacen y deshacen |
|
pechugas de perdices y pichones. |
|
El hambre o el interés deshacen o hacen |
|
cuando ofrece aumentar nuestra opulencia, |
|
pues como dicen los que pobres nacen: |
|
El hambre es quien regula la «conciencia». |
|
Añade a tu experiencia, |
|
«que el hambre es quien regula la conciencia». |
| |
| III |
| EL HONOR. -LA VIRTUD |
|
«Virtud y honor», Emilia, y no te asombre, |
|
puso el hombre en la «lengua», y por lo mismo |
|
de «honor» y de «virtud» tanto habla el hombre. |
|
De su «virtud» y «honor» el heroísmo |
|
pondera altivo, hablando y más hablando, |
|
silogismo añadiendo a silogismo. |
|
Siempre al hombre más vil verasle alzando |
|
un pedestal donde su honor se ostente, |
|
las frases con las frases combinando. |
|
Rico o pobre, el mortal eternamente |
|
llama a su honra «el amor de los amores»: |
|
¡maldito charlatán, y cuánto miente! |
|
Jamás a la «virtud» faltan loores |
|
de las doncellas en la linda boca |
|
cráter que Mayo, coronó de flores. |
|
Hay tanta lengua que el «honor» evoca, |
|
que, ya ofuscada mi razón, no explico |
|
si a risa, a llanto, o a indignación provoca. |
|
Perpetuamente en expresiones rico, |
|
¡qué hermoso fuera el hombre si tuviese, |
|
las entrañas tan bellas como, el pico! |
|
En general, si hay uno que os confiese |
|
que es la virtud su solo patrimonio, |
|
bien podéis exclamar: «¡Qué pobre es ese!» |
|
O buscad de su «honor» un testimonio; |
|
varéis que por dor cuartos... (y son caras), |
|
«honra» y «virtud» se las vendió al demonio. |
|
Pues como dijo el padre Notas-Claras |
|
(que era un fraile muy sabio, por más mengua): |
|
-Salvo alguna excepción (que son muy raras) |
|
no hay «honor» ni «virtud» más que en la lengua.- |
|
¿Lo has entendido? ¡Oh mengua! |
|
«¡No hay honor ni virtud más que en la lengua!» |
| |
| IV |
| EL AMOR |
|
¿Qué hizo el hombre -dirás, Emilia bella-, |
|
con la llama de «Amor»? -¡Ay! El idiota |
|
la torpe sangre se inflamó con ella. |
|
Y así, de «amor» si el huracán le azota, |
|
por sus entrañas circulando ardiente, |
|
el torpe incendio a los sentidos brota. |
|
Lleva el «amor» su antorcha diligente |
|
por aldeas, por villas y por plazas, |
|
de nación en nación, de gente en gente. |
|
Diablo es «amor» de angelicales trazas |
|
que, estirpes con estirpes confundido, |
|
las razas asimila con las razas. |
|
Ora hacia el lecho conyugal corriendo, |
|
de alta estirpe pervierte el tronco honrado, |
|
de un ruin árbol el germen ingiriendo: |
|
ora, en traje modesto disfrazado, |
|
la inocencia sorprende en la cabaña, |
|
de mirtos y de rosas coronados; |
|
ya con infame ardor, montando en saña, |
|
la augusta luz de la imperial diadema |
|
con niebla eterna el deshonor empaña; |
|
y en el furor de su ilusión extrema, |
|
con vil incesto, ignominiosamente |
|
el santo hogar donde nacimos quema. |
|
Pasa, gozada, una ilusión ardiente, |
|
¡oh fútil brillo de la gloria humana!, |
|
como todos los goces, de repente. |
|
Y hasta los fuegos que tu pecho emana, |
|
mañana acabarán, Emilia mía; |
|
¡sí, Emilia mía, acabarán mañana! |
|
El más seguro «amor» que el cielo envía, |
|
entre el montón de los recuerdos vaga, |
|
después que pasa un día y otro día. |
|
¡Es triste que el «amor,» que tanto halaga, |
|
se extinga, no apagándolo, en pavesas, |
|
o en cenizas se extinga, si se apaga! |
|
Mas, pese a las promesas más expresas, |
|
muere el «amor» más tierno, confundido, |
|
entre cartas y dijes y promesas. |
|
Y a llegar fácilmente reducido |
|
al termino infalible de la muerte, |
|
en cenizas o en pavesas convertido, |
|
fuego es «amor» que en aire se convierte. |
|
Advierte, Emilia, advierte: |
|
«¡Fuego es amor que en aire se convierte!» |
| |
|
V |
|
LA FE-LA GLORIA |
|
La bribonada, Emilia, o la simpleza, |
|
cometió el hombre de poner «fe» y «gloria» |
|
donde está la locura, en la cabeza. |
|
Por eso en nuestra mente transitoria |
|
la «fe» que muchos con placer veneran, |
|
es tan fútil cual rápida memoria. |
|
Y aunque se indignen los que en ella esperan, |
|
la «gloria» es sueño, ¡oh! sí, simple embeleso, |
|
sombra, ilusión, o lo que ustedes quieran. |
|
¡A cuánto exceso arrastra, a cuánto exceso |
|
ese tropel de imágenes que crea |
|
la propiedad fosfórica del seso! |
|
Por la «gloria» el mortal llegar desea |
|
a la inmortalidad! ¡Nombre rotundo! |
|
¡Buen lugar para el tonto que lo crea! |
|
Por la «fe», en este piélago profundo, |
|
mil cosas aguardamos tras la losa; |
|
¡oh esperanza dulcísima del mundo! |
|
Y sólo por la «gloria»,-«Aquí reposa»- |
|
grabamos en sonoras expresiones, |
|
-«Don Fulano de Tal, que fue tal cosa». |
|
Y por más que en tan vagas emocionen |
|
su existencia malgasta con empeño |
|
(su destino es correr tras de ilusiones) |
|
«gloria» y «fe» para el hombre son un sueño. |
|
No lo olvides mi dueño: |
|
«¡Gloria y fe para el hombre son un sueño!» |
| |
| CONCLUSIÓN |
|
Ya que mi atroz prolijidad lamentas, |
|
voy, Emilia, a decir, por consiguiente, |
|
lo que es el hombre en resumidas cuentas: |
|
Ahora el «interés» primeramente |
|
su «honor» y su «virtud», su «fe» y su «gloria», |
|
y con, «frío» y «calor» tan sólo siente. |
|
En fin, porque ya abrumo tu memoria, |
|
de las virtudes lloraré la ausencia, |
|
pues mi pasión por ellas te es notoria. |
|
«¡Fe, sentimiento, amor, honra y conciencia», |
|
pues se os desprecia, abandonad el suelo, |
|
ensueños de mi cándida inocencia! |
|
¡Tornad, fuentes del bien, tornad el vuelo |
|
para castigo de la humana gente, |
|
a vuestra patria natural, el cielo! |
|
«¡Gloria y virtud!» Yo os juro tiernamente |
|
que al alejaros, desgarráis atroces |
|
el corazón donde os guardé inocente. |
|
¡Huid, a mi pesar, huid veloces, |
|
leves emblemas del orgullo humano, |
|
sonores ecos de proscritas voces! |
|
¡Adiós! Y, por dar fin, bésoos la mano, |
|
pues ya me llena de mortal despecho |
|
la convicción de que predico en vano. |
|
Que a ahogar el hombre sus virtudes hecho, |
|
sólo le han de afectar, a pesar mío |
|
(por Dios, que este final desgarra el pecho), |
|
«calor, hambre, interés, amor o frío...» |
|
Apréndelo, bien mío: |
|
«¡Calor, hambre, interés, amor o frío!...» |
| |
|
| I |
|
Voy a contaros la historia |
|
de una entrañable pasión, |
|
aunque se haga, a su memoria, |
|
pedazos mi corazón. |
|
Que hay historias que, aunque pasan, |
|
por siempre, a nuestro despecho, |
|
los ojos en llanto arrasan |
|
y ayes arrancan del pecho. |
|
Pues siempre entre las pasiones |
|
hay una, a cuyos reveses |
|
se agostan las ilusiones |
|
como al estío las mieses. |
|
Cuento la historia querida |
|
de esa pasión desgraciada |
|
que, aunque amarga nuestra vida, |
|
sin ella la vida es nada. |
|
Pues tras de ese amor tan tierno, |
|
siempre queda en la memoria |
|
todo el dolor del infierno, |
|
todo el placer de la gloria. |
|
No hay mortal afortunado |
|
para quien la triste idea |
|
de un buen querer mal pagado, |
|
eterno dogal no sea. |
|
Si la mujer con rigores |
|
paga tan tiernos quereres, |
|
si es tan cruda en sus amores, |
|
hombres, «¡lo que son mujeres!» |
| |
| II |
|
Pues cuento de amor historias, |
|
copiaré letra por letra |
|
el libro en que sus memoria |
|
grababa la hermosa Petra. |
|
Después de amar con locura |
|
tuvo de morir la suerte; |
|
que hay males que sólo cura |
|
el bálsamo de la muerte. |
|
Petra, cual dije al principio, |
|
su historia dejó al mundo hecha, |
|
y en ella hasta el menor ripio |
|
es para el alma una flecha. |
|
Pues no hay sensible lector |
|
que, al repasar sus anales, |
|
si a todo llorar no llora, |
|
no exclame: -Aquí de mis males.- |
|
Pues llega en ella a hacer ver, |
|
de su ciencia un testimonio, |
|
que es un «ángel» la mujer, |
|
y que es el hombre un «demonio». |
|
Y después que al hombre injuria, |
|
con frases por el estilo, |
|
de este modo el «ángel furia», |
|
coge de su historia el hilo: |
|
-Que no hay fe en hombres contemplo- |
|
(prosigue la hermosa Petra), |
|
-y son de esto, buen ejemplo, |
|
Pablo, Juan, Luis, Diego, etcétera. |
|
De ésta manera injuriando, |
|
sigue nombres tras de nombres, |
|
y al fin concluye exclamando: |
|
-Mujeres, «¡lo que son hombres!» |
| |
| III |
|
Si, a los dos sexos igualo, |
|
es porque infiero con pena |
|
que, si es el hombre «algo malo», |
|
es la mujer «no muy buena». |
|
«Donde las toman, las dan» |
|
asienta un refrán de amor: |
|
y, cual dice otro refrán, |
|
«a un pícaro, otro mayor». |
|
A «buena» fe, «mala» fe; |
|
a un «adelante», un «arredro»; |
|
«quien más mira menos ve»; |
|
«tan bueno es Juan como Pedro». |
|
Con cuyos versos, acaso |
|
probar a los hombres plugo |
|
que el que es «víctima» en un paso, |
|
en otro paso es «verdugo». |
|
Por eso sé que, al que falso |
|
a una mujer asesina, |
|
le han de servir de cadalso |
|
las rejas de otra vecina. |
|
Y la que dice -no quiero-, |
|
cuando «amor» le canto amante, |
|
sé que amará a otro coplero, |
|
aunque «epitafios» le cante. |
|
Porque esta es la ley más triste |
|
que impone amor justiciero: |
|
«Cuando quise, no quisiste, |
|
y ahora que quieres, no quiero». |
|
Pues hombre y mujer son seres |
|
con fe igual y varios nombres, |
|
hombres, «¡lo que son mujeres!» |
|
mujeres, «¡lo que son hombres!» |
| |
|
|
A la niña Asunción de Zaragoza y del Pino. |
| |
| I |
|
Así, niña encantadora, |
|
porque tus gracias no roben, |
|
las huellas que el tiempo deja, |
|
juega como niña ahora, |
|
como niña cuando joven, |
|
como joven cuando vieja. |
|
Por mis muchos desengaños, |
|
te ruego, Asunción querida, |
|
que ames mientras tengas vida |
|
como amas a los seis años. |
|
Justamente, de ese modo; |
|
amando desamorada; |
|
así, no queriendo nada; |
|
esto es, queriéndolo todo: |
|
anhelante y sin anhelo, |
|
ya resuelta, ya indecisa, |
|
pasa de la risa al duelo, |
|
pasa del duelo a la risa; |
|
así, de prisa, de prisa: |
|
todo «al vuelo», todo «al vuelo». |
| |
| II |
|
Sé amorosa y nunca amante: |
|
lleva a la vejez tu infancia; |
|
sé constante en la inconstancia, |
|
o en la inconstancia constante; |
|
que en amor creen los más duchos, |
|
contra los que son más locos, |
|
que en vez de los pocos muchos, |
|
valen más los muchos pocos. |
|
Y cuando, tu labio bese, |
|
que formule un beso insápido, |
|
inerte, estentóreo y rápido... |
|
Pues... así, lo mismo que ese. |
|
Nunca beses como loca, |
|
besa como una loquilla; |
|
jamás, jamás en la boca, |
|
siempre, siempre en la mejilla; |
|
ten presente que la abeja, |
|
queriendo entrañar la herida, |
|
la desventurada deja |
|
entre la muerte la vida. |
| |
| III |
|
¡Sí! Si lo mismo, que hoy eres |
|
la hermosa entre las hermosas, |
|
ser, mientras vivas, quisieres |
|
dichosa entre las dichosas, |
|
tal ha de ser tu divisa: |
|
amar muy poco y de prisa, |
|
como hacen las mariposas; |
|
aunque no importa realmente |
|
que ames infinitamente, |
|
si amas infinitas cosas. |
| |
| IV |
|
Son tan cuerdos mis consejos, |
|
que me atreveré a jurarte |
|
por mis ojos que, aunque viejos, |
|
aun, Asunción, al mirarte, |
|
aspiran a ser espejos, |
|
que aplicando estos consejos |
|
a mi vejez, todavía |
|
pienso curar, hija mía, |
|
de mi corazón las llagas; |
|
llagas ¡ay! que no tendría, |
|
si yo hubiera hecho algún día |
|
lo que te aconsejo que hagas. |
| |
| V |
|
Para ver si es verdadero |
|
lo que un apóstol revela, |
|
-que lo fijo es pasajero, |
|
que sólo es real lo que «vuela»,- |
|
tiende el rostro, hermosa niña, |
|
como ese cielo sereno, |
|
ya al cielo, ya a la campiña, |
|
y verás de una mirada |
|
que es lo más rico o más bueno |
|
lo que vuela o lo que nada, |
|
como la espuma en los mares |
|
en el cielo los fulgores, |
|
en los árboles las flores, |
|
los celajes en el viento, |
|
en el viento los sonidos, |
|
la vida en nuestros sentidos, |
|
y en la vida el pensamiento. |
|
Sigue el plan a que te exhorto, |
|
amando «al vuelo» hazte cargo |
|
que el viaje es largo, ¡muy largo!... |
|
y el tiempo es corto, ¡muy corto!... |
|
Sé ligera, no traidora; |
|
sopla el fuego que no abrasa, |
|
quiere, como el que no quiere; |
|
sea siempre, como ahora, |
|
tu llanto, nube que pasa, |
|
tu risa, luz que no muere. |
|
Ama mucho, mas de modo |
|
que estés siempre enamorada |
|
de un cierto todo que es nada, |
|
de un cierto nada que es todo. |
|
Si ríes, olvida el duelo; |
|
si lloras, pasa a la risa; |
|
así... de prisa, de prisa; |
|
todo «al vuelo», todo «al vuelo». |
| |
|
|
A mi amigo don Teodoro Guerrero |
| |
| I |
|
¡Amé una vez, y dos, inmensamente, |
|
y tres... y acaso más! |
|
¡Del corazón la inextinguible fuente |
|
no se agota jamás! |
| |
|
¡Magnífico está el baile! ¡Encantadora |
|
se halla prendida así! |
|
Resumen de la vida en una hora |
|
es la existencia aquí. |
| |
|
¡Mirad qué hermosa está! ¡Si na la miro |
|
siquiera en ilusión, |
|
falta una cosa al aire que respiro!... |
|
«¡Otra vez, corazón!» |
| |
| II |
|
Mientras bailamos ¡ay! el tiempo vuela... |
|
pero, ¿qué hemos de hacer? |
|
La vida humana al fin sólo, es la tela |
|
de que se hace el placer. |
| |
|
Allí va. ¡No, no va! Mi pensamiento, |
|
de su imagen en pos, |
|
aquí y allí, en la tierra y en el viento |
|
la crea, como Dios. |
| |
|
¡Maldito corazón, que nunca cesa |
|
de mudar y querer! |
|
¡La carne de mi espíritu es hoy esa |
|
como otra ha sido ayer! |
| |
|
¡Ira del cielo! Como nunca tierna, |
|
baila con otro... ¡Oh Dios! |
|
¡La breve vida a veces es eterna! |
|
Ya va un instante... dos... |
| |
|
¡Ni una mirada de su amor merezco! |
|
Van cuatro... seis... ¡Pardiez! |
|
¡Cuándo ella no me mira me aborrezco |
|
Van ocho... nueve... diez...! |
| |
|
¡Y once van ya! ¿La eternidad entera |
|
tarda tanto en pasar?... |
|
¡Oh, cuánto gemiría, si pudiera |
|
gemir sin respirar! |
| |
|
Vamos como ella, a enloquecer con esa, |
|
y con esta también... |
|
-Divino, Concepción! -¡Bravo, Teresa! |
|
¿Qué si vas bien? ¡Muy bien! |
| |
|
No quisiera más días de contento, |
|
Mercedes, por quien soy, |
|
qué de besos te dan de pensamiento |
|
cuantos te miran hoy-. |
| |
|
¡Huyamos de ella, huyamos, alma mía! |
|
¿Cómo huir, ¡maldición! |
|
si exceptuando su amor, todo me hastía? |
|
«¡Otra vez, corazón!» |
| |
| III |
|
¡En baile! ¡Vedla, como, siempre, hermosa! |
|
-¿Qué estoy muy triste, Inés? |
|
Tú no entiendes mi pena, eres dichosa. |
|
¿Qué es porque no amo? ¡Pues! |
| |
|
Se te ha subido, Inés, con el contento |
|
al rostro el corazón; |
|
y eso no es, vive Dios, el sentimiento, |
|
eso es la sensación. |
| |
|
¡En baile! ¡En baile! -Tu semblante augura |
|
castidad y salud; |
|
bien dicen, Asunción, que la hermosura |
|
es casi una virtud. |
| |
|
¿Quién hoy, responde, tus encantos labra? |
|
¿Dices que es la pasión |
|
ventura que deshace una palabra? |
|
(¡Cruel! ¡Tiene razón!) |
| |
| IV |
|
(¡Allí pasa otra vez! Mas no; es mi anhelo |
|
que se lo forja así...) |
|
-¿Que en qué pienso, Leonor, mirando al cielo? |
|
¿Qué he de pensar? En ti. |
| |
|
¿Quién besará, mi bien, labios tan bellos?... |
|
Mas perdona, Leonor; |
|
quise decir: poner el alma en ellos... |
|
¡Bendigo tu pudor! |
| |
|
Cuando te vi, cruzó por mi, cabeza |
|
un pecado venial... |
|
¿Si habrán dicho por ti que es la belleza |
|
demonio temporal? |
| |
|
Tu pupila, esa entrada de los cielos, |
|
me llena de embriaguez; |
|
no eres mía, Leonor, y tengo celos, |
|
¿Que es envidia? Tal vez. |
| |
|
-¡Bella música, a fe! ¡Cuál corresponde |
|
su acento a mi pasión!... |
|
Esto lo oí con ella no sé dónde... |
|
¡Siempre «ella», corazón! |
| |
|
¡Qué sufrir! -Luz, no sufras; es el modo |
|
de que sufran por ti; |
|
una mujer que me lo cuenta todo, |
|
me lo ha contado así...- |
| |
|
Pasó el baile y la noche. ¡Con el día |
|
ya vendrá otra embriaguez!... |
|
¿Dónde la muerte está de esta agonía?... |
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«¡Otra vez», corazón! ¡Ay, «otra vez!» |
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Dudando, Enriqueta, tu pura inocencia, |
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si amor, que aun no sientes, es dicha o dolor, |
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pretendes que diga mi amarga experiencia, |
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¡feliz, pues lo ignoras! ¿Qué cosa es amor? |
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¡Alzad de las tumbas, y al par de la brisa |
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cruzad, bellas sombras, dejando el no ser! |
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La Estuardo, Francisca, Lucrecia, Eloísa, |
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¡dementes sublimes! Decid: ¿Qué es querer? |
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-Querer, un misterio -comienza la Estuardo,- |
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que a dos funde en uno, partiendo uno en dos. |
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-¿Qué son tus amores, amor de Abelardo? |
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-Infierno de dichas y cielo sin Dios. |
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No amar siendo amada -prosigue-, «no es vida»; |
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no ser nunca amante ni amada, es «no ser»; |
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querer, el «infierno», no siendo querida; |
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mas, siendo querida, la «gloria» es querer-. |
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¡Perdona, oh perpetuo pudor de la historia, |
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perdona a mi musa, si evoca en tropel |
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los nombres que fueron escándalo o gloria; |
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Cleopatra, la Cava, Teresa, Raquel! |
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Dejad los sepulcros, falange divina, |
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tomando a mi acento las formas de ser: |
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Elena, Artemisa, Judith, Mesalina, |
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¡honor o vergüenza! Decid: ¿Qué es querer? |
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Decidme si es fiebre que el alma envenena, |
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o sólo un deleite que se une al pudor: |
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Semíramis, Safo, Ninón, Magdalena, |
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¡falsarias eternas! ¿Qué cosa es amor? |
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Teresa la santa, más bien la divina, |
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-Amor -dice-, junta ternura y deber |
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(Amar es -replica la vil Mesalina-, |
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hallar el descanso, cansando al placer. |
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-Amor pierde -dicen la Cava y Elena-, |
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la fe y patria siempre, los goces jamás. |
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-Es -dice, gimiendo de amor, Magdalena-, |
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gozar mucho y luego llorar mucho más-. |
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Y Safo, con fiebre de amor que no espera, |
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-Morir por quien se ama -prorrumpe-, es querer. |
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-Es cierto, -responde Lucrecia altanera-: |
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morir por quien se ama, si se ama el deber. |
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-Vivir en la niente -prosigue Artemisa- |
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de aquel que amó mucho y amó porque sí. |
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-Vivir siempre en otro -murmura Eloísa, |
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Semíramis dice: -Vivir otro en mí. |
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-¡Hablar con el aire!,- de amor satisfecha, |
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¡mal haya su boca! -Prorrumpe Ninón-: |
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amores sin crimen, son sueños sin fecha; |
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pasión que no afrenta, no es digna pasión-. |
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¡En fin! ¿Halla el que ama la gloria o el infierno! |
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¡Aquí las perjuras! ¡Las fieles aquí! |
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Decidme, en resumen, lo que es ese eterno |
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deseo que miente, mintiéndose a sí. |
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-¡Morir! -dice Safo, Francisca, -¡el incesto!- |
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Teresa,-¡aquel místico amor del amor!- |
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Judith y Lucrecia, -¡ gozar con lo honesto!- |
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Cleopatra, -¡la orgía!- Raquel, -¡el pudor!- |
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¡Silencio! Así el mundo volvieron demente; |
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y aun dudan hoy locas, más locas que ayer, |
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si amor da delicias, o si es solamente |
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perder la ventura buscando el placer. |
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¡Huid, falsas dueñas de todos los dueños |
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que el mundo anegaron en llanto por vos, |
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que hacéis de la vida ya un sueño de sueños, |
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que hacéis de la carne ya un monstruo, ya un dios! |
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¿Amor en vosotras es todo, o no es nada, |
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verdad o mentira, virtud o placer? |
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¡Odiosa falange del mundo adorada, |
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pues sois siempre un caos, tornad al no ser! |
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¡Maldito aquelarre de diosas, que ignoran |
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si amor cura o mata, si afrenta o da honor! |
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-Ya oíste, Enriqueta; si sabes, ahora |
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responde tú misma: ¿Qué cosa es amor?- |